Issuu on Google+

El último viaje. Cuando Antonio se despertó, como todos los días, los chicos dormían. Parecía que iba a ser un día como cualquiera pero él estaba convencido que ése sería su último viaje… El frío de la mañana aparecía por su ventana y se anunciaba alfombrando el pasto con una escarcha rigurosa. La niebla transformaba el paisaje cubriéndolo de visiones. Sentía mucho frío, pero aún así, su cuerpo le daba la respuesta esperada, le sobraba energía para su trabajo diario. Tenía otros planes para su vida, y un proyecto que ya estaba comenzando a dar sus frutos. Sólo tenía que esperar a que llegara ése tren desde San Juan, con la carga de papa y cebolla, lo había hablado con quien iba a ser su socio, al principio tendría que trabajar duro para seleccionar toda la carga que venía en el vagón, pero poco a poco, hasta le podría dar trabajo a otros. Y su socio sabía mucho de ése negocio, que no era para hacerlo solo. Además como hacía más tiempo que el que estaba en Argentina, estaba mejor relacionado. Le dio un beso a su mujer, y caminó lentamente hacia la calle donde pasaba el tranvía, no estaba apurado, porque veía a lo lejos que faltaban muchas cuadras para que llegara hasta ahí. Vivían desde hace un tiempo en los suburbios de la ciudad, alejados del centro. En la parte sur de Avellaneda, casi al límite con Lanús. Edificaron en unos terrenos que un “compadre “italiano amigo de él, le había recomendado. Así lograron su primer sueño, una pequeña casa. La casa propia. Era un barrio de construcción simple, pero con grandes extensiones de tierra, que le permitían sembrar, verduras y hortalizas y criar algunas gallinas. Había trabajado en todo lo que le ofrecieron desde su arribo de Italia, hasta que sus pasos lo llevaron a la Estación Retiro .Allí conseguía a veces trabajo conduciendo tranvías, (cuando lograba levantar su mano más alta que la de los demás, que se agolpaban pidiendo, en las mismas condiciones).De allí pasó a la Estación Constitución. Logró, trabajar como motorman para la Empresa Eléctrica del Sud.y a veces cubriendo el puesto de guarda, (todo lo que le ofrecían le venía bien). Era una época dura. Esa mañana ya le había anticipado a Elvira, su mujer, que si no conseguía el día de trabajo, se quedaría allí, durmiendo en un banco de la estación, para ser el primero en el siguiente viaje. Solía hacerlo con frecuencia y le daba resultado. Hasta que su proyecto comenzara a darle dinero, necesitaba los pesos que día a día ganaba. Se despidieron, ella entró en su casa, y se recostó al lado de los chicos, trató de soñar con las últimas palabras que Antonio le dijo antes de despedirse, comenzaba a imaginar un futuro mejor, descansaría un rato más, apenas había amanecido. Era un día frío y había mucha niebla, era común en pleno julio, el invierno en un lugar descampado era riguroso y lo es aún más


