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RELATOS DE MIEDO ESCRITOS POR EL ALUMNADO DE 2.ºB ESO DESPUÉS DE LA LECTURA EN LA BIBLIOTECA DEL DÍA DE DIFUNTOS (Selección) IES Bajo Cinca - Departamento de Lengua Castellana Fraga. Noviembre, 2011


¿Algo tras la oscuridad? Era ya verano en un pequeño pueblo situado entre las montañas, en medio de un lugar rodeado de verdes bosques que, aunque de día fueran luminosos y acogedores, de noche podían resultar realmente tenebrosos. Puede que el lugar tuviera un pequeño tamaño, pero tenía iglesia, un supermercado, escuela, y, un poco más alejada del resto de las casas, escondida entre los árboles, una pequeña cárcel en la que encerraban a los criminales procedentes de la localidad y alrededores, que curiosamente eran bastantes. Aunque ese dato no era algo que tuviera muy preocupados a los habitantes, pues hacía tiempo que no ocurría ningún crimen por ahí. Así pues, un día no muy caluroso aunque sí soleado de agosto, cinco jóvenes de edades comprendidas entre 13 años que tenía la más joven, Mikaela, y 15 años que tenía el más mayor, Zeus, quedaron para ir de acampada a una leve colina en mitad del extenso bosque, situada no muy lejos tanto de su poblado como de sus casas. Aquella misma tarde, cuando nuestro astro aún alumbraba el claro cielo azul y con la confirmación de sus padres para poder irse, cogieron todos sus tiendas de acampada y sus equipajes, y Natalia, Zeus, Juan y los dos hermanos, Mikaela y Jorge, abandonaron las calles casi desiertas del pueblo para adentrarse en un sendero que les conduciría a su destino. El camino transcurrió tranquilamente entre risas y bromas entre los miembros del grupo mientras la luz todavía alumbraba el bosque. Mas cuando la noche cayó, casi de golpe, sobre la colina, todo se volvió oscuro y tenebroso. El lugar sufrió una transformación total. La oscuridad inundó las tierras, los árboles completamente ahogados en un mar de sombras negras padecían enroscar sus ramas sobre las cabezas de los chicos, montones de animalillos e insectos iniciaron sus siniestros cantos nocturnos, y una ráfaga de viento como surgida de la nada empezó a mecer las copas de tales árboles sombríos, creando un sonido parecido al susurro de los muertos. Fue entonces cuando decidieron montar ya sus tiendas de acampada para dormir ahí mismo esa noche. Hasta media noche, todo transcurrió con normalidad. Los muchachos cenaron alrededor de una hoguera a la vez que contaban historias y cotilleos diversos y se daban sustos entre ellos a modo de broma, actividades que cesaron cuando uno de ellos llamó la atención del resto y propuso una actividad: —¡Ey! ¡Ésta es la oportunidad perfecta! ¿Y si hacemos una prueba de valor? —Propuso Natalia, apartándose con una mano la melena castaña que le cubría el rostro— Quien se atreva a subir a lo más alto de la colina ahora y después volver, trayendo... Por ejemplo una foto que haya hecho desde ahí, para demostrar que ha estado, gana.


