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Crónicas de una bibliotecaria andariega

literatura

E l s a M A RT Í N E Z C ÁC E R E S

La política cultural oficial de los ministerios, Educación o Cultura, promete, desde hace varias décadas, el fomento de la lectura de libros entre las nuevas generaciones de colombianos. Por ello ha gestionado el apoyo financiero de varios gobiernos amigos, entre ellos el de Japón, para construir bibliotecas en los pueblos apartados; ha consultado una lista mínima de títulos con el CERLALC para dotar esas bibliotecas, ha enviado cientos de cajas de libros a los municipios más distantes para uso de los escolares y sus maestros, y ha concertado con convenios a los alcaldes y los gobernadores para que los maestros y bibliotecarios fomenten la lectura. Pero ocurre que los gobernantes locales no destinan presupuesto para contratar bibliotecarios, no se abren las cajas de libros enviadas desde la capital por funcionarios bien intencionados, no se mantienen abiertas las bibliotecas, no se llenan estas de escolares todos los días. De vez en cuando, algún funcionario del Ministerio decide que es preciso inspeccionar el cumplimiento de los objetivos de los programas de lectura. Contrata entonces a una experimentada bibliotecaria andariega, ojalá santandereana indomable, y la manda por los caminos polvorosos o por las rutas del mar a los confines del territorio nacional, para averiguar cómo los alcaldes han dado cumplimiento a los planes de fomento de la lectura entre sus nuevas generaciones. Esta crónica íntima de esa experiencia personal de una bibliotecaria andariega y santandereana ilustra bien, para los lectores de la Revista de Santander, la distancia que siempre ha existido entre las políticas públicas formuladas en Bogotá y la realidad social de los alejados municipios colombianos. Se trata entonces de un testimonio de una época de la vida cultural de nuestra sociedad, en la que la política cultural de los Ministerios era resistida por la indolencia e incomprensión de las autoridades locales.

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Pueblos de Cundinamarca ¡Holas, mis queridos amigos: Confío en que se encuentren bien. Remito mis crónicas de viaje para mantenerlos informados sobre mis desplazamientos por la Colombia recóndita. Este primer período de viajes ha sido un repaso por tierras rolas… más Cundinamarca. En general, bonitos paisajes y buenas carreteras, aunque bastante lejanía. En los desplazamientos en bus aprendí nuevas tendencias musicales. Estos choferes de buses intermunicipales oyen “ranchenato”, que es una mezcla charra de ranchera avallenatada, o vallenato arranche-

rado, y “corridos prohibidos”, que son grotescas historias de los traquetos, los “paracos” y los “mágicos” del momento. ¡Uf! Parecen apologías del delito. Como el período actual corresponde a los días iniciales del año, los empleados públicos se encuentran dispersos. Los políticos y las autoridades municipales están de correría tras los votos del año electoral, y la mayoría de los bibliotecarios de las casas de cultura y colegios con sus contratos suspendidos, pues según el criterio de sus jefes, “si no hay tareas y los niños están en vacaciones, ¿para qué bibliotecas?” ¡Ay, nos E D I C I Ó N 14

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falta esfuerzo para cambiar la mentalidad de nuestros gobernantes! Y, ¿el empleo del tiempo libre para leer? Un discurso de labios para afuera. Como si fuera poco, todos buscan motivos para seguir perdiendo el tiempo laboral. El viernes, antes del primer puente del año, día 6 de enero, el alcalde municipal que visité había dado el día libre a sus empleados, como “compensatorio”. ¿Por qué? Para “compensar” a los empleados públicos porque la Navidad y Año Nuevo habían caído en fin de semana y no generaron “puente”. ¿Qué tal? Pero el viernes siguiente, otra alcaldía municipal tampoco trabajó, para que los funcionarios “descansaran” de las fiestas patronales, que habían celebrado durante toda una semana. Para completar, el reinado de la panela había sido organizado en otro de los pueblos que tenía que visitar y se había decretado “tarde cívica”, pues habría desfile de recepción y fiesta de celebración. Las banderas del pueblo ondeaban dichosas al aire. ¡Así somos! Me ha tocado aprender a “tirar dedo”, “pedir chance” o “pedir la colita”, como dicen para viajar por las tierras donde he estado, pues no siempre hay transporte público o este deja a sus pasajeros en las carreteras centrales y no entran a los pueblos. Nocaima y Fosca fueron testigos de mi “lance”. En los recorridos transité por varios páramos, bastante helados y todavía con bellos frailejones. Lo malo es que nuestros defensores uniformados se gozan poniendo los retenes allí, para verificar papeles, y aguante más frío a la intemperie. ¡Parece que se desquitaran por tener que hacer su labor en estos sitios! Pero como nos dan seguridad para desplazarnos, hay que agradecerles lo que hacen. Entre Pandi y Agua de Dios encontramos el mejor paisaje: hermosos sembrados de sorgo que ya estaban a punto de cosechar le daban a las lomas un colorido rojo púrpura, que se encendía con el reflejo del sol del atardecer. Mucho más bellos que los cuadros

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de Van Gogh. La llegada a Agua de Dios fue toda una experiencia de vida. Desde niña le tuve un temor reverencial a este pueblo y a las tristes despedidas de los enfermos que eran confinados a su leprocomio. En aquella época todavía pensaba que la lepra se contagiaba, y oía con terror los relatos que aseguraban que a sus víctimas se les caía a pedazos la piel, y que por eso les colgaban campanillas para advertir sobre su paso. Era toda una película de terror, fomentada por las mamás santandereanas que relataban a sus hijos sobre las plagas que Dios enviaba para castigar el pecado, tales como la sífilis, la tisis y la lepra. Combinada con la triste despedida del músico Luis A. Calvo a su madre (El Intermezzo, que con voz plañidera entonábamos, ¿recuerdan? “¡Adiós, mi dulce madre, amada madre mía! La suerte abre un abismo entre nosotros dos”), que nos hacían oír todos los días de la madre, y que nos hacían cantar en los coros escolares, eran suficientes motivos para que nos imagináramos a Agua de Dios como un pueblo terrorífico. Nada de eso era cierto, pues resultó un pueblo bonito, próspero y agradable. Y aunque aún conservan algunos hospitales para estos enfermos, ya han desmitificado los tratamientos, no los aíslan y conviven con ellos. Bueno, así pasé además por Tena, Ricaurte, Pandi, Tibacuy, Silvania, Gama, San Francisco de Sales, Nocaima y El Rosal. ¡Qué tierras tan ricas en frutas y vegetales! Ubaté, Simijaca, El Carmen de Carupa y vecinos, pueblos más lecheros y llenos de pastos.

colorido. Sí, Ha llovido tanto, tanto, que las hojas lavadas de los árboles exhiben todo la gama de los verdes. Solo que los admiro en medio de las patinadas de los carros, pues ya no ruedan, sino que chapalean entre los charcos, esquivando derrumbes y bajo los aguaceros de dos y tres días. ¿El frío? De páramo. Por supuesto, el real, pues en esta ocasión me correspondieron los pueblos de Güicán, El Cocuy, La Uvita, Chiscas, todos del norte de Boyacá. ¡Qué situación la de estos municipios! Casi todos han sido azotados por la violencia y en directo, no la de la televisión que nos toca a los citadinos. El pueblo que menos “tomas” guerrilleras ha soportado, lleva tres en su haber, pero en el caso de La Uvita, van nueve. Así, ¿cómo viven? Empiezan a reconstruir, y al suelo, gracias a los cilindros de gas que tiran los guerrilleros. Han olvidado las características de una buena construcción y apenas si levantan una que otra oficina, que siempre parece en obra negra. Los alcaldes de este sector fueron solidarios entre sí y se co-

Pueblos de Boyacá Llegué hoy de Boyacá, pues debía adelantar una gran cantidad de trámites. Aún me faltan diez municipios de allí, más todo el eje cafetero y Cundinamarca. Estoy tratando de trotar, pues debo acabar en enero y lo más seguro es que en los festivos de diciembre no encuentre a nadie. Ya veremos. Como no había visto casi verde, ahora el Departamento de Boyacá muestra todo su E D I C I Ó N 14

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municaron tan pronto aparecí por esos lados. Entonces, en varios municipios estaban desempacando las cajas de libros cuando llegué. Bueno, por lo menos, abrieron las cajas de libros. ¿Conchudos, cierto? De todos los municipios de Boyacá, Corrales fue un descreste. Otro hermosísimo pueblo. ¿Y la biblioteca? De ensueño. Aun la están reconstruyendo, pues habilitaron una casa antigua declarada monumento histórico. El río Chicamocha pasa por el frente, y su rumor es una bella sinfonía que se combina con el batir de las ramas de los árboles. Por donde quiera que se mire, hay paisaje: un hato de vacas que filosofan al son del río mientras van rumiando. Al lado, una anciana que pastorea su rebaño de ovejas mientras hila lana, con una rueca artesanal. La casa tiene al frente la posibilidad de hacer un jardín y, al fondo, una huerta. ¿Se imaginan los programas de siembra alrededor de la lectura? Cómo sería de bello este sitio, que hasta me ofrecí de voluntaria para ayudar en la apertura de la bi-

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blioteca. Con los hoteles continúo sufriendo. Con excepción de las ciudades grandecitas, los pueblos no saben hacer hotelería y turismo. Sería bonito un programa para impulsar con el Sena, la Corporación Nacional de Turismo y una que otra universidad sensible. Trataré de hablar de esto con el gobernador de Boyacá. En sitios como El Espino, la habitación era un hueco de 2x2 metros, solo dotado con una cama. Absolutamente nada más. Una mesita o un espejo, nada. ¡Ah bueno, el mugre de las paredes del cuarto sí me acompañó! El baño, común para todos los huéspedes, especialmente choferes de buses y vendedores ambulantes, que son los que deambulan por estos pueblos dejados de la mano de Dios, un asco. Parecía que por el tubo bajara directamente la amarilla agua del río vecino. Y la ducha, si así puede llamarse un tubo redondo colocado casi a 30 centímetros, frente al inodoro. Como podrán imaginarse, desde las tres de la mañana estaban los choferes en el baño escupiendo, lavándose y… etc. Cuando me tocó el turno, fui incapaz de bañarme, ni siquiera de pararme en ese piso. ¿Saben qué? Que practiqué el baño francés. Una botellita de agua cristal para humedecer la toalla y tratar de estregarme, cepillar los dientes y lavar los lentes. Había que hacer milagros. Por aquí también me han encantado los nombres de los municipios: Covarachía, acentuando el ‘chía’, es la cueva de la luna. Detrás del pueblo se alza un monte, donde se la ve encuevarse. San Miguel de Sema, con un ángel protector. Coper, Briceño, Oicatá, etc. 246

Otros pueblos de Boyacá y Santander Parece ser que el destino de quienes visitan a Saboyá, aunque no sea a la vereda de Velandia, es perder algo suyo. Cuando llegué hasta allá llovía a cántaros, y la sombrilla se había quedado olvidada en la biblioteca. Casi completé los municipios de

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Boyacá, pasando por Santa Sofía y Saboyá. Me queda faltando Cubará, ¡que queda en la frontera con Venezuela! Este paisaje estuvo mejor, aunque son poblaciones bastante alejadas de Tunja. Volví a hacerle antesala al gobernador de Boyacá, desde las tres de la tarde, hora de nuestra cita, hasta las 7:30 de la noche, cuando me hizo seguir. Un montón de burócratas obsecuentes revoloteaban a su alrededor, lo endiosan y le rinden pleitesía, haciendo más ruido que moscardones. Habían extraviado los convenios que había dejado previamente, debían conseguir un visto bueno del asesor del asesor jurídico, y así por el estilo. Cada vez que intentaba hablarle a alguno de estos funcionarios, les entraba una llamada a su celular, ¡y a hablar! Estaba ante una demostración de “cuán importante soy”. La famosa asesora del gobernador, después de esperarla largamente, se sentó, cogió el teléfono, revisó y a voz en cuello anunció: “¡Perdidas 23 llamadas!” Pues a revisar para ver de quien eran, y yo, paciencia. Felizmente seguí después hacia el norte, Santander: ¡lo mío! Barbosa, con políticos que me mostraron las maravillas que están haciendo en sus administraciones: parque, bosque, caminos empedrados y edificio de biblioteca como centro cultural. Pero, ¡nada de servicio bibliotecario! La Belleza, a cuatro horas de carretera destapada, en una camioneta. No es tan bella como dice su nombre, pero sus habitantes consideran que sí. Luego, Vélez, Chipatá, Guavatá, carreteras destapadas, pero como ya está lloviendo, cambié el polvo por unos barriales de antología, algunas patinadas y varias mojaditas. El transporte público bastante lleno de campesinos: en el jeep que me llevó a Chipatá se acomodaron 15 personas. Sentados casi encima los unos de los otros, dos en la capota y dos colgando atrás ¿Se imaginan? El hablado brusco, pero inocente de estas gentes, me llama la atención. Casi todos cambian la efe por lo jota en sus palabras, quizás delatando su antiguo origen hispano, E D I C I Ó N 14

y hablan de las enjermedades, la jatiga, de estar ajanado y de “cachar clase”, haciendo referencia a faltar a las clases del colegio. Y el “mucho” en abundancia: ¡Mucho pingo!, ¡Mucho lo bueno! Y el ¡Ay juepuerca! Ya no recordaba estas expresiones del tiempo de mi infancia. Agradable, el olor a la guayaba. No el que añoraba García Márquez en su imaginación, sino el olor real de los campos de la provincia de Vélez. No hay cosecha de guayabas, que ocurre entre noviembre y diciembre, con la “traviesa” en julio (aprendo, ¿saben?), pero las fábricas de bocadillos abundan en cada pueblo y el aroma es la característica de ellos. Por todo el pueblo, dulce de guayaba hirviendo. Ummm, como para chuparse los dedos. La situación bibliotecarianse se repite: casi todas cerradas, pero aquí los políticos han tratado ladinamente de hacerme creer que ya están funcionando. En varios sitios han inaugurado y cerrado la biblioteca, hasta cuando yo he llegado. En fin, esto es 2019

