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Leer juntos – Institutos Fraga, martes 19-2-13, 21’30 h. en el IES Ramón J. Sender

El amante de Lady Chatterley (1928) David H. Lawrence (Inglaterra, 1885-1930)

Proveniente de familia humilde, estudió en la Beauvale Board School, obteniendo una beca para la Nottingham High School. Tras dejar los estudios, comenzó a trabajar en 1901, trabajó que abandonó por una enfermedad. Entre 1902 y 1906, fue maestro en la British School de Eastwood, iniciándose en la literatura. Marchó a Londres donde se afianzó en su producción literaria, comenzando a tener problemas de censura con sus obras. Durante muchos años fue denostado en su país donde se llegó a considerar su escritura como pornográfica, por la importancia que daba al sexo en sus obras. Tras su muerte, su memoria fue recuperada, ocupando el sitio que merecía por sus cualidades. [Fuente: Lecturalia]

EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY EXISTIÓ La famosa novela de D. H. Lawrence se basaba en su propia vida. El escritor, impotente por la tuberculosis, lanzó a su esposa a los brazos de un italiano y los espió mientras se amaban. Lo descubre Alberto Bevilacqua en un libro que acaba de aparecer. ISABEL PISANO Cuando en 1928 el escritor británico David Herbert Lawrence alumbró El amante de Lady Chatterley, considerada obra maestra de la literatura erótica, la novela escandalizó tanto que fue inmediatamente censurada y secuestrada por obscena, y a su autor le costó la expulsión de Inglaterra y de EEUU. En su propio país no se levantó el veto a su prohibición hasta 1961 sólo en la primera semana de su publicación se vendieron un millón de ejemplares- cuando D. H. Lawrence difícilmente podía saborear el éxito porque llevaba ya tres décadas muerto. Lo que no se sabía aún en aquellos años, y seguro hubiera turbado aún más a la puritana sociedad anglosajona de la época, era que las impúdicas páginas de El amante de Lady Chatterley tenían un trasfondo absolutamente real. Que cuando Lawrence narraba en la


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ficción la historia de una joven, Constance Reid, que se lanzaba a fornicar en los establos con el guardabosques que había contratado su marido porque éste, Sir Clifford Chatterley, había vuelto paralítico e impotente de la Primera Guerra Mundial, estaba escribiendo en realidad la infidelidad de su propia esposa, la noble alemana Frieda Lawrence, con un carabinieri italiano, Angelo Ravagli. Ahora el escritor italiano Alberto Bevilacqua, quien durante años ha seguido la pista del rocambolesco triángulo amoroso, resucita y desvela el verdadero trasfondo de El amante de lady Chatterley en la novela A través de tu cuerpo, publicada en España por Bruguera. Y lo hace basándose en las conversaciones que mantuvo con el propio Angelo Ravagli, el amante ya fallecido, y en las 5.000 cartas que D. H. Lawrence escribió en vida. ENCUENTRO EN ITALIA El joven y apuesto Angelo Ravagli, casado y con tres hijos, se cruzó en la vida del matrimonio Lawrence en 1925. David Herbert y Frieda Lawrence se habían trasladado a vivir a la localidad de Spottorno, en Liguria, una región del noroeste de Italia. Se instalaron primero en una pequeña hostería para enseguida alquilar una Villa, de nombre Bernarda y propiedad de una familiar del futuro amante de Frieda. Así se conocieron y comenzó a fraguarse un extravagante relación entre los tres. Buscando la verdad, el escritor Alberto Bevilacqua viajó hasta Spottorno y se encontró con que la casa donde habían vivido los Lawrence estaba a punto de ser vendida y derruida. Logró dar también dar con Ravagli y comenzó a tejer los mimbres de A través de tu cuerpo. Cuando Lawrence llegó a Spottorno, con 30 años, la tuberculosis había hecho ya estragos en su salud y lo había dejado, como al paralítico personaje de su novela, incapacitado para mantener relaciones sexuales. Además, el autor había entrado en una profunda crisis creativa y había perdido la pasión por escribir. Según cuenta Bevilacqua, fue el propio Lawrence quien, abrumado por la imposibilidad de colmar los deseos más carnales de su esposa, lanzó a Frieda en brazos del carabinieri. «Imaginemos lo que significa una mujer en su plenitud con un marido que se convierte en impotente, ella no puede soportarlo, pero él tampoco», explica Bevilacqua a CRONICA. «David sugiere a su mujer la idea de practicar con Angelo la búsqueda del Nirvana. El diseño de Lawrence es lúcido: cuando él ya no puede satisfacer a Frieda se busca un doble», añade. EL MARIDO VOYEUR Es así como D. H Lawrence se convierte en un voyeur. Espía a su esposa y al amante mientras éstos dan rienda suelta a la fogosidad que él ya no tiene. El marido mirón recupera enseguida los bríos de la prosa igualmente extraviada. De las escenas robadas a los amantes y de los relatos de Frieda obtiene la inspiración que le faltaba. Comienzan a nacer así las primeras líneas de la hoy celebrada El amante de lady Chatterley, novela que en 1981 sería llevada al cine con el mismo título y protagonizada por la holandesa Silvia Krystel, estrella del erotismo mundialmente conocida por Emmanuelle. Mientras Lawrence miraba sin ser visto, el joven Angelo, sostiene Bevilacqua en su libro, era consciente de que sus ojos del marido traicionado se posaban sobre sus cuerpos cuando yacía con Frieda. «Lo sabía muy bien. Cuando lo comprendió comenzó a secundar al escritor con veneración. Notaba que éste, en la última parte de su vida, tenía necesidad de tener sexo aunque fuera a través de quien más amaba. Sabía que David se escondía para verlos y escuchar lo que decían», dice Bevilacqua, quien llega a afirmar que Lawrence incluso le ordenaba a Frieda lo que debía hacer con el carabinieri.


