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Las mismas flores viejas


Agujeros Negros

Catedral (Cathedral)

Samanta Schweblin

Raymond Carver De c贸mo aman los muertos

El hombre que r铆e

Charles Bukowski

J.D. Salinger


Las mismas flores viejas Editorial Longinotti

Nota de la editora En esta edici贸n de la antolog铆a se han respetado las traducciones originales, revisando s贸lo aquellos casos puntuales en que algunos t茅rminos o expresiones pudieran resultar demasiado antiguas o ajenas para el lector.


Indice


CUENTOS 7 Agujeros Negros

Samanta Schweblin 23 Catedral (Cathedral)

Raymond Carver 47 De c贸mo aman los muertos

Charles Bukowski 69 El hombre que r铆e

J.D. Salinger

EXTRAS 95 Citas 101 Obras

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“Lo

a n opuede r mestar al

en tu propio cuerpo sin vos saberlo�

Samanta Schweblin


Samanta Schweblin

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es una escritora argentina, egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA. Su libro de cuentos El núcleo del disturbio (2002) ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes 2001, y su cuento “Hacia la alegre civilización de la capital”, el primer premio en el Concurso Nacional Haroldo Conti. Participó en las antologías publicadas por la Editorial Siruela, “Cuentos Argentinos” (España, 2004); la Editorial Norma, “La joven guardia” (Argentina, 2005) y “Una terraza propia” (Argentina, 2006); y varias antologías de centros culturales como el General San Martín y el Ricardo Rojas. Algunos de sus cuentos ya se encuentran traducidos al inglés, el francés, el alemán y el sueco.

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Su segundo libro de cuentos, Pájaros en la boca (2009), obtuvo el Premio Casa de las Américas 2008. En 2010 publicó “La pesada valija de Benavides” en la editorial uruguaya La Propia Cartonera y fue elegida por la revista británica Granta como una de los 22 mejores escritores en español menor de 35 años.

Bio - Samanta Schweblin


Bio

1900 1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970

Hay dos ejes fundamentales que deben atravesar un cuento de punta a punta, son dos elásticos muy tirantes que si se aflojan por un segundo ya no pueden volverse a atar, y

1980 1990

son la tensión y el verosímil.

2000

Pero hay un pequeño secreto...

2010

cuanto más nos acercamos a ellos... más tiran

2020

1978 Nacimiento Argentina Cuento Género

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Agujeros Negros Samanta Schweblin


Cuento

El doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano. Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina abre la carpeta. —Lea la página quince— dice Ottone. Messina busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión. —¿Y usted cree en esto, Ottone? —¿En agujeros negros? —¿De qué estamos hablando? Así que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder sólo con

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Sobre la autora y su forma de escribir Un personaje, un clima, una serie de episodios, que pueden estar casi desde un comienzo, revelarse paulatinamente o bien hacia el final, se terminan presentando con una contundencia que pone en suspenso cualquier clase de certeza y de serenidad, y además despliegan un poder que transmite la omnipotencia y la arbitrariedad de los hechos.

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preguntas y eso lo pone nervioso. -Hablamos de agujeros negros, Messina... —¿Y usted cree en eso, Ottone? —No, ¿Y usted? Messina abre otra vez su cajón. —¿Quiere otra galleta, Ottone? Ottone agarra la galleta que Messina le ofrece. —¿Cree o no cree?— Insiste Ottone. —¿Yo conozco a esta señora...? —...Fritchs, la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, sólo vino a verme dos veces y es su primer tratamiento. Alguien toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y pregunta: —¿Qué necesita, Sánchez? El portero explica con sorpresa que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero explica que la señora Fritchs se niega a irse. —No quiere irse, está en pijama, sentada en la sala y dice que no se va si no habla con el doctor Ottone, qué quiere que le haga yo... —¿Por qué no la trajo, entonces?— pregunta Messina mientras mira la estatuilla. —¿La traigo acá? ¿A su consultorio? ¿O al del doctor Ottone? —¿Que le pregunté yo a usted? —Que porqué no la traje. —¿No la trajo a dónde, Sánchez? —Acá. —¿Dónde es acá? —A su consultorio, doctor. —¿Entiende ahora, Sánchez?, ¿A donde tiene que traerla entonces? —A su consultorio, doctor. Sánchez se inclina levemente, saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina que oprime la fila de dientes superior con la inferior, así que Ottone está nervioso y aún espera

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una respuesta de Messina, doctor que comienza a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta. —¿Se va? —¿Me necesita para algo? —Dígame al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted? Messina, ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve, apenas marcada, sonrisa. —¿Qué diferencia hay entre la Señora Fritchs y el resto de sus pacientes? Ottone piensa en contestar, así que su dedo índice empieza a subir desde donde reposa hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni indicar nada preciso. —¿A que le tiene miedo, Ottone?— pregunta Messina y se retira cerrando la puerta, dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar colgado del brazo. En ese momento entra la Señora Fritchs. La señora Fritchs lleva un pijama, celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas, cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover, por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone considera que no necesitan ser enumeradas. —Señora Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma. —Si usted no me soluciona este problema yo lo denuncio doctor, esto ya es un abuso. —Señora Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro. La Señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano izquierda y habla. —¿Me toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la ciudad en pijama, pijama en el mejor de los casos,

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Tal vez sea un beneficio para la literatura que Schweblin haya situado en sus ficciones a esos personajes raros, extraños, o a los testigos o víctimas actuales o inminentes de sus acciones, que padecen o están a punto de padecer, que saben que deben escapar o protegerse de algo, o que sólo registran lo que sucede y que cambiará la naturaleza y la cualidad de lo que vendrá para convertirlos en otra cosa.

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hasta que usted decida que el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver? Ottone piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a profundizar ahora. —Mire— dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio, sobre las plantas de sus pies —cálmese, entienda que usted está con problemas psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes. Todos sabemos que usted no pasea en pijama por el hospital. La señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que Ottone entiende que la charla será larga. —Siéntese por favor, relájese, vamos a hablar un rato— dice Ottone. —No, no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver, doctor, ayúdeme. Ottone desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces frío, un poco de frío. —¿Tiene dinero para regresar? —No, no llevo plata cuando ando en camisón por casa... —Bueno, yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan... —Doctor, yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro. —Señora... —No, escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba ¿Cómo le explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en pijama, pijama en el mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de volver, ¿Sabe doctor qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa, todo sin que nadie se de cuenta, tomar un taxi,

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todo en pijama, doctor, y sin plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez. Ottone aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del portafolio en el asiento del acompañante. —Aparte imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero y listo. —¿Y cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros? —Y, vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuántas horas, diga que ahí sé donde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas, doctor, una vergüenza. Ottone piensa en cuántos minutos ya ha estado la señora Fritchs en el hospital y no obtiene un número definido, quizás cinco, quizás diez, no sabe. Sánchez toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta: —¿Qué pasa, Sánchez? — Lo busca el doctor Messina. —Cómo ¿No se fue? —Sí, se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta por usted. —¿Qué pregunta, Sánchez? —Si usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Me parece que está enojado, doctor... El doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.

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—Va a tener que disculparme. —No, lo acompaño. —No, hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí todo un problema. Sánchez acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora, unos metros detrás. Se asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había dejado un rato atrás. Luego mira a la Señora Fritchs y la señora Fritchs, con las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde algún lado, mira al doctor Messina. —¿Y usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio? —El doctor Ottone dijo... —¿Por qué está en pijama? —El portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al... —¿Usted es la señora Fritchs? —Usted también está en pijama— dice la señora Fritchs mientras observa asustada la estatuilla en la mano del doctor. Messina verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda el cuello de su camiseta hasta que éste queda centrado con respecto al eje del cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro. —¿Usted es la señora Fritchs? —El doctor Ottone dijo que lo esperara acá. —¿Yo le pregunté algo sobre Ottone, señora? —Sí, soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone. —¿Le parece que éste puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone? —No sé, me parece que no, yo solamente lo espero.

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Compara Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene ningún beneficio. —¿Usted es la señora que tiene problemas con los agujeros negros? —¿Usted no los tiene? En ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que sólo rescata dos como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una pregunta para comprobar el segundo planteo: —¿Por qué espera al doctor Ottone? —Ottone y el portero fueron a buscarlo a usted al hall ¿Usted es el doctor...? —¿Messina? —Eso, Messina, necesito que alguien me ayude. Messina busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de espaldas a esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de agujeros negros, gente en pijamas y estatuillas. Pregunta: —¿Qué cree usted que nos esté pasando? —A usted no sé doctor, pero a mí nada— responde Sánchez que entra por la puerta y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde un segundo antes estaba la señora Fritchs. —¿Qué hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer? Sánchez, brazo extendido hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla: —Acá tiene las llaves doctor. Yo me voy. —¿A dónde se va usted? ¿Dónde está la Señora Fritchs? —Mi horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy. —¿Dónde está la señora Fritchs? —No sé, doctor, por favor tome las llaves. —¿Y Ottone? ¿Donde está Ottone? —Lo está buscando a usted, doctor, yo me voy. Messina sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el

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pasillo de azulejos blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone. Pliega Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no alcanza ahora a elaborar una definición correcta. Messina va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano. Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall, sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados. Y aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina. —¿Está usted bien?— pregunta Ottone. —¿Usted cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro? Observa Ottone la camiseta desarreglada de Messina. —¿Que opina ahora de esto, Messina? —¿De qué? —De los agujeros negros. —¿Dónde está la señora Fritchs? —Está en su consultorio. —¿Me está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí? Piensa Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo, lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien piensa en contar un secreto. Ottone escucha: —¿No se da cuenta de que ella sabe?

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—¿Que sabe qué cosa? —¿Por qué cree usted que corre así la señora? Amaga Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma fuerte su muñeca, y dice: —¿No se dio cuenta? —¿De qué? —¿No se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos? —¿Estuvimos ahí? —¿En un agujero negro? —¿Sí? —¿Hace falta que le responda? Interrumpe la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez: —Las llaves, yo me voy. Propone Messina a Sánchez: —¿Por qué antes de irse no nos va a buscar a la señora? A lo que asiente Ottone, contento, y agrega: —Sí, traiga a la señora y le aceptamos las llaves. Messina le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice alegre: —Vaya, Sánchez, vaya y traiga a la señora. Mira Sánchez hacia los pasillos y ve un par de veces a la señora Fritchs cruzar de una puerta a otra. Luego mira al doctor Messina, al doctor Ottone, deja las llaves sobre la mesada del hall y explica a estos doctores: —Yo soy el portero, mi turno terminó a las diez. Veo que tienen algunos problemas, pero yo no tengo nada que ver, no sé si me interpretan...- y se retira. Messina mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego, desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira

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a Messina, aunque sus percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez, lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone: —¿Vio eso, Ottone? —¿Ver qué? —¿No vio eso? Ottone está a punto de responder, y este inminente momento se deduce por su dedo índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus primeras palabras, entonces este Doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en pijama. En un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío. { ... }

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a mis padres; a mi hermana Pamela; a Maxi; a Alejandro Conte; a Andrés Beláustegui y a Diego Mirás; a Diego Paszkowski y a los chicos del taller; a Vicente Batista. S.S.


“Creemos

adivinar los

sentimientos del otro,

no podemos, por supuesto, nunca prodemos� Raymond Carver


Raymond Carver

Raymond Clevie Carver, Jr. (25 de mayo de 1938 — 2 de agosto de 1988), escritor estadounidense adscrito al llamado realismo sucio. Carver nació en Clatskanie, Oregón y creció en Yakima, Washington. Su padre trabajaba en un aserradero y era alcohólico. Su madre trabajaba como camarera y vendedora. Tuvo un único hermano llamado James Franklyn Carver que nació en 1943. Durante algún tiempo, Carver estudió bajo la tutela del escritor John Gardner, en el Chico State College, en Chico, California. Publicó un sinnúmero de relatos en revistas y periódicos, incluyendo el New Yorker y Esquire, que en su mayoría narran la vida de obreros y gente de las clases desfavorecidas de la sociedad estadounidense. Sus historias han sido incluidas en algunas de las más prestigiosas compilaciones estadounidenses: Best American Short Stories y el Premio O. Henry de relatos cortos.

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Los críticos asocian los escritos de Carver al minimalismo y le consideran el padre de la citada corriente del realismo sucio. Su editor en Esquire, Gordon Lish, desempeñó un papel decisivo en concebir el estilo de la prosa de Carver. Por ejemplo, donde Gardner recomendaba a Carver usar 15 palabras en lugar de 25, Lish le instaba a usar 5 en lugar de 15. Durante este tiempo, Carver también envió su poesía a James Dickey, entonces editor de poesía de Esquire. Carver murió en Port Angeles, Washington, de cáncer de pulmón, a los 50 años de edad.

Bio - Raymond Carver


Bio

1900 1910 1920

“No soy consciente de crear una imagen

1930 1940

central en mi obra narrativa que controle la historia de la misma manera en que las imágenes, o una cola imagen, controla muchas veces una obra poética.

1950 1960

Tengo una imagen en la cabeza, pero parecen nacer de la historia de un modo

orgánico y natural.”

1970 1980 1990 2000 2010 2020

25 de mayo de 1938 Nacimiento Estados Unidos 2 de agosto de 1988 Defuncion Estados Unidos Cuento / Poesía Género

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Catedral (Cathedral) Raymond Carver


Cuento

Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión. Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un

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Sobre el autor y su forma de escribir Modelo narrativo denominado por la crítica como “realismo sucio”, trata temas cotidianos (sin nada heroico o excepcional) con un estilo seco y sin concesiones metafóricas.

