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El Forastero

Culp 2013-2014


1 —Bueno, esta es la cocina, como verá es todo luz, amplio, espacioso, y el estado es un 8 puntos, un 8, 50 ¿no? A mí me gusta mostrar propiedades habitadas, creo que las cosas condicionan pero para bien. Digo, no todos tienen la capacidad de imaginarse un ambiente vacío, libre de muebles, ropa, adornos, chucherias ¿no? Ja-ja. Pero bue... sí, la contra es que si no le gusta la ambientación, lo tira para atrás. Pero es otra cooosa, le da vida, color ¿no? Ja-ja. En fin... este es el comedor diario, amplio, muy luminoso, da al pulmón del edificio. Esto está todo reciclado a nuevo, eh. Y no sólo lo que se ve, no. Cañerías, gasoducto, instalación eléctrica, ¡todo! Mire el tamaño, no va a encontrar comedor diario así. Imagínese, acá se puede desayunar, almorzar, cenar, invitar amigos, cumpleaños, todo, ja-jaja. Este es el baño completito-completito: bañera, bidet, todo. Lo bueno de la bañera es que uno puede elegir ¿me sigue? Se puede dar un baño de inmersión o ducharse. En cambio si sólo tiene ducha bueno.... solamente se puede dar una ducha, ¡ja-ja-ja! En ese momento el guardista movió una de las tres hojas del espejo del botiquín del baño y un reflejo o algo me descolocó al punto no saber, por una fracción de segundo, si el norte era el norte, si yo era diestro o zurdo, si estábamos en otoño en el verano boreal. Era mi cara, el espejo reflejó mi imagen. Me miré, me miré fijo un toque: “Qué caripela, hermano”, pensé. No estaba buscando casa. O sea, no me tomen por un demente, pero por esa época me gustaba ir a ver casas, departamentos, todos habitados. Llamaba a los avisos, preguntaba ciertas cosas (entre ellas si estaba deshabitada o no) y cuando la respuesta era: “Habitada”. Me mandaba. No siempre, pero la mayoría de las veces los dueños no estaban. Mejor. Me gustaba ver la casa vacía. Sin la presencia humana. Bueno estaba el cipayo ese, pero nada más artificial que un guardista de inmobiliaria. Me gustaba ver la casa llena de cosas, ver la cáscara, el envoltorio, ver la vida congelada, estática. Los muebles, la ropa tirada, los platos en el escurridor de la mesada, las frutas de plástico en la mesa del living, ver las piezas: ¿Tienen pibes? ¿Cuántos? ¿De qué edad? ¿Y ellos, más o menos, qué edad tienen? ¿De qué trabajan? ¿Están vendiendo para progresar o por una deuda? ¿Tienen buen sexo? ¿Tienen sexo? ¿O están separados? Me gustaba mirar las revistas en el baño, los libros de la biblioteca, sobre la mesa de luz, los discos (cuando tenían, mucha gente no escucha música realmente. O sea, no se sienta a escuchar música, o si lo hacen, no coleccionan discos). Pero cuando había una modesta discoteca, era para mí algo parecido al paraíso. Miraba los imanes de la heladera: ¿Colgaban las facturas a pagar? ¿Qué compañía de cable? ¿Servicio básico o con todos los chiches? ¿Algún mensaje a sus hijos colgado de la heladera? Si me podía escabullir del muñequito de torta ese de la inmobiliaria una de las mejores cosas era poder abrir la heladera, el botiquín del baño, las alacenas. Nada habla más de uno que la heladera. ¿Plasma o TV de


tubo? ¡¿Un plasma en cada habitación?! Sin duda, se mudan a una casa más grande y, a juzgar por esos almohadones en forma de C en la pieza de ellos, la mina está embarazada. Cuando ya había visto y deducido casi todo, le entraba de lleno a los portaretratos, las fotos colgadas en espejos, los cuadritos. Una plancha de corcho llena de fotos podía ser el mejor regalo, el banquete final. Ahí estaba todo. Vidas enteras. Todo eso me gustaba ver. Me gustaba ver lo incompleto. La vida sin la vida, el contexto, ahí no hay mentira posible, porque uno puede más o menos tratar de tener un orden, pero siempre algo se filtra. Ahí no hay careta, no hay postura, no hay posibilidad de actuar. Si realmente querés conocer a alguien entrá a su casa cuando no esté. Hurgá entre sus cosas. Mirá todo, cada detalle, cada cosa por más insignificante que parezca. Bueno, eso hacía antes. Tampoco fue tanto tiempo, lo hice un par de veces. Como un juego, qué sé yo, no sé bien para qué, pero lo hacía. Me gustaba.

2 Todo esto que estoy contando pasó hace bastante, más o menos en el 2004. Yo tenía 24 años, no es que sea una lumbrera de las cuentas (igual podría haber tardado una bocha en hacer el cálculo, pero como no me están viendo en el momento que escribo esto, quedo como un campeón) Igual es fácil, nací en el 79, en los últimos días de noviembre. Entonces si me dicen que edad tenía en el 92, enseguida digo, 12. Claro, va a depender a qué mes se refieren, si es a finales de noviembre o diciembre, tendría que haber dicho 13. Pero vamos, la mayoría del año tuve 12. Siempre el último número del año va a corresponder con el último número de mi edad. Hago otra distinción a veces tengo ganas de mentir, de inventar la más remota historia, hay otras que no. Hay otras veces que una historia, digamos real, me pesa terriblemente en los hombros, como en el capítulo de Futurama cuando van a un planeta con una gravedad mucho mayor a la nuestra y la campera, el pelo y hasta los párpados pesan una barbaridad. Sumergirme en esta aventura de escribir esto (que quién sabe a dónde me lleve) sería como querer abandonar ese planeta desconocido. Sacarme ese peso de encima, literalmente, esa enorme carga, querer volver al mío, a mí lugar, a donde soy yo otra vez. Por eso esto que cuento entra en el grupo de la segunda. Igual ojo, tomen la idea de “real” con pinzas, no quiere decir que voy a contar una sucesión de acontecimientos así nomás. Para nada. No es un diario intimo, ni una autobiografía. Por Dios, no. Porque aparte no sé si todo es real real. O sea, no sé si todo paso tal cual lo voy a contar. Es, por un lado, mi percepción, pero es también, y sobre todo, mi sensación de la Cosa. No necesariamente algo que me pasó, sino también algo que no me pasó. Esas cosas que quedaron truncas o que pasaron sólo en mi cabeza. Somos tanto la experiencia vivida, como la experiencia no vivida. Creo, yo, que en igual porcentaje.


Y del lado más formal, cuando se escribe algo de estas características uno le intenta poner un poco de onda, ir aggiornando la historia, o darse ciertas licencias para que la cosa fluya, para que tenga más impacto, más fuerza. Porque no hay nada más aburrido y demodé que las autobiografías, nada más insoportable que un fulano hablando de él mismo. No, trataremos que eso acá no ocurra. No me hago el especial ni nada, sino porque me gusta ponerme en el lugar del lector. Quiero escribir algo que la gente quiera o le interese leer. Sino, para eso, me armo un blog con mi nombre y apellido y cuento lo que me pasó en el día o saco un Facebook y hablo de lo que comí ayer o muestro mis zapatillas nuevas. Ah, otra cosa, cuando ustedes vean que me estoy yendo por las ramas, me chiflan. Bueno aclarado el asunto, sigo.

Bueno con mis 24 años venía colgado, muy colgado. ¿Colgado en qué sentido? Qué sé yo, colgado. Ya había estudiado; fotografía, cine. Y no, no andaba con una cámara encima todo el bendito día. No es como todos piensan que el estudiante o fotógrafo tiene una Polaroid o una réflex atada a la mano. Al menos en mi caso. Quizá porque estaba medio desencantado con todo lo referido a eso, qué sé yo. Tengo una teoría: al menos la mitad de los estudiantes o aficionados a la fotografía son fracasados en otra disciplina. O estudiaron eso porque no sabían qué corno hacer de sus vidas. Eso lo pienso ahora, no entonces, ya que esta teoría me toca muy de cerca, para decir verdad. Igual creo que es cierto, creo que había estudiado eso porque no sabía qué hacer. Sé que alguno puede pensar que mi teoría es cualquiera y quizá tengan razón, pero es lo que pienso. Con el cine es distinto. El cine, fuera de la moda, del auge pelotudo que le toca por estos días, tiene una verdad imposible de superar. Pará, igual no es que me refugie en la “opinión” como si fuera un arma noble e imbatible. Me revienta que la gente diga: “Es lo que pienso de tal cosa... bla bla bla”. Se escudan como si fuera una ley marcial, como si eso los amparara de por vida. Quizá eso que pensás, flaco, es una mierda, quizá eso que tenés como tuyo es la peor basura del mundo, quizá seas el más hijo de puta de todos. Bueno, sabiendo que la opinión es lo más miserable que tenemos, entonces, sigo. Sigo dando mi “opinión de la vida”.

3 Vivía en la casa de mi mamá. No estaba de novio ni tampoco me juntaba mucho con amigos. Me juntaba, no crean que era un antisocial, digo que no tanto. Que sé yo, a veces pasa. Hay épocas que te juntas casi todos los días, y hay otras que no, que sin darte cuenta pueden pasar varios meses sin ver la cara de tus más íntimos amigos.