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Colombia. Hoy estoy en Barbosa, para seguir a San Benito. Son pueblos muy pequeños con un solo servicio de transporte y es difícil cuadrar el desplazamiento. Por aquí voy, andando por Santander. El último recorrido incluyó a San Andrés, un bonito pueblo, a cinco horas de Bucaramanga por carretera destapada y lluvia incesante. La neblina cubre el espacio desde el mediodía y las tardes parecen bogotanas. Después pasé por Matanza. En este pueblo encontré el bibliotecario por excelencia: un jovencito de 19 años, colaborador de la casa de cultura desde cuando era menor de edad, miembro de su junta directiva desde entonces. Pinta, baila, trabaja bellamente en plastilina, es el fotógrafo oficial del municipio, manipula perfectamente la cámara digital, ama a su pueblo y registra con amor todos sus parajes, aprecia y es apreciado por todos los jóvenes del pueblo, admirado por todos los niños y totalmente consagrado a la labor bibliotecaria. Como puede suponerse, para él no hay horarios. Disfruta su trabajo,

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les abre la biblioteca a la hora en que la necesitan, sin que le importe nada la jornada laboral oficial. Seguí hasta Charta, un rincón florido de Santander, viendo las montañas más hermosas del recorrido, prácticamente separadas por la carretera y el río Suratá, crecido y torrentoso. Los bosques frondosos, tupidos de árboles nativos y reverdes, por el agua que los ha lavado en los últimos días. Realmente hermosos. Bonitas y sencillas satisfacciones: una microempresa de dulces en este pueblo, que adoptó la receta de un libro de la colección de la biblioteca para la combinación de sus dulces, De nuevo, el lenguaje santandereano, que no deja de sorprenderme: sílabas iniciales repetidamente suprimidas: “toy janada” (por estoy afanada), “yo bía salido” (por había salido), y así por el estilo. Las hormigas culonas continúan apareciendo por los pueblos. Los que en Curití son los “viejitos”, en Charta son los “padrones”. Un papel más digno para estos hormigos, ¿cierto? Encontré cosecha de “curas”, pero no de aquellos que se ponen una sotana. En Santander son los aguacates más deliciosos y los más ricos del país. Los árboles “curos” cargaditos y los vendedores por las calles, ofreciéndolos. Aquí fue donde rememoré el adagio familiar de “lo mismo que curas verdes”, que no equivale a los hombres de sotana narrando cuentos, sino a “es como tener mama, pero muerta”. Por aquí también es que la papaya se vuelve “lechosa”. En Santander encontré más bibliotecas abiertas que en Boyacá: de 20 bibliotecas visitadas, 15 estaban abiertas. Por supuesto, se presenta de todo. Algunas, cuya inauguración fue festejada hasta con la presencia de la ministra, ya la habían cerrado. Encontré bibliotecarios desempeñando dos o tres cargos, con lo cual sus servicios estaban reducidos a tres o cuatro horas por día. Encontré algunas que funcionaban con los reglamentos más absurdos que se pueda imaginar. Es como si se hubieran inspirado en

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“La biblioteca de Babel” de Jorge Luis Borges y hubieran imitado los reglamentos absurdos que el argentino describió: prohibido entrar a leer con chanclas, camisetas sin mangas o minifaldas, y cosas por el estilo. Y todo esto en pueblos de tierra caliente. También prescribían lavarse las manos antes de pedir un libro al bibliotecario, no llevar libros para la casa, etc. ¿Qué tal la supuesta generosidad de estos santandereanos? Más godos que todos los godos. Los recorridos fueron bastante agradables pero, cuanto mejores eran los pueblos, más tétricas eran las carreteras. Pero aprendí el horario de los pueblos, pues a las cuatro de la madrugada salen la mayoría de los buses intermunicipales, de tal modo que para alcanzar a llegar a los otros municipios en horas diurnas, que son las del mercado, hay que acostarse por tarde a las ocho de la noche y aprender a caminar en medio de la bruma mañanera, como ánima en pena, sin ver, pero adivinando al que cruza al lado de uno. Sigue el recorrido por la carretera de Chipatá a Guavatá, un nombre derivado de la voz científica de la guayaba, y ya se imaginan cuán oloroso a esta fruta es este pueblo y cuántas industrias de bocadillos hay. Seguí por San Benito y Suaita. Aquí, además de una carretera terrible, tuve que hospedarme en una casa de más de cien años de antigüedad, con crujientes y desvencijados pisos de madera, puertas con rotos mediotapados con papel, un baño común al final del corredor y creo que muchos fantasmas. Para poder dormir tuve que dejar la luz encendida, pues los sentía rondar por alrededor. Confieso que sentí miedo. Seguí luego por Guapotá, Pinchote y Ocamonte, este último un pueblo totalmente rodeado de verdes y altas plantas de caña de azúcar, que abastecen el trabajo de 66 trapiches productores de miel. Por el camino se aspira el olor de la miel, se esquivan las innumerables recuas de mulas de 12, 14 o más animales, y se contempla la rivera hermosa del río Fonce. Por aquí los hombres se E D I C I Ó N 14

dedican a “trapichar”, a un costo de seis mil pesos el día, si el dueño les da las comidas, o de doce mil, si no. ¿Qué tal la explotación? La alimentación incluye un desayuno de caldo, carne, yuca y chocolate; luego viene un “rumbeador” o mediasnueves, a partir de lo cual se empieza a tomar guarapo de caña, “mucho dañoso”, tanto para la cabeza como para la integridad personal, pues la mayoría de los mancos de la región resultaron de haberse molido el brazo cuando estaban borrachos, mientras alimentaban el trapiche. Cuanto más frío y fermentado, mejor el guarapo. Se debe estar borracho para poder aguantar la pelusa y las cortadas que producen las hojas de las cañas durante todo el día. Así que si por aquí lo invitan a “rumbiar”, no se haga ilusiones de parranda. Se trata de una comida, donde no puede faltar el ají que se riega generosamente sobre la carne oreada. Seguí después por el Páramo de la Salud, que debe ser el único páramo caliente de Colombia. Otro chasco como el del pueblo de Pisba. Los abrigos sobran y el calor, mor2019

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tifica. Después pasé por Valle de San José, Onzaga, San Joaquín y Mogotes. Como había llovido en abril, en todos los pueblos esperaban la salida de las hormigas culonas, después de los primeros aguaceros en este mes propicio. En todos estos pueblos los campesinos todavía utilizan alpargatas (o chocatos). Es curiosa su relación con la civilización, ¿o con el barro? Solo cuando el bus llega al pueblo sacan los zapatos y se los calzan, para parecer ciudadanos, o para aparentar que ya están en la modernidad. En Curití aparecieron los “viejitos”, una especie de hormigas machos, los padrones, sin mucho culo, que anuncian la salida de las hormigas culonas. Todo el pueblo madruga a los hormigueros en el monte y a media mañana aparecen con bolsadas de hormigas vivas, con alas e intentando volar para librarse de la tostada final. Por aquí se consigue a 20.000 y 15.000 pesos la libra de hormigas culonas. Baratas, si uno se le midiera a la tostada. Hasta el párroco exhibía orgulloso la bolsada de hormigas que había cogido.

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Viene entonces Aratoca, el pueblo del más famoso pan de Santander. Y luego el colonial pueblo de Girón, que golpeado por la avalancha que había ocurrido hacía tres meses, aun se quejaba por la desgracia. Se clausuró el servicio de la biblioteca, para llenar su local con ropas viejas donadas. Mientras tanto, los damnificados, sentados en el parque con la mirada perdida en el vacío, sin nada más que hacer que añorar la nevera y el televisor que se fueron flotando en las aguas del río, para quitarles el estatus que su posesión les daba. Fui después a Landázuri, la tierra cacaotera del país, donde el pueblo olía a chocolate, y además con explotación de carbón. Pero, a pesar de esto, una carretera a la que dos enormes montañas habían confundido con su reclinatorio y se habían acostado sobre ella. Aquí también alcancé a asustarme, pues los restos de las casas arrasadas eran la clara prueba de que si el resto de montaña quiere caer, los pobres insecticos que van en viejas busetas no podrán más que arrepentirse de sus pecados y dejarse llevar. Mi temor era tener que arrepentirme de las acciones de mi vida, pues este parecía un viaje para exorcizar temores. Finalmente Cimitarra y la vuelta por Barranca hacia la civilización. Ya creía que no iba a encontrar un sitio que pudiera satisfacer mis aspiraciones de bibliotecaria antigua, pero en Floridablanca, ¡ahí estaba esperándome! La casa de la cultura “Piedra del sol” cumplía con las expectativas de una institución cultural llena de vida, creativa, dinámica y llena de gente ávida de actividad cultural. Aunque la biblioteca no estaba muy bien organizada, encontré un servicio activo en ella. Por fin pude gritar ¡eureka! 250

Emociones del transporte en los Santanderes Para iniciar bien el año retomé mis deliciosos viajes de “turismo extremo”, y así me fue en la primera salida. Conocer a la otra Colombia es todo un reto maravilloso pero duro, cuestionador y a veces estremecedor.

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En primer lugar, tenemos el desafío de los límites departamentales, que llevan a elegir por cercanías las rutas más opuestas al regionalismo lugareño, como entrar a Santander procediendo de Boyacá, a pesar de la guerra soterrada entre “reinosos” y “machos”, enunciada en la expresión “aquí acaba el sumercé y comienza el jijuepuerca”. Fue entonces cuando tuve que aceptar que para llegar a San Miguel y Maracavita debía pernoctar en Capitanejo, en el sureste de Santander, después de atravesar Boyacá por Soatá y Tipacoque, donde rememoré a Eduardo Caballero Calderón. También que, para acercarme a Florián, que está en Santander, tenía que atravesar por entre los promeseros de Chiquinquirá, y tocar el municipio de La Belleza. Y también que para aproximarme a Morales, en el sur de Bolívar, debía aprovechar el paso por Santander y el Cesar. Además que, desde aquí, se facilita llegar a Ocaña sin atravesar el Norte de Santander, desde Cúcuta. Al igual que para llegar a Puerto Berrío, en Antioquia, era más fácil hacerlo desde Barrancabermeja, en el departamento de los pingos, que por el territorio de los paisas. ¿Qué tal la lección? Como para reorientar la política, ¿cierto? El segundo reto fue el cálculo de los tiempos de desplazamiento, pues en este recorrido enfrenté carreteras tan malas, que no fue posible calcular la salida el mismo día de cada municipio. Primero tuve que buscar lugares estratégicos, a cinco o seis horas de Bogotá, para pernoctar: Socorro, Vélez, Capitanejo. Y desde allí sí encaminarme hacia los municipios de la cuarta etapa del plan del recorrido de visitas. Este recorrido tomaba casi siempre cinco o seis horas, adicionales a las anteriores, dejándome zarandear en los caminos de herradura por los buses “lecheros”, que son los únicos transportes públicos que se mueven por esos pueblos. Los conductores de estos buses pernoctan en esos pueblos, pero salen a las 3 o 4 de la madrugada del día siguiente, retomando el zangoleteo por el mismo tiempo, si el bus se porta bien. E D I C I Ó N 14

Siempre creí que la peor carretera era la de Tumaco a Barbacoas, en Nariño, hasta que recorrí otra que casi la iguala: la que lleva a Santa Helena del Opón. Para ser justos, ni siquiera clasifica como carretera. Se trata de un camino de herradura que replica una de nuestras cordilleras con sus montañas, precipicios, despeñaderos y lagunas, por donde saltan aquellos buses medio redondos, de cabinas de madera, como de principios del siglo anterior, que aún ruedan por estos pueblos que abandonó la mano de Dios y, por supuesto, la del Estado. Cuando logré llegar viva, aunque sin voz, a Vélez, sentí ganas de darle un abrazo al conductor por haber superado semejante reto. En esta etapa de mi viaje tuve que subirme a un carro mortuorio que viajaba con el cajón y su respectivo muerto, pues el bus en que había llegado se negó a devolverme al punto de partida. En dos ocasiones tuve que ocupar el asientico del rincón del chofer, reservado generalmente para acomodar a su “novia”, pues más de la mitad del 2019

