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La trama invisible Sebastiรกn Culp

Bigote Falso Presenta


a Luci


I EL HOMBRE DEL CUBO MÁGICO

Imaginemos un cuadrado blanco, un marco. Imaginemos como de a poco se empieza a llenar, a completar. Líneas, colores, diferentes trazos. De a poco esos garabatos abstractogeométricos empiezan a tomar forma concreta. Supongamos, una gran casona antigua, alta, venida a menos, de fachada sucia, paredes negras, ventanas enclenques, y curtidas por el sol y la lluvia. Imaginemos algo así como una cerca, supongamos una reja y un cartel que sentencia: “Prohibido pasar”. Alrededor hay árboles, arbustos, plantaciones exóticas. Imaginemos ahora que esta casa se emplaza en un barrio caro y exclusivo de alguna ciudad que no se llega a reconocer. En la punta de la casona, arriba, hay una habitación, un altillo, y la ventana con 7


las persianas abiertas deja ver una luz encendida, tenue, amarilla, casi cálida. Imaginemos algo así como cuando nos movemos en ciertos sueños, algo que no llega a lo que sería poco es usar las piernas. Logramos ingresar por la puerta de la habitación. Amplia, lujosa, algo varada en el tiempo, está a oscuras salvo por la ya mencionada frágil luz encendida. Se logra ver que tal vez funcione como estudio, como una biblioteca personal, acotada, de libros únicos o primeras ediciones. Pero eso es una conjetura nuestra, realmente es imposible saber. Al ambiente lo completa la cabeza de un tigre de bengala embalsamada, colgada de la pared, amenazante, más aún por la sombra larga que proyecta sobre la alfombra persa en el suelo. Se descubre la fuente de la luz, una alta y barroca lámpara de pie. Al lado hay un gran sillón de un solo cuerpo, el respaldo es alto y tiene volados elegantes, dorados. En él, un hombre de contextura grande, ancho y anciano, yace reidentidad. Sólo se logra ver la bata de seda bor-

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y un elemento en sus manos. Repentinamente el hombre se desploma en el lugar dejando caer el brazo como peso muerto a un costado del sillón y, a su vez, soltando y haciendo cada vez más notoriamente visible el elemento que cae de su mano: un “cubo mágico”. Que sin estar armado correctamente, rueda unos centímetros de cubo y al detenerse deja ver que en una de sus caras hay una “F” perfectamente formada con el color rojo. Por el ángulo de la luz, se la letra “C”, también en un rojo furioso y perfectamente confeccionada. Todo esto, a la vez que el hombre susurra una palabra que no se llega a oír. Supongamos ahora que todo esto no es un mero juego de imaginación sino que, por el registro de las personas bajo el título de: “El hombre del cubo mágico”. Supongamos, y créanme, otra no les queda, que así fue, así pasó de estado.

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Pero ustedes se preguntarán, y con verdadera razón: ¿quién es ese tipo? ¿Por qué habría de dejar un menaje cifrado? ¿Qué se supone que son esas iniciales? ¿Por qué no usó papel y lápiz como todo el mundo? ¿Qué fue lo que dijo y nadie fue capaz de oír segundos antes de perecer? Difícilmente estemos capacitados para responder a estas incógnitas, al menos a esta altura de la historia. Porque para poder entender algo de todo esto, primero tendremos que contarles algo que pasó después. O sea, si trazáramos una línea de tiempo, este hecho estaría bastante antes de nuestra historia. Pero difícilmente entendamos algo. Sobre todo por el vocabulario je técnico, extremadamente frío y llano que se federal, registro de las personas, etc. Al nadie ser capaz de echar ni una mínima luz sobre este asunto, ni siquiera tomándose el trabajo de corroborar que este hombre haya existido de verdad, se lo dejó, tantas veces como se lo tomó, de lado. Al no tener la seguridad 10


de su existencia, ¿cómo se podría conocer las razones de su defunción? o más allá ¿las razones por las que haya dejado escrito esas iniciales en un cubo mágico? Es de locos. Frente a tanta vacuidad, incluso se llegó a pensar que alguien había mentos falsos en el registro de las personas. Inventando no la vida, pero sí la muerte de un fulano. Pero al no encontrar patrones de que el documento fuera verdaderamente falso, también se tuvo que descartar esa idea. O sea, no sabemos nada, y peor que eso, porque no sabemos si lo falso es falso. O sea, no sabemos ni lo que no sabemos. Y qué mejor motor, para empezar a contar una historia, que el desconocimiento de algo o de absolutamente todo.

Después de muchos años un dato intrincado, raro.

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Un libro con un nivel de extrañeza elevado apareció de la nada cuyas iniciales del autor respondían a “F” y “C”, ése tal vez era el orden correcto que acusaba el cubo mágico. El misterioso libro insinuaba, muy intrincadamente, que tal vez había una conexión con aquel suceso del hombre que supiera intrigar a tipos fácilmente intrigables. De todos modos, si este libro “respondiera” al evento del hombre del cubo... ¿Sería posible conocer a un hombre hurgando en su pasado? ¿Se puede conocer o entender a alguien estudiando su vida, recopilando datos, armando estadísticas, haciendo balances, jos estamos de algún intento de objetiva obsecuencia. lejos estamos aún de poder conocer algo. Pese a ser conscientes de nuestras limitaciones nos disponemos de todos modos, y con una obstinación que por un pelo no roza el capricho, a contarles la historia.

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Es quizá el reconocimiento de nuestras debilidades lo que nos impulsa a seguir adelante, más livianos, como quien se saca una pesada mochila y continúa camino, no porque esté seguro sino porque simplemente, y al estar más ligero, camina por caminar, tantea, va con envión, total, qué otra le queda.

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II EL LIBRO

Un día como cualquier otro en una redacción como cualquier otra… Un libro, un pequeño libro, que distaba un abismo de ser un libro cualquiera, tomó forma. Nadie sabe cómo, ni cuándo, mucho menos por qué, pero de golpe estaba ahí. De golpe fue imposible no ver. De golpe fue insoportablemente excitante. Ese objeto que destacaba por encima de los otros, parecía brillar, pese a ser más bien negro, oscuro, en la gama de los grises, ¡bah! De pronto, por accidente, un joven…, eh… vamos a decirle Guillermo, no porque tenga algo para esconder, sino porque simplemente es un dato irrelevante, al caérsele unos papeles tras 15


unas cajas, se agachó ofuscado y removiendo la basura alcanzó a ver algo, un libro. Aún agachado y ya más calmado —como si aquella pieza fuera un elemento mágico o simplemente una suerte de bálsamo— se reincorporó sin apartar los ojos del reciente hallazgo. Leyó: “Fabricio Coppernico y el enigma del zapato negro, volumen 1”. No pudo evitar abrirlo y leer algo al azar. En ese momento creyó escuchar la bocina de un buque zarpando, el barullo casi sinfónico de un cruce de dos frondosas avenidas en hora pico o un martillo neumático taladrando el pavimento. Como volviendo de un trance, y dejando para siempre esa especie de calma que tuvo segundos antes, lo cerró inmediatamente cuando un empleado cualquiera pasó, con unas carpetas en las manos, preguntando si había logrado encontrar aquello que buscaba. Guillermo sin saber por qué, bajó el libro y lo tapó contra su pierna, haciendo apenas un gesto de sospechar absolutamente nada, dio lugar a que Guillermo cambiara esa semi sonrisa falsa e intolerable hasta para él mismo, en una mueca seria, casi perturbada. Frente a tal sensación de ensueño, de sueño vívido, la primera presa (ya sin saberlo era presa 16


de alguien más) atinó a ocultarse, como una rata huye de la mano del hombre. Dudando de sus compañeros de trabajo, dudando de todos y de todo, decidió callar. Frente a tal acto egoísta, no logró contener otro acto más egoísta aún; llevárselo, robarlo, o vamos a decir, tomarlo prestado. Esperar un momento más apropiado para solo, sin narices entrometidas de periodistas, poder leer cada hoja, una a una esas letras que combinadas de esa manera daban por resultado algo extrañísimo. Entonces, profundamente serio, mezcló el libro entre sus papeles de trabajo, miró para ambos lados y, ya como un paranoico declarado, se hizo el distraído poniendo una típica cara de poker acompañada de una tos falsa, y caminó a su escritorio decidido a largarse de allí. Uno frente a este tipo de eventos se inclina en pensar siempre en La Casualidad. Se dice a sí mismo: “bueno... justo pasaba por ahí, se me cayeron esos papeles y encontré el libro. Punto pensando eso, es cuando uno, automática e inconscientemente, se está autoconvenciendo de la casualidad como tal. Cuando en realidad 17


ésta no existe ni por un segundo. Schopenhauer dice: “Todo encuentro casual es una cita y toda muerte un suicidio” y nada es tan azaroso como creemos, ni remoto, ni accidental, y todo, todo tiene su orden, su lugar, incluso hasta los sueños: “Vivir es leer un libro de corrido, soñar es ojearlo”, otra vez Schopenhauer. Guillermo atravesó varios pasillos de una gran biblioteca a un paso lento, dudoso pero disimulado, hasta llegar a un amplio y silencioso salón de lectura. Se sentó, abrió sus carpetas cabeza se aseguró de no estar llamando la atención. Miró un segundo una gran ventana que ción lo inquietaba profundamente, Guillermo pudo sentir algo parecido a la felicidad. Luego bajando la vista abrió el libro, porque ¿cuál sería el mejor lugar para ocultar un árbol?... Ya entonces, refugiado en el único lugar donde no llamaría la atención la lectura atenta de un ejemplar. Ya “oculto” en un bosque de libros, y más tranquilo, tranquilo es un decir, ya que esta situación daba sensación de electricidad en los pelos de los brazos y la nuca, se dispuso a 18


leer. El libro comenzaba con un raro prefacio diciendo algo más o menos así: “Este volumen, dispone de un grado de misticismo involuntario. Coppernico jamás tuvo el mínimo interés en explicar su arte, su literatura. Por eso acá tampoco vamos a torcer esa voluntad, pero sí, vamos a decirles que esta novela, esta pequeña obra, maneja cierta magia excedente; cierto nivel de otro calibre que, de un modo metafísico, dialoga con otro orden”. Guillermo descreído, pero totalmente inmerso, como quien se queja del verosímil de una película, pero por alguna razón no puede despegarse de la pantalla, hizo un gesto y pensó: Inmediatamente, con la impaciencia propia de un niño, Guillermo tuvo que pasar por alto algunas páginas, ya adentrándose en la novela. Esta se dejaba leer con facilidad, con cierto despojo. Apoyada en una prosa llana, vana, casi vulgar. La trama era muy fácil de seguir. Trataba sobre la vida de un detective envuelto en un caso pasional, como los de la serie negra pero en Buenos Aires. La particularidad, a diferencia del Philip Marlowe de Chandler, era que 19


el mismísimo detectiv tor del libro. O al menos compartían el mismo nombre, ya que al no saber absolutamente nada de la vida de Coppernico-autor, imposible era compararlos. Sólo se era posible de entrever, las

aparecían cartas, datos, elementos algo extraños. Es decir, en el medio de la trama policial, surgían detalles, cuestiones raras que, a simple vista nada tenían que ver con la línea de la historia policial. Pero, que a su vez, tampoco la entorpecían. Simplemente estaban ahí, cuasi amenazantes, cuasi listas para disparar quién sabe qué cosa. Ante tal incierta sensación, Guillermo optó por volver al prefacio que acusaba aún más intrincadas y oscuras declaraciones: “Luego del hecho atroz que lo dejara en jaque frente al mundo, se ha decidido a republicar su noveles. Ya que la gran cantidad de sus ‘libros’ no están. Nadie lo recuerda, ni lo comenta. Se 20


dice por ahí que hay un grupo anónimo que los ha estado quemando, sacándolos de circulación, encargándose de que no quede registro alguno de su obra”. ba estar escrito por un tal Falucho Cuck. Nada menos que amigo, discípulo y responsable de la edición de esta pequeña novela, que aseguraba ser la primera de una larga colección. Listo, simple, esto colocaba a Guillermo a un nombre de distancia. Sólo bastaba con encontrar a ese tal Cuck. Pero nada, nada es tan sencillo. Las cosas que tarde o temprano revelan su verdadera condición. Al parecer, ese hombre, ese tal Cuck (que por ahora es sólo un nombre) era el responsable de la publicación del libro, autorizado y guiado por Coppernico. Pero ni un dato concreto. Esta extrañeza devino en una lectura rápida pero atenta, precisa, detallista del resto del volumen. Ir y volver, de atrás hacia adelante, 21


intentando hilar datos, nombres, referencias: “Jorge W. Kaplan, Fausto Abril Renagh, Alicia Jurado, Juan Augusto Corriente, Morales, Esferos Vera Tang-G, Juan Carlos Falso, Sr. Bonzo, Dr. Stofensmacher, Juan Trent, Miguel de Moras, Rogelio Urquiza Del Trono, etc., etc.” Los nombres de la los agradecimientos, con la dedicatoria, con los pies de página, con las formas editoriales; el número de ISBN, la fecha y lugar de impresión, coincidía con la fecha y lugar de un asesinato de la trama. A Coppernico-detective, de golpe, en medio del barullo nocturno de una Buenos Aires mítica, le llovían datos extrañísimos, elementos que abrían otros mundos, otras posibilidades. Asados con amigos, mucho vino, cartas enviadas por amigos pidiendo disculpas, historias místicas sobre sueños premonitorios, dónde conoció a Clara, su mujer de toda la vida, etc., etc. Esto supuestamente le correspondía elemento poco tenía que ver con la historia policial. Sino más bien insinuaba otra cosa, se asomaba apenas a la cornisa de otra y más compleja historia.

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Dorso y reverso, falso y verdadero, desdoblado en mil y uno. hasta el cansancio. Confundir por completo, sin un sostén, volver loco a cualquiera sin un punto de apoyo. De golpe, una idea. Guillermo vuelto en sí como quien sale de abajo del agua y respira profundo, se puso de pie y fue directo a una de las computadoras que funcionaban como buscadores de la biblioteca. Frente a ella, miró para ambos lados y escribió en el buscador: “Fabricio Coppernico”, los resultados se inclinaban hacia otro lado; “Introducción a la revolución Copernicana y ribetes sobre el universo” estudio sobre Nicolás Copérnico, autor: Michael Aurelio De Trudent. “Mis disculpas Don Copérnico” de Galileo Galilei. Sobre Coppernico con doble “P”, sin tilde y de nombre Fabricio, nada. Nada de nada. Luego escribió “Falucho Cuck”. Menos suerte que la anterior. La computadora tiró error. Luego de un largo suspiro, salió del lugar tan rápido como frustrado.

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Mientras que todo esto ocurría, en algún otro punto de la ciudad, una chica sentada en un local de comida rápida. Envuelta en apuntes, carpetas, libros y hojas. Sosteniendo un resalser usado; Mariel, a ella vamos a decirle Mariel, daría toda la impresión de estar estudiando, por ejemplo, para un parcial de macroeconomía. Pero a veces las cosas no son lo que aparentan. Ya que en algún momento, en algún punto (que la verdad no podemos precisar), Mariel no sólo vio y tomó el libro antes que Guillermo sino que se encargó y por miedo (un miedo que car), se encargó personalmente de fotocopiarlo. Sin razón alguna sintió una vibración en ese ejemplar, algo tan profundo que le daba miedo conservarlo, pero no así fotocopiarlo. Mariel al salir de un cuarto contiguo al salón común de la redacción, donde se encontraba la fotocopiadora, haciéndose la distraída dejó caer el libro justo detrás de unas cajas, justo-justo donde Guillermo lo encontrara rato después. Entonces Mariel sentada en un Mc Donald´s, al igual que el caso anterior, leyó todo el libro 24


de cabo a rabo y más o menos extrajo la misma conclusión. La novela no era gran cosa, no así la sensación que ésta le dejó. Sin poder precisar ese sentimiento, se sintió otra, sintió que algo le hablaba a ella. mano alzada, y luego de considerarlo apropiado, se dispuso a ejecutar la gracia de su síntesis. Emmanuel Matta, H. Bustos Domeq, Toni Clifton. Supuestamente, posibles sospechosos del terrible segundo asesinato de la historia. Y destacó de una carta sin un valor cabal para la trama, que Coppernico le enviara a un amigo disculpas, luego de una fuerte discusión, intentando hacer las pases...“Sos un mentiroso, un artista de verdad, te quiero y te admiro”. Mariel levantó la vista y pensó: “Acá hay algo raro, algo muy raro. Y estos nombres...podría jurar que nunca los oí en mi vida, pero ¿por qué me llaman tanto la atención?”. Luego miró para el salón, vio que unos adolescentes estudiaban en una mesa cercana y una mujer de unos 30 años comía con sus dos hijos, pero ellos se distraían jugando con los muñecos que 25


les tocara en suerte dentro de la cajita feliz. Pese a no tener rivales aparentes en todo el ambiente, de todos modos, se sintió observada y apoyó un libro cualquiera, “Enciclopedia en la hoguera” (que estaba leyendo por ese entonces) sobre las fotocopias y, más que nada, tapando su reA su vez en algún otro punto de la ciudad, un muchacho que llamaremos Fernando, se encontraba sentado en la remisería de su padre, rodeado de papeles tipo “post-its” tratando de organizarlos, como lo hace a menudo con los viajes y llamados, aunque también, a veces se Aquella mañana fue el primero en llegar a la redacción. Se había despertado a las 5 de la mañana, luego de un sueño aterrador que no había logrado contarle a nadie. Un poco por temor supersticioso y otro porque era imposible de hilarlo. Lo cierto es que no había conseguido volver a dormir. Entonces decidió ir a la redacción para adelantar trabajo. Pero al llegar algo anómalo lo iba a distraer de sus futuras tareas. Al poner un pie en la redacción, pisó un sobre A4 pa26


pel madera, dormido lo tomó e ingresó. Fue directo a la cocina a preparar café, mientras se calentaba, y entre bostezos, abrió el sobre y descubrió el libro. Que hojeó en principio sin mayor interés, viéndose de golpe “tomado” por lo escrito. Sólo se apartó de la novela al sentir el hervor del café. Que volcó, limpió y sirvió en una taza. Mientras esperaba que se enfriara siguió leyendo sin entender demasiado; de atrás hacia adelante, leyó y releyó. Pero al oír un ruido proveniente de la puerta de entrada, intentó en vano, ya que nunca había prestado atención al funcionamiento de la máquina, fotocopiarlo. Por eso transcribió en un block de papeles “post-its” algunas de las cosas que creyó importantes, hasta incluso trató, trató ya que nunca en la vida pudo dibujar, de copiar el dibujo de tapa. hicieron impostergables, es decir, reales. Guillermo ingresó y Fernando, guardándose los papeles “post-its” en los bolsillos, logró ponerse de pie y disimular que hacía cualquier otra cosa. Saludó a Guillermo con un abrazo seco dejando caer el libro por detrás de la espalda de éste, justo sobre unas cajas.

