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ROBERTO BOLANO

Amuleto

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I IF1 ANAGRAMA Narrativas hispanicas


Roberto Bolaiio (Santiago de Chile, 1953), narrador y poeta, se ha impuesto en muy pocos aiios como uno de 10s escritores latinoamericanos imprescindibles de la decada de 10s noventa. En Anagrama se han publicado sus ultimos libros: 10s cuentos de Llamadas telefonicas (Premio Municipal de Santiago de Chile) y las novelas Estrella distante, Amuleto y Los detectives salvajes (Premio Herralde de novela) que supuso su consagracion definitiva: <<Unaextraordinaria y deslumbrante capacidad de fabulation,, (Ignacio Martinez de Pison, A h ) ; <<Sien Llamadas telefonicas Bolaiio demostraba ser un narrador prodigioso -de la estirpe de Thomas Pynchon y Don DeLillo-, en Los detectives salvajes sencillamente refrenda esta impresion a mayor y mas calculada escala- (Elena Hevia, â&#x201A;Ź1 Periodico); <<Lagran novela mexicana de su generacion, expresion del desarraigo literario visceral de 10s latinoamericanos>> (J.A. Masoliver Rodenas, La Vanguardia); <<Uncarpetazo historic0 y genial a Rayuela de Cortazar. Una grieta que abre brechas por las que habran de circular nuevas corrientes literarias del proximo milenio. (Enrique Vila-Matas); .El tip0 de novela que Borges hubiera aceptado escribir... Un libro original y hermosisimo, divertido, conmqvedor, importante,, (Ignacio Echevarria, El Pais); <<Unanovela excepcional. Un libro de la familia literaria de Paradiso, de Rayuela, de Adan Buenosaires. (Jorge Edwards).


Amulet0


Roberto Bolafio

Amulet0

EDITORIAL ANAGRAMA BARCELONA


Disefio de la coleccibn: Julio Vivas Ilustraci6n: atQuiCn me entregarA?,, Fernand Khnopff, 1891, colecci6n N. Manoukian, Paris

0 Roberto BolaAo, 1999 0 EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1999 Pedr6 de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 84-339-1097-3 Deposit0 Legal: B. 22550-1999 Printed in Spain Liberduplex, S.L., Constituci6, 19, 08014 Barcelona


Puru Murio Suntiugo Papusquiuro (Mkxico DE 1953-1998)


Queriamos, pobres de nosotros, pedir auxilio; per0 no habia nadie para venir en nuestra ayuda.

PETRONIO


Esta seri urLa nistoria ae terror. >era una nistoria ! serie negra y de terror. Pero no policiaca, un re1 ireceri porque soy yo la que lo lo pareceri. No cuenta. Soy yo 1la que habla y por eso no lo pareceri. Pero en el fondcI es la historia de un crimen atroz. Yo soy la aimiea " de todos 10s mexicanos. Podria decir: soy la madre de la poesia mexicana, per0 mejor no lo digc). Yo conozco aL todos 10s poetas y tododos poetas me con0cen a mi. Asi que podria decirlo. Podria decir: soy lai madre y corre un cCfiro de la chingada desde hace sielos, Der0 mejor no lo digo. Podria decir, por ejemplo: yo c:onoci a Arturito Belano cuando 61 tenia diecisiete ai60s y era un nifio timido que escribia obras dt: teatro y poesia y no sabia beber, per0 seria de a l g h miodo una redundancia y a mi me ensefiaron (con un 1itieo me ensefiaron, con una vara de fierro) que las redundancias sobran y que s610 debe bastar con :1 argumento. Lo que si p~iedo decir es mi nombre. Me llamo Piuxilio Lacouture y soy uruguaya, de u

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Montevideo, aunque cuando 10s caldos se me suben a la cabeza, 10s caldos de la extrafieza, digo que soy charriia, que viene a ser lo mismo aunque no es lo mismo, y que confunde a 10s mexicanos y por ende a 10s latinoamericanos. Pero lo que importa es que un dia 1leguC a MCxico sin saber muy bien por quC, ni a quC, ni c6mo, ni cuindo. Yo 1leguC a MCxico Distrito Federal en el aiio 1967 o tal vez en el aiio 1965 o 1962. Yo ya no me acuerdo ni de las fechas ni de 10s peregrinajes, lo h i co que sC es que lleguC a MCxico y ya no me volvi a marchar. A ver, que haga un poco de memoria. Estiremos el tiempo como la pie1 de una mujer desvanecida en el quidfano de un cirujano plistico. Veamos. Yo lleguC a MCxico cuando aiin estaba vivo Le6n Felipe, quC coloso, qui fuerza de la naturaleza, y Le6n Felipe muri6 en 1968. Yo 1leguC a MCxico cuando a6n vivia Pedro Garfias, qui gran hombre, qui melanc6lico era, y don Pedro muri6 en 1967, o sea que yo tuve que llegar antes de 1967. Pongamos pues que 1leguC a MCxico en 1965. Definitivamente, yo creo que lleguC en 1965 (pero puede que me equivoque, una casi siempre se equivoca) y frecuentC a esos espafioles universales, diariamente, hora tras hora, con la pasi6n de una poetisa y la devoci6n irrestricta de una enfermera inglesa y de una hermana menor que se desvela por sus hermanos mayores, errabundos como yo, aunque la naturaleza de su Cxodo era bien diferente de la mia, a mi nadie me habia echado de Montevideo, simplemente un dia decidi partir y me fui a Buenos Aires y de Buenos Ai12


res, a1 cab0 de unos meses, tal vez un aiio, decidi seguir viajando porque ya entonces sabia que mi destino era MCxico, y sabia que Le6n Felipe vivia en MCxico y no estaba muy segura de si don Pedro Garfias tambiCn vivia aqui, per0 yo creo que en el fondo lo columbraba. Tal vez fue la locura la que me impuls6 a viajar. Puede que fuera la locura. Yo decia que habia sido la cultura. Claro que la cultura a veces es la locura, o comprende la locura. Tal vez fue el desamor el que me impuls6 a viajar. Tal vez fue un amor excesivo y desbordante. Tal vez fue la locura. Lo iinico cierto es que lleguC a MCxico en 1965 y me plant6 en casa de Le6n Felipe y en casa de Pedro Garfias y les dije aqui estoy para lo que gusten mandar. Y les debi de caer simpitica, porque antipAtica no soy, aunque a veces soy pesada, per0 antipitica nunca. Y lo primer0 que hice fue coger una escoba y ponerme a barrer el suelo de sus casas y luego a limpiar las ventanas y cada vez que podia les pedia dinero y les hacia la compra. Y ellos me decian con ese tono espaiiol tan peculiar, esa musiquilla rispida que no 10s abandon6 nunca, como si encircularan las zetas y las ces y como si dejaran a las eses mis huirfanas y libidinosas que nunca, Auxilio, me decian, deja ya de trasegar por el piso, Auxilio, deja esos papeles tranquilos, mujer, que el polvo siempre se ha avenido con la literatura. Y yo me 10s quedaba mirando y pensaba cuinta raz6n tienen, el polvo siempre, y la literatura siempre, y como yo entonces era una buscadora de matices me imaginaba unas situaciones portentosas y tristes, me imaginaba 10s libros quietos en las estanterias y me imaginaba el polvo del mundo que iba en-

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trando en las bibliotecas, lentamente, perseverantemente, imparable, y entonces comprendia que 10s libros eran presa ficil del polvo (lo comprendia per0 me negaba a aceptarlo), veia torbellinos de polvo, nubes de polvo que se materializaban en una pampa que existia en el fondo de mi memoria, y las nubes avanzaban hasta llegar a1 DF, las nubes de mi pampa particular que era la pampa de todos aunque muchos se negaban a verla, y entonces todo quedaba cubierto por la polvareda, 10s libros que habia leido y 10s libros que pensaba leer, y ahi ya no habia nada que hacer, por mis que usara la escoba y el trapo el polvo no se iba a marchar iamis, porque ese polvo era Darte con-

pensaba, cuando aun la cola del escalofrio no se habia marchado. Estoy aqui, pensaba. Entonces me olvidaba ipso facto del polvo. Veia el cielo a travks de una ventana. Veia las paredes por donde la luz del DF se deslizaba. Veia a 10s poetas espaiioles y sus libros relucientes. Y yo les decia: don Pedro, Le6n (imira quk raro, a1 mis viejo y venerable lo tuteaba; el m6s joven, sin embargo, como que me intimidaba y no podia quitarle el tratamiento de usted!), dkjenme a mi ocuparme de esto, ustedes a lo suyo, sigan escribiendo tranquilos y hagan de cuenta que soy la mujer invisible. Y ellos se reian. 0 mejor dicho, Le6n Felipe se reia, aunque una no sabia muy bien, si he de ser sinLLld,

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do, ese homt)re :ra como un volcin, y dc3n Pedro Garfias, en cambic3 , te miraba y luego desviaba la miI, ,-,,L, .-.p > d U d , IIU si, digarada (una mil-ada LU +.:,L\,I I ~ L C ~ y ~d mos que en un florero o en un;3 estanteria llena de libros (un;a mirada tan melancblica), y entonces yo -.-! fl^_^__ LIcIlt: cat: l l U l C L U u 10s lomos de 10s libros pensaba: que en donde su 7rista se detiene, para concitar tanta tristeza. Y a veces me ponia a reflexionar, cuando Cl ya no estaba e:n la habitaci6n o cuando no me miraba, yo me pon ia a reflexionar e iricluso me ponia a mirar el ..- _____:L- - I - - 1 : t u 10s lluros antes sefialados y Ilegaflorero en cuesLloI1 ba a la conchtsi6n (conclusi6n que por otra parte no tardaba en desechar) de que alli, en esos objetos aparente,mente tan inofensivcDS, se ocultaba el infierno o una (le sus puertas secreta,S . -d-me sorprendia mirando su 1T a- veces UJ _O-I ~n1-eurw florero o 10s I(imos de sus libros y me preguntaba qui miras, Auxilio y- yo . entonces decia ieh?, iquC?, y mis bieiI me hacia la tonta oI la sofiadora, per0 otras veces le Fxeguntaba cosas corno a1 margen de la cuestibn, _ _____ perv- C_ _O_S_ ~_ Squc:1D_ ! i_ .m pensadas pues resultaban relevantes: le decia don Pedro, ieste florero desde cuindo lo tiene?, ise lo 1regal6 alguien?, itiene algun valor especial para ustecl? Y 61 se me quedaba mirando sin saber qud contestar. 0 decia: s610 es un florero. 0: no tiene ningii n significado espe,cial. iY entonces por qui raz6n 1o mira como si ahi se ocultara una de las puertas hiihiera AP del irif;ernn>. --------., ,,bid0 replicarle yo. Pero yo no replicaba. Yo s610 decia: aji, aji, que era una expresion que no s;C qui& me habia pegado por aquellos meses, 10s priimeros que past en MCxico. Pero mi cabeza seguia fu ncionando por m& ajis que mis labios La-

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articulasen. Y una vez, esto lo recuerdo y me da risa, en que estaba sola en el estudio de Pedrito Garfias, me puse a mirar el florero que 61 miraba con tanta tristeza, y penst: tal vez lo mira asi porque no tiene flores, casi nunca tiene flores, y me acerqut a1 florero y lo observC desde distintos ingulos, y entonces (estaba cada vez mis cerca, aunque mi forma de aproximarme, mi forma de desplazarme hacia el objeto observado era como si trazara una espiral) penst: voy a meter la mano por la boca negra del florero. Eso pensC. Y vi c6mo mi mano se despegaba de mi cuerpo, se alzaba, planeaba sobre la boca negra del florero, se aproximaba a 10s bordes esmaltados, y justo entonces una vocecita en mi interior me dijo: che, Auxilio, quC haces, loca, y eso fue lo que me salv6, creo, porque en el acto mi brazo se detuvo y mi mano qued6 colgando, en una posici6n como de bailarina muerta, a pocos centimetros de esa boca del infierno, y a partir de ese momento no sC q u i fue lo que me pas6 aunque si sC lo que no me pas6 y me pudo haber pasado. Una corre peligros. Esa es la pura verdad. Una corre riesgos y es juguete del destino hasta en 10s sitios mis inverosimiles. vez del florero yo me puse a llorar. 0 mejor e me saltaron las ligrimas sin darme cuenta y tuve que sentarme en un sillbn, en el h i c o sill6n que don Pedro tenia en aquella habitacibn, porque si no me siento me hubiera desmayado. Al menos, puedo asegurar que en determinado momento se me nub16 la vista y se me aflojaron las piernas. Y cuando ya estuve sentada, me entraron unos temblores muy fuertes que parecia que me fuera a dar un ataque. Y lo

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peor era que mi cinica preocupaci6n en ese momento consistia en que Pedrito Garfias no entrara y me viera en ese estado tan lamentable. Al mismo tiempo no dejaba de pensar en el florero, a1 que evitaba mirar aunque sabia (tonta de remate no soy) que estaba alli, en la habitacihn, de pie sobre una repisa en donde habia tambikn un sapo de plata, un sapo cuya pie1 parecia haber absorbido toda la locura de la luna mexicana. Y luego, a6n temblando, me levand y me volvi a acercar, yo creo que con la sana intenci6n de coger el florero y estrellarlo contra el suelo, contra las baldosas verdes del suelo, y esta vez no me aproximC a1 objeto de mi terror en espiral sino en linea recta, una linea recta vacilante, si, per0 linea recta a1 fin y a1 cabo. Y cuando estuve a medio metro del fforero me detuve otra vez y me dije: si no el infierno, alli hay pesadillas, alli esta'. todo lo que la gente ha perdido, todo lo que causa dolor y Io que mds vale olvidar. Y entonces pensC: iPedrito Garfias sabe lo que se esconde en el interior de su florero? iSaben 10s poetas lo que se agazapa en la boca sin fondo de sus floreros? iY si lo saben por quC no 10s destrozan, por quC no asumen ellos mismos esta responsabilidad? Aquel dia no supe pensar en otra cosa. Me fui ma'.s temprano de lo usual y me dediquC a pasear por el Bosque de Chapultepec. Un lugar bonito y sedante. Per0 por mis que caminaba y admiraba lo que veia no podia dejar de pensar en el florero y en el estudio de Pedrito Garfias y en sus libros y en su mirada tan triste que a veces se posaba sobre las cosas mds inofensivas y otras veces sobre las cosas ma's peligrosas. Y asi, mientras ante mis ojos veia 10s muros del Palacio de

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Maximiliano y Carlota, o veia 10s 8rboles del bosque multiplicados en la superficie del lago de Chapulteoec. en mi imaPinaci6n s610 veia a un poeta espafiol i una tristeza que parecia Laba rabia. 0 mejor dicho: ma por quC raz6n 61 no hacia nada a1 respecto. Por quC el poeta se quedaba mirando el florero en vez de dar dos pasos (dos o tres pasos que resultarian tan elegantes con sus pantalones de lino crudo) y agarrar el florero con ambas manos y estrellarlo contra el suelo. Pero luego se me iba la rabia y me ponia a reflexionar mientras la brisa del Bosque de Chapultepec (del pintoresco Chapultepec, como escribi6 Manuel GutiCrrez N6jera) me acariciaba la punta de la nariz hasta que caia en la cuenta de que probablemente Pedrito Garfias ya habia roto muchos floreros, muchos objetos misteriosos a lo largo de su vida, iinnumerables floreros!, iy en dos continentes!, asi que quiCn era yo para reprocharle, aunque s610 fuera mentalmente, la pasividad que mostraba ante el que tenia en su estudio. Y ya puesta en esa tesitura, incluso buscaba m8s de una raz6n que justificara la permanencia del florero, y efectivamente se me ocurria m8s de una, per0 para quC enumerarlas, q u i inutilidad enumerarlas. Lo dnico cierto era que el florero estaba alli, aunque tambiCn podia estar en una ventana abierta de Montevideo o sobre el escritorio de mi padre, que murid hace tanto tiempo que ya casi lo he olvidado, en la antigua casa de mi padre, el doctor Lacouture, una casa y un escritorio sobre 10s que caen ya mismo 10s pilares del olvido.

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Asi que lo unico cierto es que yo frecuentaba la casa de Le6n Felipe y la casa de Pedro Garfias y que 10s ayudLaba en lo que podia, quitindoles el polvo a 10s libros y barriendo el suelo, por ejemplo, y que staban yo les decia dCjenme trancuanc quila, u:;tedes escriban y ddjenme a mi ocuparme de la int:endencia, y (p e entonces Le6n Felipe se reia y don ped ro no se reia, Pedrito Garfias, qud melanc6liC:o, 61 no se reia, C 1 me miraba con sus ojos como de 1ago a1 atardecer, IESOS lagos que estin en medio del monte y que nadie visita, esos lagos tristisimos y apacibles, t zin apacibles que no parecen de este mundo, y decia no te molestes, Auxilio, o gracias, Auxilio, y no Ciecia nada mis. QuC hombre mis divino. QuC hom1:)re mis integro. Se quedaba de pie, inm6vi1, y me . . 1-L- i1-c mr-riac Gaua a a fjlabiaa. Eso era todo y con eso a mi me bastaba. Po:rque yo me conform0 con poco. Eso salta a la vista. Le6n FeliDe me decia bonita, me decia eres una chica impagable, Auxilio, y trataba de ayudarme con unos cuantos pes;os, per0 yo generalmente cuando dl , me ofrecxa dinero ponia el grito en el cielo (literalmente), yo esto lo hago por gusto, Le6n Felipe, le decia, yo tx o lo hago asaeteada por la admiraci6n. Y Le6n Felipe se (luedaba un ratito pensando en mi adjetivo y yo entcmces volvia a poner sobre su mesa el dinero q ue me habia dado y seguia con mi trabajo. Yo cantaba. Yo cuando trabajaba cantaba y no me importaba quc: el trabajo fuera gratis o pagado. De hecho, creo quc: preferia que el trabajo fuera gratis (aunque no voy a. ser tan hip6crita como para decir que no era feliz cuando me Dagaban). Pero con ellos preferia que f uera gratis. Con ellos yo hubiera pagado de mi pro-

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pi0 bolsillo para moverme entre sus libros y entre sus papeles con total libertad. Y lo que solia recibir (y aceptar) eran regalos. Le6n Felipe me regalaba figuritas mexicanas de barro que yo no sC de d6nde las sacaba porque en su casa tampoco es que tuviera muchas. Yo creo que las compraba especialmente para mi. Q u i tristeza de figuritas. Eran tan bonitas. Chiquititas y bonitas. AlIi no se escondia la puerta del infierno ni del cielo, s610 eran figuritas que hacian 10s indios y que luego vendian a 10s intermediarios que iban a Oaxaca a comprarlas y que Cstos revendian, mucho mis caras, en 10s mercados o en puestos callejeros del DF. Don Pedro Garfias, en cambio, me regalaba libros, libros de filosofia. Ahora mismo recuerdo uno de JosC Gaos, que intent6 leer per0 que no me gust6. JosC Gaos tambiCn era espafiol y tambiCn muri6 en MCxico. Pobre JosC Gaos, tendria que haberme esforzado mis. 2Cuindo muri6 Gaos? Creo que en 1968, como Le6n Felipe, o no, en 1969, y entonces hasta es posible que muriera de tristeza. Pedrito Garfias muri6 en 1967, en Monterrey. Le6n Felipe muri6 en 1968. Las figuritas que Le6n Felipe me regal6 las fui perdiendo una detris de otra. Ahora deben de estar en estanterias de casas s6lidas o de cuartos de azotea de la colonia Nipoles o de la colonia Roma o de la colonia Hip6dromo-Condesa. Las que no se rompieron. Las que se rompieron deben de ser parte del polvo del DF. Los libros de Pedro Garfias tambiCn 10s perdi. Los de filosofia, 10s primeros, y 10s de poesia, fatalmente, tambiCn. A veces me da por pensar que tanto mis libros como mis figuritas de alguna manera me acompafian.

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;Per0 c6mo me pueden acompafiar?, me pregunto. iFlotan a mi alrededor? ;Flotan sobre mi cabeza? ;Los libros y las figuritas que fui perdiendo se han convertido en el aire del DF? ;Se han convertido en la ceniza que recorre esta ciudad de norte a sur y de este a oeste? Puede ser. La noche oscura del alma avanza por las calles del DF barrikndolo todo. Ya apenas se escuchan canciones, aqui, en donde antes todo era una canci6n. La nube de polvo lo pulveriza todo. Primer0 a 10s poetas, luego 10s amores, y luego, cuando parece que esd saciada y que se pierde, la nube vuelve y se instala en lo mAs alto de tu ciudad o de tu mente y te Air-0

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2 Como les iba diciendo, yo frecuentaba a Le6n Felipe y a Pedro Garfias sin deslealtades ni pausas, sin agobiarlos mostra'ndoles mis poemas ni conta'ndoles mis penas, y si tratando de ser fitil, per0 tambiCn hacia otras cosas. Yo tenia mi vida privada. Tenia otra vida aparte de buscar el calor de esos prohombres de las letras castellanas. Tenia otras necesidades. Hacia trabajos. Trataba de hacer trabajos. Me movia y me desesperaba. Porque vivir en el DF es fa'cil, como todo el mundo sabe o Cree o se imagina, per0 es ficil s610 si tienes algo de dinero o una beca o una familia o por lo menos un raquitico laburo ocasional y yo no tenia nada, el largo viaje hasta llegar a la regi6n ma's transparente me habia vaciado de muchas cosas, entre ellas de la energia necesaria para trabajar en seg6n quC cosas. Asi que lo que hacia era dar vueltas por la Universidad, mds concretamente por la Facultad de Filosofia y Letras, haciendo trabajos voluntarios, podriamos decir, un dia ayudaba a pasar a ma'quina 10s cursos del pro-

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fesor Garcia Liscano, otro dia traducia textos del francCs en el Departamento de FraricCs, en donde habia A e verdad la lengua de uuiiiiiiaiaii miiv 1UULU uuL rlnrninqrqn N [olikre, y yo no es que quiera decir que mi francis es ximo, per0 es que a1 1;ido del que manejaban 10s del buenisimo, y otro dia me pegaba como una lapa a un grupo que hacia teatro y me pasaba ochLO horas, sin exagerar, mirando 10s ensayos r que se repetian hasta la eternidad, yendo a buscar tortas, manejando expel-imentalmente 10s focos, recitande todos 10s actores con una voz UU l U 3 PdlJ.dlllLllLuD casi inaudi ble aue s610 vo oia v que s610 a mi me hacia feliz. A veces, no muchas, constp i a un trabajo remunerado, un profesor me pa@iba de su sueldo por Ln-arla ,-l:,nmno A n nTnirlr)nta o 10s jefes de deparl l d L G l l G , Ul5dllluJ, uL dyuuQllLL, tamento c(mseguian que Cstos o la Facultad me contrataran Itx)r auince dias, por un mes, a veces por un 1 mes y medio en cargos vaporosos y ambiguos, la mayoria inexistentes, o la:s secretarias, qui chicas m8s t,,-l", amigas, todas me contaban 31111ydLlLd3, LuUd3 Cldll sus penas cIe amores y sus esperanzas, se las arreglaban para aue s us Iiefes me fueran pasando chambitas que I m!e permitian ganarme algunc)s pesos. Est0 durante el di'a. Por las noches llevaba UIi a vida m8s bien bohemia, con 10s poetas de MCx ico, lo que me resulta;bL oa ilLt ani ti ni ca. in.ltL,c ~-rnt;C-nnta ldLlllLdllLG lllcluso hasta conveniente pues Dor erntonces el dinero escaseaba y no tenia ni Par a la pensi6n. Pero por rei;la general si tenia. Yo no quiero exagerar. Yo tenia dinero para vivir y 10s poetas M&:nr. -r,.+nLn 1:lde IvILAILU plG3Ldudll lldros de literatura mexicana, a1 prim5oio sus mopios poemarios, 10s poetas son --,-no

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asi, luego 10s imprescindibles y 10s clisicos, y de esta manera mis gastos se reducian a1 minimo. A veces me podia pasar una semana entera sin gastar un peso. Yo era feliz. Los poetas mexicanos eran generosos y yo era feliz. En aquellos tiempos comencC a conocerlos a todos y ellos me conocieron a mi. Eramos inseparables. Yo por el dia vivia en la Facultad, como una hormiguita o mis propiamente como una cigarra, de un lado para otro, de un cubiculo a otro cubiculo, a1 tanto de todos 10s chismes, de todas las infidelidades y divorcios, a1 tanto de todas las tragedias. Como la del profesor Miguel L6pez Azcirate, a1 que dej6 su mujer, y Miguelito L6pez no sup0 aguantar el dolor, yo estaba a1 tanto, me lo contaban las secretarias, una vez me detuve en un pasillo de la Facultad y me uni a un grupo que discutia no sC quC aspectos de la poesia de Ovidio, puede que alli estuviera el poeta Bonifaz Nufio, puede tambiCn que alli estuviera Monterroso y dos o tres poetas j6venes. Y seguro que alli estaba el profesor L6pez Azcirate, que no abri6 la boca sino hasta el final (tratindose de poetas latinos la h i c a autoridad reconocida era la de Bonifaz Nufio). iY de quC hablamos, Virgen Santa, de quC hablamos? No lo recuerdo con exactitud. S610 recuerdo que el tema era Ovidio y que Bonifaz Nufio peroraba, peroraba, peroraba. Probablemente se estaba cargando a un traductor novato de las Metamofosis. Y Monterroso se sonreia y asentia en silencio. Y 10s poetas j6venes (0 tal vez s610 eran estudiantes, pobrecitos) hacian tres cuartos de lo mismo. Y yo tambiCn. Yo alargaba mi cuello y 10s contemplaba con fijeza. Y de vez en cuando lanzaba una exclamaci6n por

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encima del hombro de 10s estudiantes, que era como afiadir un 1)oca de silencio a1 silencio. Y entonces (en algtin moniento de ese instante que existi6, que no profesor L6pez Azcirate pude habe a como si le faltara el aire, abri6 la bo1 como si aq uLl yU3111w uL Facultad hubiera entrado de golpe er1 la dimensi6n desconocida y dijo algo sobre el Arte de amar, de Ovidio, algo que tom6 por sorpresa a Bonifaz Nufio y que pareci6 interesar sobrlemanera a Monterrosc3 y que los j6venes poetas o ,. estudiantes no comprendieron, ni yo, y despuCs se pus0 color:ido, como si el ahogo ya resultara francamente inso portable, Y unas ligrimas, no muchas, cuatrc) o seis, le rodaron por las mejillas hasta quedar enganchadas de su bigcIte, un bigote negro que empezaba a encanecer por las puntas y por el centro concediCndole UII aire que a mi siempre me habia parecido extrafiisimc1, como de cebra o algo parecido, un bigote n egro, en todo caso, que no debia estar alli, que pedia a gritos una navaja o unas tijeras y que hacia que TX,,, s1 UllU 1nl;,eL-. 1 1 1 LLuu ~ LuyLL Azcirate demasiado tiempo a la cara corniprendiera sin la mAs minima duda que se trataba de Ima anomalia v que con esa anomalia en la cara (con esa anomalia vo luntaria en la cara) las cosas neccsariamente iban a acal3ar mal. la

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un Arbol v la noticia corri6 IDor la Facultad como un anirnal aterrorizado y veloz. UnLa noticia que cuando Ilegc5 a mis oidos me dej6 empe:quefiecida y tiritando Y a1 mismo tiempo maravillada, porque la noticia, sin duda, era mala, pCsima, per0 :a1 mismo tiempo era fantistica, era como si la realiciad te dijera a1 oido: J

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a6n soy capaz de grandes cosas, a6n soy capaz de sorprenderte a ti, sonsa, y a todos, a6n soy capaz de mo1

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ia 6s la Pacultad y vagaba por el U P como un duende (me gustaria decir como un hada, per0 faltaria a la verdad), y bebia y discutia y participaba en tertulias (yo las conoci todas) y aconsejaba a 10s poetas j6venes que ya desde entonces acudian a mi, aunque no tanto como despuds, y yo para todos tenia una palabra, iqut dip0 una IDalabra!.' Dara todos tenia cien IDalabras o I mil, todos me parecian nietos de L6pez Velarde, t)isnietos de Salvador Diaz Mir6n, 10s j6venes machitos atribulados, 10s j6venes machitos mustios de las I U

cierran o en 10s bares mAs deprimentes del mundo en donde yo era la 6nica mujer, yo y a veces el fantasma de Lilian Serpas (pero de Lilian hablard mAs adelante), y me 10s daban a leer, sus poemas, sus versos, sus ahogadas traducciones, y yo tomaba esos folios y 10s leia en silencio, de espaldas a la mesa en donde todos brindaban y trataban angustiosamente de ser ingeniosos o ir6nicos o cinicos, pobres Angeles mios, y me sumergia en esas palabras (me gustaria decir flujo verbal, per0 faltaria a la verdad, alli no habia flujo verbal sin0 balbuceos) hasta la masmkdula, me quedaba por un instante sola con esas palabras entorpecidas por el brillo y la tristeza de la juventud, me quedaba por un instante sola con esos trozos de espejo trizados, y me

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~ azogue de esa miraba o mejor diL U ~ UIIK UUSLdUd C I el baratura, iy me en contraba!, alli estaba yo, Auxilio Lacouture, o fragmemtos de Auxilio Lacouture, 10s ojos azules, 1: pel0 rubio y canoso coIn un corte a lo Principe Valliente, la cara alargada y flaca, las arrugas en la - : -:--:J-A -"*.--frente, y- -1111 i i i i u ilUdU I ~ I CcbLrciliecia, me sumergia en un mar de dudas, me hacia sospechar del porvenir, de 10s dias que se avcxinaban con una velocidad de crucero, 2kunque por otra part e me confirmaba que vivia con rnii tiempo, con el tiernpo que yo habia escogido y con el tiempo que mc: circundaba, tembloroso, cambiame, p-l-*L-!-.x u i I LU, c-1:ICllL. Y asi lleguC a1I aiio 1968. 0 el afio 1968 lleg6 a mi. 'Yo' ahora podria decir que lo presenti. Yo ahora podr ia decir que tuve u na corazonada feroz y que no 116 desn me F,i__-_ ___r -reven - -. ida - Lo auguri, lo intui, lo sospechi, lo remusguC (iesde el primer minuto de enero; lo presagiC y lo barru ntC desde que se rompi6 la primera piii ata (y la 6ltima) del inocente enero enfiestado. Y Por si eso no fuera poco podria decir que senti su olor _ _ -yarques _ en I1 U- - ~Luareb y e11 1IO^ en febrero o en marzo del 68, senti su qu ietud preternatural en las librerias y en 10s puestos de c:omida ambulante, mientras me comia un taco de car,nits, de pie, en la calle San IldefonSO, conternplando la iglesia de Santa Catarina de Siena y el crep6scullo mexicano que se arremolinaba como un desvario., antes de que el afio 68 se convirtiera realmente en el afio 68. Ay, me da risaL recordarlo. iMe dan ganas de llorar! iEstoy llorand,o? Yo lo vi todo y a1 mismo tiempo vo no vi- naAa : C t entiende lo que quiero decir? Yo , --soy la madre de todos 10s poetas y no permiti (0 el ^-LA

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destino no permitio) que la pesadilla me desmontara. idas. 1

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do el ejCrcito viol6 la autonomia y entr6 en el cam1 a detener o a matar a todo el mundo. No. En la U niversidad no hub0 muchos muertos. Fue en Tlatelolco. siemore! Pero vo estaba en la Facultad cuando el ejCrC la la E n 10s 1

creo, no puedo precisarlo. Y estaba sentada en el W i ter, con las polleras arremangadas, como dice el poema o la cancibn, leyendo esas poesias tan delicadats de Pedro Garfias, que ya llevaba un afio muerto, doni Pedro tan melanc6lico, tan triste de Espafia y del IIiunA,. ----..,I -*.A :L. "~.,:,, : -..- YU IU 1- : uu C I I f ; C l l C l d l , ~ U >C C I U d 1llldf;IlldI ~ U C lba a estar leyendo en el bafio justo en el momento en que 10s granaderos conchudos entraban en la Universidad. Yo creo, y permitaserne este inciso, que la vida estd cargada de cosas enigm&ticas, pequefios acontecimientos que s610 estin esperando el contact0 epidCrmico, nuestra mirada, para desencadenarse en una serie de hechos causales que luego, vistos a travks del prisma del tiempo, no pueden sin0 producirnos asombro o espanto. De hecho, gracias a Pedro Garfias, a 10s poemas de Pedro Garfias y a mi inveterado vicio de leer en el bafio, yo fui la tiltima en enterarse de que 10s granaderos habian entrado, de que el ejCrcito habia violado la autonomia universitaria, y de que mientras mis pupilas recorrian 10s versos de aquel espafiol muerto en el exilio 10s soldados y 10s granade-e

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ros estaban deteniendo y cacheando y pegindole a todo el que encontraban delante sin que importara sex0 o edad. condici6n civil o status adquirido (0 regalado) elI el intrincado mundo de las jerarquias universitarias > que.