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bus estaba ocupado por bultos de mercado y mercancías de todos los olores, y el resto por un grupo de campesinos apeñuscados y bien “apretaditos”. Allí fue donde tuve que enterarme de las peripecias amorosas del conductor y de su ayudante, más las de los amigos de estos, que viajaban de “patos” colgados de la puerta del bus. Crónicas suficientes como para escribir varias telenovelas. Estas circunstancias y la abundancia de polvo, sumadas al calor y al descongelamiento que este produce a los paramunos bogotanos, entre los cuales ya clasifico, me permitieron someterme al tratamiento de lodo que está de moda, en todos los recorridos. Tendré mi remedio con buenos baños y agua caliente, pero mi maleta quedó lista para tirarla a la basura, que después de haber sido negra se volvió gris amarillenta. Con excepción de la provincia de Vélez, verdecita y bien sembrada, predominan en Santander los riscos pelados, áridos y empinados, adornados por cabritos y cactus sarmentosos y retorcidos. Volví a justificar la

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fama de bravos de mis paisanos, ante tanta inclemencia y dureza del medio. Es como si la necesidad de poseer tierra llevase a los hombres a semejantes extramuros. En este recorrido me desfasé en dos semanas el cálculo de cumplimiento de mi contrato, pero me conformo con haber regresada viva a Bogotá. A propósito de vida, me encontré con las camionetas de la ONU circulando a gran velocidad, identificadas con banderas blancas, un síntoma de guerra interna que no dejó de provocarme temor. Los encontré en Hacarí, Cimitarra y Morales, pero también atravesando de Ocaña hacia Cúcuta, lugares donde se respiraba un gran ambiente de inseguridad. Respecto de hospedajes, nada nuevo que decir. Solo que quedé convencida de que para poder hablar de turismo sería necesario ejecutar un plan nacional de hospedajes, buenos baños y mucho aseo. ¡Puaf! No repetiré descripciones ya hechas, pues la situación no cambia en muchas partes. En estos lugares alejados es donde puede palparse la llamada mentalidad de la gente “en vías de desarrollo”, pues apenas si están entendiendo el significado de los servicios. Ni siquiera en el pueblo donde la mamá del alcalde era la que arrendaba habitaciones a los pasajeros y a las personas “distinguidas” que visitaban a su hijo, estaba claro que había que suministrarles toallas, jabón y papel higiénico. Pero en cambio, en las terminales de transporte público se cobra por entrar a los sanitarios, y si entregan recibo se discrimina el servicio prestado respecto del IVA. Las bibliotecas, como siempre: unas apenas abriendo, otras funcionando, y algunas más cerradas, con algunos de sus equipos utilizados por otros funcionarios y una de las dotaciones enviadas en la casa del alcalde, agravado con el hecho de que estaba preparando la entrega de su cargo. Quizás lo más grave es que difícilmente se encuentra uno a los funcionarios de las alcaldías en sus pueblos, pues la expresión de moda es que están en las ciudades capitales “gestionando”.

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fuimos sacudidos de lo bueno entre los nubarrones de los cielos nortesantandereanos y de las advertencias del piloto: “¡Cójanse duro, que vamos a saltar un poquito!”. Chitagá, Pamplona y Pamplonita, vinieron a continuación. Luego, llegar a Gramalote por una hermosa carretera que serpentea bajo un túnel de árboles, con unos alrededores de imponentes y lisas lajas. Dicen que el pueblo es el único construido sobre este tipo de piedras. En Salazar de las Palmas encontré un parque sembrado de esbeltas y despeinadas palmeras. A Tibú, la zona petrolera rodeada de todas las plagas que nos azotan, no puede llegar por Ocaña. La realidad se encarga de mostrarnos nuestras permanentes equivocaciones cuando queremos ponerles lógica a los recorridos sobre los mapas. Donde impera la violencia hay que hacer el quite y desviarse, a pesar de la pérdida de tiempo. En este caso, el recorrido planeado atravesaba por El Tarra y la Gabarra. Todo el mundo describió la zona como una “tierra de nadie” y sin garantías para pasar incólumes por allí. Entonces, nuevamente a Cúcuta y en bus, por otra carretera, cuatro horas de desplazamiento, pero lo logré. Los recorridos por este departamento incluyen colombianos medio, o más de medio-venezolanos, afectados y disgustados con el gobierno central por dañar su vida diaria con peleas que ellos no casan ni comparten. Lo que importa es que sus negocios continúen, la gasolina ecológica se consiga barata, el paso por la frontera no tenga problemas para ir a “traer” los productos baratos y subsidiados de Venezuela, tales como las medicinas, los alimentos enlatados y los alimentos en general. Entonces, lo que hace y dice “Bogotá” no lo comparten. Su realidad es semicolombo-venezolana. Los seminarios de las universidades de la región son todos internacionales, binacionales, colombo-venezolanos. Además, sus horarios, también lo son. Siempre están en función de comunicarse con su gente del otro lado de la frontera, “porque allá ya son las siete, porque allá no

Pueblos de Norte de Santander En el Norte de Santander aparece la Villa del Rosario, bonito rincón cercano a la frontera con Venezuela, donde se respira temor, desconfianza y represión por todas las calles. En El Zulia, dotación cerrada y biblioteca atendida por una niña de 15 años, porque la alcaldía no tramita la incapacidad de la mamá-bibliotecaria, enferma desde el mes de diciembre. La sorpresa del viaje: El Carmen, pueblo hermosísimo, auténtico, con pobladores enraizados y apegados a su terruño. Orgullosos de haber experimentado la declaración del pueblo como monumento nacional. Su recorrido me llevó a reconsiderar mi posición frente a Girón, Santa Fe de Antioquia y Cucunubá, pueblos a los que creía los más bellos de Colombia. Desde las seis de la mañana los pobladores pintan el zócalo de sus fachadas con arcilla amarilla, desyerban y se levantan a disfrutar los miradores construidos en todos los extremos del pueblo. Sus construcciones continúan siendo de calicanto, su plaza llena de árboles y, como si fuera el patio de las casas, todo el sur del pueblo tiene como límite el “monte sagrado”. Tal como su nombre lo indica, es una montaña no alterada. No intervienen la vegetación nativa, no permiten talas ni basuras en sus suelos, solo las hojas y ramas caídas. Es auténtico, apacible y hermoso. Y como para completar las experiencias de viaje, ¿qué me faltaba? ¡Ah, pues el consabido accidente terrestre! Un “choque”. Para llegar a este pueblo, viajé en avioneta hasta Ocaña, y de aquí en bus. Durante este trayecto, chocamos con un carro. Aunque no fue demasiado grave el incidente, tuvimos que esperar cuatro horas para ver si aparecía la policía, o si los dos choferes eran capaces de arreglarse. ¡Todavía creemos en la conciliación! ¡Ja! Solo pude llegar cuando de la alcaldía me mandaron a recoger. Entonces, a pesar de la avioneta, poco fue el ahorro de tiempo que pude hacer. Eso sí, ocho pasajeros E D I C I Ó N 14

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es lunes festivo y no hay puente”. Descubrí el método impensado de pasar gasolina, ahora que hay tanto problema: el negociante pasa con su carro de placa venezolana, “tanquea” y vuelve a Cúcuta. Aquí, desocupan el tanque y vuelve a pasar. La pimpina con la que tanquean valía en Cúcuta 20.000 pesos, y la gasolina estaba escasa por las “peleas bogotanas”. Algunos decían que tanquear en Colombia valía de 60.000 a 80.000. El sufrimiento por la situación de orden público era grande. Y la incertidumbre, el temor y la desconfianza se percibía en el ambiente: a una bibliotecaria, cabeza de familia, a quien le habían allanado su casa por negarse a pagar la cuota que el comandante “para” exigía a los empleados de la alcaldía, se le llevaron de su único cuarto lo único de valor que tenía: un teléfono celular. Un bibliotecario que renunció a dirigir la banda de música, pues no resistía que el comandante lo obligara a tocar cada vez que un joven, hijo del pueblo, aparecía asesinado, “para elevar la moral de los habitantes”. Además, cada vez que quería divertirse, le ordenaba: “Toque,

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maestro”. Por hacerle caso, la guerrilla declaró “objetivos militares” a todos los miembros de la banda, por “estar colaborando con los paras”. Y así, me preguntaba él: “¿Quién es capaz de hacer buena música y de divertir a sus enemigos cuando está llorando?” No quería volver a hacer actividades culturales. Las niñas del pueblo, amenazadas con quemarles el estómago con ácido si usaban camisetas ombligueras. Los trabajadores de la cultura, detenidos en retenes para amedrentarlos, hacerlos descamisar y revisar si tenían callos en los hombros (los guerrilleros dizque los tienen por cargar el fusil y el morral), acusarlos de “maricones” y obligarlos a cortarse la melena (o dejársela cortar por el comandante) si querían seguir su camino. Me decían los que lo han soportado, que le rogaban al melenudo: “Hermano, déjese... el pelo crece, pero la vida no se recupera”. Y así, cada cual llevaba encima su propio dolor, la humillación sentida y la amargura de la impotencia y el desamparo. En estas circunstancias era preciso viajar con la mayor sencillez posible, parecer una pueblerina más, conservar bajo el perfil y no llamar la atención. ¿Y sabe qué? Creo que lo logré. La mayoría de las veces me preguntan: ¿Y usted, es profesora? Y, yo, sí, sí. Entonces me veo como la maestra que describía Gabriela Mistral en su poema “La maestra rural”: «La Maestra era pobre. Su reino no es humano. […] Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano». Usando zapatos todoterreno y cantando los vallenatos con que animan los baches de los cuasicaminos de herradura todos los buseteros de este departamento, ¿cómo voy a parecer de la capital? 254

Pueblos de Antioquia San Roque, Santo Domingo, San Rafael, San Carlos, San Pedro de Urabá… ¡Ora pro nobis! ¡Ah!, y Concepción, en honor de la Virgen de la Inmaculada Concepción. No me estoy encomendando a los santos para que me protejan en las zonas

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estigmatizadas por la violencia del país, solo enumero los pueblos de mi último recorrido. Estos, unidos a la presencia de imágenes religiosas de toda clase en las carreteras, las consabidas vírgenes protectoras de los conductores adornadas con las farolas desechadas de los buses, la reproducción del niño Dios rodeado de innumerables piedras pintadas (en una, mientras soldados del ejército nos requisaban, alcancé a contar 165 y eran más, muchas más) que registran la desaparición, o la muerte violenta de los seres queridos de los campesinos de la región, como prueba de esa necesidad de denunciar y no dejar en el olvido el recuerdo de los allegados. La recreación del Monte de los Olivos, de la Sagrada Familia, del nacimiento del niño Jesús, en fin… y además, ¡sorpréndase!, la presencia de muchos hombres maduros luciendo en su pecho camándulas de cuero marrón y de choferes que, después del consabido concierto de ranchetón, sintonizan el rosario y la santa misa (6 de la mañana y 6 y media de la tarde), y hasta contestan la oración en voz alta, mientras vuelan por las carreteras sin mayor respeto por la vida de los pasajeros. ¿Ya adivinaron? Describo a Antioquia. Municipios del nordeste y oriente del departamento. Por aquí fui… y de allí me quedó la duda: ¿pecarán tanto los paisas, que necesitan empatar de tal manera? Por aquello de que “el que reza y peca, empata”. Bellísimos pueblos, hermoseados en sus alrededores por el río Nare y sus afluentes, permiten disfrutar la abundancia de agua y esplendorosos paisajes. En Alejandría, la presencia de la cascada Velo de Novia con más de 50 metros de ancho se convierte en un recreo para el espíritu. Concepción, con varios monumentos nacionales, especialmente su biblioteca: la casa del general de la independencia José María Córdoba y las innumerables casas campesinas cuadradas, con tres lados del cuadrado, o en ele, paredes de dos colores vistosos donde el zócalo inferior es el oscuro (para que los campesinos de visita recostaran su pie calzado, sin manchar E D I C I Ó N 14

la pared), techos de teja, amplios corredores exteriores y numerosas macetas de flores adornándolos, fueron un solaz en el viaje. En estos días de tanto análisis de la lengua, rememoré el tan típico saludo paisa: “bien o ¿pa’ que?”. Y la consabida respuesta “No tan bien como usted, pero ahí vamos”. O, el famoso “¿Biencito?”. Además de volver a familiarizar el oído con el voceo típico de esta región: “Ve vos…”, “Oí a este”, y la referencia a las jóvenes como “las muchachas”, algo que en la región central del país suena tan despectivo. La creatividad paisa, como siempre, se muestra en sus soluciones al diario vivir: para desplazarse de las veredas a Puerto Berrío, nada mejor que aprovechar la carrilera del tren que se ausentó: una moto arrastra varios carritos de esferas que ruedan sobre ella, con el despampanante nombre de “moto-rodillo”, y los famosos buses escalera que se convierten en camión, carro de mercado y de animales, transporte de pasajeros y hasta camión de músicos. Por supuesto no faltó la odisea en el transporte, pues aun cuando sea por aire, 2019

