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RELATOS Coma todos os maios, unha promoción de alumnos e alumnas remata os seus estudos no centro. Tres deles accederon a deixarnos un regalo: tres estupendos relatos, cos que iniciamos a sección de CREACIÓN do blog, aberta desde agora a todos e todas os que queirades participar. Entre outras moitas virtudes, a narración de Pablo destaca pola mestría e a intelixencia na construción do relato; a de Miguel, pola capacidade para explorar unha paixón pouco convencional (coma todas as que valen a pena); a de Laura, pola reflexión sobre a vontade de saber vencellada á condición da muller; as tres, como ben poderedes comprobar, pola súa sorprendente madurez. Moitas grazas a ela e a eles. E ánimo aos demais: agardamos as vosas colaboracións.

Pablo Navarro, “Del amor y la guerra” Miguel Ponce de León, “Obsesión escénica” Laura Pequeño, “Memorias de una bruja”


Del amor y la guerra Pablo Navarro Martínez

Es peligroso enamorarse. Es una apuesta, y en todas las apuestas existe la posibilidad de perder. De hecho, la apuesta que hacemos al estar enamorados es hecha en un estado de lúcida ebriedad. Ni gota de alcohol, pero sí de pasión: un borracho sería más consciente de los riesgos que corre que un enamorado. Acababa de tener la que sería mi última conversación con él. No estaba triste, pero notaba un abatimiento que ya se me había hecho familiar tras la guerra: una sensación de impotencia mezclada con indiferencia. Una máscara de indiferencia, en realidad. Mascarada que uno debía interiorizar ―hasta el punto de creérsela también― para no volverse loco de horror. Caminaba a buen ritmo. El ritmo severo que uno toma cuando está reprimiendo emociones difíciles. Uno, dos, uno, dos. Giré a la derecha para, por la calle Ocaña, llegar hasta la línea 5 del metro: parecía hecha para los que venían a visitar a presos. A ratos era consciente de la rapidez con que me movía, y me asustaba un poco. Mi paso y mi expresión rígida chirriaban como el vapor a presión que sale de una locomotora, delatándome. Temía que ésas fueran ya las únicas formas de desahogo que quedaban en el mundo, temía que me detuviesen por conducta inusual. En el fondo, una parte de mí se recreaba en ese pequeño acto de rebeldía que era caminar rápido. “...es estupenda

¿sabes?” ―me repetía la última

conversación con Pedro por puro terror a olvidarlo, a que ya fuese más un recuerdo que una persona―, “cuando ya no sabía qué hacer con mi vida, ella le dio de nuevo un sentido.” Nuestra conversación había sido hermosa pero muy triste, y todo por lo superficial de su tema. Conocíamos lo suficiente el uno al otro como para saber lo que sentíamos y que, dados estos casos, lo mejor era no mirar hacia el problema, o el problema ―inevitable, ya dictada la sentencia― te desgarraba. Conocíamos lo suficiente las circunstancias que nos


rodeaban, y montar un numerito de alaridos y llanto sólo empeoraría las cosas. Pero sobre todo, me sobrecogió que Pedro fuese tan valiente como para, pese a todo lo que sabíamos, no derrumbarse. Me convencí de que el sentimentalismo estaba ya de más: yo no le haría sufrir si él se había propuesto afrontarlo de forma estoica. Al cabo, parecíamos estar en un bar, hablando de las mujeres de nuestra vida como si nada malo ocurriese: ―Siempre fue preciosa, no te lo negaré. ―Estaba en boca de todos nosotros, de repente parecía que no había otra igual. Pero nos fue inalcanzable ―se reía Pedro. ―En realidad, era inalcanzable ―maticé yo―. Lo que importa es que luchaste por ella, y esa lucha te transformó. ―Fui valiente por ella. Pensaba en ella para darme ánimos, cuando estaba en el frente. ¡Oh, mi querida Fikra!. No sabes lo que significaste para mí. ―Ni sabe cuántas vidas salvaste en su nombre, Pedro. Algo digno de alabanza ―la coraza de Pedro parecía agrietarse, y me aterroricé. Debía animarlo. ―Maté por ella... ¡matar, Rodolfo, quité la vida a otro ser que también amaba!¡El peor de los pecados! ―Pedro elevaba la voz. ―Las personas que mataste murieron por sus amores―. Estuve a punto de añadir “como nosotros estábamos dispuestos a hacer”, pero paré a tiempo. Pedro lo había hecho: también había luchado por su amor y ahora moriría. ―Como nosotros estábamos dispuestos a hacer ―dijo él mirándome largamente, con una sonrisa resignada del que entiende. ―Después de todo, ¿no son ellas lo más valioso que tenemos? ―Lo más valioso y lo más peligroso, Rodolfo. Pero tienes razón, ambas son cualidades de algo que es, por lo menos, muy importante. Algo que vale la pena defender.


―Exactamente ―añadí. Pedro pareció quedarse pensativo unos instantes, con la mirada caída en las manos pero perdida en el infinito. Rompió el silencio con una cansada carcajada: ―¿Y si no existiesen? ¿Habría lucha? Si es que al final toda la culpa de esto es de ellas, que nos hacen actuar ciegamente ―lo decía sonriendo, casi afectuoso y siempre con la mirada en el infinito, como si la estuviera viendo― ¡Otro gallo cantaría si no me hubiese enamorado! ¡A la mierda los enamoramientos! ―¡A la mierda los enamoramientos! ―brindamos sin vaso ni alcohol, separados por el vidrio y el cemento. Quedaban tres minutos de visita según el enorme reloj de la sala; algo menos según la visible impaciencia del hombre uniformado que me había escoltado desde que entré. ―Me inquieta pensar qué será de ella ahora. Sin mí. Sin nosotros ―pasada la felicidad momentánea, Pedro volvía a su coraza de tranquilidad de porcelana. ―Tranquilo. Alguien cuidará de ella, en caso de que yo no esté. Siempre habrá alguien, no morirá. Aunque ya no recibirá este amor incondicional. ―Creo que la etapa de los amores incondicionales, en general, se acabará. ―Sí, probablemente empieza una época en que no hagan sino enfriarse, hasta apagarse. ―Y luego quizás vengan nuevos amores y amadas. Mejores amores incluso, ¿te imaginas? ―al decirlo Pedro miraba arriba; le brillaban los ojos. ―Creo que hasta que se muera totalmente el amor por unas, no llegarán las siguientes amadas, las siguientes “Fikras” ―se lo dije con una sonrisa cálida. Quería confirmarle que su amor, de repetirse, sería en un mundo mejor. Mientras se acercaba el guardia para indicarme


