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PARA DON QUIJOTE luis ledo


Catálogo Exposición Bibliográfica

PARA DON QUIJOTE Luis Ledo

© Los autores © Biblioteca de Extremadura Plaza de Ibn Marwan, s/n 06001 Badajoz Teléfono 924 014 484 / 924 01 44 81 biex@gobex.es bibliotecadeextremadura@gobex.es biex.gobex.es www.facebook.com/Biblioteca.Extremadura www.youtube.com/BExtremadura

Diseño: Estudio Manuel Ponce Contreras Impresión: Efezeta Artes Gráficas (Badajoz) Depósito legal: BA-152-2015 ISBN: 978-84-9852-444-4

Este catálogo de la exposición bibliográfica, Para Don Quijote, Luis Ledo, editado por la Biblioteca de Extremadura de la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Extremadura, se suma a los actos conmemorativos del cuatrocientos aniversario de la II parte de El Quijote, conocida como, El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha


PARA DON OUIJOTE luis ledo

� BIBLIOTECA DE EXTREMADURA


TEXTO INSTITUCIONAL


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LUIS LED O Y EL QUIJOTE

Desde que en 1605 se publicara la primera parte y en 1615 la segunda, el Quijote se convirtió en un referente de la novela moderna. De inmediato circularon impresiones de la obra cervantina por varios países de Europa, constituyéndose hasta nuestros días como uno de los mayores éxitos de la industria editorial. Baste citar que la cifra de ediciones que se han sucedido asciende a varios miles, y sólo en lengua castellana alcanza los tres mil la colección que en sección especial dedicada a Cervantes guarda la Biblioteca Nacional. A lo largo de 2015 las letras españolas conmemoran los cuatrocientos años desde que apareciera la segunda parte del Quijote, y la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Extremadura desea sumarse a esta celebración, entre otros actos, con esta muestra organizada por la Biblioteca de Extremadura. Si las primeras ediciones del Quijote se basaron en la tipografía, más tarde comenzó a ilustrarse, iniciándose así una producción iconográfica abundante y variada cuyas recreaciones llegan de manera imparable hasta la actualidad. Las figuras protagonistas del caballero Don Quijote y su escudero Sancho Panza lograron traspasar el papel, y acompañar con su presencia a tapices, naipes, bordados, porcelana, artes plásticas, cine, e incluso, composiciones musicales. Muchos grandes artistas han sentido una atracción especial por dotar de cuerpo y alma, a través de sus interpretaciones plásticas, a estos personajes, siguiendo los preceptos cervantinos basados en la representación de la naturaleza humana y su alcance.

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Tal es el caso del pintor extremeño Luis Ledo, quien desde su admiración e inspiración en la famosa novela, nos aporta en las obras que componen esta muestra, su particular visión del universo quijotesco. Un universo en el que —en palabras del artista— se sumerge en un permanente diálogo a través de interpretaciones en las que priman el color y el movimiento de los pasajes que más le han marcado. Ya en 2014 el pintor Luis Ledo realizó, para su permanencia entre las colecciones de la Biblioteca de Extremadura, una importante donación de obras consistente en dibujos y pinturas con la técnica de la aguada realizados sobre portadas e interiores de libros intervenidos, sin mencionar otras de gran formato, como es el caso de algunos óleos, acuarelas y collages desplegables. Una donación que en 2015 se completa con esta segunda parte que versa sobre la figura del Quijote y que alcanza la totalidad de mil libros. De este modo, la Biblioteca de Extremadura alberga ya un fondo especial de material gráfico que lleva el nombre del artista, a modo de agradecimiento institucional a Luis Ledo por su altruista gesto y su enriquecimiento del patrimonio artístico y cultural extremeño. Un legado que, como no podía ser de otra forma, compartiremos su disfrute con la ciudadanía extremeña a través de la exposición y la publicación de este catálogo en el que quedan reflejadas, con hábil maestría por el autor, las aventuras y desventuras de Don Quijote. Trinidad Nogales Basarrate Consejera de Educación y Cultura

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luis ledo y el quijote


D ON QUIJOTE EN SU LABERINTO… ICONOGRÁFICO

“dichosa edad y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en el futuro”.

La figura de Don Quijote queda descrita por Cervantes en el primer capítulo del libro: “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro...” Una figura que fue modificando su iconografía según las corrientes estéticas de cada época, al sentir de las mismas, conforme al estilo y destreza personal de los artistas. Juan Monmarte impresor de la primera edición ilustrada del Quijote en castellano (Bruselas, 1662), ya reparó en que las estampas constituían un medio eficaz para la transmisión visual del relato, “porque, si en todas las ediciones de España solamente se había impreso su vida con letras, yo la ofrezco grabada en estampas, para que no sólo los oídos sino también los ojos tengan la recreación de un buen rato y un entretenido pasatiempo, que hace muchas ventajas, principalmente en los casos arduos y aquellos que son como norte de todos los demás, el representárselos al alma así como con las palabras también con el ejemplo”. Desde entonces, El Quijote ha suscitado un enorme caudal iconográfico aumentado con las sucesivas ediciones que se fueron haciendo de la obra. En opinión de James Iffland la importancia de ese inabarcable repertorio se deriva “no solo de su asombrosa abundancia sino de la crucial ayuda que provee para reconstruir la recepción del Quijote a través de los siglos”. En efecto, el abundantísimo depósito de imágenes que en épocas distintas fue sedimentando la peripecia del ingenioso hidalgo cristaliza en auténticas “cápsulas del tiempo” que describen la forma en que sus lances y tribula-