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anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono. Telefoneó, se presentó y la contrataron en seguida. Trabajó todo el verano para el ciego. Le leía a organizar un pequeño despacho en el departamento del servicio social del condado. Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante. Cuando empezamos a salir juntos, me lo enseñó. En el poema, recordaba sus dedos y el modo en que le recorrieron la cara. Contaba lo que había sentido en aquellos momentos, lo que le pasó por la cabeza cuando el ciego le tocó la nariz y los labios. Recuerdo que el poema no me impresionó mucho. Claro que no se lo dije. Tal vez sea que no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que se me ocurre coger cuando quiero algo para leer. En cualquier caso, el hombre que primero disfrutó de sus favores, el futuro oficial, había sido su amor de la infancia. Así que muy bien. Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara, luego se despidió de él, se casó con su amor, etc., ya teniente, y se fue de Seattle. Pero el ciego y ella mantuvieron la comunicación. Ella hizo el primer contacto al cabo del año o así. Le llamó una noche por teléfono desde una base de las Fuerzas Aéreas en Alabama. Tenía ganas de hablar. Hablaron. El le pidió que le enviara una cinta y le contara cosas de su vida. Así lo hizo. Le envió la cinta. En ella le contaba al ciego cosas de su marido y de su vida en común en la base aérea. Le contó al ciego que quería a su marido, pero que no le gustaba dónde vivían, ni tampoco que él formase parte del entramado militar

Catedral (Cathedral), por Raymond Carver


e industrial. Contó al ciego que había escrito un poema que trataba de él. Le dijo que estaba escribiendo un poema sobre la vida de la mujer de un oficial de las Fuerzas Aéreas. Todavía no lo había terminado. Aún seguía trabajando en él. El ciego grabó una cinta. Se la envió. Ella grabó otra. Y así durante años. Al oficial le destinaron a una base y luego a otra. Ella envió cintas desde Moody ACB, McGuire, McConnell, y finalmente, Travis, cerca de Sacramento, donde una noche se sintió sola y aislada de las amistades que iba perdiendo en aquella vida viajera. Creyó que no podría dar un paso más. Entró en casa y se tragó todas las píldoras y cápsulas que había en el armario de las medicinas, con ayuda de una botella de ginebra. Luego tomó un baño caliente y se desmayó. Pero en vez de morirse, le dieron náuseas. Vomitó. Su oficial —¿por qué iba a tener nombre? Era el amor de su infancia, ¿qué más quieres?— llegó a casa, la encontró y llamó a una ambulancia. A su debido tiempo, ella lo grabó todo y envió la cinta al ciego. A lo largo de los años, iba registrado toda clase de cosas y enviando cintas a un buen ritmo. Aparte de escribir un poema al año, creo que ésa era su distracción favorita. En una cinta le decía al ciego que había decidido separarse del oficial por una temporada. En otra, le hablaba de divorcio. Ella y yo empezamos a salir, y por supuesto se lo contó al ciego. Se lo contaba todo. O me lo parecía a mí. Una vez me preguntó si me gustaría oír la última cinta del ciego. Eso fue hace un año. Hablaba de mí, me dijo. Así que dije, bueno, la escucharé. Puse unas copas y nos sentamos en el cuarto de estar. Nos preparamos para escuchar. Primero introdujo la cinta en el magnetófono y tocó un par de botones. Luego accionó una palanquita. La cinta chirrió y alguien empezó a hablar con voz sonora. Ella bajó el volumen. Tras unos minutos de cháchara sin importancia, oí mi nombre en boca de ese desconocido, del ciego a quien jamás había visto. Y luego esto: «Por todo lo que me has contado de él, sólo puedo deducir...» Pero una

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Los personajes de sus relatos son pequeños seres atrapados en situaciones sórdidas de la vida corriente. Sus escenarios son hogares donde los matrimonios se aman y se odian, o bares donde la existencia de los marginales y alcohólicos transcurre sórdidamente, o vecinos cuyas vidas se relacionan aleatoriamente, al estilo de Chejov, su maestro preferido.

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llamada a la puerta nos interrumpió, y no volvimos a poner la cinta. Quizá fuese mejor así. Ya había oído todo lo que quería oír. Y ahora, ese mismo ciego venía a dormir a mi casa. —A lo mejor puedo llevarle a la bolera —le dije a mi mujer. Estaba junto al fregadero, cortando patatas para el horno. Dejó el cuchillo y se volvió. —Si me quieres —dijo ella—, hazlo por mí. Si no me quieres, no pasa nada. Pero si tuvieras un amigo, cualquiera que fuese, y viniera a visitarte, yo trataría de que se sintiera a gusto. —Se secó las manos con el paño de los platos. —Yo no tengo ningún amigo ciego. —Tú no tienes ningún amigo. Y punto. Además —dijo—, ¡maldita sea, su mujer acaba de morirse! ¿No lo entiendes? ¡Ha perdido a su mujer! No contesté. Me había hablado un poco de su mujer. Se llamaba Beulah. ¡Beulah! Es nombre de negra. —¿Era negra su mujer? —pregunté. —¿Estás loco? —replicó mi mujer—. ¿Te ha dado la vena o algo así? Cogió una patata. Vi cómo caía al suelo y luego rodaba bajo el fogón. —¿Qué te pasa? ¿Estás borracho? —Sólo pregunto —dije. Entonces mí mujer empezó a suministrarme más detalles de lo que yo quería saber. Me serví una copa y me senté a la mesa de la cocina, a escuchar. Partes de la historia empezaron a encajar. Beulah fue a trabajar para el ciego después de que mi mujer se despidiera. Poco más tarde, Beulah y el ciego se casaron por la iglesia. Fue una boda sencilla —¿quién iba a ir a una boda así?—, sólo los dos, más el ministro y su mujer. Pero de todos modos fue un matrimonio religioso. Lo que Beulah quería, había dicho él. Pero es posible que en aquel momento

Catedral (Cathedral), por Raymond Carver


Beulah llevara ya el cáncer en las glándulas. Tras haber sido inseparables durante ocho años —ésa fue la palabra que empleó mi mujer, inseparables—, la salud de Beulah empezó a declinar rápidamente. Murió en una habitación de hospital de Seattle, mientras el ciego sentado junto a la cama le cogía la mano. Se habían casado, habían vivido y trabajado juntos, habían dormido juntos —y hecho el amor, claro— y luego el ciego había tenido que enterrarla. Todo esto sin haber visto ni una sola vez el aspecto que tenía la dichosa señora. Era algo que yo no llegaba a entender. Al oírlo, sentí un poco de lástima por el ciego. Y luego me sorprendí pensando qué vida tan lamentable debió llevar ella. Figúrense una mujer que jamás ha podido verse a través de los ojos del hombre que ama. Una mujer que se ha pasado día tras día sin recibir el menor cumplido de su amado. Una mujer cuyo marido jamás ha leído la expresión de su cara, ya fuera de sufrimiento o de algo mejor. Una mujer que podía ponerse o no maquillaje, ¿qué más le daba a él? Si se le antojaba, podía llevar sombra verde en un ojo, un alfiler en la nariz, pantalones amarillos y zapatos morados, no importa. Para luego morirse, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos llenos de lágrimas —me lo estoy imaginando—, con un último pensamiento que tal vez fuera éste: «él nunca ha sabido cómo soy yo», en el expreso hacia la tumba. Robert se quedó con una pequeña póliza de seguros y la mitad de una moneda mejicana de veinte pesos. La otra mitad se quedó en el ataúd con ella. Patético. Así que, cuando llegó el momento, mi mujer fue a la estación a recogerle. Sin nada que hacer, salvo esperar —claro que de eso me quejaba—, estaba tomando una copa y viendo la televisión cuando oí parar al coche en el camino de entrada. Sin dejar la copa, me levanté del sofá y fui a la ventana a echar una mirada. Vi reír a mi mujer mientras aparcaba el coche. La vi salir y cerrar la puerta. Seguía sonriendo. Qué increíble. Rodeó el coche y fue a la puerta por la que el ciego ya estaba empezando

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a salir. ¡El ciego, fíjense en esto, llevaba barba crecida! ¡Un ciego con barba! Es demasiado, diría yo. El ciego alargó el brazo al asiento de atrás y sacó una maleta. Mi mujer le cogió del brazo, cerró la puerta y, sin dejar de hablar durante todo el camino, le condujo hacia las escaleras y el porche. Apagué la televisión. Terminé la copa, lavé el vaso, me sequé las manos. Luego fui a la puerta. —Te presento a Robert —dijo mi mujer—. Robert, éste es mi marido. Ya te he hablado de él. Estaba radiante de alegría. Llevaba al ciego cogido por la manga del abrigo. El ciego dejó la maleta en el suelo y me tendió la mano. Se la estreché. Me dio un buen apretón, retuvo mi mano y luego la soltó. —Tengo la impresión de que ya nos conocemos —dijo con voz grave. —Yo también —repuse. No se me ocurrió otra cosa. Luego añadí—: Bienvenido. He oído hablar mucho de usted. Entonces, formando un pequeño grupo, pasamos del porche al cuarto de estar, mi mujer conduciéndole por el brazo. El ciego llevaba la maleta con la otra mano. Mi mujer decía cosas como: «A tu izquierda, Robert. Eso es. Ahora, cuidado, hay una silla. Ya está. Siéntate ahí mismo. Es el sofá. Acabamos de comprarlo hace dos semanas.» Empecé a decir algo sobre el sofá viejo. Me gustaba. Pero no dije nada. Luego quise decir otra cosa, sin importancia, sobre la panorámica del Hudson que se veía durante el viaje. Cómo para ir a Nueva York había que sentarse en la parte derecha del tren, y, al venir de Nueva York, a la parte izquierda. —¿Ha tenido buen viaje? —le pregunté—. A propósito, ¿en qué lado del tren ha venido sentado? —¡Vaya pregunta, en qué lado! —exclamó mi mujer—. ¿Qué importancia tiene? —Era una pregunta.

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—En el lado derecho —dijo el ciego—. Hacía casi cuarenta años que no iba en tren. Desde que era niño. Con mis padres. Demasiado tiempo. Casi había olvidado la sensación. Ya tengo canas en la barba. O eso me han dicho, en todo caso. ¿Tengo un aspecto distinguido, querida mía? —preguntó el ciego a mi mujer. — Tienes un aire muy distinguido, Robert. Robert —dijo ella—, ¡qué contenta estoy de verte, Robert! Finalmente, mi mujer apartó la vista del ciego y me miró. Tuve la impresión de que no le había gustado su aspecto. Me encogí de hombros. Nunca he conocido personalmente a ningún ciego. Aquel tenía cuarenta y tantos años, era de constitución fuerte, casi calvo, de hombros hundidos, como si llevara un gran peso. Llevaba pantalones y zapatos marrones, camisa de color castaño claro, corbata y chaqueta de sport. Impresionante. Y también una barba tupida. Pero no utilizaba bastón ni llevaba gafas oscuras. Siempre pensé que las gafas oscuras eran indispensables para los ciegos. El caso era que me hubiese gustado que las llevara. A primera vista, sus ojos parecían normales, como los de todo el mundo, pero si uno se fijaba tenían algo diferente. Demasiado blanco en el iris, para empezar, y las pupilas parecían moverse en sus órbitas como si no se diera cuenta o fuese incapaz de evitarlo. Horrible. Mientras contemplaba su cara, vi que su pupila izquierda giraba hacia la nariz mientras la otra procuraba mantenerse en su sitio. Pero era un intento vano, pues el ojo vagaba por su cuenta sin que él lo supiera o quisiera saberlo. —Voy a servirle una copa —dije—. ¿Qué prefiere? Tenemos un poco de todo. Es uno de nuestros pasatiempos. —Solo bebo whisky escocés, muchacho —se apresuró a decir • con su voz sonora. —De acuerdo —dije. ¡Muchacho!—. Claro que sí, lo sabía. Tocó con los dedos la maleta, que estaba junto al sofá. Se hacía su composición de lugar. No se lo reproché. —La llevaré a tu

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Algunos cuentos están construidos dentro de la estética minimalista (pocos recursos en el menor espacio), como pequeños marcos para situaciones rápidas y apenas importantes a primera vista.

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habitación —le dijo mi mujer. —No, está bien —dijo el ciego en voz alta—. Ya la llevaré yo cuando suba. —¿Con un poco de agua, el whisky? —le pregunté. —Muy poca. —Lo sabía. —Solo una gota —dijo él—. Ese actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como él. Cuando bebo agua, decía Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whisky, bebo whisky. Mi mujer se echó a reír. El ciego se llevó la mano a la barba. Se la levantó despacio y la dejó caer. Preparé las copas, tres vasos grandes de whisky con un chorrito de agua en cada uno. Luego nos pusimos cómodos y hablamos de los viajes de Robert. Primero, el largo vuelo desde la costa Oeste a Connecticut. Luego, de Connecticut aquí, en tren. Tomamos otra copa para esa parte del viaje. Recordé haber leído en algún sitio que los ciegos no fuman porque, según dicen, no pueden ver el humo que exhalan. Creí que al menos sabía eso de los ciegos. Pero este ciego en particular fumaba el cigarrillo hasta el filtro y luego encendía otro. Llenó el cenicero y mi mujer lo vació. Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, tomamos otra copa. Mi mujer llenó el plato de Robert con un filete grueso, patatas al horno, judías verdes. Le unté con mantequilla dos rebanadas de pan. —Ahí tiene pan y mantequilla —le dije, bebiendo parte de mi copa—. Y ahora recemos. El ciego inclinó la cabeza. Mi mujer me miró con la boca abierta. —Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría —dije. Nos pusimos al ataque. Nos comimos todo lo que había en la mesa. Devoramos como si no nos esperase un mañana. No hablamos. Comimos. Nos atiborramos. Como animales.

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Nos dedicamos a comer en serio. El ciego localizaba inmediatamente la comida, sabía exactamente dónde estaba todo en el plato. Lo observé con admiración mientras manipulaba la carne con el cuchillo y el tenedor. Cortaba dos trozos de filete, se llevaba la carne a la boca con el tenedor, se dedicaba luego a las patatas asadas y a las judías verdes, y después partía un trozo grande de pan con mantequilla y se lo comía. Lo acompañaba con un buen trago de leche. Y, de vez en cuando, no le importaba utilizar los dedos. Terminamos con todo, incluyendo media tarta de fresas. Durante unos momentos quedamos inmóviles, como atontados. El sudor nos perlaba el rostro. Al fin nos levantamos de la mesa, dejando los platos sucios. No miramos atrás. Pasamos al cuarto de estar y nos dejamos caer de nuevo en nuestro sitio. Robert y mi mujer, en el sofá. Yo ocupé la butaca grande. Tomamos dos o tres copas más mientras charlaban de las cosas más importantes que les habían pasado durante los últimos diez años. En general, me limité a escuchar. De vez en cuando intervenía. No quería que pensase que me había ido de la habitación, y no quería que ella creyera que me sentía al margen. Hablaron de cosas que les habían ocurrido —¡a ellos!— durante esos diez años. En vano esperé oír mi nombre en los dulces labios de mi mujer: «Y entonces mi amado esposo apareció en mi vida», algo así. Pero no escuché nada parecido. Hablaron más de Robert. Según parecía, Robert había hecho un poco de todo, un verdadero ciego aprendiz de todo y maestro de nada. Pero en época reciente su mujer y él distribuían los productos Amway, con lo que se ganaban la vida más o menos, según pude entender. El ciego también era aficionado a la radio. Hablaba con su voz grave de las conversaciones que había mantenido con operadores de Guam, en las Filipinas, en Alaska e incluso en Tahití. Dijo que tenía muchos amigos por allí, si alguna vez quería visitar esos países. De cuando en cuando volvía su rostro ciego hacia mí,