Tras aquel comentario, los jóvenes se miraron entre sí, como intentado decidir quién sería el valiente telepáticamente. Mas uno de ellos no tardó en levantarse, sujetando su móvil con cámara, y diciendo: —Si no lo hago yo, no lo va a hacer nadie, así que... —Dijo Zeus con una sonrisa — Esperad aquí a que venga. No tardaré mucho. —Y empezó a alejarse entre los umbríos vegetales. —¡Ten cuidado! —Advertía Mikaela, un tanto preocupada— ¡Que este lugar está muy oscuro y...! —No te esfuerces, ya no te puede escuchar —interrumpió su hermano Jorge—. Te preocupas siempre demasiado. Tranquila, ¡que este pueblo es muy calmado! Además; lleva el móvil. Nos puede llamar si ocurre algo. Y pasó el rato. Durante los primeros veinte minutos, siguieron cenando y hablando alrededor de las cálidas llamas del fuego. Pero cuando ya había pasado más de media hora, la cosa comenzó a ponerse siniestra. Zeus no volvía. —¿Le habrá pasado alguna cosa? —Murmuró Mikaela mordiéndose las uñas con nerviosismo. —N-No digas tonterías —Natalia ya no estaba tan segura de que aquella prueba hubiera sido buena idea—. ¡Pero si la cima está muy cerca! —Ya, y no creo que hubiese tardado nada en darnos un toque o enviarnos un mensaje —Añadió Juan, quien, al igual que sus otros tres amigos, sacó del bolsillo de sus pantalones el teléfono. —Em... Yo el móvil lo tengo apagado... —La ansia de Mikaela por morderse las uñas fue en aumento. Ninguno tenía batería en el móvil, a pesar de haberlos cargado en sus casas. Con un sentimiento de culpabilidad que le hacía sudar y aceleraba los latidos de su corazón, Natalia se levantó, tapándose con sus manos las orejas, dio media vuelta y corriendo salió, adentrándose por completo en la oscuridad de la noche. Y tras ella, en un intento fallido de detenerla, Juan la siguió, quedándose los dos hermanos completamente solos, quienes esperaron ante el frágil fuego hasta que éste se apagó a causa del viento, a que volvieran sus compañeros. Nadie regresó. Pero aquel sentimiento de inseguridad y terror que sintieron ante la inquietante calma que se respiraba en el negro bosque pudo con ellos; abandonaron todo lo que llevaban y salieron corriendo montaña abajo, cogiéndose muy fuerte de las manos. Dicen que aquel día de agosto tan recordado por el sol que brilló en el cielo, fue la última vez que la gente del pueblo vio a esos cinco atrevidos muchachos y que, tras aquella noche, toda persona que osaba salir de la aldea a pie, ya no volvía a entrar. Así pues... ¿Qué ocurrió esa noche? Muchos creyeron en un principio que se trató de espíritus, mas días después del incidente, un impactante artículo de periódico que ocupó la primera página: “Dex Lee, un peligroso recluso demente condenado por el asesinato de los pasajeros de un autobús escolar y el de múltiples cazadores, excursionistas y alpinistas, ha huido de la cárcel tras herir a numerosos carceleros y reclusos, y se ha perdido su rastro tras fugarse por el bosque. Se ruega a los habitantes que intenten no salir de sus casas a menos que sea necesario. Pueden correr un grave peligro...”

Ingrid Arbiol, 2ºB


El sueño maldito Anduve con paso firme pero suave por miedo a hacer crujir la madera bajo mis pies. La vela que llevaba a mi derecha estaba derramando la cera ardiente y líquida por mi mano pero ni me enteraba porque estaba pendiente de la persona que no debía estar en la casa pero si que estaba. De pronto noté una respiración a la altura de mi cuello. Me gire y… Me desperté de sopetón en mi cama empapado de sudor. Había vuelto a tener esa horrible pesadilla otra vez. Ya era la sexta vez en lo que iba de semana. Mi madre me dijo que me levantara, que sino llegaríamos tarde por mi culpa. En ese mismo instante me acordé de que hoy era el día en que nos íbamos toda mi familia a un hotelito aislado de la montaña. Yo no tenía muchas ganas, pero mis padres no me querían dejar solo en casa todo el fin de semana. Nada más llegar a la entrada de la casa nos recibió la dueña que dijo que, en cuanto nos acomodáramos, se iría a dormir al pueblo porque tenía que ir a cuidar a sus nietos. Al cruzar la puerta me dio un escalofrió, pero pensé que habría sido el viento frio. Mi hermana pequeña y yo nos cogimos la habitación juntos porque ella tenía mucho miedo. Mi hermana mayor y su novio cogieron una habitación al lado nuestro. A mis padres les tocó una habitación del segundo piso. Me desperté en la cama a media noche. Tenía la boca seca así que fui a la cocina para cogerme un vaso de agua. Cuando ya me iba a la habitación oí unos ruido raros del segundo piso. Subí las escaleras temblando. Cuando llegué arriba fui directamente a la habitación de mis padres y allí vi la peor imagen que podía haber visto. Estaban mis padres desnudos y clavados en la pared de manos y piernas. No tenían corazón se los habían arrancado con la mano y los habían dejado encima de la cama. Sabía que ya no podía hacer nada por ellos así que lo que ahora importaba eran mis hermanas. En la habitación de mi hermana mayor la imagen no fue mucho mejor. Estaba ella y su novio tumbados en la cama y con un cuchillo en el corazón. Fui a buscar a mi hermana pequeña. Pero no estaba. No había nadie. Me volvía a encontrar como al principio, solo en un oscuro y frío pasillo. El sueño se hacía realidad en casa paso, a cada segundo. De pronto, otra vez la respiración . Me giré y no pude ver a mi atacante porque me clavo un hacha en el pecho. Lo único que escuche fue “ Descansa en paz, hermanito”

Alejandro Cabrera, 2º1 B


Un día, al anochecer, cuando volvía a casa noté que alguien o algo me seguía, porque notaba los pasos de unas botas de montaña que se acercaba a mi, sentía que una sombra se aproximaba, pero no quería mirarme hacia atrás.

