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Editor y texto: Carlos Luque Cabal carlosluquecabal1@gmail.com Diseño y maquetación: Carlos Luque Cabal David Arias Fernández Luis Alberto Pando González Portada: Luis Alberto Pando González Fotografías y figuras: El autor del libro, excepto cuando se cita otro. Imprime: Artes Gráficas Eujoa Meres (Siero) DL AS 00621-2014 ISBN: 978-84-942249-6-6 Reservados todos los derechos. Prohibida la recuperación total o parcial por cualquier medio o sistema de impresión de información, salvo con autorización expresa del autor.


SUMARIO

Preámbulo …................................................................

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I.-Los momentos iniciales …........................................ 10 II.- El reino de Asturias …............................................ 23 III.- Los tiempos de las monarquías leonesa y castellano-leonesa ….............................................. 35 IV.- El arcedianato de Gordón en la época bajomedieval ….................................................... 61 V.- Gordón ante un cambio de era …............................ 85 VI.- Siglo XVII: Todo bajo control …........................... 113 VII.- El siglo XVIII: Ilustración versus rigor religioso ….......................................................... 131 VIII.- El convulso siglo XIX en Gordón ….................. 169 IX.- Hacia una nueva diócesis ….................................. 213 Apéndices …................................................................. 269 Referencias bibliográficas …....................................... 291 Agradecimientos …..................................................... 297 Índice

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PREÁMBULO A la hora de presentar al lector este libro quizás podría preguntarse: ¿Qué ha impulsado a esta persona que ha dirigido su vida profesional a una disciplina como es la Geología –totalmente diferente a la que en estas páginas se aborda– a realizar un manuscrito de tipo histórico y en relación con el devenir eclesiástico de Gordón y Asturias? Porque sí, es cierto que el estudio y narración de la evolución de nuestro planeta, esto es, de cómo se han ido sedimentando los materiales rocosos, integrado en ellos los distintos fósiles, formado las montañas y continentes, evolucionado el curso de los ríos, mares, etc., muestra ciertos puntos en común con tratar de explicar el devenir temporal de los acontecimientos de la humanidad. Sin embargo esto no es suficiente, sino que la respuesta definitiva de las circunstancias que me han movido a redactar este texto tiene mucho que ver con tres circunstancias ocurridas a lo largo de mi existencia. La primera y más remota es que, en razón de pasar desde 1958 gran parte de los veranos en La Pola de Gordón y haber emparentado en ella, he llegado a disfrutar de tal manera de los paisajes, ambientes y vecinos de su municipio que se me han hecho entrañables, incrementándose cada vez más en mí la curiosidad por conocer no solo sus aspectos geológicos, sino también lo que han sido y son estas tierras, sus espacios naturales, sus vivencias ancestrales y sus gentes. La segunda, está relacionada con la celebración, el año 2003, del Centenario de la actual pa­ rroquia de la Asunción de la Pola, en el que se me invitó a dar una conferencia sobre lo que había significado la comunidad cristiana en la historia de este pueblo. Aquí pude descubrir, para mi sor­ presa, el protagonismo que alcanzó este entorno en las sucesivas efemérides de la Iglesia asturiana, magníficamente recogidas en sus libros por el ilustre presbítero gordonés D. Francisco Escobar. Con él mantuvo mi padre –gran entusiasta y admirador de esta comarca– una entrañable amistad durante su etapa conjunta de docencia en el Instituto Femenino de la capital asturiana, uno impartiendo clases de Física y Química; el otro, de Filosofía y Religión. Y la más reciente, surge cuando tengo que hurgar en los afamados archivos de la catedral ovetense con la finalidad de investigar tan amplia documentación como guardan con vistas a la rea­ lización del libro de reciente publicación Las Canteras históricas de Oviedo. Aportación al patri­ monio arquitectónico (2012), editado junto con otros dos compañeros de la Facultad de Geología. En él se analizan los lugares de donde se extrajo la piedra para los edificios, tanto eclesiásticos como de la nobleza o burguesía de la capital asturiana, desde los momentos más remotos de la existencia de la ciudad. Pues bien, entonces encontré multitud de referencias relativas a las parroquias y personajes de este concejo de la montaña leonesa que tuve la oportunidad de recopilar y me sirvieron de base para una gran parte de lo que en esta obra expongo. Por supuesto que, dadas las limitaciones para poder describir con suficiente rigor el pasado, también se ha procurado acceder a otros archivos y bibliotecas, tanto de Oviedo, Gordón y León, como de Madrid, a la vez que a los principales trabajos publicados sobre la materia, para intentar completar este “puzzle” prodigioso que es la historia. Todo ello con vistas a tratar de reflejar los datos del pasado de una manera precisa y comprensible para el lector amigo de Gordón, ya que a él y por él me he metido en esta aventura. Pero he de confirmar que ha sido una tarea ilusionante, enriquecedora y que, como toda crónica de las efemérides, aún deja un conjunto de interrogantes que animan a seguir revisando los textos antiguos y analizando los mas recientes. En síntesis, lo que este libro pretende es realizar una descripción secuencial de los principa­ les acontecimientos religiosos ocurridos desde los orígenes de la fe cristiana en el ámbito territorial de Gordón en conexión con su matriz diocesana, que no era otra que la correspondiente a la juris­ dicción asturiana. En muchos momentos de la vida eclesial esta dependencia tuvo lugar mediante una perfecta simbiosis y armonía, tan solo limitada por las dificultades de comunicación entre la montaña central leonesa y la ciudad de Oviedo. 3


Todo lo aquí narrado permite, a su vez, dejar de manifiesto en qué forma Jesucristo y su doc­ trina, a través de la Iglesia, han incidido en la vida de personas concretas, como señal de su perma ­ nente actuación en la historia particular de cada ser humano o de cada pueblo. En la mayoría de los casos se observa una gran acomodación al plan establecido a partir de su Palabra evangélica, mientras que en otras circunstancias la respuesta no se dio de forma tan adecuada. Por ello, junto a los acontecimientos acaecidos, hemos pretendido narrar cómo eran las prácticas religiosas de cada momento, los ritos litúrgicos, los lugares de celebración, las expresiones propias de la religiosidad popular, las directrices doctrinales o la forma en que los moradores y clérigos de esta tierra asimilaban los decretos emanados de la jerarquía, por lo general asumidos de forma disciplinada y llevadas a efecto con gran sencillez. Confío en que no defraude lo aquí expuesto, complementado con un buen número de imáge­ nes ilustrativas, algunas de ellas aportadas por amigos residentes habitual o temporalmente en estos entornos. Es más, sería para mí una gran satisfacción si, como consecuencia de vuestra lectura y co­ nocimientos, surgieran novedosas aportaciones o iniciativas que enriquecieran lo que estos folios explican.

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LOS ALBORES DEL CRISTIANISMO EN GORDÓN Como es lógico imaginar, las primeras trasmisiones de la religión cristiana en el territorio habitado por los Astures1, tuvieron lugar durante los frecuentes desplazamientos de los destacamen­ tos militares que se realizaron por la principal ruta de enlace que comunicaba el núcleo castrense de la Legio Septima Gemina (emplazado en la actual León) con Lucus Asturum 2 y la localidad marítima de Gigia (Gijón) siguiendo la vía de La Carisa. Tan remota infraestructura, pertenecía al Conventus Asturum y estaba integrada en la provincia Citerior Tarraconense, atravesando de sur a norte la inhóspita región del curso alto del río “Vernesica”3. Esta ruta servía además a los primitivos pobladores para trasladar de un lado a otro diferentes productos (metales, cereales, vino, ganados, maderas, sal, pescado, etc.) incentivando el comercio entre las zonas de la meseta y de la costa. De ella quedan evidentes restos de empedrados en un aceptable estado de conservación mostrando una reducida anchura (del orden de 2,0-2,5 m.) particularmente en ciertos tramos localizados al norte del actual pueblo de Buiza, sobre todo al atravesar el crestón cuarcítico que da paso a la Collada de San Antón (Fig.1.1) en el límite con terrenos de Rodiezmo. El hecho de su escasa amplitud ha sido motivo de discusión sobre si se puede adscribir a una calzada de esta época, pero similares dimensiones se dan con otros retazos de vías de zonas de alta montaña del norte de León (Tarna, Lillo, Vegarada, Piedrafita, Torrebarrio) y de Asturias (Allande, Tineo, Teverga, Somiedo, Belmonte), donde tal origen no se pone en duda, en particular en la parte astur al emplazarse próximas a importantes explotaciones de oro trabajadas por ellos. Existen además varios tramos similares en su prolongación hacia el territorio de Lena, donde en su cercanía se ha reconocido un importante campamento militar ubicado en la cumbre del Pico La Boya o Curriechos, a algo mas de 1700 metros de altitud4 (Fig. 1.2). Se produciría entonces una pro­ gresiva interferencia con las religiosida­ des y cultos ligados a ídolos preexistentes derivados de la cultura castreña autócto­ na, tan asentada en esta zona de la cordi­ llera. De forma primordial estaba centra­ da en la veneración de ancestrales deida­ des indígenas relacionadas con las fuerzas de la naturaleza (los ríos, los árboles, las piedras o el sol), a las que se sumaban di­ versos animales y seres mitológicos. Tales veneraciones se entremezclaban con las aportadas por los invasores romanos, cuya Figura 1.1.- Retazo de la vía romana entre Buiza y la Collada de milicia y los regidores administrativos se San Antón. convertirían en los mejores agentes de propagación de los cultos a sus propias divinidades, varias de ellas con un innegable origen oriental, siendo algunas de las más representativas Júpiter, Mitra, Marte, Ceres, dioses manes y lares viales. No faltaba incluso la adoración fanática de la propia figura imperial, a la que en muchas ocasiones 1 2 3 4

En el que más tarde se diferenció el marco territorial conocido ya, a través de primitivos documentos, como Gordón. Corresponde a la actual localidad de Lugo de Llanera ubicada unos 12 km al noreste de Oviedo, donde se han confirmado vestigios del periodo romano, al igual que en los alrededores del actual Gijón (Gigia). Topónimo que deriva de los términos “vern” (sauce) y “esica” (río, corriente de agua), significando que en sus orígenes históri­ cos era un curso de agua que correría entre este tipo de vegetación. También en la localidad de Mamorana, próxima a Pola de Lena, se ha reconocido una villa de esta época. con muy importantes mosaicos, conservados en el Museo Arqueológico de Asturias.

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se le atribuyeron poderes divinos. Superado el siglo I, no pasarían muchos decenios sin que se agregasen a estos rituales los propios de las creencias de la fe cristiana, trasmitidas, en un principio, por los soldados o los dignatarios romanos conversos establecidos a lo largo de un enclave tan rico en metales de gran valor5. Seguían las indicaciones de su Maestro, proclamadas por los prosélitos, de “ir y hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28, 19). El fundamento principal para la acogida de esta nueva doctrina estaba en la aceptación del kerigma, esto es, del anuncio de la muerte, resurrección y glorificación de Figura 1.2.- Trazado de la vía romana entre Legio Cristo, trasmitido inicialmente de forma Séptima Gémina y Lucus Asturum. verbal por los seguidores de los apóstoles, testigos reales en el lejano país de Israel de su vida y mandatos. A este mensaje se añadía además la narración de sus milagros, la invitación a asumir el amor cristiano (caritas Christi), incluso al enemigo, y la asunción de un sentido profundo de salva­ ción, todo ello vivido, no de forma indivi­ dual, sino en grupo (commune), en donde cada uno de sus miembros tendía a poner todos sus bienes a disposición de los demás que participaban de un mismo sentir. ¡Todo una novedad para una sociedad tan aislada y escasamente civilizada como aquella que ocupaba las alejadas, agrestes y casi impene­ trables tierras del norte de Hispania!

Figura 1.2.- Trazado de la vía romana entre Legio septima gemina y Lucus Asturum

Tal difusión y extensión de la reli­ gión cristiana iría casi en paralelo con la aceptación por parte de los rudos y belicosos astures de los valores culturales y del desa­ rrollo del saber aportados por los invasores, muy diferentes a las tradiciones y modo de vida tan primario de los aguerridos poblado­ res. Al menos así los describía el historiador Estrabón a comienzos de la dominación ro­ mana al hablar sobre estos poco habitables dominios montañosos.

Gran importancia tuvo, en particular, la difusión de la lengua latina (servo vulgaris), así como la implantación de nuevas formas arquitectónicas de edificación, de construcción de calzadas, de extensión del comercio entre las regiones, de extracción de minerales o 5

A lo largo de esta ruta o en sus proximidades los romanos extrajeron cantidades sustanciales de minerales de importante utilización, como eran: cobre, mercurio, plomo o hierro.

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de planificación de regadíos para la agricultura. Con el paso del tiempo también tiene lugar, no sin resistencias, un sustancial cambio de costumbres, entre las que baste como ejemplo la ancestral manera de casarse, similar a la de los griegos, por la cual a la novia se la compraba, mientras que en la tradición romana era su padre quien aportaba una dote en el momento de la alianza. Aunque en estos primeros momentos se carece de referencias o datos arqueológicos definiti­ vos que garanticen la existencia real de comunidades de cristianos en la región del norte de León, sí se dan en las últimas décadas del siglo primero algunos indicios referentes a esta nueva religión en los principales pueblos de la provincia leonesa. Acontecimientos tales como las masivas ejecuciones de adeptos a la fe después del famoso incendio de Roma, en el año 63, durante el mandato de Nerón6 pudieron haber sido una de las primeras noticias que se divulgaran por todo el imperio. Este hecho y otras persecuciones o graves acusaciones posteriores contra los seguidores de Cristo motivaron que se alentara una fructífera trasmisión oral que incidía, aunque a veces fuera entre críticas, tanto en su forma de vida y doctrina, como en las heroicidades de los mártires, que llegaban a entregar toda su existencia por amor al Kyrios y a la comunidad fraterna a la que se incorporaban. Dado el arraigo que de forma lenta pero progresiva fueron adquiriendo las creencias cristia­ nas en las zonas rurales colonizadas, es muy posible que ya en el siglo tercero se registrase algún primigenio lugar de culto para las celebraciones de los adscritos residentes en los pequeños núcleos de población de los astures cismontanos, varios de los cuales eran regidos por hombres procedentes de la milicia premiados por sus méritos y estaban basados en el aprovechamiento agrícola, pastoril y cinegético. Sin duda, en razón a sus bondadosas condiciones climáticas en épocas estivales cabe sospechar que algunos de ellos se localizarían en terrenos del actual concejo gordonés. El encuentro principal de los creyentes conversos se realizaba en torno a la “acción de gracias“ (euchäristia) que era vivida como la confirmación de la unión mutua (communio). Las reuniones estarían ya dirigidas, muy probablemente, por un presbyter (hermano mayor) o un diaconus (sirviente), elegidos entre aquellos miembros del grupo que daban mayor testimonio de una vida conforme a los designios del Maestro. Éstos se veían motivados a instruir cuidadosa y pacientemente a sus adeptos con el fin de evitar que no confundieran o adulteraran los nuevos ritos cristianos con los correspondientes a sus anteriores divinidades paganas. Lo que sí está confirmado7 es que hacia finales de la segunda centuria ya existían arraigadas comunidades cristianas, con un buen número de adeptos, tanto en Astúrica Augusta (Astorga) como en la cívitas leonesa, ambas bajo la tutela de un Opiscopus, quedando a ellos sujetos los discípulos dispersos por los “populi” y castros o “castella” de la zona septentrional, en particular los del sector del alto Bernesga cercanos a la Via Carisa. En los angostos parajes del enclave que más tarde se conocería como Gordón (Fig. 1.3) se han dado referencias de emplazamientos con colonización ro­ mana en el entorno de lo que hoy son La Pola de Gordón (La Moita), Llombera (El Castro), Los Ba­ rrios (El Castillo) o Buiza (La Collada), ademas de otros variados lugares norteños pasada la cordi­ llera. Se podía ya ir gestando una primitiva estructura eclesial que abarcaba gran parte del septen­ trión montañoso. Cuando en el año 249, bajo las órdenes de emperador Decio, se desarrolla la primera gran persecución en todo el imperio contra los seguidores de Cristo, no cabe duda que tan sistemática ac­ tuación represiva tuvo que llegar a afectar a bastantes de los militantes, al ser obligados a apostatar de su fe, a la vez de participar en los sacrificios ofrecidos a los dioses romanos 8. Las mujeres, asimismo, eran forzadas a dejar de preservar su virginidad, un estado muy impulsado por estos tiempos entre las jóvenes virtuosas cristianas, en contraposición con los excesos en el placer que alentaban los romanos. Los reacios a cumplir tales órdenes se les llegaba a confiscar los bienes, o bien eran recriminados hasta con violencia por las autoridades dominadoras, que conducían con frecuencia, en caso de reiteración, a su encarcelamiento o incluso al martirio. De hecho, fueron muchos también los que perdieron su vida entre crueles tormentos al no abdicar de sus creencias, 6 7 8

Este emperador acusó como provocadores de tal destrucción a los cristianos. A través de distintas cartas de dignatarios, como la carta 67 de Cipriano, obispo de Cartago. Se llegó a emitir un certificado (libellum) de haber concurrido a dichos actos y no fueron pocos los que lo demandaron.

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siendo por ello objeto de veneración y elevados mas tarde a los altares.

Figura 1.3.- Ascendiendo el curso del río Bernesga en su tramo de la meseta, el dominador romano se encontraba frente a la casi inexpugnable barrera de la cordillera, con El Cueto al fondo.

Notable influencia tendría entre la grey la aceptación del “certificado” de haber participado en actos paganos por parte de Basílides, obispo de la diócesis de Astorga, lo que obligó al citado Ci­ priano, prelado cartaginés, a remitir la referida misiva en el año 254 a los fieles de esta localidad y a los de Legio VII reprobando tal apostasía. Al mismo tiempo se le deponía de sus órdenes episcopales reduciéndolo al estado laico y siendo sustituido de manera inmediata después de celebrarse una asamblea constituida por clérigos y miembros civiles. Se insistía, con estricta rigidez, en que aquellos que ofrecían cultos a otras divinidades no podían demandar su pertenencia al sacerdocio sagrado y por tal motivo el mentado Basílides renunció a su cargo de forma disciplinada y, desde entonces, se entregó a la penitencia y a las rogativas a Dios. Casi un decenio después, cuando desde Cartago y norte de Áfríca se proseguía con la aventura expansiva del cristianismo en la península, se incentiva una nueva persecución en tiempos del emperador Valeriano, que vuelve a generar momentos de gran incertidumbre entre los que habían abrazado las actitudes evangélicas. Pero simultáneamente se difunden de manera profusa en­ tre los fieles las noticias de los primeros cristianos que llegan a dar su sangre por Cristo en la pro ­ vincia tarraconense, a la que pertenecía este sector noroccidental de Hispania. Tal fue el caso de Fructuoso (obispo de Tarraco), sus diáconos Eulogio o Augurio, al igual que los mas cercanos a es­ tas tierras, los jóvenes hermanos Facundo y Primitivo de Sahagún o las vírgenes y mártires santa Quiteria y santa Marina, esta última muy venerada mas tarde en este dominio de la cordillera. Pese a estos duros acontecimientos los pequeños grupos eclesiales de las áreas rurales de la zona montañosa central se mantenían en comunión con los prelados de la sede leonesa, entre los que destacó Decentius, único participante de esta zona en el primitivo Concilio de Elvira (Granada), celebrado el año 300. Las actas de este encuentro representaron el primer documento en el que se relata la existencia de comunidades cristianas en estos dominios norteños, así como la autenticidad y rigor con el que los adeptos mantenían la doctrina. En ellas se incorporan diferentes cánones, entre los que destacaban los referidos al adulterio y a la vida matrimonial. Con el inicio del siglo IV, y durante la persecución del emperador Diocleciano (303-305), 9


nuevos mártires9 favorecen una fecunda aceptación popular por parte de un cada vez mayor número de catecúmenos que abrazan los ideales religiosos de aquéllos que son capaces de donar hasta su propia vida en situaciones heroicas. En León alcanzó gran notoriedad entre los discípulos de Cristo el violento acoso ejercido contra el centurión Marcelo, incorporado a una de las comunidades cris­ tianas al tiempo que desempeñaba sus funciones en la milicia. Es en la época del citado dignatario romano cuando los territorios leoneses pasan a incorporarse administrativamente a la provincia de Gallaecia, siendo Lugo la sede episcopal de mayor relevancia, de la que dependen Astorga y Lucus Asturum, sedes desde las que se vienen a coordinar los cada vez más numerosos grupos de cris­ tianos de la montañosa y deficientemente comunicada zona septentrional. Coincide este tiempo con el periodo en el que los sujetos a la Ecclesiae (asamblea) empeza­ ban a estar ya repartidos de manera muy notable tanto entre las civitas más populosas, y por ello más romanizadas, como en las pequeñas villae y populi con predominio de campesinos. Así lo con­ firmó con posterioridad el cada vez más frecuente número de hallazgos arqueológicos consistentes en lápidas sepulcrales con inscripciones cristianas, estelas e incluso de restos de testimonios cons­ tructivos paleocristianos (aras, lugares de culto) u objetos sagrados, todos ellos repartidos por el norte peninsular, tanto en Asturias como en León y Galicia.

LA IGLESIA SALE DE LAS CATACUMBAS Diez años más tarde de haberse decretado la postrera persecución antes relatada, acontece el ascenso al poder de Constantino y la proclamación del edicto de Milán (313) por el que se reco­ nocía la religión cristiana como la oficial del imperio. La principal consecuencia es que da lugar a que se generalice su expansión, de manera que toda la población abraza la fe y los dogmas de la Iglesia definidos de forma explícita en el “credo” promulgado en el posterior concilio de Nicea (año 325). Es de suponer que a partir de entonces con tan frecuentes adscripciones se llevase a cabo la necesidad de disponer de pequeños lugares de culto en las todavía poco pobladas localidades instaladas en una zona tan montañosa como la que nos ocupa, correspondiendo, sobre todo, a viviendas de particulares (domus) cuyos miembros aceptaban la “Buena Noticia”. Resulta más que probable que las principales concentraciones humanas comenzarían a estar situadas preferentemente próximas a las vegas de los ríos de mayor amplitud, allí donde se daban las mejores condiciones para las labores agrícolas y de mantenimiento de los pastos para los ganados, a la vez de disponer de más fáciles y cómodos sistemas de comunicación. Tal sería el caso de antiguas explotaciones ubicadas en los amplios terrenos aluviales del entorno, que darían lugar a reducidas zonas habitadas localizadas en parajes cercanos a lo que hoy son La Pola, Huergas, Villasimpliz (que tomaría el nombre de la villae denominada Simplicius), posiblemente Nocedo (derivado de nucinus = zona de nogales) o La Vid (derivado de vitis = vid). Cabe imaginar que en alguno de los hogares familiares se podría realizar la concurrencia de fieles o ecclesiae domestice con la finalidad de que las más primarias comunidades celebraran la fracción del pan y se animaran con la trasmisión oral de las noticias evangélicas. Este hecho venía siendo una práctica común en las aldeas o villas de Hispania alejadas de las ciudades, gozando cada unidad religiosa de una notable autonomía. Ciertas escrituras primitivas, como una referida al año 361, ya indican cómo los límites de la configuración eclesial astúrica, cuya sede principal se cree 10 que estaba situada en Lucus Asturum,

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Entre ellos son paradigmáticos la joven de 12 años Eulalia de Mérida, Eulalia de Barcelona, así como Engracia y el diácono Vicente, ambos en Zaragoza. 10 Diversos historiadores mantienen ciertas discrepancias sobre su existencia real.

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abarcaba, en sus términos meridionales, dominios de La Vide, Villar de Frades11, Plombera (antigua denominación de Llombera), Alcedo y Cascantes, hasta el arbol de Quadros. Este documento parece confirmar que, en estos momentos, ya existiría una arraigada organización territorial y que en las localidades citadas era posible que se dieran las circunstancias apropiadas para la celebración de cultos cristianos con un aceptable grado de estabilidad. Además, el ceremonial litúrgico dejó de realizarse en las condiciones de secretismo de épo­

Figura 1.4.- La muy antigua capilla de san Lorenzo emplazada sobre un crestón cuarcítico entre La Vid y Villasimpliz. cas precedentes, si bien estaba restringido en su totalidad a aquellos miembros de la asamblea cris­ tiana que previamente habían recibido el baptisma (lavatorio). Los nuevos candidatos que se incorporaban y aspiraban a integrarse en la comunidad solo participaban de la escucha de los textos sagrados. Dichos textos, tanto los apostólicos como los bíblicos, empezaban a estar transcritos al latín, estos últimos varios años después de que el papa san Dámaso I (366-384) los hubiese traducido del griego. También permanecían escuchando las explicaciones u homiliae de los pastores, retirándose cuando se hacía memorial sagrado de la pasión de Cristo, con posterior distribución de la comunión y del convite de amistad (ágapae). Por tal motivo los iniciantes que acudían solían ocupar los puestos traseros de los lugares de culto, siendo despedidos por los hermanos adultos con el ósculo de la paz. La mayoría de las posibles construcciones sacras o viviendas de esta época serían fabricadas con mampuestos de calizas o areniscas extraídos de los múltiples afloramientos del entorno, así como con cantos rodados sacados de los cursos fluviales. En este ámbito todas ellas han desaparecido con los avatares de la historia o han quedado disimuladas por las sucesivas modificaciones o ampliaciones posteriores de los lugares de celebración del culto, hechos que han impedido localizar restos arqueológicos fidedignos de las mismas. La dureza del clima de montaña ha favorecido que, al poco tiempo de su abandono por diferentes circunstancias históricas, hubieran alcanzado un acusado estado de degradación. Tan solo algunos materiales pétreos con significativas

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La localidad de Villar de Frades, ya desaparecida, su ubicaría próxima al límite oriental del actual concejo, casi al pie del Cueto de san Mateo.

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evidencias de haber sido reutilizados han permaneci­ do como registro de estos tiempos remotos, si bien todos ellos del otro lado de la cordillera. Cerca de la capital leonesa, unos 5 km al sur si­ guiendo el río Bernesga, en Marialba de la Ribera, todavía se conservan las ruinas de una basílica ce­ menterial levantada en la segunda mitad de este si­ glo IV, que pudiera ser, aunque de muy inferior rele­ vancia que este templo, un cierto reflejo de las edifi­ caciones religiosas repartidas por otras tierras leo­ nesas, incluidas las más cercanas al nacimiento de dicho curso fluvial. Anterior a esta época se ha atri­ buido lo que algunas publicaciones han considerado como un ara realizada en caliza marmórea con formato rectangular. Esta placa está adosada a un tú­ mulo con una tapa realizada con yeso alabastrino que se emplazó posteriormente en la ermita consa­ grada originalmente a san Vicente (mártir zarago­ zano sacrificado en el 304), aunque con posteriori­ dad se dedicó a san Lorenzo (otro diácono romano Figura 1.5.- Ara votiva considerada como de época martirizado en agosto del año 258) y que está levan­ romana adjuntada al frontal del túmulo existente en tada sobre un imponente y poco accesible crestón la capilla de san Lorenzo. cuarcítico en las cercanías de la localidad de La Vid (Fig 1.4). Lleva grabada la siguiente inscripción: 12 “DEIS E/QVEVNV/ IULIUS/ REBURRUS / VSLM (VOTUM SOLVIT LIBENS MERITO)” que se ha transcrito como: “A los dioses equonuros Julio Reburrus hace esta ofrenda con gusto y mérito” (Fig.1.5). Esta epigrafía hace pensar que su primer origen no era cristiano, sino perteneciente a un culto indígena o romano venerado con carácter local en esta agreste zona, quizás relacionado con los équidos, y que ciertos estudiosos llegan a datar hasta del siglo III. La morfología externa del conjunto donde está adosada esta lápida corresponde a un sarcófago, mostrando una cierta similitud, incluso en sus dimensiones, con el que se conserva en la capilla del Rey Casto13 de la catedral de Oviedo, conocido como sarcófago de Ithacio (Fig. 1.6), si bien éste tiene una cubierta de mármol en forma de prisma triangular truncado, muy decorada y con inscripciones en latín14. También muestra parecido morfológico con otro ubicado en el desaparecido monasterio ovetense de santa María de la Vega donde se enterró a Gontrondo Petri, concubina de Alfonso II y madre de Urraca (la asturiana), fechado en 1153. Casi al tiempo en el que empieza a declinar el poder romano a finales del siglo IV, surge entre las ya muy asentadas comunidades cristianas del norte peninsular un movimiento religioso basado en la observación de una moral muy estricta y un acusado carácter ascético, impulsado por el obispo abulense Prisciliano15, que tuvo mucha aceptación entre los grupos cristianos ubicados en zonas rurales al oponerse a los grandes terratenientes que abusaban de la plebe y a aquellas autoridades eclesiásticas que defendían sus intereses. 12

Este término “reburrus” ha sido también identificado como un nombre indígena en inscripciones de estelas astures halladas en otros lugares de la provincia leonesa y llega hasta Galicia y Lusitania, según publicó en 1954 el profesor Francisco Diego Santos en el Bol. del Inst. de Estudios Asturianos (n.º 23). Este mismo autor indica, en 1986, como en el Museo de san Marcos de León se conserva una estela funeraria dedicada a un tal Terentio Reburrus, personaje del que dice pertenecía a la tribu Quirina. 13 El sarcófago aquí instalado mide 2,08 m de largo, 0,65 m de ancho y 0,85 m de alto. 14

El personaje del que recibe el nombre este túmulo se consideró como miembro de una familia acomodada de la Península que vivió allá por el siglo VI, aunque otros historiadores lo identifican con un obispo de Mérida del siglo IV o, incluso, con el cantero que realizó magistralmente el trabajo de labra de la cubierta. Se supone que tal objeto sepulcral fue trasladado al templo de san Salvador entre los siglos VIII y IX y en él se depositaron, a su muerte, los restos del rey astur Alfonso III el Magno. 15 Por tal motivo dicha corriente recibió el nombre de “priscilianismo”.

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Figura 1.6.- Arriba: sarcófago de Ithacio de la catedral de Oviedo, con morfología y dimensiones similares al localizado en la ermita de san Lorenzo de La Vid, el cual lleva adosado el ara inscrita, tal como se muestra en la fotografía inferior (frontal, a la izquierda).

A pesar de no ser muy aprobados por la jerarquía, e incluso llegar a considerarse heréticos, bastantes presbíteros y diáconos asumieron estas doctrinas defensoras de los fieles más miserables y poco considerados por los poderosos, convirtiéndose pronto en fervientes propagadores de las ideas evangélicas. Entre sus abogados estaban los propios obispos de Astorga (Sinfosio y Dictino) muy respetados en la zona. Sus más activos militantes llegaron a tener un carácter itinerante por lo que resulta aceptable que llegaran al norte de la montaña central debiendo de alcanzar una favorable acogida en unas tierras tan marginadas y discriminadas, como las del tramo superior del Bernesga con sus afluentes, de tan difícil accesibilidad.

LA LLEGADA DE NUEVOS INVASORES En el segundo decenio del siglo V, la penetración por el norte de los pueblos bárbaros de ori­ gen germánico –inicialmente los suevos– acabó con el dominio latino generando de nuevo serios momentos de confusión en la floreciente Iglesia de las últimas etapas del imperio romano. Dado que 13


los nuevos dominadores habían abrazado las corrientes heréticas del arrianismo 16, organizaron una dura represión contra los cristianos que obligó a muchos componentes de la jerarquía eclesiástica o a laicos significados de ciudades y pueblos de la meseta a refugiarse en las montañosas tierras norteñas. Esto provocó una recesión de lugares otrora pujantes como León o Astorga y, por el contrario, la repoblación de las abandonadas áreas rurales. Es fácil suponer que bastantes de ellos arribasen por los poco habitables parajes de este entorno geográfico e incluso que el movimiento religioso iniciado por Prisciliano sufriese una progresiva degradación hasta quedar casi totalmente extinguido. Este desplazamiento de notables clérigos da lugar a que, entre los años 414 y 428, se llegaran a establecer los límites de una posible diócesis, no suficientemente bien documentada 17, que abarcaba el sector más septentrional del territorio de los astures, con sede en Lugo de las Asturias. Estaba bajo el mandato del rey vándalo Gunderico, siendo su primer obispo Vistremundo, considerado como varón eminente en santidad y letras. Entre los dominios eclesiásticos de tal prelado se volvían a señalar algunos lugares de la Asturia cismontana como La Vid y Llombera. Pero no todo quedó aquí, sino que a mediados de siglo un gran ejército godo, liderado por Teodorico, penetra en España y guerrea contra los suevos y vándalos arrinconando a los primeros en el sector noroeste peninsular después de desbaratarlos en las cercanías de Astorga. Tras de sí, este grupo de “esplendentes y rubias cabelleras” fue dejando destruidas o saqueadas las ermitas que encontraban a su paso “hechas establos de jumentos y camellos, además de someter a vejaciones tanto a los sacerdotes como a las vírgenes de Dios enclaustradas, o a los militantes mas significados del pueblo llano”. En su huida, los derrotados trasladaron diversos objetos de culto (cálices, jarros, patenas, broches, etc.) que llegaron a esconder en lugares recónditos, con cierta asiduidad en las abundantes oquedades naturales que se hayan dispersas por los terrenos calizos, tan frecuentes en las montañas de la cordillera astur-leonesa.

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Fruto de grandes discusiones teológicas, tal corriente religiosa no admitía, desde el año 318, la divinidad de Jesucristo, ni que había tres personas en Dios, haciéndose muy influyentes en la zona centro-europea. 17 En las publicaciones más recientes son varios los autores que discuten la existencia de esta sede episcopal, como ya se dejó constancia, sino que la atribuyen a una invención de un famoso e influyente obispo ovetense (Pelayo) que rigió la diócesis de Oviedo en el siglo XI.

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Figura 1.7.- Dos perspectivas del emblemático Cueto de san Mateo, desde el norte (página anterior) y el oeste, donde pudieron darse primitivas formas de vida eremítica entre los clérigos cristianos que en él se refugiaron.

Figura 1.8.- Vista de la gruta del Cueto de san Mateo que se dice haber sido ocupada por algún monje en tiempos remotos.

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Algunos de estos objetos han permanecido ocultos hasta ser hallados siglos después consti­ tuyendo valiosos restos arqueológicos que evidencian una cierta ocultación intencionada y que die­ ron lugar a significativas manifestaciones de religiosidad o devoción. Fruto de esta ocultación es ló­ gico suponer que varios de estos cristianos perseguidos se refugiaran en las cuevas o en lugares casi impenetrables aprovechando su utilización como cenobios. No sería irreal la sospecha de que una cavidad como la del Cueto de san Matheo18 (Figs. 1.7 y 1.8) hubiera sido ocupada por entonces por clérigos ascetas con formas de vida ermitaña. Otro tanto ocurriría en varias oquedades reconocidas en diversos parajes del curso alto del Bernesga; su afluente el río Casares (cerca de las localidades de Cabornera, Geras o Paradilla) y otros ámbitos inmediatos a Folledo, Buiza o Los Barrios (reguera de san Miguel). Su actividad diaria estaría dedicada básicamente a la oración y la meditación contemplativa, al tiempo de lograr su sustento, realizado gracias a la caza de animales salvajes, así como a obtener los frutos silvestres necesarios o los conseguidos a partir de incipientes instalaciones agrícolas. Estos ermitaños no tardarían en ir tomando progresivamente contacto con los moradores autóctonos, haciéndolos participar en sus ceremoniales religiosos. Esta incierta situación de disputas entre cristianos y arrianistas llegó a mantenerse hasta la conversión del rey suevo Teodomiro, en el año 560. Nueve años después se celebra en Gallaecia un concilio eclesial de las regiones del noroeste de Hispania (Concilio lucense); en él se establecieron con notable precisión para la época los territorios y límites de un hipotético dominio eclesial astúrico. En tan trascendente texto, escrito en latín, se recogen como límites meridionales per menan una cum Campo, Erbolio, Gordon, Albam usque ad illam Arborem de Quadros 19. Es entonces cuando se reseña por primera vez en un documento conocido el topónimo Gordón o Gordone, para referirse a un territorio concreto que más tarde formaría el municipio actual 20. Constituía además, junto con los de Luna y Omaña, unos dominios en terrenos de montaña incorporados geográficamente a lo que se conocía como Pirineos Astures. La posterior conversión del rey visigodo Recaredo a finales de este siglo VI, coincidiendo con el III Concilio de Toledo, fue acompañada al momento por la de todos los obispos y nobles arrianos, lo cual condujo a un nuevo periodo de vida pacífica en la Iglesia y a un asentamiento cada vez mas relevante de las diócesis norteñas. Aunque fuera muchos siglos después, el ilustrado monarca castellano-leonés Alfonso X (1252-1284), tomando como referencia el reparto realizado por el rey godo Teodorico, cita de nuevo a Gordón como incorporada a la supuesta diócesis de Lugo (de las Asturias?), indicando como “de­ suno con el campo que dicen de Arbolio, et el castiello de Gordón, assi como ua derechamente a Alua fastal aruol de Quadros”. No obstante, cabe observar que puede existir una confusión temporal de algunos términos dado que, en la regencia de tal jerarca godo, no se había levantado aún el Castillo, a no ser que existiera alguna fortaleza previa, lo que no sería extraño por lo estratégico del lugar en que se emplazó. También en este periodo visigodo, durante el reinado del rey Wamba se celebró en el año 675 el IX Concilio de Toledo, confirmando diferentes sedes episcopales con sus límites precisos. La referida, de nuevo con ciertas incógnitas, a Lugo de las Asturias –donde se ubicaba la importante iglesia de santa María– comprendía entre sus dominios “desde el rio grande Eo por toda la costa del mar oceano hasta Vizcaya” y en su borde meridional contemplaba, como hacía casi una centuria, “Campo, Erbolio, Gordon, Alba, hasta el árbol de Cuadros, por riacho de Umania, Luna, Valdabia, Paredes, Flaciana hasta los montes Pirineos”. Estas instituciones eclesiásticas mantenían una constante y progresiva difusión del cristia­ 18

En el interior se aprecia un resalte en la roca caliza que parece recordar un altar, así como algunas pequeñas oquedades que bien podían haber estado destinadas a colocar lámparas de aceite o teas de madera con vistas a iluminar la estancia y dar calor. 19 La referencia a este documento conciliar es recogida en 1695 por el padre Luis Alfonso de Carvallo, en la narración histórica que hace sobre Asturias ( Parte I, Título VII referido a Los Godos, pag. 80). 20 Término con cierta probabilidad de origen celta o, como otros apuntan, derivado del antropónimo de un propietario agrícola ro­ mano quizás ligado a la Legio VII Gordiana (la cual tuvo una cierta actividad en la “civitas” leonesa a mediados del siglo III) y al que Roma hubiera concedido terrenos en alguna de sus amplias vegas, una vez culminada su actividad en la milicia.

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nismo, gozando por entonces de un notable esplendor reflejado, sobre todo, en la corte toledana. Se había establecido ya un cuerpo doctrinal y una liturgia con un profundo arraigo, con ritos bien definidos en sus cánones, sobre todo de los sacramentos y las celebraciones funerarias. No faltaba tampoco el culto a los santos y especialmente a la Virgen María, después de haber sido reconocida como Madre de Dios en el ya lejano concilio ecuménico de Éfeso (año 431). Además, entre el pueblo llano empezaba a ser muy aceptada la veneración de las reliquias y la realización de exvotos o promesas, con cierta frecuencia dándoles un sentido no plenamente cristiano al estar relacionados con costumbres atávicas. También fue trascendente la transformación de muchas fiestas paganas en celebraciones cristianas como ocurrió, por ejemplo, con la de las Kalendas de enero que se dedicó a la circuncisión del Señor. A los ancestrales fieles de los extensos territorios de la montaña astur-leonesa se les hacía gran incidencia en evitar las consecuencias del pecado de Adán, y uno de las más vigilados era el sacrilegio, identificado con aceptar las observaciones de los adivinos, encantadores o agoreros, así como practicar maleficios. Se exigía a los cristianos no introducir en sus casas a ninguna de las personas que hicieran sortilegios para mandar salir los malos espíritus. Tampoco les estaba permitido conservar las tradiciones heredadas de los gentiles ni festejarlas, ni tomar en cuenta los ciclos de la luna o las estrellas para la construcción de una vivienda, la plantación de árboles, la siembra o la celebración de bodas21. Los que aceptaran o cumplieran alguna de estas prácticas se someterían a cinco años de penitencia alejándose de la comunidad cristiana. Las ermitas o templos que en esta etapa se pudieron levantar en los núcleos de población del territorio de Gordón, mantenían todavía una estructura casi de tipo castreño, con un trazado rectangular muy simple y fabricadas con mampostería de piedra irregular o sillares burdamente trabajados, material todo él extraído exclusivamente del entorno y generalmente colocado “a hueso”, esto es, sin apenas unión con mortero (fuera bien de arcilla y paja, o de cal y arena). Las de mayor complejidad constarían de un ábside –a veces semicircular o en forma de herradura– con un pequeño ventanal que iluminaba directamente el altar y una nave central para ser ocupada por los fieles, sin apenas iluminación natural. Pero las más sencillas levantadas en estas zonas rurales solo disponían de la sala y el ara, cubiertas con techumbre de madera y enramada, allí donde no fuera fácil trasladar o producir la teja. De todas maneras, se considera hoy en día que el sostenimiento de una estructura eclesial, con su lugar de culto y su monje o rector espiritual, solo cabría realizarse cuando el número de sier­ vos cabeza de familia con los que se contaba superara con amplitud la decena. De todos los edifi­ cios sagrados que pueden reconocerse en la actualidad en el alto Bernesga, tan solo el ya menciona­ do de san Vicente, entre La Vid y Villasimpliz, podría quizá asimilarse vagamente en su forma ex­ terior a los que hubieran sido levantados durante esta primitiva etapa constructiva, sin que existan evidencias claras de tal antigüedad. Entre el pueblo llano de origen campesino como el gordonés tuvo una negativa trascenden­ cia el hecho de que en los estadios finales del reinado de los visigodos se produjera una notable re­ lajación de las costumbres especialmente en ciertos sectores de la jerarquía religiosa derivada, en gran medida, de la ocupación desmedida de cargos bajo la tutela o en conexión con la nobleza goda, o bien con el grupo dominante de cada localidad. Por tal motivo, los clérigos se veían obligados, con cierta frecuencia, a mantener con preferencia las directrices emanadas de sus “señores”, antes que las recomendaciones doctrinales inherentes al propio mensaje de Cristo, generando situaciones de desconcierto para sus fieles. Todo esto, a pesar de las medidas disuasorias que se establecieron en los frecuentes concilios que se celebraron en Toledo, dictando normas estrictas para evitar los vi­ cios de los clérigos, los abusos en el manejo de los bienes o el mal trato a los fieles más desprotegi­ dos. Tampoco eran escasas las advertencias hechas a algunas personas ya bautizadas sobre las des­ viaciones que podían cometer admitiendo participar en ritos paganos ancestrales o dejándose llevar por supersticiones y actos de brujería. 21

De acuerdo con los cánones establecidos en el concilio de Braga del año 572.

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LA RIQUEZA DEL CULTO EN LA ÉPOCA VISIGODA A lo largo del amplio periodo visigodo y gracias a las múltiples asambleas conciliares que se fueron celebrando, se perfilan los aspectos esenciales de la liturgia y vivencia de los sacramentos, que poco a poco van siendo explicados y asumidos por los fieles de Gordón, cuyos pastores estaban principalmente controlados, como se indicó, tanto por las dignidades asturianas como desde Astor­ ga. Ya se habían definido en la vida de la Iglesia dos momentos especiales a lo largo del año: las tres semanas que precedían a la Epifanía del Señor y, sobre todo, la Cuaresma, que culminaba con el Triduo Pascual (Triduum Sacrum), que incluye la fiesta por excelencia: la Pascua de Resurrección. El momento principal para la incorporación a la vida religiosa lo representaba el bautismo, sacramento trascendental que iba precedido de una catequesis particular recibida en encuentros es­ pecíficos con los aspirantes, en general de una edad que ya había superado con creces la infancia. Para ellos se establecía un “catecumenado” que comprendía dos estadios: el de los audientes y el de los competentes22. En el primero se incidía en un conjunto de enseñanzas que conducían a una con­ versión moral del candidato hacia una vida digna y ordenada con vistas a incorporarse en la comu­ nidad cristiana, mientras que a lo largo del segundo se le instruía en el símbolo de la fe, esto es, en el Credo, que debía memorizar. Ya desde el siglo VI el adoctrinamiento de los competentes solía iniciarse unos veinte días antes de la semana de Pascua, haciéndoles entrega del símbolo de la fe (traditio symboli) por parte del presbítero y la comunidad adulta el domingo de Ramos. Los demandantes del bautismo debían realizar durante el Jueves Santo la confesión pública de su fidelidad con la proclamación del Credo (redditio), lo que tenía lugar públicamente ante los fieles con la presidencia del obispo o un presbítero delegado. Eran, pues, los denominados confesores, dispuestos muchos de ellos a sufrir persecución o incluso el martirio por Cristo. Con la vigilia pascual llegaba el momento culminante de este proceso. A la hora nona se tocaban las campanas para convocar a los creyentes, repartiendo el celebrante los cirios encendidos con los que se debía entrar en el templo. Llegado al altar el sacerdote, comenzaban las lecturas sagradas y, pasada la tercera, se hacía la bendición del agua, que había sido traída del curso fluvial mas cercano. Culminaba este rito con el bautismo colectivo realizado por inmersión, donde estaba presente la persona adulta que lo apadrinaba (garante), el cual respondía de la veracidad de su fe. Para esta liturgia bautismal, los neófitos aportaban no solo el pan y el vino que iban a ser consagrados, sino también leche y miel como signo de su aspiración a participar de la tierra prometida y de alegría por la integración al grupo de los bautizados (¡que dulzura el amor de los hermanos!). Significaba además el hecho simbólico del poder pasar a disfrutar de los bienes espirituales que a partir de ahora compartiría con los restantes miembros de la comunidad, hasta este día responsables de su formación en la fe cristiana. A continuación de este significativo acto, tenía lugar la crismación e imposición de manos que confería al recién bautizado el poder llevar el nombre de cristiano, dado que esta confirmación se realizaba en la misma ceremonia. Con posterioridad se incorporaban a celebrar en unión con to­ dos los fieles la eucaristía pascual, que comprendía: la homilía, la donación de las ofrendas de pan y vino, la consagración (con los fieles postrados en tierra) acompañada de diferentes oraciones (anáfora), la fracción del pan y la comunión. Por este tiempo, ya se había generalizado el canto o la salmodia de distintos himnos, junto con el comentario de textos sagrados, aportando a la liturgia pascual gran solemnidad. Figuras de gran influencia como impulsores del saber religioso, fueron san Leandro y san Isidoro (Fig 1.9) cuyas disposiciones y escritos tuvieron una importante repercusión entre los clérigos más eruditos del momento, responsables luego de su difusión por todo el territorio hasta llegar a los más recónditos lugares. 22

Ver Sotomayor y Muro, et al. 1979: La Iglesia en la España romana y visigoda (siglos I-VIII).

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Cuando se perdía la gracia otorgada por este sacra­ mento inicial, la Iglesia facilitaba también la oportuni­ dad al pecador de reconciliarse con la comunidad y con Dios mediante un acto de conversión, esto es, de un re­ torno a Él, que implicaba una confesión secreta y el cumplimiento de una penitencia, que a veces pasaba por el alejamiento temporal de la comunidad, si la falta ha­ bía adquirido una especial gravedad. Los penitentes conversos eran de nuevo acogidos por los presbíteros y los seguidores de Cristo en el día de Jueves Santo.

Figura 1.9.- San Isidoro, obispo de Sevilla, que alcanzó una gran relevancia en la etapa visigoda a mediados del siglo VII (retrato de Bartolomé Murillo de 1655, ubicado en la Catedral de Sevi­ lla).

Del mismo modo existían cánones específicos para la celebración del sacramento del matrimonio, los cuales mantenían una estructura similar a las uniones de época romana, si bien con algunos detalles heredados de las celebraciones hebreas como el de cubrir sus cabe­ zas y hombros con un paño blanco una vez sellada la alianza. El presbítero vigilaba estrictamente que los con­ trayentes no estuvieran previamente casados, pues no se admitía la poligamia, como tampoco que alguno de ellos no profesara la religión cristiana y que no existieran grados directos de parentesco entre ambos cónyuges..

Por otra parte, la liturgia establecida era rica en bendiciones, expresamente llevadas a cabo en tiempos de siembra y de primicias de las cosechas, en la etapa de la adolescencia para los jóvenes, en el periodo matrimonial con la llegada de los hijos, en los actos de conversión y penitencia, ante las largas ausencias, así como en el momento definitivo de la muerte. Junto a estas prácticas no faltaban los exorcismos, en especial para los que se consideraba que sus actos estaban dominados por el demonio.

Y PARA COLMO LA OCUPACIÓN MUSULMANA Con la culminación y derrota de la Hispania visigoda en el sur de la Península, no tardó mu­ cho en volver a alterarse la vida de la grey cristiana, dado que a partir del año 711 tiene lugar la in­ vasión de su territorio por parte de las bien organizadas tropas bereberes y musulmanas. De esta for­ ma logran en menos de un decenio alcanzar y dominar las tierras norteñas, gracias a la excesiva di­ visión territorial previa derivada de frecuentes luchas dinásticas, el apoyo de algunos obispos y los conflictos entre los diferentes nobles feudales que controlaban las mas fértiles tierras. Tal como dejó reflejado, en 1635, el prelado ovetense Martín Carrillo en su obra Teatro Eclesiástico, inmedia­ tamente después de tal dominación en muchos de los territorios norteños “quedaron los templos y santuarios sin obispos, ministros, ni sacerdotes, siendo profanados los libros santos y anuladas las fiestas cristianas”. De esta manera, las humildes gentes de estos lugares vieron desfilar, de nuevo, un sinfín de nobles, miembros de la jerarquía eclesiástica y soldados de las tropas derrotadas que huían de las ofensivas militares dirigidas, entre 713-714, por Muza ibn Musayr y, poco después, por Al-Hurr (716-718), cuyas incursiones llegaron a asolar muchas localidades de la meseta. Pretendían refugiarse tanto en los abruptos y poco habitados parajes de los todavía denominados Montes Pirineos, como en los más septentrionales y próximos a la costa de la región asturiana. Por parte de los huidos se volvieron a trasladar, a través de la ruta del río Bernesga, multitud 19


de objetos sagrados de culto con vistas a evitar su profanación, tales como ornamentos, imágenes sagradas, veneradas reliquias de los santos y valiosas donaciones de obras de orfebrería, en especial las pertenecientes a la diócesis toledana, verdadero epicentro de la vida cultural y religiosa visigoda. Varios de estos tesoros fueron precipitadamente desplazados, buscando los espacios donde quedaran de nuevo escondidos y protegidos, escogiendo para ello los más difícilmente accesibles en razón a sus intrincadas condiciones orográfícas o a la frondosidad de las extensas masas arbóreas que en­ tonces cubrían gran parte de los territorios norteños (Fig. 1.10). Cooperaba además, a tal salva­ guardia, las duras condiciones climáticas existentes por estas latitudes durante muchos meses del año, muy adversas respecto a las mas cálidas de los territorios norte-africanos de procedencia de los invasores, lo cual impedía su rápida aclimatación, moderando el deseo de acceder a ellas. Con los desplazados fueron llegando también noticias de los hechos heroicos de muchos cristianos capaces de mantener firme su fe frente al hostigamiento de los nuevos dominadores, aun­ que a su vez fueron comunes las actitudes de traición o de renegar de sus creencias de otros miem­ bros destacados de la Iglesia.

Figura 1. 10.- Panorámica actual de la agreste zona de entrada al territorio de Gordón repoblada de una intensa masa vegetal. Sería una imagen muy similar a la encontrada por los primeros invasores (foto obtenida desde los alrededores de Peredilla).

Distintas zonas de esta montaña central volvieron a ver como se establecían como refugio diversos monacatos constituidos por monjes que procedían de tierras sureñas, las cuales, hasta entonces, eran más acogedoras en razón de la benignidad climática. Alcanzaron a llevar de nuevo una vida eremítica, o incluso anacoreta, aprovechando parajes despoblados lejos de los seres hu­ manos en “lugares desiertos y desconocidos por la aspereza y la densidad de maleza, sin que fuera posible encontrar camino para adentrarse y salir de ellos” (Fig. 1.11). La marcha hacia regiones ubicadas en ambas vertientes de los Pirineos Astures de diferentes autoridades de la Iglesia, y de muchos de los grandes propietarios de la meseta, no impidió que la 20


mayoría de los sencillos campesinos y cuidadores de ganados de unas áreas montañosas como las de Gordón mantuvieran su forma de vida tradicional ya que a ellos de poco o nada les valdría abandonarlas. No obstante, durante unas décadas quedaron muy desasistidos e indefensos, sin apenas capacidad para organizarse y mantener las anteriores prácticas religiosas, volviendo a pasar por un periodo de desintegración y “desierto”23. Ello a pesar de que los invasores árabes respetaron, en algunas zonas de la península, las sedes episcopales, evitando modificar de manera significativa la distribución eclesiástica precedente.

Figura 1.11.- Panorámica del valle del río Casares desde la actual subida a Paradilla, donde abundan los niveles calizos y aún se mantiene una frondosa vegetación, espacios propicios para la ubicación de asentamientos de ermitaños en tiem­ pos remotos.