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iUn ruid o en el alma! Y digam os aue desputs el ruido fue creciendo y creciendo y que ya para entonces yo prestC atenci6n a lo que pasaba, oi que alguien tiraba de la cadena de un witer vec'ino, senti un portazo, pasos en el pasillo, y el clamor que subia de 10s jardines, de ese ctsped tan bien cuildado que enmarca la Facultad como un mar verde a una isla siempre dispuesta a las confidencias y a1 am(ir. Y entonces la burbuja de la poesia de Pedro Garfia.s hizo blip y cerri el libro y me levanti, tird de la caciena, abri la puerta, hice un comentario en voz alta, dije che, quC pasa afuera, per0 nadie me respondi6, t cidas las usuarias del bafio habian desaparecido, dije c:he, ;no hay nadie?, sabiendo de antemano que nadics me iba a contestar, no sd si conocen la sensacibn, UIla sensaci6n como de pelicula de miedo, per0 no de esas en donde las mujeres son sonsas sin0 de esas en donde las mujeres son inteligentes y valientes o eln donde a1 men05i hay una mujer inteligente y A- l C Y C l l L C se queda sola, que de repente valientc uc entra en un c:dificio solitario o en una casa abandonada Y pregunta (porque ella no sabe que el lugar en dondle se ha metido estd abandonado) si hay alguien, alza 1;a voz y pregunta, a unque en realidad en el tono , , , . lldLC I 1, ^^.. -+, con quc : la plcf;ullLa ya va implicita la respuesta, per0 ella pretynta, ;por qui?, pues porque ella bisicaI

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mente es una mujer educada y las mujeres educad: no podemos evitar serlo en cualquier circunstancia e que la vida nos ponga, ella se queda quieta o tal vc da algunos pasos y pregunta y nadie, evidentement, le responde. Asi que yo me senti como esa muje aunque no s t si lo supe en el acto o lo sC ahora, tambiCn di unos cuantos pasos como si caminara pc una enorme extensi6n de hielo. Y luego me lavt 1; manos, me mirC en el espejo, vi una figura alta y fl: cay con algunas, demasiadas ya, arruguitas en la car; la versi6n femenina del Quijote como me dijera e una ocasi6n Pedro Garfias, y despuCs sali a1 pasillo, ahi si que me di cuenta enseguida de que pasaba algc el pasillo estaba vacio, sumido en sus desvaidos colc res crema, y la griteria que subia por las escaleras er de las que atontan y hacen historia. iQuC hice entonces? Lo que cualquier person:1 Y me asomC a una ventana y m i d hacia abajo y vi so.Idados y luego me asomt a otra ventana y vi tanquet: ts y luego a otra, la que esti a1 fondo del pasillo (reconri el pasillo dando saltos de ultratumba), y vi furgoneta1s en donde 10s granaderos y algunos policias vestidos d e civil estaban metiendo a 10s estudiantes y profesore:S presos, como en una escena de una pelicula de la Se gunda Guerra Mundial mezclada con una de Mari a FClix y Pedro ArmendAriz de la Revoluci6n Mexican: 1, una pelicula que se resolvia en una tela oscura per10 con figuritas fosforescentes, como dicen que ven algu nos locos o las personas que sufren repentinamente un ataque de miedo. Y luego vi a un grupo de secreta rias, entre las que crei distinguir a ma's de una amiga (ien realidad crei distinguirlas a todas!), que salian eln 1-

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fila india, arreplindose 10s vestidos, con las carteras en las manos o CC&adas del hoimbro, y desputs vi a un grupo de prc,f;sores que tam biCn salia ordenadamen._uluLllclualllinte ,,A,,,A,rn, como la situaci6n lo te, a1 menos tkll gente con libros en las manos, vi gente permitia, vi v Ioicinas mecanoscritas que se desparracon cametas ---r u maban por el suelo y ellos !;e agachaban y las recoda a rastras o gente que gian, iLulLau Lu,,lL,lJose la nariz con un pasalia uc que la sangre ennegrecia ripidamente. Y fiuelo blanco entonces yo me dije: qukdate aqui, Auxilio. No permitas, nena, que te lleven presa. Qutdate aqui, Auxilio, no entres voluntariamente en esa pelicula, nena, si te quieren meter que se torrien el trabajo de encontrari:e. Y enton(:es volvi a1 bano y mira q u i curioso, no s610 volvi a1 baiio sino auc: volvi a1 wdter, justo el mismo en donde estaba antes, y volvi a sentarme en la , taza del watc?r, quiero decir: otra vez con la pollera arremangada y 10s calzones bajados, aunque sin ning6n amemio fisiol6cico (dicen que precisamente en cas08s asi se suelta el est6mai50, per0 no fue ciertamente rrii caso), y con el libro cle Pedro Garfias abierto, y auncque no queria leer me puse a leer, lentamente a1 . . principio, palabra por palabra y verso por verso, aunque poco dc:spuds la lectura fue acelerindose hasta que finalmen te se hizo enloquecedora, 10s versos pasaban tan rdDildos aue aoenas me era posible discernir 1 1 algo (le ellos, las palabiras se pegaban unas con otras, no sC, una lectura en caida libre que, por otra parte, la P", poesib A 0 D,A,;t, , U l l L u Udtlfias apenas pudo resistir (hay poetas y F)oemas que resis.ten cualquier lectura, otros, 2

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la mayoria, no), y en Csas estaba cuando de repente oi ruido en el pasillo, puido de botas?, puido de botas claveteadas?, per0 che, me dije, ya es mucha coincidencia, ;no te parece?, p i d o de botas claveteadas!, per0 che, me dije, ahora s610 falta el frio y que una boina me caiga encima de la cabeza, y entonces escuchC una voz que decia algo asi como que todo estaba en orden, mi sargento, puede que dijera otra cosa, y cinco segundos despuCs alguien, tal vez el mismo cabr6n que habia hablado, abrid, la puerta del .bafio y

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Y yo, pobre ae mi,

a g o similar ai rurriur que produce el viento cuando baja y corre entre las flores de papel, oi un florear de aire y agua, y levant6 (silenciosamente) 10s pies como una bailarina de Renoir, como si fuera a parir (y de alguna manera, en efecto, me disponia a alumbrar algo y a ser alumbrada), 10s calzones esposanido mis tobillos flacos, enganchados a unos zapatos q ue entonces tenia, unos mocasines amarillos de lo mas c6modo, y mientras esperaba a que el soldado I-evisara 10s waters uno por uno y me disponia moral y fisicamente, llegado el caso, a no abrir, a defender el tiltimo reducto de autonomia de la UNAM, yo, Ima pobre poetisa uruguaya, per0 que amaba MCxico 1como la que mas, mientras esperaba, digo, se produjc un silencio especial, un silencio que ni 10s diccionarios musicales ni 10s diccionarios filos6ficos registran, :om0 si el tiempo se fracturara y corriera en varias direcciones a la vez, un tiempo puro, ni verbal ni conipuesto de gestos o acciones, y entonces me vi a mi misma y vi a1 soldado que se miraba 01

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lejania. YO 1ri la b l l u C L a uc Ulld Ldnqueta o la sombra de una tanq ueta, aunque despuis me puse a reflexiovi fuera la sombra de un Arbol. nar y tal vez lo- nile 7-- - ~Como el p6 rtic:o de la literatura latina, c:om0 el p6rtico de la literatura griega. Ay, a mi me ,gusta tanto la - Ucbuc A--AC " L L " , h r:,,, 3 d l U I l d a L d ululgos Seferis. Yo literatura griega, vi el viento que recorria la Universidad como si disfrutara de la -s iilrimas claridades del dia. Y supe lo que tenia que h:icer. Yo supe. Supe que tenia que resistir. Asi que me :senti sobre las baldosas del bafio de muje-LA 1Ub l - , .<I*:--" A, U ~ L 1dYUa ~ ~ uz ~ luz ~ U para ~ leer tres res y aproveLilt: poemas mis de Pedro Garfias y luego cerrC el libro y cerrC 10s ojos y me dije: Auxilio Lacouture, ciudadana del Uruguay;latinoamericana, poeta y viajera, resiste. S610 eso -..-- d" pCllbdl ----^.. CII A pasado como Y luego lllc pubc ahora piensc en mi pasado. Luego remonti las fechas, se rompi6 elI rombo en el espacio de la desesperaci6n conjetural, s las imdgenes del fondo del lago, sin que nad; e pudiera evitarlo emergieron las imAgenes de CbC p u r e lago al que no alumbran ni el sol ni la lun a, se pleg6 y despleg6 el tiempo como un suefio. El afio 68 se convirti6 en el afio 64 y en el afio 60 y en el a Cn se convirti6 en el afio 70 y en el a 60 75 y 76. Como si me hubiera mu C l L U y LulrLclllplara 10s afios desde una perspectiva inidita. Quiero decir: me puse a pensar en mi pasadlo como si pensara en mi presente y en mi futuro y en Imi pasado, todo revuelto y adormilado en un solo huevo tibio, un enorme huevo de no sC qui pdjaro interior ( p n arqueopterix?) cobijado en un nido de escombros humeantes. .~

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Me puse a pensar, por ejemplo, en 10s dientes que perdi, aunque en ese momento, en septiembre de 1968, yo a6n tenia todos mis dientes, lo que bien mirad0 no deja de resultar raro. Pero lo cierto es que pens6 en mis dientes, mis cuatro dientes delanteros que fui perdiendo en aiios sucesivos porque no tenia dinero para ir a1 dentista, ni ganas de ir a1 dentista, ni tiempo. Y result6 curioso pensar en mis dientes porque por una parte a mi me traia sin cuidado carecer de 10s cuatro dientes mPs importantes en la dentadura de una mujer, y por otra parte el perderlos me hiri6 en lo mPs profundo de mi ser y esa herida ardia y era necesaria e innecesaria, era absurda. Todavia hoy, cuando lo pienso, no lo comprendo. En fin: perdi mis dientes en MCxico como habia perdido tantas otras cosas en MCxico, y aunque de vez en cuando voces amigas o que pretendian serlo me decian ponte 10s dientes, Auxilio, haremos una colecta para comprarte unos postizos, Auxilio, yo siempre supe que ese hueco iba a permanecer hasta el final en carne viva y no les hacia demasiado cas0 aunque tampoco daba de plano una respuesta negativa. Y la pCrdida trajo consigo una nueva costumbre. A partir de entonces, cuando hablaba o cuando me reia, cubria con la palma de la mano mi boca desdentada, gesto que seg6n supe no tard6 en hacerse popular en algunos ambientes. Yo perdi mis dientes per0 no perdi la discrecibn, la reserva, un cierto sentido de la elegancia. La emperatriz Josefina, es sabido, tenia enormes caries negras en la parte posterior de su dentadura y eso no le restaba un Ppice a su encanto. Ella se cubria con un paiiuelo o con un abanico; yo, m h

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terrenal, habiitante del DF alado y del DF subterrineo, me ponkI la palma de la mano sobre 10s labios y me reia y habliaba libremente en las largas noches mexicanas. Mi aspecto, para 10s que reciCn me conocian, era el de una zonspiradora o el de un ser extraiio, mitad sulamita y mitad murciilago albino. Pero eso a mi no me import aba. Alli esti Auxilio, decian 10s poetas, y alli estaba y(3, sentada a la mesa de un novelista con delirium trem ens o de un periodista suicida, riindome y habland0 , secreteando y contando habladurias, y nadie podia decir: yo he visto la boca herida de la uruguaya, yo he visto las encias peladas de la h i c a persona que se qued6 en la Universidad cuando entraron 10s graliaderos, en septiembre de 1968. Podian decir: Auxilio habla como 10s conspiradores, acercando la cabeza y cubriindose la boca. Podian decir: Auxilio habla mi rAndote a 10s ojos. Podian decir (y reirse a1 decirlo): ;c(5mo consigue Auxilio, aunque tenga las manos ocupaclas con libros y con vasos de tequila, llevarse siempre una mano a la boca de manera por dema's esponta'nt:a y natural?, ;en d6nde reside el secreto de ese su juegc3 de manos prodigioso? El secreto, amigos mios, no F)ienso lleva'rmelo a la tumba (a la tumba no hay que llevarse nada). El secreto reside en 10s nervios. En 10s nt:rvios que se tensan y se alargan para alcanzar 10s bo rdes de la sociabilidad y el amor. Los bordes espantcxamente afilados de la sociabilidad y el amor E'0 perdi mis dientes en el altar de 10s sacrificios hum:mos.

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Pero no s610 pens6 en mis dientes, que atin no se habian caido, sino que tambiCn pens6 en otras cosas, como por ejemplo en el joven Arturo Belano, al que yo conoci cuando tenia diecisCis o diecisiete afios, en el afio de 1970, cuando yo ya era la madre de la poesia joven de MCxico y Cl un pibe que no sabia beber per0 que se sentia orgulloso de que en su lejano Chile hubiera ganado las elecciones Salvador Allende. Yo lo conoci. Yo lo conoci en una ensordecedora reuni6n de poetas en el bar Encrucijada Veracruzana, atroz huronera o cuchitril en donde se reunia a veces un grupo heterogineo de j6venes y no tan j6venes promesas. De entre todas las promesas 61 era la promesa ma's joven. Y adernis el Linico que a 10s diecisiete afios ya habia escrito una novela. Una novela que luego se perdi6 o devor6 el fuego o que acab6 en uno de 10s inmensos basurales que rodean el DF y que yo lei, a1 principio con reservas, despuCs con placer, no porque fuera buena, no, el placer me lo proporcionaban 10s atisbos de voluntad vislumbrados en cada pa'-

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gina, la conmovedcbra voluntad de un adolescente: la novela era mala, p'cro C1 era bueno. Asi que yo me hice amiga de 41. Y;o creo que fue porque Cramos 10s dos hnicos sudame:ricanos en medio de tantos mexicanos. Yo me hice atmiga de Cl, me acerquC y le hablC cubriendo con una mano mi boca y 61 me sostuvo la mirada y me mir6 Iel dorso de la mano y no me pregunt6 por quC r a d n me cubria la boca, per0 yo creo que, a diferencia de otros, lo adivin6 en el acto, quiero decir adivin6 el rnotivo tiltimo, la soberania postrera que me llevaba a cubrirme 10s lat)ios, y no le import& 1 1 ' * 1 Yo esa nocne rrle nice amiga a e 61, pese a la diferencia de edades, i~Jese a la diferencia de todo! Yo le dije, semanas despid s , qui& era Ezra Pound, quiCn era William Carlos Williams, qui& era T. S. Eliot. Yo lo llevC una vez a :;u casa, enfermo, borracho, yo lo llevC abrazado, colg;ando de mis flacas espaldas, y me hice amiga de su madre y de su padre y de su hermana tan simpitica, tan simpiticos todos. Yo lo primer0 (p e le dije a su madre fue: sefiora, yo no me he acostado con su hijo. A mi me gusta ser asi, ser franca y sincera con la gente franca y sincera (aunque me he ganiado disgustos sin cuento por esta mi inveterada costumbre). Yo levant6 las manos y sonrei y luego bajC las manos y se lo dije y ella me mir6 como si acabara de salir de uno de 10s cuadernos de su hijo, de Art1irito Belano, que entonces estaba durmiendo la mon;a en la caverna que era su habitaci6n. Y ella dijo: cllaro que no, Auxilio, per0 no me digas sefiora, si te1iemos casi la misma edad. Y yo enarquC una ceja y fijC en ella mi ojo mis azul, el de-

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recho, y penst: pero, nena, si tiene raz6n, si debemos tener mbs o menos la misma edad, tal vez yo fuera tres afios mds joven, o dos, o uno, per0 bbsicamente Cramos de la misma generacibn, la 6nica diferencia era que ella tenia una casa y un trabajo y cada mes recibia su sueldo y yo no, la h i c a diferencia era que yo salia con gente joven y la madre de Arturito salia con gente de su edad, la 6nica diferencia era que ella tenia dos hijos adolescentes y yo no tenia ninguno, per0 eso tampoco importaba porque por aquellas fechas yo tambitn tenia, a mi manera, cientos de hijos. Asi que yo me hice amiga de esa familia. Una familia de chilenos viajeros que habia emigrado a MCxico en 1968. Mi afio. Y una vez se lo dije a la mami de Arturo: mirb, le dije, cuando vos estabas haciendo 10s preparativos de tu viaje, yo estaba encerrada en el lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filosofia y Letras de la UNAM. Ya lo st, Auxilio, me decia ella. Es curioso, ;no?, decia yo. Si que lo es, decia ella. Y asi podiamos estarnos un buen rato, por la noche, escuchando mGsica y hablando y ritndonos. Yo me hice amiga de esa familia. Yo me quedaba de invitada en la casa de ellos largas temporadas, una vez un mes, otra vez quince dias, otra vez un mes y medio, porque para entonces yo ya no tenia dinero para pagar una pensi6n o un cuarto de azotea y mi vida cotidiana se habia convertido en un vagar de una parte a otra de la ciudad, a merced del viento nocturno que corre por las calles y avenidas del DE Yo vivia durante el dia en la Universidad haciendo mil cosas y por la noche vivia la vida bohernia y dormia e iba desperdigando mis escasas pertenencias

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en casas de :imigas y amigos, mi ropa, mis libros, mis

revistas, mis fotos, yo Remedios Varo, yo Leonora Carrington, yo Eunice Odio, yo Lilian Serpas (ay, pobre Lilian Serpa:;, tengo que hablar de ella). Y mis amigas y amigos, p()r supuesto, llegaba un momento en que se cansaban de mi y me pedian que me fuera. Y yo me iba. Yo 1iacia una broma y me iba. Yo trataba de quitarle hierro a1 asunto y me iba. Yo agachaba la cabeza y me it)a. Yo les daba un beso en la mejilla y las gracias y me' iba. Algunos maldicientes dicen que no me iba. Mie nten. Yo me iba apenas me lo decian. Tal vez, en algurla ocasibn, me encerrt en el baiio y derramt unas la'girimas. Algunos lenguaraces dicen que 10s bafios eran rni debilidad. Q u t equivocados estin. Los bafios eran Ini pesadilla aunque desde septiembre de 1968 las pes#adillasno me eran extraiias. Una a todo se acostumbra. Me gustan 10s baiios. Me gustan 10s bafios de m is amigas y amigos. Me gusta, como a todo ser hurnano, tomar una ducha y encarar con el cuerpo limp:io un nuevo dia. Me gusta, tambitn, ducharme ante:s de irme a dormir. La mama' de Arturito me decia: usa esa toalla limpia que he puesto para ti, Auxilio, per(3 yo nunca usaba toallas. No me gusta. Preferia vest;irme con la pie1 mojada y que fuera mi propio calor corporal el que secara las gotitas. Eso divertia a la ge.nte. A mi tambitn me divertia. Pe ro hubiera podido, tambitn, volverme loca. v

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cos, de mis medias rayadas, de mis cacetines mancos, de mi corte de pel0 Principe Valiente, cada dia menos rubio v mis blanco, de mis oios que escrutaban la no-

censos, 10s ninguneos, Dostergaclones, lamblsconeos, " " adulaciones, mCritos falsos, temblorosas camas que se desmontaban v se volvian a montar baio el cielo estremecido del DF, ese cielo que yo conocia tan bien, ese cielo revuelto e inalcanzable como una marmita azteca baio el cual YO me movia feliz de la vida, con todos 10s poetas de MCxico y con Arturito Belano que tenia diecisiete aiios, dieciocho afios, y que iba creciendo mientras yo lo miraba. iTodos iban creciendo amparados por mi mirada! Es decir: todos iban creciendo en la intemperie mexicana, en la intemperie latinoamericana, que es la intemperie mis grande porque es la -

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rnis esciridida y la rnis desesperada. Y mi mirada rielaba como la luna por aquella intemperie y se detenia en las est:atuas, en las figuras sobrecogidas, en 10s corrillos de sombras, en las siluetas que nada tenian excepto la utopia de la palabra, una palabra, por otra parte, barstante miserable. ;Miserable? Si, admitimoslo, bastarite miserable. y YO estaba alli con ellos porque yo tampoco tenia nada, except0 mi memoria. Yo te:nia recuerdos. Yo vivia encerrada en el lavabo de miujeres de la Facultad, vivia empotrada en el mes de SI eptiembre del afio 1968 y podia, por tanto, verlos siri pasidn, aunque a veces, afortunadamente, jugaba cc)n la pasi6n y con el amor. Porque no todos mis amaIites fueron platbnicos. Yo me acosti con 10s poetas. r\To con muchos, per0 con algunos me acostC. Yo era, pt:se a las apariencias, una mujer y no una santa. Y cieritamente me acostC con rnis de uno. La miayoria fueron amores de una sola noche, j6venes bo1rrachos a quienes arrastrC hacia una cama o hacia el si116n de una habitaci6n apartada mientras en la habitac:i6n vecina resonaba una m6sica birbara que ahora prczfiero no evocar. Otros, 10s menos, fueron amores d esgraciados que se prolongaron rnis alli de una nockLe y mis alli de un fin de semana, y en 10s que mi pape1 fue rnis el de una psicoterapeuta que el de una amante. Por lo demis, no me quejo. Con la pCrdida dle mis dientes yo tenia reparos en dar o recibir besos,, iy quC amor puede sostenerse mucho tiemPO si a u na no la besan en la boca? Pero aun asi me acostC e 1lice el amor con ganas. La palabra es ganas. Hay que tener ganas para hacer el amor. Hay que te-

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ner tambiin una oportunidad, per0 sobre todo hay que tener ganas. Al respecto hay una historia de aquellos afios que tal vez no fuera ocioso contar. Yo conoci a una muchacha en la Facultad. Fue en la Cpoca en que me dio por el teatro. Era una muchacha encantadora. Habia terminado Filosofia. Era muy culta y muy elegante. Yo estaba dormida en una butaca del teatro de la Facultad (un teatro pricticamente inexistente) y sofiaba con mi infancia o con extraterrestres. Ella se sent6 a mi lado. El teatro, por supuesto, estaba vacio: en el escenario un grupo lamentable ensayaba una obra de Garcia Lorca. No sC en quC momento me despertC. Ella entonces me dijo: it6 eres Auxilio Lacouture, verdad?, y me lo dijo con tanta calidez que a mi en el acto me result6 simpitica. Tenia la voz un poco roncay el pel0 negro, peinado hacia atris, no muy largo. DespuCs dijo algo divertido o fui yo la que dijo algo divertido y nos pusimos a reir, bajito, para que no nos oyera el director, un tip0 que habia sido amigo mio en el 68 per0 que ahora se habia convertido en un mal director de teatro y eso 61 lo sabia y lo hacia estar resentido con todo el mundo. DespuCs nos fuimos juntas a las calles de MCxico. Se llamaba Elena y me invit6 a un cafC. Dijo que tenia muchas cosas que decirme. Dijo que desde hacia mucho tiempo tenia ganas de conocerme. Al salir de la Facultad me di cuenta de que era coja. No muy coja, per0 evidentemente era coja. Elena la fil6sofa. Tenia un Volkswagen y me llev6 a una cafeteria de Insurgentes Sur. Yo nunca habia estado alli antes. Era un sitio encantador y muy caro, per0 Elena tenia di-

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nero y tenia muchas ganas de hablar conmigo, aunque a1 final yo fui la hnica que habl6. Ella escuchaba y se reia y parecia feliz de la vida, per0 no habl6 mucho. Cuando nos separamos, pens&: ;qui era lo que tenia que decirme?, ;de qui queria hablar conmigo? A partir de entonces nos soliamos encontrar cada cierto tiempo, en el teatro o en 10s pasillos de la Facultad, casi siempre a1 atardecer, cuando empieza a caer la noche sobre la Universidad y algunas personas no saben ad6nde ir ni quC hacer con sus vidas. Yo encontraba a Elena y Elena me invitaba a tomar algo o a comer en alg6n restaurante de Insurgentes Sur. Una vez me invit6 a su casa, en Coyoacrin, una casa preciosa, chiquitita per0 preciosa, muy femenina y muy intelectual, llena de libros de filosofia y de teatro, porque Elena pensaba que la filosofia y el teatro estaban muy relacionados. Una vez me habl6 de eso, aunque yo apenas le entendi una palabra. Para mi el teatro estaba relacionado con la poesia, para ella con la filosofia, cada loco con su tema. Hasta que de repente la dejC de ver. No sC cuinto tiempo p a d . Meses, tal vez. Por supuesto, yo preguntC a algunas secretarias de la Facultad quC habia sido de Elena, si estaba enferma o A'?, viaje, si -: sabian ,I.r, ,I,, A- ella, a l l , y nadie ,"A:, A", de algo de sup0 darme una respuesta convincente. Una tarde decidi ir a su casa per0 me perdi. iEra la primera vez que me pasaba una cosa semejante! jDesde septiembre de 1968 yo no me habia perdido ni una sola vez en el laberinto del DF! Antes si, antes solia perderme, no muy a menudo, per0 solia perderme. DespuCs ya no. Y ahora estaba alli, buscando su casa y no la encontraba y entone.._,

