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Abrir un álbum de viejas fotografías es irresistible, aparezcamos en ellas o no. Qué simpáticos vestidos usaban en los tiempos de la abuela, ¡y todos llevaban sombrero! Los coches en que viajaban parecen de juguete. Y la ciudad, ¡qué limpia y qué llena de árboles! En la esquina, donde está el mini súper, había una botica. Las medicinas se preparaban como cocteles en un bar. Figúrate, apenas hace cincuenta años todavía pastaban vacas por aquí… El pasado nos parece blanco, inocente y delicioso, sobre todo si no lo vivimos. De pronto se antoja entrar a una de esas fotografías en sepia y ver cómo era la vida antes del control remoto, las franquicias y la Barbie. Y es que, en lo más profundo, añoramos una vida simple; intuimos que la tecnología, en ocasiones, no libera, sino que esclaviza; sabemos que nos estamos perdiendo de algo, ¿pero de qué? Lo retro está de moda, y no por casualidad. La nostalgia, hoy día, es casi patológica. Admiramos los objetos de otro tiempo como reliquias que demuestran que alguna vez fuimos más candorosos… ¿Lo fuimos? Este número lo llenamos con recuerdos. La muñeca Barbie cumplió 51 años, durante los cuales la música sufrió verdaderas revoluciones, lo mismo que los aparatos para escucharla; los niños se convirtieron en la generación del copy paste; y el ocio, en sinónimo de red social. Los Simpson llevan 21 temporadas al aire, lo celebramos en el Trisquel; la palabra chido también tiene una historia digna de contarse… Y hablando de historias, le ofrecemos varias (bastante nostálgicas, por cierto): “Future is now”, “Destechado”, “Número equivocado” y “El Camello”. Aunque no todo en esta edición está relacionado con la sensación de una dicha perdida: existe un lado oscuro de la nostalgia. Tampoco es justo decir que todo tiempo pasado fue mejor. P.D. Iniciamos el año con una nueva sección. No se pierda La cocina filosófica de Patty.

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CONSEJO EDITORIAL BICAA´LU Dirección General: Mtra. Ana Laura Pazos González pazosorama@gmail.com Subdirección: Lic. Jorge Humberto Pazos Chávez aseconvox@asecon2006.com.mx Redacción: Mtra. Ana Laura Pazos González Lic. Pedro D. Hernández Zaldívar Coordinación Editorial: EQ fólder Bolívar 650 Centro Histórico S.L.P. (444) 814 9593 eqfolder@prodigy.net.mx www.eqfolder.com Diseño y Armado: EQ fólder Impresión: Concepto Impreso Tiraje: 4,000 más ejemplares de reposición Publicaciones anteriores: Solicítelas al correo electrónico: aseconvox@asecon2006.com.mx En línea: http://bicaalu.blogspot.com/ Para anunciarse: (55) 56695049

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4 El ocio ya no es como antes // 6 El lado oscuro de la nostalgia // 10 De la Barbie para acá // 14 Destechado // 19 Pienso en ti, no porque te extrañe // 20 ¿Qué onda con los niños de hoy? // 22 El otro lado del océano // 24 La cocina filosófica de Patty: Sopa de manzana // 28 Tiene que haber una fiesta en mi corazón todas las noches // 32 Future is now // 36 El Camello // 42 Número equivocado // 45 En Budapest // 46 Copy paste: una generación indeseable que llegó con el internet // 50 Alegría en la nostalgia // 54 Argüendero: Chido // 56 Trisquel: Los Simpson


Hoy tenemos todas las herramientas soñadas para mitigar el aburrimiento. Desde libros –ya sea de papel o electrónicos– hasta videojuegos y redes sociales.

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Sin embargo, el aburrimiento no ha dejado de encontrar víctimas. No importa cuántos gadgets salgan al mercado, cuántas películas se estrenen en el cine, cuántos “tweets” escribamos a diario… cada vez es más difícil divertirse. Paradójicamente, y a pesar del monstruo que es la industria del entretenimiento, al final es común escuchar la típica frase: “es que no hay nada qué hacer”. Los primeros seres humanos se entretenían mirando las estrellas, imaginando figuras en las nubes o mirando ondular el fuego. Los griegos y los romanos pasaban gran parte de su tiempo libre en la terma: lugar de encuentro de literatos y filósofos, centro de chisme para las mujeres, sinónimo de ocio y vida social.


En la Edad Media, el pasatiempo de los hombres nobles era la caza; los más intelectuales jugaban al ajedrez; las damas se entretenían haciendo bordados o recogiendo flores. Con la aparición de la imprenta y la llegada de la Modernidad, la lectura se convirtió en uno de los pasatiempos más populares en Europa. Algunos hombres, como Leonardo Da Vinci, se pasaban los días imaginando y experimentando. Así también Galileo, que en lugar de perder tiempo en la taberna, se dedicaba a fabricar lentes que aumentaran el tamaño de los objetos. Fue así como en 1609 consiguió crear el telescopio más poderoso de su época. El ocio se convirtió en una profesión. De los ����������������������������������� pasatiempos������������������������ nació el método científico, la gran literatura y las máquinas para volar. En el siglo XX llegó el cine, poco tiempo después la producción en masa, la radio y la televisión. La “caja” le quitó protagonismo a los libros y, rápidamente, hipnotizó al mundo. Ahora los pasatiempos se relacionan con inactividad. Sumirse en un sillón para ver la TV; o, más comúnmente, indagar en la vida de otros a través de las redes sociales. Si llegamos a aburrimos del sedentarismo, podemos pretender que tocamos la guitarra como verdaderos dioses del rock, o estirar las piernas y jugar golf en un campo de diminutos pixeles.

Ahora los pasatiempos se d. relacionan con inactivida Ya no miramos las estrellas, hacemos caso omiso del canto de las aves, las nubes son de smog y el ajedrez se juega a distancia. Las páginas de un libro parecen demasiado descoloridas comparadas con las grandes producciones de Hollywood y, si experimentamos, lo hacemos probando un nuevo look. ¿Cómo no aburrirse si el mundo se ha reducido a tres pantallas: la de la televisión, la de la computadora y la del iPod? A veces hace falta salir, oler un perfume que no sea sintético, escuchar una canción que no haya sido mezclada en Pro tools, comer una fruta recién arrancada del árbol. Si nos desconectamos, es posible que encontremos inspiración, que descubramos algo sobre nosotros mismos o sobre el mundo, porque, después de todo, pasar el tiempo es un arte.

Ana Laura Pazos González pazosorama@gmail.com http//:leeanapazos.blogspot.com

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“Todo tiempo pasado fue mejor”. Ignoro cuan común sea esta frase en el resto del mundo, pero en México, en nuestro terruño, es multicitada, multicreída, multiplicada y enseñada. Esto no tiene nada de malo, a menos, desde luego, que resulte ser cierta. El ser humano quiere creer, y me atrevo a creer junto al resto de mis congéneres, que la historia de la civilización, con sus altas y bajas, es una historia de evolución. En cada país, en cada sociedad, en cada ciudad, en cada pueblo… la historia aparenta desenrollarse. De acuerdo con dicha teoría, evolucionamos, progresamos, avanzamos. Es por ello que, hipotéticamente, todo tiempo pasado debería ser peor que el actual, y se debería esperar, con cierto sentido, que los tiempos futuros fueran mejores. Resulta indispensable preguntarnos –en lo individual, pero sobre todo como país– si en verdad todo tiempo pasado fue mejor. La popularidad de la nostalgia es entendible, hasta cierto punto; deriva del hecho de que el mundo cambia y a todos nos cuesta trabajo cambiar junto con él. Nuestros padres piensan que los valores de nuestra generación son decadentes, y que, en definitiva, todo era mejor cuando ellos eran jóvenes; sin embargo, los abuelos argumentarían que, en realidad, fue en sus tiempos cuando todo era mejor. Si el lector de esta generación tiene hijos, se encontrará también frente a este espejismo. Lo anterior sólo querría decir que vivimos en una total involución. Si todo tiempo pasado fue mejor, no hay nada que esperar del futuro; parecería que estamos envueltos en una especie de ley de entropía social donde todo tiende al caos. ¿Pensarán los españoles que estaban mejor en tiempos de Franco?, ¿creerán los chilenos que todo era mejor con Pinochet?, ¿añorarán los alemanes los tiempos de Hitler; y los rusos, los de Stalin? ¿Será que en Suecia, Noruega y Dinamarca piensan que era mejor ser vikingos que vivir en las actuales sociedades de bienestar?, ¿extrañará Brasil el pasado?, ¿querrán los vietnamitas volver a los tiempos de su cruel guerra; y los croatas a los de la desintegración de Yugoslavia? Francamente lo dudo.

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Ahora que escribo estas líneas, con el sueño cumplido de presentar mi novela en la Feria del Libro de Guadalajara, lo hago convencido de que a mis 35 años estoy mejor que nunca. Eso significa que he evolucionado. Cualquiera que se perciba hoy peor que en el ayer, tiene dos opciones: vivir de la nostalgia, como México, o hacer algo por detener el proceso de decadencia. Podemos extrañar la infancia, cuando no teníamos preocupaciones; la adolescencia, cuando no asumíamos responsabilidades; o la juventud, con todo su ímpetu…, pero si en nuestra actualidad no creemos que con eso hemos construido a una mejor persona, la que somos hoy, definitivamente algo anda mal. Tomando como ejemplo a México, ¿todo tiempo pasado fue mejor? ¿Fue mejor la década de los 80 cuando la inflación era del 5,000% anual y se cambiaban los precios de los productos incluso tres veces en un día?, ¿hubiera sido mejor haber sufrido la represión del 68? ¿Qué tal haber vivido esa masacre a la que llamamos Revolución, o la Guerra de Reforma?... ¿A qué

época deseamos volver con tanta ensoñación? El año pasado se festejó –no entiendo por qué se festeja una matanza– el supuesto centenario de una supuesta Revolución. A cien años de que el ingenuo Madero le diera el tiro de gracia al Porfiriato, sigo convencido de que, en aquel tiempo, se vivía mejor que en éste. El país tenía futuro; hoy México sólo tiene pasado. Entre 1940 y 1968, México volvió a tener cauce y a ser visto por el mundo como una promesa. Esa época, conocida como el Milagro Mexicano, quizá fue mejor que la actual: crecimiento constante, orden –aunque fuera a costa de la represión– desarrollo mediano, buenos artistas, el cine de oro mexicano. En esta breve digresión, no pretendo definir si se estaba o no mejor entonces, aunque me parece que la mente nostálgica del mexicano piensa que sí. De ser cierto, nos enfrentaríamos a la verdad más deprimente de nuestra historia: la evidencia más palpable de que el país lleva más de 40 años en un proceso de decadencia que se acerca a la caída libre.