Por tanto, cabe sospechar que en este ámbito de la montaña leonesa debieron de haber sido escasos los creyentes que renegaron de su fe cristiana ante la llegada de los nuevos dominadores, no dando tiempo a la aceptación de costumbres o modos de existencia propios de los invasores musulmanes.

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Tal y como fue considerado por notables historiadores recientes.

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Tablero localizado en Lugo de Llanera, perteneciente a la ĂŠpoca alto-medieval.

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GORDÓN ANTE LOS INICIOS DEL REINO ASTUR Culminada la invasión musulmana de estas tierras norteñas, probablemente en el año 718, los dignatarios visigodos, junto con los reductos de ejércitos refugiados en los recónditos terrenos asturianos y quizás algunos naturales de estas zonas norteñas, no tardaron en organizar aisladas revueltas contra los nuevos dominadores. Aunque la fecha precisa en que entablan combate no parece estar bien establecida, todo parece indicar que fue hacia el año 722 cuando se desarrolla en el entorno de Covadonga una trascendente batalla bajo el mando del caudillo Pelayo, que representó la primera derrota significativa de las tropas árabes dirigidas por Munnuza. Al ser vencido en la lucha, sus huestes se ven obligadas a huir de forma desorganizada hacia la Liébana, atravesando la abrupta cordillera. Desde un primer momento, a esta hazaña se le dio un marcado significado religioso, siendo de destacar el supuesto diálogo, atribuido al propio Pelayo, que mantiene con el obispo hispalense Oppa, el cual se había unido al invasor y le incitaba a rendirse, contestándole el bravo jefe astur: “Cristo es nuestra esperanza de que por este pequeño monte que tú ves se restaure la salvación de España y el ejército del pueblo godo, (…). Yo, fiado en la misericordia de Jesucristo, desdeño a esa multitud y no la temo en absoluto”. El éxito de esta confrontación, junto con la proclamación de este noble como rey representa el inicio de la monarquía asturiana, en origen como continuadora de la visigoda, adquiriendo aliento para proseguir la conquista de nuevos territorios dominados por los musulmanes. Con un cierto carácter legendario, a este cabecilla se le atribuye también la llegada a las cumbres de Pajares, derrotando a diversos grupos de moros dispersos en la batalla de Repelao. A su vez, en setiembre del año 722 se le asigna el triunfo en una quimérica contienda celebrada en las proximidades de Benllera y Camposagrado1. De ser cierto, esto significaría que, por entonces, las tropas cristianas ya habrían controlado, el territorio de Gordón alcanzando con cierta probabilidad las citadas localidades después de atravesar los montes que lo circundan2. Sean a no reales estas citas, la constancia definitiva de que el espacio gordonés debía de es­ tar incorporado al reino asturiano corresponde al mandato de Alfonso I (739-757) tal como recoge la Crónica Albeldense, según la cual, el citado rey “hizo muchas guerras contra los bereberes con la ayuda de Dios ocupando victorioso, entre otras muchas, las ciudades de León y de Astorga”. Con este monarca se inicia ya, con cierta probabilidad, un trasvase de gentes refugiadas en Asturias ha­ cia lugares foramontanos repartiéndose por las pequeñas aldeas, muchas de cuyas tierras habían quedado previamente casi en su totalidad abandonadas. Sus dominios, proseguidos por su heredero Fruela I (757-768), alcanzarán ya Galicia por el oeste y, por el sur, hasta el valle del Duero. Como ya se ha constatado, desde sus primeros momentos la monarquía astur alentó la in­ fluencia e impulso evangelizador del cristianismo siendo aceptado desde sus máximos dignatarios hasta por el pueblo llano, y llegando a desterrar, aunque de forma muy lenta, los cada vez más escasos restos de paganismo persistentes de culturas precedentes. Ello tuvo su reflejo en que se volvió a hacer prevalecer, aunque de modo muy tímido y casi con carácter privado, el restablecimiento de las estructuras organizativas de los estamentos religiosos. No obstante, resultan muy escasos los datos documentados sobre los prelados o clérigos que pastorearon la grey, sobre los que ya se había impuesto la norma del celibato sacerdotal. Tan solo existen citas sobre la gran notoriedad de un obispo llamado Asterio que es probable estuviese refugiado en Asturias o bien sin sede fija. Otro tanto parece haber sucedido con el prelado Valentín en tiempos del rey Fruela, aunque de ninguno de ellos existe información de que tuviesen jurisdicción sobre las renovadas comunidades cristianas vigentes, por este tiempo, en Gordón. 1 2

El triunfador de esta batalla y la fecha exacta pueden ser dudosos al no estar confirmados mediante documentos del momento, sino trasmitidos en base a la tradición oral. Habrían descendido por terrenos montañosos que hoy pertenecen a Carrocera y/o Piedrasecha, tras atravesar el desfiladero de Los Calderones y las sierras aledañas.

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Sí existen evidencias de que en esta etapa alto-medieval se generó un gran celo por la cons­ trucción de lugares de culto o restauración en los que habían sido saqueados; se ve acentuado desde Alfonso I y su sucesor Fruela I, con la promoción y fundación de iglesias, ermitas y monasterios, con preferencia estos últimos por la orden de san Benito, que habían establecido la “Regula Sancti Benedicti de ora et labora” (reza y trabaja). Algunos de ellos empiezan a distribuirse poco más tarde (siglo IX) siguiendo –entre otras áreas geográficas– la primitiva ruta entre León y Lugo de las Asturias, en un principio ubicados en términos de Lena, dado que constituían lugares propicios en razón a su aislamiento y a la majestuosidad de los entornos de montaña. La zona del alto Bernesga tampoco quedaba fuera de las pretensiones de los abades y religiosos que deseaban instalarse, como podía haber sido el caso de los restos de un edificio monástico o ermita que algunos identifican al sur de Peredilla en la cabecera del arroyo Huergas, en el valle del Corzo (Fig. 2.1), así como otras ruinas que se suponen fueron de un grupo monacal, bajo la advocación a san Cipriano, emplazado al NE de Puente de Alba, en el lugar denominado Monte de los Frailes, próximo a los parajes de Vallina Blano y Soito. Dado que en esta parte del territorio de la montaña central leonesa apenas existió ruptura con las costumbres precedentes, manteniendo la forma de vida campesina y pastoril, la vivencia de los ideales cristianos y de los actos de culto se efectuó con absoluta continuidad, manteniendo la misma liturgia en las celebraciones, así como aquellos cánones para la celebración de los sacramentos y dogmas establecidos por la Iglesia bajo el dominio visigodo. Se veían así cumplidos plenamente los deseos de los primeros monarcas astures de incentivar la difusión entre sus súbditos de las creencias religiosas que emanaban de la doctrina cristiana, frente a la nueva religión que en el resto del territorio peninsular trataban de imponer los musulmanes.

Figura 2.1.- Ámbito geográfico donde se supone se emplazó el monasterio y en el que todavía se citan algunos vestigios, que diversos vecinos reconocen en el entorno de la zona señalada.

Para lograrlo, tras el asentamiento de la reconquista de los dominios astur-leoneses, se esta­ blece un nuevo aliento de promoción de la fe, cuya finalidad última era la de poner a Dios en el cen­ tro de la vida del hombre. Se activa poco a poco el levantamiento de nuevas infraestructuras reli­ 25


giosas, en paralelo con el continuo poblamiento de las primitivas aldeas, distribuyéndose en ellas tanto los nobles como los clérigos y plebeyos que se habían refugiado en la región astur. El territo­ rio gordonés no quedaría al margen de esta oleada de nuevos vecinos, iniciando así una distribución de los hábitats que se iría aproximando paulatinamente a la actual.

EL IMPULSO CONSTRUCTIVO DESDE ALFONSO II EL CASTO La trascendencia para Gordón de este monarca astur, que gobernó entre los años 791 y 842, estuvo centrada en la pujanza que dio a Oviedo como nueva capital del reino. Promovió el levanta­ miento de importantes edificaciones, tanto palaciegas como religiosas, en especial la basílica en ho­ nor de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, iniciada en el 801 sobre las ruinas de una Iglesia funda­ da por Fruela I. Incorporaba altares para los doce apóstoles, así como la capilla de santa Leocadia, en cuyo lugar, de forma preeminente, se mostraba a la adoración de los fieles el Arca Santa donde se guardaban valiosas reliquias, así como la de santa María del rey Casto. De tales restos sagrados se decía ya en las crónicas antiguas que procedían de la misma Jerusalén, de cuya ciudad habían sido sacadas en una urna de madera de cedro cuando la invasión de los persas en el siglo VI y, tras varias peripecias, trasladadas a Toledo y luego a Asturias con la invasión morisca. A estos vestigios se añadiría la valiosa Cruz de los Ángeles que este piadoso monarca mandó realizar y que tuvo como enseña real. Con esto, su regio impulsor pretendía dotar a la capital del reino del esplendor que antaño había adquirido Toledo3, incluso con la fundación de una sede episcopal hacia el año 812 (Fig. 2.2) de la cual Adulfo (802-812) fue su primer prelado, distanciándose de esta forma de la sojuzgada je­ rarquía toledana. A partir de él, se reactiva la relación del obispo con el clero y los monasterios, que ya se daba durante el dominio visigodo y que sin duda, tuvo su incidencia en la vida religiosa de los presbíteros, diáconos y monjes, y de éstos con la feligresía.

Figura 2.2.- Recreación virtual de la cívitas episcopal ovetense y la muralla en la Alta Edad Media (según propuesta y modelización de Borge Cordovilla).

A las correspondientes estructuras administrativas, feudal y religiosa –que en este momento iban totalmente de la mano– quedaron incorporados una parte de los territorios que se habían re­ 3

Así se llegó a interpretar a partir de lo que quedó recogido en la Crónica Albeldense.

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cuperado de los bereberes, tanto en terrenos leone­ ses de la cordillera como de Galicia, Gordón entre ellos (Fig. 2.3). Por tal motivo, se prosiguió con la colonización de tierras iniciada por los monarcas precedentes alcanzando las nuevas localidades que se iban gestando cada vez mayor relevancia y viéndose en la necesidad de dotarse de lugares para el encuentro y celebraciones cultuales de los fieles. La salida de gentes de Asturias hacia los nuevos espacios reconquistados resultaba del todo obligada puesto que todavía en el año 816 se inci­ día como “eran en poca tierra muchos omes jun­ tados, de fambre y de guerra eran muy lacerados”. Poco duró este periodo de sosiego, pues Figura 2.3.- Extensión del Reino de Asturias durante el las acometidas de las tropas musulmanas, en reinado de Alfonso II. especial las impulsadas por el califa Hisem I4 desde el año 794, volvieron a traer la inquietud a las gentes de Luna y Gordón, que vieron como el propio Alfonso II y sus huestes acampaban en estas tierras y reforzaban las estructuras defensivas para frenar los avances desde la meseta a base de luchas esporádicas de guerrillas. Como en tantas veces de tiempos precedentes, nuevamente se convirtieron las empinadas y casi impenetrables montañas de estos entornos en zona de refugio, cuando no de tránsito, de guerreros, nobles, clérigos y er­ mitaños huidos de otros lugares en conflicto si­ guiendo el curso del río Bernesga. La llegada a estos ámbitos representaba otra vez tener que enfrentarse con un terreno en extremo hostil, al tiempo que lleno de incertidumbres y peligros, sometido a múltiples intentos de colonización tanto desde Asturias como por el sur. Durante el reinado de este gran sobe­ rano, en particular cuando la tregua entre los años 823 y 838, se potenció el acondicionar o bien construir pequeñas iglesias y cenobios en los poblados por entonces más destacados de la ribera del Bernesga, así como de otros disper­ sos en parajes aislados entre montañas. Así lo pone de relieve el famoso y muy trascendente Liber Testamentorum (Libro de los Testamen­ tos), que relata los tiempos del rey Casto (Fig. Figura 2.4.- Miniatura medieval recogida en el Libro de los 2.4) y que comienza con la frase “Totas Testamentos, representando a Alfonso II el Casto. scilicet Asturias per Pirineos montes usque Sumrostrum et usque Trasmera et usque ad litus maris...” (Fig. 2.5). En él se venían a establecer los límites meridionales de la recién inaugurada, en el año 812, diócesis ovetense incluyendo “Arbolio, Gordon et Alva usque in illo ar­ bore de Quadros”5. De igual forma durante la monarquía de este rey Casto, el papa Gregorio IV 4 5

Las tropas árabes estaban comandadas por Abd al-Malik ibn Mugait, llegando a saquear Oviedo al año siguiente. Información más completa puede verse en Fernández Vallina y Sanz Fuentes (1995).

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(827-844) vuelve a confirmar en el 837 los limites eclesiásticos de la incipiente diócesis ovetense citando para el sector de la vertiente leonesa y según traducción del latin: “por el arbol de Quadros al otro lado del rio Bernesga, por entrambas partes del rio, toda la tierra de Alva y de Gordon y de Arbolio y de la otra parte del rio Omania”.

Figura 2.5.- Fragmento del documento recogido en el Liber Testamentorum Ecclesiae Ovetensis, recopilado por el obispo Pelagius. Documento de Adefonsus cognomine Castus (fol. 1r) que recoge parte de los límites del Reino de Asturias en tiempos de Alfonso II el Casto, y cuya transcripción es: “Totas scilicet Asturias per Pireneos montes usque Sumros­ trum et usque Trasmera et usque ad litus maris usque in Oue flumine et cum Tinegia et Nauia;Arbolio, Gordon et Alua usque in illo arbore de Quadros; Flatiana, Uadabia, Luna, Humania et Paretes, Ameo usque Ordas; Coianca, Uillakexita, Uentosa, usque in Or­ bigo et Ceia usque Zambiquos. In Galletia Uallislonga, Suarna, Neira, tota Sarria usque flumen Mineum cum Paramo”.

Los primitivos templos levantados en estas tierras, fruto de la intensidad religiosa fomentada por el monarca, y asumida por muchos dignatarios de la nobleza, quizá mostrarían elementos constructivos con claras influencias del pre-románico asturiano, al ser el arte impulsado desde la corte. No obstante, este supuesto resulta difícil de confirmar, primero por ser un momento todavía incipiente en el asentamiento de estas tierras por colonos venidos desde Asturias, y en segundo lugar, al poder haber sido posteriormente modificados de manera sustancial o, lo que fue mas común, destruidos en su totalidad sin dejar rastro con el devenir de las diferentes incidencias bélicas ocurridas en tiempos posteriores.

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Figura 2.6.- Estatua de Alfoso II el Casto ubicada al lado del pórtico de la catedral de Oviedo.

Figura 2.7.- Miniatura que representa al rey Alfonso III, a la reina Jimena y al obispo de Oviedo (Liber Tes­ tamentorum).

Otros acontecimientos ocurridos durante su reinado alcanzarían gran relevancia con el paso del tiempo, en especial el de la confirmación del hallazgo de la tumba del apóstol Santiago en Com­ postela, hacia el año 813, así como la recepción en la basílica ovetense de los cuerpos de diversos santos trasladados desde Córdoba, que sirvieron de impulso para el inicio de desplazamientos de fieles con la pretensión de ganar indulgencias, visitando estos lugares sacros. Y es que, desde el siglo VII, la veneración y el culto a los santos, en especial a los que habían sufrido el martirio, alcanzará niveles de gran trascendencia llegando a ser, para algunos fieles que tenían desviada su concepción religiosa, tanto o más preeminente su devoción que la dedicada al propio Jesucristo. A la movilización de los “romeros” coadyuvó sobremanera la indulgencia conseguida por Alfonso II (Fig. 2.6) del papa León III (795-816) para todos aquellos que “pasen por el templo del Salvador, lo veneren y contemplen las reliquias de la Cámara Santa”. Poco a poco, la histórica ruta de trasiego militar e intercambio comercial abierta por los romanos entre Legio y Lucus Asturum comenzó a contemplar no solo el paso de los huidos de incursiones de invasores musulmanes, sino la de devotos que se desplazaban en su mayoría con una intención penitencial a la capital de la monarquía astur, reafirmando la condición de “zona de paso” que siempre favoreció a estas tierras del norte de León e incentivando, probablemente, las prácticas de hospitalidad y acogida. Pacificada otra vez esta zona limítrofe con la cordillera, prosigue el afianzamiento de la po­ blación en la montaña central leonesa durante los reinados de Ramiro I (842-850) y Ordoño I (850866) pero, sobre todo, el territorio gordonensi alcanza el máximo apogeo, paralelo al del reino de Asturias, con Alfonso III (866-910). El resultado final es que a principios del siglo X existe ya una distribución de villas y aldeas casi similar a la actual, manteniéndose Oviedo como núcleo adminis­ trativo y religioso de la comarca del alto Bernesga, a la vez que de otras tierras leonesas y zamora­ 29


nas, aunque convirtiéndose progresivamente la ciudad de León en el principal bastión astur frente a la amplia zona de la meseta del Duero. Durante el reinado de este último monarca (Fig. 2.7), tiene lugar hacia el año 875, por parte del papa Juan VIII (872-882), la confirmación de los privilegios de la diócesis metropolitana de Oviedo. Gestionaba entonces la prelatura episcopal Hermenegildo I, avalando de nuevo mediante una bula la extensión de su jurisdicción, la cual abarcaba, en las tierras de la vertiente leonesa: “Coyanza, rio Orbigo, Valdeordas, Luna, Gordón y Babia”. Por otra parte, los ámbitos transmonta­ nos de Asturias ocupaban “desde el rio Ove, per Pirineos, hasta el Deva”. Respecto al ámbito de la ribera del Bernesga y sus áreas limítrofes indica: “per arborem de Quadros secus fluuium, Uernisgam, ex utraque parte per fluuii totan terram de Alua et de Gordone et de Aruolio”, manteniéndose el árbol citado como un referente importante para establecer la frontera entre los territorios eclesiásticos ovetense y leonés. Incluye, a su vez, todas las propiedades aportadas ya desde tiempos de Pelayo, Favila, Alfonso II el Casto y demás reyes de tan grande memoria.

Figura 2.8.- Fragmento del documento facsimi­ lar sobre las donaciones de Alfonso III contenido en el Libro de los Testamentos o Testamentum Adefonsi Regis et Xemene Regine (f. 22rA) re­ cogido en el Archivo Capitular de Oviedo (ACO). Se transcribe como:“Foris montes, in mandatione Legionensi, in Arbolio monasterium Sancti Cipriani, in giro ipsus monasterii per spa­ cium septuaginta duorum passuum in unoquoque passu duodecim palmos, cum omni integritate, cun exitus, prata, pascua, fontes, terras cultas uel incultas, aquas aquarum cum eductibus earum, sexigas molinarias siue et piscarias. Y sigue: In territorio Gordoniensi excclesias tres: Folieto ecclesiam Sancti Micahelis, iuxta riuulum Uernisga ecclesiam Sancte Lucie, in Orgas ec­ clesiam Santi Martini; has tres ecclesias con­ cedimus cum exitus...” (Fernández Vallina y Sanz Fuentes, 1995).

Es también en tiempos del magno rey Alfonso cuando se confirman las donaciones de varias 30


edificaciones sagradas en los límites de Gordón. Así ocurre mediante un documento fechado en 11 de abril del año 9066, por el cual junto a su esposa Jimena e hijos, concede ornamentos, libros de culto, tierras, villas, iglesias y monasterios a la diócesis de Oviedo, de la que Gomelo II era su prelado. Entre las aportaciones que la familia real ratifica entonces están (Fig. 2.8): In territorio Gordoniense, ecclesias tres: in Folleto, eccesiam Santi Michaelis; iuxta riuulum Vernesga, eccesiam Sancte Lucie; in Orgas, ecclesiam Santi Martini; has tres ecclesias concedimus cum exitus et fontes, montes, prata, pascua, aquas aquarum cum eductibus earum, sesigas molinarias siue et pescarias. Por tanto, estas tres localidades (Folledo, Santa Lucia y Huergas) ya gozaban des­ de principios del siglo X de singulares centros de culto, posiblemente levantados, como ya se expre­ só, por expertos canteros que emplearon patrones arquitectónicos pre-románicos, similares a los to­ davía reconocibles en diferentes localidades rurales asturianas. Por desgracia, son prácticamente nu­ los los restos arqueológicos que permitieran precisar su ubicación exacta, pero cabe sospechar, al menos para las dos últimas, como muy cercana al emplazamiento ocupado por los templos actuales. Alrededor de estas edificaciones religiosas se habría desarrollado la principal actividad que cohesionaba la vida temporal y espiritual de estas tres poblaciones. El hecho de haber quedado registradas en este documento, indica que ya debían de haber al­ canzado una singular importancia y que su estructura constructiva debió de conseguir una relevan­ cia similar a la de otros templos citados del otro lado de la cordillera. Cabe sospechar que, tanto sus pórticos como sus columnas y capiteles, les darían un porte de cierto relieve, y en ellos quizás tam­ poco faltarían imágenes y pinturas en sus paredes, como ocurre en lugares de culto de esta época ubicados en localidades de similar nivel de población y riqueza agrícola (Lena o Teverga, por ejem­ plo). Su persistencia en el tiempo con tan excelente estado de conservación pudo haberse debido a que estos territorios astures quedaron más aislados y protegidos de ataques bélicos posteriores. Pero también para Gordón tuvo una indudable trascendencia la construcción de un castillo con vistas a proteger la zona de las reitera­ das acometidas de los musul­ manes, ya que era una de las principales rutas de penetra­ ción desde la meseta. Se con­ virtió así en “un baluarte que protegía el acceso a las Astu­ rias de Oviedo”. Ubicado so­ bre un peñasco calizo bien elevado (Fig. 2.9) y amplia vi­ sión panorámica, dominaba tanto una parte de la antigua vía romana del Bernesga (“vía Carisa”), como todo el valle Figura 2.9.- Zona de emplazamiento del Castillo de Gordón, cerca de Los Ba­ entre las primitivas localidades rrios de Gordón, sobre una cúpula anticlinal de calizas devónicas. de Huergas y Llombera, además de las rutas que atravesaban hacia el sur el cordal montañoso hoy conocido por El Fontañán. Los paramentos exteriores fueron levantados con bloques de piedra caliza extraída del entorno inmediato y muros de más de dos metros de espesor (Fig. 2.10), y al igual que otras estructuras militares fabricadas en tiempos de este monarca debería de tener grabada en su frontal la Cruz de la Victoria, símbolo elegido por este rey Magno (Fig 2.11). 6 Depositado en el archivo de la catedral leonesa y recogido, también casi literalmente, en el ya reiterado Liber Testamentorum folio 19 rº a 23 rº y en el libro de la Regla Colorada fol. 6 rº a 8 rº. También hace referencia a estas donaciones el Libro Maestro (fol. 1012) al tratar de las posesiones de la Iglesia asturiana en Prados de la Fuente, cerca de Folledo.

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Figura 2.10.- Restos de los muros, construidos con bloques de caliza, del Castillo de Gordón, con Los Barrios de Arriba y El Bustillo al fondo.

Cabe la duda de si cuando se levantó dicha obra medieval ya existiera en el mismo lugar al­ gún primitivo observatorio o elemento defensivo de época visigoda, o incluso romana, dada su clara posición estratégica. Hallazgos arqueológicos de restos de cerámica, logrados por el vecino de La Pola de Gordón Agustín Quiñones7 cerca de las ruinas de esta fortaleza con epigrafía de esta última dominación, así parecen confirmarlo. Otros diversos fragmentos dispersos de piezas de alfarería 7

Actualmente es el Cronista oficial del Municipio de Gordón.

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también fueron hallados en este entorno sin haber sido catalogados8. Además del nombramiento de una autoridad administrativa para este territorio rural durante este periodo alto-medieval, la consecuencia concreta fue que funcionó como aglutinante de un im­ portante incremento de población en su entorno. No sería extraño que también se concentrara en los alrededores del más que probable puente levantado para cruzar el río Bernesga, que permitiría al­ canzar la ruta del castillo desde el itinerario que proseguía hacia Asturias. De esta forma se amplia­ ría sustancialmente la habitabilidad de una zona de extensa vega dotada con unos fértiles terrenos de cultivo que habrían dado, sin duda, buenas cosechas a sus ancestrales moradores. Este aumento de gentes foráneas residiendo en la montaña central leonesa quedó registrado de nuevo en algunas escrituras, como una del año 906 que incluye diferentes lugares, entre los que se nombran Arbolio, Gordón, Folieto (Folledo) y Orgas (Huergas)9. Igualmente, en los limites con el territorio de Alba, tal incremento estuvo justificado por el emplazamiento del ya referido monasterio de san Cipriano, cuyo abad tenía el encargo de organizar la roturación y limpieza de los montes, así como de sembrar y hacer plantaciones de huertas en las tierras del entorno, e incluso de instalar molinos junto a las corrientes de agua, favoreciendo así su aprovechamiento agrícola por colonos enviados principalmente desde el territorio asturiano con vistas a repoblar estos contornos. Esta ocupación de terrenos reconquistados que estaban abandonados o sin dueño (presura) solía realizarse siguiendo el impulso oficial, bajo la dirección de un conde o un funcionario regio, llegando a ser de gran trascendencia sobre todo en la zona de la meseta del Duero. Es muy posible, que no pasarían muchos años para que sobre los distintos santuarios monacales se suscitase la confluencia de fieles provenientes de las localidades de los alrededores siguiendo unos la intención de participar en las celebraciones religiosas. Pero también, otros muchos iban a dar cumplimiento de sus rogativas, votos o promesas a los distintos santos que se veneraban o a Nuestra Señora, como empezó a ser costumbre por entonces en diferentes lugares del norte de León, fruto de la religiosidad natural imperante. Los momentos de mayor asistencia coincidirían con la culminación de las labores de recogida de las cosechas, en las postrimerias del estío, siguiendo una tradición muy arraigada ya desde los tiempos bíblicos10. Es posible también que, bajo la influencia del emplazamiento de los castillos de Gordón y Alba, se establecieran en sus proximidades, confiados en la seguridad que aportaba la vigilancia que desde ellos se llevaba a cabo, pequeñas ermitas y cenobios que albergaran, en un ambiente de vida monástica, a clérigos que habían accedido años atrás a estos remotos lugares huyendo de la persecución musulmana y que moraban casi escondidos por diversos parajes gordoneses. Narraciones sobre la posible implantación de una ermita dedicada a san Miguel en un entorno tan alejado como el de la cabecera de la reguera homónima al sur de Los Barrios 11, así como la de la instalación de un monasterio en un enclave ubicado en las proximidades de Huergas, podrían ajustarse a realidades de estos tiempos tan vetustos, los cuales, al poder ser tan claramente observables desde la fortaleza de Gordón, tendrían una permanente protección. Pese a la más que confirmada piedad que ya se daba en la mayoría de las gentes de la zona, no era extraño que todavía los clérigos tuvieran que advertir a los devotos campesinos sobre los riesgos de caer en actitudes propias de las épocas paganas pretéritas que, a veces, de forma soterrada se mantenían. Los regidores de las iglesias seguían advirtiendo a los creyentes para evitar “que ningún cristiano se atreva a realizar augurios y encantamientos, ni respete el curso de la luna para organizar sus sembrados, ni cuelgue figuras de animales inmundos o de mujerzuelas en sus vestidos, porque todas esas cosas son idolátricas”. 8

Así lo confirmó en conversación verbal Santiago Sabugal García cuando, en los años de su juventud, al arar la finca sita en el paraje de Pando, propiedad de su madre Avelina García Argüello, aparecían trozos dispersos de loza antigua con cierta frecuencia. 9 Libro de la Regla Colorada, fol. 8 rº a 10 rº . 10 En el Libro del Deuteronomio ya se narra como Moisés obligaba al pueblo, una vez recogidas las cosechas, a presentarse en el templo en acción de gracias, llevando ofrendas (Deut. 16, 9-15). 11 Con posterioridad se trasladaría, con la misma denominación, a la zona de los Barrios de Arriba, en su parte oriental.

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Santa MarĂ­a del Naranco, en Oviedo, una de las mas grandes joyas del pre-romĂĄnico asturiano.

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LA CORTE EN LEÓN Y LA INQUIETUD ESCATÓLOGICA La extensión del dominio astur hacia el sur, sobrepasando con amplitud el río Duero, al tiempo que su notable ampliación sobre tierras tanto a oriente como a occidente del territorio sep­ tentrional de España, impulsa a Alfonso III a intentar desplazar el centro administrativo y de control de las operaciones militares desde la capital del reino en Oviedo (regnun Asturum) a León. Por tal motivo, poco antes de su fallecimiento (910), se instaura el Reino de León o regnun legionis, aglutinando al asturiano, con la coronación de Garcia I (909-914), después de luchas y conspiracio­ nes previas contra su padre y hermanos (Ordoño II y Fruela II). Cuando el primero (Fig. 3.1) sube al poder confirma, en el 916, los límites eclesiásticos de la diócesis astur, previamente establecidos por el papa Juan VIII. Por ese tiempo, se extiende y potencia el establecimiento de una sociedad feudal constituida por tres estamentos: nobleza, clero y campesinado, este último con muy escasos o ningún derecho, que le conducía a un total vasallaje. Aunque la estructuración territorial y el ámbito del poder civil sufrió en los términos de la Cordillera Central leonesa una sensible modificación con la concesión de la carta puebla a la capital del alfoz de Gordón, no sucedió lo mismo con la eclesiástica dado que, territorios como este último, Luna y Babia, siguieron bajo la tutela de la sede episcopal ovetense. La pujanza de la diócesis continuaba concitando una poderosa atracción, en paralelo con la de Santiago de Compostela, en virtud de las valiosas reliquias que se conservaban en la basílica del Salvador de Oviedo, completadas con una singular riqueza de sus joyas, orna­ mentos, objetos de veneración (destacando las magníficas cruces de los Ángeles y de la Victoria) y culto, así como del Arca Santa. A mediados del siglo X se había estableci­ do una pionera red de rutas de peregrinación que empeza­ ba a implicar a un notable número de transeúntes proce­ dentes de las regiones ya reconquistadas a los musulmanes y posteriormente pacificadas, que acabarían conectando algo más de un siglo después con países extranjeros a tra­ vés de Francia.

Figura 3.1.- Miniatura del monarca leonés

Según avanzaba el trascurrir del siglo X, se fue Ordoño II acentuando de forma cada vez más acusada una religio­ sidad “milenarista”, basada en la profecía que auguraba el final de este mundo visible, en medio de grandes señales astrales, así como la anunciada “llegada del Hijo del Hombre en una nube con gran poder y gloria” (Lucas 21, 25-27). También se habían extendido, y alcanzado gran popularidad, las ideas basadas en los comentarios al Apocalipsis de san Juan (Fig. 3.2), muchas de ellas surgidas en el año 776, en origen desde el monasterio de Liébana, en donde se hacía referencia a la figura del Anticristo que reinaría tres años y medio antes del final de los tiempos del “reino de los mil años” de Cristo y su Iglesia. Del mismo modo, eran destacados los anuncios proféticos de Daniel y Ezequiel sobre el final de los tiempos. La conmoción por estos comentarios bíblicos y del Nuevo Testamento generaba en la mayoría de los fieles un importante clima de ansiedad, angustia y temor a la muerte ante las predicciones que se establecieron, primero, del año 800 y, sobre todo, las del año mil, que se avecinaba inexorablemente. Las celebraciones religiosas cobran gran intensidad, realizándose estas en medio de un ambiente de penumbra y sobriedad al que colaboran la escasez y reducido tamaño de las aberturas existentes en los gruesos muros de las iglesias construidas por este tiempo en Gordón. Se hacen comunes las predicaciones que se refieren al castigo y al juicio universal, así como al destino final 36


en el infierno, como contraposición al paraíso, temas a los que resulta indispensable su alusión durante la liturgia de difuntos y a lo largo de todo el periodo cuaresmal. A mediados del siglo X se proyecta llevar a término otra de las construcciones trascendentes para atender las ne­ cesidades religiosas de los fieles instalados en las cercanías de la fortaleza de Gordón, bajo el reinado de Ordoño III (950-953), que consistía en el convento e iglesia dedicados a Santa Marina. Así, según pergamino de noviembre del año 9531 archivado en la catedral ovetense, “Pedro, abad del Mo­ nasterio de Severo, que recibió el plácito de Vilifredo, en nombre de Uictino, ante el sayón 2 Karoso se compromete a levantarlos, obligación contraida en concilio ante Teodoredo Iustizi, Felix Rubio y diversos presbíteros en el concejo de Gordón, con pruebas de vino y caldaria”. Los presentes revocaron las premisas del acuerdo con la siguiente fórmula: “...iuramus pro XII profetas et pro XIIm apostolos et sancta IIIIor Evangelia, id est Marcus, Matheus, Lugas et Ioannes, iuramus pro reliquias Sancta Maria uirginis et generatrix Domini nostri Ihesu Christi, iuramus pro reliquias Sancte Marine virginis in cuius loco as conditiones...”. Uno de estos acuerdos se confirmó en la “yglesia de Sancta Maria que exitata est ad porta gordonense”. Tal compromiso fue avalado por varias dignidades de la nobleza y religiosas entre las que figuraban los obispos de León y Oviedo. La ubicación precisa de algunos de estos lugares que se relatan no es fácil de identificar, aunque esta última estaría cercana al límite de los territorios de Gordon y Alba3, considerándose como el santuario precursor del actual Buen Suceso. También, no lejos del fortín defensivo de Alba, se cita el locum denominado Pelagiao, dedicado probablemente al niño Figura 3.2.- Una de las múltiples represen­ santo Pelayo martirizado en el año 925. taciones de los comentarios al Apocalipsis del beato de Liébana.

Este acontecimiento quedó reconocido para la posteridad como el concilio (o concejo) de Gordón y es una de las principales evidencias de que en el entorno del centro fortificado se venía haciendo una intensiva colonización de la zona que actuará en el futuro como elemento de atracción demográfico de diversos pobladores y sobre el que pivotarán posteriormente las funciones de control civil y religioso del castillo y sus dominios. A no mucha distancia de este conjunto defensivo cabe la posibilidad de que hubiera existido un viaducto sobre el río Bernesga cercano a la calzada hacia Oviedo, alrededor del cual creció un pequeño grupo de moradores, conocido como La Ponte4 (germen de la posterior Pola de Gordón), emplazado en el entorno de la vega fluvial, del que tan solo se tienen referencias por un documento del año 1191 y que posiblemente hubiera estado conectado con la ubicación de una antigua villae romana. Tampoco estaría muy lejano el también citado paraje de San Marciel, que en registros de este tiempo figura como que aportaba singulares rentas en hierba y paja, señal de que gozaba ya de una notable concentración de campesinos, y en torno a este lugar se emplazaba una iglesia dedicada a santa María (ver Plano n.º1, al final del capítulo VIII). 1 2

Archivo Capitular de Oviedo (ACO) serie B, carpeta 1, n.º 11 (pergamino). Era un cargo equivalente a oficial de justicia.

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De igual forma un documento de finales de este siglo X atribuye al referido monje Pedro el cultivo de una viña en estos entornos. Sanchez Badiola (2004), p. 224, hace referencia y documenta este lugar.

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Nuevas incertidumbres surgen para los pobla­ dores del norte leonés y los defensores de la fortaleza cuando las tropas de Almanzor (Fig. 3.3) amenazan con su conquista en el año 998, reinando Vermudo II (984-999), aunque, después de sucesi­ vas incursiones desde tierras sureñas, no consiguie­ ron hacerse con el territorio regado por el rio Ber­ nesga y sus afluentes. Así lo recogieron diversas crónicas posteriores tanto de los reinos cristianos como de los árabes, permaneciendo, desde las de Alfonso X el Sabio, el emblemático lema de “Mas pero a Gordon non lo priso”. Sin embargo, para las comunidades monacales y las iglesias cristianas del ámbito meridional de la diócesis ovetense represen­ tó un postrero momento de destrucción y zozobra, muy intenso aunque afortunadamente esporádico, Figura 3.3.- Imagen del caudillo árabe Almanzor que apenas trastocó la ya arraigada vida religiosa (nombre que significa el Victorioso por Alá) que de sus moradores. atacó, sin éxito, tierras gordonesas.

GORDÓN ADQUIERE MAYOR RELEVANCIA La presencia en este ámbito de la fortaleza condujo a que progresivamente las autoridades no solo de la diócesis, sino también de la Corona, fueran estableciendo una organización adminis­ trativa cada vez más avanzada, distribuyendo funciones tanto de tipo recaudatorio (impuestos o diezmos) como mercantiles o jurisdiccionales. Su desarrollo fue en paralelo al incremento de la po­ blación y a verse potenciada cada vez más la influencia de la jerarquía eclesiástica ligada a este te­ rritorio ante el cabildo ovetense. Las aldeas y villas de este ámbito vinculadas a dicho fortín se agruparon en un alfoz desde la primera mitad del siglo undécimo, tal y como había instituido el monarca Alfonso V (989-1028) en el conocido como Fuero de León, alcanzando una extensión de unos 130 kilómetros cuadrados. El castillo casi representaba la centralidad geográfica de esta unidad territorial que limitaba al sur con el de Alba y al norte con Argüello. Los diferentes lugares que lo constituyeron 5 a lo largo del periodo medieval y los años en que quedaron documentados fueron: Paragiao y Ayrias (953), Villasimpliz, Santa Cruz y San Marcelo, Buyza, Calelio y Petrazale (1036); San Cipriano de Peña Alta (1087), Cabornera (1152,1195,1196), Villasante (1127), Beberino (1169,1206), Geras (1173, 1178, 1195, 1207 y otros), Ciñera (1176), Villanueva de Geras (1228,1240), Santa Lucia (906, 1176, 1195, 1200), Folledo y Huergas (906 y siglo XI), Vega (1200), Peredilla (1187, 1203), La Pola (1270, 1310), Alpandiello (1241), Llombera (siglo V, 1236), Villarin (1200), Robledo de la Peral (1123), Cerulleda (1174, 1195, 1232), Vilerelin (1175), Las Coronas (1185), Foceya (1192, 1195, 1232 y otros), Conforcedo (1036, 1091, 1236), Villar Molin y Pereda (1236), Piedras Negras (1167), Nocedo y Villa Ux (1202), Aralla (1167), La Ponte (1191), Río (1206) y Villardefrades (siglo V, 1350). La “gobernanza” de estos dominios, en estrecha dependencia real, estaba al principio encomendada bien a un tenente o a un merino –que incluso llegó a ser una dignidad eclesiástica–, 5

Según recoge Sánchez Badiola (2004).

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si bien durante un notable espacio temporal estuvo compartida con otros ámbitos limítrofes. Así ocurrió en 1052 cuando un tal Exemeno Uelasquizi controlaba los territorios de Luna, Gordón y Alba. En 1115 bajo el reinado de D.ª Urraca y su hijo Alfonso VII figura como tenente de un amplio territorio de Asturias el influyente conde Suero Vermudez, abarcando por el sur Astorga, Luna Gordón, Babia, Laciana y hasta el Bierzo, y años más tarde (1132) el poder lo ejerce el conde Ramiro Froilaz. A su vez, a finales de esta centuria figura como merino regio en León, Gordón, Luna y Asturias Fernandus Gutierrii. Además, a partir del siglo XI, es cuando algunos hidalgos del linaje de Gordón aparecen relacionados con diversos monasterios de Asturias (p. ej. san Vicente y san Pelayo de Oviedo) y de León, así como en estrecha conexión con la iglesia del Salvador y el obispado ovetense6. Con el paso de los años el merino o tenente de esta zona se acabó encargando más bien de las funciones judiciales y militares, existiendo tan solo determinadas circunstancias en que llegaban a participar en la solución de los pleitos o juicios relacionados con la Iglesia, en especial cuando ésta no llegaba a darles una respuesta eficiente. Controlaban también el correcto uso de las medidas de peso y capacidad, cuya mala aplicación conllevaba ser vivamente condenado en sus alocuciones por parte del clero, al considerarlo como un grave pecado de usura. A estas autoridades como representantes de la realeza, así como a los miembros de la hidalguía, no tardaron en prestarles servicios o pleitesía algunos sacerdotes de esta zona rural, tratando de buscar de esta manera un alivio a las condiciones de precariedad a las que muchas veces estaban abocados a vivir. El importante incremento del trasiego comercial que se experimentó entre Asturias y la meseta volvió a favorecer a esta comarca, hasta el punto de haberse instaurado un “portazgo” para el control y tasación de los productos transportados por “el canale de Gordonen ad Legionen”, bien en sentido ascendente como descendente. Este peaje fiscalizaba básicamente las recuas que llevaban cereales (trigo y centeno) y vino (este procedente de tierras cercanas a Coyanza y Benavente ) –de los que la región astur tanto carecía– así como ganado, miel, alimentos de caza y pesca fluvial, maderas, piedra ornamental o hierro. Tan solo de La Vid está registrada la venta de notables cantidades de productos tanto al rey como a los estamentos religiosos y civiles de la capital leonesa, en particular al monasterio de san Isidoro7, Carbajal y Casa Real, así como de la provincia (Gradefes, San Miguel de la Escalada, Sahagún, San Pedro de Dueñas), consistiendo con prefe­ rencia en bueyes, carneros, lomos, cebada, frutas, ovejas, peces y trigo. Desde la costa asturiana, por el contrario, se aportaba a las poblaciones leonesas, sobre todo, sal y pescado de mar. Aunque relativamente poco sustanciales, la diócesis de Oviedo recibía durante el siglo XII rentas procedentes de propiedades que poseía en parajes de la vega del Bernesga, entre las que destacaban los 200 maravedís que aportaba Villasimpliz; otro tanto, Santa Lucia y 300 mrs., Gordón. Tales contribuciones dinerarias eran, sin embargo, bastante más limitadas que las que generaban otras localidades de la meseta, como Valencia o Benavente. Fruto de la relevancia que iba adquiriendo el ámbito gordonés fue la extensa participación que tuvieron sus representantes, tanto de la clerecía como de la nobleza, en el concilio de Oviedo del 1115, celebrado coincidiendo con la Pascua de Pentecostés en la basílica del Salvador durante el reinado de doña Urraca (1109-1126) y bajo los auspicios del controvertido obispo de Oviedo Pelayo (1098-1129). Entre las variadas observaciones recogidas en sus decretos “para edificar lo que convenía a la Santa Iglesia” se incluyen sanciones por los hurtos y estragos que se venían produciendo en los templos, según una de las cuales “aquel que a impulsos del diablo estragere con violencia alguna cosa de la Ygla. o de sus pórticos hasta los doce pasos pagará el quadruplo, y hará penitencia según los cánones, entrando monje del orden de san Benito, haciéndose eremita todos los dias de su vida o constituyéndose siervo de la Iglesia, a la que perjudicó, o se hará peregrino por todos los dias de su vida”. 6 En los siglos inmediatamente posteriores llegaron a ejercer un importante patronazgo, siendo beneficiarios de algunas parroquias recién constituidas como Vega de Gordón, Santa Lucía, Beberino, Geras y otros lugares más distantes, destacando Olleros y Llanos de Alba. 7 Esta abadía estaba dedicada originalmente a san Pelayo, niño martirizado a manos de los musulmanes.

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En la confirmación, bajo juramento sobre el texto sagrado del Evangelio, de la constitución establecida participaron –al tiempo que la reina y sus hijos, varios arzobispos, obispos, nobles y súbditos– representantes de la tenencia de Gordón y Alba, cuyos nombre eran: Pelagius Monionis, Fernandus Gutierrii, Gundisaluus Aluari, Johannes Citi, Fernandus Citi y Petrus Iuliani. Estuvieron también presentes suscriptores de Argüello, Babia, Laciana, Luna, Omaña, León y Astorga, a la vez que de numerosas villas asturianas. Sin embargo, una localidad de estos contornos que no estaba incluida entre los pueblos del alfoz de Gordón era La Vid, la cual pertenecía ya a la diócesis leonesa desde la donación realizada en 1094 por el rey castellano-leonés Alfonso VI (1072-1109) al monasterio de santa Marina de León, no lejos de la basílica de san Isidoro. Fueron frecuentes los pleitos posteriores de los tenentes con distintos abades con la intención de integrarla en la jurisdicción astur, sobre todo cuando en 1197 Rodrigo Ordoñez apela a los vicarios de las diócesis de León y Oviedo, a la vez que a otras dignidades, sin lograr conseguir su integración en los dominios eclesiásticos ovetenses.

UN PERIODO DE DONACIONES Un hecho que se produjo por este tiempo, y del que quizá gran parte de las autoridades religiosas de esta demarcación de la montaña leonesa no debieron quedar ajenas, fue el que muchos abades y pastores de almas adquirieron un cierto sometimiento a los monarcas, señores feudales o notables de la zona, llegando incluso a guardarles vasallaje. El sistema feudal imperante en aquella sociedad consiguió, en no pocos casos, implantarse en la primitiva estructura organizativa de las diócesis haciéndose los nobles con el patronato de templos y monasterios. Es más, en algunas circunstancias se llegaba a alcanzar el pecado de simonía, por el cual los dones sobrenaturales y los cargos religiosos llegaban a venderse, quedando algunas iglesias o instituciones monacales bajo el dominio de personas afines a los poderosos. Todo ello derivó, con cierta frecuencia, en una relajación de los hábitos de los clérigos que arrastraba progresivamente a los fieles, cuyos principales vínculos vitales eran los del aprovechamiento del suelo y la vivencia de una fe o religiosidad natural en muchas ocasiones precaria. Sin embargo, debe significarse que no todo el clero de los ámbitos en los que predominaba el campesinado sufrió la presión de la jerarquía civil, puesto que muchos presbíteros y religiosos conservaban sus bienes personales y propiedades familiares heredadas, cediéndolos incluso a la diócesis. Más habitual eran los que carecían de casi todo, sobreviviendo de sus penurias gracias a las aportaciones y dádivas de los propios feligreses o teniendo que recurrir a trabajos manuales. Aquella interdependencia fue uno de los principales motivos del singular incremento de las donaciones entre los siglos X y XII a las iglesias y/o monasterios, de las que en Gordón quedaron bastantes registros documentales reiteradamente recopilados y recogidos por diferentes historiado­ res modernos. No todas estas concesiones a la Iglesia o sus estamentos tuvieron, por supuesto, una finalidad centrada exclusivamente en el control de los dignatarios a los que se aportaba la donación, dado que también eran comunes los casos de aportaciones, tanto dinerarias como en posesiones o en especies, basadas en la veneración hacia lo sacro de los dadores, así como entregas destinadas a rogativas por la salvación del alma de los fallecidos. Es de destacar cómo ya a comienzos del reinado de Ramiro II “el Grande” (931-950) 8 éste “concede en julio del año 932 al abad Severo y a Paterna el villar denominado Simplici adyacente al rio Bernesga, lindando con el arroyo de san Vicente, por la collada de Boiza”, lugar que, de nuevo, ya había tenido una cierta relevancia en la lejana época de la colonización romana. 8

Vencedor de grandes batallas contra el dominador morisco Abb el Rahmán III.

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De igual manera, el Libro Maestro de la catedral de Oviedo (Fig.3.4) recoge la existencia de un pergamino fechado en diciembre del año 997, que se guarda en los archivos de la seo, el cual contie­ ne un convenio suscrito por varios propietarios sobre la donación de una viña para “la ereccion de un monasterio de severos en Gordón”. Así mismo, es digna de mención la cesión que realiza en mayo de 1036 el primer monarca castellano-leonés Fer­ nando I (1035-1065), junto a su esposa Sancha y sus hijos Sancho, Alfonso, García, Urraca y Elvira, a la diócesis de Oviedo9 de la que Froilán (1035-1073) era su obispo. Tal y como recoge el per­ gamino archivado en la catedral asturia­ na, fueron muchas las propiedades que dicho rey transfiere, tanto de Asturias como de León, confirmando donaciones y privilegios aportados por sus antepasa­ dos. Entre ellas incluye: “...per focem ad meatorium qui est ad faciem de Villa sempliz inde transit riuum ad pennam, usque ad summum per campum (media­ Figura 3.4.- Portada del Tomo I del Libro Maestro guardado num et per cotum) Salvatoris”, que es en el Archivo Capitular de Oviedo muy posible corresponda a la ya reseña­ da capilla de san Vicente (ver capítulo I). Entre las iglesias de Gordón se referencian: “In territorio de Gordone ecclesias Sanctae Crucis et Sancti Marcelli cum omnibus bonis et adiacentiis suis ab in­ tegro; in Boiza ecclesiam Sancti Iohannis similiter; in Calelio ecclesiam Sancti Romani similiter, in Villa Sempliz ecclesiam Sancti Petri, similiter in Petrazale ecclesiam Sancte Marie similiter; in Conforzeto hereditatis multas in riuulo de Uernisga hereditatis multas” (Fig. 3.5). Entre los firman­ tes de este importante documento, a la vez que los donantes regios y distintas autoridades, se relacionan de manera destacada los prelados de las diócesis de Oviedo, León, Astorga, Palencia y Burgos. En el mismo archivo catedralicio ovetense está depositado otro documento según el cual, en agosto de 1076, Maria Froilaz (que en 1033 había recibido herencia del potentado Pedro Froilaz) entrega a su sobrina Jimena Moniz el monasterio de santa Eulalia (a la vera del río Lena) y con él añade los bienes que posee en Villa Simplice, en términos de Arbolio y Gordón, bajo la condición de que “a su muerte pasen a la sede de la Iglesia de San Salvador de Oviedo”10. De forma similar, en septiembre de 1087, Esteban Zitéliz dispone en su acta testamental para remedio de su alma: “facere cartula testamenti hic ad domu Sancti Cipriani episcopus et Sancti Seruandi et Germani corum basilicas fundatas sunt in teriturio Gordonensis discurrente flumen Bernesica in locum predictu in illa Pena alta”11. Esta última donación testamentaria representa la quinta parte de todos sus ganados y heredades de tierras, casas, cuadras, viñas, prados, montes, molinos, fuentes, etc. 9

ACO Liber Testamentorum fol 60 rº a 62 rº, aunque más probablemente la fecha corresponda a 1063 en razón a los obispos que intervienen en la trasmisión. 10 ACO Serie B, carpeta 2 , n.º 10 (pergamino en letra visigótica). 11 ACO Serie A, carpeta 1, n.º 15 (pergamino).

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Figura 3.5.- Reproducción del texto recogido en el Liber Testamentorum, Testamentum Fredenandus rex et Sanctia regine (edición facsimilar, fol. 61rB) recogido en el Archivo Capitular de Oviedo, que se transcribe como: “Concedimus adhuc supradicte Ouetensi ecclesie uillas et ecclesias in Asturiis et foris Asturias que fuerunt Donnelli Ma­ gitiz qui fuit noster maiorinus, id est : super flumen Lenam ecclesiam Sancti Sebastiani cum omnibus bonis et adiacenciis suis. In territorio de Cordone ecclesias Sancte Crucis et Sancte Mar­ celli cum omnibus bonis et adiacenciis suis ab integro; in Boiza ecclesiam Sancti Iohannis similiter; in Calelio ecclesiam Sancti Romani similiter; in Uilla Sempliz ecclesiam Sancti Petri si­ militer; in Petrazale ecclesiam Sancte Marie similiter; in Conforceto hereditates multas; in riuulo de Uernisga hereditates multas; in Genestosa hereditates multas; in Lamero hereditates multas; in uilla que dicitur Ordas, iusta flumen Orbigum, ecclesiam Sancti Iohannis cum omni­ bus”. (E. Fernandez Vallina y M. J. Sanz Fuentes, 1995).

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De igual manera, ha quedado registrada la recepción en el monasterio de san Cipriano por parte del abad Justo (confirmadas en la misma anualidad y cuatro años más tarde) de la cesión testa­ mentaria realizada por un tal Romanus 12, el cual aportó al referido cenobio, ubicado en las inmedia­ ciones del Bernesga “quia ego vado ad Sepulcrum Domini”, la quinta parte de su heredad. Se ex­ ceptuaban sus pumaradas localizadas en el lugar de Conforceto (Fig. 3.6), emplazado en un elevado y agreste paraje, unos 3,5 km. al nordeste de Huergas, que aún mantiene esta denominación. Las cesiones hereditarias de personas ligadas al territorio gordonés facilitaron que diversos monasterios asturianos como los de san Pelayo y san Vicente, ubicados en Oviedo, o el de Santa Eulalia, en Lena, así como el ya mencionado de san Isidoro de León, dispusieran de propiedades en distintos poblados del alfoz e, incluso, lo propio ocurrió con alguna sede episcopal como la de IriaCompostela o la de la propia diócesis leonesa (p. ej., la cesión en 1182 de la condesa Elvira Periz de posesiones en Santa Lucía). Era común que posteriormente estuvieran arrendadas a una familia campesina por cuyos terrenos pagaban como llevadores un tributo, normalmente consistente en una porción de los productos agrícolas obtenidos. Por otra parte, en el mes de octubre del año 1111, el conde Ramón y su mujer Urraca hacen una donación a la iglesia del lugar de Folledo, cosa que también realiza un tal Arias Petri de Alcedo por su aniversario a 19 de enero (aunque sin precisar el año), aportando la mitad de su heredad en el mismo ueblo, tal como quedó recogido en el Libro de Kalendas, en su capítulo primero, y guardado en el denominado como Armario grande del archivo de la catedral ovetense13 .