Me la pasaba en la calle. Aparte de la jodita de ir a ver casas en alquiler o venta me gustaba caminar. Caminaba mucho, por todos lados, sin cámara pero mirando todo. Me gustaba mirar a la gente, como que quizá el ojo oficiaba de cámara, no sé. Hay gente que mira vidrieras, los diferentes modelos de autos o absolutamente todas pero todas las minas que pasan, o los tipos. O sea, yo también miro minas, no me hago el que estoy más allá de algo, ni el asexuado boludo. Obvio que miro y que miraba; culos, tetas, piernas, pies (calzado de por medio. Más bien bajo, zapatillas, o “chatitas”), orejas, caras, manos, dedos y uñas pintadas de rojo, de negro o sin pintar. Aclaración aparte: No es definitorio, pero las manos de las mujeres, para mí, son muy importantes, no me pregunten por qué. Pero me refiero a otra cosa; a mí me gustaba mirar a la gente en general, mirar a todo el mundo. Mirar. Entonces eso hacía: caminar y mirar. Me sentaba en un banco de plaza o en el escalón de un edificio y miraba a la gente. Miraba y no hacia absolutamente nada. Me limitaba a eso. No sé. Sentía una fuerza suprema en mirar, en ver cada detalle de la gente, cada detalle en las caras, los gestos, las muecas o situaciones puntuales. Un maremoto de desconocidos circundando las calles día tras día. Y yo estaba ahí, en el medio, pasando totalmente desapercibido, me sentía el hombre invisible. El mejor poder para alguien de mi especie: invisible y con el gusto de mirar. Nada podía salir mal. Lo tenía todo. Todo ese barullo de gente, esa maza critica de millones de identidades, de golpe mi ojo, por quién sabe qué razón, se detenía en una. En una persona x. Viste que pasa eso, de golpe mirás a esa persona con mayor atención y de apoco empezás a sentir que la conocés, de un momento a otro, te parece de toda la vida. Como que vas entendiendo sus movimientos, vas reconociendo sus rasgos, su pose, su manera de caminar, su andar, de golpe ese swing, calza perfecto en el mundo. Esa ropa va justo para esa personalidad, no podía ser de otra manera. Y esa persona para vos ya no es un desconocido. Ya está, se distingue del resto. Es otra, distinta, y nunca más va a volver a ese lugar. Todo esto se incrementa por mi memoria caprichosamente selectiva. Mi memoria que me dice “Hola, sos este boludo”, Boludo, porque de alguna manera me condena, me obliga a no olvidarme nunca jamás de cuando una ex novia, una vez, me esperó fumando un pucho en el umbral de una casa a las 10 de la noche. Sentada como una chica que espera en una película, entre sexy y antiheroína. Esa imagen de videoclip, de película quedó para siempre clavada ahí. Cada vez que paso por ese umbral, la veo, la veo ahí. Sentada, fumando. Veo la escena en cámara lenta. La veo como en una escena de una película imposible. Volviendo. Esa persona cualquiera que se destaca del resto va a quedar en mi memoria. Veo por la calle gente que no conozco, que nunca jamás en la puta vida hablé, pero me la acuerdo de otra vez. De algún otro momento, de algún cruce en la calle, de algún colectivo. La veo y siento que la conozco... y digo... “¿de dónde la conozco?”... y pienso y pienso. Y hasta no sacarlo no paro. Por lo general me acuerdo. Hay días que no, esos días son para mí en un punto, mejores. O sea, al principio me gusta “jugar” a acordarme. Pero cuando no me acuerdo, como que


siento una especie de liberación. O sea, insisto, me gusta el juego, lo que digo que a veces no está tan bueno acordarse de todo absolutamente todo. Entonces como me gusta mirar gente distinta, camino, camino mucho. A travieso los mil putos barrios, me recorro la cuidad entera. Camino, me gusta, es como que mis pensamientos también caminan, siento como mi cabeza viaja. Y mirar lugares no reconocibles estimula la cabeza, la refresca. Entonces por eso me perdía, me perdía a propósito, mientras más me perdía mejor era, mientras más me perdía, mejor llegaba a donde quería llegar.

4 Estaba sin trabajo fijo. Filmaba y sacaba fotos en eventos. Era free lance. Primero la palabrita esa: free lance o “freelo” como se dice en ese ambiente son detestables. Me dan ganas de pegarme piñas en la cara. Segundo, no podía no sentirme un extraño en esos lugares. Hay mucha gente que le gusta, yo lo respeto. Pero son, creo yo, un reflejo en carne viva de la sociedad que nos toca, exacerbando las peores cosas. Como verla con una lupa, como ver una versión grotesca y diminuta. Como si fuera una suerte de maqueta, de set de la más artificial telenovela colombiana. Todos tienen su cargo, todos responden a una línea de mando, los eventos son claramente verticalista. Los cocineros, las camareras, los lavaplatos o bacheros, los de limpieza, los de sonido, los iluminadores, el dj, los números de entretenimiento; circo, humoristas, músicos, cada uno con sus asistentes, sus sonidistas; los camarógrafos, el de la grúa, el director de cámaras, el o a veces los fotógrafos, cada uno respondiendo a un superior, a su vez ese superior respondiendo al responsable de toda la organización del evento que a su vez responde al cliente: empresa u organismo cualquiera sea este. Y yo en el medio de todo eso. Otra vez en el medio. Pero esta vez como un infiltrado, un espía. Hacia mi trabajo sí, pero me aburría, me aburría terriblemente. Pero en realidad era raro, porque lo recuerdo con tedio, pero a su vez hacía esto de “mezclarme” y me divertía terriblemente. Era como un doble agente sin misión alguna. En los momentos muertos no hacia “lobby” (otra palabrita linda ¿no?) con los camarógrafos, ni intentaba levantarme una camarera, ni corría a la mesa de fiambres. Me quedaba ahí, en el medio de la bataola, pasando totalmente desapercibido. Cuando no me veían, bajaba la cámara, y me acercaba a la barra y agarraba una copa de vino, o hasta a veces me pedía un wisky, el más caro. Como iba de traje (requerimiento obligado de los “socialeros”), enseguida me podía transformar en un invitado más. Los mozos y los barmans tienen la obligación de servir. Bueno, con mi vaso en la mano, miraba. Tomaba y miraba todo, miraba el mecanismo de todo eso como si fuera un enorme reloj suizo. Veía como cada cosa encajaba a la perfección, como hasta cada grito era lo esperado, la forma de relacionarse. Miraba esa maquinaria perfecta, pero no podía evitar sentirla artificial. Como Rober De Niro cuando en la película “Casino” hace la


descripción de justamente su casino. Pero en este caso todo resultaba más burdo, más exagerado y berreta todo.

5 Salí del departamento en cuestión, ya conté algo, nada revelador ni trascendente. Eso que se dice que siempre hay una historia atrás de cada persona, en este caso atrás de cada casa, es cierto. Pero a veces carece totalmente de emoción, de aventura, de cualquier tipo de interés. Vale aclarar que el tipo de la inmobiliaria en un principio me vio como quien mira a un pordiosero, pero después con gestos amables, lo engañé. No es que realmente fuera un pordiosero, al menos técnicamente hablando, digo que lo engañé porque era obvio que no iba comprar semejante departamento. Bueno, me despedí del muñeco de turno y salí. Miré para ambos lados de la calle: un mundo. ¿Para la derecha o para la izquierda? Ninguna de las dos, para adelante medio en diagonal. Otra vez esa sensación de “perderse”, de estar en calles no reconocibles, mirar alrededor y no saber para que lado agarrar. Eso, es elegir realmente el destino. Destino inmediato. No hablo del destino-destino, sino ese, el de todos los días, el que está ahí nomás. Bueno, en ese paraíso virgen, lo recorrí. Lo recorrí como un animal que después de emigrar, busca un lugar para vivir. Pocas cuadras a la redonda contenían: un kiosco; una pizzería; un bar; una estación de servicio; un video club; una panadería; una librería comercial; un chino. Listo, el microclima perfecto. El ecosistema ideal. Cuando hablo de “barrio”, hablo de esas pocas cuadras que contienen esos locales, que para ese lugar son el mundo. Con el “mundo” plantado empecé a interactuar, entonces. No piensen que me encanta eso de hablar con todo el mundo, bah en realidad me gusta, pero con gente que no conozco. Con gente ocasional, donde puedo hablar con libertad. Donde puedo hablar de cosas intrascendentes, desde preguntar la hora o la próxima parada del colectivo hasta inventar historias, total, no me conocen. Ya casi de noche, me quedé parado junto a un poste de luz, dibujando algo. No es que soy dibujante, ni siquiera que dibujo bien, pero que sé yo, antes me daba por el dibujo. Ahora no. Las luces de mercurio de la calle comenzaban a encenderse, salvo la del poste que estaba encima mío. Estaría quemada. La oscuridad me impedía seguir con mis “magistrales” dibujos. Era hora de mover. Cerré el cuaderno. Caminé y pasé por la pizzería que estaba empezando su jornada laboral. Esquivé los ciclomotores del cordón y entré. Pedí un imán, un volante con los precios y las promociones. Salí del local. Era esa hora en la que la gente hace las últimas compras o está llegando a su casa del trabajo, del club o de dónde sea. Está bueno ver ese último movimiento. Todos con cierta urgencia por llegar a su casa. Depende de la época del año, a veces ese momento coincide con el atardecer. No era el caso, acá ya era casi de noche. Cuando empieza a oscurecer me agarra un toque de


melancolía. Un poco igual, tampoco es para tanto. Después enseguida se me pasa. Como que no quiero que termine el día, no sé. Quiero que ese color imposible, ese momento, que creo que se le dice “hora mágica” en fotografía, que dura unos minutos o menos, no termine. Pero bueno, pasa, se hace de noche y toda la bola. Ya fue. Después ya está, la noche negra aparece y me compra enseguida. Nada mejor que estar en la calle de noche. Con las calles semivacías, la fauna es otra, más intensa, más loca. Caminé media cuadra hasta llegar a la esquina y pude ver una luz intensa que iluminaba el pavimento húmedo. Era una estación de servicio. Divisé el minimercado: Open 24 hs. Siempre esos carteles están en ingles. Perfecto. No que esté en ingles, sino lo que significaba. Me gustan estos lugares medios fuera del tiempo, lugares donde pasar un rato, a veces un largo rato. Me mandé derechito a sentarme un rato, era hora de hacer base.