Tanto en el Porfiriato, como a mediados del siglo XX, como en nuestros días, México ha sido “el país del futuro”. Al parecer, siempre lo será porque sólo sabemos alimentarnos de nostalgia. Somos el país que busca glorias verídicas o falsas en cualquier rincón del pasado, aunque tenga que remontarse, ¡válgame tanto absurdo!, a los tiempos prehispánicos. ¡Claro!, seguramente hubiera sido mejor vivir en la época de los sacrificios humanos. Al menos hace 600 años los sacrificios eran rituales y no consecuencia del caos. Una encuesta realizada en 2008 por la Federación Rusa para definir quiénes eran los tres rusos más populares arrojó los siguientes resultados: en tercer lugar, San Alexander Nevsky, santo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, figura semi legendaria de los orígenes de las Rusias; en segundo, un hombre que no fue ruso, sino georgiano: Stalin, “el hombre de acero”, líder soviético que convirtió a Rusia en gran potencia. En primerísimo lugar quedó Vladimir Putin, el hombre que ese año dejaba la presidencia para ocupar el puesto de Primer Ministro –y seguramente volver a la presidencia en 2012 o 2016–. Su actual gran líder es el gran héroe de los rusos. Eso quiere decir que hoy están mejor que con Stalin y que en tiempos medievales. Su mejor tiempo no es el pasado, sino el presente.

En el tan mentado y gastado año del bicentenario, History Channel lanzó una convocatoria para votar por “El Gran Mexicano”. Por la forma dogmática en que se enseña la historia, no es de extrañar que el primer lugar lo haya obtenido Benito Juárez –aunque la mayoría sólo conozca su frase, que ni es su frase–. El maravilloso, y a la vez terrible segundo lugar, lo obtuvo Pedro Infante. Todos los mexicanos quieren ser como alguno de sus personajes: Luis Antonio García, El mil amores, Juan Charrasqueado, El todas mías, el macho pero tierno, el hombre sensible pero fuerte, el romántico conquistador cantor, el charro que todo lo puede, el del carisma, el que se empina una de tequila completa y le hace “lo que el viento a Juárez”, el carismático, el hombre viril a caballo, el del mariachi, el de la eterna fiesta y serenata, el pobre pero honrado, pues “Pepe el Toro es inocente.” En resumen, después del dogmatismo solemne, el mexicano se identifica con un personaje ciertamente fantástico, pero inexistente: el mexicano rural que cabalga entre las calles de las tranquilas y prósperas ciudades del Bajío. Tal vez todo tiempo pasado fue mejor; no lo es en mi caso y no lo creo. El pasado ya no existe, no volverá nunca, y vivir en la eterna nostalgia, sumergidos en recuerdos en sepia, es precisamente lo que impide que volteemos la cabeza 180 grados para poner los ojos en la dirección contraria: el futuro.

¿Fue mejor l a década de los 80 cuando la inflación era del

5,000%

Juan Miguel Zunzunegui

http://cavernadezunzu.tripod.com/

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“Era un rey de cho-co-la-te con na-riz de ca-ca-huateee…” el comienzo de la canción de Cri-cri que más me gustaba escuchar en mi primer tocadiscos de plástico rojo; tiempo después me enteré que se llamaba “Bombón I”. Mi papá nos ponía música clásica en el desayuno. Su tocadiscos conectado a un amplificador de bulbos y éste a su vez a un par de bocinas dentro de bafles enormes –construidos por él mismo– convertían al comedor en una sala de conciertos. Por las tardes solíamos escuchar jazz, mientras mi papá y sus amigos jugaban dominó y mi mamá me ayudaba con la tarea. En las fiestas infantiles oíamos discos y bailábamos a go-gó. Al término de la primaria, aunque no recibí ningún premio ni saqué buenas calificaciones, mi abuela me dio a escoger entre el anuario de la escuela y un disco. Me compró Young girl de los Union Gap. El tocadiscos de mis primos era portátil, una especie de maleta que al abrirla se separaban las bocinas y aparecía la tornamesa. En él escuchábamos discos de Los Beatles mientras aprendíamos a fumar cigarros


os l ia c n e de c s a e m l al do a l e mi ran En e os m a s í o n c s po o dis L . stas e i asta f h z e las a v r t o una y

que se rayaban.

robados de cajetillas de los adultos y comentábamos la portada de Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band, en la que aparecen muchos personajes importantes como Edgar Allan Poe, Hitler y Gandhi. Aseguraban que si escuchabas ese disco al revés, decía que Paul Mc Cartney había muerto, y se confirmaba al observar la P de flores blancas sobre la tumba al pie de la portada. En mi adolescencia los discos eran el alma de las fiestas. Los poníamos una y otra vez hasta que se rayaban. Había que voltearlos y volver a colocar la aguja en el principio para disfrutar de otra media hora de canciones. En la consola de mi abuela se podían apilar varios y se iban poniendo solos sin tener que interrumpir la conversación, el baile o el amor. Al poco tiempo aparecieron los modulares: radio AM y FM con tocadiscos en la parte superior y bocinas separadas para ubicarlas en el lugar más conveniente. Esos aparatos no se vendían en cualquier tienda, había que comprarlos de fayuca. Todos conocíamos a un vendedor. Más tarde aparecieron los modulares con toca-cintas para escuchar y grabar cassettes. Cambiamos el radio del coche por un auto-estéreo y a todos, por lo menos una vez, nos lo robaron.

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Forramos un cuarto completo con cartones de huevo para la cuestión acústica: amortiguar el sonido para poder platicar con la música a todo volumen. Grabábamos canciones escogidas de diferentes discos. Comenzamos a querer llevar la música con nosotros y adquirimos un walk-man (el año pasado se produjo la última serie de ellos). De recién casada adapté, con un micro-componente traído de la luna de miel, una recámara sólo para escuchar música. Nacieron mis hijos y con ellos los CD. Me resistí por un tiempo a dejar mis LP. Cada portada un recuerdo. Cada canción una historia. Tristemente fueron siendo suplantados por las cajitas transparentes con discos sin surcos. Para escuchar los CD, los disc-man. Llevar más música en menos espacio. La tecnología avanza. Ahora no se necesitan discos para grabar, ni cassettes, ni CD. Bastan la computadora y un iPod para bajar música del ciberespacio, comprar en línea y llevar miles de canciones en la bolsa. La muñeca Barbie cumplió 51 años y surge renovada junto con el disco, que ha cambiado su nombre por el de vinil o acetato –pasión de los DJ’s y raperos. Las portadas famosas se han convertido en obras de arte, pero la música se sigue escuchando con el placer de siempre.

Pita Escalona


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Jaime, niño de profesión, había despertado temprano. Su jovialidad era notoriamente contagiosa, sin embargo, su sonrisa hoy se le dibujaba por razones distintas a las habituales. 14

No era el señor sol iluminando la ciudad lo que le echaba a andar las endorfinas, tampoco la tibieza de su lecho, que abandonaba puntualmente al amanecer. Era algo que no pudo notar cuando despegó los párpados. Y no pudo porque, a diferencia de otros días, despertó bocabajo con las cobijas sobre la cabeza y un chiflón colándose por entre sus pijamas haciéndole cosquillas. Cosa rara, pensó al instante, siempre amanezco boca arriba y tapado hasta el pecho, como se me enseñó para no resfriarme. Esto es un desorden. Pero al voltear para incorporarse, se percató, extrañado, de que el techo sobre su cabeza había desaparecido de la noche a la mañana, sin llevarse las paredes. Dejó una carta al lado de su cama que le desdibujó su alegre mueca.


Querido Jaime, Lamento haber partido tan de sorpresa. No era esta la manera que tenía pensada para decirte las cosas, pero no me quedó más remedio. Me he ido con el Sr. Mistral a encontrarme en algún lugar del Mediterráneo, pues, según me dijo, los techos allá, aparte de guarecer a la gente, regulan su temperatura para entibiar durante el frío y calentar cuando el fresco se hace demasiado. En verdad estoy intrigado con esta técnica europea, quizá pueda regresar siendo el mejor de los techos posibles. No te preocupes por mí; regresaré pronto. Tuyo,tu techo. Pinche feo, musitó en el acto el desdichado. Con la sorpresa todavía en las rodillas, deambuló largo rato alrededor de su cama pensando en una solución. Una buena caminata siempre es buena para pensar con claridad. Se le ocurrió seguirlo hasta el viejo mar de comerciantes, pero al poco rato se respondió que él no tenía al señor Mistral de su lado, a ese ladrón de techos, para impulsarse de un gigantesco brinco hasta la costa de Libia o Italia... o ¿Siria? ¿España? ¿Dónde iba a buscarlo?, ni siquiera sabía de qué lado del Mediterráneo podría estar. Y un techo tan inteligente como él, que escribe cartas de despedida, se puede esconder fácilmente. Pero una idea le golpeó de súbito en la cabeza y gritó: “Compraré uno nuevo”. Con la decisión hecha y la voluntad en las pisadas emprendió el camino hasta la agencia de bienes raíces, donde le recibió una mujer alegre, vestida muy elegante y con rayos dorados en la cabellera. –Buenos días. He perdido mi techo y quiero uno nuevo– dijo con severidad el destechado. –Me parece perfecto que sepa lo que quiere, joven. Hoy nos han llegado los documentos de tres nuevas residencias en esta zona. –No, no me entendió. No quiero una casa, quiero nada más el techo, el puro techo. –Pero aquí no vendemos techos, vendemos casas o departamentos, yo no puedo venderle a usted un techo nada más. ¿Quién me querría comprar una casa destechada? –Alguien que tenga un techo sin casa, por supuesto –respondió Jaime con una lógica aplastante.