Figura 3.6.- Entorno de los parajes de Conforzeto y Samés, al noroeste de Huergas, al pie de las recientes explotaciones a cielo abierto de carbón de la Hullera Vasco-Leonesa 12 ACO Serie A, carpeta 2, n.º 2 (pergamino) , dice : “exterius illos pumares in Conforceto de casa de Citi Christo, Uali Zasaso usque ad illa perale” 13 Según quedó inscrito en el Libro Maestro, Tomo I, Capitulo del Arcedianato de Gordón, en el apartado dedicado a Prados de la Fuente, en Folledo (pág. 1012), guardado en el Archivo Capitular de Oviedo.

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Todavía habría que considerar la importante donación que, en agosto de 1180, otorgó el rey Fernando II (1157-1188) al obispo asturiano y a su iglesia del Salvador 14 por la que se le facilitaba la mitad del peaje de Gordón, unas décadas después de que su antecesor Alfonso VII (1126-1157) concediera a la capital asturiana el privilegio, por el cual “los omnes pobladores de Oviedo non dieran portage ni Ribaje desde la mar ata Leon”. El mismo monarca donó en octubre del mismo año a don Menendo Menendez, arcediano de san Salvador de Oviedo, varios derechos en distintos lugares de Asturias, además del de Zerglledán, emplazado en el valle de Gordón15. El mismo Fer­ nando II, en el primer año de su reinado consignó al monasterio de santa María de Carbajal las posesiones que controlaba en Paradilla de Gordón. Culminando este siglo XII, se produjeron aportaciones por parte de la condesa Elvira Pérez de diversas heredades que disponía en Santa Lucía que fueron entregadas al obispo de León, Man­ rique de Lara (1181-1205). A su vez por esta época tanto María Dominguez, como un tal Martín con su mujer Teresa registraron documentos de trasmisión de heredades en Santa Lucía (en el lugar de Covasovestrº), Vega y Villarín en favor del prior de santa María de Arbas, como consta en el archi­ vo de esta abadía. Del mismo modo, los vecinos de Peredilla, Suero Pérez y Aldonza Rodríguez, in­ tervienen en 1203 en la venta de varias heredades adquiridas por el responsable de la referida abadía conocido como don Fontún. Casi finalizando su reinado, el magnánimo rey Alfonso IX otorga, en setiembre de 1225, al­ gunas propiedades a los monjes de san Vicente de Oviedo, quedando recogido que: “concedo et confirmo Monasterio Sancti Vicentii de Oueto, Villam Santy que iacet in ualle de Gordon”16 Pero en este tiempo medieval, no todo fueron donaciones de personajes reales o de la noble­ za a la Iglesia, sino que también Gordón figura entre los lugares de la diócesis donde hubo aporta­ ciones por parte de las autoridades eclesiásticas ovetenses, como lo apoya la cita del Libro de la Regla del Cabildo17 en el que, hacia 1275, se recoge: “Et Rodericus Gundissalvi Voves debet dare in hac die >devotis de Gordon <et de Arbollo< VIII morabetinos de nigris. Fideiussor Bartholomeus Iohannis Canonicus”18.

Y AHORA, LAS PEREGRINACIONES Iniciado el último cuarto de la centuria undécima, tuvo que haber causado una gran expecta­ ción, entre los sencillos moradores del territorio del Alto Bernesga, el tránsito por varias de las poblaciones adyacentes al citado río atravesadas desde siglos precedentes por el camino real, de la comitiva del monarca Alfonso VI, acompañado por seis obispos y un numeroso séquito de nobles, guerreros y asistentes. Tal grupo regio se dirigió, en marzo de 1075, desde León a Oviedo con el deseo de visitar, “dotado de humilde devoción”, las reliquias y cuerpos santos preservados en el templo, que había sido construido por el rey asturiano Fruela, dedicado al Salvador (Fig. 3.7) y que gozaba aún de un gran prestigio al haber sido el centro religioso de referencia durante el periodo en que mantuvo la regencia la monarquía astur. Pretendía, además, obtener auxilio espiritual antes de iniciar las campañas guerreras que iba a abordar contra los moros, a la vez que repetía la visita a estos sacros lugares que había realizado ya, en 1053, su antecesor Fernando I. No sin grandes inconvenientes por lo dificultoso del trayecto accedió a Oviedo en medio de una gran expectación, siendo recibido por el obispo Arias Cromaz (1073-1094), que celebró unos grandes rituales de acogida. 14 15 16 17 18

ACO Libro de la Regla Colorada (fol. 118 rº a 119 rº). Según quedó registrado en el Libro Maestro (p. 577) y en el Archivo Capitular (manuscrito 53). Serrano, L. (1929). Cartulario del monasterio san Vicente. Kalendas I, fol.106 v. Que se trascribe como: “Y Rodrigo González de Bobes (que era un significado canónigo de entonces) debe dar en este día, a los devotos de Gordón y de Arbolio, ocho maravedís de negros. Fiador, Bartolomé Juan, canónigo”.

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Figura 3.7.- La muy venerada imagen del Salvador en la nave central de la catedral de Oviedo.

Entre los restos más venerados por entonces estaban también los de san Pelayo, niño martirizado en el 925 por Abd al Rahman III al no renegar de su fe cristiana y rechazar favores sexuales del califa musulmán. Se habían trasladado primero a León en el 967 y definitivamente a Oviedo en el 985, alcanzando con el paso del tiempo algunas advocaciones en diversas iglesias de Gordón. Durante la estancia del rey alfonsino en la Sancta Ovetensis y bajo solemne ceremonial, se realizó el trascendente acto de la apertura del Arca Santa (Fig. 3.8), el viernes Santo 13 a la hora tercia, que guardaba valiosos objetos sacros19. Entre las insignes reliquias que se veneraron, tal y como quedó recogido en relatos de aquel momento, estaban: parte del madero de la cruz del Señor, de su túnica echada en suerte, del pan que comió en la sagrada cena, de la sábana y del sudario de Cristo, de su sangre santísima, de la tierra que sus pies hollaron, del recipiente de piedra en que Jesús convirtió el agua en vino, de las vestiduras de su madre la Virgen María y también de su leche, “lo cual es grande maravilla”. Junto a éstas, había otras de santos: san Pedro, san Bartolomé, santo Tomás, huesos de profetas, de todos los apóstoles, así como de numerosos mártires de los siglos III y IV, entre ellos, Águeda, Augurio, Emeterio, Celedonio, Justo y Pastor, santos Cosme y Damián, Máximo, Baudilio, Pantaleón, Cipriano, Sebastián, Facundo, Cristóbal, Cucufa­ te, Félix, Sulpicio y Eulalia virgen.

Figura 3.8.- Arca Santa guardada en la actualidad en la Cámara Santa de la catedral ovetense.

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Tiene unas dimensiones de 1.19 m. de largo, por 0.93 de ancho y 0.72 de alto.

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La difusión de este magno aconte­ cimiento dentro y fuera de las fronteras castellano-leonesas impulsó de manera excepcional las peregrinaciones con la fi­ nalidad de contemplar los valiosos teso­ ros y reliquias que en dicha basílica se custodiaban, hasta tal punto de ser consideradas20 como “las más preciosas de toda España”. De esta manera surgen un buen número de romeros o peregrinos, esto es, “omes que fazen sus romerias o peregrinajes por servir a Dios e honrrar los Sanctos; e por sabor de fazer esto, estráñanse de sus logares, e de sus mujeres, e de sus casas, e de todo lo que han, e van por tierras ajenas, lazerando los cuerpos, o despediendo los averes, buscando los Sanctos”. No cabe duda de que a partir de entonces el trasiego de caminantes con la intención de ganar las indulgencias pro­ metidas en la visita a este santo lugar, después, muchos de ellos, de haber esta­ do presentes previamente ante la tumba del apóstol Santiago en Compostela, mo­ dificaría algunas costumbres de los veci­ nos de las localidades de las comarcas de Alba, Gordón y Arbolio. En efecto, es evidente que entre las humildes gentes de este trayecto se acentuarían los hábitos de hospitalidad y acogida, sobre todo al comprobar como los penitentes tenían que enfrentarse a la dureza de unos terre­ nos accidentados y a una climatología con frecuencia muy adversa.

Figura 3.9.- Itinerario del Camino del Salvador entre León y la capital asturiana

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El itinerario principal, con origen en la capital del reino leonés (Fig. 3.9), mantenía en gran medida la antigua vía romana paralela al río Bernesga, atrave­ sando el territorio de Alba y adentrándose luego en el gordonés por Peredilla y Nocedo hasta alcanzar, siguiendo la mar­ gen derecha del mencionado río, la po­ bladura adyacente al viaducto que con­ ducía al castillo. Desde estos parajes, una vez cruzado el Puente del Tornero, había que dirigirse a las apartadas localidades

Muy en especial por Osberno de Bard, famoso cronista inglés de la época.

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de Beberino y Buiza. A partir de esta última, se abordaba un tramo de notable dificultad, en particular en las épocas de grandes inclemencias meteorológicas, que se inicia ascendiendo por el paraje de La Romana, continuando por la ladera oriental de la Peña Rayada y sobrepasando una angosta zona de afloramientos cuarcíticos (Fig.3.10), en donde incluso existen tramos en que la roca ha sido necesario horadarla para abrirse camino. Desde aquí, superada la cabecera del arroyo de Quidiermo, se alcanza la pradería de la Forcada de San Antón, donde se hallaba una abadía y albergue dedicada a san Antonio Abad, de los que tan solo quedan restos de muros derruidos y acumulaciones de bloques pétreos parcialmente cubiertos por una abundante masa vegetal (Fig. 3.11). Ya en esta relajada zona, se corona luego Los Arenales, a una cota de 1.460 metros, desde donde se da vista a distintos parajes del antiguo territorio de Arbolio, como Rodiezmo, Pobladura y montes aledaños, hacia los que se desciende siguiendo el camino de Los Arrieros. Desde este último pueblo del valle, aún quedaba superar los intrincados riscos del collado del Coito21, salvados los cuales se accedía al monasterio y alberguería de Arbas (a 1.340 m. de altitud). Éste era un verdadero lugar de descanso, a la par que de recogimiento espiritual ante la Virgen que allí se veneraba, para después iniciar la prolongada bajada hacia Asturias por las acusadas laderas de la margen oriental del río Pajares hasta las proximidades de la abadía de santa María de Parana. Había luego que conducirse por el extenso territorio de Lena de Yuso que, una vez atravesado y ascendido hasta el paraje de Copián, situaba a los viandantes en Olloniego, casi a las ansiadas puertas de Oviedo.

Figura 3.10.- Tramo del Camino del Salvador, superado Buiza, que transcurre entre los ásperos riscos cuarcíticos de la parte alta del arroyo Quidiermo. 21

Representa la cota más elevada de todo el trayecto entre León y Oviedo que supera los 1.500 m.

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Otra ruta desde Buiza, quizás más tardía, consistía en desviarse hacia el noreste, siguiendo la senda de Las Abesanas y atravesando La Collada (Fig 3. 12), para luego bajar a Villasimpliz.

Figura 3.11.- Probable zona de emplazamiento del monasterio y luego albergue de san Antón, donde se observan, entre la masa arbustiva, restos de bloques pétreos de antiguas construcciones.

Figura 3.12.- Por la ladera de enfrente al camino que se observa en primer plano transcurre el trayecto entre Buiza y la collada de Villasimpliz (resaltado en amarillo).

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Alcanzado este poblado junto al río Bernesga, se continuaba el tránsito curso arriba por parajes de Argüello siguiendo su tramo alto por Villamanín y Villanueva, uniéndose con el anterior en Arbas y Pajares, como puerta de entrada a la pronunciada vertiente septentrional formada por el imponente valle de Pajares. El itinerario hacia Oviedo proseguía, pues, atravesando las localidades de Casa de Tibi gratiae, Pajares, Parana, Puentes del Fierro, Campomanes, Villallana, Ujo, Mieres, la Rebollada, Copian y Olloniego, hasta conseguir el objetivo definitivo en la basílica diocesana. Precisamente en la zona del puerto, junto a un manantial adyacente al río Bernesga en Arbas, ya se cita (si bien no existe una confirmación documental que lo evidencie) cómo durante el siglo XI algunos ermitaños retirados en la zona más septentrional del curso del“Uernesigam” iniciaran la fabricación de un monasterio22. Más tarde, en 1103, junto a la abadía se edificó una alberguería u hospital de peregrinos, cuyos muros están realizados unos con mampuestos y sillares de arenisca carbonífera y otros, más modernos, con caliza rojiza cámbrica de la Formación 23 Láncara. Tenía la finalidad de dar refugio tanto a los pobres como a los vagabundos y había sido mandado levantar bajo los auspicios del conde Froila Dieguez, su esposa Estefanía e hijos. Fue poco más de una centuria después nombrada por la reina Urraca en el año 1117 al transcribir “illa albergaria quae sunt constructa in illo porticu de Arbas”. En este recóndito lugar se instaló un abad al frente de una comunidad de canónigos regulares de san Agustín, los cuales también contaban, en origen, con una pequeña capilla para sus celebraciones religiosas. A ellos se les dio el dominio sobre los montes próximos para su aprovechamiento, a la vez que percibió importantes donativos. Por si esto fuera poco gozó del privilegio de tener un marco jerárquico independiente, sin relación con la sede episcopal de Oviedo. Cuando una centuria más tarde el rey Alfonso IX se recogía en este sacro lugar durante sus frecuentes viajes a Asturias (1214 y 1216), aportó de nuevo sustanciosas donaciones, merced a las cuales se consiguió construir, junto al hospital y sobre una primitiva iglesia de origen enigmático, el nuevo y valioso templo románico de transición al gótico dedicado a Nuestra Señora de santa María de Arbas (Fig. 3.13). Está levantado en su mayor parte con mampuestos y sillares regulares de arenisca carbonífera de tonalidad grisácea, aunque tuvo diversas fases de edificación en el tiempo. Ofrece tres naves que culminan en tres ábsides: el central semicircular, presidido por la imagen de la Virgen (Fig. 3.14), y los dos laterales, cuadrados. Alfonso IX estableció para este lugar el privilegio de “dar pan y vino de limosna a cuantos la pidiesen”, así como el derecho de vasallaje sobre los pueblos de su entorno. Entre otras obligacio­ nes de los vecinos estaba la de “quitar las nieves de los caminos cuando estas los cubriera y así faci­ litar el paso a los transeúntes”. La apertura de este importante templo coincidió con el momento de mayor florecimiento de las peregrinaciones hasta entonces conocido. Todavía en abril de 1270 el rey Alfonso X (1252-1284) donaría al abad de este lugar, con vistas a sostener tan noble institución, los frutos de la iglesia de santa María de Portiella, en el arciprestazgo de Luna, bajo el dominio eclesiástico de Babia. Además, en 1256, este último soberano había determinado con sus famosas Partidas un conjunto de leyes y normas que garantizaban la protección de las peregrinaciones y de sus asisten­ tes, estableciendo, entre otras, que: “muriendo algund peregrino o romero sin testamento, o sin manda, en casa de algund alberguero, aquél en cuya casa muriere deve llamar omes buenos de aquel logar, e mostrarles todas las cosas que trae; e ellos estando delante, dévelas fazer escrevir, non encubriendo ninguna cosa dello, nin tomando para sí nin para otro deviere aver con derecho por su 22

Existe una curiosa leyenda sobre un virtuoso varón llamado Pedro que, al tiempo de la construcción del monasterio, tuvo un encuentro con un terrible oso que, durante el sueño de este sujeto, le había comido uno de los bueyes de la yunta con los que acarreaba las piedras para la obra. Al despertar, se acercó a la fiera y tranquilamente la unció a su pareja logrando finalizar así la faena. 23 En Geología se entiende por formación “el conjunto de rocas identificable por sus características litológicas y su posición estratigráfica, que pueden cartografiarse en superficie y seguirse en el subsuelo” En el municipio de Gordón se han establecido muchas de las formaciones más importantes del norte de León, como son las denominadas: La Vid, Santa Lucía, Huergas, Nocedo, Ermita o Baleas correspondientes a los periodos Devónico y Carbonífero de la Era Primaria.

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Figura 3.13.- Vistas meridional y oriental de la abadía de Nuestra Señora de santa María de Arbas en la actualidad..

Figura 3.14.- Nave central e imagen de Nuestra Señora de santa María de Arbas. Tomadas de Viñayo González (1979).

ostage, o sil oviese vendido algo para su vianda. E porque las cosas dellos sean mejor guardadas, mandamos que todo quanto les fallaren sea dado en guarda al Obispo del logar, o a su vicario, e él embíe a dezir por su carta aquel logar, onde el finado era, que aquéllos que con derecho pudieran mostrar que deven ser sus herederos, que vengan o embíen uno dellos con carta de personeria de los otros, e que se lo darán“. Tal fue el interés por difundir la visita de los penitentes a las riquezas y reliquias del templo ovetense que llegó a popularizarse en esta etapa bajo-medieval una famosa coplilla interpretada en León por los juglares peregrinos que recorrían el camino francés a Compostela, desviándose a Oviedo bien a la ida o a la vuelta, y que decía: 50


Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo y deja al Señor. Las atenciones y muestras de acogida a los caminantes se convirtieron en una práctica habitual entre los vecinos de estas montañosas tierras, en especial de aquellos que a lo largo del trayecto llegaban a enfermar o a lesionarse. Con vistas a paliar estas circunstancias, el propio rey Sabio recomendó que “deben otrossí mandar fazer hospitales en las villas, do se acojan los omes que non ayan a yazer en las calles por mengua de posadas. E deven fazer alverguerias en los logares yermos que entendieren que fuera menester, porque ayan las gentes do se alvergar seguramente con sus cosas, assí que non ge las puedan los malfechores furtar nin toller”. Alentaba el monarca para que fueran “los clèrigos y prelados los que preferentemente fueran hospedadores, ca assí lo estableció la Sancta Eglesia”. Es más, si el transeúnte llegaba a fallecer, como ya se indicó, se le hacía una celebración funeraria especial para honrarle, similar a la de cualquier autoridad eclesiástica o de la nobleza.

IGLESIAS POR DOQUIER EN PLENA EDAD MEDIA Recién iniciado el siglo XII, en octubre de 1103, el obispo de la sede ovetense Pelayo (10981129) permuta al conde Ramón de Borgoña y a su mujer Urraca el valle de Folledo con su villa y heredades, por otras llamadas de San Mamés. Este intercambio estuvo realizado con el aval y la confirmación real de Alfonso VI y su esposa Isabel de Francia, a la vez que por otros altos dignatarios. Representó un hecho trascendente para este lugar, uno más de los múltiples que se producirían a lo largo de esta centuria y la siguiente, en la que prácticamente todas las principales localidades hoy conocidas en el municipio gordonés quedaron puestas de referencia para la historia en distintos documentos. Tal ocurrió con Cabornera (1152), Paradilla (1157), Geras (1167), Beberino (1169), Ciñera (1176), Peredilla (1187), Vega (1200, 1248) Nocedo (1197) o Los Barrios (1219)24, que se suman a las ya citadas con anterioridad en siglos precedentes, disponiendo todas ellas de su lugar de culto (ver Plano I, final del capitulo VIII). Las iglesias que se fueron levantando significaban, además, el entorno en cuyo alrededor se venía a desarrollar la actividad religiosa, civil y lúdica de cada una de las poblaciones. Estas iban adquiriendo progresivamente una mayor identidad propia, en muchos casos definida por los santos patronos a los que veneraban, rogándoles por el éxito de sus cosechas y de su vida. Estos solían ser elegidos bien entre los mártires, apóstoles o distintas advocaciones relativas a la Virgen María, además de la propia adoración a Jesucristo o sus santos Misterios, llegándose ya a establecer determinados días señalados para su celebración festiva. A estos templos, quizá los de mayor esplendor y que corresponderían con los principales y más habituales ámbitos de celebraciones litúrgicas, se añadirían otras pequeñas ermitas de las que ya no quedan restos arqueológicos, como fueron la del paraje de Peña Cavera en el Caserío de san Miguel (Fig. 3.15), poblado cercano a Santa Lucía; la de santa María de san Marciel a oriente de la Peña del Castillo de Gordón o la de san Miguel, ubicada originalmente en las proximidades de Los Barrios, siguiendo el arroyo homónimo hacia el sur. 24 Sánchez Badiola, 2003 y 2004.

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Figura 3.15.- Entornos de Peña Cavera, San Miguel y Faya, próximos a Santa Lucía, contemplados desde la base septentrional del Cueto de san Mateo.

También cabe la posibilidad de existencia de un edificio sacro dedicado a san Frechoso 25 en la Portilla (Fig. 3.16 izquierda), unos 3 km al este de la localidad de Huergas, donde se descubren, tanto cerca del alto (en las inmediaciones de la Fuente de la Canal) como en el paraje de La Majada, restos de antiguos muros con algunos bloques pétreos bastante bien escuadrados y alineados que evidencian haber pertenecido a construcciones remotas (Fig 3.16 derecha).

Figura 3.16.- Izquierda, parajes de La Portilla de Huergas y La Majada (en primer término), desde la Carretera a Llombera. Derecha, antiguos sillares de forma paralepipédica, bien labrados, pertenecientes a alguna construcción de tiempos pretéritos. 25

Escobar García (1962) , p. 114.

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Igualmente, adquirió notoriedad la ermita de san Juan, que algunos vecinos sitúan ubicada a unos 1.5 km ladera arriba de Vega de Gordón, una vez atravesado un angosto canal horadado en rocas calizas, así como la que parece ser que existió al suroeste de Cabornera en los terrenos más bajos y protegidos del Puerto de Santa Cruz, después de haber cruzado el Espineo y el collado de Fonfrea (Fig. 3.17). A su vez, podrían haber sido de este tiempo las ya desparecidas capillas de Santiago en la zona de Peñas Negras, al norte de Geras siguiendo el río Casares, o la más próxima al pueblo actual dedicada a san Pelayo. Por último, unos 2 km al sur de Peredilla, en el paraje conocido hoy en día como “Campareto de la Iglesia” situado en la ladera oeste del arroyo de Las Huergas26, estuvo ubicada una ermita o monasterio (ya reseñada en el anterior capítulo) del que se dice se dedicó a San Pelayo27. Por tanto, cabe aseverar que todas las aldeas o concentraciones humanas de este periodo medieval con un cierto desarrollo tenían ya por este tiempo como núcleo aglutinante del crecimiento urbano un monasterio o un templo cristiano, verdadera referencia de cada poblado. Los monjes o clérigos no solo cumplían la misión del cuidado espiritual de los feligreses que moraban por estas tierras, sino también la de acoger a los nuevos vecinos que se iban incorporando, desplazados hacia los lugares reconquistados para trabajar los terrenos de las numerosas posesiones que iban siendo donadas por los reyes o nobles a los estamentos eclesiásticos28.

Figura 3.17.- Paraje de Santa Cruz, donde se ubicó un antiguo poblado, probablemente arrasado por desprendimientos de un grandes volúmenes de piedras calizas.

No obstante las fechas aportadas, no significa que con anterioridad a ellas algunos de estos 26 27

Su cabecera se sitúa al pie de la Peña del Castillo de Alba en el valle de Valdeiglesia. En este lugar con el paso del tiempo se produjeron serias disputas con el vecino pueblo de Nocedo ante el traslado de la imagen de san Bartolomé. 28 Los múltiples y documentados trabajos de Fernández Conde sobre el periodo medieval para el territorio asturiano y su diócesis pueden ilustrar de cómo se habría ido produciendo esta colonización.

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entornos ya tuvieran construidos sus lugares de celebración litúrgica, como así lo confirma el haber hallado en el exterior de la iglesia de san Pedro de Geras una lápida sepulcral del siglo XI (Fig. 3.18) realizada con arenisca ferruginosa29 la cual muestra una epigrafía que expresa: “en el año 1038 llegado el dia 16 de diciembre cuando (…) nendiz murio”. Éste representa quizás el objeto arqueológico de conexión religiosa con fecha de procedencia exacta más antigua de toda la comarca, sabiendo que, por entonces, los enterramientos se realizaban, en su mayoría, en el interior de los edificios sagrados.

Figura 3.18.- Lápida sepulcral ubicada en el pórtico de la iglesia parroquial de san Pedro de Geras.( Foto cortesía de Javier Ordas).

Igualmente, en 1176 se registra una carta privilegio del papa Alejandro III (1159-1181) al monasterio de san Isidoro de León por la cual el poblado de La Vid, junto con heredades de Villasimpliz, Ceneram y sus dos iglesias de un sencillo románico rural, pasa a su jurisdicción (“vilam Vide cum hereditatibus suis et cum duabus ecclesiis unan in eadem villa et alteram in monte ibi iacet eiusdem sancti Vicenti”), quedando por ello adscrito a la diócesis de León. Fue por este tiempo, durante los reinados de Alfonso IX y Fernando II, cuando este lugar de la ermita de san Vicente adquirió notable renombre ante las curaciones milagrosas de las dolencias de varios enfermos, lo que atrajo a muchos devotos deseosos de verse curados, los cuales tenían que superar las grandes dificultades que representaba el acceso a tan escarpado lugar. Así quedó recogido en los escritos de Lucas de Tuy (conocido como “el tudense”), hacia 1239, cuando en su libro De miraculis Santi Isidori30 relata como una mujer vecina de Olleros, que estaba “fatigadísima por tres demonios”, fue trasladada, compadecidos sus familiares, hasta esta capilla “que era eficacísima y muy probado medio para el remedio de muchos males por los méritos del Gloriosísimo martyr, disponiéndolo así Dios”. Resultado de su presencia ante el santo Vicente fue que volvió a su casa sanada de forma asombrosa. Además de todos estos edificios sacros, en estos momentos se mantiene aún una notable afinidad por formas de vida de carácter ermitaño, en las que los monjes o incluso laicos, bien en grupos muy reducidos o en solitario, se instalan en los lugares más recónditos en una actitud meramente contemplativa o de oración. Se han citado cómo en pleno siglo XII aún persistían tales prácticas eremíticas en Gordón en relación con el lugar conocido como Covasevistri, de emplazamiento no precisado, pero que parece hacer referencia a una oquedad próxima a la localidad 29 30

En los parajes situados al norte y noroeste de este pueblo son muy abundantes los afloramientos de rocas de este tipo. Posteriormente traducido, en 1524, por Juan Robles, realizándose recientemente una transcripción y edición facsimilar, en 1992, por Julio Pérez Llamazares, publicada por la Universidad de León.

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de Santa Lucía tan abundante en rocas calizas. Fueron comunes, tanto en la montaña leonesa como en Asturias, las denominaciones de fuentes, manantiales, picos o parajes de montaña, generalmente apartados, que adquieren nombres del santoral o bien aluden a la presencia de un clérigo que hacía vida recogida por sus alrededores. Quizá de aquí provengan tanto la Fuente del Fraile (Fig. 3.19), en Cabornera y otra del mismo nombre en Nocedo, así como el paraje del Pico el Fraile, cercano a Beberino. Otros varios cerros o collados con apelaciones de santos, deben tener similar conexión con la antigua existencia de religiosos asentados en su entorno.

Figura 3.19.- Dos vistas de la afamada Fuente del Fraile valorada por sus ricas aguas ligeramente ferruginosas.

Fue este, por tanto, un momento de gran intensidad religiosa en el que se produce, al igual que en todo el territorio castellano-leonés, un extraordinario impulso por parte de una mayoría de los pueblos en la edificación, ampliación y mejora de sus lugares de encuentro para vivir los ritos litúrgicos. Era un hecho común la aspiración de cada localidad de una cierta relevancia a poseer el mejor y más dotado templo, con los más valiosos ornamentos sagrados que pudieran otorgarle, llegando a entrar en competencia unas con otras. Puede decirse que en el alfoz de Gordón cada iglesia era el edificio más emblemático de cada pueblo, realizado por el vecindario “con el mismo cuidado con el que Dios creó el Universo”. También los filios ecclesiae se desvivían por disponer en sus templos de unas primitivas pinturas31 que sirvieran de atractivo para su visita contemplativa y para transmitir los sentimientos religiosos más sublimes. Igualmente se empiezan a dotar, de forma excepcional en lugares tan modestos como los de Gordón, de esculturas hechas en piedra o madera policromada que tenían con frecuencia una función explicativa de los personajes o acontecimientos evangélicos. Eran una buena ayuda para ilustrar los sermones, que no dejaban de proliferar por esta época con la intención de transmitir el mensaje de Cristo, poner de relieve las virtudes de la Virgen, así como los milagros y forma de vida cristiana de los santos. No faltaba tampoco, con vistas a dar gran solemnidad al culto, el acompañamiento del canto, de cuyo conocimiento tenían ya que dar buena prueba los celebrantes para poder ser considerados merecedores de su cargo. La progresiva imposición de las nuevas realidades arquitectónicas aportadas por el arte románico acentuó, a su vez, la calidad y volumetría de las construcciones, imponiéndose técnicas de cantería cada más avanzadas, con empleo de sillarejo o mampostería en los muros. Algunas iglesias se dotaron excepcionalmente de sillares con un cierto labrado en las esquinas, contrafuertes, 31

Por lo común consistían en el Pantocrator, Cristo crucificado, la Virgen con el niño, apóstoles, alusiones al Apocalípsis, santos mártires propios de la veneración popular, etc.

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pórticos y ventanales. Estos últimos se hicieron un poco más amplios que en periodos precedentes, lo que favorecía una mayor entrada de luz y acabar así con el carácter lóbrego de los templos anteriores, donde sólo resplandecía el fulgor de las velas o antorchas y la claridad que penetraba por el ábside o sus inmediaciones, significando este efecto “la luz de Cristo”. El paso de la nave a este lugar sacro por excelencia llegaba a realizarse, en los templos más nobles, mediante un “arco de triunfo” con vistas a realzar su trascendencia, al ser el entorno donde se ubicaba el altar y se celebraba la consagración eucarística, momento en el cual el sacerdote solía quedar cubierto por una cortina y solo el toque de campanilla o esquila indicaba el acto.

LOS MISTERIOS QUE ENCIERRA LA CAPILLA DE SAN LORENZO Con el estilo constructivo descrito, aunque mucho más sencillo y modesto, puede ser consi­ derada la ermita de san Vicente, hoy de san Lorenzo, cercana a la Vid (ver Capitulo I), quizá la más antigua que, con pequeñas modificaciones exteriores, aún sigue en pie en Gordón. Los materiales pétreos con los que se levantaron las paredes exteriores se obtuvieron mayoritariamente en el en­ torno, resultando dominantes las are­ niscas ferruginosas de color marrón oscuro, extraídas de los cercanos aflo­ ramientos de la Formación San Pedro y, en menor cuantía, las cuarcitas amarillentas y pardas de la Formación Barrios (Fig. 3.11), arrancadas de los crestones inmediatos a donde se cons­ truyó este lugar de oración. Incluso en una de las esquinas del interior de la nave se observa la presencia “in situ” de estas rocas cuarcíticas aflorantes. Además, los escalones previos al altar y los asientos del extremo occidental, son de idéntica naturaleza, estando las paredes revestidas por una capa centi­ Figura 3.20.- Muros exteriores orientados al sur y oeste donde se métrica de cal mezclada con arena y observa la abundancia de mampuestos de arenisca ferruginosa con un posterior enlucido de yeso blanco. tonalidad marrón. En esta ermita existe también algún otro elemento constructivo notable, que se puede asimilar al que se aprecia en algunos templos prerománicos y románicos asturianos de gran trascendencia histórica. Tal es el caso del dintel del arco semicircular del ventanal exterior (posteriormente sellado), sito en la pared septentrional de la ermi­ ta, construido con sillares realizados con travertino o toba calcárea32 (Fig. 3.21). Es indudable que estos fueron obtenidos en las inmediaciones de alguna de las frecuentes fuentes o manantiales que fluyen de las abundantes rocas calizas que existen en los alrededores de Villasimpliz, La Vid y Ci­ ñera, o incluso de otros lugares del concejo donde también abundan los afloramientos calcáreos. Otro tanto se vislumbra en algunas zonas de la bóveda de cañón de la nave interior constituida en parte por estos materiales, que, en virtud de su ligereza y compacidad, eran idóneos para ser coloca­ dos en estos emplazamientos de disposición semicircular33. 32

Esta roca se forma por precipitación del carbonato cálcico procedente de fuentes cuyas aguas manan en rocas calizas. Si este se deposita sobre una densa vegetación circundante de tipo arbustivo o herbáceo, ubicada en su alrededor, cuando la masa vegetal se pudre y muere permanece el esqueleto pétreo dejando abundantes huecos que le aportan gran porosidad. 33 En diversos edificios ovetenses pre-románicos o románicos se observan casos similares de empleo de travertino. Así ocurre en santa Maria del Naranco, san Miguel de Lillo, en la capilla del monasterio de La Vega o en la más tardía Sala Capitular de la catedral de Oviedo (Gutierrez Claverol, Luque y Pando, 2012). Todos ellos han sido considerados Patrimonio de la Humanidad.

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En el interior, la lauda funeraria, ya reseñada en el capitulo I, está colocada sobre una base de losas de cuarcitas y areniscas algo ferruginosas extraídas, a su vez, en el entorno de la ermita. Su hornacina está también realizada con mampostería formada por fragmentos rocosos de similar composición (Fig. 3.22), unidos por una mezcla de cal y arena y, más tarde, revestida por una capa de composición similar a la de las paredes del templo. En ella, algunos escritos interpretan que se han guardado los restos mortales de unos mártires que se identifican con Pelayo y Vicente, mientras que otros consideran que se trata de una autoridad astur, quedando cubiertos mediante una tapa de yeso alabastrino. La composición de esta roca sulfatada con la que se elaboró la cubierta de tal elemento mortuorio hace suponer que vendía transportada desde lugares muy distantes para la época de su colocación, dado que los ámbitos de extracción más inmediatos del mineral de yeso se

Figura 3.21.- Elementos constructivos donde se observa la colocación de travertino en la capilla de san Lorenzo. Izquierda, arco del ventanal ocluido orientado al norte. Derecha, zona de bóveda del interior.

situaban a poco menos de un centenar de kilómetros, en lo que por este tiempo ocupaba una parte de los alrededores de la ciudad de Oviedo (paraje de Llamaquique), existiendo claras referencias de explotación de este producto desde épocas muy remotas y a lo largo de cerca de 700 años34.

Figura 3.22.- Mampuestos de arenisca ferruginosa y cuarcita visibles gracias al desconchado del estuco en el lateral septentrional del sarcófago.

34 Las canteras de Llamaquique, ubicadas en la zona oeste del Oviedo medieval, han sido explotadas durante un gran intervalo temporal, estando bien documentadas desde el siglo XIV hasta finales del primer tercio del XX (Gutierrez Claverol et al, 2012).

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Sobre la cubierta de este objeto sepulcral todavía quedan notables incógnitas: ¿como y cuando se trasladó hasta este lugar tan abrupto una tapa de alabastro con dimensiones de 2,25 m de largo, 1 m de ancho y 0,35 de alto, y por ello de tan elevado peso? Desde luego debería de haberse hecho de manera muy cuidadosa con ayuda de un carro tipo “forcao” tirado por una pareja de animales, fuera de bueyes o caballerías, y a través de un camino de inferior pendiente –y por ello de más largo recorrido– de aquel por el que se accede hoy en día desde las inmediaciones de la iglesia de La Vid. Por ello, no sería ilógico pensar que se iniciara cerca de donde se ubica actualmente el apeadero de Renfe, ascendiendo de forma progresiva ladera arriba hasta alcanzar las inmediaciones de la ermita, o bien, desde la inmediata localidad de Villasimpliz siguiendo la senda actual. El traslado en su pedregoso y agreste tramo final de aproximación al lugar sacro cuenta la leyenda que se efectuó a lomos de una caballería. La existencia de unas marcas (petroglifos) en forma de herradura (Fig. 3.23) grabadas en los afloramientos rocosos del entorno, supone la tradición que han sido impresas por las pisadas de un équido durante su trayecto, lo cual añade un nuevo interrogante a la interpretación de estas curiosas huellas. La aparición de este tipo de marcas no es exclusivo de este paraje, dado que en Asturias se han descrito, entre otros, en lugares cercanos a Oviedo (Picu Berrubia)35 considerándose siempre como inscritas sobre la piedra con posterioridad a la dominación romana, por ser estos pobladores los que incorporaron en nuestro país el herraje a las caballerías.

Figura 3.23.- Una de las marcas de herradura visibles en los afloramientos cuarcíticos de acceso a la ermita.

Respecto al estadio original del emplazamiento del sarcófago36, cabe indicar que los ya citados de Ithacio y de Gontrondo Petri ubicados en Oviedo (ver capítulo I), cuando menos se atribuyen a los momentos finales de la monarquía asturiana (reinando Alfonso III el Magno). Si coincidieran en el tiempo con el de La Vid establecería una fecha hipotética sobre el instante más remoto de implantación del correspondiente a esta capilla entre mediados del siglo IX y principios del décimo. Por otra parte, en la vertiente septentrional de la tapa, se distinguen unas inscripciones inconcretas y unos elementos decorativos marcados con pintura rojiza que están parcialmente recubiertos por revestimientos posteriores realizados con yeso cocido blanco que con el tiempo adquiere un aspecto pulverulento (Fig. 3.24). Atendiendo a la morfología de las escasas letras que se identifican de manera entrecortada (Y Spir....) y a los dibujos ornamentales en forma de uve que, en 35

Tales grabados fueron descritos en 1974 por el Catedrático de Historia antigua y Prehistoria de la Universidad de Oviedo Miguel Ángel de Blás Cortina, al que agradezco sus lúcidos comentarios. 36 Que tiene adosada el ara votiva, con inscripción en latín, ya narrada en el capítulo I.

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su parte inferior y de forma encadenada, acompañan al texto, corresponderían a una época bastante más tardía37, que probablemente sería de finales del siglo XV o a lo largo del siguiente. Trazas de esta tintura rojiza también parecen entreverse en la zona del altar lo que podría corresponder a algunos dibujos antiguos de temática sacra, ya desaparecidos al ser recubiertos por reformas postreras, muy en particular cuando se produjo el reciente revestimiento de las paredes mediante estucado y encalado de color blanquecino. Desde luego este frontal sería un lugar propicio para incorporar pinturas alusivas a los santos que se veneraban. Finalmente, la inclusión de este edificio cultual en el fuero de 1210 establecido por el rey Alfonso IX, una vez que se hubiera firmado cuatro años antes el tratado de Cebreros 38, señala otra fecha orientadora sobre el posible momento de colocación de este elemento funerario. De poco tiempo después sería la referencia de Lucas de Tuy ya descrita con anterioridad. En resumen, todo parece indicar que la construcción de este sarcófago en el interior de esta ermita debe de corresponder a un momento temporal en pleno Medievo, aunque estuvo sujeto a modificaciones posteriores tales como inscripciones dibujadas en su cubierta y enlucidos postreros con lechada de yeso blanco.

Figura 3.24.- Enigmáticas inscripciones y adornos, parcialmente recubiertas, realizadas con pintura rojiza, en la tapa del sarcófago.

No a mucha distancia de esta ermita, aunque a inferior cota, estaba la legendaria “Cueva del Culiebro o Culubro”39, donde moraba un ser mítico identificado con una gran serpiente que se alimentaba del ganado que le llevaban los aterrados moradores del entorno con vistas a evitar sus estragos (Fig. 3.25). Llegó a ser matado, según la leyenda, por San Llaurente, al que acompañaban sus gloriosos santos Vicente y Pelayo muertos, estos últimos, durante el enfrentamiento y enterrados con posterioridad en el interior de la ermita40 una vez que el vengador de la bestia se encontró en el camino a la caballería que portaba el arca de alabastro, lo que consideró como una prodigiosa 37

Según el criterio de Miguel Calleja Puerta, profesor de Paleografía y Diplomática del Departamento de Filología antigua de la Universidad de Oviedo 38 Además, en 1207, le había concedido a la reina Dª Berenguela las rentas de varias poblaciones entre las que figuraban las de Gordón, Luna y Arbolio (A.C. León n.º 1075, orig. Y 29). 39 Sobre los acontecimientos ocurridos con esta bestia mitológica dejó referencia por escrito en 1574 el Abad de san Isidoro Pedro de Zuñíga y Avellaneda. 40 Escobar García (1962, pp. 146-148).

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actuación divina a su favor. La tradición oral indica que aquel que se atreviera a profanar esta tumba abriendo su cubierta perdería la vista41, dicho amenazante que no es exclusivo de este túmulo funerario ya que era una manera antigua de preservar los enterramientos de personas significadas. Otra particularidad que incrementa aún más el interés histórico y la curiosidad de este emplazamiento religioso con un sabor ancestral tan misterioso y lleno de curiosidades.

Figura 3.25.- En la parte inferior y media de la foto aparecen algunas de las frecuentes oquedades que se observan por debajo de la ermita en los crestones cuarciticos, a las que hay que añadir las existentes en las inmediaciones del curso del rio Bernesga.

Se dan, por tanto, en este entorno unos componentes paganos, constituidos por querencias ancestrales pre-cristianas, propias por tanto de tiempos muy remotos, tal como ocurre con la cueva –identificada antiguamente con un lugar infernal y no dominado por el ser humano– donde además habita un reptil considerado como una bestia peligrosa y dañina, asimilado con un ser demoníaco ya desde el Génesis o, más tarde, en el Apocalipsis 42. La posterior intervención salvífica de hombres llenos de santidad conecta con elementos ceremoniales cristianos, en los que la bondad triunfa sobre el mal, reflejando, a su vez, la victoria del cristianismo sobre el paganismo. Todo ello completa una historia de existencia de seres ficticios o legendarios que se repite con cierta asiduidad en la época medieval en otros lugares del territorio europeo y con el generalizado caso de algún santo de la Iglesia universal. Así ocurre, por ejemplo, con san Jorge, en cuya biografía se narra su valerosa lucha con un dragón, teniendo cierta significación entre la feligresía a partir del siglo IX y extendiéndose su popularidad en el XIII. Puede concluirse que, en este singular, llamativo y emblemático entorno, bien visible desde las inmediaciones de Villasimpliz, al estar en un paraje elevado y desde el que se domina una amplia unidad territorial a ambos márgenes del rio Bernesga, coincide una muy interesante conjunción de la religiosidad pre-cristiana y cristiana, digna de ser resaltada y estudiada con mayor detalle43. 41

En la actualidad existen técnicas físicas (georadar, microtomografía eléctrica, láser, etc.) que permitirían explorar lo que contiene el interior de este recipiente funerario con un notable grado de certeza y sin llegar a alterarlo. 42 Esta conexión entre una cueva y un ser monstruoso similar al aquí descrito se da también en varios lugares de Asturias, denominando habitualmente a la bestia como cuélebre. Según comentario oral de Miguel Angel de Blás Cortina, catedrático de la Universidad de Oviedo, el cual mostró un gran interés por gran significado histórico de este lugar. 43 Tantos elementos constructivos, míticos, religiosos y de belleza del paisaje como se dan alrededor de esta ermita hacen de este paraje un objetivo que merecería una mayor divulgación cultural y turística, así como una mejor adecuación y preservación de este lugar, facilitando y señalizando sus accesos.

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ORÍGENES Y FUNCIONES DEL CARGO DE ARCEDIANO Cuando se aborda durante el siglo XII la organización jerárquica de la administración eclesial, dentro de la sede episcopal de Oviedo, tiene lugar un hecho trascendental en la historia de Gordón al haber sido considerado este ámbito como arcedianato y tener adscrito al mismo la singular figura del arcediano, que correspondía a una dignidad eclesiástica de plena confianza de la autoridad episcopal al que se le daban grandes atribuciones sobre un extenso territorio de la diócesis. Con el conjunto de ellos se estableció, en un principio, una cierta organización con carácter monástico. Su elección correspondía, no obstante, al cabildo a la que el propio obispo otorgaba su visto bueno definitivo. La vida futura de los acontecimientos religiosos en este ámbito geográfico de la montaña leonesa quedará señalada durante varios siglos por esta decisión. En Hispania los arcedianos ya empiezan a estar presentes entre las órdenes principales desde la época visigoda como “segundo del obispo”. Las falsas actas del más que discutible concilio de Oviedo de tiempos de Alfonso III, esto es, a finales del siglo IX, ya relatan la existencia de una incipiente organización parroquial expresando: “queremos que con consejo del Rey, y de los principales del Reyno y de toda la Yglesia, se elijan arcedianos, Clérigos de buena fama, que yendo visitando por los Monasterios y todas las Yglesias, celebren Sinodo dos veces al año, y destruyendo la zizaña den al pueblo de Dios buena simiente con su predicación”. Casi coincide con la noticia de una donación realizada en el 896 a la iglesia de Oviedo por Gonzalo, hijo de este magno rey y su esposa Jimena, del que se indica que era “arcediano” de la misma1. No obstante, es a partir del Concilio de Coyanza2 en 1055, en el que participó el obispo ovetense Froilán (1035-1073), cuando se concreta el “cuidado que debían de tener los arcedianos y presbíteros en cumplir lo que se establecía en los Sagrados Cánones acerca de la penitencia que debía imponerse a los que se hallasen reos de los pecados”. Con todo lo indicado, en esta sede diocesana astur no comienza a considerarse como realmente relevante su actividad pastoral y jurisdiccional hasta el mentado Concilio de Oviedo de 1115, entre cuyas actas ya se incorporan algunas de las funciones de estos destacadas figuras de la Iglesia. Dos años más tarde el activo obispo Pelayo decide concretar con carácter definitivo los límites del importante arcedianato de Oviedo y señalar las parroquias de las que su subordinado debía realizar el control religioso y administrativo. A partir de entonces estas dignidades vienen a adquirir una cierta difusión entre los clérigos y la feligresía, cuando el prelado Martinus II (11431156) demarca el arcedianato de la sede episcopal ovetense, situando el límite meridional con el que con posterioridad sería el de Gordón cerca de la localidad de Olloniego. Pese a que no se tiene registro de la fecha exacta sobre la creación y puesta en marcha del de Gordón, se dispone de una referencia de tiempos de Fernando II (1158-1188) por la que se hace alusión a él cuando en 1180 se reduce a la mitad el peaje del portazgo a la diócesis ovetense, así como alguna otra velada mención al territorio arcedianal, haciendo hincapié del importante papel de intermediación ante la sede episcopal leonesa y sobre decisiones importantes que se tomaban en la capital del reino de León. También se conoce un documento del año 1200 relativo a un tal Pelagio (Pelayo) como archidiaconus gordonesis, lo cual significa que para esta última fecha dicho territorio, al igual que algún otro (p. ej. Benavente), estaba ya delimitado geográficamente siendo la localidad de Parana (Lena de Suso) –donde se encontraba la iglesia de santa María– su centro geográfico. Este mismo año tal arcediano interviene, junto al obispo de Oviedo Juan Gonzalez (1189-1243), en un pleito entre los hermanos Rodericus y Urraca Aprilis contra Sancia Petris por una heredad en una localidad de su jurisdicción en el municipio de Lena. En los comienzos del siglo XIII esta institución alcanza ya notable apogeo, existiendo 1 2

Libro Gótico, folio 23 vº. En la actualidad esta localidad corresponde a Valencia de Don Juan.

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referencias de cómo hacia 1225 se había destinado a Lorienzo Perez para ejercer diversas funciones de gran relevancia en representación del referido prelado en los dominios eclesiásticos gordoneses, al igual que poco después se había designado para este cargo a un tal Rodrigo Martini (ver Apéndice n.º 1). El hecho de haber sido elegido este dominio al sur de la cordillera como base para un arcedianato que controlaba además un amplio sector de Asturias es muy probable que haya tenido un marcado carácter estratégico, debido a estar cercano a la corte regia instalada en León. De esta forma la autoridad diocesana podría disponer de “una cabeza de puente” con la ciudad, donde se dilucidaban los principales asuntos del reino.

Figura 4.1.- Fragmento del Mapa Diocesano de Oviedo, de 1894, dibujado por el delineante Julio Vallaure. que muestra los tres dis­ tritos del Arciprestazgo de Gor­ dón, y que se guarda en el Archi­ vo diocesano de Oviedo. Pueden observarse a septentrión - limitan­ do con Asturias - el territorio de Argüello; en el centro, en azul, Gordón; y al sur, en amarillo, Alba.

Es a partir de mediados del siglo XIII cuando estos notables cargos están ya plenamente consolidados como componentes del cabildo ovetense y el mapa del dominio eclesial completado para la mayor parte de la diócesis asturiana, comprendiendo entre cuatro y seis arcedianatos –entre ellos los de Benavente en tierras de Zamora, a la vez que los de Gordón y Babia en la montaña leonesa– a los que se suma el de Oviedo ligado a la basílica del Salvador como sede episcopal. Cada una de estas unidades eclesiales estaba, a su vez, dividida en otras más pequeñas, los arciprestazgos, que agrupaban un buen número de parroquias pertenecientes, por lo general, al mismo alfoz. Del arciprestazgo gordonés (Fig. 4.1) pronto se tienen noticias de haber incorporado bajo su tutela las demarcaciones de Alba y parte de las de Argüello, que ocupaban la cabecera del río Bernesga, en razón de la escasa entidad de sus parroquias. Nuevas noticias acontecen en 1267, momento en el que el obispado, que controlaba los dominios de Folledo, Santa Lucía y Huergas, concede licencia al arcedianato de Gordón, regido por Pero Menendez, para llevar a cabo una recaudación especial destinada a la realización de las obras del monasterio de san Isidoro de León. Como se ha indicado, ya desde los primeros momentos, una de las funciones del arcediano era la de visitar, en funciones de delegado del obispo, las parroquias, cenobios y monasterios con el fin de “ordenarlas e oyr los pleytos que y acaescieren, e pertenescieren a juycio de Sancta Eglesia. E han poder sobre los Clérigos q. y fueren de los juzgar, e castigar e fazer emendar los males que fizieren en si, e in otri... e dévenlos enseñar como bivan ordenadamente, e fagan bien su oficio. E 63


deven predicar al pueblo e enseñarles las creencias, e mostrarles como se sepan guardar de los pecados. E deven examinar los Clérigos, cuando se vinieren a ordenar, si saben leer y cantar e construyr, e si son tales q. merezcan aquella Orden q. demandan, e presentarlos al Obispo”. Hasta tal punto llegaba su autoridad que disponían de la potestad para castigar, e incluso “descomulgar”, tanto a los clérigos incumplidores de sus funciones o de vida disoluta, como a los legos. Esta dignidad tenía a su vez la misión de transmitir a todos sus subordinados, clérigos y monges de sus dominios, las nuevas directrices doctrinales y consignas dictadas desde Roma o desde el obispado, así como velar por la integridad de la fe de los bautizados. De esta forma, por este tiempo ya se había establecido en siete el número de sacramentos, a la vez que dado un gran impulso en la devoción a la Eucaristía con la promulgación de la festividad del Santísimo Sacramento. Se consideró necesario incidir en la trascendencia de las celebraciones de Adviento, Cuaresma y Pascua, siendo apremiante hacer hincapié en la obligación de la comunión pascual, a la vez de realizar, como mínimo, una confesión al año. Además de todo esto, hubo una gran preocupación por alentar la devoción hacia el Cristo doliente, haciéndose en paralelo con los sufrimientos de la Virgen María. Por ello, en la iconografía del momento no faltaron los calvarios y las imágenes del vía crucis. La notable proliferación de liturgias particulares (visigoda, mozárabe, etc.) sirvió como incentivo para establecer una que fuera unificadora en todos lo territorios eclesiásticos y por ello se eligió en exclusiva la romana, proclamada en lengua latina. ¿Cómo llegaban todas las nor­ mativas dictadas desde la Sede papal y/o episcopal a las masas de campesi­ nos de los pueblos del arciprestazgo de Gordón de una forma sencilla y a­ sequible? Como es lógico pensar, dado que esta estructura piramidal quedaba ya perfectamente organizada, los arce­ dianos fueron primero inculcando al clero secular de las parroquias de todo ello a través de cada uno de sus arci­ prestes y este estamento local, a su vez, se veía en la imperiosa obligación de ir adoctrinando de forma verbal y Figura 4.2.- Sala Capitular de la catedral de Oviedo, de estilo gótico clasicista progresiva a los distintos feligreses bajo su control. Mensualmente este cargo exponía ante el obispo las actividades desarrolladas con los efectos alcanzados en la piedad de los fieles. Pero además cada anualidad, coincidiendo con la festividad de san Esteban Protomártir, daba completa cuenta al cabildo, en reunión celebrada primero en la basílica del Salvador y, más tarde, a partir de 1314 en la recién construida Sala Capitular 3 (Fig. 4.2). Explicaba así todos los logros espirituales, a la vez que los bienes y beneficios conseguidos en la gestión de las parroquias bajo su autoridad. En estos encuentros está documentado que, a mitad del siglo XIV, participaban los arcedianos de Gordón Alvaro Gonzalez de Valcarce (1342), poco después Alonso Gonzalez (1360) y, casi culminando la centuria, Pedro de Morllón (1379-84) 4; también recién entrado el siglo siguiente lo hacían Rui Martinez (1404) y, poco tiempo después, Pero de Moillo (1421). De los fondos económicos recogidos por estas dignidades tomaban control diez canónigos de conducta irreprochable. Era frecuente que estas autoridades participaran en otras actividades no pastorales, como las de testificar ante los escribanos en protocolos notariales de otros miembros de la Iglesia5 o dar fe y conocer los acuerdos de las sesiones capitulares de la diócesis. 3 4

5

Esta sala se inició siendo obispo Fernando Alfonso (1295-1301) después de un generoso donativo de éste que ascendía a 2.000 maravedís, según consta en el Libro de Kalendas III, fol. 153 v. Este arcediano de Gordón tuvo una gran relevancia bajo la prelatura del significado obispo Gutierre de Toledo, del que llegó a ser ejecutor testamentario. Así sucedió en 1274 con el arcediano gordonés Pedro Menendiz que participó como testigo en el testamento del de san Salvador.

