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Leer juntos – Institutos. Fraga, 16-10-12

Lecturas

Cinco cuentos… TRANVIA Andrea Bocconi (Italia, 1975-) Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. "Amplia sonrisa, caderas anchas... una madre excelente para mis hijos", pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna. Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía. Dudó. Ella bajó. Se sintió divorciado: "¿Y los niños, con quién van a quedarse?"

EL AMOR

Cesare Zavattini (Italia, 1902-1989)

Me refugié bajo un portal. De la casa de enfrente llegaban las notas de un vals. Cesó la lluvia, y en el balcón de aquella casa apareció una muchacha morena vestida de amarillo. No la veía bien, allá en lo alto; no hubiese podido decir “su nariz sonrosada”, pero me enamoré. Quizá fue por el aguacero, quizá el brillo de las goteras bajo el sol que asomaba otra vez (nos sigue de puntillas alguien que mueve las nubes, suscita clamores en los caminos sólo para que nos empujen donde a él le conviene, pero de modo que se acuse a las nubes y a los clamores). Desde el balcón se le cayó a la muchacha un pañuelo; corrí a recogerlo y entré en el portal escaleras arriba. En lo alto me esperaba la muchacha: —Gracias —me dijo. — ¿Cómo te llamas?— le pregunté, jadeante. —Ana— respondió, y despareció. Le escribí una carta que nunca más he vuelto a escribir en la vida. Al cabo de un año era mi mujer. Somos felices; a menudo viene a vernos María, la hermana de Ana. Se quieren y se parecen mucho. Un día se habló de aquella tarde de verano, de cómo nos habíamos conocido Ana y yo. —Estaba en el balcón—contó María— y, de repente, se me cayó el pañuelo. Ana estaba tocando el piano. Le dije: “Se me ha caído el pañuelo, alguien viene a traérmelo”. Ella, menos tímida que yo, fue a tu encuentro y os conocisteis, lo recuerdo como si fuera ayer; las dos llevábamos un vestido amarillo.


Leer juntos – Institutos. Fraga, 16-10-12

BUCLE Luís Pérez Ortiz (León, 1957-)

Cuando iba a cruzarme con aquella chica sentí la urgencia de inventar algo para hablar con ella. ¿Alicia?, pregunté al llegar a su altura. Tono dubitativo, anticipando que podía tratarse de un error. No me llamo Alicia, dijo. En sus labios una sonrisa esbozada. Por cortesía tan solo, lo sé, pero el gesto la volvía aún más encantadora. Perdona la confusión, pero eres casi idéntica a una compañera de Facultad. Pensé que iba a preguntar qué Facultad, o aclararme cuál era su nombre, o lo que ella había estudiado, pero mantuvo en silencio la sonrisa, dispuesta a reanudar la marcha. Entonces di un giro a la invención. Es que Alicia murió hace años y por eso… por un momento yo… Esta vez hubo impacto. Mientras me deleitaba explorando el ámbar de sus ojos a la vez que improvisaba el drama de Alicia, me preguntaba cómo haría si más adelante nos encontrábamos juntos con antiguos compañeros de la Universidad y ella se interesaba por Alicia. Imaginé a Alicia desde cien ángulos y fijé una infinidad de detalles. Con el tiempo, mi novia de ojos ambarinos y yo nos encontramos con viejos compañeros universitarios. Al surgir la pregunta por Alicia, mis descripciones y relatos eran tan vívidos, tan verosímiles, que los compañeros acababan corroborándolos como recuerdos vagamente comunes. Fue el comienzo de una compleja e incesante maquinación, sin posible marcha atrás. Para tener cubiertos cuantos interrogantes pudieran surgir, había construido en mi mente una casa natal para Alicia, un colegio de monjas, una familia numerosa y una enfermedad trágica, en la que me volví experto. Amo a mi esposa, y la luz ambarina de sus ojos me sigue estremeciendo como aquel primer día. Pero comprendo los celos que al pasar los años han germinado en ella. Porque, es verdad, Alicia me tiene cada día más enganchado.

EL AUTOBÚS Luis Mateo Diez (León, 1942-)

Ella sube al autobús en la misma parada, siempre a la misma hora, y una sonrisa mutua, que ya no recuerdo de cuándo procede, nos une en el viaje trivial, en la monotonía de nuestra costumbre. Se baja en la parada anterior a la mía y otra sonrisa furtiva marca la muda despedida hasta el día siguiente. Cuando algunas veces no coincidimos, soy un ser desgraciado que se interna en la rutina de la mañana como en un bosque oscuro. Entonces el día se desploma hecho pedazos y la noche es una larga y nerviosa vigilia dominada por la sospecha de que acaso no vuelva a verla.


Leer juntos – Institutos. Fraga, 16-10-12

Y ERA DOMINGO Orlando Romano (México, 1972-)

Lluvioso domingo por la tarde. La mujer lavaba los platos cuando oyó la voz tan querida a sus espaldas: —Voy al café, querida. Regreso para la cena. A ella le dolió la brevedad del beso, el sonido de aquellos pasos apagándose en la puerta, le dolieron los labios al preguntarse: —Qué nos pasó...

…y un poema HUELGA Gioconda Belli (Nicaragua, 1948-) Quiero una huelga donde vayamos todos. Una huelga de brazos, piernas, de cabellos, una huelga naciendo en cada cuerpo. Quiero una huelga de obreros de palomas de choferes de flores de técnicos de niños de médicos de mujeres. Quiero una huelga grande, que hasta el amor alcance. Una huelga donde todo se detenga, el reloj las fábricas el plantel los colegios el bus los hospitales la carretera los puertos. Una huelga de ojos, de manos y de besos. Una huelga donde respirar no sea permitido, una huelga donde nazca el silencio para oír los pasos del tirano que se marcha.


121016cuentospoema