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Instituto Valladolid Preparatoria

Literatura

Leyenda de Benito JimĂŠnez

Autor: Luis Humberto Vega CastaĂąeda


Benito Jiménez Hace poco más de unos cien años en un antiguo monasterio Benedictino cerca del pueblo de Santa María, vivía Benito Jiménez. Él era encargado de la limpieza del Monasterio, tarea que era rechazada por la mayoría de los monjes, pero Benito al ser una buena persona y de buenos sentimientos accedía a llevar a cabo estas tareas sin quejarse.

Benito todos los días terminando sus deberes matutinos, solía irse al cementerio del monasterio, lugar donde le servía para encontrarse consigo mismo y reflexionar sobre ciertos asuntos. Ese cementerio se encontraba donde ahora es el Instituto Valladolid Preparatoria.

Ese cementerio era de los mejores de la región, bien cuidado, flores por doquier, y se respiraba una brisa de descanso y de paz.

Benito no era una persona alta ni bien parecida, al contrario, él era chaparro, con una nariz tosca y grande, panzón y feo. Pero ese era el exterior, por dentro era una persona de muy buenos sentimientos, le encantaba poder ayudar a las personas y dar de sí, no era en absoluto egoísta. Por tanto, sus compañeros, en muchos momentos llegaban a abusar de la bondad de Benito, también llegaban a ser groseros y


despreciativos con él. Es por eso que Benito siempre deambulaba por el Monasterio sólo y cabizbajo.

Un sábado en la mañana terminando sus deberes en el convento Benito se dirigía al cementerio como era de costumbre para poder pasar tiempo alimentando a las aves y teniendo un encuentro con Dios. Pero fue entonces cuando Benito se topó con la mujer más hermosa, Benito ya la conocía, era la hija del carpintero del

pueblo que como todos los sábados iba a recoger la comunión que le llevaba a su madre, quien ya llevaba varios meses en cama. Él nunca la había visto tan cerca y con un pequeño desplante, dónde se notaba nerviosísimo e inseguridad, la saludó y echó la cabeza para abajo. Liliana de pronto cambió el rumbo y se acercó a saludarle.-Hola, ¿Cómo te llamas?- Benito con la voz tartamuda por los nervios


contesto. –Benito Jiménez señorita ¿y usted?- -no hay necesidad de tanta formalidad, me puedes hablar de tu, mi nombre es Liliana- contestó ella. Después de una larga plática Liliana se marchó casi olvidando la comunión para su madre. Benito estaba encantado de la vida ya que casi nadie le dirigía la palabra, duraron horas platicando ¡qué impresionante! Antes de irse Liliana había prometido volver el sábado próximo y verse en el mismo lugar.

Benito toda esa semana y las que siguieron no podía quitar de su rostro la enorme sonrisa que había estado escondida por tanto tiempo. Tanto así que los mismos monjes notario el cambio en él, pero en realidad no les importo mucho, ya que

Benito era algo trivial y sin importancia en sus vidas. Pasaron los meses y Benito seguía recibiendo sus visitas sabatinas como ya era de costumbre; estos dos se habían convertido en buenos amigos. Pero había algo que Liliana no sabía: que Benito desde el momento en


que la vio había quedado enamorado de ella, pero eso como todos sabemos estaba prohibido ya que Benito era un hombre comprometido a Dios.

Siguieron los meses y Benito peleaba una lucha en su interior por no saber qué es lo que debía hacer; decirle a Liliana lo que sentía, guardárselo por el resto de su vida, ¡qué dilema!. Pero claro que Benito tenía miedo de que fuera a pensar Liliana, cómo lo tomaría.

Un sábado por la mañana, Benito faltó a sus actividades matutinas en el convento porque había salido al campo a recolectar flores para Liliana, al fin se había decidido a declararle su amor sin pensar en las consecuencias que aquello tendría al ser un hombre de Dios. Benito había llegado más temprano que de costumbre al cementerio, deambulaba de un lado a otro con las flores en las manos, pensando la forma en que iba a decirle a Liliana lo que sentía por ella. Cuando por fin apareció Liliana, ella quedó sorprendida de que Benito llevara flores, - ¿qué es lo que sucede Benito, para quién son esas flores?. Benito con un nudo en la garganta contestó: -son para ti Liliana, supe que te gustaban las orquídeas, y pensé que que mejor manera que dártelas para que ellas me ayuden a demostrarte lo que siento- a lo que Liliana inquirió: - No entiendo- Benito respondió: - ¡Sí Liliana, te amo con todo mi corazón!, lo supe desde el primer momento que te vi paseándote en el monasterio con aquel vestido azul, eres un ángel enviado por Dios que ilumina mi vida, eres como aquel rocío matutino que impregna mi corazón y llena de verdor las praderas de mi alma. Te amo, te amo con todo mi ser Liliana.- Liliana entonces rompió en llanto y con gran dolor en su rostro, entre dientes contestó: - Benito, estoy comprometida, lo nuestro es imposible- y tirando las flores al suelo, salió corriendo.


Benito devastado como si un huracán le hubiera pasado por encima, ese huracán era la tristeza que le inundaba por no poder estar con el amor de su vida. Benito vagaba triste y sólo por los pasillos del monasterio que en esos momentos se veía gris para él, ya que el mundo de Benito se había venido abajo, ya no había color en su vida, ya no había regocijo en su alma, solamente respiraba para no morir, pues ya no vivía.

Un día inspirado por la terrible tristeza y enojo que sentía y tal vez por el Diablo, Benito se decidió ir al pueblo y averiguar quién era el prometido de Liliana y así poder matarlo con sus propias manos. A Benito ya no le importaba nada, su espíritu estaba corrompido, solo pensaba en vengarse y en desahogar su enojo. Benito aquél día decidido a matar, salió armado con un cuchillo que tomó de la cocina del monasterio.

Paseaba por la plaza del pueblo esperando ver a Liliana y a su prometido. De pronto divisó a aquél hombre tomado de la mano de Liliana y supo que era su presa, la persona a la que iba a asesinar. Así que sin pensarlo dos veces, Benito se abalanzó sobre aquella persona,


y tomando el cuchillo que llevaba consigo se lo clavó en el cuello, causando una escena terrorífica; todo el mundo se paralizo al ver eso, Benito completamente manchado de sangre y aquel cuerpo sin vida que descansaba sobre los brazos de Benito. De pronto sin pensarlo, Benito dirigió la mirada hacía Liliana y con una mueca quiso decir lo siento. Entonces Benito corrió hacía el cementerio, su lugar de alivio, al llegar ahí se dio cuenta que seguía empuñando aquel cuchillo ensangrentado. Benito con un mar de sentimientos que le inundaba el corazón fue corriendo al cobertizo, tomando una gruesa cuerda regresó al cementerio y colgándose del árbol más alto y su preferido terminó con su penosa vida.

Desde entonces se dice que en el Instituto Valladolid, lo que solía ser el cementerio Benito suele dar rondines todas las noches intentando apaciguar su alma que no deja de lamentarse por lo que hizo, sin nunca poder conseguir el perdón de Dios ni el suyo mismo, destinado al castigo eterno y a las llamas del infierno. Por eso nunca salgan de noche, a menos que quieran tener una buena charla con Benito Jiménez.


Benito Jiménez