Issuu on Google+

© Alvaro Salazar Safe Creative: 1302084561934

¡No somos mano de obra!

Nunca te he hablado de J, ¿verdad? Es mi vecino; nos conocemos desde niños; fuimos juntos al colegio y luego al instituto. J es una de esas personas tímidas y apocadas a quienes les tiemblan las piernas ante la sola posibilidad de llegar a incomodar con su opinión o con su simple presencia. No te gusta este tipo de gente, ¿verdad? Ya veo, desconfías de ellos y hasta te resultan patéticos. ¿Que si a mí me cae bien J?; bueno, es mi vecino de toda la vida, él es como es, no podría juzgarlo. J escribe desde hace años, exactamente desde que su mujer le abandonó. Y, sin embargo, al contrario de lo que se dice en la escalera, J no escribe por despecho, ni lo hace por llenar el vacío del abandono; que va, la razón se encuentra en


su carácter, en su forma de ser; lo de su mujer actuaría como simple catalizador. Como tú y como yo, como todos, él también tiene necesidad de dar salida a sus inquietudes, de ser escuchado, y como J le tiene menos miedo a escribir que a hablar, ya sabes, así no tiene que dar la cara, por eso escribe. Es así de sencillo. La cosa es que mi vecino escribe casi a diario, en horario de mañana y de tarde y siempre en el mimo lugar, la habitación donde duerme y que antes compartió con su mujer, y un día escribe sobre una nube, otro día se sumerge en lo más profundo del alma humana o en la enfermedad y la devastación que ésta provoca, otro fabula sobre las aventuras de un lagarto que ha vivido siempre en cautividad y que es liberado en un parque público, o persigue reflejos en el mar, o en el cielo, o en los trigales, o saca en procesión a sus fantasmas, a los recuerdos de su infancia, a su resentimiento, a su frustración. Cualquier día de estos escribirá sobre peceras, sobre los peces que habitan en las peceras, sobre las burbujas que dejan escapar los peces que habitan en las peceras y que ascienden a la superficie como en esas series de dibujos animados que veíamos en la niñez, y me lo dará a leer y me pedirá mi opinión y yo le diré que está bien, que está muy bien, ¿y qué voy a decirle sino?


Pero bueno, vaya rollo que te estoy soltando. Iré al grano. Imagínate: J se levanta a las siete, baja a por el periódico que el repartidor ya habrá dejado en el portal, se prepara el desayuno: zumo de naranja recién exprimida, tostadas untadas con miel de brezo, queso fresco, pongamos que le gusta alternar el queso fresco con el yogur natural, y café poco cargado, se sienta a la mesa de la cocina, extiende el periódico, se pone a desayunar mientras ojea los titulares del día y, después de fregar, irá a su habitación y escribirá hasta las doce y media. Así todos los días, ayer también. Y resulta que ayer, J se topa, en las páginas de “ciudadanos” de su periódico, con la breve reseña que recoge unas palabras del ministro Wert bajo el titular «no estudiar lo que apetece» y, a pesar de que este tipo de cuestiones, por prosaicas, no suelen tentarle, lee la reseña y su lectura le indigna. Sí, apostaría que ocurrió de esta manera. En cualquier caso, cuando J termina de fregar y se sienta, por fin, ante el ordenador, en la hoja en blanco que le ofrece el procesador de textos, en vez de «pecera» o «pez» o «burbuja», teclea: «¡No somos mano de obra!». Y bajo esta afirmación acotada por los signos de exclamación de su indignación, se pone a escribir. Toma. Esto es lo que ha escrito. Léelo por favor.


» Soy un ser humano. Pertenezco a una especie, la humana, humanidad la llamamos, que a todos nos iguala en el plano genético, y en algún otro plano nos habrá de igualar también, pues tenemos la capacidad de reconocernos como tales humanos y, de este modo, podemos sentir compasión por los demás o ser solidarios con ellos. Y esto último, por encima de cualquier instinto animal de supervivencia. Somos una especie, la única que sepamos, capaz de preguntarse qué nos hace humanos. Eudald Carbonell y Robert Sala nos ofrecen como explicación el término adquisición, el cual nos remite, a su vez, al concepto de adaptación; es decir, no somos lo que somos por accidente, conquista o designio estelar, sino que somos fruto de nuestra adaptación progresiva a entornos nuevos o cambiantes; somos el resultado de un proceso evolutivo que continúa abierto. Y Eduard y Robert nos dicen que es la técnica o, mejor, la utilización inteligente de la técnica y su socialización, la que nos ha permitido, y nos permitirá en el futuro, ser humanos y ganar la partida a nuestro pasado y presente primate. Y ya estamos aquí, ya hemos llegado. Nos encontramos frente a la inteligencia. Cierto, todos los animales somos inteligentes, pero únicamente uno dispone, insisto: que sepamos, además de una inteligencia computacional cercana