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–Bueno, claro, pero eso no es normal, la gente compra casas con techo para no tener que hacer dos compras. Por eso aquí las vendemos completas. Siento no poder ayudarle. –Y entonces, señorita, ¿podría indicarme la dirección que debo seguir? –Eso depende de adónde quiera llegar. – No me importa adónde... –empezó a decir Jaime. – En ese caso, tampoco importa la dirección que tome –contestó la señorita. – ... con tal de encontrar un techo –concluyó. – Eso es fácil, no tienes más que ir con un albañil. Todo se aclaró de repente. ¿Cómo no se le había ocurrido mandar a hacer su techo? Uno nuevo y fiel que no se vaya con el primer viento que se cruce en su camino; uno incluso más resistente que lo proteja de todo. Con fuerzas renovadas, se dirigió rápidamente a ver a Pedro, el albañil más habilidoso de la colonia. Al llegar a su casa, lo encontró levantado algunos muros para no perder la práctica. – Buenas tardes –Jaime miró su reloj que le decía con una sonrisa: “ya es tarde” – me preguntaba si usted podría ayudarme a construir un techo para mi casa. – Por supuesto, hijo, dame un segundo para derribar estos muros de entrenamiento y me dices todo lo que necesitas. Así que Pedro, con unos cuantos golpes de su poderosa mano, derribó las paredes frente a los ojos del pequeño que miró sorprendido la hazaña. – Bien, hijo, ¿qué necesitas? –dijo mientras se sacudía el polvo de la ropa. – Un techo, pero uno fuerte y fiel en el que pueda confiar y, si es posible, un poco tonto, que no sepa escribir –. – Muy bien. Vamos a necesitar las vigas más resistentes que tenga a la mano, porque supongo que es para hoy mismo, ¿no es así, hijo? Y un techo no se construye con los materiales frágiles con los que, tú sabes,


hijo, se puede construir, por ejemplo, una cama o un buró en el que puedes poner algunos libros y el periódico. No, hijo, necesitamos tener buena madera que esté a la mano, y eso es justo lo que tengo aquí: buena madera para hacer techos magníficos como el que tú necesitas, hijo. Y para eso los colegas tenemos que echar a andar este trabajo, pero ya, al instante, si no puede ser que no lo haya terminado para las nueve de la noche y tendrías que pasar frío. Y no queremos eso, no señor, no lo queremos. Pero no te voy a engañar de ningún nodo: esto no es precisamente barato, y si un problema tenemos que resolver ahorita…

a la voz de ya, es el del dinero, hijo, esto no puede hacerse así nada más, necesitamos incentivos; tú para para incentivarme a mí, y yo para estar incentivado, no sé si me doy a entender, hijo, no lo sé. Este tipo de trabajos que son de carácter urgente se resuelven a tiempo con dinero porque hay que pagarle a las manos que trabajan, o no trabajan. No es algo que podamos resolver, lo de tu techo, a menos de que haya una buena cantidad de dinero de por medio. Hay que llevar todos los materiales hasta tu casa entre tres o cuatro trabajadores al menos eso sin contar los gastos de...

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“techito, techito, ven techito,techito”.

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El hombre aún no terminaba su discurso, cuando Jaime se alejaba del lugar con la cabeza gacha, un poco decepcionado por lo difícil que se había tornado conseguir un techo en estos días. Nada más imaginar cómo pasaría la noche, desprotegido del frío, se puso a temblar de los pies a la quijada y se abrazó a sí mismo. Sin saber todavía cómo resolver el problema, caminó por las calles gritando: “techito, techito, ven techito, techito”. Intentaba pensar en una solución más sensata, hasta que llegó a un parque muy extenso, se sentó en una de las bancas y siguió diciendo: “techito, techito, ven techito, techito”. – Sí, dime – contestó alguien por fin. Jaime no supo qué hacer al principio; nunca había escuchado la voz de su techo y no había pensado en cómo reaccionaría si le contestaban, así que brincó de su asiento dispuesto a descubrir de dónde provenía la voz. – ¿Techito? – preguntó con cierto miedo hacía un arbusto. – Cáspita, creo que me he confundido. ¿No gritabas “Tachito, Tachito, ven Tachito, Tachito”? – respondió una voz rasposa y con olor a mezcal tras el arbusto, pero Jaime no pudo distinguirlo con tan poca luz. – No, señor, gritaba “techito”, con e y sin mayúscula. – ...techito, ¿eh?, has perdido tu techo, ¿es eso? – Sí, señor. Y como no pudieron venderme uno nuevo y construirlo era muy caro, preferí llamarlo, a ver si me escuchaba y podíamos arreglarnos de alguna manera. Ya no se me ocurre que más hacer. Tal vez regrese a casa... a mis paredes, y duerma muy bien tapado hoy para evitar un resfriado. – La vida no es tan dura sin un techo cuando tienes paredes. Nada más te das cuenta de lo amplio que es el mundo, aunque con asomarte por la ventana basta para notarlo. No perdería mi techo, si tuviera uno, para aprender eso. – Bueno, no lo perdí, mejor dicho, se fue y me dejó una carta diciéndome que no me preocupara y que regresaría pronto. – Y has salido a buscar un techo nuevo. – Así es. –¿Y eso te parece lo mejor que pudiste hacer, buscar un sustituto inmediatamente para alguien que te dijo que regresaría pronto? – No quiero pasar frío hoy por la noche. – Ni yo. Ya era tarde y Jaime pensó que sería bueno regresar a casa. Así que dejó su chamarra sobre el arbusto y se despidió de Tachito: –Adiós, Tachito –le dijo agradecido. –Adiós, ojalá vuelva pronto –le contestó la voz rasposa, ya sin frío.

Ulises Granados


No te extraño, no existe tu ausencia dentro de mi cuerpo ni mi alma. Tu presencia es constante a lo largo de mis días y mis noches. Te encuentro en la orilla de mi cama, en el árbol que me observa, en el sonido de la guitarra que alguien toca a lo lejos. Mientras menos te busco, más te encuentro. Al final del día, como resultado de una serie de encuentros acumulados, se genera una explosión tuya dentro de mí. Me provoca soñar contigo y conmigo: nos sueño. En el sueño no somos tú y yo, somos cada quien. Dos esferas antagónicas que giran y giran. Al girar, juegan. En medio de sus juegos tenebrosos y después de un rato de giros precisos que se oponen, la dirección se vuelve luz. Provoca una atracción irracional de las esferas, el encuentro se aproxima. Giran deseando ser iluminadas; corren, vuelan, chocan y se comprenden. Somos ahora una unidad, tan diferente a nuestra idea previa de la unión. Somos una unión que no se entiende, somos agua y fuego que se extinguen al enfrentarse. Somos humo que se crea. No eres más lo que solías ser, no soy más lo que alguna vez fui. Somos otro. No te extraño porque al pensar en mí pienso en ti, y al pensar en ti, me pienso. Adriana García

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¿Qué onda con los niños de hoy? El otro día, mientras veía viejas caricaturas, no pude evitar sonreír al recordar la inocencia de otros tiempos. Una botella de refresco hacía las veces de un balón; las niñas confeccionaban figuras de origami capaces de vaticinar cuántos hijos iban a tener y la edad a la que iban a casarse; y nos comunicábamos con teléfonos hechos con vasos desechables conectados con hilo de caña…


Afortunadamente, nací a finales de los 80 Afortunadamente, nací a finales de los 80, lo que me permitió gozar de una infancia llena de raspones, moretones y juegos salidos de mi imaginación –uno de mis favoritos era jugar a “la final de la Copa del mundo” con un envase de frutsi–. Era maravilloso no tener que estar pendiente de un celular o de una computadora… Y de pronto, ¿qué fue lo que cambió?, ¿qué perdimos?, ¿qué onda con los niños de hoy? De algo estoy seguro: en este mundo no están. Son adultos chiquitos que sueñan con conducir automóviles, tener mucho dinero y ser muy atractivos. Ellos viven en el mundo virtual, el de los videojuegos y las redes sociales, donde los amigos son igual de aparentes —no importa si no los han visto nunca—, entre más amigos, mejor. ¿Qué niño de siete años puede sobrevivir sin saberse el más popular? Ha sucedido algo terrible: la niñez se ha perdido, se ha convertido en un concepto que intenta englobar a esta clase de adultos pequeños. MTV es la Biblia, y Lady Gaga y Justin Bieber los más grandes predicadores. Pero esta tragedia no es gratuita. Al comprar su cariño con ropa y videojuegos, hemos pisoteado los valores en sus narices. Los educamos a través del soborno: dinero a cambio de buenas calificaciones y buen comportamiento. Ahora estamos destinados a complacer a estos pequeños adultos a los que les importa un bledo lo que pasa en el mundo, que no reparan en hablar de sexo, y que disfrutan de las películas más sangrientas. ¿Quién necesita muñecas, botecitos para hacer burbujas o gis para pintar un avión en el piso? Esas cosas son para los bebés que todavía no han dejado sus pañales de entrenamiento. Los niños de hoy quieren el nuevo Wii, el celular con más aplicaciones… las niñas sueñan con desfilar en pasarelas; los niños, con ser la nueva generación de Jackass.* Los niños ya no son símbolo de inocencia o imaginación desbordada, pero ¿qué otra cosa pueden ser, si los adultos permanecemos con la cabeza gacha, siempre pendientes del iPhone, la BlackBerry y de toda una parafernalia de gadgets idiotizantes? Les hemos contagiado nuestra adicción a la tecnología, los hemos convertido en esclavos incapaces de disfrutar de un día de sol, de un helado en el parque, de una tarde en familia, ¡de un buen libro! Si deseamos rescatarlos, debemos empezar con nosotros mismos, ¡levantar la cabeza y ser libres! Rafael Hernández López * Serie de televisión transmitida por MTV. En ella, el reparto realiza actividades cuya principal finalidad es infligirse dolor o buscar en estas actividades el máximo riesgo y peligro posible con el fin de divertir a los televidentes.

