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EU NON FUN I CONCURSO DE RELATO POLICÍACO Curso 2009-2010 Convocado polo equipo da BIBLIOTECA do

I.E.S. PINO MANSO en colaboración cos Departamentos de: Lingua Galega. Lingua Castelá. Inglés. Francés. Ed. Plástica e Visual. Normalización DESEÑO DA PORTADA: PEDRO IGLESIAS

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RELATOS PREMIADOS

Páx.3 ……………………….Carlota Castro Pérez (1º ESO C) Páx.9 ……………………Cristian Fernández Soto (2º ESO A) Páx.15 ……………………….Arantza Lamas Paz (4º ESO A) Páx.23 ............................ Pedro Iglesias Fernández 4º ESO B) Páx.29 ……………………………..Javier Otero (1º BACH B) Páx.37 ................................Manuel Sío Docampo (1º BACH D) Páx. 41 ..........................................Andrés Penas (2º BACH B)

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CARLOTA CASTRO PÉREZ

Yo no fui

NICOLE PIÑEIRO

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Era todavía muy temprano, pero yo me sentía muy inquieta. Algo me decía que aquel iba a ser un día trágico. Me levanté de la cama, cogí mis zapatillas y empecé a caminar por el pasillo. Las luces se apagaron de repente y un ruido ciertamente estrepitoso me hizo asustarme. Corrí hacia el baño y traté de encender las luces que, para mi sorpresa, cedieron sin ningún esfuerzo. Allí, ante mis ojos, pude descubrir un cadáver envuelto en una manta que tenía impregnados unos cuantos resquicios de sangre. Me quedé petrificada y comencé a palidecer a la velocidad de un rayo. Sentía que tenía que moverme y acercarme a la persona fallecida, pero mi cuerpo no me acompañaba; estaba paralizada por el miedo. Pasaban los minutos y yo seguía siendo incapaz de dar un paso. De repente, algo me hizo regresar a la realidad, empezaron a llamar a la puerta insistentemente. Entonces, hice acopio de valor y me dirigí a ver quién era. Me asomé por el pestillo para asegurarme antes de abrir. La imagen que vieron mis ojos me dejó atónita, allí fuera me esperaban un grupo de cuatro policías armados. ¿Que podía hacer? Si fingía que no estaba en casa, me acabarían descubriendo enseguida. Decidí que debía esconder el cadáver, aunque al acercarme a él, la perspectiva cambiaba y yo no me sentía capaz. No había otra alternativa; tenía que hacerlo y ya… Me decanté por esconderlo en el armario de mi cuarto, entre la ropa, pero en el suelo del baño habían quedado varios resquicios de sangre. Ya no podía perder el tiempo limpiándolos, pues los policías seguían insistiendo y si no abría pronto, acabarían tirando la puerta abajo, así que puse encima la primera alfombra que encontré. Rápidamente me dirigí a abrir. Los hombres entraron precipitadamente y empezaron a investigar toda la casa. Yo, insegura, asustada y muerta de miedo, decidí preguntarles por qué habían venido. Al parecer alguien les había dicho que se habían producido disparos en mi casa. Yo lo negué enseguida, ralentizando así, el avance de los policías por la casa, pero ya era tarde. Habían descubierto las manchas de sangre que había debajo de la alfombra del baño. Me excusé diciendo que me había caído al subir por las escaleras del edificio, pues yo vivía en la quinta planta, y al llegar al piso había ido corriendo al baño para curar la herida que me había hecho en la rodilla. Entonces, se me habían caído las gotas de sangre al suelo. Después, las había tapado con la alfombra, porque unos amigos me habían avisado de que vendrían ese día por la tarde y yo no estaba de ánimos para limpiar. Sin duda, era lo más creíble que mi imaginación me había permitido. Uno de los hombres cogió una muestra de mi cabello e impregnó en un papel un poquito de sangre de la que había en el baño. Entonces, se fueron. 7


Sabía que tenía que empezar a investigar ya, pues los policías pronto descubrirían que les había mentido. En aquel momento un montón de preguntas me recorrían la mente, pero una lo hacía con mayor intensidad: ¿Quién había incitado a los policías a que viniesen, inventándose tal patraña? Y si fuese el asesino, ¿no había dejado una pista demasiado clara? Dejé mis cavilaciones atrás y me dirigí al armario de mi cuarto para investigar el cadáver. Lo saqué de la manta y lo dejé en el suelo. Parecía una mujer de unos cincuenta y dos años, pues unas cuantas canas asomaban ya en su cabello, que tenía de color rubio. Llevaba puesto un chándal de color púrpura. Sus pies estaban descalzos. A mí me parecía que no le había dado tiempo a reaccionar, pues llevaba una sonrisa puesta en la cara, y que había sido sorprendida por detrás. El cuello lo llevaba cubierto por una bufanda de color gris apagado. Decidí quitársela y allí la causa de la muerte de aquella mujer de rostro bondadoso. Tenía el cuello cortado en sección transversal. Aparentemente parecía un corte hecho por un profesional, pues era limpio. La manta en la estaba envuelto el cadáver era negra y llevaba en medio unos guantes de látex y un cuchillo, que por su apariencia, semejaba al de un cirujano. Lo curioso era que no tenía ni una sola mancha de sangre y su acero parecía intacto. Pero, ¿ cómo podía ser que el asesino dejase tales pistas? ¿ No estaría tratando de inculpar a otra persona? Cogí con dificultad a la mujer fallecida entre mis brazos y me dispuse a volverla a meter en el armario, cuando de su bolsillo izquierdo cayó una cartita de color amarillo. La cogí y sin más dilaciones comencé a leer. Decía así: ―Sé que cuando leas esto te habrás atrevido a dejar tus miedos atrás y a dejarte llevar por la curiosidad que esto entraña; eso si todavía no te han detenido, cosa que la policía hará muy pronto, no lo dudes. Seguramente, las primeras palabras que has pronunciado al ver el cadáver han sido: yo no fui. La verdad es que no te falta razón, y probablemente te preguntarás quién soy, pero jamás lo descubrirás, al menos hasta que yo no me decida a decirlo, cosa que probablemente no pasará nunca. Lo siento mucho, pero el tiempo apremia; no puedo resolverte ninguna de las innumerables dudas que seguramente ahora te recorren la mente. Adiós!!! ¡¡¡Sigue investigando!!! ― Me obligué a pensar, pues aquella letra me resultaba curiosamente familiar… Ya lo tenía, el que había escrito la carta era Rafael, un compañero del instituto con el que hacía bastante tiempo que no me hablaba. Siempre me había parecido buen chaval, aunque a veces su actitud era desconcertante; pero nunca le habría creído capaz de hacer tal cosa. Aún así, todas las pistas apuntaban hacia él. Su padre era cirujano y él siempre se había mostrado muy interesado por la profesión. Además, yo estaba completamente segura de que era su letra. Pero, ¿ quién habría sido tan poco inteligente para delatarse a la primera de cambio? Puse el cadáver en el armario y me dirigí a casa de Rafael. Llamé a la puerta tres veces, hasta que se abrió. Recorrí la casa de arriba abajo, pero no había nadie. Cuando iba a salir, alguien se abalanzó sobre mí. El agresor llevaba un cuchillo en la mano y me tenía cogida por la espalda, por lo que no le veía el rostro. Con un movimiento de piernas, conseguí soltarme. Era David, un compañero de clase que siempre me había tenido una inmensa envidia. En aquel momento lo 8


comprendí todo. Él era el verdadero asesino y había tratado de hacer que los policías me culpasen por el asesinato de aquella mujer, para que me llevasen a la cárcel. Por si no lo hacían, había dejado la cartita para incitarme a buscarle y poder, así , acabar con mi vida en casa de Rafael, dejándole en el punto de mira de la policía. Todas estas dudas habían quedado resueltas, pero todavía faltaban algunas por esclarecer: ¿Quién era la mujer asesinada? ¿ Cómo había logrado David introducir el cadáver en mi casa? ¿ Dónde estaba Rafael?

DAVID VAQUEIRO

Mientras me preguntaba todo esto, el chico seguía intentando acabar con mi vida. Consiguió hacerme un corte en el cuello, pero era pequeño e insuficiente para poder matarme. Aunque débil, logré reducirlo dejándolo herido profundamente. Traté de encontrar algún teléfono para avisar a la policía mientras él estaba inconsciente, pero no había nada. Además, no podía moverme mucho, pues aunque el corte era pequeño me estaba haciendo perder mucha sangre. Sintiendo que me flaqueaban las fuerzas, logré llegar a la casa de al lado, pero por desgracia no había nadie. Me sentía desfallecer y no opuse resistencia. Me caí al suelo y allí me quedé, hasta que un poco después llegó Rafael y me llevó a su casa. Jadeando y con mucho esfuerzo conseguí contarle lo que había sucedido. Por desgracia, David había escapado. Lo hallaron dos calles más allá, ya que al estar herido no podía moverse con demasiada facilidad.