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en este tiempo, las condiciones meteorológicas y los cierres de aeropuertos que ellas conllevan me retuvieron en San Pedro de Urabá, desde las 11 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Como a las 7:30, hora de llegada, ya el aeropuerto regional de Medellín estaba cerrado y hubo necesidad de aterrizar en Rionegro, donde estaba lloviendo y yo con traje de tierra caliente. ¡Gajes de este oficio! Lo peor era que viajaba en una avioneta de 16 pasajeros. Ahora sufro por el transporte a Murindó (límite entre Chocó y Antioquia), único municipio que me falta de Antioquia. Las posibilidades de llegar son: o por agua, en tres jornadas y dos cambios de río, con el antecedente de mi hundimiento en el Pacífico, que me atemoriza tanto que estoy a punto de recular (dicho en santandereano), o de “patrasiarme” (en jerga costeña). La otra posibilidad de llegar está en las manos de una tal Petrona, dueña de los cupos en una avionetica privada de cuatro pasajeros que estaba en el hangar 82, quien anota en una libreta a las víctimas y las va juntando, con una advertencia: “Hay que tener paciencia”. Esta Petro-

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Este recorrido me ayudó a reactivar aquel diccionario de expresiones paisas que nos tocó confeccionar en Medallo durante nuestra época de estudiantes, como recordar que llaman “revueltería” al micromercado de esquina de barrio que vende verduras; “galería” a la plaza de mercado, y “menuda” a las monedas.

na es una morena de cara redonda y amplia sonrisa, tan corpulenta como su nombre les permita imaginar. Con estas lluvias, ninguna posibilidad es buena. Y con la situación del medio Chocó, las mismas disminuyen. Será imitar a los paisas en Semana Santa y esperar que tantos santos juntos me llevan, y por supuesto me traigan, del inalcanzable Murindó.

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El Quindío, paraíso colombiano Por aquí, todo muy bien. Finalmente, tal como sucede con la vida, este fue el recorrido de las compensaciones: agradable, tranquilo, delicioso. Este departamento es un verdadero paraíso en el país: un paisaje hermoso, donde las redondeces de las innumerables lomas se ven adornadas por verdísimos y elegantes guaduales, que no tendrían nada que envidiarles a los de La casa de las dagas voladoras, una película en la que Yimou nos muestra estos deslumbrantes pastizales, porque, ¡sorpréndase!, realmente son pastos gigantes en una sinfonía de movimientos y persecuciones. No los vi llorar, a pesar de que aún llovía, pero sí me convencí de que tienen alma, tal como cantaban Silva y Villalba la letra de Jorge Villamil. Los cultivos de café abundan por todos lados, protegidos por elegantes platanales. Sorprende ver cómo los tallos de estos se elevan bastante más que los chaparritos

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que vemos por nuestra tierra santandereana, como si trataran de emular las esbeltas palmas de cera, nativas de este lugar. Las carreteras excelentes, el transporte público buenísimo, regido por conductores respetuosos de las normas de velocidad y del buen trato a los pasajeros. Las distancias totalmente manejables, pues casi ningún recorrido entre pueblos toma más de una hora. ¡Ah!, y los hoteles, casas fincas o los de las ciudades, muy aceptables. Aquí sí hacen esfuerzos por desarrollar el agroturismo y para atraer a los viajeros. Cada pueblo ha organizado un atractivo especial: el Parque del Café en Montenegro, Panaca en Quimbaya, un jardín botánico con bonito mariposario en Calarcá, y así sucesivamente. Bastante respetuosos de la naturaleza y conservadores de las costumbres gastronómicas: calentado al desayuno, frisoles a toda hora y la infaltable mazamorra, o claro paisa, con panela raspada, por supuesto. ¡Arepas por todas partes! Hasta en los pueblos, cada media cuadra una ama de casa tiene una lata convertida en asador, y el negocio armado. Este recorrido me ayudó a reactivar aquel diccionario de expresiones paisas que nos tocó confeccionar en Medallo durante nuestra época de estudiantes, como recordar que llaman “revueltería” al micromercado de esquina de barrio que vende verduras; “galería” a la plaza de mercado, y “menuda” a las monedas. También rememoré los tan mentados dichos paisas, llenos de realidad, que disfrutábamos en aquel entonces: “entre más pobres, más gallada”. Además me gocé el rico olor del café y de la panela, pues muchos de estos municipios son paneleros, y disfruté en Santa Rosa de Cabal el delicioso aroma de los chorizos, tan famosos en el país, aunque sigo creyendo como buena “jirimisca” que es mejor olerlos que comerlos. Aunque casi todas las bibliotecas estaban abiertas, no sobresalían por su organización y aseo. Pero bueno, nada que no tenga solución. El espíritu navideño ya se E D I C I Ó N 14

había tomado estos pueblos, y en la mayoría, los alcaldes visitaban las veredas imitando a Papá Noel, pero eso sí, con el ánimo de asegurar los votos del 2006. Pueblos de Caldas Regresé al norte de Caldas. Cuatro horas a La Dorada y de ahí a Norcasia, volver a Victoria en dos horas y subir a Samaná por otras cuatro horas, andando por carreteras destapadas y en buses ronroneantes. Esperan a los amigos, llevan encomiendas, saludan al compadre, etc. Lo más destacado, el intenso movimiento de paracos. Más tarde me enteré de la entrega que estaba en proceso: “nuestro comandante general” Ramón Isaza. Un acontecimiento “histórico”. En Victoria, una gallera es la sede de la biblioteca. Con creatividad se verá hermosa. Este amor a los gallos, por estas latitudes, es muy notorio. Los hombres se suben a los buses con los gallos en sus brazos. Los aparan entre las manos, los ponen de medio lado y los van sobando, con ternura visible en hombres tan rudos, pero tan amorosos. El dueño del animal hace de una vez amigos 2019

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por doquier: todos le hablan, le preguntan por las cualidades del animal e indagan por sus próximas peleas. Pero todo, en función de cuánto dinero apostarán. ¡Cuánto desconocemos de nuestro pueblo! De aquí me iré a terminar el recorrido por Cundinamarca, pues tengo que llegar al Peñón, Guayabal de Síquima y Quebradanegra. Tierras templadas, mucho ganado y bastantes calentanos. Y luego a casa para preparar los informes, sentadita en mi casa, oyendo mi música. Extraño el cuento del raspachín que vive entre cocaleros, el del traqueto que avisa “patrón, cayó la pista”, o el de la mujer que cuenta los casos de los raspachines que atendió el fin de semana, amén de las peleas que hubo en el bar. Esas son las letras de los corridos prohibidos. 257

De Caldas a Risaralda Como de flor en flor. Esta fue la época del eje cafetero. El único paraíso es el Quindío, pues los otros dos departamentos del Eje Cafetero repiten la situación del país recóndito: mal tráfico, carreteras destruidas por la temporada de lluvias, conductores


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Estos caldenses tienen el concepto de lo “glocal” (global-local) desde hace muchos años: la mayoría de sus localidades se apropiaron de la geografía internacional para identificarse. Por ello conocí a Jordania, Filadelfia y Varsovia.

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atravesados y peleadores que compiten por el centavo, temor general por la situación de orden público, y las bibliotecas, en su mayoría, guardadas en las cajas en las que llegaron procedentes de Bogotá. Las tierras caldenses, llenas de cafetos protegidos por platanales. Estos, con sus racimos envueltos en plásticos de color azul, simulan pedazos de cielo colgados de las plantas y subiendo por las lomas. Bonito espectáculo. En Anserma me gocé una cabalgata. Sin embargo, al pueblo corriente no le gustan estos espectáculos de desorden, pues generalmente los jinetes son los nuevos ricos, aquellos mencionados por los “corridos prohibidos”: pecho desnudo al aire, gran cadena de oro y mucha agresividad. ¡Ah! Solo participan en ellas los “subiditos de tono”, me explicó una señora para describirlos. Estos caldenses tienen el concepto de lo “glocal” (global-local) desde hace muchos años: la mayoría de sus localidades se apropiaron de la geografía internacional para identificarse. Por ello conocí a Jordania, Filadelfia y Varsovia. Y también para repetir los nombres nacionales: Risaralda, Arauca, etc. Llegar a Marmato arruga el corazón. Y llena de rabia ver cómo fue que destruyeron las entrañas de su cordillera, dejando al aire los daños causados, sin retribuir en nada. De la carretera central se suben siete kilómetros destapados. Solo se dispone de dos recorridos de buses y lo demás son motos. Por supuesto, fui incapaz de encaramarme en una de estas, bajo el inclemente sol del mediodía. El agua

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del lavado del oro, como una mazamorra de color cemento, se desliza por todas partes y el aire está totalmente contaminado por el polvo que se desprende de todas las explotaciones. Como consecuencia de este saqueo, el pueblo se hunde. Han hecho campañas para trasladar a los pobladores, pero la gente se resiste. ¡Aman estos despojos! Subir al sector donde se encuentra la administración municipal es una proeza. Se llega por una pendiente, empedrada, sin más opción que caminar y acezar. Al llegar, dicen del vaso de agua que ofrecen que “está bien hervida”. Ya se imaginarán que fue lo que tomé. De allí pasé a Filadelfia en un yipao Willis típico de la zona y por una trocha. La mayoría de estos carros llevan casi 50 años de trabajos forzados, pues los cargan hasta con dos toneladas de productos y con 20 o 30 personas, que como garrapatas se cuelgan de donde pueden, se sientan en el techo y mecen las piernas, respirando polvo. ¿Se imaginan si los carros se hubieran podido sindicalizar? Y, para poder pasar de allí a Marulanda, como no alcancé el bus, tuve que usar los servicios de un señor que, en su jeep, lleva el mercado del pueblo: “soy Parapeto, el revueltero” —me dijo—, y con mucho gusto la llevo, no faltaba más. Porque lo que está es de buenas. Pues si tiene que esperar otro transporte, llega de noche”. Así, participé en la venta de bananos, cebolla, otras frutas y aguacates, por todo el camino, mientras llovía, pues todas las campesinas salían a esperarlo los días viernes, para mercar. El frío de Marulanda es aterrador. Está a un poco más de 2.800 metros sobre el nivel del mar, y los vientos, desde antes de llegar, no tienen nada que envidiarles a los que nos describe Pedro Páramo en su Comala. Y ¿qué faltaba que me ocurriera? Como el transporte no entra a los pueblos pequeños, el conductor de la buseta que me acercó a la Felisa, un sitio de espera antes de Marmato, trató de ayudarme a conseguir en qué irme, a un precio favorable, y se bajó conmigo. Entonces, cuando hicimos el negocio, se despidió E D I C I Ó N 14

amablemente y se fue ¡con mi maleta! ¡Adiós, que te fuiste Juana! Y lo peor es que yo tampoco me acordé, sino hasta cuando el nuevo conductor arrancó. Tuve que regresar en la tarde, a donde el despachador, por ella. Y sí, ahí estaba ella esperándome. Por aquí hay, además, iglesias con balcón, especialmente en Aranzazu, y también la de Marulanda. Creo no haber visto iguales en ningún sitio. Y para completar, lo mismo con los hospedajes. Solo que en este recorrido me alegró el alma saber que una empleada de la alcaldía arrendaba cuartos, después de haber visto el “hospedaje de doña Marta”. Supuse que ella lo hacía aplicando criterios selectivos. Pero, cuando le pedí que me despertara, me contestó: “No se preocupe. Aquí duerme el chofer del bus de seis, y él también madruga”. Entonces puse el despertador a las cuatro, para ser la primera en usar el baño común, pero, por supuesto, no había sido la última en usarlo la noche anterior. De Risaralda me impactó el pluriculturalismo. La vía a Pueblo Rico, destapada, por supuesto. Es el camino hacia Quibdó. Y en el pueblo hay asentamientos indígenas, 2019

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tanto en el casco urbano, como en la zona rural. Entonces, a diferencia de los demás pueblos, los buses iban llenos de “afrocolombianos”, para ser eufemística, pese a que a mí me llaman “la Negra”, y a mí me gusta decir “los negros” y “los indígenas”. Aquí, el sentido del olfato, a veces, se resiente. Pero, ¿se imagina los bellos programas que se pudieran hacer en cultura? También se da esta situación en Mistrató. Rinden culto a la cebolla en Guática, donde celebran su festival haciendo una competencia para premiar al que mayor cantidad de cebollas pique. En Quinchía sus cerros son verdaderamente espectaculares. Aquí se siente el temor a la guerrilla, la cual, sube permanente hasta el pueblo. En toda esta región se puede observar la demostración mañanera de una industria casera: en casi todas las cuadras de estos pueblos, sacan a la calle un fogón de carbón con una gran lata encima. Y allí asan delgadas arepas o masitas redondeadas, pero por montones. Se ve a los vecinos llevando paquetes de diez y veinte, según dicen para el consumo de cada día. Aquí, seguramente

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rezarán “la arepa nuestra de cada día”. En las comidas aprendí a tomar sopa, despojándome del fastidio que compartía con Mafalda, por tener la seguridad de que esta sí había hervido. Estuve sometida a dieta de sopa de colí, pues en casi todos los restaurantes de pueblo la ofrecen permanentemente. Además conocí una especie de ponche que llaman forcha, que venden en carritos callejeros, y otra bebida que llaman sirope, hecha a base de miel de panela y ofrecida con o sin leche.