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Estar lejos de tu país despierta una de las nostalgias más profundas; la pena de saberse ausente, la tristeza originada por el recuerdo de una dicha perdida. Esto no me resulta ajeno, ya que se trata de mi situación actual. Decidí empacar mis maletas y decirle adiós a mi cotidianidad en la conflictiva, pero no por ello menos hermosa Ciudad de México.

Después de darle muchas vueltas al tema, concluí que era tiempo de tomar un nuevo rumbo. ¿Mi próxima parada?, España, la tierra del flamenco, las tapas, los chorizos y la cerveza perpetua –la sirven a horas insospechadas y hasta en lunes–. Pero lo que me resultó más atractivo de la experiencia fue el simple hecho de enfrentarme a un lugar diferente, desde luego no tanto como para sufrir un gran choque cultural, pero lo suficiente para conocer a fondo otra cultura… la medida perfecta. La aventura iba acompañada de una promesa: hacer una maestría. Dos años se dicen fácil, pero significan, entre otras cosas, estar lejos de los tuyos y de todo lo que conoces: la comida, el clima, los amigos. En resumen, tu zona de confort pasa a la historia.


Instalada en mi nueva ciudad, Madrid, me encuentro con que los españoles, en efecto, se parecen bastante a nosotros. Aunque las similitudes acaban donde varias cuestiones comienzan. Sí, la gente es bastante cálida y tiene ese carácter fiestero que todos los latinos sabemos apreciar. Entre la tortilla española y el vino, la hora de la comida se ha convertido en uno de mis momentos favoritos del día. Es cuando intento comprar tortillas de maíz, crema ácida o un aguacate maduro –sin éxito– que inicia mi conflicto cultural. Ésta no es ninguna pequeñez. Los restaurantes que se anuncian como “100% mexicanos” resultan una mala broma, además de excesivamente caros. Y qué decir de los estereotipos. La imagen de México que tiene la mayoría de los españoles es francamente desalentadora, aunque entendible. Las noticias que les llegan muestran únicamente la peor parte (la del narco, la de la pobreza, la que vende). Cuántas ganas dan de llevarlos a conocer el otro lado de México, ese por el que nos emocionamos en el Mundial (aunque nunca pasemos a cuartos); el de las zonas arqueológicas y las ciudades coloniales… pero también el de esa belleza arquitectónica en forma de impresionantes edificios de cristal. ¡Vaya!, ahora me parece que algunos paisajes urbanos de mi querida “Chilangolandia” no le piden nada a cualquier ciudad europea.

Cuántas ganas da n de llevarlos a conocer el otro lado de México Después de un viaje por las fibras más profundas de mis sentimientos patrióticos –que, por cierto, nunca habían estado tan despiertos– regreso a mi realidad. Definitivamente, el estar lejos me ha ayudado a valorar mucho más mi tierra. Sin embargo, por ahora no me queda más que abrir bien los ojos y disfrutar cada momento de mi experiencia... ¡Olé!

Laila Robles Martínez

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La cocina filos贸fica de

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Ingredientes:

6 manzanas 3 hechizos o bendiciones 1 Libro de filosofía 4 virtudes

Modo de preparación:

Se pican las manzanas y se revuelven con el resto de los ingredientes, tratando de integrarlos equilibradamente.

El primer platillo que preparé, sin lugar a dudas, fue mi famosísima sopa de manzana. No le dieron tal adjetivo por su excelente calidad o sabor, sino por su pésimo acercamiento al paladar y por la intensidad con la que obligué a mi familia a probarla –hasta la fecha me recuerdan el suceso–. A pesar de mi fracaso gourmet, me di cuenta de lo mucho que me gustaba la cocina. Mezclar ���������������������������� ingredientes,������� descubrir sabores, estudiar el efecto que puede provocar una ramita de perejil o una pizca de orégano; subir o bajar la intensidad del fuego; sorprenderse de cómo una gota de limón es capaz de cambiar toda la estructura de un caramelizado… Debo confesar que todavía no logro que las claras de huevo se levanten para obtener un capeado perfecto. Estas cosas tan sencillas no distan de la química básica. La manera en que se mezcla el ácido del limón con el resto de los ingredientes causa tal o cual efecto; el oxígeno en contacto con las claras hace que se levanten de determinada forma… Esta afirmación científica no sólo es probable, sino auténtica, pero cuando uno cocina hay algo más, existe una cierta maravilla o pequeña magia que se desarrolla alrededor de un platillo. Mi mejor amiga, cuando cocina comida árabe, recita y envía una serie de bendiciones al keppe crudo y al jocoque que hacen que la comida quede tan deliciosa que ni a Sor Juana Inés de la Cruz le hubiera quedado mejor. ¿Será por esto que en alguna época las mujeres fueron quemadas?

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A lo mejor un esposo se hartó de comer sopa de manzana e inventó que su esposa era una bruja; quizás alguien vio a una mujer bendiciendo el keppe y pensó que estaba haciendo un hechizo, o tal vez a alguna mujer, en su locura medieval, se le ocurrió hacer experimentos en la cocina. En la Edad Media, a una mujer podía perdonársele una sopa de manzana deficiente; las bendiciones en español, latín, árabe o arameo…, pero jamás se le hubiera perdonado la chifladura de intentar pensar: una mujer experimentando en la cocina no podía ser otra cosa que una bruja bien hecha. A mí, a poco más de 500 años del Medioevo, se me ocurrió algo peor, estudiar… y, para colmo, ¡filosofía! No me voy a laurear como si fuera la primera mujer en estudiar algo así; ya muchas locas tuvieron tal ocurrencia antes. Somos ya una larga generación de mujeres estudiosas que se ha salvado de la hoguera –cosa que se agradece–. Pero no sólo filósofas, también están las grandes empresarias, dirigentes, y políticas… Parece ser que, hoy día, lo que las mujeres menos quieren es regresar a la cocina. Pero entonces, ¿quién hará la sopa de manzana? Aunque seamos las grandes empresarias o catedráticas, seguimos siendo nosotras quienes parimos a los hijos. Resulta complicado balancear estas dos dimensiones, la profesión y la familia, al punto que llevar bien dichos aspectos existenciales constituye una obra de arte y un verdadero acto de magia que no se le da a cualquier bruja. El término medio, según Aristóteles, es el único modo de arrojarnos a la felicidad, pues sólo en él podemos encontrar la virtud y el equilibrio. En palabras de mi abuelita: “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.” Hombres y mujeres debemos unir e integrar los diferentes aspectos de la vida para lograr ser felices. Ser exitoso no implica únicamente ser un gran profesionista, es intentar estar bien en todos los aspectos de la vida que se han decidido asumir. En esta sección, “La cocina filosófica de Patty”, decidí unir e integrar mis dos grandes pasiones, filosofar y guisar, pequeñas reflexiones filosóficas de la vida diaria en torno a ingredientes que habitan en mi cocina. Dra. Patty Garza


Los catorce cuentos que recoge Parvada blanca en la ciudad son catorce intrigantes, equívocas, misteriosas historias que nos llevan a climas y situaciones diversos. A la vez, estos relatos -tenues, rotundos, tajantes- son ceremonias de iniciación, un mismo rito de pasaje catorce veces celebrado. En una atmósfera de laberinto, de encrucijada, de espesa neblina, los personajes de Ana Laura Pazos se encuentran siempre al borde de alguna revelación que será definitiva para sus vidas. Esta joven escritora tiene un don especial para hacernos sentir la trascendencia de ese paso que estamos a punto de dar.

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Esta es la historia de un joven lépero, hosco y rebelde en un pueblecito de comerciantes y pastores. Un bello pueblecillo de cometas y vivos aeróstatos. Nuestro joven trabaja en los establos: bozal, zagalero, ovejero, cirineo, peón. Duerme en gallineros, cobertizos, árboles y autos viejos. Cultiva la amistad de una anciana sabia que es dulce y cálida con el mundo. Ella le invita bollos y chocolate caliente. Y platican. Y conversan de animales y planetas. De los puntos brillantes que caen del cielo para perderse entre la vieja chaqueta y los cabellos sucios del adolescente. Comentan acerca de la gracia y la fuerza de los céfiros. Platican de países de más allá de las colinas, atrás de enciclopedias y cromos, amplias y hondas naciones de gases, nuevas lenguas en los climas y viejos parientes solares. La plateada anciana es querida por la gente. El jovencillo es mirado con recelo, pues: “se embriaga los domingos, es silencioso, lee ciertas gacetillas, habla con las bestias y ejercita extrañas oraciones. Nadie sabe cómo apareció ni qué grava en lo alto de los árboles… además se rumora que practica el vuelo en las madrugadas”.


Nuestro joven t rabaj en los establo a s: bozal, zagalero, ovejero, cirineo, pe贸n.

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II Y sucede que al interior de un verano de una joven bella moza conocida de la anciana el bellaco se enamora. ¡Y cuántos peces del caudaloso río mecen el cuerpo de la chica! (sí, sí, yo quiero ser ese río caudaloso que invade tus sueños) ¡Y qué cabello y cuánto color en las mejillas! ¡Y los 55 cascabeles de plata en cada trenza! ¡Y las 79 luces rojas cruzando el cielo todas las noches!... Pero los astros no acceden a favorecer al corazón llagado y turbulento del montaraz mozalbete. Y provoca repulsión y cierto miedo en la jovencita. Aun cuando nace una flama al interior de la muchacha y una piedrecilla que no termina de caer. (ah, sí, yo quisiera terminar por caer redondo en tu sonrisa). III Y cuando el tiempo devora estaciones y experiencias… con la negatividad del poema aparece el otoño. El palurdo joven renuncia al sentido de mentes y corazones. Se atreve a concretizar la vida con la vida: delinque, es decir, delinque. No labora más. Salta cercas. Hurta comida. Se escabulle antes de la aurora con su enferma y frágil sombra por el bosque. Cruza arroyos y trepa a los árboles enrabietado. Busca y hunde las manos en la tierra… practica el vuelo. Ladrón de gallinas, aguarda el final en su poema.


