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CRÍTICA UNIVERSITARIA AVANT LA LETTRE por Simón Caspar

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iserable como la celda de Jean Valjean, como el asesino de Marat, más allá de otra miseria, o de su época o de su condición –preludio del huracán- la miseria de Van Gogh, de Baudelaire la miseria postrado en su departamento y enguantado en los paraísos artificiales. Pero bien, resabio son estos desconsuelos de la grandísima desmedida indigencia en que vivió Horacio, padre de las odas. Es al arte, como a las cosas burdas, a lo plástico y material, al desafinado clamor victimario, a quien se trata precisamente como trueque o moneda de cambio, míseros centavos. Porque luego del milagro impresionista (y Dalí es culpable de esto), la mezcla de género y óleo se empezó a avaluar en dólares de un verdor preciso e infalible. De hecho, al pionero André Bretón se le formó un “S-a-l-v-a-d-o-r D-a-l-í” jugando Scrubble, y a modo de anagrama lo transformó en “A-v -i-d-a D-o-l-l-a-r-s”; ganó el juego, y su ajedrez contra el infinito. “Sacre Bleu!” exclamaba Picasso (tal como Pierre Nodoyuna de los Autos Locos) cuando se daba cuenta que el período Azul vendía como Jehová su best-seller de todos los tiempos. Quizás por eso era Picasso tan fecundo y productivo, o por la misma razón Dalí concedió el sueño dorado a una prominente estudiante de arte de alguna de esas écoles parisiennes, al enseñarle su técnica y retazo para que se siguiera vendiendo dalis aún después de muerto. En fin, al principio les hablaba de otros artistas, nuestros proto-modernistas –y lo digo con desgano, “modernista” era el término que ningún artista debía usar, “futurista” sí, pero modernista, esa es una estúpida barbaridad, todos los verdaderos subtitulaban sus “ismos” con el catálogo de “arte modernista” o “devotio moderna”, si es que el arte debe concebirse como modernidad, porque de otra manera no se concibe, supongo que el lector no disiente. Pero… ¡Pardiez! les hablaba en realidad, de los artistas arraigados, verdaderos, aquellos que exponían sin curadores (que oficio más vergonzoso), ni derechos de autor, ni inauguraciones sensacionalistas, ni circulares discursos metafísicos sobre sus manualidades. (“desde la primera hebra germinando en el ácido desoxirribonucleico hasta nuestros días, todo se ha transmitido por la genética, entonces: Dalí ente monárquico, terrenal y escatológico”, decía él sobre él como siempre, así fuera Rey por una sucesión genética aleatoria. Dalí era un loco que se creía Dalí –epíteto que disfraza un eufemismo negativo (no disfemismo), porque en rigor, para ser loco se necesita mucho criterio y razonamiento. No es el loco el que rompe todos los lazos de la razón a dientes apretados, no: “Dalí era un loco”, disculpen la redundancia, genio criterioso). Qué manera tan zafia, qué crudo resulta darse cuenta que, en rigor, no hay genios, sólo ocurrencias geniales; nadie es capaz de ir más allá del deseo y del acto para empozarse en nuestro recuerdo, como creados y no creadores. Decía Lewis Carroll una frase