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No había podido acercarse al libro durante todo el día, al llegar la hora de irse ya no estaba donde él lo había tirado (quizá estaba ya en manos de Mariel o de Guillermo, o quizá, en manos de alguien más, que desconocemos y que nunca sabremos). Intentaba hilar algo de todos esos apuntes apurados que había tomado, según su interpretación, su recuerdo. Movía esos papeles diminutos cual piezas de rompecabezas. Su recorte interpretativo se centraba en la tapa, en el dibujo: una pintura de Magritte llamada “El hijo del hombre”; tamo lo que podría serlo, ya que en el interior del libr bricio S. Coppernico”. Fernando pensó. “¿Qué cará la S? ¿Por qué no la puso en la tapa?” Enseguida supuso que tal vez él, al transcribir todo a las apuradas, lo había olvidado. Luego también resaltó la frase “El joven periodista de rock Henry Lo Muto” ¿Por qué le sonaba tanto el nombre Lo Muto? Finalmente al poner los papeles uno tras otro, miró nuevamente lo que sería la tapa y su mediocre dibujo. Que en la novela resultaba ser el cuadro que Coppernico-detective tenía en su despacho. Fernando ya envuelto completamente en esa meta-trama, 28


ese algo que se escapaba del libro, levantó la cabeza hacia el gran mapa de Buenos Aires que revistiera la gran pared de la remisería, y pensó: “¿en dónde vi este cuadro yo?”. Al día siguiente, los tres dieron diferentes excusas para ausentarse de la redacción. Pero nosotros bien sabemos que los unía un mismo propósito. Mariel escribió un mensaje de texto: “Guille: hoy no voy, estoy descompuesta, ya llamé al médico. Lo de Trímboli veo si lo termino acá. Perdón y gracias. ¡Besote!” Guillermo, por teléfono le dijo a alguien de la redacción que se sentía mal poniendo cara de dolor para que la actuación le saliera aún mejor, en ese mismo momento le llegó el mensaje de texto de Mariel. Guillermo dudó por un instante pero, inmediatamente después, fue directo a ducharse. Fernando sentado en su computadora escribió un mail a su supervisora; Destino: Mariel. Asunto: Gripe. Escribió: “Hola Mari! Cómo vas? Che, te aviso que no voy hoy, estoy medio 29


engripado. Espero mañana sentirme bien, pero viste como son estas cosas, es mejor estar aislado para no contagiar. Si hay algo urgente mandámelo por mail. Gracias, un beso”. Mariel en el baño lavándose los dientes escuchó el sonido del Outlook, salió con el cepillo aún en la boca y vio que la casilla marcaba un e-mail nuevo. Hizo doble clic y se encontró con la excusa (excusa para nosotros) de Fernando, miró con extrañeza hacia arriba como sintiendo algo, pero enseguida prosiguió con el lavado obsesivo de sus dientes. ¿Qué es este libro? ¿De dónde salió? ¿Quién se supone que es Coppernico, el autor? ¿Alguien más sabe de esto? ¿Es una broma o el tipo existió de verdad? ¿Por qué en el libro pareciera no haber datos concretos de la edición: la editorial, dónde se imprimió, cuándo, de cuánto fue la tirada? Sin saber bien por qué o para qué, cada uno por su lado y a su manera, emprendió una búsqueda. Sabiendo o no que quizá el hoyo no tenga fondo.

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III LA BÚSQUEDA

Guillermo turbado caminó por una húmeda calle Corrientes, con el ceño fruncido miraba las rayas de las baldosas del piso y cada tanto librerías, las miraba y sin saber bien porqué, o de qué, sentía una aguda anza. Caminó unas cuadras más, cuando e ingresó a un bar. Llevaba consigo un diario doblado al medio. Tomando un café, abrió el diario, y ¡zás!: el libro. Mirando por la ventana del bar sintió algo. Algo que le resonaba muy fuertemente en la cabeza, un cuento, una leyenda urbana: El caso del hombre del cubo mágico. Sabía de esa historia, la había oído entre los pasillos de redacciones, entre amigos periodistas, como el caso imposible, el caso invisible. Pero, por el grado de misterio que contenía este 31


libro, por la coincidencia de las iniciales (F. C.) y por algo imposible de explicar, hicieron el brebaje perfecto para que Guillermo reaccionara y, como despertando de un letargo, se dirigiera directo a una idea, una intuición. Un taxi se detuvo en una callecita del centro, Guillermo bajó corroborando la dirección anotada en un boleto “Registro de las personas”. Caminó con una decisión ambigua. Luego de una modesta cola de gente que solicitaba información algo dispersa e incompleta, lo atendieron. Guillermo de iguales características. El archivo muy poco detallista y visual, decía algo más o menos así: “Miércoles 16. Mes desconocido. Año desconocido. Masculino desconocido, entrado en años, aparece muerto por razones desconocidas. Cerca del occiso se halla el juguete: “Cubo de la sorpresa”, “Cubo de colores”, “Cubo mágico” o Rubik. Luego a eso se le adjunta una declaración que hizo la señora que lo cuidaba: “Mirta Milagros Mancuso, de nacionalidad Argentina, hoy des32


aparecida, declara: “El señor había estado raro todo ese día. Yo, que justo estaba limpiando la pieza de al lado, escuché un ruido como un quejido, fui a verlo de inmediato. Ni bien llegué a la pieza pude ver como el juguete ése rodaba por el piso y al señor ya sin vida”. Nada más, sólo eso. Guillermo, de todos modos, fotocopió el informe. Mariel recorrió librerías e indagó religiosamente sobre cada nombre que había marcado anteriormente al leer el extraño ejemplar en cuestión. Emmanuel Matta resultó ser el autor de un único libro de cuentos, “Los misterios de la ópera”. De H Bustos Domeq no sólo obtuvo uno de sus títulos, “Seis problemas para Don Isidoro Parodi”, sino que enseguida descubrió, y no pudo evitar una sonrisa casi cómplice, que ese tal Domeq era nada menos que el seudónimo de la sociedad Bioy Casares-Borges como excusa para escribir sobre un detective infalible. Pero su éxito duró muy poco ya que con los nombres restantes: Elmyr Kaufman, Toni Clifton y el mismísimo Coppernico, no tuvo la misma suerte.

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Sin dudar y sin aguantar un segundo más, caminó directo a un banco de una típica plaza porteña. Sentada se miró un segundo las zapatillas embarradas y levantando la cabeza hacia los árboles, ya algo amarillos por la inminente llegada del otoño, y apretando mínimamente los libros con la mano, sintió algo que podría nido como “felicidad”. Sensación haber que no le contó a nadie, porque lo que pasa con esas cosas cuando uno intenta explicar o ponerle palabras, buscar las indicadas, es cuando se da cuenta que hay cosas que son para uno. Mejor que queden ahí, guardadas quién sabe dónde. Leyó entonces. Le fascinó la idea de un detective encerrado en una celda, tomando mate y resolviendo crímenes sin siquiera moverse de ahí. Pero rápidamente se inclinó por los puntos en común. Los dos libros eran de detectives, en los dos libros los detectives salían de la “convención”, los dos de alguna manera compartían la misma “condena”: no poder ver el lugar del crimen. Uno por estar preso, el otro por estar en sillas de ruedas, sumado a su haraganes y seguramente a su soberbia.

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Mariel, al momento de armar esas conjeturas, puso la cara que ponemos cuando descubrimos algo atroz pero fascinante por haber sido nosotros los autores del descubrimiento. Salió disparada. Entró a su casa, prendió un velador y fue directo a la computadora que estaba encendida. Pensó un segundo y escribió algo en un buscador: Emmanuel Matta. Entre la información dispersa descubrió con alarma que quizá ese nombre era el seudónimo del escritor mexicano Carlos Fuentes. La nota no estaba completa, pero logró ver la fecha del diario. Ingresó a la web de ese periodico y buscó la edición virtual en el archivo, justo ese día estaba salteado. Estaba el 13 y el 15 de mayo de ese año, pero no el 14. Miró su reloj y, sin siquiera cerrar la página web del diario, salió corriendo de la casa. Mariel, corrió, ingresó, solicitó y luego leyó toda la nota del diario del 14 de mayo en la Hemeroteca Nacional. La nota comentaba ese dato: supuestamente Carlos Fuente con la ayuda de su editor había publicado el libro bajo ese nombre. Pero éste, con ferviente énfasis, negaba todo el asunto. Luego especialistas en la materia, se jactaban de haber hecho estudios 35


sobre las coincidencias en la pluma de Fuentes y Matta. Sentenciaban entonces que no había lugar a dudas: Emmanuel Matta era Carlos Fuentes. piar el artículo. Fernando caminaba, miraba, buscaba. Tras recorrer diversas disquerías comerciales y visitar alguna disquería vagamente especializada, se resignó y fue a “El disco mágico”, donde el dueño del local era amigo suyo. Decimos “se resignó” porque al tener ese sentimiento tan íntimo con el libro, no le hacía la menor gracia comentarlo con alguien más. Y menos si ese alguien era el dueño de una disquería para entendidos. Más tímidamente que de costumbre relojeó las bateas hasta que Richard, el dueño y melómano del local, al liberarse de un pesado que según él estaba tremendamente sobrevaluada) le hizo notar que aún no era “el día del paquete”. Fernando iba jueves por medio a buscar un paquete con cinco discos que este amigo le pre36


paraba según su gusto e interpretación personal, rutina en la que Fernando se había metido casi sin quererlo y le era imposible salirse, porque para el amigo esas recomendaciones eran su verdadero trabajo. Fernando fue directo al grano y le preguntó si conocía al periodista de rock Lo Muto, Henry Lo Muto. Éste, bajando el volumen de la música que sonaba en el local como si el silencio fuera una pastilla para la memoria, pensó y pensó. Pero no logró descubrir nada tras ese nombre. Fernando, minimizando el tema y como si nada, le pidió si tenía algo de “su paquete”. Richard, hurgando en los pedidos, logró conseguirle 3 discos. Cuando se los envolvía, Fernando aprovechó para preguntar sobre Coppernico, pero Richard soltó una muy suelta negativa: —No, ni idea, che, ¿y ése qué toca? Luego, caminando por Corrientes, Fernando se cruzó con Guillermo, pero al ir con un mapa abierto ante los ojos impidió el contacto visual entre ambos. Luego algo frustrado se detuvo con la masa de gente ante el semáforo en verde para los autos que corrían como un río descendiendo por una ladera a toda velocidad. Miró 37


hacia arriba buscando algo de cielo pero un enorme cartel de una publicidad de Internet, colorida y estridente, interrumpió su visión. Ya en su casa, sentado frente a la computadora y escuchando uno de los discos que se llevara de Spinal Tap, le dio “enter” al nombre Henry Lo Muto en un buscador. Dando como resultado cosas dispersas, palabras sueltas que vagamente distraían el verdadero sentido. Fernando no sabía cuál era el supuesto “verdadero sentido”, pero por alguna razón lo intuía, lo podía sentir. Se puso de pie y comenzó a arrojar contra la pared una pelotita de básquet miniatura de un material imposible de precisar, al menos para él. Pero por un segundo se sintió bien, se sintió un detective de alguna de esas novelas de suspenso. Salvando las distancias, él no sólo no era uno de esos infalibles hombres con una capacidad asombrosa para las deducciones, sino que todo era una incógnita. Todo era una gran “x”. Sin embargo, enseguida se le ocurrió algo. De su morral sacó los post-its donde recopilara los datos importantes del libro y volvió a 38


destacar en la letra “S” en medio del nombre. Se sentó bruscamente en la computadora y escribió de una manera veloz y sin parpadear los siguientes nombres: Simón Coppernico, Sultán Coppernico, Santiago Coppernico, Sergio Coppernico, Sebastián Coppernico, Sigmund Coppernico, Sofía Coppernico, Stephen Coppernico, Sean Coppernico, Sam Coppernico, Sant Coppernico, Steven Coppernico. Nada, nada de nada. Frustrado, se tiró en la cama con varios discos, libros y revistas de rock, pero se durmió casi automáticamente con la ropa puesta. A los pocos minutos su celular vibró sobre la mesa de la computadora. Era Richard, pero Fernando ya estaba sumergido en quién sabe qué profundo sueño.

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IV ENTRE LA COMPUTADORA Y LA CALLE 1

Guillermo por su lado, regresó a su casa cargado de libros, apuntes y carpetas. Los dejó sobre la mesa y buscó en Internet algo, cualquier cosa sobre Coppernico. Pero este hombre parecía ser invisible. Luego pensó dos segundos e improvisando escribió: “El hombre del cubo mágico”, después de descartar los links a jugueterías y cosas desconectadas, vio que en un foro decía: “El caso no trascendió pero se dice que el hombre habría dejado algo escrito en el cubo mágico a modo de mensaje, de último susurro. Ese mensaje fue armar perfectamente las iniciales “C” y “F”. Para más datos dejo este link que encontré a la Policía Federal Argentina”. Guillermo, sin perder un segundo, se posicionó sobre la dirección en cuestión e hizo un click con el mouse como si fuera un arma de 41


gran calibre. Pero la web estaba cerrada, colgada. Guillermo se puso de pie, miró su reloj que indicaba las 20:47h. Dio varias vueltas en círculo, tragó saliva conteniendo su ansiedad y se fue a tirar a la cama. Releyendo el escueto archivo que fotocopiara en el registro de las personas, se quedó completamente dormido. Mariel caminó por la calle a paso lento, iba como suspendida, colgada. Con una rara sensación de en la cabeza aceleró el paso directo a su casa. Pero un “amigo” (un conocido en realidad) que pasaba por ahí, la detuvo invitándola a una proyección de cortos en un tugurio del centro, la información y pronunciando la frase: “¡Te Ella sintiendo una tremenda furia, pero dejanto, no pudo evitar y, aprovechando el envión para descargarse de ciertos volanteros, le dijo que con uno sólo bastaba, ¿para qué le daba tantos? para que invitara a más gente; amigos, conocidos. Mariel se mordió la lengua para no lanzar toda su ira; por dentro le hervían varias re-pre42


guntas: “¿Por qué me imponés que trabaje de algo que no quiero y que encima no me vas a pagar? ¿O me vas a pagar? ¿Si yo reparto estos volantes, independientemente que vaya o no la gente, me vas a pagar? Pero aparte, ¿por qué tengo que invitar gente a un evento que no sólo no es mío, sino que no conozco y ni siquiera tengo ganas de ir yo? ¡¿Por qué?!” Pero esto fue por dentro, por fuera puso una corta sonrisa, que el amigo interpretó como indiferencia. Por esa razón, logró que el muchacho siguiera con su “tarea” mientras ella pudo retomar su camino. En su casa buscó en Internet información sobre Elmyr Kaufman y Toni Clifton. Sobre el primero, nada. Sobre el segundo, algo: un video de un tipo con patillas, medio borracho, que cantaba algún hotel de algún lugar que parecía ser Las Vegas, según la idea cliché que Mariel tenía en la cabeza por las películas americanas. Cliché o no, la cosa es que a partir de ciertas películas pensamos el mundo. Mas no sea, para imaginarnos un simple hotel de una ciudad X. Mariel se devoró el video, el tipo era un desastre, gritaba, escupía, puteaba y cantaba horrible43


mente mal. En diferentes sitios se destacó el nombre Andy Kaufman, por un segundo pensó que tenía algo que ver con Elmyr Kaufman, pero no, pensar eso resultaba más retorcido aún y creía, se alejaba del tema en cuestión. Más tarde, Mariel yacía tirada en el sillón sin mirar realmente nada de los ochenta y pico de canales que pasaban ante sus ojos. Si bien a veces ese ejercicio nos libera de un día agotador, éste no parecía ser el caso. Se detuvo en una película doblada al castellano donde actuaba Jim Carrey, actor que a Mariel le caía “normal”. Solía decir, sin saber nada de directores, “Me gusta, depende en qué película”. Miró un rato sin mayor atención hasta que lo nombraron: ¡Andy Kaufman! Mariel se reincorporó como si se fuera a tragar la lengua y se puso frente al televisor subiendo el volumen al máximo. Al estar doblada al castellano le faltaba cuerpo al sonido, parecía que los personajes hablaban desde algún baño alejado, algún baño de ruta. Pero todavía no había visto nada. Ya que al rato apareció el mismísimo desparpajo de hombre que había visto cantar en Internet. Comparado con el salto que pegó en ese momento, el anterior había sido apenas un chiste.

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La cosa es así: la película era un caso real. Jim Carrey interpretaba a Andy Kaufman, un humorista norteamericano de gran popularidad y hasta casi de ruptura que, a su vez, por momentos interpretaba un personaje creado por él, llamado Toni Clifton. Se presentaba en vivo en hoteles y bares de Las Vegas, engañando a sus amigos y hasta a su propio representante a modo de juego, de burla, de fraude paródico. Pero engañaba amigos y allegados con el mismo énfasis que cuando hacía el “numerito” para el gran público como un artista de verdad. No hacer el “show” sólo cuando una cámara se encendía sino todo el tiempo, caminando por la calle, apenas para unos pocos fulanos que pasaban por allí. Mariel, al terminar de ver la película, se puso un piloto azul y, pese al ambiente cálido que había en su casa, salió sin dudar, ni siquiera le importaba, al frío húmedo de la noche. Mariel llegó a Blockbuster, subiendo las escaleras vio a través de la puerta de vidrio como una empleada, regordeta y extremadamente do doble vuelta a una llave. Sin abandonar ni por un segundo su sonrisa, le hizo gesto de “ce45


rramos”. Mariel reaccionó con una especie de lamento y le prosiguió un cordial saludo, seco, correcto. Mariel caminó a paso lento sintiendo el frío en la cara. Actividad que le gustaba sobre todo los días de frescos que, en la redacción o en casi cualquier lugar cerrado, se acostumbra a sobre-climatizar el ambiente. Un hombre que caminaba en sentido opuesto, le preguntó la hora. Mariel que iba con las manos en los bolsillos del jean (no por frío sino por comodidad o bueno, quizá un poco y un poco) al sacar la mano izquierda dejó caer un pequeño papel al suelo. El hombre, cortés, se agachó, lo tomó y se lo tendió. Mariel miró su reloj de pulsera, barato, comunacho, y dijo: “Las 11”. El hombre, aún con el papel tendido, agradeció. Mariel tomó el papel y también agradeció, pero con un gesto. Entre tanto agradecimiento, Mariel quedó sonriendo y miró el papel. Era el volante que el “amigo” le diera esa tarde, decía: “-En Corto- proyección de cortometrajes para gente como uno. Hoy 23:30hs. En el cineclub, El ermitaño de antaño, Villagrán 614”. Mariel revoleó los ojos y se mordió el labio inferior por lo trillado del nombre “En corto” pero, a la 46


vez, de algún modo también le resultaba extremadamente snob. Incluso pensó: sólo los estudiantes de cine, pueden ser trillados, clichés y snobs a la vez. Pero inmediatamente después de eso pensó que quizá ahí podría averiguar algo sobre el libro. Si no era ahí, ¿dónde? Ya en el cineclub, Mariel recorrió el lugar en total oscuridad. La proyección ya había comenzado. Mariel miró primero a la gente, luego la pantalla. Trató de entender, o sea, puso empeño pero era realmente indescifrable. Lógicamente para entender una película, un corto en este caso, hay que verla en su totalidad, pero en ese lugar no se entendía ni siquiera qué era lo que la imagen estaba mostrando, el plano Estática. Por más que nos esforcemos es imposible explicar qué era lo que ese corto ofrecía. Sin embargo los allí presentes, festejaban. Dios quien mira a un tío borracho y cargoso en Navidad, buscó y encontró con la mirada en el público a su “amigo”. Éste dejando de mirar la pantalla se acercó y la saludó con un beso. Mariel enseguida, sin esas vueltas que uno da con cierta gente que no conoce del todo, fue al gra47


no. Le preguntó sobre la película de Jim Carrey y sobre el tal Andy Kaufman. El “amigo” al oír este segundo nombre giró la cabeza y no dudó en llamarlo genio. Siendo, decía, inversamente proporcional a Jim Carrey. Pero fueron los siguientes: Toni Clifton y Elmyr Kaufman quienes lo dejarían en jaque, en evidencia. No tuvo ningún adjetiv menor idea de quiénes eran. Pero en un acto de generosidad, le indicó que por el lugar estaba el Sabelotodo del cine. Ellos le llamaban Mister Memory. Era el Wikipedia y el IMDB juntos y antes de la explosión de Internet, explosión que sólo había potenciado su don o su facilidad. Tenía todos los datos en la cabeza: actores, directores, día y hora de estreno, compañía productora, escenas eliminadas, la bebida favorita de John Travolta y todo ese tipo de cosas. Este “amigo” dijo como queriendo despertar interés en Mariel: —¡Qué Bueno este corto! ¿no? ¡¡Viste que manejo de los tiempos muertos y de los planos levemente contrapicados!!—. Pero para Mariel caminó hacia el fondo del salón. Había un biombo que intentaba dividir el ambien48


te o refugiar al encargado de disparar los cortos en un reproductor de DVD, Mariel tuvo que atravesar ese improvisado “control” para llegar a la otra punta del auditorio. Allí en la última cosas en una pequeña libreta, Mister Memory. Este muchacho, con un pulóver grueso, color cremita, escote en V y unos anteojos culo de botella, era distinto al esteriotipo de jóvenes presentes. Parecía más bien un viejo, un anciano ya cansado de la vida. Como si toda la información que acumulaba, de algún modo, le estuviera pesando. Mariel se sentó junto a él en silencio. Mister Memory se sonrojó y la miró de reojo. Luego ella se presentó, dijo que no lo había hecho antes porque no quería interrumpir. Mister Memory, muy suelto, habló: —Nooo, no estaba mirando… es horripilante… no sé qué les pasa a los pibes que hacen estos cortos. Pero no te preocupes, cuando uno no me gusta, me pongo a escribir cosas pendientes, quedate tranquila. Mariel sintió simpatía por el muchacho. Quizá fue la palabra horripilante. Quizá simplemente se sintió acompañada, por coincidir 49


en que aquel hoguera. Al estar en familia, entonces, pasó a lo suyo, le preguntó uno a uno (ya esos nombres comenzaban a repetirse en su boca) Toni Clifton, Elmyr Kaufman, la película que trabaja Jim Carrey, interpretando a Andy Kaufman. Mister Memory, como dando un examen, le explicó: —Eh… claro, es la película “Man on the moon” de Milos Forman, Jim Carrey hace de Andy Kaufman, el comediante ese…norteamericano, que organizaba peleas de catch con mujeres, estaba todo arreglado, pero hacía toda la pantomima de que eran casuales, era todo una gran parodia. Y que también hacía un personaje, Toni Clifton, que cantaba como un loco en bares de mala muerte, también engañando a todo el mundo, hasta a sus amigos. ¿No? ¿no lo ubicás? ¿Ah, y sabés en dónde también?, trabajó en “Taxi”, la serie esa, la sit-com. Mariel no conocía nada de lo que este chico le contaba, pero memorizaba cada palabra. Luego Mister Memory continuó: —Mmm, ¿cómo me dijiste el otro?… ¿Elmyr Kaufman?... me suena… pero no, director no es y actor tampoco… uh, me agarraste acá, eh. 50