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El bravo Pacífico Hoy estoy en Pasto. Y esta semana gocé la combinación perfecta para la experiencia vivida hasta ahora. El océano Pacífico, miedo, terror, carencias y dificultades. Pero, ¡que viva la experiencia! De Tumaco, con rumbo al Charco y las poblaciones del Pacífico. Avanzaría hasta el último pueblo y me regresaría para volver a Tumaco y tomar un avión hacia Cali y Pasto. Entonces, ¡a embarcarse! Aquí sí me dieron un salvavidas y salimos a mar abierto, tranquilos como por veinte minutos. De repente, vi unas olas muy altas y ¡zuas, al agua! ¿Cómo ocurrió? ¡No sé! Solo recuerdo los gritos de los niños que iban en la embarcación, el miedo, y la sensación de tratar de abrir los ojos y estar cubierta por el agua. Me agarré de algo y volví al otro extremo de la lancha, totalmente emparamada, pero con mis pertenencias en la mano. No tengo conciencia de cómo lo hice, pero no fue algo consciente. Solo sé que durante las tres horas siguientes que duró este martirio temblé, temblé y temblé. ¿De frío? Creo que de terror. Había llevado conmigo las botas pantaneras de caucho que compré para llevar a Barbacoas. Las miraba y me imaginaba lo que hubiera pasado si me las hubiera puesto este día, pues casi lo hago dizque para no mojarme. Me deshice de ellas en cuanto llegamos a tierra. Ya en la tarde, cuando oí las campanas de la iglesia, sentí la necesidad de ir a misa. ¡Já! El diablo haciendo hostias.

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tas para cerrar con candado. Y, por supuesto, sin baños. ¿Se imaginan el último día de carnaval, compartiendo el baño con las borrachitas de tres días de farra? Y eso, cuando no era con los borrachitos que se confundían de sitio. Y cuando no había papel higiénico. Yo sí lo llevaba conmigo, pero también el golpe de mar lo deshizo. Bueno, en Mosquera había un paisa con un hotel bonito, que miraba al estero y tenía una sola habitación con baño. Ese día me gané la lotería, pues me la asignaron. Entré, quería lavarme aunque fuese las manos y quitarme los lentes, pero, ¡Oh sorpresa!, no había lavamanos, ni tampoco ducha. Era solamente la cabina cerrada, y al mirar en un rincón, un balde de agua, con una ponchera encima. ¿Tienen memoria de haberse bañado con estos dos “modernos implementos” a las cinco de la mañana, sin un rayito de luz que alumbre? Supondrán que de la emoción olvidé comprar una vela, pero eso no importa, la misión estaba cumplida en la zona, y de nuevo el dolor, la hora de atravesar el mar para el regreso. Faltaba ir a Salahonda, un barrial de pueblo con la alcaldía inundada por el aguacero de la noche anterior, y para colmo con un bibliotecario joven que decía detestar a la gente que le molestaba la vida, porque cogía los libros sin su permiso. No tenía nada que hacer después de limpiar los libros y se pasaba el día sentado en la puerta, esperando que alguien fuese. No creí que siguiera lloviendo, pero al poco tiempo de habernos embarcado, noté un jala jala de plásticos. El señor de adelante me pasó la punta de uno de ellos y me dijo: “tápese, que la lluvia pega durísimo, y usted no resiste”. Por supuesto que lo hice, pero el plástico apenas alcanzaba hasta la nuca, con la cabeza agachada, y de ahí para abajo, lávese con el agua que escurría. Todo el

¡Dizque valiente y sin temor a la muerte! Solo me raspé un brazo y perdí las gafas, aquellas Ray Ban que había comprado para evitar la arena del desierto. Mi vecina de adelante, que traía su bolso colgado al cuello, tuvo que dejarlo hundir, pues la arrastraba hacia abajo. La de atrás se partió el brazo y los demás, solo el susto. Los niños muy temerosos y mojados, pero nada más. Por supuesto, no quedó nada seco, y sufrí por los convenios que había llevado para hacer firmar. Y, para acabar, como a la hora encalló la lancha en un arenero, de donde salimos a punta de canalete. Como estos pueblos del Pacífico no tienen agua, las mujeres lavan a la orilla de los esteros, con agua salada, sucia, olorosa y revuelta con el aceite de las lanchas. Entonces, ni pensar en hacer lavar mi ropa. Secarla y seguir con ella tal como quedó. Las portadas de los libros que llevaba conmigo se destiñeron o, mejor, tinturaron la ropa con un bonito irisado. Esto y las arrugas me dejaron con una moderna y nueva moda. Probablemente, algún día los alcaldes de esta zona le pedirán al Ministerio que no les manden locas menesterosas a atenderlos. Creo que ese era mi aspecto, pero bueno, estaba viva y fregona. Extendí los convenios sobre un corredor que había en el hotel, con todo el cuidado que pude, pero de repente tres niños descalzos y embarrados, jugando a perseguirse, ¡pasaron por encima de esos papeles! ¡El valor que van a tener estos papeles después de esta aventura! Toda la semana, cuando pensaba en el regreso, se me enfriaba el estómago. Y cuando me tenía que subir a las lanchas, que por lo menos fue dos veces al día, para ir de un pueblo a otro, pues eran 16 sobre el agua y sin transporte terrestre, solo podía musitar “¡Ay!” Entonces, a Satinga, Mosquera, Francisco Pizarro, la Tola, todos sin agua, sin luz (o solo de 6 a 11 de la noche) y casi sin hoteles. De estos, ni hablar. La mayoría, casi sucios, con bichos (tenía que llevar la botella de Raid a todas partes), sin ventanas y con puerE D I C I Ó N 14

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tiempo pensé que me vería como el avestruz, con la cabeza en la arena. Tremendo aguacero, y arrepentimiento total por mis pecados, suficientemente purgados en esta jornada. Frío y nueva lavada total. ¿Alguna ventaja? Sí, agua dulce. En Salahonda ya no salía nueva lancha. Y estando sentada en una tienda, entró una señora. Hablamos, me relató que se estaba muriendo, y que el marido la iba a llevar a Tumaco. Sin ninguna duda, me embarqué en esa lancha con ella. Una y media de la tarde, con mar picado y con un nuevo miedo: que la señora se muriera en el camino. El mar, terrible, y vuelva a sufrir. Me pegué a mi vecino de asiento y juntaba mi pierna a la de él, para sentirme acompañada de un ser humano. Yo, que siempre evito que me toquen, especialmente cuando el cristiano está sudado, mojado y huele a pescado. ¡Ja!, así es la vida. Creo que cada dos minutos le preguntaba a mi vecino: “Señor: ¿falta mucho?”, “¿Ya vamos a llegar?” Estaba yo más afanada que la enferma. Bueno, ella estaba boquiando, y creo que no se daba cuenta de nada. Finalmente, llegamos. ¡Amo a Tumaco, tierra firme! Llegué con el codo izquierdo hinchado, pues así me golpeara, no me solté ni un solo minuto de la barda de la lancha. Pero aquí estoy. Este ejercicio fue solo una manera de exorcizar el miedo, pero sigo disfrutando la experiencia. Además, ya me pude volver a reír, tranquila. Aprendí que a la gente de esta región hay que sacarla por Guapi, y que para ir en lancha, se necesita llevar impermeable en vez de botas. También que los disquetes se borran con el agua salada, que al mar hay que respetarlo, que ahora le tengo miedo, y que esta experiencia, ¡hay que repetirla! Un fuerte abrazo de Elsa, la negra andariega. ◆

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Textos dedicados a Tobías

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Antonio GALA

Natural de la ciudad española de Córdoba (1930), este dramaturgo, novelista, poeta y ensayista alcanzó notoriedad en el mundo de las letras al ganar el Premio Planeta con su primera novela, El manuscrito carmesí. Siguieron La pasión turca, Más allá del jardín, La regla de tres, Las afueras de Dios, El imposible olvido y dos libros de relatos: Los invitados al jardín y El dueño de la herida. Su obra poética, iniciada con Enemigo íntimo, reconocido con el Premio Adonais de Poesía, prosiguió con Testamento andaluz, Poemas de amor y El poema de Tobías desangelado. Con su comedia Los verdes campos del Edén comenzó una larga y fructífera carrera como dramaturgo, con obras como Anillos para una dama y Petra regalada. Su firma como articulista de prensa es una de las más prestigiosas de España, pues ha producido textos que han sido recopilados en los libros titulados Cosas nuestras, Charlas con Troylo, En propia mano, Cuaderno de la dama de otoño y Dedicado a Tobías. Este último libro compiló una serie de artículos que fueron publicados en la revista dominical del periódico madrileño El País durante el año 1987, todos dedicados a un niño llamado Tobías, hijo de una amiga andaluza, quien regresaba con su padre a vivir a los Estados Unidos. Para que ese infante aprendiera la lengua castellana en ese país, le dedicó un artículo semanal con reflexiones, recuerdos y fragmentos autobiográficos. Para regalo de los lectores de la Revista de Santander se han escogido seis de esos artículos, como ilustración de una de las mejores plumas de la lengua española en la actualidad, pese a su ya larga enfermedad que no le quita su buen sentido del humor, ejemplificado en el epitafio que escogió para su tumba: “No os molestéis, conozco la salida”.

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Tu nombre Para un escritor, más que para nadie, el nombre es lo nombrado. Un compatriota mío dice de los franceses: “Que esa gente le llame al pan pain, y al vino vin, pase; pero que al queso le llame fromage, ya es de tener mala leche”. Nombrar es poseer. Según la Biblia, Dios llevó ante Adán todos los animales del campo y las aves del cielo para que, como dueño, los nombrara. Cuando un enamorado pronuncia el nombre de quien ama, lo abraza al mismo tiempo. Nadie aprende su nombre verdadero sino cuando es llamado con amor. Yo he elegido pensar que el mío procede de Anteo. Anteo fue un gigante, hijo de Poseidón —dios del mar— y de Gea, la

Tierra. Del contacto con ella recibía su fuerza. En su lucha con el invencible Heracles, cada vez que era derribado adquiría nuevo empuje y se recuperaba. Su rival hubo de levantarlo por el aire, y allí lo estranguló. Lo cual me recomienda no correr el riesgo de elevarme sin plantar con firmeza en la tierra los pies. Tú fuiste bautizado en Córdoba, la ciudad de tu madre. En Córdoba han copulado y dejado sus hijos las más altas culturas de este mundo. Hoy Córdoba es una oquedad, apenas una sombra de sí misma, un yerto testimonio, un recuento de agravios. Los cordobeses, cuando actuamos como tales, nos pasamos la vida volviendo la cabeza, E D I C I Ó N 14

orgullosos de ayer, custodios no excelentes de la gloria y el brillo y la sabiduría de nuestros antecesores; intentando semejarnos a ellos desde un abandono provinciano; enseñando sus ruinas carcomidas; restaurando nuestras pobres facciones, que aún recuerdan las suyas. Hoy Córdoba es uno de esos lugares donde la Historia levantó su tienda y se irguió y se coronó y descansó unos siglos antes de proseguir. O sea, hoy Córdoba es lo mismo que mi mundo respecto de tu mundo, según lo mires tú. No será malo, pues, insistir en dónde fuiste bautizado. El bautismo es un rito iniciático, como el de tantas otras religiones. Quizá tú, de mayor, elijas, como yo, no ser católico. 2019

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Por querer ser más, o no querer ser nada. La Iglesia católica, desde hace 2000 años —puede que no sea mucho— ostenta su certeza de perdurabilidad. Al parecer, ni las puertas del infierno, que no se sabe de fijo qué será, prevalecerán contra ella. El bautizo es el salvoconducto de entrada, el umbral de la vida y el reino, el primero de los siete sacramentos, por el que los hombres, “libres del poder de las tinieblas, muertos, sepultados y resucitados con Cristo, reciben el Espíritu de los hijos de adopción, y celebran con el pueblo de Dios el memorial de la muerte y resurrección del Señor”. (Son palabras del concilio Vaticano II, reunido hace unos veinte años y puesto en cuarentena ya. Supongo que la perviven-

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textos dedicados a tobías

Después de abundantes súplicas a los santos principales, el celebrante te exorcizó para redimirte del dominio de Satanás y llevarte al reino de la luz, una vez lavado del pecado original — heredado como el faldón— con el detergente que lava más blanco: la gracia del bautismo.