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ciones fueron visualizados en muy distintos momentos. Los llamativos cambios que presenciamos reflejan, sin duda, los efectos de las complejas y variables fuerzas culturales que fueron moldeando el modo en que se leyó la obra. Sin olvido de que las ilustraciones pueden, a su vez, imponer lecturas determinadas, ocupando el espacio del texto, o bien, colonizándolo. Las interpretaciones y por tanto las representaciones que acompañaron (y aún escenifican), las ediciones del Quijote después de cuatrocientos años han sido, por su diversidad y su interés visual, un reflejo fidedigno de los cambios y de la evolución de las ideas estéticas que se fueron produciendo a largo del tiempo, y constituyen un universo visual que se expandió en múltiples direcciones y se mantiene en crecimiento. Hasta tal punto numeroso y diverso que su estudio requiere de no pocos y bien documentados esfuerzos. Como el que se puso en la realización de la excelente entrega de la revista Poesía, Cuatrocientos años de Don Quijote por el mundo, publicada el año 2005 en la edición de Gonzalo Armero, del que estas líneas son sólo un torpe y atropellado reflejo. Según quienes lo han explicado con criterio puede decirse que, a primera vista, el humor fue quizás el rasgo más destacable en los grandes repertorios visuales que ilustraron las andanzas del héroe cervantino durante el siglo XVII y buena parte del siglo XVIII. Tal y como puede verse en los plafones con escenas del Quijote que se hicieron para decorar el comedor del castillo de Cheverny, pintados por Jean Mosnier; o en el álbum dedicado a Les Adventures du fameux chevalier… por el librero Jacques Lagniet, interesado por los incidentes más cómicos y escatológicos (lo que muestra que en Francia el libro era leído, sobre todo, como una obra de entretenimiento). Y en opinión de los especialistas, otro tanto sucede con la edición de Jacob Savery, de 1657, la primera edición completa ilustrada, que inaugura el modelo iconográfico holandés y que será difundida por toda Europa. O con la imagen cortesana y galante que ofrece el pintor rococó Charles-Antoine Coypel (1694-1752), uno de los pintores más relevantes de la Francia de principios del siglo XVIII.

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Para observar una clara evolución en la imagen del Quijote habría que esperar a los tapices de Charles Joseph Natoire (1700-1777) el artista francés que confirió al protagonista cervantino un nuevo aspecto de nobleza y dignidad, lejos del registro cómico y teatral en el que se le había venido encasillando. Otro magnífico ejemplo de ese cambio interpretativo lo proporciona la edición de Tonson (Londres, 1738), que propone una forma nueva de entender la obra de Cervantes desde la óptica de la sátira moral y que sobresale por la riqueza de sus estampas, dibujadas por Vanderbank, y un concepto general del relato en el que ya se le reconoce como un clásico de la literatura universal. Ediciones algo posteriores, aunque también muy señaladas, fueron la de Bertuch (Leipzig, 1780), con ilustraciones de Chodowiecki, uno de los artistas más originales que se han acercado al Quijote; y en esa misma década, los dibujos que hizo Fragonard y que vuelven a ofrecer una nueva interpretación del personaje, esta vez para investirle de un carácter épico y ciertamente trágico. Por esos años se abordaron en España las ediciones de Ibarra (1771) y de Sancha (1777) con grabados de Manuel Monfort, que son magníficas y abrieron las puertas a la gran edición de la Academia, de 1780, en la que participaron los artistas Antonio Carnicero, José del Castillo, Bernardo Barranco, Jerónimo Gil, José Brunete, Gregorio Ferro y Pedro Arnal, seguidores en cierta manera de los modelos académicos y narrativos acuñados por Coypel y Vanderbank. El siglo XIX, dilatará el aura de filantropía y espiritualidad que envuelve a un personaje que empieza a ser valorado desde la óptica romántica y cuyo “quijotismo” se enfrenta, como la encarnación de un ideal de desinteresada caballerosidad con el materialismo rampante. Dos dibujantes y grabadores franceses destacan en todo el primer tercio del siglo: los franceses Tony Johannot y Célestin Nanteuil. El héroe cervantino cobra igualmente un auge extraordinario entre los pensadores y artistas de la Alemania romántica (por ejemplo, en las estampas de Adolph Schrödter, realizadas