6 Creo que no lo dije pero tengo una bolsa de nylon que llevo a todos lados. Es una bolsa horrible. Vieja. Arrugada hasta lo imposible. Ya casi no se distingue lo que alguna vez fue el logo del supermercado. No sé si Carrefour, Jumbo o Norte... Norte: con eso te digo todo. Y adentro todo tipo de porquerías. Una de las cosas que a veces saco a pasear son agendas. Sí, hago todas las noches una lista de las cosas que tengo que hacer al día siguiente en una agenda pocket. Por más insignificantemente pelotudas que sean. Cosas que me dan hasta vergüenza. ‘Me levanto 9:30’; ‘Comprar una birome’; ‘Acomodar el placard’; ‘Bañarme’; ‘Cortarme las uñas’. Sí, patético. Pero bueno, acá me propuse ser totalmente yo, contar todo. Bah no es que me lo propuse, que sé yo. Me dan ganas y lo cuento, punto. Bueno, después, en el transcurso del día -la verdad si me preguntás- (No, nadie me está preguntando, flaco) no le doy mucha bola, pero a la noche religiosamente les marco el visto. ‘Esto lo hice: Visto’; ‘Esto no lo hice: Una cruz’; ‘Esto no lo hice, pero porque llovió: Un circulito’. Y si en el día surgen cosas, digamos de improvisto, medio que las escribo rápido, como que me hago trampa a mí mismo, y les clavo el visto. Ahhhh. Placer. Como hacer un gol en el último minuto o meter un triple. No me gusta mucho el fútbol, me gusta pero no tanto. Me gusta más el básquet. Mucho más. Ah, les quiero contar algo de eso, pero cierro la idea de las agendas. Decía, ‘las’ y usé concientemente el plural, porque colecciono las agendas viejas de otros años, todas completamente escritas. Sé que es raro, pero me gusta. Puedo agarrar una agenda del 2002, abrir al asar, por ejemplo el 8 de mayo y leyendo las cosas que hice ese día puedo reproducir casi el día entero. Puedo volver por un rato a ese día, sentir lo que sentía, pensar lo que pensaba. Rearmar como un rompecabezas la semana, el mes, lo que andaba haciendo, el estudio, los amigos, si frecuentaba alguna chica, si andaba medio asexuado o re caliente, todo. Una especie de Funes el memorioso pero con ayuda memoria. Otra vez con trampa. Cada hoja, cada página de cada agenda es como una puerta directa al pasado, a lo que era yo en ese entonces. Es un poco excéntrico, sí, pero bueno es como un juego, tampoco que lo hago todo el tiempo. Cada tanto, cuando


me siento, no sé... pensativo, reflexivo o que sé yo. Y ese día llevé con migo las agendas en las bolsa de nylon. Bueno pero voy a eso que adelanté antes: el básquet me gusta realmente mucho. No sé como empezó. Fue de chico. De golpe me gustó. De golpe me miraba los partidos, me acuerdo de valores de esa época: Milanesio, El Pichi Campana. No sé como pasan esas cosas. No sé como las cosas nos empiezan a gustar. Y más cuando nadie te las muestra o te las incentiva. En mi familia no había ningún básquetbolista, en mi familia no había ningún deportista. En mi familia no se hacía deporte de ningún tipo. A mi viejo le gustaba la bicicleta, andaba en una de carreras, pero no mucho más. Pero bueno no sé como descubrí a Los Globetrotters. Supongo que los vi en la tele, le dije a mi viejo y me llevó a verlos. Me volvieron loco. Volví saltando como una rana renga a ver si llegaba a tocar el techo. No, no llegaba. Pero a mi viejo le rompí la cabeza para que me ponga un aro en el minúsculo patio. Y a mi vieja –con el aro ya colgado- le rompí todas las platas con la pelota. No entendía que era mi estadio personal, mi Madison Square Garden. No existe más felicidad que la que viví ahí. Venían todos mis amigos, los que les gustaba el básquet y los que no. Con mi cuñado de esa época, que en algún momento contaré un poco más de esa masa de chabón. Qué sé yo, de golpe el barrio jugaba al básquet en mi patio. Saltábamos, la volcábamos, tirábamos de larga distancia, hacíamos partidos, 21s (el equivalente al 25 del fútbol), todo. La sensación de tirar y meter un triple (ya en una cancha de verdad) es intransferible. Clavar un triple, un bombazo que toque sólo la red, ese que la gente de alrededor no puede evitar gritar algo incomprensible o un ‘Ohhh’, aunque que sea un partido de barrio, un partido entre 2 gatos locos, la sensación es impresionante. Hay un momento, en que la bola salió de tu mano, que ya sabés, ya intuís, no que fue un buen tiro, es quizás El tiro del partido, del día, hay una décima de segundo que ya ves la pelota entrando antes de que entre, ya la ves clavaba ahí, rompiendo el aro en dos, rompiendo todo, haciendo explotar el partido, la cancha. Por más que estés jugando por jugar. Por más que estés sólo en una cancha medio pelo de una plaza cualquiera. Ese bombazo es paja mental. Esto lo recuerdo difuso, la verdad no sé si fue antes o después del aro en el patio, quizás en paralelo, pero en un momento me fui a probar a un club. Villa Mitre en Flores. Tendría 12 o quizás 11 años, no sé. Me probé, recuerdo que era la tarde, las 6 o 7 y que el club estaba vacío. Sólo mi viejo, y el tipo, que sería el profesor, supongo. No me acuerdo que me hizo hacer, pero lo hice. No me acuerdo qué me decía, ni nada pero yo hacía. Me midió, me preguntó cuantos años tenía –ya era alto para mi edad- alguna que otra pregunta más y listo. Ya estaba bien, no hacía falta más, dijo el tipo. Ya era parte del equipo. Y no sólo eso, no sólo ya era de Villa General Mitre sino que no me quería dejar ir. Quería –le dijo riendo a alguien del club que pasaba por ahí- que me quede a vivir. No sé si usó esas palabras exactas, pero fue algo así. Ok. Buenísimo habré pensado yo, no sé. Volví a mi casa. Mi viejo le contó a mi vieja, repitió la frase “No lo querían dejar ir”, eso sí me lo acuerdo textual y de su boca y bigote, y está fijado como si fuera una escena de una película que vi mil veces. Yo no sé que pensaba, no sé que sentía, no me acuerdo. Bueno, nunca más volví al club.


Por alguna razón no volví. Por consiguiente no entrené, no fui parte del club, no jugué ningún partido, no me hice amigos, no aprendí las reglas, no incorporé técnica, jugadas, valores, nada. No volví nunca. Quedé de una, ya estaba, era del equipo, sólo tenía que volver y empezar a jugar. Pero no volví. No volví nunca. Bah, nunca no. Volví al año siguiente ya con algo así de 13 años pero me dijeron que era tarde. Ya no entraba por la categoría. Que ya estaba.

7 Bueno, me senté en el mini-mercado de la estación de servicio. Todo muy lindo. Me gustaban esos lugares medio no lugares. Donde no sabés qué hora es, no sabés bien dónde estás. Puede ser una estación de Madrid, de Chascomus o de Reikiavik . Obvio que ciertas cosas van a cambiar, no creo que haya una bauquita en Islandia, pero en general, el “espíritu”, cierto aire (más bien frío) lo mantiene. No había mucha gente: una chica enfrente mío, un taxista al acecho de un pancho, y nadie más. Bueno, y la mina que atendía que estaba meta-meta con el celular. Me puse a dibujar en un cuaderno con una birome azul un tipo adentro de un ataúd. No sé porqué dibujé esa cosa macabra, igual como que el tipo no estaba muerto, estaba así recostado, vivo, con los ojos abiertos, pero no se movía, estaba duro, petrificado. Ahora que lo pienso creo que hubiera sido menos raro que estuviera muerto ¿no? Por lo general la gente cuando muere termina ahí. Pero que un tipo vivo esté recostado en un ataúd no es lo más frecuente. De golpe algo en el dibujo no me gustó y lo taché apretando la birome, y habré movido fuerte el brazo porque llamé la atención de la chica que estaba estudiando. Levanté la vista y con disimilo tapé con las manos el cuaderno, ella me miró, yo corrí la vista, cerré el cuaderno y lo puse en la bolsa. Ahí volví a mirarla, como revolando los ojos, pero ella ya había vuelto a sus cosas. Sus libros. Por suerte. ¿Qué estará haciendo? Estudiando, es obvio... pero ¿qué?, pensé. A veces me gustaba hacer eso; mirar a la gente y tratar de descubrir qué hacen, quiénes son, a dónde van, de dónde vienen, ¿tienen novios/as?, ¿amantes?, ¿una úlcera?, ¿un tatuaje?, ¿una deuda?, ¿de qué trabajan?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿leen?, ¿qué leen?, ¿que música escuchan?, ¿qué ropa interior tiene?, ¿de qué color?, ¿colute?, ¿o conjunto de encaje?, ¿tanga?, o... —Muchacho, no podés sentarte sino consumís nada... – me dijo la cajera con un vozarrón que parecía salido de otro cuerpo, no de ese diminuto. Me puse de pie de un salto y en silencio absoluto recorrí el mini-mercado. Mire las góndolas, las heladeras. Lo hacía lento, no tenía ningún apuro. Me gusta sentir esa sensación de no tener apuro alguno. Finalmente me agarré una barra de cereal. Yo no comía esas cosas, no sé porque la agarré.