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En los días siguientes, los policías estuvieron investigando el cadáver. Al parecer, la mujer era una tía de David, llamada Águeda, que había venido de Estocolmo para pasar la Navidad con su única familia. Al chico no le agradaba demasiado su presencia, lo que había provocaba una agria discusión entre los dos, algo que había llevado al chaval a sustituirme a mí, su inicial víctima, por otra. Se sabía que había estado practicando el corte días antes y se había herido el pulgar de la mano derecha, mezclando su sangre con la de la mujer, lo que lo había delatado. Como su padre era cerrajero, había conseguido hacer una copia exacta de mi llave, hacía tres semanas, pues ya había premeditado como iba a ser mi muerte. En cuanto a Rafael, sabía que este te iría de viaje en Navidad, así que decidió falsificar su letra, viendo unos apuntes que le había prestado. Si nos referimos a cómo entró en su casa, sólo puedo decir que nadie lo supo nunca. Los policías capturaron a David durante tiempo indefinido y yo jamás volví a saber nada de él. Aunque nunca tuve claro del todo por qué había intentado acabar con mi vida de aquella forma.

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CRISTIAN FERNÁNDEZ SOTO

Los asesinatos de la Academia Sea City

DIEGO SANTAMARIA

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Todo empezó en el colegio privado de SeaCity, uno de los peores colegios que podían existir. En él se movía tanto drogas, como alcohol o cosas aun peores. Todos pensaban que el límite no pasaría de ahí, pero, hace una semana se descubrió en un aula, después de un recreo de media hora, un chico de los primeros cursos, tenía como unos catorce años, que apareció clavado en la pared en forma de cruz, con una daga ceremonial clavada en la frente. De su cuerpo caía un río de sangre que al llegar al suelo formaba un pentáculo, rodeándolo, había unas cuantas velas de color negro. Después de ese suceso tan escalofriante, el colegio aumentó ligeramente la vigilancia y se informó a las autoridades, que enviaron a un grupo de policías y a un respetado investigador llamado Matt O’Conner. El señor O’Conner estuvo preguntando a distintos alumnos y profesores del centro; también investigó los alrededores del colegio y por las residencias, aunque no obtuvo ninguna pista. Hasta que tres días después de su llegada aparecieron en las paredes del colegio hechas de sangre unas frases que aterrorizaron aún más a los alumnos y a los profesores: ―Yo soy el nuevo dios…‖, ―Os Purificaré, Corruptos…‖ y por último ―Sólo quedan dos almas para la purificación‖. Muchos alumnos los días siguientes no aparecieron en clase y algún profesor tampoco. O’Conner empezó a sospechar que pudiera ser algún psicópata que se escapara de un manicomio que había a un kilómetro y medio del colegio, pero él mismo rechazaba esa idea ya que los psicópatas pueden ser fríos y a veces no piensan, pero ¿Cómo podía no haber dejado ni una sola huella?, era obvio que O’Conner se estaba enfrentando a un asesino con una mente especial. Dos días más tarde aparecieron varias notas pero esta vez en papeles, diciendo: ―O’Conner, te desafío a que me atrapes ya que te interesa este caso, pero te aconsejo que te alejes de este lugar antes de que sea tarde…‖ O’Conner reunió a los profesores y a varios agentes de policía que le ayudaban, en la sala de profesores. -Bienvenidos- dijo O’Conner –parece que nos estamos enfrentando a más que un simple criminal-psicópata- siguió. –Entonces, ¿A qué sé supone que nos estamos enfrentando?- pregunto uno de los agentes.

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–No os lo podría decir – respondió O’Conner –pero os aconsejo que subáis aún más la vigilancia – sugirió O’Conner dirigiéndose a los profesores. –No es tan fácil como dice, señor O’Conner – replico uno de los profesores. -¿Qué no es fácil? ¿No le preocupa la vida de sus alumnos? Me está dando motivos para desconfiar de usted –dijo O’Conner. –Bueno, tranquilicémonos, haremos lo que podamos señor O’Conner, pero no saque conclusiones precipitadas sobre el profesorado- intervino el Director. –Como usted quiera, se acabó la reunión – dijo O’Conner. O’Conner por la noche fue a la caseta del conserje y le preguntó si el colegio de noche quedaba totalmente cerrado, y el conserje le afirmó a todo lo que le preguntaba. El detective decidió entonces entrar en el colegio y que el conserje le encerrara hasta la mañana siguiente. O’Conner una vez dentro encendió una linterna que trajo consigo y miró si el cargador de su pistola estaba lleno, al verificarlo la guardó de nuevo en su bolsillo.- ¡A ver! No me querías, sé que estas ahí – Gritó O’Conner. Empezó a subir las escaleras y cuando estaba en el segundo piso del colegio empezó a escuchar pasos detrás de él, comenzó a correr por la oscuridad para verificar que alguien le seguía ya que ahora escuchaba pasos más fuertes. Se metió en una clase y cerró la puerta. Antes de que pasara nada se echó a un lado y apagó la linterna por si entraba alguien, que no supiera que estaba ahí. Nadie entraba, no se escuchaban pasos, todo estaba demasiado silencioso. O’Conner tenía el corazón en un puño y de repente se podía escuchar una risa terrorífica que te dejaba el corazón congelado, también se podía oír el ruido que hacía la persona con una especie de objeto de metal o hierro; podría ser un cuchillo o algo parecido. A O’Conner cada vez se le aceleraba más el corazón, ya que cada vez la risa estaba más cerca, hasta que al final pudo ver entre la oscuridad cómo el pomo de la puerta se iba girando poco a poco. En ese momento la puerta se abrió, pero no entró nadie ni se escuchaba nada. O’Conner salió despacio y vio que en el pomo había una especie de mecanismo y también como una cuerda cerca del techo. Se percató de que sujetado a la cuerda había una especie de grabadora de la que tenían que venir las risas y luego un hilo muy fino con una pequeña bola de metal que simulaba el ruido de un cuchillo. O’Conner se preguntó, para qué tanto preparativo y de repente detrás de él escucha: - He estado en esa clase todo el tiempo… O’Conner – dijo una voz oscura y terrorífica. En ese momento O’Conner notó como un objeto de metal puntiagudo se le incrustaba en la espalda. O’Conner se despertó tres días después en un hospital de SeaCity y le dieron la noticia de que ya podía irse cuando quisiera. Cuando O’Conner volvió al centro, le informaron de un segundo asesinato. Uno de los mayores de dieciocho años apareció muerto en medio del laboratorio con los brazos cortados y una herida enorme en el pecho. Siguiendo un rastro de sangre les llevó a un laboratorio que había al lado de ese, y vieron que sólo la luz estaba encendida encima de los brazos cortados del chico sujetando su corazón, con otro pentáculo dibujado debajo de los brazos. O’Conner les dijo a los profesores que mandaran a los alumnos a sus casas hasta que se cerrara el caso y que sólo se quedaran los policías y los profesores. Lo hicieron tal y como O’Conner ordenó. Después de varios días sin que pasara nada, O’Conner le pidió a un policía que pusiera cámaras por el colegio, sin contárselo o pedir permiso a cualquier otra persona. Cuando el policía le contó a O’Conner que ya estaba hecho se fueron al coche donde tenían un portátil conectado a todas las cámaras. No observaron nada hasta las dos de la madrugada, cuando empezaron a notar un ligero movimiento en algunas cámaras: se podía ver una figura con sotana negra y pensaron que podía ser el cura del centro. El 14


detective le mandó al policía que buscara información sobre él y detalló que era ese cura el que había en la base de datos y que había estado encerrado en un manicomio, pero parecía que eso nunca se lo había revelado a nadie. De repente miró hacia una de las cámaras. –O’Conner, te voy a dar una pista, mañana a las doce en punto de la mañana el última alma será liberada y si no te retiras ahora, tú también perecerás – reveló el cura con una voz terrorífica.

ZAIDA IGLESIAS

- ¿Cómo pudo saber lo de las cámaras? – dijo O’Conner sorprendido. – Le juro señor que no se lo dije a nadie – dice el policía. -Pues yo no voy a esperar a mañana, ¿en qué lugar está ahora? –pregunto O’Conner. – Segundo piso, zona sureste – le informó el policía. O’Conner llegó a la zona que le había dicho anteriormente el policía, empezó a escuchar ruidos; el detective sacó su pistola de 9mm y avanzó, vio la figura del cura con un cuchillo corriendo hacia él. O’Conner apuntó al cura y disparó dos veces, se escuchó como el cuerpo del asesino cayó al suelo- El detective por medio de las cámaras le comunicó al policía que se había acabado. O’Conner llamó a los demás policías para informar de la muerte del asesino, pero cuando llegó al coche vio al agente de policía degollado en el asiento de atrás. A O’Conner se le volvió la cara blanca, ―¿Cómo podía ser posible?‖ llegaron más policías para llevarse los dos cadáveres. A las ocho cuando el conserje abrió las puertas del centro, vio que caía sangre del techo; alzaron sus cabezas observando que había algo 15