al instinto, de otra inteligencia ligada a la capacidad de proyectar y de elegir entre distintas opciones, emparentada, entonces, con la libertad de escoger y, más aún, con la libertad de crear posibilidades. Aprendemos y nos adaptamos, cierto, pero también decidimos lo que queremos aprender y, en lugar de plegarnos al entorno, podemos modificarlo. Para aquellos que hayan leído a Marina me habré explicado mejor. Soy un ser humano, decía. Me define mi inteligencia, me determina mi libertad. Mi capacidad de elegir y mi derecho a elegir confluyen en mi condición de ciudadano. Y, sin embargo, este señor del gobierno nos dice: cuidado, no os dejéis llevar por vuestros deseos, estudiar aquello que se necesita. Pero, ¿quién lo necesita y qué es lo que necesita? Fácil respuesta: quien demanda es la empresa y lo que la empresa necesita es mano de obra a la carta, en la cantidad que ella precise y en las condiciones que establezca. El mundo al revés. Las personas al servicio de la empresa. Pues no. ¡No somos mano de obra! No somos ni un recurso, ni un mero coste. No nacemos para ser un bien de uso, no vivimos para ser usados, hoy te queremos de esta forma, mañana te querremos de aquella otra. Somos personas dignas de respeto y, para ganar nuestra dignidad, respetamos y exigimos respeto.


Claro que, este señor del gobierno tal vez piense que pretender hacer lo que uno desea o le gusta, únicamente digo pretender, no es deseable, pues estamos aquí para penar, que la vida es, ¡desde que nacemos!, un valle de lágrimas. Así que nada de desear, que ya habrá quien desee por nosotros. Pero entonces, si no nos conviene emprender lo que nos gusta y con lo que disfrutaremos, si hemos de ceder a los dictados de la necesidad, no la nuestra, por cierto, sino a necesidades ajenas, ¿dónde quedará el gusto por trabajar, por proyectar, por emprender que toda obra que merezca tal consideración precisa?, ¿acaso alguien se imagina que puede existir una fórmula capaz de crear algo hermoso y útil y que, entre sus elementos, no se encuentre el gusto y la apetencia en el obrar?, ¿es posible que alguien pueda pensar que se le puede obligar a la gente a crear? Y yo, iluso de mí, creía que vivíamos un cambio de era y que nos adentrábamos de la mano de la tecnología, eso sí, de manera convulsa, hacia una sociedad en la que las personas, su inteligencia y creatividad, pasarían a ser la clave del progreso... Pero no. Ahora resulta que en vez de cerebros, necesitamos mano de obra. Sí, ya sé. El ministro no dijo lo que se dice que dijo; la frase está sacada de contexto y contenía, además, adverbios que, al ser podados, la desvirtúan gravemente. Y posiblemente sea así. ¡Pero es que llueve sobre mojado!


Y sí, también pudiera ocurrir que saco las cosas de quicio y extraigo conclusiones equivocadas de sus palabras. También pudiera ser, lo admito. Y, además, tampoco debiera ponerme como me pongo por tan poca cosa. ¡Con la que está cayendo!: crisis, corrupción, miseria sobre miseria. Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar, de manera paranoica posiblemente, que el consejo que el ministro nos ofrece casa de maravilla con el futuro de estrecheces y penurias que a lo peor nos aguarda tras la crisis que algunos llamamos saqueo. ¿Y si la lógica ultraliberal de la deslocalización fuera un boomerang que, tras golpear, y lo seguirá haciendo, a los países más pobres del planeta para aprovecharse de su mano de obra barata y de su legislación laxa y favorable a los intereses de las empresas transnacionales, viene ahora de vuelta para descargar su golpe sobre este viejo continente que, por viejo y artrítico, difícilmente podrá esquivarlo? Pero no me hagáis caso; yo poco sé de estas cosas.

Qué, ¿qué te ha parecido?; un ladrillo ¿verdad? Pues mira, pretende que lo publique en nuestro blog. Verás. Resulta que hoy por la mañana, cuando iba a trabajar, J sale de entre las sombras del portal y me tiende


estos mismos folios. Toma, me dice, si te parece, puedes publicarlo en tu blog. No hay duda de que me estaba esperando. Bueno, yo me quedo allí plantado como un pasmarote, con los folios en la mano, sin saber qué decir. Y ya sabes lo que suele ocurrir en estas ocasiones, que terminas por decir lo primero que te viene a la boca. Así que, sin haberlos ojeado siquiera, voy y le pregunto: ¿con tu nombre o con el mío? Entonces J se puso visiblemente nervioso: no, no, me dice, con mi nombre no. Si quieres, lo puedes firmar tú mismo. Y, esbozando una sonrisa, se fue escaleras arriba dejándome aturdido. Ya ves. Mi vecino nos ha salido columnista. Se ha dejado llevar por el cabreo y, en vez de uno de sus relatos, le ha salido un artículo reivindicativo. Y, claro, como no encaja en su estilo, no se le ocurre mejor idea que pasárnoslo para nuestro blog. Y mira: a lo mejor resulta un buen contrapunto a nuestras últimas entradas. Ya sabes, últimamente abusamos de los videos y las fotos y los dibujos; un poco de literatura no nos vendría mal. No pongas esa cara hombre, que te estoy vacilando. Pero bueno, ahora en serio. ¿Me puedes decir qué podemos hacer con estos papeles? Ya. El cubo de la basura. Pues no sé...


¡No somos mano de obra!