Pagué y me senté de nuevo. Aburrido me puse a ver todo lo que había ‘recolectado’. Saqué de la bolsa de nylon: los volantes, los imanes, las promociones. Me puse a leerlos. A leerlos como quien lee un cuento, un libro copado, de aventuras, de espías rusos o un policial o uno de suspenso. Me gusta leer esas cosas, sobre todo lo volantes grandes, los que traen los 38 gustos distintos de pizzas. Me gusta ver los precios, las “innovaciones” en materia gastronómica o el gusto especial, el plato que supuestamente los distingue de todos: el plato que siempre lleva el nombre del local. Pero sobretodo me gusta ver las “promos”. Evalúo la mejor promoción, evalúo cuál me convendría si estuviera con tal grupo de gente, o si fuera para un cumpleaños, o tal. Me gusta. Me entretiene. Panadería La Providencia: “Promoción Primaveral: con la compra de una docena de sándwiches de miga de durazo y jamón, gratis ¼ de tortitas negras”; Kiosco La ventana 2: “Kiosco de barrio y para el barrio, Delivery de bebidas alcohólicas las 24hs”. Un tuvo de neón se encendió en mi cabeza. No es que sea alcohólico, pero me gusta tomar. De chico me acuerdo le tenía miedo a los borrachos. Me acuerdo de una historia que mi viejo había bajado de una piña a uno, no por borracho, sino por molesto. Parece que se había puesto cargoso, iba con mi vieja, (todo antes de que yo existiera) y bueno, tuvo que pararlo. Pero esa imagen medio fantasmagórica que se me figuraba en la cabeza: el borracho zigzagueando, una noche cerrada, un barrio medio desolado, me generaba miedo. Por otro lado, cuando yo tenía, no sé... 6, 7 años, mi vieja cuando tomaba cerveza o vino a veces se hacía la borracha y me cargaba, se me ponía encima, me hablaba, me acosaba, y a mí se me crispaban los pelos de la glotis. Me aterraba. Le decía que la cortara, que vuelva mi mamá de nuevo, la normal. Qué raro esas imágenes que se nos representa en la cabeza de chicos. Hay ciertas cosas que se fijan para siempre como carteles de propagandas de una manera y listo, se quedan ahí. El otro día volví a ver una película de los 80: “Fortless”. Es un telefilms de HBO ole, el viejo canal. Antes que sea lo que es ahora. La película la daban y la recontra daban en ‘Cine Shampoo’ de canal 13, y en ‘Sábados de súper acción de canal 11. En fin, la recordaba con pavor, me había dado mucho miedo. Unos pibes de una escuela rural en Australia, junto a la maestra eran raptados por un grupo de tipos con caretas de pato, ratón, león y el cabecilla con una de Papá Noél. Los metían en una cueva tapando la entrada con una piedra, sin agua ni comida. Hasta que ellos descubrían la manera de escaparse por un pasadizo secreto. Bueno, la película sigue, pero la cosa es que yo recordaba una imagen, estaba seguro de una escena en particular, y resulta que esa imagen no existe. Esa escena no fue filmaba. O sea, luego de la fuga de los prisioneros llegan como pueden a una casa donde “Oh casualidad” los raptores encapuchados estaban desvalijando a unos viejecillos. La cosa es que los nenes tenían hambre, la maestra les exige que les den algo, que son nenes. Uno, el cara de ratón, enfurecido dice que había bajado a la cueva personalmente a dejarles la comida, pero ellos ya no estaba. Entonces ahora no había comida para nadie. Bueno, esa imagen, la acción de bajar a la cueva y ver cómo ellos (los nenes) se iban, o ver


simplemente la cueva vacía, yo la había visto. Yo había visto esa escena que jamás fue filmada. Yo la tenía guardada impresa en la cabeza, la tenía tan incorporada como la mascara de pato, y al Papá Noél disparando con una itaka. El cine si está en alguna parte debe estar en la cabeza del espectador. Como también cuando leo una novela o un cuento y, por ejemplo, un tipo vive solo en un departamento, siempre me imagino un departamento que conozco. El departamento donde vivían mis primos con su mamá y mi abuela. Me lo imagino con variaciones, con sutiles cambios como paredes de otro color, más si la descripción de la novela se detiene especialmente en detalles, pero siempre caigo ahí. Como cuando estamos inmersos en un intenso sueño. Es ese departamento pero claramente no es ese departamento. De igual modo me pasa con las novelas donde aparece un colegio. ‘Un crimen secundario’, ‘El fantasma del teatro municipal’, y demás novelas para adolescentes que leía en el secundario, y que hoy releo como la mejor manera de volver a esos años turbados y alucinantes. Esta es la forma más llana y pelotuda de entender como el arte se completa con la mirada del otro. Cargándose de sentido (ya lo sabían todos) y literalmente con esta demostración de trabajo práctico de 2do año. Bueno, sigo, me acuerdo que en ese momento, en el mini-mercado de la estación de servicio, hubiera dado una cornea por una cerveza a -05 grados. Lo mismo que ahora.

8 Dispuse cada imán, cada volante según las direcciones reales de esos locales, sobre la mesa del mini-mercado. Tracé una línea en birome delineando las calles, las manzanas, los cruces. Armando una suerte de maqueta del barrio pero plana, achatada, un plano bah. Le apoyé el dedo índice a la barrita de cereal, que era rosa (sería de frutilla con yogur o algo así), y la moví, de afuera de esa especie de maqueta hacia adentro. La detuve sobre la calle, en medio del “barrio”, rodeada de los locales de ese micro mundo miniatura. Me agaché sobre la mesa, me recosté apoyando la pera sobre mis brazos cruzados. Miraba ese plano, ese barrio, los volantes, la barrita de cereal. Escribí sobre la línea que representaba una calle, justamente el nombre de la calle: “Estrecho de Masllorens”, y sobre la otra línea, la otra calle: “Coronel Tomaseli”. Y arriba de todo, a modo de título, el nombre del barrio: “Proyecto F. Coppernico” (con doble p y sin tilde) Me gustaba, que sé yo. Hacía esas cosas y como que me “perdía”, me abstraía, y me hacía bien. No sé, el tiempo podía haberse detenido ahí, y yo podría haberme quedado así, pensando en la nada, viajando. Mirando, mirando y mirando. Mirando sin mirar, mirando


cada detalle. Perdiéndome en lo observado. El ojo es como el estomago, como un músculo, hay que alimentarlo, darle de comer, hay que ejercitarlo, mantenerlo en forma. El ojo te pide, vos tenés que saber escucharlo y darle, darle lo que te pide. Uno, al verme ahí, podía haber pensado tranquilamente que estaba triste, que estaba mal, deprimido o que sé yo. La verdad es que no, estaba ahí, simplemente estaba, como ir a otro ritmo, moverme a otra velocidad absolutamente distinta al resto de la humanidad. No era un tipo común, tampoco era un excéntrico (hasta los excéntricos –y sobre todo lo excéntricos- encuentran un lugar dónde moverse), no tenía trabajo fijo, no estudiaba nada en ese momento, no tenía novia, ni casa, ni un perro, ni auto, no siquiera bicicleta. Diambulaba, pero ni un linyera era. Obvio, comía todos los días, tenía a donde dormir y todo eso. No voy a decir que ser un linyera es fácil, por favor, debe ser una de las situaciones más desoladoras que una persona pueda experimentar. Estar solo en el mundo y vivir en la calle. Que la gente pase y no te ignore por voluntad, sino que ni si quiera te vea, ni siquiera repare en que ahí hay una persona, un ser humano, pero yo ni siquiera eso era. Por favor, no comparemos porque convertiría a esta historia en una boludés supina (sino lo es ya), cuento subjetivamente (imposible otra cosa) lo que me pasaba a mí: Yo estaba en un limbo, no quería laburar de saco y corbata pero no me animaba a saltar, a dejar todo atrás. A irme de viaje a la concha de la lora o simplemente abandonarme de verdad. Soltar todo y quedarme ahí, mirando a la gente pasar. No, no me animaba, pero en realidad tampoco quería eso. Era justamente todo lo contrario. Quería hacer algo. Quería hacer todo. Quería encontrar algo para mí, algo en lo que fuera bueno, o simplemente algo que me gustara. Tenía ideas locas, ideas pretenciosas de cosas, pero como que no tenían, digamos, una base de realidad. Entonces me auto-excluía. Entonces las obsesiones, entonces esa bola de actividades que me daban un orden, una razón. Había estudiado cine, pero no pensaba en películas, en escribir o filmar películas, pensaba en ideas enormes, en películas infilmables, en ideas fáusticas, magnánimas, inabarcables. Proyectos meta-ficticios; documentales apócrifos; intervenciones de personajes en la realidad; juegos donde el mundo era el tablero; instalaciones gigantescas: paredes que dejaban de ser paredes: por medio de fotos, de muchas fotos de la calle, por ejemplo, pegadas una al lado de la otra cubriendo la totalidad de la pared, ésta se desvanecería, y le daría el lugar a lo otro, a la calle, un árbol, el cielo. Un collage de realidad sobre una pared de concreto en tu living; pensaba en redes de subtes imaginarios. Intrincadísimos. Fantasmagóricos y futuristas. Y me frustraba, me enroscaba, me daba una vuelta más. Lo que sí hacía era escribir. Escribía casi como un conectarme con otro orden. Casi como una religión. De noche, con música y vino, meta teclear, meta escribir, meta-física. Sonetos, prosa, verso libre, librísimo. Sexo, flujos, carne, saliva, deseo, deseo y más deseo. No escribía, tenía sexo con las manos. Usaba el teclado de la computadora como un piano. Como si fuera un loco músico del 1800. Escribía sin parar. Escribía sin mirar. Escribía para mirar, para ver. Escribía todas las noches. Simplemente no podía dejar de hacerlo, como ahora, esto. Eso me calmaba. Me devolvía algo de lo que me habían sacado o había perdido. Algo que me pertenecía. Volvía a ser yo. Volvía, cansado, turbado. Pero volvía. Y como se