Todo se desencadena cuando la gente se harta del pillo IV Todo se desencadena cuando la gente se harta del pillo “… es que ya enervan sus modales y su mirada de estropicios…” Desde la vida adulta aconsejan a la anciana no verle más, no dirigirle saludos ni palabra alguna. Para el invierno nuestro cabecilla tapia su corazón… (no, no era así, yo hubiera querido guardarte en mis interiores para los fríos terrenales) Come de las últimas frutas silvestres del año. Adelgaza. Se hunden sus ojos y prolifera un delgado vello en su rostro. Amigo de abigeos, entra con ellos al pueblo. Se desnuda en la placita cantando ebrio. Discute asuntos imposibles con los viejos del pueblo y arma camorra en la taberna. Masculla en otros idiomas… Luego vendrían días en que dormía en la hierba seca, golpeado. Meridianos y atardeceres practicando el vuelo… Y madrugadas cuando merodeaba los caminos silbando extrañas tonadillas y cuestionando al bosque y al cielo en raras lenguas. Anémico, hondo, revoltoso, coruscante, convicto... fosforescente, la entrada de la primavera invade sus ojos enrojecidos que sacuden en el carnaval las almas de la anciana y la muchachita.

ahora estoy garrapateando todas estas tristes y arrebujadas baladas V La chica se conmueve del bellaco quien con toda precisión se marcha del pueblo al momento que termina el primer aguacero de la estación cargando una mochila blanca y roída después de dormir media tarde en la sala de espera de una clínica popular de beneficencia, parecida a la que en donde ahora estoy garrapateando todas estas tristes y arrebujadas baladas que me vienen de pronto a la cabeza y que me llegan de pronto al corazón…

Damián Bautista

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El noticiero se proyectaba en la pared, como todas las mañanas. Le dije a la tostadora que calentara el pan y me dispuse a enterarme de lo que había pasado en el mundo mientras dormía.

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La cafetera me avisó que el café estaba listo y me hice a un lado para que la barredora hiciera lo suyo con el piso de la cocina. “Los médicos descubren el secreto de la inmortalidad”, dijo el hombre del noticiero. Eterna soledad entre máquinas. Me hubiera gustado vivir en la época de los libros de papel, el tocadiscos y el auto manual… Ahora todo es tan aburrido y metálico. El abuelo se volvería a morir si viera este infierno.


Me dejé abatir por una nostalgia ajena; tiempos que no viví, pero que me hacían anhela r una vida simple, lejos de las máquinas. Afuera, los aspersores regaban el jardín. Lo mismo sucedía en las decenas de condominios que se levantaban en la inmensa espiral en la que vivo. Me fui a mi oficina. La charola motorizada me siguió hasta que me senté tras el escritorio. Nada más faltaba que se tomara el café por mí. Encendí el programa y el rostro de mi jefe se proyectó en la pared. Otra vez las cejas desquiciadas, los ojos impenetrables y su tupida barba negra. “¿Novedades?”, se escuchó una voz ríspida. “La campaña publicitaria ha tenido un gran impacto en los consumidores. El producto se encuentra posicionado en la mente del 80% de ellos, lo cual rebasa nuestras expectativas. Creo que estamos listos para el lanzamiento”. “Bien”, dijo el Señor Thompson. Su espantosa cara se desvaneció y la pared volvió a estar limpia y resplandeciente. Un detector de mentiras para el hogar… Como si no tuviéramos suficiente con el chip intradérmico y los interrogatorios de la policía. Le di un sorbo a mi café negro y vi los coches volar desde la ventana. “Requiem, Mozart”, ordené, y se hizo la música. No más trabajo por hoy. Me dejé abatir por una nostalgia ajena; tiempos que no viví, pero que me hacían anhelar una vida simple, lejos de las máquinas. El olor a pan caliente, la familia reunida en la sala, la chimenea encendida, alumbrando los rostros, calentando las almas. Y el librero lleno de libros. ¡El abuelo tenía tantos! Me gustaba que me leyera un libro antes de dormir. Julio Verne, H.G. Welles, Isaac Asimov… La ciencia ficción ya no existe. Ahora todo es ciencia, pero casi nadie sabe hacerla. Es como si siempre hubiera estado ahí. Ni siquiera debemos oprimir un botón, basta con el sonido de nuestra voz para que las cosas funcionen. ¿Acaso nos hemos convertido en dioses?

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“Ha llegado el pedido del supermercado”, me informó Melibea, la computadora que gobierna mi casa. En la cocina, los picorobots lavaban la fruta, guardaban las conservas y acomodaban los congelados en el refrigerador, precisos e incansables como hormigas. “Para música”, y Mozart dejó de escucharse. Subí al auto y le dije al GPS que me llevara a la reserva ecológica. Cuando pasamos por la Avenida Central, un caleidoscopio de hologramas y publicidad bombardeó mis sentidos. Los picorobots llevando cosas de aquí para allá con sus bracitos metálicos; el refrigerador que hacía pedidos al supermercado vía internet… El Señor Thompson aparecía en todos los anuncios, con su traje gris impecable, y un séquito de robots sonrientes vestidos con el logotipo de la compañía. Future is now era la trasnacional más poderosa del mundo y sin embargo no me sentía orgullosa de pertenecer a ella. Cinco años trabajando y sólo había estado en el corporativo dos veces. Casi ningún empleo era presencial porque de la parte operativa se encargaban los robots. “Hemos llegado a la reserva ecológica. Microsoft Street. 77° Fahrenheit. 16:32 horas”, anunció la voz masculina de mi GPS. Bajé del automóvil y respiré el perfume que emanaba de los árboles. Primero caminé, después corrí hasta agotarme y me tendí en la hierba. Las nubes formaban remolinos rosados en el cielo, avanzaban de prisa, escondiendo los rayos del sol, dejándolos salir de nuevo. Éramos yo y mis sueños, nadie más. En las copas de los pinos cantaban las aves y las ardillas correteaban por aquí y por allá. ¡Qué increíble sensación! Por un momento sentí que el tiempo no existía y creí volar hacia un espacio sobrenatural, lleno de luz y rocío resplandeciente. Era de noche cuando regresé a casa. “Melibea, abre la puerta” y la puerta se abrió. “Fruta, pan tostado”. Los picorobots salieron de su escondite y en menos de cinco minutos la cena


estaba servida. Saqué una botella de vino del refrigerador y me serví una copa. Carmesí, afrutado y denso, apuré el vino de un solo trago. “El hombre elefante. David Lynch”, y la película comenzó a proyectarse en la pared. Esa era la película favorita del abuelo, y también la mía. Pobre y triste vida de Joseph Merrick. Me serví otra copa de vino, ahora rebosante, y bebí su contenido con ansia. Y lloré, lloré tanto; lloré por el hombre elefante, lloré por mí y por el mundo entero. Un estruendo detuvo el llanto de forma abrupta. La botella de vino había caído al suelo y su contenido se dispersaba, formando delgados hilos rojos. Un picorobot se encontraba en la mesa de la cocina y me veía con sus ojillos de cangrejo. Cuando volví la mirada hacia la pared, la película había dejado de proyectarse. “Demasiado vino le ocasiona malestar”, dijo Melibea. “Y esa película le está haciendo daño. No debe llorar, señorita.” Me quedé ahí, sentada, absorta e impotente porque una computadora quería gobernar mi vida. Fui a mi habitación y saqué del armario una caja llena de recuerdos del abuelo. Lo primero que encontré fue un ejemplar de Viaje al centro de la Tierra empastado en piel. Tomé el libro y en seguida recordé la voz profunda del abuelo, leyendo para mí. Acaricié sus páginas con ternura, como si fueran las manos del viejo. Él siempre creyó que aquella historia de Julio Verne era verdadera. “Un día tú y yo nos vamos a ir a Islandia a buscar el centro de la Tierra”, me decía antes de darme el beso de buenas noches.

Era de noche cuando , regresé a casa. “Melibea ta abre la puerta” y la puer se abrió. “Melibea, que los picorobots traigan una maleta y guarden en ella toda mi ropa caliente y las botas para escalar”, ordené. Yo misma guardé el libro del abuelo y llevé la maleta a la entrada. “Melibea, desactiva a cada robot y aparato de la casa, luego desactiva tu sistema.” Me fui sin decir adiós. El automóvil me llevó a la estación de trenes. Me instalé en mi vagónhabitación. Los objetos del exterior parecían desvanecerse con la velocidad de aquel monstruo que levitaba sobre rieles magnéticos. Paulatinamente, la luz de la ciudad fue desapareciendo hasta que todo quedó en completa oscuridad. Me recosté en la cama y cerré los ojos imaginando las aventuras que me esperaban. Lo haría por el abuelo, por Julio Verne y el hombre elefante. Ana Laura Pazos González Incluido en el libro Parvada blanca en la ciudad, editado por Jus.

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Luis le puso “El Camellito” porque era idéntico al de Nosotros los pobres. Sí, a ése que avientan a un tranvía. Pero el nuestro tenía sus desventuras propias, en todo le fue mal y acabó vendiendo billetes de lotería. Digo, ahí lo arrastró la vida, porque antes quiso ser comerciante establecido, y más antes, tras ver las películas de Tin Tan y Tun Tun, intentó ser tan bueno como el enano aquel para aquello del dancing, pero ahí sí no se le hizo; en serio que tenía dos pies izquierdos y nada de cintura. También le decíamos Kabubi por la caricatura de la tele.

A él lo quebró la honradez. Cuando andaba en eso de los abarrotes, era el único que entregaba el cambio exacto, que jamás se quedaba con un centavo, que respetaba los precios oficiales y que, para colmo, mantenía su tienda bien surtida. ¿No creerá usted que la cabrona gente prefería ir con esos que transan, con esos que roban cuanto pueden dando kilos de 700 gramos y vendiendo comida que ni siquiera era buena para los animales? Pero así somos de contreras. Cuando al negocio del Camello se lo cargó la fregada y cerró, ahí estaban todos quejándose y amenazando con denunciarme. Y es que después de que “El Camello” se fue, yo puse mi propia lonja. Luego se le ocurrió abrir una paletería y le fue peor: primero porque, después de los partidos, toda la palomilla le caía encima para gorrearle las aguas, las nieves y las congeladas; llevaban a sus chilpayates y siempre le quedaban a deber al buen Kabubi.