Mariel sonrió por cortesía, porque la verdad era que no la entusiasmaba que ni siquiera este muchacho lo conociera, pero enseguida se puso seria, pálida. Cara que Mister Memory parece haber notado porque aclaró que para él esto era todo un desafío. Dijo que le diera su número de teléfono que en cuanto supiera algo la llamaba. Y agregó algo así: “Antes era para hacerte un favor… ahora es algo personal”. Mariel se volvió a reír, esta vez con un aire un poco más calmo. Fernando se levantó a la mañana siguiente muy temprano, como de una pesadilla, con la boca seca. Se miró el cuerpo, otra vez se había dormido con la ropa puesta. Miró el celular, pero fue directo al baño. Antes de hacer cualquier otra cosa, metió la boca debajo de la canilla y tomó torrentes de agua helada. Luego se dirigió a la cocina. Ni café ni yerba, ni un sólo saquito de té. Regresó a la pieza y se quedó unos segundos mirando el gran desorden de libros, discos, revistas, apuntes. Pensó: “Para desayunar nada, pero de esto (mirando despectivamente los libros y discos) sobra”. Por 51


lo general a la mañana temprano, apenas despierto y con mucho sueño, uno llega a esas conclusiones y detesta todo lo que haya hecho la noche anterior, que a veces hasta llegó a considerar genial y a uno mismo, poco menos que el salvador del mundo. Pero la mañana húmeda y cruda lo vuelve a uno a la realidad, lo cachetea sin el mínimo respeto. Pero Fernando, aquella noche ni siquiera había llegado a una conclusión, menos aún, a una genialidad. Mientras trataba de decidir qué hacía, el celular vibró. Vio, “Richard del Disco Mágico”. Atendió: —Personaje, te llamé 25 veces—. Fernando le dijo que vaya al grano que tenía sueño y nada para desayunar. El amigo prosiguió — Te averigüé lo de Henry Lo Muto…parece que es un programa de televisión, de entrevistas a músicos de rock. Parece que el conductor es un periodista loco que estuvo desaparecido como 15 años y ahora, así como así, volvió. Todavía no salió al aire, pero ya se está empezando a hablar… todo el mundo se pregunta quién será ese Frank. Fernando dijo qué quién cazzo era Frank. El amigo contestó: —¡¿Dije Frank?!, no, no, Henry. ¿Quién será este Henry? 52


Fernando se quedó un instante ahí, parado y pensó repitiendo en su cabeza: “La cosa viene por el lado de la música, por el lado del rock”. Más tarde caminó por la calle, el día era radiante. Ya con el alma en el cuerpo iba tomando un yogur bebible de un sabor moderno. Una mezcla de melocotón, vainilla y cereza. Frutas incompatibles, pensó: “¿Por qué no se limitan a hacer los yogures de sabores tradicionales, qué tienen que estar innovando todo el tiempo?”. De todos modos ese yogur fue una de las mejores cosas que le había pasado en los últimos días en materia gastronómica. Mientras pensaba todas estas cosas, que ustedes pueden juzgar de intrascendentes, él estaba convencido que la gente a la mañana no piensa grandes cosas. nada parecido. A la mañana, y después de tener una no muy buena noche, lo que uno quiere es simplemente pasar el rato. Entonces, caminando bajo ese sol que realmente lo rejuvenecía, vio al pasar un cartel. Se detuvo y lo estudió de cerca. El lugar, un pequeño video club de ba-

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bajando la mano que sostenía el yogur, cambió por completo la cara y esa especie de tranquilicuadro de Magritte “El hijo del hombre”. ¡Ahí estaba! El cuadro que a Fernando tanto le sonaba. El cuadro que estaba en la tapa del libro de Coppernico-autor, el cuadro que el otro, el Coppernico-detective, tenía en su despacho.

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V ENTRE LA COMPUTADORA Y LA CALLE 2

Guillermo al día siguiente se despertó al alba, sin saber bien en dónde se encontraba. Muy dormido, ojeroso y sin desayunar tomó todas sus cosas y salió de su casa. Caminó por la calle, apurado. Llegó a la sede central de la Policía Federal. Haciendo gala de su carnet de periodista solicitó un material. El agente-empleado peinado con una impecable raya al costado y un pelo mojado que resaltaba una especie de jopo, no tuvo más escapatoria que darle los informes. Le tiró una carpeta anudada con un hilo sisal sobre el mostrador: —Acá está, la “F” y la “C”, busque nomás. 55


Guillermo indicó con un gesto si podía arrimarse a un escritorio contiguo que aparentaba estar sin uso. El joven nuevamente con desgano tuv Guillermo se acomodó timorato en el escritorio y comenzó a leer. Pasó largo rato, leyendo y releyendo. De golpe descubrió que no sabía bien lo que buscaba. Si en ese mismo momento se le hubiera acercado aquel agente ofreciéndole ayuda, él no hubiera sabido qué decir. Luego de un rato y varias miradas controladoras del agente, Guillermo se fregó los ojos y, casi dándose por vencido, devolvió la carpeta, decidido a irse. El agente, con la misma cara opaca, le dijo si no necesitaba algo más. Guillermo pensó: “Qué bárbaro, este tipo ya tiene ese registro de cara, no es que está de mal humor. Es así. Es así pese a los escasos veintipico de años que debe tener. Porque esta cara la vi en viejos, en personas donde los años le pesan como yunques, pero no en alguien tan joven”. Pero fue esa simple pregunta la que a Guillermo, entendiendo que el agente estaba bien predispuesto o simplemente no estaba mufado, la que lo animó a pedirle un archivo más: los NN. La carpeta anterior era apenas un block de notas al lado de ésta. Al apoyarla en el mostra56


dor, Guillermo intentó mirar al agente apenas por encima de la carpeta, pero sólo pudo ver el jopo eternamente mojado del agente. Luego se internó, en ya “su” escritorio, a leer esa enormidad de datos de miles y miles de desconocidos y anónimos. Frustrado y cansado, sintió hambre, sintió ganas de irse, de salir a la calle, de mirar el día. La carpeta abierta por menos de la mitad, lo miraba a él, acechándolo. Como si fuera un arma sutil. ticada a la vez que acabaría con él, de alguna u otra manera. Guillermo se reincorporó, con cierta distancia y cerró la carpeta tomándola de la parte aún no examinada, haciendo un ruido pesado, seco. Levantó la mirada hacia el agente, como diciendo “opa, se me escapó” y, a punto de ponerse de pie, revoleando los ojos, vio o creyó ver las palabras: “cubo mágico”. Como los ojos pasaron no sólo por la carpeta, sino también por el resto del ambiente, no estaba seguro de en dónde había visto esas palabras. Si en una cartelera que colgaba sobre la pared, si escrita en el piso o en la frente del agente. Repitió el movimiento de ojos que segundos atrás había hecho y ahí estaba. Las palabras que apenas se había dibujado en un lápiz muy suave en su 57


mente. Estaba ahí, archivo de NN. Guillermo leyó aquello: La pericia destacaba: “masculino muerto de paro cardiorrespiratorio. Razones desconocidas, se estima naturalmente, no hay alteraciones ni señas particulares en el cuerpo del occiso. Hombre caucásico, tez clara, con bigotes, de unos 90 años, contextura media, 1.82m de altura. Se encuentra al sujeto en su domicilio, ubicado en el barrio de Parque Chas, recostado sobre un sillón y a sus pies se haya un juguete cubo mágico con las iniciales “F” y “C”. Día miércoles 16, hora estimada de la muerte: 12:06 A.M., mes desconocido y año también desconocido”. Guillermo pensó “sabía, sabía que era cierto”. Con los ojos renovados, levantó la cabeza y alguien lo hubiera visto en ese momento, habría quizá juzgado de revelación. Luego volvió a mirar la hoja en cuestión y destacó “…en su casa de Parque Chas”. Frase que hizo eco en su cabeza. Guillermo solicitó, con éxito, fotocopiar el informe.

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Mariel al día siguiente, luego de despertarse, se quedó recostada en la cama por largo rato. Miró el techo y se pellizcó varias pielcitas de los dedos, pensando quién sabe qué cosa. Lo cierto es que tampoco fue a trabajar. Encontró una nueva excusa que bastaba. O al menos bastaba para ella. Luego de llamar a Mister Memory varias veces sin éxito, se dijo así misma que debería ir por otro lado, ¿pero por dónde? Estaba perdida, pero un aire de algo parecido a la esperanza o la fe sobrevolaba. Así como un ciego que tantea en un ambiente que desconoce pero que, de igual modo, da pasos entre timoratos y muy lejos. Estaba perdida, pero una ligera intuición le decía que no estaba lejos, al menos de ese tal Kaufman. El teléfono de línea sonó, luego de timbrazo y medio saltó el contestador automático. Mariel quería corregirlo, quería que por lo menos sonara dos o tres veces, pero ese aparato para ella era poco menos que saber manejar una nave espacial, un tamagotchi o el simple

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sistema de programación del televisor para que se apague durante la noche. El aparato se activó: “Hola… no estoy en casa, dejame un mensaje si querés o volveme a llamar más tarde. Un beso”, dijo Mariel, es decir, la voz grabada de Mariel. En cambio, Mister Memory en vivo y en directo, dijo: “Hola soy yo, me estuviste llamando, vi tu número en el estuve toda la noche mirando películas. Ahora me tengo que ir, pero apenas puedas llamame”. Mariel corrió del baño al living, el trayecto no debía superar los tres metros, sin embargo no alcanzó a atenderlo, ya que este peculiar muchacho hablaba a poco menos que la velocidad de la luz. Más tarde ese mismo día, previa charla con Mister Memory, habían coordinado un punto de encuentro. Mariel caminó por el bajo, iba con ansiedad, algo entusiasta. Pero no tardó en cambiar el sentimiento por otro que se tradujo en el pensamiento: “¿Qué estoy haciendo?, ¡por Dios! ¿Dónde estoy yendo? ¿Para qué? Esto es una estupidez total, una pérdida de tiempo absoluto”. Sin embargo, el cuerpo no dejaba de moverse, de caminar hacia el punto de encuen60


tro como si una fuerza superior la estuviera atrayendo. Boca y fue sin escalas, según las torpes pero aparentemente una de las tribunas con escalones de gran distancia entre sí y no pudo evitar pensar en algún teatro antiguo, quizá de origen griego, o en el mismísimo coliseo. Pero claro, éste parecía más bien de juguete, de utilería, digno de escenografía de alguna película de bajo presupuesto. Mientras descendía logró ver a los lejos, sopequeño puesto con una ventana de cartones y madera, más pequeño aún por la distancia. Esa ventana resultaba ser el puesto, algo improvisado, de unos titiriteros que, a esa hora, dictaban su obra para un público inexistente. Mariel, enseguida compadeciéndose, resolvió que estarían ensayando. Ya acercándose notó que el público no era del todo invisible ya que a un costado estaba sentado Mister Memory. Aunque rara vez echaba alguna mirada a esos muñecos de medias viejas y goma espuma. Mister Memory estaba ensimismado, encorvado sobre su cua61


derno, escribiendo a toda velocidad. Mariel se acercó y se saludaron con algo de distancia pero que tampoco llegó a ser el saludo de dos desconocidos. El muchacho le habló de su trabajo, de todo lo que tenía que escribir para ese día antes de las seis de la tarde. Mariel no logró entender del todo qué era lo que hacía, per indagar. Mister Memory, cuando se escuchó a sí mismo y notó que estaba dando un monólogo, dijo: “bueno bueno, no nos dispersemos”. Le comentó su intrincada travesía, fue a la casa de dos amigos, miembros de una extraña agrupación de asunto. Fue al museo del cine, a la biblioteca de la ENERC, a la casa del mayor coleccionista del país club especializado. Mister Memory le dijo que para ciertas cosas no usaba Internet. Ya que a veces podía ser muy útil pero cuando uno no sabe bien lo que busca puede ser un callejón sin salida se tiene una idea remota del tema buscado, uno puede ver, entender e interpretar si la fuente se equivoca, exagera o, directamente, si está mintiendo a discreción. Pero si uno está totalmente a ciegas, no hay punto de apoyo, no hay donde hacer pie. Es entonces cuando caemos rendidos 62


a la merced de algún cibernauta mentiroso o un bromista con mucho tiempo libre. la búsqueda a la antigua, la búsqueda analógica. Del video club se llevó una buena docena de películas, algunas en vhs otras en dvd. Luego de trabajar toda la noche en su casa, luego de varios termos de café y una nueva excusa para sus ojeras, lo había encontrado. —Bueno, el tipo que buscás aparece en una película pero no es ni director, ni productor ni nada. Es un personaje. Es el personaje de la película “F de Falso” de Orson Welles—. Mister Memory sacó la película en vhs, la tapa estaba amarillenta y sucia, continuó diciendo: —Bah que en realidad no estoy del todo seguro se llamaba Elmyr Kaufman o Elmyr De Hory, parece que el tipo usaba un seudónimo, pero no sé cuál es el verdadero y cuál el falso. No pude ver la película entera, ya era tarde— en ese momento Mister Memory bajó la mirada y con un tono de resignación agregó— eso es lo que me pasa a veces, tengo tantas cosas que hacer, tengo tanto que escribir, para el blog, para el diario, para la revista mensual y para la radio, que no doy abasto. Veo tantas películas, que en 63


realidad no veo ninguna. Mi mayor pasión es, a la vez, mi condena. Mariel lo miró y no pudo evitar sentir culpa por haberlo colocado en una nueva subbúsqueda. Cuando le estaba acercando la mano al hombro, Mister Memory levantó la cabeza y Mariel no logró concretar esa especie de palmada de aliento o de compasión o de ambas cosas. Mister Memory, ya de mejor ánimo, agregó: —Bueno, yo no pude terminar de verla pero seguro que vos sí, tomá. ¿Y para qué es esto? —preguntó. Mariel sin saber bien qué decir pudo improvisar una respuesta. Le dijo que era para la facultad, para la materia semiología de la imagen. Mister Memory asintió con la cabeza, pero sabiendo que era mentira no la cuestionó. Le prestó la película. Mariel le preguntó el nombre. —Pablo Maicon. —Muchas gracias Pablo, de verdad —dijo Mariel. Mariel lo saludó con un beso en el cachete y se fue. No tardó en volver a lo que realmente le importaba: Elmyr Kaufman. Tenía a Elmyr Kaufman en sus manos.

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Fernando luego de entrar al video club e intentar hacerse socio, acto imposible ya que el ermitaño señor a cargo de la renta de películas, todas en VHS, solicitaba unos imposibles requisitos. Más que socios, este hombre pretendía miembros de una especie de logia. Pero lo importante en este caso era otra cosa, se había equivocado. Su hombre no era del mundo del rock sino del cine, con seguridad, un mundo más complejo, más hermético. Fernando había llamado a un amigo estudiante de cine y sin vueltas le había dicho que iba para su casa. Ya que este amigo, Sergio Del Vento, había cometido el error de decirle que contaba con la película en cuestión, “El caso Sergio chateaba en su netbook, fumaba y tomaba café, estaba sentado junto a una ventana donde se colaba un sol intenso. Fernando se sentó en un lugar donde no llegaba el sol, sobre cool, estético, pero no es cómodo. Es como sentarse en una enorme bolsa de gelatina”. Ha65


ciendo equilibrio y tratando de no encorvarse miraba la película en un televisor de 14 pulel personaje, para devolver un cuadro robado a un museo, hace un numerito de habilidad, un acto de ilusionismo, una puesta en escena disfrazado como el hombre del cuadro de Magritte. Para que la escena o el acto de magia, que consiste en la devolución del cuadro en sí, tenga éxito, el hombre de traje, sombrero bombín y portafolio, se multiplica en una docena de hombres, quizá más, vestidos de igual modo. nitores analizados por la policía, el FBI y una poderosa mujer, que representa a la compañía de seguro de ese cuadro robado. Fernando, fascinado con la película y sobre todo con la secuencia Olvidándose de todo su asunto. Le llevó unos minutos volver en sí y no tardó en descubrir con alarma y sin evitar un comentario en voz alta, lo que allí, en su propia trama, estaba pasando. —Claaaaro, este tipo es un enfermo, todo el día películas, nombres de personajes, diálogos. Es un guiño para un grupo de in66


telectualuchos con anteojos de marco negro. Sólo una mueca, un gesto para otro enfermito como él—. Se refería, Fernando a Coppernico, a Cuck o quien fuera el autor del libro. Sergio Del Vento, sin dejar de mirar su netbook dijo: —Ese enfermito sos vos. —Lo mío es distinto —dijo Fernando. —¿Sí? a ver, ¿qué te hace diferente? ¿Para qué es esto? —repuso Sergio ya arrojándole una mirada que denotaba molestia; cabe aclarar que Sergio era estudiante de cine y usaba anteojos de marco negro. Fernando, luego de mirarse los pies logró impr para la redacción, para una nota a publicarse en unos días en la columna “Gente que anda por ahí”. Sin duda para los ojos de mucha gente, el hecho de hacer algo por una orden o un gente y para los ojos de Sergio, ya que no lo siguió cuestionando. Lo otro es lo condenable, el “hacer” algo porque sí, sin ninguna motivación aparente. Simplemente porque se tiene ganas, porque se quiere o porque no se puede evitar, es lo que descoloca a cierta gente.