que el tiempo de visita había expirado y debía irme, Pedro musitó las últimas palabras de la conversación: ―¿Sabes? Su nombre es árabe... me costó un montón aprender a pronunciarlo, y ella no sabía transcribirlo a nuestro alfabeto. Significa “Idea”.


Obsesión escénica Miguel Ponce de León Martínez

Todo está preparado, pensó, desde el centro del escenario en un teatro todavía vacío. Solo faltaba colocar algunos aparatos donde indicaban las tiras de cinta adhesiva en el parqué, y treinta minutos después, incluyendo un pequeño retraso teatral, podría empezar por fin su actuación. La expectación del ilusionista era casi mayor que la que pudiera tener cualquier miembro de su futuro público. Desde joven, había estado elaborando su espectáculo. Tuvo muchas ideas, grandes ideas, que fueron tomando forma hasta convertirse en verdaderas ilusiones. Pero le faltaba algo con lo que terminar el acto, un gran final que no quería venir a su mente. Sus efectos estaban compuestos de pequeños ardides, que se enmarañaban con la charla la presentación y la música, para dar lo que el público vería: una obra de teatro con elementos solo posibles en el mundo del cine. Tardó varios años en montar el espectáculo que ahora iba a representar. Una de las cosas en las que más trabajó fue el conocimiento del público. Se empapó de psicología del comportamiento. Trabajó la interacción con el espectador haciendo de su propia vida una representación continua. A todas horas, estudiaba las reacciones de la gente con la que trataba en su día a día. No le importaba el trabajo de estudio continuo, desde pequeño le habían enseñado a escapar de la procrastinación y la dejadez. Nunca permitía que lo dominase la vagancia, ni reducía la importancia de su tarea. El objetivo de crear un espectáculo de ilusionismo no procedía de una maravillosa experiencia infantil con la magia, ni de un gusto irracional por el público y la escena, sino por un apasionado amor al secreto, al funcionamiento interno de todo lo que le rodea. Le gusta comprender lo que el resto ni siquiera intuye. El ilusionismo le deja crear un gran número de


“puzzles escénicos”, cuyo funcionamiento solo él conoce. Muchos de ellos nunca asombrarían a nadie; es más, ni siquiera pasarían de ser ideas desarrolladas en una libreta que solo salía de su bolsillo para recibir nuevos proyectos. La razón más común por la que estas ilusiones no llegarían al escenario, es que muchas de ellas no podían ser representadas por una única persona que conociese el funcionamiento del juego, y el secreto era algo que no estaba dispuesto a compartir. A la vez que crecía su dominio del público, su acto iba tomando forma: tenía grandes efectos, algunos hablados, otros con acompañamiento musical. Una de las cosas que más le costaban era entrelazar la melodía con el juego. Para él nunca concordaban por completo. Pero largas búsquedas no fueron inútiles, y consiguió entrelazar música e imagen en una experiencia que le parecía cercana a la sinestesia. Llegó un momento en que todo el espectáculo estaba montado, excepto el gran final con el que estaba obsesionado. Buscaba una idea original, impactante, pero sobre todo que dejase al espectador con la sensación de haber visto magia genuina. Cualquier cosa le servía antes como base para un efecto. Ahora nada era lo suficientemente bueno. Buscó la inspiración entre las páginas de muchos libros, en el cine, en el teatro, y por supuesto en otros espectáculos de magia. Tuvo varias ideas brillantes, nada le valió. Cada error hacía que su obsesión se intensificara. Ya no buscaba ese final, necesitaba ese final. Para que se le ocurriera por fin algo bueno, no tuvo que pasar por unas circunstancias especiales, ni experimentó nada extraño. Era un día parecido al resto, con la única diferencia de que fue capaz de hacer la conexión correcta entre ideas. Todo lo que tenía que ver con el último momento de su espectáculo llegó de golpe: el tipo de música, la presentación, la disposición final del escenario al terminar la actuación, y lo que había estado obsesionándolo tanto tiempo: el efecto, el momento mágico que cerraría el show.


Después de ensayos, correcciones, y más ensayos, su acto estaba completamente listo. Lo adoraba, le parecía perfecto: la música, la iluminación, la curva de interés, todo conducía a la creación de la que estaba más orgulloso, la que haría que el público experimentase verdadera magia. Solo faltaban una fecha, el teatro y los espectadores. El momento de la representación se fijó a una distancia suficiente como para asegurar una vez más cada movimiento, cada expresión, cada técnica. Simplemente porque él lo consideraba necesario, no porque le hiciese verdadera falta, la ejecución ya era perfecta. El teatro se estaba terminando de llenar, casi no faltaba nada para que sus ideas fuesen expuestas por primera vez ante un espectador. Obviamente estaba nervioso. A pesar de la práctica que había adquirido para enfrentarse a cualquier situación de cara al público, tuvo que superar un ligero miedo escénico. Al final las luces y la música lo invitaron a salir al escenario. Ya no estaba nervioso, tenía cosas más importantes a las que atender. Lo primero era suprimir la incredulidad del público: tenía que involucrar al espectador para que se creyera lo que estaba a punto de ver, como en una obra de teatro. Después, la sucesión de efectos comenzó. Tenía que estar pendiente de la técnica, la charla, el ritmo. Escudriñó a los espectadores del patio de butacas, buscando potenciales “voluntarios”. Contestaciones ingeniosas, control de la atención, movimientos grandes que ocultan movimientos pequeños y de mayor importancia… Todas esas ideas y acciones se acumulaban en su mente durante casi todo el espectáculo. Los juegos se sucedían a la perfección, como si fuesen uno solo, haciendo crecer la expectación hasta que al final llegó el momento del último efecto. La música le dio paso, el final empezó. Estaba contento, no por como se había desarrollado el espectáculo hasta ese momento, ni por la visión de las caras del público: entusiasmado. Lo que de verdad le hacía feliz era que por fin había llegado el momento en el que se reflejaría todo su esfuerzo. Todo giraba en torno a ese instante, lleno de ideas