ha de volver de un viaje extraño y alucinado, no era el mismo. Me conectaba con migo otra vez, pero paradójicamente era otro. Uno distinto. Uno nuevo. No escribía cine ni filmaba pero sí pensaba en películas que veía, era -junto a salir a caminar por los barrios- otra de mis actividades, digamos, intensas: mirar películas. Clásicas americanas, nada de gilada elistísta europea, el cine clásico americano es la perfección. Minelli, Cuckor, Hocks, Ford, Lang (la época americana), Wilder, Mankiewicz, Fuller, Sturges. Me miraba mínimo una película por noche, o incluso más. Me las devoraba, nunca más volví a ver tantas películas en mi vida. Vivía esa ficción. Esa era mi realidad. Mi forma de vivir. Me daban letra, me enseñaban a hablar (como dice Tony Montana en Scarface), a ser, me marcaban el paso, el pulso, el ritmo. Ese fue mi forma autodidacta de estudiar, de entender el mundo. Una visión del mundo, bah.

9 Me sentía Travis Bickle pero una versión grotesca. Un bufón perdido por ahí. No había ido a la guerra ni mucho menos, pero me sentía un paria. Un payaso que no hacía reír, una marioneta sin espectadores, una ficha de un casino en banca rota. ¡Rupert Pupkin, bah! Pero seguía ahí. Así. Firme. Jugando con fuego. Manipulando elementos desconocidos. Pensando cómo salir o mejor dicho como entrar. Como entrar al mundo. Pero mientras jugaba. Había días —no era el caso de aquel en el minimercado— que jugaba a ser zurdo. A ver, me explico: Yo soy diestro, uso esa mano para casi todo, pero había días, que me levantaba y me planteaba ser zurdo. Usaba todo el día esa mano como la propia. Escribía con la zurda, me lavaba los dientes con la zurda, si jugaba al fútbol pateaba con la zurda, lavaba los platos al revés de cómo lo hacía habitualmente, hasta me pajeaba con la zurda. En fin, cualquier cosa que requiera el uso de la mano hábil, yo lo hacía con la otra, la opuesta, la “torpe”. Era divertidísimo, una joda bárbara. Ok, no sé porque lo hacía. Por otro lado es muy fácil en esos casos donde uno es jugador y juez, hacerce trampa, bueno yo no. Yo que era el primero en hacerme trampa con esto no. Para esto tenía una conducta militar. Era como un interruptor, si me lo proponía, pum, tenía que hacerlo. Como no pisar las rayas de las baldosas por la calle para alguien con TOC o no pisar las vías del tren. Nunca hasta ese momento (por suerte ahora puedo) había pisado en mi puta vida las vías del tren. Si llegaba a poner un pie sobre una no me iba a morir ni nada, sino que perdía. Tan simple y desgarrador: perdía. Otra cosa que funcionaba según este mecanismo era con mi amigo, Gutty. Un amigo de toda la vida, (desde los 4 años). A la edad de no sé, 12, 13, 14 descubrimos una cosa maravillosa para un grupo de adolescentes: Los pedos lanzaban una llamarada si les ponías cerca un encendedor prendido. Listo, no hay que explicar más. Las tardes eternas que nos pasábamos en la calle, al grupo se le sumaba Casanova, Osvaldo, Patti, Edu y Marce. Todo el bendito día. Llegábamos del colegio, revoleábamos la mochila, comíamos y a la calle. Todo el


santo día. ¿Haciendo qué? Lo qué sea, cualquier cosa. Caminar, recorrer las calles de Flores y alrededores era una aventura digna de “Cuenta conmigo” o “Los Goonies”. No había cadáveres ni tesoros, pero había volquetes, había autos abandonados, videojuegos y viejas locas (peligrosa, posta. Salía a hacer las compras con un Tramontina en la mano) a la que le tirábamos fósforos cohetes en el hall de la casa. Pero en el puesto número uno estaba prender fuego los pedos. Todo empezó probando a ver si era cierto: ¡¡AHHH, NOOO!! ¡¿Cómo de adentro nuestro puede salir semejante llamarada?! Luego no podíamos dejar de hacerlo. Gutty, que era el encargado de donar su preciado gas butano para la gracia de todos, cada vez que se le venía uno, paraba todo, se tiraba al piso, abría las piernas como quinciañera en celo y gritaba: “¡¡Fuego, Fuego!!”, ahí nosotros saltábamos con un encendedor y ¡Pa! “Llamarada Gutty”. Porque la cosa no podía esperar. Uno puede más o menos retener un pedo, pero no por mucho tiempo. Esto era así, él soltaba el grito de guerra y ahí estábamos sus soldados. Lo hacíamos siempre. Y cada vez era igual de buena que la primera. No lo podíamos creer. ¿Cómo no lo supimos antes? ¿Desperdiciamos 10 años de nuestras vidas? Eso hacíamos, con eso nos divertíamos. Algo que quizás pueda parecer intrascendente para mí es todo. Para mí, hoy, es la clave. Esas cosas hablan mejor de mí que mi currículum.

10 Caminando entre las góndolas miraba a “la chica que estudia”, así la voy a nombrar: “la chica que estudia”. La miraba como un detective de Chandler mira a su sospechoso. Con distancia pero con un grado de cercanía que rozaba el acoso. La miraba como Scottie mira a Madeleine en Vértigo, con falsa calma, deduciendo, tratando de descifrarla, totalmente inmerso. “La chica que estudia” era hermosa, tenía una de esas caras que, si se lo propusieran podrían conquistar un continente entero. Tenía un saquito verde agua, mientras leía los apuntes, con una mano iba subrayando o haciendo anotaciones y con la otra sostenía una cadenita de plata que por momentos se lo llevaba a la boca. Lo mordía, o lo chupaba no sé. Yo parado la miraba por encima de las góndolas. Cada tanto bajaba la vista a los productos pero con el único fin de justificar mi paseo por allí, no me interesaba nada en particular. Lo que me interesaba estaba del otro lado de las góndolas, del otro lado del mundo. Sentada, estudiando, mordiendo la cadenita. La piel era extremadamente blanca, casi rosa, tenía una remera con voladitos o no sé qué en el cuello. La verdad soy pésimo describiendo ropa femenina. Pelo lacio, atado en un rodete arriba, alto. De un color entre el castaño claro y el naranja. Imposible quizás representarlo en una pintura, en un dibujo. A veces la realidad es tan certera que puede llegar a anularnos. Una pierna la tenía arriba de la silla, como para sentarse en posición indio pero sobre la silla (uno por lo general se sienta así en el piso) y a medias, con una sola pierna. All Stars negras, usadas, no desvencijadas pero tampoco nuevas. Hay ciertos detalles que hacen de las mujeres algo aún mejor. No sé por qué, pero me pasa. Sé que los calzados altos,


