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© Alvaro Salazar Safe Creative: 1301164364748

Jinetes en la tormenta

Una estampa irreal, cuatro jinetes surgiendo del bosque que asciende las cuestas de un valle que se recoge y recoge hasta quedar remansado entre los contrafuertes de las montañas. Una estampa irreal, insólita, nubes brotando de los hocicos de las bestias, nubes saliendo de los oscuros huecos donde debieran estar los rostros de esos cuatro jinetes, ocultos, los rostros, tras las oquedades, como bocas de lobo, moldeadas, las oquedades, con los paños que protegen las cabezas del frío que viene de la montaña, nubes surcando el breve espacio azul del aire que respiran las bestias y los hombres, cuatro jinetes surgiendo del bosque para penetrar en el valle que se remansa contra los contrafuertes de las montañas. Una estampa irreal, insólita, como sacada de un sueño, cuatro bes-


tias cabeceando en las cuestas del valle que ya no es valle sino cuestas acostadas en las montañas, cuatro jinetes respirando el aire azul y frío que introducen en los pulmones con gran esfuerzo, para nada, o para casi nada, apenas un breve alivio azul y frío en los pulmones, cabeceando las bestias en las cuestas que llevan a ningún sitio, únicamente blancos contrafuertes vertiginosos tras la niebla blanca que absorbe la respiración de las bestias y la de los jinetes, y la ventisca azul y fría que lo llena todo. Habían abandonado el camino del puerto tras la sombra bamboleante del guía se ve no se ve se ve no se ve entre la niebla, para tomar un camino bamboleante se ve no se ve se ve no se ve entre la niebla, cuatro hombres de armas arrebujados en sus capas, respirando con dificultad el aire azul y frío que baja de la montaña, aplastados por el peso de la malla y el de las armas, aplastando con su peso y con el peso de sus pertrechos y armas a sus monturas, acrecentando la niebla blanca con su respiración y con la respiración de las bestias, cuatro hombres de armas avanzando en un vacío blanco y ciego, eh, eh, grita el hombre de armas que encabeza la partida dirigiéndose al guía tiempo ya invisible, dónde te has metido, maldito, dónde te has metido, eh, eh, gritan ahora los cuatro hombres de armas al unísono, un coro de gritos más de miedo que de llamada, por dónde nos has metido, maldito, por


dónde nos has metido, luego nada, silencio únicamente, la voz azul y fría que baja ululando por la montaña. (Solo una misión de guerra ha podido traer a estos hombres de armas hasta el corazón de estas montañas, solo una misión de guerra y las monedas ofrecidas a cambio de su cumplimiento han podido arrastrar a estos cuatro hombres de armas por el camino del puerto tras la sombra bamboleante de un guía se ve no se ve se ve no se ve entre la niebla, sólo una misión de guerra, la paga por llevarla a cabo y una traición artera han podido meter a un grupo de cuatro hombres de armas por un camino bamboleante se ve no se ve se ve no se ve entre la niebla que se adentra por un valle ciego que se remansa contra los contrafuertes de las montañas, pero esa sería la historia de una misión secreta de guerra trufada, como todas las guerras, de traiciones, esa sería ya otra historia). Ahora son únicamente cuatro jinetes (traicionados y abandonados a su suerte) cabeceando en las cuestas del valle que ya no es valle sino cuestas cegadas contra estas montañas, sus ojos cegados también por la ventisca blanca, blanca la nieve también, y la niebla blanca, el blanco vacío lo cubre todo y en ese vacío blanco resplandece la certeza de su suerte, y los hombres se saben burlados, abandonados, por dónde nos has metido maldito, por dónde nos has metido, llevan tiempo gritando, pero sus voces van perdiendo fuerza y de las oquedades, como bocas de lobo, ya únicamente surgen