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se ponía la mano bajo la barba y me preguntaba algo. ¿Desde cuándo tenía mi empleo actual? (Tres años.) ¿Me gustaba mi trabajo? (No.) ¿Tenía intención de conservarlo? (¿Qué remedio me quedaba?) Finalmente, cuando pensé que empezaba a quedarse sin cuerda, me levanté y encendí la televisión. Mi mujer me miró con irritación. Empezaba a acalorarse. Luego miró al ciego y le preguntó: —¿Tienes televisión, Robert? —Querida mía —contestó el ciego—, tengo dos televisores. Uno en color y otro en blanco y negro, una vieja reliquia. Es curioso, pero cuando enciendo la televisión, y siempre estoy poniéndola, conecto el aparato en color. ¿No te parece curioso? No supe qué responder a eso. No tenía absolutamente nada que decir. Ninguna opinión. Así que vi las noticias y traté de escuchar lo que decía el locutor. —Esta televisión es en color —dijo el ciego—. No me preguntéis cómo, pero lo sé. —La hemos comprado hace poco —dije. El ciego bebió un sorbo de su vaso. Se levantó la barba, la olió y la dejó caer. Se inclinó hacia adelante en el sofá. Localizó el cenicero en la mesa y aplicó el mechero al cigarrillo. Se recostó en el sofá y cruzó las piernas, poniendo el tobillo de una sobre la rodilla de la otra. Mi mujer se cubrió la boca y bostezó. Se estiró. —Voy a subir a ponerme la bata. Me apetece cambiarme. Ponte cómodo, Robert —dijo. —Estoy cómodo —repuso el ciego. —Quiero que te sientas a gusto en esta casa. —Lo estoy —aseguró el ciego. Cuando salió de la habitación, escuchamos el informe del tiempo y luego el resumen de los deportes. Para entonces, ella había estado ausente tanto tiempo, que yo ya no sabía si iba a volver. Pensé que se habría acostado. Deseaba que bajase. No quería quedarme solo con el ciego. Le pregunté si quería

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otra copa y me respondió que naturalmente que sí. Luego le pregunté si le apetecía fumar un poco de mandanga conmigo. Le dije que acababa de liar un porro. No lo había hecho, pero pensaba hacerlo en un periquete. —Probaré un poco —dijo. —Bien dicho. Así se habla. Serví las copas y me senté a su lado en el sofá. Luego lié dos canutos gordos. Encendí uno y se lo pasé. Se lo puse entre los dedos. Lo cogió e inhaló. —Reténgalo todo lo que pueda —le dije. Vi que no sabía nada del asunto. Mi mujer bajó llevando la bata rosa con las zapatillas del mismo color. —¿Qué es lo que huelo? —preguntó. —Pensamos fumar un poco de hierba —dije. Mi mujer me lanzó una mirada furiosa. Luego miró al ciego y dijo: —No sabía que fumaras, Robert. —Ahora lo hago, querida mía. Siempre hay una primera vez. Pero todavía no siento nada. —Este material es bastante suave —expliqué—. Es flojo. Con esta mandanga se puede razonar. No le confunde a uno. —No hace mucho efecto, muchacho —dijo, riéndose. Mi mujer se sentó en el sofá, entre los dos. Le pasé el canuto. Lo cogió, le dio una calada y me lo volvió a pasar. —¿En qué dirección va esto? —preguntó—. No debería fumar. Apenas puedo tener los ojos abiertos. La cena ha acabado conmigo. No he debido comer tanto. —Ha sido la tarta de fresas —dijo el ciego—. Eso ha sido la puntilla. Soltó una enorme carcajada. Luego meneó la cabeza. —Hay más tarta —le dije. —¿Quieres un poco más, Robert? —le preguntó mi mujer. —Quizá dentro de un poco.

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Prestamos atención a la televisión. Mi mujer bostezó otra vez. —Cuando tengas ganas de acostarte, Robert, tu cama está hecha —dijo—. Sé que has tenido un día duro. Cuando estés listo para ir a la cama, dilo. —Le tiró del brazo—. ¿Robert? Volvió de su ensimismamiento y dijo: —Lo he pasado verdaderamente bien. Esto es mejor que las cintas, ¿verdad? —Le toca a usted —le dije, poniéndole el porro entre los dedos. Inhaló, retuvo el humo y luego lo soltó. Era como si lo estuviese haciendo desde los nueve años. —Gracias, muchacho. Pero creo que esto es todo para mí. Me parece que empiezo a sentir el efecto. Pasó a mi mujer el canuto chisporroteante. —Lo mismo digo- dijo ella—. Ídem de ídem. Yo también. Cogió el porro y me lo pasó. —Me quedaré sentada un poco entre vosotros dos con los ojos serrados. Pero no me prestéis atención, ¿eh? Ninguno de los dos. Si os molesto, decidlo. Si no, es posible que me quede aquí sentada con los ojos cerrados hasta que os marchéis a acostar. Tu cama está hecha, Robert, para cuando quieras. Está al lado de nuestra habitación, al final de las escaleras. Te acompañaremos cuando estés listo. Si me duermo, despertadme, chicos.— Al decir eso, cerró los ojos y se durmió. Terminaron las noticias. Me levanté y cambié de canal. Volví a sentarme en el sofá. Deseé que mi mujer no se hubiera quedado dormida. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y la boca abierta. Se había dado la vuelta, de modo que la bata se le había abierto revelando un muslo apetitoso. Alargué la mano para volverla a tapar y entonces miré al ciego. ¡Qué cono! Dejé la bata como estaba. —Cuando quiera un poco de tarta, dígalo —le recordé. —Lo haré. —¿Está cansado? ¿Quiere que le lleve a la cama? ¿Le apetece irse

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a la piltra? —Todavía no —contestó—. No, me quedaré contigo, muchacho. Si no te parece mal. Me quedaré hasta que te vayas a aceitar. No hemos tenido oportunidad de hablar. ¿Comprendes lo que quiero decir? Tengo la impresión de que ella y yo hemos monopolizado la velada. Se levantó la barba y la dejó caer. Cogió los cigarrillos y el mechero. —Me parece bien —dije, y añadí—: Me alegro de tener compañía. Y supongo que así era. Todas las noches fumaba hierba y me quedaba levantado hasta que me venía el sueño. Mi mujer y yo rara vez nos acostábamos al mismo tiempo. Cuando me dormía, empezaba a soñar. A veces me despertaba con el corazón encogido. En la televisión había algo sobre la iglesia y la Edad Media. No era un programa corriente. Yo quería ver otra cosa. Puse otros canales. Pero tampoco había nada en los demás. Así que volví a poner el primero y me disculpé. —No importa, muchacho —dijo el ciego—. A mí me parece bien. Mira lo que quieras. Yo siempre aprendo algo. Nunca se acaba de aprender cosas. No me vendría mal aprender algo esta noche. Tengo oídos. No dijimos nada durante un rato. Estaba inclinado hacia adelante, con la cara vuelta hacia mí, la oreja derecha apuntando en dirección al aparato. Muy desconcertante. De cuando en cuando dejaba caer los párpados para abrirlos luego de golpe, como si pensara en algo que oía en la televisión. En la pantalla, un grupo de hombres con capuchas eran atacados y torturados por otros vestidos con trajes de esqueleto y de demonios. Los demonios llevaban máscaras de diablo, cuernos y largos rabos. El espectáculo formaba parte de una procesión. El narrador inglés dijo que se celebraba en España una vez al año. Traté de explicarle al ciego lo que sucedía.

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—Esqueletos. Ya sé —dijo, moviendo la cabeza. La televisión mostró una catedral. Luego hubo un plano largo y lento de otra. Finalmente, salió la imagen de la más famosa, la de París, con sus arbotantes y sus flechas que llegaban hasta las nubes. La cámara se retiró para mostrar el conjunto de la catedral surgiendo por encima del horizonte. A veces, el inglés que contaba la historia se callaba, dejando simplemente que el objetivo se moviera en torno a las catedrales. O bien la cámara daba una vuelta por el campo y aparecían hombres caminando detrás de los bueyes. Esperé cuanto pude. Luego me sentí obligado a decir algo: —Ahora aparece el exterior de esa catedral. Gárgolas. Pequeñas estatuas en forma de monstruos. Supongo que ahora están en Italia. Sí, en Italia. Hay cuadros en los muros de esa iglesia. —¿Son pinturas al fresco, muchacho? —me preguntó, dando un sorbo de su copa. Cogí mi vaso, pero estaba vacío. Intenté recordar lo que pude. —¿Me pregunta si son frescos? —le dije—. Buena pregunta. No lo sé. La cámara enfocó una catedral a las afueras de Lisboa. Comparada con la francesa y la italiana, la portuguesa no mostraba grandes diferencias. Pero existían. Sobre todo en el interior. Entonces se me ocurrió algo. —Se me acaba de ocurrir algo. ¿Tiene usted idea de lo que es una catedral? ¿El aspecto que tiene, quiero decir? ¿Me sigue? Si alguien le dice la palabra catedral, ¿sabe usted de qué le hablan? ¿Conoce usted la diferencia entre una catedral y una iglesia baptista, por ejemplo? Dejó que el humo se escapara despacio de su boca. —Sé que para construirla han hecho falta centenares de obreros y cincuenta o cien años —contestó—. Acabo de oírselo decir al narrador, claro está. Sé que en una catedral trabajaban generaciones de una misma familia. También lo ha dicho el comentarista. Los que empezaban, no vivían para ver terminada la obra. En ese sentido, muchacho, no son diferentes de nosotros, ¿verdad?

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Se echó a reír. Sus párpados volvieron a cerrarse. Su cabeza se movía. Parecía dormitar. Tal vez se figuraba estar en Portugal. Ahora, la televisión mostraba otra catedral. En Alemania, esta vez. La voz del inglés seguía sonando monótonamente. —Catedrales —dijo el ciego. Se incorporó, moviendo la cabeza de atrás adelante. —Si quieres saber la verdad, muchacho, eso es todo lo que sé. Lo que acabo de decir. Pero tal vez quieras describirme una. Me gustaría. Ya que me lo preguntas, en realidad no tengo una idea muy clara. Me fijé en la toma de la catedral en la televisión. ¿Cómo podía empezar a describírsela? Supongamos que mi vida dependiera de ello. Supongamos que mi vida estuviese amenazada por un loco que me ordenara hacerlo, o si no... Observé la catedral un poco más hasta que la imagen pasó al campo. Era inútil. Me volví hacia el ciego y dije: —Para empezar, son muy altas. Eché una mirada por el cuarto para encontrar ideas. —Suben muy arriba. Muy alto. Hacia el cielo. Algunas son tan grandes que han de tener apoyo. Para sostenerlas, por decirlo así. El apoyo se llama arbotante. Me recuerdan a los viaductos, no sé por qué. Pero quizá tampoco sepa usted lo que son los viaductos. A veces, las catedrales tienen demonios y cosas así en la fachada. En ocasiones, caballeros y damas. No me pregunte por qué. El asentía con la cabeza. Todo su torso parecía moverse de atrás adelante. —No se lo explico muy bien, ¿verdad? —le dije. Dejó de asentir y se inclinó hacia adelante, al borde del sofá. Mientras me escuchaba, se pasaba los dedos por la barba. No me hacía entender, eso estaba claro. Pero de todos modos esperó a que continuara. Asintió como si tratara de animarme. Intenté pensar en otra cosa que decir. —Son realmente grandes. Pesadas. Están hechas de piedra. De mármol también, a veces. En aquella época, al construir catedrales los hombres querían acercarse a Dios. En esos días, Dios era una parte

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importante en la vida de todo el mundo. Eso se ve en la construcción de catedrales. Lo siento —dije—, pero creo que eso es todo lo que puedo decirle. Esto no se me da bien. —No importa, muchacho —dijo el ciego—. Escucha, espero que no te moleste que te pregunte. ¿Puedo hacerte una pregunta? Deja que te haga una sencilla. Contéstame sí o no. Sólo por curiosidad y sin ánimo de ofenderte. Eres mi anfitrión. Pero ¿eres creyente en algún sentido? ¿No te molesta que te lo pregunte? Meneé la cabeza. Pero él no podía verlo. Para un ciego, es lo mismo un guiño que un movimiento de cabeza. —Supongo que no soy creyente. No creo en nada. A veces resulta difícil. ¿Sabe lo que quiero decir? —Claro que sí. —Así es. El inglés seguía hablando. Mi mujer suspiró, dormida. Respiró hondo y siguió durmiendo. —Tendrá que perdonarme —le dije—. Pero no puedo explicarle cómo es una catedral. Soy incapaz. No puedo hacer más de lo que he hecho. El ciego permanecía inmóvil mientras me escuchaba, con la cabeza inclinada. —Lo cierto es —proseguí— que las catedrales no significan nada especial para mí. Nada. Catedrales. Es algo que se ve en la televisión a última hora de la noche. Eso es todo. Entonces fue cuando el ciego se aclaró la garganta. Sacó algo del bolsillo de atrás. Un pañuelo. Luego dijo: —Lo comprendo, muchacho. Esas cosas pasan. No te preocupes. Oye, escúchame. ¿Querrías hacerme un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no vas a buscar un papel grueso? Y una pluma. Haremos algo. Dibujaremos juntos una catedral. Trae papel grueso y una pluma. Vamos, muchacho, tráelo. Así que fui arriba. Tenía las piernas como sin fuerza. Como si acabara de venir de correr. Eché una mirada en la habitación de mi mujer. Encontré bolígrafos encima de su mesa, en una cestita. Luego pensé dónde buscar la clase de papel que me había pedido.

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Abajo, en la cocina, encontré una bolsa de la compra con cáscaras de cebolla en el fondo. La vacié y la sacudí. La llevé al cuarto de estar y me senté con ella a sus pies. Aparté unas cosas, alisé las arrugas del papel de la bolsa y lo extendí sobre la mesita. El ciego se bajó del sofá y se sentó en la alfombra, a mi lado. Pasó los dedos por el papel, de arriba a abajo. Recorrió los lados del papel. Incluso los bordes, hasta los cantos. Manoseó las esquinas. —Muy bien —dijo—. De acuerdo, vamos a hacerla. Me cogió la mano, la que tenía el bolígrafo. La apretó. —Adelante, muchacho, dibuja —me dijo—. Dibuja. Ya verás. Yo te seguiré. Saldrá bien. Empieza ya, como te digo. Ya vetas. Dibuja. Así que empecé. Primero tracé un rectángulo que parecía una casa. Podía ser la casa en la que vivo. Luego le puse el tejado. En cada extremo del tejado, dibujé flechas góticas. De locos. —Estupendo —dijo él—. Magnífico. Lo haces estupendamente. Nunca en la vida habías pensado hacer algo así, ¿verdad, muchacho? Bueno, la vida es rara, ya lo sabemos. Venga. Sigue. Puse ventanas con arcos. Dibujé arbotantes. Suspendí puertas enormes. No podía parar. El canal de la televisión dejó de emitir. Dejé el bolígrafo para abrir y cerrar los dedos. El ciego palpó el papel. Movía las puntas de los dedos por encima, por donde yo había dibujado, asintiendo con la cabeza. —Esto va muy bien —dijo. Volví a coger el bolígrafo y él encontró mi mano. Seguí con ello. No soy ningún artista, pero continué dibujando de todos modos. Mi mujer abrió los ojos y nos miró. Se incorporó en el sofá, con la bata abierta. —¿Qué estáis haciendo? —preguntó—. Contádmelo. Quiero saberlo. No le contesté. —Estamos dibujando una catedral —dijo el ciego—. Lo

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estamos haciendo él y yo. Aprieta fuerte —me dijo a mí—. Eso es. Así va bien. Naturalmente. Ya lo tienes, muchacho. Lo sé. Creías que eras incapaz. Pero puedes, ¿verdad? Ahora vas echando chispas. ¿Entiendes lo que quiero decir? Verdaderamente vamos a tener algo aquí dentro de un momento. ¿Cómo va ese brazo? —me preguntó—. Ahora pon gente por ahí. ¿Qué es una catedral sin gente? —¿Qué pasa? —inquirió mi mujer—. ¿Qué estás haciendo, Robert? ¿Qué ocurre? —Todo va bien —le dijo a ella. Y añadió, dirigiéndose a mí: —Ahora cierra los ojos. Lo hice. Los cerré, tal como me decía. —¿Los tienes cerrados? —preguntó—. No hagas trampa. —Los tengo cerrados. —Mantenlos así. No pares ahora. Dibuja. Y continuamos. Sus dedos apretaban los míos mientras mi mano recorría el papel. No se parecía a nada que hubiese hecho en la vida hasta aquel momento. Luego dijo: —Creo que ya está. Me parece que lo has conseguido. Echa una mirada. ¿Qué te parece? Pero yo tenía los ojos cerrados. Pensé mantenerlos así un poco más. Creí que era algo que debía hacer. —¿Y bien? —preguntó—. ¿Estás mirándolo? Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero yo no tenía la impresión de estar dentro de nada. —Es verdaderamente extraordinario —dije. { ... }

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Tanto en la poesĂ­a como en la narraciĂłn breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comĂşnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos, una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer, con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. R.C.