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hacia 1843); y del romanticismo inglés (como puso de manifiesto la edición de Londres, de 1818, ilustrada por Robert Smirke). El ardiente idealismo del Alonso Quijano renacido en Don Quijote hará de el un símbolo del hombre que lucha en pos de valores trascendentes y en busca de un proyecto de noble humanidad. El caso excepcional de Goya debe incluirse en este contexto, obligados como estamos por su gigantesca figura a considerar los trabajos que hizo (aunque no se le aceptaron), para ilustrar la edición de la Academia de 1780, y la serie de Caprichos que tituló Visiones de Don Quijote, de la que tan sólo se conserva un dibujo fechado hacia 1815. Tras él hay que considerar la obra admirable del ilustrador francés Gustav Doré (1832-1888) —todo un clásico— que impregnó con sus espléndidas ilustraciones el imaginario quijotesco de los lectores de tiempos muy diversos. Y aún después del gran dibujante francés (aquí el después no indica un orden jerárquico, sino cronológico), es igualmente obligado citar el caso de Honoré Daumier. contemporáneo del anterior pero con una estética mucho más moderna, Daumier (1808-1879) mantuvo la tipología clásica del personaje, pero lo envolvió en paisajes desérticos de una rara intensidad, transformando muchas de las escenas en alegorías de una visión más desgarrada del Quijote. Un salto más en el tiempo nos trae ya (con imperdonable olvido de tantos buenos artistas e incontables ediciones), a los comienzos del siglo XX, para empezar citando por su enigmático valor simbólico el grabado que Paul Klee tituló en 1905 El héroe con un ala; “un héroe tragicómico, quizá un antiguo Don Quijote”, según sus propias palabras. La emblemática figura del pintor-poeta bien nos sirve para adentrarnos en las complejas y muy a menudo sorprendentes formulaciones plásticas que se ofrecieron de un libro inagotable y un personaje imperecedero, rastreables en artistas tan distintos, y al mismo tiempo tan importantes como un Marc Chagall, un Julio González, o un Jackson Pollock, que no pudieron resistirse a ofrecer su particular interpretación del asunto. Como no pudo hacerlo, ni el propio Marcel Duchamp, que pintó en su caso una Dulcinea (1911), “ardua pero plausible”

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a la que Octavio Paz dedicó un conocido poema. A la lista, que no se puede abarcar, podrían añadirse obras y nombres, tan alejados y heterogéneos, como lo son las acuarelas que el pintor norteamericano Edward Hopper realizó en sus años de estudiante, de los murales que José María Sert hizo para el Waldorf Astoria. El surrealismo, por su parte, ejemplificado en André Masson o en Salvador Dalí se alistó en más de un caso para bucear en el trasfondo la obra cervantina. El pintor de Figueras (por citar sólo al español), realizó en 1945 hasta 38 dibujos y acuarelas para “ilustrar paranoicamente todo el misterio eléctrico” de la primera parte del Quijote, con sus características figuras con formas espirales. Y si, de ningún modo, puede dejarse fuera de esta apresurada relación al creador del cubismo habría que concluir, sólo por el momento, citando el conocido dibujo que realizó Picasso diez años después. Esbozado por siluetas a base de grandes manchas de tintas, que en opinión de Giménez-Frontín “[abría] la relectura de Cervantes a una sensibilidad alejada del realismo decimonónico y la reivindicación patriótica del personaje que había predominado en la primera mitad del siglo XX”, para establecer de ese modo un nuevo canon quijotesco. Innecesario parece, por referirse a lo más cercano y evidente, añadir alguna nota más sobre la vigencia que mantiene el inmortal Quijote para el pensamiento moderno y el tiempo presente. Sobre “los mil y un rostros” del caballero escribió no hace mucho un lúcido ensayo James Iffland, al que hay que volver a citar porque el ha sido uno de los investigadores más interesados en explorar “la rica iconosfera en la que la obra vive inmersa”. El imaginario colectivo que alrededor de los más diversos episodios de su peripecia ha generado ese enorme caudal de estampas que actualmente “circulan por carteles comerciales, películas, dibujos animados y etiquetas” de toda índole inspiradas por el hidalgo protagonista de un libro cuya lectura atraviesa los tiempos. Por esa iconosfera circulan también los trabajos de algunos artistas extremeños. A esa nube de imágenes habría que ir a buscar los que hizo

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alguna vez para Madrid Cómico Ramón Cilla… en la época de la Restauración. Los que realizó a mediados de los años veinte el hoy prácticamente olvidado Antonio Blanco Lon. Los que reunieron artistas más recientes: Javier Fernández de Molina, Juan Ricardo Montaña, Miguel y Alejandro Calderón, Emilio Hurtado, Luís Ledo. Seguramente hay más. Pero los que ahora presenta precisamente Ledo se quedarán para siempre (gracias a su generoso gesto), en este otro universo, más cercano y tangible, que es para todos nosotros el que ha ubicado entre sus estanterías una de las Bibliotecas más emblemáticas de la región. Antonio Franco

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SOBRE LOS QUIJOTES DE LUIS LED O

“Comme on voit ces routes d´Espagne qui ne sont nulle part déscrites!”

