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Leer juntos – Institutos, Fraga 8-3-12 a las 21’30 h., en el IES Ramón J. Sender

Francesc Serés i Guillén Contes russos= Saidí, Baix Cinca Cuentos rusos 1972 2009

Llicenciat en belles arts i antropologia social i cultural, fou professor d'història de l'art antic i medieval a la Universitat Pompeu Fabra. Exerceix de professor de català, feina que compagina amb l'activitat d'escriptor. Inicià la seva tasca creativa en el camp de la pintura i la fotografia, disciplines que no ha abandonat mai. Ha publicat Els ventres de la terra (2000), L'arbre sense tronc (2001), Una llengua de plom (2002), recollits en la trilogia De fems i de marbres (2003), La força de la gravetat (2006, premi Ciutat de Lleida 2005 i premi Nacional de Cultura i premi Crítica Serra d'Or de Narrativa 2007), La matèria primera (2007), la trilogia dramàtica Caure amunt. Muntaner, Llull, Roig (2008) i el recull de narracions Contes russos (2009, premi Ciutat de Barcelona i premi de la Crítica de l'Associació Espanyola de Crítics Literaris 2010). Col·laborador de la revista d'història i cultura 'L'Avenç'. El 2010 publicà la narració juvenil El viatge d'A i s'estrena l'obra teatral No Som Res.

http://www.enciclopedia.cat/fitxa_v2.jsp?NDCHEC=0279813&SFR=1 Enciclopedia Catalana


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Contes rusos=Cuentos rusos Empecemos por destacar la originalidad de estos veintiún relatos breves presentados por Francesc Serés (Zaidín -Huesca-, 1972) como una antología de cuentistas rusos -cinco, en total- nacidos entre 1891 y 1967. Los textos de cada uno de ellos van precedidos de una breve nota biográfica y literaria, y el volumen incorpora, además, un prólogo de la traductora, Anastasia Maxímovna, y unas observaciones sobre la génesis de la obra debidas a Francesc Serés. Pero todo ello es una completa ficción: no existen esos autores, ni esa traductora, ni el Francesc Serés que viaja a Rusia o conoce a la traductora en Praga se corresponde con el Serés real que ha urdido la obra y figura como autor en su cubierta. Textos y elementos paratextuales, todo, en fin, desde la cruz hasta la fecha pertenece al terreno de la ficción. La idea de crear unos textos y atribuirlos a ciertos autores inexistentes de los que se ofrecen datos biográficos hará pensar inmediatamente en el juego de los heterónimos y en autores como Fernando Pessoa. No habría que olvidar, sin embargo, experimentos como el de las Vidas imaginarias (1896), de Marcel Schwob, sucintas biografías en las que, incluso cuando se centran en sujetos reales, la ficción suplanta a la realidad. Y, más cerca aún de nosotros, aquellos “doce poetas que pudieron existir” del Cancionero apócrifo que creó Antonio Machado -y que en realidad son catorce-, cada uno de ellos con su nombre, algunos datos y una representación mínima de sus textos. Una dilatada tradición, con textos deliberadamente embaucadores, que incluye nombres como el de Jorge Luis Borges, respalda, pues, el planteamiento de estos Cuentos rusos, donde tampoco se ha pretendido parodiar estilos narrativos ni nada que sugiera experimentos como el de las Seis falsas novelas, de Ramón Gómez de la Serna. Aunque los personajes y las acciones se sitúan en Rusia, e incluso hay en ellos referencias explícitas a sucesos de la historia rusa, desde la revolución bolchevique hasta la descomposición de la URSS, lo cierto es que todo sería transferible a otros lugares y otros momentos históricos, y que en el hallazgo de situaciones o conflictos universales reside lo más valioso de estos relatos. Un cuento como “La vida pequeña en la M-18”, delicadísimo esbozo de un amor infantil, podría situarse en cualquier marco geográfico. Y lo mismo puede afirmarse, por otras razones, en “El camino ruso”, donde la inutilidad de la revolución política y sus sacrificios se manifiesta en el hecho de que los mismos privilegiados de antaño continúan dominando la sociedad, tras un cómodo abandono aparente de sus antiguos principios. Aquí, ni el tiempo ni la historia cambian nada esencial. Los amores primeros sobreviven por encima de las circunstancias (como en “La casa de muñecas rusas” o “La campesina y el mecánico”) y las despóticas costumbres del señor feudal se reproducen en los nietos de aquellos que sufrieron sus humillaciones (“Los gemelos”). La variedad de los cuentos permite esbozar varios motivos posibles. En “Teatro de sombras” asistimos a la práctica de ciertos usos encaminados a falsificar la historia y tergiversar sus restos documentales. “La guerra contra los voromianos” es una fábula a escala reducida de la persecución de las minorías, y “La última cena de Serguéi Aleksandr” tiene mucho de parábola acerca del poder sustentador del relato y de la ficción, sobre el fondo doble -exclusivamente literario- de las predicaciones evangélicas y del artificio narrativo de Sheherezade en las Mil y una noches. Frente a la antología convencional, donde el compilador nos impone unos textos que antes se le han impuesto a él, ésta de Serés -excelente en invención y escritura- da un paso adelante: la ficción no se halla sólo en los textos, sino que alcanza al compilador y a la traductora, tan ficcionalizados como el resto. Es el triunfo de la literatura como mecanismo ideal para crear mundos autónomos. Libro recomendable, sin duda. http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/29150/Cuentos_rusos Ricardo Senabre | Publicado el 06/05/2011