y sobre todo los zapatos de tacos altos, levantas el culo, pero a mí el calzado bajo: zapatillas, chatitas, sandalias, me pueden. Le dan una belleza natural que no sé por qué me gusta. Me gustan mucho. Ojo, puntualmente en los zapatos de tacos logro apreciar la estilización de la cosa, pero donde voy con todo es con el calzado de plataforma, por Dios no, eso no. Al cuadro lo completaba unos finitos anteojos plateados. Estudiaba concentradísima, yo pensaba: “¿qué onda?, ¿cómo alguien le puede poner tanto empeño a algo?, tanta concentración a un libro de estudios. No se movía, no levantaba la cabeza, si respiraba era un milagro. En ese momento miré a la chica de la caja que me estaba mirando a mí. Me estaba mirando mirar a “la chica que estudia”, no como diciendo “¿qué haces, flaco?” (como hace un rato me había puesto los puntos) sino con una cara que no me esperaba. Era una mueca risueña, como con un dejo de simpatía, algo le causaría gracia evidentemente, no sé. Al verla con una relativa cercanía noté el pelo mojado, debía haber entrado hace poco. Vive cerca. O estuvo en la casa de algún chabón, pensé. (Nada me parece más sexy que ver a una mujer por la calle con el pelo mojado). Enseguida emulé un principio de risa más bien incómoda (siempre es incómodo darse cuenta que lo están mirando a uno) y enfilé para mis aposentos. Ahora que lo pienso quizás ella también había esbozado esa suerte de risa porque yo la mire que me estaba mirando. En fin. Sentado de nuevo en mi “refugio” personal de esa noche, y sin poder dejar de mirar a “la chica que estudia” empecé a pensar en una historia. Una idea que me repicaba en la cabeza desde hacía un año. Tenía la historia para una película, para un largo. Por supuesto que no podía escribir formalmente un guión, no sé, no podía, no me salía, pero la pensaba, la tenía ahí. Era una idea barroca, cargada, densa, pretenciosa. Un director de cine no hallaba a la actriz para su película. Luego de reiterados casting no podía encontrar a la protagonista para su film. El tipo se pasaba horas y horas viendo pasar mujeres en un set de casting. Una tras otra, y otra y otra. Y nada. Hasta que un día deambulando por una plaza, ve en una feria un dibujo hecho a lápiz negro de una chica, de una mujer que lo cautiva por completo. Increpa al dibujante de ese retrato y le pregunta sobre la mujer. Éste le dice que la mujer no existe, que la inventó, que esa cara no representa a ninguna mujer real. El director de cine, que no escucha razones, emprende de todos modos una búsqueda, una búsqueda desesperada. Tenía hasta ahí, no era gran cosa, pero la idea me desquiciaba, la imagen del dibujo de una mujer que no existe me parecía una idea acabada de lo que había visto en el cine. De todas las películas que me habían cacheteado en esta etapa de cinéfilo adicto. No sabía como seguir, tenía una imagen del tipo tirando el guión a la basura. Tenía otra del tipo corriendo bajo la lluvia tapándose la cabeza con el guión, el agua corría la tinta hasta hacer desaparecer las palabras, hasta convertir ese manojo de páginas en justamente eso, un manojo de hojas inservibles, manchadas con tinta negra, imposibles. Tenía esas vagas ideas, esas imágenes de posibles desenlaces, pero en el medio faltaba algo, faltaba la película. O sea, no tenía nada. La frustración del director en no encontrar a la actriz era mi frustración de no encontrar una historia, una película. No escribía el guión, pero apuntaba ideas en un cuaderno Rivadavia de colegio. No tenía nombre porque no tenía ni pies ni cabeza pero cuando lo nombraba por alguna razón lo hacía con la palabra “Casting”. No era el


caso porque estaba solo en ese mini-mercado, pero al estar mirando a “la chica que estudia” la idea salía a flote, volvía a la luz ese manojo de elementos que me obsesionaban: básicamente, la mujer.

11 Toda la vida soñé con una maquina del tiempo. Ahora está de moda. Ahora “Volver al futuro” es la película de culto políticamente correcta. Y no es por “bancar” a tal o cual cosa desde Cemento, pero yo vi “Volver al futuro” en el 80 y algo y “Volver al futuro II” en el 90. Pero está bien, esas cosas pasan. Yo sé que vínculo tengo con el film y me basta. Me acuerdo que la alquilé apenas salió en video. Sí, era de los afortunados que tenía videocasetera. Era un mastodonte marca Noblex. Ya habiendo visto la 1, y teniendo al Doc, clavado en la cabeza, volviendo del futuro y llevándose a Marty y a Jennifer volando (literalmente) en el Delorian con una de las mejores frases del cine: “¿Carreteras?, a dónde vamos, no necesitamos... carreteras”. Vi la cajita del vhs de la 2 en el video club de Javier, un pibe de unos 30 años que nos cagaba a palos porque le revolvíamos todas las películas. Y me la alquilé, pero para mí me la estaba robando, la estaba secuestrando, no la pensaba devolver. Iba a pedir rescate, me iba a ir a la loma del orto con la película y no pensaba volver más. La vi –me acuerdo- un día de semana, a la tarde noche, solo, en mi casa. Mis viejos estarían en sus cosas, mi hermana, en las suyas, y yo solo, en el living, frente al televisor, devorando esa cinta. Siendo esa aventura, viviendo en otro tiempo, otro lugar. Literal y metafóricamente. Y desde ese momento, desde esas películas (la 1 y la 2) fue como un interruptor que se prendió. Otra vez, un interruptor. Listo, ya algo viajaba por adentro de mi cabeza. Desde ese entonces me empezaron a obsesionar los viajes en el tiempo. Veía todo lo relacionado con eso, me compraba cuanta revista de divulgación científica hablara de esos (y otros) temas: “Muy interesante”, “Descubrir”, “Conocer y saber”. Con amigos jugábamos a ‘Volver al futuro’. Hablábamos de detalles infinitamente sutiles, de supuestos errores. Y las veíamos, una y otra y otra vez. Todo esa pasión explotó en forma de “Narración: tema libre” en 6to grado. El tema libre puede apabullar a los más estructuraros: “Uy, ¿de qué hablo?”; “¿No se me ocurre nada, Seño”; “Tema libre, tema libre... ya sé ‘La baca’”. Pero a otros los puede alentar, a otros les puede dar las riendas para Ser como nunca antes. Más en un colegio de monjas, conservador. Bueno, yo que en toda la primera me sentí un boludo, en primer grado estuve a punto de repetir por “lento”, me puse a escribir como nunca antes, como nunca antes literalmente, nunca lo había hecho hasta ese momento y nunca lo volvería a hacer hasta los 17 o 18 años. Escribí sin parar, escribí sin levantar la cabeza, sin dudar un segundo. Era una narración pedorra para el colegio, pero hoy puedo decir que fue mi primer cuento. El tema abordado fue: El viaje en el tiempo. El título: “Dile al tiempo que vuelva”. El título no fue una invención mía, me había inspirado en una película rosa con Christopher Reeve, que había visto una vez en televisión: “Somewhere in Time”. Y


que en latino se llamaba algo así. La película no es buena pero a mí me había impactado. Plantea que si uno consigue pasar la noche en un edificio antiguo y logra recrear la habitación con todos elementos de esa época: ropa, monedas, reloj, muebles, todo. Se acuesta a recitar una suerte de oración, al despertar habrá logrado trasladarse a ese tiempo. Volviendo a mi narración, la trama era compleja, medio difícil de seguir, viajes en el tiempo, dos versiones de una misma persona, y un amor, creo que no correspondido. No habrá sido una gran cosa, seguramente, pero no importa. No estamos juzgando el nivel literario de un chico de 11 años que nunca había escrito antes, sino lo que estaba subterráneamente. Lo que por abajo se estaba gestando. La leí en voz alta. Leía horrorosamente mal. Pero mal enserio. Y esto milagrosamente lo leí bien. Normal, qué sé yo. Se entendió. Suficiente. Todos se quedaron cayados. Un amigo, recuerdo, me tiró abajo con eso de que leía mal. Pero está bien, cuando somos chicos solemos ser malos. La maestra no escuchó peros, dijo que lo había leído bien, que la trama era intrincada y se había entendido perfecto. Se quedó unos segundos en silencio, me sonrió y luego decidida se acercó a mi banco y sin más escribió en la hoja: “10 sobresaliente”. ¡A mí!, ¡al que leía como un tartamudo, al que tenía horrores de ortografía que lograban espantar a maestros y monjas! ¡Un 10! No habría podido prever jamás un 10 en Lengua. Jamás. Bastante más grande, de adolescente, charlando con otro novio de mi hermana, Lalo, un genio, llegamos a la conclusión que en “12 monos” la escena final se repite y se va a repetir por toda la eternidad. A saber: Cole (Bruce Willis) de adulto recuerda que cuando era un niño vio un asesinato en un aeropuerto. Luego ya de adulto viaja al pasado, al tiempo que era un chico, (por el quilombo del virus y la mar en coche), las cosas se complican y debe huir de la policía, corre por un aeropuerto, pero la bala de un oficial lo alcanza. Cae en brazos de la doctora Katheryn Railly pero antes de morir ve a un niño que lo está viendo atónito. Ese niño era él. Ese chico era él mismo. Ahí Cole, el adulto, entiende todo. Nuestra hipótesis: Si el Cole adulto pasó toda la vida recordando ese asesinato, es que eso ya pasó. El niño Cole ahora, va a quedar recordando eso hasta que llegue a ese punto y segundo antes de encontrar la muerte entienda todo al verse así mismo de niño, otra vez. Y así otra y otra y otra ves, infinitamente. Después, un poco más grande, con veinteipico cuando veía más películas de las que podía asimilar, descubrí un libro que marcó para siempre mi vida y le dio un orden a esas seudo teorías que esbozábamos con el novio de mi hermana. El libro: Otras Inquisiciones. El autor: Jorge Luis Borges. No es ninguna novedad que los cuentos de Borges son brillantes, pero a mí, en ese momento, me pegaron más los ensayos. Qué sé yo, son etapas. Borges en un ensayo de este libro cita a Herny James, y yo a su vez voy a tratar de citar a Borges. (Aunque creo que más bien voy a parafrasearlo): Borges cuenta que un tipo X está obsesionado con un dibujo que data de muchísimos años atrás. El dibujo es un retrato que inquieta el señor X por ser perturbadoramente parecido a él. Logra, el tipo éste, viajar a la fecha que indica el dibujo. Una vez allí, este señor, busca desesperadamente al autor del dibujo. Entre su aventura, ya


