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— 96 — por los cristianos desde la conquista de Coria. A lfo n so VI, que tenía repartidos iodos sus ejércitos por la Extremadura Leonesa, ab an d o n ó el sitio de Zaragoza y dió las oportunas órdenes para que se con cen traran en Coria, a donde acu d ie­ ron tam bién los aragoneses enviad os por San ch o Ramírez, las huestes de A lvar Hañez y hasta algu n os caballeros fran­ ceses e italianos. C asi al m ism o tiem po salieron los alm orávides y sus alia­ dos de Badajoz, y de Coria los cristianos, en con tránd ose am bos en la vertien te m eridional de las sierras, ju n to al río Zapatón y cerca del actual C astillo de A zagala, donde se dió la batalla de Zalaca o Sacralia, fatal para los cristianos, pues fueron totalm ente derrotados y D on A lfonso herido en

añ o 1110, y a en el reinado de D oña Urraca, en el cual los a l­ m orávides la cercan con un poderoso ejército, m agn ífica­ m ente pertrechado co n m áquinas de guerra, al que C oria re­ sistió co n heroísm o, hasta que la traición «de u nos malos hom bres que se d ecían cristian os y n o lo eran »1 la en tregó a las hordas africanas. El C alifa A lí b en Y usuf fortificó la p osició n nuevam ente para asegurarse el d om inio de la Transierra, siguió lu ego para el Este ocupand o la A talaya de Pelay V ellid iz2, y ya en la parte castellana, se adueñó de una fortaleza llam ada A lbalat (no el A lb alal de M onlánchez) con tin u an d o su triunfal carrera hasta som eter toda la Extrem adura Leonesa, uscfue ad flumen Dorium.

una pierna h u b o de retirarse a C oria con 500 caballeros, c a ­ si todos ellos tan m alparados com o él. C uentan las cró n i­ cas1 que en esta retirada, A lfonso VI, atorm entado por su herida, que le ocasion aba fortísim os dolores y una con tin ua pérdida de sangre, sentía una sed insufrible. En todo el tra­ y ecto n o encontraron agua con que calm arla, por lo que en vez de agua le daban v in o con lo cual le so b rev in o un gravísim o desm ayo, que puso su vida en peligro. Y así, tras un p enoso cam inar de cuatro días a través de sierras agrestes y llanuras desoladas, lleg ó el infortunado m onarca co n su derrotada hueste a refugiarse tras los muros de C o­ ria2. Esta aun se m antuvo en poder de los cristianos hasta el

5 o Los Almohades y Ia segunda fundación de Cáceres. N o fué m uy duradera la d om inación de los A lm orávides. C om o es sabido, unas tribus salvajes que habitaban en el A lias M arroquí, fanatizadas por A b u A llah b en Turmat, que pretendía pasar por el M ahdí an un ciad o por el Profeta, se lanzaron a la depuración del Islam a filo de espada. Estos fueron lo s A lm ohades. En (1121 co n sig u en en A frica los pri­ m eros triunfos acom etiend o a los A lm orávides, q u ien es tie­ n en que ech ar m ano a sus fuerzas de España y pasar co n tin ­ gen tes a M arruecos para tratar de reprim ir el levantam iento de estos fanáticos. C ed ió por esta causa la presión que eje r­ cían lo s A lm orávides sobre sus conquistas peninsulares, y

1

Lus. (XV/3).

a Una preciosa y circunstanciada descripción de la Batalla de Zalaca, puede leerse en R. M enéndez Pidal, La España del Cid, Buenos A ires (1939) pgs. 234-239.

1 Chron. A deph. (V/l). a P. Hurtado Castillos, pg. 55.

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Estudios de historia de Cáceres (1) por Antonio Floriano Cumbreño  

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