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que ya es mía (por derecho a las franquicias, naturalmente): “qué banal es aquella memoria que sólo funciona hacia atrás”. Ninguno de los magnánimos es capaz de lo nimio. Es que es lo sencillo lo que aterra a los elevados, a esas seseras recontrasinápticas. No es lo complejo, ni lo inexpugnable, menos lo inentendible es aquello que socava alientos monumentales; no sé quién era el que se quejaba de su editor cuando este le pedía que apurase la marcha, a lo que reflexionaba responderle: “claro, en escribir veinte líneas me demoraré un minuto, pero en reducirlo a una, uff! edades ciegas” (no puede haber sido un francés en todo caso). Hacia estos redobles, el vergonzoso de Stephen King comentaba que si se ponía cualitativo y no cuantitativo respecto a su literatura, viajaría en tercera y no en primera: no hay best-sellers de menos de 200 páginas. En fin, me subo de nuevo al tiovivo. Ocurre que ese Marx, el de la barba rubicunda (o roja directamente) dejó preñada a su criada; Quevedo, con Quevedo en Primavera, Viaje al corazón de Quevedo, ese Quevedo era el mismo que lamía botas en la corte, el único, el inigualable clarín de Felipe IV; y para qué repetir a Picasso ¡rácano impasible!, o Einstein, que daba por igual al científico con el artista, ¡ignominioso! (hacia el segundo, sin duda). Así las cosas, palpita en lo grandes histriones de la historia un verdadero amor por los idearios, por el surgimiento de nuevas imaginerías para la humanidad; pero muy solapado y pueril está el amor a la persona, a uno, a la unidad de lo simple y representación de lo humano. Surgen capitanes que aman su barco pero no el océano; la extensa latitud, el delirio ante la magnitud concéntrica de la tierra para el cartógrafo, pero no un puñado de hierba húmeda entre los dedos; así, el ejemplo de Marx, que es al proletariado pero no al proletario, y más aún los otros, y más allá, más allá. Bueno, pero vayan ustedes a qué voy yo. Es así, ocurre lo siguiente. En aquella época de las Vanguardias de los años 20’ emerge una polaridad que, petróleo del aljibe, me pasma. Hasta ese entonces los artistas grandes y pequeños, los mancos y bicéfalos, como los patizambos y patituertos, todos separados habían pintado juntos con un denominador común, la Realidad. Y lo digo tajante, rajo el queso desde el hombre hombre de las cavernas hasta el hombre ave de las Vanguardias. Aunque sucede que todavía no tenemos la mariposa clavada en el cartón, existe una excepción: Jeroen Anthoniszoon van Aken, rey de reyes; Hieronymus Bosch para la nobleza, El Bosco para el pueblo llano. No hallaban cómo catalogarlo, pintaba una cosmovisión de hagiografías y tesauros alocadamente, alla prima, con profundo respeto a lo grotesco (que yo tanto admiro) y a lo onírico; despegando de un regimiento de merluzas ciegas ¡si se le adelantó a Nostradamus! Pero lo injuriaron “impresionista teutónico”. Las obras pasan de ser un periódico de noticias increíbles, a papel de diario para envolver mercadería. Mientras El Bosco pincelaba poliméricas panaceas, sus contemporáneos no podían sobreponerse al yugo de la pintura sacra, a la temática supersticiosa, y peor, pintaban con cautela de la Inquisición. Él no fechó ninguno de sus cuadros ¡pero si es que era un avant la lettre! avanzado a su tiempo, se los fecharían en 1920. Hay quienes conciben la historia como un proceso dialéctico. Ellos dirían que aquí ha habido una conversación centenar, una pregunta respondida cinco siglos después, quinientos años de duda. Pero es que no hay que ser politólogo para analizarlo, El Bosco lo diría así: “cuando el artista se sacara la venda que el sistema le ha puesto en los ojos, y sonriera como una mujer que ve jugar a sus niños, se acabará el plus ultra incesante, cuando sonriera a lo sencillo, mi propuesta será respondida”. Artistas, respondedle a Bosch, sólo entonces artistas, sólo entonces.



DECLARACIÓN INCOMPLETA DE PRINCIPIOS por Daniclates "Llegó un momento en la compleja historia del hombre en que el mundo estaba tan lleno de objetos útiles, que nada pudo inventarse, y nada fue jamás llamado “nuevo”.