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Otro hecho trascendente de la cristiandad de los siglos XI al XIII fue el intento de reconquis­ tar los santos lugares ocupados por los infieles del Islam. No obstante, a los nobles y moradores per­ tenecientes a los ámbitos de la montaña central leonesa bastante les ocupaba con participar en las batallas propias de la Reconquista de los territorios de Al-Ándalus, intensificadas durante los man­ datos de Alfonso IX de León (1188-1230) y de Fernando III (1217-1252), este último unificador de­ finitivo de los reinos de Castilla y León. Por este motivo, no cabe duda que desde la diócesis se alentó, a través de los arcedianos y demás clérigos, un espíritu combativo para los llamados a gue­ rrear canalizado bajo un sentido religioso, aunque se impedía a los militantes cristianos participar en las luchas durante determinadas épocas del año, en particular por Cuaresma y Pascua. En los monasterios el arcediano tenía como principal función confirmar el grado de cumplimiento que los abades exigían a sus monjes de las reglas propias de su orden. Estas estaban basadas, sobre todo, en la sencillez de su conducta, austeridad, pobreza y una espiritualidad intensa, a las que invitaba por entonces la reforma cisterciense desde finales del siglo XI. Se trataba así de corregir los abusos (investiduras y simonía) y otras desviaciones que conducían a una relajación moral que con harta frecuencia se venía produciendo en la vida monástica.

SE ACRECIENTA LA IMPORTANCIA DE GORDÓN Este singular reconocimiento diocesano del arcedianato representó un impulso definitivo para este marco, acentuando sobre el agrupamiento de población que se había establecido en las cercanías del Castillo su carácter de capitalidad administrativa y religiosa. El presbítero responsable de pastorear la comunidad cristiana de este entorno fue, con frecuencia, elevado a la categoría de arcipreste de Gordón, teniendo una relación directa y casi permanente con el arcediano. Desde su arciprestazgo se centralizaron las funciones eclesiásticas, pasando a depender de su control, como ya se indicó, un gran número de parroquias de Argüello y Alba, cuyos párrocos debían darle razón, al menos una vez al año, de las más notables incidencias, tales como la recepción de los sacramentos o la marcha de las recaudaciones, obras y finanzas. Todo ello a pesar de que con la expansión hacia el sur y la conquista de las capitales y ciudades al sur del río Tajo, se redujo al mínimo la importancia defensiva de los enclaves de la cordillera entre Asturias y León, ya que sus pueblos permanecían totalmente pacificados. Por ello Alfonso IX de León determinó a partir de 1217 derruir la fortaleza, concluyendo la operación en tres años, después de haber estado bajo el dominio de su esposa Berenguela, previamente a la disolución de su matrimonio por el papa Inocencio III (1198-1216) en 1203, alegando parentesco entre los cónyuges. Con esta ruptura se ordena pasen también a las órdenes civiles del rey leonés los alfoces de Luna, Gordón y Argüello, entre otros, con la intención de trasmitírselos después al futuro monarca Fernando III. Empieza entonces a adquirir el poblado ubicado en las márgenes del río Bernesga una mayor amplitud urbana manteniendo además la capitalidad del alfoz, favoreciendo así que se instalase la iglesia parroquial de santa María, a poniente del núcleo de población, en detrimento de las funciones religiosas de la de san Marciel. A mediados del siglo XIII estaba ya registrada en la diócesis ovetense una parroquia en La Puebla de Gordón, coincidiendo en el tiempo con el acta de otorgamiento de 1248 por parte del rey santo Fernando III (Fig. 4.3) reconociendo esta titularidad para el núcleo de población que administraba el concejo previamente establecido, en 1236. Este monarca da la orden el 26 de junio de 1248, tras su reconocimiento, de que “la Puebla de Gordón y otras pueblas (Llanes, Villanueva, Puentes del Fierro) et los concejos et a todas las villas de Asturias para que respeten las franquicias de los vecinos de Oviedo, no tomando portazgo ni exigiendo gabelas”. En esta concesión es muy probable que hayan tenido una notable influencia frente a la corona el cabildo y obispos de la mitra de Oviedo, Fernán Alonso.

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ovetense, muy interesados en mantener estrechos lazos con la influyente capital leonesa y su diócesis. Esta decisión fue trasladada posteriormente por Fernando IV el 12 de enero de 1306 residiendo en Jerez.

Figura 4.3.- Retrato de Fernando III el Santo, de Esteban Murillo, expuesto en la catedral de Sevilla

Este entorno había pasado, por tanto, de tener una gran influencia desde el punto de vista militar y defensivo, a poseerla más acrecentada si cabe, desde la perspectiva eclesial, jurisdiccional y comercial, con la celebración de un mercado todos los jueves, así como una importante feria anual. Representaba además el soporte territorial del distrito rural o alfoz constituido por una serie de pueblos –casi todos ellos identificables hoy en día– que en conjunto se veían aún sometidos a procesos tardíos de repoblación y asentamiento de sus gentes. Su sucesor, el rey Alfonso X el Sabio (1252-1284) donó, a los dos años de su mandato, a los obispos y a la diócesis de Oviedo todas las iglesias de las pueblas que había ordenado hacer en su jurisdicción y las que mandase construir en adelante, reservándose su patronazgo. Poco después autorizó a los prelados a “fazer pueblas ennas suas tierras (…) e que fiziessen juyzes e alcalles que fuessen sus vasallos assi como yeran antes que fuesen poblas”. Este mismo monarca dictaría el 30 de noviembre de 1280 un albalá6 para que “los portazgueros de la Puebla de Gordón no cobraren tributo a los vecinos de Oviedo a su paso camino de Astorga y Benavente”. Por otra parte, con la delimitación territorial definitiva del arcedianato de Gordón quedaron a él incorporados nada menos que siete arciprestazgos. Además de este mencionado, se incluían los de Lena de Suso (arriba), Lena de Yuso (abajo), Aller, Langreo, Laviana y Caso, con un total de 111 parroquias (Tabla I) reconocidas en documentos del siglo XIV7 y celosamente guardados en los archivos de la catedral (Fig. 4.4). 6 7

Esto es, una carta de concesión. Originalmente recogidos en el Libro Becerro (1386), guardado en el Archivo Capitular de Oviedo

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Tabla I.- Parroquias pertenecientes al arcedianato de Gordón Gordón

30

Lena de Suso

19

Lena de Yuso

19

Aller

17

Langreo

8

Laviana

9

Caso

9

Figura 4.4.- Sala principal del Archivo Capitular de Oviedo (ACO). A la derecha, “Armario Grande”, donde se guardan muchos de los documentos históricos más antiguos.

Tal como quedó recogido, bajo la tutela del arcipreste de Gordón estaba el mayor número de unidades parroquiales del arcedianato, las cuales, manteniendo sus ancestrales denominaciones, eran las siguientes: santa María de Casares, san Miguel de Montosa y san Mames de Coviellas (las tres atendidas por el abad de Arbas), san Justo de Boyza, san Iohan de Folledo, santo Eugenio de Alcedo, santa Maria de San Martiel, san Martino de Bergas, san Martino de Villasenpliz, san Pedro de Geras, san Iohan de Cabrunanna, san Cipriano de Pobladura, santa Maria de la Pobla de Gordón, san Pedro de Cascantes, san Martino de Quadros, san Pedro de Sorribos, san Miguel de Olleros, san Iohan de Paradiella, santa Columba de Alva, santa María de Vega de Gordón, san Iohan de Nozeda, san Martino de Pobladura, san Miguel de Canplongo, Santianes de Tonín, san Pedro de Ruydiermo, san Pedro de Villanueva8, Santa Lozia, santa María de Ruytallada, san Martino de la Seca, san Pedro de Gordón y san Andrés de Ventosilla (también llevada por el abad de Arbas). A todos estos templos parroquiales se unía un buen número de ermitas, entre las que cabe citar las de san Juan Degollado en Vega, ubicada en el entorno conocido como Campo de San Juan; la de Santiado de Geras; la de san Miguel, en Santa Lucia y san Miguel en Los Barrios de Gordón, entre otras. Simultáneamente habría que añadir el control y gestión sobre las abadías de santa María de La Seca y la ya reseñada de Arbas, emplazada en los limites entre Gordón y Lena de Suso, regentada por un prior. Ya apenas queda constancia de los monasterios otrora pujantes de la collada de San Antón (Buiza), Huergas y Puente de Alba, este último localizado en los recónditos parajes de “Monte los Frailes” y “El Soito”, con cierta probabilidad identificable con el de san Cipriano. Como puede observarse en esta relación, continúan sin aparecer incorporadas a la diócesis astur la iglesia de La Vid dedicada a san Iohan Baptista, así como la ermita de san Vicente, que 8

En esta relación, las cinco parroquias relatadas con anterioridad (incluida esta de Villanueva) estaban representadas por el abad de Arbas.

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seguían perteneciendo a la jurisdicción eclesiástica de León y correspondiendo a una de las heredades del monasterio isidoriano. Así, está registrado como, a principios del siglo XIV, Iohan Perez morador de la localidad de Çenera9 pagaba anualmente un tributo de siete maravedís al abad de san Isidoro en razón de la concesión de unos terrenos de cultivo otorgados por la citada ermita. Tampoco figura en este listado la iglesia dedicada a santa María localizada en Llanos de Alba “entre el Castillo de Alba y el rio Uernesigam” y que estaba adscrita también a la diócesis leonesa, una vez que había sido ofrecida ya en 1095 por los vicarios Cristobal Justiz y Pedro Julianiz. Según se desprende del citado Libro Becerro10 la “presentación” de algunos curatos o capellanes adscritos a las iglesias parroquiales del arciprestazgo de Gordón 11 era realizada por la más alta dignidad eclesial, como sucedía con los de “las parroquias de san Iohan de Folledo, san Miguel de Casobre...? (al cabo de Santa Lozia), san Martino de Bergas, san Cipriano de Pobladura, san Martino de Quadros y santa Engracia de Cabo el Rio, que son “acollacion e instituycion del Obispo”, mientras que para otros como “san Martino de Villasenpliz y Santa Lozía husala apresentar el prestamero de la eglesia de Oviedo”, esto es, un representante del cabildo, cuya corporación mantenía una gran vitalidad ya desde el siglo XIII. El número de curatos que estaban registrados en el arcedianato de Gordón, distribuidos por arciprestazgos, superaba también al del resto, tal y como se recoge en la Tabla II. Tabla II.- Clérigos incorporados a las parroquias del arcedianato de Gordón en el Siglo XIV. Arciprestazgo

N.º de curatos

Presentados por el obispo

Presentados por el cabildo

Gordón

32

6

2

Lena de Suso

21

2

7

Lena de Yuso

19

3

4

Aller

20

-

2

Langreo

8

ninguno

5

Laviana

9

-

-

Caso

9

-

-

118

11

20

TOTAL

La gran extensión territorial de este arcedianato obligaba a su dignatario Martin Lópiz en 1303 a realizar largos viajes desde su residencia oficial en Oviedo, generalmente sobre caballería, reservando para los periodos estivales las visitas a aquellas parroquias emplazadas a cotas más elevadas para evitar los riesgos de nevadas en sus desplazamientos. Tales eran, sobre todo, los casos de los arciprestazgos de Gordón o de Lena de Suso. Este último incluía las iglesias de san Christoval de Tuyza, santa Maria del Campo, santa María de Telledo, Santianes de Pinnera, san Miguel de Çureda, san Antolín de Sotiello, san Pedro de Jomencana, san Clodio de Herias, santa Ovenia de Moreda, san Clemente de Folgueras, santa María de Castiello, san Miguel de Pajares, santa Olalla de Ruanueva, Santiago de Llanos, santa María de Orria, san Martino de las Pontes, santa Maria de Congostinas, santa Eugenia de Llaneces, san Iohan de Malvedo, santa María de Campumanes y santa Eugenia de Tios. De igual manera, algunas parroquias del arciprestazgo de Aller no ofrecían grandes facilidades de movimiento en el invierno al estar situadas en lugares bastante elevados. 9 10 11

Denominación primitiva del actual pueblo de Ciñera. Folios 330 v 333 r. En este tiempo bajo-medieval estaba también muy asentado el derecho de presentación por parte de los laicos, señores, entidades o comunidades parroquiales y en el arcedianato de Gordón llegaba a ser hasta de 41 capellanes, un número superior al del obispo y cabildo juntos. Incluso a veces las presentaciones eran compartidas.

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Las épocas otoñales y de primavera eran las más propicias para recorrer los arciprestazgos de Lena de Yuso, Langreo, Laviana o Caso que, por lo general, tenían sus pueblos emplazados en lugares de más baja altitud. Algunas parroquias del primero de ellos, como san Iohan de Mieres, santa Maria de la Rovellada, san Pelayo de Olloniego o Santiago de Aguera, estaban ubicadas casi a las puertas de la ciudad de Oviedo por lo que su visita era muy fácil. Con todo, era tal el número de iglesias, monasterios, curas, diáconos, abades y monjes a controlar que pronto hubo necesidad de contar con el apoyo de uno o más vicarios que fueran en su representación –como ocurrió en 1312 bajo el arcedianato de Diego Alfonso–, en especial cuando avanzaba la edad. No obstante, lo que se inició como un intento de distribuir funciones pastorales a la vez que de control de la vida religiosa y de los clérigos de la diócesis se convirtió desde el último cuarto del siglo XIII y casi todo el XIV en un nuevo ámbito de poder mundano, adquiriendo los arcedianos tan alto grado en el escalafón que se convirtieron en un estamento de dominio, con frecuencia solo atraído por las riquezas y el afán recaudatorio, e incluso sometido a una notable relajación moral. No era extraño que en muchas localidades fueran acogidos en medio de dispendiosas recepciones y exagerados gastos. Coincidió con un intervalo temporal de gran relajamiento y confusión en la generalidad de la Iglesia, que sin duda habría tenido su influencia negativa en la vivencia de la fe del noble pueblo llano gordonés. En cada parroquia de este arcedianato ya se habían empezado a institucionalizar desde mediados del siglo XIII las celebraciones litúrgicas festivas relacionadas con su santo patrón, en las que destacaban dos momentos clave de las mismas: los encendidos sermones y las procesiones, complementarios a la Santa Misa. Se hacía especial hincapié en orientar al pueblo fiel en toda una serie de prohibiciones, como eran entre otras: evitar jurar por Dios y por la Virgen, no blasfemar, eludir las prácticas de brujería y magia o advertir sobre el comportamiento de los jóvenes en las diversiones. Allí donde había posibilidades económicas se llegaba incluso a contratar la misión de predicar a frailes de órdenes mendicantes 12, que empezaban a gozar de una gran aceptación por su brillante y apasionada oratoria. Sobre todo los seguidores de san Francisco 13, que solían oír también confesiones, alcanzando enorme éxito pues muchos feligreses no se atrevían a hacerlo con sus curas habituales en razón de su vecindad. A mediados de esta centuria empieza a hacerse muy común y aceptada la creencia en el purgatorio, esto es, en aquel lugar temporal donde el alma debería purificarse de sus pecados, previamente a llegar al cielo. Ligada a ella se generalizan todas las prácticas relativas a los sufragios por los difuntos, las oraciones y misas de funeral por las ánimas, así como la cada vez más generalizada petición de indulgencias destinadas a purificar las penas de los fallecidos. En sus transmisiones hereditarias se empiezan a destinar ciertas cantidades de dinero o de especies dirigidas a estos fines, incrementando de esta forma el poder económico de las iglesias. También, a finales del siglo XIV, el arcediano de Gordón tiene que dar cuenta a los curas que se hacen cargo de las parroquias de la sustancial modificación que se establece a la hora de impartir el sacramento del Bautismo, al ir abandonando progresivamente el original sistema por inmersión y pasar a emplear el de infusión, esto es derramando el agua sobre la cabeza del neófito. Por tal motivo, se generaliza la implantación en el interior de las iglesias, sobre todo a lo largo de los dos siguientes siglos, de la pila bautismal, ubicada en un lugar significado del templo. En este intervalo de tiempo, por tanto, se podría haber instalado el muy vetusto baptisterio de la parroquia de san Pedro de Geras (Fig 4.5), estando realizado su vaso de morfología cilíndrica con toba calcárea, el cual lleva talladas dos cruces petadas (esto es, con sus cuatro brazos estrechándose hacia el centro). Ofrece unas grandes dimensiones, con un diámetro de copa cercano al metro14. Quizá puedan ser también de este transcurso temporal la de Buiza, con un trabajo de ornamentación muy depurado, así como la de Folledo, algo más tosca. 12 13 14

Destacaban sobre manera los dominicos o los franciscanos Estos vestían túnicas grises ceñidas con cordones y caminaban encapuchados descalzos como signos de gran humildad . Desde tiempos del obispo Fernando Álvarez (1302-1323) ya se había establecido en una reunión sinodal el “urgir a los clérigos a impartir el bautismo de los recién nacidos en un plazo no superior a ocho días”.

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Figura 4.5.- Pila bautismal ubicada en la iglesia parroquial de san Pedro de Geras.

LA GESTIÓN ECONÓMICA DEL ARCEDIANATO GORDONÉS Casi coincidiendo en el tiempo con la implantación institucional de los arcedianatos, la diócesis ovetense acentúa, para su sostenimiento y poder contribuir a las obras de misericordia, la obligatoriedad de que los laicos entreguen los diezmos, esto es, la aportación de la décima parte de sus emolumentos o de los productos del campo, recuperando así una antigua costumbre hebrea, que la Iglesia primitiva había suprimido al considerarla una ley y, por tanto, inferior en exigencia a la fe en Jesucristo que conducía a realizar actos de caridad con los hermanos mas necesitados. Tan solo se contemplaba en los primeros siglos del Cristianismo la aportación de dádivas u ofrendas para ayudar a huérfanos, viudas, pobres de necesidad o a los propios representantes de Dios, con la generosa premisa de “ponerlo todo en común”. Aunque en otras diócesis extranjeras, como las inglesas o sobre todo las francesas de la época de Carlomagno y del Sacro Imperio Romano, ya se había recuperado esta arcaica costumbre bíblica entre los siglos VIII y X, a la región gordonesa no llega a aplicarse a sus moradores la norma de aportar el diezmo agrícola o ganadero al menos hasta finales del siglo XII o principios del XIII. En ocasiones, como también había que abonar una cantidad similar en concepto de vasallaje o rentas al señor feudal para el mantenimiento de la guerra contra los árabes, la carga llegó a ser abusiva y cuando menos, insostenible. De aquí que la mayoría del pueblo llano, formado por campesinos, pequeños artesanos o jornaleros, llevase una vida muy austera siendo su trabajo casi en exclusiva para sostener a la familia y vivir bajo un limitado grado de subsistencia. Poco a poco una parte de las existencias de las que disponían libremente ciertos labriegos pudo ser dedicadas al mercadeo o al comercio, por lo que algunos vecinos llegaron a alcanzar un progresivo enriquecimiento y, por consiguiente, un nivel intermedio de servidumbre respecto a la nobleza o al clero secular como estamentos dominantes. Entre los diezmos en especies se contemplaban como mayores los referidos al pan o a los cereales, al vino, a las legumbres y a los ganados. Frente a estos estaban los de menor valoración o 70


minucias a los que pertenecían las hortalizas y las producciones frutales. Se sumaban a tales aportaciones pequeñas cantidades que se entregaban como impuesto de las procuraciones con motivo de las visitas pastorales a las parroquias por parte del arcediano de Gordón o, muy excepcionalmente, del obispo. Aunque se llegó a establecer una cantidad fija previamente estipulada, fue famoso el pago que correspondía a la parroquia de san Martin de Olleros, entregado a Pedro de Morllón a través del arciprestazgo que controlaba el dominio del alto Bernesga, consistente “en cuatro docenas de ollas y otras cuatro mas al año”15. Por este tiempo bajo-medieval, la iglesia de Oviedo controlaba en el arcedianato de Gordón diversos mansos16, que la diócesis cedía a un colono o siervo, como representante de un grupo familiar, con la condición de aportar determinadas prestaciones en especies. Uno de los más extensos17 de esta jurisdicción pertenecía al arciprestazgo de Gordón y se localizaba en san Martín de La Seca poseyendo unas dimensiones cercanas a 4 fanegas. Las explotaciones agrarias más comunes en este arcedianato estaban próximas a media fanega18 y del total de mansos que aportaban beneficios 13 correspondían al arciprestazgo de esta zona trasmontana. Bajo el mandato del dignatario Gutierre de Toledo también se incorporan varias “tierras, cotos e lugares del dicho obispo de Oviedo e de su Iglesia” entre las que figuran los lugares o celleros de Folledo y Huergas. La mayoría de estos mansos estaban destinados al aprovechamiento de sus pastizales para la obtención de forraje o destinados a la plantación de cereales (trigo, centeno, cebada), complementa­ dos con la ganadería (ovina, vacuna, caballar y avícola) y una reducida extensión, para la recolec­ ción de varios productos de la huerta o incluso con vistas al al aprovechamiento de la miel. En otras parroquias del arcedianato gordonés, como las de ambos arciprestazgos de Lena, era muy frecuente el cultivo de la escanda o incluso del mijo, este último cosechado sobre todo en las parroquias de san Iohan de Mieres19, san Martino de la Puebla y santa Olalla de Vayna, pertenecientes al arciprestazgo de Lena de Yuso. Según la Estadística realizada por el mentado obispo Gutierre de Toledo, una gran mayoría de feligresías, esto es, 107 de las 111 que permanecían bajo la tutela del referido arcediano de Gordón Pedro de Morllón, cumplían con la obligación del abono anual del diezmo. Este último también había participado en la redacción y firma del “Estatuto para la regulación del pago de los arrendamientos capitulares de la diócesis” establecido por dicho prelado. Tal y como recoge el Libro de las Jurisdicciones de la Mitra Ovetense incluido en el Libro Becerro, que vio la luz en tiempos de este prolífico prelado 20, las rentas de las dignidades que gestionaban Gordón ascendieron a 1.440 maravedís sobre un total de 45.663 mrv. del conjunto de los arcedianatos –lo que apenas representaba el 3%– a las que había que sumar 14 fanegas de escanda. De forma complementaria, otras rentas anexas que aportaban nuevos ingresos a estos mandatarios significaban unos 590 maravedís (de los que 100 correspondían al arciprestazgo de Gordón), a las que había que añadir 110 fanegas de cebada y 20 de escanda21. Algunas de las más significativas aportaciones monetarias y en especie de “los sennorios e jurisdiciones, rentas e fueros e derechos quel Obispo ha” en el sector septentrional de este arciprestazgo se incluyen el la Tabla III, y de ellas la feligresía de La Puebla de Gordón, regida por el capellán Alfonso Martinez, participaba con una “procuración” de un estopo de pan y 25 maravedís, a los que se añadía el diezmo del portazgo. Dicho clérigo percibía para su sustento la 15 16 17 18 19 20 21

Tal y como recoge el Libro Becerro (folio 332 v.) compuesto en 1386/87 por el obispo Gutierre de Toledo (1377-1389) y guardado en el Archivo Capitular de Oviedo. Se trataba de unidades de explotación constituidas por una vivienda y tierras de cultivo, Su extensión superficial era variable, estando establecida su unidad de medida en “días de buey” (equivalente a 12,57 áreas) para Asturias y en otras magnitudes como “fanega”, “carga de sembradura”, “hemina” o “estopo” en la zona septentrional leonesa. Una fanega equivalía aproximadamente a 4 días de buey. En esta localidad había también, al igual que en La Pola de Gordón, un portazgo. El obispo Gutierre de Toledo fue el iniciador de la construcción de la magna obra de la catedral ovetense sobre la antigua iglesia del Salvador. Las cantidades percibidas eran suficientemente elevadas, sobre todo teniendo en cuenta que, por esta época, una vivienda en la zona amurallada de Oviedo se adquiría por 900 maravedís.

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mitad de los diezmos siendo el resto repartido entre el patrono y otros beneficiarios. Existía en los límites parroquiales un manso que rendía tres estopos de sembradura de pan. Otras parroquias como las de “Jeras e Boyça” contribuían con 4 maravedis, mientras que en los celleros de Folledo y Huergas “cada vasallo paga por San Martino doze sueldos e una emina de trigo e de yantar veinte maravedis e al merino que pone el Obispo veynte maravedis”. En su conjunto, el reparto porcentual de los diezmos en el grupo de parroquias del arcedianato de Gordón se repartía, o bien a partes iguales entre el patrono y el capellán o cura, o bien la mitad al primero, un cuarto al capellán y el otro para distintos beneficiarios, tales como renteros, vecinos del lugar, restauradores del templo, arcediano, arcipreste, etc. Tabla III.- Cargas de algunas parroquias del arciprestazgo de Gordón Parroquia Tipo de renta Cantidad Santa María de Casares

Hospital de Arbas

Un cuarto de pan

San Miguel de Montoso /San Mames Al obispo y un yantar al abad 6 estopos de pan de Casares de Arbas San Cipriano de Pobladura

Fuero al obispo

18 estopos de pan

San Miguel de Olleros

Fuero al obispo

4 docenas de ollas + 4 más

Santa Maria de la Vega

Padronalgo

3 estopos de pan y 16 maravedís

San Martin de Pobladura

Fuero al obispo y a Sta. Maria de Arbas

1 carga de pan y 8 mrv.

San Miguel de Camplongo

Fuero al obispo y a Sta. Mª de Arbas

1 carga de pan 1 carga de pan y 9 mrv.

Santianes de Tunni

Fuero al obispo

1 carga de pan

San Pedro de Ruydiermo

Fuero al obispo

4 cargas de pan

San Pedro de Villanueva

Fuero al obispo

1 carga de pan

San Andrés de Ventosilla

Fuero al obispo y a Arbas

1 carga de pan 1 carga de centeno y 12 mrv.

A estas cifras habría que añadir las que el arcedianato aportaba derivadas de la participación episcopal en los diferentes portazgos que se repartían por el trayecto entre León y Oviedo. Así le correspondían el sesmo del de Olloniego, la mitad del de Pajares y el diezmo de los de la Puebla de Gordón y San Johan de Mieres. La colaboración con la diócesis en este territorio de la montaña leonesa no siempre fue generosa derivada de la precariedad en la que vivían muchos de los parroquianos, así como de la importante incidencia y crudeza que tuvieron, desde mediados de este siglo XIV, las frecuentes epidemias de peste negra, que generaron una gran mortandad hasta finales de la centuria 22. La llegada de otras personas ya contagiadas que huían de las ciudades hacia los pueblos ribereños del río Bernesga y sus afluentes buscando lugares aislados que garantizaran la seguridad de no quedar infectados, fue uno de los motivos de su rápida expansión. Además, en este marco cuando no eran los incendios, eran las avenidas fluviales que arrasaban las vegas o los saqueos de prófugos refugiados en la espesura de los bosques, lo cual significaba con frecuencia un motivo justificativo para no aportar todo lo que correspondería a los diezmos de la Iglesia. Por eso, estas aportaciones resultaban banales frente a las grandes donaciones de los miembros de la realeza y de la nobleza que aún se mantenían por estos tiempos. Tal fue el caso del rey castellano-leonés Alfonso XI (1310-1350) el cual peregrinando hacia Santiago visitó previamente la basílica ovetense aportando la sustanciosa cifra de 24.000 maravedís con base en las 22

Iniciada esta epidemia al norte de Europa en 1346 se cree que llegó a tierras del norte de León sobre 1348 trasmitida por un peregrino que después de visitar Compostela siguió ruta a Oviedo desde León.

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rentas reales derivadas de los impuestos sobre el alfolí de la sal obtenida en las salinas de Avilés. Tal concesión estuvo destinada a la construcción del magnífico claustro adyacente a la Sala Capitular y a la iglesia del Salvador. Los monarcas sucesivos también contribuyeron de forma generosa. Como colofón, cabe resaltar que a lo largo de esta primera mitad del siglo XIV queda ya perfectamente delimitado el mapa eclesiástico de la diócesis ovetense, que llega a comprender cuatro arcedianatos en el distrito asturiano (Ribadeo, Tineo, Grado y Villaviciosa) y tres, en el castellano-leonés (Benavente, Gordón y Babia), además del “deanato” de Oviedo adscrito, como ya se ha constatado, a la basílica del Salvador. Con ello se organiza también de manera equilibrada la gestión económica de los diezmos, patronazgos, procuraciones y demás tasas establecidas por la diócesis asturiana, lo que a pesar de los desajustes dinerarios que sufrió la población le daba un caudal recaudatorio suficiente para abordar tan ingentes obras. Más aún, con rentas perpetuas tan significativas como las del rey castellano Juan I (1379-1390) y la reina Juana por valor de 920 y 3.000 maravedís, fijadas en 1381 y 1385 respectivamente. No obstante, los responsables de las pequeñas iglesias de los pueblos de Gordón y del resto de las rurales de la diócesis tenían bastante con atender el alud de fieles que acudía a hacer promesas y rogativas para no verse afectados por tan mortífera pandemia, así como con celebrar funerales y enterrar a los muertos. Pero no todo podían ser noticias trascendentes de tipo religioso o “crematístico”, sino que casi mediado el siglo se reafirma el reconocimiento histórico del concejo gordonés, dado que en el año 1341 el mentado Alfonso XI ratifica su capital, mediante Real Cédula, con el título de Pobla o Pola23 adquiriendo, así pues, la denominación definitiva que aún perdura. Acontecimiento este que ocurre un cuarto de siglo antes de que el rey Pedro I (1350-1369) le otorgase jurisdicción al conde de Luna Suero Perez de Quiñones sobre el mentado concejo con su alfoz.

NORMAS Y MÁS NORMAS DESDE OVIEDO Simultáneamente con tan importante desarrollo en la estructura y organización eclesial, así como en la administración de sus donativos y bienes, tiene lugar a lo largo de este periodo bajomedieval un exhaustivo incremento de normativas destinadas a ordenar la vida pastoral y el funcionamiento de las parroquias de la diócesis ovetense y de sus múltiples clérigos. El culmen se alcanzó a finales del siglo XIV bajo el mandato del activo obispo Gutierre de Toledo –que había sido nombrado por una bula del Papa Gregorio IX– el cual convocó, entre 1377 y 1384, hasta seis encuentros sinodales24, en cuyas directrices finales tuvo también una destacada intervención el ya aludido arcediano de Gordón, Pedro de Morllón. Es más que probable que dicho prelado hubiese visitado personalmente muchas de las parroquias de esta comarca durante sus bien documentados viajes pastorales a Benavente, Gordón y Babia, para cuyos arcedianatos promulgó sendas Constituciones (Fig. 4.6). El motivo de tan intensa actividad normativa estaba fundamentada en que el referido prelado había observado desde su llegada “significativos fallos y estados de relajación en las costumbres y forma de vida de bastantes clérigos y autoridades eclesiales, a la vez que de sus parroquianos”, viéndose obligado a establecer una estricta disciplina y firmes criterios de autoridad entre los miembros constitutivos de la clerecía, que estuvieron complementados con una gran atención hacia los seglares más pobres y desprotegidos. Fue en extremo riguroso en la observancia de un comportamiento responsable por parte de sus subordinados en el ministerio sacerdotal, pero también lo sería con las autoridades y miembros de la nobleza. De esta forma llegó a enviar en 1381 una seria queja al citado rey Juan I de Castilla denunciando las intromisiones en los asuntos del señorío de la Iglesia de su hermano don Alfonso, el cual dos años más tarde tendría que pedir 23 24

Según la toponimia propia de la zona asturiana y del norte leonés. A lo largo de este siglo ya se habían celebrado otros encuentros bajo el mandato de los obispos Juan Sanchez (en 1337 y 1340), Sancho (en 1365) y Alfonso (en 1371).

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perdón “de todos los deservicios y yerros cometidos”.

Figura 4.6.- Original del Libro de Las Constituciones del obispo Don Gutierre de Toledo conservado en el Archivo Capitular.

Pero estas demandas no solo se limitaron a personas cercanas a la corona, sino también cuando la relación entre los clérigos y parroquias con los merinos y alcaldes de las zonas rurales no era la adecuada, lo que obligó al propio monarca a comunicar en 1383 al adelantado mayor de Asturias y León, Pero Suarez de Quynnones, para que estas autoridades se abstuvieran de ejercer alguna jurisdicción en las tierras y cotos propiedad del obispado de Oviedo o de actuar en contra de sus privilegios. Por su parte, este último e importante personaje de la nobleza fue uno de los que confirmó en setiembre de 1383 la concesión, por parte de Juan I, del señorío de la Casa de Noreña 25 al influyente obispo Gutierre. De las normativas establecidas en dichos sínodos, dictadas en la primitiva lengua romance castellana, pronto tuvieron buena cuenta el arcipreste, capellanes, diáconos y demás categorías clericales de las parroquias, así como los abades y monjes de los monasterios emplazados en el arciprestazgo gordonés26, algunos de los cuales no recibieron de buen grado ciertas disposiciones por ser excesivamente rigurosas e incluso no faltaron quienes se negaron a aceptarlas poniéndose en rebeldía. Ante tales casos se advertía con determinación que aquellos ministros que no quisiesen cumplir las observaciones establecidas en las constituciones deberían ser amonestados por los arcedianos y, si llegara el caso de desobediencia total, ser excomulgados. En el primer sínodo celebrado en 1377 se regularon por primera vez todas las fiestas de guardar que habría que tener presentes en la diócesis ovetense “querendo abreviar la muchedunbre de las fiestas, porque los omnes traballen et el diablo non les falle occiosos”. Pese a tal reducción en el extenso listado aprobado se incluyeron: “Circuncision y Epifania, Purificacion de Sancta Maria, Cathedra de San Pedro, San Martin, Anuncio de Sancta Maria que caye en marco, Pasqua de 25 26

Este título nobiliario se fue trasmitiendo a los sucesivos prelados de la diócesis ovetense. Entre ellos destacaba el de santa María de Arbas, existiendo ya escasas referencias del ubicado en Huergas, en el paraje llamado “prados del monasterio”, cercano a la actual carretera nacional.

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Resurreccion con dos dias seguentes, Felipe et Iacobi, Sancta Cruz de Mayo, Ascension, Cinquesmas con dos dias seguentes, San Marcos Evangelista, Corpore Christi, San Bernabe apostolo, San Iohan Babtista, San Pedro et San Paulo, Sancta Maria Magdalena, Santiago apostolo, Tras figuracio, San Loriencio, Sancta María de Agosto, San Bartolome, Sancto Antolim, Sancta Maria de Setembre, Exaltacio Sancta Crucis, San Mateo apostolo, San Miguel, San Lucas, San Simon el Iudas, Todos Sanctos, San Martino, Sancta Cathalina, Sancto Andres, San Nicolas, la Concepcion de Sancta Maria, Sancto Thome apostolo, Conmemoracion de Sancta Maria de Aviento que es ante de Navidat, Navidat et Sancto Stephano, San Iohan apostolo Evangelista, los Innocentes et todos los dias de los domingos se deven guardar de facer toda obra servil” Se hacía especial hincapié en que “para ensegnar a los súbditos et parrochanos ordenamos que todos los arciprestes et curas et escusadores et cada uno delos resciban et lieven et ayan hun quadierno en romance de los diez mandamientos de la ley et los articolos de la fed et los sacramentos de la Sancta Iglesia et las maneras de las vertudes et de los pecados et de las obras spirituales et tenporales, so pena de venti maravedis; et pobliquelos en las festas et en todos los domingos de Quaresma et de aviento et enformen en ellos a sos súbditos et parrochanos”. Esta directriz se concretó pasados dos años (1379) con la edición de un “catecismo”, redactado por primera vez en lengua castellana, compuesto de forma clara y asequible “para de corazon los curas de cada eglesia et enformen a sus feligreses en ellos, ciertos dias del año”. Compendiaba los catorce artículos de la fe (los siete primeros relativos a la divinidad de Jesucristo y los otros siete a su humanidad), los siete sacramentos, los diez mandamientos de la ley, las siete virtudes cardinales, las tres virtudes teologales, los siete pecados mortales y sus virtudes contrarias y las catorce obras de misericordia (siete corporales y siete espirituales). De algunas de las corporales hicieron buena mención a sus feligreses los párrocos emplazados en los pueblos del amplio itinerario de peregrinación a Oviedo, tales como las de “dar de comer al fambriento, dar de beber al sediento et hospedar a los que han menester posada”. Respecto a los bautizados, en los documentos sinodales se insistía a los párrocos y capellanes para que controlaran a todos aquellos fieles que confesasen y recibiesen el Cuerpo de Dios, es más que fueran apercibidos “los que no lo hicieran en una anualidad y fueran echados fuera de la Iglesia hasta que así lo cumplieran”. Incluso se les demandaba para que si murieran bajo estas circunstancias no recibieran sepultura eclesiástica. Para proteger las iglesias o lugares sacros de abusos, robos y cualquier tipo de infracciones por parte de particulares desalmados se dictaron severas normas, como que: “ninguna persona seglar non tome yantar ni otra cosa por esta raçon de clérigo et si lo fiziere, ser descomungado”. “Si algun excomungado entrare en la Iglesia o en el ciminterio contra defendimiento del capellan peche un sacrilegio et si el capellan non gelo defendiere, peche otro, salvo si lo non sopìere o lo dexare por miedo” “Cualquier persona que tomase o embargase bienes de la Iglesia o de un monasterio, o lo mandase o consintiese facer sin mandato especial del juez et en nueve dias non lo tornase con los daños et intereses, sea excomulgado”. Se ponía especial atención en perseguir los delitos relacionados con “el adulterio, el fornicio y con el rapto o roxo”, este último referido al forzamiento de las mujeres con la insana intención de mantener una relación pecaminosa. Sobre estos excesos los arcedianos y arciprestes debían de advertir a sus feligreses para que los evitaran, así como los hurtos, invitándolos a enmendar lo sustraído bien ellos o sus herederos si falleciesen. En caso de no dar respuesta favorable era su obligación de dar conocimiento a las autoridades judiciales territoriales para ser debidamente sancionados. En relación con las distintas categorías de clérigos, se les señalaban las actividades fundamentales de su cargo. Así a los “graderos”27 se les dieron instrucciones claras sobre las 27

Eran las personas con órdenes menores que ayudaban a los párrocos.

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funciones exclusivas que podían realizar en los templos, como tocar las campanas; abrir y cerrar las puertas de la Iglesia; limpiar los altares y las naves; traer agua, vino y lumbre; encender las lámparas; cantar himnos y rezar los salmos con los clérigos; llevar la candela y tocar la campanilla cuando el pueblo fuera a comulgar; y ayudar a decir la Santa Misa. A los subdiáconos se les encomendó que lean las epístolas, mientras que los diáconos podían proclamar el evangelio, a la vez que ministrar el altar cuando se dijera la misa. El preste podía ya decir misa, bautizar, oír penitencias y dar la comunión cuando el cura no lo pudiera realizar. Por último, a los curas se les exigía como principales obligaciones: decir Misa, predicar la palabra de Dios, denunciar y publicar los mandamientos de las Constituciones que se les remitieran desde la diócesis, bautizar, oír las confesiones, dar el Cuerpo de Dios, casar a los candidatos al matrimonio, poner el óleo a los enfermos y acompañar hasta la sepultura a los muertos. A los arcedianos (Fig. 4.7) se les impuso un conjunto de normas que limitaban el enorme poder que habían adquirido y que con cierta asiduidad los venía haciendo impopulares. Entre otras, que no tuvieran más de un vicario y este fuere beneficiado o residente de la iglesia diocesana ovetense, obligándolos a reanudar la realización personal de las visitas a las parroquias. No podrían oír o conocer pleitos fuera de su territorio, ni visitar a clérigos ajenos a su jurisdicción, todo ello bajo pena de 50 maravedís y quedando en entredicho por seis meses. Tampoco deberían intervenir en pleitos matrimoniales o criminales reservados desde entonces en exclusividad al obispo. Se les atajaron de raíz los abusos económicos que cometían, como exigir más dinero del debido en las tasas (“procuraciones”) o, incluso, cobrarlas sin haber efectuado personalmente las visitas.

Figura 4.7.- Fragmento del texto del Libro de las Constituciones promulgado en junio de 1379 dirigido a los capitulares de la iglesia del Salvador de Oviedo, entre ellos el arcediano de Gordón, y que se transcribe: “Estas son las constituciones et estatutos et orde/naciones que Don Gutierre, por la gracia de Dios et de la/ sancta yglia de Roma obispo de Oviedo et chanciller ma/yor de la reyna et su capellán mayor ordenamos con/acuerdo y consentimiento del deán et cabillo de nuestra/iglia. et mandamos guardar para establescimiento/ et reformamiento de las personas et canónigos et bene/ficiados de la nuestra iglia de Oviedo; las quales/ dichas constituciones mandamos leer et publicar por/Alvar Fernandez de Cabecón, notario apostolical, tres dias del mes de junio, era de mil et CCCos et diez et siete annos...”. (ACO, fol. 5v.)

Entre las normativas dirigidas a evitar situaciones poco adecuadas en el ceremonial, se requería de los clérigos evitar salir de forma inapropiada en procesión fuera del templo o del cementerio portando cruces o reliquias de santos, además de no ir con vestiduras y ornamentos eclesiales por lugares no limpios o donde no se guardase el debido silencio y reverencia de los 76


fieles. Estos quedaban obligados a hacer la señal de la cruz de nuestro Señor con el paso de los objetos sagrados. Todos los capellanes deberían evitar recibir a personas indignas, así como procurarían vigilar los abusos que cometen algunos “demandadores que hacen limosnas en las predicaciones para conseguir sacárselas a los simples con engaño o ingenio, evitando así que esto sea motivo de escándalo de las almas de los fieles cristianos”. Pero no quedaban aquí las múltiples especificaciones que en este sínodo fueron implantadas, sino que incluso se llegó a establecer límites a la altura de las sepulturas y sepulcros de los hidalgos o clérigos destacados de esta región de la montaña central leonesa donde se tenia como costumbre “el ser fechos dentro en el cuerpo de las eglesias”. Se exigió que no sobresalieran en demasía de la tierra o del suelo de la nave del templo, según una medida tal que llegaran a afearlo. Los infractores que incumplieran esta norma debían pagar una pena de 500 maravedís, la mitad para la fábrica de la iglesia y el resto para el obispado. De las otras convocatorias llevadas a cabo, destacó el 5º Sínodo en el que se definió el esta­ blecimiento de una estricta normativa para evitar y corregir actuaciones incorrectas de aquellos arci­ prestes o capellanes que usurpaban la jurisdicción de otros dignatarios pertenecientes a distintos ar­ ciprestazgos o parroquias. Se obligaba severamente a los arcedianos a vigilar que los curas llegasen a tomar bienes ajenos, que dijeran misa fuera de la iglesia, que no fuesen ordenados sin poseer título eclesiástico y la preparación adecuada, que no uniesen iglesias sin autorización del obispo e, inclu­ so, los arcedianos debían controlar a aquellos que por su negligencia no impidiesen que, entre su fe­ ligresía, se produzcan fallecimientos sin que hubiesen recibido los santos sacramentos. De forma complementaria a esta última decisión, se elaboró una Constitución concreta explicando cómo se debería de impartir el Sacramento de la Extrema Unción. Completando la normativa instaurada en el primer sínodo se elaboró otra disposición orientando la manera en que los clérigos debían inducir a sus parroquianos a aprender las virtudes, los artículos de la fe, los siete sacramentos, los diez mandamientos, los siete pecados capitales y las catorce obras de piedad, esto es, todo lo incluido en el catecismo. Como ya ha quedado en evidencia, todas estas disposiciones y otras más que no se relatan, quedaron promulgadas durante el fecundo mandato episcopal de Gutierre de Toledo, entre 1378 y 1379, incorporando además en el famoso Libro de las Constituciones los estatutos y las actitudes cristianas que se imponían a todos los religiosos de la Iglesia, incluyendo arcedianos y arciprestes. El motivo de tantas reglas se fundamentaba en que “en esta nuestra Iglesia fallamos muchos traspasientos contra Dios et las buenas costumbres”. Fue insistente en llamar la atención con gran rigor a estas autoridades eclesiales, sobre todo “por quanto la naturaleça de los omnes es mucho carnalida e mal por lo qual usan de muchas artes y malicias las quales desseamos estorcer en nuestro tiempo”. Se les advertía a su vez que no podían contar los secretos de su cargo, mantener discusiones entre ellos, hablar a voces que fuesen oídas por los legos y decir palabras injuriosas, todo ello bajo pena de pagar 100 mrv. Así mismo, se les imponían otras muchas recomendaciones acerca de su comportamiento dentro y fuera de los templos, de su moralidad y hábitos de vida cristiana. Se conminaba a aquellos clérigos que “non traxieren abito et corona pechen por cada veç dieç maravedis”, pero también que todo aquel capellán o escusador que por administrar los sacramentos demandase previamente alguna cantidad de dinero fuera descomulgado “salvo si despos que amenistrados le dieren alguna cosa que foe acostumbrada”. Para evitar situaciones de dominio o excesiva influencia sobre los servidores de la Iglesia, como había sucedido en épocas precedentes, se les advirtió para que “ningun clerigo non sea vasallo nin fiador de omne lego poderoso”. Se llegó incluso a dictar sobre los que en algún momento ejercieran en sustitución de los párrocos, indicando que “han de aver ración en absencia, que ayam tan solamente el cuerpo de la racion et el pan et la sidra et non mas”. 77


LA RELACIÓN DE GORDÓN CON MONASTERIOS OVETENSES Como ya venia sucediendo desde algunos siglos precedentes, diversas heredades, patronaz­ gos y bienes del arciprestazgo de Gordón permanecían tanto en poder de la diócesis como también del monasterio ovetense de san Pelayo (Fig. 4.8) regido por hermanas de la comunidad benedictina, entre cuyos muros guardaban celosamente y veneraban las valiosas reliquias de este niño mártir trasladadas desde Córdoba. Esta estrecha relación ya ha quedado de relieve en capítulos anteriores teniendo su origen allá por el siglo XI, confirmándose, con posterioridad, durante el reinado de Alfonso IX, en el primer cuarto del XIII.

Figura 4.8.- Fachada barroca de la Vicaría del convento de san Pelayo de Oviedo, de 1703

No obstante, es a lo largo de los siglos XIV y XV cuando se acentúa esta conexión siendo diversos los arrendatarios de las posesiones que tenían las monjas dentro del arciprestazgo gordonés, en particular en Vega de Gordón, Cerolleda, Bebrino, Crespin, Olleros, Celada, San Martino de Cabo de Fontecha, la Devesa de Llanos de Alua, Pobladura y Santa Lucía28. Además de en estos dominios, esta abadía también poseía otras haciendas en distintas parroquias asturianas del arcedianato de Gordón, si bien su número no era tan exhaustivo como las de estas tierras leonesas. En su mayor parte correspondían a bienes que en origen habían sido donados por la abadesa María Pérez de Gordón, ligada a este ámbito territorial. En estos momentos de gran poderío económico del convento ovetense, los más boyantes desde su fundación, está documentado en los archivos de este monasterio cómo, en junio de 1330, tomó en renta las referidas propiedades de manos de la abadesa Sancha Ferrandiz, el noble Pedro Suarez de Gordón, señor de Luna, por unos 20 maravedís anuales, casi simultáneamente con otros 28

Así está recogido en el Cartulario de dicho monasterio, recopilado por Fernández Conde et al. (1978).

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bienes de la villa de Huergas pertenecientes al obispado de Oviedo. Años más tarde, en 1350, lo hizo su hijo Pelayo Suariz por 30 mr. estando al frente de la abadía Constanza Suáriz. Pasado un decenio, en 1364, son trasferidos en arriendo por cuatro años a Pedro Perez de la Rovre (residente en Alba) por 40 mr. y un quinquenio después, en 1369, se hace cargo Pedro Suarez (hijo del primero) por idéntica cifra de renta anual. Todavía en 1389, estas tierras pasan a estar bajo arriendo “por vida” de Suero Perez de Quinnones, señor de Alcedo, después de alcanzar Juan Alfonso del Rosal, en su nombre y representación, un acuerdo con la abadesa Sancha Pitallo sobre “cuantos bienes tiene el cenobio de San Pelayo en las vegas de Gordón y Crespin, Olleros y la Devesa, los cuales tuvo hasta aquí Pelay Suarez de Gordón, que Dios perdone”. En la última década de la centuria decimoquinta, en setiempre de 1490, pasan a foro perpetuo de Maria, Leonor y Beatriz de Quiñones, hijas y herederas de Don Suero, los bienes de este monasterio en Gordón, Alba y Olleros recibiendo la abadesa del mencionado convento Yñiga Menéndez 2.000 mr. en compensación de gastos. De inmediato ambas damas, con la correspondiente autorización escriturada de sus maridos Diego García de Quiñones, Fernando de Vallecillo y Fernand Gómez de Tordehumos, dan poder al clérigo y rector de Villasimpliz y Villar de Frades, Alfonso Alvarez de la Cortina, para la posterior gestión de estos dominios. También el arciprestazgo de Gordón tenía el encargo de presentar el derecho de patronazgo de san Pedro de Beberino y de santa María de Vega por herencia de María González de Gordón, fallecida en 1263, que había llegado a regir la referida abadía, correspondiendo dos tercios de los diezmos eclesiásticos al capellán y el otro a un beneficiado, mientras que al monasterio se le aportaban 16 maravedís29.

ANTE EL CONVULSO FINAL DEL MEDIEVO A finales de la Edad Media la cristiandad se vio sometida a tiempos espiritualmente muy difíciles iniciados ya desde el siglo XIV, con muy importantes alteraciones a nivel del gobierno de la Iglesia que condujeron a profundos cismas, herejías y grandes cambios en la autoridad pontificia. En relación con la actitud común de los clérigos y seglares de las parroquias más alejadas de los centros de gestión eclesial, la novedad de mayor trascendencia fue la irrupción de un cada vez más acentuado misticismo que condujo a un estilo de piedad popular en el que dominaba la vida interior de cada fiel sobre las celebraciones litúrgicas. Se había perdido, por tanto, en la mayoría de las parroquias de la diócesis ovetense el sentido comunitario y pascual de los primeros momentos de expansión de la fe cristiana. La profusión de las dañinas epidemias ya relatadas, acompañadas de momentos de cierta hambruna ante malas cosechas, generó una notable profusión de los cultos relativos a la muerte, con una liturgia que incidía sobre la pasión de Jesucristo, difundiéndose los escritos y predicaciones que ayudaban a aceptar el dolor y a prepararse para un buen morir, considerado como un tránsito, un “soltar el ánima” obligado de esta vida terrena. Por ello, una evidencia que explica este momento final de la vivencia religiosa es la intensa divulgación de los oficios funerarios y del canto fúnebre, así como las representaciones artísticas del calvario. Este ambiente también ayudaba para que se volvieran a difundir entre la gente sencilla y poco catequizada las supersticiones y la brujería. De aquí que simultáneamente se intensificara, aún más si cabe, la costumbre de presentar ofrendas por los difuntos, sobre todo en los ambientes rurales. Los productos más comunes que se aportaban eran: pan, vino, carnes, huevos, candelas o cirios, lienzos de tela, etc., siendo ofertados los huevos, sobre todo, el Viernes de la Cruz o Viernes Santo. También eran muy habituales los sufragios en forma de misas o las oblaciones post-morten (cuarentenas, setenarios). 29

Así lo recoge el Libro Becerro de la catedral de Oviedo.

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Durante la prelatura de la extraordinaria personalidad de Gutierre de Toledo gran parte de las desviaciones que se venían produciendo trataron de corregirse, pero pronto se volvieron a manifestar las circunstancias que acentuaban la apatía religiosa del pueblo, así como los vicios del clero y de los residentes en los monasterios que trataba de evitar con no mucho éxito el arcediano gordonés. Todo ello a pesar de los importantes decretos reformistas promulgados en tiempos del papa Martin V (1417-1431) y su sucesor Eugenio IV (1431-1447), dirigidos a modificar para bien las costumbres de la clerecía, incitándolas a vivir en la pureza, así como a evitar el lujo y la corrupción, con el fin de conseguir predicar con el ejemplo. La mayoría de los intentos de dar solución a esta problemática, como los de Alvar Gonzalez en la década de los cuarenta, fueron vanos, reflejando que se estaba preparando el final de un tiempo histórico para la Iglesia y la sociedad medieval, preludio de trascendentales reformas encabezadas desde Alemania por Lutero generadoras de una profunda ruptura en su seno.

Figura 4.9.- La hermosa joya de la Cruz de los Ángeles, realizada en tiempos de Alfonso II y donada por este rey a la iglesia de Oviedo en 1808. Se preserva en la Cámara Santa de la catedral ovetense.

