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RomerĂ­a

Juan Huenuan Escalona


A Francisco, Sonia, Kiyen y Alejandra: mis salteadores de la memoria y del futuro.


Romería “Así pues, lector, no vienes saliendo de una librería, sino que vas entrando al teatro. Te sientas en un sillón.” Vicente Huidobro


Ralea


“En el canto de mi cólera hay un huevo, Y en ese huevo esta mi madre, mi padre y mis hijos, Y en todo eso hay alegría y tristeza mezcladas, y vida.” Henri Michaux


Apunte 1

¿Mi obstinación?, mojarme. Seguir duro vuelta a vuelta, hinchado de estas calles, hogares que no defiendo como propios. Soy una rueda anciana. Icé esta madera al viaje sospechoso. Mi círculo de hierro girando desde “andén nacimiento”, me llevó a estaciones con mujeres sosteniendo la última palabra de una carta, es decir, luto. Bajo la ceniza hay voces que me hablan, ecos me cuentan la memoria como la niñez de un río y sus preguntas: ¿Qué hay en la visión de una rendija hacia la noche?, ¿mi obstinación?, ¿mi pasión por los caballos ausentes? Soy una rueda anciana. El fuego que revivo en mi nostalgia sometida, la derrota de los viejos que llevaron mi nombre, destreza inexplicable al subir el árbol, tendencia hacia la fuga y el canto, me encontró el guitarreo al dejarlo mi abuelo, como el cuchillo tallando maderas en las manos del hermano de mi padre. He de escuchar quién habla por esta voz que soy. He de encontrarme en esta romería.

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ÚLTIMAS BRASAS

Y preguntó: ¿Dónde está el hijo para escuchar estos relatos de viejo? Revolvió el caldo /cuchareó tres veces y sintió alivio de ver que aún no le sabía a ceniza. Atizó las brasas que chispearon los nudillos. El padre come los restos de sus días en los cercos afirmado. Oeste abajo, caen sus llamas como sombras al barranco. Llena su boca de chicha, la noche no está del todo en su copa. Y pregunta nuevamente: ¿Dónde está el hijo para escuchar estos relatos de viejo? Aún mis manos trenzan la muerte en el cuello del gallo y tocan las tetas de las chinas. Aún guardo silbidos para llamar a los perros tras los cerros. Atizó así las últimas brasas y sintió alivio al ver que el caldo no era ceniza en su boca.

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DESTETE

Y a esta comarca le di un hijo, abismo que prepara su guarida sin olor a mis pechos. El que montado en su ira da brincos y ondea su hedor seminal hacia la única raíz que no pude revelarle. Y así lo veo arrojado al camino que orillé entre las barbas de la noche, donde sin temor me hice a la faena de darle hermanos sin rostro. Y manaron de mí sus hermanos. Y manaron de mí los hermanos de tantos, tantos que ahora son sus propios enemigos, porque yo desaté las jaulas rodando entre humedales y amamanté al barranco que de mí aún brota y brota. Él es tajo que apañé, hasta que estiró su hueso y carne, me obsequiara un mal decir en la mirada y buscara lana sin mi olor para su escondrijo. Él es tajo que de mí nunca nacerá del todo, mi pecho es el hueco que eterniza el hierro que seguirá hiriendo mi semilla y la suya.

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HIJA SOÑANDO a Kiyen

Abrí los ojos, encontré un espejo en el cielo. Mis piernas eran cortas, gordas. Mis palabras sonidos guturales. Vestía una pequeña falda con lunares y andaba descalza entre paisajes de cipreses que sabía plantados por mi padre. Al fondo un platillo con leche salada (bebí hasta que los grumos volaron como pelusas). Un hombre me llamaba. Me arropó y cantó hasta que dormí en sus brazos.

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Apunte II

Cuando el último semen hile su arruga y el ovario agote sus exploradores del tiempo, un sillón vacío aguardará en mis cofres, y ahí, contemplando la mala cosecha, temblarán extendidas las manos llenas con escombros del imperio que no pude regalar.