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a racionalidad absoluta de lo humano completó todos los vacíos. Aunque la frase "racionalidad absoluta de lo humano" es, de por si, sospechosa. Podríamos querer escribir desde nuestras perspectivas, pero eso se nos antoja demasiado pretencioso, aunque, en el fondo, no tenemos el más mínimo problema con la pretensión, mientras sea franca, mientras sea de frente, mientras esa pretensión no quiera parecer castillo volador, sino que, más bien, cadáver de hace días, cadáver infinito, cadáver que nunca murió pero es cadáver, o sea, siempre fue cadáver, siempre será cadáver. En fin, no tenemos problemas con las pretensiones cuando son de esa calidad. El mundo, como nos dicen los científicos, dejó de posibilitar la inventiva. Aunque, decir que el mundo "deja" algo es, de por si, sospechoso. Podríamos querer escribir desde todas las perspectivas, pero eso, quizás, sea imposible. Aunque no tenemos ningún problema con lo imposible, ni con la idea de ello, siempre y cuando lo imposible se parezca más a un asesinato que al nacimiento de un nuevo salvador que nos regale otra oportunidad, como dice la canción. Siempre y cuando lo imposible hieda y no meramente huela, siempre que sea posible que lo imposible -sin valor la redundanciamerezca una renuncia total y no solo sea una potenciación a lo infinito de la virtud, es decir, siempre y cuando lo imposible se trate de latidos, grandes, completos, totales, y no meramente una respiración suave y sudorosa. En fin, esas son las clases de imposible que nos interesan. También, ocurrió que los matemáticos, que son los mas románticos de todos los seres humanos, acabaron, sin querer hacerlo, con las posibilidades del tablero de ajedrez. Se supone así que, normalmente, se gana con las piezas blancas y se empata con las negras. Conclusión que se asemeja mucho a la infinidad o a la inestabilidad, que es más bien estabilidad del pi, que dicen que es azar, pero es, ni más ni menos que la comprobación de que allá donde lo irrepetible se extiende sobre lo infinito sólo hay una sola cosa y esa cosa es equidistante desde cualquier punto a cualquier punto; el mundo, el planeta, los científicos, los matemáticos, desde un punto a cualquier punto, el pi y el termino de las posibilidades en el tablero de ajedrez, en realidad, son una sola cosa, una unidad, una unidad que se junta y va al colegio y después, a la universidad con otras unidades. Pero, lo que ocurre en realidad, es nada. No sabemos nada de la unidad, de las unidades, de la totalidad, por eso solo queda lo vacuo y la exquisitez de lo vacuo, que es, precisamente, que se pude llenar de semen, de orgasmos y de cadáveres, que son, quizás, las tres únicas cosas importantes de todas cuantas son impotables. Pero, esa certeza, la de que el semen, los orgasmos y los cadáveres son lo único que importa, es, de por si, sospechosa. Y, más aun, para desmenuzar -y dejar en la duda o en la deuda- la levedad de la afirmación sobre lo que importa; lo que nos importa o lo que nos parece importante es algo que se parezca más a la finitud, algo que carezca más bien de utilidad, lo importante nos interesa sobre todo cuando parece que está en el borde -del precipicio- de la siembra de creaciones humanas como un ocaso derritiéndose en el mar, así en el horizonte, es decir, lo importante nos interesa, cuando es más gato-galaxiamuerta que perro-manso-vivo, puntualizando aun más,