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cia de la Iglesia, como la de cualquiera, consiste en adaptarse.) Cada niño es presentado en la ceremonia por sus padrinos. (El que no los tiene buenos —decimos en España— no hace buena carrera.) Yo decliné el honor de serlo tuyo: excesivas responsabilidades espirituales para una fe tan indecisa y personal como la mía. Sin embargo, acepté elegir tu nombre. La Córdoba dieciochesca fue muy devota de san Rafael, uno de los siete arcángeles que asisten al trono del Señor. A partir de un terremoto, sorprendentemente, se consideró protegida por él, a la manera de las ciudades matrices del Cristianismo. Incluso el propio arcángel —al que tú llamarías un poderoso extraterrestre— confirmó en esa época su encargo divino de guardar la ciudad. No era la primera vez que descendía a la tierra, ni que ejerció su nombre, medicina de Dios. Antes ya acompañó a un muchacho, hijo de un ciego, que iba a cobrar unos recibos lejos de su pueblo —Nínive—, y les proporcionó, al primero, una buena boda y, al segundo, la vista. No extraña que en numerosas plazas cordobesas se alcen los triunfos de san Rafael —columnas más o menos esbeltas con su no siempre grácil figura sobre ellas—, ni que un alto porcentaje de cordobeses se llame como él. Acaso demasiados: era prudente, sin escapar de su ala protectora, encontrar otro nombre. El que más me atrajo fue Azarías. Cuando el padre del muchacho ninivita le preguntó al mancebo con cuyo cuerpo

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se revistió el arcángel cómo se llamaba, él respondió tras una reticencia: “Soy Azarías”. Este fue el nombre del ángel encarnado, del humano disfraz del mensajero, del soberano camarada. Pero tu madre se negó. Aseguraba, riendo, que era el condicional del verbo azar —asar en andaluz—; que era un nombre improbable, impronunciable e impresentable; que habría que explicárselo uno a uno. “De entrada, al cura, Ya verás”. Fue entonces cuando decidí cómo llamarte. No con el nombre del protector, sino del protegido; no del guía, sino del peregrino; no del taumaturgo, sino del beneficiario. “El señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; / me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. / Prepara una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; / me unge la cabeza con perfumes y mi copa rebosa. / Su bondad y su misericordia me acompañan todos los días de mi vida, / y habitaré la casa del Señor por años incontables”, cantaban los invitados. Mientras tú —ajeno a las mesas, las copas y los enemigos—, casi invisible entre los encajes del faldón y la capa y el gorro de cristianar de los abuelos de tu madre, eras recibido en el atrio por el sacerdote. Después de abundantes súplicas a los santos principales, el celebrante te exorcizó para redimirte del dominio de Satanás y llevarte al reino de la luz, una vez lavado del pecado original — heredado como el faldón— con el detergente que lava más blanco: la gracia del bautismo. Te ungió preventivamente en el pecho con el óleo de salvación, aunque no fue sencillo soltar los aviesos lazos que te ataban (a los de seda, me refiero). Luego vino la bendición e invocación de Dios sobre la pila. Tú ya habías empezado —incrédulo todavía, morito todavía— a berrear. Entre berridos, tus padrinos renunciaban a Satanás, a sus pompas, a sus obras y a sus seducciones. Tus gritos rebasaron lo verosímil al profesar, en tu lugar, su fe en la Santísima Trinidad y en todo el resto. Por fin se te impuso el nombre: Tobías. Te callaste unos segundos como si hubieses E D I C I Ó N 14

comprendido. Solo unos segundos. Al sentir el agua sobre la cabeza; al sentir en la coronilla, tan floja aún, el santo crisma, “para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey”; al volverte a liar en la ropita —“consérvala sin mancha hasta la vida eterna”—; al encender tu vela rizada en el grueso cirio pascual “para que camines siempre como hijo de la luz”, toda la Iglesia católica, no solo el baptisterio, era una gran berrea. También como si hubieses comprendido el berenjenal en que te metíamos. Te llamabas Tobías. El rito había acabado; tu tarea empezaba: hacerte un hombre. Nunca fue cosa fácil, te lo juro. Pero ahora —a pesar de Dios, padre sobrenaturalizado, o desnaturalizado, que viene a ser lo mismo; a pesar de las ayudas celestiales; a pesar de Azarías—, ahora, creo que es imposible. Tú sabrás. Cuando crezcas La edad no garantiza casi nada. Para ti, Tobías, el crecimiento solo. Él te transformará en adulto sin contar contigo; pero un adulto no es siempre un hombre. Te harás útil a la sociedad que te rodea y te ha visto crecer: ¿serás hombre por eso? No se trata de algo en que puedas convertirte de pronto, ni sin tu voluntad, ni sin tu esfuerzo. Es el producto de un trabajo larguísimo: muy pocos lo concluyen. Cuando crezcas verás junto a ti gentes que creerán ser felices, que lo serán a su manera, o quizá a una manera que les es impuesta. Si tú también te sientes feliz y nada te preguntas, no leas esta página; no eres tú su destinatario. Pero si te desgarra el aullido de un mundo en el atardecer; de un mundo ajeno al sol que existió un día; que tiene frío y que no entiende, o peor, que sospecha que nada hay que entender; el aullido de un mundo que sufre sin que nadie aceche su sufrimiento, sin que nadie lo torture, sin que nadie lo observe con una sonrisa de complacencia o de malignidad; de un mundo en el 2019

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La edad no garantiza casi nada. Para ti, Tobías, el crecimiento solo. Él te transformará en adulto sin contar contigo; pero un adulto no es siempre un hombre. Te harás útil a la sociedad que te rodea y te ha visto crecer: ¿serás hombre por eso? No se trata de algo en que puedas convertirte de pronto, ni sin tu voluntad, ni sin tu esfuerzo. Es el producto de un trabajo larguísimo: muy pocos lo concluyen.

que todo, todo cuanto sucede no es siquiera una broma gratuita, porque no hay quien le gaste esa broma, porque sencillamente nada tiene el menor significado, entonces, Tobías, sí: entonces en ti ha brotado la semilla del hombre. Del hombre que no ve la cara de ningún dios y, a pesar de eso, anhela la serenidad para actuar serenamente; que no se cubre las espaldas con otra vida póstuma y, a pesar de eso, vive valeroso esta. Tal comezón, tal desolación son el reino del hombre, que se halla, como todos, al borde de un abismo. No sé si entenderás lo que te digo. Te hablo de siglos atrás; te hablo desde mi siglo, que no va a ser el tuyo. Ni las palabras cuentan lo que contaban, ni los sentimientos representan lo que representaron, ni las aspiraciones son las mismas. No obstante, mantengo la esperanza de que el hombre a que me refiero no habrá mudado esencialmente. Hubo un tiempo en que el ser humano, como tú, se puso de puntillas y creció. Por eso se llamó Renacimiento: porque renació el hombre, no porque retornara a la antigüedad clásica. La individualidad germinó como una flor, tan solo repentina en apariencia. El hombre aprendió a ver. Y se vio más pequeño y más grande que el mundo. Percibió que el universo estaba vivo, y que se brindaba. Todo a su alrededor fue signo, enlaces misteriosos, entropías, analogías, correspon-

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La falta de responsabilidad individual es atractiva: se descansa en ella; pero es también una derrota. Recházala, recházala. Ninguna obediencia puede ser absoluta: ni a la religión, ni a poder alguno, ni al amor. Ser hombre es no arrodillarse nunca y en cierto modo transgredir; o poder transgredir.

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dencias sutiles, simpatías desconocidas. Y él en el centro, sumiso y coronado a la vez, cambiante y perfectible, capaz de ascensiones y descensos, replicador e interrogante. Percibió que era alguien mudadizo y vertiginoso; colocado, sin patria fija, entre el cielo y la tierra; reclamado por la mortalidad y la inmortalidad; libre de darse forma o deformarse, de buscar la maldad y la bondad, o de sentarse a comer y a beber aguardando la muerte. Percibió, sobre todo, que su razón personal no tenía por qué adherirse sin condiciones a la del universo, y que de una y de otra debía salir la explicación de ambos. Y dedujo dos consecuencias radiantes y costosas: que el destino podía ser escrito por cada uno, y que cada uno era absolutamente responsable de sí mismo. La vida, por lo tanto, se transformó en una aventura plena de sentidos que había de vivirse con pasión de uno en uno, Pero aquel hombre disponible y completo —matrimonio de la razón y de las fuerzas escondidas, sede del bien y el mal, investigador de la alquimia y la química, de la magia y la técnica, de la ciencia como arte y el arte como ciencia— no vivió mucho. Lo mató la política, fraccionando su mundo en naciones belicosas. Lo mató el pensamiento, empequeñecido por el racionalismo. Lo mató la ciencia mecanicista y desilusionada. Lo mató la religión, que ciñó el orbe a su mediocridad de Reforma y Contrarreforma. La extinción de aquel hombre completo trajo luego

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la tecnología que caracteriza, sobre todo, tu época. Sin embargo, un clamor quedó vibrando por el aire, de siglo en siglo, para que algunos —privilegiados o condenados, qué sé yo— lo escucharan. De un hombre solo es del que te hablo: el imposible de reducir a fórmulas ni a cifras, el exento de las estadísticas, el que padece el hervor de las rosas y la armonía de los astros y la insatisfacción de las interrogaciones y la curiosidad de todos los saberes, el que confunde su rostro con el del verano y su voz con la voz del mar. Te hablo del hombre que puede ser libre sin ser rico; fuerte, sin usar uniformes; heroico, sin tener que morir; justo, sin creer en la perdurabilidad; solidario, sin estar vigilado; superior, sin ser cruel. Ignoro si el mono, perfeccionándose meticulosamente, llegó a hombre; sé que el hombre, perfeccionándose, llega a dios. Un dios modesto y cotidiano, perecedero y vulnerable, pero dios. La divinidad no reside en la omnipotencia, ni en la eternidad, ni en la inmutabilidad; ser dios quizá consista en ser hombre hasta las últimas y mejores consecuencias. Y qué lejos estamos ahora de ser dioses. Óyeme bien, Tobías. Si a un hombre pueden considerarlo un desecho los otros hombres, la Humanidad es un estercolero. Lee bien: un hombre solo. La falta de responsabilidad individual es atractiva: se descansa en ella; pero es también una derrota. Recházala, recházala. Ninguna obediencia puede ser absoluta: ni a la religión, ni a poder alguno, ni al amor. Ser hombre es no arrodillarse nunca y en cierto modo transgredir; o poder transgredir. Si los hombres fuesen verdaderos, no habría guerras, Acaso la sociabilidad se hiciese más difícil —o no—, pero las guerras se harían imposibles. Acaso los avances tecnológicos —los únicos que importan hoy— fuesen más lentos, pero desaparecería el riesgo de barbarie al triunfar la unidad de la vida. El individuo es quien sufre, quien se impacienta, quien fracasa; la especie es quien espera. Quizá el individualismo sea un pecado contra la Naturaleza —¿también lo E D I C I Ó N 14

es ya la poesía?—, pero el hombre es más que la Naturaleza. Ahí está su tragedia y su magnificencia: ser desesperadamente él mismo contra los otros y en beneficio de ellos. Durante cientos de años sociedad se ha confundido con Estado, y Estado con castigo y opresión. Hay que volver a exaltar lo social solo como apoyo y peana de lo individual. Ni la sociedad debe abdicar en el Estado sus responsabilidades y sus prerrogativas, ni el individuo en ella su irrepetibilidad y su primogenitura. Yo, en tan irreconciliable oposición, siento hoy la nostalgia del que ha sido engañado. Tú, si es que piensas, la sen2019

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tirás también. Que esta página te sirva para sentirla aún más: como la única justificación de la vida, que en sí misma no es mucho, pero sí por lo que en ella a solas decidamos. Con todas tus fuerzas grita yo, Tobías. Grita yo hasta la muerte y más allá. La caricia El hombre, mientras vive, apenas aspira más que a comunicarse: hacer partícipe a otro de lo que tiene; descubrir o manifestar a los demás alguna cosa o a sí mismo; consultar un asunto tomando pareceres; intercambiar ideas. La incomunicación es lo