Mi corazón se encogió, notaba los latidos en la garganta que sonaban como un tambor en mis oídos, me faltaba la respiración, mi cuerpo se entumecía, mis piernas se paralizaban y cada vez, andaba más lenta y la sombra más deprisa. Mi cerebro me decía: “¡corre!”. Fue una situación angustiosa.

Al llegar al portal de mi casa busqué en los bolsillos de los pantalones y no encontré las llaves. Estaba tan nerviosa que me temblaba todo el cuerpo. Me caí al suelo porque las piernas me fallaron, estiré el brazo, llamé al portero unas cuantas veces. Nadie me contestó.

Por fin, encontré las llaves en mi chaqueta pero mis nervios me impedían acertar en la cerradura. De repente, se apagaron las luces del pueblo, tuve que coger el móvil para poder ver algo. Empecé a gritar y por fin, mi madre me abrió, tardó un poco porque estaba en el piso de arriba.

Ya dentro, miré por el cristal de la puerta. Lo que tanto me había asustado era un gran gato de angora, con la cola levantada, sus ojos verdes y su pelo negro como la noche. Abrí la puerta y asusté yo al gato por haberme hecho pasar tanto miedo, se fue corriendo y al subir a casa, sentada en el sofá, empecé a pensar en la situación vivida, me pregunté; ¿Cómo puede ser que mi cerebro me juegue estas pasadas?,¿Cómo puedo haber oído el ruido que provoca el pisar de unas botas de montaña?,¿Fue mi cerebro el que me produjo el miedo o de verdad había alguien allí que me seguía…?

Judit Padilla, 2º B


La Ouija Nos cogimos todos de las manos, y, tanto ellos como yo, no sabíamos la tragedia que se nos esperaba. Era de noche. Nosotras cuatro nos decidimos a llamar a la muerte, decidimos a hacer la ouija. Hicimos un círculo. Yo estaba en medio de María y de Iván , y, en frente tenía a Ángel. En el centro pusimos la tabla de ouija con un vaso. El silencio se la noche cada vez se hacía más tenebroso. Ángel puso el dedo encima, y empezó a preguntar: -¿Hay alguien ahí? Si es así, haz una señal.- De repente, la puerta del cementerio se cerró de un golpe y el vaso de Ángel se movió hasta donde ponía un SÍ. -¿Cómo te llamas?-Preguntó Ángel. El vaso se movió y marcó estas cinco letras: J-U-L-I-A. Se llamaba Julia. A María se le puso cara de sorpresa. -¿Qué te pasa?-Le preguntamos. -Nada, nada.Entonces, el vaso se movió y nos avisó: “Toda la gente que ha hablado con migo la he tenido que matar”. Un escalofrío nos recorrió todo el cuerpo. -¿Y por qué los matas? Tardó en contestar, pero por fin hablo: “Os voy a matar”. Al acabar la frase puso un punto. Sólo ponen punto cuando han acabado de hablar y no dirán nada más. Nos entró el pánico a todos y nos pusimos a correr. María estaba llorando, estaba tan nerviosa y asustada que no le salían las palabras.


-¡Porque os he tenido que hacer caso! sí, a mí me dan miedo los fantasmas. Ahora, por vuestra culpa, nos van a matar a todos-Dije en voz alta mientras buscábamos una salida. Cuando miré a mi alrededor, no había nadie. Por unos momentos pensé que se habían escondido para darme un susto, pero no creía que tuvieran muchas ganas de gastarme una broma en un momento como ese. -Carol, aquí. Hay una salida-Era Iván, que gracias a María, había encontrado la salida. -Dile a Ángel que venga.- me dijo. -Aquí no está, hace un momento estaba con voso... -¡Aaaaah! ¡Puuumm!-Escuchamos un grito desesperado. Era Ángel. Después oímos un ruido como si se hubiera caído la pared. Aún nos entró más miedo y más ganas de encontrar la salida. ¡La encontramos, por fin! Salimos corriendo del cementerio, todos en la misma dirección, sin mirar atrás, sabiendo que si no nos dábamos prisa, nosotros seriamos los siguientes en morir. Después esa noche, no volvimos a ver a Ángel.

