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Juli y las cosas que no se pueden comprar José Luis Prieto Martín

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uli era un hombretón de ojos verdes y metro noventa y cinco, de facciones dulces pero firmes y con una labia digna del mejor político. Supongo que era un personaje peculiar en la España del 85 y más en el barrio donde yo le conocí a mis 15 años. Allí lo común era comunicarse con un lenguaje pobretón, usando pocas palabras que valían para todo. Movida podía ser una discusión acalorada, una pieza extraña de tu bicicleta, una fiesta que organizaba tu amigo o un tema que te preocupaba. Flipar podía ser una locura transitoria, una predicción de sorpresa (con el prefijo “lo vas a”) u otras muchas cosas, dependiendo de su conjugación: lo flipas, que flipe, no lo flipes… Por nombrar algunas. Juli era diferente. Siempre tenía la palabra adecuada para nuestras movidas y era capaz de expresar todo con una sencillez que pasaba desapercibida. Tenía lo que algunos envidiosos llamamos un Piquito de Oro, aparte de otras muchas virtudes que le

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hacían, sin quererlo ni pretenderlo, el líder de todos nosotros. Juli nació con todo…, menos con una dentadura buena. No sé cuál será el término médico para describir unos dientes medio podridos y negros, pero me daba cuenta que si mi madre llevaba el monedero lleno cuando me ponían un empaste, arreglar lo de Juli no estaba al alcance de una familia de barrio. Y hay que ver las marcas que un defecto así deja en un hombre: hablar a distancia con la mano cubriendo la boca, no reírte nunca y crecer con un complejo terrible que no te deja ser todo lo que por naturaleza eres. El 21 de Noviembre de 1987 sucedió algo que cambió su vida para siempre. Como suele pasar con las cosas que cambian vidas, te vienen sin que te enteres, a lo tonto. Que si bailas una lenta, que si te piso y te ríes y como me encanta tu risa, pues te robo un beso y por una vez a ella le gusta y te devuelve lo robado. Esa tarde Juli empezó a salir con Bea, hija de empresario ricachón y empezando la carrera de medicina, más guapa que un tesoro y más lista que su padre. Yo

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nunca conocí al padre, pero tenía que ser listo el hombre para forrarse de millones vendiendo trozos de hielo. En aquellos años lo llamábamos “flash” y era, que el padre de Bea me perdone, agua con colorante y saborizante en un plástico alargado. Eso sí, congelado. De a duro y de a peseta, lo único que podíamos comprar los niños pobres para parecer alguien y refrescar los meses de verano. Ahora que lo pienso, tal vez no hay que ser tan listo para hacerse millonario, sólo tener un día en que te bebes dos cubatas, tu cerebro deja de complicarse con idioteces y empieza a relacionar cosas sencillas y realmente útiles: “huy, ¡cuánto niño pobre por las calles!”, “huy ¡qué barata es el agua en este desierto llamado España!” y “¡cómo nos gusta pagar poco, aunque lo que compres no valga para nada!”. Y así, haciendo millones hasta que otro ingrato invente el molde para polos y se te vaya el negocio a la porra. No sé qué pensaría Bea cuando salió del reservado de la discoteca y vio sonreír a su macho de 1’95 por primera vez, con menos dientes que un abuelo y los pocos que tenía, todos ganadores de Mister Caries.


Cualquier hombre en la misma situación hubiera salido corriendo y, a ser posible, sin que los amigos le vean, porque cualquiera les aguanta al día siguiente, “bueno, ¿qué tal el morreo con la momia?”. Pero las mujeres nos sacan siete vidas y donde nosotros vemos un defecto, ellas ven el potencial que tiene ese hombre sin ese defecto. Supongo que Bea no necesitó muchos “anda papi, porfi” para convencer a su padre de que con el dinero que costaban unos cuantos miles de flashes, le dejaba a Juli la boca de un actor de Hollywood. La vida nos separó y aunque a los hombres nos gusta decir que la novia nos separó, ya te digo yo que Bea era demasiado inteligente para cambiar nada a peor. Yo miro atrás y dudo que incluso alguien de capacidad tan privilegiada como Juli pudiera encontrar una sola razón para no abandonar toda la miseria que nos rodeaba e irse al mundo de Bea sin mirar atrás. Juli dejó el instituto al terminar tercero de BUP que, con el ánimo de hacer esta historia intemporal, significa a falta de un año para ir a la Universidad. Todavía recuerdo la carita que se le quedó a la de mate-