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ojos y fijate en 10s detalles, no sea que se te pase por alto lo rnis importante de esta historia. Y eso fue lo que hice. Abri 10s ojos y vaguC por Coyoacin hasta las once y media de la noche, cada vez rnis perdida, cada vez mds ciega, como si la pobre Elena se hubiera muerto o nunca hubiera existido. Asi pas6 un tiempo. Yo dejC mi puesto de achichincle teatral. Yo volvi con 10s poetas y mi vida tom6 un rumbo que para que explicarlo. Lo Gnico cierto es que yo dejC de ayudar a ese director veterano del 68, no porque la puesta en escena me pareciera mala, que lo era, sin0 por hastio, porque necesitaba respirar y ~. ,. 7fagabundear, porque mi espiritu me pedia otro tipcb (ie desaz6n. Y un dia, cuando menos lo esperaba, volvi a en(:ontrar a Elena. Fue en la cafeteria de la Facultad. Yc1 estaba alli, improvisando una encuesta sobre la belleza de 10s estudiantes, y de golpe la vi, en una mesa apartada, en un rincbn, y aunque a1 principio me pareci6 la misma de siempre, conforme me fui acercando, un acercamiento que no sC por quC dilatC deteniCndome en cada mesa y manteniendo conversaciones cortas y rnis bien bochornosas, not4 que algo en ella habia cambiado aunque en ese momento no pude precisar quC era lo que habia cambiado. Cuando me vio, eso lo puedo asegurar, me salud6 con el mismo carifio y la simpatia de siempre. Estaba... no sC c6mo decirlo. Tal vez rnis delgada, per0 en realidad no estaba rnis delgada. Tal vez rnis demacrada, aunque en realidad no estaba rnis demacrada. Tal vez rnis callada, per0 me bastaron tres minutos para darme cuenta de que tampoco estaba mds callada. Puede que tuviera 10s ~

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pa'rpados hinchados. Puede que tuviera la cara entera U n poco ma's hinchada, como si estuviera tomando n x 1, cortisona. 1-ero no. iviis OJOS no me poaian enganar: era la misma de siempre. Esa noche no me separC de ella. Estuvimos un rat0 en la cafeteria que poco a poco se fue vaciando de estudiantes y profesores y a1 final s610 quedamos las dos y la mujer de la limpieza y un hombre de mediana edad, un tip0 muy simpa'tico y muy triste que atendia la barra. DespuCs nos levantamos (ella dijo que la cafeteria a esa hora le parecia siniestra; yo me calk mi opinidn, per0 ahora no veo por qui no he de decirla: la cafeteria a esa hora me parecia magnifica, usada y majestuosa, pobre y IibCrrima, penetrada por 10s tiltimos centelleos del sol del valle, una cafeteria que me pedia con un susurro que me quedara alli hasta el final y leyera un poema de Rimbaud, una cafeteria por la que valia la pena Ilorar) y nos metimos en su auto y ella dijo, cuando ya Ileva'bamos un buen trecho recorrido, que me iba a presentar a un tip0 extraordinario, eso dijo, extraordinario, Auxilio, dijo, quiero que lo conozcas y que luego me des tu opinibn, aunque yo en el acto me di cuenta de que mi opini6n no le interesaba en lo mds minimo. Y tambiCn dijo: despuCs de que te lo presente, te vas, que necesito hablar con Cl a solas. Y yo dije claro, Elena, c6mo no. TG me lo presentas y luego yo me voy. A buen entendedor, pocas palabras. Ademhs esta noche tengo que hacer. iQuC tienes que hacer!, dijo ella. Tengo que ver a 10s poetas de la calle Bucareli, dije yo. Y entonces nos reimos como tontas y casi estrellamos el coche, per0 yo en mi fuero interno iba pensando y pensando h-*

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y cada vez que pensaba veia que Elena no estaba bien, sin poder precisar quC era, objetivamente, lo que me hacia verla asi. xr , 11 1 1 1 1 7 n Y en esas iiegamos a un ioca ae la Lona Kosa, una especie de tasca cuyo nombre he olvidado per0 que estaba en la calle Varsovia y que se especializaba en quesos y vinos, era la primera vez que yo iba a un sitio asi, quiero decir a un sitio tan caro, y la verdad es que me entr6 de repente un apetito tremendo, porque yo soy flaca entre las flacas, pero cuando se trata de comer soy capaz de comportarme como la glotona irredenta del Con0 Sur, como la Emily Dickinson de la bulimia, mis todavia si te ponen sobre la mesa una variedad de quesos que es de no creerlo, y una variedad de vinos que te hacen temblar de 10s pies a la cabeza. No sC quC cara debi de poner, per0 Elena se compadeci6 de mi y me dijo quCdate a comer con nosotros, aunque por lo bajo me dio un codazo que significaba: quCdate a comer con nosotros per0 luego te vas con viento fresco. Y yo me quedC a comer con ellos y a beber con ellos y probC unos quince quesos diferentes y me bebi una botella de Rioja y conoci a1 hombre extraordinario, un italiano que estaba de paso por Mtxico y que en Italia era amigo, eso decia, de Giorgio Strehler, y a1 que le cai simpitica o eso deduzco ahora, porque cuando dije que me tenia que ir por primera vez, 61 dijo quCdate, Auxilio, quC prisa tienes, y cuando dije que me tenia que ir por segunda vez, 61 dijo no te vayas, mujer de conversaci6n portentosa (lo dijo tal cual), la noche es joven, y cuando dije que me tenia que ir por tercera vez, 61 dijo basta ya de tantos remilgos, Auxilio, iacaso Elena y yo te

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hemos ofendido?, y entonces Elena me dio otro coda20, por debajo de la mesa, y su voz serenisima y bien timbrada dijo quCdate, Auxilio, luego yo te doy un avent6n a donde tengas que ir, y yo 10s miraba y asentia, extasiada de queso y vino, y ya no sabia quC hacer, si marcharme o no marcharme, si la promesa de Elena queria decir lo que queria decir o queria decir otra cosa. Y en ese dilema decidi que lo mejor que podia hacer era quedarme callada y escuchar. Y eso hice. El italiano se llamaba Paolo. Con eso creo que ya esti dicho todo. Habia nacido en un pueblito cercano a Turin, media un metro ochenta por lo menos, tenia el pelo castaiio y largo, y tambiCn tenia una barba enorme, y Elena y cualquier otra mujer se podia perder sin ning6n problema entre sus brazos. Era un estudioso del teatro moderno, per0 a MCxico no habia venido a estudiar ninguna manifestacih teatral. De hecho, en MCxico lo 6nico que hacia era esperar un visado y una fecha para viajar a Cuba a entrevistar a Fidel Castro. Ya llevaba mucho tiempo esperando. Una vez le preguntC por q u i se tardaban tanto. Me dijo que 10s cubanos lo estaban, primero, estudiando a 61. No cualquiera se podia acercar a Fidel Castro. Ya habia estado un par de veces en Cuba y eso, seg6n decia, y Elena corroboraba sus palabras, lo hacia sospechoso a la policia mexicana, per0 yo nunca vi a ning6n policia merodeando a su alrededor. Si 10s vieras, me dijo Elena, es que serian malos policias y a Paolo lo vigilan agentes de la secreta. Lo que era, obviamente, un punto mis a mi favor, pues es p6blico y notorio que 10s policias de la secreta son 10s que mis se parecen a si mismos. Un policia de trifico, por

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ejemplo, si le quitas el uniforme, puede parecer un obrero e incluso algunos parecen lideres obreros, per0 un policia de la secreta siempre seri semejante a un policia de la secreta. Desde aquella noche nos hicimos amigos. Los sibados y domingos ibamos 10s tres a ver teatro gratis a la Casa del Lago. A Paolo le gustaba ver a 10s grupos aficionados que trabajaban en el teatro a1 aire libre. Elena se sentaba en el medio y ponia su cabeza en el brazo de Paolo y no tardaba en quedarse dormida. A Elena no le gustaban 10s actores amateurs. Yo me sentaba a la derecha de Elena y la verdad es que poca atenci6n 1Drestaba a lo que pasaba encima del escenaricI pues todo el rat0 me la pasaba mirando disimuladalllclllc V c L 31 aulprendia a un agente de la secreta. Y la verdad es que descubri no a uno sin0 a varios. Cuando se lo dije a Elena, Csta se ech6 a reir. No puede ser, Auxilio, me dijo, per0 yo sabia que no estaba equivocada. Luego comprendi la verdad. La Casa del Lago, 10s sibados y domingos, se llenaba literalmente de espias, per0 no todos iban detris de las huellas de Paolo, la mayoria estaba alli vigilando a otras personas. A algunas de esas personas las conociamos de la Universidad o de 10s grupos teatrales independientes y las saludibamos. A otros no 10s conociamos de nada y s610 podiamos in-iaginar y conipadecer el itinerario que iban a seguir ellos y sus perseguidores. No tardC en d;LLlllc L U G l l L d de que Elena estaba muy enamorada de P s cuando se vaya finalmente a Cuba?, i dia. No lo sC, dijo, y en su carita dt llllld 1 l l C A l L d l l d solitaria crei ver un brillo o una desolacih que ya habia visto otras ve...ma

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ces y que nunca traia nada bueno. El amor nunca trae nada bueno. El amor siempre trae algo mejor. Per0 lo mejor a veces es lo peor si eres mujer, si vives en este continente que en mala hora encontraron 10s espaiioles, que en mala hora poblaron esos asiiticos despistados. Eso pensaba yo encerrada en el lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filosofia y Letras en septiembre de 1968. Pensaba en 10s asiiticos que cruzaron el Estrecho de Behring, pensaba en la soledad de AmCrica, pensaba en lo curioso que es emigrar hacia el este y no hacia el oeste. Porque yo soy tonta y oL -,A,

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esta hora coniTulsa que emigrar hacia el este es como emigrar hacia la noche mis negra. Eso pensaba. Sen" A " G I l Gl a1 3uclo,con la espalda apoyada en la pared y tdud la vista perdida en las manchas del techo. Hacia el este. Hacia el lugar de donde viene la noche. Pero lueibiCn Cse es el lugar de donde viene el de la hora en que 10s peregrinos iniciaL d l l I d ~ l l d l L l l d . Y entonces me di un golpe en la frente (un golpe dCbil, porque mis fuerzas, despuds de tantos dias sin comer. eran escasas) y vi a Elena caminando por una calle solitaria de la colonia Roma, vi a Elena caminando en dire(xi6n este, hacia la noche mis negra, sola, cojeando, k)ien vestida, la vi y le grit6 iEk,"I A A -:- l"l.:-.lid.. uclu uc 111l3 ldUlu3 no sali6 sonido alguno. 'I Y Elena se volvi6 hacia nii y me dijo que no sabia lo que iba a hacer. Tal vez viajar a Italia, dijo. Tal vez esperar que C1 viniera otra v ez a MCxico. No s t , me A::,-. ,.:,A, UlJU ~ u l I I I c ~ I u u , y u 3upG cic'e ella sabia muy bien lo aue iba a hacer y que no le importaba. El italiano, por a + .

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su parte, se dejaba querer y pasear por el DE Ya no recuerdo a cudntos lugares fuimos juntos, a la Villa, a Coyoacdn, a Tlatelolco (alli yo no fui, fue 61 y Elena, yo no pude ir), a las faldas del PopocatCpetl, a Teotihuacdn, y en todas partes el italiano era feliz y Elena tambiCn era feliz y yo era feliz porque a mi siempre me ha gustado pasear y estar en compaiiia de gente que es feliz. Un dia, en la Casa del Lago, incluso nos encontramos con Arturito Belano. Yo se lo present6 a Elena y a Paolo. Yo les dije que era un poeta chileno de dieciocho aiios. Yo les expliquC que no s610 escribia poesia sin0 tambiCn teatro. Paolo dijo quC interesante. Elena no dijo nada porque a Elena, a esas alturas, ya s610 le parecia interesante su relaci6n con Paolo. Nos fuimos a tomar cafC a un sitio que se llamaba El Principio de MCxico y que estaba (lo cerraron hace tiemPO) en la calle Tokio. No sC por quC recuerdo esa tarde. Esa tarde de 1971 o 1972. Y lo mds curioso es que la recuerdo desde mi mirador de 1968. Desde mi atalaya, desde mi vag6n de metro que sangra, desde mi inmenso dia de lluvia. Desde el lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filosofia y Letras, mi nave del tiempo desde la que puedo observar todos 10s tiempos en donde aliente Auxilio Lacouture, que no son muchos, per0 que son. Y recuerdo que Arturo y el italiano hablaron de teatro, del teatro de LatinoamCrica, y que Elena pidi6 un capuchin0 y que estaba mds bien silenciosa, y que yo me puse a mirar las paredes y el suelo de El Principi0 de MCxico pues enseguida not6 algo raro, a mi no me pasan desapercibidas ciertas cosas, era como un

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ruido, un viento o un suspiro que corria a intervalos irregulares por 10s cimientos de la cafeteria. Y asi fueron pasando 10s minutos, con Arturo y Paolo hablando de teatro, con Elena silenciosa y conmigo que giraba la cabeza a cada rat0 siguiendo las estelas de 10s ruidos que estaban socavando no ya 10s cimientos de El Principio de Mexico sin0 de la ciudad entera, como si me avisaran con algunos afios de anticipaci6n o con algunos siglos de retraso del destino del teatro latinoamericano, de la naturaleza doble del silencio y de la cadstrofe colectiva de la que 10s ruidos inverosimiles suelen ser 10s heraldos. Los ruidos inverosimiles y las nubes. Y entonces Paolo dej6 de hablar con Arturo y dijo que aquella mafiana le habia llegado la visa para viajar a Cuba. Y eso fue todo. Cesaron 10s ruidos. Se rompi6 el pensativo silencio. Nos olvidamos del teatro latinoamericano, incluso Arturo, que no olvidaba nada de buenas a primeras aunque el teatro que 61 preferia no era precisamente el latinoamericano sin0 el de Beckett y el de Jean Genet. Y nos pusimos a hablar de Cuba y de la entrevista que Paolo le iba a hacer a Fidel Castro y ahi acab6 todo. Nos dijimos adi6s en Reforma. Arturo fue el primer0 en marcharse. Luego se fueron Elena y su italiano. Yo me quede parada, sorbiendo el aire que pasaba por la avenida, y 10s vi alejarse. Elena cojeaba mris que de costumbre. Yo pens6 en Elena. Yo respire. Yo tembli. La vi c6mo se alejaba cojeando a1 lado del italiano. Y de pronto ya s610 la vi a ella. El italiano empez6 a desaparecer, a hacerse transparente, toda la gente que caminaba por Reforma se hizo transparente. S610 Elena y su abrigo Y sus zapatos existian para mis ojos doloridos. Y en-

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tonces pens&:resiste, Elena. Y tambikn pen&: alchzala y abrizala. Per0 ella iba a vivir sus iiltimas noches de amor y yo no podia molestarla. Desputs de aquel dia pas6 mucho tiempo sin que supiera nada de Elena. Nadie sabia nada. Uno de sus amigos me dijo: desaparecida en combate. Otro: parece que se fue a Puebla, a casa de sus padres. Yo sabia que Elena estaba en el DE Un dia busquC su casa y me perdi. Otro dia consegui su direcci6n en la Universidad y fui en taxi per0 nadie me abri6 la puerta. Volvi con 10s poetas, volvi a mi vida nocturna y olvidC a Elena. A veces sofiaba con ella y la veia cojeando por el campus infinito de la UNAM. A veces me asomaba a la ventana de mi lavabo de mujeres en la cuarta planta y la veia acercarse a la Facultad en medio de un remolino de transparencias. A veces me quedaba dormida sobre las baldosas del suelo y oia sus pasos que subian las escaleras, como si viniera a rescatarme, como si viniera a decirme perdona por haber tardado tanto. Y yo abria la boca, medio muerta o medio dormida, y decia chido, Elena, una palabreja de argot mexicano que nunca utilizo porque me parece horrible. Chido, chido, chido. QuC horrible. El argot mexicano es masoquista. Y a veces es sadomasoquista.

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recuerdo si eran tres o cuatro o cinco charros del apocalipsis nerudiano, y Arturo Belano, pese a ser el mis joven de todos o el mis joven durante un tiempo, no era mexicano y por ende no entraba en la denominaci6n ((poets joven))ni ((jovenpoesia)), una masa informe per0 viva cuya meta era sacudir la alfombra o la tierra feraz en donde pastaban como estatuas Pacheco y el griego de Guanajuato o Aguascalientes o Irapuato, y el gordito a quien el paso del tiempo habia convertido en obsecuente gordo seboso (como pasa a menudo con 10s poetas), y 10s Poetas Campesinos cada dia mis y mejor instalados (pero qut digo, aposentados, atornillados, enraizados desde el principio de su tiempo) en la burocracia (administrativa y literaria). Y lo que 10s poetas j6venes o la nueva generaci6n pretendia era mover el piso y llegado el momento destruir esas estatuas, salvo la de Pacheco, el h i c o que parecia escribir de verdad, el h i c o que no parecia funcionario. Pero en el fondo ellos tambitn estaban contra Pacheco. En el fondo ellos tenian necesariamente que estar contra todos. Asi que cuando yo les decia per0 si Jost Emilio es encantador, es tiernisimo, es fascinante, y ademis de eso es un verdadero caballero, 10s poetas j6venes de Mtxico (y Arturito entre ellos, per0 Arturito no era uno de ellos) me miraban como diciendo quC dice esta loca, qut dice esta estantigua salida directamente del infierno del lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filosofia y Letras, y ante miradas asi una generalmente no sabe qut arguir, salvo yo, claro, que era la madre de todos ellos y que nunca me arredraba. Una vez les contt una historia que se la habia

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oido contar a JosC Emilio: si RubCn Dario no hubiera muerto tan joven, antes de cumplir 10s cincuenta, seguramente Huidobro lo hubiera llegado a conocer, mis o menos de similar manera a como Ezra PoundI conoci6 a W. B. Yeats. Imaginenlo: Huidobro de secretario de RubCn Dario. Pero 10s j6venes poetas eran j6venes y no sabian calibrar la importancia que tuvo para la poesia en lengua inglesa (y en realidad para la poesia de todo el mundo) el encuentro entre el viejo Yeats y el joven Pound, y por lo tanto tampoco se daban cuenta de la importancia que hubiera tenido el hipotdtico encuentro entre Dario y Huidobro, la posible amistad, el abanico de posibilidades perdidas para la poesia de nuestra lengua. Porque, digo yo, Dario le habria ensefiado mucho a Huidobro, per0 Huidobro tambidn le habria ensefiado cosas a Dario. La relaci6n entre el maestro y el discipulo es asi: aprende el discipulo y tambiCn aprende el maestro. Y puestos a suponer: yo creo, y Pacheco tambidn lo creia (y ahi reside una de las grandezas de JosC Emilio, en su inocente entusiasmo), que Dario hubiera aprendido mis, y hubiera sido capaz de poner fin a1 modernismo e iniciar algo nuevo que no hubiera sido la vanguardia per0 si una cosa cercana a la vanguardia, digamos una isla entre el modernismo y la vanguardia, una isla que ahora llamamos la isla inexistente, palabras que jamis heron, y que s610 pudieron ser (y ya es mucho supoL

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dobro, y el propio Huidobro tras su fructifero encuentrc3 con Dario hubiera sido capaz de fundar una vangua.rdia mis vigorosa a h , una vanguardia que ahora 1lamamos la vanguardia inexistente y que de ha-

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ber existido nos hubiera hecho distintos, nos hubiera cambiado la vida. Eso les decia yo a 10s poetas j6venes de MCxico (y a Arturito Belano) cuando hablaban mal de Jos6 Emilio, per0 ellos no me escuchaban o escuchaban s610 la parte anecd6tica de la historia, 10s viajes de Dario y 10s viajes de Huidobro, las estancias en hospitales, una salud distinta, no condenada a apagarse prematuramente como se apagan tantas cosas en LatinoamCrica. Y entonces yo me quedaba callada y ellos seguian hablando (mal) de 10s poetas de MCxico a 10s que les iban a dar en la madre y yo me ponia a pensar en 10s poetas muertos como Dario y Huidobro y en 10s encuentros que nunca sucedieron. La verdad es que nuestra historia esti llena de encuentros que nunca sucedieron, no tuvimos a nuestro Pound ni a nuestro Yeats, tuvimos a Huidobro y a Dario. Tuvimos lo que tuvimos E in van a ahorcar menos yo, algunas nocnes mis amigos parecian encarnar por un segundo a aquellos que nunca existieron: 10s poetas de LatinoamCrica muertos a 10s cinco o a 10s diez aiios, 10s poetas muertos a 10s pocos meses de nacer. Era dificil, y ademis era o parecia inhtil, per0 algunas noches de luces violiceas yo veia en sus rostros las caritas de 10s bebCs que no crecieron. Yo veia a 10s angelitos que en Latinoamtrica entierran en cajas de zapatos o en pequeiios atahdes de madera pintados de blanco. Y a veces me decia: estos muchachos son la esperanza. Pero otras veces me decia: qui van a ser la esperanza, quC van a ser la espumeante esperanza estos j6venes borrachines que

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s610 sablen hablar mal de JosC Emilio, estos j6venes briagos (iuchos en el arte de la hospitalidad per0 no en el de la poesia. Y eritonces I(os j6venes poetas de MCxico se po.. / - I per0 irremisinian a r(ecitar con sus voces prorunaas blementce juveniles y 10s versos que ellos recitaban se iban con el viento por las calles del DF y yo me ponia a llorar y ellos decian Auxilio estd borracha, ilusos, mucho :ilcohol hace falta para que yo me emborrache, deciian estd Ilorando porque la dej6 fulanito, y yo 10s dejat)a decir lo que quisieran. 0 me peleaba con ellos. 0 10s insultaba. 0 me levantaba de mi silla y me iba sin pagar, porque yo nunca o casi nunca pagaba. Yo er'a la que veia el pasado y las que ven el pasado nunca p;agan. Tambidn veia el futuro y Csas si que pagan un precio elevado, en ocasiones el precio es la vida o 1:I cordura, y para mi que en aquellas noches olvidadas yo estaba pagando sin que nadie se diera cuenta 1;is rondas de todos, 10s que iban a ser poetas y 10s que riunca serian poetas. Yo rne iba y parecia que no pagaba. No pagaba porque \reia el torbellino del pasado que pasaba como una exh:alaci6n de aire caliente por las calles del DF rompien do 10s cristales de 10s edificios. Pero yo tambiCn vei;L el futuro desde mi caverna abolida del lavabo de m ujeres de la cuarta planta y por aquello estaba pagando con mi vida. 0 sea que me iba y pagaba, iaunque nadie se diera cuenta! Yo pagaba mi cuenta y pagaba 1;a cuenta de 10s j6venes poetas de MCxico y la cuenta de 10s alcoh6licos anbnimos del bar en que estuvitram(os. Y me iba trastabillando por las calles de Mtxico, siguiendo a mi sombra esquiva, sola y Iloro-

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sa, sintiendo lo que probablemente podria sentir la tiltima uruguaya sobre el planeta Tierra, aunque yo no era la tiltima, q u i presuncibn, y 10s crhteres iluminados por cientos de lunas que recorria no eran 10s de la Tierra sino 10s de MCxico, que parece lo mismo per0 no es lo mismo. Y una vez senti que alguien me seguia. No sC d6nde esthbamos. Puede que en una cantina de 10s alrededores de La Villa o puede que en algtin cubil de la colonia Guerrero. No lo recuerdo. S610 SC que segui caminando, abridndome paso entre 10s escombros, sin prestar demasiada atenci6n a las pisadas que iban detrris de mis pisadas, hasta que de pronto el sol nocturno se apag6, dejC de llorar, volvi a la realidad con un escalofrio y comprendi que aquel que me seguia apetecia mi muerte. 0 mi vida. 0 mis lrigrimas que asperjaban esa realidad odiosa como nuestra lengua a menudo adversa. Y entonces me detuve y esperC y 10s pasos que iban tras mis pasos se detuvieron y esperaron y yo mirC las calles en busca de alguien conocido o desconocido tras el cual salir gritando y cogerme de su brazo y pedirle que me acompafiara a una estaci6n de metro o hasta que yo encontrara un taxi, per0 no vi a nadie. 0 tal vez no. Algo vi. CerrC 10s ojos y luego abri 10s ojos y vi las paredes de baldosas blancas del lavabo de mujeres de la cuarta planta. Y luego volvi a cerrar 10s ojos y oi el viento que barria el campus de la Facultad de Filosofia y Letras con una meticulosidad digna de mejor empefio. Y pensC: asi es la Historia, un cuento corto de terror. Y cuando abri 10s ojos una sombra se despeg6 de una pared, en la misma acera, a unos diez metros, y comenz6 a avanzar

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hacia don(le yo estaba, y yo meti la mano en mi cartera, qui dil30 cartera, en mi morral oaxaqueiio, y busqui mi n;avaja, la que siempre llevaba conmigo en previsi6n (le alguna catistrofe urbana, per0 las puntas de mis dedos, mis yemas que ardian, s610 palparon papeles y I ibros y revistas y hasta ropa interior limpia (lavada a rnano y sin jab6n, s610 con agua y voluntad en uno de 10s lavamanos de esa cuarta planta ubicua como una pesadilla), per0 no la navaja, ay, amiguitos, otro terroir recurrente y mortalmente latinoamericano: buscar tu arma y no hallarla, buscarla en donde la has dejado y no hallarla. Y asi n10s va. Y asi me pudo ir a mi. Pero cuando la sombra que queria. mi muerte y si no mi muerte al menos mi dolor y m i humillaci6n comenz6 a avanzar hacia el __ 1 porrai en donde yo me habia ocultado, otras sombras aparecieron por aquella calle que hubiera podido convertirse en el resumen de mis calles del terror y me llarnaron: Auxilio, Auxilio, Socorro, Amparo, CariI n dau, Kernedios Lacouture, id6nde te has metido? Y en esas voces que me llamaban reconoci la voz del melanc6lico e inteligente Juliin G6mez y la otra voz, la mis risuefia, era la de Arturito Belano, dispuesto como siempre a la pelea. Y entonces la sombra que buscaba mi aflicci6n se detuvo, mir6 hacia atris y luego sigui6 avanzando, y pas6 a mi lado, un tip0 com6n y corriente de mexicano salido del tirtaro, y junto con C1 pas6 un aire tibio y ligeramente h6medo que evocaba geometrias inestables, que evocaba soledades, esquizofrenias y carnicerias, y ni siquiera me mir6 el perfecto hijo de la chingada. _ _ . L _

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DespuCs nos fuimos al centro, 10s tres juntos, y Juliin G6mez y Arturito Belano seguian hablando de poesia, y en el Encrucijada Veracruzana se nos unieron dos o tres poetas m&, o tal vez s610 periodistas o futuros maestros de prepa, y todos seguian hablando de poesia, de nueva poesia, per0 yo no hablaba, yo escuchaba 10s latidos de mi corazbn, impresionada por la sombra que habia pasado a mi lado y de la que no habia dicho ni una sola palabra, y no me di cuenta cuando el diilogo se troc6 en discusi6n y la discu*, n , sion en gritos e insuitos. uespues nos echaron del bar. DespuCs nos pusimos a caminar por las calles vacias A e l n F A p lqc Anrn A e 1, mqiicnnct v uno a uno nos J I fuimos desperdigando, cada uno a su casa, tam biCn yo, que por aquellas fechas tenia un ciJarto de azotea en la colonia Roma Norte, en la c: ille Tabasco, y . ., * como nrturito Delano vivia en la coionia Juirez, en la a

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cia el sur. Pero Arturito Belano prefiri6 desviarse un poco de su camino y hacerme compaiiia. Y a esas horas de la noche pues la verdad es que ninguno de 10s dos estibamos muy dicharacheros, y pese a que ocasionalmente hablibamos de la bronca en el Encrucijada Veracruzana, mis que nada caminibamos y respiribamos, como si con la madrugada el aire del DF se hubiera purificado, hasta que de pronto, con su voz mis despreocupada, Arturito dijo que se habia preocupado por mi en aquel tugurio de La

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Villa (ergo fue en La Villa), y entonces yo le preguntC por q u i y Cl dijo que porque habia visto, Cl tambiCn, 1, ,1;1-I,,."\ C J l l l l J I d lI11C -..- _:I _Ll J,d L l d h _-: , . k , . l ~l l U l d . V V U 1111 _ M-~-J -~~ angelito m _II,C_J .,,,--- ----- - - - l_-muy sueltaL de cuerpo lo mirC, me llevC una mano a la L - - - -- 1- 1 DVC.a y IC uije: era la sombra de la muerte. Entonces Cl rici. r--l-noraiie _n_o_ creia e_-_ n __ la sombra muerte. se :--, _ _ _ - _ _ - _de ___ la ---__--._, per0 su risa, aunque descreida, en modo alguno fue ofensiva. Su risa era como si dijera quC pas6n, Auxilic3, que! mala onda con la sombra esa. Y yo volvi a lleVEtrme la mano a la boca y me detuve y le dije: si no -l-:---:-Isluu pur Juliin y por ti yo ahora estaria muerhumera ta. Y Arturito me escuch6 y se pus0 a caminar. Y yo me -puse a caminar a su lado. Asi, sin darnos cuenta, dt:teniCndonos y habl;indo o caminando en silencio, 11c:gamos hasta el porta1 del edificio en donde yo vivia. Y eso fue todo. n _r_ _ _ in77 uespues, en 1713 , C1 decidi6 volver a su patria a hacer la revoluci6n y yo fui la iinica, aparte de su familia, que lo fue a despedir a la estaci6n de autobuses, P' ies Artui:it0 Belano se march6 por tierra, un viaje 1 largo, rarguisimo, plagado de peligros, el viaje iniciitico de todos 10s pobres muchachos latinoamericanos, recorrer este continente absurd0 que entendemos mal o que de pllano no entendemos. Y cuando Arturito se asom6 a la ventanilla del autobirs para hacernos adi6s 1con la mano, no s610 su madre llor6, yo tambiCn llorC, inexplicablemente, se me llenaron 10s ojos de 16grimas, como si ese muchacho tambiCn fuera hijo mio Y temiera quc:aquClla fuera la iiltima vez que lo iba a ver. r! 1 csa nocne dormi en casa de su familia, mis que nada para hacerle compafiia a su mami, y recuerdo C..,."

