Page 1

A14. EL COMERCIO

SÁBADO 20 DE JULIO DEL 2013

LIMA CRÓNICA

FOTOS: KAREN ZÁRATE

La niñez se acaba muy pronto en las chancherías En Villa El Salvador sobran las historias de menores que trabajan antes de tiempo. ALBERTO VILLAR CAMPOS

P

ara llegar a Jesús, a José y a Laura debe atravesarse una vía rodeada por toneladas de desmonte, pistas semiderruidas y montañas de basura. Hay también cuerpos de perros muertos desperdigados, grandes campos de tierra, almacenes de multinacionales y, sobre todo ello, un cielo gris, un paisaje frío. Y un colegio nacional, el Virgen del Carmen N° 7077, uno de los muchos de Villa El Salvador en donde los niños han cambiado a la fuerza su fórmula lógica de vida (estudio más descanso) por una división absurda: trabajo sobre estudios. Jesús llegó hace 7 años de Aucayacu, Tingo María, junto con su madre y sus abuelos. “Los terroristas me amenazaban con llevarse a mis hijos. Al final se llevaron a mi yerno. A mí me dijeron que me fuera”, cuenta el abuelo, quien se trajo a la familia a un pampón alejado, lleno de parcelas y corralones mugrientos habitados por miles de cerdos. La familia de Jesús era –y es– una de las decenas que hacían –y hacen– crecer un negocio informal y peligroso. Y aunque al comienzo criar y vender cerdos alimentados con restos de comida, cartones, papeles y basura parecía el camino correcto, pronto el sueño se hizo pesadilla: el dinero no alcanzaba ni para alimentar a los animales. El abuelo multiplicó sus horas de trabajo, y Jesús y su herma-

no despidieron a su niñez. “Antes parecía un loquito: a veces amanecía y lo encontrábamos durmiendo junto con la comida de los chanchos. Decía que recordaba el ruido de los helicópteros y los bombazos, pero los psicólogos dicen que pasará”, cree el abuelo. Como él, todos los que aquí cuentan su historia (con nombres ficticios) están en riesgo: así de vengativo y violento es el negocio de las chancherías. Es algo que vale 20 soles por una semana de trabajo limpiando los corrales de los vecinos tres horas al día o pasando seis horas más recogiendo huesos de pollerías en un camión.

FORMAS DE HUIR. Los niños de estas historias suelen trabajar en condiciones difíciles, durante muchas horas y en corrales sin higiene.

CERDOS CAROS

Alimentar un cerdo por 5 meses cuesta S/. 225. Luego puede venderse a S/. 300. La ganancia es de apenas S/. 75.

“Los chicos no tienen un horario fijo, pueden trabajar de 9 p.m. a 3 a.m. y levantarse tres horas después para limpiar los corrales de sus casas”, explica Begonia Rodríguez, quien monitorea a un grupo de 8.134 menores que apoya en la ciudad el programa Pro Niño, de la Fundación Telefónica. Las cifras sobre el trabajo infantil son demoledoras: dos de cada diez de los cerca de 1,6 millones de menores entre 6 y 17 años que lo hacen en el país –según estadísticas del INEI– dividen sus días entre las labores y los estudios. Y pese a que la ley solo permite a los mayores de 14 años trabajar, con un contra-

TRABAJO APARTE. Niños como José laboran varias horas al día alimentando a los cerdos y ayudando a sus padres a recoger basura.

LOS EFECTOS DE LA EXPLOTACIÓN

LABOR DE ALTO RIESGO

Siete de cada diez niños que trabajan realizan actividades peligrosas, según el INEI. La crianza de cerdos puede acarrear el contagio de varias enfermedades, entre ellas unos insectos que penetran la piel, conocidos como piques. TRABAJO EN TODO EL PAÍS

El programa Pro Niño, de la Fundación Telefónica, beneficia a más de 55 mil niños de 258 colegios en 19 regiones, entregando útiles, reforzando sus clases o dándoles apoyo psicopedagógico, entre otros.

to y por no más de 4 horas diarias, la realidad noquea: en Villa El Salvador, muchos de ellos lo hacen desde más niños y por un puñado de monedas al mes. El trabajo como un juego José y Laura afirman cuidar chanchos y limpiar corrales para ayudar a sus padres, pero mienten cuando dicen que lo hacen solo por media hora y cuando terminan sus tareas. “Trabajo desde los 5 añitos – cuenta José, hoy de 12–, pero a veces no puedo porque tengo que estudiar”. Sus notas han caído, explica Begonia. Lo mis-

ENSEÑANZA. El programa Pro Niño busca que los menores disminuyan sus horas de trabajo con actividades extracurriculares.

mo pasa con Jesús y Laura. Desde que tenía 10, la pequeña –ahora de 12– asiste a su madre en La Maternidad, los corrales donde las cerdas paren. Ella limpia la grasa de los hocicos de los lechones para evitar que se asfixien y mueran. “Pero no me gusta la sangre que sale a veces”, confiesa. Cuando no trabajan, Laura y su hermana mayor juegan vóley o montan bicicleta en un terral lleno de lluvia y basura. “El objetivo es que disminuyan sus horas de trabajo y se dediquen más a estudiar”, subraya Begonia. Una de las formas

de conseguirlo es a través de un programa de actividades extracurriculares con las que Pro Niño refuerza sus estudios y sus habilidades sociales. Por ejemplo, Laura ha aprendido a tocar el cajón y a usar zancos. Pero su futuro, como el de los otros niños, va por otro lado: o quieren ser policías o abogados. De respuestas monosilábicas y una voz apenas audible, Jesús atraviesa los días como quien salta, una y otra vez, el mismo cerco electrificado: sin prisa, sin ganas, tal vez incluso sin esperanza. Así le dice adiós a la niñez.

Chancheria  

"La niñez se acaba muy pronto en las chancherías", publicado en el diario El Comercio de Perú el 20 de julio del 2013. Historia sobre el tra...