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Dicen que al perro más flaco es al que se cargan las pulgas, y, en el caso de nuestro amigo, el dicho le cayó como anillo al dedo. Le dio por enamorarse de una golfa, y cuando digo de una golfa es porque traigo sus calzones en la mano. La Susanita ya había pasado por los brazos de varios gañanes de la colonia cuando conoció al Camellito. Tenía tres hijos, todos de diferente padre, y andaba en busca no de quien se la había hecho, sino de quien se la pagara. Por desgracia se topó con nuestro cuate.

La Susana no era nada fea. Era una morena de andares de fuego, deslenguada, como esas suegras de tarjeta postal de cuya boca surgen sapos y culebras; dicen que jarocha, aunque yo siempre le vi cara de arrabalera, con unas caderas y unas piernas que eran como invitación al pecado o ya de perdida al baile, a unos raspaditos en esos salones de rompe y rasga que por entonces abundaban. No soy ningún santo y alguna vez me le acerqué para invitarla a pasear; ella, sin mucho pensarlo, dijo simón. Así que al chico rato, tras echarnos


unas frías y darle gusto al dancing, estábamos en el auto caldeando que daba gusto. Hasta se empañaron los vidrios del Impala que entonces traía. A la hora de la hora, que se hace la remilgosa. No me quedó de otra que ir a dejarla a su casa. Pero ya ve como son de cabronas las mujeres; en el viaje que se prende y ahí me tiene poniéndole Jorge al niño, aquí, a media cuadra, casi enfrente de la panadería.

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De esa fichita se enamoró mi amigo; la convirtió en patrona del negocio y, a cambio, ella lo coronó con un cuerno no de buey, sino de rinoceronte. Mientras el Camellito “camellaba” todos los días en el negocio, la Susana le daba vuelo a la hilacha con todo tipo de chavos y no tan chavos, rucos ya, pero que traían bien cargada la cartera. Para colmo, era derecho y le pagaba a Susanita aunque no se presentara a trabajar. A veces le llegaba a la hora del cierre para pedirle una corta y seguir en la pachanga. Él, pues, se conformaba con el tiempo que, ora sí como dice la canción, le quedaba libre a la suripanta aquella. No creo que Susanita lo haya querido, pero lo hizo feliz por un rato. Y es que el Camellito era rete enamorado. Desde la primaria lo fue. Yo me acuerdo que le llevaba chocolates y estampitas a varias chavalillas y que las acompañaba a comprar de esos dulces con premio, ¿se acuerda?, las grageas que uno arrancaba de un gran cartón y que, al desprenderlas, dejaban al descubierto la ganancia. A esas niñas les permitía que le sobaran la espalda para que les diera suerte en los exámenes. Pero con ellas nunca tuvo suerte. La Susanita fue la única descarada que le siguió el juego y le dio pollito con papas, pero eso sí, por puro interés, aunque, ya “encarrerado” el ratón, qué bigotes puede andar contando.

la encontró en brazos del carnicero Lo que fregó al Camellito fue su nobleza. De veras, le echaba agua purificada a las paletas, usaba concentrados de buena calidad, y algunas hasta llevaban fruta. Pues no la gente prefería los raspados de doña Chonita, culpables de varias tifoideas y dos que tres chorrillos. Y si a eso le sumamos que la escasa ganancia se la arrebataba de las manos la Susana, pues entonces que ni duda le quepa de que nuestro amigo iba derecho a la quiebra, “contimás” si le sumamos a los gorrones (entre los que se contaba su servilleta), pues ya sabrá usted que el negocio andaba como toro con estocada de muerte. Pero lo que precipitó el fin –ahora que el Kabubi ya no anda con ella, puedo decirlo– fueron los chismes de sus amigos; he de confesar que yo me cuento entre quienes anduvimos de correveidile. Así fue, le llenamos la cabeza de malos pensamientos sobre Susana y acabó pasando lo que tenía que pasar: que el Camello se dio cuenta de que la mujer lo engañaba.


La descubrió una tarde, cuando fue a visitarla a su casa, y la encontró en brazos del carnicero. Ella le dijo que el tablajero nada más era un buen amigo, pero él ya no quiso escucharla. Lo malo es que así, enclenque como era, se le ocurrió ponerse a las patadas con Sansón, y el gamberro aquel le puso una santa cueriza que lo mandó al hospital. Para colmo de malas, la Susana entró esa noche al negocio, porque el muy tonto le había dado llaves, y se fue con los dineros del mes. Dicen que anduvo rolando por Acapulco con sus chilpayates, pero la mera verdad yo ni enterado estaba. Nada más un buen día, camino a la chamba, me di cuenta de que la famosísima “Flor de Guamúchil” –nombre con el que el Camellito bautizó a su paletería para hacerle la competencia a los michoacanos– había cerrado para siempre. Ora que el lugar ya estaba medio salado. Porque luego, cuando pusieron la licorería, en menos que canta un gallo les cayó una

pandilla que no dejó ni papas fritas pa’ vender. La mera verdad yo creo que mi amigo dejó ahí su mala suerte. Después de la “vinata”, pusieron un changarro de tortas con tan mala suerte que se les murió ahí, tragando, un señor que dizque de un ataque cardiaco, pero ya no hubo quien quisiera pararse por ahí. De menos, se lo juro por ésta, han pasado diez negocios por esa esquina y ninguno ha pegado. Al poco rato de la quiebra, un sábado en el parque, me encontré con el Kabubi. Iba de “tacuche”, muy cuco él, y vendiendo lotería. Me dijo que ése era su nuevo trabajo y que le estaba yendo bien, pero que no le dejaba mucho dinero. Que un tío le había propuesto que trabajara en su expendio, que le pasaba los billetes gratis, pero que debía regresarlos antes de las seis de la tarde, cuando ellos aún podían hacer las devoluciones. Mi amigo recurrió a todos los gajes del oficio, hasta hizo que un sastre le hiciera un saco que, en vez de

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ocultar la joroba, la insinuase más, la hiciera tocable. Al principio le fue de pelos porque la clientela, con tal de que al tocarlo le diera buena suerte, le compraba los billetes. Pero nadie se sacaba nada; el condenado Camello, ni reintegros. Así que la gente comenzó a alejarse, a hacerle el feo, a salir corriendo en cuanto lo veían para no tener que comprarle alguno de sus nefastos cachitos.

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Quizá por eso buscó el camino de los cabarets y las cantinas. Como ahí los clientes eran más o menos de pisa y corre, pues les dejaba sus cachitos y ya no volvía verlos. Casi todos le compraban por lo de la joroba, o por alguna frase ingeniosa que el Camellito soltaba y hacía reír. A uno le dijo que comprara el boleto para irse de viaje, que era lo que le hacía falta, y por un pelito de rana no me lo dejaron sin cabeza, pues aquel ganapán acababa de despedir a su novia que se había ido con su hermana a los “Unaites”. A otro le aseguró que con el premio se compraba un auto, y a punto estuvieron de agarrarlo a patadas porque el susodicho acababa de destruir cinco coches en un accidente y tenía que pagar daños y perjuicios. Para colmo, le dijo a un cornudo que si le compraba aquel billete seguro le podía regalar a su vieja todas las joyas que ella hacía tiempo le exigía; el marido, recién abandonado, no soportó aquello y se le fue encima al Kabubi con intenciones asesinas. Lo correteó por toda la cantina y acabaron por expulsarlo del establecimiento. Con los cabarets ocurrió lo mismo, y peor aún le fue cuando unos tiras lo agarraron dizque por narcotraficante y lo llevaron a los separos de la “Procu”. Todavía no sé como salió vivito y coleando de aquella aventura. Así que dejó por la paz la lotería y ahora vende chicles en el crucero del Eje y Almazán. Ahí mero enfrente del panteón, que es como la casa que lo espera. Yo, por lo pronto, cada vez que paso, lo saludo y


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Todavía no sé como salió vivito y coleando de aquella aventura. le doy una palmada en la espalda; agarro mi pata de conejo, por si las moscas, no vaya a ser que el méndigo Kabubi me pase su salación. De cualquier manera, ya me voy haciendo a la idea de que un día, con la mala suerte que lo persigue, me lo voy a encontrar cojo, o tuerto o “sinaloa”. Hay quienes tienen en la cara marcado el destino, y el de mi amigo era ése, desde que estudiamos juntos la primaria. Luisito, que en paz descanse, nos lo dijo muchas veces: “ése va pa’ bajo”. Lo malo es que no vivió para verlo con sus propios “oclayos”. Se le cruzó un microbús en el camino.

Leo Mendoza


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Mi nombre no importa porque los nombres son para que nos llamen y yo me dedico a escuchar llamadas ajenas. Tampoco menciono mi nacionalidad, pues yo nunca me he identificado con una sola cultura: soy originaria del locutorio de teléfonos del cual soy propietaria desde hace diez años y tengo un fuerte sentido de pertenencia hacia él.

Mi trabajo me recuerda que lo verdaderamente importante traspasa la lejanía tangible y que los incomunicados son aquellos que no obedecen a su voz. Todos los días soy partícipe de cómo personas de distintas procedencias llaman a sus parejas, familiares o amigos que habitan en otras ciudades o continentes. Tengo clientes asiduos y algunos que sólo vienen una vez y nunca más vuelven. Cuando eso sucede, imagino que por fin se han reunido con las personas a quienes antes llamaban. Al colgar el teléfono, algunos lloran y agachan la mirada con pudor; otros pasan horas gritándole a la bocina y luego me miran con un cierto miedo de ser juzgados. Yo me limito a dar la suma a pagar y de pronto soy yo quien teme el juicio: establecer el precio para que dos personas se sientan cerca no es tarea fácil. Aunque hay quienes salen sonriendo, la mayoría da la impresión de no saber dónde colocar su sentir, como si el auricular albergara un sinnúmero de secretos que nadie más entendiera. Por la noche, después de atestiguar veintenas de diálogos, cierro el locutorio con la esperanza de nunca tener que hacerlo de manera definitiva. Cerrarlo para siempre significaría que nos hemos dejado vencer por el inevitable silencio de la distancia geográfica. Un día leí una noticia que me llevó a hacer un experimento. Al parecer, el negocio de las telecomunicaciones está en declive y diversas encuestas muestran que estamos tan aburridos y emocionalmente alejados unos de otros, que ya no tenemos de qué hablar.