máticas cuando Juli anunció que ya no volvía. Yo creo que estaba enamorada de ese chico, no de un modo guarro (por llamarlo de algún modo), sino como a veces los profesores se enamoran de ese alumno que sólo te cruzas una vez en la vida, el que lo tiene todo, así como si nada. Los que nos quedamos atrás escuchando a la de f ísica repitiendo cada semana que nunca saldríamos del barrio, que siempre llevaríamos camisetas de algodón y calcetines blancos y que nos delataría nuestro acento macarra, nos moríamos de envidia. “Hay que joderse qué lotería le ha tocado a este tío”, que es lo que se llama, mal llamado, braguetazo. Y digo mal llamado, porque por el precio de una dentadura completa Bea se llevó un purasangre. Luego en este caso tal vez bragatazo era mejor nombre, que suena igual pero no es lo mismo.

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Yo sí acabé yendo a la Universidad y no se me ocurrió otra cosa mejor que estudiar Físicas. Supongo que no es una carrera fácil, aunque yo tampoco soy de intelecto privilegiado, pero lo más dif ícil que encontré de esta carrera fue dar respuesta a la pregunta del millón: “¿y eso para qué vale?”. Y yo qué sé. Si en 157


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el barrio las palabras “Ingeniero Aeronáutico” o “Fisioterapeuta” sonaban a que necesitabas llamarte Don Andrés de los Infantes y Reina para poder matricularte. ¿Pero dónde voy yo? Pues a estudiar lo único que conocíamos: Física, Química, Matemáticas o Biología. No había más. Bueno perdón, estaban los de letras, pero ya si te pones a estudiar Historia, el “¿y esto para qué vale?” tiene que saberte a cuerno quemado, cosecha del 27. Lo más normal es que yo no hubiera vuelto a ver a Juli, pero el destino lo quiso de otro modo. Por aquellos años, los jóvenes estábamos obligados a cumplir el Servicio Militar Obligatorio, que era un año en que el ejército te separaba de tu mamá y te enseñaba a ser hombre, o eso nos decían. Yo no debería haber hecho la mili hasta terminar la carrera, pero entre el “cuanto antes te la quites de en medio” de mi padre y la persistencia del resto del mundo para convencerme de que nunca llegaría a nada, decidí que pedir una prorroga era una tontería si no aprobaría ninguna en primero de carrera. ¡Qué gran idea!, me decía a mi mismo cuando entraba por las puertas del cuartel de Prado

del Rey en el reemplazo de noviembre del 89, en segundo de carrera y con todo primero aprobado. En ese mismo destino pero con la mili ya casi acabada estaba Juli que, con rango de soldado de primera, o sea nada, era el personaje más popular del cuartel, incluso por delante del peluquero, que era el primer afeminado que yo veía en mi vida y al pobre desgraciado que más le partieron la boca mientras yo estuve allí. Si hubiera vivido en otro país con más entendederas tal vez ahora se llamaría Boris y saldría en la tele. Pero fue que no. Juli estaba estupendo, con su dentadura blanca, sus ojos verdes y un moreno dorado de guardias que daba gusto verle. Cuando dejó el instituto empezó a trabajar en la empresa del padre de Bea como comercial. El mundo del flash, que empezaba a vivir malos tiempos, tuvo un resurgir con Juli que aportó varias ideas geniales al negocio, como poner dibujos en el plástico del flash o incluir sabores desconocidos para los niños pobres como el lima-limón o la frambuesa. Eso sin mencionar la capacidad que tenía


de vender motos, en este caso flashes, al más pintado. Por dar un ejemplo, durante mi año de mili, el único postre que se comía en el cuartel eran los flashes del padre de Bea, con un diez por ciento más de hielo y por el mismo precio. Seguro que el subteniente de cocinas de aquel año pensó que hacía el negocio del siglo.