concentradas. La felicidad que le producía saber que dentro de poco vería una expresión, reflejo todo su trabajo, en todas las caras de un teatro, enmascaraba cualquier logro o sensación de éxito anterior. Los movimientos se sucedían, la ejecución era impecable; todo formaba el conjunto perfecto del que se sentía tan orgulloso. La expectación del propio ilusionista crecía, con solo imaginar que el momento mágico final estaba cerca. Cuando pasó, se colocó en medio del escenario, dispuesto a recibir el aplauso que pusiese término a su actuación, pero notó que algo raro pasaba. No entendía qué estaba ocurriendo. En un segundo, repasó toda la secuencia de movimientos: era perfecta, no había cometido ningún error, su final había sido tan espectacular como debía. Después comprendió lo que pasaba. Era algo para lo que ni siquiera estaba preparado. No lo había concebido ni como una posibilidad: su efecto ya no era perfecto, porque el público no lo entendió. Todo está preparado, pensó, desde el centro del escenario en un teatro todavía vacío. Solo faltaba colocar algunos aparatos donde indicaban las tiras de cinta adhesiva en el parqué, y treinta minutos después, incluyendo un pequeño retraso teatral, podría empezar por fin su actuación. La expectación del ilusionista era casi mayor que la que pudiera tener cualquier miembro de su futuro público. Desde joven, había estado elaborando su espectáculo. Tuvo muchas ideas, grandes ideas, que fueron tomando forma hasta convertirse en verdaderas ilusiones. Pero le faltaba algo con lo que terminar el acto, un gran final que no quería venir a su mente. Sus efectos estaban compuestos de pequeños ardides, que se enmarañaban con la charla la presentación y la música, para dar lo que el público vería: una obra de teatro con elementos solo posibles en el mundo del cine.


Tardó varios años en montar el espectáculo que ahora iba a representar. Una de las cosas en las que más trabajó fue el conocimiento del público. Se empapó de psicología del comportamiento. Trabajó la interacción con el espectador haciendo de su propia vida una representación continua. A todas horas, estudiaba las reacciones de la gente con la que trataba en su día a día. No le importaba el trabajo de estudio continuo, desde pequeño le habían enseñado a escapar de la procrastinación y la dejadez. Nunca permitía que lo dominase la vagancia, ni reducía la importancia de su tarea. El objetivo de crear un espectáculo de ilusionismo no procedía de una maravillosa experiencia infantil con la magia, ni de un gusto irracional por el público y la escena, sino por un apasionado amor al secreto, al funcionamiento interno de todo lo que le rodea. Le gusta comprender lo que el resto ni siquiera intuye. El ilusionismo le deja crear un gran número de “puzzles escénicos”, cuyo funcionamiento solo él conoce. Muchos de ellos nunca asombrarían a nadie; es más, ni siquiera pasarían de ser ideas desarrolladas en una libreta que solo salía de su bolsillo para recibir nuevos proyectos. La razón más común por la que estas ilusiones no llegarían al escenario, es que muchas de ellas no podían ser representadas por una única persona que conociese el funcionamiento del juego, y el secreto era algo que no estaba dispuesto a compartir. A la vez que crecía su dominio del público, su acto iba tomando forma: tenía grandes efectos, algunos hablados, otros con acompañamiento musical. Una de las cosas que más le costaban era entrelazar la melodía con el juego. Para él nunca concordaban por completo. Pero largas búsquedas no fueron inútiles, y consiguió entrelazar música e imagen en una experiencia que le parecía cercana a la sinestesia. Llegó un momento en que todo el espectáculo estaba montado, excepto el gran final con el que estaba obsesionado. Buscaba una idea original, impactante, pero sobre todo que dejase al espectador con la sensación de haber visto magia genuina. Cualquier cosa le servía antes


como base para un efecto. Ahora nada era lo suficientemente bueno. Buscó la inspiración entre las páginas de muchos libros, en el cine, en el teatro, y por supuesto en otros espectáculos de magia. Tuvo varias ideas brillantes, nada le valió. Cada error hacía que su obsesión se intensificara. Ya no buscaba ese final, necesitaba ese final. Para que se le ocurriera por fin algo bueno, no tuvo que pasar por unas circunstancias especiales, ni experimentó nada extraño. Era un día parecido al resto, con la única diferencia de que fue capaz de hacer la conexión correcta entre ideas. Todo lo que tenía que ver con el último momento de su espectáculo llegó de golpe: el tipo de música, la presentación, la disposición final del escenario al terminar la actuación, y lo que había estado obsesionándolo tanto tiempo: el efecto, el momento mágico que cerraría el show. Después de ensayos, correcciones, y más ensayos, su acto estaba completamente listo. Lo adoraba, le parecía perfecto: la música, la iluminación, la curva de interés, todo conducía a la creación de la que estaba más orgulloso, la que haría que el público experimentase verdadera magia. Solo faltaban una fecha, el teatro y los espectadores. El momento de la representación se fijó a una distancia suficiente como para asegurar una vez más cada movimiento, cada expresión, cada técnica. Simplemente porque él lo consideraba necesario, no porque le hiciese verdadera falta, la ejecución ya era perfecta. El teatro se estaba terminando de llenar, casi no faltaba nada para que sus ideas fuesen expuestas por primera vez ante un espectador. Obviamente estaba nervioso. A pesar de la práctica que había adquirido para enfrentarse a cualquier situación de cara al público, tuvo que superar un ligero miedo escénico. Al final las luces y la música lo invitaron a salir al escenario. Ya no estaba nervioso, tenía cosas más importantes a las que atender. Lo primero era suprimir la incredulidad del público: tenía que involucrar al espectador para que se creyera