escrito en sangre: ―Esta partida está perdida para ti, O’Conner, sólo acabaste con un “ayudante” pero yo sigo vivo.‖ Cómo podía ser un asesino tan frío y astuto como para arriesgar una vida humana sólo para un fin absurdo. Sólo faltan diez minutos para las doce. De repente O’Conner se percató de que el siguiente asesinato tenía que ser cerca del campanario del centro ya que el primer asesinato fue en el área izquierda del colegio y el segundo en el derecho. O’Conner mandó subir la vigilancia en la zona centro y reunir a todos los profesores en el salón de actos del centro. De repente se dieron cuenta de que faltaba la profesora de castellano. O’Conner salió corriendo hacia el campanario. Cuando estaba subiendo las escaleras hacia el campanario, todas las luces se apagaron y por los megáfonos situados en casi todo el centro se empezó a escuchar una voz: ―Tienes un minuto para detenerme, O’Conner.‖ Cuando O’Conner se propuso abrir la puerta hacia la parte más alta del campanario miró su reloj y vio que ya pasaban de las doce; abrió la puerta y observo a la profesora de castellano ahorcada y abierta en canal desde la garganta y una figura encapuchada a su lado con un cuchillo ensangrentado en sus manos. -Te preguntarás por qué hice todo esto, ¿no? O’Conner – dijo la figura encapuchada -Lo hice por un motivo, que ni tú, ni nadie entendería, un motivo que sólo me concierne a mí – acabo la figura encapuchada. – Te da igual matar a gente sólo para conseguir tu objetivo, veo que tus manos tiemblan, eso significa que lo hiciste por algo relacionado con tu pasado profundo – expuso O’Conner. – Me dejaste llegar aquí porque necesitabas decirle a alguien que eres un loco – acabo O’Conner. - ¿Cómo puedes saber eso? – se preguntó el encapuchado bastante impresionado. – Sólo con verte la cara o los gestos que haces, por muy contados que los tengas, sé lo que piensas – le respondió el detective. – Pero, no pensaste que haría este movimiento… - le dijo el encapuchado con voz entristecida y oscura a la vez. En ese momento dio un paso hacia adelante y se tiró del campanario. Al día siguiente informaron a O’Conner de que el encapuchado se llamaba Marc Burí, un hombre de treinta años que perdió a su mujer y a sus dos hijas, ya que fueron asesinadas por un psicópata que las tomó como rehenes mientras él trabajaba, y cuando llegó a casa se las encontró degolladas a todas. Meses después, mucha gente rumoreaba que se había metido en algo satánico, pero nadie lo sabía con certeza. -¿Entonces quería purificarnos, para que seamos buenas personas o quería resucitar a su familia? – Pregunto un policía. – Creo que nunca lo sabremos – Respondió O’Conner.

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ARANTZA LAMAS PAZ

Eu non fun

ARANTZA LAMAS

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O señor Gómez, sentado na cadeira da sala de interrogatorios e sen dicir unha soa palabra, amosaba cara de ocultar algo que determinaría o seu futuro. O inspector Pintos entrou no seu despacho e alí o esperaba Rose, a súa compañeira dende hai cinco anos. Pintos era un home ó que a xente non adoita esquecer con facilidade pola súa seriedade e os seus coñecementos, pero Rose sabía que non era tan correcto e as súas decisións ás veces non eran as máis acertadas. Rose coñecíao bastante ben. Non se separaba del nas horas de traballo despois de ser aceptada no corpo de policías da provincia de Lugo. Rose esperábao cun informe na súa man que anunciaba un novo caso que eles dous tiñan que resolver. A vítima era unha moza, achada ó pe dunha árbore do souto situado na vila de Begonte. Atopada polo can dun cazador dos arredores tres días despois da súa desaparición. A moza presentaba numerosos signos de violencia por todo o corpo e a destacar un golpe na cabeza que producira a súa morte. Segundo os médicos forenses a hora da morte sitúase entre as doce e as dúas da noite do xoves 18 de maio de 1953. Confirmaron o golpe no cabeza, provocado por un instrumento semellante á un sacho, como causa da morte. Tamén determinaron que este se trataba dun asasinato, xa que as marcas deixadas polo golpe revelaban que non se podía tratar dun suicidio. Os dous axentes, Pintos e Rose, dirixíronse ó escenario do crime. Para a súa sorpresa chegaron tarde por querer Pintos mercar uns cigarros antes de centrarse no caso. Ó chegar e ver que o escenario estaba baleiro, sen ningunha proba, xa que os demais fixeran o seu traballo, decidiron achegarse ata unha antiga granxa que se atopaba preto do souto onde aparecera morta a moza para ir facerlle unha serie de preguntas á persoa que se atopaba nela. Cando chegaron á entrada da granxa Pintos chamou ó timbre e tras uns minutos apareceu pola porta un home de aproximadamente uns corenta anos. -

Quen sodes e que queredes? Somos os inspectores Rose e Pintos, queriamos facerlles unha serie de preguntas acerca do acontecido o pasado xoves no souto desta vila. Sinto moito non poder axudarvos, o xoves non estiven na casa. 19


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E sabe se houbo algo raro ese día nesta vila? Todo o que saiba serviranos para poder resolver o asasinato da moza. A…a….asasinato? Si asasinato, non se decatou de que un cazador de por aquí atopou a unha moza morta no souto que se encontra a carón desta granxa? A verdade é que non, xa lles dixen que eu non estiven aquí o xoves, estaba cuns amigos que viñeron a pasar as súas vacacións á cidade e fun facerlles unha visita. Pero ó mellor a miña nai viu algo, ela estaba na casa.

De seguida a chamou e ela apareceu rapidamente na cociña. A vella tiña un aspecto un tanto noxento, desprendía un cheiro desagradable, coma se non se duchara dende hai unhas cantas semanas, tiña o cabelo sucio e vestía con roupa remendada e bastante gastada. En comparación con este aspecto resaltaba algo nela, algo que lle chamou a atención a Rose, unha pulseira de diamantes vermellos que levaba na man esquerda. Parecíalle estraño non lle cadraba coa primeira impresión que esta lle causara, pero aínda así non lle deu importancia e procedeu: -

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Bos días señora, somos os axentes Pintos e Rose, segundo nos comentou o seu fillo estivo aquí o pasado xoves. Viu vostede algo estraño pola zona ese día? Moza, sinto moito non poder axudala, estou algo xorda e non adoito saír da casa se non é para ir ó médico. Aínda que... agora que o recordo ese xoves, cando me levantei para ver se o meu fillo chegara á casa, vin un coche escuro dar voltas pola zona a iso das once da noite. Moitas grazas. Non sei se lles serve de axuda, mais é o único que podo dicirlles. Si señora, moitas grazas.

Pintos, vendo que a información que estes lles podían facilitar non ía ser moito maior ca que lle deran ata ó momento, despediuse pero non sen antes facilitarlle a súa tarxeta co seu número de teléfono por se estes recordaban algo máis. Con estas os dous inspectores marcharon da casa. Cando se dirixían cara o coche que aparcaran o outro lado da estrada, aínda dentro da granxa Rose tropezou cunha pa que se atopaba no medio da finca. Case cae. Despois deste incidente dirixíronse ó laboratorio forense. No laboratorio, o seu compañeiro Miguel facilitoulles información sobre a vítima e a súa morte. Tratábase dunha moza duns 19 anos que se facía chamar Alicia Williams , vivía nun apartamento con tres compañeiros de carreira preto da vila onde aparecera morta. Os seus pais, de nacionalidade inglesa, morreran fai tres anos nun accidente de tráfico tras chocar contra un vehículo que conducía un mozo baixo os efectos do alcohol. Sabendo isto Rose e Pintos dirixíronse ó apartamento onde vivía Alicia para facerlle unha serie de preguntas os compañeiros que vivían con ela. Para sorpresa, no apartamento só se atopaba unha muller, facíase chamar Rachel, sorprendida preguntoulles a que se debía a súa visita e explicoulles que os seus dous compañeiros non se encontraban alí dende facía unha semana, estes estaban en Berlín realizando uns exames correspondentes ós seus estudos. Cando Pintos lle comunicou o 20


motivo da súa visita a moza sobresaltouse. Explicoulles que Alicia, moitas veces, non aparecía polo apartamento durante varios días sen que souberan nada dela e por iso non se estrañara da súa desaparición; isto explicaba que non houbera ningunha denuncia. Rachel dixo que Alicia frecuentaba durante eses días que non estaba no apartamento a casa do seu mozo Jean. Jean tiña vinte e catro anos, era o seu profesor de piano e, á súa vez, o seu mozo. Levaban catro meses xuntos e dende aquela tocar o piano era unha das tarefas que mantiña ocupada a Alicia durante bastante tempo, comentaba a súa compañeira de piso. Rachel non falaba moi ben de Jean como mozo de Alicia polo que para Pintos este se convertía no principal sospeitoso polo que lle pediu o seu número de teléfono a Rachel e despois, pero sen non antes facilitarlle a súa tarxeta, despediuse. Os inspectores chamaron a Jean . Informáronlle do acontecido e citárono ese mesmo día nun parque dos arredores. Este desculpouse dicindo que non podía ir porque o seu coche atopábase no taller e ademais estaba moi canso xa que estaba a facer obras na súa casa, polo que aprazou a cita para o día seguinte. Quedaron no mesmo parque as 11:30 do día seguinte. Rose pensou para si mesma que Jean non comezara con bo pé, primeiro as acusacións por parte de Rachel do leve maltrato que lle ocasionara a Alicia e agora o aprazamento da cita do inspector. Malia as evidencias Rose prefería non sacar conclusións ata que este dera algunha explicación.

XABIER GONZÁLEZ 21


Ó día seguinte os dous inspectores chegaron ó parque ás 11:20, algo antes do previsto xa que ese día non había moito trafico. Eran as 11:35 e Jean aínda non chegara. -

Outro punto máis en contra – comentaba Rose na espera. Para min que este ten algo que non quere que saibamos, pero sexa o que sexa ímolo descubrir. Como non veña… Mira alí está!