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Quién soy y por qué escribo Hace muchos años, la Fira de Sant Miquel marcaba el cambio del ciclo anual. Terminaba septiembre, casi no quedaba fruta, se apagaba el verano terrible y empezaba el colegio. Ni Navidad ni Nochevieja eran fechas relevantes, en Saidí. Las fiestas de Pilar de Fraga se reducían a atracciones que me asustaban. Las de Saidí, por conocidas, incluso extrañas. Para mí, no había nada comparable a la Fira de Sant Miquel, todo lo que podía haber en el mundo llegaba junto a los Camps Elisis. "Camps Elisis" sonaba trascendente antes de que supiera la palabra trascendente. A veces iba el viernes, el sábado y el domingo. Cuando llegaba San Miguel se tenía que aprovechar, en Saidí tampoco había mucho más para ver. Iba con los de casa, con familiares o con los padres de algún amigo. Diría que eran los días más felices del año. Los niños saltábamos de cabina en cabina toda la tarde, de un coche a una furgoneta, tractores, camiones, excavadoras y volver a casa con bolsas de publicidad, los bolsillos llenos de globos, caramelos y llaveros. También había los que, cuando llegaban a Saidí, enseñaban algún trofeo: los tapones de las válvulas de las ruedas o de alguna entrada de aceite, encendedores de coches y tractores o cualquier pieza que se pudiera sacar y esconder fácilmente, como el pomo de las marchas. Una vez fui con Bernat y su padre. Somos de la misma quinta, con Bernat, pero hasta que no nos hicimos grandes él siempre hizo dos de mí. Fuimos de un pabellón a otro, encontramos otros niños de Saidí y nos llenamos de la fruta que nos daban porque se echaba a perder en los expositores. Jugamos toda la tarde, nos lo pasamos tan bien que cuando llegamos al coche estábamos reventados. Allí, me enseñó todo lo que llevaba en los bolsillos, encendedores y tapones como los que habíamos visto el día anterior a otros niños. Recuerdo todos los detalles, los tapones y los encendedores, el coche de su padre, el lugar donde paramos y que ahora ya no existe porque han ensanchado la nacional, el chillido del frenazo seco y cómo su padre dio un rodeo para entrar en un camino. Estaba fuera de sí. ¿De dónde lo había sacado, eso? Su padre lo cogió todo, bajó la ventanilla y lo tiró. "Ladrón!", le gritó. Bernat se meó encima y mojó el asiento, pero su padre ni siquiera se lo recriminó, como si se esperara a llegar a casa. Estaba yo, que miraba y callaba: no tenía ánimo de decir nada, no se me ocurría nada para defenderlo. Cuando llegué a casa dije que me dolía la barriga y me fui a dormir. Al día siguiente, Bernat me enseñó marcas, líneas rojas en los muslos y en la espalda, algún moratón, las marcas del cinturón. Había gente que lo sabía, en el pueblo, pero nadie dijo nunca nada. Yo lo viví siempre más, aquello, cambié la manera de mirar a su padre, a él, a su familia... No volví a subir a su casa. Casi había olvidado esta historia, pero hace poco volví a Saidí y vi el hijo de Bernat con todo de moratones a las piernas. Cómo se los hizo no lo sé, quizás todo el mundo está al corriente, pero nadie dice nada. Quizás se los hizo jugando. No lo sabré nunca. Han pasado casi treinta años, desde los primeros moratones, y he encontrado situaciones similares en decenas de libros y películas. Cuando me piden por qué escribo me vienen a la cabeza argumentos como este, que conoce todo el mundo y, a la vez, no conoce nadie; que se han escrito miles de veces antes y que todavía se pueden volver a escribir; que han pasado y que volverán a pasar; que son lo que parecen y, a la vez, mucho más de lo que son; pero sobre todo, que hacen que nos pidamos qué hay detrás de lo que nos parece evidente, que hacen que nos pidamos cuál es la historia que hay detrás de los moratones del hijo de Bernat. ¿Por qué escribo?


