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Pedro hasta el T ajo no había otra cosa que un inm enso d es­

fluencia del Tiétar con el Tajo. R em onta el río por Tala-

poblado, en el que afloraban com o un islote de d eso lació n

vera y lleg a a Toled o, desde donde m archa a A n dalu cía pa­

las abandonadas ruinas de lo que fué, hacía ya cuatro siglos,

ra trasladarse al Africa, cam in o de O riente.

la C olo n ia Norbense,- y del T ajo al Norte, só lo existía una

Este desdén de los prim eros invasores m usulm anes por

mustia p erv iv en cía de vida cristiana en Coria: acobardado

el territorio situado entre am bas sierras, se e x p lica por la n a­

rebañ o sin pastor, pues su obispo Bonifacio había huido con

turaleza del m ism o y por las aspiraciones de los em igrantes

otros prelados, que tam bién abandonaron a su grey, para refugiarse en las m ontañas asturianas1.

m usulm anes que form aban parte del ejército de Musa, ára­

El jefe árabe pues, m archó desde M érida (por la vía ro ­

tierras secas de nuestras estepas, ni las fragosidades de nues­

m ana que desde la antigua capital de la Lusitania se e n ca ­

tras sierras, ni los pizarrales cen icien to s del Ribero, n i las pe­

m inaba a Zaragoza) hacia Toledo, tom ando la lín ea del T ajo

ladas cabezas de los berrocales,- tierras de pastores, que a la

cerca de su con flu en cia con el Tiétar2, y siguien d o aguas

sazón n o brin daban n in gu n a clase de bienestar. Y

arriba hasta Almaraz, donde, según parece, se v erificó el e n ­

ello prefirieron asentarse en las llanuras de la C uenca del

cuentro de los dos caud illos3, que ju ntos y en una aparente

G uadiana1, tan abiertas, tan prom etedoras de riquezas y

arm onía, que presagiaba una posterior torm enta, siguieron

tan próxim as a las ciudades opulentas. A sí, m ientras que

hasta Toledo, con tin u an d o después a Zaragoza.

bes yem eníes en su m ayoría, a los que no podían atraer las

por

M érida y las com arcas de Badajoz y M edellín, y lo que des­

Desde Zaragoza Musa siguió solo hacia el N oroeste, lle ­

pués habría de llam arse la Tierra de Barros y la Serena, se

g an d o a Lugo, d on d e recib ió orden del Califa para que re­

pueblan, y se alzan por todas partes castillos y fortalezas pa­

gresara inm ediatam ente a Dam asco, a fin de dar cuenta de su

ra asegurar su posesión, todo lo com prendido al N orte de la

gestión. Em prendió el cam in o de regreso b ajan d o por la vía

divisoria, sigue tan ab and o nad o com o v en ía estándolo des­

romana, cruzando por Zam ora y Salam anca, hasta llegar a

de hacía cien tos de años. Sólo más tarde m erecen la aten ­

las fuentes del A lagón , dond e aband ona el m en cion ad o ca ­

ció n de los invasores las vegas del alto A lag ó n , que acab a­

m in o desviándose al Sudeste a buscar de n u evo la c o n ­

ron por poblarse,- pero n un ca co n árabes, sino co n b eréb e­ res, a quienes cupo el reparto tod o el án gu lo com prendido

1 E. S. X IV , pg. 61. * Rodr. vid. Repertorio Diplomático (XI. 1). * Sánchez A lbornoz, Itinerario de la Conquista de España por los M usul­ manes, C. H. E. t. X . Buenos Aires (1948) pgs. 21-74. Según Sánchez A lbornoz Tariq, pasado el Tajo, se encontró con Musa en un lugar llam ado A lm a­ raz («El Encuentro») situado en el distrito de C esaróbriga (Talavera). To­ das las indicaciones hacen suponer que se trate del Almaraz de nuestra provincia, salvo el hecho de suponer que fuera Tariq el que pasara el Ta­ jo , y no M usa que venía del M ediodía, pues Almaraz está al N orte del río.

entre el río Eljas y la orilla derecha del Tajo. Próxim am ente a los cuarenta años de la in v asión (hacia 750) una co lo n ia de estos beréberes se corre h acia el N orte y ocupa Coria, que seguía conservando, en form a un tanto rom ántica, su ran go de ciudad episcopal. Sus habitantes se *

Levi Provengal. España Musulmana H. E. M. P. t. V , pg. 54.

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Estudios de historia de Cáceres (1) por Antonio Floriano Cumbreño  

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