O citado chegou ás 11:45, quince minutos máis tarde do acordado. Chegou nun coche azul escuro que aparcou nunha rúa perpendicular á do parque. Pola súa cor o coche podería ser o que vira a vella a noite do asasinato pero iso, polo de agora, non o podían saber con certeza. O mozo desculpouse por segunda vez dicindo que vivía algo lonxe e asegurando que había moito tráfico. Posteriormente procedeu a dicir que Alicia era moi importante para el aínda que soamente levaran catro meses xuntos amabaa como non amou a ninguén antes e que tiña plans de futuro con ela. -

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E os golpes que lle deches nunha ocasión? – preguntou Rose con picardía. E… bo… eu, eu, foi o maior erro que cometín na miña vida. Estou moi arrepentido. Discutiramos e eu estaba a tomar unhas pilules que me alteraban cando estaba nervioso e… sen poder evitalo batinlle. Pero asegúrolles que iso no volveu a suceder, agora xa non tomo esas pastillas. E a que se debía esa discusión? – preguntoulle Pintos. Bueno… eu descubrira que Alicia estaba a verse con outro home, só sei que este traballaba nunha granxa ou cos animais non sei moi ben. Escoitaraos falar por telefono diso e tamén…. doutras cousas. E iso foi o que o levou a asasinala verdade? Non! Por suposto que non! Estou seguro de que eles xa non se vían, eu propúxenlle hai dúas semanas a Alicia trasladarnos a vivir a Barcelona xa que a me ofreceron un traballo moito mellor e ela aceptou sen por impedimentos. E en canto o teu coche, a que se debe a visita ó taller? O meu coche non anda moi ben, xa e vello, era do meu pai e non lle funcionan correctamente os freos. Poderías ensinarnos os papeis do taller? Por suposto, aquí os teñen. Grazas.

Tras esta declaración e con documentos que o confirmaban excluíron o mozo, que a noite do asasinato se atopaba dando un concerto preto de Madrid, de sospeitoso. Polo que Rose decidiu desviar a investigación cara ó home que fora o amante de Alicia. O chegar ó laboratorio e ó non saber como buscar ó amante de Alicia, Pintos decidiu ler o informe que describía o escenario do crime e o encontrado nel. No escenario encontráranse anacos dun faro dun coche xunto coa arma a un cinco metros do corpo. Na man da vítima atoparase unha pedra vermella que parecía ser un diamante. Pintos mirou detalladamente a arma do crime e recordou ter visto noutra ocasión unha ferramenta moi similar a esa. 22


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A pa! Que dis? – preguntoulle Rose A pa! Si, a pala. Que pala? De que me estas a falar, Pintos? Acórdaste da pala coa que case caes na granxa que fomos visitar o primeiro día da nosa investigación? Como non me vou a acordar! Case rompo o nariz. Mira, fíxate na arma co que mataron a Alicia. Non pode ser! Pero se é idéntico a pala coa que eu tropecei! e ademais teñen, se non recordo mal, as mesmas letras gravadas no mango. E… lembras que Jean dixera que o amante de Alicia traballaba nunha granxa? Si, Rose, mañá visitaremos a granxa. Ese home terá que darnos unha boa razón para se librar dos 30 anos que lle van caer polo asasinato.

O día seguinte, antes de dirixirse á granxa, os dous inspectores fixeron un informe no cal aparecían os que foran ou eran sospeitosos do asasinato. Primeiramente descartados estaban os compañeiros de Alicia que se atopaban en Berlín esa semana e polo tanto tamén o mozo de Alicia, Jean, que ese día estaba dando un concerto preto de Madrid. Para Pintos o culpable estaba claro, o home da granxa, pero Rose prefería non precipitarse antes de ter probas. Xa na granxa preguntáronlle, ó home que se facía chamar Gómez, onde tiña as ferramentas coas que traballaba, este ensinoullas sen ningún problema. -

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Aquí están as ferramentas que adoito utilizar. Por casualidade non lle faltará un sacho verdade? – preguntou Pintos. Pois a verdade é que teño un, pero agora mesmo non sei onde está. E que significa o que faro do coche estea roto? Esíxolle unha explicación xa! Pois a verdade e que non o sei… non a vira ata agora. Por que o pregunta? Mire señor Gómez, que eu son policía, cousas máis evidentes eu non vin. Vostede era o amante de Alicia, ela decidira abandonarte e irse a Barcelona co seu mozo, polo que ti collíchela ese mesmo día finxindo querer pasar un rato a soas con ela, leváchela souto como perfecto lugar de namorados e alí remataches a faena. Primeiro a atropelaches rompendo o faro do coche e despois décheslle co sacho na cabeza para acabar con ela. Fuches parvo ó deixar a arma no escenario do crime, cres que a policía é parva ou que? Pero señor inspector… Nin unha palabra máis, queda vostede detido polo asasinato da señorita Alicia Williams, ten dereito a gardar silencio e a chamar a un avogado ou calquera cousa que diga poderá ser utilizada na súa contra.

Mentres Pintos levaba a Gomez á comisaría Rose quedara na casa deste buscando algo máis que o puidera vincular coa morte de vítima. Rexistrou toda a casa e no único lugar no que atopou algo significativo foi no cuarto da vella. Nun caixón do seu cuarto había unha foto de Alicia e Gomez na praia, a foto estaba algo deteriorada e por detrás, para sorpresa de Rose, estaba pintado a man un demo. Nese mesmo caixón tamén 23


atopou unha pulseira de diamantes vermellos, a pulseira que tanto lle chamara a atención a Rose na primeira visita a esta granxa. Agora a pulseira faltáballe un diamante. -

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O diamante que tiña na man a morta! Agora empezo a ter as cousas máis claras. A vella tiña ciumes de Alicia, porque o seu fillo lle dedicaba máis tempo a aquela moza tan guapa e coa súa propia nai apenas estaba. Odiaba ó seu fillo. Nesa noite que o fillo non estaba, citouna na granxa facéndose pasar por Gómez. Xa tiña todo preparado, o sacho estaba no coche. Só tiña que levala ata el e alí e darlle a morte. Ai moza, e parecías non ser tan lista. Eu xa pensaba que non quedaban policías coma ti. Ti, ti matáchela e despois leváchela ó souto onde deixaches o sacho preto dela para que nós so tiveramos que relacionar todo e deseguida teriamos ó culpable. Pero eu descubrinte a ti! Mira que facerlle iso ó teu fillo! El sempre foi un neno mimado, e agradécemos así? Estalle ben, por non coidar da súa naiciña como é debido. Isto vaiche saír moi caro.

Na sala de interrogatorios Pintos esperaba a que saíra algunha palabra da boca de Gómez, e así foi: -

Señor inspector, ten que crerme, eu non matei a Alicia… era moi importante para min. Amábaa. Si, pero parece que ela non o amaba tanto a vostede ó querer irse co seu mozo a Barcelona. Eu non sabía nada diso. E cando se deu conta de que o ía abandonar matouna, é así de sinxelo. Está todo moi claro.

De súpeto sooulle o teléfono móbil a Pintos, era Rose. Esta comunicoulle o que a vella lle confesara. Pintos non podía crelo, dubidaba da palabra da súa compañeira e esixiulle probas. Rose gravarao todo, así que se dirixiu á comisaría para mostrarlle a gravación ó seu compañeiro. Cando Pintos se dispuxo a escoitala, non había nada gravado nela. Rose non o podía comprender, ela mesma se asegurara de darlle ó botón de gravar no momento no que aparecera a vella. Por falta de probas as acusacións de Rose non se podían levar a cabo a si que Pintos colleu a Gómez, esposouno e levouno ó que sería o seu novo cuarto durante uns cantos anos. Mentres este camiñaba cara o que sería o seu futuro pronunciou unhas palabras que marcaron a Rose para sempre, este dixo: ―Eu non fun‖. Tras o acontecemento eses días Rose sentíase culpable do inxusto futuro que lle esperaba o pobre home. Abandonou a provincia. Deixou de exercer de policía e dedicouse a iluminar de felicidade as rúas de Pontevedra vestida de pallaso. Quixo deixar constancia, nun diario que escribía cada noite, da inxustiza que ela presenciara hai 53 anos e que, hoxe, eu reproduzo. 24


PEDRO IGLESIAS FERNÁNDEZ

Eu non fun

RUTH ZABALA

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Clara Axeitos entra na sala 3 do Xulgado, apresurada. É fiscal, e ten entre mans un caso de homicidio. O acusado é Francisco Moure, dentista. Disparou e matou a Xavier Ponte, debuxante. Francisco está sentado á dereita do seu avogado defensor, Teodoro Muñoz, un dos mellores do gremio. No centro da sala está Anxo Vila, o xuíz, con cara de poucos amigos. —Chega tarde —rosma. —Perdoe, estaba buscando un informe —descúlpase Clara. —Bueno. Está preparado, Teodoro? —Por suposto —responde o avogado. —E vostede, señorita Axeitos? —Estou, estou. —Ben. Estamos aquí reunidos para tratar o caso do asasinato de Xavier Ponte. Presente a alegación inicial, Axeitos. —Si. Atopei varias probas da culpabilidade de Moure. A primeira é a bala, pertencente á pistola do señor Moure, unha Star SS. —Unha reliquia, si señor —exclama Teodoro—. Mais, como sabe que a pistola é del? —Como se non o soubese —rosma Clara. —Como? —Nada, nada. 26