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Me parece que la respuesta está en algún lugar del trayecto que va de los libros a las vivencias, pero, la verdad, todo lo que encuentro son aproximaciones y no sé si sabría responder sin escribir otra vez un texto que también pida una explicación. Intenté aproximarme a todos estos terrenos en mis primeros libros, en Els ventres de la terra, en L'arbre sense tronc y en Una llengua de plom. Con el qué y el cómo también tenía que ir el por qué. ¿Lo conseguí? Es difícil decirlo, sí y no, la foto siempre es parcial, borrosa y desenfocada. Mía, a pesar de todo. Cuando me piden quién soy, tampoco sé encontrar una respuesta definida que vaya más allá de lo que se podría encontrar en cualquier documento oficial o de los tópicos de un currículum. Sé de donde vengo, eso sí. Entre otros lugares, de Saidí, del recorrido que va de Saidí a Lleida, de Lleida a Barcelona, de Barcelona a Balenyà y, de aquí, a Olot y a Sellent. Cuesta mucho definir quién se es porque no se es sólo de una manera, los lugares y los tiempos modifican de una u otra forma la dirección de los acontecimientos y de los pensamientos. El segundo tramo de libros que he escrito y que todavía no he terminado se sitúa precisamente aquí. Los personajes que aparecen en La força de la gravetat o La matèria primera los he ido encontrando en lugares similares a los que he vivido, he escuchado sus historias, he trabajado sus argumentos y he recorrido sus escenarios. Ahora que todavía trabajo en Els camps de força, un libro cuyo escenario se establece entre Saidí y Alcarràs, pienso que ya no soy el mismo que escribió Els ventres de la terra. Los libros comparten escenario e incluso, un poco, el tiempo. Lo que ya no es el mismo es el autor. Mientras me pregunto cómo lo tengo que hacer para acabar este último libro, he escrito teatro y unos cuentos, los Contes russos, cuya acción tiene lugar, como indica el título, en Rusia. En cuanto al teatro, en Caure amunt, hablaba de un yo que es nosotros y de un pasado que muy bien puede ser presente. En los cuentos, de la vida de unas personas pequeñas de un país muy grande que no sé hasta qué punto podrían ser las vidas de grandes personas en un país pequeño. Me parece que no me he alejado nunca mucho de los moratones de Bernat ni de la curva donde frenó su padre. Cuando iba a la Fira de Sant Miquel intentaba encontrar los expositores extranjeros, los checos de la Zetor, la fruta de Emilia Romagna o los kiwis -entonces un exotismo- de Nueva Zelanda. El mundo se ha hecho más grande y también más próximo, el tiempo más rápido y el futuro se ha vuelto más incierto: han pasado y he pasado casi treinta años. Me parece que escribir es poseer y compartir alguno de los trofeos que el mundo te deja arrancar. Poca cosa, los tapones de las válvulas, algunos encendedores o el pomo de las marchas. A cambio, siempre hay algún moratón.

http://www.lletra.com/es/autor/francesc-seres/detalle Francesc Serés


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