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que estuvimos hablando hasta tarde de cosas de mujeres aunque mis temas de conversacih no son propiamente 10s tipicos de las mujeres; hablamos de 10s hijos que crecen y salen a jugar a1 ancho mundo, hablamos de la vida de 10s hijos que se separan de sus padres y salen en busca de lo desconocido a1 ancho mundo. DespuCs hablamos del ancho mundo en su mismidad. Un ancho mundo que para nosotras no era, en realidad, tan ancho. Y despuds la mami de Arturo me tir6 10s naipes del tarot y me 10s ley6 y dijo que mi vida iba a cambiar y yo dije qud bueno, oye, no sabes lo bien que me vendria un cambio en este momento. Y despuis yo prepard cafC, no sC quC hora seria per0 era muy tarde y las dos debiamos de estar cansadas aunque no lo dejiramos traslucir, y cuando volvi a la sala me encontrd a la madre de Arturo tirando las cartas ella sola, sobre una mesita enana que habia en la sala, y sin decir nada me quedC un momento observindola, aIli estaba ella, sentada en el sofi y con un gesto de concentracih en la cara (aunque detris de la concentracih era dable ver tambiCn un poco de perplejidad), mientras sus manos pequeiias movian las cartas como si estuvieran desgajadas del cuerpo. Se estaba tirando el tarot a si misma, de eso me di cuenta enseguida, y lo que salia en las cartas era terrible, per0 eso no era lo importante. Lo importante era algo un poco mis dificil de discernir. Lo importante era que ella estaba sola y que me aguardaba, lo importante era que no temia. Aquella noche me hubiera gustado ser mis inteligente de lo que soy. Me hubiera gustado ser capaz de consolarla. En cambio lo h i c o que pude hacer fue

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llevarle c:I cafd y decirle que no se preocupara, que todo iba a ir bien. A la mafiana siguiente me fui, aunque por aquellas fechzis no tenia ad6nde ir, salvo a la Facultad y a res y a las cafeterias y a las cantinas de siempre, eual me fui, no me eusta abusar. 4

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e cumplido con su deber, eso me lo cont6 su hermana, Arturito habia cumplido y su conciencia, su terrible conciencia de machito latinoamericano, en teoria no tenia nada de que reprocharse. Cuando Arturo regres6 a MCxico para todos sus antimos amieos era va un desconocido, menos para 0 U mi . Porque yo nunca dej6 de aparecer por su casa par a en1:erarme de noticias suyas. Yo siempre estuve all1 Di:scretamente. Ya no me quedaba a alojar en su casa ".I,,,pdbdud, , ,,t"L, * - ,-lo ylauLa nlXt;r.r e,, -.r s61u lllc L 3 L d u d ull o u dre o con su hermana (con su padre no porque no me queria) v luepo me iba v no volvia hasta a1 cab0 de un U mes. Asi supe de sus aventuras en Guatemala, en E:1 Salvadc,r (en donde se qued6 bastante tiempo en casa .-:-- ix/fA*..al C,.-t, " . . a L,L{, & A , de su allllgu v i d i i u c i dulLu, Y u L +,-L;L L a l l l u l L l l iiauia amigo mio), en Nicaragua, en Costa Rica, en Panam&. En Panami se habia Deleado con un neero panameiio por un quitame all&esta verja. Ay, ic6mc3 nos J

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reimos con su hermana tras esta carta! El negro, seg6n Arturo, media 1,90 y debia de pesar cien kilos y Cl media 1,76 y no pasaba de 10s sesenta y cinco kilos. DespuCs tom6 un barco en Crist6bal y el barco lo llev6 por el ocCano Pacific0 hasta Colombia, Ecuador, Per6 y finalmente Chile. Me encontrC a su hermana y a su madre en la primera manifestacidn que se hizo en MCxico tras el golpe. Por entonces no sabian nada de Arturo y todas nos temiamos lo peor. Recuerdo esa manifestacih, puede que fuera la primera que se hizo en LatinoamCrica por la caida de Allende. Alli vi algunas caras conocidas del 68 y vi a algunos irreductibles de la Facultad y sobre todo vi a j6venes mexicanos generosos. Pero tambiCn vi algo mis: vi un espejo y yo meti la cabeza dentro del espejo y vi un valle enorme y deshabitado y la visi6n del valle me llen6 10s ojos de ligrimas, entre otras razones porque por aquellos dias no paraba de llorar por las cuestiones mis nimias. El valle que vi, sin embargo, no era una cuesti6n nimia. No SC si era el valle de la felicidad o el valle de la desdicha. Pero lo vi y entonces me vi a mi misma encerrada en el lavabo de mujeres y record6 que alli habia soiiado con el mismo valle y que a l despertar de ese sueiio o pesadilla me habia puesto a llorar o tal vez fueron las ligrimas las que me despertaron. Y en ese septiembre de 1973 aparecia el suefio de septiembre 1 j 1 . 1 a e i n 5 ~7 eso seguro que queria aecir aigo, estas cosas no pasan por casualidad, nadie sale indemne de las concatenacionies o permutaciones o disposiciones del azar, tal vez Arturito ya est6 muerto, pensC, tal vez este valle solitario sea la figuracih del valle de la <n/*

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muerte, porque la muerte es el biculo de LatinoamCrica y LatinoamCrica no puede caminar sin su biculo. Pero entonces la madre de Arturo me tom6 del brazo I y avanzamos todas juntas mds s e d vencido, ay, de reLuludlIu 3c lllc Ldcll I d 3 ldglimas otra vez. Dos semanas despuCs habk con su hermana por aue Arturo estaba vivo. Resoirt. teltfono v me diio I 1 I QuC alivio. Pero debia seguir. Yo era la madre cam1nante. La transe6nte. La vida me embarc6 en otr:lS historias. Una noche, mientras observaba acodada en u n mar de tequila c6mo un grupo de amigos intentabla 2

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lonia Anzures. se me ocurri6 aue aauellas fechas eran I 1 las mis id6neas para volverlos a Ilamar. Me contest6 su hermana con una voz adormilada. Feliz navidad, 1le dije. Feliz navidad, me dijo ella. Luego me pregunt6 ,ALA-

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eso en ti es normal, dijo ella. Tan normal no, dije yo, la mayoria de las veces me encuentro de lo mis bien. La hermana de Arturo se qued6 un rat0 en silencio y luego dijo que en realidad la que se sentia rum era ella. iY eso por quC?, dije yo. La pregunta era pura ret6rica. La verdad es que ambas teniamos motivos mis que suficientes para sentirnos Tayas. No recuerdo su


respuest a. Nos volvimos a desear una feliz navidad y luego ccdgamos. Po0os dias despuks, en enero de 1974, lleg6 Arturito de (zhile y ya era otro. Qui ero decir: era el mismo de siempre per0 en el -, L"L,r" ,",L,:"A, ,.. L"Lt" ,.,:A, ,L"L,r" fondo a11f;U _ _ ~ l l d U l d L d l l l U l d U U U l l d U l d LLCLlUU U l l d U l d cambiado y crecido a1 mismo tiempo. Quiero decir: la gente, sus amigos, lo emDezaron a mirar como si fuera otro aunqp e 61 dexir: todos espera I

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IJero 61 se manteliia en silencio como si lo que esperat>an10s demds se hubiera transmutado en un lenguaje ill~u~~~~LC1131u~C le importara un carajo. Y entonces sus mejores amigos dejaron de ser 10s poetas j6venes de MCxico, todos mayores que C1, y comenz6 a salir con 10s poetas jovencisimos de Mtxico, todos menores que 61, chavitos de diecisCis afios, de diecisiete, chavitas de dieciocho, que parecian salidos del gran orfanato del metro del DF y no de la Facultad de Filosofia y Letras, seres de carne y hueso a 10s que yo veia a veces asomados a las ventanas de las cafeterias y bares de Bucareli y cuya sola visi6n me provocaba escalofrios, como si no fueran de carne y hueS O , una generacih salida directamente de la herida abierta de Tlatelolco, como hormigas o como cigarras o como pus, per0 que no habia estado en Tlatelolco ni en las luchas del 68, nifios que cuando yo estaba encerrada en la Universidad en septiembre del 68 ni siquiera habian empezado a estudiar la prepa. Y Csos eran 10s nuevos amigos de Arturito. Y yo no fui inmune a su belleza. Yo no soy inmune a ningGn tip0 69


de belleza. Pero me di cuenta (a1 mismo tiempo que temblaba a1 verlos) de que su lenguaje era otro, distinto a1 mio, distinto a1 de 10s j6venes poetas, lo que ellos decian, pobres pajaritos hukrfanos, no lo podia entender JosC Agustin, el novelista de la onda, ni 10s j6venes poetas que querian darle en la madre a JosC Emilio Pacheco, ni JosC Emilio, que sofiaba con el encuentro imposible entre Dario y Huidobro, nadie podia entenderlos, sus voces que no oiamos decian: no somos de esta parte del DF, venimos del metro, de 10s subterrineos del DF, de la red de alcantarillas, vivimos en lo rnis oscuro y en lo rnis sucio, alli donde el rnis brapado de 10s i6venes Doetas no Podria hacer

ellos y se alejara paulatinamente de sus viejos amigos. Ellos eran 10s nifios de la alcantarilla y Arturo siempre habia sido un nifio de la alcantarilla. Uno de sus viejos amigos, sin embargo, no se alej6 de 61. Ernesto San Epifanio. Yo conoci primero a Arturo, luego conoci a Ernesto San Epifanio una noche radiante del afio 1971. Por entonces Arturo era el rnis jown del grupo. Luego lleg6 Ernesto, que era un afio o unos meses rnis joven que 61, y Arturito perdi6 ese sitial equivoco y brillante. Per0 entre ellos no hubo envidias de ninguna clase y cuando Arturo volvi6 de Chile, en enero de 1974, Ernesto San Epifanio sigui6 siendo su amigo. Lo que pas6 entre ellos es bien curioso. Y yo soy la finica que puede contarlo. Ernesto San Epifanio por aquellos dias andaba como si estuviera enfermo. Casi no comia y se estaba quedando en 10s huesos.

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Por las noches, esas noches del DF cubiertas por sucesivas sdbanas de lino, s610 bebia y apenas hablaba con nadie y cuando saliamos a la calle miraba para todos 10s lados como si tuviera miedo de algo. Pero cuando 10s amigos le preguntaban quC ocurria Cl no decia nada o contestaba con alguna cita de Oscar Wilde, uno de sus escritores favoritos, per0 incluso en ese punto, en el de la ingeniosidad, su fuerza habia Ianguidecido y en sus labios una frase de Wilde mds que hacer pensar concitaba un sentimiento de perplejidad y conmiseraci6n. Una noche le di noticias de Arturo (yo habia hablado con su madre y con su hermana) y 61 me escuch6 como si vivir en el Chile de Pinochet no fuera, en el fondo, una mala idea. Los primeros dias, tras su regreso, Arturo se mant w o encerrado en su casa, casi sin pisar la calle, y para todos, menos para mi, h e como si no hubiera vuelto de Chile. Pero yo fui a su casa y habk con C1 y supe que habia estado preso, ocho dias, y que aunque no fue torturado se comport6 como un valiente. Y se lo dije a sus amigos. Les dije: Arturito ha vuelto y ornC su retorno con colores tornados de la paleta de la poesia Cpica. Y cuando Arturito, una noche, apareci6 finalmente por la cafeteria Quito, en Bucareli, sus antiguos amigos, 10s poetas jbvenes, lo miraron con una mirada que ya no era la misma. iPor quC no era la misma? Pues porque para ellos Arturito ahora estaba instalado en la categoria de aquellos que han visto a la muerte de cerca, en la subcategoria de 10s tipos duros, Y eso, en la jerarquia de 10s machitos desesperados de Latinoamirica, era un diploma, un jardin de medallas indesdefiable.

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En el fondo, tambiCn se 1ha de decir, nadie se lo tomaba a1 pie de la letra. Es decir: la leyenda habia partido de mis labios, mis lab!ios ocultos LDor el dorso A,, 1111 -: llldllu. dullUUc cll GaLncia todo lo que yo hauc L bia dicho de Cl cuando Cl permanecia encerrado en su casa era verdad, por venir de quien venia, de mi, no merecia una credibilidad excesiva. Asi son las cosas en este continente. Yo era la madre y mle creian, per0 tampoco me creian demasiddo. Ernesto San Epifanio, sin embargo, tom6 mis palabras al pie de la letra. En r .

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sus aventuras en el otro extremo del munhizo repetir r do y a cada repeticih su entusiasmo crecia. Es decx-: yo hablaba e inventaba aventuras y la languidez de 1Ernesto San Epifanio iba desapareciendo, iba desapa.reciendo su melancolia, o a1 menos languidez y mel;incolia se estremecian, se desempolvaban, respirab;an. Asi que cuando Arturo reapareci6 y todos quisier'on estar con 61, Ernesto San Epifanio tambiCn estuvo alli y particip6 con 10s demis, aunque manteniindose en un discreto segundo plano, de la bienvenida que sus antiguos amigos le dieron y que consist& si mal no recuerdo, en invitarlo a una cerve:za y a unos chilaquiles en la cafeteria Quito, igape a 1todas luces modesto, per0 que se correspondia con la economia general. Y cuando todos se heron, Ernesto San Epifanio sigui6 alli, apoyado en la barra del Encrucijada Veracruzana, pues para entonces ya no estibamos en el Quito sino que nos habiamos trasladado a1 mentado bar, mientras Arturo, solo con sus fantasmas y sentado en una mesa, miraba su Gltimo tequila como si en el fondo del vas0 se estuviera produciendo un naufragio de proporcio-

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nes homkricas, algo impropio se viera como se viera en un muchacho que no habia cumplido todavia 10s veintih afios. Entonces empez6 la aventura. Yo lo vi. Yo doy fe. Yo estaba sentada en otra mesa, hablando con un periodista novato de la secci6n de cultura de un peri6dico del DF, y acababa de comprarle un dibujo a Lilian Serpas, y Lilian Serpas despuCs de vendernos el dibujo nos habia sonreido con su sonrisa mis enigmitica (pero la palabra enigma no alcanza a dibujar la oscuridad abismal que era su sonrisa) y habia desaparecido en la noche del DF y yo le decia a1 periodista qui& era Lilian Serpas, le decia que el dibujo no era suyo sin0 de su hijo, le contaba lo poco que sabia de esa mujer que aparecia y desaparecia por 10s bares y cafeterias de la avenida Bucareli. Y en ese momento, mientras yo hablaba y Arturo contemplaba en la mesa vecina 10s remolinos conjeturales de su tequila, Ernesto San Epifanio se alej6 de la barra y se sent6 junto a Cl y por un instante yo s610 vi sus dos cabezas, sus dos matas de pel0 largo que caian hasta 10s hombros, la de Arturo rizada y la de Ernesto lacia y mucho mis oscura, y durante un rato hablaron mientras el Encrucijada Veracruzana se iba vaciando de 10s dltimos noctimbulos, 10s que de repente tenian prisa por irse y gritaban viva MCxico desde la puerta y 10s que estaban tan briagos que ni siquiera podian levantarse de las sillas. Y entonces yo me levant6 y me quedC de pie junto a ellos como la estatua de crista1 que hubiera querido ser cuando nifia y escuch6 que Ernesto San Epifanio contaba una historia terrible sobre el rey de 10s

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Dutos de la colonia Guerrero, un tipo a1 que llamaban el Rey y que controlaba la prostituci6n masculina d e ese tipico y, ipor quC no?, entraiiable barrio capitalj1no. Y el Rey, seg6n Ernesto San Epifanio, habia corn1prado su cuerpo y ahora 61 le pertenecia en cuerpo Y alma (que es lo que pasa cuando por descuido un 0 deja que lo compren) y si no accedia a sus requisitchL

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contra su familia. Y Arturito escuchaba lo que decia Ernesto y por momentos levantaba la cabeza de su ,,nl,.*,x,~ A- +-",,;lo L,,,,-,L l nL c n ~ ~ uc ~LLcIulld C ~ uuaLaua ~ IwJ -jos ~ deU su amigo ~ ~ como si se estuviera meguntando c6mo pudo Ernesto ser tan pendejo para meterse de cabeza en una histcjria asi. Y Ernesto San Epifanio, como si leyera IChS pensamientos de su amigo, dijo que en determinad0 TI

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metian una pendejada irreparable, y despuis dijo que lo avudara v aue si las cosas se_n_ o_ tenia a__ nadie aue I guian asi tendria que convertirse en el esclavo del reY de 10s putos de la colonia Guerrero. Y entonces ArtuL__.._.

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;v t6 auieres aue vo te avude a soluI I / cionar esta chingada?, y Ernesto San Epifanio dijc): esta chingada no tiene soluci6n, per0 no me iria m:L1 que t6 me ayudaras. Y Arturo dijo: iquC quieres qu.e haga, que mate a1 rey de 10s putos? Y Ernesto San Epifanio dijo: no quiero que mates a nadie, s610 quit ro que me acompafies y le digas que me deje en pa12 para siempre. Y Arturo dijo: iy por quC chingados n 0 se lo dices t6? Y Ernesto dijo: si voy yo solo y se 10 digo me van a dar fierro todos 10s guaruras del rey d.e Ins r niitos ----- v luem tirarh mi cadiver a 10s IDerros. 'Y LJ

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dijo: ah, que la chingada. Y Ernesto San Epifanic3 dijo: per0 t6 eres el chingonazo. Y Arturo dijo: no la chingues. Y Ernesto dijo: yo ya chingut, mis poe-

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na , si no me quieres acompafiar no me acompafies. Er:1 el fondo, t6 tienes la raz6n. <Dequt raz6n hablamcx?,dijo Arturo y se desperez6 como si hasta ese mc)mento hubiera estado sofiando. Despuds se pusieA-I ,A,. -.., ,C:,.-,I,p L l d CI-1 I c y uc A, 1-, ,.+,roil d,UL,Ll".. U I ~ I ucl p u c r ~ U C I U ~ ~ U L U de la colonia Guerrero y Arturo pregunt6 en quC se basaba ese poder. En el miedo, dijo Ernesto San Epifanio, el Rey imponia su poder mediante el miedo. iY yo qud t engo que hacer!, dijo Arturito. T6 no tienes miedo, (iijo Ernesto, t6 vienes de Chile, todo lo que el Rey mLe pueda hacer a mi t6 lo has visto multiplicado por (:ien o por cien mil. Cuando Ernesto lo dijo yo no vi la cara de Arturo per0 adivint que el gesto que tenia hasta entonces, ligeramente extraviado, se descompionia sutilmente con una arruguita casi imperceptil)le, per0 en la que se concentraba todo el miedo d8 el mundo. Y entonces Arturito se ri6 y luego krnesto se ri6, sus risas cristalinas semejaron pdjaros polimorf -0s en el espacio como lleno de cenizas que era el Enlcrucijada Veracruzana a aquella hora, y luego Arturo scz levant6 y dijo vdmonos a la colonia Guerrero y Ernesto se levant6 y sali6 junto con 61 y a1 cab0 de treint a segundos yo tambidn sali disparada del bar agonizanIte y 10s segui a una distancia prudente por-..- -C- L I que si me veian no me iban a dejar ir con ~ U saula ellos, porque yo era mujer y una mujer no se mete en t:Jes Gega;dos, porque yo ya era mayor y una persona niayor no tiene el empuje de un joven de veinte afios

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y porque en esa hora incierta de la madrugada Arturito Belano aceptaba su destino de nifio de las alcantarillas y salia a buscar a sus fantasmas. Y yo no queria dejarlo solo. Ni a 61 ni a Ernesto San Epifanio. Asi que sali detris de ellos, a una distancia prudente, y mientras caminaba empec6 a buscar en mi bolso o en mi viejo morral oaxaquefio mi navaja de la suerte y esta vez si que la encontr6 sin ninguna dificultad y me la meti en un bolsillo de mi fdda plisada, una falda plisada gris, con dos bolsillos a 10s lados, que rara vez me ponia y que era un regdo de Elena. Y en aquel momento no pens6 en las consecuencias que tal acto podia acarrearme a mi y a otros que sin ninguna duda se verian implicados. Pens6 en Ernesto, que aquella noche iba vestido con un sac0 de color lila y una camisa de color verde oscuro de cuello y puiio duro, y pens6 en las consecuencias del deseo. Y tambi6n pens6 en Arturo, que de golpe y porrazo habia ascendido involuntariamente a la categoria de veterano de las guerras floridas y que, vaya una a saber por quC oscuros motivos, aceptaba las responsabiIidades que tal equivoco traia consigo. Y 10s segui: 10s vi caminar a paso ligero por Bucareli hasta Reforma y luego 10s vi cruzar Reforma sin esDerar la luz verde. ambos con el Del0 lareo v arren V

Reforma se transforma en un tubo transparente, en un pulm6n de forma cuneiforme por donde pasan las exhalaciones imaginarias de la ciudad, y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco ma's despacio que antes, yo un poco mis depri-

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mida que aintes, la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, per0 no a un cementerio dc: 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sin0 a un cementerio del afio 2666, un cc:menterio olvidado debajo de un pirpado muerto o n onato, las acuosidades desapasionadas de olv

Y ya para entonces habiamos cruzado por Puente .

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de Alvarado y habiamos entrevisto a las ciltimas hor1

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migas hum;mas que trasegaban amparadas por la oscuridad de 1la plaza San Fernando, y yo entonces empeck a sentirme francamente nerviosa porque a partir de ese mom ento entribamos de verdad en el reino del rey de 10s putos a quien el elegante Ernest0 (un hijo, por lo dem:is, de la sufrida clase trabaiadora del DF) tanto temia.

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a cxagcrar, smu ai u r i p v a , ci riu que en su ala cant6 Efrain Huerta (si la memoria no me engaiia), aunque el Grijalva nocturno que era y es la avenida Guerrero habia perdido desde tiempos inmemoriales su condici6n primigenia de inocencia. Es decir, aquel Grijalva que fluia en la noche era, bajo todos 10s aspectos, un rio condenado por cuya corriente se deslizaban cada'veres o prospectos de cada'veres, autom6vil a negros que aparecian, desaparecian y volvian a aparecer, 10s mismos o sus silenciosos ecos enloquecidos, como si el rio del infierno fuera circular, cosa que, ahora que lo pienso, probablemente sea. Lo cierto es que yo camin6 detris de ellos y ellos se adentraron en la avenida Guerrero y luego torcieron en la calle Magnolia y por 10s gestos que hacian se IWS

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uiria qut: platicaban animadamente, aunque no era la

hora ni el lugar mis id6neo para el ejercicio del didogo. De 10s locales de la calle Magnolia (no muy numerosos, por cierto) desfallecia una m6sica tropical que invitaba a1 recogimiento y no a la fiesta o a1 baile, n cuando atronaba un grito, recuerdo que dt Pt 2 la calle parecia una espina o una flecha clavaua a un costado de la avenida Guerrero, imagen que no hubiera desagradado a Ernesto San Epifanio. Luego ellos se detuvieron delante del letrero luminoso cdel hotel TrCbol, lo que tambitn tenia su gracia, pues cx a o me pareci6 que era (estaba muy nerviosa) como si un esrablecimiento sito en la calle Berlin se llamara Paris, y entonces parecieron discutir la estrategia que a partir de ese momento seguirian: Ernesto, en el Gltimo mom ento, me dio la impresi6n de querer dar media vuelta y alejarse lo mis ripido posible de alli, . '_ Arruriro, por el contrario, se mostraba dispuesto a seguir, completamente identificado con el papel de tip0 duro que yo habia contribuido a darle y que 61, aque112i nochc: carente de todo, hasta de aire, aceptaba ccbmo un;a hostia de carne amarga, esa hostia que nadie~.nene derecho a tragar. Y entonces 10s dos hCroes entraron en el hotel TrCbol. Primer0 h t u r o Belano y luego Ernesto San Epifanio, poetas forjados en MCxico DF, y tras ellos entrC yo, la barrendera de Le6n Felipe, la destrozajarrones de don Pedro Garfias, la 6nica persona que se qued6 en la Universidad en septiembre de 1968, cuando 10s granaderos violaron la autonomia universitaria. Y el interior del hotel, a1 primer vistazo, me result6 decepcionante. En casos asi es como si una se ..

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tirara con 10s ojos cerrados en una piscina de fuego y luego abriera 10s ojos. Yo me tirC. Yo abri 10s ojos. Y Io que vi no tenia nada de terrible. Una recepci6n diminuta, con dos sofis en 10s que el paso del tiempo habia causado estragos que no tienen nombre, un recepcionista moreno, chaparro y con una enorme mata de pel0 negro azabache, un tub0 fluorescente que colgaba del techo, suelo de baldosas verdes, una escalera cubierta por una moqueta de pla'stico gris sucio, una recepcih de infima categoria aunque para una porci6n de la colonia Guerrero tal vez ese hotel fuera considerado un lujo razonable. Tras parlamentar con el recepcionista 10s dos hCroes subieron por las escaleras y yo entrC en el hotel y le dije a1 recepcionista que venia con ellos. E1 chaparro parpade6 y quiso decir algo, quiso ensefiar 10s colmillos, per0 para entonces yo ya estaba en el primer piso y a travCs de una nube de desinfectante y luz mortecina se desnud6 ante mis ojos un pasillo que estaba desnudo desde 10s primeros dias de la Creacidn, y abri una puerta que se acababa de cerrar y accedi, testigo invisible, a la ca'mara real del rey de 10s putos de la colonia Guerrero. Por descontado, amiguitos, el Rey no estaba solo. En la habitaci6n habia una mesa y sobre la mesa habia un tapete verde, per0 10s ocupantes de la habit a c h no jugaban a las cartas sino que llevaban a cab0 las cuentas del dia o de la semana, es decir, sobre la mesa habia papeles con nombres y ntimeros escritos, y habia dinero. Nadie se sorprendi6 de verme. El Rey era fuerte y debia de rondar 10s treinta

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aiios. TeIiia el pelo castafio, de esa tonalidad de casta60 que en MCxico no sabrC nunca si en serio o en broma 11aman giiero, y vestia una camisa blanca, un poco tra nspirada, que permitia a1 espectador casual apreciar como a1 descuido unos antebrazos musculosos y 7relludos. Junto a Cl estaba sentado un tip0 gordito, con bigotes y patillas desmesuradas, probablementc: el contralor del reino. Al fondo de la habitaci6n, en las penumbras que envolvian la cama, un tercer homl;,re nos vigilaba y nos escuchaba moviendo la cabeza. '1lo lo primer0 que pens6 fue que ese hombre no estab;i bien. Al principio fue el dnico que me dio miedo, Fbero conforme pasaron 10s minutos el temor r +ronc+w-m6 en conmiseracih: pens6 que el hombre clauoi\ que estat)a semirrecostado en la cama (en una posici6n que:, por otra parte, debia de requerir un gran esfuerzo) nLO podia ser sino alguien enfermo, tal vez un subnormal, tal vez un sobrino subnormal o sedado del Rey, y eso me hizo reflexionar que por mala que sea la siniaci6n que uno Dasa (en este cas0 la situaci6n por la qcLe pasaba Ern otro que lo pasa peor. Recu erdo las palatLao sa a1 ver a Ernesto y su mirada inquisitiva a1 ver a Arturo. Re(:uerdo la distancia que el Rey pus0 entre su persona J7 sus visitantes con un solo gesto, el de coger el dinero y guardirselo en un bolsillo. DespuCs hablaron. El Rc:y evoc6 dos noches en las que Ernesto se habia sumc@do voluntariamente y habl6 de contraer obligaciones, las obligaciones que todo acto, por gratllrtn ,ccidental que sea, conlleva. Habl6 del coraOC.