Andrea Sánchez Alcolea, 2ºB


Era una noche fría de invierno , César y sus padres estaban tomando helado junto a la chimenea , también estaba junto a ellos Puske , su gato. Cuando acabaron el helado, sonó el teléfono. No esperaban ninguna llamada a esas horas y se sobresaltaron bastante. César cogió el teléfono y una voz, grave y desconocida para él, le preguntó si estaban sus padres, algo desconcertado, les pasó el teléfono . Estaba muy nervioso ya que quería saber qué era tan importante que él no podía escuchar. Al final la llamada había sido para invitar a sus padres a una cena la próxima noche. A la noche siguiente los padres de César se fueron a cenar y le dejaron con una canguro algo sorda que se llamaba Sofía y tenía 37 años. César se fue a la cama justo después de cenar y, al acostarse, empezaron a oírse rayos y gotas de lluvia. Había empezado una gran tormenta . El chico oyó cómo algo o alguien golpeaba la ventana con fuerza y cómo algún ser le observaba atentamente desde una esquina de su habitación. César se tapó con fuerza hasta arriba, pero algo le estiraba bruscamente la sábana. La tormenta cesó. El chico sacó fuerzas de donde no las había y encendió la luz. Se llevó una gran sorpresa , lo que golpeaba la rama no era más que una simple rama y lo que le miraba y le estibara la sabana era su gato Puske, tan asustado como él . César, ya más tranquilo, fue a beber una vaso de agua. Entonces, se fijó que Sofía , la niñera, estaba en el sofá , tumbada y sin responder a su llamada. El miedo volvió a entrar en el cuerpo de César. Muy angustiado, le estiró del brazo. Sofía despertó, ella solo estaba echando una cabezada ya que eran las 0:25 de la madrugada. El chico se dio cuenta de que como las otras veces, el miedo le había jugado una muy mala pasada y que todo lo que el creía ver y oír solo era producto de su imaginación. Al final, Sofía le preparó una natilla a César y esperaron juntos a los padres del chico Oscar Millán, 2ºB


¿Algo tras la oscuridad? Era ya verano en un pequeño pueblo situado entre las montañas, en medio de un lugar rodeado de verdes bosques que, aunque de día fueran luminosos y acogedores, de noche podían resultar realmente tenebrosos. Puede que el lugar tuviera un pequeño tamaño, pero tenía iglesia, un supermercado, escuela, y, un poco más alejada del resto de las casas, escondida entre los árboles, una pequeña cárcel en la que encerraban a los criminales procedentes de la localidad y alrededores, que curiosamente eran bastantes. Aunque ese dato no era algo que tuviera muy preocupados a los habitantes, pues hacía tiempo que no ocurría ningún crimen por ahí. Así pues, un día no muy caluroso aunque sí soleado de agosto, cinco jóvenes de edades comprendidas entre 13 años que tenía la más joven, Mikaela, y 15 años que tenía el más mayor, Zeus, quedaron para ir de acampada a una leve colina en mitad del extenso bosque, situada no muy lejos tanto de su poblado como de sus casas. Aquella misma tarde, cuando nuestro astro aún alumbraba el claro cielo azul y con la confirmación de sus padres para poder irse, cogieron todos sus tiendas de acampada y sus equipajes, y Natalia, Zeus, Juan y los dos hermanos, Mikaela y Jorge, abandonaron las calles casi desiertas del pueblo para adentrarse en un sendero que les conduciría a su destino. El camino transcurrió tranquilamente entre risas y bromas entre los miembros del grupo mientras la luz todavía alumbraba el bosque. Mas cuando la noche cayó, casi de golpe, sobre la colina, todo se volvió oscuro y tenebroso. El lugar sufrió una transformación total. La oscuridad inundó las tierras, los árboles completamente ahogados en un mar de sombras negras padecían enroscar sus ramas sobre las cabezas de los chicos, montones de animalillos e insectos iniciaron sus siniestros cantos nocturnos, y una ráfaga de viento como surgida de la nada empezó a mecer las copas de tales árboles sombríos, creando un sonido parecido al susurro de los muertos. Fue entonces cuando decidieron montar ya sus tiendas de acampada para dormir ahí mismo esa noche. Hasta media noche, todo transcurrió con normalidad. Los muchachos cenaron alrededor de una hoguera a la vez que contaban historias y cotilleos diversos y se daban sustos entre ellos a modo de broma, actividades que cesaron cuando uno de ellos llamó la atención del resto y propuso una actividad: —¡Ey! ¡Ésta es la oportunidad perfecta! ¿Y si hacemos una prueba de valor? —Propuso Natalia, apartándose con una mano la melena castaña que le cubría el rostro— Quien se atreva a subir a lo más alto de la colina ahora y después volver, trayendo... Por ejemplo una foto que haya hecho desde ahí, para demostrar que ha estado, gana.