Cabalgar a la sombra de don Quijote, con pinceles a modo de lanzas, cuando se es pintor del año 2000, puede ser peligroso. No porque la locura del personaje cervantino sea contagiosa, sino porque sabemos, desde la publicación de la obra clave de la literatura española, que más vale temer a la cordura de nuestros contemporáneos. ¿Y quiénes son, en el mundo de la creación artística, los contemporáneos cuerdos de Luis Ledo?: los artistas de las maravillas de la cibernética, de la ilusión del arte digital, de la virtualidad evanescente, del vídeo-art al servicio de la red, es decir, del culto al concepto desvitalizado tras su paso por los altares de las modas más desgastadas. Con ello no quiero decir que la práctica de la pintura-pintura, al oponerse a la tiranía de las técnicas más avanzadas en el arte, tenga su correlación en El Quijote con la lectura anacrónica de las novelas de caballería, pero es indudable que, desde una perspectiva barroca, el trasfondo de esa obra literaria puede servirnos para comprender estos últimos cuadros de Luis Ledo. Y si nuestra manera de verlos debe ajustarse a lo estudiado por la historia del arte y de la literatura, es porque entiendo que la obra de este artista siempre destacó por su expresionismo tenso y visceral semejante al espíritu del Barroco. Es barroca toda obra cuyo tema es puro pretexto para el artífice1. Luis Ledo elabora formas no narrativas, no ilustrativas, sino pintadas únicamente con el pretexto de enseñarnos el carácter expresionista de su arte que se fue radicalizando con el paso del tiempo, traducción vitalista de unas experiencias con

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(1) Guillermo Díaz Plaja, El Espíritu del Barroco. Editorial crítica, Barcelona, 1983. Pág. 67


(2) Leo Spitzer, Perspectivismo Linguístico en el Quijote, en Linguística e historia, Madrid, 1961. Pág. 1788179. Citado por José Luis Abellán en Del Barroco a la Ilustración. Círculo de lectores. Barcelona, 1992. Tomo 1, Pág. 136.

los paisajes luminosos y potentes de Extremadura, de Canarias o de Colombia. Pero, si estos cuadros huyen de la subordinación ilustrativa, ¿quién es ese Quijote que pinta Luis Ledo? La respuesta nos la da Cervantes: no fue de Italia con Ariosto y su Tasso, ni Francia con su Rabelais y su Ronsard, escribió Leo Spitzen, sino España la que nos dio una novela que es un canto y un monumento al escritor en cuanto escritor, en cuanto artista: el verdadero héroe de la novela es Cervantes en persona, el artista que combina un arte de crítica y de ilusión conforme a su libérrima voluntad2. Pero hay más, si el pintor se autorretrata bajo forma de Quijote en su defensa del arte de la pintura, también eleva su protesta para defender los mismos valores humanistas, de honradez, de honestidad y de sinceridad que motivaron la obra de Cervantes en una España que caminaba ya hacia la decadencia. Luis Ledo establece un claro paralelismo entre la legión de parásitos entregados entonces al deporte de trepar sin dar golpe hacia los honores reservados a los miembros de las cortes ducales y reales, y el rebaño de artistas que, desde hace dos décadas traicionan el espíritu vanguardista de Picasso para ganarse los favores de un mercado frívolo y aburrido, reservado a los miembros de la academia conceptualista. A las palabras de Marcel Duchamp. “tonto como un pintor”, Luis ledo contesta con más pintura aún, lanzando a su Quijote contra aspas de molinos que giran en el sentido verdadero de la historia: el del poder de la representación, con imágenes potentes que se sustentan de la reflexión dialéctica, entre la difícil técnica heredada del arte del pasado y el pensamiento de la vanguardia, para expresar los valores esenciales y externos del hombre. Predominan en esta serie de pinturas los aspectos formales sobre los elementos psicológicos heredados de la obra de Cervantes para no restar fuerza al valor de su expresionismo. A pesar de algunas referencias concretas que le sirven de marco temático y que dan al conjunto de la exposición un carácter de unicidad, el arte de Luis ledo consiste en cambiar la verdad humana de la novela por otra verdad pictórica y plástica, la cual decae cuando

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estos cuadros están al servicio de la ilustración, como ocurre en los grabados de Gustave Doré. Siguiendo a Montherlant3, que reprochaba a la obra de Cervantes su parecido con lo que combatía cuando se torna inverosímil; es decir a las inverosímiles novelas de caballería, vemos que cuanto más verosímiles se hacen estos cuadros con relación al guión cervantino, más se contamina su carácter vanguardista con la función ilustrativa a la que se oponen. Una vez planteados los personajes centrales que determinan las líneas de fuerza en sus cuadros, Luis ledo no desgasta su tiempo en detalles innecesarios, cumpliendo al pie de la letra con este precepto muy barroco elaborado por Baltasar Gracián: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Como el autor de Agudeza y Arte de Ingenio, se expresa con un lenguaje apretado, nervioso, agudísimo, dando a su obra vida y movimiento en continúa efervescencia4. Con un espiral crecimiento se alza la composición hasta cielos furiosos que envuelven a las figuras como olas oceánicas de un azul intenso, o las arrastran como lavas incandescentes para tensar aún más la línea expresiva de esta pintura con colores apasionados que recuerdan a Van Gogh. No en vano estos cuadros nos hablan de la relación de locura que une este último con la figura de don Quijote, pues desde su función de metáfora de lucha entre locura y realidad se impone esta expresión dedicada a la exaltación de la fuerza de la realidad terrestre, de la lucha de sus elementos: tierra, mar y fuego. Uno de los signos que permiten al cura, al bachiller y al barbero adivinar la muerte próxima de don Quijote es su vuelta súbita a la cordura5: la proximidad de la muerte ilumina el espíritu, lo que permite a Montherlant decir que la muerte es una suerte de astro solar. Como en las obras de Van Gogh y de Artaud, hay sol y muerte en estos cuadros de Luis Ledo, fusión de los extremos del arco vital tensado por la cuerda del expresionismo en su captación de lo instantáneo. En Villafranca Michel Hubert Épicouché