No obstante, dos eran las circunstancias que permitieron mantener una cierta pujanza religiosa de la diócesis de Oviedo en esta etapa: la construcción de la catedral gótica, iniciada en 1382 y que fue sustituyendo de manera progresiva al anterior templo prerrománico de san Salvador, y el constante incremento de los peregrinos que se dirigían a este gran templo siguiendo diversas rutas que confluían en la capital asturiana. La intensidad en la afluencia de romeros se hizo sumamente elevada, en especial cuando el mentado papa Eugenio IV establece en 1438 la Santa indulgencia o Perdonanza que sería plenaria en la hora de la muerte para todos aquellos que visitaran la Cruz de los Ángeles (Fig. 4.9) y dieran limosna para la reparación del templo en los ocho días que anteceden y los ocho que siguen al la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz cuando este día cayera en viernes30. 30

Este hecho dio lugar a que se fuera generalizando en Oviedo el carácter festivo del último día de esta Perdonanza, coincidiendo

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EL CONTINUO TRASIEGO A TRAVÉS DE GORDÓN Las dos coyunturas aludidas repercutieron de distinto grado en las sencillas gentes de la montaña central leonesa. Así para la primera, se necesitaba mantener una permanente demanda durante todo el siglo XV de las aportaciones de los fieles, tanto en el pago regular de los diezmos como en donaciones diversas. La segunda eventualidad, servía para favorecer un permanente trasiego que ayudaba a incrementar las actividades comerciales, a la vez que a la mejora arquitectónica de las iglesias, capillas y ermitas, la construcción de edificios de refugio (albergues u hospederías) así como lugares de acogida sanitaria (hospitales) distribuidos a lo largo del itinerario que atravesaba de sur a norte gran parte del arcedianato de Gordón, desde Cuadros, en León, hasta Olloniego, casi a las puertas de la sede episcopal. Este trayecto tuvo momentos en los que se vio señalizado en los puntos singulares con cruceros y cruces que identificaban la ruta a seguir por los viajeros. Los más relevantes centros hospitalarios y de salvaguardia que en este periodo final del medievo se repartieron por esta extensa ruta (de unos 105 km) que abarcaba este arcedianato 31, se ubicaron en la vertiente leonesa. Destacaron los de La Seca, dedicado a san Martino; Celada, junto al santuario del mismo nombre; y santa Maria de Arbas, al lado del monasterio y la basílica. En el sector asturiano estaban los de Campomanes (Lena de Yuso), cuya capilla fue la del Santo Cristo; en Villallana (Lena de Yuso) adyacente a la capilla de san Martino; en Mieres, donde la iglesia de san Iohan (Lena de Yuso); en La Rebollada, cuyo albergue de cuidados médicos de santa María Magdalena sirvió a su vez de leproseria; en el lugar de Monte Copian correspondiente al alto del Padrún, también del término de Mieres (documentado desde el año 1103); y, finalmente, en Olloniego, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios. No obstante, uno de los más afamados lugares de acogida, el de santa María de Arbas pasó por serias dificultades en los primeros años del siglo XV al entrar en decadencia la vida religiosa y monástica como consecuencia de la relajación en la observancia de la regla de san Agustín por parte de sus monjes. Esto dio lugar a su transformación de abadía regular en secular, estableciéndose un marco de relaciones con la diócesis de Oviedo mediante La Concordia de 1419 suscrita por el obispo Diego Ramirez (1412-1441), lo que le obligaba a quedar incorporado bajo el control funcional del arciprestazgo de Gordón. Cada una de estas localidades citadas, además de otros pueblos del Camino del Salvador de inferior relevancia, disponían de albergues de mayor o menor importancia, capaces de prestar algunos de los servicios imprescindibles para el peregrinaje. Incluso, los de más bajo nivel de población, estaban dispuestos a dar cobijo a los viandantes en algún refugio relacionado con la parroquia o bien proporcionado por los propios vecinos, puesto que era norma general como obra de misericordia que nadie quedara desasistido en los momentos de dificultad. En todos estos lugares de hospedaje se atendían como mínimo las necesidades básicas como agua, comida y cama. El territorio gordonés mantuvo, o incluso superó en este tiempo de finales del Medievo, la vitalidad que había adquirido desde el inicio de las peregrinaciones, hacía ya cuatro siglos, como bien llegó a dejar constancia el canónigo del cabildo ovetense Pero García de Gordón, durante la década de los años sesenta del siglo XV. La intensificación de la asistencia de peregrinos fue continua según avanzaba esta centuria decimoquinta, haciéndose máxima varios años después coincidiendo con el jubileo que se celebraba entonces desde el 14 de septiembre, día de la exaltación de la Santa Cruz, hasta el 21, festividad de san Mateo. Tal fue el caso del año 1471, cuando se imprimen hasta 20.000 “buletas” que recogían en pergamino la relación de las reliquias e indulgencias concedidas, o el de diez años después, 31

con la festividad del apóstol san Mateo. Su función estaba destinada “para que estuviesen al servicio de Dios y para descanso de los pobres y de los peregrinos” .

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cuando el cabildo ovetense llegó a encargar a un artesano de la villa de Mieres hasta 25.000 insignias de estaño para ofrecer a los peregrinos, llegando a recaudar más de 70.000 maravedís. Todo ello en una ciudad que por entonces albergaba en su zona amurallada nada más que cinco mil habitantes censados. Además de estos transeúntes hacia Asturias, era frecuente el paso hacia León y resto de Cas­ tilla de clérigos y comerciantes, por lo que la diócesis realizaba frecuentes demandas ante las má­ ximas autoridades civiles para evitar que se modificase el antiguo privilegio que eximía a los veci­ nos de Oviedo a abonar el portazgo que en terrenos del arciprestazgo gordonés se demandaba, tanto en Arbas como en La Pola de Gordón. De esta forma el obispo Diego Ramirez de Guzmán (14121442) pleiteaba, en 1431, con Diego Fernandez de Quiñones, Merino Mayor de Asturias, resolvién­ dose que “este no pida portazgo a los que entraren por el concejo de Gordón, permitiendo cobrar al obispo y a su Iglesia, pero no a los que pasen por el Castillo de Alba si antes no se habia cobrado. Tambien que dicho merino no lleve juntares de los clerigos y capellanes de las iglesias, ni use juris­ dicción por razon de merindad, ni lleve indicias mayores ni menores en Folledo y Huergas” 32. En 1454, se celebra con júbilo en el cabildo la notificación de tal exención 33, así como la más tardía provisión dictada por los Reyes Católicos en Valladolid, el 22 de noviembre de 1484, dirigida “á los portazgueros de Arvas y Pola de Gordón á pedimento de la ciudad de Oviedo, sobre querer cobrar á sus vecinos el portazgo, peonaje, castillaje y otros derechos”34. Todavía se dictó otra real cédula posterior para que “las justicias de Argüello, Gordón, monasterios de Vega, Arvas y otros lugares guarden sentencias y privilegios que tenía la ciudad de Oviedo y sus vecinos, sobre libertad y exen­ ción de pagar portazgos, pontages, peages, castillerías y otros derechos” 35.

LA TRASCENDENCIA DE UN MATRIMONIO Esta renovación de privilegios se da después de que, superada la mitad de este siglo (1469), se hubiera producido la unificación de los reinos de Castilla y Aragón tras la unión matrimonial de Isabel y Fernando (Fig 4.10), lo que constituyó un cambio sustancial en la marcha de la Iglesia del nuevo reino de España. Establecen desde entonces estos monarcas una conexión absoluta entre la religión y su jerarquía como sistema de control del poder, haciéndose con la prerrogativa de la presentación ante el Papa y posterior nombramiento de los obispos, los cuales tenían la obligación de imponer la piedad verdadera a clérigos y seglares, circunstancia que intentó el referido obispo Gutierre de Toledo en la diócesis de Oviedo. Aunque apenas tuvo repercusión por estos ámbitos también se trató de lograr la conversión al cristianismo de los sectores de población que no comulgaban con la fe católica (mozárabes y judíos) bajo pena de su expulsión del país. Por supuesto que a los curas y monjes se les impuso desde las más altas instancias de la Iglesia española una estricta disciplina en sus conductas como forma de corregir las graves desviaciones que se venían produciendo en estos estamentos religiosos. Incluso entre las medidas destinadas a poner orden ante estos abusos llevó a estos monarcas a establecer, entre otras muchas, unas Reales Cédulas contra el dean y los arcedianos de la diócesis de Oviedo para que “en sus visitas no lleven cosa de dineros, sino que procedan á castigar los delitos por medio de censuras” 36 o también, poco más tarde, “para que no lleven maravedís algunos por las visitas bajo ningún pretexto, y que cuando fueren a hacerlas las avisen con tiempo á las personas que deben tener las comidas aderezadas, evitando quejas contra los concejos visitados, y que estos no sean fatigados”37. 32 33 34 35 36 37

Archivo Ayuntamiento de Oviedo, Despacho 1, Anaquel c, legajo C-19, oc. 4 (pergamino). Archivo Ayuntamiento de Oviedo, Libro maestro de fueros tomo 1º, folio 47 v. Archivo Ayuntamiento de Oviedo, Libro de pragmáticas, folio 83 v. Archivo Ayuntamiento de Oviedo, Libro de pragmáticas, folio 84. Según el inventario de Documentos del Archivo del Ayuntamiento de Oviedo, formado en 1536. Archivo Ayuntamiento de Oviedo, Libro Maestro de Pragmáticas, tomo 3º, folio 10 v.

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Figura 4.10- Retrato de los Reyes Católicos, conservado en el convento abulense de Madrigal de las Altas Torres.

Todas estas prescripciones y otras de singular relevancia, no tuvieron, en principio, trascendencia para la vida eclesiástica de este entorno geográfico de la cuenca del río Bernesga pero marcaban un rumbo que, poco a poco, se iría sedimentando entre la población, ya que significaban un cambio de era y el final de un tiempo dominado en exclusividad por los señoríos feudales, aunque no significó lo mismo para los eclesiales. En la diócesis ovetense, obispos como Gonzalo de Villadiego (1485-1487) y Juan Arias del Villar (1487-1498), fueron de los primeros en tener que poner al día las nuevas directrices eclesiales de la autoridad religiosa que asesoraba a la corte, muy en particular el cardenal Cisneros. Entre otras instituciones de control de la vida de fe de la población, establecieron, en 1480, el Tribunal de la Inquisición para controlar a los falsos conversos, así como a todos aquellos fieles que mantenían o divulgaban criterios heréticos. También favorecieron el establecimiento, en las pequeñas villas y pueblos con dominio del campesinado, de la Santa Hermandad, constituyendo cuadrillas armadas costeadas y organizadas por los concejos para evitar hurtos y desmanes, con especial vigilancia hacia los bienes de la Iglesia y sus ministros. A pesar de las limitaciones y controles establecidos hacia ellos, dos arcedianos de Gordón alcanzaron una notable significación e influencia en este último cuarto de siglo. Uno de ellos fue Juan Alvarez de Cabezón que llegó a ser comisionado, en julio de 1476, como delegado pontificio a la diócesis de Astorga por literae executoriae del papa Sixto IV (1471-1484). Tenía su residencia en dicha ciudad, siendo más fácil su aproximación a las localidades de la montaña leonesa y, entre otras gestiones, consiguió anexionar dos años después el beneficio de santo Tomé de Villaobispo al cuerpo de los doce bachilleres catedralicios, conocidos como “clérigos de nona”. Otra singular personalidad fue el también bachiller Alonso Alvarez de Valdés, natural de Gordón, que logró gran confianza ante su prelado Arias del Villar, hasta el punto de haberle sido encomendada, en septiembre de 1498, la misión de tomar posesión en su nombre del obispado de Segovia, cuando fue designado para este nuevo cargo. Los trascendentales hitos históricos ocurridos en 1492 con la toma de Granada –que significó la culminación de la Reconquista– y el descubrimiento de América, el 12 de octubre, señalan el final de la época medieval y el tránsito hacia un nuevo tiempo para el devenir de los pueblos de España y la manifestación de su religiosidad. Previamente a estos acontecimientos, 83


considerados de gran importancia para los fines de la Iglesia y de la fe católica, el referido papa Sixto IV estableció, en 1479, la Bula de la Santa Cruzada, concediendo indulgencias a todos aquellos que abonasen 200 maravedís y tuvieran un acto de contrición. Por su mediación las almas de sus difuntos a los que alcanzase tal favor podrían librarse de las penas del purgatorio. Una parte sustancial de lo recaudado (cien mil ducados) iría destinada a los Reyes Católicos para financiar el remate definitivo de las guerras contra los musulmanes en Andalucía. Estas aportaciones, junto con los diezmos, las limosnas y los beneficios de las propiedades diocesanas y del cabildo, representaban unas cifras tan significativas que permitían sostener las grandes obras de la catedral, para las que ya se proyectaba el levantamiento de su magna torre y el pórtico, una vez culminadas las naves interiores y el transepto. Con vistas a controlar todos los bienes, jurisdicciones y apeos bajo el dominio de los representantes capitulares, se realizó, entre 1486 y 1498, un inventario del patrimonio, en el que intervinieron los párrocos y arciprestes de la diócesis, registrado para la posteridad en el denominado Libro del Prior38. El ámbito jurisdiccional de Gordón mostraba por entonces unas notables rentas, las más sustanciales después de las correspondientes al deanato de la capital asturiana (Tabla IV), entre las que destacaban las obtenidas de los celleros39 y, sobre todo, de las yuguerías40. Entre los beneficiarios del cellero y de la renta de Villademor, cerca de Valencia (de Don Juan) estaba el ya mencionado Alonso Alvarez de Valdés, que percibía medio sesmo de los diezmos de pan y vino. Tabla IV.- Conjunto de bienes de la diócesis ovetense a finales del siglo XV Arcedianato Celleros Beneficios Yuguerias y otros Gordón

12

4

46

Babia

1

1

2

Benavente

3

0

6

Villaviciosa

12

3

23

Tineo

14

6

22

Grado

12

5

17

Ribadeo

10

5

16

Esta documentación permite conocer para este tiempo la estructura agraria del territorio eclesiástico de Asturias y, más en concreto, del correspondiente al arciprestazgo gordonés, puesto que tal estadística discriminaba las tierras cultivadas y no cultivadas, las áreas de pradería, de arbolado, los terrenos de viñedo, las zonas de huerto e incluso las de barbecho, manteniendo los pueblos adyacentes al río Bernesga y sus afluentes, un notable nivel de población, cifrado en una media comprendida entre 20 y 30 vecinos cada uno. Coincide este tiempo con la culminación, en 1498, de las magnas obras de la catedral ovetense 41, a falta, como se dijo, de realizar el pórtico y la torre que se iniciarían a lo largo del primer cuarto del siglo siguiente y ocuparían casi todo él.

38 39

Así llamado por haber sido elaborado por el prior Alonso Rodríguez de León. El cellero lo constituía un conjunto de tierras vinculadas a una parroquia que formaban una unidad de explotación señorial, por el que se aportaba un arrendamiento o una aportación de los frutos obtenidos. 40 La yuguería era un espacio de terreno destinado sobremanera a la explotación agrícola o ganadera que podía ser trabajado por una yunta de bueyes. Era bastante común su concesión a la parroquia al fallecimiento de algunos feligreses en compensación con las rogativas por su alma. 41 Celebrada con solemnes actos litúrgicos. ACO. Actas Capitulares (1498, fol. XIII v.).

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LOS CONFUSOS INICIOS DEL SIGLO XVI A pesar del orden y rigor establecido por el cardenal Cisneros bajo el mandato de los Reyes Católicos y que se implantó con celeridad en las diócesis particulares, a principios del siglo XVI la Iglesia se encontraba en un acusado estado de crisis y decadencia manifestado sobre todo por una grave relajación de los hábitos de vida de muchos clérigos, algunos de los cuales llegaban a tener mujer y familia, precisando del dinero de los fieles para sostenerse. La jerarquía eclesiástica tampoco gozaba de suficiente aceptación popular cansados de ver como muchos de los altos cargos solo mostraban inquietud por aumentar al máximo sus percepciones retributivas y los ingresos destinados a magnas obras, que en casi nada repercutían en la mejora de sus lugares de celebración religiosa. Hasta los pontífices estaban contagiados por el lujo, el boato y las actitudes mundanas, cuando no, por una forma de vida licenciosa. Claro que casi nada de esto último llegaba a ser suficientemente conocido por los sencillos moradores de Gordón, que apenas eran conscientes de los profundos cambios que se estaban gestando dentro de la Iglesia universal. Tan solo les bastaba con mantener firme su espíritu religioso y poder aportar, con gran esfuerzo y penalidades, las exigencias dinerarias que se les demandaban. Durante este reinado, al asumir los monarcas el poder absoluto, caen en cierta decadencia los señoríos de la zona norte de León, que son sustituidos por los mayorazgos y patronazgos, con lo que la diócesis ovetense se convierte en el poseedor del máximo dominio económico y territorial, siendo además un patrimonio cerrado al no haber estado sometido a las complejas divisiones hereditarias, como era el caso de los hidalgos. En las primeras décadas de esta centuria el arciprestazgo de Gordón tenía que seguir dando cuenta al cabildo de la catedral ovetense de la yuguería y renta de los Prados de la Fuente en Folledo; los cotos de Huergas y El Millar, así cómo de san Martin de la Falamosa; al tiempo que de los bodos de Gordón por aniversarios y procesiones y la renta de Valdecoxina de la feligresía de santa Eugenia de Argüello. Además, dentro del este territorio, la diócesis tenía ya jurisdicción sobre amplios lugares controlados por la abadía de Arbas constituidos por pastos y montes. Todas estas rentas iban adjuntas con otras correspondientes al arcedianato gordonés y pertenecientes a los arciprestazgos de Langreo (iglesias de Riaño, Langreo, Barros, Lada, Ciaño, Turiellos y Blimea), Laviana (bienes de Sobrescobio), Aller (feligresias de Nembra, Piñeres, Pola del Pino y Llanos), así cómo de Lena de Suso y de Yuso (feligresía de Uxo, yuguería de Telledo, cillero de Erías y Renueva, feligresías de Çureda, Moreda, Casorvida, yuguería de Adrados y feligresía de Gárgara). Otra fuente importante de ingresos, lo constituyó la generalización a toda la población de la bula de la Santa Cruzada, proclamada, en principio, para la lucha contra los musulmanes. La vigencia temporal de esta prerrogativa era de tres años, pero se fue renovando en favor de los Reyes Católicos (o, incluso, cada seis años) después del triunfo contra los infieles, en particular bajo el papado del español Alejandro VI (1492-1503). A partir de 1516, con la muerte del rey Fernando, los sucesivos monarcas vieron cómo se mantenía y potenciaba esta concesión para sustento de la fe católica en las tierras recién colonizadas allende de los mares. Pronto se trasladaron a todos los párrocos de este lugar leonés, a través de su arcediano Pero Alonso de Valdés, las instrucciones para hacer llegar a los vecinos la demanda imperativa de la cifra de dos reales a cambio de concederles diversos privilegios, entre los que destacaban una indulgencia plenaria, la atenuación de la estricta ley del ayuno, la obtención de determinadas dispensas matrimoniales o la abolición de los pecados de robo o fraude, entre otros. A la amplia difusión de estas prerrogativas, colaboró el hecho de poder hacer numerosas impresiones bajo el título “Bulliarium collectarium” en las recién establecidas imprentas de distintas ciudades castellanas, repartiéndose por todas las parroquias del arciprestazgo. Precisamente el abuso en la promulgación de indulgencias con la finalidad de la obtención de dinero fue uno de los motivos principales de que, en tiempos del papa León X, el pastor alemán Lutero se revelase contra estas prácticas bajo el argumento de que el cristiano no puede comprar la gracia. Su excomunión, en 1521, fue el fundamento definitivo para su separación de la disciplina de 86


Roma y la implantación de la Reforma Protestante, que generó una importante escisión.

Figura 5.1.- Dos registros en el Libro de Anatas de la catedral de Oviedo del cura simple de Nocedo.

Por este tiempo, a un buen número de clérigos que tenían bajo su jurisdicción una parroquia o capilla, también se les hacía contribuir, según su categoría, con una annata o media annata, esto es, un impuesto que gravaba la renta de los empleos eclesiásticos retribuidos fijado en el momento de su nombramiento. Tal sucedió, entre otros varios, con el de Nocedo 1, en el que se expresa (Fig.5.1): “A beinte y siete de Junio de 1534 se rremato la mª anata de nocedo al S r Maestreescuela en sescenta y cinqta mrs. dio por fiador a los ss. Arc no de Gordon y arº de Vabia, esta firmado el libro nuevo el can.º que se puso este dia”. También recoge a lo largo de este siglo XVI la confirmación de la asignación de medias anatas para La Seca (750 mrs.), Rodiezmo (4.505 mrs.) o Geras (1.000 mrs.) entre otras parroquias correspondientes al amplio arciprestazgo de Gordón.

NUEVOS ARRAIGOS EN EL ARCEDIANATO DE GORDÓN El poderío económico que fue adquiriendo la diócesis astur-leonesa, favoreció que, según iba transcurriendo este “siglo de oro”, se abordara, junto con las grandes obras pendientes en la catedral de Oviedo, la mejora o construcción de diversas iglesias en este arcedianato, primero en la segunda década, siendo arcediano el ya reseñado Pero Alonso de Valdés, y más tarde, a mitad de siglo, bajo la gestión de Jerónimo de Vallinas. Varias de ellas, fueron levantadas sustituyendo a las ya existentes, de una sola nave y cubierta de ramas y paja sujetas con piedras en los pueblos más sencillos (de unos 50-100 vecinos), incorporando la portada, ventanales, esquinas y contrafuertes realizados con sillares, y el resto de mampostería, siendo toda la piedra autóctona. A esta estructura principal, a veces se le solía agregar el brazo del crucero y una pequeña espadaña o torre campanario, en cuya zona basal era frecuente colocar la pila bautismal, así como la de “agua 1

Tal y como se recoge en el Libro de Anatas de la catedral de Oviedo” (ACO).

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bendita” en el interior del templo.

Figura 5.2.- Imagen de Cristo Crucificado de la iglesia de Folledo.

Adquieren un notable papel y gran prestigio social entre los vecinos de esta región y otros lugares, los canteros que, por lo general, se desplazaban en parejas o cuadrillas a los pueblos donde se realizaba la obra. En los templos mas importantes era común que, en el piso de la nave central y en los laterales, si los hubiera, se ubicaran sepulturas de los feligreses fallecidos, a las que se les otorgaba un carácter sagrado, generalmente “dando a cada vecino 7 pies de largo por 3 de ancho (esto es, 1,86 por 0,84 metros) mas una terzia parte para la disposición y paseos”. Sobre ellas existía la costumbre de efectuar ofrendas en días señalados del finado (entierro, cabo de año, festividad de su santo, el día de difuntos), que seguían siendo de alimentos (pan, vino e incluso animales domésticos), así como cera para velas para iluminar la tumba del difunto. De esta época, data la iglesia dedicada al apóstol san Juan levantada en Folledo (Fig. 5.2) en su ubicación actual, pues el primitivo templo y algunas viviendas originales de sus moradores, parece ser que se emplazaban a algo mas de medio kilómetro al este. Su frontal fue dotado de espadaña, la cual junto con los paramentos exteriores estaban constituidos, como aún puede apreciarse, por mampuestos, cantos redondeados y sillares de materiales pétreos de variada naturaleza, extraídos de los afloramientos rocosos y de los depósitos de los pequeños arroyos cercanos al pueblo. Siendo obispo de la diócesis de Oviedo Martin Tristán Cañete (1539-1546) y arcediano de Gordón el licenciado Juan Ximenez San Martín, el cual tomó posesión el 29 de octubre de 1539 (Fig. 5.3), fueron varias las ermitas citadas en documentos de entonces que quedaron reparadas o construidas en el arciprestazgo gordonés, dedicadas tanto a Nuestro Señor, como a otros santos y, muy en particular, a la Virgen María, destacando en este último caso las de Nuestra Señora de Celada, Nuestra Señora de Trasierra en Olleros o Nuestra Señora de Vega cerca de Boyza. (Fig. 5.4), esta última dotada de unas llamativas pinturas en el entorno del altar mayor 2. Asimismo, entre Vega y Santa Lucía se cita la de san Miguel de Casovestre “que es benº symple del señor dean de Oviedo 2

En su mayor parte estaban formadas por elementos de ornamentación floral o vegetal, junto con elementos alusivos a las peregrinaciones y a la ciudad celeste que narra el Apocalipsis. Su estado de conservación actual es muy deficiente.

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que tiene tiene ciertos diezmos”. A su vez, en la parroquia de san Martino de Huergas se relata la existencia en 1542 “de ciertas heredades que estan en el termino de San Servandi que es una hermita que se diza Abadia que es del Canº de Oviedo Diego Savier que paga el diezmo de dicha hermita”.

Figura 5.3.- Documento que recoge el nombramiento del notable arcediano de Gordón Juan Ximénez, en 1539 (ACO, Nombramientos)

Hacia ellas acudían los feligreses en los días especialmente señalados para la celebración de las romerías reuniéndose los devotos unas veces con actitud penitente, otras festiva o bien para realizar rogativas relativas al buen logro de las cosechas, la curación de dolencias epidémicas o, incluso, cuando existían periodos de persistente sequía (llegando a sacar en procesión a los santos patronos o vírgenes), pero siempre como una manifestación de la religiosidad popular, no exenta de cierta superstición, que por entonces imperaba en toda la comarca. Poco a poco se fue haciendo común que, en el entorno o alrededor de los santuarios o ermitas, se generalizara la realización de procesiones con la colaboración del pueblo, en las que se sacaba la imagen de la santa Madre de Dios entre cánticos y guirnaldas de flores, así como que la reunión gozase de un encendido sermón que avivase la fe de los creyentes. Esta arraigada devoción hacia la Virgen María favoreció que, alentadas por algunos párrocos y los padres misioneros dominicos, surgieran alrededor de estas 89


ermitas incipientes asociaciones de mujeres que se reunían a rezar el santo Rosario.

Figura 5.4.- Vistas lateral y frontal de la ermita de santa María de Buiza en la actualidad

También surgen con cierta fuerza en los ambientes rurales, grupos de feligreses sencillos que se congregan y forman cofradías3 o hermandades sobre todo fundamentadas en las devociones relativas a la Pasión y Muerte de Cristo o a la Santa Cruz, herencia de las manifestaciones religiosas precedentes promovidas durante los días cuaresmales, no siendo extraño que algunos encuentros litúrgicos de este momento se hicieran escenificados. Tuvo también bastante notoriedad la cofradía de san Vicente de la Gotera en La Vid surgida una vez que el papa Julio III (1549-1555) concediera indulgencias, a todo aquel que visitara la ermita (Fig. 5.5) después de una dificultosa ascensión.

Figura 5.5.- Acceder hasta este lugar no resultaba nada fácil y menos para los enfermos o lisiados. 3

En la diócesis ya existían desde el siglo XIII, una de las cuales era la de La Balesquida de Oviedo, fundada en 1232 y considerada entre las más antiguas de España .

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Posteriormente mereció que Clemente VIII (1592-1605) emitiera en 1598 una bula sobre la nueva concesión de perdonanza a los asociados de la ermita de san Vicente, pergamino que se conservaba –aunque muy deteriorado– en su entrada4. Además, en La Pola de Gordón, Llombera y Geras ya se empieza a poner de manifiesto una gran devoción, que en otros lugares de España surge ya en la primera mitad del siglo precedente, en relación con la festividad del Corpus Christi, así como por la veneración de la santa Cruz. Aunque no bien documentadas por estos dominios, estaba muy generalizada en la diócesis ovetense la presencia, en una gran mayoría de parroquias, de agrupaciones de cofrades de ánimas que tenían como principal obra de misericordia la asistencia a sus asociados en los momentos finales de su vida y asegurarles unos sufragios dignos. Otras tenían como manifestación colectiva básica la de organizar y participar en los festejos del día del santo patrón del pueblo. Pero las que sí alcanzaron arraigo y permanecen acreditadas en los archivos catedralícios, fueron la Cofradía de los doze clérigos de Gordón y otra similar en Alba (en los lugares de La Robla, Peridiella y Sorribos), las cuales tenían la peculiaridad, poco extendida, de estar formadas o alentadas por eclesiásticos, y que incluso empezaron a disponer de posesiones con sus rentas y cosechas. A lo largo de gran parte del reinado de Carlos I (1516-1556) resultó un verdadero quebradero de cabeza para los clérigos y fieles de este entorno el verse sometidos a un sin fin de contribuciones económicas con la finalidad de seguir sosteniendo las contiendas bélicas, en particular contra los turcos, aminorando así aún más las precarias economías de los moradores de esta zona y de otros territorios similares de Asturias, sometidos a la jurisdicción del arcedianato gordonés. Además de las adquisiciones de las bulas, había que aportar el tercio real del diezmo, tanto en dinero como en especies. Pese a que se abordan notables obras de mejora, tantos tributos impedían a las parroquias el poder disponer de dinero para otros fines, tales como gastos de fábrica (cera, velas, aceite, oblatas, obras de mantenimiento, limpieza o lavado de ornamentos, etc.) acentuando el deterioro y envejecimiento del interior de los templos. Menos aún eran capaces de sostener las obras de misericordia con los viandantes, desprotegidos o enfermos sin recursos. Gran expectación tuvo que causar la visita realizada por el obispo Fernando Valdés Salas (1532-1539) a los territorios del norte leonés para conocer la realidad de su jurisdicción. De esta forma, aunque impuso la Inquisición en la diócesis, alcanzó una gran aceptación entre sus subordinados y los feligreses al intentar establecer reformas que dignificaran a los clérigos y motivaran a la gente llana, para lo cual convocó un sínodo en 1533 y dictó Constituciones como su antecesor Diego de Acuña (1527-1532). Bajo su prelatura el arcediano de Gordón llegó a pagar, en 1535, la cantidad de 320 maravedís, junto con el deán y los de Benavente, Grado, Rivadeo, Bavia y Tineo, para tener el honor de cantar “las Oes de Navidad”, nombre vulgar que recibían estas antífonas mayores, muy celebradas y concurridas por entonces en la catedral. A los párrocos o curas simples se les pedía desde las más altas esferas episcopales, una es­ tricta moralidad de vida, observando gran decencia en el vestir con la recomendación de “traer cal­ zas y mantos solo para los de puerto allende, atento de que los de puerto aquende es tierra pobre y de montañas y no se puede hacer so ciertas penas y penurias”. Esta advertencia era señal de que ob­ servó mejores condiciones de subsistencia en el arciprestazgo de Gordón que en los pueblos asturia­ nos. Pasados tres años promovió la edición, en la primera imprenta de la capital asturiana, de 1000 ejemplares del Missale y 1200 del Breviarium Ovetense, bien encuadernados, que llegaron a salir a un precio, considerado muy caro, de diez reales y diez maravedís. Tales ejemplares fueron repar­ tidos entre los sacerdotes de Gordón, a través de su arcediano Juan Suárez de Carbajal, con la acer­ tada intención de favorecer el rigor en el ceremonial del culto sagrado, así como el mantenimiento de una vida espiritual diaria de los curas mas fiel a los requerimientos de su dignidad. De igual ma­ nera, se preocupó de incrementar el hasta entonces deficiente nivel cultural de los eclesiásticos rura­ 4

Surge además por este tiempo la costumbre de beber agua de una fuente cercana, llamada de “las virtudes” cuyo fluido se decía brotaba de las lágrimas de los santos allí enterrados y al que se le atribuía carácter curativo.

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les, incentivando la lectura de libros sagrados escritos por los doctores de la Iglesia. Su sucesor Cristóbal de Rojas y Sandoval (1546-1556), repitió la impresión de nuevos manuales, misales y breviarios, destacando el Breviarium secundum consuetudinem dioecesis Ovetensis magníficamente editado en 1556 (Fig. 5.6), de manera que, con todos estos libros y a través de tantas Constituciones, se logró corregir muchas devociones y costumbres ancestrales, así como evitar ciertas preces o ceremoniales con un cierto contenido supersticioso o mágico, dando, a su vez, mayor rigor a los actos litúrgicos realizados por los clérigos en sus respectivas parroquias. Para colaborar en su impresión, escribió a todos los párrocos para que aportaran un ducado por cada iglesia y, allí donde tuvieran pocos recursos, se distribuyera esta donación a prorrateo entre los fieles. Este prelado llamaba la atención a los curas sobre que la mayoría de los feligreses tan sólo recibían la comunión por Pascua de Resurrección, instándoles a una mayor frecuencia, en particular en las festividades solemnes de Nuestro Señor y de la Virgen Santísima.

Figura 5.6.- Algunas de las páginas del segundo Breviario Ovetense, editado en el año 1556 por Agustin de Paz, y conservado en el Archivo Capitular de Oviedo IG. XVI-162.

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Por este tiempo de mediados del siglo XVI, la diócesis astur seguía conservando diversas posesiones en este concejo, muy en particular en Folledo, con la yuguería de santa Eugenia, en los ya referidos parajes de Prados de la Fuente, que hasta pocos años después de 1550 estuvo llevada en arriendo por el canónigo ovetense Blas Gonzalez (Fig 5.7), aportando cuatrocientos cinco maravedís al año. Por idéntica cantidad, fue aprovechada ”por vida” por Gil Bazquez de Cepeda, desde 1558.

Figura 5.7.- Acuedo Capitular, de Octubre de 1550, sobre la renta que abonaba el canónigo Blás Gonzalez por santa Eugenia de Folledo

LA PUJANZA DEL CAMINO AL SALVADOR Al igual que en los siglos precedentes, continuaba siendo permanente el tránsito de peregrinos hacia la catedral de Oviedo, cada vez más ultimada y excelsa en su construcción, donde se mantenía instalada la honrada imagen del Salvador, así como las valiosas reliquias y joyas guardadas en la Cámara Santa (Fig. 5.8) en la cual “lucian permanentemente tres lámparas de plata por lo que se permitía venerar las reliquias mas o menos cerca”. A su vez, los caminantes no dejaban de visitar en la capital asturiana los numerosos templos y ermitas, dotados de las imágenes de la Virgen, de Cristo en la Cruz y otros santos de la Iglesia, que estaban repartidos a lo largo de la ciudad. Todo ello se veía reforzado con la realización de unos actos litúrgicos sumamente ceremoniosos en la recién completada catedral, con su erguida torre y un amplio pórtico (Fig. 5.9),

Figura 5.8.- A la izquierda, edificio prerrománico adjunto a la catedral, en cuyo interior se acogen las joyas y reliquias de la la Cámara Santa (derecha),

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que destacaba sobremanera en el centro de la ciudad amurallada. La acogida a los peregrinos tras tan larga caminata, plagada de innumerables dificultades en razón de las malas condiciones climáticas o lo escabroso de los caminos, estaba acompañada de unos actos cultuales llenos de una gran solemnidad en los que el cabildo se esmeraba para que no faltase la interpretación de cantos, música sacra, a la vez de estar dotados los celebrantes de brillantes ropajes y ornamentos, realzando así el esplendor propio del marco eclesial y el fervor de los asistentes. Poder orar ante tantas reliquias y altares, o recibir la bendición con el Santo Sudario que se conservaba con gran celo como uno de los objetos sacros más valorados, colmaba muchas de las amarguras pasadas durante el trayecto.

Figura 5.9.- Una imagen actual del pórtico y la torre de la catedral de Oviedo.

Las mejoras en las vías de acceso entre Asturias y León, llevadas a cabo por iniciativa del obispo ovetense fray Diego de Muros (1512-1525), el cual tuvo como colaborador al arcediano de Gordón Rodrigo de Mendoza, fueron una gran ayuda para favorecer las condiciones de accesibilidad de aquellos que se decidían a transitar por tan complicada ruta. De forma especial afectaron a los tramos que comunicaban Buiza con Villasimpliz (Fig.5.10) y de aquí al valle de La Tercia. Se vio complementado con la apertura de nuevas instalaciones de acogida que fueron solventando las necesidades de los viandantes. Tanto en La Pola como en Villasimpliz se ubicaron sendos hospitales que, a la vez de acoger a indigentes y romeros afectados por alguna enfermedad o 94


lesión, servían de albergue para los transeúntes (ver Plano n.º1, capítulo VIII). Este último, fue fundado en 1548 por el canónigo leonés Fabián Bayón, con el requerimiento de que “hubiere en él una persona que viua e rresida en el dicho ospital e cassa, e tenga agua, e fuego, e sal e Puerta abierta de dia e de noche y en qualesquiera tiempo que los peregrinos llegaren (...) e que tocase la campana quando fuere necesario para orientar a los peregrinos”.

Figura 5.10.- Trayecto actual de salida de Buiza en dirección a Villasimpliz, pasando cerca del antiguo cementerio.

Junto con estas casas de acogida se continuaba manteniendo activa la alberguería adyacente a la gran iglesia de santa María de Arbas del Puerto, si bien, eran continuas las quejas de los romeros por el abandono de sus habitáculos que estaban acompañadas por las actitudes de indisciplina o despectivas de sus clérigos. Ante tal situación, el obispado llegó a plantearse, en 1554, la venta de sus dominios ante la baja rentabilidad que aportaban. Los distintos edificios destinados al culto repartidos a lo largo del itinerario que atravesaba el arciprestazgo de Gordón vinieron a representar verdaderos hitos de referencia que alentaban la devoción de los caminantes, por lo que no les resultaba extraño a los creyentes naturales de la zona verse acompañados en sus ceremonias y rezos por personas foráneas, incluso con forma de hablar desconocida por proceder de países extranjeros.

LA TRASCENDENCIA DE UN CONCILIO Poco podían conocer los sencillos feligreses cristianos del arcedianato de Gordón sobre los profundos cambios que se estaban gestando en la Iglesia universal, ya que a duras penas les alcanzaba con asimilar las frecuentes decisiones que tomaba la jerarquía eclesiástica de su diócesis. Y es que, efectivamente, a partir de 1545, tiene lugar la convocatoria del Concilio ecuménico de Trento, llevada a cabo por el papa Paulo III (1534-1549) y que se prolongó a lo largo de diez y ocho 95


años, abarcando sus 25 sesiones el mandato de otros dos papas, el ya citado Julio III y por último Pio IV (1555-1565) con el que se culmina tan grandiosa reunión en 1563. A varias de sus sesiones acudió como embajador del “Emperador de la cristiandad”5 Claudio Fernandez de Quiñones y Mendoza, IV conde de Luna, con notable ascendencia en esta zona de la montaña central. La finalidad inicial, de este magno encuentro eclesial en esta ciudad del norte de Italia, era la de establecer las diferencias dogmáticas con los protestantes, considerados como herejes, pero el resultado final fue de mayor relevancia y calado para la vida futura de la Iglesia. Significó una profunda catarsis reformista que dio fin a la influencia de la época medieval, abriéndose a la modernidad que entonces representaba la cultura y el impresionante arte renacentista. Las decisiones doctrinales se establecieron por medio de decretos, que incorporaban los dogmas del Concilio, y a través de cánones, de menor contenido, en los que principalmente se rechazaban las directrices luteranas. La Iglesia se consideró, a partir de entonces, cómo el Cuerpo de Cristo, del que manan los sacramentos, los cuales deberían ser explicados a todos los fieles, al igual que todos los artículos del Credo, la fe católica, la oración del Padre Nuestro, la Santísima Trinidad o los Novísimos (muerte, juicio, purgatorio, cielo e infierno). De esta forma se asumió como una doctrina oficial el dogma de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, debido a lo cual, la custodia del Santísimo Sacramento en el Sagrario, quedó ubicada directamente sobre el altar, lo que requería una especial y permanente veneración. Se abolieron, en este sentido, los ritos eucarísticos locales 6 y se estableció el rito romano como el exclusivo para todo el orbe católico –conocido desde entonces como “tridentino”–, dándole a la misa una dimensión sacrificial. Se afirmó el valor singular de la Tradición de la Iglesia a través de los libros de los Santos Padres, además de los de las Sagradas Escrituras, que solo admitían los protestantes. Para su estudio y lectura, se recomienda sobre todo a los clérigos, la Biblia Vulgata, según la traducción de san Jerónimo, reconocida como oficial, puesto que su interpretación no podrá hacerse de forma personal, como permitían aquellos. Otro aspecto abordado digno de mención, fue la necesidad de conjugar la fe y las obras, sumadas a la manifestación de la gracia de Dios, restando así argumentos al pensamiento cismático que mantenía que el hombre sólo se salva por la fe. Finalmente, respecto a la conflictiva gestión de las indulgencias se prohibió la práctica común de su venta, aunque se siguieron manteniendo con un exclusivo sentido de remisión de las culpas. Al papa, se le reafirmó como la máxima jerarquía y autoridad, así como pastor universal de la Iglesia, considerando sus decisiones relativas a la fe como inspiradas plenamente por el Espíritu Santo. También se fortaleció la figura del obispo, cuyas decisiones estaban hasta ahora consignadas preferentemente al cabildo, dando instrucciones por las cuales se veían obligados a residir en sus propias diócesis. Una importante misión que se les requirió fue la de recorrer con asiduidad las parroquias teniendo como objetivos de tales visitas pastorales los de “introducir la doctrina sana y católica, y espeler las heregias; promover las buenas costumbres y corregir las malas; inflamar al pueblo con exortaciones y consejos a la religión, paz e inocencia, y arreglar todas las demás cosas en utilidad de los fieles”. Debería además de celebrar cada año un Sínodo y remitirle al Sumo Pontífice –o comunicarle personalmente mediante la visita “ad limina” a Roma– la marcha de la gestión episcopal. Se anuló la competencia medieval de las autoridades civiles o de la nobleza para la imposición, nombramiento directo o rechazo de los cargos eclesiales, siendo definidos los obispos como sucesores directos de los apóstoles. Por otra parte, los arcedianos dejaron de tener la relevancia de épocas pretéritas, viendo recortado su poder y algunas de sus múltiples atribuciones, convirtiéndose en colaboradores directos del obispo y miembros del equipo capitular. Por ello, cuando accede al cargo en 1568 el propio de Gordón Juan Martinez de Villatoriel, sus funciones quedaban ya casi limitadas a la administración eclesial, la asistencia a las reuniones del cabildo, las celebraciones litúrgicas en la 5 6

En un principio así fue considerado el rey Carlos I y, más tarde, su sucesor Felipe II. A ambos representó este noble. En España eran comunes los ritos mozárabe y visigodo, que aún prevalecían en algunas regiones, si bien ajenas a la gordonesa.

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catedral y el control de los temas pastorales de su jurisdicción. Ante tantas funciones, llegaron a rodearse de otros clérigos que los ayudaban en su misión, como podían ser un visitador, un coadjutor e incluso un secretario asistente. Respecto a los clérigos, se dictaron normas claras en relación con su comportamiento moral y costumbres, se dignificaron sus tareas, se estableció la prohibición de su casamiento, así como una estricta limitación en la acumulación de prebendas y beneficios, tanto económicos como patrimo­ niales. Aquellos que hubieren recibido el sacramento del orden, y solo ellos, tenían potestad para realizar la consagración y otorgar a los penitentes el perdón de los pecados. Se potenciaron medidas para conseguir un mayor grado de formación, reforzando las condiciones para su acceso al sacra­ mento del orden, donde se primaría con preferencia la vocación eclesiástica, antes que su rango so­ cial o el apoyo directo de los patronazgos. Además se incentivó que fueran más ilustrados, para lo cual se alentó en las diócesis la fundación de seminarios, colegios y universidades. En sus parro­ quias se reglamentó la existencia de libros de registro de matrimonios, bautismos y fallecimientos, así como la programación de catequesis para los niños. Se les impuso a los párrocos el deber de pre­ dicar en todas las misas dominicales y en las más relevantes fiestas religiosas.

Y EN PARALELO, LAS NORMAS CONSTITUCIONALES. Cuando aún no habían trascurrido diez años desde el inicio de esta trascendente reunión con­ ciliar, el ya citado obispo de la diócesis ovetense Cristóval de Rojas y Sandoval 7 celebró en mayo de 1553 un importante sínodo en el que se dictaron unas Constituciones de gran calado, redactadas en cinco libros, y editadas en 1556 (Fig. 5.12). En sus disposiciones, ya empiezan tímidamente a abordarse algunas de las sugerencias dictadas posteriormente desde Roma, recomendando de mane­ ra concreta “que se guarde lo contenido en los decretos del concilio tridentino”. Pocos meses des­ pués de esta convocatoria, y en fecha 7 de agosto, fue nombrado en sesión ordinaria del cabildo como arcediano de Gordón Juan Suárez de Carvajal, cuya actividad sinodal fue muy significativa. El primer y tercer texto, los de mayor interés para la vida eclesial de los pueblos y de sus pastores, hacen referencia, con gran extensión didáctica, a los artículos de la fe, los mandamientos de la ley, las siete virtudes, los pecados mortales, las obras de misericordia y los enemigos del alma. Contenían, a su vez, las principales oraciones, tanto en latín como en romance, a saber: el Padre Nuestro, el Credo, la Salve regina o el Ave Maria. Con la repetición de esta última salutación a la Virgen, no tardaría mucho tiempo en difundirse el “Ángelus”, cuyo rezo se anunciaba a mediodía mediante tres toques de campana, y se generaliza el rezo del santo Rosario, ya propagado desde el siglo XIII por los dominicos, pero que alcanzaría una aceptación popular generalizada en esta época. De todo esto se recomienda expresamente “que los curas y capellanes lo enseñen por si o por personas idóneas cada domingo y fiestas principales al pueblo (...) y les declaren el evangelio de aquel día. Y que no se de las bendiciones nupciales a persona alguna sin que primero sepa la doctrina cristiana”. Entre el sinfín de normas que se aprueban, se incluyen toda una serie de recomendaciones destinadas a corregir graves desviaciones en las costumbres de los clérigos, sobre todo que “los que tuvieren hijos no los crien, baptizen, ni desposen, casen, ni consientan cantar missa nunca en su propria casa. Que los hijos de los clérigos no siruan ni administres a sus padres al altar, ni en los diurnos oficios”. Tampoco se les permitía llevar armas, participar en juegos prohibidos, así como “cantar, bailar o danzar en bodas o cualquier otro regocijo”. Cómo exigencias de sus funciones pastorales, se les pedía que vivieran junto a las iglesias y que los que tuvieren capillas dijeran además las misas y oficios en ellas, así como que “los beneficios de los curas de Bauia, Gordón y Benavete, q. están del cabo de los puertos, se arrieden de nauidad a nauidad, o de Sant Juan a Sant Juan”. Así mismo se obligó a todos los párrocos a dejar constancia escrita de todos aquellos que 7

Este prelado había tenido una loable participación en las primeras sesiones del concilio de Trento.

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recibieran los sacramentos, esto es, bautizados, casados y difuntos, llevando un libro de registro. Pronto se añadirían otros volúmenes específicos para las cofradías, si las hubiese, para las donaciones u obras de misericordia y para la fábrica de los templos y casa rectoral.

Figura 5.12.- Publicación facsimilar, realizada en 1981, de las Constituciones de Cristóval de Rojas y Sandoval.

Fue tal el número de exigencias que se imponían, que se llegó a reglamentar hasta el tamaño de la corona sin pelo que era obligado traer en la parte posterior de su cabeza (tonsura), siendo de mayor diámetro la de los presbíteros que las de los diáconos. El cabello debería estar cortado por la punta de las orejas, redondo y no cuadrado y, de camino fuera del templo, traerá bonete. Su hábito, de tono gris oscuro o negro, debía de ser decente y que al menos llegase al tobillo, sin que se portase ropa alguna de vestir o calzar que fuera colorada, verde, amarilla, ni azul, ni otro color, de manera gracias a su compostura “sean conocidos como ministros de Dios, por lo cual los Pontífices y emperadores los decoraron de muchos privilegios”. La infracción de estas normativas sería sancionada con el pago de 100 maravedís destinados la mitad para obras pías. A los aspirantes a lograr las órdenes sacerdotales, se les incentivó su grado de formación, debiendo además acreditar su nacimiento, la honestidad en sus comportamientos y una firme intención de proseguir sus estudios hasta recibir el sacramento. Los que pretendan incorporarse a tales enseñanzas debían de tener, al menos, siete años, leer bien y conocer la doctrina cristiana, no pudiendo recibir el acolitado hasta haber cumplido al menos los doce años, o después de tres cursos de iniciar su instrucción. Los arciprestes, y en particular el de Gordón, se ven demandados a cumplir todo un conjunto de obligaciones inherentes a su cargo, como la de oír en confesión y administrar los Santos Sacramentos a los clérigos bajo su jurisdicción, cada vez que les fuera necesario, y “cuando Dios los llevare los enterrar y oficiar y tener dellos y de sus animas el cuydado que cualquier Cura deue tener de sus ouejas”. Han de controlar que los párrocos de su arciprestazgo, cuando se les deba trasmitir las directrices sobre la enseñanza de la doctrina o las formas de comportamiento, “acudan a los llamamientos y ayuntamientos y si no lo haziendo los multe, según tiene de costumbre, de manera que la pena q. les pusiere sea de cien maravedis”. Deben estar pendientes de la fábrica, limpieza y orden de la propia iglesia, vigilando que tanto él como los feligreses a su cargo han de 98


cumplir el no quebrantar las fiestas, dejar de acudir a misa o guardar silencio en el interior del templo. Más aún, si en las parroquias hubieran “personas legas, excomulgados, amancebados, casados en grado prohibido o que no hagan vida maridable, sacrilegos, usureros, supersticiosos, o que no se confiessen, o comulguen, o no guarden las fiestas, o no vayan a missa quando y como manda la Yglesia, o que esten en en algun otro peccado publico, y si los ubiere procedan con charidad a los castigar conforme a la calidad y publicidad del delicto, procurando con toda benignidad de los sacar del”. De tales faltas el arcipreste tenía la obligación de informarse a través de tres o cuatro personas de la parroquia que testificasen y que fueran “los hombres de mas boncilidad, sufficiencia, y buena fama que se hallaren”. Múltiples fueron las indicaciones dictadas para los arcedianos, los cuales se debian “personar, y una vez al año solamente, visitando y inquiriendo en todas las iglesias, hermitas, hospitales, malaterias y cofradias de su jurisdición”. Allí tenían la obligación de revisar todos los libros y ornamentos, de forma que estuvieran bien guardados, limpios y ordenados. También de tomar cuenta de las obras de mejora de los templos, rentas y hacienda, a la vez que de las personas que las administran, de manera que lo hagan de forma exacta, diligente y fielmente. Para las visitas de esta autoridad eclesial deberían de avisar un día antes al pueblo y no ha­ cerlo de improviso, guardando todas las procuraciones que tenían prescritas. Aquellas observacio­ nes, correcciones o mandatos que hubiese que hacer deberían dejarlas redactadas en el libro de la iglesia, y si luego no lo cumplieran los párrocos se verían expuestos a una sanción de quinientos maravedís. Con el fin de remediar los abusos y escándalos cometidos en épocas pretéritas, se exigía a tales dignidades no llevar o anunciar pena pecuniaria alguna hasta que los sancionables por cual­ quier causa grave no fueran sentenciados y “les encargamos procuren mucho que los que ansi se ha­ llaren en peccado queden enmendados”. Estas dignidades, además de aquellas que constituían el cabildo catedralicio y otros cargos de relieve en la Iglesia (arcedianos y arciprestes, entre otros), empezaron a estar sometidas, a partir de las normativas emanadas del concilio, a estrictas pruebas de Genealogia y limpieza de sangre, que hacían referencia “a su virtud, suficiencia y demas prendas del Señor”. Con tal motivo se vieron sujetos a rigurosos interrogatorios y certificaciones de manera que los elegidos para tan altas responsabilidades fueran personas “sin mácula, ni raza de Moros, Judios , Hereges, Reconciliados, Confesos, Penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición, ni otro Tribunal, ni que hayan sido tocados, ni comprehendidos en nota alguna de Infamia, y sí han sido siempre tenidos, havidos y reputados por Cristianos Viejos y de limpia sangre” El resto de los textos de estas Constituciones, tenían menor incidencia directa sobre los religiosos que ejercían su actividad en alguno de los estamentos eclesiásticos relacionados con Gordón, a no ser aquellas recomendaciones que se referían a la recepción de los diezmos y limosnas, a la imposición de penitencias o a remisiones por el perdón de los pecados, que quedaron perfectamente estipulados. Para tal fin, se obligó a las parroquias el disponer de nuevos libros donde se anotasen tanto estas percepciones dinerarias, al igual que la relación de las personas que accedían al confesor para exponer sus pecados. Pese a las buenas intenciones del obispo Cristóval de Rojas, no encontró suficiente colaboración para llevar a la práctica todos sus deseos, muy en particular entre los mas señalados miembros del cabildo y de muchos de los nobles que hasta entonces venían ejerciendo el patronazgo de muchos párrocos y parroquias, aunque no cabe duda que fue un punto de partida para seguir cooperando en romper algunas de las arcanas costumbres del medievo. Entre ellas esta dignidad venía a destacar la necesidad de luchar contra la ignorancia en la que estaba sumida gran parte de la feligresía, con un predominio abrumador de las gentes de los pueblos apartados de las grandes villas que no sabían aún leer y escribir, teniendo por ello grandes dificultades en acceder al aprendizaje de la Doctrina Cristiana. Al mismo tiempo, este prelado trataba de acabar con tanta apatía, indiferencia o rutina con la que se estaba viviendo la fe y las virtudes cristianas entre bastantes de los clérigos y feligreses de la diócesis, en un momento tan delicado para la Iglesia. 99


LA INCIERTA ETAPA POSTCONCILIAR Al brillante episcopado de Rojas y Sandoval, le siguió Jerónimo de Velasco (1556-1566), que también había participado en el concilio tridentino especialmente en la elaboración del indice de libros prohibidos, habiendo llegado a la ciudad de Trento en noviembre de 1561 acompañado de un importante séquito formado por 29 personas y cuatro cabalgaduras, al servicio solo de este prelado. Desde un principio, se mostró dispuesto a aplicar con rigor las tendencias reformistas e incluso a introducir otras nuevas no abordadas, sobre todo una vez promulgados por Felipe II (1556-1598) los decretos del concilio, lo cual se conmemoró solemnemente en la propia catedral ovetense el día primero de octubre de 1564. Entre las necesidades que consideraba de aplicación inmediata era la construcción de un seminario, aunque se volvió a encontrar con la resistencia de los movimientos más reaccionarios del cabildo y la nobleza ovetenses, lo que fue retrasando la asunción de esta y algunas otras de las nuevas directrices demandadas desde Roma. Durante su prelatura llegó a realizar hasta tres visitas a tierras del arciprestazgo de Gordón, pudiendo comprobar la pujanza de las peregrinaciones, la aceptable calidad de las instalaciones de acogida de los caminantes y el espíritu hospitalario de sus gentes. No ocurrió lo mismo con la “alberguería” gestionada por el abad del monasterio de santa María de Arbas, para la que se vio obligado, de nuevo, a imponer estrictas reglas con vistas a corregir tanto desorden, que degradaba la imagen de un lugar antaño tan importante, sobre todo ante los tan numerosos peregrinos extranjeros. Entre ellos, había tenido gran trascendencia la peregrinación llevada a cabo por el súbdito francés Antoine Lalaing, Señor de Montigny8 que, junto con algunos compañeros, realizó en 1501 la travesía hacia Oviedo, indicando como el primer día salieron de la capital “llegando a La Pola de Gordón, donde se cuentan seis leguas. Entre León y La Pola se separan el gran camino que va a Santiago y el de San Salvador por cuyo camino varios peregrinos temen pasar porque esta poco habitado, es estéril y mucho mas montuoso que el que va a Compostela”. En la jornada siguiente, atravesaron el monte de san Antonio, “donde Asturias comienza”, indicando como “no crece allí ni el pan ni el vino y es preciso llevar la mayor parte de las vituallas con asnos y mulas porque no hay mas que montañas”. Entre los viandantes foráneos se mantenía viva la popular coplilla que los italianos cantaban ya con anterioridad a mediados del siglo XVI: “Che chi va a s. Giacobo, e non a s. Saluatore, uisita it seruo, e lascia il signore”, sobre todo después de la descripción del viaje llevada a cabo por el peregrino de este país Bartolomeo Fontana, en 1539. Otro tanto ocurría con los romeros franceses o de los países bajos que proclamaban “Qui a été a Sainct Jacques et n'a été à Sainct Salvateur, a visité le serviteur et a laissé le seigneur” siendo de gran importancia la edición, en 1583, de la Nouvelle Guide des Chemins en Paris, por parte del viajero francés Nicolas Boufons. Junto a estos ilustres visitantes, estaban los trascendentes encuentros durante las “santas visitas pastorales” con la máxima dignidad de la diócesis y los llevados a cabo por el arcediano de la época Jerónimo de Vallinas, por lo que desde hacía siglos nunca como hasta ahora los clérigos y feligreses del concejo de Gordón habían estado tan asistidos, siendo cada reunión un motivo de entusiasmo y de exaltación de la vida religiosa de la zona. En los momentos cercanos al último cuarto del siglo XVI, tiene lugar en las tierras gordonesas una cierta desvinculación por parte de la diócesis ovetense de los señoríos eclesiásticos que poseía en Folledo, así como en Huergas y El Millar. El motivo de tal decisión estuvo condicionado por la necesidad de Felipe II de disponer de unas dotaciones económicas en todo el Reino de hasta 40.000 ducados para abordar sus luchas en el exterior, recurriendo a vender muchas de las propiedades que históricamente habían pertenecido a la corona y que tenían cedidas a la Iglesia. Para ello, se consiguió una bula del papa Gregorio XIII (1572-1585), de fecha 6 de abril de 1574, que otorgaba la facultad de desmembrar y vender jurisdicciones de la Iglesia “para defensa de 8

Este noble fue chamberlán de Felipe el Hermoso y más tarde de Carlos V, que lo nombró Gobernador general de Holanda, cargo que tenía cuando pasó por Gordón . (Gracia Noriega, 1999, p. 166)

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la República Christiana dado que con solas las entradas y rentas de sus Reynos y señorios no puede sustentar los grandes gastos necessarios para se oponer al impetu y aparatos de guerra, assi delos Turcos como de los mismos hereges”. De inmediato, tanto los representantes de la monarquía como de la propia diócesis, comen­ zaron a hacer asientos de las personas interesadas ante Alonso del Camino, acreedor de la corona. De esta forma este personaje hizo tratos con Diego Arias de Rodiezmo para la venta de los cotos de Huergas y El Millar, si bien la decisión definitiva, en diciembre de 1581, correspondió por orden de Su Majestad, a Juan de Grijalba, abonando la cifra de 3.000 maravedís. Diversas propiedades de Folledo, que en los últimos años estaban bastante descuidadas en razón a su lejanía de la sede epis­ copal y el poco interés que mostraban los canónigos del Cabildo, fueron liberadas por el vecindario, en octubre de 1582, indemnizando al obispo de Oviedo con 2.163 mrs. Desde esta misma fecha, El Millar formó barrio con Huergas, teniendo ya levantada una ermita (Fig 5.13) bajo la advocación de los santos Mártires san Fabián y san Sebastián, así como del apóstol san Mateo.