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...mezclé las líneas y crucé aleatoriamente nes. o i c a s r e v n o c s la

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Una tarde, cuando las ocho cabinas estaban ocupadas, mezclé las líneas y crucé aleatoriamente las conversaciones. La señora que lloraba porque extrañaba a su hijo se vio de repente consolada por una voz desconocida que sufría algo similar. El joven de la cabina dos que peleaba con su novia no tuvo más remedio que callar pues, por más que gritaba, su interlocutor no le entendía. La joven de la siete, que sostenía una charla aparentemente aburrida, pronto empezó a ligar con un chico que se lamentaba con su amigo sobre la crisis económica. Unos minutos después volví a cruzar las llamadas y los resultados fueron similares; nadie entendía lo que sucedía, pero el desconcierto no les impedía intercambiar opiniones o vocablos con quien estaba al otro lado del teléfono. Así, repetí el ejercicio sucesivamente durante una hora hasta sorprenderme por la cantidad de sensaciones que se pueden experimentar y de la variedad de idiomas que se pueden hablar en sesenta minutos. Lo más extraño era que nadie colgaba y todos parecían estar a la expectativa de lo que el siguiente intercambio les traería. Al final volví a poner los cables en su lugar y todos retomaron a su interlocutor original, con quien comentaron entusiasmados lo que acababa de suceder. Todos reían y hablaban como si nada fuera más importante que el presente. Lo que para mí fue mágico, me dejó en la quiebra. Al colgar, todos mis clientes se enojaron y ninguno de ellos ha vuelto. También debieron pasar la voz porque ya ni siquiera un despistado se asoma. Yo no he cerrado pues aún confío en que algún día regresen con la ilusión de que algo parecido les vuelva a suceder, que recuerden que la sorpresa es parte de lo cotidiano, y mientras tengamos historias nuevas, siempre habrá algo de qué hablar. Además, aún no pierdo la esperanza de que uno de estos días sea mi teléfono el que suene y un número equivocado me sorprenda. Nuria Clavé


En este bosque de castaños la gente recoge hongos, aparecen restaurantes bajo sus árboles. El ferrocarril-escuela pasa volando. El viento iracundo opaca su silbato que trae consigo el aroma del goulash. Nacen las violetas silvestres que bordean los prados del jardín. Con el invierno, una gran nevada. El funicular se llena de risas, y las ramas de nieve. De súbito ese paulatino resplandor, lo convierte en un castillo de cristal. Luisa González Pérez

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una generación indeseable que llegó con el internet Con la llegada del internet, muy pocos vislumbraron la aparición de una indeseable generación de estudiantes que mostraría, como ninguna otra, su escasa ética académica y su nulo interés por pensar y escribir textos propios. Actualmente atiborra los salones de clase y se multiplica con la misma rapidez con la que copian y pegan un texto hallado en la red. Justamente así es como se le conoce: la generación copia y pega (copy paste), por ser estos los dos pasos que sigue la mayoría de los alumnos –sobre todo de primaria y secundaria, aunque no están exentos los de niveles superiores– al momento de hacer, “con mucho esfuerzo”, su tarea.

Sitios como mitarea.net, escolar. com, ayudatareas.com, ymipollo. com, globalpc o kokone.com ofrecen desde cientos de biografías de personajes históricos ordenadas alfabéticamente, hasta textos sobre prácticamente cualquier materia (con ilustraciones y todo) esperando a ser impresos.

Lo único que tiene que hacer este tipo de alumno es navegar por la red hasta encontrar el texto deseado. Aunque a veces ni eso, pues hay miles de páginas que se ofrecen para hacer el trabajo sucio. Mientras tanto, ellos conquistan a su pareja en messenger o aniquilan una aldea completa en Age of Empires.

Según estadísticas de la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI), de los poco más de 22 millones de internautas que hay en nuestro país, el 58% tiene entre 12 y 24 años, y busca, esencialmente, tres cosas: entretenimiento, conocer gente e información, aunque ésta, como ya se dijo, es adquirida mediante el fácil copia y pega.


Lo único que tiene que hacer este tipo de alumno es navegar por la red hasta encontrar el texto deseado. Para Javier Esteinou, especialista en medios de comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana, surgió una nueva cultura. Se explica: “Ya no se recurre a las bibliotecas, sino a la red, en donde las nuevas generaciones han encontrado un camino antiético en el que se fusilan los textos”. El problema, digámoslo así, ha detonado con las facilidades que ofrece internet. “Hay un área de la corrupción académica de fusilarse trabajos, es una conducta, un hábito humano. Si en el pasado se hubiera podido con la misma facilidad que ahora, se habría hecho”, explica Esteinou, quien recuerda que antes del uso masivo de internet, cuando se tenían que consultar los libros físicamente, era “excepcional, casi imposible” que alguien duplicara un trabajo.

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Mal y de malas Lo peor viene cuando lo que se plagia está lleno de errores. Al respecto, Eduardo Peñaloza, coordinador del diplomado “Diseño de Proyectos de Comunicación Educativa mediante Internet”, establece que lo que hace falta es educar a los internautas tanto éticamente como en el uso de la red. “Se necesita de una serie de guías que les enseñen a utilizar los meta buscadores, cómo hacer búsquedas complejas, cómo utilizar la información encontrada, ver qué sirve y qué no”, dice Peñaloza, quien afirma que el método idóneo para aprender a través de internet es con un proyecto o un problema. Menciona que, desde hace tres años, las universidades públicas han comenzado a utilizar el internet. “En el caso de la UNAM, hace dos años y medio que cuenta con carreras en línea, y pronto incursionará en estudios a nivel preparatoria”, comenta Peñaloza, quien imparte en la web la carrera de psicología en la Universidad Nacional. “Por supuesto, existe el riesgo de que los alumnos hagan trampas y no aprendan como el maestro quiere; sin embargo, mediante la interacción, nos damos cuenta de quién hace trampa. Hay un tutor que revisa constantemente lo que hacen los alumnos para evitar que eso suceda”.


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¡Sean éticos, por favor! Pero, ¿cómo combatir el problema de este “fraude cognoscitivo”, como lo llama Esteinou? Él mismo propone tres medidas: “fomentar la cultura de la ética académica: que el alumno sea honesto y honrado; tener una revisión exhaustiva en el producto final para descubrir si el trabajo está plagiado o no; y fomentar la ganancia que obtendrán los alumnos, si es que se deciden a razonar lo que escriben”. Por su parte, Peñaloza afirma: “Es necesario instruir a los alumnos a usar este medio desde los primeros años. Recuerdo que hace tiempo se decía que con el internet cualquier alumno sería capaz de aprender sobre cualquier materia, pero lo que quedó claro es que la mera posibilidad no conduce a un aprendizaje”. –Es el fin de los ratones de biblioteca… –Sí, las formas han cambiado. Siguen los ratones, pero ahora son de internet. Este texto apareció originalmente en las páginas de mi blog. Si lo leyó en otro medio, es que ha sido cortado y pegado por algún vivales. Juan Carlos Aguilar García


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…tener nostalgia en sí no es malo, eso significa que te han pasado cosas buenas y las echas de menos. Yo, por ejemplo, no tengo nostalgia de nada, porque nunca me ha pasado nada tan bueno como para echarlo de menos... –Fernando León de Aranoa (Princesas, 2005)

Hoy recordé la decisión que tomé hace 28 años. Había tenido una vida normal, me refiero a un paseo agridulce, como el de todos, hasta el día en que murió mi padre. Pero no fue la tragedia lo que transformó mi vida, sino un gran hallazgo. En 1983 terminé la carrera. El jefe de mi papá me invitó a entrar a la empresa como vendedor de seguros, imagino que para expiar sus culpas. Me mandaron a tomar un curso de ventas en San Francisco; un día libre, paseando por la ciudad, escuché a una banda que tocaba en la calle: “Please, please, please, let me get what I want”. Se trataba de los Smiths. Me impresionó la forma en que habían logrado musicalizar mis sentimientos. Decidí que quería prestar mi existencia, inspirar a la gente, escribir canciones. Yo también quería impulsar a otros a seguir sus sueños. Encontré valor en algunos caballitos de tequila y en el libro Cartero, de Charles Bukowski. Renuncié a mi trabajo y, con el hambre como incentivo, me valí del conocimiento musical que había adquirido en mis años de universitario para componer cinco canciones. Piqué piedra durante mucho tiempo, hasta que encontré a un representante que creyó en mí.


a lo mismo: b a t n u g e r p e m e r p Siem ida a v a l o d a i b m a c ¿le habré he? alguien esta noc Completé el material para lanzar mi primer casette. Al principio me presentaba en bares, después en pequeños escenarios, hasta que, poco a poco, la gente fue convenciéndose del poder de mi música. Me sorprendió escucharme en la radio; más aún encontrarme tocando en un gran auditorio. Toda esa gente coreando mis canciones, entregándose a lo que yo había creado. Siempre me preguntaba lo mismo: ¿le habré cambiado la vida a alguien esta noche? 51