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6n. El coraz6n de 10s hombres, que sangra como las iujeres (creo que se referia a la menstruacidn) y qiue bliga a 10s verdaderos hombres a responsabilizarse de us actos, cualesquiera que kstos Sean. Y habl6 de las deudas: no habia nada mis despreciable que una dc:Uda mal saldada. Eso dijo. No habl6 de deuda no saldada sin0 mal saldada. Luego call6 y esper6 a esc:Uchar lo que tenian que decir sus visitantes. El primer0 fue Ernesto San Epifanio. Dijo que 61 no tenia ninguna deuda con el Rey. Dijo que lo uniIC0 que hizo fue acostarse dos noches seguidas con 61 (c10s noches locas, precisb), tal vez a sabiendas de que se estaba metiendo en la cama con el rey de 10s -Dutos, y sin calibrar, por ende, 10s peligros ((y responsabilidades)) que con tal acci6n contraia, per0 que lo h abia hecho inocentemente (aunque al decir la palabra inocente Ernesto no pudo reprimir una risilla nervi osa, que acaso contradecia el adjetivo autoadjudica do), guiado s610 por el deseo y por la aventura, y no p':ir el secreto designio de convertirse en el esclavo del Re'Y Tti eres mi put0 esclavo, dijo interrumpikndolio el Rey. Yo soy tu puto esclavo, dijo el hombre o el 1muchacho que estaba en el fondo de la habitaci6n. Tenia una voz aguda y doliente que me hizo pegar un respingo. El Rey se volvi6 y lo mand6 a callar. Yo no SOY tu put0 esclavo, dijo Ernesto. El Rey mir6 a Ern est0 con una sonrisa paciente y malkvola. Le preguint6 quikn creia que era. Un poeta homosexual mexic:mo, dijo Ernesto, un poeta homosexual, un poeta, uni (el Rey no entendi6 nada), y despuis aiiadi6 algo sob]-e el derecho que tenia (el derecho inalienable) de acostarse con quien quisiera y no por ello ser considerado un 1

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esclavo. Si esto no fuera tan patdtico me moriria de risa, dijo. IPues muCrete de risa, dijo el Rey, antes de que te con decoren. Su voz de pronto se habia vuelto dura. Erne'sto se ruboriz6. Yo lo veia de perfil y not6 c6mo su 12tbio inferior temblaba. Te vamos a martirizar, dijo el Rey. Te vamos a dar cran hasta que revientes, dijo el contralor del reino. Te vamos a dar fierro hasta cond ecorarte 10s meros pulmones, hasta condecorarte el 1mer0 corazdn, dijo el Rey. Lo curioso, sin embargo, fGe que dijeron todo lo anterior sin mover 10s labios y sin que saliera sonido alguno de sus bocas. Deja dle molestarme, dijo Ernesto con voz exangiie. El pot)re muchacho subnormal del fondo de la habitaci6n se pus0 a temblar y se cubri6 con una manta. Po(:o despuis todos pudimos escuchar sus gemidos ahoj;ados. Entonc3es habl6 Arturo. ;Qui& es?, dijo. ;Qui&1 es quidn, buey?, dijo el Rey. <Qui& es &e?, dijo Pmuro y seiial6 el bulto de la cama. El contralor &rigi6 una mirada inquisitiva hacia el fondo de la habitacicjn y despuds mir6 a Arturo y a Ernesto con una sonris;a vacia. El Rey no se volvi6. ;Quidn es?, dijo Arturc1. ;Qui& chingados eres tZ;!, dijo el Rey. El mu(:hacho del fondo de la habitaci6n se estremeci6 bajo la manta. Parecia que daba vueltas. Enredado o ahogado, quien lo mirara ya no podia precisar si su cabeza estaba cerca de la almohada o a 10s pies de 12 r -- _,,,,,a J.m a Estd enfermo, dijo Arturo. No era una Pregunta, ni siquiera una afirmaci6n. Fue como si lo di jera para si mismo y fue, a1 mismo tiempo, como si flaiqueara, J7 qui curioso, en ese momento escuchd su '

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voz y en vez de ponerme a pensar en lo que habia dicho o en la enfermedad de aquel pobre muchacho, pens6 que Arturo habia recuperado (y a6n no habia perdido) el acento chileno durante 10s meses que habia pasado en su pais. Acto seguido me puse a pensar qui pasaria si yo, es un suponer, volviera a Montevideo. ;Recuperaria mi acento? ;Dejaria, paulatinamente. de ser la madre de la Doesia mexicana? Yo soy asi. Pienso las cosas mis peregrinas e inoportunas en lo!s peores momentos. Pues aquC1, sin duda, era uno de 10s peores mo. I

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socupada frente a1 Rey (pero la silla antes no estaba alli) v se t aI d la cara con las manos (corn0 si estuviera mareado o temiera desmayarse) y el Rey y el contra101 del reino lo miraron con curiosidad, como si nunc: 1 J

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noche era fie1 reflejo de eso: una pesadilla inconclusa de la que hubiera querido escapar mediante la vioIencia. Pero entonces Arturo empez6 a hablar de otras cosas. Habl6 del muchacho enfermo que temblaba en la cama del fondo y dijo que 61 tambiCn se iba a venir con nosotros y habl6 de la muerte y habl6 del muchacho que temblaba (aunque ya no temblaba) y cuyo rostro se asomaba ahora recogiendo las puntas de la manta y mirindonos, y habl6 de la muerte, y se repiti6 una y otra vez y siempre regresaba a la muerte, como si le dijera a1 rey de 10s putos de la colonia Guerrero que sobre el tema de la muerte no tenia ninguna competencia, y en ese momento yo pens&: esti haciendo literatura, esd haciendo cuento, todo es falso, y entonces, como si Arturito Belano me hubiera leido el pensamiento, se volvi6 un poco, apenas un movimiento de hombros, y me dijo: ddmela, y extendi6 la palma de su mano derecha. Y yo puse sobre la palma de su mano derecha mi navaja abierta y 61 dijo gracias y volvi6 a darme la espalda. Y entonces el Rey le pregunt6 si estaba pedernal. No, dijo Arturo, o puede que si, per0 no mucho. Y entonces el Rey le pregunt6 si Ernest0 era su cuaderno. Y Arturo dijo que si, lo que demostraba Claramente que de pedernal nada y de literatura mucho. Y entonces el Rey se quiso levantar, tal vez para darnos las buenas noches y acompafiarnos hasta la puerta, per0 Arturo dijo no te muevas pinche cabrdn, que no se mueva nadie, las putas manos quietas y sobre la mesa, y sorprendentemente el Rey y el contralor le obedecieron. Yo creo que en ese momento Arturo se

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dio cuenta de que habia ganado o que a1 menos habia ganado la mitad de la pelea o el primer round y tambikn se debi6 de dar cuenta de que si el conflict0 se dilataba todavia podia perder. Es decir, que si la pelea era a dos rounds sus posibilidades eran enormes, per0 que si la pelea era a diez rounds, o a doce, o a quince, sus posibilidades se perdian en la inmensidad del reino. Asi que sigui6 adelante y le dijo a Ernesto que fuera a ver a1 muchacho del fondo de la habitacidn. Y Ernesto lo mir6 como dicikndole no vayas demasiado leios, amieo mio, Der0 dado aue las cosas no estaban U como para discutir, pues lo obedeci6. Y desde el fcIndo de la habitaci6n Ernesto dijo que el chavo aqile1 estaba m4s para all6 que para aci. Yo lo vi a Ernesto. Yo lo vi avanzar trazando un semicirculo por la c6nlara real hasta llegar a1 lecho y ya alli destapar a1 jov en esclavo y tocarlo o tal vez darle un pellizco en un b razo y susurrarle palabras en el oido y acercar su orej;l a 10s labios del muchacho y luego tragar saliva (yo lo vi tragar saliva reclinado sobre aquella cama que poscEia las caracteristicas de un pantano y de un desierto a1 mismo tiempo) y luego decir que estaba mis para a I16 que para ac6. Como se nos muera este chavo vuelvc' Y te mato, dijo Arturo. Entonces yo abri la boca plor primera vez aquella noche: ;nos lo vamos a lleva r?, preguntk. Se viene con nosotros, dijo Arturo. Y I:rnesto, que seguia en el fondo de la habitacibn, se se'nt6 en la cama, como si de pronto se sintiera terrib lemente desanimado y dijo: ven a verlo td misn-10, Arturo. Y yo vi que Arturo movia la cabeza negatiiramente varias veces. No queria verlo. Y entonces m irk a Ernesto y me pareci6 por un momento que el fori,do 1

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de la habitacidn, con la cama como vela arrasada, se despegaba del resto de la habitacibn, se alejaba del edificio del hotel Trkbol navegando por un lago que a su vez navegaba por un cielo clarisimo, uno de 10s cie10s del valle de Mixico pintado por el Dr. Atl. La visi6n fue tan Clara que s610 falt6 que Arturo y yo nos pusiiramos de pie y les dijiramos adi6s con las manos. Y nunca como entonces me pareci6 Ernesto tan valiente. Y a su manera, tambiin el muchacho enfermo. Me movi. Yo me movi. Primer0 mentalmente. Luego fisicamente. El muchacho enfermo me mir6 a 10s ojos y se pus0 a llorar. En efecto, estaba muy mal, per0 preferi no decirselo a Arturo. iD6nde esdn sus pantalones?, dijo Arturo. Por ahi, dijo el Rey. BusquC debajo de la cama. No habia nada. Busqui a 10s lados. Miri a Arturo como dicikndole no 10s encuentro, ;qui hacemos? Entonces a Ernesto se le ocurri6 buscar entre las mantas y sac6 unos pantalones medio mojados y unos tenis de marca. Dijame a mi, le dije. Sent6 a1 muchacho en el borde y le puse 10s bluejeans --11 ~ !T 1 1 ~. ~ ~ - . . Jt!.. ... Y io caice. Luego - io ievanre -para ver SI pouia Laminar. PPodia. C VAmonos, dije. Arturo no se movi6. Despierta, A Arturo, pensk. Voy a contarle una filtima historia a su m majestad, dijo. Ustedes vayan saliendo y espkrenme er en la puerta. Entre Ernesto y yo bajamos a1 muchacho. Toma__ 1 1 1 1 1 ? m10s un raxi y esperamos en la enrraaa aei noreil Tirebcd. AI poco rat0 apareci6 Arturo. En mis recuerdos acpella noche en la que no pas6 nada y pudo pasar de t C)do se desdibuja como devorada por un animal giintesco. A veces veo a lo lejos, por el norte, una gran ~

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tormenta elictrica que avanzaba hacia el centro del DF, per0 mi memoria me dice que no hub0 ninguna tormenta elictrica, el alto cielo mexicano baj6 un poco, eso si, por momentos costaba respirar, el aire era seco y hacia dafio en la garganta, recuerdo la risa de Ernesto San Epifanio y la risa de Arturito Belano en el interior del taxi, una risa que 10s devolvia a la realidad o a lo que ellos preferian llamar realidad, y recuerdo el aire de la acera del hotel y del interior del taxi como compuesto de cactus, de toda la inabarcable variedad de cactus de este pais, y recuerdo que yo dije cuesta respirar, y: devudveme mi navaja, y: cuesta hablar, y: ad6nde vamos, y recuerdo que a cada una de mis palabras Ernesto y Arturo se echaban a reir y que yo tambiCn acabi por reirme, tanto o mis que ellos, todos nos reiamos, menos el taxista, que en alg6n momento nos mir6 como si durante toda la noche no hubiera hecho otra cosa que acarrear gente como nosotros (lo que por otra parte, y tratindose del DF, resultaba perfectamente normal) y el muchacho enfermo, que se qued6 dormido con la cabeza apoyada en mi hombro. Y asi fue como entramos y luego salimos del reino del rey de 10s putos, que estaba enclavado en el desierto de la colonia Guerrero, Ernesto San Epifanio, de veinte o diecinueve afios, poeta homosexual nacido en Mixico (y que fue, junto con Ulises Lima, a quien a6n no conociamos, el mejor poeta de su generacidn), Arturo Belano, de veinte afios, poeta heterosexual nacido en Chile, Juan de Dios Montes (tambiCn llamado Juan de Dos Montes y Juan Dedos), de dieciocho afios, aprendiz de panadero en una panificadora de la

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colonia Buenavista, parece que bisexual, y yo, Auxilic Lacouture, de edad definitivamente indefinida, lec tora y madre nacida en Uruguay o Rep6blica de lo Orientales, y testigo de las reticulaciones de la se quedad. Y como de Juan de Dos Montes ya no volverk : hablar, a1 menos puedo decides que su pesadilla acabc bien. Durante unos dias vivi6 en la casa de 10s padre, de Arturito y luego estuvo rolando en diferentes cuar. tos de azotea. Finalmente algunos amigos le buscamo, una chamba en una panificadora de la colonia Rom; y desapareci6, a1 menos aparentemente, de nuestra, vidas. Le gustaba drogarse inhalando cola. Era melan, c6lico y trist6n. Era estoico. Una vez me lo encontrc de casualidad en el Parque Hundido. Le dije c6mo es. tis Juan de Dios. Retebikn, me contest6. Meses mi: tarde, en la fiesta que dio Ernesto San Epifanio tra: obtener la beca Salvador Novo (y a la que no fue Ar. turo, porque 10s poetas se pelean), le dije que aquell; noche ya casi olvidada no era a 61, como todos pens&. bamos, a quien iban a matar, sin0 a Juan de Dios. Si me dijo Ernesto, yo tambiCn he llegado a esa c o n c h si6n. Era Juan de Dios el que iba a morir. Nuestro secreto designio fue evitar que lo mataran.


vivido las aventuras de la poesia, que siempre sc aventuras a vida o muerte, per0 luego he regresad1 he vuelto a las calles de Mtxico y la cotidianidad 11 ha parecido buena, para qut pedir mis. Para qut el gafiarme mis. La cotidianidad es una transparenc inm6vil que dura s610 unos segundos. Asi que yo vo V I y la 1 I l l l C y I l l C ucjc CllVUlVCl pur C l l d . I U 3uy I d 111, dre, le dije, y francamente no creo que las peliculas ( terror Sean lo mis recomendable para mi. Y entonc,es 1- --LJ:--:J-J L:--LL .._ -Inkn Ala CULlUlaIllUdU sz U I ~ L ~ K J LUIIIU U I I SluuU uc pUun, per0 a lo bestia, y explot6. Otra vez estaba en el lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filosofia y Letras y era septiembre de 1968 y yo pensaba en las aventuras y en Remedios Varo. Son tan pocos 10s que se acuerdan de Remedios Varo. Yo no la conoci. Sinceramente, me encantaria decir que yo la conoci, per0 la verdad es que no la conoci. Yo he conocido a mujeres maravi-

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llosas,, fuertes como montaiias o como corrientes marinas:, per0 a Remedios Varo no la conoci. No porque tuviera vergiienza de ir a verla a su casa, no porque no apreciara su obra (que aprecio de todo corazbn), sin0 Porq'ue Remedios Varo murid en 1963 y yo en 1963 aiin :staba en mi lejano y querido Montevideo. 1iunque algunas noches, cuando la luna entra en el lawrabo de mujeres y yo a h estoy despierta, pienso que rio, que en 1963 yo ya estaba en el DF y que don PedrcI Garfias me escucha ensimismado pedirle la direccic5n de Remedios Varo, a quien 61 no frecuenta per0 respeta, y luego se acerca con movimientos insep r o :; a su escritorio, saca un papelito, una agenda de un c:ij6n, la pluma fuente de un bolsillo de su sac0 y me e:scribe ceremoniosamente y con excelente caligrafia la,s sefias en donde yo puedo encontrar a la pintora catal:ma. Ir' hacia all6 voy volando, hacia la casa de Remedios Varo, que est6 en la colonia Polanco, ipuede ser?, o en la colonia Anzures, ipuede ser?, o en la colonia Tlaxl3ana, ipuede ser?, la memoria juega malas pasadas c:uando la luna menguante se instala como una arakL en el lavabo de mujeres, en cualquier cas0 yo voy r auda por las calles de Mkxico que se suceden una tras otra v poco a poco, a medida que me acerco a su cas:i, van (:ambiando (y cada cambio se apoya en el canibio prlecedente, como sucesi6n y a la vez como c, critlLdl,lldsta llegar a una calle en donde todas las casas parecen castillos derruidos, y entonces yo toco un timbre y espero unos segundos en donde s610 escucho el latido de mi coraz6n (porque yo soy asi de tonta, cuando voy a conocer a alguien a quien admiro el co'

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raz6n se me acelera), y luego escucho unos pasitos y alguien abre la puerta y es Remedios Varo. Tiene cincuentaicuatro aiios. Es decir, le queda un aiio de vida. Me invita a pasar. No recibo muchas visitas, me dice. Yo voy delante y ella va detris. Entre, entre, dice y yo avanzo por un pasillo dCbilmente iluminado hasta una sala de grandes proporciones, con dos ventanas que dan a un patio interior, veladas por un par de pesadas cortinas de color lila. En la sala hay un sill6n y yo me siento. Sobre la mesita Camilla reposan dos tazas de cafC. En un cenicero observo tres colillas. La conclusi6n obvia es que hay una tercera persona en la casa. Remedios Varo me mira a 10s ojos y sonrie: estoy sola, anuncia. Le digo c u b t o la admiro, le hablo de 10s surrealistas franceses y de 10s surrealistas catalanes, de la Guerra Civil espaiiola, de Benjamin PCret no le hablo porque se separaron en 1942 y no s i quC recuerdos guardard de 61, per0 si que le hablo de Paris y del exilio, de su llegada a MCxico y de su amistad con Leonora Carrington, y entonces me doy cuenta de que le estoy contando a Remedios Varo su propia vida, que me estoy comportando como una adolescente nerviosa que recita su lecci6n ante un tribunal inexistente. Y entonces me pongo roja como un tomate y digo perd6n, no s t qui digo, digo ;podria fumar?, y busco en mi bolso mi paquete de Delicados, per0 no lo encuentro, y digo jtiene un cigarrillo?, y Remedios Varo, que esti de pie de espaldas a un cuadro cubierto con una falda vieja (pero una falda vieja, me digo, que debi6 de pertenecer a una giganta), dice que ya

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no fuma, que sus pulmones ahoIra son ddbiles, aunque no tiene cara de tener 10s pu lmones malos, ni siquiera tiene cara de haber visto algo malo, aunque yo sd que ella ha visto muchas cosa:j. malas, la ascensi6n del diablo, el inacabable cortejc1 de termitas por el Arbol de la Vida, la contienda entre la Ilustraci6n y la Sombra o el Imperio o el Reino d el Orden, que de todas esas maneras puede y debe ser llamada la mancha irracional que pretende convertiirnos en bestias o en robots y que lucha contra la Ilustraci6n desde el principio de 10s tiempos (conjeturacii6n mia que ning6n * l i a c t r o d n aaria por buena), yo se que ella ha visto cosas que m uy pocas mujeres suben que han visto y que ahora est4. viendo su muerte a un plazo fijo inferior a doce mesc:s, y sd que hay alguien mis en su casa que si fuma, y que no desea ser sorprendido por mi, lo que me hace 1>ensar que quienquiera que sea es alguien a auien vo , conozco. Entorices suspiro y miro la luna menguante reflejada en la!; baldosas del lavabo de mujeres de la cuarta planIta y con un gesto que se sobrepone a1 cansancio y a1 rriiedo extiendo la mano y le pregunto qud cuadro es e:;e que tiene tapado con la falda de giganta. Y Remedlies Varo me mira sonriendo y luego se da vuelta, me Ida la espalda y durante un rat0 estudia el cuadro, perc sin quitar o descorrer la falda que lo preserva de mir;idas indiscretas. Es el dltimo, dice. 0 tal vez dice es elI penbltimo. El eco de sus palabras rebota contra las tbaldosas arafiadas por la luna y asi es fiicil confundirst: entre el bltimo y el pen6ltimo. Ay, todos 10s cuaciros de Remedios Varo, en esa hora de insomnio militante, desfilan como ligrimas vertidas por la luna 1

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o por mis ojos azules. Y asi es dificil, sinceramente, fiiarse en 10s detalles o distinguir con claridad la Dala" bra tiltimo de la palabra pentiltimo. Y entonces Rt medios Varo levanta la falda de la giganta y yo pued ver un valle enorme, un valle visto desde la montafi

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que lo que la pintora me muestra es un predmbulo, una escenografia en la que se va a desarrollar una escena que me marcad con fuego, o no, con fuego no, nada me va a marcar con fuego a estas alturas, lo que intuvo mis bien es un hombre de hielo, un hombre hecho de cubos de hielo que se acercari y me dari u n beso en la boca, en mi boca desdentada, y yo sentirc esos labios de hielo en mis labios y verC esos ojos de hielo a pocos centimetros de mis ojos, y entonces des fallecerd como Juana de Ibarbourou y musitar6 tpolr quC yo?, coqueteria que me seri perdonada, y el horn bre hecho de cubos de hielo pestaiieari, parpadeari, Y en ese pestaiieo y en ese parpadeo yo alcanzarC a ve:r I-

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la ventana y luego, arrepentido, la cerrara abrupta mente diciendo atin no, Auxilio, lo que has de ver 1(J veris, per0 a6n no. Yo sC que ese paisaje, ese valle inmenso con un li gero aire de fondo renacentista, espera. iPero q u i espera? Y entonces Remedios Varo cubre la tela con 1,a otras cosas, de la entre medio se cuelan palabras descontextualizadas,

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como paru:sia o hierofania, como psicofdrmacos o electroshockc. Y luego hablamos de alguien que hace o hizo hace poco una huelga de hambre y yo me escucho decir: (iespuds de una semana sin comer ya no tienes hamE)re, y Remedios Varo me mira y dice: pobrecilla. Justo eri ese momento la pesada cortina de color lila se agita y yo me pongo de pie de un salto y no puedo (ni 11le permito) reflexionar sobre lo que acaba de decir la pintora catalana. Me acerco a la ventana, aparto la coctina y descubro a un gatito negro. Doy un suspiro cle alivio. S& que, a mis espaldas, Rernedios Varo estd sonriendo y preguntdndose a1 mismo tiemPO quiCn soy yo. La ventana da a un pequeiio jardin interior en donde sestean otros cinco o seis gatos. iCudntos gatos! ison todos suyos? Mds o menos, dice Rernedios Varo. La miro: el gatito negro estd entre sus brazos y Reinedios Varo le dice: bonic, on eyes?, bonic, feia bores qu'e et buscav, . iQuiere:s escuchar ?Me lo dice a mi o se io aice ai ganro: mpongo que a mi, pcxque a1 gatito le habla en cataldn, aunque a simple vis.ta cualquiera se puede dar cuenta de que se trata de u n gato mexicano, un gat0 mexicano callejero con unzL estirpe de por lo menos trescientos afios, aunque ahoira que la luna se traslada, con pasitos de gata, de una baldosa a otra del lavabo de mujeres, me pregunto si zn Mdxico, antes de que llegaran 10s espafioles, habia gatos, y me respond0 a mi misma, desapasionadamcmte, objetivamente, incluso con un deje de indiferencia, que no, no habia gatos, 10s gatos Ilegaron con laL segunda o la tercera oleada. Y entonces, 3

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con voz de sonimbula porque estoy pensando en 10s gatos sonimbulos de Mkxico, le digo que si y Remedios Varo se acerca a1 tocadiscos, un tocadiscos viejo, cosa que no tiene nada de raro pues estamos en el increible afio de 1962 y todas las cosas son viejas, itodas las cosas se llevan una mano a la boca como yo para ahogar un grito de asombro o una confidencia inoportuna!, y pone un disco, y me dice: es el concertino en la menor de Salvador Bacarisse, y yo escucho por primera vez a ese mtisico espaiiol y me pongo a Ilorar, otra vez, mientras la luna salta de una baldosa a otra, en cima O Y no la na iCuanto rat0 estuvimos escucnanao a Dacarisse? No lo sk. S610 sk que en alg6n momento Remedios Varo levanta el brazo del tocadiscos y da por concluida la audici6n. Y luego yo me acerco a ella (porque no quiero irme, he de reconocerlo) y me ofrezco, arrebolada, para lavarle las tazas que hemos empleado, para barrerle el suelo, para sacarle el polvo a 10s muebles, para abrillantarle 10s cacharros de la cocina, para ir a hacerle la compra, para hacerle la cama, para prepararle la bafiera, per0 Remedios Varo sonrie y me dice: ya no necesito nada de eso, Auxilio, gracias de todas maneras. Ya no necesito nada. Ya no precis0 de ninguna ayuda, dice Remedios Varo. jMentira! iC6mo no va a necesitar nada?, pienso mientras me acompafia hasta la puerta de calle. Y luego me veo en el zagudn de su casa. Ella estd en el interior y con una mano sujeta el pomo de la puerta. Hay tantas cosas que quisiera preguntarle. La primera, si puedo volver a visitarla. Un sol como vino

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se extiende ahora por toda la calle vacia. Es ese sol 21 que ilumina su rostro y lo tifie de melancolia y valolr. Bien. Todo estd bien. Es hora de irme. No s t si darle la mano o darle un beso en cada mejilla. Las latinolamericanas, hasta donde sC, s610 damos un beso. Un beso en una mejilla. Las espafiolas dan dos. Las fran cesas dan tres. Cuando yo era jovencita pensaba que 10s tres besos que daban las francesas querian decir: libertad, igualdad, fraternidad. Ahora s t que no, per(I me sigue gustando pensarlo. Asi que le doy tres 1 n ~ c r ) sy ella me mira como si tambikn, en alg6n momerito de su vida, hubiera creido lo mismo que yo. Un beso en la mejilla izquierda, otro en la derecha, un dtiimo beso en la mejilla izquierda. Y Remedios Varo me mira y su mirada dice: no te preocupes, Auxilio, no te vas a morir, no te vas a volver loca, t6 est& mariteniendo el estandarte de la autonomia universitari;x, t6 estds salvando el honor de las universidades de riuestra AmCrica, lo peor que te puede pasar es que adellgaces horriblemente, lo peor que te puede pasar es ap e tengas visiones, lo peor que te puede pasar es que te descubran, per0 t6 no pienses en eso, manttnte f irme, lee a1 pobre Pedrito Garfias (ya podias habert:e llevado otro libro al bafio, mujer) y deja que tu met A-A~lite fluya libremente por el tiempo, desde el 18 de septiembre a1 30 de septiembre de 1968, ni un dia mds, eso es todo lo que tienes que hacer. Y entonces Remedios Varo cierra la puerta y por ostrera mirada que lanza a estrellarse con mi mirahlar ,,,,KO

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ia a y y U b d U l d qUc d I d Ld3Q UL I\c.IIIc.uIwa v a i w 110 iba a volver. Yo sabia que me iba a despertar a la intemperie, de noche o cuando ya estuviera amanecienAn. m en --, nil& ~ - ___--Aq daba. -___, - - - medio de la ciudad aue habia I elegido por amor o por rabia. Y mis recuerdos que se remontan sin ordenL ni l---:-*-in L,,,:, ,A,1,, --..-1 ,-lap, concierro ~ i a ~auab i a y l l d L l d ducidiiLc uc ~ U C uradrnI parado mes de septiembre de 1968 me dicen, balbuceando, tartamudeando, que decidi permanecer a la expectativa bajo aquel sol de color de agua, de pie en una esquina, escuchando todos 10s ruidos de MCS U S LdbaS

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iermista.