lo que estaba a punto de ver, como en una obra de teatro. Después, la sucesión de efectos comenzó. Tenía que estar pendiente de la técnica, la charla, el ritmo. Escudriñó a los espectadores del patio de butacas, buscando potenciales “voluntarios”. Contestaciones ingeniosas, control de la atención, movimientos grandes que ocultan movimientos pequeños y de mayor importancia… Todas esas ideas y acciones se acumulaban en su mente durante casi todo el espectáculo. Los juegos se sucedían a la perfección, como si fuesen uno solo, haciendo crecer la expectación hasta que al final llegó el momento del último efecto. La música le dio paso, el final empezó. Estaba contento, no por como se había desarrollado el espectáculo hasta ese momento, ni por la visión de las caras del público: entusiasmado. Lo que de verdad le hacía feliz era que por fin había llegado el momento en el que se reflejaría todo su esfuerzo. Todo giraba en torno a ese instante, lleno de ideas concentradas. La felicidad que le producía saber que dentro de poco vería una expresión, reflejo todo su trabajo, en todas las caras de un teatro, enmascaraba cualquier logro o sensación de éxito anterior. Los movimientos se sucedían, la ejecución era impecable; todo formaba el conjunto perfecto del que se sentía tan orgulloso. La expectación del propio ilusionista crecía, con solo imaginar que el momento mágico final estaba cerca. Cuando pasó, se colocó en medio del escenario, dispuesto a recibir el aplauso que pusiese término a su actuación, pero notó que algo raro pasaba. No entendía qué estaba ocurriendo. En un segundo, repasó toda la secuencia de movimientos: era perfecta, no había cometido ningún error, su final había sido tan espectacular como debía. Después comprendió lo que pasaba. Era algo para lo que ni siquiera estaba preparado. No lo había concebido ni como una posibilidad: su efecto ya no era perfecto, porque el público no lo entendió. Todo está preparado, pensó, desde el centro del escenario en un teatro todavía vacío. Solo faltaba colocar algunos aparatos donde indicaban las tiras de cinta adhesiva en el parqué,


y treinta minutos después, incluyendo un pequeño retraso teatral, podría empezar por fin su actuación. La expectación del ilusionista era casi mayor que la que pudiera tener cualquier miembro de su futuro público. Desde joven, había estado elaborando su espectáculo. Tuvo muchas ideas, grandes ideas, que fueron tomando forma hasta convertirse en verdaderas ilusiones. Pero le faltaba algo con lo que terminar el acto, un gran final que no quería venir a su mente. Sus efectos estaban compuestos de pequeños ardides, que se enmarañaban con la charla la presentación y la música, para dar lo que el público vería: una obra de teatro con elementos solo posibles en el mundo del cine. Tardó varios años en montar el espectáculo que ahora iba a representar. Una de las cosas en las que más trabajó fue el conocimiento del público. Se empapó de psicología del comportamiento. Trabajó la interacción con el espectador haciendo de su propia vida una representación continua. A todas horas, estudiaba las reacciones de la gente con la que trataba en su día a día. No le importaba el trabajo de estudio continuo, desde pequeño le habían enseñado a escapar de la procrastinación y la dejadez. Nunca permitía que lo dominase la vagancia, ni reducía la importancia de su tarea. El objetivo de crear un espectáculo de ilusionismo no procedía de una maravillosa experiencia infantil con la magia, ni de un gusto irracional por el público y la escena, sino por un apasionado amor al secreto, al funcionamiento interno de todo lo que le rodea. Le gusta comprender lo que el resto ni siquiera intuye. El ilusionismo le deja crear un gran número de “puzzles escénicos”, cuyo funcionamiento solo él conoce. Muchos de ellos nunca asombrarían a nadie; es más, ni siquiera pasarían de ser ideas desarrolladas en una libreta que solo salía de su bolsillo para recibir nuevos proyectos. La razón más común por la que estas ilusiones no llegarían al escenario, es que muchas de ellas no podían ser representadas por una única


persona que conociese el funcionamiento del juego, y el secreto era algo que no estaba dispuesto a compartir. A la vez que crecía su dominio del público, su acto iba tomando forma: tenía grandes efectos, algunos hablados, otros con acompañamiento musical. Una de las cosas que más le costaban era entrelazar la melodía con el juego. Para él nunca concordaban por completo. Pero largas búsquedas no fueron inútiles, y consiguió entrelazar música e imagen en una experiencia que le parecía cercana a la sinestesia. Llegó un momento en que todo el espectáculo estaba montado, excepto el gran final con el que estaba obsesionado. Buscaba una idea original, impactante, pero sobre todo que dejase al espectador con la sensación de haber visto magia genuina. Cualquier cosa le servía antes como base para un efecto. Ahora nada era lo suficientemente bueno. Buscó la inspiración entre las páginas de muchos libros, en el cine, en el teatro, y por supuesto en otros espectáculos de magia. Tuvo varias ideas brillantes, nada le valió. Cada error hacía que su obsesión se intensificara. Ya no buscaba ese final, necesitaba ese final. Para que se le ocurriera por fin algo bueno, no tuvo que pasar por unas circunstancias especiales, ni experimentó nada extraño. Era un día parecido al resto, con la única diferencia de que fue capaz de hacer la conexión correcta entre ideas. Todo lo que tenía que ver con el último momento de su espectáculo llegó de golpe: el tipo de música, la presentación, la disposición final del escenario al terminar la actuación, y lo que había estado obsesionándolo tanto tiempo: el efecto, el momento mágico que cerraría el show. Después de ensayos, correcciones, y más ensayos, su acto estaba completamente listo. Lo adoraba, le parecía perfecto: la música, la iluminación, la curva de interés, todo conducía a la creación de la que estaba más orgulloso, la que haría que el público experimentase verdadera magia.


