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MIRAR A LOS OJOS Por Denise Phé-Funchal

Los celulares y las computadoras hacen que en segundos podamos hablar y comunicarnos con personas que se encuentran al otro lado del planeta. Esto permite que familias y amigos se sientan cerca a pesar de las distancias. Pero ¿Qué pasa con la comunicación que tenemos con los que de verdad, físicamente, están más cerca de nosotros? Hace unos días, en un restaurante de comida rápida vi una familia: papá, mama y una niña de unos 7 años. La chiquilla jugaba dando vueltas alrededor de la mesa mientras sus padres, sin hablarse entre sí y sin ponerle mucha atención a ella, aprovechaban –cada uno en su dispositivo electrónico- de la señal de internet del lugar, Estuve más o menos una hora en el restaurante y durante todo ese tiempo ni una palabra salió de los labios de los padres. Si volteaban a ver a su hija, no era más que para constatar que ella siguiera ahí, y pronto volvían al aparato que tenían frente a ellos. Esto llamo tan poderosamente mi atención que entonces me puse a ver alrededor para observar si la escena se repetía en otras mesas.


Un grupo de jóvenes, metidos todos en sus celulares, tecleaban sin parar. Lo mismo sucedía en otros lugares del restaurante. Adultos, adolescentes, niños, hombres y mujeres de todas las edades comían en las mismas mesas, pero cada uno estaba metido en su propio mundo. Recordé entonces mi casa, mi familia y lo mucho que molestaba a mi mama que mi hermano o yo quisiéramos llevar un libro o una revista a la mesa. Las comidas nos decía ella, son para comunicarnos, para platicar y estar juntos, y creo que no fue sino hasta ese momento cuando la comprendí, al darme cuenta de cómo podemos estar tan cerca, en ambientes propicios para comunicarnos, pero al mismo tiempo tan alejados unos de otros. No sé qué tan lejos estemos, por ejemplo, de un mundo como el que se plantea en esa película de un robot que se encuentra en una nave espacial llena de personas obesas, sentadas todo el día frente a una pantalla, comunicándose solo de esa manera, perdiendo así todo contacto humano, olvidándose de su voz y de sí mismos, dejando a un lado toda relación entre personas reales y concentrándose en vivir su vida a través de una pantalla.


Podría pensarse que esa película es una exageración, pero cuando veo grupos de amigos que ya no se hablan, padres que no les dirigen más que una pequeña y breve sonrisa a sus hijos porque lo que pasa en el mundo virtual es más importante en ese pequeño robot que no lograba explicarse como la humanidad no era capaz de verse a la cara y darse cuenta de los demás, de lo que sucedía en su realidad inmediata. En esa película, los seres humanos habían acabado con la Tierra, habían dejado que la basura y la contaminación terminaran con todo lo bueno que hay en ella. La indiferencia y el estar pendientes solamente de sí mismos y de sus necesidades, sin tomar en cuenta al planeta y a otros seres vivos, los había llevado a una destrucción total de la vida en la Tierra y los había confinado a una nave espacial en la que lo único que hacían _no por decisión propia, sino por costumbre –era estar prendidos a una pantalla de computador. Algo similar es lo que ocurre con las relaciones interpersonales que, al final de cuentas, nos dan vida. Las personas que se internan en esa vida virtual, a través de una computadora o de un teléfono inteligente, van dejando a un lado la vida, a los demás. Podría incluso pensarse que si


bien no se vuelven obesas por fuera, por dentro están tan llenas de “comida informática” como las redes sociales, los juegos que requieren horas y horas de atención, los chats y las actualizaciones de noticias sobre los famosos y otras cosas que, si lo pensamos bien, no son importantes, al menos no tan importantes como la vida, la familia, los amigos a los que podemos ver cara a cara. Pensando en el episodio del restaurante y en la película del robot, la siguiente vez que vi a mis amigos les propuse apagar los teléfonos, primero por media hora –luego tendríamos cinco minutos para ver si algo realmente importante había sucedido-, luego por una hora. Al cabo del tiempo y en las reuniones siguientes, llegamos a la conclusión de que cuando nos juntáramos, dejaríamos solamente uno de los teléfonos encendidos y que les daríamos a nuestras familias ese número para que nos llamaran si – y solamente si- algo importante o urgente había sucedido. Han sido las mejores reuniones del mundo, solo entre nosotros, hablando, comunicándonos como lo ha hecho la humanidad a lo largo de los siglos. Las ventajas de la comunicación moderna son innegables, permiten que mantengamos relaciones de amistad, que hagamos negocios y nos enteremos de cómo va el mundo. Sin embargo, tampoco podemos negar que cada vez es más común que las personas se internen en el universo de su teléfono y se pierdan la comunicación cara a cara. ¿Qué tal si la próxima vez que estemos en familia o con amigos nos olvidamos de los celulares y las computadoras, de las redes sociales y de los chats? ¿Qué tal si aprovechamos el tiempo que tenemos juntos? Total, siempre habrá un momento para responder a los mensajes, para ver si alguien ha comentado en nuestro perfil. Pero el tiempo que


tenemos con los que están cerca en un momento especifico no volverá, no se dará de nuevo. ¿Qué tal si soltamos los celulares y nos miramos a los ojos?


ELABORADO POR: BERÓNICA AGUILAR

BIBLIOGRAFÍA: Santillana. Lectópolis G. Guatemala. Editorial Santillana S.A. (2014).

MIRAR A LOS OJOS  

LECTURA PARA REFLEXIONAR SOBRE EL USO DEL CELULAR Y LAS COMPUTADORAS

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