cansado, descubre de casualidad que un hombre lo está dibujando sin su permiso. El señor X se acerca y ve con pavor el retrato en cuestión. Borges dice que James crea en su relato el regressus in infinitum. La causa es posterior al efecto, el motivo del viaje es una de las consecuencia del viaje. Este magistral ensayo cayó como un rayo, directo a mi cabeza, ¡fum! Y le dio un nombre, un título a mis ideuchas. Sentí que estaba escrito para mí, sentí que Borges había viajado en el tiempo, quizás sentado en un bar nos escuchó divagar, y frente a semejantes paparruchadas dijo: “Bueno, cuando vuelva a mi tiempo, voy a escribir un ensayo como para que despabile este pobre cristiano. Por supuesto está la variable de que nunca se le ocurre leerlo, pero bueno, si le gustan los viajes en el tiempo quizás haya una remota esperanza”. O quizás, es una terrible coincidencia, nada más. Entonces ahora, con algunos años más, escribiendo esto sigo volviendo, como un sueño recurrente, una y otra vez a los viajes en el tiempo. Porque estaba ahí, a los 11 años, y está ahora a los 34. En el medio muchas cosas, lo cierto es que en el momento de la narración nadie vio que ahí había algo, nadie fomentó (más allá de ponerme un 10) ni me incentivó. Después de ese 10 volvió todo a la normalidad. Volví a leer como el orto, a escribir peor. No sé, me podrían haber mandado a un taller literario. Pero está bien, tampoco es que yo decía que quería escribir. Quizás fue un momento de supraconciencia el que me llevó a sacar esa historia. No sé. La cosa es que acá estoy ahora escribiendo sobre los viajes en el tiempo con el mismo fanatismo con el que lo hablábamos con mis amigos, de chicos. Con la misma pasión con la que desembuché esa narración. Y siguiendo una teoría que tengo que dice: si de grandes conservamos o exploramos algún vestigio de algo que nos apasionaba de chicos, lo qué sea, puede ser indirectamente, es que andamos por buen camino.

12 Esto no da para más. Nos acercamos, entonces, a algo parecido a un final. A una especie de desenlace. Mi estadía en el mini-mercado de la estación de servicio estaba acabada. Me sentía un espía sin misión, un detective sin caso, me aburría, debía cambiar de lugar. Quizás dormir un rato. Arrastré los imanes y los folletos de locales que estaban sobre la mesa con el brazo y los dejé caer en la bolsa de nylon. Era triste como se veía el plano ahora sin los imanes y folletos, sólo las líneas que había hecho en birome, yermas, baldías. Me quedé un segundo mirando ese mapa, lo que quedaba de él. Ese barrio ahora fantasma, esas tierras olvidadas. Me abstraje completamente. Miré la bolsa cargada de cosas, de papeles, y pensé algo loco, no me juzguen. Bah, si lo hacen me chupa un huevo, piensen lo que quieran. Allá ustedes, acá yo. Pensé que había una sola solución para ese estado. Ese estado que traía desde hacía un tiempo. Había un único desenlace para ese plano dibujado en la mesa del mini-mercado, para ese barrio ficticio: El fuego.


Solo las llamas de ese Dios de dioses podrían limpiar quién sabe qué cosa. Debía arder, debíamos arder. Pará, no me malinterpreten, mi intención era prender fuego los imanes y los folletos, nada más. Y eso estaba dispuesto a hacer. Volví a poner cada papel de cada local en su lugar, sobre la mesa. Uno a uno. Y el mundo volvió, el barrio resurgió como el Ave Fénix. Rearmé el plano completo, el barrio. Otra vez, ahí estaba. Relucía de una salud de mierda. El barrio “Proyecto F. Coppernico” estaba quizás en su esplendor. Levanté la vista a “la chica que estudia”, estudiaba, llevé los ojos a la cajera, y estaba tomando mate, (había que pasar toda la noche ahí). Volví a mis cosas, a mi barrio personal, lo miré, busqué en la bolsa de nylon, revolví papeles de todos los tamaños, tickets, entradas de cine viejas, mis agendas pocket de otros años de mí colección, un cuaderno y en el fondo una caja de fósforos grande, de cocina. La abrí y se me cayeron todos los fosfores encima, y otros fueron al piso. De un segundo a otro, todo era un mar de fósforos. Miré a “la chica que estudia” que me miraba, me agaché tan rápido que creo que dejé una estela como en los dibujitos animados y los empecé a juntar. Mientras lo hacía, miré de ahí abajo a “la chica que estudia” y ya no me miraba. Ya estaba una vez más en los libros, pero como sabiendo que la estaba mirando. Sabiendo de su condición de mina linda. No hay nada más deserotizante que una mina en pose de “sé que soy linda”. ¡Tomatelá! Me erguí, miré a la cajera que atendía a un cliente apurado por seguir camino. No sé qué esperaba con todo esto, no sé qué pensaba, sólo sabía que el barrio, mi barrio, debía arder ahí mismo, sin más. Le di mecha a un fósforo y lo dejé caer sobre la mesa. No pasó nada. Prendí otro, lo dejé caer, y más que marcar un poquito la mesa no hizo. Ahí la atención de “la chica que estudia” se centró en mí. Yo tapé el fósforo con la mano. Pero el humo no lo pude disimular. “La chica que estudia” miró a la cajera, luego a mí sin entender qué pasaba. Volví a repetir la acción, pero con tres fósforos juntos, y esta vez no lo dejé caer, los acerqué a un volante, luego a otro y a otro, y a un imán. En él lo dejé un tiempo prudencial y para mi sorpresa, ¡el imán agarró! “La chica que estudia” en shock miró el fuego, miró a la cajera, me miró a mí. Yo estaba con lo mío, miraba el fuego, miraba mi obra, mi creación. El fuego era mío. El barrio ardía. “La chica que estudia” ya asustada miró a la cajera, que de entre las góndolas vio una luz, algo raro, yo quieto, inmóvil, mirando fijo el fuego que se hacía más grande. La cajera miró a “la chica que estudia”, descolocada. Para mí el tiempo se había desvanecido, se había diluido. Hasta que, ya casi encima mío, la cajera decidida disparó: —¿Qué es eso, flaco? Yo reaccioné y me puse de pie como cuando dormido en el colegio te llamaban para que sigas leyendo o algo, y otra vez en mí, (o casi) tomé dimensión y sabía que había que apagar ese fuego que hasta el momento no era grave. Giré apenas hacía el lado que venía la cajera y mi bolsa de nylon, que colgaba de mi muñeca, atravesó el campo minado. Y agarró enseguida, una llamarada de lava salía de mi brazo, intenté sacármela, pero no podía, la cajera que cambió su cara de enojo y desconcierto a preocupación ciudadana, salió corriendo a buscar algo para apagarme. “La chica que estudia” se paró, y miraba sin decir ni hacer nada. Yo agitaba el brazo, aleteaba para sacarme la bola de fuego de encima, la cajera vino corriendo con un secador, me estaba midiendo, es decir, a la bolsa, pero no se animaba, yo me movía, saltaba, movía el brazo, hasta que:


—¡Pará! Quedate quieto un segundo, no te muevas.— me dijo. Me miró, la miré, su claridad me dio confianza, seguridad. Dejé de mover el brazo, ella apuntó y de un solo y certero golpe voló la bolsa a la mierda. Fue un cuadrangular. La bola de fuego voló a la otra punta del mini-mercado como un meteorito cayendo a la tierra. Me miró, la miré, fue un segundo de alivio. Un segundo nomás, porque la mesa seguía prendida fuego. Tomé mi campera de gimnasia para ahogar el fuego, al barrio que ardía. Pero era una campera de nylon, me arrepentí. Vi que en el piso estaba mi cuaderno medio chamuscado que se había caído de la bolsa en llamas, lo tomé y con golpes secos, empecé a apagarlo. La cajera, con el secador en la mano, empezó a pegarle también con la parte de la goma, y tirando al piso los papeles encendidos, los pisaba. Yo por un segundo pensé: El barrio se extingue, el barrio ya no existe más. “La chica que estudia” miraba. Miraba con el resaltador fosforescente en la mano. Cuando ya teníamos medianamente controlado el asunto, “la chica que estudia” dice: “Allá hay más”. Los dos mirábamos a “la chica que estudia” descolocados, y agotados, luego a dónde nos indicaba. Atrás de una góndola, una luz encandecía, Nos movimos, ya reconociéndonos como un equipo, y lo evidente, la bolsa de nylon hecha una furia de fuego había impactado sobre otra góndola y ya ardían en comunión: La bolsa; barras de cereal; chicitos; sugus confitados, esos de caja de cartón; la góndola entera. Miramos el fuego, y actuamos. —¿Dónde está el matafuegos?— dije yo. La cajera me indicó. Yo corrí. Ella le dijo a “la chica que estudia” que llame a los bomberos. —¿Cuál es el número?, no tengo idea— dijo “la chica que estudia”. La cajera se movía rápido. —No sé, flaca, el 911. La cajera salió del mini-mercado en busca del playero. Yo corrí con el matafuegos y comencé con la tarea. Ya había mucho humo. Humo negro de los plásticos y los chicitos, y después humo blanco del matafuego por todos lados. Y en el medio, el fuego, el fuego seguía vivo. La cajera ingresó diciendo que el playero estaba dormido en un cuartito y no se despertaba, pero no venía con las manos vacías, traía un balde con arena, lo tiró sobre la llamarada, lo logró ahogar un poco, pero no fue suficiente. Yo le pregunté a “la chica que estudia” si había llamado a los bomberos, ella dijo que no se podía comunicar, que estaba intentando. En ese mar de llamas alcancé a ver una de mis agendas encendida al rojo vivo. Vi como las llamas que intentábamos combatir estaban haciendo una justicia no pedida, una justicia casual, una justicia personal. Vi: martes 14 de septiembre de 2002, vi mi letra caótica, vi el listado de cosas que hice aquel día, la hoja abarrotada de palabras, vi como ese día desaparecía, se extinguía. Mis ojos brillosos reflejaban las llamas. Ya en el ambiente se veía poco. La cajera me agarró de la mano y me dijo que debíamos salir, que ya no había nada por hacer. Yo me dejé llevar pero la puerta automática no. Se había cortado la luz, se había activado la luz de emergencia, y una fina lluvia caía del techo. Pero las puertas no se abrían. Las puertas se habían empacado. “La chica que estudia” comenzó a gritar, que íbamos a explotar, que nos abrieran la puerta. No aportaba nada gritando, ni poniéndose histérica pero tenía razón.