con los pobres, pero no tanto como en Italia, (pensó) estaba acostumbrada a las bajas temperaturas. Elvira estaba acostumbrada a todo, y no se quejaba nunca, afrontaba las dificultades, recordando lo que había dejado atrás, y todo le parecía un problema menor. Corría el año 30, uno de los peores años de la economía del país. Inmigrantes que venían de Europa huyendo del hambre y de la guerra. Habitantes de otras provincias del interior, que buscaban un mayor progreso en la Gran Ciudad Puerto. Todos se agolpaban en el centro de Buenos Aires, o sus alrededores. La Boca del Riachuelo convocaba a la mayoría de inmigrantes italianos, se sentían casi como en casa, frente a las diferencias que sufrían a veces del porteño, más dueño del territorio y por eso más soberbio. Antonio también era optimista, el viaje en barco, cruzar el océano en busca de un futuro, lo habían endurecido lo suficiente como para soportar todo eso y más. Eran jóvenes, fuertes y se amaban, y desde que estaban más lejos de su tierra sentía que se amaban mucho más. Mientras llegaba a la Empresa, (ya con el saco de motorman puesto) recordaba lo difícil que le había sido en otra época, no hacía mucho. Gritos, manos en alto, empujones, palabrotas en todos los idiomas y dialectos, y la desesperación en los rostros de aquellos que pugnaban por un día (al menos,) de trabajo en la semana. Peor era la guerra (pensó Antonio mientras sentía en su cuerpo los golpes de la arremetida).Ambos se sentían seguros a pesar de todo en éste país, confiaban en que sus hijos se criarían bien aquí. Elvira comenzó con la tarea de todos los días, prendió su cocina de leños para tener el desayuno listo, buscó agua para lavar la ropa, y le dio de comer a las gallinas, junto de los nidos los huevos recién puestos y organizó las comidas del día. Se preguntaba si Antonio había llegado a tiempo o si debía esperar como tantas noches a que llegara a la madrugada, o al otro día. Estaba sola, pero se alegró pensando que peores eran las épocas del conventillo de Piñyeiro, allí debía compartir el baño y la cocina con los demás. El antiguo reloj dio las nueve campanadas. Al despertar comprobó que él no había llegado todavía, pero no se preocupó demasiado. Antonio era así, siempre se retrasaba. Su día comenzaba de nuevo, como el anterior. Había quedado atrás la época de las lámparas, cuando no tenían electricidad. Ahora era distinto, había luz eléctrica Escuchó el ruido de la puerta del jardín de la entrada y salió corriendo, pero no era Antonio, era su hermano, que le traía malas noticias. El tranvía en que posiblemente viajaba su marido se había caído al Riachuelo. . Sus ojos se nublaron, no podía escuchar nada más. Sólo quería saber cual era el que había caído, y si Antonio viajaba en él. Su hermano le dio el número del tranvía.


Abrió la caja en donde guardaba sus papeles y los llevó a la cocina, quizás allí encontraría datos y el número del vehículo. Pero ésa era la hora en que había salido Los chicos ya se habían despertado y se estaban preparando para la escuela .No quiso decirles nada. Después de desayunar, saludaron a su tío y se despidieron. Emprendiendo su largo y pedregoso camino a la escuelita del barrio. El conductor del tranvía, debido a la espesa niebla, no había notado que el puente estaba levantado y siguió, cayendo al río. Esas eran las primeras explicaciones del hecho. Las palabras de su hermano sonaban como golpes, lo escuchaba cada vez más lejos. Cuando su hermano se fue, lo acompañó a la puerta quedando a la espera de que volvería si podía aportar alguna noticia. Eran los primeros momentos del accidente fatal y todavía no se conocía el nombre de las víctimas. Cerró la puerta y cayó de rodillas, sollozando, ¿qué sería de su vida sin él? ¿Qué sería de los chicos? Recordaba una y otra vez la sentencia que Antonio había pronunciado antes de irse, que éste sería su último viaje. En su desesperación, salió a la vereda, ya no respiraba bien adentro de su casa. Parada desde la puerta veía las vías, (no había ninguna casa hasta la esquina), con la sola compañía del perro, acostado con sus patas cruzadas y con la cabeza baja, parecía compartir su dolor .Mejor, pensó,( que no haya nadie caminando por aquí, así no tengo que hablar). Eran pocos vecinos y se conocían todos. El ruido del cruce de los tranvías por la esquina la aturdió, se tapó la cara con sus manos para que la gente que descendía no la viera llorar. Hasta que escuchó la voz de Antonio (ajeno a todo) que le dijo ¿qué pasa? ¿Porqué estas en la puerta? Se apretó en un abrazo y no dejaba de besarlo mientras él improvisaba una explicación. -Me quedé dormido y no pude conseguir un viaje, no traje nada de plata, me desperté en el banco, y tomé el tranvía casi mareado de sueño. Estoy muy cansado Elvira. Ella le tapó la boca con sus dedos, lo llevó a la cocina, mientras le contó la tragedia en pocas palabras. El quedó como paralizado, no sabía si reír o llorar, se produjo un silencio. Se miraron, se abrazaron nuevamente y sintieron que de nuevo se habían salvado los dos, como en la guerra. Había entrado una luz en su casa, que se filtraba por la ventanita de la cocina, que los acompañaría hasta su vejez.

Graciela Romano.


Elvira y Antonio fueron dos almas más que vinieron a este país en busca de un futuro, no fueron famosos para nadie, solo para mí, que soy su nieta Fueron famosos en el arte de narrar historias, en el arte de cocinar, en el arte de cantar y bailar. Llenaron mi infancia de ilusiones y fantasías, fueron unos grandes. Desde aquí mi recuerdo para ellos.


Cuento señorita Graciela.