lo importante nos interesa mas bien cuando desde ahí se nos posibilita un paralelo entre algo y nada, o un paralelo estructural entre lo que se nos olvida y lo que no recordamos: lo importante nos interesa solo si desde la consecución de lo importante es posible destruir o matar o, nos interesa, solo si desde allí se nos permite la extensión confirmante de la incerteza total contagiosa para con los otros seres, pero intransmisible ¿como se transmite la incerteza? ¿Son verdaderamente transmisibles las certezas? Ahí donde, o más bien, allá donde lo irrepetible se extiende sobre lo infinito está lo que nos importa, allá. Y todo lo que es irrepetible es algo que se asemeja más a algo que esta cayendo que a algo que esta estable en un mesa, o, para ser más claros, es algo que se parece a un vaso de cristal cayendo, caída desde la cual nos prefiguramos -como incerteza- el estado luego de ese vaso cayendo irrepetible en el suelo aunque quizás no haya suelo- y desde el cual, también, nos podemos mirar a la cara sin que lo percibamos, es decir, el vaso cayendo, o más bien, caído roto, es irrepetible y solo nos interesa en tanto vaso roto y no en tanto vaso. Aunque aun no nos definamos por algo que sea, más bien, el vaso cayendo o el vaso caído y aunque, además e importante de decir, la cosa que llamamos vaso roto no es un vaso roto, ni será jamás un vaso roto y hasta es posible decir que nunca fue un vaso roto, sea, más bien, una especie de ficción filológica que sirva para entender un poco eso que cae o que esta cayendo, que por la inercia misma de la caída -aunque esto parezca una mentira- deja de tener nombre posible o deja de tener caída posible, o deja de estar cayendo precisamente por la inercia de la caída. Aunque, nos imaginamos -usted y yo-, no solamente que el tiempo está ahí siempre presente, sino que, más bien, se constituye "tiempo en si dentro de eso que cae", o "tiempo eso que cae que no tiene nombre", aunque la innominabilidad de la cosa que cae, que no es una unidad, sino, más bien, es la unidad pero no La Unidad-, tanto como mi mano soy yo, o sea, puedo decir, para ser claro y al mismo tiempo mentiroso, que mi mano soy yo, es decible ¿Que es esa cosa media morena y media roja con una especie de cinco algas firmes y articuladas o como cinco mini columnas con dos rodillas que tiene en el extremo que se vincula con el vacio de cada mini columna algo semejante al cristal pero más vivo , lo que equivale a menos puro, parecido al cristal pero más vivo, es decir más sucio, más cartilaginoso, más irreconocible, más inclasificable, que es esa cosa? Esa cosa soy yo, o, lo que es lo mismo, soy mi mano yo, o mi mano yo soy, o mano yo soy, o yo soy mano, o masoyno, m a nos oy , yomano, manoyo, mayono, yamono, onomayo, y así hasta lo infinito. Aunque la innominabilidad de la cosa que cae es precisa-

mente lo que nos entrega: lo que no podemos volver a entregarnos a menos, claro, que no lo intentemos y devengamos algo que no sea yo, ni nosotros, sino ser. Lo otro, que es más bien "eso" viene hace bastante tiempo derritiéndose, es que, cualquiera, cualquier punto pequeño e inverosímil puede transformarse en cualquier cosa y eso porque todos somos uno. Y lo otro o también, lo uno, nos interesa siempre y cuando sea soberbio, sea prepotente, y no una delicadeza francesa. Nos interesa, nos excita lo otro -y lo unosiempre y cuando eso sea inmenso, arrollador, selvático, desértico, caótico, ebrio. Lo otro solo nos hace eyacular cuando es violento, cuando es sangriento y no meramente un razonamiento bonito como un ballet, si no que es feo como un punkrocker defecando. Lo otro o lo uno nos interesa sólo si se constituye como eso, más bien, desde el exceso, más allá del exceso, digamos, para dar un ejemplo, exceso de literatura, exceso de rabia, exceso de alcohol y drogas, exceso de sexo, exceso de pornografía, exceso de normatividad vacua, de manera tal que deviene caos, de manera tal que deviene lagrima, en lamentos infinitos cantados por un pájaro ininteligible. Lo otro o lo uno, nos interesa sólo desde que eso sea extensivo a la desesperación y no a la tranquilidad, sólo desde que eso nos conduzca más al precipicio que al hogar, a la imagen del hogar desde donde se vive o se toca o se abraza, no porque tengamos problemas con el abrazo, sino porque ya, hace tiempo, que esa clase de amor, o más bien, la evolución del amor a lo que es ahora no conviene a nuestras pretensiones subversivas, porque el amor ya no actúa como motor sino que como tranca, como freno a eso que queremos y que desde estas circunstancias se nos hace imposible querer o pretender. Aunque en el fondo

no tenemos ningún problema con el amor, sino que, en el fondo, lo anhelamos como un condenado a muerte anhela la absolución. Pero preferimos morir, sacrificarnos, autodestruirnos empuñar la piltrafa detestable de todo lo que somos, llevado al exceso, para violentar a los otros con la imagen grotesca de lo que son. Lo otro y lo uno nos interesa solamente en tanto arma asesina. Solamente en tanto posibilite nuestra muerte para la vida -otra vida- de los otros. 


pba