“Pienso en dos amigos que me aconsejaron varios mĂŠtodos de suicidio


¿Qué mejor prueba de amorosa

camaradería?”

Charles Bukowski


Charles Bukowski

Charles Bukowski nació en la ciudad de Andernach, en Alemania, un 16 de agosto de 1920. Hijo de Henry Bukowski, militar estadounidense, y de Katherine Fett, una mujer de origen alemán. Tuvo una serie de problemas en la adolescencia, ya que fue un alemán de padre estadounidense en plena efervescencia nazi en Europa, por lo que en 1922 la familia se trasladó a Los Ángeles, Estados Unidos. De joven tuvo una extraña erupción cutánea por todo el cuerpo que le dejó marcas para toda la vida, pero sin embargo, la marca que llevó dentro fue más fuerte: vivió una terrible infancia, siendo un niño golpeado por su padre. Todo esto, junto con la creciente depresión económica de 1929 lo llevaron a relacionarse de por vida al alcohol. Bukowski terminó la secundaria, pero luego de ingresar a Periodismo en L.A. City College, abandonó el curso en 1941. Se mantuvo económicamente gracias a una serie de trabajos temporales, que abandonó

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una y otra vez cuando ganaba el primer premio del hipódromo. Bukowski fue considerado el último escritor maldito y su obra siempre se centró en un extraño mundo pseudoautobiográfico centrado en su propia vida como un perdedor alcohólico o como un escritor de éxito alcohólico (según la época de ambientación, claro). Murió de leucemia en 1994, a la edad de 73 años. Hoy en día es considerado uno de los escritores estadounidense más influyentes y símbolo del “realismo sucio” y la literatura independiente.

Bio - Charles Bukowski


Bio

1900 1910 1920 1930

“Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado,

1940

los problemas venden libros

1950

Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver.

1960

De noche es cuando se sacan los trucos de la manga…

1970

la magia

1980 1990 2000 2010 2020

16 de agosto de 1920 Nacimiento Alemania 9 de marzo de 1994 Defuncion Estados Unidos Cuento / Poesía Género

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De c贸mo aman los muertos

Charles Bukowski


Cuento

1 Era un hotel cercano a la cima de una colina, lo suficientemente empinada para ayudarte a bajar corriendo hasta la tienda de licores, y, de vuelta con la botella, una subida suficiente para hacer el esfuerzo más meritorio. El hotel había estado alguna vez pintado de verde brillante, llamaradas cálidas de verde, pero ahora, después de las lluvias, esas peculiares lluvias de Los Ángeles, que lo limpian y marchitan todo, el verde cálido estaba apagado y al borde de la desaparición —como la gente que vivía dentro—. De cómo me había ido a vivir allí, o porqué había abandonado mi anterior domicilio, apenas me acuerdo. Probablemente por causa de la bebida y de que apenas trabajaba, y por las violentas discusiones a media mañana con las señoras de la calle. Y al decir las discusiones a media mañana no me refiero a las 10:30 de la mañana, me refiero a las 3:30. Generalmente, si no llamaban a la policía, todo acababa con una pequeña nota pasada por debajo de la puerta, siempre escrita a lápiz

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Sobre el autor y sus influencias Tuvo una infancia muy dura, esto hizo que se refugiara en la lectura en la primera etapa de su vida.. Pasó un tiempo vagando por los Estados Unidos, dedicándose a trabajos temporales que iba dejando y permaneciendo en pensiones baratas. Es visto como icono de la decadencia estadounidense y de la representación nihilista característica después de la Segunda Guerra Mundial. Conocido por su falta de ambición y compromiso con él y con el resto del mundo.

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en papel cuadriculado: «Estimado señor, vamos a tener que pedirle que se vaya de aquí tan pronto como sea posible». Una vez la cosa pasó a media tarde. La discusión acabó. Recogimos los cristales rotos, metimos todas las botellas en sacos de papel, vaciamos los ceniceros, dormimos, nos despertamos, y yo estaba encima de ella actuando cuando oí una llave abriendo la puerta. Estaba tan sorprendido que me quedé con la polla bombeando dentro, sin parar el ritmo. Y allí estaba él, el casero bajito, de unos 45 años, sin pelo, excepto quizás en las orejas o las pelotas; se puso a mirarle a ella el culo, se acercó y apuntándola le dijo: —¡Tú. Tú te vas DE AQUÍ HOY MISMO! —Yo paré de fornicar y me eché a un lado, mirándole de reojo. Entonces él me apuntó: —¡Y usted TAMBIÉN SE VA de aquí hoy mismo! —Se dio la vuelta y se fue hacia la puerta, la cerró despacio y bajó las escaleras. Yo comencé otra vez la marcha y nos pegamos una buena despedida. De cualquier modo, yo estaba allí, en el hotel verde, el marchito hotel verde, y estaba allí con mi maleta llena de harapos, solo, pero con el dinero para el alquiler. Estaba sobrio, y conseguí una habitación exterior, que daba a la calle, en el tercer piso, con el teléfono en el pasillo, pero al lado de mi puerta, un infiernillo al lado de la ventana, un gran lavabo, una nevera pequeña pero buena, un par de sillas, una mesa, una cama y el baño en el recibidor del hotel. Y aunque el edificio era muy viejo, tenía incluso un ascensor —el hotel había tenido en otro tiempo una cierta categoría—. Y ahora yo estaba allí. La primera cosa que hice fue procurarme una botella, y después de unos tragos y de matar dos cucarachas, me sentí como en mi casa. Entonces salí al pasillo y traté de telefonear a una dama que con seguridad podría ayudarme, pero ella estaba fuera, evidentemente, ayudando a algún otro.

De cómo aman los muertos, por Charles Bukowski


2 Hacia las tres de la mañana alguien llamó a la puerta. Me puse mi vieja bata de cuadritos y abrí la puerta. Allí estaba de pie una mujer en bata. —¿Sí? —le dije—. ¿Sí? —Soy su vecina. Soy Mitzi. Vivo en el piso de abajo. Le vi esta tarde en el teléfono. —¿Sí? —dije yo. Entonces ella sacó algo de detrás de su espalda y me lo enseñó. Era una botella de buen whisky. —Entra —dije. Limpié dos vasos y abrí la botella. ¿Seco o mezclado? —Con dos tercios de agua. Había un pequeño espejo encima del lavabo y ella se puso delante de él, enrollándose el pelo con rulos. Yo le alcancé su vaso y me senté en la cama. —Te vi esta tarde al teléfono. Sólo con verte me di cuenta de que eras un tipo simpático. Yo en seguida conozco a las personas. Algunos de ellos no son tan simpáticos. —Suelen decir que soy un bastardo. —No creo que sea cierto. —Yo tampoco. Acabé mi bebida. Ella bebía a pequeños sorbos, así que me preparé otro trago. Charloteamos. Me tomé un tercer vaso. Entonces me levanté y me puse detrás de ella. Le puse las manos en las tetas. —¡OOOOOOh! ¡Chico tonto! Empecé a murmurar en su oído. —¡Ooouch! ¡SI que eres un bastardo! Tenía un rulo en una mano. La agarré de la cabeza entre perifollos y besé su boquita ajada. Estaba blanda y abierta. Ella estaba lista. Puse el vaso en su mano, la llevé a la cama, la senté. «Bebe» le dije. Ella lo hizo. Se lo llené de nuevo. Yo no llevaba nada debajo de mi bata. La bata se abrió y la cosa salió afuera,

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tiesa. Dios, pensé, soy asqueroso. Soy un payaso. Como en una película. Una de las películas familiares del futuro. 2490 D.C. Adrenalina, escarabajos. Era difícil no empezar a reírme de mí mismo, estar ahí colgado de ese nido de horquillas como si nada. Lo único que quería era el whisky. Quería un castillo en las colinas. Un baño de vapor. Nada más que esto. Nos sentamos los dos con nuestras bebidas. La besé otra vez, sumergiendo mi lengua podrida de tabaco por su garganta. Me aparté para tomar aire. Abrí su bata y allí estaban sus tetas. No gran cosa, poca cosa. Bajé mi boca y agarré una. Se hundía y resurgía como un balón a medio hinchar. Yo hice estómago y me puse a chupar el pezón mientras ella me cogía la verga con la mano y doblaba la grupa. Nos caímos de espaldas en la cama barata, y allí, con las batas puestas, la tomé. 3 Su nombre era Lou, era ex-presidiario y ex-minero. Vivía en la planta baja del hotel. Su último trabajo había consistido en restregar manchas de caramelo quemado en una fábrica de dulces, y lo había perdido —como todos los anteriores— por culpa de la bebida. El seguro de desempleo se gastaba, y allí nos quedábamos como ratas —ratas sin ningún lugar donde esconderse, ratas con un alquiler que pagar, con vientres que tenían hambre, con pollas que se ponían duras, espíritus que estaban cansados, y nada de educación, ni ocupación alguna—. Mierda pura, como ellos dicen, esto es América. No queríamos nada y no conseguíamos nada. Mierda dura. Conocí a Lou mientras bebíamos sentados sobre la cama, con la gente entrando y saliendo, de un lado a otro, bebiendo. Mi habitación era el lugar de la fiesta. Vino todo el mundo. Había un indio, Dick, que robaba botellas de whisky y las almacenaba en su armario. Decía que eso le daba una sensación de seguridad. Cuando no podíamos conseguir una

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botella en ninguna parte, siempre teníamos al indio como último recurso. Yo no era muy bueno para robar botellas, pero había aprendido un truco de Alabam, un tío flaco y bigotudo que había trabajado conmigo de ordenanza en un hospital. Metes la carne y otros productos de valor en un gran saco y lo cubres con patatas. El tendero lo pesa y te lo cobra a precio de patatas. Pero yo era más hábil en conseguir crédito de Dick. Había muchos Dicks en el vecindario, y el encargado de la tienda de licores también se llamaba Dick. Pasábamos la tarde sentados y la bebida se acababa Mi primera medida era mandar alguien a la tienda de licores. —Me llamo Hank —le decía al tío—. Dile a Dick que yo te mando, que te dé una botella, y si hay alguna duda que me llame por teléfono. —Vale, vale —el tío se iba. Nosotros esperábamos, saboreando ya la bebida, fumando, dando vueltas y volviéndonos locos. Entonces el tío volvía: —Dick dijo que ¡No! Dijo que tu crédito ya está agotado. —¡MIERDA! —gritaba yo. Y con los ojos inyectados en ira me levantaba en un estado de indignación bíblica. —¡MALDITA MIERDA, ESE HIJO DE MALA MADRE! Yo estaba furioso de verdad, era un cabreo honesto, no sé de dónde provendría. Cerraba de un portazo, cogía el ascensor, y bajaba la colina como un ángel vengador sediento. —¡Le voy a... Sucia madre, esa sucia madre!... —Irrumpía en la tienda. —Está bien, Dick. —Hola Hank. —¡Quiero DOS BOTELLAS! —(y nombraba una marca muy buena)— dos paquetes de cigarrillos, un par de esos puros, y déjame ver... un bote de ésos de cacahuetes, sí. Dick ponía el material delante mío en el mostrador y se

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quedaba allí quieto. —Bueno ¿me vas a pagar? —Dick, quiero que lo pongas en mi cuenta. —Mira, ya me debes 23,50 dólares. Antes me pagabas. Me pagabas un poco cada semana, recuerdo que era todos los viernes por la noche. No me has pagado nada desde hace tres semanas. Tú no eres como todos esos parias. Tienes clase. Yo confío en ti. ¿No puedes pagarme la mitad ahora y luego el resto? —Mira, Dick, no estoy para discusiones. ¿Vas a meterme esto en una bolsa o te lo vas a GUARDAR? Entonces se lo ponía todo delante de él y esperaba, chupando mi cigarrillo como si fuese el dueño del mundo. Un enano en calzoncillos, eso es lo que yo era. No tenía más clase que un saltamontes. Sólo sentía miedo de que él tuviese la sensatez de volver a guardar las botellas y me dijera que me fuese a .la mierda. Pero su cara siempre se ablandaba y metía la mercancía en una bolsa, entonces yo esperaba a que totalizase la nueva cuenta. Me la daba; yo asentía y me iba. Las bebidas siempre sabían mejor bajo estas circunstancias. Y cuando yo entraba con las botellas para los chicos y las chicas, era realmente el rey. Estaba sentado una noche con Lou en su habitación. El llevaba una semana de retraso en el pago del alquiler y yo dos. Estábamos bebiendo vino de oporto. Liando nuestros cigarrillos. Lou tenía una maquinita que los dejaba muy bien hechos. La cosa era mantener cuatro paredes a tu alrededor. Si tenías cuatro paredes, tenías una oportunidad. En cuanto estuvieses en la calle, las oportunidades se irían al carajo, ellos te tendrían, te tendrían bien cogido. ¿Para qué robar algo si no lo puedes cocinar? ¿Cómo te vas a follar a alguien si estás viviendo en un callejón? ¿Cómo vas a dormir si todo el mundo ronca en el albergue de la Misión? ¿Y se rompen tus zapatos? ¿Y huelen? ¿Y es insano? Ni siquiera puedes mear sin mojarte, ver sin tener que cerrar los ojos o morirte sin sufrir. Necesitas