Tras aquel comentario, los jóvenes se miraron entre sí, como intentado decidir quién sería el valiente telepáticamente. Mas uno de ellos no tardó en levantarse, sujetando su móvil con cámara, y diciendo: —Si no lo hago yo, no lo va a hacer nadie, así que... —Dijo Zeus con una sonrisa — Esperad aquí a que venga. No tardaré mucho. —Y empezó a alejarse entre los umbríos vegetales. —¡Ten cuidado! —Advertía Mikaela, un tanto preocupada— ¡Que este lugar está muy oscuro y...! —No te esfuerces, ya no te puede escuchar —interrumpió su hermano Jorge—. Te preocupas siempre demasiado. Tranquila, ¡que este pueblo es muy calmado! Además; lleva el móvil. Nos puede llamar si ocurre algo. Y pasó el rato. Durante los primeros veinte minutos, siguieron cenando y hablando alrededor de las cálidas llamas del fuego. Pero cuando ya había pasado más de media hora, la cosa comenzó a ponerse siniestra. Zeus no volvía. —¿Le habrá pasado alguna cosa? —Murmuró Mikaela mordiéndose las uñas con nerviosismo. —N-No digas tonterías —Natalia ya no estaba tan segura de que aquella prueba hubiera sido buena idea—. ¡Pero si la cima está muy cerca! —Ya, y no creo que hubiese tardado nada en darnos un toque o enviarnos un mensaje —Añadió Juan, quien, al igual que sus otros tres amigos, sacó del bolsillo de sus pantalones el teléfono. —Em... Yo el móvil lo tengo apagado... —La ansia de Mikaela por morderse las uñas fue en aumento. Ninguno tenía batería en el móvil, a pesar de haberlos cargado en sus casas. Con un sentimiento de culpabilidad que le hacía sudar y aceleraba los latidos de su corazón, Natalia se levantó, tapándose con sus manos las orejas, dio media vuelta y corriendo salió, adentrándose por completo en la oscuridad de la noche. Y tras ella, en un intento fallido de detenerla, Juan la siguió, quedándose los dos hermanos completamente solos, quienes esperaron ante el frágil fuego hasta que éste se apagó a causa del viento, a que volvieran sus compañeros. Nadie regresó. Pero aquel sentimiento de inseguridad y terror que sintieron ante la inquietante calma que se respiraba en el negro bosque pudo con ellos; abandonaron todo lo que llevaban y salieron corriendo montaña abajo, cogiéndose muy fuerte de las manos. Dicen que aquel día de agosto tan recordado por el sol que brilló en el cielo, fue la última vez que la gente del pueblo vio a esos cinco atrevidos muchachos y que, tras aquella noche, toda persona que osaba salir de la aldea a pie, ya no volvía a entrar. Así pues... ¿Qué ocurrió esa noche? Muchos creyeron en un principio que se trató de espíritus, mas días después del incidente, un impactante artículo de periódico que ocupó la primera página: “Dex Lee, un peligroso recluso demente condenado por el asesinato de los pasajeros de un autobús escolar y el de múltiples cazadores, excursionistas y alpinistas, ha huido de la cárcel tras herir a numerosos carceleros y reclusos, y se ha perdido su rastro tras fugarse por el bosque. Se ruega a los habitantes que intenten no salir de sus casas a menos que sea necesario. Pueden correr un grave peligro...”