lamentos, susurros apenas acallados por el ulular del viento que arrecia en la ventisca, y más tarde, silencio, solamente alientos blancos que acrecientan la blancura de la niebla. Y, de pronto, en ese silencio blanco, truena la voz del hombre de armas que encabeza la partida, ¡Mierda!, exclama, ¡Mierda!, si no salimos de aquí moriremos congelados, ¿Me oís?, dice a voz en grito, digo que con esta niebla y sin guía no acertaremos a dar con el maldito paso de esta montaña y estaremos acabados, ¿Quieres decir que hemos de darnos la vuelta y perder el resto de la paga?, quien habla ahora es el hombre que viene cerrando la marcha, no, añade ese mismo hombre, cumpliremos nuestra parte y exigiremos lo que por ello nos corresponde, ¿Pero no te das cuenta?, replica el hombre de armas que encabeza la partida –han detenido sus monturas, ahora los cuatro jinetes se agrupan bajo una roca tapizada de escarcha–, nos han traicionado, nos quieren muertos y esperan que estas montañas se ocupen de ello, Pues cumpliremos con nuestra parte y luego regresaremos, replica el hombre que cerraba la marcha, regresaremos y les pediremos cuentas por nuestro trabajo y por su traición, por ambas cosas, y el hombre que encabeza la partida piensa que en modo alguno le conviene continuar discutiendo con ese pellejo parlante y correr el riesgo de quedar ante sus hombres por cobarde, Sea, dice, busquemos la salida de esta ratonera por ahí arriba y terminemos lo que hemos empezado.


Y los cuatro jinetes reanudan la marcha y suben las cuestas del valle que ya no es valle sino cuestas acostadas en las montañas que no llevan a sitio alguno, cuatro jinetes subiendo esas cuestas en busca de una salida por arriba, los rostros blancos de escarcha, los pulmones blancos de escarcha también. Por aquí, dice de pronto el hombre de armas que cierra la marcha, por aquí, repite ese mismo hombre, por aquí parece que la montaña tira para abajo, ¿Por dónde?, Por aquí, a nuestra izquierda, arre caballo, Sí, sí, por aquí, por aquí la cuesta tira para abajo, confirma el hombre de armas que encabeza la partida, ay, si pudieran reír..., si pudieran hacerlo, reirían y reirían y reirían hasta reventar de la risa, y gritarían de rabia y de contento, por aquí, maldita sea, sí, por aquí la maldita cuesta tira por fin para abajo. Cuatro jinetes bajan la cuesta que lleva a ningún sitio, llenos del contento que nace de su ignorancia, Lo hemos encontrado, dice exultante el hombre de armas que encabeza la partida, hemos encontrado el maldito paso, ahora podremos acabar lo que hemos empezado, cuatro hombres de armas bajando la cuesta creyéndose a salvo del abrazo de la montaña, hemos encontrado el maldito paso, por fin lo hemos encontrado, repiten una y otra y otra vez creyendo avanzar por la suave pendiente que se desliza hacia el valle del otro lado de la montaña, los cuatro con el contento de su ignorancia, cada uno con la suya, y el blanco de la niebla ocultando el


blanco de la nieve que se alza por sus cuatro costados. Los cuatro jinetes avanzan ahora por el interior de una campana de cristal invertida en cuyo interior flota la ventisca blanca, y la fila de estos cuatro jinetes, el breve trazo de su paso, quiebra el blanco inmenso del interior de la campana, pero bastaría cogerla, a la campana, y agitarla, una simple sacudida sería suficiente, para que toda esa inmensa blancura se levantara y luego cayera de nuevo y sepultara a los cuatro jinetes, y luego nada, solo el blanco vacío. Por aquí no bajamos, dice el hombre de armas que encabeza la partida al topar contra un muro de nieve que se alza casi vertical sobre su cabeza, Mira por la izquierda, le dice al hombre que marcha tras él, tú, le dice al hombre que cierra la marcha, tú mira por la derecha, tú, le dice al tercero de sus compañeros, tú vente conmigo, subiremos por esta cuesta, veamos que encontramos por allá arriba, y la ventisca arrecia alrededor de los cuatro hombres de armas que se van desplegando por el interior de la campana de cristal invertida, todo blancura a su alrededor, el blanco de la niebla mezclado con el blanco de la nieve, la ventisca blanca arreciando y llenándolo todo, y los cuatro jinetes, tú por la izquierda, tú por la derecha, tú conmigo por aquí arriba, desplegados por esa campana invertida colmada por el vacío blanco de la montaña. Sí, bastaría agitarla suavemente para precipitar todo ese vacío


blanco sobre estos cuatro hombres de armas que se afanan, desesperados, por encontrar la salida.

Este cuento es un pasaje de la novela “Si vieras con los ojos� escrita y auto editada por el propio autor.


Jinetes en la tormenta