En las navidades de ese año, Juli terminó sus deberes con la patria y la última vez que le vi fue en la sala de recreo del cuartel. Era el único sitio donde los mandos me dejaban estudiar e ideal para compaginar los libros de Álgebra o Termodinámica con las películas de Charles Bronson a todo volumen o con las frases dulces que me dedicaban los de la mesa de al lado, la mesa de billar. Esas frases que sólo se vocalizan bien si te estás agarrando los testículos a la vez. “¿Qué haces?”, me dijo Juli con sonrisa de hermano mayor y la mano en mi hombro. “Estudio Física”. Y aunque a veces me guste ir de tipo duro, tengo que admitir que me hubiera gustado que su actitud protectora hubiese continuado, pero su respuesta me

dejó de nuevo a merced de las bromas y a él, estoy seguro que sin quererlo, le volvió a cubrir de gloria entre Los Testosterona de la sala. “¿Y eso para qué vale?”. Y así volvió a desaparecer de mi vida para seguir el camino del flash y casarse con Bea tan pronto como ella terminase su carrera de medicina. Los próximos veinte años de mi vida se sucedieron como voy a contar, gracias a cuatro eventos que hicieron que yo fuera el que soy y quizá también que estuviera donde estoy. Todavía en los primeros meses de mili, recibí la noticia de capitanía de que me iban a destinar a cuidar de una antena perdida en los montes de Cáceres, yo y otros once infelices. Mi Capitán, ¿no puede enviar a otro? Yo estoy matriculado en la Universidad y si suspendo pierdo la beca y se me acabó la carrera, soy de familia pobre, ya sabe. El Capitán se debió enternecer bastante porque me respondió que le fuera a contar las penas a mi puta madre, que él ya estaba hasta los huevos de gilipollas como yo que se pasaban la mili por el forro de los cojones, seguido de dos días de arresto por “Tontoelculo”, como así se lo fraseó al Cabo Primero.

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Salí de ese despacho tan lleno de adrenalina que me puse a correr como un loco para quemar mis ganas de matar, hasta que en medio de la galopada me para el Sargento del Pozo y me dice que si me quiero unir al equipo de velocistas del Ejército de Tierra. Mi Sargento, me voy la semana que viene a Cáceres. ¡Espere aquí soldado! Y a los veinte minutos estaba fuera de la lista de Cáceres, con segundo de carrera por delante y las riendas de la vida de vuelta en mis manos. Por cierto, sigue usted arrestado por “Tontoelculo”. En Junio aprobé todas las asignaturas menos Cálculo y, con todo el verano de maniobras y sin posibilidad real de estudiar, ya me veía sin beca, sin carrera y trabajando por las noches con el taxi de mi padre. Pero ese verano uno de los profesores de la asignatura debió coger una insolación y se le ocurrió que un examen tipo test era lo más adecuado para los nuevos tiempos. Así que con algo que yo sabía y varias preguntas que saqué descartando respuestas estúpidas, pues aprobado, beca y riendas de vida.

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Sin más contratiempos que mencionar acabé la carrera y como seguía sin saber para qué narices servía la f ísica, decidí que debía seguir estudiando y hacer una tesis doctoral, a ver si me enteraba de una vez. El día que fui a pedirle a uno de mis profesores que me dejara hacer una tesis con él, a pesar de que tenía un expediente mediocre, de que tendría que trabajar por las mañanas para costeármelo y de que llevaba camiseta de algodón, calcetines blancos y acento macarra, mi futuro jefe debía haberse bebido los dos mismos cubatas que se cepilló el padre de Bea cuando se le ocurrió la idea del flash. Y me aceptó. ¡Venga, que regalan los años!, y otros cinco para el saco haciendo una tesis. Ya con veintisiete y la tesis recién acabada, enfermo de un “no sé qué hacer con mi vida” que me deja delirando un par de meses, hasta que un día viene un pez gordo de Inglaterra llamado Kevin para dar una charla y se me ocurre preguntarle que si sabe de algún sitio por allí donde acepten a un mendrugo Español. Yes, of course, I can find you a position in the only University that is full of mendrugos in the entire UK. Y me vais a perdonar que