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cuatro paredes. Dadle a un hombre cuatro paredes y moverá el mundo. Así que estábamos un poco preocupados. Cualquier paso en la escalera parecía el de la casera. Era una casera muy misteriosa. Una joven rubia con la que nadie había podido follar. Yo me había mostrado frío con ella pensando que así se sentiría atraída. Ella vino y llamó a mi puerta, pero sólo para cobrar el alquiler. Tenía un marido en alguna parte, pero nunca lo habíamos visto. Vivían allí y no vivían. Y nosotros ahora sólo pensábamos en ella. Suponíamos que si nos cepillábamos a la casera, nuestros problemas se acabarían. Era uno de esos edificios donde te acostabas con todas las mujeres por sistema, casi por obligación. Pero con ésta no había podido hacer nada, y eso me hacía sentir inseguro. Así que nos quedábamos allí sentados, fumando nuestros cigarrillos liados y bebiendo oporto, mientras veíamos cómo las cuatro paredes se iban disolviendo, derrumbando. En casos como éste, lo mejor es hablar. Hablas de un modo salvaje, bebes tu vino. Éramos cobardes porque queríamos vivir. No queríamos vivir demasiado mal, pero queríamos vivir de todos modos. —Bueno —dijo Lou— creo que ya lo tengo. —¿Sí? —Sí. Me serví otro vaso. —Trabajaremos juntos. —Claro. —Muy bien. Tú hablas bien, cuentas muchas historias interesantes, no importa que sean o no verdaderas. —Son verdaderas. —Quiero decir que da igual. Tienes un buen pico. Ahora te voy a decir lo que haremos. Hay un bar de lujo bajando la calle, ya lo conoces, el Molino’s. Vas allí. Todo lo que necesitas es algo de dinero para la primera copa. Lo juntaremos entre los dos. Te sientas, coges tu bebida y buscas a algún tío que parezca tener pasta. Por ahí van algunos peces gordos. Tú eliges al tipo y te acercas. Te sientas a su lado

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y te enrollas con él, sacas la labia y tus historias. A él le gustará. Tú tienes incluso un gran vocabulario. Siempre culto y amable. Muy bien, él te invitará a copas toda la noche, él beberá toda la noche. Tú harás que beba mucho. Cuando cierren, lo llevas hacia la calle Alvarado, lo llevas hacia el oeste pasado el callejón. Dile que le vas a conseguir un bonito coño de jovencita, cuéntale cualquier cosa pero llévalo hacia el oeste. Yo estaré esperando en el callejón con esto. Lou se fue detrás de la puerta y volvió con un bate de béisbol, un inmenso bate de béisbol, creo que de más de 42 onzas. —¡Cristo, Lou, lo vas a matar! —No, no, es imposible matar a un borracho, ya lo sabes. Quizás si él estuviese sobrio, lo matara, pero borracho sólo perderá el sentido. Le cogemos la cartera y nos largamos por caminos diferentes. —Escucha, Lou, yo soy un buen hombre, yo no hago esas cosas. —Tú no eres un buen hombre; eres el hijo de puta más salvaje que he visto en mi vida. Por eso me gustas. 4 Encontré a uno. Un gordo sonriente. Me había pasado toda mi vida pisoteado por gordos estúpidos como él. En trabajos duros y estúpidos, indignos y mal pagados. Iba a ser bonito. Empecé a hablar. No sabía de qué estaba hablando. El escuchaba y se reía y asentía agitando la cabeza y pedía bebidas. Tenía un reloj de pulsera, una mano repleta de anillos y una cartera llena y estúpida. Era un trabajo jodido. Le conté historias sobre prisiones, bandas de vagabundos, casas de putas. A él le gustaba el material sobre casas de putas. Le conté aquélla del tío que pasaba cada dos semanas y pagaba muy bien. Todo lo que quería era una puta con él en una habitación. Los dos se quitaban la ropa, jugaban a las cartas y hablaban. Sólo se sentaban allí y hablaban. Luego, dos horas más tarde aproximadamente, él se levantaba, se vestía, decía adiós y se iba. Nunca tocaba a la puta. —Es la hostia —dijo él.

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—Sí. Decidí que no me iba a importar nada que el bate gigante de Lou hiciera un buen chichón en ese cráneo obeso. Vaya un gilipollas. Vaya una masa de mierda inútil. —¿Te gustan las chicas jovencitas? —le pregunté. —Oh, sí, sí, sí. —¿De unos catorce años y medio? —Oh, cristo, sí. —Hay una que viene hoy de Chicago en el tren de la 1:30 de la mañana. Estará en mi casa hacia las dos y media. Es limpia, cálida e inteligente. Bueno, te estoy ofreciendo algo fuera de lo normal, así que te pido diez billetes. ¿Es muy alto? —No, está bien. —De acuerdo, cuando cierren este sitio, te vienes conmigo. A las dos de la madrugada salimos por fin, y yo lo alejé de allí, llevándole hacia el callejón. Quizás Lou no estuviese. Quizás el vino le había tumbado, o simplemente se había rajado, o había vuelto a casa. Un viento como ése podía matar a un hombre. O dejarle impedido para toda la vida. Caminábamos bajo la luz de la luna. No había nadie por los alrededores, nadie en las calles. Iba a ser fácil. Nos metimos por el callejón. Lou estaba allí. Pero el gordo le vio. Levantó un brazo y bajó la cabeza cuando Lou golpeó. El mazo me dio a mí de lleno detrás de la oreja. 5 Lou recuperó su antiguo trabajo, el que había perdido por emborracharse, y ahora juraba que sólo iba a beber los fines de semana. —De acuerdo, amigo —le dije— mantente lejos de mí, yo estoy bebido y bebiendo todo el tiempo. —Ya lo sé, Hank, y me gustas, me gustas más que cualquier otro hombre que haya conocido, sólo que tengo que dejar la bebida para los fines de semana, es necesario, sólo los viernes y sábados por la noche y

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nada los domingos. Yo seguía aún bebiendo los lunes por la mañana y eso me costó el empleo. Me voy a apartar de la bebida, pero quiero que sepas que esto no tiene nada que ver contigo. —Sólo que yo soy un borracho desesperado. —Sí, bueno, pero yo estoy decidido. —Está bien, Lou, pero no vengas a llamar a mi puerta hasta el viernes por la noche. Puede que oigas cantar y reír a bellas jovencitas de diecisiete años, pero no vengas a llamar a mi puerta. —Tío, tú no jodes otra cosa que sacos. —Pero parecen diecisieteañeros por el ojo de la cerradura. Comenzó a explicarme la naturaleza de su trabajo, algo acerca de la limpieza del interior de las máquinas de dulces. Era un trabajo sucio y jodido. El dueño sólo empleaba a expresidiarios a los que sacaba el culo haciéndoles trabajar hasta la muerte. Explotaba a estos desgraciados de un modo brutal durante todo el día y ellos no podían hacer nada. Les rebajaba la paga y ellos no podían hacer nada. Si se quejaban estaban perdidos. Muchos de ellos estaban comprometidos con él bajo juramento. El cabronazo los tenía agarrados por los cojones. —Suena como un tío que necesita ser asesinado —le dije a Lou. —Bueno, a mí me gusta, dice que soy el mejor obrero que ha tenido nunca, pero que tengo que alejarme del vino; él necesita de alguien en quien pueda confiar. Una vez me llevó a su casa y todo, para pintarle algunas cosas, le pinté el cuarto de baño, hice un trabajo muy bueno, también. Tiene una casa en las colinas, una casa enorme, y tendrías que ver a su esposa. Nunca pensé que pudiese haber mujeres así, tan hermosas, sus ojos, sus piernas, su cuerpo, su manera de andar, de hablar, es la hostia. 6 Bueno, Lou cumplió su palabra. No le vi durante algún tiempo, ni siquiera los fines de semana, y mientras tanto yo me estaba sumergiendo en una especie de infierno personal. Estaba muy nervioso, con los nervios rotos —un pequeño

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ruido imprevisto me hacía brincar fuera de mi piel—. Tenía miedo de ir a dormir: pesadilla tras pesadilla sacudían mi alma, cada una más terrible que la precedente. No pasaba nada si te ibas a dormir totalmente borracho, eso estaba bien, pero si te ibas a dormir medio borracho, o aún peor, sobrio, entonces los sueños comenzaban a atormentarte, y nunca estabas seguro de cuándo estabas durmiendo y cuándo la acción era real y en tu propia habitación; porque cuando dormías, soñabas la habitación entera, los platos sucios, los ratones, las paredes doblándose, el par de bragas cagadas que alguna puta había dejado olvidadas en el suelo, el grifo goteante, la luna allí fuera como una bola encendida, coches llenos de hombres sobrios y bien alimentados, anuncios luminosos atravesando tu ventana, todo, todo, estabas en una especie de esquina oscura, oscura y oscura, sin ayuda, sin razón, la razón perdida y perdida, esquina oscura y sudorosa, la tiniebla extraviada, oscuridad e inmundicias, la realidad fétida, el hedor de todas las cosas: arañas, ojos, caseras, aceras, bares, edificios, hierba y no hierba, luz y no luz, sin jamás pertenecerte nada. Nunca aparecían elefantes rosas en mis pesadillas, pero sí montañas de hombrecillos sonrientes hirviendo y esgrimiendo trucos salvajes, o feroces hombres gigantescos apareciendo como una tormenta brutal para estrangularte, o clavar sus dientes en tu garganta. O te quedabas tumbado de espaldas paralizado, sudando, con la mirada dilatada de terror, con esta cosa negra, hedionda y peluda de baba verde subiendo arrastrándose lentamente por tu cuerpo por tu cuerpo por tu cuerpo. Y si no era eso, eran días enteros sentado en una silla, horas de miedo indecible, miedo abriéndose y desplegándose en tu interior como una flor gigantesca; no podías analizarlo, saber porqué aparecía, y eso lo empeoraba. Horas de estar sentado en una silla en medio de una habitación, de levantarse y dar vueltas bordeando las paredes. Cagando y meando con mayor esfuerzo, cosas sin sentido, peinarse o cepillarse los dientes —

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actos ridículos e insanos—. Caminar a través de un mar de fuego. O llenar con agua una copa para vino —parecía como si no tuvieras derecho a llenar de agua una copa de vino—. Decidí que estaba loco, inhábil, y esto me hacía sentirme sucio. Fui a la biblioteca y traté de encontrar libros que hablasen sobre la causa que hacía sentir a las personas lo que yo estaba sintiendo, pero no había ningún libro, o si lo había, no lo pude entender. Ir a la biblioteca no era tampoco muy bonito —todo el mundo parecía tan cómodo, los bibliotecarios, los lectores, todo el mundo menos yo—. Tenía problemas incluso para usar los urinarios de la biblioteca, los tíos que había allí, los desconocidos mirándome mear, todos parecían más fuertes que yo —despreocupados y seguros—. Yo salía corriendo y me ponía a andar por la calle, subiendo luego por la escalera azotada por el viento de un edificio de hormigón donde almacenaban miles de cáscaras de naranjas. Una pintada en el tejado de otro edificio decía JESÚS SALVA pero ni Jesús ni las cáscaras de naranjas me importaban un carajo mientras subía por esa escalera en medio del viento asesino, en ese polvoriento y desierto edificio de hormigón. Aquí es adonde yo pertenezco, pensaba siempre, al interior de esta tumba de cemento. La idea del suicidio estaba siempre allí, fuerte, como miles de hormigas corriendo por la parte inferior de las muñecas. El suicidio era la única cosa positiva. Todo lo demás era negativo. Y allí estaba Lou, agradecido de poder limpiar interiores de máquinas de caramelos para seguir viviendo. 7 Por ese tiempo conocí a una dama en un bar, un poco mayor que yo, muy sensitiva. Sus piernas estaban muy bien todavía, tenía un extraordinario sentido del humor, y vestidos muy caros. Había sido la amante de un hombre rico. Nos fuimos a mi habitación y vivimos juntos. Ella era un magnífico

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pedazo de culo, pero tenía que estar bebiendo continuamente. Su nombre era Vicki. Follábamos y bebíamos vino, bebíamos vino y follábamos. Yo tenía una tarjeta de lector de la biblioteca y me iba allí todos los días. A ella no le había dicho nada de la cosa del suicidio. Mi vuelta a casa después de salir de la biblioteca era siempre un juego divertido. Yo abría la puerta y ella me miraba. —Pero ¿y los libros? —Oye Vicki, no tienen ni un solo libro en toda la biblioteca. Yo entraba, sacaba la botella (o botellas) fuera de la bolsa y empezábamos. Una vez, después de toda una semana de borrachera, decidí matarme. No le dije nada. Pensé en hacerlo cuando ella estuviese en un bar buscando a algún «vivo». No me gustaba que esos payasos gordos se la tirasen, pero luego me traía dinero y whisky y puros, y eso estaba bien. Me consolaba diciéndome que yo era el único al que amaba. Me llamaba «Mister Van Culofrito» por alguna razón que no puedo imaginar. Se emborrachaba y decía continuamente: —¡Te crees que estás caliente, te crees Mister Van Culofrito! —y yo no pensaba en nada más que en cómo matarme. Un día estuve ya completamente decidido a hacerlo. Fue después de toda una semana de estar bebiendo sin descanso, oporto, habíamos comprado garrafas y las habíamos puesto en fila en el suelo, y detrás de ellas habíamos alineado botellas de litro, ocho o nueve, y detrás de éstas una fila de cuatro o cinco botellas pequeñas. La noche y el día se esfumaron. Todo era fornicar y hablar y beber, hablar y beber y fornicar. Violentas discusiones que terminaban haciéndonos el amor. Ella era una pequeña y dulce zorra jodiendo, apretándose y retorciéndose. Una mujer entre doscientas. Con el resto es sólo una especie de acto, una broma. Sin embargo, quizás por todo ello, la bebida y el hecho de que todos esos bueyes gordos y estúpidos se tiraran a Vicki, me puse muy enfermo y deprimido, pero ¿qué coño podía hacer?