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(3) Henry de Montherlant. Prefacio de la edición en francés de El Quijote. Le livre de Poche. Livrairie génerale française. Paris, 1962. Tomo 1. Pág. 9-10.

(4) Guilermo Díaz Plaja, op. cit., Pág. 114.

(5) Henry de Montherlant, op. cit., pág. 12.13.


MIS EX-LIBRIS DEL QUIJOTE

Idealización y arrebato existencial, es la acción que aqueja a don Quijote, para neutralizar, así, la tensión dejada tras los repetidos fracasos. Alonso Quijano encuentra en la acción, en sus aventuras, la herramienta ideal que le permite corregir entuertos, idealizar enamoramientos y, sobre todo, proyectarse en una dimensión donde la fantasía compensará sus deficiencias como ser. Con tan loca fantasía, don Quijote, ejecutará los diferentes desaguisados que irán atándole, cada vez más, a la dura y hostil realidad de aquella España Imperial. Y es en esta cárcel interior, donde él mismo se auto crea como héroe —aún cuando sea esta mítica tensión la que le aboque al caos más absoluto—. Pero, también, es este embrollo, el que toma Cervantes, como referente, para mostrarnos una especie de “desdoblamiento sicológico” que necesita, para recomponer un escenario en el que la desaforada fantasía del Quijote, tenga como contrapunto la cordura y la simple razón de Sancho —representante perfecto de una sociedad de pícaros y malhechores— donde, el gracejo popular al uso, consigue encauzar tedio y miseria en sociedad del día a día español y, cómo no, los descalabros del hidalgo manchego. De todos modos, los desdoblamientos, forman parte del paradigma humano y, no es, en absoluto exclusivo de Cervantes —pues se repite a lo largo de la historia de la literatura, desde Grecia hasta el Dante de La Divina Comedia—. Cervantes, situando en un entorno histórico y social a don Alonso Quijano, hace que éste viva una realidad que no acepta —paralelismo con la España del siglo xvi y xvii (sumida en bancarrota por: de guerras

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de religión, expulsiones de judíos y moriscos y, sobre todo, envuelta en las oscuras páginas de la Inquisición)—. Don Miguel de Cervantes, lanza su “caballero de la triste figura” a tal vorágine de desenfreno, de laberinto interior que, todas sus acciones se verán envueltas en un torbellino fantástico, del cual saldrá siempre mal parado —a expensa, eso sí, de que sea su fiel escudero, Sancho, el que ejerciendo de contrapunto, vuelva a sacarle del apuro hasta su próxima aventura—. Tan quijotesca realidad es el terreno en el cual don Quijote no cejará en realizar toda clases de fantasías —no solamente arrastrado por sus locuras y desvaríos, sino que, oponiéndose al momento histórico en que vive, aprovechará éstas, para convertirse en valedor de exiliados y oprimidos. Así, cuando el cautivo de Ruy Pérez —con otros fugitivos africanos desembarca en costas españolas—, no sólo los libera sino que, también, demuestra cierto sentimiento de acogimiento. Y es aquí, donde Cervantes insinúa su anuencia e interés por la cultura del “morisco español” —anteriormente mostrado en el Cide Hamete , aún cuando, Sancho parecía ignorar al “sabio moro” y convecino—. También, en el capítulo de Ricote, “el morisco de los tesoros enterrados”, Cervantes muestra parecida aquiescencia dejándole exclamar aquella añoranza de: “Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella...”. De nuevo, alusión y queja sobre las citadas expulsiones. Sin embargo, es razonable entender las reservas de Cervantes —dado el contexto histórico en que vive, donde la delación y la persecución inquisitorial están a la orden del día—; así parece reflejarse en el capítulo 54 de la segunda parte, en el que Sancho asevera a su convecino Ricote : “Conténtate Ricote que por mí no serás descubierto” o, en el enfrentamiento de la playa de Barcelona donde Cervantes deja que el “loco caballero” sea vencido por guerreros, que utilizan como símbolo identificativo, el de la luna en creciente. Don Quijote ya investido caballero, queda uncido con yelmo y bacía de barbero, cual casco mágico, no sólo para emular a Mambrino, también, parece utilizar éste como mecanismo que, le servirá para adentrarse en un