Figura 5.13.- Ermita de los santos Mártires de El Millar.

Mayor complejidad tuvieron las gestiones para la transacción de las propiedades del monasterio de Arbas, consistentes en pastos y aprovechamiento de montes (puertos del Abad) que tenia arrendados a vecinos de Tonín, Pendilla y Busdongo, así como otros cotos (Valgrande, Pajares) en el territorio de Lena de Suso. Después de muchos trámites, obligados por la oposición frontal del abad a tal operación, se consiguió la expedición de los privilegios de venta a los vecinos, en mayo de 1597. Una gran notoriedad alcanzó en este final de siglo el obispo Diego Aponte de Quiñones (1585-1598), que visitó de nuevo las parroquias de estos lugares de la montaña leonesa, donde predicó y confirmó a los aspirantes, percibiendo aún, al igual que en otros sitios de Asturias, cómo “la mitad del clero no sabía traducir del latín los evangelios del misal, ni lo mas indispensable para la administración de los sacramentos, sobre todo de la penitencia, ni el sentido de los articulos de la fe”. Reconoce que aunque mucho se ha remediado sobre la incontinencia de los sacerdotes y los impropios hábitos de vida privada “aún queda como rescoldo y ceniza, la mala costumbre de tener en casa a los hijos, hasta el día de su matrimonio”. Sin embargo, lo más digno de reseñar de este prelado fue la elaboración y promulgación, en 101


1586, de unos novedosos Estatutos y constituciones de la Santa Iglesia de Oviedo, en los que tuvo una participación muy activa el muy ilustrado arcediano de Gordón Pedro Moreno y de Ramales (1581-1618) y, sobre todo, el de Tineo, Alfonso Marañón de Espinosa. Entre lo más digno de mención que se recoge, está el desarrollo de todo el ceremonial litúrgico de los cultos, la forma de hacer los distintos momentos de la celebración con el sacerdote bien sea arrodillado, de pie, inclinado o sentado; los títulos y oficios de los clérigos dentro del estamento catedralicio con sus atribuciones y funciones específicas; así como el calendario preciso de las fiestas y procesiones aplicable a las distintas parroquias. Durante su mandato, quedan establecidas oficialmente las fiestas mayores de bastantes localidades, y así ocurre, entre otras, con La Pola de Gordón y Geras donde se instituye celebrar el día 14 de Setiembre la solemnidad de la Exaltatio Sancta Crucis (Exaltación de la Santa Cruz), coincidiendo con la misma fecha elegida hacía muchos años para iniciar el jubileo en la catedral ovetense. El conocido como doctor Moreno (Fig. 5.14) tuvo a su vez una dilatada actuación en la administración de la diócesis como miembro del cabildo, cómo así quedó evidenciado en los voluminosos libros que recogen los Acuerdos Capitulares9 del último decenio del siglo XVI. Además de estas funciones y de las propias pastorales, realizó importantes intervenciones ante el obispado de Astorga, con vistas a dar solución a algunos “agravios” ocurridos contra el ovetense, así como para el establecimiento de conciertos con los padres de la Compañía de Jesús, que pronto se vieron correspondidos con “visitas misionales” a los distinto dominios arcedianales, tanto del territorio asturiano, cómo del arciprestazgo de Gordón.

Figura 5.14.- Datos del arcediano Pedro Moreno incluidos en el fichero del Clero catedralicio.

Entre los diversos asuntos referidos a Gordón, de los que tuvo que dar cuenta esta dignidad, y que se incluyen en dichos acuerdos capitulares, figuran de nuevo los referidos a la percepción de las ya descritas “annatas”, en particular las correspondientes a la capilla de san Pelayo de Gordón, adjunto a Geras, por un valor de 410 maravedís, abonadas por el canónigo Alvaro de la Conega, al igual que las de Vega de Gordón por 1.010 mrs. y 3.405 mrs., aportadas por dos canónigos de la catedral de León. 9

Documentación que con gran amplitud de volúmenes se guarda en el Archivo Capitular ovetense.

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UN NUEVO CONTROL PARROQUIAL El activo prelado Aponte de Quiñones, demandó de su equipo capitular tener detallado conocimiento sobre la situación real de las parroquias de toda la diócesis, así como el estado de los clérigos a su servicio y las circunstancias que acaecían respecto a la percepción de los emolumentos derivados de su actividad pastoral. Estaba en gran parte alarmado por la precariedad económica con la que algunos desarrollaban sus funciones, sobre todo en los ámbitos de alta montaña y, concretamente, en los lugares más alejados de la capital diocesana. Por tal motivo quedó recogido, en la etapa final del siglo (entre 1587 y 1592) en los archivos de la catedral, (Fig. 5.15) una amplia información correspondiente a las iglesias del arciprestazgo de Gordón 10, con particular extensión en las de su municipio. A tenor de esta y otras informaciones, se pudo además confirmar que apenas habían existido cambios en el número de unidades parroquiales con relación a precedentes informes correspondientes a las centurias anteriores.

Figura 5.15.-“Armario Chico” perteneciente al Archivo Capitular de Oviedo (ACO) donde se guardan los documentos de los distintos arcedianatos y arciprestazgos. A la derecha, detalle de los cajones correspondientes al arcedianato de Gordón.

En el sector septentrional del territorio arciprestal gordonés, se detalla la situación del monasterio de Arbas, cuyo cabildo estaba regido, en 1590, por un prior que, además de su canonicato, disponía de tres mil quinientos maravedís que le aportaba la Mesa Capitular ovetense. Con él percibían beneficios otros tres clérigos “que poseían en título seis medias canónicas” y un sacristán, estando además complementadas sus dotaciones con los ingresos de las parroquias de Busdongo, san Miguel del Rio, santa María de Cassares (con el cellero anexo de Poladura y Viadangos), san Mamés, san Juan de Tonín, san Zipriano de Poladura, san Juan de Viadangos, santa María de Pendilla, san Miguel de Camplongo, san Pedro de Villanueva, san Andrés de Ventosilla, san Marttino de la Tercia y san Pedro de Rodiezmo. En todas estas jurisdicciones eclesiales existía un curato o un simple, que se llevaba el resto de los frutos recaudados, excepto otra parte que también se aportaba al obispo. En la parte arciprestal que corresponde al territorio o distrito de Gordón, se dio cuenta del estado del personal y su patronazgo11 en todas las unidades parroquiales existentes por este tiempo. 10 11

Incluido en el libro titulado como “Becerro Nuevo” (D136), depositado en el ACO. Era común que cada clérigo estuviera avalado por una personalidad civil o religiosa (patrono), que lo avalaba a la hora de

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La gran mayoría de los templos seguía manteniendo una precaria estructura constructiva, heredada, en muchos casos, del periodo bajo-medieval, constituida por una sola nave central o como mucho una disposición en cruz latina, en cuya cabecera podía llegar a tener incluso un corto brazo o ábside con disposición semicircular. En casi todas las localidades del concejo, su ubicación correspondía a la ocupada por los actuales lugares de culto12.

Figura 5.16.- Referencia correspondiente a la parroquia de Santa María de La Pola de Gordón.

De su capital, respecto a la iglesia de Santa María de La Pola de Gordón ubicada a poniente del núcleo urbano, se explicita textualmente: “En esta Parroqª. ay el Curado13 q. lleva enteramte los frutos escepto carga y media q. se da al Arcedº. de Gordon; el Curado es de press tar. del Conde de Luna y Abad de Arbas” (Fig.5.16). Por este tiempo este cargo de la nobleza estaba representado por Catalina Fernández de Quiñones. También de Santa María de Los Barrios, cuyo templo principal estaba instalado entre las agrupaciones de modestas viviendas de yuso (abajo) y de suso (arriba), se expresa: “En esta Parroqª. ay el Curado q. lleba enteramte. los frutos; y es de presstar. de Patronos legos Parroquiales. Ay en esta Iglª. la Cappellania benefº. simple de San Salbador y es de colazon. de su Santtº. y del Sr. Obispo, asi lo dicen los Vezos.. de serle a presstar. como el Curado” (Fig. 5.17). 12 13

acceder al cargo. Aunque sometidas en siglos posteriores a sensibles modificaciones merced a actuaciones constructivas de mejora. Esto es, el territorio bajo la actuación espiritual de un cura párroco o curato.

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Figura 5.17.- Texto referido a la parroquia de Santa María de Los Barrios.

Había además que atender al mantenimiento del culto de dos ermitas (san Roque y san Miguel) repartidas en cada una de las partes habitadas, lo que no siempre se llegó a hacer con la suficiente dedicación por parte de algunos curas o capellanes. Esto dio lugar a frecuentes quejas al arcipreste o al arcediano por parte de la feligresía de una y otra de las zonas pobladas de este lugar, que entraban con harta frecuencia en fuerte competencia sobre cual era la que recibía mejores y más habituales servicios religiosos. De la parroquia de Santa Maria de Huergas se recoge, a su vez: ”En esta Parroqª. ay el Curado q. lleba enteramte. los frutos y es presstar. el Sr. Obispo de Oviedo; asi lo senttº. el Vicario Pisuna a 9 de sete. d.e 1592. La pressto. Dn. Franco Diez de Mier a ssd.. aunq. puso en Ag to. de 1592”. (Fig 5.18). Allá por los parajes de La Portilla de Huergas todavía quedaba en pie, aunque con un notable grado de abandono y casi ninguna actividad litúrgica, la ermita de san Frechoso, tal como se complementa en otros documentos. No se deja ya ninguna constancia escrita, sin embargo, sobre el monasterio que, en el entorno de este pueblo, tuvo una notable vigencia y relevancia en el precedente periodo medieval. Otro tanto sucede con el alejado poblado y posesiones de Conforceto, si bien este escrito resulta ser poco especifico sobre la procedencia concreta de los frutos percibidos por el responsable eclesiástico del lugar.

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Figura 5.18.- Reproducción descriptiva de los beneficiarios de la parroquia de Huergas

En proximidad a esta última, se incluía la jurisdicción parroquial de san Juan de Nocedo, de la que se indicaba: “En esta Parroqª ay el Curado q. lleba mitad de frutos y el simple la otra mitad; el Curado es de presstar . de Patronos legos Parroquianos herederos; de Patronos legos es el simple, y el Curado de los Parroq os. los pressenteros del simple son: Alonsso de Carmina, Gonzº. Diaz y otros”.(Fig. 5.19).

Figura 5.19.- Anotación correspondiente a la parroquia de Nocedo.

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En relación con el reparto de asignaciones que correspondían a la parroquia de san Juan de Folledo, se reconoció como: “En esta parroqª. ay el Curado que lleba la mitad de frutos, y el Cellero otra mitad; el Cellero es anejo a la Messa episcopal de Oviedo; y el Curado es del Sr. Obispo de Oviedo de presstar. en todo lo que acaeze sacar, asi lo Senttº el Procur r. Andres Diaz el 9 de henero de 1596” (Fig. 5.20).

Figura 5.20.- Escrito relativo a la parroquia de Folledo a finales del siglo XVI.

Para la parroquia de san Pedro de Lombera, emplazada en un lugar prominente, los documentos catedralicios recogen: “En esta Parroqª ay el curado q. lleba mitad de frutos, y la otra mitad dos simples; el curado es de presstar. de Diego de Quiñones de Leon; el uno de los simples es anexo al monasterio de Gradefes, el otro a la hermita de ….” (Fig. 5.21).

Figura 5.21.- Descripción correspondiente a san Pedro de Llombera.

La ermita a la que, aún sin citarla expresamente, debe hacer referencia este escrito corresponde a la conocida como del santo Cristo de los Remedios (Fig. 5.22), levantada en el borde meridional del pueblo con mucha probabilidad desde el siglo XIV. En su construcción se empleó piedra caliza gris (Devónica) y rojiza (Carbonífera) con la portada y esquinas configuradas con 107


sillares y el resto de mampostería o sillarejo. Está presidida por una venerada y muy antigua imagen del Crucificado con gran tradición popular. También en este ámbito, con tanta historia eclesial, todavía eran reconocibles por este tiempo en el paraje de “Vegafonda”, los muros de un antiguo templo derruido, en el lugar que, en la actualidad, se conoce como “prado de la Iglesia”, aunque apenas se vislumbran restos.

Figura 5.22.- Ermita del santo Cristo de Llombera, flanqueada por un viejo cementerio. Al fondo, el pico El Castro.

Respecto a la muy antigua parroquia de Santa Lucia de Gordón, levantada a orillas del río Bernesga, indica: “En esta Parroqª ay el Curado de lleba enteram te. los frutos, escepto una carga de pan q. lleba el Patrono y es de presstar. de Dn. Pº. de Quiñones Sabredo; ay mas en esta Iglessia la Cappellania e simple de Sn. Miguel de Caves (Fig 5.23). es de colez on . de su Santtd. y de Sussª. por la alternatiba, asi lo proveyo el Sr. Obispo Dn. Franco. Dorantes14 en Valduvisso, su familiar, en 12 de Agto. De 1584, pr. aver sacado per obitum en el mismo mes de Ag to., y asi lo sentencio el Provisor Andres Diaz a 6 de julio de 1587 para darsela á Corral q. la posee aora” (Fig. 5.23). La mencionada capilla de san Miguel (ver Plano n.º1), se ubicaría en la ribera de dicho curso fluvial al pié de la Peña Cavera 15, paraje no muy distante del actual cementerio y probablemente oculta bajo una enorme escombrera de estériles de carbón procedentes del antiguo lavadero (Fig. 5.24). Otra ermita, quizás ya abandonada por este tiempo, se emplazaría más a poniente en los puertos de Don Diego siendo conocida como de san Juan de la Casa. Sin embargo, no se hace alusión alguna en este documento, sobre el no muy distante lugar de Villar de Frades, 14

Francisco Antonio Dorantes Pérez, natural de Cuellar (Segovia) fue obispo de Oviedo, nombrado con la recomendación del rey Felipe II, entre 1581 y 1584. 15 En otros documentos se sitúa esta capilla en el entorno denominado, bien como “Caves”, “Casovestre”, “Cosovestre”, “Consvestre” o, incluso, “Covasovestri”, que, por su etimología, parece hacer relación con la existencia de alguna cueva. La amplia extensión de materiales carbonatados en su proximidad justifica la existencia de alguna de estas oquedades naturales, quizá originalmente ocupadas, en tiempos más remotos y como en otras zonas cercanas, por monjes ermitaños.

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cuya iglesia parroquial de San Juan estaba incorporada desde 1468 al arciprestazgo de Torío, teniendo el patronazgo sobre los clérigos de este lugar el conde de Luna16.

Figura 5.23.- Relato de la situación de la parroquia de Santa Lucía de Gordón.

Figura 5.24 .- Lugar que ocupa la escombrera que limitó los accesos a los restos de la ermita de san Miguel y alguna que otra vivienda.

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Existen muchas incertidumbres sobre su posición precisa en la base del Cueto de san Mateo, e incluso, que las ruinas de tal poblado hubieran sido afectadas por las recientes explotaciones a cielo abierto.

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Respecto a otras parroquias de este arciprestazgo de Gordón, el valioso documento indicado recoge, a su vez, cómo en la de santa Maria de la Vega de Gordón el curado se llevaba los dos tercios de los frutos y, el resto, un simple, que debía de dar cuentas al monasterio de san Pelayo de Oviedo. En la cercana de san Pedro de Beberino, el cura responsable percibía todos los beneficios, después de dar razón a los patronos legos parroquianos, tal y como había sentenciado el vicario episcopal desde Oviedo, en Marzo de 1595. Respecto a la parroquia de san Juan de Cabornera, relata como hay un curado que se lleva por completo los frutos, los cuales, como en la anterior, debe justificar ante los patronos legos de la localidad17, a la vez que los correspondientes a san Juan de Pradiella (Paradilla). Asimismo, en la de san Justo de Vuica (Buiza), se daban idénticas circunstancias respecto a la percepción de beneficios que en las dos precedentes. En la floreciente iglesia de san Pedro de Jeras (Geras) se documenta como: “En esta Parroqª. ay el curado q. lleba mitad de frutos; y la otra mitad el Conde de Luna de quien es de presstar. el Curado”. Incluye, a su vez, adscrita a ella la ermita de Santiago de Jeras (ver Plano n.º1) que llegó a ser parroquial, emplazada en el lugar de Piedras Negras (Fig. 5.25), advirtiendo que “antiguamente había sido parroquial y en la que existe un Cellero dependiente del Curado de san Pedro, que percibe la mitad de los frutos”, mientras un cura simple la otra mitad. Este último ámbito religioso recibe igualmente el patronazgo del mencionado condado de Luna. No hace referencia este documento a la capilla conocida como de san Pelayo, en las inmediaciones de este poblado, así como de la que, posiblemente, existió en Villanueva de Geras, y que se ubicaría aguas arriba del lugar de Santiago de Geras.

Figura 5.25.- Paraje de Peñas Negras, al norte de Geras, donde pudo estar ubicada el poblado y ermita de Santiago de Geras, desaparecidos, según trasmisión oral, tras una muy importante riada. Más al norte, siguiendo el curso del rio Casares, aún se cita la aldea de Villanueva, de la que solo quedan algunas posibles ruinas de construcciones. 17

No se hace ya ninguna alusión a la ermita de Santa Cruz, levantada en un paraje bien alejado del curso del rio Casares y quizás por entonces en mal estado de conservación.

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Del mismo modo, acerca de la parroquia de san Martino de Villasimpliz (fig. 5.26a) se relata como está constituida por un curado del que el párroco se lleva por entero los frutos, aunque hasta no mucho tiempo solía ser un “préstamo” y, adjunto a éste, está nombrado un simple, del que el primero se llevaba la cuarta parte18. Adscrita a ella estaba, por entonces, la ermita de san Vicente de la Gotera19 que mostraba una inusitada actividad de visitantes lo que requería la frecuente presencia de uno de los dos clérigos –aunque no de buen grado ante las dificultades del trayecto para ascender a ella– con vistas a atender las peticiones de misas de los romeros y enfermos que acudían. Se cita también, a no mucha distancia de un arroyo y del templo, el hospital y albergue, haciendo hincapié sobre la beneficencia que se presta a los viandantes. Por último, dentro del concejo de Gordón, en la parroquia de san Juan de Peredilla (Fig. 5.26b) existía un curado que percibía todos los frutos, de los que debía de presentar relación ante el monasterio de Carbajal, como igualmente lo hacía su vecina santa María de Puente de Alba, que era su matriz.

Figura 5.26.- Imágenes de san Martino (izquierda) y de san Torcuato (derecha), preservadas en la iglesia parroquial de Villasimpliz y en la sacristía de la iglesia de san Juan de Peredilla, respectivamente.

En la demarcación más meridional del arciprestazgo gordonés destacaba la parroquia de santa Eugenia de Alzedo y su hijuela La Robla cuyo curado percibía por entero los frutos, de los que debía dar resultados a la Casa de Alzedo. Confirma, a su vez, como en este entorno existía la capellanía de san Antonio de Padua cuyo patronazgo pertenecía a Pedro de Quiñones, señor de Alzedo. Junto a estas, las parroquias de Cascantes, Sorribas, Valsemana, La Seca y Olleros completaban este importante dominio eclesiástico20, con gran actividad pastoral en esta etapa final del siglo XVI en la que se trataban de inculcar poco a poco a los clérigos, para después trasmitirlas al pueblo llano, las enseñanzas doctrinales y las innovaciones litúrgicas tridentinas. 18

Esta unidad eclesial aparece en algunos documentos adscrita tanto al ámbito territorial de Arguello o La Tercia, como al de Gordón. 19 Hoy en día conocida como de san Lorenzo (ver Capitulos I y III). 20 En esta relación vuelven a no recogerse referencias de las parroquias de La Vid y de Llanos de Alba, cuyo control pastoral y jurisdiccional era llevado, como ya se indicó, directamente por la diócesis leonesa, la primera bajo el patronazgo del monasterio de san Isidoro.

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Iglesia de San Juan de Paradilla, ubicada sobre un espectacular promontorio.

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TIEMPO DE SÍNODOS Y CONSTITUCIONES El impacto de las decisiones tomadas en el trascendental Concilio de Trento tardó bastante en hacerse efectivo en las parroquias de la demarcación gordonesa y en todo su arciprestazgo, a pesar de las directrices establecidas por el prelado Aponte de Quiñones que apenas tuvieron incidencia práctica en la vida eclesial ante la resistencia de una parte sustancial del cabildo y otras dignidades que pululaban por la sede episcopal. Tuvo que ser a finales del primer decenio del siglo XVII, cuando, con motivo del sínodo convocado por el obispo Juan Álvarez de Caldas (1605-1612) 1 y celebrado a primeros de mayo de 1607, se abordara la verdadera reforma eclesiástica de la diócesis ovetense. En junio se dictaron unas nuevas Constituciones sinodales que fueron publicadas un año después, en las que se aplicaron íntegramente las directrices y doctrina tridentinas, de modo que, pese a su corto mandato, dejaron una impronta muy notable en la renovación de las iglesias locales tanto de Asturias, como de allende la cordillera. Para tal fin, se demandó de todos los arciprestazgos que aportaran la situación real de sus jurisdicciones y se revisaron al completo los documentos preexistentes, tomando de ellos lo que se consideró necesario y conveniente para estos nuevos tiempos. Todo ello, bajo una estructura general en su articulado similar a la de constituciones precedentes2. El más importante documento, desde un punto de vista doctrinal fue el Libro Primero, que se inicia mostrando los fundamentos de la fe católica, explicados de manera detallada y sistemática, de forma que sirvan para el conocimiento de los pastores, para así trasmitírselos después al pueblo sencillo. A los clérigos se les recomendaba enseñarlos “no tratando cosas difíciles, curiosas o futiles, que no pertenecen a la edificación y aprovechamiento espiritual de los oyentes, ni cosas inciertas, falsas o supersticiosas”, aunque aún se seguía reconociendo que seguían siendo poco doctos en el saber. Todos los apartados comprendían, en resumen, este largo listado: – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Reverencia a la Cruz, imágenes y reliquias Obligación de santiguarse Oración del Pater Noster y significado de cada petición en él contenida Ave María y Salve Regina El Credo y sus 14 artículos (7 de la divinidad y 7 de la humanidad) Los 10 Mandamientos de la ley de Dios y su tratado Los 5 Mandamientos de la Santa Madre Iglesia Las 14 obras de misericordia Las 3 virtudes teologales Las 4 virtudes cardinales Las virtudes contrarias a los pecados mortales Los 7 dones del Espíritu Santo Los frutos del Espíritu Santo Las ocho Bienaventuranzas Las 3 potencias del alma Los enemigos del alma (el demonio, el mundo y la carne) que tientan a pecar Los 4 novísimos (muerte, juicio, infierno y reino de los Cielos) Las dotes del cuerpo glorificado.

Además, adquirió un significativo desarrollo doctrinal la exposición correspondiente a los siete sacramentos, incidiendo sobre qué son, para qué se hacen necesarios, así como la forma de ser recibidos por todos los cristianos e impartidos por los clérigos. 1 Este obispo era natural de la no muy lejana población de Caldas de Luna, perteneciente al arcedianato de Babia. 2 Las nuevas normativas se agruparon en cuatro libros, con un buen número de títulos en cada uno, ocupando la impresión un total de 116 páginas.

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Así, con referencia al Bautismo se indica como se podía realizar “hora per inmersionem, hora per aspersionem, y si quando nace se teme que no saldra vivo, se echara en la parte que descu ­ briese fuera del vientre de su madre”. Resultaba ya obligado que en cada iglesia parroquial dispusie­ ra de una pila bautismal, así como las capillas, con tal de que estas tuvieran unos quince vecinos en su alrededor. Se requería que estuviese mantenida muy limpia, cubierta con su tapa y cerrada con llave “porque tal guarda requiere tan grande Sacramento”. El nuevo concilio recomendaba que hu­ biera sólo un padrino, o una madrina, o ambos solos, y estos “han de sacar de la pila al baptizado: y los demas, aunque toquen al baptizado, no contrahen parentesco espiritual”. Por entonces, se em­ pezó a generalizar la costumbre de que los recién bautizados fueran revestidos con una vestidura blanca, realizada con gran esmero y primor por los padres o padrinos, llegando a utilizarse con fre­ cuencia por generaciones sucesivas. Un hecho bastante común era que las madres que habían dado a luz y llevado a su hijo a recibir este sacramento fuesen espiritualmente recompensadas ante tal cir­ cunstancia con una bendición particular o Benedictio post partum. Respecto a la Eucaristía, resultaba trascendente lo que se aborda en relación a lo que se llamó sacrificio del altar, así como la devoción y ceremonial litúrgico que se demandaba para su celebración, ante la “presencia real del Cuerpo de Cristo”. Por ello, se exigía a los clérigos gran dignidad al celebrarla y a los fieles guardar orden en el templo durante la Misa sin que “platiquen, ni traten sobre bienes temporales, y profanos, ni otras cosas, y a los que en esto excedieran les evite y corrija según su culpa, y en los que en semejantes momentos se dixeren injurias, dieren golpes o heridas”. Era obligado que cuando se sacara del templo el Santísimo Sacramento se hicieran tañer las campanas y acompañarlo en la calle bajo el toque de campanilla o bajo palio, si lo hubiere. Los que lo presenciaban, bien en sus casas o desde el exterior, debían de adorarlo de rodillas, con la máxima reverencia y silencio. Aquellos que fueran a comulgar deberían hacer previamente “un examen de sus conciencias, sobre si tienen algún pecado grave que les haga desistir”. También a los celebrantes se les pedía reconciliarse de los pecados veniales y otras faltas cada quince días, y recomendar que así lo hicieran por igual las almas pías. En el sacramento de la Penitencia, todo aquel que quería acogerse a él debía hacerlo de rodillas ante el confesor, el cual debería tener licencia expresa del obispo de Oviedo. Por tal motivo, no tardarían muchos años las iglesias del lugar en ir incorporando los primeros confesionarios 3 realizados en madera y con gran simplicidad (Fig 6.1). Los párrocos hacían la recomendación de acercarse al confesor cuando se estaba bajo pecado grave “desde Quaresma hasta el Domingo de Quasimodo (esto es, final de la octava después de Pascua de Resurrección)” –y otro tanto sucedía con la posterior comunión– y, de no hacerlo, pagarían dos reales destinados al sostenimiento y obras de mejora de la iglesia. Todos los curas, sobre todo los de las parroquias más alejadas de La Pola de Gordón, debían de hacer “matricula” de los confesados, anotándolos en un libro, para así dar luego cuenta al arcipreste. No podían administrar este sacramento a aquellos que no conocían la Doctrina Cristiana, pero, a su vez, había pecados de extrema gravedad que solo estaban reservado perdonar y absolver al obispo, tales como homicidios, excesos o vicios públicos de los clérigos, abortos voluntarios, simonía, etc. Estos, y otros que se consideraban de gran trascendencia para perder la vida espiritual propia de un cristiano, entre ellos: blasfemias, robos, actos de hechicería, encantamiento o conjuros, tráfico y especulación con el ganado impropio, convivencia en situación deshonesta, etc, formaban parte de una larga carta de pecados que, mediante edicto, había que colocar en las zonas visibles de la entrada de la iglesia. A los pastores se les exigía gran diligencia para corregirlos y castigarlos, dado que muchas de estas faltas eran causa de expulsión de los infractores de entre el grupo de los creyentes. Cuando ocurría tal circunstancia, esto no se quedaba aquí, sino que se les urgía “que con cuydado y diligencia procuren el remedio de sus almas, y por ello mandamos, que en cada Iglesia parrochial aya una tabla donde se escrivan los tales excomultados, y todos los Domingos y fiestas de guardar los curas los denuncien por tales excomulgados, para que sabiendolo los fieles se aparten 3

Estaban basados en los diseños del obispo italiano Carlos Borromeo, de finales del siglo XVI. Tal prelado llegó a ser elevado a los altares.

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de su trato”. La culminación del acto de contrición se realizaba con una advocación que se iniciaba con Señor mio Iesu Chisto..., que debían de saber de memoria los penitentes.

Figura 6.1.- Dos antiguos confesionarios conservados, no con muchos cuidados, en las iglesias parroquiales de Folledo (izquierda) y Los Barrios (derecha).

Entre las observaciones que se explicaban para el sacramento de la Extrema Unción, se recogen las condiciones que debían de darse en los templos de las parroquias para conservar correctamente las crismeras de los óleos y el santo crisma, debiendo ser introducidas en un arca cerrada con llave “sin fiarla de ninguna persona”. Cuando se terminaba el año propio de su utilización, antes de hacerse de nuevo con ellos, debería echarse el sobrante en la pila bautismal. El arcipreste de esta jurisdicción del norte de León acudía puntualmente a la catedral de Oviedo el Jueves de la Santa Cena para recibir los nuevos signos de unción, y se los entregaba de inmediato a los clérigos de las restantes parroquias. A los curas, se les recomendaba visitar a menudo a los enfermos e ir preparándolos para el momento oportuno de realizar el rito. Si existía un sacramento para el que se dictaron más modos y maneras para ser recibido y celebrado, era el del Matrimonio, incidiendo especialmente el sínodo, al igual que lo ocurrido en las Constituciones precedentes, sobre las condiciones requeridas para su legitimidad. Se rogaba a los curas que enseñaran a los futuros esposos “los bienes q. con el se alcançan q. son tres: el primero los hijos, que han de criar para el culto, y servicio de Dios nuestro Señor. El segundo es la Fe, y lealtad, q. han de guardar los casados entre si; el tercero la indivisibilidad del matrimonio: por lo cual los legitimamente casados no se pueden apartar si no es con la muerte”. Se contemplaba como ineludible y bajo sanción de la judicatura eclesiástica que aquellos que se casen “antes de aver recibido las bendiciones de la Sancta madre Iglesia, no se junten a vivir en vano, ni hacer vida maridable so pena de cada un de trezientos maravedis, aplicados la mitad a la fabrica de la Iglesia y al juez que lo executare por yguales partes”. A su vez resultaba obligatorio para su culminación la ausencia de razones de consanguinidad, de actitudes de inmoralidad y de desconocimiento de la 116


Doctrina Cristiana. Con tal finalidad se estableció la realización de proclamas en tres días festivos con la obligación, bajo pecado mortal, de comunicar cualquier impedimento grave por parte de los fieles; a su vez la exigencia de los contrayentes de ser examinados de la Doctrina Cristiana, todo ello siguiendo las directrices del Concilio de Trento. Los curas no podían casar a los candidatos pro­ venientes de otras feligresías sin conocimiento y autorización expresa de sus párrocos de origen, con vistas a evitar que se eludieran los numerosos impedimentos que la Iglesia obligaba, ante la unión de los futuros esposos. De todas maneras, después de que se cumplieran todas las prescripcio­ nes, si los contrayentes alcanzaban cierto nivel social, la ceremonia que los unía resultaba ser de lo más festivo y alegre, soliendo prolongarse la diversión varias jornadas. El establecimiento de todas estas trascendentes normativas, basadas en las directrices tridentinas, casi coincidió con el momento en el que Diego de Quiñones y su esposa Marcela, como patronos de la casa de Villar de Frades 4 diesen, en 1611, su “voz y representación para el beneficio curado simple de la Iglª parrochial de San Juan sita en este lugar a Juan Gonzalez Cienfuegos, clérigo natural de Vega de Gordón”. No obstante, este entorno seguía sin corresponder al obispado de Oviedo, ya que se mantenía adscrito al vecino arciprestazgo de Torio y, por ello, bajo la jurisdicción eclesiástica del obispado de León.

MÁS EXIGENCIAS PARA LOS CLÉRIGOS DE GORDÓN Como había sucedido con sus antecesores, el obispo Álvarez de Caldas, mostró una gran solicitud por conseguir dignificar a los diferentes miembros que habían recibido el Sacramento del Orden, de manera que diera lugar a una mayor aceptación y respeto por parte de sus fieles subordinados, pues todavía estaban presentes muchos de los abusos cometidos en la etapa final del medioevo, así como en los momentos pre-conciliares. Siguiendo, por tanto, las directrices tridentinas, el sínodo de 1607 estableció muchas normas de comportamiento por las cuales la vida de los arcedianos, arciprestes y clérigos se pretendía que fuera más austera, disciplinada y conforme a las costumbres inherentes a todo fiel cristiano. Les era obligado “rezar las horas canónicas conforme al Breviario Romano de Clemente VIII (1592-1605), so pena de pecado mortal, no aviendo ningun legitimo impedimento”. Al mismo tiempo, desde las altas instancias del cabildo ovetense, se insistía en la necesidad de llegar a adquirir un mayor grado de conocimientos, a través de una formación cada vez más depurada de los aspirantes al sacerdocio, y también de aquellos que ya estaban ejerciendo su ministerio. A los arcedianos en general, y en particular al de Gordón, se les reiteró la obligación de recorrer una vez al año todas las parroquias de su jurisdicción, así como las ermitas, hospitales, malaterías y cofradías, donde las hubiere, destinando el estío para las de la montaña leonesa. Deberían de comprobar con cuidado cómo estaban edificados los templos y las necesidades de reparación, a la vez que revisar los libros “aunque sin sacarlos de la Iglesia”, ornamentos, fábricas, rentas y haciendas, confirmando que todo estuviera en orden, limpio y bien custodiado. Tenían también encomendado que, allí donde las hubiere, deberían “visitar las escuelas de los niños, que lean los libros, sobre todo los de Doctrina Cristiana, que los maestros sean virtuosos, no tuvieran vicios, o fueran negligentes“. Estaban obligados a recibir información, a través del arcipreste y demás párrocos, del estado espiritual de sus súbditos, especialmente de los eclesiásticos, corrigiendo a los que estuviesen en pecado grave e imponiendo la penitencia. Pero, por el contrario, cada vez estaban más limitadas sus prerrogativas precedentes sobre sus retribuciones y el acceso a los bienes mundanos, demandándoles una vida bien austera, no pudiendo ni llegar de improviso a una parroquia, ni ser excesivo el tiempo de permanencia a su costa. Al arcipreste de esta jurisdicción se le pedía exigir, como ya ocurría con anterioridad, que 4

Dicha mansión y su entorno estaban, como ya se indicó, bajo la tutela del conde de Luna desde finales del siglo XIV.

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los clérigos que controlaba acudieran con prontitud a su llamada, incluso teniendo autorización para sancionar con 200 maravedís a quien no lo obedeciera. Estaba establecido que se reunieran en la festividad de san Marcos, o el domingo anterior, trasladando los curas todos los informes y peticiones pertinentes para ser trasmitidos en el siguiente encuentro sinodal, que, siguiendo el criterio del Concilio tridentino, debería celebrarse anualmente en Oviedo. Se veía obligado a cumplir y hacer cumplir aquello que el obispo le indicara en sus cartas y constituciones sinodales, especialmente “en lo que toca a residencia, hábitos y honestidad”. Entre sus múltiples funciones de control, esta dignidad era requerida para vigilar que en las villas o pueblos de mayor relevancia y actividad comercial de su arciprestazgo “ningun tabernero, tendero o bodeguero abra taberna, o tienda, o acoja en su casa a comer, y bever los dias de fiesta hasta después de la Missa mayor” (…) “Los barberos no afeiten, ni los çapateros desviren çapatos” (…) “prohibimos caçar, pescar o jugar cualquier juego antes de la Missa”. Debería dar una relación a su arcediano de todos los que han confesado y comulgado, así como tener elaborado el padrón de toda su feligresía antes del día primero de mayo. Pero las normativas eran incontables para los clérigos (párrocos, capellanes, diáconos) al ser los que convivían más directamente con sus feligreses y, por ello, las exigencias de una vida cristiana digna se hacían imprescindibles, con vistas a impedir la desmoralización y pérdida de la fe de los seglares. Se mantenía, e incluso se acentuaba, el cuidado de su porte y las estrictas formas de vestir, de modo que “trayga la corona abierta, y la barba baxa, con manteo y sotana negra hasta el tobillo, y bonete”. Bajo pena de 500 mrs. se les obligaba a no tener en su casa mujer sospechosa, casada o soltera, haciendo así seguimiento a lo dispuesto en el Concilio que prohibía de manera taxativa el concubinato. Además, se les privaba de beber vino en exceso, participar en negocios, pleitos o ventas, tomar parte en juegos, aunque “sí permitimos puedan jugar alguna comida o bebida que no exceda de quatro reales con otros clerigos en lugar decente”. Su conducta pública había de ser ejemplar, de forma que “en Missas nuevas, bodas, fiestas o otros ayuntamientos no canten cantares deshonestos, ni dancen, ni baylen, ni se disfracen, so pena de 500 mrs. por primera vez y si reinciden suspensión”. En su relación habitual o diaria con los fieles y convecinos, se les pedía que “muestren honestidad y religión de vida en sus palabras y conversaciones, siendo humildes y mansos al hablar y responder, aunque sean provocados con injurias. No sean disolutos al hablar y reir demasiado, ni sus practicas sean profanas y vanas, sino de edificacion y exhortacion de la virtud, de manera que su vida y costumbres sean a todos de exemplo, y los legos les tengan respeto y reverencia”. Según las directrices de Trento, los curas de los pueblos no se podían ausentar de sus iglesias más que dos meses al año, debiendo para ello tener licencia específica del obispo. Si así no ocurriera, su desobediencia les incurría en perder los beneficios de su cargo o, incluso, se les condenaría a penas de cárcel eclesiástica. También el obispado era muy estricto y riguroso, con el fin de evitar actuaciones de los protestantes en los templos católicos, prohibiendo terminantemente “que ningun cura, ni otro clerigo de nuestro obispado sea osado de recibir clerigo, frayle, ni monge extranjero a celebrar Missa ni otros divinos oficios, ni administrar los Sanctos Sacramentos en la Iglesia, ni darles ornamentos”. Quien así actuara incurriría en una sanción de 600 mrs., que se agravaría en extremo si fuera reiterativo. En relación a los lugares sagrados, cuyo control pertenecía a cada párroco, estaba ordenado que “dentro de las Iglesias no se hagan ayuntamientos ni otras cosas profanas, ni en los cementerios dellas se juegue a los naypes, pèlota, virlos, herron, ni otro juego, castigando a los infractores con una pena pecuniaria”. No estaba permitido tampoco hacer tañer vigüelas, ni otros instrumentos, a la entrada de estos recintos, a excepción de los señalados días de la fiesta patronal. Era su misión, vigilar las obras que se realizasen y su grado de cumplimiento, así como que los canteros o maestros las ejecutasen correctamente, no pudiendo hacerse ningún trabajo de cantería, carpintería u ornamentación sin que primero “se vean las quantias y el alcance que la Iglesia tiene, y si con sus rentas se pueden acabar”. Resultaba obligado tasar los trabajos para ver si 118


antes de su inicio se podían hacer a la baja y con garantías, para lo cual era muy frecuente colocar un anuncio en el pórtico del templo indicando un plazo para pujar. Del mismo modo era en extremo necesario conservar en buen estado las aras, arreglando las quebradas y cambiando con celeridad las que ya han “perdido consagración”. Para el sostenimiento de los ministros, los feligreses de Gordón seguían manteniendo la aportación de la décima parte de sus frutos y cosechas, dándose la particularidad de que “si el ganado se hubiere apacentado la mayor parte del tiempo en pastos de otra Parroquia, o parido, o trasquilado, la mitad del diezmo iría para esta y la otra mitad para la Parroquia de su dueño” . Los clérigos, a su vez, estaban obligados de pagar a su arcipreste una cantidad de los diezmos que recibían, a parte de lo que le generaban las tierras y heredades de su propiedad. Estas partidas representaban, en los poblados de La Vid y Ciñera, un impuesto especial conocido como “la tazmía” que se abonaba a la diócesis leonesa. Cuando fallecía el cura de alguno de los santuarios de la zona, el más cercano que no estuviera requerido para decir dos eucaristías los domingos y fiestas de guardar, era el destinado a celebrar las misas y administrar los Santos Sacramentos, gratificándole con los frutos del beneficiario difunto, mientras que el obispo de Oviedo no dispusiera de un nuevo nombramiento.

A VUELTAS CON EL CONTROL PATRIMONIAL En 1613, el rey Felipe III, conocido como “El Piadoso” (1598-1621), tuvo en consideración la necesidad de conocer y actualizar el estado de las cerca de cien parroquias de la diócesis de Oviedo, además de las abadías, prioratos y demás beneficios que se fueron incorporando desde hacía más de ocho siglos al Real Patronazgo de Su Majestad pero que “algunas dellas estaban ocultadas y usurpadas por patronos legos”. Para tal fin, destinó, entre julio y noviembre de dicha anualidad, al deán de Salamanca doctor Jerónimo de Chiriboga, acompañado de su hermano Eugenio, también canónigo. El obispo Francisco de la Cueva (1612-1615) comisionó al influyente arcediano Pedro Moreno –aunque ya afectado por sus dolencias y avanzada edad– y a otro canónigo del cabildo, para acompañarle, teniendo que levantar multitud de actas documentales de las propiedades de la corona compartidas con la Iglesia católica. Entre otras, se reconocieron las donaciones en el arciprestazgo efectuadas ya desde Alfonso III el Magno, de los santuarios de san Justo de Buiza, Santa Lucía de Gordón, santa Columba de Puente de Alba y de san Pedro de Cascantes, a los que se unió la visita a la abadía de santa María de Arbas. Con la primera de estas basílicas, se enfrentó a una seria problemática al “estar mudado el sitio de la yglesia y esto es de dos maneras, una es dexando hecha ermita la que era yglesia parroquial y edificando la parroquial en otra parte, como se ve en la yglesia de sant Juan de Buiza que está hoy hecha ermita y la parroquial se edificó dentro del lugar de Buiza con vocación de sant Justo”, adquiriendo para este templo por entonces un venerado Cristo de madera policromada y situando además en él una pila bautismal con más de un siglo de antigüedad. No obstante, todo esto representó una pequeña parte de los quebraderos de cabeza respecto a los reconocimientos efectuados sobre el estado de mantenimiento y conservación del resto de los edificios religiosos adscritos a los diferentes lugares de Asturias, controlados desde el arcedianato de este lugar. Esta misión de vigilancia del grado de preservación de los edificios sacros, tuvo que ser continuada, desde 1617, por sus sucesores en el arcedianato, esto es, el licenciado Solis Villafañe y, a partir de 1625, por Juan Francisco Garcia de Ciaño (ver Apéndice nº 1), los cuales combinaban estas funciones con las visitas pastorales a las distintas parroquias de sus dominios eclesiásticos, complementadas con la asistencia a las obligadas reuniones del cabildo. Gran hincapié hicieron estas dignidades en sus visitas hacia el mantenimiento en buen estado de la techumbre que, dadas las condiciones climáticas de la zona, había que reparar cada pocos años. 119


A lo largo de este siglo, fueron distintos los arrendatarios de los terrenos, mansos y yugue­ rías que seguía controlando la diócesis ovetense, como lo confirma el “Libro de San Martino”5 (Fig. 6.2) , así denominado porque tales emolumentos se saldaban con el arcediano de Gordón u otras autoridades, en la festividad de este santo. De esta forma, está registrado que, en 1633, el postor de las tierras que el cabildo catedralicio seguía manteniendo en Folledo era el Sr. García Arango, tesorero coadjutor de la Diócesis, que abonaba por la “yuguería de Santa Eugenia en la Igla. de Folledo, 850 maravedís y gallinas”. Unos años más tarde (1641), lo hacía el canónigo de la catedral Sr. Ciaño, aportando 650 mrs. y gallinas, aunque mayor permanencia tuvo el vecino de Buiza Clemente García que, entre 1642 y 1678, aportaba la cantidad de 600 mrs. Fue sustituido en el aprovechamiento de esta propiedad de Santa Eugenia de Tíos hasta final de siglo, por el chantre6 Sancho Dóriga, con igual renta que su predecesor. No solo la Iglesia diocesana, sino que algún que otro monasterio y miembros de la nobleza, poseían diversas heredades en dis­ tintos parajes del concejo gordonés, que ve­ nían siendo atendidos por labriegos, estando algunos párrocos al cuidado de administrar Figura 6.2.- Portada del Libro de San Martino, del año 1649. sus frutos. Asimismo, también ocurría que ciertos hospitales de León, con afinidad a grupos religiosos, como los de San Antón y Don Gómez, mantenían ciertas propiedades en algunos pueblos del arciprestazgo, como sucedía con Paradilla. Eran tierras de labor o de pasto que solían estar arrendadas a los moradores durante periodos de nueve años, aportando por ello una carga y ocho celemines de trigo, y otro tanto de centeno.

UN NUEVO TIEMPO DE RIQUEZA ESPIRITUAL Una vez asimilado por los súbditos de este enclave del curso superior del rio Bernesga el impulso eclesial derivado del Concilio de Trento y de los sínodos posteriores, se produjo un periodo de religiosidad y de piedad como hacía mucho tiempo no se tenía constancia, en el que el único riesgo estaba en que se infiltrasen entre los creyentes católicos las ideas, consideradas como heréticas, de los protestantes. Los sínodos convocados por los obispos posteriores a Alvarez de Caldas hicieron precisamente hincapié en este hecho, además de reiterar con insistencia las directrices establecidas en 1607. Los arcedianatos de Gordón, Babia y Benavente, pasaron a estar controlados en las causas jurídicas del clero y de los seglares que hubieran sido objeto de sanción, por la recién creada Vicaría de san Millán de los Caballeros “cuyo territorio comprende una zona montañosa y otra parte del Reino de Castilla en la que hay lugares muy poblados con buenos templos como Benavente y Valencia de Don Juan”. En ella, además del arciprestazgo de Gordón, se incorporaron los de Alba, Armellada, Benavente, Carbajales, Luna, Omaña, Ordas, Riello, la Tercia, Toral y 5 6

Depositado en el Archivo de la catedral (ACO). Era la dignidad eclesiástica que designaba al maestro cantor y los miembros del coro, en la seo ovetense.