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LA SUCESIÓN DEL HAMBRE

El hambre de los hijos es un pez oscuro, devorando. Ella quiebra los ángulos de la comarca. El hambre de los hijos es de piedra con ojos. Con ojos indagando en los huesos del mundo. El hambre de los hijos es un canto que apaga luciérnagas. Un pez oscuro es el hambre de los hijos. No se asusta en las llamas del croar de la noche. No sabe de espíritus o demonios convocados. Su ignorancia es de un metal sin época. Cofre embarrado que arrastra la edad de los padres. Fauces estiradas al cuero antiguo de corceles como barrigas que reclaman uno a uno sus bocados o jinete montando la sombra de un dios hambriento. El hambre de los hijos es un pez oscuro, devorando la sombra de los dioses.

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BARBA BLANCA

De baratijas venías cargado, con tu equino exhumando harapos. Un salar colgaba de tu sombra y del año mil novecientos uno. ¡Viejo barba blanca! Margarita insulta cariñosa, mujer que cantó hasta la tumba y te dio una paz de menta atardecida. ¡Ay hombre, hombre! se fue mojando tu palabra en la frontera, pero la sangre lleva un ojo ensañado en las renuncias. ¡Ay hombre! barba blanca fuiste el triste abuelo de un muchacho que buscó tu sombra en el desierto.

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SOLO ESTABAS DE PASO EN EL TECHO DE SU AFECTO

Tragaste la noche como el agua turbia de los rezagados. La tortilla quemada era el día que comías, pues del animal perdiste la cría más gorda y en lo siguiente, la vergüenza. Toleraste la paga con semillas roídas. Nada dijiste cuando de tu animal predilecto hicieron cazuela o que al lacear a tu hembra rompieran la tregua de la cena a la hora del mote agusanado de palabra o huevo podrido que el azadón encuentra en vez de papa. Pero cuando dijeron: La mitad del pantano para tu hermano y sus hijos pensaste en la culebra que con piel alimentaste, en la cueva que ahora tendrías que buscar para tus diálogos cubiertos de nalcas y helechos. De tu bolsillo sacaste el último bocado para la criatura y te fuiste al galope mascando una hoja de eucaliptus.

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VASIJA DEL ESPÍRITU a la Machi Margarita Carmona Curín, mi bisabuela

Estoy en el centro. La viuda acechada de instrumentos rústicos, en fuego y tierra dispuesta, soy espejo que refleja la otra orilla. Larga como el nacimiento de un profeta, pinté de blanco mi rostro y bailé el rito de la sanación. Soy la vasija del espíritu que ve entre las astillas y los cueros y persisto al mastín que me desprecia: tiempo e ignorancia ensañados con el credo que pretende mis ofrendas. Soy espejo que refleja la otra orilla y el amor de los que plantaron en la cumbre de la tierra.

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Apunte III

Solo ojos abiertos quedaron en mi espalda, arena de la lucha donde otros trazaron su oficio, ese dolor amordazado de niebla que no leyó la plegaria de mi estaca y no supo de la soledad que salía a mi encuentro, cuando entré viril en la respiración del mundo y quemé los cerros bajo los huesos, ya nunca más agua acorralada, ni comer las espinas de sus motivos.

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VOZ ANCIANA

No te alejes de la tierra, seguridad tienes en su entraña. No voltees a los ruidos extranjeros, señal abrupta de fronteras. Lo que existe tus ojos van tallando: el orden perenne de sus bestias y tragedias. Como cualquier animal caza su comida, eres el hombre que aún juega en estos bosques.

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RomerĂ­a


“He entrado en vidas que permanecerán inescrutables. Me iré mañana para no volver nunca. La casa que estaba en pie antes de mi nacimiento seguirá envejeciendo después de mi muerte” José Emilio Pacheco


BIENVENIDA

Tu llegada silbaste de una cuesta y siete colas agitaron la espesura. En tu honor, los trucos predilectos. A単os esperando aquel sonido, un solo palmoteo vence a la orfandad. Mansos, a tu esqueleto entraron y te lamieron los ojos para que vieras el tiempo doloroso de su fe como una escarpia encendida iluminando la osamenta de lo que una vez amaste.