Ingrid Arbiol, 2ºB


El sueño maldito Anduve con paso firme pero suave por miedo a hacer crujir la madera bajo mis pies. La vela que llevaba a mi derecha estaba derramando la cera ardiente y líquida por mi mano pero ni me enteraba porque estaba pendiente de la persona que no debía estar en la casa pero si que estaba. De pronto noté una respiración a la altura de mi cuello. Me gire y… Me desperté de sopetón en mi cama empapado de sudor. Había vuelto a tener esa horrible pesadilla otra vez. Ya era la sexta vez en lo que iba de semana. Mi madre me dijo que me levantara, que sino llegaríamos tarde por mi culpa. En ese mismo instante me acordé de que hoy era el día en que nos íbamos toda mi familia a un hotelito aislado de la montaña. Yo no tenía muchas ganas, pero mis padres no me querían dejar solo en casa todo el fin de semana. Nada más llegar a la entrada de la casa nos recibió la dueña que dijo que, en cuanto nos acomodáramos, se iría a dormir al pueblo porque tenía que ir a cuidar a sus nietos. Al cruzar la puerta me dio un escalofrió, pero pensé que habría sido el viento frio. Mi hermana pequeña y yo nos cogimos la habitación juntos porque ella tenía mucho miedo. Mi hermana mayor y su novio cogieron una habitación al lado nuestro. A mis padres les tocó una habitación del segundo piso. Me desperté en la cama a media noche. Tenía la boca seca así que fui a la cocina para cogerme un vaso de agua. Cuando ya me iba a la habitación oí unos ruido raros del segundo piso. Subí las escaleras temblando. Cuando llegué arriba fui directamente a la habitación de mis padres y allí vi la peor imagen que podía haber visto. Estaban mis padres desnudos y clavados en la pared de manos y piernas. No tenían corazón se los habían arrancado con la mano y los habían dejado encima de la cama. Sabía que ya no podía hacer nada por ellos así que lo que ahora importaba eran mis hermanas. En la habitación de mi hermana mayor la imagen no fue mucho mejor. Estaba ella y su novio tumbados en la cama y con un cuchillo en el corazón. Fui a buscar a mi hermana pequeña. Pero no estaba. No había nadie. Me volvía a encontrar como al principio, solo en un oscuro y frío pasillo. El sueño se hacía realidad en casa paso, a cada segundo. De pronto, otra vez la respiración . Me giré y no pude ver a mi atacante porque me clavo un hacha en el pecho. Lo único que escuche fue “ Descansa en paz, hermanito”

Alejandro Cabrera, 2º1 B


Un día, al anochecer, cuando volvía a casa noté que alguien o algo me seguía, porque notaba los pasos de unas botas de montaña que se acercaba a mi, sentía que una sombra se aproximaba, pero no quería mirarme hacia atrás.

Mi corazón se encogió, notaba los latidos en la garganta que sonaban como un tambor en mis oídos, me faltaba la respiración, mi cuerpo se entumecía, mis piernas se paralizaban y cada vez, andaba más lenta y la sombra más deprisa. Mi cerebro me decía: “¡corre!”. Fue una situación angustiosa.

Al llegar al portal de mi casa busqué en los bolsillos de los pantalones y no encontré las llaves. Estaba tan nerviosa que me temblaba todo el cuerpo. Me caí al suelo porque las piernas me fallaron, estiré el brazo, llamé al portero unas cuantas veces. Nadie me contestó.

Por fin, encontré las llaves en mi chaqueta pero mis nervios me impedían acertar en la cerradura. De repente, se apagaron las luces del pueblo, tuve que coger el móvil para poder ver algo. Empecé a gritar y por fin, mi madre me abrió, tardó un poco porque estaba en el piso de arriba.

Ya dentro, miré por el cristal de la puerta. Lo que tanto me había asustado era un gran gato de angora, con la cola levantada, sus ojos verdes y su pelo negro como la noche. Abrí la puerta y asusté yo al gato por haberme hecho pasar tanto miedo, se fue corriendo y al subir a casa, sentada en el sofá, empecé a pensar en la situación vivida, me pregunté; ¿Cómo puede ser que mi cerebro me juegue estas pasadas?,¿Cómo puedo haber oído el ruido que provoca el pisar de unas botas de montaña?,¿Fue mi cerebro el que me produjo el miedo o de verdad había alguien allí que me seguía…?