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Valencia de Don Juan. Sin embargo, la misión pastoral continuaba siendo ejercida por la jerarquía ovetense, cuyos obispos y arcedianos acudían con cierta regularidad en las obligadas visitas a las parroquias, una vez que habían sido institucionalizadas de manera definitiva desde el mentado Concilio. Algunas localidades más cercanas a la cordillera, incluidas en el primer arciprestazgo, como Pola de Gordón, Villamanín, Alcedo o Cascantes, iban adquiriendo progresivamente mayor relieve de manera que algunos prelados llegaron a referirse a ellas “como islotes apetecidos por los curas en medio de la pobreza y aislamiento en que yacían las aldeas”. No obstante, además de su capital, había ciertos poblados del concejo de Gordón que también empezaron a mostrar una notable pujanza, como Geras, Huergas, Buiza, La Vid, Los Barrios o Vega, en razón a su potencial agrario o ganadero y, por ello, no dejaban de ser, a su vez, especialmente solicitadas. Por lo general, la impresión que dejaban por escrito los prelados en sus encuentros con la feligresía de esta zona leonesa confirmaba que era gente que mantenía una gran constancia en la fe que predicaba la Iglesia católica, y cuya actitud era “sencilla, pacífica y noble, bien dada a la religión, y a pesar de lo sinuoso de los caminos raramente se dan escenas de violencia o de odio, ni tampoco refriegas entre grupos familiares”. Tan solo tuvieron conocimiento, entre algunos vecinos, de una cierta tendencia a la promiscuidad sexual y “al vicio de la blasfemia, contra el que luchan predicadores y párrocos; pero esta tan arraigada esta mala costumbre que apenas se consiguió algo por los medios arbitrados hasta ahora”. No faltaban algunas observaciones de los obispos y arcedianos por el hecho de que determinados súbditos, generalmente de insuficiente formación cristiana, conservaran todavía algunas actitudes supersticiosas o míticas, heredadas de momentos atávicos, que en gran medida se creían superadas. Tampoco existían graves conflictos a la hora de mantener la colaboración con las necesidades económicas de la diócesis y de las iglesias rurales, aunque no siempre el cumplimiento con las bulas se conseguía de buen grado. Por ellas, se tenían que aportar dos reales, lo que generaba que, en muchas localidades de las zonas aisladas de la montaña central leonesa y de la parte asturiana del arcedianato de Gordón, no hubiera apenas posibilidades de pagarlas en los años de gran penuria al perderse las cosechas. El gobierno del estado, de acuerdo con la Corona, incluso había cedido a principios de esta centuria su distribución y cobro, a entidades particulares que ejercían muchas veces una desmedida presión al pueblo llano. Fruto de la generosidad de los moradores de los pueblos con el pago de diezmos, bulas y li­ mosnas, que aportaban buenos dividendos a las parroquias, fue posible abordar nuevas construccio­ nes o notables reformas de los santuarios del arciprestazgo, y muy en particular en los pueblos del concejo de Gordón, a lo largo de los siglos XVI y XVII. Con frecuencia se realizaban con la colaboración desinteresada de los artesanos y vecinos del pueblo, o bien las costas que demandaban eran de escasa cuantía. Si así no ocurriera se debía de recurrir a canteros o carpinteros foráneos a los que se les vigilaba que no cometieran abusos. De esta forma ha quedado recogido, en los archivos de la catedral ovetense, referencias de aceptación de reformas, aunque de forma no muy precisa en cuanto a fechas exactas. Bien fueran asimilados a templos parroquiales o a ermitas, que se suman a las ya reseñadas en apartados precedentes, a finales de esta última centuria quedó constancia de trabajos en las siguientes capillas: la del Santisimo Cristo de Geras (Fig 6.3 ), a la que se agregan las de san Pelayo y Santiago; otra con la advocación a san Juan, en Folledo (Fig. 6.4); de la ermita de la Santa Cruz en Cabornera; la de La Magdalena, al este de Beberino7; la muy antigua de san Miguel, entre Santa Lucía y Vega; la de san Juan, en cotas elevadas de esta última localidad (fig. 6.5); además, de la parroquial de Nuestra Señora de la Vega; la de santa María, en La Pola; la de san Martino de Huergas; la del santo Cristo de los Remedios, de Llombera; y la ya reiterada de san Vicente de la Gotera, en terrenos no muy alejados, aunque elevados, de La Vid (ver Plano n.º1, final del capítulo VIII). 7

Esta desaparecida ermita, se emplazaba no muy distante del río Bernesga, en el pago homónimo que ocupaban las fincas hoy denominadas “tierras de la Ermita”. Escobar relata el hallazgo en un prado de una piedra en forma de losa, con una cruz grabada, que podía corresponder a un ara. A escasa distancia de su emplazamiento se ubicaban diversos caleros, que calcinaban los materiales calizos que se extraían de los afloramientos cercanos y de los que todavía quedan evidencias de su existencia.

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Figura 6.3.- Ermita del santísimo Cristo de Geras.

Figura 6.4.- Dos perspectivas de la iglesia parroquial de san Juan en Folledo

De alguna de estas iglesias, se narra también la ejecución de trabajos de emplazamiento en su entorno de cementerios o enterramientos, haciendo alusión, con frecuencia, de los correspondien­ 122


tes clérigos que las gestionaron, pues ya se había abandonado la ancestral costumbre de colocar los cadáveres en sepulturas ubicadas dentro de los templos.

Figura 6.5.- Localización de la posible ermita de san Juan al suroeste de Vega y detalle de los restos de sus muros exteriores

A las ya citadas se unían las pequeñas capillas de san Roque, en los Barrios de abajo, y de San Miguel, en los de arriba (ver plano nº.1, capítulo VIII); las de san Servando en el lugar de Conforcedo, en Huergas, o de san Pelayo, en la cabecera del arroyo Huergas, en Peredilla; y el muy antiguo santuario de san Bartolomé, en Nocedo (Fig. 6.6), en el cual su cura simple tenía fijada, hacia 1620, una media anata de 1500 maravedís. En este último lugar sagrado, los feligreses de dicha localidad veían cómo, en 1623, recibía las aguas bautismales su preclaro hijo Santiago Llanos Juárez, que durante la segunda mitad de siglo llegó a ser canónigo de la catedral de León y de cuya ascendencia quedó constancia en el expediente de Limpieza y Sangre archivado en la diócesis

Figura 6.6.- Antiguo santuario derruido de san Bartolo­ mé, en Nocedo, hoy cementerio (arriba), cuya espadaña (derecha) se considera de época medieval (siglo XIVXV).

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leonesa. Esta buena disponibilidad, fue la que permitió fundar al párroco de Buiza y arcipreste de Gordón Domingo Álvarez Peró y Barroso, una capilla dedicada a san Antonio de Padua y el santo Cristo del Amparo, finalizándola este siglo XVII (Fig. 6.7). Fue levantada empleando en su frontal sillería y sillarejo de piedra caliza gris, con un buen trabajo de labra, extraída en los afloramientos devónicos del entorno de esta localidad. Sobre el dintel semicircular de la puerta principal se escribió la inscripción “Templo de San Antonio de Padua santo de gran devoción”, mientras que en la bien tallada hornacina ubicada poco por encima, se puso: “Soli Deo honor y gloria”. Todavía, a la derecha de la entrada sobre un pequeño ventanal enrejado, existe otra frase grabada por la que se reclamaba limosna para el santo, a la que respondían generosamente muchos de los peregrinos o transeúntes que ante ella pasaban.

Figura 6.7.- Iglesia de san Antonio, en Buiza. En la dovela central del arco y en la hornacina superior (foto de la derecha) aparecen unas inscripciones, casi borradas que hacen referencia a este santo patrón. Otro tanto ocurre en el ventanal de la foto de la izquierda, casi ocultado por la maleza.

Las mejoras no solo se circunscribieron a los templos del municipio gordonés sino que se centraron también sobre otros edificios religiosos del arciprestazgo, como ocurrió, entre otros, con la Colegiata de Arbas, donde tuvo lugar el levantamiento de su torre campanario. Las limosnas aportadas por los dadivosos moradores de los distintos poblados de la montaña leonesa no solo permitieron mejorar las condiciones constructivas de estos lugares sacros sino también dotarlos de buenas imágenes por las que los fieles mostraban una especial veneración, iluminándolas con lámparas de aceite y velas, al tiempo de adornarlas con flores.

Fue muy común que cada vez se diera una mayor asistencia a la misa y a los actos litúrgicos, en especial durante las festividades más significadas del Adviento, Navidad, Miércoles de Ceniza, Cuaresma y Semana Santa, tiempos en los que se alentaba a los fieles a cumplir con el deber de confesar y comulgar. En el último cuarto de siglo llegó a ser habitual el rezo diario del Ángelus y el Rosario en los templos o en familia, así como el canto de La Salve en los días solemnes dedicados a María. Así lo atestiguan en sus escritos los obispos Alfonso de Salizanes y Medina (1669-1675) y Simón García Pedrejón (1682-1696), este último teniendo como hombre de confianza al arcediano de Gordón José Ramón Ruiz y Amaya, que a su vez estaba asistido en sus funciones pastorales por su sobrino y coadjutor Antonio Amaya. Estas generosas respuestas fueron frutos evidentes de haber atendido el cabildo a las 124


necesidades de un mayor acceso a la doctrina del concilio, manifestadas en las ya reiteradamente reseñadas reuniones sinodales, celebradas desde comienzos del siglo, en las cuales, además, se consideró la oportunidad del envío sistemático de predicadores, entre otros ámbitos al del arciprestazgo del curso alto del rio Bernesga. Tenían la finalidad de que, con sus sermones desde los púlpitos, se mantuviera más viva la fe y se concretara la estricta moral cristiana que se exigía a los devotos de esta época. Procedían preferentemente de la orden de los jesuitas, los cuales llegaron a abrir un gran edificio colegial en Oviedo, denominado de san Matias (Fig. 6.8), siendo además de docentes, responsables de bastantes misiones. Los primeros envíos se realizaron ya en tiempos del activo obispo Álvarez de Caldas, desarrollándose en estos momentos iniciales en algunas poblaciones de los arcedianatos de Gordón y Babia con una importante aceptación “contribuyendo eficazmente a desterrar la ignorancia de la doctrina y a convertir muchas almas atrayéndolas a la frecuencia de los sacramentos de la penitencia y de la eucaristia”.

Figura 6.8.- Iglesia de san Matías (hoy san Isidoro) adyacente a la cual estaba instalado el Colegio de san Matías y que hoy ocupa el mercado cubierto de El Fontán.

Las misiones impartidas por miembros de la Compañía de Jesús se intensificaron a partir de 1633 bajo la prelatura de Martin Carrillo Alpedrete (1633-1636), y sobre todo del año 1667, recorriendo de dos en dos los agrestes territorios de la diócesis. Entre sus requerimientos estaban que “se ayan de sustentar con las rentas que se donaban aportadas al colegio por todos los sujetos que se pudiere y que vayan a misiones por todo Asturias y a los lugares mas distantes y fragosos, y a la Vicaría de san Millán”. Aunque se desconocen las fechas precisas de su paso por Pola de Gordón y demás parroquias del concejo, se sabe que en 1672 realizaron misiones bajo la tutela del episcopado ovetense en iglesias del territorio de la montaña leonesa en las que “era tan intensa la predicación y con tales efectos que era lo principal averse desecho aquella tarde muchos amancebamientos bien escandalosos con admiración de muchos que lo supieron”. Nuevas prédicas se realizaron entre 1675 y 1678, correspondiendo este último año a localidades de Babia. 125


Consiguieron alcanzar tanta expectación e interés que los propios predicadores llegaron a relatar, a su vuelta al centro docente: “acudia la gente con tanto fervor que los pueblos enteros, como capitanias de soldados con sus clérigos, andaban de unas a otras partes doquiera que se sabia habia de haber sermón, y era tanta la ocupación de los Padres en el confesar que apenas se acordaban de comer”8. Con la llegada de los predicadores de la orden de los jesuitas, estos intentaron establecer congregaciones bajo la advocación al Sagrado Corazón de Jesús que, si bien alcanzaron cierta notoriedad en algunas localidades asturianas, no tuvieron suficiente arraigo en las parroquias del arciprestazgo de Gordón, aunque sí se consolidó su devoción. Las máximas expresiones de la espiritualidad popular en este arciprestazgo continuaban estando, por un lado, en relación con la celebración de romerías (Fig. 6.9) en torno a las ermitas dedicadas a la Virgen María (Celada, Arbas, Buiza) a las que asistían no solo los feligreses del entorno más inmediato sino también los de muchas localidades de los concejos implicados y, por otro, con las diferentes agrupaciones de fieles en pequeñas cofradías. Estas se fueron asentando en los pueblos con mayor censo de habitantes, la mayoría de las cuales cumplían con el tradicional objetivo de participar vivamente en las celebraciones litúrgicas y procesionales en honor de los santos patronos de las parroquias y organizar los festejos populares. Entre la nuevas hermandades o agrupaciones de devotas, surgen en el primer cuarto del siglo XVII, con especial apoyo femenino, las que se acogen a la advocación de la Inmaculada “desde el momento de su concepción”, teniendo como uno de los principales compromisos la asistencia al rezo del Rosario y al novenario que se organizaba en las jornadas previas a su festividad, en diciembre.

Figura 6.9.- Las muy antiguas imágenes de la Virgen del Valle, veneradas en Buiza, y custodiadas bajo llave en la iglesia parroquial.

Gran piedad y asistencia de feligreses mostraban también los actos litúrgicos funerarios, celebrados como despedida de los fallecidos. El féretro salia en comitiva desde la casa mortuoria, presidido por la cruz parroquial y los ciriales (Fig. 6.10), en compañía de los familiares, de riguroso 8

El ya indicado Colegio de san Matías llegó a destinar, en los veranos de algunos años, hasta diez padres de la docena con que contaba, mostrando un gran celo evangelizador.

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luto, y los clérigos revestidos con capas o casullas negras, los cuales solían ir cantando salmos, sobre todo el De profundis. Cerraba la marcha procesional el vecindario, entre los que tenían un puesto de relevancia los cofrades que lo habían asistido en sus últimos días, si es que existía en el pueblo alguna cofradía y el difunto había pertenecido a ella. Durante un largo periodo de tiempo sonaban “a muerto” las campanas hasta el momento de haberlo colocado en el centro del templo e iniciada la Santa Misa funeral. Solían hacerse vibrantes sermones, de manera que “la muerte no solo produjera temor entre los creyentes, sino sobre todo esperanza”, puesto que los dogmas del cielo, purgatorio e infierno estaban muy presentes entre la gente. Como en tiempos pretéritos, llegó a ser habitual el pago de plañideras acompañando al finado en estas celebraciones, por lo cual algunos arcedianos de Gordón (como en 1636 Juan Garcia Ziaño, considerado de mucha virtud y letras), llegaban a insistir, siguiendo las directrices del ya lejano sínodo de 1607, que en el interior del templo “mandamos que nadie haga llantos, ni clamores desordenados por los difuntos de manera que turben los officios”. La ceremonia culminaba con un responso, previo a ser enterrado en la fosa abierta en el cementerio ubicado, por lo general, en el entorno de este edificio sacro, cuando no adyacente a él.

Figura 6.10.- Cruz y ciriales empleados en las procesiones y entierros celebradas en la iglesia parroquial de Folledo.

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Todos los fallecidos, como ya se indicó, debían de quedar inscritos en el libro parroquial de defunciones, siendo a partir de las normativas dadas por el obispo ovetense Bernardo Caballero de Paredes (1642-1661) y el arcediano de Gordón Joseph Cossio y Barreda, cuando se demandó de los curas que expresaran no sólo el día de su fallecimiento, sino también su estado civil, si hizo o no testamento y en qué fecha, quienes eran los herederos y los legados píos del difunto, así como las donaciones para misas o limosnas. A su vez, había que precisar quienes habían sido sus padres y, finalmente, si murió de forma repentina o confortado por los Santos Sacramentos.

MÁS VENTAJAS PARA LOS PEREGRINOS Continuando con la tendencia ya secular, las peregrinaciones al encuentro con el Salvador, en Oviedo, no cesaban de mantener activo un gran protagonismo en la vida regular de los pueblos emplazados a lo largo de la ya histórica ruta de comunicación con la capital astur, itinerario que en la primera mitad del siglo XVII incluso se llegó a conocer como de las Indias de Asturias, en razón del abandono espiritual en que se hallaban algunos de los moradores más alejados de la sede episcopal. Gran parte de los romeros que llegaban a esta ciudad quedaban tan deslumbrados por el esplendor de su casi completada iglesia catedral, de sus joyas y sus valiosas riquezas artísticas, como de las reliquias que se guardaban en la Cámara Santa, “donde estan dos canónigos con gran reverencia enseñando las santas reliquias; y el uno de ellos habla diversas lenguas según los peregrinos”. La devoción por estos vestigios estaba en franco retroceso en este tiempo, siendo muy manifiesta la queja del cabildo por el olvido que hacia ellos estaban manifestando los reyes de España y los principales miembros de la corte o de la nobleza, dado que deseaban que, con su visita, fueran los valedores de tan trascendental patrimonio. Para revitalizar la contemplación y veneración de los valiosos objetos que se mostraban, el mentado prelado Bernardo Caballero de Paredes mandó construir, en 1660, en el ámbito de la catedral, una Nueva Cámara Santa o Sagrario9, con la pretensión de que tuvieran un marco de la máxima dignidad y atractivo, siendo concluida en 1663. Su uso, con el fin de mostrar tales tesoros, sólo perduró medio siglo, volviendo luego a su lugar original. La permanente afluencia de caminantes10, sobre todo en los meses del estío, fue testigo también de las notables mejoras que se venían realizando a lo largo de la ruta entre Asturias y León, registrada ya como Carretera de Castilla, que permitieron abrir un nuevo trayecto alternativo antes de llegar a Vega de Gordón mediante la construcción del Puente las Viescas sobre el río Bernesga y así enlazar con Santa Lucía, Villasimpliz y Villamanín. A partir de entonces, este recorrido fue testigo del paso de romeros tanto nacionales, en su mayoría, como franceses, portugueses, italianos o alemanes, e incluso, en menor cuantía, de flamencos o suizos. Al mismo tiempo, tales obras favorecieron que la apertura o reparación de albergues y hospitales siguiera en ascenso, de manera que entre León y Arbas –que a mediados de siglo tan solo contaba con el abad y un hospitalero– estuvieran efectivos los centros de Cascantes, La Robla (Celada), La Pola de Gordón, collado de Buiza, donde se mantenía la hospederia de san Antón (Fig. 6. 11), Villasimpliz11, Villamanín y Villanueva de la Tercia (o del Camino). En las estancias, destinadas a básicamente a las personas enfermas o lesionadas, el obispado ovetense había determinado que aquellos peregrinos que estuviesen sanos tan solo podrían pasar una noche, siendo para muchos de ellos el lugar más habitual de pernocta los albergues y casas particulares. En la vertiente asturiana, además de los ya en actividad con anterioridad al siglo XVII, se 9 10

En la actualidad constituye la capilla barroca de santa Bárbara. En 1611, atravesó estas tierras en peregrinación Jacobo Sovieski, padre de Juan III rey de Polonia, indicando que “el trayecto resultó muy fastidioso para el viajero”. (Gracia Noriega 1999, pp. 169-170). 11 En este lugar los hospederos eran nombrados por el abad de Arbas, siendo sostenidos por el cabildo y rentas de propiedades situadas en el entorno del pueblo. .

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inauguraban otros lugares de acogida y cura de enfermos en Vega del Ciego (Nuestra Señora de las Nieves); en Pola de Lena (llamado de Nuestra Señora de la Alberguería o de santa Ana); en La Villa-Mieres del Camino (conocido como de santa Catalina); y en Olloniego. Del estado y funcionamiento de todos ellos debía de dar cuenta anualmente el arcediano de Gordón de turno, cuya visita no siempre era recibida con agrado ante lo escrupuloso de las inspecciones.

Figura 6.11.- Trayecto actual desde el norte de Buiza hacia la antigua hospedería sita en la Forcada de san Antón.

Sin embargo, tampoco podían faltar algunos hechos reprobables como los que se dieron en 1628 en el monasterio de Arbas, cuando el prelado de la diócesis Juan Pereda Gumiel (1628-1632) tomó medidas sancionadoras contra el abad Cristóbal de Robles, el cual además del desprecio hacia los caminantes, se extralimitaba al cobrar prebendas y aranceles a los sacerdotes, al igual que a los estudiantes allí instalados a la hora de ser ordenados. La tensa situación con el obispado no se atenuó hasta 1645, con la firma de una Concordia entre el prelado Caballero de Paredes y el abad Suero Queypo de Llano, en la que se establecieron las competencias jurisdiccionales entre las partes, normalizándose temporalmente la situación, aunque con una atención y servicios en precario, al menos hasta finales de siglo.

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Imagen de Nuestra SeĂąora de Guadalupe, en la antigua RoperĂ­a de Beberino.

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MOMENTOS DE GRANDES OBISPOS Y ARCEDIANOS. En toda la historia de Gordón no había existido un espacio temporal en el que la concurren­ cia de los obispos de la diócesis ovetense hubiera estado tan presente entre sus parroquianos como lo fue el primer cuarto del siglo XVIII, siendo habitual que todos ellos, siguiendo las recomendacio­ nes conciliares, aterrizaran por los diferentes pueblos del municipio para conocer la “salud religio­ sa” de sus moradores y el ánimo de los clérigos en el cumplimiento de sus funciones. Así, esta centuria comienza bajo la regencia eclesiástica del obispo dominico Tomás Reluz (1697-1706), que había participado con anterioridad en varias misiones populares, recorriendo desde su nombramiento toda su jurisdicción. En el verano de 1701, estuvo en este arciprestazgo lo que le permitió contactar con la gente campesina de unos ámbitos tan remotos, manteniendo la preocupación de mitigar sus necesidades espirituales y materiales. Dada su cercanía a la feligresía más sencilla se le consideró como un autentico Pastor para el pueblo, abandonando la línea distante y más proclive a los poderosos de muchos de sus predecesores. Llegó incluso a suspender un sínodo que había convocado, ante la penuria que provocó una gran sequía, lo que condujo a una sensible reducción de las aportaciones de la mayoría de los fieles a los múltiples filii presbyterorum que en estos tiempos había, los cuales estaban “exhaustos ante la cortedad de sus frutos”. Entre los miembros del cabildo había nombrado arcediano de Gordón a Antonio Gala y Amaya, sobrino de su predecesor y cuyo hermano Manuel era también canónigo de la catedral. Esta dignidad mantuvo, igualmente, una importante actividad durante sus frecuentes visitas pastorales a las parroquias de la montaña leonesa, acentuando la implantación entre los fieles de los dogmas definidos en el cada vez más lejano Concilio tridentino. Entre las consignas dadas desde la jerarquía episcopal quedaron para la posteridad múltiples instrucciones dirigidas a los arciprestes y demás clérigos trasmitidas a través de sus cartas y homilías para que, entre otras recomendaciones de alto contenido moral, pidan a los feligreses que “se abstengan totalmente de bailar hombres con mujeres trabados de las manos, so pena de excomunión mayor latae sententiae”. Sus sucesores, entre ellos José Fernández de Toro (1707-1719), continuaron con las mismas directrices emanadas de Trento que les recomendaban estar cercanos a sus súbditos y a recorrer la diócesis para conocer sus inquietudes y las de los responsables de las parroquias, disponibilidad que le llevó a estar envuelto en algunos escándalos con mujeres piadosas y acusaciones calumniosas no probadas, teniendo que abjurar en 1719, retirándose a un monasterio en actitud penitente. Requirió nada más incorporarse, la colaboración del canónigo Manuel Alonso de Salceda de forma que, en setiembre de 1707, fue enviado a visitar las iglesias del marco leonés de este arcedianato. Como venía siendo común entre sus antecesores, vigiló con gran celo que “no se infiltraran las ideas de los herejes protestantes, ni otras costumbres procedentes de países extranjeros, que podían hacer mella entre las personas más aventajadas que podían tener acceso a libros que fueran críticos o no conformes con el pensamiento de la religión católica”. No obstante, entre los moradores de esta zona de la montaña central leonesa, tan solo una minoría podían verse afectados por “tan dañinas influencias”, en razón a las dificultades de trasmisión de las noticias y el bajo nivel cultural existente, por entonces. Pero, aunque pocos, ya se encargaban los clérigos de los pueblos de dar debida cuenta a su arcipreste, el cual a su vez trasladaba tales informaciones a su arcediano Mathias de Faes Miranda (que llego a estar cerca de veinte años en el cargo), culminando así una cadena destinada a velar por las desviaciones que pudieran producirse, tanto en la moralidad como en la difusión de ideas heterodoxas que generaran grandes incertidumbres entre los creyentes. No obstante, la influencia de los “ilustrados” en la vida clerical iba siendo cada vez más intensa, acentuada por la formación que iban adquiriendo aquellos que habían completado estudios en la Universidad de Oviedo (Fig. 7.1). A partir del tercer decenio del siglo XVIII, uno de sus catedráticos mas significativos y de mayor brillantez, era el monje benedictino de origen gallego Benito Jerónimo Feijóo que llegaba a expresar por este tiempo “mientras que en el extranjero prospera la física, la anatomía, la botánica, la geografía, la historia natural, nosotros nos quedamos 132


en estériles discusiones escolásticas”. También algunos arcedianos de Gordón como Juan García de Ciaño (en 1635), Joseph Rodriguez de Cossio y Barreda ( en 1657 y 1659), Diego de Valdés Bango (en 1675), Policarpo de Mendoza (1743-1745), Pedro Francos Bustillo (en 1774-1790) o Juan Antonio Méndez Vigo (1792-1801), llegaron a alcanzar un notable nivel académico como docentes de Moral o Filosofía, accediendo algunos a la dignidad académica de Rector o Vicerector de la Universidad (ver Apéndice n.º1). Este último visitó a los párrocos del arciprestazgo de este entorno en setiembre de 1794, convocándolos al día siguiente de las fiestas del Santo Cristo, en Nocedo.

Figura 7.1.- Patio de la Universidad ovetense, con la estatua de su fundador el obispo Valdés Salas, en la que varios arcedianos de Gordón fueron rectores o impartieron docencia.

Otro de los obispos destacados de esta primera mitad de siglo, fue Manuel José de Hendaya y Haro (1724-1729), el cual mostró una gran inquietud por mejorar el ornato y la fábrica de los templos. En su visita a los pueblos de la montaña leonesa advirtió cómo bastantes iglesias de los lugares más alejados a la capital, mantenían aún sus techos cubiertos por paja y madera, disponiendo de unas rentas insuficientes para poder dotarlas de un mejor estado, además de alcanzar malas condiciones de iluminación, al estar sumamente escasas de dotación de candelabros, alumbrado del Santísimo o de velas de cera. También observó la pobreza de los ornamentos o la vetustez de las casullas de los curas, a veces con solo una disponible, incluso algunas con el exterior destinado a las solemnidades y el forro, en negro, para poder también usarlas, dándoles la vuelta, en el ceremonial de las Misas de Réquiem. Esta dignidad advirtió de tantas penurias al arcediano de la zona para tratar de que valorase en sus recorridos la forma de ir corrigiéndolas, en particular evitando la participación abusiva de ciertos mayordomos y patronos laicos en la percepción de los diezmos, a la vez que solicitar mayor generosidad en las colectas de los feligreses, o gestionar mejor los arriendos de las propiedades del obispado. Tal sucedió en los años 1726 y 1727 en Folledo 1, con los acuerdos sobre uso de los bienes y linderos de Prados de la Fuente y la heredad de Santa Eugenia, cuya llevadora era María Suárez, a quien se le requirió una mayor aportación. En otro sentido, un hecho a destacar en este momento, fueron los intentos del arcediano Mathias de Faes para la creación de Montes de Piedad con vistas a poder atender con sus beneficios las ingentes necesidades de los más desprotegidos de estas tierras tan distantes y abruptas. No obstante, en este ámbito de la montaña central no alcanzó mucho éxito la medida adoptada, que sí cuajó en otras parroquias mejor dotadas de Asturias. 1

Según recoge el Libro Maestro de la catedral de Oviedo.

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La inquietud por la mejora de los edificios sacros o por incentivar la construcción de otros nuevos, se acentúa con su sucesor Juan García Avello y Castrillón (1730-1744). La culminación de las costosas obras de la catedral de Oviedo significó que, a partir de entonces, la diócesis no precisara demandar las cuantiosas cifras de periodos anteriores, pudiendo ser destinada una parte de las recaudaciones a las obras de fábrica y mejora de los templos de otros entornos. En su última etapa como prelado, visita por segunda vez el arciprestazgo gordonés y entre otras actuaciones pastorales, en 1743, celebró muchas confirmaciones en la ermita del Santo Cristo de los Desamparados, ubicada a la entrada del cada vez más boyante pueblo de Geras 2. Como recuerdo, quedó tallada en su exterior una pequeña imagen del Señor Crucificado con la Virgen dolorosa a sus pies (Fig. 7.2), acompañado de una inscripción sobre la concesión de indulgencias al ser visitada3. La intensificación de la actividad litúrgica de esta iglesia acentuó aún más la devoción de este pueblo a la Cruz de Cristo, de la que incluso llegaba a existir desde tiempos remotos una leyenda sobre el Misterio de las diez cruces, que hacía alusión a la protección divina que se derivaba del emplazamiento de cada una de ellas sobre la decena de cumbres que rodean el pueblo, preservándolo de manera especial de las temibles tormentas. En la fecha del tres de mayo, festividad de la Santa Cruz, era incluso elegido entre sus moradores un vigilante o celador que cuidaba de su mantenimiento.

Figura 7.2.- Ermita del santo Cristo de Geras e inscripción conmemorativa del año 1743. (Foto de la derecha cortesía de Javier Ordas).

Durante el mandato de este prelado y bajo la regencia de rey borbón Felipe V (1724-1746), se produce el establecimiento del Concordato de 1737 entre la Santa Sede, ocupada por el papa Clemente XII (1730-1740), y el Patronato Real, por el que se alentaba abordar, entre otros temas, la situación del excesivo número de sacerdotes y su conducta moral. También, de los excesos que se producían en algunas localidades, donde algunos nobles o vecinos mantenían el derecho de representación para la elección de los párrocos (ver Apartado n.º 2), aunque en Gordón fueron muy escasos aquellos nombramientos que generaron disensiones de envergadura. No obstante, estos aspectos no fueron tenidos en consideración hasta bastantes años después por la diócesis de Oviedo. Esta sensibilidad por los problemas reales del sencillo pueblo astur-leonés la evidenció de nuevo su sucesor Gaspar Vázquez de Tablada (1745-1749) el cual, ante la demanda de muchos 2

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Ante la intensa actividad eclesial que alcanzaba este santuario sus mayordomos llegaron a exigir, ya desde 1730, notables cantidades de maravedís en granos por sus servicios. Por esta época (1735), Phelipe García era el mayordomo de la imagen de Nuestra Señora de la iglesia parroquial. Según datos de la Vicaría de san Millan (cajas 188 y 291 , documentos 3945 y 10.921), extraídos del Archivo Histórico Diocesano de León. Por desgracia en la actualidad el conjunto muestra una cierta degradación motivada por los efectos de la meteorización en un ámbito de clima bastante extremado, así como por la actuación vandálica de quienes decapitaron las figuras.

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campesinos que vivían en condiciones de gran pobreza, les dispensó de la obligación de guardar el mandato dominical del descanso absoluto, “tan solo en el caso de tener que realizar trabajos serviles debidos a las faenas de recogida de las cosechas o de la hierba, eso sí después de cumplir con el precepto de oir la Santa Misa”. Más tarde, solicitó incluso la autorización para eximirlos de esta última condición, teniendo en cuenta la dispersión de sus domicilios, las inclemencias del tiempo y la distancia de sus vivien­ das al templo. Aunque el parecer de Roma fue contrario, llegó finalmente a llevarla a efecto en su jurisdicción, recomendando su aplicación en particular para las parroquias de alta montaña, allí donde muchos pobladores tenían que desplazarse con sus ganados a pastos bastante alejados de su vivienda habitual. Ponía así su total confianza en la bondad y religiosidad de las gentes de estos dominios, a sabiendas que, pasadas las jornadas del estío en que se desplazaban de los poblados, volverían a cumplir de forma disciplinada con sus deberes religiosos.

LA APORTACIÓN DE LA IGLESIA DE GORDÓN A LA ESTADÍSTICA NACIONAL A mediados del siglo XVIII, bajo la regencia de Fernando VI (1746-1759), se es­ tablece una gran iniciativa en favor del cono­ cimiento de la realidad de los pueblos del Reino de España con una finalidad hacendís­ tica. Surge entonces la figura del político Zenón de Somodevilla y Bengoechea, mar­ qués de la Ensenada (Fig. 7.3), que da nom­ bre al famoso Catastro, documento que per­ mite establecer una verdadera realidad esta­ dística de muchos de los territorios, entre ellos el de Gordón. En su elaboración partici­ paron, de manera decisiva, los párrocos de los distintos pueblos del municipio (ver Apéndice n.º 2), los cuales, junto con los ve­ cinos más ilustrados y sus regidores, respon­ dían a un cuestionario de 40 preguntas “en nombre de Dios y bajo la señal de la Cruz”. En base a lo allí contestado, se conoce como en La Pola de Gordón existían 36 casas con 65 vecinos, de los que cada labrador “paga zinco rs. en el año de Primizia a la Igla. Figura 7.3.- Retrato del marqués de la Ensenada realizado por de esta villa, y su Mayordomo, q. por veintte el pintor italiano Jacopo Amigoni. y siete labradores que ay en ella ymporta ziento treintta y zinco rr.. de vellon y sirven para el gasto de zera y azeite. Y tambien paga a la Sta. Iglesia Cathedral del Apostol Santiago tres zelems. de zenteno en razon del voto echo con el Santo”. También indica aquello con lo que participa el cura párroco en los diezmos mayores y menores y su valor por especies, y que son: “dos cargas de trigo, media carga de zebada, diez y seis cargas de zentteno; lino en limpio, dos arrobas; crias de corderos, diez; cabrio, quattro; mulares zien rs.; zerdos, uno; lana, dos arrobas; pollos, doze; y fruta cinco libras, manteca diez y solo si paga cada baca que cria dos libras, por no 135


dezmarse los terneros y será media arroba; y aun que tambien le corresponde el diezmo de zera y miel de colmenares por ser muy pocas las que ay en este territorio … todo ello valorado en dos mil reales y paga de seis fanegas y media de zenteno ael Arzediano de Gordon por razon de Patronatto”. Para la fiesta del Corpus Cristi la villa aportaba un total de 150 reales de vellón, destinados al adorno del templo, la cera, así como la propina a los sacerdotes concurrentes y a los regidores que colaboraban, a la vez que para sostener “la luminaria del Santísimo de la Iglesia”. Describe como persistía un hospital que “solo sirbe para recoger peregrinos y enfermos que trasuntan por la villa”. De la localidad de Buiza, indica como existían 69 casas habitables y 63 labradores que abonaban como primicias dos reales de vellón cada uno y tres celemines de centeno a la iglesia ca­ tedral de Santiago, lo que significa un total de tres cargas y cuatro cuartillos. Era de destacar entre los diezmos, la sustancial partida que representaba la aportación por la hierba. También correspon­ día cada labriego con tres maravedís al año a favor de la capellanía de san Antonio de Padua, exis­ tiendo a su vez en la parroquial de san Justo y Pastor (Fig. 7.4) otras capellanías dedicadas a san Andrés, La Soledad, a Nuestra Señora del Buen Suceso y al santo Cristo del Amparo 4. Relata como los terrenos y edificios de san Antón y Quilambre eran llevados por el convento de Ntra. Sra. de Guadalupe, en Beberino, por cuyo uso aportaban 200 reales anuales. Entre los gastos que correspondían a la gestión del pueblo, figuraban unos 60 reales por la función del Corpus Cristi. Completa la información con el hecho de disponer de un “hospital para recoger peregrinos” aunque de él no expone noticia alguna de cual era el grado de atenciones que se prestaba.

Figura 7.4.- Imágenes de los santos Justo y Pastor, colocadas presidiendo un altar lateral de la iglesia parroquial de Buiza

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Esta última capellanía fue fundada en febrero de 1736 por Clemente García Cienfuegos (Boletín Oficial Eclesiástico de la diócesis de Oviedo, 1911).

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Varias décadas más tarde de la ejecución catastral, se llevó a cabo la instalación en el templo de los santos Justo y Pastor de una hermosa pila bautismal, realizada, en su base y copa, con arenisca grisácea, mostrando tallados unos bellos conjuntos ornamentales complementados con una cruz en su lateral (Fig. 7.5). En el borde superior lleva una inscripción que expresa: “Esta obra se yzo siendo cuº el S.D. Antonio Alfonso Billafaz”, clérigo que estuvo de encargado de la parroquia en 1794 (ver Apéndice n.º 2).

Figura 7.5 .- Pila bautismal de finales del siglo XVIII instalada en la parroquial de Buiza.

Otra parroquia importante en dotaciones era la de Geras, en la que “los diezmos mayores y menores que se causan el termino de este lugar perttenecen p r. medias al Cura que es o fuere deel, y al Estado de Luna, por concesion Aposttolica, según es llegado a su noticia y se reduce a diez uno de cada jenero o espezie escptto de yerva que paga cada vecino, o asistente”, dando cuenta el cura de una cifra global de unos 200 ducados, poco más o menos. Cada labrador en activo (unos 50) pagaba a la iglesia parroquial en razón de primicias dos reales de vellón al año y a la catedral del apóstol Santiago tres celemines de centeno. Con las dotaciones correspondientes al común del pueblo se gestionaban tanto la función del Corpus Cristi, como las actividades religiosas relacionas con la festividad de la Exaltación dela Cruz, a la vez que la compra de la cera para el templo, destinando unos 250 reales cada año a tales fines. De Nocedo de Gordón, explica cómo sus 23 labradores aportan anualmente a la iglesia cinco rs. y once mrs. como primicias, correspondiendo con igual cantidad de centeno que en los pueblos anteriores para la catedral de Santiago. Todo esto junto con los diezmos que se remiten al cura párroco Pedro García Cienfuegos. 137


Figura 7.6.- Retablo actual de la parroquia de Nocedo (izquierda) e imagen de san Juan Bautista

Por entonces, en el boyante pueblo de los Barrios de Gordón, todos los diezmos mayores y menores correspondían al párroco; cada uno de los 48 labradores útiles aporta dos reales de vellón como primicia y tres celemines de centeno para la catedral de Santiago. Destaca cómo, en el paraje de “Bustillo mayor”, la Real Casa de Nuestra Señora de Guadalupe tiene arrendado pastos por los que abona cada año 1400 reales de vellón. Las aportaciones que recibe el pueblo las emplea, entre otras cosas, en la celebración solemne de la festividad del Corpus Cristi, así como para la cera de los distintos lugares de culto. Por este tiempo, la ermita de san Roque, emplazada entre las casas de la parte baja de esta localidad, llevaba varias décadas mostrando su mayor esplendor gracias a las pinturas murales 5 que realzaron la zona más sacra, en cuyo retablo y paredes laterales fueron representadas varias escenas explicativas de la Pasión de Cristo. Pese a su deplorable estado de conservación actual, aún son distinguibles varias de ellas, como las que recogen los momentos de la Sagrada Cena y su prendimiento en el Huerto de los Olivos, en el lado norte, hasta su desprendimiento de la Cruz y el Santo entierro, en el meridional (Fig. 7.7). Sobre el altar se representó la crucifixión de Jesucristo acompañado por dos monjes (san Antonio y san Francisco), situados a ambos lados de Cristo crucificado (Fig. 7.8). En la elaborada bóveda, los huecos existentes entre los ocho nervios pétreos, realizados con caliza de tono pardo-amarillento, se adornaron, guardando una notable simetría, con dibujos en las esquinas de los cuatro evangelistas, a la vez que otros cuatro elementos decorativos de gran simbolismo, constituidos por jarrones y ornamentación vegetal. El pequeño rosetón circular de piedra, ubicado en la zona central en que convergen las nervaduras, ofrece una inscripción grabada en su borde exterior, que expresa: “esta ovra se izo en el año de 1706” (Fig. 7.9). Indica, sin duda, una fecha en la que habría sido reformada esta capilla, añadiéndole estos elementos decorativos singulares que le darían, por entonces, un gran realce, siendo un estímulo a la devoción de la feligresía. Coincidía por el tiempo en que figuraba como cura párroco del lugar Miguel Suárez (ver Apéndice n.º 2). 5

El acceso a esta capilla y la contemplación de sus interesantes pinturas, fue posible gracias a la gentileza de diversos miembros de la familia Sabugal. Sería de gran interés la mejora y limpieza del interior de este edificio sacro, con muchos siglos de historia, y que, junto con los restos del Castillo, representa el mayor tesoro patrimonial del pueblo de Los Barrios.

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Figura 7.7.- Tres instantĂĄneas de las descoloridas pinturas de la iglesia de san Roque. Arriba: Ă&#x161;ltima Cena; en el centro: el Descendimiento de Cristo crucificado y abajo: el Santo entierro.

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Figura 7.8.- Representación de la Crucifixión en la pared central del altar mayor de la ermita de san Roque de Los Barrios de abajo. Puede observarse el deficiente estado de conservación de las pinturas, que solo permite diferenciar, muy difuminados e imprecisos, los motivos representados.

Además de estas mejoras, en 1718, se volvió a ampliar este edificio religioso dedicado a un santo tan popular, al que tantas rogativas se le hacían, muy en particular en momentos de epidemias de peste o de enfermedades malignas. Se le incorporó un nuevo cuerpo en la parte posterior de la nave, tal y como quedó registrado en piedra sobre el arco trasero, culminando, varias décadas más tarde, con el levantamiento de la espadaña del campanario, fecha que también se dejó inscrita, sobre piedra, en el exterior.

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Figura 7.9.- Tres imágenes de la zona de la cúpula, con la roseta central donde convergen las ocho nervaduras y que lleva inscrita la fecha de construcción de esta obra, siendo las pinturas rematadas a continuación (Fotos aportadas por Santiago Sabugal García).

Una distribución particular de las dotaciones se daba en el poblado de Llombera , dado que además de lo pagado al señorío de Luna (14 reales y 24 maravedís), eran divididos en tres partes los diezmos mayores, dos para el párroco del lugar y otra parte para el de Ntra. Sra. de Villa Pérez de León, siendo los menores en exclusiva para el cura de esta localidad, representando el total unos mil reales. Además, los 48 labriegos útiles, participaban con una hemina de centeno como primicias a la iglesia parroquial y, como en otros lugares, con tres celemines de centeno para la catedral gallega en razón al voto contraído con el apóstol. Aportaciones idénticas, en cuanto a primicias y al voto a Santiago, les correspondían a los vecinos de Huergas y El Millar, donde había 28 labradores en activo, representando los diezmos una cantidad global de 80 ducados al año. El “común” no tenía otros gastos que los correspondientes a la función del Corpus, ascendiendo a 150 reales de vellón. Unos años más tarde, en 1771 6, la dotación de la iglesia en estas localidades era de 11 heminas de tierra labrantía, cuyo producto contributivo era de 25 reales, y cuatro de pradería, representando 33 rs. Por su parte los moradores le aportaban 142 rs. más. El párroco de entonces tenía por adquisición tres heminas y un celemín de tierras (su producto 10 rs.) y dos heminas y dos celemines de prado (40 rs.). La rectoría (Fig. 7.10) disponía de 18 heminas de tierras (58 reales) y 5 heminas de prados (80 rs.), a la vez que la casa, otra corte, parte del molino (40 rs.), dos bueyes y otras tantas vacas (120 rs.), a las que había que añadir cuatro ovejas (18 rs),veinte cabras (60 rs) y tres yeguas. A todo esto se suman los diezmos 6

Tal y como recoge el documento catalogado con el n.º18 del Archivo de Huergas.

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regulados por el cura, ascendiendo el total de los censos nombrados a 872 reales. También se recoge cómo, por el voto de Santiago, estos pueblos aportan 400 rs. al año.

Figura 7.10.- Antiguas inscripciones de simbolismo religioso en la fachada lateral de la Casa Rectoral de Huergas.

En la localidad de Santa Lucía, los 25 labriegos en condiciones de aportar sus cargas impositivas a la iglesia abonaban unos cien ducados de diezmos, perteneciendo al párroco “carga y media de trigo, veinte cargas de centeno; veinte y cinco libras de lino; quarenta libras de lana; seis reales de hortalizas; veinte reales de crias mulares; diez y siete de corderos; seis de cabritos; uno de cerdos; cuatro pares de pollos; veinte y cinco libras de manteca y ocho reales de leche”. A su vez correspondían con veintidós cuartos y medio cada uno de primicias, y tres celemines al apóstol en razón del voto. A ello se sumaba el beneficio de san Miguel de Cosovestre, que goza Joseph Barela Dorigo residente en León. La parroquia de san Pedro de Beberino, construida a principios de siglo merced a la aporta­ ción de sus patronos Bartolomé Álvarez Rabanal y su mujer Isabel González de Quiñones, era ges­ tionada conjuntamente con la cercana de Vega, por el párroco y abad Joseph de Robles Castañón que, aunque tenía casa propia en este pueblo, solo iba a celebrar misa y otros ceremoniales, debido a residir en La Pola. De la primera localidad, cobraba todos los diezmos que aportaban los 18 labrie­ gos censados, en similares proporciones y especies a las relatadas para la capital del municipio y las restantes poblaciones. También lo dado en razón de primicias y voto al apóstol Santiago venía a ser idéntico a lo de la mayoría de los sitios descritos hasta ahora. Otro tanto ocurría con los vecinos de Vega. Sin embargo, una cuarta parte de los diezmos de los 36 cotizantes de este último poblado iban a parar al Beneficiado de la citada ermita de san Miguel de Cosovestre, cercana a Santa Lucía, a quien le correspondían unas heredades antiguas. A 142


destacar la noticia de cómo en Beberino “existe una mansión y huerta de dos pelos propia de la Casa Real de Ntra. Sra. de Guadalupe, orden de nuestro Padre San Gerónimo, dos molinos arineros cada uno con su rrueda sobre el reguero q e . pasa por la huerta y solo muelen quatro meses en el verano el pan necesario para la manutención”. Complementa la información con el hecho de que disponían además de cabañas y prados en el entorno de este pueblo. Ya desde principios de este siglo XVIII, la iglesia parroquial de esta localidad de la ribera del rio Casares, se había ornamentado con las pinturas realizadas al menos en las paredes laterales del altar y de la bóveda, que aunque en un mal estado de conservación aún perduran. En ellas se descu­ bren diversas escenas de la pasión de Cristo (Fig. 7.11). Todo ello recuerda, tanto en los motivos como en el estilo artístico, las anteriormente descritas de la ermita de san Roque de Los Barrios, cuya autoría y etapa pictórica debe de ser la misma, existiendo algunas figuras y representaciones ornamentales de gran similitud, como, por ejemplo, algún evangelista y los jarrones pintados de la zona abovedada (Fig. 7.12). En el centro de la cúpula, aparece un gran rosetón con distintas envolventes circulares sobre una paloma con sus alas extendidas y rodeada de ángeles (Fig 7.13), el cual completa un conjunto que merecía un mejor estado de conservación. También, en la pared izquierda de la zona del altar, bajo las pinturas, puede leerse de corrido la inscripción junto a un saliente de piedra del paramento que hace alusión a los ya referidos promotores y que dice: “ ESTE SANTO TENPLO FIZOLO BARTOLOME ALBAREZ RABANAL Y SU MUXER YSABEL GONZALEZ DE QUIÑONES Y SU HIJO PEDRO ALBAREZ RABANAL EL CUAL FICIERON POR FUNDADOR”.

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Figura 7.11.- Dos instantáneas, una en la página anterior, mostrando las pinturas sobre temas de la Pasíón de Cristo representadas en las paredes laterales del altar mayor de la parroquial de Beberino..

Figura 7.12.- Detalles de las pinturas del techo (evangelistas, arriba; y jarrones de color azul, abajo) muy similares a los representados en la ermita de san Roque, en Los Barrios. En medio de los dos apóstoles aparece dibujado un candelabro con siete velas que viene a recordar la “menorá” hebrea.

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Figura 7.13 .- Gran rosetón alusivo al Espíritu Santo pintado en el centro de la bóveda de la iglesia de san Pedro de Beberino.

Otra circunstancia particular se daba en la parroquia de la localidad de Cabornera, donde los diezmos aportados debían de ser repartidos en cuatro partes, una para su párroco Francisco de Hevia Castañón y el resto a distribuir entre otras tres personas a quienes les correspondía, “una quarta parte a Matheo Diez Corona, residente en Alcalá, como abad de Santa Doradía sitta en el lugar de Portilla, concejo de Luna de arriva y otra quarta parte de diezmos a D n Francisco Gutierrez, residente en Murias de Paredes, como Beneficiado simple rural de Santa Cruz, y otra quarta parte al Abad de Beberino”. Este abad, así como desde el siglo XVI los moradores de Mirantes de Luna, tenía derecho a pastar con sus ganados en los puertos de Santa Cruz y Espineo, extendiéndose las zonas de aprovechamiento hacia el oeste, hasta terrenos pertenecientes a Geras. Los 26 labriegos en servicio de este pueblo aportaban al año cada uno, a parte de sus diezmos mayores y menores, una hemina de centeno de primicias y tres celemines de esta misma especie a la iglesia catedral del apóstol Santiago. Además, a esta parroquia ubicada en la ribera del río Casares, estaba adscrita la cercana de Paradilla, donde sus 16 labriegos correspondían en proporción con idénticos frutos y similares diezmos, íntegramente destinados al cura de la matriz Francisco Hevia. Hacia él no fueron pocas las quejas a la hora de abonarlos por sentirse muchas veces desasistidos. En la mencionada aldea de Santa Cruz, ubicada a unos 3 km. al sur-oeste de Cabornera, una vez cruzada la collada de Fonfrea, (ver plano n.º 1, capítulo VIII) no tardarían muchos lustros en producirse el súbito colapso de una gran masa de materiales rocosos 7 deslizados ladera abajo desde la zona de Peña Rival en la vertiente meridional del Cueto san Juan. Tal parece que este ingente volumen de derrubios debió de incidir directamente sobre varias de las construcciones del poblado. Este desprendimiento dejó una gran cicatriz en los estratos calizos, por otra parte muy fragmentados en esta zona por acción conjunta de fenómenos tectónicos8 y meteóricos. 7 8

Se estima una caída de rocas del orden de unos cien mil metros cúbicos, con algunos fragmentos de dimensiones métricas. Cabe sospechar que el origen de la irrupción fuera provocado por los efectos de algún gran terremoto como pudo haber sido el de Lisboa de 1 de noviembre de 1755, cuya intensidad y zona de influencia fue muy extensa, provocando daños similares en otras regiones de la Cordillera Cantábrica, no muy lejanas.

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El resultado fue que, gran parte de las modestas construcciones ubicadas en la ladera septentrional cercanas al arroyo que baja a Bildoso, quedaron convertidas en ruinas cuando fueron sepultadas por los desplomes y destruidas por el incendio simultáneo que quizá se haya producido (Fig. 7.14). Aún se aprecian, semiocultos bajo grandes bloques de piedras, los muros de viviendas y es muy probable que en su parte más próxima a la reguera, en un paraje conocido como “la iglesiona”, y no muy lejano a la antigua aldea de Los Casaricos, quedase abandonada y derruida después la que fue su muy antigua ermita9.

Figura 7.14.- Debajo del enorme montón de pedruscos caídos de la cima aún quedan restos de algunos muros de las viviendas de los moradores de Santa Cruz.

Finalmente, el dominio eclesiástico de Peredilla –gestionado conjuntamente con el de Puente de Alba– contaba tan solo con 15 labriegos activos. Cada uno aportaba cuatro reales al año con vistas a corresponder con la primicia, así como de tres celemines de centeno destinados a la iglesia catedral de Santiago, recibiendo el Cura párroco diezmos en especie por una cifra estimada 9

Sobre estos lugares bien podrían planificarse catas con vistas a descubrir posibles hallazgos arqueológicos.

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en 339 rs. Aunque se celebraba con solemnidad la festividad del Corpus, los gastos corrían en este caso a cargo de la iglesia, mostrando también el pueblo llano una gran devoción hacia san Torcuato (Fig. 7.15) que, según la tradición, fue uno de los siete varones apostólicos que acompañaron en la evangelización de España al apóstol Santiago, cuyos restos descansan en Galicia.

Figura 7.15.- El obispo san Torcuato y Nuestra Señora del Rosario, dos imágenes que se veneran en el retablo de la iglesia parroquial de Peredilla.

También se incluyen en el prolífico Catastro de La Ensenada dos entornos que, por entonces, estaban adscritos al “Concejo de Vega Zervera, a la vez que pertenecían al Señorío jurisdiccional de la Dignidad Abazial del Real Convento de San Isidoro, de la ciudad de León”. Se trataba de Villasimpliz (cuyo párroco era Toribio Lopez Vibero) y las localidades de La Vid y Ziñera, cuyos cultos y servicios estaban atendidos por Francisco García Mena. Los vecinos de la primera localidad, en el límite con La Tercia, pagaban como primicias dos reales y cinco cuartillos de centeno en el caso de la primer pueblo, (donde se hacía también una digna procesión el día del Corpus Cristi), siendo de una hemina y media del mismo cereal en los otros dos. Por este tiempo, apenas hacía servicio el otrora importante hospital de peregrinos que acogía a todos aquellos que lo precisaban en su camino hacia Oviedo, empezando a estar en un estado de desatención y abandono. Por otra parte, en la iglesia parroquial se veneraba con mucha devoción a su patrono, el monje y obispo de finales del siglo IV, san Martino, celebrándose su festividad coincidiendo con los tiempos de matanza, previos al invierno. Pocos años después de editarse este informe catastral se adquirió la imagen de san Juan Evangelista (Fig. 7.16), apóstol hacia el que, desde antiguo, guardaban gran devoción los feligreses del entorno y a cuya advocación seguía estando el hospital y albergue de peregrinos. A todas estas percepciones dinerarias que aportaban las parroquias del arciprestazgo de Gordón, había que añadir aquellas que seguían correspondiendo a las “medias anatas” que los clérígos abonaban en el momento de su toma de posesión, las cuales representaban un signo del valor eclesiástico de la parroquia o capellanía en ese momento (ver Apéndice n.º 3). Seis eran las parroquias que por entonces acaparaban una mayor demanda en el municipio, las cuales, según el rango de la aportación eran: Buiza, Los Barrios, La Pola, Villasimpliz y Huergas-El Millar. 147


Figura 7.16.- Imágenes de san Antonio y san Juan Evangelista (esta última del siglo XVIII) ubicadas en la iglesia parroquial de Villasimpliz.