—Conteste, Clara —di o xuíz. —É ben fácil. O canón da pistola deixa unhas marcas na bala que sae disparada. Estas marcas son a pegada dactilar dunha arma de fogo, e se meten nun rexistro informático se a arma é utilizada nun crime. Isto permítenos acceder a elas rapidamente e facer comparacións. —Só se é utilizada nun crime —repite o xuíz. —S-Si —contesta a fiscal, perplexa—. Podería falarme do seu anterior delito, Francisco? —É irrelevante para o caso!—responde Teodoro, enfurecido—. O meu cliente xa foi xulgado e castigado polo de hai sete anos! —Orde! —grita o xuíz, golpeando a maza na mesa—. Prosiga coa alegación, Axeitos. —Está ben. Por onde ía... ah, si, polo da bala. Aparte da bala, atopei na escena do crime uns guantes de látex coa pegada dactilar de Moure e manchados co sangue do finado. A bala tamén contiña o sangue de Xavier. —Non leu a acta do xuízo? —pregunta Teodoro. —Eh, non...—di Clara, aturdida. —Os da Científica atoparon restos de sangue sen identificar na bala e no chan. Estes últimos foran limpados, pero grazas ao Luminol foron atopados. —Luminol... —pronuncia a fiscal, pensativa. —Si, ese líquido que... —Xa sei que é o Luminol, grazas —córtao Clara. —...que, ao aplicalo a unha mancha de sangue, fai que brille na escuridade, aínda que fose limpada. —Excelente definición! —exclama a fiscal ironicamente. —Grazas. Pero ese resto do chan ten un problema. —Cal, señor Muñoz? —A mancha do chan está máis á esquerda de onde está o corpo do finado, así como dous metros, máis ou menos. Se observa a acta do xuízo, cousa que aínda non fixo, poderá velo con máis claridade. Clara colle a acta do xuízo e observa o bosquexo da habitación.

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—A aspa no chan indica onde se atopou a bala —apunta o avogado—. A outra aspa, a que está rodeada, indica onde se atoparon as luvas. O V é de vítima e a mancha é o sangue sen identificar. A habitación ten dúas portas: a da esquerda comunica cunhas escadas que levan á rúa, e a de abaixo, coa cociña e co baño. Alí non se atoparon indicios. A ventá ten os cristais rotos, pero a altura é de dous pisos, así que non creo que ninguén saltase por aí. Pero a gran incógnita, señorita Axeitos, é: ―Onde se atopaba o asasino?‖. —Nin idea. Non tiña constancia do sangue sen identificar. —O que ten que facer, Axeitos, é confiar na Científica e non nunha mesma —di o xuíz—. Veña, un descanso de dez minutos para reflexionar con calma esta última pregunta. ◊◊◊

Clara está pensando. Está en branco. De repente, aparece unha muller correndo, co ombreiro vendado. Unha idea. É ela. Páraa. Si, é ela. Xa ten o caso resolto. ◊◊◊ —E ben, señorita Axeitos, onde se atopaba o asasino? —Aquí, señor xuíz.

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Clara sinala un punto no bosquexo.

—Ten algunha proba? —Teño. Chamo ao estrado á señorita Xoana Bouzón. —Chámome Xoana Bouzón. Son esa mancha que aparece na escena do crime. —Sáquelle unha mostra de sangue e lévea inmediatamente a analizar —dille o xuíz a un policía. —Vanme picar? Por favor, neste brazo, que o outro o teño mal —bromea Xoana. ◊◊◊ —E ben?— pregúntalle o xuíz ao policía, que acaba de entrar pola porta. —É dela. —Ben. Prosiga, Xoana. —Si. Estaba eu, máis ou menos ás dez da noite, na casa de Xavier. Eu... era a súa amante. A xente que está na sala comeza a murmurar. —Orde! Orde na sala! —grita o xuíz—. Pode seguir, Xoana. —Vale. Eu estaba na casa de Xavier, iamos saír pola noite. Estaba falando con el cando, de repente, apareceu a súa muller, Mónica Espinosa. Todos miran cara a esposa do finado, que empeza a saloucar.

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—Comeza a gritarme, colle uns guantes da mesa e unha pistola do bolso pero eu empúrroa cara o sofá. Érguese, móvese ata a porta da cociña e dispara. Pero Xavier sálvame. A bala dáme no ombreiro. Corro cara a ventá pero Mónica dispara de novo. O cristal escacha. Ela métese no meu camiño pero a empurro de novo. Saio e pecho a porta con chave. Comezo a baixar as escaleiras mentres escoito a Mónica berrar. Escapo. ◊◊◊ —É certo o que di Xoana? —pregunta o xuíz. —É certo —respóndelle a viúva. —Cónteme que pasou despois de que escapase Xoana. —Limpei a mancha de sangue. Fun á clínica de Francisco, onde traballo. Limpei a pistola e gardeina no seu despacho. Collín uns guantes da papeleira. Sabía que eran de Francisco porque onte só estivera el na clinica, operando á súa filla. Os sábados temos descanso. Fun de novo ao piso e manchei as luvas, que tirei na papeleira. Non reparei na bala. Denunciei o caso dende unha cabina de teléfono e marchei. —Ben. Declaro a Francisco Moure inocente e a Mónica Espinosa culpable de todos os cargos. Poden levala. Mentres dous policías a levan cara a porta, Mónica rompe a chorar. ◊◊◊ —Moi ben o teu primeiro caso en solitario, Clariña. Aínda me acordo cando me axudabas a resolver os casos, cando aínda era inspector... —Xa choveu dende aquela. Grazas, Greg. —Non me chames Greg. —Sempre dis o mesmo. Imos cear por aí? —Imos. Que tal a Valença? —Un pouco lonxe, pero está ben. —Pois alá imos!

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JAVIER OTERO

Yo no fui

IHOR DROVDOV

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Capítulo 1 Un suave pitido del reloj me indicó que eran las ocho, eché una mirada a ver cómo estaba el cielo. Nublado, no sabía de qué me sorprendía; si no estaba nublado, estaría lloviendo, eso no se podía remediar. Recogí mi mesa, cogí mi abrigo, mi bolso y me dirigí a la salida. Con un poco de suerte podría irme a casa tranquilamente, pero algo me decía que hoy no iba a ser un día tranquilo. A veces, odio el instinto femenino. -Alba- me llamó Juan. -¿Pasó algo importante?- contesté con indignación. -¿Qué sabes de Gael Ortiz, Samuel Sánchez y Carmen Giráldez?- preguntó con cara de preocupación. ¡Bien! Me dije a mí misma me quedaba sin fin de semana, definitivamente odiaba el instinto femenino. -No mucho -contesté sin interés-. A Sánchez lo investigué por tráfico de heroína, pero quedó absuelto por falta de pruebas y Carmen Giráldez, ¿no fue esa teniente de policía corrupta que trabajó con Sánchez?... -Sí -me interrumpió Juan- todos lo que te nombré tienen dos coincidencias: la primera es que son criminales que escaparon de la justicia; la segunda es que los tres murieron de un ataque al corazón. Alba, baja junto a Sara, ella te dará los detalles de las muertes. Investígalas de inmediato. Su tono no admitía reproches así que me dirigí al tercer piso a ver a Sara. Cuando llegué al laboratorio, me encontré con tres cadáveres cubiertos con una fina tela de plástico. Solo se les veía la frente, pero suficiente para poder averiguar sus nombres: Gael, Samuel y Carmen. -Hora Sara, ¿qué tienes?- pregunté sin mucho interés. 33


-Al principio no relacioné los cadáveres. Me pareció raro que dos criminales que se conocían muriesen de la misma forma y con una media hora de diferencia. La causa de la muerte fue un ataque al corazón, así que diseccioné todos los tejidos e hice múltiples análisis sobre diferentes tóxicos, pero no encontré nada. Ya me estaba dando por vencida cuando encontré estas letras, de tamaño insignificante, en diferentes partes de los cuerpos de los criminales… Alba, ¿me sigues? -me preguntó Sara entregándome una hoja, con unas letras totalmente desconocidas pata mí. 私はキラです -Sí, te sigo, ¿pero qué significan esas letras?- le pregunté, este caso comenzaba a interesarme. -Significa en japonés: ―Yo soy Kira‖, ¿pero quién es Kira? -preguntó dirigiendo su penetrante mirada hacia mí- Kira es un personaje, de una serie Manga, llamada Death Note. Esta serie trata sobre un cuaderno ―mágico‖ por decirlo de alguna manera. Si tú escribes el nombre de una persona en ese cuaderno y mentalizas su rostro, morirá al cabo de cuarenta segundos de un ataque al corazón. El protagonista de esta serie Manga es un estudiante japonés, considerado el más inteligente de todo Japón. Él utiliza la Death Note para matar criminales, parar las guerras y hacer que este mundo sea un lugar mejor… Veintidós millones de respuestas en cero coma once segundos .Me encanta Google -añadió Sara con un énfasis muy cómico. -En resumen, nuestro amigo es un maniático que encontró una Death Note y dedica su tiempo libre a matar a los criminales de Vigo- argumenté con un tono sarcástico. -Lo más probable es que fuese un envenenamiento de una sustancia que no aparece en los escáneres, aunque es muy extraño que todo estuviese limpio… ¿Qué te pasa?-me preguntó con gran interés al ver una sonrisa en mi rostro. Sabía por dónde empezar a buscar. -Chao, me diste una idea por dónde buscar.