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La verdadera relación entre los dos hombres, marido y amante de la misma mujer, tampoco está muy clara. Las palabras que el propio Lawrence le dedicó a Angelo dan pie a una ambigüedad sexual un tanto confusa. En uno de sus escritos, por ejemplo, dice de Angelo: «Su cuerpo era perfecto para encerrar mi psiquis de sexo mental. Basta ver como él porta su cuerpo, como camina delante de mí. Es su mente la que lo impuso a caminar y aparentar y yo amo su mente». Según cuenta Bevilacqua, Lawrence solía seguir a Angelo: «En sus cartas describe como lo vigila, como se sentía atraído por él porque lo sentía como su doble», explica. A través de tu cuerpo descubre además que pese a que el marido era el impulsor y consentidor del amancebamiento, hacía que su esposa pagara por ello. La insultaba, la amenazaba con un cuchillo y la maltrataba brutalmente para hacerle expiar la traición. Tal vez porque sabía que la infidelidad era inevitable y prefería dirigirla para sentirse menos humillado, menos prescindible como hombre y como marido. El propio Angelo Ravagli fue en ocasiones testigo de esas escenas violentas y degradantes para todos. El extraño trío se separa cuando la tuberculosis comienza a minar los frágiles pulmones de David y el matrimonio abandona la villa de Spottorno y se traslada a la Costa Azul francesa en busca de un clima más benigno que palíe los efectos de la enfermedad. Las últimas palabras que Lawrence le dedica a Angelo a modo de despedida son bastante elocuentes acerca de lo que ha sucedido en los dominios de Villa Bernarda: «A través de tu cuerpo, amigo mío, he encontrado la última vida del mío; a través de tu cuerpo, Frieda, he encontrado el último esplendor de los sentidos que tú has vivido a través del cuerpo de Angelo; y a través de mi cuerpo, vosotros habéis dado a los vuestros el sentido de un Dios que, si se lo pedimos, adquiere sustancia en el todo que es deseo de amor», dice antes de marchar a Francia. PALABRAS PREMONITORIAS Lawrence, que por entonces debía adivinar ya la cercanía de su muerte, deja escritas también unas palabras premonitorias: «Los dos se marcharán juntos y vivirán en un país extranjero». Y así fue. Tras el fallecimiento del autor de El amante de lady Chatterley -el 2 de marzo de 1930 en Vence, Francia, a los 45 años de edad-, Angelo se divorció de su primera mujer, Serafina Astengo, para poder casarse con Frieda. La pareja se unió en EEUU y se trasladó después a México. Pero ni siquiera la muerte separó al trío. Así lo cuenta Alberto Bevilacqua en la novela: «Después de la muerte de Lawrence, Angelo se marchó a la Costa Azul donde el escritor inglés y Frieda habían vivido. Hizo exhumar el cuerpo de David, cogió sus cenizas y volvió a atravesar el océano para llevarlo a la nueva casa del matrimonio en México. Ellos continuaban amándose, mirando las cenizas de Lawrence colocadas en un sagrario y hablándole. De este modo podían probar el fuego, el ascenso de la pasión que habían encontrado». D. H. Lawrence, nacido el 11 de septiembre de 1885 en la localidad inglesa de Eastwood, había heredado la vena literaria de su madre, una maestra culta y fiel a los libros muy opuesta al padre, un minero casi analfabeto y enfermizamente dado al alcohol. La diferencia cultural entre sus padres marcó la psicología de Lawrence, quien desde su niñez asistió a los habituales enfrentamientos de sus progenitores en casa. De la madre aprendió a pintar y a escribir. Su relación con las mujeres estuvo siempre condicionada por el omnipresente modelo de la madre, a quien Lawrence ayudó en sus