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Sergio permaneció en silencio. Fernando, ya que estaba, le preguntó sobre el programa de Henry. Otra de sus X extraídas del libro, de la intrincada ecuación en la que se encontraba. Sergio levantó la vista algo dubitativo y disimulando el interés que tenía en el programa, pensó: “¿ah, conocés del tema?”. Enseguida se decidió por hablar sin mayores rodeos. Le comentó que en principio era un programa de música con entrevistas, bandas tocando. Pero que tenía la tremenda particularidad de que el encargado de entrevistar, de mediar entre los músicos y los televidentes, era nada menos que Henry Lo Muto. Sergio hizo una pausa algo impostada tratando de darle suspenso a su relato. Luego prosiguió. El tipo este era un periodista joven que hace 10 del periodismo y la cultura rockera. Pero que un día, así como así, se había esfumado, había desaparecido de la faz de la tierra. Enseguida se habían tejido nitas hipótesis y paraderos. Que estaba en Manaos cortando bananas; que se había internado en el Impenetrable, Chaco; en las islas Fiji; pescando en el Tigre, barbudo y viviendo como un Indio. También se dijo que en un viaje a Europa había conocido a una her68


mosa e inestable mujer, ella lo había vinculado con el mundo de la heroína; y que en una dosis elevada de esta sustancia, casi como un pacto de amor, había quedado en coma. Buscando la muerte había encontrado un larguísimo coma de más de 10 años. Otros decían que no, que en realidad, el coma había sido causado por un accidente idiota y, para proteger su imagen, los familiares lo habían ocultado. Hasta se llegó a decir que en un viaje al Uritorco, Córdoba, lo habían abducido seres, más precisamente unas luces en apariencia de otro planeta. siones eran te habría pasado la menos asombrosa de todas. La de Sergio era que quizá, caminando por el bajo Flores, una bandita del barrio lo habría increpado con la simple intención de robarle, pero que conociendo el temple de Henry, seguramente habría resistido insultándolos y chos demostrando quién tenía el poder, quien mandaba, lo habrían liquidado ahí nomás, sin dudarlo un segundo, enterrando el cuerpo villa adentro. Entonces según se decía, y haciendo callar a todo el mundo refutando cada loca teoría, este 69


nuevo programa iba a estar conducido por él. Que había vuelto, que estaba de nuevo entre nosotros. Pero que el programa no era sobre él sino sobre otros, sobre la música actual. Pero que una cámara iba a seguirlo como una especie de reality show de la penumbra. La cámara iba a intentar meterse en la vida, en la oscura y oculta vida de este personaje. Había mil incógnitas. Mil preguntas para hacerle y, seguramente, mil historias para escuchar. Henry nunca habría aceptado hacer un programa exclusivamente de él. Entonces es como que, de alguna manera, había un programa encubier de una manera indirecta, los productores del programa creían que le podrían sacar su historia. De modo que Henry siendo el entrevistador entrevistado, de alguna u otra manera, iba a estar respondiendo, contando su pasado, revelando sus andanzas. Sergio, siguió diciendo que el programa en sí mismo resultaba una cosa rara, un formato nuevo. Algo así como un programa dentro de un programa. La excusa era la actualidad musical y rockera pero en el fondo estaba lo otro, 70


en el fondo estaba toda esa pesada y cargada historia. Que según los productores y realizadores, hasta el mismo Henry quería, sin saberlo concientemente, contar, sacar a la luz su historia. Como una manera de purgarse, de limpiarse. El programa todavía no tenía nombre. Se especulaba que uno de los posibles títulos era “Henry Lo Muto” a secas o “Las aventuras de Lo Muto” o también “¿Conocés a Henry Lo Muto?” Aunque estas posibilidades eran remotas ya que atentarían contra la supuesta esencia que los productores querían manejar. Y que Lo Muto no iba a aceptar, no era un programa sobre él y su vida. Entonces otros nombres que se barajaban eran “¿Qué pasa Henry?” o “La nueva música de Lo Muto” que apuntaban directamente a la música y a lo que Henry quería contar. Por supuesto también se estaba diciendo que todo era una tremenda y muy bien digitada campaña de marketing. Con la única ting o volverlo un programa de culto, incluso antes de la primera emisión. La anti-campaña de cualquier cosa termina siendo una campaña de todos modos. Quizá hasta más poderosa que una convencional y a la vieja usanza. Así y todo, esta forma poco convencional de dar a conocer 71


un programa de TV estaba dando sus buenos resultados, ya que la gente, el mundillo del cine, de la música y del rock, estaba convulsionado. Todos a la espera, como si ese programa o ese tipo fueran poco menos que el salvador de la humanidad. Luego agregó que esa misma noche en un festival donde tocarían varias bandas, entre ellas “La Santa Milonguita”, amigos de Sergio iban a pasar un avance del programa. Y que allí iba a estar todo el mundo. Fernando, que escuchó toda la exposición como un niño escucha la lectura de un cuento de su abuelo antes de dormir, trató disimuladamente de reponerse. Mirando que aún faltaban unas cuatro horas para el festival, ya habiendo decidido asistir, y lejos de necesitar aire ni alejarse de todo el asunto, moviendo la cajita del dvd, dijo: —¿La puedo ver de nuevo?

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VI LA COSA VA TOMANDO FORMA

Guillermo caminó por la calle con un gran mapa abierto de la capital. Caminaba mirándolo, tapando por accidente su cara del resto de los mortales. Tal es así que Fernando pasó por adelante suyo y no sólo no se vieron, sino que (y en realidad era lógico) ni siquiera sospecharon que los movía, los llevaba de aquí para allá la misma voluntad. Guillermo trató en vano, por lo diminuta de la escala, ver en detalle el barrio de Parque Chas. Por esa razón, y porque ya se había convertido en un hábito y en casi su segunda casa, fue a la Biblioteca Nacional. En el piso de mapas solicitó uno de la Capital Federal y se sentó a estudiar aquello. Quizá un poco por el silencio del ambiente, por el olor a libros y a humedad, por los po73


cos personajes que leían allí, quizá fue el mirar un mapa, le fascinaba mirar los planos, le daba cierta perspectiva a las cosas, como que todo tenía su orden, su lugar, su lógica. Quizá por eso y por algo más, se detuvo unos segundos y tenga historia? Parece que se la borraron. Parece haber aparecido así en el mundo, ya de grande, de anciano, solo para morir de esa manera, solo para que yo ahora esté leyendo esto”. Luego de contemplar por largo rato el mapa apoyó encima la hoja fotocopiada del archivo y leyó lo siguiente: “…para acceder a la gran casona habría que situarse en lo que consideramos sería el entrecejo, en línea recta a la pequeña fuente de Parque Chas”. había estado jugando con el archivo? ¿Algún bromista había metido mano?”, pensó Guillermo, descolocado. Esto se estaba pasando de castaño a oscuro. Luego leyó, sin mucho interés, la historia de Parque Chas. Sin ninguna pista que se pueda conectar y ya cansado, indignado por toda esta locura, se puso de pie decidido a largarse de allí. La última luz del día que ingresaba por la ventana le dio justo en la cabeza y en parte de 74


un ojo. Guillermo la miró y de pronto, como si un rayo le hubiera hecho descarga en la cabeza, recordó algo, una historia. Luego solicitó más material y en el momento que un empleado desganado le hacía unas fotocopias pasó caminando Mariel, iba perdida, se había equivocado de piso. Pese a la cercanía, no lograron el contacto visual. Cuando Guillermo se dio vuelta, Mariel, ya adentro del ascensor, miraba como las puertas automáticas se cerraban. Por un instante creyeron verse, pero ambos pensaron de inmediato que era remotamente imposible que el otro estuviera ahí. Guillermo, ya en su casa, estaba caminando en círculo en el pequeño living. Caminaba y fumaba. Sobre la mesa había un gran mapa de Parque Chas, apuntes, fotocopias, anotaciones. La computadora estaba encendida, abierta en una página, en la que se leía: La historia de Ciudad Evita. Junto al mapa de Parque Chas había otro mapa de igual tamaño de Ciudad Evita, unas tijeras, una plasticola, una trincheta, lápices y una escuadra. Guillermo se estaba dejando llevar por una leyenda, según se decía, en el barrio de Ciudad Evita -visto desde arriba- se puede distinguir 75


muy claramente la silueta de Eva Duarte de Perón. Guillermo, con el ceño fruncido, le dio la última pitada al cigarrillo, miró hacia la mesa, miró los mapas, tiró el cigarrillo al piso de su propia casa, lo apagó de un pisotón y se acercó. Mariel, de pie y de espaldas a la puerta de una casa, esperaba a una vecina. La señora de unos 60 años abrió la puerta como pudo y le tendió una vieja y pesada video casetera Noblex. Mariel la sostuvo medio forzada y luego de agradecerle caminó por la noche cerrada con la casetera a cuestas. Ya en su casa y con todo conectado, nunca supo cómo logró enchufar todo correctamente, abrió la cajita del vhs de “F de falso”, la colocó y dio Play. Sentada en el piso con las piernas cruzadas tomó un cuaderno, una lapicera y se dispuso a mirar la película. Luego de una visualización y varias anotaciones en el cuaderno, le puso Stop. Como volviendo de una pesadilla intrincadísima, rebobinó la película. Su primera impresión fue: “tengo que verla de vuelta”. Luego, cuando la estaba mirando por tercera 76


vez, puso pausa, como pasa con las vhs cuando uno pone pausa, quedó la imagen detenida de un hombre temblando casi como si este padeciera el mal de parkinson, y sobre la cara del personaje Elmyr Kaufman, más precisamente sobre los ojos, a punto de llevarse a la boca un vaso de vino, tenía unas rayas de interferencia. Mariel miró esa imagen sucia, miró, pensó, se llevó a la boca la lapicera, el capuchón, lo mordió, pensó y siguió pensando. La cosa era: el tal Emyer Kaufman resultaba ser un fantoche. Un farsante espectacular. Un fabulador nal de pinturas. Tenía más de 60 nombres, más de 60 seudónimos, con los cuales réplicas exactas de grandes obras. Orson Welles veríamos en los próximos 60 minutos sería real. tipo ríe, toma vino, dice excentricidades, va a eventos de artistas, pinta, etc. Todo parece real, todo “ya” es real. Porque resulta que luego, al conseguir cierta fama, cierto renombre, las pinturas hechas por Elmyr, las copias, las réplicas, pasan a ser más caras que las verdaderas.

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Mariel pensó: “qué locura”. Luego, se sacó de la boca el capuchón de la lapicera hecho una especie de bola, todo mordido y chupado. Lo miró con cierto asco, pero no le impidió seguir con sus cosas. Miró el cuaderno, le dio vuelta a las páginas y notó cosas que había olvidado haber escrito mientras visualizada la película. Miró el nombre “Fabricio Coppernico” a un costado, a modo de cuadro sinóptico, estaba escrito “Falucho Cuck”, y ambos nombres unidos por dos Cada inicial estaba remarcada con un círculo en birome roja, la “F” de ambos nombres y la que iba hacia una dirección, supongamos hacia cha, y a la otra, lo mismo. Dejándolas dobles, con dos puntas, atrás y adelante. O sea que el nombre Fabricio Coppernico no solo es apuntado por el otro nombre, Falucho Cuck, sino que también este le apunta al otro. Y así ambos, ida y vuelta. Luego en medio de ambos nombres, entre do fuertemente la lapicera un signo de igual y retomó, le dio forma a un pensamiento que se le había cruzado hace unos días: por lo general, 78


cuando alguien decide mo no elije nombres simples o repetidos, sino que se inclina por nombres extraños, nombres inexistentes, mal escritos o memorables. Nadie elije como un seudónimo para su gran obra nombres tales como: “Sánchez”, “Mariano” a secas o “Rodríguez”. Conjeturando esto vio todo mucho más claro, pensó entonces en voz alta: “Claaro, Fabricio Coppernico no existe, es un seudónimo de Falucho Cuck”. Fernando ingresó con Sergio Del Vento a un reducto para shows de rock más conocido como “antro”. El lugar era negro, oscuro, sucio, con olor a humedad y a cerveza rancia. Sergio fue con sus amigos, de unos 35 años, integrantes de la banda “La santa milonguita”. Fernando se quedó solo, se acercó a la barra y le pidió una cerveza a la chica que atendía, no pudo evitar mirarle el pronunciado escote de sus más pronunciadas tetas. La chica con una exagerada pintura negra en los ojos le sirvió un litro de cerveza en un enorme vaso de plástico transparente. Fernando no quería tomarse un litro de cerveza pero esa era la mínima medida que se 79


vendía. Enseguida comenzó el festival de bandas. Se fumó a “Los mojigatos” a “Los gauchos sónicos” a “La puta madre que los parió” y cuando era el turno de la “La santa milonavance del programa. Parecía que estaba bien, una cámara en mano, desprolija, seguía a Lo Muto por todos lados. Una edición vertiginosa nos indicaba que Henry estaba de nuevo entre nosotros. Entre esas imágenes violentas con una música irritante se dejó ver (o al menos la persistencia retiniana de Fernando dejó ver algo) una imagen que lo inquietó. No estaba seguro, simplemente a modo de mensaje subliminal, algo lo perturbó. Sabía que había visto algo, pero no sabía qué. Finalmente el trailer cerraba con una imagen estática de Henry caminando de espaldas, bajando unas escaleras en una noche fría y ventosa, con un dejo de misterio. El trailer no mostraba mucho más. No daba nombres ni fechas ni nada por el estilo. La gente festejó quién sabe qué cosa y el show de “La santa milonguita” comenzó tan rápido que pudo notarse el ensayo previo. Fernando intentó averiguar si los realizadores o el mismísimo Henry Lo Muto estaban presentes, pero nadie le pudo dar una respuesta coherente. 80


La música era insufrible, imposible de describir y los integrantes vestidos con túnicas negras adoraban a una especie de Dios de metal. de motor, de máquina. Más tarde, Fernando entendió que la imagen que adoraban era una fusión entre un motor de auto y una especie de tigre de bengala sagrado. Todos los súbditos saltaban y movían la cabeza a un ritmo distinto de la música. Más bien parecían estar siguiendo las órdenes de alguien más, como si esa suerte de Dios realmente existiera y los estuviera manejando. Fernando se dispuso a irse. Intentó buscar a cias aquellas. Salió a la calle, respiró y estiró los músculos como si hubiera estado encerrado en un ataúd. Quizá por el litro de cerveza que se tomó, quizá por el encierro, se sintió mareado. Se tomó el colectivo 99 y se sentó en un asiento individual, al fondo. Abrió la ventanilla hasta su tope, sacó un poco la mano e improvisó una especie de aerodinamia casera. El viento que pegaba en la mano, ingresaba y le daba de lleno en la cara. Cerró los ojos y se relajó. Al rato, algo repuesto, miró la ciudad. Era de noche, una noche fresca, agradable. Detenidos en un 81


semáforo, Fernando miró hacia una verdulería abierta, pensó: “¿quién va a comprar verdura a esta hora de la noche?… algún pobre tipo con una novia embarazada y antojadiza”, luego miró el gran cartel con la publicidad de Manzanas Deliciosas y una chica riendo pícaramente, vestida de blanco, con una manzana verde en las manos. Por esa imagen de golpe algo le vino a la cabeza. Lo que había visto a modo de mensaje subliminal en el avance del programa: Cerró los ojos y estaba ahí, lo pudo ver claramente, el cuadro que tanto lo inquietaba, el cuadro que ya parecía acosarlo, el cuadro que volvía una y otra hombre”!!

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VII EL SEGUNDO DE CALMA ANTES DE LA EXPLOSIÓN

Guillermo se despertó como de una larga siesta, pero había pasado toda la noche. Se secó la baba de un cachete. Agarró una tasa sucia, fue a la cocina, se sirvió café y lo tomó en el living como recuperando la vida. Se sintió realmente despierto, como hacía mucho no se sentía. Miró de reojo la mesa y todo su trabajo, pero se fue directo a un pequeño balcón al cual no iba hacía como un mes. Se quedó ahí largo rato, tomando café y mirando simplemente el sol. Luego con algo de resignación, pero como moviéndose por inercia, ingresó y tomó todas sus cosas: las fotocopias, los planos, enrolló los mapas, tapó la plasticola, cargó todo y salió de la casa. De golpe, para quién lo viera por la calle, podría pensar tranquilamente en Guillermo 83


como un arquitecto, o al menos, como un aspirante a serlo. Luego pensó en la subjetividad, en las etiquetas y los rótulos. Y como cada uno es tan distinto todo el tiempo. Caminó y se sintió jugar. Jugar a ser otra persona. Pensó, podría sostener esa mentira todo el día si me poco por vagancia, otro poco por una rara incomodidad producto de su neurosis. gente. Con un chistido llamó a un empleado conocido de él. Este se acercó y le dijo que esta vez no podría atenderlo antes, como cerraba el cuatrimestre había hordas de alumnos haciendo lo que no habían hecho en el resto de la cursada. Guillermo le dejó su trabajo, de todos modos. El empleado le dijo que iba a tratar de hacerlo en un huequito, pero que no le aseguraba nada. Que, para más seguridad, pasara al día siguiente. —¡Ah, pará! ¿qué hay que hacer con esto?— dijo el empleado. Guillermo, que se disponía a salir, se acercó mirando alrededor, como si esos alumnos fue-

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ran a robarle su idea, le dijo en voz baja, mirán—Necesito tres ampliaciones lo más grande posible. Grande, grande. Hacé de cuenta que es para algún estudiante de Diseño Industrial que tiene que hacer un plano de una usina hidroeléctrica para contener el agua de la mismísima Garganta del diablo. Guillermo se sentó sobre un banco de cemento de una plaza. Justo bajo la sombra que daba un árbol inmenso, pero medio descascarado. Se prendió un cigarrillo y dijo para sus adentros: “¿qué estoy haciendo?, no voy a trabajar hace tres días. No veo a mis amigos. Nada. Esto es una pérdida de tiempo absoluto. Por Dios, yo me voy a mi casa”. Pero en ese momento le sonó el celular. El empleado de la mientras los estudiantes esperaban distraídos, charlando de lo poco agraciada que resultaba la profesora de “Comunicación de los medios” o chateando por el celular, él pasó por alto unos trabajos y logró meter el suyo. Ya estaba listo. Guillermo, sorprendidísimo, se sintió mal por los pensamientos no del todo bien intenciona-

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dos que acababa de tener para con su persona. Luego sonrió. El empleado dijo: —Lo que sí, no entiendo nada… está bárbaro, pero ¿qué se supone que es? Ya en su casa Guillermo contemplaba aquello. Sentado frente a su mesa de trabajo, la había despejado de todo tipo de objetos molestos. Entonces, sobre la mesa se podía ver la primera lámina, un mapa de Parque Chas y la segunda, encima de esta, una gran hoja de calcar con líneas en ese momento alguien hubiera podido mirar la escena desde atrás, habría visto a Guillermo, su nuca tapando el mapa, más precisamente cubriendo el sector donde las líneas de las calles y las manzanas de ese circular barrio dibujaban algo. Guillermo había encontrado algo grande. Según el trabajo que había confeccionado con una minuciosidad alarmante, según el dibujocollage que había realizado con tanta prolijidad, había descubierto muy claramente que Parque Chas vista desde arriba, según una visión panorámica (así como Ciudad Evita) dejaba ver una