Capítulo 2 Me levanté con el suave sonido de la radio. Era sábado, odiaba trabajar los sábados, pero una orden es una orden. Así que me dirigí a la calle Príncipe. Tras pasar por numerosas tiendas giré y subí por Eduardo Iglesias. Mientras subía me saludó Silvia, una amiga que trabajaba en una de las más célebres librerías de Vigo, Librouro. Unos metros más arriba en línea recta me encontré con lo que buscaba, NormaCómics. NormaCómics es uno de los pocos sitios en Vigo donde venden volúmenes Manga de publicación japonesa, así que decidí echarle un vistazo. -Hola -dije saludando al empleado.

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-Aiya. Significa ―Hola‖ en élfico –añadió tras ver mi expresión- Lo siento te confundí con una iniciada… ¿Puedo ayudarte en algo? -¿Sabes algo sobre una serie Manga llamada ―Death Note‖?- pregunté sin mucho interés. La gente te suele dar más información, si no sabe que eres policía. -Sí, es un Manga muy solicitado, es uno de los que más vendemos. Sentía como ese tipo necesitaba una acompañante femenina. Tenía que admitirlo, a veces me agrada tener instinto femenino. -¿Lo han solicitado últimamente?-le pregunté, jugueteando algo con el pelo y poniéndole una cara de niña mala. -Sí…-paró unos segundos para relajarse-. Un tipo bastante raro me encargó, por teléfono, los doce tomos en versión original hace mes y medio. Luego me pidió que se lo enviase por correo…-estaba sudando, me dio pena pero tuve que aprovecharme de la situación. -Creo que la dirección estaba mal -le interrumpí-. A mi hermano no le llegaron los tomos ¿Me puedes dar el justificante del envío para poder buscarle los tomos? – añadí, guiñándole un ojo.

ROCIO GONZÁLEZ

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En un minuto tenía la dirección de un posible sospechoso. Aún no entiendo por qué tenemos discriminaciones, si siempre lo conseguimos todo de los hombres. Ya tenía un posible sospechoso. Avisaría a Juan mañana por la mañana.

Capítulo 3 Me despertó el móvil a las tres de la madrugada. Era Juan, mi instinto me dijo que algo gordo pasaba. -Alba, esto es grave; es Kira: ha vuelto a asesinar…-por su tono de voz deduje que estaba totalmente estresado-. Es importante, ven rápido a la comisaría. Colgó antes de que pudiese articular una palabra. Un cuarto de hora más tarde estaba en el ascensor de la comisaría. Una vez abiertas las puertas del ascensor, me dirigí rápidamente al despacho de Juan. Lo encontré hablando por teléfono. Cuando entré, colgó el teléfono y me dijo: -Sara me comentó que podrías saber algo de Kira, dime que sabes algo. Los de arriba están desesperados- hizo una pausa pensando en cómo me iba a explicar lo sucedido-. Nuestro Kira asesinó a todos los presos de A Lama. Todos murieron una hora después de comer. Todos murieron casi simultáneamente de un ataque al corazón por causas desconocidas. Alba, dime que tienes algo, te lo ruego- realmente Juan estaba desesperado. Le conté todo lo que había descubierto en la librería. Media hora más tarde Luis Fulco estaba bajo vigilancia las veinticuatro horas del día.

Capítulo 4 Llegué el domingo a las diez a la comisaría, me dirigí al despacho de Juan. Una vez dentro contemplé como su despacho se había convertido en el centro de seguimiento de Luis Fulco. Múltiples cámaras lo enfocaban. Estaba acercándose a un establecimiento de damas de compañía. Un agente de paisano entró unos segundos después de él, los mismos que tardó en cambiar la pantalla a la cámara oculta del agente. Dentro vimos como Luis le entregó un fajo de billetes al propietario del local. Después salió del establecimiento. Esto me resultaba bastante aburrido, así que decidí irme a desayunar algo cuando observé que el agente de paisano atendía al propietario. Le estaba dando un infarto. Juan dio la orden de detenerlo. En ocho segundos y medio ya estaba reducido por cuatro agentes. Diecisiete minutos más tarde estaba siendo interrogado.

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-… Yo no fui -repetía constantemente el acusado. Seguía insistiendo en su inocencia aun después de enseñarle la falsa ―Deaht Note‖, en la que estaban escritos todos los nombres de las personas asesinadas por Kira; los doce volúmenes en versión original del Manga, la manera de fabricar el veneno en su apartamento y el método utilizado para envenenar solamente a los presos de A Lama. Llevaba en el interrogatorio cerca de dieciséis horas, pero algo me decía que Luis era inocente pese a que vi como el traficante se desplomaba después de darle el fajo de billetes y pese a que encontraron todas las pruebas escondidas en una caja fuerte oculta en el suelo de su apartamento. Pese a todo eso, algo me molestaba. Sentía algo en el pecho, no sé, es como cuando sentía algún remordimiento, pero no era eso, era mi instinto. Me indicaba que era inocente y eso me daba miedo, él nunca me fallaba. Me decía que Luis era inocente, no sabría cómo explicarlo. Luis encajaba a la perfección en la personalidad Kira: un ladrón asesinó a sus padres, pero la justicia lo dejó libre. Era el culpable perfecto para este caso, tan perfecto que era imposible que fuese él. Luis parecía estar siendo un cabeza de turco, pero dudaba de que alguien me hiciese caso, o peor que me tomasen por una loca. Así que decidí no hacer mucho caso a mi intuición. A día siguiente, Luis Fulco saldría en todas las noticias, en las portadas de los periódicos, sería famoso, admirado por unos y criticado por otros, y yo me pillaría unas vacaciones… Alba no sabía que a tan solo a unos metros un maniático, apodado como Kira, gritó: -¡Que inútil es la policía! Se le engaña como si fuese un niño de preescolar.

Capítulo 5 Seis meses después, en Washington, sobre un enchufe de la Casa Blanca se posaba una diminuta máquina del tamaño de un mosquito. Tenía la forma de una libélula y una carga de veneno en una cavidad de su abdomen. La batería se estaba cargando aprovechando el campo magnético, producido por cualquier metal conductor de la corriente eléctrica. Tras unos minutos de espera, llegó el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos. La libélula mecánica salió disparada por control remoto hacia el presidente; unos minutos después, este caía fulminado de un ataque al corazón. Más tarde, la libélula sobrevoló varias manzanas hasta llegar a un apartamento. Se posó en la ventana y un hombre de unos treinta años la recogió susurrándole al oído: -Gracias a ti, no habrá guerras, todo aquel que mate o incite a hacerlo será juzgado por mí pero… el futuro será mucho más divertido, te lo prometo; crearemos un Nuevo Mundo. Y Kira se convertirá en el Mesías… ¡NO! En el Dios del Nuevo Mundo. Gracias a mí este mundo se convertirá en un mundo sin mal, porque yo soy la ¡JUSTICIA!

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SARA RODRÍGUEZ

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MANUEL SÍO DOCAMPO

It wasn´t me

ANDREA RODRÍGUEZ

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It was pretty sunny and dead hot. I was in my car, with my partner, in the middle of the Australian desert. We were looking for some trial motorists, who called to denounce the appearance of a corpse. We finally found them. They were four well-built guys. Three of them were OK, but the black one was actually shocked. When I went out of my car, the eldest of them approached me. He seemed forty to me but there is no strange to see ―not young guys ―practicing extreme sports. Nothing is strange in Australia, but anyone can easily get used to that. He told me what happened: ―We were enjoying the day, when my partner saw something half-buried by the sand. We got off the bikes and saw a leg. We pulled and saw the rest of the body‖ ―And what happened to your friend?‖ ―I don’t know‖ he answered, ―He doesn’t want to say anything‖ I approached him. He was lying on the sand, crying. I knelt and said: ―Please, get calmed, and tell me why you are so shocked‖ ―He is my father‖, he said. Two hours later we were in the Sydney hospital, talking to Brett Franklin. ―My father was the British ambassador, here, in Sydney. He was not married, my mother died when I was four‖. ―I’m sorry‖, I said, ―thank you, I promise we’ll find your father’s murderer, I promise‖ ―Thank you, inspector‖ Then, we went out of the room, and Dan, my partner, said: ―Where are we going?‖

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―To Mr. Franklin office. Ask Robert to go to his house‖. We were in my car, through the city, looking for the address of the British Embassy when our partner Robert called us: ―Hey guys, I got something. I have a video of Mr. Franklin saying really interesting things‖ ―Ok‖, I said, ‖go to the police station, I’ll be there in fifteen minutes, and, of course, bring the film‖ I stopped my car and said to Dan: ―I’ll let you my car, I’ll take a taxi. Go to his office, and if you see something important, please, call me‖ When I arrived at the police station, Robert, Julia and the captain were waiting for me. We started to see the film. First of all, we could only see an office, and then, Mr. Franklin appeared and sat down. It was recorded by himself. He sadly said: ―If you are watching this, it’s because I’m dead. I just want to tell you the name of my murderer. It’s Milton DaSilva. He has been blackmailing me for months. He has some photos of me. He thought I wouldn’t like him to show them, but I actually don’t mind. Las week, he told me to pay him 50,000 dollars, or he would kill me. I prefer not to pay, so here you have the reason and the name of my murderer‖. Finally he showed a newspaper. It actually belonged to the date he said. The captain said: ―Robert, find Milton DaSilva and bring him here, you help, Julia…‖ ―Wait‖, I said there is something strange here‖. My mobile phone rang. It was Dan: ―Hey, I found something important, drugs between the books‖ ―Ok, Dan, bring them here‖ It was too late, so I decided to go back home. In the middle of the night, Dan called me. He told they got Milton, and he took on the responsibility of the murder, but he said he didn’t know anything about the photos, he told the captain he had killed Mr. Franklin because he owed him 50,000 dollars from drugs. It seemed like Franklin didn’t want anybody to know about his hidden dealings. We finally put Milton into jail, but, even nowadays, the British government doesn’t want to find the truth about Franklin. I actually don’t mind. The important thing is that Milton won’t kill anybody and he won’t deal with drugs either. This was the first case in which I haven’t heard: ―It wasn’t me‖.