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peor del mundo —la antivida es peor que la muerte— porque impide el amor y la amistad y cualquier compañía. Yo soy propenso a usar, para comunicarme, la palabra; la palabra escrita en tu caso, Tobías, tan distante en el tiempo de mí, tan distante en el espacio. Pero reconozco que no es la mejor forma de comunicación, ni la primera, ni la más universal. Es solo un invento —maravilloso, pero solo un invento—, que ha de ser además traducido en muchas ocasiones por trujimanes que lo mediatizan. Cuánto me gustaría estar acariciándote. En este instante, en el que escribo para ti esta página, y también cuando la leas, si la lees, y ya no seas un niño. A lo mejor tu pelo no es tan rubio, y tienes una sombra de barba en la mejilla; tus labios y tus párpados han perdido gran parte de su delicadeza; se han afilado tus dedos, y en una mano mía no caben —ahora sí— tus dos manos. Á pesar de todo me gustaría acariciarte, y me gustaría que no te sintieras incómodo y que me respondieses. No sé si el hombre ha perdido el sentido, pero sé que ha ido perdiendo los sentidos. A fuerza de comunicarse más que nada con la palabra, se está empequeñeciendo; reduce sus posibilidades y corre un riesgo enorme: el de exiliarse: tan fácil es jugar al escondite detrás de las palabras, y utilizarlas para desentenderse, lo contrario del fin para el que fueron creadas. Ya el oído es un órgano de por sí laberíntico. Parece que el ojo y el olfato se engañan menos porque van de frente; pero cada vez nos aleja más el olor, en lugar de atraernos; cada vez recordamos menos ciertos olores que nos emocionaron; cada vez tratamos con mayor denuedo de no oler a nosotros mismos. Con los desodorantes y los perfumes nos vamos igualando, somos intercambiables. Los pasos del amor, tan frágiles, necesitan andariveles, apoyarse en olores recónditos, personalísimos, como el balancín de los funambulistas. Y, sin embargo, pretendemos enmascarar la exhalación

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Las manos. El secreto está en ellas. Qué expresivas sobre la frente ajena, sobre el cuello, los hombros, el brazo, la cintura… Pero hemos rebajado la caricia al masaje. Acaso porque, pagando, nos da menos vergüenza que alguien aborde y roce nuestros límites. Olvidamos que nacemos envueltos en la piel, expuestos dentro de ella; que padecemos hambre y sed de piel. Si tu madre no te hubiese acogido acurrucado sobre ella, y oído tú el tictac de su corazón; si no te hubiesen consolado en el único idioma que no ha de aprenderse, el interminable idioma común de las criaturas; si no hubieses recibido la garantía del amor a través de la caricia, ¿qué habría sido de ti, Tobías, qué habría sido de todos? Hand made, se dice para cobrar más caro; pero qué lentamente se retorna al oficio manual, cuánto desdén inspira la mano en el trabajo y en la comunicación. La palabra, en la comunicación y en el trabajo —el mío, el de escritor— goza de mejor prensa. (Y es injusto. Aunque, en el fondo, el idioma no lo es: mecánica —o sea, lo que sustituye a la mano— viene de moechus, fornicador, adúltero. En efecto, la máquina adultera al interponerse entre la mano y la tarea. Ya me dirás qué ocurre con la tecnología, depurada y aséptica, cuando además de adulterio cometa asesinato.) Ese mismo proceso de desvirtuación sufre el hombre. En el Tercer Mundo —qué risible ufanía la del que distribuye el ordinal— aún se toca la gente sin precisar la excusa del amor: van los hombres del brazo, cogidos de las manos, enlazados los dedos, por la calle. No temen la ternura. Se encuentran con júbilo, se besan, se oprimen uno a otro, se separan, se miran y vuelven a oprimirse. Hasta la lucha, si es cuerpo a cuerpo, tiene algo humano: es un trato violento, no una anónima bomba que, sin remordimientos, mata seres anónimos. Acaricia, Tobías. Déjate acariciar. Con los ojos, con las manos, con los labios. Es una inacabable asignatura, un luminoso

de nuestros sudores, de nuestro vello, de nuestra lengua. Y se confunde, ante la uniformidad, el amor, y tropieza… ¿Y el sabor? Aparte de que nuestra boca, cuando se ofrece a otra, no sabe más que a menta o eucalipto —cuando no a violeta, que es más triste—, todas las cosas saben cada día menos a ellas mismas. Los hermosos frutos, por ejemplo, cultivados en viveros con prisa, madurados en cámaras, apenas si son una vislumbre, un vago eco de sí mismos. Igual que la noticia, en un periódico, de un crimen pasional: se da el número exacto de puñaladas, pero no la desesperación, no los celos infinitos, las horas infinitas de soledad, la ceguera fatídica y roja del desamor. El hombre es su anhelo de comunicación. No obstante, parece que hiciera lo imposible por no comunicarse. Él es su territorio y, como un animal, lo marca y lo clausura. La piel es su frontera: allí se acaba. Y levanta murallas entre sí y los demás. No conozco alianza más fundada que el tacto, ni expresión más directa que el contacto. Pero cuánto falso pudor, cuánta desconfianza, qué temores. Si estrechamos una mano fue, en principio, para asegurarnos de que venía desarmada; hoy es ya para separar, para decir “no se pasa de aquí, a mí no se me toca”. Tus compatriotas han estudiado la burbuja en que nos desenvolvemos: una burbuja de cuatro o cinco metros de diámetro en lo público; en lo privado, tres peldaños: el del respeto, de dos o tres metros; el de la amistad, de uno; el del amor, inferior a medio. Una proximidad que quebrante esa regla provoca malestar. Nos quejamos de aislamiento y de abandono, y los estamos exigiendo a gritos. De ahí que nos lancemos al sexo igual que a una piscina, con una fruición desaforada, y una esperanza de correspondencia. Pero el sexo no es solo biología, es también biografía: la última etapa de un diálogo previo. La penetración no lleva sola a la compenetración. El sexo sin amor es silencioso: en él ningún acercamiento se culmina.

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diccionario, una caligrafía insustituible. El hombre fraternalmente acariciado, el amigo que se apoya en el hombro del amigo, el semejante que besa al semejante. Como se huelen dos perros uno a otro, pero con un significado más fecundo: una efusión de paz, de alegría recíproca, de ruptura de la agresión y de la soledad, de reconocimiento. Porque acaso sea cierto que estamos indefensos y a la intemperie y deprimidos, pero nos sentiremos mejor si nos sentimos juntos. Adolescencia Dicen que todos los niños —cualquiera sea su país, o su raza, o su época— se comportan de la misma manera. De cachorros, los hombres son iguales: en sus actitudes, en sus juegos, en su inclinación. Acaso hasta en sus sueños. Pero ¿cuánto les dura? Son distintos los padres, las fortunas, los ambientes, el color de la piel, los climas, las civilizaciones… Me temo que no tengas, Tobías, la misma fantasía que yo tuve, como no tuve yo la de los niños que me precedieron en la turbia carrera de este mundo. Y la fantasía —es decir, el complemento de lo que nos ofrecen— es tan importante para un niño. Un niño tiene, casi siempre, que inventarse la vida, y ay de él si no la inventa. La vida es ante él una página en blanco, una posibilidad incierta, un interminable día vacío; algo que se va haciendo a la medida de sus pasos y a la medida suya: un viejo traje que es preciso adaptar; un intento que se prolonga desde su corazón, como el hilo que la araña saca de sí misma: el frágil hilo del que pende y depende… No sé si tú tendrás la fantasía que tuvimos los niños anteriores, ni si leyendo estas notas me imaginarás retrógrado y medroso, y a ti, valiente y en vanguardia. Pienso que tú serás un niño —lo eres— más civilizado que yo, pero gozarás de lo peor de una civilización más destructiva que la mía aun —olvidadiza, torpe, desjerarquizada—, que os da a los niños mundos ilusorios para suplicaros perdón por lo que os quita, por la

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amenaza que os instaló a la vuelta de la esquina. Destruisteis la rosaleda del jardín para construiros un refugio antiatómico; porque antes habíais desencadenado la muerte… No; dispensa, Tobías, olvídalo. Qué error: personalizar en ti o en mí una ideología, una postura. No. Tú y yo somos simplemente dos víctimas; no otra cosa que peoncillos de un juego de ajedrez. Cada uno cumple su misión, y se halla en su sitio y su tiempo. No habrá mejores ni peores: al final todos habremos conducido —y habremos sido conducidos— a la catástrofe. Todos fuimos precisos. Y quizá para Alguien, si es que existe, permaneceremos eternamente niños: niños asesinados… Esta duda no podrás tú disipármela nunca. Cada uno tiene su intransferible infancia —buena o mala, qué sabe nadie hasta después—, y no se arriesgaría a desear otra ninguna. Lo más que cabe hacer es, luego, embellecerla. ¿O no es lo que yo hago? Pero no te hablaré hoy de eso. Te hablaré de un momento que, por tembloroso, tendremos con certeza en común: el temblor no varía. Me refiero al momento en que pises, para salir, el umbral de la infancia, y te detengas, y mires hacia adelante y hacia atrás indeciso. La pubertad te va cambiando el cuerpo; la adolescencia, el alma. Y tú sobrecogido te preguntas quién fuiste, y quién eres, y en quién te vas a convertir. Como si se tratase de una investidura en lugar de un trabajo. Dos sillas tienes —la infantil y la adulta—, y te sorprendes sentado en el suelo. Avanzas —¿o no avanzas?— montado a dos caballos: uno que ya abandonas; otro, que aún no se deja dominar. Y es urgente, ante todo, individualizarte, identificarte; pero de dentro a fuera, a nadie se lo debes consultar… ¿Cómo te ven los otros, y qué relación hay con el tú que tú ves? Un tú difuso, tornadizo, esquinado, repentinamente jubiloso y repentinamente entristecido. Sobre tu soleado campo de ayer las anchas sombras de las nubes no acaban de pasar. Qué lejos van tus padres, qué lejos tus hermanos. Qué soledad y cuánta confusión… Tiene que ser así, To-

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bías. Para crecer —y eso es adolecer: crecer y estar enfermo— esta crisis es necesaria. Te has recluido en una cabaña aislada, de la que volverá un Tobías diferente. En ella aprenderás a resolver qué es lo justo y lo injusto, a ejercitar —menos solo de lo que te lamentas, porque la vida no nos abandona— tu propia censura sobre lo que hasta entonces te fue dado o impuesto. Pero, en tal laberinto, cómo procuras nuevas amistades, qué bruscos saltos de humor, qué sufrimiento sin razones, con qué facilidad te adhieres a ideas insólitas, a insólitas devociones incondicionales, qué desprecio ante tu cuerpo, de pronto ajeno y nada amable. Sin embargo, hay que disimular: el sentimiento de inferioridad lo disfrazas con una aparente autosuficiencia y un encastillamiento, que te apartan aún más de cuanto amabas. Y una mañana, cuando más honda sea tu decepción, cuando los antiguos valores absolutos —el todo o nada, el blanco o negro— se hayan desintegrado, alguien sonreirá mirándote a los ojos. Y su mirada te embellecerá, y te notarás más alto y más robusto, deseable por fin y deseado. Será un día en que el mundo entero se transforme en un secreto tuyo; en que te sofocará la respiración esa mirada, tanto si permanece como si se desvía. Te hará temblar las piernas, que ya creías tan firmes, un leve roce solo, o ni siquiera: el amago de un roce, o su simple esperanza, o su desesperanza… Dentro del baño, a solas, con la puerta cerrada con pestillo, cantarás sin responder a ningún por qué: ni tú mismo podrías responderte. No sabes; no lo sabes. Con vehemencia saldrás en busca del cartero, exigiéndole cartas que nadie había quedado en escribirte. Habrá tardes que pesarán toneladas, y noches que te juzgarás impotente de soportar sobre los hombros; hasta que, por un imperceptible e involuntario movimiento, las dejes caer —o mejor, vuelen ellas— y, liberado, brinques. Echarás de menos aclaraciones, nortes, compañía, consuelo; y no sabrás solicitarlos, ni a quién… Es la hora, Tobías. Se habrán ido los E D I C I Ó N 14

héroes. (Los míos fueron Héctor, Patroclo, Perseo, Aquiles, Ulises, y Sandokán y Yáñez, y el Capitán Tormenta y el León de Damasco.) Se habrán ido tus héroes, y estarás solo tú. Y tú serás tu héroe. Cuando la vida te parezca un callejón sin salida con un montón de basuras al fondo, aguarda. Lo lógico sería retroceder; no lo hagas. Salta sobre la basura, y busca. Hay salida, hay salida. No te preocupes por el olor mientras la descubres: la vida, Tobías, suele oler así. Lo excepcional es lo otro: que, de cuando en cuando, la belleza triunfe —pero a muy duras penas— y se quede, desolada, esperando que alguien se fije en ella; desolada en su ancha y larga avenida desierta. La de2019

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cepción no proviene de que la vida sea sucia y fea, sino de que nos habían engañado; sino de que los mayores —que no te suceda a ti, Tobías— no ven la vida limpia y bella jamás. La ciudad que se ama A los hombres no puede despiezárselos. Ni a su historia, tampoco. Es un todo revuelto que solo acaso la distancia ordena. Algo que se enriquece o se empobrece —o ambas cosas a la vez y en distinto sentido— según las épocas. Pero las anteriores subsisten bajo las siguientes. Puede pensarse que la cultura tiene conexión con el cultivo de la tierra, y es la forma de vida de los campesinos: su actitud frente al mundo. Puede

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Yo soy un ciudadano. Amo la ciudad como contenido y como vínculo. Amo lo que la ciudad significa de orden y gracioso dominio de la Naturaleza, de protección y abrigo, de inmensa casa donde los hombres fraternizan. […] Amo las ciudades que tienen su propio rostro y sus propias facciones, distintas de las otras, reconocibles desde lejos. Rostros con dimensiones humanas todavía, de los que todos debemos sentirnos responsables, de los que todos somos herederos…