Íbamos a explotar, estábamos en una estación de servicio rodeados de nafta. Estábamos parados sobre una bomba, nosotros éramos La Bomba. El playero se despertó y salió de su cuartito, era petizo y con una panza redonda. Miraba sin entender nada. Nos miraba a nosotros del lado de adentro, con las puertas de vidrio de por medio. La cajera y “la chica que estudia” intentaban abrir la puerta con las manos. El humo envolvía todo el mini-mercado. Las puertas pesadas no cedían. Apenas se entreabrían un centímetro. Suficiente para que la cajera y “la chica que estudia” apoyaran la boca para tomar grandes bocanadas de aire limpio. Cabe decir que había una puerta de emergencias pero que estaba tapada por una enorme pila de bolsas de carbón. Yo miré un segundo la situación, miré a mi alrededor, humo, humo y más humo, me até la campera en la cara y me interné en lo desconocido, en la selva, en el impenetrable. El playero se había sumado a la tarea del lado de afuera, y en eso, la cajera notó que faltaban unos manos. Las manos de “la chica que estudia”. Miró hacia abajo, como pudo y efectivamente, “la chica que estudia” estaba desmayada. Ella que tampoco podía más, se arrodilló, no por su voluntad, sino que fue el humo quién tomó esa decisión. El playero empezó a golpear la puerta con el puño cerrado torpemente, inútil. En ese momento me acerqué yo con una silla en las manos. El que fue alguna vez a estos mini-mercados recuerda lo pesadas que son. Miré a la cajera que me miraba sin mirarme, y le enseñé lo que debíamos hacer. Movimos a “la chica que estudia” a un costado, me desaté la campera y la até en la cara de la cajera, le dije que se quedara ahí. Estaba sentada en el piso. Fui hasta la puerta e hice lo mismo con el playero. Volví a agarrar la silla, tomé cierta distancia y revolee la pesada silla contra las puertas de vidrio con una fuerza desconocida. Las puertas estallaron en mil esquirlas de vidrios que volaron por el aire. El mismo aire que entró al mini-mercado, el mismo aire que entró a mis pulmones. Volví a buscar a las chicas, la cajera seguía sentada, medio perdida, la paré y apenas le indiqué que caminara hacia fuera. Enseguida entró el playero, tomamos de los pies y axilas a “la chica que estudia” y la sacamos. El peligro no había pasado, el peligro estaba más presente que nunca. Teníamos que correr, teníamos que salir de ahí. Alejarnos lo más posible. Eso hicimos. Corrimos. La cajera lo hacía como podía, el playero y yo llevando en andas a “la chica que estudia”. Nos alejamos unos 50 metros. Y en eso sentí, de espaldas a la estación de servicio, una de las cosas más fuertes de mi vida: la estación de servicio explotó. El cuerpo nos retumbó por adentro. Cada una de las tripas vibró por la onda expansiva. No quiero exagerar pero sentí como una fuerza me empujó hacia delante varios metros, como que caminé en el aire. No me caí, como pasa en las películas, sino que me impulsó hacia delante como una combustión de nitrógeno en un auto de carrera de alguna película de acción barata. Vimos como la noche oscura se iluminaba como el más intenso rayo lo hace en una tormenta eléctrica. Fue de día por un segundo. Ya correr era inútil. Lo que había pasado, ya había pasado. Nos detuvimos, dimos media vuelta. Y vimos el espectáculo. Un hongo de fuego rojo y negro nos iluminaba ahora las caras. Se sentía el calor en el cuerpo, en la cara. Como todo el sol de un día de enero a la una de la tarde junto, de un segundo para el otro, directo a tu cara. No hablamos, no nos movimos, no hicimos nada.


Enseguida vinieron los bomberos y una ambulancia. “La chica que estudia” fue asistida. Antes de que la lleven al hospital para observación, volvió en sí, estaba bien. Llegó la policía. Nos interrogó. “La chica que estudia” me echó la culpa. Se armó quilombo, me dijo ‘pelotudo’. Y tenía razón. La policía dijo que debíamos ir a dar declaración pero primero nos tenían que ver los médicos. La ambulancia con “la chica que estudia” se fue. Vino otra que se encargó de nosotros. Los bomberos estaban luchando contra las llamas que parecían salidas del mismísimo infierno. Estábamos bien. La cajera ya estaba recuperada del todo. Nos querían llevar al hospital pero no hacía falta, nos sentíamos bien. Estábamos sucios. Agotados. Nos sentamos en el cordón de la vereda. Nos quedamos en silencio. Mirando la nada, mirando la cantidad de vecinos, de curiosos, hasta Crónica ya se había hecho presente. Ya estaba amaneciendo. El fuego se había empezado a calmar. Los bomberos lo estaban controlando. En un rato más teníamos que ir a la comisaría a declarar. Yo estaba lejos de mi casa. No tenía tiempo de ir y volver. Me iba a quedar haciendo tiempo en algún bar. Empezamos a caminar. La cajera enfiló para su casa, caminamos juntos. Ella se detuvo, habíamos llegado a su edificio, vivía cerca, lo que había conjeturado hacía un par de horas. La miré, la miré de cerca, no lo había notado antes, era hermosa. Morocha, color café con leche. De pelo corto, sujetado con algunas hebillitas negras. Me sonrió no coqueteando sino esa risa propia de la incomodidad. Era más linda cuando se reía. Se le hacían esos paréntesis en los cachetes. Era hermosa, a simple vista frágil, tímida, pero la fuerza iba por adentro. La noche había sido testigo de eso. Sabía que no vivía por la zona, entonces me invitó a pasar, en menos de una hora teníamos que estar en la comisaría, no antes porque el sub-comisario estaba volviendo de viaje y él mismo nos iba a tomar declaración o algo así. Le dije que no hacía falta que me quedaba por ahí, haciendo tiempo. Insistió. Me dejé llevar, otra vez. Subimos a su departamento. Era chiquito, diminuto. Fue al baño. Me quedé solo en el único ambiente. Miré todo, di vueltas, giré sobre mi eje. Era cálido. Miré una silla repleta de ropa. Miré la cama desecha. Miré unas zapatillas sin marca a un costado. Un televisor 14 pulgadas. Una mesa chica con dos sillas, unas carpetas, unas hojas, cuadernos, libros de estudio. Otra chica que estudia, pensé. Me acerqué, “4 año turno noche”, decía un apunte. Caminé unos pasos. Miré la cocinita más diminuta aún. Dos personas juntas no entraban. Miré la puerta de la heladera, unas facturas a pagar, imanes de delivery y fotos. En una foto estaba con un nene. Hijo de ella no era, no había rastros de que viviera un nene en ese departamento. Otras fotos, ella con amigas, ella con una mujer de unos 60 años (su madre, podría ser), ella sola, en una playa, seria, un día nublado, abrigada. No era autofoto, se la habría sacado una amiga, o un novio. Me gustó estar ahí, me gustó mucho. Pensé un segundo en mi actividad de ir a ver departamentos habitados en alquiler. Volví al ambiente y ella salió del baño, me dijo que pasara yo si quería lavarme un poco la cara, las manos, que ella tenía hambre, que sino quería desayunar. Le dije que sí. Fui al baño. Me lavé la cara, me miré al espejo, el agua fría era Dios, la veía correr por mi cara. Tenía los ojos rojos. Estaba agotado. Pero extrañamente me sentía bien. Salí y fui directo hacia la cocina, parece que sin hacer ruido


porque ella no se dio cuenta que yo estaba ahí. Preparaba el mate y tostaba pan en una tostadora de chapa. La miré sin reportarme desde la puerta. La espié, entonces. La espié un instante. Le miré las manos, los brazos, los codos, la cola, y los pies. Se había descalzado. Le miré la nuca, la parte de la cara que está entre el pómulo y la oreja. Me sentí en desventaja, hice un ruido como para que note mi presencia. Se sobresaltó con una risa fresca. Dijo que ya casi estaban las tostadas. La cocinita no podía alojar a dos personas, era imposible maniobrar sin chocarse, por eso entré.

Fin

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Miro luego existo

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