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SERES DISTRAÍDOS

Sonaron las campanas del siglo las ánimas olvidan nuestra voz, del cielo y reino bajo ya no hablan, solo migas comen de la mesa. El miedo es la respuesta a su llamado, cuando apartados del humo hacemos el camino y nombramos a los hijos. Entonces, ya vaciado de intuición el círculo y silentes las tejedoras del destino, nosotros, seres distraídos, apagamos el fuego de las casas y de las puertas la herradura descolgamos.

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APUNTE IV

La noche mea las estacas del cerco, apartada, como la borracha que nadie quiere a la hora del brindis. Pero cuando ella habla, zarpan cuellos en busca sus lazos, llegan los proscritos a comer de su fritanga, y el oro sangra como cualquier pariente de broncas pretĂŠritas.

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ROMERÍA

I Se quebró el mapa en las patas de la bestia y el galope se deshizo al sueño del corral que contuvo tu vejez. La única puerta de ceniza que el caballo huele, es la salida a la comarca que maldice y que perdona en el mismo canto. Entonces llegaste con la huella del río, como peregrino que esconde su lepra y ve acercarse y alejarse las naciones y ve que sus catres nunca hospedarán tu ira.

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II

Y la panza de la noche abriste con guadaĂąa, vaciĂĄndose de pueblos semejantes al silencio. Sus hombres te vieron como un santo desgranando rosarios para darles la carne del milagro. AsĂ­ bebiste con ellos hasta la preparaciĂłn del lecho, bellos cueros manchados por el canto de sus hijas, viejo tajo que se adora cada vez que el plato se rompe por el calor de la sangre, pulso innato que reconoces como gotera en la caverna de tu estirpe.

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AJÍ AL FUEGO

Colgada está la guitarra en la pared de la rancha. El hombre talla el madero, mientras se ahúma de la cara los surcos. El mosco verde entona la copla de los muertos zumbando en la boca del instrumento. Afuera pasó el jinete a romancear la memoria del ganado. El hombre deja a un lado el madero y arroja un ají al fuego para alejar las malas presencias, dice.

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BOCA ADENTRO DEL CERRO

Boca adentro del cerro el pulmón del lodo sopla su canto. La vértebra de la miseria apaga su antorcha en los ojos de la niña y los zaguanes con sus piedras y las rendijas de la tabla custodian sus sueños como a los huesos del cielo.

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EXILIO DE LAS SOMBRAS

Hay sombras que roen su destierro mirando el artificio de la industria. Envejecen su lumbre como fiebres impuras. Beben su miedo pasado de mate en mate, sentadas en la agonía de los troncos. Y hacen concilio en el gemido de perros, aquellas que lucían el alma tragada de seres, como insignias del pacto oscuro, abierto el pestillo de las temporadas. Y su ira se hizo espesura de ejército. Las mandíbulas crujiendo, como tonada que al combate las llama. Ellas, que consumen los relatos de la noche, por alógeno serán vencidas, hasta que las púas ardan y toda luz se apague, como en el caos fundador de la materia y los miedos.

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CULEBRA EN LA NOCHE

Una noche del río salió una culebra enorme. Su cabeza era un guijarro con voz humana, ojos como un par de chispas eléctricas. Solía aspirar la ceniza extinta de doncellas y frecuentar bares donde el fuego se atiza con cruces. Allí su tacho llenaba con el temblor de los puritanos, quienes en vano trataban de matarla, pues soltaban sus palos y sus pólvoras cuando ésta les cantaba sus salmos enterrados exclamando: “Nos vestimos con la hebra antigua del entendimiento que nos daba el tacto el oído y el olfato. Girábamos con estrellas y calendarios que trazaban nuestros ojos. En las manos una dureza templada en los soplos del mundo. Temporadas amigables era el sonido de los pies sobre la tierra. Ahora, solo una danza de muertos sus capitales. Ahora, para hurgar en su mollera dolorosa y despertar un rugido en sus huesos, he venido.” Y como lengua que el viento sostiene, se dormía en el árbol torcido de una iglesia.

