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Algo pasa con el

rosa Amparo L贸pez Pascual


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obre la mesa estaban las pinturas con las que los niños tenían que colorear. Hacía tiempo que el rosa había desaparecido.

En el pasado, el rosa estaba considerado como el color preferido de las niñas. Se creía que lo usaban para todo, fuera lo que fuera lo que tuvieran que colorear. Muchos niños se burlaban cuando ellas elegían ese color, y no paraban de reírse por lo ridículo que resultaba colorear de rosa una montaña, un río, incluso algunos de los planetas del sistema solar. Y en todos los colegios había que dedicar bastante tiempo a poner orden por esa causa. Alguien decidió, entonces, que no estaba bien esa predilección y para evitar problemas entre niños y niñas prohibió que hubiera pinturas de color rosa en las escuelas de aquel país. En las mesas de las clases se colocaron cajas con lápices de todos los colores mezclados, excepto el rosa. Incluso el color blanco, que no parecía servir para nada, estaba ahí con los demás. Se ordenó también a las familias que revisaran sus casas, limpiaran sus cajones y se deshicieran de todo rastro de pintura rosa, para que no desentonaran con la ley. Y ellos obedecieron. No era bueno que lo que se prohibía en un lugar, se permitiera en otro.


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n poco tiempo, el color rosa desapareció. En las cajas de pinturas que se vendían en las tiendas, un débil y pálido color naranja ocupaba su lugar. Lo que antes se coloreaba de color rosa tuvo que ser sustituido por el naranja, que era un color muy brillante, o por el amarillo, que era el color de la vida o simplemente se dejaba sin colorear. El problema, el problema para los que no querían tener problemas, era que el color rosa seguía existiendo: en las flores, en las calles. Había juguetes de color rosa, envases de mantequilla rosados, golosinas con envoltorios rosa fucsia y, por supuesto, rosas de color rosa. Esa diferencia entre lo que ocurría de verdad y lo que podían hacer en sus dibujos, intranquilizaba a algunos niños. No entendían que si el rosa estaba en la vida, no estuviera también en su caja de pinturas. —Falta un color— se atrevían a decir a veces en alguna clase de alguna escuela. Enseguida, cuatro o cinco niños repetían lo mismo: falta un color. —No, no falta— decía la maestra —son todos los que están ahí. Un día después, otra vez la misma idea: —Falta un color. —No, están todos. Esta respuesta no era suficiente, pues los niños y las niñas querían hacer dibujos realistas, reproducir con exactitud lo que veían, y se rebelaban al tener que pintar de naranja, marrón o amarillo el rostro del muñeco que acababan de dibujar. Un gesto de disgusto acompañaba siempre su trabajo: falta un color, insistían.


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uienes dictaron la prohibición, confiaban en que los niños y las niñas educados con el nuevo sistema, se acostumbrarían a no necesitar el color prohibido. Solo había que tener paciencia, mucha paciencia, y el tiempo haría que aquel color, cursi, ridículo y problemático, se olvidara. Era verdad, eso sí, que ya no se producían alborotos en las clases ni risotadas por llenar las hojas de caballos rosas y estrellas rosas ni había que regañar a nadie por burlarse de los dibujos de los demás.

Lo que no habían previsto era la tristeza. No era difícil darse cuenta de la tristeza con la que todos los niños y las niñas de aquel país hacían sus dibujos. Se olvidaban de colorear el cielo o la hierba o de poner alas a los aviones, ventanas a las casas. Los colores tenían siempre un brillo apagado. Además, bostezaban y su desgana se extendió también a otras tareas que no tenían nada que ver con el color, como los cuentos, las sumas o los encajes de piezas; porque cuando uno se pone triste de verdad, la pena no se va fácilmente. Y es que casi todas las cosas importantes que se prohíben, se podan o se eliminan, dejan un hueco enorme, una ausencia que es como un eco, y se nota por todas partes, más, mucho más que cuando las cosas estaban presentes. —Yo esto lo pintaría de otro color, de un color que aquí no está— seguían diciendo los niños y las niñas.


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l rubor de la cara no había modo de conseguirlo. El naranja daba palidez a la piel y el niño dibujado parecía recién salido de alguna enfermedad grave, con las mejillas aún macilentas por el mal.

—Pues dejadlo en blanco— decía la maestra o el maestro cada vez que alguno de sus alumnos planteaba ese problema de la falta de un color —Dejadlo en blanco, que el blanco es un color muy bonito. Desde luego, a los niños y a las niñas no les gustaba nada el blanco, nada. Los muñecos que se quedaban con la cara blanca parecían niños fantasma venidos de otro mundo para asustar. La tristeza les llevó a no querer dibujar. Preferían trepar por las baldas de los libros, asomarse a ver llover, atarse los zapatos veinte veces, incluso a hacer algo tan inútil como contar filas de números. Todo eso antes que ponerse a llenar la hoja de dibujos que no eran verdaderos. Alguno de ellos encontró la solución volviéndose dibujante abstracto. Abstracto quiere decir que se pinta una cosa como si fuera otra y que no hay nada en el mundo parecido a lo que se pinta. Ya que los objetos no podían tener realmente su color, como debía ser, los dibujos se fueron haciendo cada vez más raros hasta no significar nada de nada, tan solo unas líneas curvas y figuras geométricas sinuosas que no tenían sentido alguno. —Dibujo abstracto— respondían cuando alguien les preguntaba qué habían pintado ahí. Quien había preguntado, suspiraba. No podía decir si aquello era bonito o no, si estaba bien dibujado o estaba mal, puesto que no sabía con qué compararlo o cuál era su nombre.