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Cuando el vino se acabó, la depresión, el miedo, la inutilidad de seguir, vinieron con más y más fuerza y supe que iba a hacerlo. La primera vez que ella salió de la habitación, todo acabó para mí. Era la hora. Cómo hacerlo, no lo sabía muy bien, pero había cientos de maneras. Teníamos una pequeña estufa de gas. El gas era atrayente. El gas es como una especie de beso. Deja el cuerpo entero. El vino se había acabado. Yo apenas podía andar. Ejércitos de miedo y sudor corrían de un lado a otro por mi cuerpo. Era muy sencillo. La mayor recompensa era el no tener que volver nunca a cruzarse con otro ser humano por la acera, verlos pasear en su obesidad, ver sus pequeños ojos de rata, sus caras rotas y crueles, sus gestos animales. Vaya un dulce sueño: no tener que volver a mirar nunca otro rostro humano. —Voy a salir fuera a mirar algún periódico para ver qué día es hoy ¿Te parece bien? —Claro —dijo ella— claro. Salí de la habitación. Nadie en el recibidor. Ni un solo ser humano. Eran alrededor de las 10 de la noche. Bajé en el ascensor con olor a orina. Hacía falta una gran voluntad para meterse en ese ascensor. Salí a la calle. Bajé la colina. Cuando volviera, ella se habría ido. Se movía deprisa cuando el vino se acababa. Entonces yo podría hacerlo. Pero primero quería saber qué día era. Bajé la colina hasta el drugstore, en la puerta había un puesto de periódicos. Era viernes. Muy bien, viernes. Tan bueno como cualquier otro día. Eso quería decir algo. Entonces leí los titulares del periódico: AL PRIMO DE MILTON BERLE LE CAE UNA ROCA ENCIMA Y LE PEGA EN LA CABEZA Me pareció no haber leído bien. Me acerqué más y lo leí con atención. Era lo mismo: AL PRIMO DE MILTON BERLE LE CAE UNA ROCA ENCIMA Y LE PEGA EN LA CABEZA Estaba escrito en grandes titulares negros, en la cabecera. De

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todas las cosas importantes que habían ocurrido en el mundo, ésta era su cabecera: AL PRIMO DE MILTON BERLE LE CAE UNA ROCA ENCIMA Y LE PEGA EN LA CABEZA Crucé la calle, me sentía mucho mejor, y entré en la tienda de licores. Compré dos botellas de oporto y un paquete de cigarrillos a crédito. Cuando volví a la habitación, Vicki estaba allí todavía. —¿Qué día es? —preguntó. —Viernes. —Muy bien —dijo. Llené dos vasos de vino. Había un poco de hielo en la neverita de la pared. El hielo flotó destelleante. —No quiero que te sientas desgraciado —dijo Vicki. —Ya sé que no. —Tómate antes un trago. —Claro. —Mientras estabas fuera, ha entrado una nota por debajo de la puerta. —Ya. Me tomé un trago, tosí, encendí un cigarrillo, me tomé otro trago, y entonces me entregó la nota. Era una cálida noche en Los Ángeles. Un viernes. Leí la nota: Querido señor Chinaski: Tiene hasta el próximo miércoles para pagar su alquiler. Si no lo hace, se largará de aquí. Sé que lleva mujeres a su habitación. Y hace mucho ruido. Y ha roto una ventana. Usted paga por sus privilegios, o se supone que lo hace. Yo he sido muy amable con usted. Ahora le digo que pague antes del miércoles o le echaré de aquí. Los inquilinos están cansados de tanto ruido, de sus blasfemias y canciones día y noche, noche y día, y yo también estoy cansado. No puede seguir viviendo aquí sin pagar. No diga que no le he advertido. Me bebí el resto del vaso. Era una cálida noche de Los Ángeles.

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—Estoy cansada de follar con imbéciles —dijo ella. —No te preocupes, yo ganaré el dinero —le dije. —¿Cómo? Si no sabes hacer nada. —Ya lo sé. —¿Entonces cómo vas a conseguirlo? —De alguna manera. —Ese último tío me jodió tres veces. Me dejó el coño despellejado de tanta refriega. —No te preocupes, nena, yo soy un genio. El único problema es que nadie lo sabe. —¿Un genio en qué? —No sé. —¡Mister Van Culofrito! —Ese soy yo. Por cierto ¿sabes que al primo de Milton Berle le cayó una roca en la cabeza? —¿Cuándo? —Ayer u hoy. —¿Qué clase de roca? —No sé. Me imagino que una especie de gran piedra amarillenta. —¿Y a quién coño le importa? —A mí no. Desde luego que no. Excepto... —¿Excepto qué? —Excepto que creo que esa roca me ha hecho seguir vivo. —Hablas como un gilipollas. —Soy un gilipollas. Hice una mueca de salvaje idiotización y serví vino a mi alrededor. { ... }

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Ese es el problema con la bebida, pensĂŠ, mientras me servĂ­a un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo C.B.


Jerome David Salinger


“Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansĂ­a

morir

orgullosamente

por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir

humildemente

por ella�


Jerome David Salinger

Nació en Nueva York el 1 de Enero de 1919. Escritor americano, es conocido en todo el mundo por ser el autor de la novela El guardián en el centeno (1951), obra considerada como un clásico de la literatura contemporánea americana y que ha conseguido cierta triste fama por ser el favorito de varios asesinos en serie. De caracter solitario, Salinger no tuvouna larga trayectoria literaria, apenas continuada por la aparición de Nueve Cuentos (1953) y Franny y Zooey (1961). Tras la popularidad alcanzada como escritor decidió alejarse del mundo de la literatura y los medios de comunicación abandonando Nueva York. Desde entonces se rumorea que siguió escribiendo, que terminó varias novelas y cuentos, pero no consideró su publicación. Su retiro sólo se vio interrumpido para interponer demandas sobre la propiedad intelectual de sus cartas y por la aparición de una pretendida continuación de El

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guardián en el centeno, cuya publicación está pendiente de un veredicto judicial. En 2000, su hija, Margaret Salinger, publicó El guardián de los sueños. En su libro de “confesiones”, afirma que su padre se bebía su propia orina, sufría glosolalia, rara vez tenía relaciones sexuales con su madre, la tenía como una “prisionera virtual” y se negaba a permitirle ver a sus parientes y amigos. Falleció de muerte natural en Cornish el 28 de enero de 2010.

Bio - J.D. Salinger


Bio

1900 1910 1920 1930

Me gusta escribir para mí mismo. Pago por esta actitud, Soy conocido como un extraño, un tipo distante. Pero todo lo que hago es tratar de protegerme a mí y a mí trabajo. Sólo quiero que esto acabe. Es intrusivo.

1940 1950 1960 1970

He sobrevivido a muchas cosas... y probablemente sobreviva a ésta también.

1980 1990 2000 2010 2020

1 de enero de 1919 Nacimiento Estados Unidos 27 de enero de 2010 Defuncion Estados Unidos Cuento Género

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El hombre que rĂ­e

Jerome David Salinger


Cuento

En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterdam Avenue. A empujones y golpes entrábamos en el viejo autobús comercial que el Jefe había transformado. Siempre nos conducía (según los acuerdos económicos establecidos con nuestros padres) al Central Park. El resto de la tarde, si el tiempo lo permitía, lo dedicábamos a jugar al rugby, al fútbol o al béisbol, según la temporada. Cuando llovía, el Jefe nos llevaba invariablemente al Museo de Historia Natural o al Museo Metropolitano de Arte. Los sábados y la mayoría de las fiestas nacionales, el Jefe nos recogía por la mañana temprano en nuestras respectivas viviendas y en su destartalado autobús nos sacaba de Manhattan hacia los espacios comparativamente abiertos del Van Cortlandt Park o de

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Sobre “El hombre que ríe” Es este uno de los relatos narrativamente más complejos de Salinger, pues se cuentan en él tres historias entrecruzadas. Estas tres historias tienen un denominador común: son insoportablemente tiernas y tristes, también en buena parte gracias a la voz. A mitad de la primera página el narrador nos tiene ya tan blanditos que puede hacer con nosotros lo que quiera. Pero no hace lo que quiere. Hace lo que debe: rompernos el corazón.

Palisades. Si teníamos propósitos decididamente atléticos, íbamos a Van Cortlandt donde los campos de juego eran de tamaño reglamentario y el equipo contrario no incluía ni un cochecito de niño ni una indignada viejecita con bastón. Si nuestros corazones de comanches se sentían inclinados a acampar, íbamos a Palisades y nos hacíamos los robinsones. Recuerdo haberme perdido un sábado en alguna parte de la escabrosa zona de terreno que se extiende entre el cartel de Linit y el extremo oeste del puente George Washington. Pero no por eso perdí la cabeza. Simplemente me senté a la sombra majestuosa de un gigantesco anuncio publicitario y, aunque lagrimeando, abrí mi fiambrera por hacer algo, confiando a medias en que el Jefe me encontraría. El Jefe siempre nos encontraba. El resto del día, cuando se veía libre de los comanches el Jefe era John Gedsudski, de Staten Island. Era un joven tranquilo, sumamente tímido, de veintidós o veintitrés años, estudiante de derecho de la Universidad de Nueva York, y una persona memorable desde cualquier punto de vista. No intentaré exponer aquí sus múltiples virtudes y méritos. Sólo diré de paso que era un scout aventajado, casi había formado parte de la selección nacional de rugby de 1926, y era público y notorio que lo habían invitado muy cordialmente a presentarse como candidato para el equipo de béisbol de los New York Giants. Era un árbitro imparcial e imperturbable en todos nuestros ruidosos encuentros deportivos, un maestro en encender y apagar hogueras, y un experto en primeros auxilios muy digno de consideración. Cada uno de nosotros, desde el pillo más pequeño hasta el más grande, lo quería y respetaba. Aún está patente en mi memoria la imagen del Jefe en 1928. Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos

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los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante. Pero, siendo como son las cosas, era un tipo bajito y fornido que mediría entre uno cincuenta y siete y uno sesenta, como máximo. Tenía el pelo renegrido, la frente muy estrecha, la nariz grande y carnosa, y el torso casi tan largo como las piernas. Con la chaqueta de cuero, sus hombros parecían poderosos, aunque eran estrechos y caídos. En aquel tiempo, sin embargo, para mí se combinaban en el Jefe todas las características más fotogénicas de Buck Jones, Ken Maynard y Tom Mix, perfectamente amalgamadas.

Actores conocidos principalmente por su trabajo en muchos westerns populares.

Todas las tardes, cuando oscurecía lo suficiente como para que el equipo perdedor tuviera una excusa para justificar sus malas jugadas, los comanches nos refugiábamos egoístamente en el talento del Jefe para contar cuentos. A esa hora formábamos generalmente un grupo acalorado e irritable, y nos peleábamos en el autobús—a puñetazos o a gritos estridentes—por los asientos más cercanos al Jefe. (El autobús tenía dos filas paralelas de asientos de esterilla. En la fila de la izquierda había tres asientos adicionales —los mejores de todos—que llegaban hasta la altura del conductor.) El Jefe sólo subía al autobús cuando nos habíamos acomodado. A continuación se sentaba a horcajadas en su asiento de conductor, y con su voz de tenor atiplada pero melodiosa nos contaba un nuevo episodio de «El hombre que ríe». Una vez que empezaba su relato, nuestro interés jamás decaía. «El hombre que ríe» era la historia adecuada para un comanche. Hasta había alcanzado dimensiones clásicas. Era un cuento que tendía a desparramarse por todos lados, aunque seguía siendo esencialmente portátil. Uno siempre podía llevárselo a casa y meditar sobre él mientras estaba sentado, por ejemplo, en el agua de la bañera que se iba escurriendo.

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Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el «hombre que ríe» había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el «hombre que ríe» respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del «hombre que ríe» sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general—siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio. Todas las mañanas, en su extrema soledad, el «hombre que ríe» se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. Ellos no

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lo consideraban feo. Al Jefe le llevó un par de meses llegar a este punto de la historia. De ahí en adelante los episodios se hicieron cada vez más exóticos, a tono con el gusto de los comanches. El «hombre que ríe» era muy hábil para informarse de lo que pasaba a su alrededor, y en muy poco tiempo pudo conocer los secretos profesionales más importantes de los bandidos. Sin embargo, no los tenía en demasiada estima y no tardó mucho en crear un sistema propio más eficaz. Empezó a trabajar por su cuenta. En pequeña escala, al principio—robando, secuestrando, asesinando sólo cuando era absolutamente necesario—se dedicó a devastar la campiña china. Muy pronto sus ingeniosos procedimientos criminales, junto con su especial afición al juego limpio, le valieron un lugar especialmente destacado en el corazón de los hombres. Curiosamente, sus padres adoptivos (los bandidos que originalmente lo habían empujado al crimen) fueron los últimos en tener conocimiento de sus hazañas. Cuando se enteraron, se pusieron tremendamente celosos. Uno a uno desfilaron una noche ante la cama del «hombre que ríe», creyendo que habían podido dormirlo profundamente con algunas drogas que le habían dado, y con sus machetes apuñalaron repetidas veces el cuerpo que yacía bajo las mantas. Pero la víctima resultó ser la madre del jefe de los bandidos, una de esas personas desagradables y pendencieras. El suceso no hizo más que aumentar la sed de venganza de los bandidos, y finalmente el «hombre que ríe» se vio obligado a encerrar a toda la banda en un mausoleo profundo, pero agradablemente decorado. De cuando en cuando se escapaban y le causaban algunas molestias, pero él no se avenía a matarlos. (El «hombre que ríe» tenía una faceta compasiva que a mí me enloquecía.)

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Poco después el «hombre que ríe» empezaba a cruzar regularmente la frontera china para ir a París, donde se divertía ostentando su genio conspicuo pero modesto frente a Marcel Dufarge, detective internacionalmente famoso y considerablemente inteligente, pero tísico. Dufarge y su hija (una chica exquisita, aunque con algo de travestí) se convirtieron en los enemigos más encarnizados del «hombre que ríe». Una y otra vez trataron de atraparlo mediante ardides. Nada más que por amor al riesgo, al principio el «hombre que ríe» muchas veces simulaba dejarse engañar, pero luego desaparecía de pronto, sin dejar ni el mínimo rastro de su método para escapar. De vez en cuando enviaba una breve e incisiva nota de despedida por la red de alcantarillas de París, que llegaba sin tardanza a manos de Dufarge. Los Dufarge se pasaban gran parte del tiempo chapoteando en las alcantarillas de París. Muy pronto el «hombre que ríe» consiguió reunir la fortuna personal más grande del mundo. Gran parte de esa fortuna era donada en forma anónima a los monjes de un monasterio local, humildes ascetas que habían dedicado sus vidas a la cría de perros de policía alemanes. El «hombre que ríe» convertía el resto de su fortuna en brillantes que bajaba despreocupadamente a cavernas de esmeralda, en las profundidades del mar Negro. Sus necesidades personales eran pocas. Se alimentaba únicamente de arroz y sangre de águila, en una pequeña casita con un gimnasio y campo de tiro subterráneos, en las tormentosas costas del Tíbet. Con él vivían cuatro compañeros que le eran fieles hasta la muerte: un lobo furtivo llamado Ala Negra, un enano adorable llamado Omba, un gigante mongol llamado Hong, cuya lengua había sido quemada por hombres blancos, y una espléndida chica euroasiática que, debido a su intenso amor por el «hombre que ríe» y a su honda preocupación