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mundo descabellado y virtual queriendo, desde allí, alcanzar la barrera que separa realidad y ficción . En tal dimensión —desvestido ya de toda referencia a lo concreto— buscará, una y otra vez, el ideal de ser en lo absoluto. Este ensalzamiento de lo utópico, de la aventura; será para don Quijote —como para cualquier otro ser humano— el único recurso que dispone para escapar de un presente —¿vivencial, existencial?— que no gusta. Que atrapa. Brutal ironía que acabará empapando al bueno de Alonso Quijano hasta su lecho de muerte. Eso sí, rodeado con la afligida humanidad de sus íntimos y de una iglesia, por él, un tanto denostada... Y es que el Quijote acabará perdiéndolo todo. Pierde el amor idealizado de su amada Aldonza. Y pierde, también, su proyecto de ser. Este diálogo entre lo virtual y lo real. Entre la vida y la muerte, es el terreno elegido por Miguel de Cervantes para sugerir cierto pesimismo existencial sin llegar al sentimiento trágico que conocemos del siglo xix —ya que por las páginas del Quijote aflora el más fino humor e ironía—. Humor hábilmente expuesto en el capítulo de sierra Morena: “Y desnudándose con toda prisa los calzones (...) descubriendo cosas que, por no verlas, otra vez, volvió sancho las riendas a Rocinante...” Aquí, don Quijote, descarga, una vez más, su tensión, realizando disparatadas cabriolas. Desahogo panteísta en el que la misma naturaleza es el elemento sanador en el conflicto que le aqueja. Cervantes, al utilizar como modelo al personaje de don Quijote, introduce una exposición —un tanto intencionada— sobre la imposibilidad de regenerar el mundo. Y aunque, en ciertos casos Cervantes opte: bien por la bonanza de su fiel escudero o, por el poder equilibrador de la naturaleza; a veces no le quedará más remedio que buscar planos más recónditos, para aliviar el sentimiento de infortunio, un tanto existencial, que invade a nuestro caballero. Y es aquí, adelantándose, donde Cervantes vislumbrará lo que serán futuros sentimientos existenciales como los del Hamlet o los del kierkegano Unamuno. Mi primer encuentro con el libro de Cervantes lo tuve en Chipude, escarpado cerro de la isla de La Gomera que, por su altitud y proximidad

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al mar, permanecía envuelto en la densidad de la más obstinada niebla. En este ocultamiento —donde todo parecía emular al “de cuyo nombre no quiero acordarme”—, busqué soledades y naturaleza para meditar sobre una reflexión interior que me acuciaba. Y aquí, también, en tal espesura, fue donde me tropecé con el bueno de Amed Hafsum —apodado el “quijano” por su gran parecido con el Quijote del que hablamos— y, cuya madre —descendiente de los moriscos españoles expulsados en el siglo xv y exiliados en Xauen— le hizo entrega de la llave que tendría que utilizar para recuperar la casa de sus antepasados , abandonada —según me dijo— en aquel entonces, en la tan añorada tierra del Al-Ándalus. “Con esta llave, una vez que localices nuestra vieja morada y, sea introducida en la cerradura, el espíritu de nuestros antepasados tomará cuerpo para recibirte y agasajarte” fueron sus últimas y emotivas palabras en la despedida. Como emigrante árabe, Amed tuvo que vagabundear por diferentes regiones de España , sobreponiéndose a toda clase de afanes y aventuras en este trafagoso territorio de exilio. Deambulando en los bajos fondos de la ribera del Guadalquivir, atrapado en la pícara ley del hampa o dejándose llevar por esa misteriosa fantasía —que según decía— era paralela a la del hidalgo manchego (tomado como referente para poder solventar descalabros y trasiegos en aquel penoso peregrinar). Pero ¡oh, la, la!... el lugar donde había estado ubicado el hogar de sus ancestros, ahora, derribado, estaba siendo ocupado por un triste local comercial. Decepcionado, Amed, se embarca en una de las galeras ancladas en el puerto del Arenal —oportunísima ocasión de rememorizar la piratería morisca de Hornachos— para, como polizón, viajar por los oceanos. Descubierto, es desembarcado de inmediato en la isla de La Gomera. Allí, tras vagar por sus playas y morar en cuevas, asciende las serpenteantes veredas que le subirán hasta la cima de Chipude —lugar de nuestro encuentro— para acortar, el camino que le conduciría hasta Valle de Gran Rey. Desde entonces, la idea de tener al Quijote como libro de lectura se fue acentuando hasta imponerse como referente de inspiración. Buscando

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su actualidad he disfrutado con las diferentes manifestaciones culturales que lo tomaron como icono de expresión: El Quijote de Orson Wells, el de Rafael Gil, la música de Strauss, El Retablo de Maese Pedro de Falla… para acabar teniéndolo como fuente de creatividad en la ejecución de los ex-libris aquí expuestos. Cerro de Bambenito La Barca Valverde de Mérida Luis Ledo