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ANDRÉS PENAS

Yo no fui

BEATRIZ DO REGO

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PRÓLOGO

La perturbadora y fría mirada se perdía en el vacío del fondo de la estancia. El bullicio reinante era un lejano murmullo en alguna parte de su mente; su impecable presencia se relajaba cómodamente en la silla de madera dónde se encontraba.

-¡Silencio! - La voz del juez sonó firme, confiada en su autoridad.

El ruido se transformó en murmullo, y posteriormente en silencio. -Teniendo en cuenta – prosiguió el juez- la ilegal procedencia de la principal prueba de la acusación, y siendo ésta la única prueba inculpatoria presentada por la misma, doy por finalizado el juicio, dejando al acusado en libertad sin cargos.

El golpe del mazo fue como el pistoletazo de salida de la conmoción. La sonrisa del abogado defensor y el golpe contra la mesa del fiscal fueron las primeras de las múltiples demostraciones anímicas de la sala.

Ya en el pasillo de los juzgados, una pequeña cantidad de periodistas se centraba en el sospechoso puesto en libertad, mientras que todo el peso mediático se centraba en el oficial de policía, jefe de la investigación y descubridor de la prueba ilegal que había dejado a un hipotético asesino en libertad. 

¿Cómo cree que afectará esto a su carrera?

¿Habrá algún tipo de apelación a la sentencia?

¿Cómo se siente sabiendo que pueden haber dejado en libertad a un pedófilo asesino en serie?

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¿Es cierto que se sospecha que mientras violaba a sus víctimas las estrangulaba para proseguir con la violación una vez muertas?

La avalancha de preguntas abrumaba al treintañero oficial, que intentaba abrirse paso hacia su automóvil para alejarse de la tormentosa escena.

1.

Borrosos entre los retablos de mi ya deteriorada memoria se encuentran estos recuerdos.

Algunos podrían tacharme de desconsiderado por esto, por no recordar exactamente la sucesión de hechos que llevaron a mi hijo al suicidio, mas podrían también reprochar no haberme enterado del horroroso final que le deparaba el destino, las pistas que iba dejando con sus actos o estado anímico; pero que hubiera podido hacer yo, si no dedicarme con más ahínco a la empresa en la que me encontraba, causante tanto de eso como de la destrucción de mi matrimonio, así como de mi vida.

Y a los que puedan condenarme moralmente, les pregunto si no en normal que mi mente pretenda olvidar en parte aquellos hechos, los cuales no se solucionarían por pensar más en ellos, que tan hondo me dañaron entonces, y tan profunda herida irreversible mi impusieron en el fondo de mi alma, condenándome así de por vida en un mar de soledad y desesperación.

Podría ahora redimirme de mis actos, pero cuál sería mi locura entonces, si aquello que vi como solución hace años, lo deshecho simplemente por la dureza del acto de llevarlo a cabo.

Frío, distante e inmoral. Que otra evolución podría tener mi mente tras tan tormentoso pasado y tantas duras decisiones que tuve que tomar, asumiendo las consecuencias, por dantescas que se me presentaran.

Quizá todo fuera un error, pero creo firmemente que cualquier decisión también lo sería, por lo tanto ése fue el error que yo escogí, el error con que tengo que vivir. 46


Y aunque aquel ya lejano juicio se hubiera llevado a cabo 15 años atrás y poco tiempo era el que separaba este incidente con los actos que lo continuaron, poco había asimilado o aceptado alguno de estos.

El tiempo solo consigue que el peso de las circunstancias me hunda todavía más en mi repugnante existencia

2.

Un estridente sonido lo despertó en medio de la noche, el sueño, pesado e intranquilo se le aferraba a los párpados, ayudado por el cansancio; impidiéndole así abrir los ojos y observar la penumbra de la habitación.

A tientas, soportando el agudo dolor de cabeza, tanteó la mesilla de noche. Palpó una botella de vodka, ya vacía de su contenido original, pero repleta de penas y pesares. Un poco más lejos, un pequeño escarabajo metálico vibraba mientras escupía su melodía. Lo abrió, y lo acercó a su rostro. -Una nueva víctima, que según describieron podría encajar en su perfil – La voz era grave y segura, pero pareció dudar brevemente antes de proseguir- Km 17 de la vieja carretera a Hidgershigh.

Cerró el aparato de golpe, y tras abrir los ojos observó la oscuridad de que lo rodeaba, pensativo.

Lentamente se incorporó de la cama, y a duras penas se irguió sobre el suelo de madera. Tras encender una pequeña bombilla que apenas iluminaba la estancia, abrió un pequeño cajón de la mesita y tomó un par de analgésicos con los restos del vodka barato de la noche anterior intentando paliar el dolor de cabeza.

Mientras se agarraba la cabeza, la cual le palpitaba por el dolor de la continua resaca que dominaba su vida, encontró sus zapatos. En su bolsillo atisbó un cigarro, y tras varios intentos, logró encender una cerilla, y con ella, el pitillo. 47


Una vez más, mientras el humo recorría su garganta llevando consigo el dulce aliento de la muerte, rememoró los crímenes ante aquella dantesca estampa; cada asesinato, cada descubrimiento de un cuerpo y cada denuncia de desaparición. Los jóvenes cuerpos demacrados había quedado marcados a fuego en su memoria, en especial aquella primera jovencita que había encontrado… las imágenes asaltaron su cabeza… blanca como el más impoluto traje de novia, y desgarrada en el pubis como la más zorra de la rameras de un club en un arrebato de algún cliente.

La atrocidad era una característica únicamente humana, ningún otro ser vivo podía llegar a ser tan macabro, tan consciente de sus actos como para poder hacer algo así, pero a la vez tan inmoral como para llevarlo a cabo… y para recordarle eso, en las paredes tenía los mejores ejemplos que podía imaginar.

Empapeladas, las paredes tan sólo mostraban recortes de periódicos e informes policiales.

Fotos de víctimas y cuerpos destrozados. Un gran mapa de los alrededores, listas de nombres e interminables artículos periodísticos, ya fueran de los cuerpos hallados, del juicio o sobre él mismo. Ni un solo centímetro de la pared quedaba a la vista ante tal avalancha de información.

Salió de la habitación, pensando en los beneficios de dormir vestido y dejando atrás el cuarto de baño, el único complemento independiente de su pequeño apartamento, y también el único con las paredes libres.

El ruido del ascensor podría tranquilamente despertar a todo el bloque, de no ser por los ya acostumbrados vecinos a las sirenas y gritos de las calles.

Se aseguró el revólver a su cintura, y se preguntó se aún funcionaria aquella vieja reliquia, incansable compañero de sus desventuras. El antiguo sedán comprado en el desguace permanecía abierto; ¿Quién podría tan siquiera cuestionarse robar aquella chatarra? Y más sabiendo quien era el dueño, sin reparos en coser a balazos a cualquier macarrilla, intento de gánster, de aquellas calles. 48


El tractoril sonido petardeó el asfalto por el tubo de escape. Alejándose en la oscuridad de la noche y perdiéndose en la penumbra.

3-Me cago en…- Un uniformado policía pudo articular una maldición entre sus oleadas de vómito- ¿Qué clase de hijo de puta puede haber hecho algo así?

Otro policía, escuchando los comentarios de su compañero, desechó la idea de echar una mirada al cadáver, mientras intentaba sonsacar información a unos amigos.

Un oficial ya entrado en años se pavoneaba de un lado a otro, dando órdenes bajo la interminable lluvia que caía del oscuro cielo que aquella noche presentaba. Los faros de los coches patrulla, encendidos iluminando retablos perdidos de la maleza en un paraje olvidado de la mano de Dios, le daban un aspecto macabro a la escena.

Lentamente se acercó, las luces apagadas, el coche en punto muerto, intentando no alertar a las autoridades y echando el freno de mano se colocó a un lado de la carretera, frente al espectáculo. Caminó sigilosamente alrededor de la escena del crimen, sabiendo que los encargados de salvaguardar el cadáver hasta la llegada de las autoridades pertinentes no pondrían un perímetro en el lodo. Así pues, valiéndose de la oscuridad y sin importarle la ingente cantidad de suciedad en todo su tren inferior, observó la imagen del cadáver.

Una joven cría, de 10 u 11 años estaba tendida en el barro. Su rubio pelo y su angelical cara blanquecina por la ausencia de vida sobresalían en el oscuro escenario. El resto del cuerpo, desnudo, se mezclaba camaleónicamente con los alrededores al estar tan manchado. Su rostro brillaba con el resplandor de la poca luz un plástico; la bolsa transparente que le cubría la cabeza había mantenido impoluto su rostro, aunque la visibilidad era escasa dentro del envoltorio, pues aún estando la cabeza un tanto más elevada que el cuerpo, la suciedad del entorno comenzaba a surtir su macabro efecto. Escudriñando en la negrura pudo observar la firma de ―su hombre‖, un profundo corte por arma blanca en línea recta desde la parte central de la cadera, bajo el ombligo, hasta el ano. Justo en ese momento, una fuerte luz de una linterna se acercó desde la 49


carretera

al

cuerpo;

un

policía

pretendía

observar

el

crimen.