Y no sC cuinto tiempo pas6, si mucho o si pcKO,

----!-ius 1- 1 --L-1,- --- -1c1 porque ~~yo renia SCIILIUU~CIlgdllLllaUUb L U ~ Idlllleres en el espacio y no en el tiempo, hasta que vi abrirse la puerta de la casa de Remedios Varo y vi salir a esa ---A:

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mujer que se habia ocultad o en el dormitorio o en el bafio o tras las cortinas dur:mte mi visita. Una mujer de piernas largas y delgadas, aunque l - . - l L ,+ ,-....,:, I, ,I. A~ ~ I d aCgUld, ~ uL sin ninguna duda, como calLulc .. una estatura inferior a la . mia. l'orque aquella mujer ra era alta, sobre todo pal 10s cinones mexicanos, per0 yo era mis alta todavia I

verle la espalda y las piernas, una figura delgada como ya he dicho, y el pelo, una cabellera castafia y ligeramerite ond ulada que le caia mis abajo de 10s hombros Y (4'ue pese a un cierto descuido (que podria aunque no me atreveria a confundirlo con el desalifio) no carecia de gracia. La verdad es que toda ella estaba circundada por la gracia, imbuida por la gracia, aunque me resultaria dificil precisar en d6nde radicaba Csta pues vestia de forma normal, con decoro, ropas que nadie se atreveria a juzgar originales: una falda negra y una chaleca de color crema muy usadas, de esas que se pueden conseguir en un puesto del mercado por unos pocos pesos. Sus zapatos, por el contrario, eran de t a c h , un tac6n no muy alto, per0 estilizado, unos zapatos que no se correspondian del todo con el resto del atuendo. Bajo el brazo llevaba una carpeta llena de papeles. Contra lo que esperaba, no se detuvo en la parada de camiones y sigui6 caminando en direccih a1 centro. Al cab0 de un rat0 entr6 en una cafeteria. Me quedC afuera y la observC a travCs de 10s ventanales. La vi dirigirse a una mesa y ensefiar algo que sac6 del interior de la carpeta: una hoja, luego otra. Eran dibi~ J O So reproducciones de dibujos. El hombre y la L

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mujer que estaban sentados observaron 10s papeles y luego hicieron un gesto negativo con la cabeza. Ella les sonri6 y repiti6 la escena en la mesa vecina. El resultado fue el mismo. Sin arredrarse fue a otra mesa y luego a otra y a otra, hasta hablar con todas las personas de la cafeteria. Consigui6 vender un dibujo. S610 unas pocas monedas, lo que me hizo pensar que quien realmente ponia el precio de la mercaderia era la voluntad del comprador. DespuCs se dirigi6 a la barra, en donde intercambib unas palabras con una mesera. Ella habl6 y la mesera escuch6. Probablemente se conocian. Cuando la mesera le dio la espalda y se pus0 a hacer un caft, ella aprovech6 para dirigirse a 10s hombres que estaban en la barra y ofrecer sus dibujos, per0 esta vez les habl6 sin moverse de su sitio y uno o tal vez dos hombres se acercaron hacia donde ella estaba y le echaron una mirada distraida a su tesoro. Debia de tener 10s sesenta aiios cumplidos. Y muy mal llevados. 0 tal vez mis. Y esto ocurri6 diez aiios desputs de que m uriera Remedios Varo, es decjLr en 1973 y n o en 1963. Entonces tuve un escalofrio. Y el escalofrio m e r , dijo: che, Auxilio (porque ei escaiorrio era uruguayo y no mexicano), la mujer a la que est& siguiendo, la mujer que ha salido subrepticiamente de casa de Remedios Varo, es la verdadera madre de la poesia y no t6, la mujer tras cuyos pasos vas es la madre y no t6, no t6, no t6. Creo que empez6 a dolerme la cabeza y cerrt 10s ojos. Creo que empezaron a dolerme 10s dientes que ya no tenia y cerrt 10s ojos. Y cuando 10s abri ella es1

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taba en la barra, definitivamente sola, sentada encima de un taburete, tomando un cafC con leche y leyendo una revista que probablemente guardaba en la carpeta, junto con las reproducciones de 10s dibujos de su hijo adorado. La mujer que la habia atendido, a un par de metros de distancia, tenia 10s codos apoyados en la barra y la mirada ensofiada en un punto impreciso mis alli de los ventanales, situado por encima de mi cabeza. Algunas mesas se habian vaciado. En otras la gente volvia a ocuparse de sus asuntos particulares. Supe entonces que habia estado siguiendo, en la vigilia o durante un suefio, a Lilian Serpas, y record4 su historia o lo poco que yo sabia de su historia. Durante una Cpoca, supongo que por la dkcada del cincuenta, Lilian habia sido una poeta mis o menos conocida y una mujer de extraordinaria belleza. El apellido es de origen incierto, parece griego (a mi me lo parece), suena a htingaro, puede ser un viejo apellido castellano. Pero Lilian era mexicana y casi toda su vida habia vivido en el DE Se decia que en su dilatada juventud tuvo muchos novios y pretendientes. Lilian, sin embargo, no queria novios sin0 amantes y tambiCn 10s habia tenido. Yo hubiera querido decirle: Lilian, no tengas tantos amantes, de 10s hombres una no puede esperar gran cosa, te usarin y luego te dejarin tirada en una esquina, per0 yo era como una virgen loca y Lilian vivia su sexualidad de la forma que a ella mis le apetecia, intensamente, entregada s610 a1 placer de su propi0 cuerpo y al placer de 10s sonetos que por aquellos afios escribia. Y, claro, le fue mal. 0 le fue bien.

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iQuiCn soy yo para decirlo? Tuvo amantes. Yo apenas he tenido amantes. Un dia, sin embargo, Lilian se enamor6 de un hombre y tuvo un hijo con 61. El tip0 era un tal Coffeen, puede que norteamericano, puede que inglCs o pilede que fuera mexicano. El cas0 es que tuvo un hijo con Cl y el nifio se llam6 Carlos Coffeen Serpas. El pintor Carlos Coffeen Serpas. DespuCs (cuinto despuCs lo ignoro) el sefior Coffeen desapareci6. Tal vez 61 dej6 a Lilian. Tal vez Lilian lo dej6 a 61. Tal vez, y esto es mis romintico, Coffeen muri6 y Lilian crey6 que ella tambitn debia morir, per0 estaba el nifio y sobrevivi6 a la ausencia. Una ausencia que pronto llenaron otros sefiores, porque Lilian seguia siendo hermosa y le seguia gustando meterse en la cama con hombres y aullar de placer hasta que salia el sol. Mientras tanto, el nifio Coffeen Serpas crecia y frecuentaba, ya desde chiquito, 10s ambientes de su madre, y todos se maravillaban de su inteligencia y le pronosticaban un futuro promisorio en el proceloso mundo del arte. @Ales eran 10s ambientes que frecuentaba Lilian Serpas acompafiada por su hijo? Los de siempre, 10s bares y cafeterias del centro del DF, en donde se reunian 10s viejos periodistas fracasados y 10s exiliados espafioles. Gente muy simpdtica, per0 no precisamente la clase de personas que yo recornendaria para que frecuentara un nifio sensible. Los trabajos de Lilian, por aquellos afios, fueron mtiltiples. Hizo de secretaria, de dependienta en varias tiendas de moda, trabaj6 un tiempo en un par de peri6dicos y hasta en una radio de mala muerte. En

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ninguino se quedaba demasiado tiempo, porque ella, me lo dijo no sin algo de tristeza, era poeta y la vida noctul-na la llamaba y asi no habia quien pudiera trabajar rbegularmente. 1

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do COI1 ella, aunqiJe manifestaba mi acuerdo con una voz y 1con unos gestos que adquirian automitica e inconscilentemente 1In aire de superioridad nauseabundo, como si le dijera: Lilian, estoy de acuerdo conti1 '1' go, pelro en el fonao me parece una nineria, uiian, no niego que es simpitico y divertido, per0 que nadie cuente! conmigo para tal experimento. CC3mo si yo, por alternar la infesta avenida Bucareli con la Universidad, fuera mejor. Como si yo, por frecueintar y conocer a 10s j6venes poetas y no s610 a 10s viejos periodistas fracasados, fuera mejor. La verdad es que no soy mejor. La verdad es que 10s j6venes poetas generalmente acaban siendo viejos periodistas fracasa dos. Y la Universidad, mi querida Universidad, esti es'perando su oportunidad justo ahi debajo, en las cloaca5; de la avenida Bucareli. Ulla noche, est0 tambikn me lo cont6 ella, conoci6 en el cafk Quito a un sudamericano exiliado con PI f l l l P estuvo hablando hasta que cerraron. DespuCs r se f ueron a la casa de Lilian y se metieron en la cama sin ido para que Carlitos Coffeen no se desper1 udamericano era Ernest0 Guevara. No te In n duedo creer, Lilian, le dije. Si, era 61, me dijo Lilian coIn esa su manera de hablar que tenia cuando yo la conoci, un a voz muy delgada, de mufieca rota, una voz como la que hubiera tenido el licenciado Vidriera si hubiera sido licenciada o a1 menos bachillera y se '+

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hubiera vuelto loca y superlticida a1 mismo tiempo en pleno Siglo de Oro desdichado. iY q u i tal era el Che en la cama?, fue lo primer0 que quise saber. Lilian dijo algo que no entendi. iQud?, dije, ;qui?, iqud? Normal, dijo Lilian con la mirada perdida en las arrugas de su carpeta. Puede que fu ia Lilian s610 parecia imporrarie venaer ias reproaucciones de 10s dibujos de su hijo. La poesia la dejaba indiferente. Llegaba a1 cafi Quito, ya muy tarde, y se sentaba en la mesa de 10s j6venes poetas o en la mesa de 10s viejos periodistas fracasados (todos ex amantes suyos) y se dedicaba a escuchar las conversaciones de siempre. Si alguien le decia, por ejemplo, hiblanos del Che Guevara, ella decia: normal. Eso era todo. En el cafi Quito, por otra parte, mis de uno de 10s viejos periodistas fracasados habia conocido a1 Che y a Fidel, que lo frecuentaron durante su estancia en Mdxico, y a nadie le parecia raro que Lilian dijera normal, aunque ellos tal vez no sabian que Lilian se habia acostado con el Che, ellos creian que Lilian s610 se habia acostado con ellos y con algunos peces gordos que no frecuentaban la avenida Bucareli a altas horas de la noche, per0 para el cas0 era lo mismo. Yo reconozco que me hubiera gustado saber c6mo cogia el Che Guevara. Normal, claro, per0 c6mo. Estos chicos, le dije una noche a Lilian, tienen derecho a saber c6mo cogia el Che. Una locura mia sin pies ni cabeza, per0 igual se la solti. Recuerdo que Lilian me mir6 con su miscara de mufieca arrugada, martirizada, de la que parecia a punto de emerger a cada segundo la reina de 10s ma104


res con su cohorte de truenos, per0 en donde ya nunca pasaba nada. Estos chicos, estos chicos, dijo y h e go en ese momento 1 - mir6 el techo del caft Ouito aue estaban pintando dos adolescentes montados en un andamiaje portiti 1. A,si era Lilian, asi era la mujer a la que me puse a seguir desde el sueiio de Remedios Varo, la gran pinrvra catalana, hasta el suefio de las calles terminales del DF en donde siempre pasaban cosas que parecian susurrar o gritar o escupirte que alli nunca pasaba nada. Y asi me vi otra vez en el caft Quito en 1973 o tal vez en 10s primeros meses de 1974 y vi llegar a Lilian a travts del hum0 y de las luces trazadoras del caft a las once de la noche, y ella Ilega, como siempre, envuelta en humo, y su humo y el hum0 del interior del caft se contemplan como araiias antes de fundirse en un solo humo, un hum0 en donde prima el olor a caft pues en el Quito hay una tostadora de caft y ademis es uno de 10s escasos lugares de la avenida Bucareli en donde tienen una miiquina italiana para hacer caft express. Y entonces mis amigos, 10s poetas j6venes de Mtxico, sin levantarse de la mesa la saludan, dicen buenas noches, Lilian Serpas, qut hubo, Lilian Serpas, incluso 10s m8s atontados dicen buenas noches, Lilian Serpas, como si mediante el acto de saludarla una diosa bajara de las alturas del caft Quito (en donde dos j6venes obreros intrtpidos se afanan en un equilibrio que no puedo sino considerar precario) y les colgara del pecho la medalla de honor de la poesia, cuando lo que en realidad sucede (pero esto yo s610 lo _.__ _ .

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pienso, no lo digo) es que a1 saludarla asi, de esa manera, lo hnico que estdn haciendo es poner sus j6venes y atontadas cabezas en la mesa del verdugo. Y Lilian se detiene, como si oyera mal, y busca la mesa en donde estin ellos (y en donde estoy yo) y. a1 vernos se acerca a saludar y de paso a tratar de vend er alguna de sus reproducciones y yo miro para otro lado. $'or quC miro para otro lado? Porque conozco su historia. Asi que miro para otro lado mientras Lilian, de tnrln -1 m , , n J n .,,auialmpnpt., plc u y d aoLn -l+l Lo raluoa , oc,I,,rl, aluua a mente mds de cinco Doetas i6venes abigarrados alrededor de una mesa, y cuando me saluda a mi yo dejo de mirar el suelo y vuelvo la cabeza con una lentitud n i r J n Lqpnpln m A r rapCAd3pCldllLL { ~ L I U cluL lIu yuLuu do) v le dov. .,' obediente, las buenas noches yo tambiCn. Y asi pasa el tiempo (Lilian no intenta vendernos n i n g h dibujo porque sabe que nosotros no teneinos ,

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lo desea echarles una mirada a las reproducciones, curiosas reproducciones, hechas no de cualquier manera sin0 en una imprenta y en papel satinado, lo que dice algo, a1 menos, respecto a la singular disposici6n mercantil de Carlos Coffeen Serpas o de su madre, ermitafios o mendigos, per0 que en un momento de inspiracicin aue prefiero no imapindrmelo deciden vivir I I U exclusivamente de su arte) y poco a poco la gente comienza a marcharse o a cambiarse de mesa, pues e.n el Quito, a cierta hora de la noche, quien mas, qElien _ . . _ _ _ ~ ~

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blar, ai menos unas palabras, con sus conocidos. Y asi, niufraga en medio de una rotaci6n incesante, en determinado momento me quedo sola mirando mi taza de cafd medio llena y a1 momento siguiente (pero casi sin transici6n) una sombra esquiva, que de tan esquiva parece concitar sobre si todas las sombras del cafd, como si su campo gravitatorio s610 atrajera a 10s objetos inertes, se desplaza hasta mi mesa y se sienta junto ar Se I es enronces cuanuu er Lie:IIrpu vueive a uuciicimagen se, i trillada donde las haya pues el tiempo o no se d etiene Iiunca o esti detenido desde siempre, digamos enronces que el continuum del tiempo sufre un escalofrio, o digamos que el tiempo abre las patotas y se agacha ., y mete la cabeza entre las ingles y me mira a1 revis, unos centimetros tan s610 mis abajo del culo, guifia un ojo loco, o digamos que la luna llena o creciente o la oscura luna menguante del DF vuelve a deslizarse por las baldosas del lavabo de mujeres de la rllQrtaplanta de la Facultad de Filosofia y Letras, o digaimos que se levanta un silencio de velatorio en el cafd Quito y que s610 escucho 10s murmullos de 10s r rQnrasmas de la corte de Lilian Serpas y que no si, una vez mds, si estoy en el 68 o en el 74 o en el 80 o si dle una vez por todas me estoy aproximando como la sombra de un barco naufragado a1 dichoso afio 7 nn que no verC. -",O Sea lo que sea, algo pasa con el tiempo. Yo sd que I pasa con el tiempo y no digamos con el espacio. L U I I L

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Yo presiento que algo pasa y que ademis no es la primera vez que pasa, aunque tratindose del tiempo todo pasa por primera vez y aqui no hay experiencia que valga, lo que en el fondo es mejor, porque la experiencia generalmente es un fraude. Y entonces Lilian (que es la h i c a indemne en esta historia, porque ella ya lo ha sufrido todo) me pide, una vez mis, el primer y el hltimo favor que me va a pedir en toda su vida. Dice: es tarde. Dice: quC linda estis, Auxilio. -. ' . ti, Auxilio. Y yo la observo Quito en donde 10s dos j6vG111;3 3ullullLllLu3 a15uLll Llabajando o haciendo como que trabajan subidos en un andamio pisimamente construido y luego la vuelvo a observar a ella, que habla no mirindome a la cara sin0 mirando su vas0 grande y grueso de cafd con leche, mientras escucho Dor un oido sus Dalabras v Dor el otro 10s a-itos que del ciaiiosas per0 que s610 son premonitorias de un desastre que no s610 arrastrari a la pareja de pintores de brocha gorda (0 fontaneros o electricistas, no lo sC, yo s610 10s vi, yo todavia 10s veo mientras la luna cruza enloquecida cada una de las baldosas del lavabo de mujeres como si esa singladura contuviera toda la subversidn posible, y eso me espanta) sin0 tambiCn a ellos, 10s vociferantes, 10s que aconsejan, nosotros. Y entonces Lilian dice: tienes que ir a mi casa. Dice: yo no puedo ir esta noche a mi casa. Dice: tienes que ir tci por mi y decirle a Carlos que maiiana

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Y hacia la casa de Lilian Serpas me vi caminando aquella noche, amiguitos, impelida por el misterio que a veces se parece a1 viento del DF, un viento negro lleno de agujeros con formas geometricas, y otras veces se parece a la serenidad del DF, una serenidad genuflexa cuya dnica propiedad es ser un espejismo. Les pareceri raro, per0 yo no conocia a Carlos Coffeen Serpas. En realidad, nadie lo conocia. 0 mejor dicho: unos pocos lo conocian y esos pocos habian echado a volar su leyenda, su exigua leyenda de pintor loco que vivia encerrado en la casa de su madre, una casa que a veces aparecia ornada con muebles pesados y cubiertos de polvo, como salidos de la cripta de uno de 10s seguidores de Maximiliano, y otras veces mis bien parecia una casa de vecindad, la copia feliz del hogar de 10s Burr6n (10s invencibles Burdn, que Dios 10s conserve muchos aiios, cuando yo lleguC a MCxico el primer piropo que recibi fue que me dijeran que era idkntica a Borola Tacuche, lo que no se deja demasiado de la verdad). La realidad, como tris-

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temente acostumbra, estaba en el iusto tCrmino medio: ni se trataba de una modesta viviend un edificio viejo de ci ca de El Salvador, c Neri. En aquel entonc de tener mis de cuaf .enta afios y nadie que yo conociera lo habia visto desde hacia mucho tiempo. iQuC opinaba yo de sus dibujos? No me gustaban mucho, 4sa es la verdad. Figuras, casi siempre muy delgadas y que ademis parecian enfermas, era lo que Cl dibujaba. Estas figuras volaban o estaban enterradas y a veces miraban a 10s ojos del que contemplaba el dibujo y solian hacer sefiales con las manos. Por ejemplo, se llev;aban un dedo a loIS labios indicando silencio. 0 se cubrian la vista. 0 n;iostraban la palma de una mano sin lineas. Eso es tod 0. No puedo decir mis. No entien do gran cosa de airte. Lo cierto es que alli estaba, delante del portal de A - T :I:,..-: la c; uc Lllldll, y lllientras pensaba en 10s dibujos de su 1iijo, que sin duda eran 10s dibujos menos valorados en el mercado del arte mexicano, tambiCn pensaba c:n lo que le diria a Coffeen cuando Cste me franque;ara la puerta. Lilian vivia en el hltimo piso. ToquC el timbre varias veces. No me contest6 nadie y por un instante pen:sC que Coffeen Serpas debia de estar seguramente en :dg6n bar de 10s alrededores, pues tambiCn tenia fama de alcoh6lico empedernido. Ya me disponia a irmc2 cuando algo que no sabria explicar muy bien quC fue, posiblemente una intuici6n o tal vez s610 mi 1

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natural curiosidad exacerbada por la hora y la caminata previa, me hizo cruzar la calle e instalarme en la acera de enfrente. Las luces de las ventanas del cuarto piso estaban apagadas per0 a1 cab0 de unos segundos crei ver que se movia una cortina, como si el viento que no corria por las calles del DF se deslizara por el interior de aquella casa a oscuras. Y eso fue demasiado para mi. CrucC la calle y toquC el timbre una vez mAs. Y sin esperar a que me abrieran la puerta volvi a la acera de enfrente y contempk las ventanas y vi c6mo una cortina se descorria y esta vez si que pude ver una sombra, la silueta de un hombre que me miraba desde arriba, sabiendo que yo lo veia y sin importarle, esta vez, que yo lo viera, y entonces supe que aquella sombra era Carlos Coffeen Serpas, que me miraba y pensaba qui& era yo, quC hacia alli a esas horas de la noche, quC queria, de quC infames noticias era portadora. Durante un instante tuve la certeza de que no me iba a abrir. El hijo de Lilian, era phblico, no veia a nadie. Tampoco nadie deseaba verlo a Cl. La situaci6n, por lo tanto, se mirara como se mirara, era curiosa. Le hice seiias con una mano. Luego, sin mirar hacia la ventana de arriba, c r u d por cuarta o quinta vez la calle aparentando una seguridad que no tenia. Al cab0 de unos segundos la puerta se abri6 con un chasquido cuyo eco perdur6 en el zagudn. Subi con precauci6n hasta el cuarto piso. La luz de las escaleras era escasa. En el rellano del cuarto, detrds de la puerta semientornada, estaba esperdndome Carlos Coffeen Serpas.

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no sC por quC nc cir y laego emprendi I

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en su juventud habia sido delgado y de buen porte aunque ahora estuviera gordo o rnis bien hinchado. Su frente era grande, per0 no tenia esa amplitiud' que sugiere a un hombre inteligente o razonable sino que 11" y " presentaba la amplitud de un campo de bataild, d partir de alli todo era derrota: el pel0 ralo y enfermizo que cubria sus orejas, el crineo rnis que abombado abollado, 10s ojos claros que me miraron con una mezcla de desconfianza y aburrimiento. Pese a todo sc'IVnntimista r nnr result6 atrac- - naturaleza). -me --(,vn --, tivo. QuC cansada estoy, le dije. Tras mirarme durante n n c seviinclns. n-_Ins a Dasar., m e ~ -----, ~ e--_ _ _~ciiales _____-__ -n_ _o _me _ _ _ _invit6 __ nt6 quiCn era. Soy amiga de Lilian, dije, me llauxilio Lacouture y trabajo en la Universidad. a verdad es que por aquellos dias yo no hacia n trabajo en la Universidad. Es decir, objetiva: estaba desempleada otra vez. Pero alli, delante ue Loffeen, me pareci6 rnis tranquilizador decir que trabajaba en la Facultad que confesarle que no trabajabla en ninguna parte. iTranquilizador para quiCn? Putes para 10s dos, para mi, que de esa manera me fabricaba un hombro imaginario sobre el cual apoyarme y para 61, que de esa manera no veia aparecer a al- _ _ _ un _ _ r ~ - ~- - mis Iioven tas horas de la noche a un doble DOCO de su adorada y atroz mam: i. Resulta desconsolador reconocerlo. Lo s6. Pero eso f ue lo que le dije y luego - ,,*.."A" .-:..A-Anln A: esF)er6 a que me franqueara Id C l l L l d u d 11111dlluulu ulrectamente a 10s ojos. -7

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Entonces a Coffeen no le qued6 mhs remedio que preguntarme si queria pasar, como el novio reticente a la novia inesperada. Por supuesto que queria pasar. Y pas6 y vi las luces que en el interior de la casa de Lilian a h subsistian. Un recibidor pequeiio y lleno de paquetes con las reproducciones de 10s dibujos de su hijo. Y luego un pasillo corto y a oscuras que daba a la sala en donde la pobreza en que Vivian la antigua poeta y el antiguo pintor era ya inocultable. Pero yo no le hago ascos a la pobreza. En LatinoamCrica nadie (salvo tal vez 10s chilenos) se avergiienza de ser pobre. S610 que esta pobreza poseia una caracteristica abisal, como si penetrar en la casa de Lilian equivaliese a sumergirse en las profundidades de una fosa atldntica. Alli, en una quietud que no era tal, observaban a1 intruso 10s restos carbonizados y recubiertos de musgo o plancton de lo que habia sido una vida, una familia, una madre y un hijo reales y no inventados o adoptados en medio de la desmesura como eran mis hijos, un inventario o un antiinventario sutilisimo que se desprendia de las paredes y que hablaba con un murmullo como salido de un agujero negro de 10s amantes de Lilian, de la escuela primaria de Carlitos Coffeen Serpas, de 10s desayunos y de las cenas, de las pesadillas y de la Iuz que de dia entraba por las ventanas cuando Lilian descorria las cortinas, unas cortinas que ahora aparecian infectas, unas cortinas que yo, siempre hacendosa, hubiera descolgado de inmediato y hubiera lavado a mano en el fregadero de la cocina, per0 que no descolgud porque no queria hacer nada brusco, nada que pudiera turbar la mirada del pintor, una mirada que, a medida que pasaban 10s segundos y 114


que yo seguia quieta, se fue apaciguando, como si aceptara provisionalmente mi presencia en el ~ l t i m o reducto. Y mis no puedo decir. Yo queria quedarme y permaneci inm6vil y muda. Pero mis ojos lo registraron todo: el sofi hundido hasta tocar el suelo, la mesa enana llena de papeles y servilletas y vasos sucios, 10s cuadros de Coffeen cubiertos de polvo que colgaban de las paredes, el pasillo que se abria como una temeridad caprichosa y a la vez inexorable hacia la habitaci6n de la madre y la habitaci6n del hijo y el cuarto de bafio, hacia el que yo me dirigi tras pedir permiso y tras esperar la deliberaci6n que Coffeen sostuvo con CI mismo o con Coffeen 2 y puede que hasta con Coffeen 3, un cuarto de bafio que en nada se diferenciaba de la sala, y que yo, mientras caminaba por el pasillo oscuro (todos 10s pasillos eran oscuros en la casa de Lilian), conjeturi err6neamente sin espejo, y me equivoqui, pues en el bafio si que habia espejo, un espejo por lo demis normal tanto en tamaiio como en el sitio de donde colgaba, encima del lavamanos, y en cuyo azogue me observi obstinadamente una vez mis, despuis de hacer pipi, mi cara flaca y mi pel0 rubio a lo Principe Valiente y mi sonrisa desdentada, pues yo, amiguitos, hallindome en el baiio de la casa de Lilian Serpas, un bafio que seguramente hacia mucho que no era hollado por pies extrafios, me dio por pensar en la felicidad, asi sin mis, en la felicidad posible que se escondia bajo las costras de mugre de aquella casa, y cuando una esti feliz o presiente que la felicidad esti cerca, pues se mira en 10s espejos sin ninguna reserva, es mis, cuando una esti feliz o se

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iestinada a la experiencia de la felicidad, tjar las defensas y a aceptar 10s espejos, digo ,- --- ,-_Ipor curiosidad, o porque te sientes a gusto dentro de tu propia piel, como decian 10s afrancesados de Montevideo, que Dios conserve con algo de salud, y asi yo me mirC en el espejo del bafio de Li lian y de Coffeen y vi a Auxilio Lacouture y lo que vi, amiuiiitnq. r nrnAiiin en A -__mi 2lma wntirnipntnp pnr ,-,,ontrados, pues por un lado me hubiera puesto a reir, pues me vi bien, con la piel algo colorada por la hora y por el alcohol, per0 con 10s ojos bastante despiertos (cuando trasnocho 10s ojos se me vuelven dos ranuras de alcancia por 10s que entran no las tristemente esperanzadas monedas del ahorro quimtrico sino las monedas de fuego de un incendio futuro en donde ya nada tiene sentido), brillantes y despiertos, unos ojos que ni hechos a medida para disfrutar de una exposici6n nocturna de la obra de Coffeen Serpas, y por otro lado vi mis labios, pobrecitos, que temblaban imperceptiblemente, como si me dijeran no seas loca, Auxilio, quC ideas son esas que te pasan por la cabeza, vuelve a tu cuarto de azotea ahora mismo, olvida a Lilian y a su retofio infernal, olvida la calle RepGblica de El Salvador y olvida esta casa que se sostiene en la no vida, en la antimateria, en 10s agujeros negros mexicanos y latinoamericanos, en todo aquello que una vez quiso conducir a la vida per0 que ahora s610 conduce a la muerte. Y entonces dejt de mirarme en el espejo y dos o puede que tres la'grimas se escaparon de mis lagrimales. Ay, cua'ntas noches habrC dedicado a reflexionar sobre las Idgrimas y cua'n poco he sacado en claro. -a-AA

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Luego volvi a la sala y ahi seguia Coffeen, de pie, mirando un punto en el vacio, y aunque cuando me oy6 salir del pasillo (como quien sile de una nave espacial) $6 la cabeza y me m i d , yo supe en el acto que no me miraba a mi, su visitante inesperada, sin0 a la vida exterior, la vida a la que le habia dado la espalda y que, por otra parte, se lo estaba comiendo vivo aunque 61 fingiera un soberano desinterts. Y entonces yo quemC, mds por voluntarismo que por deseo, mis hltimas naves y me sentt, sin que nadie me invitara, en el sofA desportillado y repeti las palabras de Lilian, que esa noche no iba a Ilegar, que no se preocupara, que a primera hora del dia siguiente volveria a casa, y afiadi algunas otras de cosecha propia que no venian al caso, observaciones banales sobre el hogar de la poeta y del pintor, un sitio encantador, cerca del centro per0 en una calle tranquila y silenciosa, y de paso no me pareci6 mal hacerle participe del interts que su obra despertaba en algunas personas, dije que sus dibujos, 10s que conocia gracias a su madre, me parecian interesantes, que es un adjetivo que no parece adjetivo y que sirve tanto para describir una pelicula que no queremos admitir que nos ha aburrido como para sefialar el embarazo de una mujer. Pero interesante tambitn es o puede ser sin6nimo de misterio. Y yo hablaba del misterio. En el fondo era de eso de lo que yo hablaba. Creo que Coffeen lo entendi6, pues tras volver a mirarme con sus ojos de desterrado cogi6 una silla (por un momento penst que me la iba a arrojar a la cabeza) y se sent6 a1 rev&, a horcajadas, las manos agarradas a 10s barrotes del respaldo, como un prisionero minimalista.