Solo faltaban una fecha, el teatro y los espectadores. El momento de la representación se fijó a una distancia suficiente como para asegurar una vez más cada movimiento, cada expresión, cada técnica. Simplemente porque él lo consideraba necesario, no porque le hiciese verdadera falta, la ejecución ya era perfecta. El teatro se estaba terminando de llenar, casi no faltaba nada para que sus ideas fuesen expuestas por primera vez ante un espectador. Obviamente estaba nervioso. A pesar de la práctica que había adquirido para enfrentarse a cualquier situación de cara al público, tuvo que superar un ligero miedo escénico. Al final las luces y la música lo invitaron a salir al escenario. Ya no estaba nervioso, tenía cosas más importantes a las que atender. Lo primero era suprimir la incredulidad del público: tenía que involucrar al espectador para que se creyera lo que estaba a punto de ver, como en una obra de teatro. Después, la sucesión de efectos comenzó. Tenía que estar pendiente de la técnica, la charla, el ritmo. Escudriñó a los espectadores del patio de butacas, buscando potenciales “voluntarios”. Contestaciones ingeniosas, control de la atención, movimientos grandes que ocultan movimientos pequeños y de mayor importancia… Todas esas ideas y acciones se acumulaban en su mente durante casi todo el espectáculo. Los juegos se sucedían a la perfección, como si fuesen uno solo, haciendo crecer la expectación hasta que al final llegó el momento del último efecto. La música le dio paso, el final empezó. Estaba contento, no por como se había desarrollado el espectáculo hasta ese momento, ni por la visión de las caras del público: entusiasmado. Lo que de verdad le hacía feliz era que por fin había llegado el momento en el que se reflejaría todo su esfuerzo. Todo giraba en torno a ese instante, lleno de ideas concentradas. La felicidad que le producía saber que dentro de poco vería una expresión, reflejo todo su trabajo, en todas las caras de un teatro, enmascaraba cualquier logro o sensación de éxito anterior. Los movimientos se sucedían, la ejecución era impecable; todo formaba el conjunto perfecto del que se sentía tan orgulloso. La expectación del propio


ilusionista crecía, con solo imaginar que el momento mágico final estaba cerca. Cuando pasó, se colocó en medio del escenario, dispuesto a recibir el aplauso que pusiese término a su actuación, pero notó que algo raro pasaba. No entendía qué estaba ocurriendo. En un segundo, repasó toda la secuencia de movimientos: era perfecta, no había cometido ningún error, su final había sido tan espectacular como debía. Después comprendió lo que pasaba. Era algo para lo que ni siquiera estaba preparado. No lo había concebido ni como una posibilidad: su efecto ya no era perfecto, porque el público no lo entendió. Todo está preparado, pensó, desde el centro del escenario en un teatro todavía vacío. Solo faltaba colocar algunos aparatos donde indicaban las tiras de cinta adhesiva en el parqué, y treinta minutos después, incluyendo un pequeño retraso teatral, podría empezar por fin su actuación. La expectación del ilusionista era casi mayor que la que pudiera tener cualquier miembro de su futuro público. Desde joven, había estado elaborando su espectáculo. Tuvo muchas ideas, grandes ideas, que fueron tomando forma hasta convertirse en verdaderas ilusiones. Pero le faltaba algo con lo que terminar el acto, un gran final que no quería venir a su mente. Sus efectos estaban compuestos de pequeños ardides, que se enmarañaban con la charla la presentación y la música, para dar lo que el público vería: una obra de teatro con elementos solo posibles en el mundo del cine. Tardó varios años en montar el espectáculo que ahora iba a representar. Una de las cosas en las que más trabajó fue el conocimiento del público. Se empapó de psicología del comportamiento. Trabajó la interacción con el espectador haciendo de su propia vida una representación continua. A todas horas, estudiaba las reacciones de la gente con la que trataba en su día a día. No le importaba el trabajo de estudio continuo, desde pequeño le habían


enseñado a escapar de la procrastinación y la dejadez. Nunca permitía que lo dominase la vagancia, ni reducía la importancia de su tarea. El objetivo de crear un espectáculo de ilusionismo no procedía de una maravillosa experiencia infantil con la magia, ni de un gusto irracional por el público y la escena, sino por un apasionado amor al secreto, al funcionamiento interno de todo lo que le rodea. Le gusta comprender lo que el resto ni siquiera intuye. El ilusionismo le deja crear un gran número de “puzzles escénicos”, cuyo funcionamiento solo él conoce. Muchos de ellos nunca asombrarían a nadie; es más, ni siquiera pasarían de ser ideas desarrolladas en una libreta que solo salía de su bolsillo para recibir nuevos proyectos. La razón más común por la que estas ilusiones no llegarían al escenario, es que muchas de ellas no podían ser representadas por una única persona que conociese el funcionamiento del juego, y el secreto era algo que no estaba dispuesto a compartir. A la vez que crecía su dominio del público, su acto iba tomando forma: tenía grandes efectos, algunos hablados, otros con acompañamiento musical. Una de las cosas que más le costaban era entrelazar la melodía con el juego. Para él nunca concordaban por completo. Pero largas búsquedas no fueron inútiles, y consiguió entrelazar música e imagen en una experiencia que le parecía cercana a la sinestesia. Llegó un momento en que todo el espectáculo estaba montado, excepto el gran final con el que estaba obsesionado. Buscaba una idea original, impactante, pero sobre todo que dejase al espectador con la sensación de haber visto magia genuina. Cualquier cosa le servía antes como base para un efecto. Ahora nada era lo suficientemente bueno. Buscó la inspiración entre las páginas de muchos libros, en el cine, en el teatro, y por supuesto en otros espectáculos de magia. Tuvo varias ideas brillantes, nada le valió. Cada error hacía que su obsesión se intensificara. Ya no buscaba ese final, necesitaba ese final.