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1988. Galería Gran Avenida. Bogotá. Colombia. 1989. Centro Español. Bogotá. Colombia. Museo de Arte Contemporáneo. Bogotá. Colombia. 1992. Galería Acuarela. Badajoz. Galería Velázquez. Valladolid. 1994. Casa-estudio de Bambenito Labarca. Valverde de Mérida. 1995. Posada del Potro. Diputación de Córdoba. 1997. Galería Agripa. Mérida. Galería Dacal. Madrid. 1998. Centro Cultural San Jorge. Cáceres. 2000. Sala San Ildefonso. Diputación de Toledo. Casa de la Cultura.Villagonzalo. Badajoz. Museo Elisa Cendreros. Ciudad Real. LUIS LEDO

2001. Palacio Godoy. Villaviciosa de Odón. Asamblea de Extremadura. Mérida.

Mérida (Badajoz), Licenciado en Bellas Artes Catedrático de Instituto

Casa de la Cultura. Villanueva de la Serena. Casa la Cultura. Don Benito. 2002. Galería Orfila. Madrid.

Exposiciones individuales

2003. Centro Cultural Alcazaba. Mérida. 2004. Instituto Cervantes. Tetouán. Marruecos.

1975. Sala de la Facultad de Bellas Artes de Madrid.

Instituto Cervantes. Tánger. Marruecos. Instituto Cervantes. Larache. Marruecos.

1980. Sala del BBVA de Badajoz.

2005. Escuela de Arte de Mérida.

1981. La Rivolta. Mérida

Museo de Arte Contemporáneo las Murallas

1982. Sala de exposiciones de Caja Badajoz. Mérida. 1983. Casa Colón. San Sebastián de la Gomera. Tenerife. 1985. Guadiana. Instalación de Caja Badajoz. Mérida. 1986. Instalación y Exposición, Museo Vostel. Malpartida de Cáceres.

para don quijote. luis ledo

Reales. Ceuta. Casa la cultura. Don Benito. 2006. Sala las Siete Sillas. Mérida. Universidad Popular. Almendralejo. Museo Etnográfico. Don Benito. 2007. Sala de Cultura. Oliva de la Frontera. 2008. Galería Eboli. Madrid. 2009. Casa la Cultura. Don Benito.

57


La Cinoja. Fregenal de la Sierra.

Pintores Extremeños. Alentejo. Portugal.

2010. Museo Pérez Comendador Leroux.

Pintores Extremeños. Castelo Branco. Portugal.

Hervás. 2011. Sala El Brocense. Diputación de

Casa de los Caballos. Cáceres. 1999. Libros de Artistas. MEIAC.

Cáceres. 2012. Asamblea de Extremadura. Mérida. Sala de Exposiciones de la Diputación de Badajoz.

2000. VII Muestra Internacional de Arte. Vendas Novas. Portugal. 2007. Parlamento de Cantabria. Santander.

2013. Biblioteca de Extremadura. Badajoz

Palacio de Aljafería. Zaragoza.

Museo Luís de Morales. Badajoz.

2008. Adquisiciones. Museo Las Murallas

Geometría y figuración. Casa la Cultura Don Benito. 2014. Sala Borbón Lorenzana. Alcazar de Toledo.

Reales. Ceuta. 2010. Museo del Revellín. Ceuta. 2011. Museo Pérez Comendador. Hervás. 2013. La Prima Vera del Arte. Pintores con

Casa de Cultura de Don Benito. 2015. Concejalía de Cultura. Alcalá de Henares.

Michel Hubert. Fundación Pons. Madrid. La Prima Vera del Arte. Pintores con Michel Hubert. Tomares. Sevilla.

2015. B. R. Alcázar de Toledo (Toledo). 2015. Biblioteca de Extremadura. Badajoz.

La Prima Vera del Arte. Pintores con Michel Hubert. Museo de Huelva. La Prima Vera del Arte. Pintores con

Exposiciones colectivas

Michel Hubert. Casa Cultura. Don Benito.

1978. Facultad de Bellas artes de Madrid.

Publicaciones

Casa de Segovia. 1979. Bienal de Arte. Talavera de la Reina. 1980. Cinco Pintores. Villanueva de la Serena. 1982. Salón de Otoño. Plasencia. 1987. Centro Brasileiro. Bogotá. Colombia. 1988. Pintores a Bogotá. Colombia.

2006. Cuento para el amanecer de un día de verano. 2009. Cuentos para el amanecer. Tánger. Cuento II; Mangangué. Cuento III. 2010. Cuentos para el amanecer. Hipólito o

Diez Pintores. Puerto de la Cruz.

una variación sobre el mito de Fedra.

1992. Sala el Arenal. EXPO 92. Sevilla.

Cuento IV; Deleitosa. Cuento V.

1995. Sala Acuarela. Badajoz. 1996. Grupo Cuadro. Évora. Portugal. 1997. Grupo Cuadro, Ateneo. Madrid. 1998. Pintores Contra el Racismo. Sala San Jorge. Cáceres.

58

biografía


RELACIĂ“N DE OBRAS EXPUESTAS

[824] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 20 x 26 cm.

Libros

[825] [Variaciones sobre el Quijote] 2 dibujos: aguada sobre papel. 16 x 23 cm. y 16 x 12 cm.