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CUANDO LLEGUE LA MAÑANA

Cuando llegue la mañana, mi cortada oreja besa. Lame este signo ajado en el cuero, que a un patriarca ató mi suerte. Lame mi sangre antes que la tierra o el mineral hecho punta del sacrificio, antes del hervor en las costrosas ollas, que de su fortuna no seré costal laceado, ni a su prole calaré el ardor de mi marcha. Cuando llegue la mañana, solo el cebo de tu ojo pido para mi ojo. Mi única victoria es el atajo de tu vista, para hablar el eco desgarrado de la nieve y comer las hierbas que nunca conoció mi raza. Cuando llegue la mañana, seré el regalo a tu paciencia de roca. Saltaré del cuchillo a la vigilia amorosa de tu hambre, pues tus fauces traerán mi epopeya, mi fuga del alambre y de los nudos. ¡Que dialogue el vaho de saliva y vísceras! como póstuma tregua celebrada por infantes.

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Apunte V

No canté Sensemayá esa noche de Junio (no quise importunar), pero ¿son lobos o culebras sordas? Se me esconden y aún no he llegado a morada alguna.

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SEDIENTOS

I A la primera trompeta de la noche, la sed dibujaba calendarios sobre tablones. Una copa por cada pena serĂ­a como el ĂĄngulo sagrado de un hormiguero. Cuando hablan los sedientos, una mancha es territorio fundado en la premura y la sangre es parida de la misma teta que el vino. Cuando hablan los sedientos.

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II

Al cuchillo e s t i r ó la mano, separando las monedas de las migas. Luego agregó: No maté al hombre, no lo hice. Lo tomé de sus axilas y lo puse de pie. Lo sacudí y lo senté en mi mesa. Le di de beber y lo contemplé largo rato, como quién codicia entender el fraseo del fuego y se quema el cerebro con su idioma de brasas. No mate al hombre, le digo. No lo hice.

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III

Los vi salir entonces. Cerré la puerta luego. Miré las copas caídas. Miré las manchas del piso y pensé que tal vez, una de estas noches, podría ver como embriagarme en el espacio leve de estas rendijas.

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AJUSTICIADO

Un lamento amordaza las se単ales del aire. El caldo materno borda las coplas del gallo. En su acuarela, el sol se levanta espeso. Con un ojo sangrante en su espalda, el cuerpo ahora bebe la eternidad de esta comarca.

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EL MAPA ROTO DE LA SANGRE

Cuando la queja madura cada tarde, de vuelta al catre y a su signo polvoriento, las piedras de tus ríos se cubren azarosas en las rutas que escarban tu morada: Canto que tu mano va sellando, ya quebrado el acertijo de la infancia. Solo el viento te siguió como perro, en esas tardes sin fogón ni caldo tibio, en su hocico portando el recado de la trilla y tu sueño en ancas del muelle de paja. Hecho está el mapa roto de la sangre.

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TRAVESÍA

Algo espera en el ojo de aquellos cuyas manos empuñan tierra. Una cruz que sentencia son los brazos cerrados en un lenguaje de madera. Quien cierra la cortina se ilumina: seis mensajes en su ojo le aguardan, como seis campanas ardiendo en el pacto del hombre. El ojo no se apaga. Pero el ojo no se apaga en las manos empuñando tierra; baja a la costa y bebe el lomo de un balsero, porque cada sorbo desata la mudez y el canto por venir. La travesía, el pacto del hombre.

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Apunte VI

Un sol angustioso me despierta cuchillas, rito en llamas que barajo manso, confesión de un polvo que era hombre, animal sabedor del lenguaje molesto. Concluyo: Hay ruinas en mi barba y destella un panteón en la sangre, bote sigiloso llamando al escozor del tiempo. Concluyo: Tengo un quejido en la columna y mis pieles migran hacia aquel vacío. Como silencios ligados en pentagramas, aprendí a hablar por la noche y los ladridos, pero sé callar como el pájaro muerto en la cruz de la tarde. ¿Ya te vas, ¡oh salteador de la memoria!? dijeron a quienes perturbé con el rastrillo. Para mí, suficiente apodo. Mi viaje está sellado.

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ROMERIA DE JUAN WENUAN  

Un viaje a la raíz.

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