Para que se le ocurriera por fin algo bueno, no tuvo que pasar por unas circunstancias especiales, ni experimentó nada extraño. Era un día parecido al resto, con la única diferencia de que fue capaz de hacer la conexión correcta entre ideas. Todo lo que tenía que ver con el último momento de su espectáculo llegó de golpe: el tipo de música, la presentación, la disposición final del escenario al terminar la actuación, y lo que había estado obsesionándolo tanto tiempo: el efecto, el momento mágico que cerraría el show. Después de ensayos, correcciones, y más ensayos, su acto estaba completamente listo. Lo adoraba, le parecía perfecto: la música, la iluminación, la curva de interés, todo conducía a la creación de la que estaba más orgulloso, la que haría que el público experimentase verdadera magia. Solo faltaban una fecha, el teatro y los espectadores. El momento de la representación se fijó a una distancia suficiente como para asegurar una vez más cada movimiento, cada expresión, cada técnica. Simplemente porque él lo consideraba necesario, no porque le hiciese verdadera falta, la ejecución ya era perfecta. El teatro se estaba terminando de llenar, casi no faltaba nada para que sus ideas fuesen expuestas por primera vez ante un espectador. Obviamente estaba nervioso. A pesar de la práctica que había adquirido para enfrentarse a cualquier situación de cara al público, tuvo que superar un ligero miedo escénico. Al final las luces y la música lo invitaron a salir al escenario. Ya no estaba nervioso, tenía cosas más importantes a las que atender. Lo primero era suprimir la incredulidad del público: tenía que involucrar al espectador para que se creyera lo que estaba a punto de ver, como en una obra de teatro. Después, la sucesión de efectos comenzó. Tenía que estar pendiente de la técnica, la charla, el ritmo. Escudriñó a los espectadores del patio de butacas, buscando potenciales “voluntarios”. Contestaciones ingeniosas, control de la atención, movimientos grandes que ocultan movimientos pequeños y de mayor importancia… Todas esas ideas y acciones se acumulaban en su mente durante casi


todo el espectáculo. Los juegos se sucedían a la perfección, como si fuesen uno solo, haciendo crecer la expectación hasta que al final llegó el momento del último efecto. La música le dio paso, el final empezó. Estaba contento, no por como se había desarrollado el espectáculo hasta ese momento, ni por la visión de las caras del público: entusiasmado. Lo que de verdad le hacía feliz era que por fin había llegado el momento en el que se reflejaría todo su esfuerzo. Todo giraba en torno a ese instante, lleno de ideas concentradas. La felicidad que le producía saber que dentro de poco vería una expresión, reflejo todo su trabajo, en todas las caras de un teatro, enmascaraba cualquier logro o sensación de éxito anterior. Los movimientos se sucedían, la ejecución era impecable; todo formaba el conjunto perfecto del que se sentía tan orgulloso. La expectación del propio ilusionista crecía, con solo imaginar que el momento mágico final estaba cerca. Cuando pasó, se colocó en medio del escenario, dispuesto a recibir el aplauso que pusiese término a su actuación, pero notó que algo raro pasaba. No entendía qué estaba ocurriendo. En un segundo, repasó toda la secuencia de movimientos: era perfecta, no había cometido ningún error, su final había sido tan espectacular como debía. Después comprendió lo que pasaba. Era algo para lo que ni siquiera estaba preparado. No lo había concebido ni como una posibilidad: su efecto ya no era perfecto, porque el público no lo entendió.


Memorias de una bruja Laura Pequeño Carabelos

La luz de la luna entraba por la rendija de la pequeña ventana. Era lo único que espantaba la oscuridad tan lúgubre que invadía todo a su alrededor. Recordaba, como sombras difusas y sin sentido, las paredes bajas de piedra ennegrecida. No había ninguna antorcha, ningún signo de avance humano aparte del jergón de paja sobre el que se encontraba sentada, intentando huir del fango y desechos que cubrían el suelo. Había tenido suerte, era una de las primeras noches de verano, esas en las que siempre solía quedarse fuera de casa más tiempo del que madre le permitía para ver el cielo plagado de titilantes puntos blancos. Desgraciadamente, el calor aumentaba el olor. Arrugando la nariz se pegó aún más a la pared húmeda y fría, quizás estuviese llena de musgo. Mancharía su vestido nuevo, el que su tía llevaba meses cosiendo con cuidado y del que tanto presumía ante sus amigas. Ella misma no había podido evitar ilusionarse con esa marcada fecha. Era la primera noche de primavera, aquella en la que las jóvenes del pueblo que habían llegado a una determinada edad se presentaban ante él como mujeres. La excitación de su llegada se extendía entre sus vecinas de forma progresiva a medida que las semanas pasaban y la nieve se derretía. Ahora se sentía estúpida. Siempre había sabido que no encajaba en su mundo lleno de príncipes azules, labores del hogar, platos exquisitos y planes de boda desde el nacimiento. Simplemente era diferente. Desde niña era muy callada, no decía nada si no era para contestar a una pregunta directa y observaba el mundo con sus grandes ojos castaños con infinita curiosidad. Su madre comenzó a preocuparse cuando vio que no participaba en los juegos de las demás niñas. Pero esa angustia duró poco y fue substituida por una mucho mayor. De un día para otro dejó de permanecer silenciosa, por el contrario, hablaba por los codos. Más bien preguntaba,


interrogaba a sus mayores sobre todo lo que la rodeaba con un interés inusual, como comentó el marido de su hermana, para ser una mujer. Las respuestas a las preguntas cada vez más complicadas empezaron a ser las mismas, se debe a la gracia de Dios, es la mano del señor, el sabe porque lo hace, no debes poner en duda los designios del creador… Pronto, murmullos viles empezaron a circular por el pueblo. La hija del leñador era extraña, preguntaba cosas sin sentido como la razón por la que la que la luna cambiaba su forma cada mes, o el porqué de las estaciones. Cuestionaba las respuestas del párroco ante sus inquietudes. La temida e invisible amenaza de la herejía empezó a rondar a su familia.

