Issuu on Google+

alberto villar campos Periodista

Lea esto solo si tiene tiempo

L

uego de forjar una exitosa carrera por 20 años, la reportera estadounidense Mary Louise Kelly decidió dar un paso al costado en su profesión para enfocarse en la vida de sus dos hijos. La decisión la tomó luego de recibir una llamada de una trabajadora del colegio de su pequeño de 4 años, quien le informaba que este se había enfermado repentinamente.

En ese preciso instante, Kelly se hallaba a miles de kilómetros de distancia, cubriendo una visita del gobierno de su país en Iraq. La llamada fue breve y la reportera explotó: no podía oír ni decir nada a causa del ruido monstruoso de los helicópteros Black Hawk que había a su alrededor. “La mayoría de padres que conozco concuerdan que cuando el trabajo y la familia chocan, los hijos son primero”, sentencia

la ex reportera en un artículo para “Newsweek”. El jueves que pasó, mientras dejaba la estación del Metropolitano, me sorprendió descubrir, por entre las gentes apuradas, el cielo despejado de una ciudad de la que –al parecer– me olvido cinco de los siete días de la semana. Confieso que fue un hallazgo feliz porque todo el estrés de esta profesión maravillosa pareció borrarse de un solo tirón con la vista de aquel paisaje perfecto, lento, colorido y nocturno. Entonces, con menos peso en el cuerpo y, sobre todo, en la cabeza, exhalé. A mi alrededor, las personas seguían su camino. No parecían realmente interesadas en detenerse. El cielo, parece, está demasiado lejos de sus ojos. La ciudad puede hacerte a un lado si acaso decides tomarte un rato para descansar, y creo que muchos hemos op-

tado por la velocidad, olvidando que un minuto puede ser valioso aun cuando no hagamos nada más que pensar. Esto último puede sonar disparatado, pero es cierto: nos acostumbramos a desechar la reflexión y el goce del aparente “tiempo perdido” que, sin embargo, nos enriquece. Puedo equivocarme, pero parecemos robots. Cada mañana, camino al trabajo, veo en el Metropolitano a las mismas personas hablando por teléfono, pactando citas, regañando a otros, disculpándose por llegar tarde a una reunión, o revisando sus correos para hacer lo mismo. Aun cuando van en grupo, ninguno parece muy interesado en conversar con el de al lado. El bus es un hervidero de gente que ha perdido la noción del tiempo, o que comprendió, para su mala suerte, que el tiempo tiene sus límites.

según un sondeo

Somos una nación feliz — Un sondeo realizado por la consultora Win ubicó al Perú como el octavo país más feliz del mundo. Se presume que el resultado es producto del bienestar económico, pero algunos expertos concluyen que ganar más dinero no genera un mayor bienestar emocional en una persona. una pérdida de tiempo

El viaje más matador — Hace unos años, este Diario descubrió que cada limeño pasa, en promedio, cuatro años y medio de su vida viajando en bus. Aunque quizá ahora la cifra haya disminuido, se trata de una cifra que nos descubre la cantidad de tiempo que perdemos por las congestiones.

¿Acaso la ciudad nos ha vuelto así? ¿El ritmo de vida que tenemos nos impide frenar en seco para disfrutar de ciertas cosas simples como el cielo en una noche cualquiera o, al igual que Kelly, el decidir dedicarnos a nuestra familia pese a que una carrera exitosa nos diga lo contrario? ¿Creemos, acaso, que todas las cosas que tenemos que hacer a diario las completaremos en menos de 24 horas? ¿Tenemos que pasarnos la vida olvidándonos, precisamente, de eso: la vida? El tiempo es la cosa más valiosa que el hombre puede gastar, dijo hace muchísimo tiempo el filósofo Teofrasto. La vida es eso que pasa mientras haces otros planes, dijo John Lennon. Lea mañana en Lima a - Javier Lizarzaburu -


Lea esto solo si tiene tiempo