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Un hombre aparentemente vestido formal, quizá de saco y corbata, con un sombreo que parecía bombín y justo en el centro, en el lugar del rostro, un círculo, un pequeño círculo que, según los planos, representaba a una fuente. La pequeña fuente del centro mismo del barrio. Guillermo se puso de pie, se alejó a una distancia considerable —como quien se aleja de una pintura en un museo para ver la totalidad del cuadro— y contempló su obra, su hallazgo. Con los brazos en jarra la miró largo rato. Luego sonrió, aún el hombre que buscaba no tenía rostro, no tenía identidad. Pero estaba cerca. Estaba muy cerca. Mariel se despertó a la mañana, se había quedado dormida en el sillón con la ropa puesta. Miró el televisor que había quedado encendido, y como el vhs ya había terminado hace rato, resonaba la tan conocida lluvia de televisor. Se levantó, apagó ese diluvio de píxeles y fue a hacer mate. Se sentó en el living y se cebó unos amargos, bien amargos. Se dejó estar, sin pensar en nada. Simplemente disfrutar de esos mates que, más que despertarla, la rejuvenecían. Luego fue al pequeño patio interno y buscó 87


con la mirada el poco cielo que se lograba ver desde allí. Miró hacia arriba y respiró profunda pero tranquilamente. Más tarde se dispuso a lavar un poco de ropa. Salió a colgarla al patio, sin dudas aquel día merecía aprovecharlo en todos los aspectos que fueran posibles. Ingresó al living con un balde vacío y unos broches en las manos, pisando mal trastabilló con la cajita del vhs de “F de Falso”, logró mantenerse en pie poniendo una mano en la biblioteca. Pero tuvo que elegir, (en realidad no eligió nada, todo transcurrió en un microsegundo) entre el balde y los broches. Ganó el balde, la suerte de los broches fue caer al piso. Tampoco fue tan grave, teniendo en cuenta que los broches son objetos inanimados, sin vida ni sentimientos. Mariel luego de recuperar el aliento, sentir y hasta escuchar, los latidos de su propio corazón que volvían a un ritmo normal. Y ya pudiendo dejar en paz a la biblioteca, se agachó para agarrar los broches. Pero su vista fue directo a un guía telefónica que por la condición de la mesita del teléfono, y porque estaba cargada de cosas, era imposible ser vista desde la estatura normal de Mariel. La mir tante, pero como pasa en esos momentos, a ella 88


le parecieron unos cuantos y largos minutos. Pensó varias cosas, entre ellas que su corazón volvía a acelerarse a una velocidad poco usual, en parte porque una idea se le había dibujado muy claramente en la cabeza. Fernando se despertó al día siguiente, así como sus compañeros de trabajo, y de aventura (esto segundo, aún sin saberlo) y sintió un gran vacío en su estomago. Se puso la campera y salió así, muy ligero de cosas a la calle. Ya sentado en un bar pidió un café con leche en taza grande, cuatro medialunas y el diario. Comió disfrutando realmente de cada bocado, mientras leía por arriba el diario. Pero al llegar a la sección <cultura> algo lo iba a desencajar. Un pequeño artículo informativo: En tal centro cultural, tal día a tal hora una retrospectiva del artista, y acá viene la información importante: “Rene Magritte”. Según decía el diario era una oportunidad única para ver las grandes obras del genial artista. Y acompañando el texto había una imagen de la pintura del hombre con sombrero bombín, una manzana sobre la cara y abajo su título: “El hijo del hombre”. 89


Fernando, que hasta el momento nunca había oído el nombre del tan mentado cuadro, con una calma impostada, extraña, tomó el último sorbo del café con leche ya frío y, levantando la cabeza hacia el salón del bar, miró a la gente. Miró, pensó, respiró hondo y se dijo: “la gran puta”. Ese exabrupto fue la explosión de un pensamiento, una rara sensación producto del nombre del cuadro que lo hizo moverse rápido. Fue de vuelta a su casa. Otra vez al ruedo. De nuevo entre hojas y carpetas, de nuevo entre todo ese desorden, buscó, halló sus anotaciones de la primera hora. Allá cuando toda esta investigación se gestaba en la remisería de su padre, sobre aquellos papeles “post-its”. Ahora, estos diminutos papeles se asemejaban a piezas de diferentes rompecabezas. Leía uno y parecía estar a un abismo de distancia del otro y, a su vez, del otro. Tomó su morral nitas cosas que cayeron, basura incluida, cayó también una hoja “post-it”. La miró y extrañamente, así como pasa solo en las películas, era la que buscaba. Leyó lo que serían los agrade90


cimientos de el libro, pero que él había transcripto: “Le doy especial a Carola Coppernico, hija y única apoderada del autor, a Jijo, Sipo, Tano, Lea, Calcu, Nadia, Carli, Clara, Kiko, Ro, Zule, Patti, chi, Pablito, Pato, Juli, Adrián, Petrecca, Santos, Juan Trent, Jorge W. Kaplan, Frank, Mario Maestre, Marcelo Finto, Locomotora Villagrán, Benito Scorza. Juan Bautista Simposio, Manuel Scarparo, <Asociación Arturo Meyer 2º>, <Fundación Todos somos Luther Blissett > Y por sobre todo, agradezco al Gauchito Gil y a la agrupación de disciplinas múltiples <El hijo del Hombre>”. Fernando rió como un loco, fuerte, exagerado, luego bajó la mirada y volvió a leer aquello. Repitió tres veces, no solo en su cabeza sino en voz alta: “El hijo del hombre, El hijo del hombre, El hijo del hombre”.

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VIII TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A PARQUE CHAS

El cada vez más turbado de Guillermo caminó por la calle con su reciente hallazgo entre manos. Literalmente, ya que llevaba el gran mapa prolijamente doblado en una mano. La izquierda. Ingresó al intrincado barrio de Parque Chas por Dublín y enseguida abrió de par en par aquel mapa. Lo llevaba, abierto con las dos manos, mirando aquello en vez de la calle. Para ubicarse en ese laberíntico barrio prefería el mapa, una hoja de papel dibujada a todo color, prefería una reproducción a la realidad. De alguna manera, se sentía más cómodo al mirar todo desde arriba, pensó algo que después juz93


gó de estupidez: “Así cualquiera es Dios, de arriba todo se ve más fácil”. Lo que Guillermo buscaba era un punto en el plano, según su interpretación. Aparte de haber descubierto que el barrio visto desde arriba dejaba arrojaba una suerte de coordenada, un punto en la unión de dos arterias. Al empalmar el mapa y el dibujo algo aparecía sobr humana. Algo, una marca, una especie de cruz. Así como en las películas de Indiana Jones el tesoro siempre aparecía dibujado con una cruz roja. De igual modo aparecía en el mapa de Guillermo, aunque en blanco y negro. Según el otro mapa, uno pequeño y ordinario, el de la guía T, esa cruz parecía estar justo en la intersección de las arterias Gándara y Berlín. Justo donde se encontraba parado Guillermo. Pero el lugar no presentaba nada extraño, particular o a tener en cuenta. En ese momento de incertidumbre, Guillermo miró el mapa de muy cerca chequeando estar haciendo bien las cosas, pero sin quererlo y a través de un agujerito que se había hecho en un doblés del mapa, vio a su amiga. ¿Qué hacia Mariel ahí? 94


Guillermo pegó un salto y atinó a cubrirse aún más con el mapa. Notó que ella también parecía estar buscando algo. Luego de varias vueltas, Mariel comenzó a caminar hacia la otra esquina. Guillermo la siguió, iba con el mapa delante de su cara como un turista en Florida o la Recoleta. Mariel llegó a la esquina, se detuvo, y mirando totalmente perdida dio un par de vueltas sobre su eje con las manos en la cintura. Y Guillermo logró, al menos por un momento, ocultarse de Mariel. Pero algo un poco más complejo estaba por pasar. —¿¡Guille!? ¿¿Sos vos??— dijo una voz de hombre que se acercaba. Guillermo totalmente desencajado miró hacia un costado y notó que Fernando venía caminando en sentido opuesto a ellos dos. Mariel miró a Fernando y luego casi al instante dio vuelta y pudo ver a Guillermo apenas tras el mapa que ya resultaba imposible que lo protegiera. En ese momento, si alguien más los hubiera podido ver desde arriba habría notado su simétrica posición.

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Guillermo primero, Mariel en el medio y Fernando en la otra punta. Tres puntos alineados formando una línea recta perfecta sobre esa esquina que también era Gándara y Berlín. ¿Cómo había llegado Mariel a ese punto? Simple, cuestión de tiempo. Los misterios, para cierta gente trabajan en la cabeza como una adicción. Por más que uno se proponga no hacer esa cosa que lo atormenta en todo un día. En la cabeza o quién sabe dónde, ya hay un surco, ya el misterio está metido en algún lado. Como una roncha o una lastimadura. Una marca física, algo molestándonos. Mariel, siendo víctima de sí misma entonces, luego de que viera aquella vieja y en desuso guía de teléfono que hacía años no reparaba, se había prometido una cosa: “miro así nomás, si no aparece nada que tenga que ver con Falucho Cuck dejo todo”. Pero, seguramente, hubiera encontrado otra nueva manera de involucrarse en el tema. Para desgracia de Mariel, Falucho Cuck estaba en la guía. Todo este tiempo estuvo ahí, entre sus cosas, a centímetros de ella. 96


El resto sale por lógica, según el ABC de la moderna (y cómoda) búsqueda de personas. Mariel escribió el número de teléfono en la web Telexplorer y el resultado indicó que se trataba de un domicilio particular en Parque Chas, más precisamente: Berlín 187, Berlín y Gándara. Mariel al obtener el dato no pudo evitar echarse a reír. Todo el tiempo había estado ahí, a un paso, en su propia casa. Resultaba tan irónico, tan absurdo, que parecía una mentira,

Mientras que para Fernando todo era un poco más complejo. Pero también más ridículo. Presten atención que lo que sigue a continuación es complejo: Fernando conjeturó: El nombre de la pintura del tipo de bombín, “El hijo del hombre” coincide con el de una productora de cine o de distintas disciplinas artísticas. Ambas cosas en cuenta que su teoría es que el autor del libro es del mundo de cine. Todo cierra.

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Alguien estudiando cine ve la película “El caso y quizá también por la pintura, al momento de armar una productora le pone el mismo nombre (El hijo del hombre). Luego a esa productora (seguramente con él a la cabeza) le llega la oportunidad de hacer un programa de televisión con el periodista mítico, Henry Lo Muto. Tomándole el gustito a las cosas raras, a lo apócrifo y aprovechando toda la historia cargada de Lo Muto, en el avance del programa (entre otros elementos llamativos y alegóricos) aparece un frame del cuadro en cuestión. Luego o en paralelo, esta productora de disciplinas múltiples edita un extraño libro, quizá a modo de recopilación de toda su corta pero intensa obra y obsesiones. Donde, como en una gran olla elementos. La pintura del tipo de bombín con la manzana en la cabeza como imagen de tapa y dentro de la novela, en los agradecimientos, del hombre”. ¡Estaba todo! Todos y cada uno de los elementos que Fernando fue recopilando y armando cual piezas de un enorme y extrañísimo rompecabezas. To-

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davía no sabía qué forma iba adquirir ese rompecabezas, pero estaba pronto a averiguarlo. Aunque enseguida Fernando dudó y pensó que quizá no había sido en ese orden estricto. Tal vez había sido primero el programa o hasta incluso el libro. Pero lo importante para Fernando no era eso. Sino que todo cuajaba. Todo de alguna forma parecía cerrar. No sabía que había sido primero pero, a esta altura, tampoco importaba. La cosa estaba por ahí, lo podía oler como un perro, como un detective de la serie negra cuya guía es su corazonada, su intuición. Por otro lado, esta era la primera vez que tenía una idea que se ligaba con algo sólido, concreto. Porque después que reconociera el nombre de la productora en el último papelito “post-it” de su morral, fue a la casa de Sergio Del Vento y, buscando en La Guía de Cine y Televisión, encontraron algo que se llamaba “El hijo del hombre”, no sabían bien si era una productora de cine o una editorial o un centro cultural ¿pero, qué más daba? La dirección: Gándara y Berlín, Parque Chas.

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IX COMO AL PRINCIPIO

Guillermo, Mariel y Fernando, ya saliendo de Parque Chas, caminaron en silencio sin mirarse. Todas o gran parte de las suposiciones estaban equivocadas. No sólo el punto en cuestión, Gándara y Berlín o Berlín y Gándara, no escondía ni una productora ni un domicilio particular ni nada, sino que encima había dos. Como si fuera poco misterio en el circular Borgeano Parque Chas hay dos esquinas Berlín y Gándara. Y en ninguna de ellas parecía estar lo que buscaban. Luego de ese desengaño casi amoroso, esa gran desilusión los colocó en el mismo lugar del comienzo: no saben nada. 101


¿Y si fuera todo una broma? ¿Si alguien con un gran sentido del humor, con una habilidad asombrosa para el engaño y con mucho tiempo libre hubiera armado todo como una burla, como la más grandiosa historia jamás contada? De golpe los tres, como quien no quiere la cosa, se detuvieron en una plaza. Primero rodearon el arenero. Luego, ya montados en las hamacas, jugaron como niños y se hamacaron a lo grande por largo rato. Por lo menos hasta que se hicieron las seis de la tarde, y una horda de infantes salidos del colegio invadieron la plaza como hormigas a un pedazo de turrón sobre el piso. Se compraron dulces. Guillermo, algo más sobrio, maní y garrapiñada; Mariel, un copo de nieve rosado; y Fernando, una manzana acaramelada. Los tres caminaron paseando, estaban realmente fuera de todo, se sintieron chicos pero realmente disfrutando la tarde.

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Luego caminaron muy lentamente por la calle, como no queriendo volver a sus vidas. Mariel comía del paquete las últimas garrapiñadas. Iban distendidos, charlando. Guillermo ingresó a un kiosco a buscar algo refrescante para apagar tanto dulce. Fernando fue a un bar, a intentar que lo dejen usar el baño para lavarse las manos, Mariel se quedó de pie, masticó la ultima garrapiñada, miró por un instante el cielo, la tarde era un momento lindo, pensó. El cielo a punto de ceder, los colores encendidos con intensidad por última vez, al menos hasta el día siguiente. Terminando de tragar se acercó a un tacho de basura y tiró el celofán de la garrapiñada, se chupó los dedos para sacarse lo pegoteado y miró, sobre el poste de luz donde che. Se quedó dura. En ese momento, de un lado se acercó Guillermo tomando del pico un agua saborizada y del otro se acercó Fernando sacudiendo las manos húmedas al aire. Los tres

de un mundo perdido, en exclusiva la presentación del 2º volumen de Fabricio Copperni-

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co. Viernes 1 de Septiembre 21:30H Teatro El Estupefactos miraron el cartel como quien se resigna a una verdad evidente e imposible de esquivar. Lo más gracioso es que detrás de ellos, y casi como una postal o una gran toma panorámica de una película, había una obra en construcción y, sobre las paredes de madera que se suele utilizar para cubrir las obras, tres grandes carteles a todo color con la misma publicidad: Fabricio Coppernico tendría su segundo libro, nomás. Y al parecer, la cosa dejaba ese aire sectario y misterioso. La presentación parecía ser para todo público y nada menos que en un reconocido teatro de la ciudad.

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X U

A partir de acá, como es notorio, la investigación toma un giro. Un giro en “U”, por lo radical pero también por lo fuera de la norma, de la ley y de lo establecido. Por lo pronto, dejan de investigar por separado. Dejan también ese costado más enfermo, más obsesivo, por lo menos al comienzo. Ya que ahora su pesquisa se la un poco más convencional; entrevistas, charlas, búsqueda de gente aparentemente existente. Sin duda lo que ayuda a esto es el dato certero, concreto, de que el tal Coppernico va a presentar un libro, pero también lo es la compañía. Cuando uno hace ciertas cosas solo es más fácil que se vaya por costados poco importantes de la investigación o que, por la inseguridad propia de todo neurótico sensible, se pinche y abandone el proyecto para siem105


pre. Mientras que el estar en grupo nos obliga a seguir delante de alguna u otra manera. La compañía, vaya uno a saber porqué, nos ordeUsando como base de centro de operaciones la casa de Mariel, los tres sentados alrededor de una pequeña mesa triangular, discutieron los próximos movimientos. —Tenemos que ir a la editorial, a Las editoriales, bah —dijo Fernando. —Pero no sabemos dónde quedan, nada. No. Para mí hay que ir directo al teatro donde se va a hacer la presentación y, no sé, averiguar algo. Hablar con algún responsable, algo —dijo Guillermo. —¿No sabemos dónde quedan?... y lo buscamos… —insistió Fernando. —Nooo, para mí es mejor ir al teatro… —seguía diciendo Guillermo. Mariel hizo silencio, Guillermo y Fernando continuaron hablando, proponiendo y refutando posibilidades. Mientras que ambos se ahogaban en un vaso de agua, Mariel se puso de pie y ojeó velozmente la guía de teléfono. Dijo entonces: “Listo, lo tengo”. 106


Una vez más, en esta oportunidad de las Páginas Amarillas, Mariel obtuvo la respuesta de una vieja y ya fuera de moda guía telefónica. La editorial en cuestión, “La Cuestión”, para la sorpresa de todos mayoría de las cosas, por lo general, son más simples. Estos tres jóvenes, pensaban lo contrario. Siempre buscando el camino más intrincado, el camino más retorcido. Lo retorcido radicaría entonces en que a veces la vida en general, no es retorcida en absoluto. Por el contrario, ciertas cosas están allí, a un paso, en línea recta hacia nosotros. Bajo nuestras narices. la Guía T de Guillermo (ya un experto en planos) encontraron un camino directo, rápido, atravesando una plaza y cortando camino por unos pasajes de nombres griegos, hallaron sin mayores problemas la editorial “La Cuestión”.