Así que, con la misma

brusquedad con la que había comenzado el bombardeo de preguntas, estas cesaron. Y, concentrados en un nuevo chisme sin fundamento, la gente se olvidó de lo ocurrido. En su casa las cosas tardaron más en suavizarse, su madre la llevaba todos los días a la iglesia y la obligaba a rezar durante horas para demostrar la beatitud de su hija menor. Sus charlas sobre la importancia de la fe ciega en la obra del Señor y las mal disimuladas advertencias hacia las cuestiones inadecuadas para una niña, fueron respondidas con un silencio reflexivo. Orgullosa de su trabajo su madre, poco a poco, también dejó de pensar en el tema. Y la niña siguió viviendo en la normalidad, sin destacar, del montón, salvo por su tendencia a estar sola y a permanecer silenciosa, a veces durante todo el día. Lo que ni sus padres, ni sus hermanos y vecinos, sabían era que ella no había renunciado ni por asomo a encontrar respuestas. Tras comprender que la única contestación que recibiría era Dios, decidió por su cuenta investigarlo. Cogió la vieja Biblia, que sus padres guardaban con infinita devoción en su cuarto, y la leyó de principio a fin. Lo más probable era que, aprobando su interés religioso y, seguros de que desconocía el arte de descifrar las letras, no la tomasen en serio. Ni siquiera cuando, unas semanas más tarde, ella cerró el grueso libro tras haber recorrido con la mirada cada una de sus líneas, y lo colocó en su sitio con idéntica expresión de reflexión que la que tenía en un principio. No sé les pasó por la cabeza que, tras escuchar cómo el viejo cura


recitaba de memoria fragmentos de la biblia sin descanso mientras ella sostenía la suya en su regazo, hubiese aprendido ella sola a leer. Se apartó el enredado pelo de la cara e intentó, sin notorios resultados, recogerlo. Sin prisa pasó a su vestido, remendándolo con los dedos como pudo, y a sus zapatos nuevos llenos de barro y mugre. Con infinita paciencia los colocó adecuadamente y los limpió todo lo que pudo. Cuando hubo terminado suspiró, y siguió mirando hacia la única luz que iluminaba la estancia. Aún podía oír el griterío tras su puerta. La música, las risas y el festejo que alegraban a gente que casi nunca tenía algo por lo que sonreír. Permaneció en una esquina, mientras su tía le arreglaba el pelo por décima vez y le colocaba de nuevo las puntillas del vestido. Era blanco y vaporoso, se enredaba en el aire a su alrededor cuando caminaba con un sonido suave. Sobre la cintura, más ajustado que ningún otro que hubiera llevado, dejaba entrever su cuerpo que comenzaba a desarrollarse. Mary, con sus claros ojos chispeantes, la observó con la boca entreabierta: ―Es bonita ¿verdad, mami? ―preguntó tirando de la falda de la mujer que aún seguía empeñada en colocarle de nuevo el cabello. Su inocencia la hizo sonreír. ―Está preciosa ―respondió esta mal disimulando el llanto―. Siempre dije que cuando creciese sería aún más hermosa que sus hermanas ―esta vez derramó un par de lágrimas de emoción. A pesar de conocer su tendencia a exagerar no pudo evitar que la sangre se le subiese a las mejillas por lo general blancas. Intentando tranquilizarse recorrió con la mirada la pequeña habitación atestada. En total eran diez chicas. Todas tenían una edad similar y habían crecido con ella. Parecían ridículamente mayores, como un niño que se pone las botas de su padre y finge ser él. Sus usuales vestidos sencillos y monocromáticos habían sido substituidos por


otros llenos colores, encajes y vuelos. Los complicados recogidos semejantes a los de sus madres, las mejillas demasiado pellizcadas, los labios rojo sangre…. Cuando su tía dijo estas palabras muchas se volvieron en su dirección. Y, dejándose llevar por la ilusión reinante, creyó incluso percibir la envidia en sus ojos. Cómo había podido ser tan tonta. La ceremonia empezó poco después. La plaza mayor estaba ricamente decorada. Largas mesas llenas de comida se repartían por todo el perímetro; decenas de sillas esperaban, colocadas con milimétrica precisión, por los comensales. La mujer del herrero siempre se encargaba de los festejos y, con una sonrisa radiante en su rollizo rostro, las guió a sus asientos en la mesa principal. A medida que la gente llegaba, su nerviosismo fue en aumento. Para reconfortarse buscó a la holgada figura de su tía. Estaba sentada dos mesas más lejos, con su madre y sus hermanas, ya casi todas casadas, llorando sin parar. Mary la saludó con su manita sonriendo. Divisó también al señor Dickenson. Vestido, como siempre, con sus viejas ropas de trabajo y completamente desorientado entre el tumulto. El pobre hombre no estaba acostumbrado al exceso de gente, ni al ruido. El anciano le sonrió infundiéndole ánimos. Era joyero, el único en la zona. Ocho años atrás, entró por primera vez en casa del solitario Dickenson. Su madre le había ordenado ir a buscar un colgante. Con el paso de los años pasaría allí todos sus ratos libres. Descubrió que Dickenson era un noble venido a menos que solo conservaba de su antigua vida la vieja biblioteca familiar. Así, devorando con auténtica pasión cada volumen, fue como descubrió un mundo totalmente distinto al suyo propio. Sus páginas respondían a preguntas que ni siquiera había llegado a imaginar que pudieran formularse. Sus libros preferidos eran los de medicina. Con su ayuda, incluso había logrado acelerar la curación de alguna herida. Siempre pequeñas y, por supuesto, suyas; no creía que su familia viese con buenos ojos que intentase hacer un trabajo de hombres. Su último proyecto había sido curar a una cierva que un incompetente cazador había dejado mal herida.


