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El país de las Maravillas Tras triunfar en “Alicia en el país de las Maravillas”, Mia Wasikowska ha comenzado a descubrir que tener tiempo entre las manos es un lujo del pasado


En un reino maravilloso Mia Wasikowska tenía demasiado tiempo en sus manos y no sabía ni jugar un partido de dados, así que la solución de Azorín no valía para ella. Decidió entonces tomar clases de ballet. Pero le pareció un mundo obsesivo ese de buscar la perfección física flagelándose durante horas interminables frente a un espejo.

Fue entonces cuando posó sus ojos en el horizonte y, de manera sorprendente y misteriosa, logró leer unas letras de color blanco roído, que le prometían una opción de leyenda en las pantallas de la era 3-D. Siendo aún una adolescente supo que su destino inmediato tenía que ser Hollywood...

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“Estaba tremendamente nerviosa durante todo ese proceso”

Faltando poco para cumplir los 14 años, teléfono en mano, empezó a llamar a cuanto agente aparecía en las páginas amarillas de Sydney. Tres años después ya había aparecido en varias producciones australianas y fue contratada en el elenco de la serie de HBO In Treatment. Ese fue su primer éxito.

El personaje de Sofía, una joven suicida, le proporcionó premios y llamó la atención de los grandes directores. A partir de ahí apareció en los filmes Amelia y Resistencia, en papeles secundarios, aunque suficientes para que se hiciera notar.

Pero lo bueno llegaría con el excéntrico Tim Burton —ella lo considera “un hombre muy divertido y profundo”—, que la colocó ante las cámaras como una Alicia adulta que regresa a su mundo de maravillas. Lo mejor es que lo hizo compartiendo créditos con dos de sus más grandes ídolos: Anne Hathaway y Johnny Depp. Claro, este salto a la fama tampoco fue tan fácil como pudiera parecerle a algunos que leen las versiones rosa de la

“Tim Burton es un hombre muy divertido y profundo” vida de las celebridades: “Estaba tremendamente nerviosa durante todo ese proceso. Pasé cinco difíciles audiciones, tres de ellas con el propio Tim (Burton). En realidad, nunca pensé ni en los momentos de mayor optimismo que iba a lograr el papel”. Al mirar a esta joven mujer, se esclarece de alguna manera el nexo entre su apellido y la evidencia de su mapa genético. Mia tiene la misma sangre polaca de actrices geniales


como Beata Tyszkiewicz y Barbara Brylska, dos íconos de otras décadas que conquistaron al mundo con su belleza intrigante y un talento a toda prueba. También emana de la nueva estrella lo mejor de esa escuela que tiene entre sus nobles miembros a Andrej Wajda: introspección, inusual tino para canalizar emociones y una

fragilidad aparente que recuerda a otra Mia, la Farrow. Con sus ojos ambarinos, Wasikowska ilumina la pantalla y polariza la atención fuera de ella. Ahora, Mia viaja mucho y está envuelta en varios proyectos interesantes. A pesar de

eso, declara que no se toma muy en serio: “No sé cómo soy. Ni lo pienso mucho”, ha dicho. “Vivo con mi familia en Australia y espero que esto último cambie pronto… o, tal vez, no tanto. ¡No sé!”. Para ella ya no hay misterios tras el espejo. Su suerte está echada y cada minuto tiene miles de compromisos entre los que debe decidir.


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