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sí que era cierto que los niños y las niñas, y también los maestros y las maestras, iban olvidándose de la existencia de aquel color rosa que siempre estaba junto al naranja en todas las cajas de pinturas. Su ausencia había ido ensombreciendo el aire que respiraban en la escuela y los había envuelto en una melancolía extraña, como cuando alguien recuerda haber olvidado algo en algún lugar y no sabe qué ni dónde.

Pero hay que decir que no hay nada, nada importante de verdad, que pueda desaparecer completamente y para siempre. Sería tres o cuatro años después de la prohibición cuando ocurrió el descubrimiento. Un niño mordisqueaba, aburrido, el extremo de una pintura. Tenía que terminar un dibujo que sus compañeros ya habían colocado en el rincón de los artistas. No sabía muy bien qué pintar, así que se asomó a la ventana, cansado. En invierno, el sol se ocultaba muy pronto en aquel lugar. Mientras se daba cuenta del mal sabor de la pintura, decidió copiar lo que en ese instante estaba viendo. Exactamente. Agitó todos los colores y se puso a la tarea. Durante un buen rato se afanó en rayar la hoja por las cuatro esquinas y, cuando acabó, después de mirarlo con detenimiento, hizo un gesto de sorpresa por el resultado. ¿Habría alguien más en cualquier otro lugar que se hubiera dado cuenta de lo mismo? Fue, directamente, a enseñárselo a su maestra.


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lla arrugó la frente y la nariz y se quedó también mucho rato mirando su trabajo. —No está mal– dijo al fin —. Ponlo con los otros. No se había dado cuenta de nada.

Al ir a colocarlo junto a los de sus compañeros, decidió que aquel dibujo suyo merecía otra cosa. Así que lo dobló con cuidado, lo guardó en el bolsillo de su pantalón y evitó que se perdiera, apretándolo bien con la mano. No esperó a llegar a casa. En cuanto su padre y él se alejaron lo suficiente del colegio, se detuvo y sacó su trabajo bien doblado. Lo fue desplegando cuidadosamente y se lo mostró. Él le dijo que era un dibujo precioso. El niño insistió en que mirara más. —¿No lo ves?—, siguió diciendo. El padre se encogía de hombros y buscaba la señal de tanta alegría. De verdad era un dibujo muy bonito, más que otros que había traído en otras ocasiones. Brillaba. Tenía algo especial, pero no sabía por qué. Entonces el niño señaló en un lugar concreto y los ojos del padre fueron en aquella dirección. Movió la cabeza al darse cuenta, y sonrió. El sol estaba muy bajo, casi despidiéndose de aquel día que parecía verano aunque era invierno. Había flores, niños y unas casas muy bonitas en fila formando una calle. También había algún gato paseándose por los tejados, un par de coches y varios árboles muy verdes y frondosos en el lado derecho.


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ero lo que él tenía que ver era el sol. Todo lo que el sol desprendía mientras se iba despidiendo. Le brotaban fragmentos sonrosados como rayos temblorosos que teñían el cielo de un extraño esplendor. Había pequeños trazos morados, verdeazules y, alrededor de todos ellos, un brillante color rosa, como era el rosa de cuantas cosas había en el mundo. —¿Cómo lo has conseguido?—, preguntó el padre. Él sacó de su bolsillo dos pedazos de pinturas muy pequeños. Uno rojo y otro blanco. Los habían mezclado bien sin darse cuenta y de allí había salido ese rosa magnífico que coronaba la puesta de sol. —¡Ah, qué bonito! Porque, en efecto, las puestas de sol eran así, una mezcla de todos aquellos colores que él había usado y además, sobre todo en invierno, de rosa. El cielo se sonrosaba justo antes de la despedida final, antes de que todo dejara de tener color. No faltaba nada. Era una reproducción exacta, la misma belleza que si uno estuviera mirando una puesta de sol de verdad desde lo alto de una montaña. Lo contaría; les diría a todos cómo era posible conseguir aquel color tan increíble que tenía el sol al atardecer: mezclando con mucha suavidad el color rojo y el blanco. Su padre lo había llamado rosa, como las flores que se descolgaban de su ventana hasta el jardín y que eran hermosas, hermosísimas, aunque había que acercarse a ellas con cuidado porque sabían defenderse. —Precioso rosa— había dicho. El corazón de los dos se agitó un momento. El del niño, porque acababa de encontrar un resplandor que hasta ahora desconocía. El del padre, porque estaba viendo algo que casi había olvidado, que desde hacía mucho tiempo no había podido contemplar.


Créditos Autora del Cuento: Amparo López Pascual 1er Premio del I Concurso de Cuentos Infantiles para la Igualdad. Ayuntamiento de Pamplona. Ilustraciones: Sonia Navarro Martínez Estudiante de 1º de Bachillerato Artístico. Escuela de Arte de Pamplona. Autora de la Guía de lectura: Codés

Echalecu Elso Maquetación de Cuento: Jaione Razquin Rozas Alumna del Ciclo Formativo de Grado Medio de Autoedición. Escuela de Arte de Pamplona.

Maquetación de Guía de lectura: Joseba Alumno del C. F. G. M. de Autoedición. Escuela de Arte de Pamplona.

López Suescun

Edita: Gobierno de Navarra Depósito legal nº:

Pamplona. Abril de 2012

"Algo pasa con el rosa"  

Cuento de Amparo López Pascual