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pensarse que la civilización se relaciona con la ciudad, un paso más: la agrupación de hombres, los contactos de unos con otros en un mismo lugar, la solidaridad, el mutuo auxilio. Puede pensarse que la mecanización es otro paso —no sé si en buena dirección o en una equivocada—, que se refiere a una época en la que el hombre delega sus funciones en máquinas y en artefactos… Según eso, el hombre fue agricultor primero; ciudadano, después, y, por fin, industrial. ¿Por fin? Es tu turno, Tobías. Yo soy un ciudadano. Amo la ciudad como contenido y como vínculo. Amo lo que la ciudad significa de orden y gracioso dominio de la Naturaleza, de protección y abrigo, de inmensa casa donde los hombres fraternizan. Cada casa sería como un cuarto de estar privado a lo largo de los anchos pasillos de las calles, próximo a los lugares comunes, los salones en que tomamos café juntos, bailamos juntos, vemos juntos teatro o cine, o escuchamos música. Amo las ciudades que tienen su propio rostro y sus propias facciones, distintas de las otras, reconocibles desde lejos. Rostros con dimensiones humanas todavía, de los que todos debemos sentirnos responsables, de los que todos somos herede-

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ros… ¿Aún quedará en el mundo una ciudad así? ¿Quién la describiría? ¿Son descriptibles el aire envuelto en luz, la luz que enternece las superficies, el balanceo de una acacia, la adelfa roseando el viejo muro, el ciprés paralelo a la torre, el sabio y manso río? Y, por si fuera poco, ¿es solo todo eso una ciudad? Hay ciudades en las que uno nace, y luego apenas vuelve a ver. Hay ciudades a las que uno anhela viajar, a las que por fin conoce y contempla, cuyas costumbres advierte desde fuera, curioso y complacido, y anota en su cuaderno. Hay ciudades en las que a uno le ha sucedido lo inolvidable: el empellón de una mirada contra sus ojos, la furiosa desolación que la belleza nos produce, el chirriar del sol quemándose en un agua, un encuentro fortuito y necesario, como si el destino —en aquella plaza, bajo aquella escultura, en aquel pasadizo— hubiese trazado una cruz encarnada. Hay ciudades cuyo nombre uno deletrea desde niño, con el deseo irrealizable de pasear por ellas, de envolverse, como en un manto antiguo, en su olor, de recorrer lo que pervive de la tierra que recorrió cualquiera de sus héroes: Babilonia, Ctesifonte, Ecbátana. (¿Qué queda de ellas ya, de su ápice, de la gloria que fueron, de aquello por lo que “Ingresaron en el impío libro de la Historia? ¿Qué queda, sino lo que nosotros les llevemos: nuestra memoria y nuestro amor?) Hay ciudades en las que uno habita y nada más. No es poco, pero nada más. Vive y muere. Las cruza para llegar al trabajo, distraídamente, pensando en lo que dejó o en lo que espera. Apenas si tal ciudad quiere decirle algo, y, en cualquier caso, será algo que él no está dispuesto a escuchar. Una ciudad de todos, pero no particularmente nuestra. No la ponderamos, no la piropeamos, no le agregamos una flor en el pelo, ni una risa. Funciona y nada más. Igual que un piso con muebles que se alquila… Y hay ciudades en las que se duerme. Son menos nuestras aún que las últimas. A ellas vamos tan solo a descansar, ya con los ojos casi cerrados. No las miramos, no las vemos. Están ahí para vernos dormir. E D I C I Ó N 14

Las noticias del día, la cena apresurada y el sueño. Un sueño resentido y aséptico. Necesario para empezar mañana; para permitir que nos alejemos de esa ciudad mañana, en busca de aquella otra en la que trabajamos. Pero de tales ciudades no hablo yo, Tobías. Hablo de la ciudad que se ama, de la que se es. Porque la ciudad es cosa de sus hombres, pero solo aparentemente: lo cierto es que los ciudadanos le pertenecen a ella. No por haber nacido allí, ni por otra razón explicable, sino porque han sido absorbidos por ella, adjudicados a ella de antemano, sellados por su sello. Con la drástica certeza del amor, que ni vacila, ni consulta… Hay hombres 2019

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expulsados de su ciudad, cuya vida es toda ya una trayectoria indiferente. Se van secando sin remedio: al ser humano no se le da una segunda opción en cuanto a su ciudad. Vivirán de prestado, y un suelo ajeno recogerá sus restos, vueltos los ojos a la ciudad que aman y a su voz requerida… Otros hombres navegan por el mundo en busca de ciudad que no tuvieron. La presienten, la huelen. No ignoran que jamás podrán entregarse a otra, amar a otra. Algunos mueren sin haberla hallado: en la horca, en la silla eléctrica, en un manicomio, o de tristeza. Hace siglos hubieran sido quizá fundadores. Tu América está llena de ciudades que hombres así fundaron

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Armando, no logre descifrar que falto en esta frase

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como quien engendra un hijo: sin presentir su porvenir, ni su tamaño, ni el color de sus ojos: amando nada más. Pero nuestro tiempo es trivial. No es tiempo de héroes. Yo recuerdo los barrios indecibles, las tabernas con olor a serrín húmedo y a vino de la tierra, los bebedores taciturnos, un parteluz de mármol blanco en un mirador de piedra, una calle que trepa hasta el crepúsculo, las hojas de los falsos castaños sobre el suelo del otoño. (Yo a mi ciudad la recuerdo en otoño, porque la recuperaba tras el verano fuera de ella.) Las mujeres orondas, sentadas a su puerta en sillitas de anea. “¿Dando una vueltecita? Hasta ahora mismo.” (Siempre era un callejón sin salida.) El día entoldado y la tarde con sol, Los islotes verdes sobre el cuerpo tendido en paz del río. Los molinos de agua, muertos, testificando. El poyo circular del patio atiborrado de macetas. Un niño que pasea, despacio, muy despacio, bebiéndose el aire que había emborrachado a tantos antes que a él: levanta los ojos y ve los excelsos muros, las torres coronadas de honor, de majestad, de gallardía, el arcángel dorado, el sol dorado, el pasado de oro. Si levantas los ojos tú, Tobías, ves a Penn sobre el ayuntamiento. (En Philadelphia nada hay más alto que la estatua de Penn.) Si los bajas, uno de los pensadores de Rodin, y un prunus como una aldea entera, y un princesstree de color lila, y una traducción literal del Partenón, y la biblioteca reconstruida de Benjamin Franklin. Y ves la Liberty Bell, y el botón de la amistad en el remate de los pasamanos de la escalera, de marfil o de ébano, según se haya pagado o no la obra. A cl alrededor ves tu ciudad, Tobías. Sea como sea, ámala para siempre. Si no, estarás perdido. El miedo Tú sabes que la Historia es distinta según el que la escribe: según su sentimiento y su distancia. No es la misma, por ejemplo, contada por América del Norte que por la del

literatura

un ovillo ante la puerta. Decidieron cerrar, cada noche, por fuera, el dormitorio del niño. Por la cerradura veían cómo, durante mucho tiempo, durmió tendido ante la puerta, esperando que alguien, iluminado y salvador, la abriese. Ese niño — ya te lo he contado, Tobías— padeció luego el pavor de atravesar despierto —y tan despierto— toda la casa, noche por noche, en busca de una arqueta de tabaco. Ese niño fui yo. Los espantos me curaron de espantos. Nunca más tuve miedo. Recuerdo, adolescente, un atardecer castellano, en un pinar familiar e interminable. (Familiar por ser de la familia, no por acostumbrado.) Me perdí. Confundía los pinos idénticos y la tierra arenisca. Corregía una y otra vez las direcciones sin ver el fin de nada. Era la luz lo único que iba teniendo fin. Allí estaban los troncos silenciosos y las terrinas mudas, colgadas en sus llagas, donde sangraba la resina. Torcaces invisibles brotaban y cruzaban, entre las altas copas verdes, con un ruido de seda rasgada: igual que un desafío, o una intimidación, o una advertencia. Supe que debía sentir miedo. En la realidad se repetían los antiguos pavores; coincidían los antiguos visitantes; a cada momento tropezaba más, me extraviaba más; el pinar se desentendía de mí como de un forastero indeseable; me repetía con susurros que estorbaba… Supe que debía sentir miedo. Pero no lo sentí. Me abandoné, insignificante y confiado, al pinar, a las palomas, a los crujidos, a la arena, al mundo. Me senté, apoyado contra un tronco. Llegó la noche y —despacio, muy despacio— me arropó como a una cosa suya… Cuando llamé al portón de la casa de Cuéllar era media mañana. Tienes, Tobías, la edad en que yo empecé a triunfar del miedo. Del miedo a todo, piénsalo bien. Miedo al padre, que descubre lo que no deseamos; al profesor, que puede estropear tantos proyectos; al fracaso o al éxito; al castigo justo o injusto; a la

Sur. Pero también varía de acuerdo con el eje alrededor del cual se la observe girar. Ese eje no es siempre —aunque quizá debiera— el hombre, ni los pueblos. A veces es la guerra, o la opresión de unos por otros; otras, muy pocas, el amor. Pero siempre hay un ala oscura que planea por encima de todas las versiones; siempre hay un enlutado protagonista: el miedo. Esquivarlo o protegerse de él es el origen y la última finalidad de cualquier civilización. Aún no se ha conseguido. Por el contrario, dando la vuelta a su propio destino, parece que hoy es la civilización precisamente quien nos da más miedo: un miedo provocado por sus beneficiarios. Con el miedo comienza, en efecto, la historia de la Humanidad: al dolor, a las fieras, a la soledad, a la noche que se lleva la luz irreversible, al infinito frío, a la enigmática destrucción por la muerte. Pero el hombre comprueba, a tientas, poco a poco, que solo es inmenso lo que no abarca él; solo tenebroso, lo que no conoce; solo temible, lo que no comprende. Y echa a andar contra el miedo… E, igual que a la Humanidad entera, le sucede a cada hombre. Sufre el niño los mismos terrores que la Humanidad sufrió en su infancia, y va sanando de ellos. Y más tarde rechaza, con superioridad y suficiencia, los fantasmas nocturnos infantiles, las momias que se desvendaban a sí mismas, los gorilas gigantescos, las heladas manos de los secuestradores, las carcajadas de los asesinos. El niño acompañado sabe que es inmortal e invulnerable; pero sabe también que el peligro y la muerte lo acechan en cada esquina de la soledad… He oído con frecuencia hablar de un niño que, a los dos y tres años, descendía de su cuna, sonambulillo aterrado, e iba hasta la cama de sus padres, en un cuarto no próximo. En medio de los dos lo recibían; pero una noche decidieron no hacerlo más. El niño entonces se tumbaba, descalzo y en su pequeño pijama celeste, sobre la alfombrilla. Decidieron cerrar por dentro el dormitorio matrimonial. Y el niño permanecía hecho

E D I C I Ó N 14

2019

R E V I STA DE S A N T A N D E R

verdad y a la mentira; a la humillación o al desprecio de los demás. Miedo a la decepción de la amistad, y al enemigo real o imaginario. Miedo al miedo, que es capaz de transformarnos en cómplices de cuanto malo hay en el mundo. Miedo a proclamar nuestra verdad frente a las monótonas medias verdades de los otros… Plantéatelo desde ahora mismo, Tobías, como me lo planteó a mí quien me amó más que nadie: con rigidez y raciocinio. Aparte de las fuerzas sobrehumanas, nadie más que tú, en tu interior, puede dañarte. Quien quiera hacerlo sin tu consentimiento, es que se beneficia. Escúpele a la cara. Frente a las amenazas, las zancadillas, los falsos juicios, los desaires de los poderosos, siente tristeza y asco: miedo no. Frente a las agresiones, las violencias, los chantajes, siente desprecio o ira: miedo no. Miedo no tengas tú. Exorcízate de él. Hasta que seas, por dentro y por fuera, todo lo independiente que puede ser un hombre, hazte fuerte. Y apoya a los más débiles: ésa es una gimnasia que te fortalecerá el hombro. Cuando llegue la hora de arrimarlo, resistirá un miedo mucho más pesado de lo que creíste nunca resistir. No sé si serás, más adelante, un triunfador; no sé si serás un gran hombre, del que todos —quienes vivan— se muestren satisfechos y orgullosos. Si es así, no se te ocurra olvidar tus terrores de niño, que coincidieron con los de aquella Humanidad, valiente y frágil, que empezaba. Y no llegues al extremo desdén que ella ha llegado. Para eso, recuerda que si no hay quien te dé miedo, no has de tenerlo; y que si no hay quien te lo quite, ¿para qué tenerlo? Y recuerda también que los cobardes son siempre mentirosos, porque nunca se atreven a afrontar la verdad. Si no logras convencerlos de que lo hagan, apártalos de ti. Apártalos con el mismo gesto con que apartes a quienes sacan ventaja del ajeno temblor. Te sentirás más solo, pero también más ágil y más limpio. ◆

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