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XI EDITORIAL LA CUESTIÓN

Los atendió rápidamente Sabatino, miembro y responsable del sello editorial. Sin mayores vueltas los invitó a pasar amablemente. Los tres se dispersaron y miraron el ambiente, cinas de La cuestión. Sabatino cortésmente, pero ya queriendo saber de qué se trataba su visita, les preguntó en qué los podía ayudar. Mariel se encargó de hablar. Fue clara y concisa, nada de vueltas. Sabatino, de igual modo y con mucha tranquilidad, les contó lo que sabía. Lo poco que sabía. Básicamente ellos, más precisamente Lucibel, otra integrante del sello y novia de Sabatino, hacía el trabajo editorial: corrección ortográ109


otro integrante, pintor y dibujante, se encargaba del diseño de interiores y, en este caso, de la tapa y contratapa. En realidad, de hacer varias paradise, pueda elegir una. Mariel escuchó todo atentamente, pero con —¿Y vos? ¿qué hacés? Sabatino se sonrió mirando hacia el piso y, en ese momento, ingresó de un patio interno Lucibel. Vestía una bermuda de jean holgada y una remera de Babasónicos naranja. Saludó con la cabeza y con un suave “hola”. Apenas lo abrazó a Sabatino y fue claro que había llegado a oír la pregunta de Mariel porque dijo: —Y… hace varias cosas. Luego Sabatino explicó que ellos son solo un eslabón. Hacían este trabajo por encargo. Desconocían la fuente, las motivaciones, a Coppernico y a Cuck. Pero que ni siquiera les interesaba conocerlos. Solo recibían órdenes de to. Hacían este trabajo, según decía Sabatino, como quien redacta o corrige un texto para un discurso empresarial o una publicidad. 110


En ese momento, Fernando le preguntó con algo de desprecio, si eso no le parecía un poco frío y muy poco romántico. Sabatino lo miró y muy tranquilamente dijo: —¿Y vos, de qué trabajás? ¿O vos regalás tu trabajo?… si lo regalás, será porque no tenés hambre. Es así, el romanticismo se termina cuando tenés que comer. Pero aparte, todos se hacen los artistas y resulta que en realidad están respondiendo a una orden de arriba. —Yo estoy acá, estamos quiero decir, porque queremos. No nos mandó nadie —dijo Fernando dando un paso hacia Sabatino—. ¿O qué te pensás que todo es producto de la plata? Lucibel intentando calmar las aguas, comentó de buen modo: —Bueno, ¿en qué más los podemos ayudar, chicos?. Guillermo más tranquilo le preguntó por qué había dos editoriales en el medio. Sabatino dijo: radise. Pero como tuvieron un enorme crecimiento, triplicaron la cantidad de títulos con respecto al año pasado, no dieron abasto, en-

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nos menores y éste, digamos, no es Guillermo Martínez, ni uno de esos manuales didácticos de autoayuda. Y bueno, a nosotros nos da trabajo, experiencia y también cierta resonancia. Sin ir más lejos, todavía no salió el libro y ya tenemos a tres periodistas con muchas preguntas en nuestra editorial —comentó riendo Sabatino, con complicidad de Lucibel. Luego Sabatino, dio unos pasos ya queriendo cortar la entrevista, pero Mariel, que notó esto, le hizo una pregunta prometiendo ser la última. Le preguntó si no tenían algún material del nuevo libro de Coppernico. Sabatino cerrado y lacrado sobre el escritorio. Pero Sabatino habló rápido, dijo que el libro ya estaba cerrado, impreso y listo para la presentación y el lanzamiento. Mariel, que notó que ambos segundos antes habían mirado hacia un punmirando aquel punto, un sobre de papel madera hermético: —¿Y eso qué es? Sabatino desencajado, pero con un esfuerzo porque no se note iba a hablar, pero Lucibel, 112


más tranquila, habló antes que él. Y con un código muy fuerte, ese que solo se da con cierta gente, por Sabatino hizo silencio para que ella explicara. Dijo entonces que, sí, dentro de ese sobre había una carta que les mandó ellos corrijan y que, aparentemente, era el discurso de la presentación del libro de Coppernico/Cuck. Mariel miró con los ojos redondos, enormes, como queriendo comerse el sobre, la carta, a Sabatino, a Lucibel y a la editorial entera de un bocado. Pero Lucibel se precipitó y, antes que Mariel o cualquiera pueda siquiera abrir la boca, dijo que era imposible abrirlo, que la política de la empresa era esa. Cada capítulo de la novela fue trabajado y enviado de ese único y estricto modo. —¿De qué modo? —preguntó Mariel. —Ése. Una vez trabajado el material, lo metemos en un sobre, lo cerramos, lo lacramos y lo metemos adentro de la primera edición de “El sueño de los héroes” (tapa dura, una edición hermosa) en la Biblioteca de Devoto —repuso Lucibel.

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—Ah, bueeeno, ¿¿y eso a ustedes les parece los más normal del mundo?? —preguntó sacado, Fernando. —No, normal no es. En todo caso nos parece divertido, pero nada más —respondió Sabatino ya sin pelear, sino como estando más allá. Mariel preguntó si ellos no podían llevar el sobre a la biblioteca. Pero Sabatino dijo que de ninguna manera, que era imposible y que… —No es la política de la empresa —completó Mariel como cargándolo. Pero Sabatino dijo: —No, iba a decir que terminemos la entrevista acá porque tenemos mucho trabajo. Tenemos que terminar la corrección de una novela corta de aventuras para chicos de un tal Sebastián Rodríguez. Como verán la vida continúa —cerró Sabatino ironizando sobre la visión fatalista que parecían tener estos muchachos acerca del nuevo libro de Coppernico/ Cuck—. Ahh, y antes de que se vayan —dijo y enseguida hizo una pausa. Los tres que caminaban hacia la puerta encorvados, giraron la cabeza y abrieron los ojos tan grandes como un búho en una noche cerrada— en un mes presentamos un libro de cuentos cortos cómicos 114


de Lucila Yañez, les dejamos una invitación —completó Sabatino. Los tres tomaron la invitación—. Esperemos que puedan venir, es un libro bárbaro, muy gracioso —terminó de decir Sabatino. Mariel puso una corta cara de cortesía forzada dijo un seco “chau, gracias” y Fernando se mantuvo serio, en silencio.

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XII PERSECUCIÓN

Mariel, Fernando y Guillermo muy lejos de irse cada uno para su casa, ni mucho menos abandonar todo ese tema, se quedaron semi-escondidos en un umbral de un

Hablaron de distintos temas, no sin antes maldecir a Sabatino, a Lucibel y a toda su familia y allegados. Guillermo trajo a tema que quizá todo este asunto era nada menos que una campaña de marketing maquiavélica y perversa. —Piensen —dijo—, suena lógico, arman todo un misterio, reparten varios cientos de libros y esperan a que algunos peces pi117


quen—. Fernando, algo colérico, lo miró a los ojos y dijo: —¿Y esos pescados seríamos nosotros? Guillermo reguló, aparentemente, no había reparado en eso. Bajó la mirada y se mantuvo así por un segundo. Mariel, mirando atenta hacia la fachada de La Cuestión, minimizó el asunto. Dijo que era imposible. Ella misma había participado en una campaña de marketing falsa cuando trabajaba en la revista “Aquí-lea”, y de ningún modo se podía comparar con esto. Esto era real, no había dudas. Raro, sí, pero real. Y cuando terminaba de decir la frase “raro, sí, pero real”, Sabatino se hizo presente en la puerta de su editorial. Mariel se sobresaltó y apenas se escondió usando la pared de trinchera. Sabatino miró hacia la calle en dirección recta y con movimientos ágiles comenzó a caminar para el lado contrario a donde ellos espiaban. Mariel salió disparada del umbral, mientras que Fernando y Guillermo se rezagaban por ayudar a cio con un chango cargado hasta su tope. Por sus adentros una especie de contradicción hacía combustión: por un lado una cortesía casi innata de buen caballero le decía que estaban haciendo lo correcto pero, por el otro, una an118


siedad tremendamente egoísta y desconsiderada los impulsaba a dejar a la anciana tirada y salir a las corridas. Mariel caminó a toda velocidad, iba de la mano de enfrente a Sabatino, apenas unos metros más atrás. Pudo notar que bajo el brazo llevada el tan preciado sobre lacrado. Finalmente, Fernando y Guillermo habiendo ayudado a la anciana se acercaban rezagados a grupo. Sabatino al llegar a la esquina paró con la mano un taxi camioneta y se subió, era amplia y con aire acondicionado. Mariel corrió e hizo el mismo ademán parando otro taxi. Se subieron los tres en el asiento de atrás. El conductor era un muchacho ya cuarentón que dejaba ver resabios de una vida agitada y rockera. Era corpulento, llevaba puesta una musculosa y a todo volumen sonaban Los Redondos. El auto era diminuto pero los tres sin chistar se mantuvieron así, apretujados, pese a que el taxista apoyando el brazo musculoso, tatuado y traspirado en el asiento del acompañante los miraba insistiendo para que alguno se pasara hacia adelante.

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Finalmente fueron así, y Mariel se dio uno de los gustos de su vida: “Siga a ese taxi”, dijo con un tono casi de película. El viaje fue veloz, movedizo y ventoso, las cuatro ventanillas estaban bajas hasta su tope. Incluso por momentos tuvieron que esperar al taxi de Sabatino porque lo habían rebasado. Finalmente el otro taxi se detuvo y Sabatino descendió rápidamente. El ex rockero devenido en taxista clavó los frenos por el grito agudo de Mariel e, inevitablemente, los tres —hasta la misma Mariel, como si ese grito hubiera salido según la voluntad de alguien más— se sacudieron hacia adelante. Fernando, que le había tocado en suerte estar justo detrás del conductor, aplastó su cara sobre la espalda y nuca transpirada del taxista. Mariel le ordenó a Guillermo que pagara y salió del auto. Guillermo, o bien por su bondad, o por la urgencia de la persecución, o quizá por continuar con ese aire de película, le dijo que se quedara con el cambio y descendió. El taxista dijo: —¿En qué andan?, no me metan en quilombos que yo hace dos meses que estoy limpio—. Fernando con disimulo y asco se secó la traspiración del taxista de su cara, hizo un gesto de incomodidad y bajando dijo: 120


—No, es una apuesta que hicimos. No pasa nada. Mariel siguió con la mirada a Sabatino, que ingresó a la Biblioteca de Devoto. Algunos rayos del sol que se colaban entre los frondosos árboles pegaban sobre la gran fachada cargada, Mariel y los otros dos, que se acercaron a ella tan pendientes de Sabatino, no repararon en esa bella imagen. Por el contrario, montaron guardia. Otra vez, escabullidos, espiando, expectantes. Se mantuvieron otra vez en diagonal a la puerta de la biblioteca —parece que ese ángulo les daba cierto resguardo o al menos eso creían— justo tras un pequeño, muy pequeño árbol. Fernando se sentó en un cantero, junto a un arbusto apenas a medio metro del árbol. Guillermo se sentó en el piso apoyando la espalda en la pared que estaba caliente por el intenso sol de todo el día. Y Mariel, tras arrojarles una mirada no del todo feliz, se mantuvo de pie cubriéndose con unas hojitas del árbol que le daban justo a la altura de la cara. La imagen era absurda. Ella se creía Rambo, pero la verdad es que ese escuálido y joven árbol apenas tapaba partes de su cara. Tiempo después, Mariel, al 121


recordar esto, no pudo evitar reírse de sí misma y sentirse un “aparato”. Pero en ese momento, lejos de la sentía una espía profesional. Y sin titubear se Sabatino salió enseguida, sin el sobre en las manos, hacer lo que haya hecho le llevó apenas unos minutos. Se detuvo un segundo en la puerta, miró para ambos lados y emprendió viaje a paso animado. Mariel, sobresaltada, intentó seguirlo, pero Guillermo la tomó del consideró que lo importante estaba en quedarse, en esperar al próximo engranaje de esta máquina. Al decir “esta máquina” puso cara de tinúo diciendo que Sabatino ya no tenía nada que les interesara, lo que ellos querían estaba ahí adentro, entre los estantes de la biblioteca, adentro de “El sueño de los héroes”. Y que lo mejor era esperar a que el próximo personaje de esta trama tome la posta, Mariel miró a Fernando que estaba atrás de Guillermo y que parecía estar de acuerdo en cada palabra. Luego llevó los ojos a Guillermo, soltó el aire que tenía acumulado en los pulmones y caminó ha122


cia un costado. Se sent贸 en el piso, apoyando la espalda sobre la pared, aceptando en silencio. Guillermo se qued贸 de pie, era su turno. Deb铆a hacer guardia.

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XIII LA ESPERA

La noche cayó, y también Mariel; haciendo guardia Guillermo, ella se tiró a descansar en el umbral de un edificio, se mantuvo recostada, mirando hacia arriba, diciendo incoherencias. Producto de ese estado de impunidad que nos da el estar pasados de cansancio, hambre, sed y sueño. Fernando, mandado por Guillermo (a veces cuando uno toma las riendas, de golpe es como que algo interno se activa y comienza a funcionar más orgánicamente) llegó y solucionó uno de los problemas. Trajo consigo una bandeja con tres súper-panchos cargados de aderezos y con lluvia de papas fritas. Los tres comieron con ganas, en silencio. Pero no fue más, estaban realmente hambrientos. Luego la 125


digestión, ese momento de calma, de silencio. Comer con mucho hambre y llenarse casi hasta su tope, pareciera ser como un orgasmo, luego es casi imposible pensar o hacer cualquier cosa relacionada con la acción. Pese a todo, ellos intentaron seguir con su tarea, seguir espiando. Después de todo, el acto de espiar no demandaba necesariamente una gran acción, más bien era todo lo contrario; como ver una película, la cosa resultaba más bien pasiva.

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XIV EL MISTERIOSO HOMBRE DE BOMBÍN

De golpe se encontraron solos, en un barrio desconocido, desolado. Pese a la noche fresca, agradable, en aquel barrio a las once de la noche no perro; ni un cincuentón fumando un cigarrillo una vida sedentaria frente al escritorio, corriera por las noches para compensar; ni siquiera la típica banda de chicos tomando cerveza o, simplemente, sentados en un umbral hablando. No, estaban solos y sin duda eso los inquietaba un poco más, pero ninguno decía nada. Y para colmo, el supuesto eslabón de la trama no se daba a conocer. Estaban agotados, sucios y frustrados. En ese momento los tres sintieron lo mismo, sintieron deseos de volverse, de abandonar todo. Pero ninguno tuvo el coraje o 127


la voluntad de decirlo. Por suerte, por azar o quién sabe por qué, algo los iba a alejar de ese sentimiento de hombre, anciano y encorvado, salió de la biblioteca. Cerró con llave, caminó hasta la reja y la luz de unos grandes y contrapicados repegó un salto y se acercó amablemente, quizá sobreactuando la amabilidad para que el anciano no los tomara por asaltantes. Le preguntó qué pasaba, el anciano dijo: “lo que pasa todos los días a esta hora: estamos cerrando”. Mariel, desencajada, dijo que no podían cerrar, que todavía no era hora. El anciano rió, dando vueltas a la llave de la reja dijo que sí, ya era la hora, pero que no se preocupara, que mañana 8 en punto, él, personalmente, iba a volver a abrir; y así la gran rutina de su vida. Mariel insistió, el anciano no escuchaba “peros”, caminaba tranquilamente. —Nunca vi una lectora tan impaciente, mañana a la mañana va a poder leer todos los libros que quiera, señorita —dijo el anciano, irónicamente, mientras se alejaba por la noche oscura. Mariel se detuvo y miró al an128


ciano irse, Fernando y Guillermo se acercaron y como que, de algún modo, la acompañaron en silencio; momento que se rompió enseguida, cuando Mariel le echó en cara a Guillermo que fue por su culpa, estaban ahí varados malgastando su tiempo. Si se hubieran ido tras Sabatino seguro habrían descubierto algo de todo este embrollo. Fernando intentó mediar, pero fue en vano, Mariel estaba sacada. Los tres discutieron elevando la voz, trayendo temas de lo más diversos, temas anteriores a esta investigación, temas relacionados con la redacción, con formas de ser en general, de relacionarse. Cosa que caldeaba aún más el asunto. En un momento alto de la discusión, Mariel, que estaba de frente a la biblioteca, vio o creyó ver a alguien o algo por encima del hombro de Guillermo. Pegó un grito desabrido y señaló con el dedo. Ambos se dieron vuelta y los tres pudieron ver a un hombre con sobretodo negro y un sombrero bombín saliendo de la biblioteca por una pequeña puerta lateral. Parecía cargar un sobre en las manos sucias de grasa o pintura. ¿¿Sería el sobre lacrado de La Cuestión?? ¿Qué otra cosa podría ser?, el hombre emprendió un ligero andar y ellos tres, después de quedarse congelados por un instante, salieron al tiro. 129


La persecución fue tomando velocidad, a la vez que ellos empezaban a acelerar el paso el misterioso hombre de bombín hacía lo mismo, cada vez un poco más, hasta convertirse en una corrida declarada. El hombre de bombín era particularmente ágil y veloz. Saltaba obstáculos, daba pasos grandes, pisaba sin mirar ni una sola vez hacia atrás. Ellos, más torpemente, intentaban no caerse en las oscuras calles. Pero tenían la ventaja de la cantidad, eran tres. Sin embargo, al doblar una esquina llegaron a una avenida un poco más transitada e iluminada, perdiendo al hombre de vista. Dieron vueltas sobre su eje, miraron agitados para todos lados, Guillermo intentó recuperar el aire inclinado, apoyando sus manos sobre las rodillas. Fernando intentaba respirar más aire del que su cavidad respiratoria le permitía y Mariel era la más alerta y más resistente, ya que jugaba el hockey con amigas, todos los jueves, así como un grupo de amigos juega religiosamente al fútbol 5. Era insólito, muy poco usual, algunos la cargaban, otros simplemente se sorprendían. Aparte de pasarla bien en cada partido, ahora la actividad física le estaba dan-

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do perseguir a alguien. ¿Cómo podía ser? ¿No se les podía haber escapado? Eso pasaba solo en las películas, y encima a toda luz. Lo corrieron por calles tan oscuras hasta la penumbra casi absoluta, y justo cuando llegaron a una avenida transitada e iluminada, si no llegaban a cazarlo, pensaban, cuanto mucho podían descubrir su identidad. Pero no, simplemente había desaparecido, se había desmaterializado. —Ya está, lo perdimos —dijo Fernando, entre dientes, respirando como un condenado. No terminó de decir eso que Mariel salió corriendo. Fernando y Guillermo la miraron con odio, no daban más. Mariel corrió sola a toda velocidad tras lo que parecía ser el hombre misterioso. Esta vez lo alcanzó. Lo tomó del sobretodo y lo dio vuelta. El hombre tenía una cara estándar, esas caras del montón, que no se puede describir por su cotidianidad ni por tener ningún rasgo marcado, quizá un poco la punta de la nariz fuera gruesa, muy ligeramente redondeada, pero nada más. Por la acción propia de la persecución y la inercia que traían cayeron al piso.

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—No me robe, por favor, no tengo nada —dijo el hombre. Mariel, totalmente sacada y subida sobre él, le metió la mano dentro del sobretodo buscando el sobre. Claramente no era una noche para semejante prenda. Ese hombre escondía algo, pensaba Mariel. En ese momento se acercaron Fernando y Guillermo. El hombre los miró con verdadero miedo. Mariel al hurgar en sus interiores y no hallar ningún sobre dijo, sacada: “¿El sobre, dónde está el sobre?”. El hombre aterrado y sin entender una palabra dijo que no sabía de lo que hablaba, que se habían confundido. Mariel, sin escuchar razones, siguió manoseando al hombre. Guillermo miró a los ojos del hombre y entendió todo: No era su hombre. Se acercó a Mariel y le dijo que lo dejara. Que ya estaba. Mariel, justo antes de que Guillermo le tocara el hombro, ya sabía la verdad, le había mirado las manos y no estaban sucias como las del otro. Mariel, ya sabiendo la verdad, de todos modos no podía dejar de hacer lo que estaba haciendo. Era una mezcla de ceguera, necedad y orgullo. Luego, bajando la cabeza y sin poder mirar al hombre a los ojos, se reincorporó. Guillermo le dijo al hombre que los disculpara, que se habían confundido de persona. El 132


hombre se puso de pie, se abrochó el sobretodo y acomodándose el sombrero dijo: “Ustedes están enfermos”, y se alejó. ¿Cómo podía ser? Era una tremenda coincidencia, dos hombres vestidos con sobretodo negro y sombrero bombín. Para colmo en una noche que no ameritaba esa vestimenta. Guillermo intentaba consolar de alguna u otra manera a Mariel. Fernando miró para la calle, embroncado, impotente, y vio como un colectivo 106 se detenía a levantar a un pasajero: ¡el hombre misterioso de bombín!, el verdadero. Subió al colectivo dándole la espalda a ellos, “ahí está”, dijo Fernando entre incrédulo y pasmado. Mariel y Guillermo levantaron la vista y lo vieron. El hombre misterioso sacó boleto y el colectivo arrancó. Se quedaron perplejos mirando como el colectivo se perdía en la avenida. Mariel comenzó a reír, los otros dos le devolvieron el gesto, claramente reían de ironía, de no poder creer lo absurdo y estúpido del asunto. Habían perdido la batalla. Pero demostraron estar dispuestos a hacer cosas terribles con tal 133


de llegar al fondo de la cuestión. Y no hay cosa más oscura que el camino que nos lleva a la verdad, a la luz. Y todavía tenían un as bajo la manga: La presentación.