[47] [Retrato de D. Quijote de la Mancha] Aguada sobre papel. 27 x 37 cm. [557] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm. [560] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm. [811] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 33 x 45 cm. [812] [Variaciones sobre el Quijote] 2 dibujos: Aguada sobre papel. 33 x 45 cm. [813] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 23 cm. [814] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm. [815] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 22 x 29 cm. [816] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm. [817] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 19 x 30 cm. [818] [Variaciones sobre el Quijote] 2 dibujos: aguada sobre papel. 17 x 23 cm. y 17 x 12 cm. [819] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 24 cm. [820] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 19 x 22 cm. [821] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 22 x 27 cm. [822] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 20 x 25 cm. [823] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 25 cm.

para don quijote. luis ledo

[826] .[Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 23 cm. [827] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 23 x 29 cm. [828] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 24 x 32 cm. [829] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm. [830] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 19 x 24 cm. [831] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm. [832] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 20 x 26 cm. [833] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 21 x 23 cm. [834] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 25 cm. [835] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 20 x 22 cm. [836] [Variaciones sobre el Quijote] 2 dibujos: aguada sobre papel. 22 x 14 cm. y 21 x 25 cm. [837] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 22 x 30 cm. [838] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 23 x 32 cm. [839] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 22 x 28 cm. [840] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 20 x 23 cm. [841] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 22 x 28 cm.

59


[842] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 21 x 30 cm. [843] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 22 x 31 cm. [844] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm. [845] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 20 x 24 cm.

[860] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 30 x 39 cm. [861] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 23 x 72 cm. [862] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 27 x 21 cm. [863-892] [Variaciones sobre el Quijote] 30 dibujos: aguada sobre papel. 30 x 48 cm.

[846] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada Aguadas

sobre papel. 21 x 23 cm. [847] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 24 x 48 cm. [848] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 23 x 30 cm. [849] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 24 x 30 cm. [850] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 20 x 24 cm. [851] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 14 x 19 cm. [852] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 20 x 25 cm. [853] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 19 x 25 cm. [854] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 24 cm. [855] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm. [856] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 18 x 22 cm.

[893] Variaciones sobre D. Quijote. 1 dibujo: aguada; 128 cm. pleg. en 32 cm. [894] Variaciones [sobre D. Quijote]: Sancho en la Insula y Dueña Dolorida: la Condesa Trifaldi. 1 dibujo: aguada. 120 cm. pleg. en 20 cm. [900] Variaciones o algo así: Don Quixote [i.e. Quijote] 1 dibujo: aguada; 120 cm. pleg. en 20 cm. [904] [Variaciones sobre D. Quijote]: Cap. XXV. 1 dibujo: aguada. 70 x 100 cm. [905] [Variaciones sobre D. Quijote]: Cap. XXV. 1 dibujo: aguada. 140 X 200 cm. [906-907] [Variaciones sobre D. Quijote] 2 dibujos: aguada. 80 X 40 cm. [908-923] [Variaciones sobre D. Quijote] 15 collages: cartón, aguada. medidas variables [924-928] [Variaciones sobre D. Quijote] 5 dibujos: aguada. 33 x 95 cm.

[857] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 19 x 25 cm.

Óleos

[858] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 19 x 25 cm. [859] [Variaciones sobre el Quijote] Aguada sobre papel. 30 x 41 cm.

60

[903] [Variaciones sobre el Quijote]: D. Quijote de la Mancha (1ª parte-cap. VIII) Óleo sobre lienzo. 150 x 150 cm.

relación de obras expuestas


[929 (1) - 929 (2)] [Variaciones sobre el Quijote] Óleo sobre lienzo. 110 x 130 cm. [930] [Variaciones sobre el Quijote]: cap. XXV. 1ª. Óleo sobre lienzo. 100 x 81 cm. [931] [Variaciones sobre el Quijote] óleo sobre lienzo. 50 x 60 cm. [932-935] [Variaciones sobre el Quijote]: las cuatro estaciones. Primavera en Puebla de la Reina, Verano en Puebla de la Reina, Otoño en Puebla de la Reina y Solsticio de invierno en Puebla de la Reina, (con Prometeo... ). 4 óleos sobre lienzo. 80 x 100 cm. [936] [Variaciones sobre el Quijote]: cap. LXXI. Óleo sobre lienzo. 160 x 140 cm.

para don quijote. luis ledo

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Sirva este Catálogo PARA DON QUIJOTE, Luis Ledo como homenaje de la Biblioteca de Extremadura a la excepcional efeméride del cuatrocientos aniversario de la II parte de esta obra universal en letra castellana

� Este libro se terminó de imprimir con tipografía Ibarra Real en los Talleres de Efezeta el 23 de abril de 2015, Día Internacional del Libro

� Esta edición se compone de 300 ejemplares numerados en arábigo. Los 50 primeros van firmados por el autor nº ________


LEDO, Luis. Para Don Quijote  

Exposición bibliográfica de Luis Ledo en la conmemoración de la segunda parte del Quijote.

LEDO, Luis. Para Don Quijote  

Exposición bibliográfica de Luis Ledo en la conmemoración de la segunda parte del Quijote.

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