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Recuerdo que a par tir de ese momento, como si hubiera escuchado a lo 1ejos el disparo que ponia fin a 1" ..A" LALIL A n t n A n lo aue se me ocurri6. Hasta I d v c u d . i i d u i ~uL Luuu que se me acabaron las palabras. A r;itos Coffeen parecia a punto de quedarse dormido y a ratos sus nudiII-, +---,LA, C..nvnn l l u h bc LCllhdudll Lulllu lULldll ILvLntaro como si el respaldo de la silla que lo separaba de mi fuera a salir demedido. Dulverizado. desinteerado. Pero en un mor-Inento dado, como ya he dicho, se me acabaron las E)alabras. Creo que no faltaba mucho para que empezara a1 amanecer. Entonces Coffeen habl6. Me pregunt6 si conocia1 la historia de Erigone. iErigone? No, no la conozco: I

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pata. Por un segundo penst, desconsolada, que me iba a hablar de un antiguo amor. Todos tenemos un anrimlo del aue hablar cuando va nada se IDuede ___ __ u - - - amor - - - ~ ~ 1 decir y esti amaneciendo. Pero result6 que Erigone no era un antiguo amor de Coffeen sin0 una figura de la mitologia griega, la hija de Egisto y Clitemestra. Esa historia si que me la s t . Si que me la sabia. Aga~

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Egisto. Cuando Agamen6n regresa de Troya Egisto y Clitemestra lo asesinan y luego se casan. Los hijos de Agamen6n y Clitemestra, Electra y Orestes, deciden vengar a su padre y recuperar el reino. Est0 10s lleva a asesinar a Egisto y a su propia madre. El horror. Hasta alli llegaba yo. Coffeen Serpas llegaba mds lejos. Habl6 de la hija de Clitemestra y Egisto, Erigone, hermanastra de Orestes, y dijo que era la mujer mis hermosa de Grecia, no por nada su madre era herma-

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na de la bella Helena. Habl6 de la venganza de Orestes. Una hecatombe espiritual, dijo. iSabes lo que significa una hecatombe? Yo identificaba esa palabra con una guerra nuclear, asi que preferi no decir nada. Pero Coffeen insistid. Un desastre, dije, una catistrofe. No, dijo Coffeen, una hecatombe era el sacrificio simultineo de cien bueyes. Viene del griego hekutdn, que significa cien, y de bGs, que significa buey. Aunque en la antiguedad estin registradas algunas hecatombes de quinientos bueyes. iTe lo puedes imaginar?, dijo. Si, yo me puedo imaginar lo que sea, le contest& Cien bueyes sacrificados, quinientos bueyes sacrificados, el hum0 de la sangre se debia de oler a distancia. Los participantes se mareaban en medio de tanta muerte. Si, me lo imagino, dije. Pues la venganza de Orestes es algo similar, dijo Coffeen, el terror del parricida, dijo, la vergiienza y el pinico, lo irremediable del parricida, dijo. Y en medio de ese terror esti Erigone, la hija adolescente de Clitemestra y Egisto, bellisima, inmaculada, que contempla a la intelectual Electra y a1 hCroe ep6nimo Orestes. ;La intelectual Electra, el hCroe ep6nimo Orestes? Por un momento crei que Coffeen estaba tomindome el pelo. Pero de eso nada. En realidad Coffeen hablaba como si yo no estuviera alli: a cada palabra que salia de su boca yo me alejaba cada vez mis de la casa de la calle Rep6blica de El Salvador. Aunque a1 mismo tiempo, por parad6jico que resulte, me hacia mis presente, como si la ausencia reafirmara mi presencia o como si 10s rasgos de la inmaculada Erigone estuvieran usurpando mis rasgos invisibles, o ajados por la

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realidad, de tal manera que por una parte yo podia estar desapareciendo, per0 por otra parte, a1 tiempo que desaDarecia. mi sombra se metamorfoseaba con 10s li, en la :las palabras que Coffeen iba desgranando con gesto girrulo o fodoli (como habria dicho Julio Torri, a1 que sin duda estas historias habrian gustado), ajeno a mi mirada de preocupaci6n, pues si bien no queria dejar aquella noche a Coffeen, tambiin me daba cuenta de que el derrotero por el que se estaba internando tal vez s610 fuera el preimbulo de una crisis nerviosa agudizada por la ausencia de su mami, ay, o por mi presencia inesperada que no suplia aquella ausencia. Per0 Coffeen sigui6 con la historia. Y asi supe que tras el asesinato de Egisto, Orestes se proclam6 rey y 10s seguidores de Egisto tuvieron que exiliarse. Erigone, sin embargo, permaneci6 en el reino. Erigone, la inm6vi1, dijo Coffeen. Inm6vil ante la mirada vacia de Orestes. S610 su extrema belleza consigue aplacar por un instante el furor homicida de su hermanastro. Una noche, perdido, Orestes se mete en su cama y la viola. Con las primeras luces del dia siguiente Orestes despierta y se acerca a la ventana: el paisaje lunar de Argos le confirma lo que ya presentia. Se ha enamorado de Erigone. Per0 quien ha matado a su madre no puede amar a nadie, dijo Coffeen mirindome a 10s ojos con una sonrisa calcinada, y Orestes sabe que Erigone es veneno para 61, ademis de llevar en sus venas la sangre de Egisto, indicios suficientes para conducirla a la inmolaci6n. Durante dias, 10s seguido-

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res de Orestes se dedican a perseguir y a eliminar a 10s seguidores de Egisto. Por las noches, como un drogadicto o como un teporocho (10s similes son de Coffeen), Orestes acude a la recimara de Erigone y se aman. Finalmente Erigone queda embarazada. Avisada Electra, se presenta ante su hermano y le hace ver 10s inconvenientes de tal situaci6n. Erigone, dice Electra, dari a luz a un nieto de Egisto. En Argos ya no queda var6n ninguno que lleve la sangre del usurpador, <ha de permitir Orestes que surja, por su debilidad, un nuevo brote del drbol que 61 mismo se encarg6 de talar? Per0 tambidn es mi hijo, dice Orestes. Es el nieto de Egisto, insiste Electra. Asi que Orestes acepta 10s consejos de su hermana y decide matar a Erigone. Sin embargo a6n desea acostarse con ella una 61tima vez y aquella noche va a visitarla. Erigone no sospecha nada y se entrega a Orestes sin miedo. Aunque es joven, no le ha costado mucho aprender c6mo debe tratar la locura del nuevo rey. Lo llama hermano, mi hermano, le suplica, por momentos finge verlo y por momentos finge s610 ver una silueta oscura y solitaria refugiada en un rinc6n de su recimara. (jAsi era como Coffeen interpretaba un deliquio amoroso?) Un Orestes embrutecido, antes de que amanezca, le confiesa su plan. Le propone una alternativa. Erigone debe abandonar Argos esa misma noche. Orestes le proporcionari un guia que la sacari de la ciudad y la llevard lejos. Erigone, horrorizada, lo contempla en la oscuridad (ambos estin sentados en cada extremo del lecho) y piensa que en las palabras de Orestes se esconde su sentencia de muerte: el mismo guia que su

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quien ejecute la sentencia. El miedo la hace decir que prefiere permanecer en la ciudad, cerca de 61. Orestes se impacienta. Si te quedas aqui te matar6, dice. Los dioses me han trastornado. Habla de su crimen, una vez mAs, y habla de las Erinias y de la vida que pretende llevar cuando todo se aclare en su cabeza e incluso antes de que todo se aclare en su cabeza: vivir errantes, 61 y su amigo Pilades, recorriendo Grecia y convirti6ndose en leyenda. Ser beatniks, no estar atados a ningiin lugar, hacer de nuestras vidas un arte. Pero Erigone no entiende las palabras de Orestes v teme aue todo obedezca a un d a n sucerido

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Desde una torre Orestes la vi0 alejarse de la ciudad. DespuCs cerr6 10s ojos y cuando 10s abri6 Erigone ya no estaba en ninguna parte. Cuando dijo esto Coffeen cerr6 10s ojos y yo vi la luna (llena, menguante o creciente, no importaba) desplazindose a una velocidad infinita por cada una de las baldosas del lavabo de mujeres de la cuarta planta de la Facultad de Filosofia y Letras, en el afio inc6lume de 1968. Y pensC, como pens6 entonces y como pienso ahora, iquC hacer? ?No esperar a que volviera a abrir 10s ojos y largarme de aquella casa que se estaba desvencijando en el t h e 1 del tiempo? iEsperar a que volviera a abrir 10s ojos y preguntarle por el significado, si lo tuviera, de ese pasaje de la mitologia griega? iQuedarme quieta y cerrar 10s ojos yo tambiCn, con el peligro que eso comportaba, es decir que a1 abrirlos en lugar de Coffeen y de 10s cuadros llenos de polvo s610 viera las baldosas iluminadas por la luna que rielaba aquel mes de septiembre por la Ciudad Universitaria? iDecirme a mi misma que ya estaba bien de jugar con fuego y por lo tanto abrir 10s ojos y decir buenas noches o buenos dias y largarme para siempre de aquella casa perdida en un horizonte mexicano de ojos cerrados? iAlargar mi mano y tocar el rostro de Coffeen y decirle con mi mirada que habia entendido la historia (cosa absolutamente falsa) y despuCs encaminarme con pasos seguros a la cocina y preparar un t C o mejor un par de tilas? Pude hacer todas esas cosas. Al final no hice nada. Y Coffeen abri6 10s ojos y me mir6. Eso es todo, dijo. Intent6 sonreir, per0 no pudo. 0 tal vez esa mueca o tic nervioso era su manera de hacerlo. El res124


to de la historia es bastante conocida. Orestes viaja en cornipafiia de Pilades. En uno de sus viajes encuentra a su hermana Ifigenia. Tiene aventuras. Su fama se extienlde por toda Grecia. Yo estuve a punto de decirle, cuarido mencion6 a Ifigenia, que hubiera hecho mejor c:n alejarse de sus hermanas, veneno puro, per0 no lo dije. Y despuis Coffeen se pus0 de pie, como d4ndon-ie a entender que ya era demasiado tarde y que Cl debi'a seguir trabajando o durmiendo o rememorando hazahas griegas en un rinc6n de la sala. El problema era cque yo en ese momento habia vuelto a pensar en Erigone y de golpe me di cuenta de algo en la historia que antes no habia percibido. Ago, algo, ipero qui? Asi que Coffeen se qued6 petrificado en su gesto que me invitaba a marcharme y yo me quedC petrificadaL en el sof4, mientras mi mirada se paseaba por el suelc3, por 10s muebles, por la pared y por la figura del misrno Coffeen, en el gesto tipico de quien esti a pun.to de acordarse de algo, un nombre en la punta de 1:i lengua, un pensamiento que se empieza a gestar en niedio de descargas elCctricas y rios de sangre y que sin c:mbargo permanece como entre sombras o informe, atemorizado de si mismo o atemorizado del engran aje que lo ha puesto en marcha, m4s bien atemorizacio del eficto que ineludiblemente va a causar en el engrtanaje, per0 que por otra parte no puede retrasar el ericuentro, la salida, como si la palabra Erigone repeticla hasta conformar una suerte de f6rceps lo fuera sacaindo de su cueva en medio de berridos y risas involuntarias y otras atrocidades. Y entonces, cuando adn no sabia quC era lo que habia recordado o pensado, Coffeen dijo que era muy

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tarde y lo vi moverse nervioso por la sala, esquivando con una agilidad que s610 la costumbre proporciona 10s objetos que en otro tiempo constituyeron el confort y el lujo de la casa de Lilian Serpas. Cronos, dije yo. He pensado en la historia de Cronos. ;La conocks?, preguntk con acento agudo, mis que como un improbable rescoldo rioplatense como una forma de protegerme. La historia de Cronos, claro que si, dijo Coffeen, 10s ojos velados por una sustancia disolvente. No s i por quk he pensado en ella, dije yo para ganar tiempo. No tiene nada que ver con Orestes, dijo Coffeen. Aji, dije yo sin taparme la boca y buscando en un dibujo de Coffeen colgado de la pared algo de elocuencia: en el dibujo se veia a un hombre avanzando por un camino mientras las estrellas, que tenian ojos, lo miraban. Francamente, no podia ser peor. Francamente, aquel cuadro no invitaba a la elocuencia. Francamente, me senti bloqueada y por un momento me pareci6, icomo quien levanta la hoja de un ray0 y ve lo que hay detris!, que Coffeen era Orestes y yo Erigone y que aquellas horas de oscuridad se harian eternas, es decir que yo nunca mis veria la luz del dia, abrasada por la mirada negra del hijo de Lilian, que a la par de mis suposiciones y de mis miedos fue creciendo (aunque no ensanchindose) hasta adquirir las proporciones de un abedul o de un roble, un Brbol enorme en medio de una noche enorme, el cinico irbol en la soledad de la pampa, que abria sus ojos, 10s ojos que vieron desaparecer a Erigone en la vastedad de 10s tiempos, y me miraba, y lo que a1 principio era perplejidad o simple desconocimiento, mirada que se cierne sobre un desconocido o

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sobre una encarnaci6n del azar, paulatinamente fue convirtikndose en una mirada de reconocimiento, y lo que antes era perplejidad pas6 a ser odio, encono, furor homicida. Y entonces comprendi y atrapC a1 vuelo aquello que se me habia pasado desapercibido. Alto, dije. Ahora recuerdo, dije. El aire enrarecido por el vuelo de miles de insectos se aclar6. Coffeen me miraba. Yo miraba un aeropuerto en donde no habia aviones ni gente: s610 hangares sin sombras y pistas de aterrizaje, porque de ese aeropuerto s610 salian suefios y visiones. Era el aeropuerto de 10s borrachos y de 10s drogados. Y luego el aeropuerto se esfum6 y en su lugar vi 10s ojos de Coffeen que me preguntaban quk era lo que habia recordado. Y yo dije: nada. Nada, locuras mias, ideas mias. Hice el ademdn de levantarme pues entonces si que decidi que por aquella noche ya estaba bien, per0 Coffeen pus0 una de sus manos sobre mi hombro y me retuvo. Que sea lo que Dios quiera, pensC. Yo no soy una mujer religiosa, per0 eso fue lo que pen&. Y tambikn pens&:no veri la luz de un nuevo dia, que dicho asi suena mis bien cursi per0 pensado en aquel momento sonaba como p6rtico del misterio o algo asi. U, cosa sorprendente, lo que senti entonces no fue miedo sin0 alivio, como si el darme cuenta de golpe de aquello que habia pasado por alto en la historia de Erigone me hubiera anestesiado y aunque la sala de la casa de Lilian Serpas no era lo mis parecido a un quir6fano yo me senti como si me estuvieran arrastrando hacia un quidfano. PensC: estoy en el lavabo de mujeres de la Facultad de Filosofia y Letras y soy la cilti-

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ma que queda. Iba hacia el quir6fano. Iba hacia el parto de la Historia. Y tambitn penst (porque no soy tonta): todo ha acabado, 10s granaderos se han marchado de la Universidad, 10s estudiantes han muerto en Tlatelolco, la Universidad ha vuelto a abrirse, per0 yo sigo encerrada en el lavabo de la cuarta planta, como si de tanto arafiar las baldosas iluminadas por la luna hubiera abierto una puerta que no es el p6rtico de la tristeza en el continuum del Tiempo. Todos se han ido, menos yo. Todos han vuelto, menos yo. La segunda afirmaci6n era dificil de aceptar porque la verdad es que no veia a nadie y si todos hubieran vuelto yo 10s veria. En realidad, si me esforzaba, lo h i c o que conseguia ver eran 10s ojos de Carlos Coffeen Serpas. Pero la vaga certidumbre seguia alli, mientras mi Camilla corria por el pasillo, un pasillo verde bosque y a trechos verde camuflaje militar y a trechos verde botella de vino, rumbo a un quir6fano que se dilataba en el tiempo mientras la Historia anunciaba a gritos destemplados su Parto y 10s mtdicos anunciaban con susurros mi anemia, ipero c6mo me van a operar de anemia?, pensaba yo. iVoy a tener un hijo, doctor?, susurraba haciendo un esfuerzo inmenso. Los mCdicos me miraban desde arriba, con sus verdes tapabocas de bandidos, y decian que no mientras la Camilla iba cada vez mis ripida por un pasillo que viboreaba como una vena fuera del cuerPO. <Deverdad no voy a tener un hijo? <Noestoy embarazada?, les preguntaba. Y 10s mtdicos me miraban y decian no, sefiora, s610 la llevamos para que asista a1 parto de la Historia. <Per0 por qut tanta prisa, doctor?, ime estoy mareando!, les decia. Y 10s mtdicos

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de pronto me di cuenta de que s610 estaba pronunciando silabas incoherentes. Fue como si de improviso me hubiera vuelto gagi. Asi que me quedC con la mano en la boca y mirindolo, per0 sin atinar a decirle .--1- L

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cito percibir miedo y cansancio a partes iguales cerr6 la puerta. Durante unos segundos permaneci inm6vi1. Pensaba. Luego la luz de las escaleras se apag6 y cc1m p n r b a haiar clesrmcin. e n medio de la oscuridad. si soltar la barandilla. En Bolivar tom6 un taxi. Mientras ibamos camino a mi cuarto de azotea,

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puse a llorar. El taxista me mir6 de lado. Parecia un iguana. Creo que pens6 que era una puta y que habi tpnirln i i n a nnrhp mala Nn Ilnrp. Piipra. me diin. n vale la pena, ya veri como maiiana ve las cosas de otra manera. No se me haga el fil6sof0, le contest& y conduzca con cuidado. Cuando bajC tenia 10s ojos secos. Me preparc! un t C y me puse a leer acostada en la rgmg

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Garfias. Finalmente desisti y termink de beberme mi

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13 Supe enronces lo que supe y una alegria frggil, temblorosa, se instal6 en mis dias. Salir por las noches con 10s poetas j6venes mexicanos me dejaba exhausta o vacia o con ganas de 110rar. Me cambiC de cuarto de azotea. Vivi en la Nipoles y en la Roma y en la Atenor Salas. Perdi mis libros y perdi mi ropa. Pero a1 poco tiempo ya tenia otra vez libros y tambiCn, aunque con menos celeridad, algo de ropa. Me dieron chambas sin importancia en la Universidad y me las quitaron. Todos 10s dias, excepto por causas de fuerza mayor, yo estaba alli y veia lo que nadie veia. Mi adorada Facultad de Filosofia y Letras, con sus odios florentinos y sus venganzas romanas. De vez en cuando me encontraba a Lilian Serpas en el cafC Quito o en algdn otro local de la avenida Bucareli y, como era natural, nos saludgbamos, per0 nunca volvimos a hablar de su adorado hijo (aunque algunas noches yo hubiera dado lo que fuera para que Lilian me pidiera otra vez que fuera a su casa y le dijera a su hijo que aquella noche no iba a vol-

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ver), hasta que un dia dej6 de aparecer como el fantasma de 10s vendavales por 10s lugares que yo frecuentaba y nadie pregunt6 por ella ni yo quise hacer averiguaciones con respecto a su paradero, tal era la fragilidad que se habia instalado en mi espiritu, la falta de curiosidad, precisamente una de mis caracteristicas, antafio, mBs notables. Poco despuis me dio por dormir. Antes yo nunca dormia. Era la insomne de la poesia mexicana y todo lo leia y lo celebraba y no habia brindis en donde yo no estuviera. Pero un dia, algunos meses despuis de haber visto por primera y tiltima vez a Carlos Coffeen Serpas, me quedC dormida en un asiento del cami6n que me llevaba a la Universidad y s610 me despertk cuando unos brazos me cogieron de 10s hombros y me movieron como si intentaran poner en marcha un pkndulo averiado. DespertC sobresaltada. Quien me habia despertado era un muchachito de unos diecisiete afios, un estudiante, y al ver su rostro tuve que hacer un esfuerzo muy grande para evitar ponerme a llorar ahi mismo. Desde aquel dia dormir se convirti6 en un vicio. No queria pensar en Coffeen ni en la historia de Erigone y Orestes. No queria pensar en mi historia ni en 10s afios que me quedaban de vida. Asi que dormia, estuviera donde estuviera, generalmente cuando estaba sola (detestaba quedarme sola, cuando me quedaba sola me sumergia en el suefio de inmediato), per0 con el paso del tiempo el vicio se hizo cr6nico y me dormia incluso cuando estaba acompafiada, acodada en la mesa de un bar o inc6modamente sentada en una funci6n de teatro universitario. Por las noches una voz, la del Bngel de la guarda

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de 10s sueiios, me decia: che, Auxilio, has descubierto ad6nde fueron a parar 10s j6venes de nuestro continente. Cdlate, le contestaba. Cdlate. No sk nada. De qui j6venes me hablas. Yo no SC nada de nada. Y entonces la voz murmuraba algo, decia mmm, una cosa asi, como si no estuviera muy convencida de mi respuesta, y yo decia: todavia estoy en el lavabo de mujeres de la Facultad de Filosofia y Letras y la luna derrite una por una todas las baldosas de la pared hasta abrir un boquete por donde pasan imigenes, peliculas que hablan de nosotros y de nuestras lecturas y del futuro ripido como la luz y que no velremos. Y luego soiiaba profecias idiotas Y la vocecita me decia che, Auxilio, iqu6 ves? El futuro, le contestaba, puedo ver el futuro de 10s libros del siglo XX. iY pod& hacer profecias?, me preguntaba la voz con un deiecito misterioso, pero en donde no habia nada d

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testaba JTO con la voz pastosa de 10s sueiios. Hac:elas, hacelas, decia la vocecita francamente entusiasmada. Estc)y en el lavabo de mujeres de la Facultad y puedo ver el futuro, decia yo con voz de soprano y como si me hiciera de rogar. Ya lo sC, decia la voz del sueiio, ya lo sk, t6 empez i con las profecias que yo las anoto. Las voces, decia yo con voz de baritono, no anotan nada, las voces ni siquiera escuchan. Las voces s610 hablan.

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Te equivocis, per0 es igual, td di lo que tengis que decir y procuri decirlo fuerte y claro. Entonces yo tomaba aliento, dudaba, ponia la mente en blanco y finalmente decia: mis profecias son tstas. Vladimir Maiakovski volveri a estar de moda alli por el afio 2150. James Joyce se reencarnari en un nifio chino en el aiio 2124. Thomas Mann se convertiri en un farmactutico ecuatoriano en el aiio 2 1O 1. Marcel Proust entrari en un desesperado y prolongado olvido a partir del afio 2033. Ezra Pound desapareceri de algunas bibliotecas en el aiio 2089. Vachel Lindsay seri un poeta de masas en el aiio 21 0 l . Ctsar Vallejo seri leido en 10s tdneles en el aiio 2045. Jorge Luis Borges seri leido en 10s tdneles en el aiio 2045. Vi( en el afio 2045 Virginia b o o i r se reencarnara en una narraaora argentina en el aiio 2076. Louis Ferdinand CCline entrari en el Purgatorio en el aiio 2094. Paul Eluard seri un poeta de masas en el afio 2 10 1. Metempsicosis. La poesia no desaparecerd. Su no-poder se hari visible de otra manera. r ecore P o v ~ u CP c 1~rnnin-rtir; Pn U 1 V U I 1 A u. wVII.1IcIIu 1 U b

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la Mirada en el afio 2034. Pier-Paolo Pasolini se convertird en el Santo Patr6n de la Fuga en el aiio 2100. Giorgio Bassani saldri de su tumba en el afio 2 167. Oliverio Girondo encontrari su lugar como escritor juvenil en el aiio 2099. Roberto Arlt veri toda su obra llevada a1 cine en el aiio 2102. Adolfo Bioy Casares veri toda su obra llevada a1 cine en el afio 2105. Arno Schmidt resurgiri de sus cenizas en el afio

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2085. Franz Kaka volverd a ser leido en todos 10s tdneles de LatinoamCrica en el afio 2 101. Witold Gombrowicz gozari de gran predicament0 en 10s extramuros del N o de la Plata alli por el afio 2098. Paul Celan resurgiri de sus cenizas en el afio 21 13. AndrC Breton resurgird de 10s espejos en el afio 2071. Max Jacob dejari de ser leido, es decir moriri su dltimo lector, en el afio 2059. ;En el afio 2059 quitn leeri a Jean-Pierre Duprey? ;Qui& leeri a Gary Snyder? iQuiCn leeri a Ilarie Voronca? Estas son las cosas que yo me pregunto. ;Qui& leeri a Gilberte Dallas? ;Qui& leerd a Rodolfo Wilcock? ;QuiCn leeri a Alexandre Unik? Nicanor Parra, sin embargo, tendri una estatua en una plaza de Chile en el afio 2059. Octavio Paz tendrd una estatua en MCxico en el afio 2020. Ernesto Cardenal tendri una estatua, no muy grande, en Nicaragua en el afio 20 18. Pero todas las estatuas vuelan, por intervencidn divina o mds usualmente por dinamita, como vo16 la estatua de Heine. Asi que no confiemos demasiado en las estatuas. Carson McCullers, sin embargo, seguiri siendo leida en el afio 2100. Alejandra Pizarnik perderi a su Cltima lectora en el afio 2100. Alfonsina Storni se reencarnard en gato o le6n marino, no lo puedo precisar, en el afio 2050. El cas0 de Anton ChCjov seri un poco distinto: se reencarnari en el afio 2003, se reencarnari en el afio 2010, se reencarnari en el aiio 2014. Finalmente volveri a aparecer en el afio 2081. Y ya nunca mis. Alice Sheldon serd una escritora de masas en el 135


aiio 20 17. Alfonso Reyes seri definitivamente asesinado en el aiio 2058 per0 en realidad s e d Alfonso Reyes quien asesine a sus asesinos. Marguerite Duras viviri en el sistema nervioso de miles de mujeres en el afio

2035.

Y la vocecita decia quC curioso, qui curioso, algunos de 10s autores que nombris no 10s he leido. $omo cud?, preguntaba yo. Y, la Ali ce Sheldon esa, por ejemplo, no tengo idea de qui&i es. Dia _.__ MP -___ reia JiirantP iin hiiPn ratn : T I P Yo me rt,,. -__ CY qui te reis?, decia la vocecita. De haberte pillado a vos, que sos tan culta, contestaba yo. Culta, culta, lo que se dice culta, no sC, decia ella, per0 he leido. QuC extrafio, decia yo como si de pronto el suefio hubiera dado un giro de 180 grados y me encontrara ahora en una regi6n fria, de PopocatCpetles e Ixtaccihuatles multiplicados. iQuC te resulta extrafio?, decia la voz. Tener un Angel de 10s suefios de Buenos Aires siendo yo uruguaya. Ah, bueno, per0 eso es muy corriente, decia ella. Alice Sheldon firma sus libros con el seud6nimo de James Tiptree Jr., decia yo temblando de frio. No lo he leido, decia la voz. Escribe cuentos y novelas de ciencia ficcidn, decia yo. No lo he leido, no lo he leido, decia la voz y yo podia oir claramente c6mo le castaiieteaban 10s dientes. iTenCs dientes?, le preguntaba asombrada. Dientes, lo que se dice dientes propiamente dichos, no, contestaba ella, per0 si estoy contigo me castafietean 10s dientes que vos perdiste. iMis dientes!, pensaba yo con un poco de carifio per0 ya sin nostalgia ninguna. <Note parece que hace demasiado frio?,

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decia mi Angel de la guarda. Mucho, mucho, decia yo. i( &IC te parece si nos vamos yendo de este lugar tan 'I' lo?, decia la voz. Me parece estupendo, decia yo, geiic per0 no sC c6mo lo vamos a conseguir. Hay que ser alpiriista para salir de aqui sin romperse la crisma. Durante un rat0 nos moviamos por 10s hielos intent;mdo divisar a lo lejos el DF. Esto me recuerda un cuadro de Caspar David Irich, decia la vocecita. Eso era inevitable, le conresraba yo. ;QUE quer& insinuar?, decia ella. Nada, -~ nada. Y luego, horas o meses despuCs, la vocecita me decia tenemos que salir de aqui caminando, nadie nos va a venir a rescatar. Y yo le decia: no podemos, nos romperiamos (0 mAs bien me romperia yo) la crisma. AdemAs, me empiezo a acostumbrar a1 frio, a la pureza de este aire, es como si vo1viCrarno.s a vivir en la regi6n m& transparente del Dr. Atl, per0 a lo bestia. Y

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cristalino como el poema de las vocales de Rimbaud y me decia: te acostumbraste. Y luego, tras otro silencio de meses o tal vez de aficis, me decia: ite acordis de esos compatriotas tuyos 2 tuvieron un accidente aCreo? iQuC compatriotas?, :ia yo, harta ya de que la voz interrumpiera mis sue5 0 s de nada. Esos que cayeron en 10s Andes y que toclo el mundo dio por muertos y que se pasaron corno tres meses en la cordillera comikndose a 10s cadAiTeres para no morirse de hambre, creo que eran juiores de fiitbol, dijo la vocecita. Eran jugadores de ;by, dije yo. iEran jugadores de rugby? QuiCn lo biera dicho, yo pensaba que eran jugadores de fiit-

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bol. Bueno, entonces te acordis, ;no? Si, me acuerdo, decia yo, lo.s jugadores de rugby canibales de 10s Andes. Pues debts imitarlos, decia la vocecita. ;A quit n querks que me coma?, decia yo buscan___ L_-L-!-!-_ _ -___ L do su sombra que su~iaua ran airarica y ran uvnira r n m n PI nnpma -Mmrhn T r i . r ~ n f i-/ A pRiihbn -----. Thrin A -_r---A*mi no, a mi no me podis comer, decia la vocecita. ;A quitn podria comerme entonces? Aqui estoy sola. Estamos t6 y yo y 10s miles de Popocatkpetl e Ixtaccihuatl y el viento helado y nada mis, decia yo mientras caminaba por la nieve y miraba el horizonte buscando _ _ I & _ _ _

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pane y IO que en reaiiaaa queria era voiver a aormir otra vez. Entonces la vocecita se ponia a hablar del final de una novela de Julio Cortizar, aquella en la que el personaje esti sofiando que est6 en un cine y llega otro y le dice despierta. Y luego se pus0 a hablar de Marcel Schwob y de Jerzy Andrzejewski y de la traducci6n que hizo Pitol de la novela de Andrzejewski y. yo . dije 'ilto, menos bla-bla-bla, yo todo eso lo conozco, m 1 Ixoblema, si es que hubiera alg6n problema, no e:; 1 1 1 1 - 1 aesperrar sin0 no voiver a queaarme aormiaa, cosa bastante improbable pues 10s suefios que tengo son buenos y no hay ser humano que desee despertar de un buen suefio. A lo que la vocecita me replicaba con una jerga psicoanalitica que claramente la identificaba (por si atin me quedaba alguna duda) como vocecita portefia y no montevideana. Entonces yo le decia: qut curioso, mis escalofrios suelen ser uruguayos, per0 mi Angel de la guarda de 10s suefios es argentino.