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XV APENAS UN DESCANSO

Los siguientes tres días se lo pasaron sin pensar en nada. Y cuando decimos en nada es en nada. Se lo pasaron haciendo cosas mundanas, cosas pendientes de sus vidas cotidianas: limpiando la cocina, arreglando el cuerito de una canilla, baldeando el patio, acomodando el placard, el mueblecito del baño, etc. En esos tres días, no hablaron entre ellos. Como si, de alguna manera, el no hablar del tema los alejara de todo lo que habían vivido. Incluso hasta lo hacía parecer un sueño, tan sólo un mal sueño. Pero por otro lado, se encargaron de prolongar sus “enfermedades” para ausentarse al trabajo. Lo hicieron no para investigar como en los días pasados, sino para no cruzarse entre ellos. Porque cada uno en su lugar creía que los otros dos habían retornado a sus vidas, y los 135


otros dos creían lo mismo del primero. Es así como los tres siguieron en el mismo camino. Sin saberlo aún estaban en la misma coordenada, aún les quedaba compartir un tramo del camino. Aún esta trama tenía algo para ellos. El cuarto día llegó: La Presentación del libro. Sin hablarse, y como respondiendo a un llamado telepático, Guillermo y Fernando se aparecieron, queriendo simular una casualidad, en la casa de Mariel; ya que ella se había quedado con la dirección de la presentación. Mariel se estaba arreglando para salir. Ellos vestidos de una manera no usual, se podía notar cierto arreglo, cierta preocupación en la elección de los colores, el peinado y hasta en el perfume. Se saludaron e hicieron la vista gorda con respecto al arreglo del otro, intentaron, sobreactuando, sorprenderse con el encuentro. Los tres sabían que ninguno de ellos se iba a perder la presentación. Podrían haber discutido, podrían haber dejado en jaque al otro, pero sabían que estaban en lo mismo, lo sabían, pese a una especie de recelo o incomodidad por verse tan claramente como en un espejo, que los tres estaban tras la misma búsqueda. En la misma horrenda y obsesiva búsqueda. Aceptaron en silencio esa condición y partieron rumbo a la presentación. 136


XVI LA PRESENTACIÓN

Llegaron traño, la dirección que ellos tenían no era la del tradicional teatro. Sin embargo, un cartel indicaba: Anex alto y antiguo. Ingresaron, sin mayores problemas, luego de que Fernando intentara mentirle al señor de la recepción diciendo ser invitados de tal o cual persona; Mariel notó que extrañamente estaban en la lista de invitados. A su insistente pregunta: “¿cómo puede ser que estemos en al lista de invitados?”. El hombre de la puerta dijo: “Todo el mundo está invitado señorita, lo raro, para alguien del medio, sería no estar en esta lista. Qué gracioso —dijo después— es la primera vez, en mis 25 años de portero de eventos, que alguien se me queja por estar en la lista”. Guillermo intentó sacar algo de infor137


mación, pero sólo consiguió un empujón hacia adentro de un gorila de seguridad. Los sin dudas ya estaban de nuevo sumergidos en el caso Coppernico. Atravesaron el hall, elegante y barroco, y llegaron hasta el sector de los ascensores: había tres en funcionamiento y uno fuera de servicio. Los tres ascensores estaban en algún otro viaje. Cuando llegó el primero ingresaron con cierta impaciencia. El ascensorista, hombr alguna pulsó el piso 13. El último. El ascensorista sin pronunciar palabra abrió la puerta al llegar a destino. Los tres bajaron del ascensor lentamente, cada uno con una renovada incertidumbre acorde a la talla del caso. Al ver el salón vacío, Mariel intentó preguntarle algo al ascensorista, pero este ya estaba cerrando la puerta de reja, media enclenque, del viejo y desvencijado ascensor, extendiendo el sonido en el ambiente por causa del eco. Atravesaron a un paso lento el salón vacío, enorme. Llegando al otro extremo del salón, Guillermo tocó la pared. dio varios golpecitos. Fernando estaba un poco 138


rezagado mirando el lugar, pero Mariel caminó bordeando la pared y llegó a algo que parecía ser una puerta oscura. Miró a los otros dos que la miraron a ella y respirando hondo, ya sin miedo, atravesó la puerta y con ella unas cortinas blancas y suaves que se volaban por apenas una brisa, una brisa que parecía otro lado, habiendo atravesando las cortinas como si fueran velos, caminó sobre unas tablas de madera cegada por una intensa luz que le daba de lleno. Caminó a ciegas, con los brazos extendidos tanteando el aire. Enseguida se dio cuenta que estaba sobre un escenario y pudo ver que debajo de este había gente, una multitud, el resto de los invitados. Los otros dos llegaron rezagados y quedaron parados atrás de Mariel, como dos niños que se cubren del abusador del colegio tras la cia de su madre. Los tres permanecieron por un instante ahí, parados, tiesos, congelados frente a la multitud. Por un segundo pensaron que ese era el y esto, una broma, una gigantesca y perfectamente articulada broma. Una tomada de pelo, una puesta en escena, un simulacro, una fantochada del calibre de una gran novela fantástica 139


y absurda. Pero no, enseguida un asistente, vestido en tonos oscuros, un auricular en el oído a modo de “cucaracha” y una planilla en las manos, se les acercó y con un ritmo estudiado, ensayado, los bajó del escenario. Luego los tres vieron como la escena se repetía con otros tantos fulanos: la entrada al evento era atravesando el escenario nomás. Dejando a cada uno, por algunos segundos, en jaque, expuestos, incómodos, haciéndolos sentir ¿artistas?, ¿los ¿los responsables del libro a presentarse?, ¿importantes?, ¿populares?, ¿famosos? Quién sabe qué cosa. Mariel, Guillermo y Fernando estaban de pie, ubicados bastante bien, en el centro adelante. Pero imposible fue evitar la presión ejercida por el resto de los concurrentes. No cabía una sola persona más. El aire era denso y pesado, se podía sentir. Quizá por el calor, mezclado con las copas de vino que habían tomado, sintieron que casi se podía ver el aire, su espesor, la densidad. Mariel levantó una mano y tanteó, intentó tantear el aire. Tocarlo, agarrarlo. Los otros dos la miraron pensando en que nalmente había enloquecido o estaba en algún tipo de transe místico (teniendo en cuenta el 140


pasado de Mariel, aunque acá no nos explayaremos). Finalmente se apagaron las luces del salón. Hubo algunos grititos, algún que otro aplauso corto, dos silbidos y una tos lejana. Una gran luz blanca se encendió sobre el escenario. Un hombre caminó hacia el centro del escenario. Se detuvo frente a un micrófono, la luz lo bañaba. Lo probó dándole unos golpecitos soluto. El decorado del escenario era escueto, simplemente el micrófono, un gran telón bordó de fondo y el hombre de pie que antes de empezar a hablar parecía un objeto más. Vestía un smoking negro, impecable y antiguo. Finalmente habló. —Buenas noches, caballeros y damas. Ante todo me disculpo porque lo mío no es la oratoria. Voy a tratar de hacer digna esta breve presentación. Primero, me presento: mi nommenos, que para presentar el segundo libro de un gran autor. Como bien sabrán, de Copper141


nico no hay demasiado ni tampoco mucho misterio. Simplemente pasó a mejor vida. Y en lo que fue su existencia, escribió; escribió mucho, pero no publicó tanto, o al menos, en medios masivos. Porque sus obras aparecían en algunas revistas, en algunos folletines. Algunas de sus novelas se conseguían fotocopiadas o él mismo se encargaba de hacer pequeñas ediciones de bolsillo, anilladas o atadas con hilo sisal. Cuando no escribía hacía aquello otro por lo que se ganaba la vida. Tenía un pequeño estudio jurídico. Ahora con su muerte, y de la mano de su amigo y discípulo: Falucho Cuck, la obra Dios manda. De Falucho Cuck tampoco hay mucho ni tanto misterio. Simplemente no es un gustoso de la exposición ni de hablar en público. Él junto con la hija de Coppernico, única apoderada de la obra, son los encargados de que Coppernico llegue al mundo. Cuck me visitó en la editorial una mañana de octubre con varios manuscritos bajo el brazo y, a diferencia de todos los jóvenes escritores que se acercan, este era para publicar la obra de otro sin pretender un solo peso, ya que todo va para la hija. corrector y en algunos casos traductor de todo 142


lo relacionado con esta colección: “Fabricio Coppernico no ha muerto”. Por otro lado, dado la cantidad de libros que editamos en este año, este segundo volumen lo hicimos en sociedad con una pequeña editorial en crecimiento: “La Cuestión” una editorial de gente joven, talentosa, con sangre corriendo a mucha velocidad por las venas. costado del escenario. Mariel notó que estaba buscando con la mirada a alguien. No tardó en descubrir a Sabatino y a su novia Lucibel que seguían el discurso atentamente. Muy atentamente. Mariel pudo notar algo extraño, algo no estaEste se negaba declarando vergüenza. Como su novia lo incitaba no le quedó más remedio lo atajó para que no diera el papelón del año ni se rompiera todos los dientes. Se repuso y, colorado como un tomate, quedó en silencio sin mento incómodo haciendo un comentario aislado. Luego sí, ya sin excusas, tuvo que hablar.

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modo de pie— yo por mi parte les quiero decir, acá públicamente, que estamos muy contentos de que hayan trabajado con nosotros en este proyecto, y esperemos que este sea el comienzo de una larga lista de libros y porqué no, también de una gran amistad. Sabatino miró al público, y tomando coraje habló: —… eh bueno, yo tampoco soy bueno con las palabras, al menos habladas. Y la verdad que frente a tanta gente la cosa se complica un poco más. ¿Qué puedo agregar a lo que dijo Luis?... Bueno, la verdad es que nosotros también estamos muy contentos de haber sido parte de este proyecto. Para nosotros, que estamos empezando, un trabajo así nos da más que nada experiencia. Y quería agradecer, en nombre de toda La Cuestión, la oportunidad de trabajar con una editorial consolidada como ustedes, y tan leída por nosotros desde muy chicos. Y a ciega, y pese a algunas cuestiones no convencionales y minuciosas, se pudo trabajar con mucha libertad. La verdad que no parecés un jefe, nunca un grito, una llamada de atención. 144


Sos como una persona que sabemos que está más arriba, pero en el trato día a día sos uno más. A veces en chiste, nos preguntábamos con los chicos… como pasa en El mago de Oz, si ¿ de la cortina moviendo los hilos de todo esto? Ambos soltaron una fuerte carcajada y se dieron un corto, pero sentido abrazo. El público rió. Todos menos Mariel, Guillermo y Fernando a pesar de que en un comienzo estos dos últimos se habían dejado seducir por la exposición de Sabatino, soltando un esbozo de sonrisa; sonrisa que Mariel borró con una mirada asesina. Porque de golpe toda la seguridad que Sabatino había demostrado en la entrevista que ellos le habían realizado días atrás, había desaparecido por completo. Sabatino si no tartamudeaba pegaba en el palo. Mariel le clavó los ojos en su performance, miró sus movimientos, las manos, como estaba parado, la posición de sus pies, la boca, la ropa que tenía puesta, los ojos. Parecía una persona diferente a la que entrevistaron. Claro, pensó Mariel, cualquiera cambiaría frente a un auditorio de mil y pico de personas, no es lo mismo que estar en el cómo145


do regazo de su estudio. Pero de igual modo, algo le seguía llamando poderosamente la atención. vechando el comentario de Sabatino (como si estuviese todo ensayado) prosiguió: —Hablando de cortinas, la verdad no sé quién estará detrás de la cortina de El mago de Oz, pero sí sé lo que está atrás de esta cortina. Sabatino bajó rápidamente del escenario y ya fuera del foco de atención. Del foco de atención del grueso del público, porque Mariel lo seguía en cada movimiento. Notó que este dio una orden con un dedo apenas levantado, y de atrás de un panel de madera apareció un hombre. Desconcertados, Mariel, Guillermo y Fernando miraron al hombre en cuestión. Era de gran porte, la talla de los hombros era grande, alto La típica vestimenta que utiliza un pintor para trabajar. Se acercó a una gruesa cuerda dorada y comenzó a tirar, levantando la pesada y enorme cortina bordó del fondo del escenario. Desconcertando a Fernando y Guillermo, Mariel sacó unos pequeños binoculares de la cartera. Miró

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hombre que con las manos hacía presión sobre la áspera cuerda, las manos estaban manchadas con pintura. Ahora el cuadro cerraba, con esa ropa, esas manos coincidían. Eran, no de grasa, entonces, sino de pintura. Esas manos eran las mismas que le había visto al misterioso hombre de bombín, ¡las mismas grandes y manchadas manos! Mientras se elevaba el telón, las luces bajaron para no develar lo que allí se ocultaba de una manera fragmentada. que para dicho evento se había realizado una reproducción de la tapa del nuevo libro en tamaño gigante. Pero enseguida dudó, no sabía que había sido primero: si la pintura o la tapa del libr pretación de cada uno. Presentó al artista, era un integrante de La Cuestión, pero que ni por las tapas iba a subir al escenario. A duras penas –comentó artista” o “el pintor” o a veces ni siquiera eso. Decía que una vez pintado un cuadro ya no le pertenecía, ya no era de él, sino que era como que le devolvía un pedazo al universo. tura. Las luces se mantuvieron bajas, muy tenues. El pintor se acercó a Sabatino y a Lucibel, 147


los tres de costado miraron hacia el escenario. to, dijo: —No sé porqué me vino esta frase ahora: “El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad”—. Mariel miró a Sabatino petía con voz muda moviendo los labios, como estudiada, ensayada. Como si fuera un discurso escrito por él. Luego vio que Sabatino dice acompañado de una subida de cejas, que “Luces, por favor”. Mariel, al ser la única al notar esto, miró hacia donde interpretó que Sabatino indicaba y tipo de cancha. Guillermo y Fernando siguieron sin entender del todo la dirección de mirada de Mariel. Esta, al ir hilando en su cabeza la sucesión de hechos que acababa de ver, atinó a cubrirse los ojos evitando el gran destello. Por el contrario, Guillermo y Fernando, al haber mirado sin una sucesión lógica, al simplemente repetir la acción de Mariel, no llegaron a tiempo. No llegaron a tiempo, pero al menos sabían 148


lo que esperaban. El resto del público no tenía ni la menor idea. Porque sin duda el impacto es más efectivo cuando uno no lo espera. Las luces blancas del auditorio se encendieron tan abruptamente que todos quedaron ciegos por un segundo. Todos menos Mariel, que luego, encendidas las luces, se descubrió los ojos y, teniéndolos lúcidos, logró ver como presentes, le hacía un gesto de “¿y qué tal?” a Sabatino. Para cuando el destello cesó, el resto de los mente pudieron ver la gran pintura que ocupaba toda la pared del fondo del escenario. Y que Mariel, segundos antes, ya miraba pasmada. La pintura, como no podía ser de otra manera, era una reversión, una interpretación o versión libre de la pintura de Magritte: El hijo del hombre. Sí, la del tipo con sombrero bombín y una manzana cubriéndole la cara. Pero se presentaba con variantes, pequeñas diferencias, ba formada por una especie de collage. Muchas imágenes pequeñísimas de algo que no se lle-

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gaba a divisar; todas juntas, por las tonalidades de las mismas, formaban la pintura. Después, los pequeños detalles. El sombrero era apenas más grande, se iba de las dimensiones de “bombín”, pero ni si quiera llegaba a ser Galera. Era simplemente un sombrero de bombín apenas más grande, apenas más alto. Después la corbata, que en el original no está del todo tensa, del todo ajustada, acá sí lo estaba. Y por último, la manzana sobre el rostro, no era una manzana. ¡No! Sobre la cara había nada más y nada menos que un cubo mágico. Un cubo mágico en una posición que es difícil de explicar, pero vamos a hacer el intento: La pieza estaba levemente inclinada dejando ver tres de sus caras. La imagen típica que dibujamos cuando intentamos convertir un cuadrado en un cubo. El juguete estaba desarmado, por lo tanto cada cara mostraba una gran variedad de colores. Pero un ojo, el derecho, estaba descubierto y a modo de saludo o más bien de burla o cargada, el personaje pintado parecía estar guiñándolo. Todo de alguna manera se unía, se conectaba. La pintura tenía algo de esos juegos para niños donde hay dos imágenes casi iguales y uno tiene que buscar las pequeñas y sutiles diferencias. Mariel y los otros dos sintieron que 150


aquello era una cargada, que les estaban tomando el pelo. Si hubieran podido ver aquella pintura de cerca hubieran notado que la cosa era un poco más compleja. Todo se sucedió muy rápido pero con una gran intensidad que pareció una eternidad, como si todo hubiera transcurrido en cámara lenta. Como en la resolución de las películas de Brian De Palma. Cargadas de acción, de suspenso, de tensión, tal como si una bandita elástica se estirara hasta un máximo imposible, inverosímil. Por esa rapidez intensa, entonces, Mariel tardó en recortar todo aquello que estaba mirando: ¿cómo podía ser? respondía a Sabatino? ¿Por qué Sabatino sabía el discurso de debían corregir, en realidad lo habían escrito? ¿El pintor de La Cuestión era el misterioso hombre de bombín? ¿Por qué habría ido tras el sobre de SU propia editorial? ¿Otra vez esa pintura en la tapa del libro? ¿Era una tomada de pelo absoluta y sin escrúpulo alguno? ¿Por qué seguían sin aparecer Coppernico o Falucho Cuck? ¿Serían ciertas las historias que contó Pe151


vergüenza del segundo? Ese brebaje fue haciendo combustión en la anunció de qué se trataba el nuevo libro, dijo que contenía tres novelas cortas y que todas, de alguna manera, estaban vinculadas entre sí, a modo de una trilogía simbólica. Bajo el título de: “Coppernico y la astucia mística”. Y el título de las tres novelas era: “Muerte en el bajo Flores”, “El misterio de la señorita ClaiEl salón se ahogó en un aplauso ruidoso. Sabatino, Lucibel y el pintor compartieron la acción, sonreían con cierto orgullo. En un momento se miraron como cómplices, Sabatino besó a Lucibel y el pintor se acercó y los abrazó. Después se dieron vuelta y quedaron como de frente al público, siempre de costado, en un rincón entre el escenario y la pared. Miraron a la multitud muy tranquilos, miraron y sonrieron de gozo, de alivio. Estaban calmos, como si Ahí Mariel entendió todo. Fernando y Guillermo, todavía algo rezagados, se detuvieron en los ojos cristalinos de 152


Mariel, y luego dirigieron la mirada hacia aquel otro trĂ­o; abrazados, disfrutando como si se estuvieran dando un gran banquete, una panzada de ego y orgullo. Pese a no saber ciertos detalles, Mariel pudo entender, y luego los otros dos, como resultaban los hechos.