me salte los siguientes 5 años de mi vida en Cambridge, donde conocí el ochenta por ciento de lo que soy, un amor que dejó cicatrices y otro con el que se comen perdices. Que no sé para qué leches tuve crisis de los treinta, cuando lo mejor estaba por venir. Lo dicho, que me los salto porque aunque ya notáis que me gusta hablar de mí, supongo que estáis deseando saber qué pasó con Juli. Ya de vuelta en la patria que me vio crecer, un día no hace mucho decido hacer algo loco, pues ya aprendí en Inglaterra que es un ejercicio sano para mantener la cordura, y me meto solito en un bar a tomarme unas cervezas, ¡qué locura!. ¿A que no adivináis quién estaba al otro lado de la barra? ¡Bingo!, Juli. Con cuarenta ya cumplidos seguía como yo le recordaba, con alguna arruga más y unas cuantas canas, pero que encima le quedaban bien. ¡Qué asco de tío! Y no te puede caer mal porque es un tipo de lo más majo. Bueno que cerveza arriba cerveza abajo, me cuenta como el negocio del flash se fue al retrete cuando la gente empezó a tener más dinero

para comprar helados de crema, que estaban más ricos y encima engordan y ya que pagas, pues que al menos te lo lleves puesto. Me habló de la boda con Bea y de sus amigos del hospital, a los que no soportaba porque con sus carreras de medicina le miraban siempre por encima del hombro, cuando en el fondo eran todos unos indocumentados. Me dijo que al final ese mal ambiente con los compañeros de Bea les llevó a discutir y a una crisis que acabó cuando él la dejó a ella. Así, como los hombres dejan a las mujeres, ni gracias por la dentadura, ni por sacarme del barrio, ni por dos hijas preciosas, ni por tantos años de felicidad. Un mal día aparece La Otra, se te baja toda la sangre a la cabeza y a la mierda con todo. Y al final siempre acabas dándote cuenta de que Bea era una mujer de bandera, pero cuando quieres volver ella ya ha cicatrizado y se va a casar de segundas con un cirujano de primera. Y allí es cuando Juli tocó fondo, sin trabajo, sin flashes, sin mujer ni hijas, sin nada.

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Supongo que hasta El de Arriba debe sentir frustración cuando crea algo tan perfecto como Juli y la vi161


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da le sale rana. ¡Venga una ayudita! Una mañana que Juli paseaba por la playa del Cabo de Gata pensando por qué acantilado se tiraba, se encuentra un fardo de 50 Kg de hachís abandonado en la arena. Y como ya no tiene nada que perder en la vida, lo mete en el coche, hace unas llamadas y al día siguiente se lo había vendido a un camello por suficiente dinero como para dar la entrada de un bar y montar su propio negocio. Y hasta hoy. Bueno ¿y a ti qué tal te va?, me pregunta. Yo le cuento que soy profesor en la Universidad y que es un trabajo muy frustrante porque no consigo hacer ver a los chavales la importancia de estudiar f ísica, que no es lo que aprenden, sino cómo lo aprenden, que la vida consiste en tener una cabeza que te sirva para todo y que eso hay que entrenarlo. Le cuento que cada año doy las clases mejor pero aprueban los mismos, los que estudian y me pregunto si mi labor vale para algo. Él me mira pensativo mientras se acaricia la barbilla con la mano abierta y medio cigarro después me responde:

—¿Sabes? En el instituto debería haber una asignatura que se llamase “Las cosas que no se pueden comprar”, donde te examinasen de cuatro parciales. El primero sobre las cosas del corazón y todo lo que te puede pasar cuando el amor te nubla. El segundo parcial sobre el respeto por la gente y las cosas, que al final es lo único que te permite aprender de todo y de todos. El tercero de por qué tener sueños y cómo perseguirlos, tengas la edad que tengas. Y el cuarto parcial de por qué estudiar una carrera. El problema es que nadie con carrera es capaz de enseñar bien esa asignatura ¡Qué ironía! Yo le escucho boquiabierto y tardo casi un cigarro entero en digerir lo que me ha dicho. Entonces, justo cuando termina la canción que sonaba, se me ocurre la idea más genial de toda mi vida. —Oye Juli, ¿por qué no te apuntas a la Universidad a distancia, te sacas la carrera de Filosof ía y le das clases a los chavales de instituto? Ya sabes, nunca es tarde.


Juli termina su vaso de cerveza de un trago, me mira a los ojos pensativo y me responde: “Sí, alguna vez se me ha pasado por la cabeza la Universidad a distancia, pero ¿Filosof ía?… ¿Y eso para qué vale?” d

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Juli y las cosas que no se pueden comprar / por José Luis Prieto Martín