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por su seguridad personal, solía tener una actitud bastante rígida respecto al crimen. El «hombre que ríe» emitía sus órdenes a sus subordinados a través de una máscara de seda negra. Ni siquiera Omba, el enano adorable, había podido ver su cara. No digo que lo vaya a hacer, pero podría pasarme horas llevando al lector—a la fuerza, si fuere necesario—de un lado a otro de la frontera entre París y China. Yo acostumbro a considerar al «hombre que ríe» algo así como a un superdistinguido antepasado mío, una especie de Robert E. Lee, digamos, con todas las virtudes del caso. Y esta ilusión resulta verdaderamente moderada si se la compara con la que abrigaba hacia 1928, cuando me sentía, no solamente descendiente directo del «hombre que ríe», sino además su único heredero viviente. En 1928 ni siquiera era hijo de mis padres, sino un impostor de astucia diabólica, a la espera de que cometieran el mínimo error para descubrir— preferentemente de modo pacífico, aunque podía ser de otro modo—mi verdadera identidad. Para no matar de pena a mi supuesta madre, pensaba emplearla en alguna de mis actividades subrepticias, en algún puesto indefinido, pero de verdadera responsabilidad. Pero lo más importante para mí en 1928 era andar con pies de plomo. Seguir la farsa. Lavarme los dientes. Peinarme. Disimular a toda costa mi risa realmente aterradora. En realidad, yo era el único descendiente legítimo del «hombre que ríe». En el club había veinticinco comanches —veinticinco legítimos herederos del «hombre que ríe»— todos circulando amenazadoramente, de incógnito por la ciudad, elevando a los ascensoristas a la categoría de enemigos potenciales, mascullando complejas pero precisas

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instrucciones en la oreja de los cocker spaniel, apuntando con el dedo índice, como un fusil, a la cabeza de los profesores de matemáticas. Y esperando, siempre esperando el momento para suscitar el terror y la admiración en el corazón del ciudadano común. Una tarde de febrero, apenas iniciada la temporada de béisbol de los comanches, observé un detalle nuevo en el autobús del Jefe. Encima del espejo retrovisor, sobre el parabrisas, había una foto pequeña, enmarcada, de una chica con toga y birrete académicos. Me pareció que la foto de una chica desentonaba con la exclusiva decoración para hombres del autobús y, sin titubear, le pregunté al Jefe quién era. Al principio fue evasivo, pero al final reconoció que era una muchacha. Le pregunté cómo se llamaba. Su contestación, todavía un poco reticente, fue «Mary Hudson». Le pregunté si trabajaba en el cine o en alguna cosa así. Me dijo que no, que iba al Wellesley College. Agregó, tras larga reflexión, que el Wellesley era una universidad de alta categoría. Le pregunté, entonces, por qué tenía su foto en el autobús. Encogió levemente los hombros, lo bastante como para sugerir—me pareció—que la foto había sido más o menos impuesta por otros. Durante las dos semanas siguientes, la foto—le hubiera sido impuesta al Jefe por la fuerza o no—continuó sobre el parabrisas. No desapareció con los paquetes vacíos de chicles ni con los palitos de caramelos. Pero los comanches nos fuimos acostumbrando a ella. Fue adquiriendo gradualmente la personalidad poco inquietante de un velocímetro.

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Pero un día que íbamos camino del parque el Jefe detuvo el autobús junto al bordillo de la acera de la Quinta Avenida a la altura de la calle 60, casi un kilómetro más allá de nuestro campo de béisbol. Veinte pasajeros solicitaron inmediatamente una explicación, pero el Jefe se hizo el sordo. En cambio, se limitó a adoptar su posición habitual de narrador y dio comienzo anticipadamente a un nuevo episodio del «hombre que ríe». Pero apenas había empezado cuando alguien golpeó suavemente en la portezuela del autobús. Evidentemente, ese día los reflejos del Jefe estaban en buena forma. Se levantó de un salto, accionó la manecilla de la puerta y en seguida subió al autobús una chica con un abrigo de castor. Así, de pronto, sólo recuerdo haber visto en mi vida a tres muchachas que me impresionaron a primera vista por su gran belleza, una belleza difícil de clasificar. Una fue una chica delgada en un traje de baño negro, que forcejeaba terriblemente para clavar en la arena una sombrilla en Jones Beach, alrededor de 1936. La segunda, esa chica que hacía un viaje de placer por el Caribe, hacia 1939, y que arrojó su encendedor a un delfín. Y la tercera, Mary Hudson, la chica del Jefe. —¿He tardado mucho?—le preguntó, sonriendo. Era como si hubiera preguntado «¿Soy fea?». —¡No!—dijo el Jefe. Con cierta vehemencia, miró a los comanches situados cerca de su asiento y les hizo una seña para que le hicieran sitio. Mary Hudson se sentó entre yo y un chico que se llamaba Edgar «no-sé-qué» y que tenía un tío cuyo mejor amigo era contrabandista de bebidas alcohólicas. Le cedimos todo el espacio del mundo. Entonces el autobús se puso en marcha con un acelerón

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poco hábil. Los comanches, hasta el último hombre, guardaban silencio. Mientras volvíamos a nuestro lugar de estacionamiento habitual, Mary Hudson se inclinó hacia delante en su asiento e hizo al Jefe un colorido relato de los trenes que había perdido y del tren que no había perdido. Vivía en Douglaston, Long Island. El Jefe estaba muy nervioso. No sólo no lograba participar en la conversación, sino que apenas oía lo que le decía la chica. Recuerdo que el pomo de la palanca de cambios se le quedó en la mano. Cuando bajamos del autobús, Mary Hudson se quedó muy cerca de nosotros. Estoy seguro de que cuando llegamos al campo de béisbol cada rostro de los comanches llevaba una expresión del tipo «hay-chicas-que-no-sabencuándo-irse-a-casa». Y, para colmo de males, cuando otro comanche y yo lanzábamos al aire una moneda para determinar qué equipo batearía primero, Mary Hudson declaró con entusiasmo que deseaba jugar. La respuesta no pudo ser más cortante. Así como antes los comanches nos habíamos limitado a mirar fijamente su femineidad, ahora la contemplábamos con irritación. Ella nos sonrió. Era algo desconcertante. Luego el Jefe se hizo cargo de la situación, revelando su genio para complicar las cosas, hasta entonces oculto. Llevó aparte a Mary Hudson, lo suficiente como para que los comanches no pudieran oír, y pareció dirigirse a ella en forma solemne y racional. Por fin, Mary Hudson lo interrumpió, y los comanches pudieron oír perfectamente su voz. —¡Yo también—dijo—, yo también quiero jugar! El Jefe meneó la cabeza y volvió a la carga. Señaló hacia el campo, que se veía desigual y borroso. Tomó un bate de

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tamaño reglamentario y le mostró su peso. —No me importa—dijo Mary Hudson, con toda claridad—. He venido hasta Nueva York para ver al dentista y todo eso, y voy a jugar. El Jefe sacudió la cabeza, pero abandonó la batalla. Se aproximó cautelosamente al campo donde estaban esperando los dos equipos comanches, los Bravos y los Guerreros, y fijó su mirada en mí. Yo era el capitán de los Guerreros. Mencionó el nombre de mi centro, que estaba enfermo en su casa, y sugirió que Mary Hudson ocupara su lugar. Dije que no necesitaba un jugador para el centro del campo. El Jefe dijo que qué mierda era eso de que no necesitaba a nadie que hiciera de centro. Me quedé estupefacto. Era la primera vez que le oía decir una palabrota. Y, lo que aún era peor, observé que Mary Hudson me estaba sonriendo. Para dominarme, cogí una piedra y la arrojé contra un árbol. Nosotros entramos primero. La entrometida fue al centro para la primera tanda. Desde mi posición en la primera base, miraba furtivamente de vez en cuando por encima de mi hombro. Cada vez que lo hacía, Mary Hudson me saludaba alegremente con la cabeza. Llevaba puesto el guante de catcher, por propia iniciativa. Era un espectáculo verdaderamente horrible. Mary Hudson debía ser la novena en batear en el equipo de los Guerreros. Cuando se lo dije, hizo una pequeña mueca y dijo: —Bueno, daos prisa, entonces...—y la verdad es que efectivamente apreciamos darnos prisa. Le tocó batear en la primera tanda. Se quitó el abrigo de castor y el guante de catcher para la ocasión y avanzó hacia su puesto con un vestido marrón oscuro. Cuando le di un

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bate, preguntó por qué pesaba tanto. El Jefe abandonó su puesto de árbitro detrás del pitcher y se adelantó con impaciencia. Le dijo a Mary Hudson que apoyara la punta del bate en el hombro derecho. «Ya está», dijo ella. Le dijo que no sujetara el bate con demasiada fuerza. «No lo hago» contestó ella. Le dijo que no perdiera de vista la pelota. «No lo haré», dijo ella. «Apártate, ¿quieres?» Con un potente golpe, acertó en la primera pelota que le lanzaron, y la mandó lejos por encima de la cabeza del fielder izquierdo. Estaba bien para un doble corriente, pero ella logró tres sin apresurarse. Cuando me repuse primero de mi sorpresa, después de mi incredulidad, y por último de mi alegría, miré hacia donde se encontraba el Jefe. No parecía estar de pie detrás del pitcher, sino flotando por encima de él. Era un hombre totalmente feliz. Desde su tercera base, Mary Hudson me saludaba agitando la mano. Contesté a su saludo. No habría podido evitarlo, aunque hubiese querido. Además de su maestría con el bate, era una chica que sabía cómo saludar a alguien desde la tercera base. Durante el resto del partido, llegaba a la base cada vez que salía a batear. Por algún motivo parecía odiar la primera base; no había forma de retenerla. Por lo menos tres veces logró robar la segunda base al otro equipo. Su fielding no podía ser peor, pero íbamos ganando tantas carreras que no nos importaba. Creo que hubiera sido mejor si hubiese intentado atrapar las pelotas con cualquier otra cosa que no fuera un guante de catcher. Pero se negaba a sacárselo. Decía que le quedaba mono. Durante un mes, más o menos, jugó al béisbol con los comanches un par de veces por semana (cada vez que tenía una cita con el dentista, al parecer). Unas tardes llegaba a tiempo al autobús y otras

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no. A veces en el autobús hablaba hasta por los codos, otras veces se limitaba a quedarse sentada, fumando sus cigarrillos Herbert Tareyton (boquilla de corcho). Envolvía en un maravilloso perfume al que estaba junto a ella en el autobús. Un día ventoso de abril, después de recoger, como de costumbre, a sus pasajeros en las calles 109 y Amsterdam, el Jefe dobló por la calle 110 y tomó como siempre por la Quinta Avenida. Pero tenía el pelo peinado y reluciente, llevaba un abrigo en lugar de la chaqueta de cuero y yo supuse lógicamente que Mary Hudson estaba incluida en el programa. Esa presunción se convirtió en certeza cuando pasamos de largo por nuestra entrada habitual al Central Park. El Jefe estacionó el autobús en la esquina a la altura de la calle 60. Después, para matar el tiempo en una forma entretenida para los comanches, se acomodó a horcajadas en su asiento y procedió a narrar otro episodio de «El hombre que ríe». Lo recuerdo con todo detalle y voy a resumirlo. Una adversa serie de circunstancias había hecho que el mejor amigo del «hombre que ríe», el lobo Ala Negra, cayera en una trampa física e intelectual tendida por los Dufarge. Los Dufarge, conociendo los elevados sentimientos de lealtad del «hombre que ríe», le ofrecieron la libertad de Ala Negra a cambio de la suya propia. Con la mejor buena fe del mundo, el «hombre que ríe» aceptó dicha proposición (a veces su genio estaba sujeto a pequeños y misteriosos desfallecimientos). Quedó convenido que el «hombre que ríe» debía encontrarse con los Dufarge a medianoche en un sector determinado del denso bosque que rodea París, y allí, a la luz de la luna, Ala Negra sería puesto en libertad. Pero los Dufarge no tenían la menor intención de liberar

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a Ala Negra, a quien temían y detestaban. La noche de la transacción ataron a otro lobo en lugar de Ala Negra, tiñéndole primero la pata trasera derecha de blanco níveo, para que se le pareciera. No obstante, había dos cosas con las que los Dufarge no habían contado: el sentimentalismo del «hombre que ríe» y su dominio del idioma de los lobos. En cuanto la hija de Dufarge pudo atarlo a un árbol con alambre de espino, el «hombre que ríe» sintió la necesidad de elevar su bella y melodiosa voz en unas palabras de despedida a su presunto viejo amigo. El lobo sustituto, bajo la luz de la luna, a unos pocos metros de distancia, quedó impresionado por el dominio de su idioma que poseía ese desconocido. Al principio escuchó cortésmente los consejos de último momento personales y profesionales, del «hombre que ríe». Pero a la larga el lobo sustituto comenzó a impacientarse y a cargar su peso primero sobre una pata y después sobre la otra. Bruscamente y con cierta rudeza, interrumpió al «hombre que ríe» informándole en primer lugar de que no se llamaba Ala Oscura, ni Ala Negra, ni Patas Grises ni nada por el estilo, sino Armand, y en segundo lugar que en su vida había estado en China ni tenía la menor intención de ir allí. Lógicamente enfurecido, el «hombre que ríe» se quitó la máscara con la lengua y se enfrentó a los Dufarge con la cara desnuda a la luz de la luna. Mademoiselle Dufarge se desmayó. Su padre tuvo más suerte; casualmente en ese momento le dio un ataque de tos y así se libró del mortífero descubrimiento. Cuando se le pasó el ataque y vio a su hija tendida en el suelo iluminado por la luna, Dufarge ató cabos. Se tapó los ojos con la mano y descargó su pistola hacia donde se oía la respiración pesada, silbante, del

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«hombre que ríe». Así terminaba el episodio. El Jefe se sacó del bolsillo el reloj Ingersoll de un dólar lo miró y después dio vuelta en su asiento y puso en marcha el motor. Miré mi reloj. Eran casi las cuatro y media. Cuando el autobús se puso en marcha, le pregunté al Jefe si no iba a esperar a Mary Hudson. No me contestó, y antes de que pudiera repetir la pregunta, inclinó su cabeza para atrás y, dirigiéndose a todos nosotros, dijo: —A ver si hay más silencio en este maldito autobús. Lo menos que podía decirse era que la orden resultaba totalmente ilógica. El autobús había estado, y estaba, completamente silencioso. Casi todos pensábamos en la situación en que había quedado el «hombre que ríe». No es que nos preocupáramos por él (le teníamos demasiada confianza como para eso), pero nunca habíamos llegado a tomar con calma sus momentos de peligro. En la tercera o cuarta entrada de nuestro partido de esa tarde, vi a Mary Hudson desde la primera base. Estaba sentada en un banco a unos setenta metros a mi izquierda, hecha un sandwich entre dos niñeras con cochecitos de niño. Llevaba su abrigo de castor, fumaba un cigarrillo y daba la impresión de estar mirando en dirección a nuestro campo. Me emocioné con mi descubrimiento y le grité la información al Jefe, que se hallaba detrás del pitcher. Se me acercó apresuradamente, sin llegar a correr. —¿Dónde?—preguntó. Volví a señalar con el dedo. Miró un segundo en esa dirección, después dijo que volvía en seguida y salió del campo. Se alejó lentamente, abriéndose el abrigo y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Me senté