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XVII LAS CONJETURAS DE MARIEL

La cosa era así: Retomando un dato pasado, Mariel fue atando cabos. Ya era sabido para ella, y para los otros dos, que Fabricio Coppernico, según su interpretación, era Falucho Cuck. Pero entonces, siguiendo la lógica del discursito de había dos opciones. alguien más que repetía huecamente un libreto o bien estaba confabulado con Falucho Cuck o con quien sea el verdadero autor del libro. La cosa era tan evidente que no la podían ver. caer solita. Mientras el público aplaudía y festejaba, y algunos ya iban disparados a adquirir un ejemplar del libro, los tres se quedaron mirando hacia el escenario 155


descendido, se abrazaba y comentaba cosas con Sabatino, Lucibel y el pintor. Hablaban distendidos, luego lo rodearon amigos y colegas. Mariel pegó un corto grito sobresaltando a Guillermo y a Fernando: “¡Claa, es obvio!”. Frente a la mirada perdida de los otros dos, repuso: “Claro, los tuvimos todo el tiempo delante de nuestras narices”. Mariel se refería a que Falucho Cuck tampoco existía, sino que era un seudónimo más. Retomando su teoría de que los seudónimos no suelen ser nombres vulgares, ahora cerraba todo. Aún había un nivel; como el gran paquete de ese juego que practicábamos de niños, donde armábamos una ronda y al ritmo de una música nos pasábamos de mano en mano un enorme paquete de diario y cuando la música se cortaba, el chico que se había quedado con el paquete debía sacarle un envoltorio. Y así hasta llegar al fondo, al último envoltorio y al premio. Acá era lo mismo, parecía haber niveles, capas, para llegar al “premio”, es decir, a la verdad. Un paquete dentro de otro, a su vez dentro de otro, y de otro. Y no sólo eso, Mariel continúo observando los movimientos, mirando con un grado de detalle casi enfermo, la relación en156


tre Sabatino, Lucibel y el pintor, y extrajo la siguiente conclusión: Falucho Cuck no respondía a una sola persona, sino que era un seudónimo compartido. Sabatino Falsioni, Lucibel Corn y el Pintor (de apellido Soto) eran Falucho Cuck y Fabricio S. Coppernico. Los tres tomando las iniciales de sus apellidos habían inventado la identidad: de Fabricio S. (la intención de Fernando era buena) Coppernico y a su vez la identidad de su discípulo: Falucho Cuck en este caso sin la “S”. Quizá porque el proyecto era una invención de Lucibel y Sabatino. La cuestión parecía una cargada, una tomada de pelo burda, un chiste ya sin gracia. Fernando, sin poder creerlo, volteó la mirada hacia los otros tres. Guillermo hizo lo mismo, y como unos niños que descubren la verdad sobre Papá Noel (era imposible que un tipo dejara regalos a todos los chicos del mundo en el mismo microsegundo), se quedaron pasmados. Pasmados, pero como que de algún modo ya sabían la verdad, solo que les era imposible verla. Pensaron en la entrevista en la editorial La Cuestión, pensaron la actitud con la que se manejaban. Pensaron en el rarísimo método de encuentro con la otra editorial que nunca llegó.

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mas Crown” en contraposición con su persecución con los dos hombres de bombín aquella noche. Pensaron en todas las vueltas para entrar al salón esa misma noche. En el discurso de Peñafi el, en la contemplación y en, de algún modo, el control que Sabatino ejercía desde abajo y en silencio. Pensaron en la frase que, a modo de alerta para quien pudiera leerla, había dicho Sabatino: “¿Quién está detrás de la cortina de El Mago de Oz?”. Pensaron en que todo había sido tan teatral, tan cargado y críptico, que solo podía ser cierto si fuera mentira, si fuera frente a dos posibilidades: estos muchachos eran unos genios absolutos, capaces de mentirle a una ciudad entera; o bien estaban frente a unos psicóticos peligrosos. La cosa era para volverse locos, porque a medida que se aclaraban las incógnitas, las preguntas crecían en vez de acotarse: ¿Quiénes eran estos tipos? ¿Por qué habían hecho semejante engaño? ¿Qué ganaban con eso? ¿Cómo escribían una novela entre tres personas? etc., etc., etc. de todo. Porque frente a una aparente respuesta o resolución parcial se abrían nuevas preguntas,

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Mirando al monstruo de tres cabezas gozando en secreto, gozando de su farsa, de su arquitectura macabra perfectamente articulada. Se sintieron angustiados y desdichados, vacíos, sin vida propia. Sintieron como si de golpe alguien les hubiera arrancado la vida, sus identidades, sus recuerdos y todo aquello que representaban. Se fueron de allí tan rápido como pudieron, no sin antes comprar tres ejemplares de “Coppernico y la astucia mística”.

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XVIII VOLVER A VIVIR

Caminaron por la calle en silencio absoluto. Habían mirado el nuevo ejemplar, lo habían ojeado apenas pero ya se presentaban más calmos, como que de algún modo habían visto los hilos de la marioneta. Ahora la cosa ya no era lo mismo. Miraron la tapa del libro; como habían visto anteriormente, era una reproducción de la enorme obra sobre el escenario formada por nidad de muy pequeñas imágenes. Intentaron ver qué eran esas imágenes, pero les fue prácticamente imposible por la diminuta dimensión de las estampas. Solo creían ver fotos de personas, pero no lograban reconocer sus identidades ni nada a su alrededor. Caminaron varias cuadras más hasta que Guillermo, levantando la cabeza, dijo: 161


—Bueh, paren… después de todo somos los únicos que sabemos la verdad. Mariel y Fernando lo miraron, y asintiendo volvieron apenas por un instante en sí. Pensaron: “Puede ser, después de todo no somos tan pelotudos, somos los únicos tres de todos los presentes que sabemos cómo realmente es la cosa”. Un poco más aliviado caminaron por una calle oscura hasta llegar a un pequeño y viejo barparrilla sobre la calle Sarmiento. Se sentaron en una mesa en la vereda. La noche era cálida, ideal para caminar o para comer algo afuera. El mozo, un viejo extremadamente nado, con un tan o más arrugado que él, se acercó. —¿Sí, qué desean los señores? —Agua con gas —dijo Fernando. —Coca ligth —dijo Mariel. —¡Cerveza, bien fría! ¿puede ser? —dijo Guillermo. Pero coincidieron en la comida: choripan a secas. Brindaron ya con cierto alivio y tomaron con muchas ganas.

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Luego el mozo les sirvió tres choripanes enormes, de buen aspecto. En silencio y a gusto comieron. Sin decir nada, los tres por igual se sintieron bien, como que de algún modo, en esa “cena” o tentempié, estaba la vida que habían perdido. Sintieron como que volvían de un largo y profundo sueño. Sintieron algo que podrían haber denominado como felicidad. Pero al igual que el descubrimiento de aquella noche, sobre el fraude Coppernico, que no comentaron nunca con nadie y casi no volvieron ni a hablarlo entre ellos, quedando guardado como un secreto, como un pacto de caballeros (y de una dama), de igual modo cada uno se guardó aquel sentimiento de tranquilidad, de felicidad, de vuelta a vivir. Porque hay ciertas cosas que mejor queden para uno, guardadas, ahí, quién sabe dónde.

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EPÍLOGO ALGUNOS CABOS SUELTOS

Bueno, ahora pasaremos a aclarar algunos Antes un comentario aislado, no cabal para la trama pero, sí, peculiar: Aquella noche, en la presentación del segundo libro de Coppernico, pasó algo más. Pero a la veloz huida de Mariel, Fernando y Guillermo fue imposible destacar en ello. Justo cuando los tres se acercaron a comprar el libro y justo-justo al lado de donde estaban parados ellos, adelante en el centro, había otro grupo de tres personas mirando todo con los mismos ojos de detective. Las personas en cuestión eran: Martín, Gabriela y Florencia. Un grupo que, extrañamente, estaba en la misma búsqueda de los primeros tres. Curiosamente, 165


otro grupo paralelo al primero se encontraba envuelto en el mismo enigma: “Coppernico”. Que por la condición de la mirada del “buscador”, en parte ciega, nunca lograron verse. Pero lo cierto es que se cruzaron más de una vez. Ya que lo que suele suceder con el “buscador” sesionado con el elemento en cuestión, su arma se le vuelve su enemigo. Esa agudeza se estrecha para un tema, pero pierde de vista otras tantas. Su recorte de lo que ve se le torna cada vez más acotado para el resto de las cosas. Lo que gana por un lado, lo pierde por el otro. Por esa razón, y también por algo de azar, nunca se vieron, nunca se notaron. Y después de aquella noche, habiendo cesado la pesquisa, no habría lugar ni momento para el encuentro, y ni siquiera para el conocimiento de la existencia de que otro grupo paralelo estaba en la misma búsqueda. De un lado y del otro, tanto para el grupo, digámosle grupo A (Mariel, Guillermo y Fernando) como para el grupo B (Martín, Gabriela y Florencia). Y al igual que el grupo A, el grupo B llegó —más o menos, con menor o mayor detalle— a las mismas conclusiones.

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Lo que ninguno de los dos grupos nunca sabrá tampoco (en parte por la veloz huida aquella noche de la presentación y en parte, por luego haberse alejado de todo el asunto), excepto que algún día, de casualidad, visiten el museo de arte moderno donde hoy se exhibe la obra, es qué era lo que formaban esas pequeñas imágenes de la gran pintura, reproducida en la tapa de los más de 25.000 ejemplares que se vendieron de ese libro. El grupo de La Cuestión pareciera no tener límite alguno; ni de capacidad de inventiva, ni de respeto para los demás, ni de impedimentos técnicos, ni de nada que se le parezca. Por el contrario, pareciera que con esta obra magnánima punto máximo. El punto más alto, atravesando todos los límites de representación. Ya que las imágenes, esas pequeñísimas imágenes imposibles de distinguir en la tapa del libro, pero claramente visibles en la pintura, resultan ser nada menos que las fotos que, de alguna manera, revelan el entramado. A modo de burla, de tomada de pelo; ya que cada foto de ese gran collage contiene a las personas que estuvieron invitadas aquella noche a la presentación del libro. Es decir, cada invitado, los mil y pico de invitados estaban, sin saberlo, siendo 167


parte de la obra. La pintura y la otra, la gran obra que La Cuestión logró confeccionar. Es así que si Mariel, Fernando y Guillermo se hubieran acercado aquella noche a mirar de cerca la pintura hubieran podido verse a sí mismos, caminando por la calle quizá o siguiendo a alguien más abordo de un taxi, comiendo un pancho en Devoto o perdidos en Parque Chas. Por si quedaba alguna duda, este desenlace le pone el sello, no estamos frente a otra cosa más que: el cazador-cazado. Bueno, ahora sí, ¿quién corno era “El hombre del cubo mágico”? Lejos de cualquier resolución intrincada, la cosa resulta mucho más simple. Como sabemos, la vida real es siempre mucho más llana, aburrida y hasta vulgar. Federico Saturnino trabajó desde muy joven hasta la mitad de su vida, más o menos, en un banco. Fascinado por los techos altos, las paredes barrocas, los mármoles fríos pero coloridos de los pisos del banco, se decidió por estudiar Arquitectura. Lo hacía de noche. En cinco años y monedas se recibió de arquitecto. Se fue por la puerta grande, con una gran despedida de 168


sus compañeros y amigos. Luego entró a una gran pezó bien de abajo. Hasta llegar muy, muy alto. Cada dos, más y nuevos desafíos. Él lo resolvía cada vez mejor, demostraba una gran habilidad en la pluma, el lápiz. Pero por sobre todo en la imaginación. Decía: “La cosa no está en cómo dibujás y luego cómo construís, sino en la capacidad de imaginación”. Decía esto, pero de todos modos era un extraordinario dibujante, tenía una capacidad de proyección única. No tardó en abrirse un estudio propio. Pero no le interesaba que su estudio fuera famoso ni prestigioso, pensaba: “Lo que yo quiero que sea grande son otro no me interesa en absoluto”. Hizo catedrales, hospitales, iglesias, bancos en la provincia, grandes rascacielos en la capital. Pero no solo alzó construcciones de mármoles y cemento. Se casó dos veces, tuvo siete hijos y once nietos. Vivió en New York, en París, en Ciudad del Cabo, en Las islas Fiji, en Mar del Sur, en Piedra-buena y Varsovia. Luego, al retirarse, se construyó una gran casona en Parque Chas. La casa era excéntrica, la venían a ver

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lo esperaban para entrevistarlo, para charlar. Por eso, una tarde en un bar dibujó sobre una servilleta una casa donde la fachada no daba hacia afuera sino hacia adentro. Es decir, uno entraba y se encontraba en el jardín y a medida que iba avanzando llegaba a lo que sería la convencional entrada de la casa. Si uno se paraba en el fondo del terreno podía ver claramente la fachada de la casa. La construyó y se mandó a mudar. A partir de ahí, se dedicó a trabajar la madera; hacía muebles de diseños estridentes y complejos para la visual y para el estándar del confort. Pero así y todo, resultaban muy cómodos, incluso hasta mejoraban la posición en ciertas personas con tendencia a encorvarse. Así se pasó sus últimos años. Trabajando la madera, decía que era uno de los elementos más nobles. En sus grandes obras había trabajado con los elementos más duros y diversos, pero nada mejor que la madera para poder moldearla uno mismo con sus propias manos. Lo visitaban sus amigos, su numerosa familia. Hacían comidas, grandes banquetes sobre una mesa larguísima en los jardines de la casa en verano. Grandes tertulias con amigos, con

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partidas de truco, de damas, tomaban vino, hesperidina, lemoncello. El otro gran enigma es su muerte de la cual, según las cortas pero esmeradas interpretaciones de Guillermo, había poca información... por no decir nada. Lo que sucede es que recluido en su casa de fachada hacia adentro. Se encargó personalmente de que no quedara registro alguno. No quería que le den crédito por aquella casa invertida. Esa creación, según decía, quería que quedase para él y para su gente. Lo mejor que se podía hacer era disfrutarla en vida. Disfrutarla tanto como él la disfrutaba. Fue su última gran obra, y qué mejor que compartirla con sus allegados. Entonces, de ese modo fue como la simplemente como que no existía más allá de algún dibujo en una servilleta. Aunque se dice que esta casa también estaba en el barrio de Parque Chas, porque qué mejor que escaparse apenas a unas pocas cuadras de donde vivía. Imposible, hasta el momento, fue hallar las coordenadas. Pero se dice que para

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dar con la casa simplemente hay que dejarse topar con un paredón alto. Es entonces como a la edad de 91 años —una noche de primavera, mientras intentaba articular un cubo mágico que tuviera desde la infancia—, fue que pasó a mejor vida. De más está decir que no dejó ningún mensaje cifrado ni letras escritas ni nada parecido. Simplemente estaba intentando armar el segundo color de una de las caras del cubo, el rojo. Nunca había podido pasar de ahí en toda su vida. Cuando chico, a la edad de 10, 11, 12 años, un amigo había traído el juguete de un viaje a Estados Unidos. Miguelito, El Cuis, Cuatrochi y él, formaban el grupo de los desplazados. Quedaban afuera de los partidos de fútbol, de las salidas con chicas y de los bailes en el club del barrio. Un poco por fuerza mayor y otro poco por verdadero gusto, se pasaban las tardes de calor tirados bajo algún árbol haciendo todas las cosas que no podían hacer en el colegio o delante de las otras barras de amigos o hasta ni en sus propias historietas, hablaban de astronomía, jugaban al cubo mágico, al senku, hacían trucos con cartas, pero también hablaban de chicas, iban al 172


cine y tomaban gaseosas. Era como un grupo de pertenencia, fue la primera vez en sus vidas que se sintieron cómodos haciendo lo que verdaderamente querían hacer. Después, hasta en sus casas, —sobre todo en sus casas—, hacían lo que los demás esperaban de ellos. Es por eso que para Federico Saturnino, aquel viejo cubo mágico era todo un símbolo. Una verdadera representación de la amistad y de la libertad. Más allá de no poder armarlo, a él lo tranquilizaba el hecho de manipularlo, de jugar (quizá en el fondo nunca quiso armarlo), lo hacía para volver a la niñez, para reencontrarse consigo mismo y con sus más genuinos sentimientos. Esto nunca se lo dijo a nadie. Era su secreto, su lugar en el mundo. Porque hay cosas que son para uno, mejor que queden guardadas, ahí, quién sabe dónde. se preguntará cómo, de qué manera, los tres muchachos de La Cuestión tejieron la trama; una trama invisible, secreta, una tela araña para que los primeros tres cayeran, se adhirieran como moscas (y luego, o más precisamente en simultáneo, el otro grupo de los tres: Gabriela, Florencia y Martín). Y no solo cayeran cual 173


presas, sino que de algún modo más estrecho, Sabatino y compañía, aparte de tejer una ruta de viaje imposible e intrincada estaban guiándolos hacia ellos, tejiendo otra muy sutil línea; la de la condena, la auto-condena. La de quedar expuestos, en evidencia. Envolverlos en el juego era también una manera de contarles la verdad. Quizá Sabatino, Lucibel y el artista necesitaban de esa supiera la verdad. Una manera de sentirse menos culpables y menos solos quizás, pero sin duda y paradójicamente, un lugar donde también se esconde su costado más ególatra, egoísta y perverso. Porque, si la farsa es perfecta, si el engaño es total, no habría juicio que sentencie a esto como una gran obra. Como una gran del detective Coppernico son entretenidas, llevaderas y paremos de contar. La cosa es lo otro. La obra se completa con todo este costado en la vida real. La novela se termina de escribir en la calle, en la biblioteca, en los bares y las plazas, con los buscadores; Mariel y compañía. Eso es la verdadera obra, eso es La trama invisible. Entonces, La Cuestión necesitaba tanto que el engaño saliera sin su vez, hubiera una grieta. Grieta en la que entra174


ron Mariel y los otros dos, también hay mérito en ellos, sin sus deducciones y su perseverancia acá no habría nada. Pero volviendo al “cómo” y “de qué manera” La Cuestión hizo de esta trama invisible o de esta meta-trama una realidad (y quizá hasta un nuevo género literario) donde Mariel, Guillermo y Fernando llegaron al fondo del asunto, no vamos a develar nada. Porque, ¿no sería un crimen acaso (y hasta pecado) develar los trucos que un ilusionista realiza para dejar pasmado a niños y adultos? ¿No sería aburrido y hasta incómodo y decepcionante saber cómo o de qué manera un escritor imagina mundos, personajes, y los echa a andar? Sabiendo algunas cosas, muy pocas y desconociendo muchas, muchísimas. Teniendo algunas certezas vagas. Pero por sobre todo, teniendo apenas de una: hay ciertas cosas que son para uno. Mejor que se queden ahí, guardadas en algún lado, quién sabe dónde. Fin 175


ÍNDICE I El hombre del cubo mágico // 7 II El libro // 15 III La búsqueda // 31 IV Entre la computadora y la calle 1 // 41 V Entre la computadora y la calle 2 // 55 VI La cosa va tomando forma // 73 VII El segundo de calma antes de la explosión // 83 VIII Todos los caminos conducen a Parque Chas // 93 IX Como al principio // 101 X U // 105 XI Editorial La Cuestión // 109 XII Persecución // 117 XIII La espera // 125 XIV El misterioso hombre de bombín // 127 XV Apenas un descanso // 135 XVI La presentación // 137 XVII Las conjeturas de Mariel // 155 XVIII Volver a vivir // 161 Epílogo - Algunos cabos sueltos // 165


La trama invisible 2da edición Buenos Aires: Ed Bigote Falso 2014 180 p. 12x20 cm Bigote Falso es una editorial que nace para acabar con las injusticias del mundo. Nah, mentira. Nace para editar libros y revistas. Como que la cosa fue decantando. Siempre fuimos coleccionistas patológicos de todo aquello que se emparentara al papel: libros, revistas y fanzines. Casi cualquier cosa imprimible: entradas de cine, de recitales y de clubs; boletos (capicúa o no); postales; mapas; pasajes de larga distancia; folletos de pizzerías, de kioscos y de heladerías; revistas de electrodomésticos; cuadernos; agendas; anotadores; post-its; recetas médicas e incluso prospectos de remedios. Nosotros surgimos para publicar libros y revistas. Pero igual estamos abiertos, porque uno nunca sabe. Quizá venga mañana algún excéntrico con la idea de imprimir poemas en hojas de afeitar o un básquetbolista con la pretensión de que sus anécdotas deportivas se fijen sobre balones. Todo puede ser... Porque los sueños, sueños son, pero aquí se editan de verdad.

bigotefalso.com.ar facebook.com/BigoteFalso @Bigote_Falso 15.40.92.87.84 // 15.59.73.21.74


Dibujo de contratapa: Manuel Fernández Lorea Diseño de tapa: Gustavo Ariel Farenzena Corrección y edición: Lucila Yañez Corrección final: Yanina Di Bello Impreso en Buenos Aires en septiembre de 2014


La trama invisible (2011) Culp  

Tres periodistas medio obsesivos, medio paranoicos, al encontrar un libro de procedencia dudosa, y de autor desconocido, emprenden (cada uno...

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