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últimos días de vida facilitándole una dosis mortal de somníferos que puso fin al atroz sufrimiento que le producía el cáncer. Desde muy pequeño Lawrence entendió que cultivarse intelectualmente era probablemente el único camino que le permitiría fugarse de aquel infierno de minas de carbón y de la clase a la que pertenecía, donde los hombres eran poco menos que esclavos. Por eso se preparó a conciencia y fue consiguiendo una beca tras otra hasta que llegó a la universidad de Nottingham, que abandonaría para publicar sus primeros textos e impartir clases. Pese a su empeño por huir del mísero mundo donde había nacido, Lawrence no se olvidó de sus orígenes y quiso ayudar a los hijos de los mineros enseñándoles a leer y a escribir. Con 27 años, cuando acababa de publicar su primera novela, El pavo real blanco (1911) y comenzaba a dar conferencias, conoció a la baronesa Frieda, prima hermana del famoso piloto Manfred Von Richtofhen, el barón Rojo. Frieda estaba casada entonces con Ernest Weekley, un profesor que había dado clases de francés a Lawrence y que consideraba a éste prácticamente como un hijo. Enamorándose de su esposa, David le infería la peor de las traiciones. «Es estupenda. Es la mujer más bella que he visto jamás. ¡Es la mujer de una vida!», se atrevió Lawrence a escribirle a un amigo. El incipiente escritor, que había tenido hasta entonces una intensa actividad sentimental, tardó poco en romper su compromiso matrimonial con Louisa Burrows. Su atractivo físico debió de ser un irresistible imán para la noble alemana, quien también abandonó a su marido y a sus tres hijos para seguirle dos meses más tarde. Los jóvenes amantes se dedicaron a viajar y lograron casarse después del traumático divorcio de Frieda en 1914. ARDER EN LA HOGUERA No lograron, en cambio, evitar el escándalo de El arco iris (1915), novela que fue prohibida en el Reino Unido debido a su elocuente descripción del amor físico. Por aquellas fechas David también es sometido a un proceso de la extrema derecha, y, tras ser condenado por inmoralidad, toda su obra pictórica -también pintó- fue enviada a la hoguera. Eran los precedentes de lo que sucedería después con El amante de lady Chatterley, su novela más escandalosa. Frieda no tuvo hijos con Lawrence y tampoco con Angelo. Pero al matrimonio con este último aportó una hija de su primer enlace con el profesor de francés. Bevilacqua cuenta que la niña siendo adolescente se insinuó repetidamente a su padrastro pero nunca consiguió que el carabinieri traicionara a Frieda. Angelo estuvo a su lado hasta su muerte, pero cuando le faltó, tras tres décadas de relación, volvió a Italia ya envejecido y buscó a la mujer a la que había abandonado, madre de sus tres hijos. Ésta lo había esperado siempre con la certeza de que el tiempo, aunque tarde, pone cada cosa en su sitio. «Si para ti está bien, bien», le dijo cuando Angelo apareció pidiendo la reconciliación. «A través de tu cuerpo», de Alberto Bevilacqua ha sido publicado recientemente por la editorial Bruguera

http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2006/579/1165100405.html Domingo, 3 de diciembre de 2006, número 579

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