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en la primera base y observé. Cuando el Jefe alcanzó a Mary Hudson, su abrigo estaba abrochado nuevamente y las manos colgaban a los lados. Estuvo de pie frente a ella unos cinco minutos, al parecer hablándole. Después Mary Hudson se incorporó y los dos caminaron hacia el campo de béisbol. No hablaron ni se miraron. Cuando estuvieron en el campo, el Jefe ocupó su posición detrás del pitcher. —¿Ella no va a jugar?—le grité. Dijo que cerrara el pico. Me callé la boca y contemplé a Mary Hudson. Caminó lentamente por detrás de la base, con las manos en los bolsillos de su abrigo de castor, y por último se sentó en un banquillo mal situado cerca de la tercera base. Encendió otro cigarrillo y cruzó las piernas. Cuando los Guerreros estaban bateando, me acerqué a su asiento y le pregunté si le gustaría jugar en el ala izquierda. Dijo que no con la cabeza. Le pregunté si estaba resfriada. Otra vez negó con la cabeza. Le dije que no tenía a nadie que jugara en el ala izquierda. Que tenía al mismo muchacho jugando en el centro y en el ala izquierda. Toda esta información no encontró eco. Arrojé mi guante al aire, tratando de que aterrizara sobre mi cabeza, pero cayó en un charco de barro. Lo limpié en los pantalones y le pregunté a Mary Hudson si quería venir a mi casa a comer alguna vez. Le dije que el Jefe iba con frecuencia. —Déjame—dijo—. Por favor, déjame. La miré sorprendido, luego me fui caminando hacia el banco de los Guerreros, sacando entretanto una mandarina del bolsillo y arrojándola al aire. Más o menos a la mitad de la línea de foul de la tercera base, giré en redondo y empecé a caminar hacia atrás, contemplando a Mary Hudson y atrapando la mandarina. No tenía idea de lo que pasaba entre el Jefe y Mary Hudson (y aún no la tengo, salvo de una manera muy somera, intuitiva), pero no podía ser mayor mi

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certeza de que Mary Hudson había abandonado el equipo comanche para siempre. Era el tipo de certeza total, por independiente que fuera de la suma de sus factores, que hacía especialmente arriesgado caminar hacia atrás, y de pronto choqué de lleno con un cochecito de niño. Después de una entrada más, la luz era mala para jugar. Suspendimos el partido y empezamos a recoger todos nuestros bártulos. La última vez que vi con claridad a Mary Hudson estaba llorando cerca de la tercera base. El Jefe la había tomado de la manga de su abrigo de castor, pero ella lo esquivaba. Abandonó el campo y empezó a correr por el caminito de cemento y siguió corriendo hasta que se perdió de vista. El Jefe no intentó seguirla. Se limitó a permanecer de pie, mirándola mientras desaparecía. Luego se volvió caminó hasta la base y recogió los dos bates; siempre dejábamos que él llevara las bates. Me acerqué y le pregunté si él y Mary Hudson se habían peleado. Me dijo que me metiera la camisa dentro del pantalón. Como siempre, todos los comanches corrimos los últimos metros hasta el autobús estacionado gritando, empujándonos, probando llaves de lucha libre, aunque todos muy conscientes de que había llegado la hora de otro capítulo de «El hombre que ríe». Cruzando la Quinta Avenida a la carrera, alguien dejó caer un jersey y yo tropecé con él y me caí de bruces. Llegué al autobús cuando ya estaban ocupados los mejores asientos y tuve que sentarme en el centro. Fastidiado, le di al chico que estaba a mi derecha un codazo en las costillas y luego me volví para ver al Jefe, que cruzaba la Quinta Avenida. Todavía no había oscurecido, pero había esa penumbra de las cinco y cuarto. El Jefe atravesó la calle con el cuello del

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abrigo levantado y los bates debajo del brazo izquierdo, concentrado en el cruce de la calle. Su pelo negro peinado con agua al comienzo del día, ahora se había secado y el viento lo arremolinaba. Recuerdo haber deseado que el Jefe tuviera guantes. El autobús, como de costumbre, estaba silencioso cuando él subió, por lo menos relativamente silencioso, como un teatro cuando van apagándose las luces de la sala. Las conversaciones se extinguieron en un rápido susurro o se cortaron de raíz. Sin embargo, lo primero que nos dijo el Jefe fue: —Bueno, basta de ruido, o no hay cuento. Instantáneamente, el autobús fue invadido por un silencio incondicional, que no le dejó otra alternativa que ocupar su acostumbrada posición de narrador. Entonces sacó un pañuelo y se sonó la nariz, metódicamente, un lado cada vez. Lo observamos con paciencia y hasta con cierto interés de espectador. Cuando terminó con el pañuelo, lo plegó cuidadosamente en cuatro y volvió a guardarlo en el bolsillo. Después nos contó el nuevo episodio de «El hombre que ríe». En total, sólo duró cinco minutos. Cuatro de las balas de Dufarge alcanzaron al «hombre que ríe», dos de ellas en el corazón. Dufarge, que aún se tapaba los ojos con la mano para no verle la cara, se alegró mucho cuando oyó un extraño gemido agónico que salía de su víctima. Con el maligno corazón latiéndole fuerte corrió junto a su hija y la reanimó. Los dos, llenos de regocijo y con el coraje de los cobardes, se atrevieron entonces a contemplar el rostro del «hombre que ríe». Su cabeza estaba caída como la de un muerto, inclinada sobre su pecho ensangrentado. Lentamente, con avidez, padre e hija avanzaron para inspeccionar su obra. Pero los esperaba una sorpresa enorme. El «hombre que ríe», lejos de estar

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muerto, contraía de un modo secreto los músculos de su abdomen. Cuando los Dufarge se acercaron lo suficiente, alzó de pronto la cabeza, lanzó una carcajada terrible, y, con limpieza y hasta con minucia, regurgitó las cuatro balas. El efecto de esta hazaña sobre los Dufarge fue tan grande que sus corazones estallaron, y cayeron muertos a los pies del «hombre que ríe». (De todos modos, si el capítulo iba a ser corto, podría haber terminado ahí. Los comanches se las podían haber ingeniado para racionalizar la muerte de los Dufarge. Pero no terminó ahí.) Pasaban los días y el «hombre que ríe» seguía atado al árbol con el alambre de espinos mientras a sus pies los Dufarge se descomponían lentamente. Sangrando profusamente y sin su dosis de sangre de águila, nunca se había visto tan cerca de la muerte. Hasta que un día, con voz ronca, pero elocuente, pidió ayuda a los animales del bosque. Les ordenó que trajeran a Omba, el enano amoroso. Y así lo hicieron. Pero el viaje de ida y vuelta por la frontera entre París y la China era largo, y cuando Omba llegó con un equipo medico y una provisión de sangre de águila el «hombre que ríe» ya había entrado en coma. El primer gesto piadoso de Omba fue recuperar la máscara de su amo, que había ido a parar sobre el torso cubierto de gusanos de Mademoiselle Dufarge. La colocó respetuosamente sobre las horribles facciones y procedió a curar las heridas. Cuando al fin se abrieron los pequeños ojos del «hombre que ríe», Omba acercó afanosamente el vaso de sangre de águila hasta la máscara. Pero el «hombre que ríe» no quiso beberla. En cambio, pronunció débilmente el nombre de su querido Ala Negra. Omba inclinó su cabeza levemente contorsionada y reveló a su amo que los Dufarge habían

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matado a Ala Negra. Un último suspiro de pena, extraño y desgarrador, partió del pecho del «hombre que ríe». Extendió débilmente la mano, tomó el vaso de sangre de águila y lo hizo añicos en su puño. La poca sangre que le quedaba corrió por su muñeca. Ordenó a Omba que mirara hacia otro lado y Omba, sollozando, obedeció. El último gesto del «hombre que ríe», antes de hundir su cara en el suelo ensangrentado, fue el de arrancarse la máscara. Ahí terminó el cuento, por supuesto. (Nunca habría de repetirse.) El Jefe puso en marcha el autobús. Frente a mí al otro lado del pasillo, Billy Walsh, el más pequeño de los comanches, se echó a llorar. Nadie le dijo que se callara. En cuanto a mí, recuerdo que me temblaban las rodillas. Unos minutos más tarde, cuando bajé del autobús del Jefe, lo primero que vi fue un trozo de papel rojo que el viento agitaba contra la base de un farol de la calle. Parecía una máscara de pétalos de amapola. Llegué a casa con los dientes castañeteándome convulsivamente, y me dijeron que me fuera derecho a la cama. { ... }

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... el contento de cualquiera que haya alguna vez querido alcanzar algo, sabe que la forma del relato corto debe quedarse en casa, intacta, lograda. Saludos a Whit Burnett, Hallie Burnett y todos los lectores y colaboradores de Story J.D.S.


Citas Extras

Felicidad / Gente / Alcohol / Escribir / Vida / Muerte / Miedo / Violencia / Locura /


Felicidad / Gente / Alcohol / Escribir / Vida Felicidad

Gente / Alcohol

La diferencia entre la alegría y la felicidad

Soy un paranoico al revés. Siempre

es que la alegría es un líquido y la felicidad

sospecho que la gente está planeando

un sólido.

algo para hacerme feliz

J.D. Salinger

J.D.S.

El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Charles Bukowski

Me genera ansiedad saber que tengo eso adentro, que se va a ir en cualquier momento y que tengo que terminar la historia antes de que se pierda. Una vez que la terminé ya está, estoy súper relajada, siento una felicidad absoluta Samanta Schweblin

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Extras - Citas


Citas

Escribir

Vida La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego J.D.S.

Nunca escribí una frase que valiese la

Las circunstancias de mi vida con esos

pena mientras estaba bajo la influencia

niños dictaban otra cosa. Decían que

del alcohol.

si quería escribir algo, y terminarlo,

Raymond Carver

e incluso que si quería sentir alguna satisfacción con una obra concluida, tenía que limitarme a cuentos y poemas R.C.

Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga… la magia C.B.

Cada cuento tiene una historia distinta sobre su escritura, no siempre las cosas suceden de esta manera, pero trabajar sobre imágenes realmente es algo que me sucede bastante seguido. S.S.

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Muerte / Miedo / Violencia / Locura Muerte

Miedo

Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansĂ­a morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella. J.D.S.

Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo. Miedo a la muerte. Miedo a vivir demasiado tiempo. Miedo a la muerte. Ya dije eso. R.C.

Violencia es el sĂ­ntoma, pero lo que importa es lo que hay detrĂĄs. El miedo, por ejemplo. El miedo genera mucha violencia. El miedo a perder algo, el miedo a conocer algo nuevo, el miedo a estar equivocado, el miedo a la muerte. Creo que la literatura siempre se trata del miedo. S.S.

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Citas

Violencia

Locura

Hace falta cierta violencia. En nosotros

Tengo dos opciones, permanecer en la

hay una energía que necesita ser sacada.

oficina de correos y volverme loco… o

Creo que si esa energía es contenida, nos

quedarme fuera y jugar a ser escritor y

volvemos locos. A veces se llama violencia

morirme de hambre. He decidido morir

a la expulsión de energía con honor. Hay

de hambre.

locura interesante y locura desagradable.

C.B.

Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros . C.B.

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Obras Extras

1940 / 43 1944 / 46 1947 / 50 1951 / 57 1959 / 66 1969 / 71 1972 / 75 1976 / 89 1990 / 96 2000 / 05 2006 / 10


1940 / 43

1944 / 46

1947 / 50

Charles 1944 Bukowski

· Aftermath of a Lengthy Rejection Slip

J.D. 1940 Salinger

1944

· The Young Folks

· Both Parties Concerned

· Go See Eddie

· Soft Boiled Sergeant

· The Heart of a Broken

· Last Day of the Last

Story 1941 · The Hang of It 1942 · Personal Notes of an

Furlough

· A Girl I Knew

· The Children’s Echelon

· A Perfect Day for

1945 · The Stranger · I’m Crazy · The Magic Foxhole · A Boy in France · This Sandwich Has No Mayonnaise 1946 · Slight Rebellion off Madison

102

· The Inverted Forest 1948 · Blue Melody

· Elaine

· The Varioni Brothers

No Waist at All

· Two Lonely Men

· The Long Debut of Lois Taggett

· A Young Girl in 1941 with

· Once a Week Won’t Kill You

· Infantryman

1943

1947

Bananafish · Uncle Wiggily in Connecticut · Just Before the War with the Eskimos 1949 · The Laughing Man · Down at the Dinghy 1950 · For Esmé with Love and Squalor

Extras - Obras


Obras

1951 / 57

1959 / 66

1969 / 71

1965

1969

· Confessions of a Man Insane Enough to Live with Beasts 1966

· Notes of a Dirty Old Man 1971 · Post Office

· All the Assholes in the World and Mine

1951 · The Catcher in the Rye · Pretty Mouth and Green My Eyes 1952 · De Daumier-Smith’s Blue Period 1953 · Nine Stories · Teddy

1959 · Seymour: An Introduction 1961 · Franny and Zooey (1961) 1963 · Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour: An Introduction 1965 · Hapworth 16, 1924

1955 · Franny · Raise High the Roof-Beam, Carpenters 1957 · Zooey

Las mismas flores viejas

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1972 / 75 Charles 1972 Bukowski

· Erections, Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness 1973 · South of No North 1975 · Factotum

Raymond Carver

1976 / 89

1990 / 96

1978

1990

· Women 1982 · Ham on Rye 1983

· Septuagenarian Stew: Stories and Poems 1994 · Pulp

· Hot Water Music 1989 · Hollywood

1976 · Will You Please Be Quiet, Please? 1981 · What We Talk About When We Talk About Love 1983 · Cathedral · Fires: Essays, Poems,

1991 · No Heroics, Please: Uncollected writings 1993 · Short Cuts: Selected Stories 1996 · All of Us: The Collected Poems

Stories 1988 · Elephant · Where I’m Calling From: New and Selected Stories

104

Extras - Obras


Obras

2000 / 05

2006 / 10 2008 · Portions of a WineStained Notebook: Short Stories and Essays 1944-1990 2010 · Absence of the Hero

2000 · Call if you Need Me

Samanta 2002 Schweblin

· El núcleo del disturbio 2004 · Cuentos argentinos. Antología 2005 · La joven guardia

2006 · Una terraza propia: nuevas narradoras argentinas Antología 2009 · Pájaros en la boca

Antología

Las mismas flores viejas

105


Longinotti Editoriales S.A. Melian 2831, C 1430, Ciudad Autónoma de Buenos Aires Argenitna

1º edición en Longinotti: 4 ejemplares

Diseño de la Antología María Belén Tassino

© 2012, Longinotti Editoriales S.A.

Reservados todos los derechos.

Impreso en Industria Gráfica

Queda rigurosamente prohibida,

Argentina en el mes de septiembre

sin la autorización escrita de los

de 2012

titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

IMPRESO EN LA ARGENTINA Queda hecho el depósito que preciene la ley 11.723 ISBN: 950-04-2505-X

Las mismas flores viejas  

Diseño editorial Antología del Realismo, colección de cuentos Cátedra Longinotti, Tipografía Diseño gráfico, UBA

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