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Y ella, con tono profesoral, me corregia: argentina, en femcmino, argentina. Y luego nos quedibamos en silencio mientras el vienlto levantaba a rachas collares de hielo que quedaban sumendidos en el aire durante unos segundos y luego luegc desaparecian, mirando, las dos, el horizonte inmaculado, por si veiamos aparecer por alguna parte la maci sombra soml del DF, aunque, a decir verdad, sin mucha espera peranza de que apareciera. Hasta que la vocecita decia: che, Auxilio, creo que . + me \TOYa ir. $donde!, le preguntaba yo. A otro sueno, deckz ella. iA qui suefio?, le decia yo. A otro cualquiera, dlecia ella, aqui me muero de frio. Est0 dtimo lo decka con tanta sinceridad que yo buscaba su rostro entrt2 la nieve y cuando por fin lo encontraba su carita sonaba igual que un poema de Robert Frost que habla de 12L nieve y del frio y eso me daba mucha pena porla vocecita no me mentia y era verdad que se estaba c(ingelando, pobrecita. Asi que la cogia entre mis brazos para darle calor Y le decia: vete cuando quieras, no hay ning6n problenla. Hubiera querido decirle m& cosas, per0 s610 me s:alian esas frases rnis bien desangeladas. Y la vocecita ,se movia entre mis brazos como la pelusilla de un suitc?r de angora, un sukter de angora que no pesaba nadsL, y ronroneaba como 10s gatos del jardin de Remed ios Varo. Y cuando ya habia entrado en calor yo le dc:cia vete, ha sido un placer conocerte, vete antes de que te vuelvas a quedar congelada. Y la vocecita salia d e mis brazos (pero era como si saliera de mi ombligc>)y se iba sin decir adi6s ni chau ni nada, es decir 3c loa a la francesa como buen ingel de la guarda de I

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10s suefios argentino, y yo me quedaba sola y reflexionando como una loca, y de tanto pensar llegaba a la conclusidn de aue bdsicamente lo irnico aue la voce1 1 cita 1labia logrado arrancarme eran tonterias. Ha1s quedaLdo como una boba, me decia en voz alta o in!tentat)a decirme en voz alta. - - .. . , . Y digo intentaba porque ef-ectivamentelo intentaba, digo, abrir la boca, modular en las soledades ne1fadas esas palabras, per0 era tan grande el frio que ni mover las quijadas podia. Asi que yo creo que lo q ue decia en realidad s610 lo pensaba, aunque tambidn he de decir que mis pensamientos eran atronadores (0 asi me lo parecia en esas altitudes nevadas), como si el frio, mientras me mataba y me dormia, a1 mismo tiempo me estuviera convirtiendo en una especie de yeti, una mujer de las nieves toda mdsculos y pelos y vozarrdn, aunque ciertamente yo sabia que todo transcurria en un escenario imaginario y que no tenia m6sculos ni pelambrera que me protegiera de las rdfagas heladas ni mucho menos que mi voz se hubiera metamorfoseado en aquella especie de catedral que existia por si misma y para si misma y que lo iinico que hacia era formular una sola pregunta vacia de sustancia, hueca, insomne: ipor qut?, ipor que?, hasta que las paredes de hielo se resquebrajaban y caian con gran estrepito mientras otras nuevas se levantaban como a1 socaire del polvo que levantaban las caidas y asi no habia manera de hacer nada, todo era inmutable, todo irremediable, todo indtil, hasta Ilorar, porque en las altitudes nevadas la gente no llora, s610 hace preguntas, eso lo descubri con asombro, en las alturas de Machu Picchu no se llora, o bien porque el P

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con el dedo. Comenct a descender. S610 recuerdo el viento gtlido que me cortaba la cara y el brillo de la luna. Habia rocas, habia desfiladeros, habia como pistas de esqui posnucleares. Per0 yo bajaba sin prestarles excesiva atenci6n. En alguna parte del cielo se estaba gestando una tormenta eltctrica, per0 yo no le prestaba excesiva atenci6n. Yo bajaba y pensaba en cosas alegres. Pensaba en Arturito Belano, por ejemplo, que cuando regres6 a1 DF comenz6 a salir con otros, no ya con 10s poetas j6venes de Mtxico sin0 con gente mAs joven que 61, mocosos de diecistis, de diecisiete, de dieciocho. Y luego conoci6 a Ulises Lima y comenz6 a reirse de sus antiguos amigos, yo incluida, a perdonarles la vida, a mirarlo todo como si 61 fuera el Dante y acabara de volver del Inferno, qut digo el Dante, como si tl fuera el mismisimo Virgilio, un 142


chicc tan sensible, comenz6 a fumar marihuana, vulgo Fiota, y a trasegar con sustancias que prefiero no imaginArmelas. Pero de todas maneras, en el fondo, lo st, S â&#x201A;Ź:guia siendo tan simpitico como siempre. Y asi, 1-

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que ya no saliamos con las mismas personas, me decia qut tal Auxilio, o me gritaba Socorro, iSocorro!, iiS0corro!!, desde la acera de enfrente de la avenida Bucareli, dando saltos como un chango con un taco en la mano o con un trozo de pizza en la mano, y siempre en compaiiia de esa Laura Jiuregui, que era su novia y que era guapisima per0 que tambitn era mis soberbia que nadie, y de Ulises Lima y de ese otro chilenito, Felipe Muller, y a veces hasta me animaba y me unia a su grupo, per0 ellos hablaban en gliglico, aunque se notaba que me querian, se notaba que sabian quitn era yo, per0 hablaban en gliglico y asi es dificil seguir 10s meandros y avatares de una conversacibn, lo que finalmente me hacia seguir mi camino entre la nieve. iPero que nadie crea que se reian de mi! iMe escuchaban! Mas yo no hablaba el gliglico y 10s pobres nifios eran incapaces de abandonar su jerga. Los pobres niiios abandonados. Porque tsa era su situacih: nadie 10s queria. 0 nadie 10s tomaba en serio. 0 a veces una tenia la impresi6n de que ellos se tomaban demasiado en serio. Y un dia me dijeron: Arturito Belano se march6 de Mtxico. Y afiadieron: esperemos que esta vez no vuelva. Y eso me dio mucha rabia porque yo siempre lo habia querido y creo que probablemente insuld a 13 n P r c n n 3 cliip mp In Aiin (91 mpnnp. ", mpnra1mpnt-p). rYUU per0 antes tuve la sangre fria de preguntar ad6nde se A-

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habia ido. No me lo supieron decir: a Australia, a Europa, a1 Canadi, a un lugar de Csos. Y yo entonces me puse a pensar en 61, me puse a pensar en su madre, tan generosa, en su hermana, en las tardes en que haciamos empanadas en su casa, en la vez en que yo hice fideos y para que 10s fideos se secaran 10s colgamos por todas partes, en la cocina, en el comedor, en la sala pequeiiita que tenian en la calle Abraham Gonzdez. Yo no puedo olvidar nada. Dicen que Cse es mi problema. Yo soy la madre de 10s poetas de MCxico. Yo soy la ~ n i c aque aguant6 en la Universidad en 1968, cuando 10s granaderos y el Ejtrcito entraron. Yo me quedC sola en la Facultad, encerrada en un baiio, sin comer durante mis de diez dias, durante mis de quince dias, del 18 de septiembre a1 30 de septiembre, ya no lo recuerdo. Yo me quedC con un libro de Pedro Garfias y mi bolso. vestida con u n a hliisita blanca v iina falda nlisada celeste y tuve tiempo de sobras para pensar y pensar. Pero no pude pensar entonces en Arturo Belano porque no lo conocia. Yo me dije: Auxilio Lacouture, resiste, si sales te meten presa (y probablemente te deportan a Montevideo, porque como es 16gico no tienes 10s papeles en regla, boba), te escupen, te apalean. Yo me dispuse a resistir. A resistir el hambre y la soledad. Yo dormi las primeras horas sentada en el witer, el mismo que habia ocupado cuando todo empez6 y que en mi desvalimiento creia que me daba suerte, per0 dormir sentada en un trono es incomodisimo y termink acurru-

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ca.da sobre las baldosas. Yo tuve suefios, no pesadillas, suiefios musicales, suefios de preguntas transparentes, suiefios de aviones esbeltos y seguros que cruzaban Latilnoamtrica de punta a punta por un brillante y frio ciielo azul. Yo despertt aterida y con un hambre de 10s m il demonios. Yo mire por la ventana, por el ventaniico de 10s lavabos y vi la mafiana de un nuevo dia er1 trozos de campus como trozos de puzzle. Yo me dc:diqut aquella primera mafiana a llorar y a dar graci,as a 10s ingeles del cielo de que no hubieran cortado el agua. No te enfermes, Auxilio, me dije, bebe todo el agua que quieras, per0 no te enfermes. Yo me dejt caler en el suelo, la espalda apoyada contra la pared, y at)ri otra vez el libro de Pedro Garfias. Mis ojos se cerr aron. Debi de quedarme dormida. Luego senti pasoIS y me ocultt en mi witer (ese witer es el cubiculo 9'ie nunca tuve, ese witer fue mi trinchera y mi palacilo del Duino, mi epifania de Mtxico). Luego lei a Pc:dro Garfias. Luego me quedt dormida. Luego me P' ise a mirar por el ojo de buey y vi nubes muy altas y Pt:nst en 10s cuadros del Dr. At1 y en la regi6n m&s tr:ansparente. Luego me puse a pensar en cosas lindas. iCuintos versos me sabia de memoria? Me puse a recitar, a murmurar 10s que recordaba y me hubiera â&#x201A;Ź7istado poder anotarlos, per0 aunque llevaba un Bic ncI llevaba papel. Luego penst: boba, per0 si tienes el m.ejor papel del mundo a tu disposicih. Asi que cortt papel higitnico y me puse a escribir. Luego me q'iedt dormida y sofit, ay qui risa, con Juana de Ibarbciurou, sofit con su libro La rosa de los vientos, de 1'330, y tambiin con su primer libro, Las Zenguas de dz:amante, qut titulo mis bonito, bellisimo, casi como


si fuera un libro de vanguardia, un libro francts escrito el afio pasado, per0 Juana de AmCrica lo public6 en 1919, es decir a la edad de veintisiete afios, quC mujer mis interesante debi6 de ser entonces, con todo el mundo a su disposici6n, con todos esos caballeros dispuestos a cumplir elegantemente sus 6rdenes (caballeros que ya no existen, aunque Juana atin exista), con todos esos poetas modernistas dispuestos a morirse por la poesia, con tantas miradas, con tantos requiebros, con tanto amor. Luego me despertC. PensC: yo soy el recuerdo. Eso pensC. Luego me volvi a dormir. Luego me despertC y durante horas, tal vez dias, estuve llorando por el tiempo perdido, por mi infancia en Montevideo, por rostros que atin me turban (que hoy incluso me turban mis que antes) y sobre 10s cuales prefiero no hablar. Luego perdi la cuenta de 10s dias que llevaba encerrada. Desde mi ventanuco veia pijaros, drboles o ramas que se alargaban desde sitios invisibles, matojos, hierba, nubes, paredes, per0 no veia gente ni oia ruidos, y perdi la cuenta del tiempo que llevaba encerrada. Luego comi papel higiCnico, tal vez recordando a Charlot, per0 s610 un trocito, no tuve est6mago para comer mis. Luego descubri que ya no tenia hambre. Luego cogi el papel higiCnico en donde habia escrito y lo arrojC a1 witer y tirC de la cadena. El ruido del agua me hizo dar un salto y entonces penst que estaba perdida. PensC: pese a toda mi astucia y a todos mis sacrificios, estoy perdida. PensC: quC acto poCtico destruir mis escritos. PensC: mejor hubiera sido tragirmelos,

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ah(Ira estoy perdida. PensC: la vanidad de la escritura, la vanidad de la destrucci6n. PensC: porque escribi, res isti. PensC: porque destrui lo escrito me van a desCUIxir, me van a pegar, me van a violar, me van a matar. de:xruir, ocultarse y ser descubierta. Luego me sent6 en el trono y cerrC 10s ojos. Luego me dormi. Luego me: despertd. Tenia todo el cuerpo acalambrado. Me movi lentame:nte por el bafio, me m i d en el espejo, me pein&,me lavC la cara. Ay, qui mala cara tenia. Como la que tengo ahora, hdganse una idea. Luego escuchC voces. Creo 9 U 'e hacia mucho que no escuchaba nada. Me senti COIno Robinson cuando descubre la huella en la arena. Pel:o mi huella era una voz y una puerta que se cerraba de golpe, mi huella era un alud de canicas de piedra lanizadas de improviso por el pasillo. Luego Lupita, la secretaria del profesor Fombona, abri6 la puerta y nos quledamos mirdndonos, las dos con la boca abierta per0 sin poder articular palabra. De la emocibn, yo creo, me de:imayi. Cuando volvi a abrir 10s ojos me encontraba instal;ada en la oficina del profesor Rius (iquC guapo y Val iente que era y es Rius!), entre amigos y caras conocidas, entre gente de la Universidad y no soldados, Y e:so me pareci6 tan maravilloso que me puse a llorar, inc- m a z de formular un relato coherente de mi historia pal chi


jer permaneci6 en la UniverL la autonomia en aquel hermoso y aciago aiio. Y yo segui viviendo (pero faltaba algo, faltaba lo que habia visto), y muchas veces escuchC mi historia, contada por otros, en donde aquella mujer que estuvo trece dias sin comer, encerrada en un baiio, es una estudiante de Medicina o una secretaria de la Torre de Rectoria, y no una uruguaya sin papeles y sin trabajo y sin una casa donde reposar la cabeza. Y a veces ni siquiera es una mujer sin0 un hombre, un estudiante maoista o un profesor con problemas gastrointestinales. Y cuando yo escuchaba esas historias, esas versiones de mi h istoria, generalmente (sobre todo si no estaba bebida)I no decia nada. 1 1 1 ixI7 si estaDa Dorracna le quitaDa imporrancia a1 asunto! Eso no es importante, les decia, eso es folklore universitario, eso es folklore del DF, y entonces ellos me miraban (ipero quiCnes me miraban?) y decian: Auxilio, tli eres la madre de la poesia mexicana. Y yo les decia (si estaba bebida les gritaba) que no, que no soy la madre de nadie, per0 que, eso si, 10s conocia a todos, a todos 10s j6venes poetas del DF, a 10s que nacieron aqui y a 10s que llegaron de provincias, y a 10s que el oleaie traio de otros lugares de LatinoamCrica, y que 10s queria a todos. Entonces ellos me miraban y se quedaban en si.lencio. Y yo esperaba un tiempo prudencial hacikndome la desentendida y luego volvia a mirarlos y me preguntaba por quC no decian nada. Y aunque intentaba mantener mi mirada ocupada en otras cosas, el trifico 1

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a1 otro lado de 10s ventanales, el movimiento pausado de las meseras, el hum0 que salia de un lugar indeterminado detris de la barra, lo que de verdad me interesaba era observarlos a ellos, inmersos en un silencio sin fin, y pensaba que no era normal que se quedaran callados durante tanto tiempo. Y en ese momento volvian la inquietud y las conjeturas desmesuradas y el sueiio y el frio que desgarra y luego adormece las extremidades. Pero yo no dejaba de moverme. Movia las piernas y 10s brazos. Respiraba. Oxigenaba mi sangre. Yo si no quiero morir no voy a morir, me decia a mi misma. Asi que me movia y a1 mismo tiempo, a vista de iguila, aunque alli no habia dguilas, veia mi cuerpo moverse entre 10s desfiladeros nevados, por 10s terraplenes de nieve, por las interminables explanadas blancas como el lomo fosilizado de Moby Dick. Per0 yo seguia caminando. Camint y camint. Y de vez en cuando me detenia y me decia a mi misma: despierta, Auxilio. Est0 no hay quien lo aguante. Sin embargo yo sabia que podia aguantarlo. Asi que bautict a mi pierna derecha con el nombre de voluntad y a mi pierna izquierda con el nombre de necesidad. Y aguantt. Yo aguantt y una tarde dejt atris el inmenso territorio nevado y divisC un valle. Me sentt en el suelo y mirt el valle. Era grande. Parecia como el fondo que se ve en algunas pinturas renacentistas, per0 a lo bestia. El aire era frio, per0 no cortaba la cara. Yo me detuve en lo alto del valle y me sentt en el suelo. Estaba cansada. Queria respirar. No sabia q u i iba a ser de mi vida. Tal vez, conjeturt, alguien me proporcione una chamba en la Facultad. Respirt. El aire era sabroso.

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ridad que flotaba sobre las cosas, no obstante, era suficiente. ComenzarC a bajar, penst, apenas reponga1 un poco mis fuerzas y antes de que anochezca estard en el valle. Me levantt. Las piernas me temblaban. Me volvii o---- - - ----

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Me volvi a sentar. Un poco mis abajo habia un iirbol. En una rama vi un gorri6n. Luego una mancha verde atraves6 el aire. Vi un quetzal. Vi un gorri6n y un cruetzal. Los -- __ - - dos diaros encaramados sobre la misma r / rama. Mis labios partidos susurraron: la misma rama. Escucht mi voz. S610 entonces me di cuenta del enorme silencio que se cernia sobre el valle. Me levant4 y me acerqut a1 irbol. Discretamente, -...

alli, era mejor. Pero tenia que caminar con cuidado, mirando el suelo, pues habia piedras sueltas y la posibilidad de resbalar y caer era grande. Cuando llegut junto a1 hthol - - - -10s - - n5iaros -,--_ _ habian volado. Entonces vi el otro extremo del valle, por el oeste, se abria que por un abisrno sin fondo. : estoy volviendo loca?, pensC. iFue tsta la lo<Mâ&#x201A;Ź -:-A1- A..+....P,,l.., D,,,> .Emt,.,, ..-_,. cura y el1 m1c:uu uc NLUlu uuluull I ~ 1 1 1 : c ~ > IcLu~ ~ brando la cordura a una velocidad de vCrtigo? Las palabras restallaban en el interior de mi cabeza, como si una giganta estuviera gritando dentro de mi, per0 afuera el silencio era total. Por el oeste se ponia el sol y las sombras, abajo, en el valle, se alargaban y lo que ~~

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antes era verde ahora era verde oscuro y lo que antes era marr6n ahora era gris oscuro o negro, Entonces vi una sombra diferente, como la que proyectan las nubes cuando se mueven aprisa por un gran prado, aunque esta sombra no la proyectaba ninguna nube, en el extremo oriental del valle. iQuC era eso?, me preguntt. MirC el cielo. Luego mirC el irbol y vi que el quetzal y el gorri6n habian vuelto a posarse sobre la misma rama y disfrutaban inm6viles de la quietud del valle. Luego mirC el abismo. Se me encogi6 el coraz6n. Ese abismo marcaba el final del valle. Yo no recordaba ningtin valle con un accidente geogrifico similar. De hecho, eh ese momento mis que en un valle me pareci6 estar en una meseta. Pero no. No era una meseta. Las mesetas, por su propia condic i h , carecen de paredes naturales. Pero 10s valles, me dije, no se hunden en abismos insondables. Aunque puede que algunos si. Luego m i d la sombra que se esparcia y avanzaba por el otro extremo, como si tambiCn hubiera salido ella de la zona nevada, s610 que por otro sitio que yo. A lo lejos, sobrevolando 10s volcanes multiplicados, una tormenta eldctrica se gestaba en silencio. Supe entonces que el quetzal y el gorri6n que estaban sobre la rama, metro y medio por encima de mi, eran 10s tinicos pijaros vivos de todo aquel valle. Y supe que la sombra que se deslizaba por el gran prado era una multitud de jbvenes, una inacabable legi6n de j6venes que se dirigia a alguna parte. Los vi, Estaba demasiado lejos para distinguir sus rostros. Pero 10s vi. No SC si eran j6venes de carne y hueso o fantasmas. Pero 10s vi. Probablemente eran fantasmas.

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Pero caminaban y no volaban, como dicen que vuelan 10s fantasmas. Asi que puede que no fueran fantasmas. Supe tambitn que pese a caminar juntos no constituian lo que com6nmente se llama una masa: sus destinos no estaban imbricados en una idea corntin. Los unia s610 su generosidad y su valentia. ConjeturC (con las palmas de las manos apoyadas en mis mejillas) que tambitn ellos habian vagado por las montafias nevadas y que alli se habian ido encontrando y caminando juntos hasta formar un ejCrcito que ahora se desplazaba por el prado. Ellos por un lado y vo Dor el otro. Vi las cumbres alpinas como un esped l io, abolidas las leyes de la fisica, con dos lados: de un lado del espejo habia salido yo y del otro habian salido ellos. Caminaban hacia el abismo. Creo que eso lo supe desde que 10s vi. Sombra o masa de nifios, caminaban indefectiblemente hacia el abismo. uCs oi un murmullo que el aire frio del atar_ _ _ -~ el valle levantaba hacia 10s faldeos y riscos, y me quede estupefacta. Estaban cantando. Los nifios, 10s jbvenes, cantaban y se dirigian hacia el abismo. Me llevC una mano a la boca, como si quisiera ahogar un grito, y adelant6 la otra, 10s dedos temblorosos y extendidos como si pudiera tocarlos. Quiso mi mente recordar un texto que hablaba de niiios que marchaban a la guerra entonando canciones, per0 no pudo. Tenia la mente a1 rev&. La travesia por las nieves me habia convertido en piel. Tal vez siempre fui asi. No soy una mujer muy inteligente. Extendi ambas manos, como si pidiera a1 cielo _._

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podler abrazarlos, y griti, per0 mi grito se perdi6 en las ;alturas donde atin me encontraba y no lleg6 a1 valle. Flaca, arrugada, malherida, con la mente sangrando y 10s ojos llenos de ligrimas busquC 10s pijaros conio si 10s pobrecitos me hubieran podido avudar en esa hora en la que t( La rama estaba Supuse que 10s pajaros eran un simbolo y que en esta parte de la historia todo era simple y sencillo. Supus1e que 10s pijaros eran la ensefia de 10s muchachos. \ ' No sC ya quC mis supuse. Y 10s oi cantar, 10s oigo cantar todavia, ahora que Ya io estoy en el valle, muy bajito, apenas un murmu1110 casi inaudible, a 10s nifios m i s lindos de Latinoamirica, a 10s nifios mal alimentados y a 10s bien alirrientados, a 10s que lo tuvieron todo y a 10s que no tuvi eron nada, qui canto mis bonito es el que sale de sus labios, q u i bonitos eran ellos, q u i belleza, aunque estu vieran marchando hombro con hombro hacia la mut:rte, 10s oi cantar y me volvi loca, 10s oi cantar y nada pude hacer para que se detuvieran, yo estaba demasiado lejos y no tenia fuerzas para bajar al valle, par; 1 ponerme en medio de aquel prado y decirles que se d etuvieran, que marchaban hacia una muerte cierta. Lo h i c o que pude hacer fue ponerme de pie, tem blorosa, y escuchar hasta el tiltimo suspiro su canto, Zscuchar siempre su canto, porque aunque a ellos se IC1s trag6 el abismo el canto sigui6 en el aire del valle, en la neblina del valle que a1 atardecer subia hacia 10s f ildeos y hacia 10s riscos. Asi pues 10s muchachos fantasmas cruzaron el valle y se despeiiaron en el abismo. Un trinsito breve. Y

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su canto fantasma o el eco de su canto fantasma, que es como decir el eco de la nada, sigui6 marchando a1 mismo paso que ellos, que era el paso del valor y de la

sin auaa se airigian nacia la guerra per0 i o hacian recordando las actitudes teatrales y soberanas del amor. iPero qu6 clase de amor pudieron conocer ellos?, pens6 cuando el valle se qued6 vacio y s610 su canto seguia resonando en mis oidos. El amor de sus padres, el amor de sus perros y de sus gatos, el amor de sus juguetes, per0 sobre todo el amor que se tuvieron entre ellos, el deseo y el placer. Y aunque el canto que escuchk hablaba de la guerra

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Impreso en Talleres GrLficos LIBERDUPLEX, S . L. Constitucibn, 19 08014 Barcelona


NAR RATIVAS HISPANICAS 218. Enrique Vila-Matas, Extraha forma de vida 219. lgnacio Vidal-Folch, Amigos que no he vuelto a ver 220. Alfredo Bryce Echenique, Reo de nocturnidad 221. Alfredo Bryce Echenique, Tantas veces Pedro 222. Javier Tomeo, Los misterios de la Opera 223. Pedro Zarraluki, Hotel Astoria 224. Sergio Pitol, El arte de la fuga 225. Quim Monzo, Guadalajara 226. Soledad Puertolas, Una vida inesperada 227. Alejandro Gandara, Cristales 228. Alejandro Rossi, Manual del distraido 229. Alejandro Rossi, La fabula de las regiones 230. Josefina Aldecoa, La fuerza del destino 231. Enrique Lynch, Prosa y circunstancia 232. Alvaro Pombo, Cuentos reciclados 233. Miquel de Palol, El Angel de Hora en Hora 234. Miguel Sanchez-Ostiz, No existe tal lugar 235. Esther Tusquets, Con la miel en 10s labios 236. Roberto Bolaiio, Llamadas telefonicas 237. Dimas Mas, Nadie en persona 238. Alfredo Bryce Echenique, La ultima mudanza de Felipe Carrillo

239. Jaime Bayly, La noche es virgen 240. Berta Serra Manzanares, El otro lado del mundo 241. lgnacio Martinez de Pison, Foto de familia 242. Belen Gopegui, La conquista del aire 243. Josep Maria de Sagarra, Memorias 244. Biel Mesquida, Excelsior 245. Javier Tomeo, El canto de las tortugas 246. Javier Tomeo, Dialogo en re mayor 247. Soledad Puertolas, Gente que vino a m i boda 248. Carmen Martin Gaite, lrse de casa 249. Alvaro del Amo, lncandescencia 250. J. A. Masoliver Rodenas y Fernando Valls (eds.), Los cuentos que cuentan

251. Pedro Juan Gutierrez, Trilogia sucia de La Habana

252. Miquel de Palol, Grafomaquia 253. Sergi Pamies, La gran novela sobre Barcelona 254. Alejandro Gandara, Punto de fuga 255. Alfredo Bryce Echenique, Dos sehoras conversan 256. Roberto Bolaiio, Los detectives salvajes 257. Albert0 Olmos, A bordo del naufragio 258. lgnacio Vidal-Folch, La cabeza de plastic0 259. David Trueba, Cuatro amigos 260. Enrique Vila-Matas, El viaje vertical 261. Jaime Bayly, Yo amo a mi mami 262. Javier Tomeo, Napoleon VI1 263. Carmen Martin Gaite, La hermana pequeha 264. Alvaro Pombo, La cuadratura del circulo 265. Soledad Puertolas, La sehora Berg 266. Josefina R. Atdecoa, La enredadera 267. Roberto Bolaiio, Amuleto


La voz arrebatada de Auxilio Lacouture narra, e indaga al tiempo que narra, un crimen atroz y lejano, un crimen que solo se desvelara en las ultimas paginas de una novela en la que, por otra parte, no escasean 10s crimenes cotidianos y 10s crimenes de la formacion del gusto artistico. Auxilio Lacouture, uruguaya de mediana edad, alta y flaca como el Quijote, se oculta en 10s lavabos de mujeres de la Facultad de Filosofia y Letras durante la toma de l a universidad por la policia, en Mexico, en septiembre de 1968. Alli permanecera recluida varios dias y durante este tiempo el lavabo se convertira en un tunel del tiempo desde el cual avizorar 10s aAos ya vividos en Mexico y 10s aAos por vivir. En su discurso se rememora a la poetisa Lilian Serpas, que hizo el amor cor, el Che, y a su infortunado hijo, a 10s poetas espafioles Leon Felipe y Pedro Garfias a quienes Auxilio sirvio como domestica voluntaria, a la pintora catalana Remedios Varo y su legion de gatos, al rey de 10s homosexuales de la colonia Guerrero y su reino de terror gestual, e incluso tambien aparece Arturo Belano, uno de 10s personajes centrales de Los defectives salvajes, de la cual esta novela es deudora en mas de un sentido. Per0 sobre todo se narra un viaje por un mundo, el Polo Norte de la memoria que se extiende por doquier, y la imagen ultima de un asesinato olvidado. Un nuevo e imprescindible titulo del chileno Roberto Bolafio que la critica ha consagrado ya como uno de 10s grandes escritores latinoamericanos de la decada y cuyo ultimo libro, Los detectives salvajes (Premio Herralde de Novela), se ha considerado de una importancia similar a la que tuvo en su di; Rayuela de Julio Cortazar.


Amuleto