Rápida

y

sorprendentemente sigiloso para su edad, abandonó su posición, dirigiéndose nuevamente al automóvil. -Joder… no sé cómo Dios puede permitir actos semejantes- dijo uno de los policías. -Amigo, hace mucho que Dios nos abandonó- Dijo su compañero mientras negaba lentamente con la cabeza.

Sorteó al grupo de policías que charlaban desanimadamente y volvió al coche. Se sentó, llenando todo de lodo y agua, pero sin inmutarse, giró la llave para encender el antiguo motor. Todos los presentes se giraron sorprendidos hacia el estruendoso rugido de la fiera de metal y extrañados, observaron impasibles como ese coche aparentemente, salido de la nada, se alejaba de dónde se encontraban llevándose consigo el grito del diablo.

PEDRO IGLESIAS

4. Los abstractos fantasmas de mi alma, cansados de atormentarme en silencio parecen ahora capaces de actuar en el mundo que me rodea, infligiéndome así una condena mucho más palpable y maquiavélica.

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Dicen que se debe tener cuidado con lo que se desea. Yo buscaba una pista que me confirmara la veracidad de mi creencia pasada, que me confirmara que mi sospechoso era el culpable… y ahora tengo un nuevo crimen, una nueva vida rota. ¿Y qué me dio eso? Nada.

Las torturantes imágenes del cuerpo devoran vivo los escasos recovecos de mi mente que aún se podrían considerar vagamente cuerdos. En cada espejo veo a la criatura mirándome, reprochando mi egoísmo y mi estupidez. En silencio me dice que murió por mi culpa, por mi osadía y mi falta de sentido común. Me recuerda que por mis actos mi vida se rompió, que mi mujer había rehizo su vida a duras penas, que mi hijo se cortó las venas en la bañera mientras yo, en la habitación de al lado, discutía acaloradamente con un subordinado por la tardanza en unos informes.

Y lo peor es que el autor de todos esos atroces crímenes había quedado en libertad por culpa de mi ciego afán por encarcelarlo. Debería haber esperado, tendría que haber intentado evitar poner en peligro el caso… y al final, la prueba definitiva anulada, por mi incompetencia y mi impaciencia.

A esta joven que acababa de ver demacrada, la había matado yo; pues era el único causante de la puesta en libertad.

¿Qué debería hacer? ¿Qué podría hacer yo en mi impotencia para frenar o intentar paliar estos acontecimientos?

Impotente me veo, desesperado me siento. Solo había una forma de acabar con todo esto, y aunque fuera en contra de la justicia, todo esto se debía por ir en contra de esta, y lo que una vez ignorantemente hice, lo haré de nuevo, para solucionar el pesar de mi corazón.

5.

La puerta permanecía arrimada. Extrañado, entró. La casa parecía vacía, pero en alerta y pistola en mano, recorrió cada una de las habitaciones del piso inferior. El 51


silencio era inhumanamente sospechoso, pero siguió con su labor, subiendo lentamente las escaleras.

Había dejado el coche en medio del jardín de su sospechoso. Rabioso tras ver el último crimen, se había dirigido a toda velocidad hasta el domicilio del asesino.

Al fondo del pasillo, una luz lo alertó. Un atisbo de claridad se colaba entre la rendija de lo que parecía una puerta camuflada. Cauteloso, se acercó sigilosamente e intentó escuchar algún sonido al otro lado. Nada… el silencio. La extraña habitación no disponía de puerta, por lo menos no de picaporte o cualquier tipo de pista que indicara como abrirla. Pensando que la puerta podría estar en una habitación, y la rendija era simplemente un error de construcción, siguió adelante, hacia la última puerta, la única cerrada de la segunda planta.

-Quieto- la voz surgió de la nada- tira el arma al suelo, y dale una patada hacia atrás. Lentamente, el antiguo oficial hizo lo que le indicaban. Conocía estas situaciones, con los papeles cambiados, por lo tanto supo que debería hacer todo lo indicado, al no tener posibilidad de defenderse por el momento.

-Eres tan predecible- sorprendentemente se podía notar alegría en su tono- tal y como había pensado, un asesinato más y vendrías a mi… se nota que tu hijo salió a ti.

-No conocías a mi hijo- Perturbada, la voz ronca por los años de fumador compulsivo salió a borbotones de la garganta.

- ¿Por qué crees que acabó así?- la intensidad bajó, y las palabras eran poco más que murmullos- pensé que así vendrías a mí. Solo hicieron falta dos o tres llamadas. ¡Que patético!

Un dolor le atravesó el pecho al escuchar aquellas palabras, consternado, no pudo contestar.

-Pero no, ni así tuviste el valor suficiente. Pensé que si esperaba acabarías por 52


intentar terminar lo que empezaste hace tiempo, acabar conmigo; esperé a que tu matrimonio se acabara, a que tu vida se rompiera… -una sonrisa se dibujó en su rostro al decir eso- disfrutaba espiándote, viendo en lo que te habías convertido… me sentía tan bien… yo había provocado eso… me había convertido en el dueño de tu vida… pero ya se hizo aburrido. Necesitaba sentir de nuevo la emoción de matar, y así, de paso, te atraía. Lentamente se dio la vuelta, contemplando al hombre que años atrás había intentado apresar, sujetando un arma apuntándole; y con la suya a sus pies. -He de reconocer que estaba nervioso… había esperado tanto –el asesino continuaba hablando- pero fue más excitante aún de lo que recordaba. Pero aún me pregunto cómo pudiste caer en la trampa ¿No te resultó extraño que la puerta estuviera abierta? Y la luz en la oscuridad… sorprendente, no sé ni cómo se me ocurrió –giró la cabeza- mira, ¿ves? Sin picaporte – mientras hablaba se apoyaba en la pared- apertura por presión. Pero ya basta de hablar, ponte contra la pared, con las manos a la espalda.

Mientras el cautivo se ponía como le habían ordenado, unas esposas relucieron en sus manos.

-Estate quietecito-La sonrisa sarcástica se le borró de la cara cuando justo en el último momento el prisionero agarró el arma de su atacante.

Hubo un forcejeo, ambos intentando primero llevarse consigo el artefacto, después intentando girar la boca hacia su oponente. La edad le pasó factura al ex policía, haciéndole perder poco a poco la batalla frente a su contrincante, unos diez años más joven, y por lo tanto más fuerte y vigoroso.

Antes de que se diera cuenta, el cañón apuntaba su pecho, y fue entonces cuando miró el rostro de aquel ser que tanto mal le había aportado.

Entre un gesto de confianza y el suyo de impotencia, el sonido hizo acto de aparición, como el rugido corto y breve de una bestia del inframundo, y sus garras se aferraron al pecho, como mil cuchillos ardiendo, hundiéndose lentamente en lo más hondo de su ser. Su cuerpo se tambaleó, y la vista se le nubló poco a poco. 53


Unos fuertes brazos lo agarraron, y fue arrastrado por ellos; se dejó llevar y la luz lo abrumó. Al rato pudo vislumbrar como una figura se movía alegremente a su alrededor, y como todo lo que veía era en blanco y negro. Fotografías, recortes de periódico. Se preguntó si estaba en su casa, pero más tarde comprendió que no.

Comprendió que estaba en la habitación de su asesino, que los recortes eran sus víctimas y que la luz no era el paraíso.

Notaba como la vida se escapaba de su cuerpo.

Sintió como se iba apagando poco a poco, para desaparecer totalmente.

Supo que había muerto.

JORGE ESTÉVEZ

EPÍLOGO

Quizá solo podamos ver las cosas realmente cuando todo ha terminado. Puede que solo cuando algo no tiene arreglo te des cuenta de tus errores, y lo que realmente es relevante y lo que no. 54


Y es al final cuando ves si has vencido o fuiste el perdedor, pero… ¿De qué vale en ese momento? En la vida todos tendremos algo de lo que arrepentirnos, todos tendremos un secreto inconfesable, un arrepentimiento irreversible y un sueño inalcanzable.

Cuando todo acaba, ves que todo eran nimiedades, que nada valía la pena.

Puede que veas que todo lo que te importaba no era de importancia; y todo lo que obviabas era lo relevante. Te arrepentirás de no haber hecho una cosa, o de hacerla.

¿Y si deseas que todo fuera distinto? ¿Por qué no elegiste aquello y no lo otro? ¿Cómo no viste en que terminaba todo?

Pero todo da igual, por qué llegado al punto dónde te preguntas todo eso, no solo te das cuenta de que ya es tarde, sino también de que, hicieras lo que hicieras, escogieras lo que escogieras y sintieras lo que sintieras, siempre te ibas a arrepentir de algo.

Y descubrirías que no eres el causante de tu desdicha, en realidad, descubrirías que no existe la misma.

Llegarías a saber que eso que experimentaste era felicidad, que eso que rechazaste también lo era. Incluso quizá pudieras llegar a pensar que toda tu vida fue felicidad, solo que no supiste verla o aprovecharla, no quisiste disfrutarla.

¿Pero sabes qué? Cuando sepas todo eso, ya no valdrá de nada.

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Eu non fun  

Selección de relatos de xénero policíaco gañadores do concurso "Eu non fun" e ilustracións realizadas polos alumnos de 4º ESO do IES Pino Ma...