Judit Padilla, 2º B


La Ouija Nos cogimos todos de las manos, y, tanto ellos como yo, no sabíamos la tragedia que se nos esperaba. Era de noche. Nosotras cuatro nos decidimos a llamar a la muerte, decidimos a hacer la ouija. Hicimos un círculo. Yo estaba en medio de María y de Iván , y, en frente tenía a Ángel. En el centro pusimos la tabla de ouija con un vaso. El silencio se la noche cada vez se hacía más tenebroso. Ángel puso el dedo encima, y empezó a preguntar: -¿Hay alguien ahí? Si es así, haz una señal.- De repente, la puerta del cementerio se cerró de un golpe y el vaso de Ángel se movió hasta donde ponía un SÍ. -¿Cómo te llamas?-Preguntó Ángel. El vaso se movió y marcó estas cinco letras: J-U-L-I-A. Se llamaba Julia. A María se le puso cara de sorpresa. -¿Qué te pasa?-Le preguntamos. -Nada, nada.Entonces, el vaso se movió y nos avisó: “Toda la gente que ha hablado con migo la he tenido que matar”. Un escalofrío nos recorrió todo el cuerpo. -¿Y por qué los matas? Tardó en contestar, pero por fin hablo: “Os voy a matar”. Al acabar la frase puso un punto. Sólo ponen punto cuando han acabado de hablar y no dirán nada más. Nos entró el pánico a todos y nos pusimos a correr. María estaba llorando, estaba tan nerviosa y asustada que no le salían las palabras.


-¡Porque os he tenido que hacer caso! sí, a mí me dan miedo los fantasmas. Ahora, por vuestra culpa, nos van a matar a todos-Dije en voz alta mientras buscábamos una salida. Cuando miré a mi alrededor, no había nadie. Por unos momentos pensé que se habían escondido para darme un susto, pero no creía que tuvieran muchas ganas de gastarme una broma en un momento como ese. -Carol, aquí. Hay una salida-Era Iván, que gracias a María, había encontrado la salida. -Dile a Ángel que venga.- me dijo. -Aquí no está, hace un momento estaba con voso... -¡Aaaaah! ¡Puuumm!-Escuchamos un grito desesperado. Era Ángel. Después oímos un ruido como si se hubiera caído la pared. Aún nos entró más miedo y más ganas de encontrar la salida. ¡La encontramos, por fin! Salimos corriendo del cementerio, todos en la misma dirección, sin mirar atrás, sabiendo que si no nos dábamos prisa, nosotros seriamos los siguientes en morir. Después esa noche, no volvimos a ver a Ángel.

Andrea Sánchez Alcolea, 2ºB


Era una noche fría de invierno , César y sus padres estaban tomando helado junto a la chimenea , también estaba junto a ellos Puske , su gato. Cuando acabaron el helado, sonó el teléfono. No esperaban ninguna llamada a esas horas y se sobresaltaron bastante. César cogió el teléfono y una voz, grave y desconocida para él, le preguntó si estaban sus padres, algo desconcertado, les pasó el teléfono . Estaba muy nervioso ya que quería saber qué era tan importante que él no podía escuchar. Al final la llamada había sido para invitar a sus padres a una cena la próxima noche. A la noche siguiente los padres de César se fueron a cenar y le dejaron con una canguro algo sorda que se llamaba Sofía y tenía 37 años. César se fue a la cama justo después de cenar y, al acostarse, empezaron a oírse rayos y gotas de lluvia. Había empezado una gran tormenta . El chico oyó cómo algo o alguien golpeaba la ventana con fuerza y cómo algún ser le observaba atentamente desde una esquina de su habitación. César se tapó con fuerza hasta arriba, pero algo le estiraba bruscamente la sábana. La tormenta cesó. El chico sacó fuerzas de donde no las había y encendió la luz. Se llevó una gran sorpresa , lo que golpeaba la rama no era más que una simple rama y lo que le miraba y le estibara la sabana era su gato Puske, tan asustado como él . César, ya más tranquilo, fue a beber una vaso de agua. Entonces, se fijó que Sofía , la niñera, estaba en el sofá , tumbada y sin responder a su llamada. El miedo volvió a entrar en el cuerpo de César. Muy angustiado, le estiró del brazo. Sofía despertó, ella solo estaba echando una cabezada ya que eran las 0:25 de la madrugada. El chico se dio cuenta de que como las otras veces, el miedo le había jugado una muy mala pasada y que todo lo que el creía ver y oír solo era producto de su imaginación. Al final, Sofía le preparó una natilla a César y esperaron juntos a los padres del chico Oscar Millán, 2ºB

folleto miedo 2ºB  

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