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Algunos años y 40 canciones después, me convertí en un cartucho quemado. Las giras se acortaban y mi ingenio se desvanecía. Me di cuenta de que era un cliché cuando un reportero preguntó de dónde venía mi música y no se me ocurrió otra cosa que citar a Bad Blake: “de la vida, desafortunadamente”. Tuve que volver a vender seguros, aunque firmaba discos de vez en cuando. Nunca le encontré el gusto al cigarro, pero el trío que formábamos el tequila, una mujer y yo era más importante que respirar. Los últimos 10 años han sido los más miserables. Me gustaría escribir una canción al respecto, pero mi ingenio musical está dormido, si no es que muerto. A veces me pregunto por qué demonios no puede ocurrírseme una frase como: “Y lo único que encuentro son souvenirs de mejores tiempos” (“Title and registration”, Death Cab for Cutie); o “¿por qué me diste tanto deseo cuando no hay ningún lugar a dónde ir a descargarlo?” (“I have forgiven Jesus”, Morrissey). A pesar de mi bloqueo musical, todavía quiero inspirar, inyectar esperanza, despertar a la gente. La música ya no es mi herramienta para lograrlo; ojalá que la literatura pueda suplirla. De no ser así, buscaré un trozo de mármol y gritaré con el cincel. Antes la nostalgia era digna de mi desprecio, ahora creo que tal vez no la comprendía. Espero con ansia el momento de mirar hacia atrás para reflexionar sobre mi vida como escritor. Me encantará sentir el mismo vacío que siento ahora cuando escucho mi música. Significará que alguna vez estuvo lleno. Rodrigo Chávez Trejo


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“UNA NOVELA DE AVENTURAS Y AMOR. ARREBATADORA, TIERNA, ÉPICA...” Primera parte de una trilogía trepidante. En México, muy pocos se atreven a meterse con la historia y los héroes de mármol. Por eso no se hace novela histórica, sino historia novelada; es decir, nos cuentan la misma historia de los mismos personajes, con los mismos acontecimientos, narrados de forma novelesca para que sea amable, pero no es novela porque no hay ficción. En El Misterio del Águila respeto los hechos históricos, pero los personajes principales son de ficción, para que en torno a ellos Sise pueda hacer una novela. De este modo es posible ser más épico, más romántico, más misterioso…, y lo más importante, más crítico y reflexivo con la historia, y en este caso, propositivo. Hay mucha crítica histórica en El Misterio del Águila, pero ninguna es vacía, toda viene acompañada de propuesta, dentro de una novela. Juan M i g uel Z un zun eg ui


Arg端endero:

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Amanece chido one, amanece chido. -Liquits Chido es un término mexicano incluido en el Diccionario de la Real Academia Española y utilizado para calificar algo de bonito, lindo o agradable (qué chido está tu vestido). Coloquialmente, tiene otros significados: fino, de buena calidad (tu reloj es de los chidos). Referido a alguien, significa amistoso, amable (César es bien chido). También se usa para manifestar acuerdo o para hacer afirmaciones. –¿Vamos a cenar tacos? – Chido… Como otras expresiones de la jerga juvenil de los años setenta, los mexicanismos güey, neta y chido fueron símbolos inequívocos de la cultura popular urbana. En la actualidad se utilizan más ampliamente; incluso las agencias publicitarias se han apropiado de ellos para acercarse al público joven.

Chido podría derivar de chiro, vocablo de origen gitano que significa resplandeciente Chido podría derivar de chiro, vocablo de origen gitano que significa resplandeciente, época, tiempo, vez. Eduardo López Cruz, en su libro Lengua larga, expone que los términos chido y chiro provienen del asturiano, donde xiro y xidu (chiro y chido, respectivamente) se utilizan con el mismo sentido. En Asturias, región montañosa del norte de España, el argot se llama xiro bron (buen decir o bonita mentira). Otra teoría que establece que la palabra chido proviene del vocablo chiro indica que este último es un derivado del juego de canicas. En la jerga del juego, cuando el participante realiza un tiro ganador, aclama: “¡chiras pelas!” En 1986, el grupo de rock mexicano Botellita de Jerez lanzó su disco Naco es chido. Esta frase se transformó en adagio popular: el supuesto mal gusto de los sectores urbanos populares es, en realidad, chido. Ahora, cuando algo no está chido, está gacho o es bien chafa. Influidos por una actitud pocha, algunos sectores populares de nuestro país dicen chidoguán, compuesto de chido y one (guan), del inglés, uno, el número uno, el mejor. Dicho sea de paso, esperamos que este año le vaya chido.

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: Trisquel

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Antes de Los Simpson, no existía ninguna serie que estuviera tan ligada a la cultura occidental. Hoy día, sus personajes, conceptos y expresiones forman parte de la cultura popular moderna. Los Simpson es una expresión del American way of life. La mercancía relacionada con la serie ha generado una industria valuada en mil millones de dólares. Diariamente circulan 250, 000 comics con Homero, Marge, Bart, Lisa y Maggie en la portada. A principios de los noventa, existían más de 1, 000 páginas sobre Los Simpson habitando el Ciberespacio; en la actualidad, la cifra exacta se desconoce, pero se calcula que existen decenas de miles de páginas. La expresión de consternación de Homero “D’oh!” ha sido incorporada al Oxford English Dictionary. Con motivo de su décimo aniversario, los Simpson fueron honrados con una estrella en el paseo de las luminarias del Hollywood Boulevard. En Estados Unidos, los Simpson son casi símbolos patrios. Una encuesta efectuada en 1999 demostró que el 91 por ciento de los niños estadounidenses, cuyas edades oscilaban entre 10 y 17 años; y un 84 por ciento de los adultos, podían identificar a los miembros de la familia Simpson, porcentaje que rebasa el número de estadounidenses capaces de localizar a su país en el mapa del mundo.


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¿Cuál es el secreto de su éxito? La serie ha sido polémica desde sus inicios. Una gran cantidad de personas dentro y fuera de Estados Unidos considera que es dañina para el espectador. En países como Costa Rica y República Dominicana, se ha prohibido su transmisión por considerar que ofende los valores familiares. En México, ciertos grupos conservadores postulan que Los Simpson atenta contra la moral; incluso se han realizado infructuosos intentos por boicotear las transmisiones de TV Azteca. Paradójicamente, Los Simpson es una expresión (muy simpática, por cierto) del conservadurismo. Se trata de una familia que, pese a sus problemas, se mantiene unida, a la inversa de lo que ocurre en la vida real. Refleja a la típica familia clase mediera estadounidense: Homero provee el sustento (aun cuando ha perdido su empleo en diversas ocasiones); Marge es el ama de casa que cuida de su esposo y de sus tres hijos (con todo y que ha conseguido empleos esporádicos); Bart va a la escuela (si bien ha estado a punto de reprobar y ha sido expulsado por mala conducta); Lisa también va a la escuela (aunque sea una niña superdotada); y Maggie es una bebé llorona (pese a que ha salvado a sus hermanos de las garras de una niñera abusiva y de Willie, el frenético escocés). Marge y Homero, a pesar de que han estado a punto de ser infieles (a la pareja, a la familia o al estrato social al que pertenecen), siempre terminan por regresar al redil. La familia nuclear permanece intacta. Los Simpson, lejos de cuestionar el status quo, se recrean en él y aprenden a sobrevivir en el marco de sus limitaciones y oportunidades. Lo admirable de este producto de la cultura de masas es la capacidad de su creador, Matt Groening, para caricaturizar los vicios y las virtudes de los seres humanos sin proponer un orden alternativo de las cosas. No va más allá de la parodia. No es su objetivo. La parodia vende, no así el cambio social y la revolución del proletariado.


De Mafalda a Lisa La infelicidad que padece Lisa no la disuade de ser diferente. Es vegetariana, promueve el reciclaje y cualquier otra estrategia para proteger el medio ambiente, rechazó un cheque por 12 millones de dólares que le entregó el Señor Burns cuando le ayudó a recuperar su fortuna, y confesó ante las autoridades de la escuela primaria haber hecho trampa en un examen. Hasta aquí, muchos considerarían a Lisa Simpson la Mafalda del siglo XXI: inteligente, honesta y demasiado madura para sus ocho años de edad. Sin embargo, Lisa siempre termina por adaptarse al sistema que tanto cuestiona. Es innegable su devoción por la muñeca Stacy Malibu (la Barbie de Los Simpson); también ríe a carcajadas con la descabellada serie de dibujos animados Itchy y Stratchy. En últimas temporadas, incluso se le ha visto obsesionada por tener un iPod. Un ama de casa Marge es, probablemente, el personaje más virtuoso de la familia Simpson. Cuida de su esposo y de sus hijos, hace los quehaceres del hogar, resuelve los problemas cotidianos, y disfruta plenamente de su vida sexual con Homero. Cuando se enteró de la existencia de una casa de mala nota en la ciudad, convocó al “Comité de Higiene Moral" para forzar su clausura. Y la vez que un huracán provocó estragos en Springfield, Marge rezó a Dios de la siguiente manera: "si salvas a mi familia, te recomendaré con mis amigas." Por supuesto, el huracán cesó, aunque extrañamente destruyó la casa de los devotos Flanders. Marge, como todo ser humano, ha tenido debilidades que, no obstante, ha sabido enfrentar y enmendar.

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Algunas curiosidades de la serie La dirección de la casa Simpson varía entre episodios, aunque la más habitual es Evergreen Terrace, 742 (inspirada en la calle donde Matt Groening vivió de pequeño). La dirección, por lo general, sólo sufre variaciones en el número, a excepción del episodio “Kamp Krusty”, en el que la dirección de los Simpson es Spalding Way, 430, presumiblemente en honor al monologuista y actor Spalding Gray, cuyo humor se considera sutil, agudo y en general irritante para los republicanos. 60

Springfield es un lugar ficticio. Matt Groening afirma que utilizó este nombre porque le pareció uno de los más vulgares y porque Springfield era la ciudad más próxima a Portland, Oregon, donde Matt creció. En la vida real, Homer y Margaret (Marge) son los nombres de los padres de Matt Groening. Los hijos de Matt se llaman Homer y Abe. Sus hermanos, por orden de nacimiento, son Mark, Patty (a quien sigue Matt), Lisa y Maggie, diminutivo cariñoso de Margaret. Los Simpson constituye una fuente muy ilustrativa para comprender a la sociedad contemporánea. Si alguien quiere explorar los temores más profundos de nuestro tiempo, que se pinte de amarillo. Los Simpson, la primera serie funámbula escrita al borde del abismo de la realidad.


Bicaa´lu Enero