Cada día la cuidaba y buscaba nuevas hierbas que pudiesen sanarla. Esperaba que se recuperase pronto completamente. La comida dio paso al postre y, de él al baile. Se levantó de su asiento, al igual que las demás, para complacer a su tía que seguía sollozando. No tenía intención de bailar, es más, estaba convencida de que la dejarían en paz y pronto podría marcharse. ―¿Me permite un baile? ―dijo una voz a sus espaldas cuando ya casi había salido de la pista. Al volverse no pudo evitar mostrar su asombro. Nathaniel. Era el prototipo de todas, el yerno que todos los padres desearían tener. El hijo de la familia más notoria y antigua, de perfectos modales, bueno en todos los deportes, con más estudios que ningún otro, gran futuro…Viendo el mutismo de la chica sonrió y la tomó de la mano completamente seguro de sí mismo. Tenía los ojos grisáceos fijos en ella. Por alguna razón se sintió incómoda. Instintivamente se apartó. ―¿Ocurre algo? ―le preguntó con la expresión más inocente del mundo. ―Eh...no, es tarde, debo marcharme. Consiguió salir de allí cuando la luna estaba alta en el cielo. Sus padres permanecían en la fiesta así que pudo pasar por casa sin que nadie se percatase y sacar de debajo de la cama su bolsa. Se internó en el bosque aún pensando en lo ocurrido. Quizás había sido grosera. Llego a un claro poco iluminado. Estaba segura de que la cierva estaba allí la última vez que la había visto. No estaba lo suficientemente recuperada como para marcharse ella sola. Empezó a temer que le hubiese pasado algo y nerviosa busco huellas delatadoras. Ruidos de pisadas la hicieron sobresaltarse y volverse con brusquedad.


―¿Nathaniel? ―preguntó extrañada. El chico salió de entre los matorrales y se acercó lentamente― ¿qué haces aquí? ―Debería ser yo quien preguntase, una dama sola, de noche, en el bosque. No es correcto. Además podría resultar peligroso. Debía protegerte. Supuso que esas últimas palabras resultarían muy bonitas en otro contexto. Sin embargo, poca gente conocía el bosque salvo la familia del leñador y nadie llegaría por si solo al claro sin conocerlo de antemano. Sólo había una explicación pero le costó asimilarla. ―¿Me has seguido? ―de nuevo sintió esas sensación extraña en la boca del estómago. ―Era mi obligación ―siguió acercándose― alguien tiene que controlarte. Las mujeres necesitáis de un hombre que os cuide y os diga lo que debéis de hacer. Se había acercado demasiado. Sus ojos ya no parecían grises, eran demasiado oscuros. A partir de ahí sus recuerdos eran confusos. Recordaba que él le había tirado del vestido abriéndolo por un lateral y la había golpeado contra un árbol. Golpeó con la rodilla bajo el estómago dejándolo sin respiración. Luego corrió. Escuchaba como él la perseguía chocando contra las ramas y raíces. Sabía lo que intentaba, evitar que ella llegase a la plaza. Notó su aliento en la nuca y ambos rodaron hasta salir de la espesura. Pronto decenas de rostros los rodeaban espantados. Se apartó e intentó refugiarse en los brazos de su padre pero este la rechazó. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho hijo? Las voces se mezclaban unas con otras. ―Me atacó ―dijo ella exasperada. ¿Por qué permanecían todos tan quietos? ¿Por qué no la ayudaban? ―Yo jamás haría algo así ―murmuró Nathaniel con expresión atormentada― la vi entrar en el bosque y fui tras ella para evitar que le ocurriese nada. ―Se le estranguló la voz.


Parecía tan inocente. ―Se internó en el bosque, no sé que hacía pero cuando me vió me atacó y comenzó a perseguirme, decía que no podía dejarme huir. No lo podía entender. Ella estaba allí de pie sola, con el vestido roto y los brazos y piernas llenos de arañazos por la carrera, y lo escuchaban a él. Ni siquiera se planteaban que lo que estaba diciendo fuese mentira. Ni sus padres. Empezó a costarle respirar. ¿Qué hacía en el bosque? Ella sola ¿qué no quiere que nos cuentes? Mujer ¿tú sabías esto? ―Yo sí ―dijo una voz, era una de las chicas del pueblo. Recordaba que durante la cena hablaba con sus amigas de la ausencia de Nathaniel. Los había estado mirando mientras bailaban― Hace semanas que la veo. Siempre se esconde en el bosque durante la noche y no sale hasta el amanecer. Seguro que hace brujería. La palabra se extendió como la pólvora. Brujería, brujería, brujería. Alguien golpeó su bolsa. Los tarros con los ungüentos curativos que tanto le había costado elaborar y las hierbas cayeron al suelo. Se hizo el silencio. Fuera el bullicio aumentó de forma progresiva. Hacía mucho que las buenas gentes no tenían una noticia tan emocionante.Todo el mundo sabía lo que le hacían a las brujas. Probablemente la quemarían. Era lo más habitual. Si no ardía era que era una bruja y si lo hacía sabrían que era inocente. Curiosamente de las miles de mujeres que llevaban quemadas nunca había oído que una se hubiese salvado. Suspiró de nuevo. Allí no había jueces. Lo decidirían a mayoría. La pregunta es si alguien saldría en su defensa. ¿Lo harían sus padres?, ¿sus hermanos? ¿Su tía?, ¿sus vecinos?, ¿el señor Dickenson?... Escuchó pasos que se acercaban. Sintió ganas de encogerse en el jergón como una niña y cerrar los ojos fingiendo que nada estaba pasando. Pero se puso en pie y con la mirada más desafiante que pudo observó la rendija de la puerta mientras esta se hacía más grande.


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