EL CÚLMEN DE LA LABOR EPISCOPAL DEL SIGLO XVIII . Cumplida esta primera fase de aportación documental, viene a ocurrir lo más significativo de la actuación de los obispos ovetenses en el campo pastoral y de generación de datos estadísticos sobre el estado de su diócesis, manteniendo así la trascendente línea de grandes prelados de esta centuria. Efectivamente, fue ya avanzada la segunda mitad del siglo cuando se dieron los más signi­ ficados: Agustín González Pisador (1760-1791) y el avilesino Juan de Llano Ponte (1791-1805). Lo prioritario que hizo nada más ser nombrado el primero, fue recorrer en los años iniciales de su febril mandato un total de 607 parroquias del territorio eclesial, incluso las alejadas, entre las que se con­ taban las del arciprestazgo de Gordón. Varias de ellas fueron visitadas primero en 1762 cuando se dirigía hacia la Vicaría de san Millán y, otra vez pasados dos años, en un recorrido por la mayoría de las iglesias de la zona. En sus encuentros se mostraba muy cercano a la ciudadanía, recomendando al arcediano que reconociera posteriormente aquellas a las que no pudo acudir. Como alguno de sus predecesores, Pisador fue consciente de la precariedad con la que en algunas de ellas se celebraban los cultos y vivían los sacerdotes. Varios de los edificios sagrados se mantenían en unas condiciones no adecuadas, sin haber sido sometidos a mejora alguna en los últimos siglos, lo que daba lugar a grandes deficiencias en su estructura. Las diez parroquias reconocidas y mejoradas en el ámbito gordonés, y de las que años más tarde se aportan datos para elaborar el Censo de Aranda (1768) impulsado por la Presidencia del Consejo de Castilla, fueron por orden alfabético: Beberino-Vega (san Pedro y santa María de la Natividad), Buiza (san Justo y san Pastor), Cabornera (san Juan Evangelista), Geras (san Pedro), La Pola de Gordón (santa María), Llombera (san Pedro), Los Barrios (santa María), Nocedo (san Juan), Puente de Alba-Peredilla (santa Colomba) y Santa Lucía. Era frecuente que, ante la llegada de este obispo, algunas de las iglesias más modestas compartieran las vestimentas u ornamentos sagrados, y si otras no lo hacían, no podían disimular la 148


pobreza e indecencia con la que las conservaban. De esta manera, procuraba advertir del desorden con el que muchos sacristanes –cuando los había– tenían sus templos, lo que generaba un total descuido en las vestiduras, así como una falta de aseo y limpieza de los lugares de culto y cementerios. Llegaba incluso a comentar como “algunos curas toleran su ausencia por no convenir con ellos en cierta cantidad, imponiendo esta carga a los parroquianos, quienes alternan entre ellos; abren las sepulturas para enterrar los cadáveres, doblan las campanas, encienden las luces y asisten en las funciones litúrgicas”. Observa, a su vez, como en todas las parroquias se obliga a los feligreses a que “fabriquen a su costa, la casa de habitación para los curas, siendo esta carga propia de los llevadores de los diezmos”. De estos últimos, no deja de comprobar ciertos abusos que se venían cometiendo a pesar de que alguno de sus predecesores ya había dado cuenta de frecuentes irregularidades. Todas estas circunstancias, junto con otras diversas quejas y aspiraciones de clérigos y fieles, llegaron a su conocimiento, a veces no exentas de cierta malicia o falsedad, pero sirvieron para tomar la decisión sobre la convocatoria de un importante sínodo, celebrado en el año 1769, en el que tiene una muy destacada presencia el “prebendado” Juan de Llano Ponte, desde nueve años antes arcediano y prior de Gordón, como uno de los jueces y examinadores sinodales. Previamente a su celebración se pide a cada párroco que rellene un cuestionario detallado, distribuido por arciprestazgos y arcedianatos, sobre los siguientes aspectos : •

Percepción anual de los diezmos y rentas de la parroquia, así como de las que le corresponden a él y a los demás curas.

Derechos sobre los entierros y difuntos.

Derechos que se abonan a los arcedianos por su asistencia a los servicios de aniversarios, procesiones, rogativas, cofradías, etc.

Derechos que percibe por administrar los sacramentos, así como por misas, sufragios y otras funciones eclesiásticas.

Número de vecinos que componen la feligresía,

Abusos y perjuicios que observa entre el vecindario.

Dado que los principios doctrinales emanados del Concilio de Trento ya habían quedado suficientemente regulados en las Constituciones precedentes, entre las nuevas Providencias Generales de este Sínodo, se hizo mucho hincapié en dignificar la forma de vida cristiana del numeroso clero existente por este tiempo que ascendía a cerca de cien solo en el extenso arciprestazgo de Gordón y unos dos mil en toda la diócesis. Por ello se insistió en dictar una estricta normativa para salvaguardar su moralidad pública, respaldada, como en siglos precedentes, por la monarquía y, más recientemente, por el Concordato establecido en 1753 entre Fernando VI y el papa Benedicto XIV (1740-1758), que dejaba en manos de la Iglesia su control con todo tipo de directrices y consejos morales. Se reitera la necesidad en la mejora de su porte externo, con un correcto uso del traje talar, dándoles permiso para “usar zapatos de palo o madreñas hasta la puerta de la Iglesia, dadas las condiciones de los caminos ya que otro calzado sería costoso e incómodo”. Era obligado controlar todos aquellos comportamientos que afecten a su dignidad, autoridad y prestigio, tales como: acudir a tabernas –desterrando el vicio de la bebida–, participar en el juego de naipes o la asistencia a comidas de cofradías y festividades solemnes, salvo cuando haya que acompañar a otros curas de los pueblos alejados a los que sea preciso darles de comer. Se dictan medidas, incluso, sobre el número de platos y la cantidad de vino que deben de admitir al ser servidos, y sobre la obligación de comer en mesas separadas del resto de los seglares. Pero las mayores condenas dirigidas a los párrocos, coadjutores, curas simples, ecónomos o diáconos, hacían referencia a los transgresores del celibato, adúlteros o que mantengan en casa a sus hijos ilegítimos. De igual manera, tenían que evitar participar en transacciones comerciales o en negocios mundanos, muy en especial si por medio estaban temas espirituales o sacramentales. Los arciprestes y arcedianos deberían tomar buena nota de todos estos comportamientos y pecados 149


públicos, advertirles con seriedad y si no les obedecieran presentar la correspondiente demanda ante los juzgados eclesiásticos de san Millán, lo que traía como consecuencia diversas penas que iban desde la excomunión, pasando por el destierro de la diócesis e incluso la cárcel eclesiástica. Como normas encaminadas al cuidado del buen funcionamiento doctrinal de las parroquias, se urgía a los curas a esmerarse en el cumplimiento de sus funciones sacerdotales, siendo celosos en la correcta administración de los sacramentos, muy en particular el del matrimonio, además de intensificar la atención a los enfermos y moribundos. Debían velar por dignificar los cultos, corrigiendo aquellos comportamientos de los fieles que llevaran a actitudes irreverentes o que facilitaran el distraimiento de los asistentes en las ceremonias. Tenían los sacerdotes que animar a los laicos en las prácticas de ejercicios de piedad y de oración, enseñándolos a recitar, en voz alta y de forma pausada, plegarias y jaculatorias. Eran también conocedores de la obligación de advertirles en las misas dominicales, durante el ofertorio, de los días de ayuno y abstinencia, así como de las fiestas de guardar entre semana. Para elevar el nivel intelectual y moral del clero, se incentivó la organización de Conferencias morales de las que se llegan a eximir a los ”de la montaña en tiempos que aia agua, o nieves desde el primer día de Noviembre hasta el ultimo de Marzo”. De igual manera, se les alentaba a participar en los Ejercicios espirituales, programados aprovechando la presencia en los arciprestazgos de predicadores de la Compañía de Jesús, para mantener vivo el espíritu sacerdotal. Esta inquietud por la mejora de los conocimientos se extendió a la obligación de los curas para alentar el acceso y dedicación de los niños al estudio, haciendo convencer a sus padres de las bondades y garantías de futuro de tales prácticas. A las funciones de los arcedianos y visitadores se les introducen, ante las demandas de bastantes párrocos, diversas modificaciones que afectan al cobro de sus gravosos derechos y privilegios, así como se les limitan determinadas competencias en las visitas, según los criterios que ya se habían tomado desde 1553 con Cristóbal de Rojas y Sandoval, pero que se habían degradado con el tiempo. Además se les recriminaba porque “no recorren todos los lugares sino que quedan en las Parroquias más cómodas obligando a los curas a tener que desplazarse con los libros para que los revisen, además de los cuantiosos gastos que ocasionan a quienes los alojan”. Ante esto, las conclusiones sinodales inciden en la obligación del cumplimiento ejemplar de sus obligaciones, con el acercamiento y presencia ante todos los feligreses, por distantes o en lugares de difícil accesibilidad que estuvieran. Se les estimuló a intensificar la vigilancia sobre el cuidado de los templos, así como animar a los arciprestes y demás clérigos a corregir el mal estado y abandono de los edificios, objetos de culto, reliquias y alhajas, promoviendo la rehabilitación de los defectuosos, “bajo estricta vigilancia de las contratas y de los maestros de obra”. Para favorecer estas mejoras, se da la posibilidad de establecer en las parroquias un arancel sobre “los derechos que devan percibir los Parrocos en los Entierros, Matrimonios, Bautismos y demas funciones Eclesiásticas por las cuales devan haverlos, y los de los Sacristanes”. Tal fue el celo que los visitadores ponían en el desempeño de su función, que era frecuente que extendiesen sanciones a los párrocos ante un deficiente cumplimiento de las más mínimas obligaciones. Así le ocurrió, en 1783, al cura propio de Folledo Benito Fernández San Miguel cuando, ante la visita diocesana del licenciado Rafael Menéndez de Luarca, fue seriamente reprendido por no incluir en el Libro de Bautismos la naturaleza de los padres y abuelos, después de habérselo advertido en la revisión precedente de 1781. El hecho significó una sanción de tres ducados y la amenaza de excomunión si persistiera en dicho fallo. Todavía fue de nuevo recriminado, en 1887, ante la visita del asistente del arcediano Félix María Martínez, esta vez por no indicar en las anotaciones del referido libro el parentesco espiritual del padrino y la madrina. Esto obligó al mentado clérigo a reconocer y sincerar su conducta negligente sobre el procedimiento de administración del sacramento, siéndole redimida la sanción ante la veraz promesa de corrección, en lo sucesivo. Pero el rigor y control moral no solo estaba circunscrito a los propios curas, sino que debería 150


extenderse a todos los súbditos seglares. Por eso en este sínodo se reiteraron muchas de las recomendaciones moralizantes establecidas en los precedentes, en particular al insistir en lo relativo a la existencia de matrimonios clandestinos, sobre la convivencia prematrimonial, la relajación de la sexualidad, la introducción de “modas femeninas” o costumbres extranjeras. Pero también se advirtió acerca de la llegada a los pueblos, y participación en los cultos, de mujeres de mala fama, de vida escandalosa o que hubiesen cometido pecados públicos, entre otros los de hechicería o adivinación. Los curas tenían la obligación de alertar a todos sus fieles sobre determinado tipo de bailes “por ocasión del pecado que pueden acarrear”. Se incidía de nuevo en erradicar la blasfemia tan arraigada entre los miembros de bajo nivel religioso o cultural. Culminada la asamblea sinodal en 1770, no sin ciertas reacciones de desagrado por parte de algunos dignatarios, el obispo González Pisador10 (Fig. 7,17) tuvo que trasladarse a Benavente por motivos de salud, ejerciendo desde allí su ministerio, por lo que controló más directamente este arciprestazgo y la Vicaría de san Millán11, además de los de Gordón y Babia. Mientras tanto, para la sede ovetense, se nombró como auxiliar al hasta entonces arcediano y prior gordonés José de Llano Ponte, teniendo bajo su dirección directa, aunque en perfecta coordinación con su superior, los restantes arciprestazgos asturianos, a los que consideró como pertenecientes a “una tierra áspera, fragosa y tortuosa”. La dedicación tan exclusiva de aquel prelado a las parroquias leonesas fue altamente beneficiosa, incrementándose las mejoras en las iglesias de los pueblos de Gordón muchas de ellas iniciadas bajo su prelatura, e, incluso, se incentivaron obras nuevas. No lo fue tanto para el vicario de san Millán, envuelto en graves conflictos de moralidad y de rebeldía hacia la autoridad episcopal, por lo que acabó siendo destituido. Cuando en 1791 acontece el fallecimiento de este gran prelado, es nombrado como sucesor su auxiliar Llano Ponte, también buen conocedor de los problemas de las parroquias de la montaña central leonesa, prosiguiendo en el apoyo hacia la mejora de los lugares de culto. Respecto al arciprestazgo de Gordón, tuvo que dar solución definitiva a los conflictos que se le generaron, ya desde 1773 siendo obispo auxiliar, en relación con el cura de Casares Gaspar de Robles por impedir a los clérigos del obispado confesar en la Parroquia de san Roque. Pero más gravosa aún fue la situación provocada por el comportamiento del presbítero Antonio Vallejo de la iglesia colegial de santa María de Arbas12. De él habían llegado denuncias del visitador enviado en 1775 desde Benavente por Pisador, y fueron, a su vez, corroboradas por nuevas declaraciones de los vecinos que hablaban de “exceso de vino, lascivia, estado de embriaguez, incumplimiento de deberes eclesiásticos, violencia verbal a mujeres y otros delitos”. Tras su suspensión, la vida de este lugar no se corrige sino que, un nuevo informe del arcediano de esta zona Pedro de Francos Bustillo, realizado en 1783, llegaba a decir que este sacro lugar sufre un aún mayor deterioro, así como un deplorable estado de mantenimiento del hospital “cuia obra pia, una de las mas utiles y proficuas del Reino, se halla en total desolación pues se ve inhabitable y llena de inmundicia”. Explicaba además como: “Los ritos sagrados no se conocen en aquella Yglesia donde las funciones santas se profanan indecentemente con risas, conversaciones torpes, disputas algunas veces tan vivas que llegan a ser de manos, en entero desprecio de la Casa del Señor”. Por si esto fuera poco, “las Parroquias de San Miguel del Rio, Busdongo, Vegalamosa y el mismo Arbas desde la vacante de la Abadía, que va cinco años, se hayan en desamparo, pese a los incesantes clamores de los feligreses”. La decisión final de Llano Ponte fue tomar estrictas medidas disciplinarias, y requerir de la corona, el establecimiento, a finales de siglo, de los “Estatutos de la Real Iglesia Colegial de santa María de Arbas del Puerto y su Hospital de Peregrinos” 13, los cuales implantaban un férreo 10

Durante el mandato de este obispo, fueron también muy importantes las Constituciones sinodales publicadas en Madrid, en 1784, con el “Real permiso del Rey N.S. D. Carlos III (que Dios guarde)”, e impresas dos años más tarde en Salamanca (Tuñón Escalada, 2012, p.94) 11 Ésta se había trasladado de manera provisional a Villademor, desde 1768, por el derrumbe de su edificio. 12 Así llamada puesto que por entonces en este lugar y en Covadonga estaban declaradas las dos únicas Colegiatas de la diócesis ovetense. 13 Otorgados en 1797 por el monarca Carlos IV, como patrono, bajo el que estaba la provisión de las dignidades de abad, prior, tesorero y chantre, contando, además, dicha colegiata con siete canónigos, sacristán y cuatro acólitos. El hospitalero que se nombrase debería cuidar de asistir a los que se hospedasen “con lumbre, luz, manteca o aceyte, sal y cama proporcionada á las circunstancias de

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control, por parte de la curia diocesana, de sus actividades docentes y pastorales, de manera que, ante las mejoras obtenidas en la vida monacal, incluso se llegó a plantear la instalación en este lugar de un Seminario.

Figura 7.17.- El gran prelado Agustin Gonzalez Pisador, según retrato de 1781 de Francisco Reiter.

En esta etapa finisecular, se elabora, en 1787, el Censo de Floridablanca”14 con la finalidad de conocer la población nacional y, más concretamente, el número de habitantes de la vicaria zamorano-leonesa, (24.981 almas), entre las que se incluían las del arciprestazgo de Gordón que representaban 4.244 residentes, 28 curas y 4 tenentes curas. Esta demarcación eclesiástica significaba el 17 % de los laicos de la vicaria de san Millán (Tabla V) aunque solo era una minúscula cifra, alrededor al 1 %, de la totalidad de almas (sin contar los clérigos, monjes y monjas) que controlaba espiritualmente el obispado de Oviedo. En el momento en que se aborda este registro, los lugares de Buiza y Geras se significaban como las localidades con mayor pujanza y con más población del municipio, con sus vecinos dedicados, en su mayoría, a la agricultura, la ganadería y el comercio, abarcando, en sus dominios, importantes pastos de verano en zonas de alta montaña. Además, se fomentaba, con gran empeño por parte de las autoridades nacionales, la mejora de las vías de comunicación, tanto las que hacían conectar la ruta principal que atravesaba la capital del concejo hacia Asturias siguiendo el río Bernesga, como los caminos locales que daban acceso a los restantes lugares del municipio, otrora las personas, procurando la separación de las destinadas á cada sexo”. 14 Realizado, reinando Carlos III, por el ministro homónimo, que ejerció sus funciones entre 1785 y 1787. Registró más de diez millones de habitantes en todo el país.

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tan marginados. Tabla V.- Reparto de la población y clérigos de los pueblos de Gordón, en 1787 LOCALIDAD

HABITANTES

CURAS

Los Barrios

153

1

Beberino

54

1

Buiza

258

1

Cabornera

100

1

Folledo

186

1

Geras

228

1

Huergas

122

1

La Pola

142

1

Llombera

150

1

Nocedo

83

1

Paradilla

67

1

Peredilla

68

1

Santa Lucía

139

1

Villasimpliz

132

1

1882

14

TOTAL Fuente : Manzano Ledesma y González Alonso, 2006

EL IMPACTO DE LAS MISIONES Si algo fue trascendente, durante gran parte de este siglo XVIII en la vida espiritual del arciprestazgo de Gordón, fue la presencia de predicadores, tanto franciscanos o dominicos, como, sobre todo, de la orden de los jesuitas, que impulsaron la organización de misiones populares, alentadas por la mayoría de los diferentes obispos reseñados anteriormente. Estos últimos frailes, continuando con su gran labor apostólica, realizaron frecuentes encuentros en localidades del arcedianato de Gordón desplazándose desde el ya mencionado Colegio de san Matías de Oviedo o bien procedentes de sus sedes vallisoletanas (Villagarcía de Campos, sobre todo). Así, ya en 1707, acudieron a diferentes lugares de la montaña de Lena, por lo que cabe la posibilidad de que también traspasaran el Puerto de Pajares hacia las vecinas comarcas leonesas. La figura principal entre los predicadores de este siglo fue el jesuita navarro Pedro de Calatayud15, hombre “de espíritu recto y animoso aunque intransigente en sus principios”, el cual se detuvo en algunas ocasiones junto con su compañero Juan de Carbajosa, tanto a la ida como a la vuelta, en varias parroquias de este arciprestazgo del norte de León. La primera vez lo hizo en 1718, cuando acudía a misionar a diferentes lugares de Asturias “después de atravesar por estrechos caminos y tortuosas sendas que hacen sumamente difíciles las comunicaciones“. Alcanzó una fama tal, que muchas personas se desplazaban de unas localidades a otras con tal de escuchar sus encendidos sermones, como ocurrió en 1736 cuando predicó en Pajares con la presencia de muchos fieles de la cabecera del río Bernesga. De él se escribió que “tenía una voz clara, sonora y tersa, que sin salir del tono natural se hace oír por el auditorio, gracias a una pronunciación limpia que no deja 15

Más datos sobre sobre la vida y predicaciones de este insigne jesuita pueden consultarse en la Biblioteca Municipal de Gijón (documentación del archivo del padre Patac) y en la Biblioteca Nacional (Madrid), sig 4503.

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perder ni una sola letra al oido. Por distintos lugares de la Diócesis se desplazó la Misión con sus Doctrinas Morales que hacían gran impacto en los que lo escuchaban”. Cuando en 1731 es llamado a predicar en Asturias, en tiempos del obispo Juan Avello Castrillón, parece ser que se detuvo en La Pola, así como en 1737 y 1738, cuando misionó en la vicaria de san Millán, al igual que en León y en Benavente. Cabe imaginarse que, de forma similar a las restantes localidades en las que se detenía, haría su entrada en la plaza o se situaría en el atrio de la iglesia parroquial proclamando a plena voz, con gran celo apostólico y afán misionero: “¡Pueblo de Gordón, pueblo de Gordón, pueblo de Gordón, oye la Palabra de Dios! ¿Como has prevaricado? ¡Mayores son tus culpas que las de Sodoma que fue abrasada en un momento!”. Y continuaba explicando a los sorprendidos oyentes lo que también le ocurrió a Nínive en tiempos del profeta Jonás, que quedó salva gracias al arrepentimiento de todo el pueblo. Al momento, cuentan las crónicas, atraía a gran parte del vecindario hacia su llamada, que “resonaba como una trompeta”. Solía entregar estampas del Sagrado Corazón de Jesús, devoción que alentó sobre manera, hasta el punto de incorporar muchos devotos a sus congregaciones, de las que en toda la diócesis ovetense llegó a dejar fundadas hasta 106. Tan importante fue el fervor que impulsaron los jesuitas que, en 1737, el papa Clemente XII les había concedido el poder celebrar en un día concreto 16 la misa y oficios en honor del Sagrado Corazón17, solicitando posteriormente del obispo de Oviedo esta gracia para su ámbito territorial. Sin embargo, tal festividad no se incorporó al calendario oficial en la Iglesia asturiana hasta 1765, y Gordón no quedó ajena a manifestar su veneración, colocando desde entonces su imagen en muchos altares. También animaba a la creación de la obra pía conocida como de “Nuestra Señora de la Gracia”, dedicada a la atención a los enfermos, en especial en sus últimos momentos. Si la misión duraba varias jornadas, como ocurrió en Ciaño (Langreo), localidad asturiana perteneciente al arcedianato de Gordón, la intensidad de los sermones, ya desde el púlpito, iba en aumento abordando temas muy trascendentes, cuando no escabrosos, pero que llegaban profundamente a la gente, tales como: el fin del hombre; el pecado mortal; el juicio universal; la resurrección de los muertos; las penas del infierno; la escucha de la palabra de Dios; la oración o el amor al enemigo. Alertaba, a la vez, en sus pláticas sobre las blasfemias, maldiciones y juramentos, así como sobre la codicia y el ansia de hurtar. No faltaba tampoco, tratar sobre la sexualidad; las relaciones de los hijos con los padres; la elección del matrimonio; el buen trato a la mujer; las obligaciones de los casados; el Ángel de la Guarda, etc, etc. En todas estas pláticas, ponía de relieve por medio de ejemplos prácticos muchos comporta­ mientos morales, muy cercanos al oyente a quien se dirigía, que manifestaba incompatibles con la doctrina de la Iglesia, los cuales hacían referencia a la corrección de los vicios; las infidelidades en el matrimonio; las blasfemias y palabras malsonantes; la murmuración; las maldiciones; los jura­ mentos o los juicios temerarios. De todas estas catequesis llegó a dejar escrito como “hablo con palabras demasiado fuertes y que reheprenden..., pero los pecadores tienen por sus vicios perdido el derecho de que se les trate con dulzura; no obstante que la misericordia y compasión nos inclinan á tratar con suavidad, y caricia al que llega contrito y humillado”. Ante todo esto, una buena prueba del éxito de sus moniciones eran las multitudinarias confesiones, en las que tenían que colaborar los curas del lugar, los cuales eran previamente aleccionados sobre la forma de impartir el sacramento, tanto por él mismo o por los propios misioneros que lo acompañaban. Un lenguaje tan incisivo venía a utilizarlo también con aquellos dignatarios eclesiásticos locales que no respondían a sus obligaciones, recriminándoles que eran “hombres afables, prudentes, con olfato y ciencia para los negocios propios de las Iglesias, mas no son tantos en proporción los que se sacrifican al trato de la oración con Dios, al madrugar, al estudio de las letras, á la mortificación y penitencia y á la dirección de las almas”. Acompañaba estas exhortaciones con la organización de solemnes procesiones, una la del 16 Se estableció el viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés. 17 La devoción al Sagrado Corazón fue instituida por la santa francesa Margarita María Alacoque, pero desde muy pronto extendida en España por los jesuitas.

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santo Rosario, con gran participación femenina y, sobre todas, la de la Penitencia, celebrada de noche, alumbrada con velas y presidida por una imagen del “Ecce-Homo”. A este acto solo podían acudir los hombres y los niños, mientras que las mujeres debían permanecer en sus casas, sin poder siquiera contemplarla a través de la ventana. No era extraña la concurrencia de algunos feligreses con la cabeza cubierta, portando cruces, cilicios, avanzando a gatas o arrastrando bien bloques de madera, bien cadenas atadas a los tobillos, cumpliendo así votos u obligaciones penitenciales. Pero la culminación de la misión venía a realizarse con la celebración de una gloriosa Santa Misa, en la que llegaban a comulgar centenares de personas. No era extraño que, al no caber en el templo, se hiciera, si el tiempo lo permitía, a la intemperie, puesto que dichos predicadores llegaban incluso a transportar un altar portátil, de cuyo uso ya tenían autorización desde el papado de Gregorio XIII (1572-1585) en la lejana fecha de 1579, poco después de que los jesuitas hubieran iniciado estas Misiones populares. Años más tarde, en 1749, de nuevo los padres jesuitas Francisco Abastas y Pedro Lobón, desplazados desde Oviedo, repitieron los sermones y Misiones Populares en diversas localidades del arciprestazgo de Gordón, generando similares estados de expectación y grados de conversión. Otro tanto ocurrió en el trienio entre 1762 y 1764, cuando el obispo González Pisador –gran impulsor y defensor de estas misiones llegando a enviar por toda la Diócesis hasta 87 predicadores con gran éxito– reclamó de nuevo la presencia de Pedro de Calatayud 18, acompañado ahora por los padres Nicolás Zubiaur y Manuel Ibarzábal. Aunque ya débil y agobiado por su mucha edad, llevaron a cabo importantes catequesis en la capital asturiana y otros lugares de la provincia. Aprovechando este viaje a Asturias, en el verano de 1762, volvieron a detenerse a predicar en tierras leonesas de la diócesis ovetense, donde eran esperados con verdadera emoción, realizando unos ejercicios espirituales en Villademor, para 127 eclesiásticos de la vicaría de san Millán, a la que acudieron varios curas del arciprestazgo gordonés. Fue la última vez que se hizo ver por territorios norteños, dado que tres años más tarde el rey Carlos III (1759-1788) decretó la expulsión de España de la orden de la Compañía de Jesús.

ALGO MÁS SOBRE LA VIDA RELIGIOSA Mucho se ha dejado entrever de cómo fue la participación en la vida de fe, a lo largo de este siglo, por parte de los moradores de los diferentes pueblos de este municipio. En todas las localidades, la mayor manifestación de vivencia espiritual coincidía con la celebración de la misa dominical, que solía hacerse en latín, tanto en sus lecturas como en las oraciones y ritos, proclamados en medio de un gran ceremonial, con el sacerdote de espaldas al pueblo y frente al sagrario. Allí donde lo había, se hacía una predicación desde el púlpito, explicando sobre todo el contenido y enseñanzas del Evangelio. En las fiestas y grandes solemnidades el sermón era una parte esencial, representando uno de los principales medios para que los fieles llegaran al conocimiento de la doctrina e ideas religiosas, y, a veces, hasta del mundo cultural y político, aunque como ya quedó de manifiesto los curas de esta época eran “poco doctos” como para trasladar criterios claros por sí mismos. Por eso no dejaba de ser común, que leyeran las homilías o sermones redactados y publicados por doctores de la Iglesia que aportaban mayor contenido doctrinal. De los que así lo hacían, se llegaba a decir que “eran pocos los que al pronunciar la palabra de Dios con tanta gravedad y majestuosidad llegaban al corazon de los oyentes”. Por eso, la presencia de predicadores con gran preparación en la expresión y la oratoria como los que llegaban cuando se celebraban las Misiones, constituía un verdadero aldabonazo a los sentimientos religiosos y eran recibidos por los pueblos con enorme ansiedad arrastrando multitudes llenas de fervor y abiertas a escuchar sus explicaciones doctrinales y consejos morales. Era un 18

En su día este jesuita había sido Profesor de Humanidades y Filosofía del prelado.

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impulso tan sustancial que conseguían que su recuerdo y eficiencia espiritual perduraba en la memoria de los feligreses durante mucho tiempo. Además las Conferencias morales y los ejercicios de espiritualidad a los que acudían los clérigos, eran un estímulo para que los pastores también participaran de tal enriquecimiento, mejorando progresivamente su formación y modos de trasmitir la Palabra de Dios a sus feligreses. Las procesiones constituyeron otro elemento esencial, coincidiendo con las más importantes fiestas, siendo la mejor forma de manifestar públicamente la religiosidad de los gordoneses, llegando incluso a mostrar en ellas los signos distintivos de cada localidad, como estandartes, pendones o banderas. Empezaron a sobresalir las manifestaciones de Semana Santa, sobre todo la del Domingo de Ramos, como reproducción de la única “procesión” que relatan los Evangelios, con Jesucristo como figura central. De forma ocasional, se organizaron otras en el entorno de los templos con motivo del Via Crucis del día de Viernes Santo, señalizando con cruces cada una de las estaciones. En Pola de Gordón, Geras y la mayoría de los restantes pueblos, se continúa celebrando, cada vez con mayor esplendor, la del Corpus Cristi, y también en cada entorno habitado o lugar de romería se sacaban las imágenes de sus santos patronos o de las vírgenes, entre repicar de campanas como un acto de exaltación, veneración y unión popular. Pero tampoco era extraña una expresión de este tipo con motivo de acontecimientos excepcionales tales como sequías, epidemias, victorias bélicas, la llegada de un nuevo párroco o ante la visita de la principal dignidad de la diócesis. Varias de estas prácticas de piedad tenían, en las villas más habitadas, además del apoyo general de la población, la participación especial de las cofradías 19 en su organización. Entre estas, a partir de mediados de siglo, eran ya muy activas la de Nuestra Señora de la Encarnación en Llombera, así como las del Rosario en La Pola, Huergas, Peredilla, Vega y en otros lugares del arciprestazgo. En esta última localidad mencionada se mantuvo una hermandad adscrita a la apartada ermita de san Juan Degollado que, además de administrar las tierras por parte del mayordomo elegido por el vecindario, patrocinaba una multitudinaria romería anual en los prados del entorno. De tal santuario (ver Fig. 6.5), ubicado unos 1,5 km al noroeste del pueblo, tan solo restan hoy en día unos muros de mampuestos y sillares de piedra caliza, entremezclados con algún bloque de arenisca ferruginosa, casi ocultados por la vegetación, que reflejan unas dimensiones originales del edificio sacro cercanas a 10 metros de longitud por 5 de anchura. También había devotos de san Roque en la ermita de san Miguel, ubicada, como ya se indicó frente a Peña Cavera, en proximidad a Santa Lucía, y citada en 1752 por el Catastro del Marqués de la Ensenada, de la que se indica que “se abonan los frutos que se recogen en las heredades de pago de adiles y faya que corresponde del beneficio simple de Sn. Miguel de Cosovestre, que oy goza Joseph Barela, clérigo presbítero residente en León, no ha llevado ni lleva tazmía formal solo si tal qual apuntacion para intelligencia, y se reduce a los diezmos, tanto del cura de Santa Lucía Juan Antonio Buelta(…) como del beneficiado, que son de tres eminas de trigo y diez y seis de centeno, según regulacion hecha por quinquenio”. También se recoge en los archivos de la catedral ovetense (ACO), como, en 1779, “hay en dha parroqª. de Bega con el titulo de Cosovestre otro beneficio y el actual posehedor de la referida tercia es don Joseph Varela cura de Billaquilambre”. Sin embargo, en esta afamada referencia documental de mitad de siglo, la no muy lejana y vetusta aldea de Villar de Frades, que en otro tiempo alcanzó gran notoriedad, figura ya como despoblada. Asimismo, el referido documento cita en Beberino la antigua ermita titulada de La Magdalena20, ubicada en la parte oriental del pueblo, una vez atravesado el puente sobre el río Bernesga y no lejos de zonas de extracción de calizas de las que ya se obtenía en unos hornos un producto tan demandado como era la cal. Aquí llegaron a reunirse “el primer lunes de cada mes 19 Requerían estas cofradías populares o vecinales de la aprobación episcopal, debiendo estar sus bienes, si los hubiera, unidos a los de las iglesias o capillas donde realizan sus ejercicios de piedad. Los obispos ya advertían a los párrocos de mantener una estricta vigilancia para que no se produjesen excesos en el beber, en concreto con motivo de la asistencia de los hombres a las romerías, así como para evitar “la inoportuna mezcla de hombres y mujeres cuando acuden a la Ermita a celebrar las vigilias nocturnas”. 20 Su estado en estas fechas de mitad del siglo debería de ser casi ruinoso, puesto que en 1715 se había hundido el techo de madera trasladando la imagen de la santa a otra ermita situada “en un paraje inmediato al camino real” llamada de Santa Catalina (Datos de la Vicaria de san Millán, Caja 274, documento 8684, conservados en el Archivo Histórico Diocesano de León).

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desde tiempo inmemorial”, los cofrades denominados Los Nobles de Gordón. Por último, tuvo una notable actividad en Villasimpliz la cofradía de Nuestra Señora de la Expectación, fundada hacia 1750 siendo cura Thoribio López Vibero, llegando a contar con mayordomo, abad y contadores, todos ellos elegidos por la feligresía, y poseyendo tierras de labor, además de pastizales. No obstante, al culminar la centuria había prácticamente dejado de existir o, al menos, no quedó registrado en los libros parroquiales signo alguno de actividad. La intensa vivencia de estas y otras agrupaciones de fieles en torno a un santo particular en las parroquias del territorio de Gordón, permitió que cuando, entre 1770 y 1783, se realiza, bajo la iniciativa del Conde de Aranda21, un Expediente inventario de las Cofradías, hermandades, congregaciones y maiordomías, se llegara a contabilizar, entre las primeras, hasta 14 (ver Apéndice n.º 4), repartidas por diversas localidades del municipio. La pretensión de este catálogo nacional era conocer la magnitud real de estas comunidades que iban alcanzando un cada vez mayor poder económico y de control de las actividades lúdicas y religiosas de los pueblos, lo que no dejaba de preocupar a las autoridades políticas. Como era lo propio de una zona con tan arraigada tradición ganadera, además de las capellanías, destacaban, en este último cuarto de siglo, las cofradías, que estaban bajo el patronazgo de santos sanadores o protectores de los animales, como eran los casos de san Roque, san Antonio Abad o los santos mártires san Fabián y san Sebastián. También perduraban, con mayor vigencia si cabe, las que estaban bajo la advocación de la Santa Cruz y el Crucificado, extendiendo la práctica del Vía Crucis, así como las que tenían una conexión con ritos funerarios, como venía a suceder con las orientadas al culto por las ánimas del Purgatorio. Igualmente, mantenían una sustancial cifra de devotos, en especial entre las mujeres, las agrupaciones marianas dedicadas, bien a la devoción del santo Rosario y el Ángelus, bien a otras advocaciones particulares de la sufriente Madre de Cristo, así como al misterio de la Encarnación de su Hijo. Era, por último, muy significativa la agrupación de fieles que tenían como misión el mantenimiento permanente del encendido de la lámpara del Santísimo Sacramento22 en el sagrario. La práctica piadosa de los actos penitenciales nocturnos alcanzaron también una notable afluencia, en especial después de las prédicas de los misioneros, viniendo a coincidir especialmente en los momentos de preparación para la Pascua. Igualmente, este tiempo cuaresmal era propicio para animar a los fieles al ayuno, donde la Iglesia recomendaba “no comer huevos, productos lácteos y carne durante algunos días de Cuaresma”, quedando tan solo eximidos aquellos a los que alcanzara la dispensa papal de 1762, establecida por Clemente XIII (1758-1769). Sucedían estas manifestaciones de mortificación, a las celebraciones carnavalescas que eran seriamente combatidas por los clérigos, en particular todas aquellas expresiones que significaran acciones burlescas contra la Iglesia o su jerarquía. Gran incidencia seguía teniendo el culto a los difuntos, de manera que se preservaba como una práctica muy común celebrar responsos y misas particulares por ellos, habiendo sido reservadas en su mayoría en el testamento hereditario, con frecuencia alentado por los propios párrocos en los momentos previos al deceso de los feligreses. Así, se ofrecían tanto por las ánimas del Purgatorio, como por el Santo Cristo o los santos de la devoción del finado, habiendo casos excepcionales en los que se dejaban comprometidas hasta 90 celebraciones. Para tal fin, se llegaba a entregar “alguna tierra o bien un forcado o emina de yerba” con vistas cubrir las rogativas. También era frecuente, en particular entre los fallecidos en los pueblos de Geras y Folledo, la realización de donaciones destinadas a los Frailes descalzos de León, así como para los conventos de san Francisco o de los Observantes de esta misma ciudad, cuya misión era orar por ellos. También se mantenía la centenaria tradición de convertir la festividad del primero de noviembre en una jornada de especial recuerdo de los familiares fenecidos, congregándose casi todo el pueblo junto a las tumbas o 21 Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda (1719-1798) fue el encargado de la presentación de esta relación a nivel estatal, reinando Carlos III, especificando cuales eran las funciones de las cofradías y demás agrupaciones de hermanos seglares dentro de la iglesia, sus ingresos y sus gastos. Las pertenecientes a la provincia de León las recopiló, entre 1770 y 1772, el intendente de León Juan Nuñez. Actualmente los expedientes se conservan en el Archivo Histórico Nacional. 22 Era muy frecuente en las parroquias de Gordón la solicitud de limosnas para su luminaria.

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enterramientos de los cementerios para rezar por sus antepasados. Frente al auge de tantas expresiones de religiosidad, se fue produciendo una pau­ latina reducción del interés por las peregri­ naciones, sobre todo las de romeros proce­ dentes de centro-europa, como consecuencia de la menor valoración de las reliquias, una cada vez mayor expansión del protestantis­ mo, el avance de las ideas del liberalismo que marginaban a la religión, y, al final de este siglo XVIII, los acontecimientos rela­ cionados con la Revolución Francesa. Todo ello, provocó una sensible disminución de los romeros de este país limítrofe y de otros del continente. Frente a tales retrocesos, se incre­ mentan los desplazamientos de los romeros españoles y, sobre todo, los viajes de los ilustrados, como Jovellanos (Fig. 7.18) o Joseph Townsend, –por citar dos de los más destacados que pasaron a finales de siglo por Gordón–, ávidos por conocer las cos­ tumbres, tradiciones, forma de vida de los pueblos y las peculiaridades del paisaje. El primero relata en sus diversas Cartas de Via­ jes su estancia en La Pola, Beberino y Bui­ za23, mientras que este último viajero británi­ co ya describe las canteras cercanas a La Pola y Nocedo en las que se extraía piedra Figura 7.18.- Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos de excelente calidad o se obtenía cal de gran realizado de Goya. En sus Cartas de Viajes este noble y gran valor en los múltiples caleros repartidos por político detalla su paso por tierras de Gordón. el concejo. Esta sensible reducción de viandantes para venerar las reliquias y tesoros de la catedral ovetense, motivó, también, una menor presencia de residentes acogidos en los albergues y hospitales distribuidos por la ruta de conexión entre León y Asturias, hecho que tuvo notable incidencia durante décadas en los de Villasimpliz y Pola de Gordón (ver plano nº.1), cada vez con menores atenciones y cuidados. Ello a pesar de que la riqueza patrimonial acumulada por el primer centro de acogida era sustancial a mediados de siglo, al disponer de abundantes heredades de tierras de buena calidad para el cultivo de cereales, como las de Las Curras, Linares, Las Regueras o Los Arenales, junto con otras de inferior calidad, prados y huertos, que llevaban los hermanos Martín y Juan Diaz. Por ellas, abonaban hasta 200 reales de vellón al año. A causa de estas deficiencias, después de que, en 1769, el obispo González Pisador nombrara administrador del hospital de san Juan Evangelista de Villasimpliz a Francisco Diaz Campomanes24, natural de Los Barrios, éste plantea abordar importantes obras de mejora, siendo cura párroco Alejandro Magaz y Monrroy (ver Apendice n.º 2), sin que este último mostrase 23 En relación con La Pola indica que se paga portazgo al conde de Luna y que no lo hacen los carruajes porque lo impide el camino, y sí los carros, estando exentos los coches y calesas. De la segunda localidad, expresa como existía la Ropería de Guadalupe, para albergar por los veranos a los que venían con los ganados, y de Buiza indica cómo era un pueblo algo mayor que La Robla, aunque sus lugares de hospedaje eran muy deficientes. Describe, también, las dificultades del acceso posterior a Villasimpliz, sobre todo en el periodo invernal, así como de la angosta garganta del tramo del Tuero, para dar acceso a Villamanín y La Tercia. 24 Recogido de los escritos de la Vicaría de san Millán, caja 116, documentos 2540 y 2542.

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suficiente disposición por llevarlas a cabo, aunque sí abordó la reconstrucción de la casa rectoral 25. No obstante, estos trabajos se empiezan a ejecutar bajo la administración del clérigo Joseph Maria Bernardo de Miranda entre 1775 y 1777, el cual además daba servicio religioso a la capilla de San Juan, rematándose definitivamente a partir de 1780 26, cuando Juan de Lombas es el administrador de las rentas, y figura como cura de este lugar Francisco Fernandez García Cienfuegos (Fig 7.19). Ello significó, finalmente, una importante modernización en las condiciones de habitabilidad de este lugar de acogida respecto al deterioro y grado de abandono que había mostrado desde bastantes decenios antes. Gracias a ello pudo seguir acogiendo a la variedad de viandantes y algunos peregrinos que arribaban por estas tierras.

Figura 7.19.- Este arco es uno de los escasos vestigios que restan del antiguo albergue y hospital de Villasimpliz. El cierre superior esta realizado con sillares de travertino o toba calcárea.

ESTIMULANTE MEJORÍA DE LOS LUGARES DE CULTO La gran preocupación manifestada por el obispo Pisador en 1779 hacia la conservación de los edificios sagrados se vio pronto compensada por la correspondiente inquietud de bastantes de los sacerdotes de entonces –pues prácticamente todas las parroquias mantenían su propio cura– para reclamar la participación del solícito vecindario, con vistas a la realización de las obras de ornato y ampliación, llegando a adquirir muchos templos a lo largo de este siglo una morfología externa muy similar a la que permanece en la actualidad. Así ocurrió con un buen numero de los del arciprestazgo de Gordón, muy en particular los renovados lugares sacros de san Pedro, de Beberino; san Juan Bautista, de La Vid; Nuestra Señora, de Vega; san Martín de Huergas; santos Mártires, de El Millar o san Juan, de Paradilla (Fig. 7.20). Se cuidó sobremanera en todas estas reparaciones conseguir un buen labrado de la piedra, contando para ello con los mejores canteros del entorno, de forma que se dejaran bien escuadrados y homogéneamente picadas o abujardadas las caras de los sillares colocados en puertas, ventanas, 25 Se hizo cargo de las obras en 1773, pues el estado del horno, paneras, estancias, etc. la hacían inhabitable. (Escritos de la Vicaría de san Millán, Caja 263, doc. 7411; Archivo Histórico Diocesano de León). 26 Afectaron al pórtico de la capilla, cimientos, tejado y otras estancias, reclamando los trabajos del maestro cantero Francisco Ruiz Sánchez, natural de Ribadesella, y de los carpinteros Juan y Domingo Alonso, vecinos de esta localidad. Los gastos se acercaron a los 10 000 reales. (Datos extraídos de los escritos de la Vicaría de san Millán, caja 116, documentos 2546 y 2547 y caja 214, doc. 4376 y 4377; Archivo Histórico Diocesano de León).

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esquinas y contrafuertes. Se procuró además aportar mayores dimensiones a la nave del templo, dándole mayor luminosidad, al tiempo de hacer más erguida la espadaña del campanario. En algunos casos estas obras quedaron reflejadas en los libros de fábrica, vigilando bien el párroco y los distintos arciprestes de revisar y controlar minuciosamente las cuentas, así como los acuerdos establecidos con los canteros, carpinteros y demás operarios.

Figura 7.20.- Diversos templos ampliados o reformados a lo largo del siglo XVIII. De izquierda a derecha y de arriba a abajo: san Martín, de Huergas; san Juan Bautista, de La Vid; san Pedro, de Beberino; san Juan, de Paradilla; san Torcuato, de Peredilla y Nuestra Señora, de Vega.

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Otros emplazamientos del arciprestazgo como la iglesia de san Pedro en Cascantes; las ermitas familiares del santo Cristo del Amparo y la Virgen del Carmen, de La Robla; la Ermita de Trasierra, en Olleros; la de Nuestra Señora de Golpejar; o la propia Abadía de Arbas 27, tuvieron sensibles trabajos de reparación o bien fueron reconstruidas o ampliadas por este tiempo. A los lugares de culto se les exigía mantener unas instalaciones dignas, limpias y suficientemente adornadas, donde se dieran condiciones “de respeto y veneración por ser la Casa de Dios”, con sus imágenes y ornamentos bien cuidados. Por ello, en las visitas pastorales de los obispos o, en su caso, del arcediano de turno 28, bien se guardaban de controlar todas las normas establecidas sobre la limpieza, orden y decoro de las iglesias o capillas, advirtiendo con severidad a los párrocos o capellanes ante cualquier descuido o abandono, y dejando constancia en los libros de fábrica de las mejoras más indispensables que habría que abordar. Advertían, así mismo, sobre el grado de pulcritud que deberían mostrar tanto las pinturas o lienzos, como las numerosas imágenes, fueran de madera o de escayola, que, por entonces, se disponían en el altar mayor y en los laterales. No faltaban tampoco, reproches si se observaba un mal estado de conservación de los libros sagrados o de la sacristía. En la corrección de estas irregularidades intervenía a su vez el correspondiente arcipreste de Gordón, el cual se cuidaba de hacer notar al párroco afectado, para que, ante una nueva presencia de estas dignidades, las hubiera remediado a satisfacción, para no incurrir en las sanciones que se le podían imponer, que llegaban incluso a la suspensión del cargo, por desidia. Tales correcciones, no dejaron de provocar animadversiones o ciertas disputas entre esta autoridad y los clérigos más díscolos de su jurisdicción, que se hacían patentes y conocidas por la feligresía en razón de la cercanía y mayor conexión entre ambos. Para el mantenimiento de los templos, los párrocos no dejaban de pedir la colaboración de las mujeres en varias tareas, siempre que fueran virtuosas, aunque sin llegar a tener acceso al altar ni aún menos a la sacristía y, si así fuera, bajo la estricta vigilancia del sacristán. Ellas eran las que estaban destinadas, además de la limpieza, a colocar los grupos florales que adornaban a los santos

Figura 7.21.- Capilla de san Antonio en el centro de La Pola de Gordón, adyacente a la plaza y edificio del Ayuntamiento. 27 28

A lo largo de este tiempo de grandes reformas, se realizó la ampliación del pórtico. En agosto de 1781 se había establecido una disposición por la cual a los arcedianos (entre ellos el de Gordón) “se les concedia el derecho a visittar sus respectivos Arcedianatos alternativamente con los Reverendos Obispos conforme a la antigua disciplina y costumbre observada en la Diócesis”. (ACO, caja n.º 67).

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y las vírgenes, muy en especial en las festividades de mayor solemnidad de cada pueblo y cuando se celebraban significados actos sacramentales como bautizos y matrimonios. Solían compatibilizar estas funciones, con su pertenencia a cofradías de carácter mariano. Entre las nuevas construcciones abordadas en esta etapa de expansión en la dotación de nue­ vas edificaciones de carácter religioso en toda la diócesis, destaca la capilla familiar comúnmente conocida como de san Antonio, ubicada en La Pola de Gordón, aunque su denominación original, y por tanto la correcta, es de Jesús, María y José. (ver Plano nº.1). Fue terminada en 1758 (Fig 7.21) bajo la iniciativa de los muy distinguidos hermanos Santiago (catedrático de la Universidad de Al­ calá), José (abad de Beberino) y Damiana de Robles Castañón, actuando el primero de ellos como responsable de su solicitud ante la vicaría de san Millán (Fig. 7.22) y de gestionar el proyecto arqui­ tectónico.

Figura 7.22.- Documento fundacional y de apeo de la capellanía, conservado por los herederos de la familia Álvarez Miranda (arriba) y un detalle del texto que contiene (abajo). Fotografías aportadas por Carmen Menéndez.

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Desde el primer momento, estuvo relacionada esta capellanía familiar a una Obra Pía que, entre otras labores de naturaleza benéfica, favorecía los estudios –incluso los superiores de carácter universitario– de aquellos jóvenes del concejo dotados de suficiente capacidad pero que carecían de los necesarios recursos económicos, dado el gran valor que daban sus fundadores a la instrucción en el conocimiento. También abordaba esta institución favorecer la unión matrimonial de las chicas con personas bien preparadas, teniendo como principal premisa que tal compromiso respetase los estrictos valores morales que trasmitía la Iglesia católica. La fachada de esta capilla esta rematada por sillares muy bien trabajados, incluso en sus sen­ cillas tallas o adornos, estando los bloques constituidos de forma mayoritaria por caliza “griotte”, con tonalidades desde grisácea a ligeramente rojiza, extraídos en la zona de Las Baleas. No falta la curiosa aparición en un sillar lateral a la puerta de entrada de grandes fósiles (Goniatites) del perio­ do carbonífero (Fig. 7.23) algunos de los cuales ha perdido parte de sus componentes minerales dando lugar a unos huecos circulares característicos29 .

Figura 7.23.- Arco de piedra labrada sobre la puerta de entrada, en el que se aprecian las oquedades generadas por disolución de los componentes minerales de los fósiles.

De esta primera época constructiva aún se conserva una pequeña campana, bien decorada con una Cruz y la inscripción “JHS, Maria y Joseph , ora pro nobis, año 1768”, así como unas preciosas vinajeras con elementos en oro (Fig. 7.24).

Figura 7.24.- Primitiva campana fechada en 1768 (izquierda) y vinajeras de una época similar (Fotos cortesía de Carmen Menéndez). 29

No son pocos los vecinos que los han confundido con marcas generadas por impactos de balas.

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Casi cumplido el siglo, en 1791, fue nombrado capellán de este lugar sagrado el tonsurado natural de Benllera Bernardo Álvarez de Miranda30. Con posterioridad, este reducido pero hermoso lugar de culto fue popularmente considerado entre el vecindario de La Pola bajo la advocación a san Antonio, cuyo patronazgo queda evidenciado por la existencia entre su santoral de una pequeña, pero muy bella imagen, así como de un cuadro que preside el retablo (Fig. 7.25).

Figura 7.25.- Imagen de san Antonio, de unos 30 cm. de altura (izquierda) y retablo del altar presidido por un gran cuadro de este santo.

Pero la edificación de mayor trascendencia para el municipio, fue la de la Ermita del Buen Suceso , (ver plano n.º1, final del capitulo VIII) levantada sobre una anterior cuyo origen documental se remonta, como ya ha quedado expuesto, con cierta probabilidad al siglo X. También se aportaron reseñas, de la existencia previa de un lugar de culto en el siglo XIV y, sobre todo, en esta centuria del XVIII, como recoge el gran relator de su historial, el ilustre presbítero D. Francisco Escobar, en base a documentos fechados en 1752, esto es, unas tres décadas antes de abordar las nuevas obras de fábrica. En ellos, ya consta la denominación de Buen Suceso y se expresa que había una ermita, una casa y un prado, a nombre del eclesiástico de Huegas y mayordomo Manuel Arias Argüello. Esta advocación estaba también durante estos momentos de mediados del siglo XVIII bastante extendida en otras localidades de la diócesis, bien fuera dando titularidad a parroquias, como a capillas o capellanías32. 31

El santuario se levantó aplicando un esmerado trabajo de cantería, tanto en el exterior como en el interior, con un perfecto escuadrado y alisado de las caras de los sillares (Fig. 7.26) mostrando además una gran destreza para su correcta distribución en los arcos y columnas, teniendo su culminación en el año 176633. Mostraba una distribución original en forma de cruz latina cubierta 30 Actuaron como testigos Josef Álvarez de Quiñones, cura de La Pola, Juan de Robles y los vecinos Francisco Gutiérrez, Juan Rodríguez y Francisco Diez del Campar. (Datos de la Vicaría de san Millan, Caja 281, doc. 9720). 31 Las crónicas dicen que se abordó su construcción después del sorprendente acontecimiento del hallazgo de una imagen de la Virgen en sus proximidades, en los márgenes del río Bernesga. 32 Tal sucedía, por ejemplo, en San Cucao de Llanera, Sama, Noreña, Borines (Infiesto), Oles (Villaviciosa), Villacondide (Coaña), Sama de Grado, Peñaullán (Pravia) y Candemuela de Babia, según consta en el “Libro de remates de medias anatas a partir de 1733”. (Archivo Histórico Nacional, Clero Regular, libro 9170). 33 Pocos años antes (1763) el ermitaño Santiago de Prada, que moraba en su entorno, solicita de la Vicaría de san Millán poder pedir limosnas en las localidades cercanas, para la Sagrada imagen de Nuestra Señora de Buen Suceso. (Escritos de la Vicaría de san Millán, Caja 270, documento 8264; Archivo Histórico Diocesano de León)

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Figura 7.26.- Vista frontal actual, desde el este, del santuario del Buen Suceso. Son bien notorios los distintos tonos, desde gris a pardo rojizo, de los sillares con que ha sido levantado.

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con un techo abovedado de medio punto y una cúpula semiesférica en la zona de conjunción de los cuatro brazos. El suelo del interior del templo y de la zona de acceso estaba revestido con grandes losas de piedra de la misma composición litológica que el resto del edificio. La nueva fábrica se realizó utilizando mampuesto calizo en sus muros, así como sillares bien

Figura 7.27.- Cantera de las que se extrajo piedra caliza gris (devónica) para el santuario de Buen Suceso en las inmediaciones de Huergas.

labrados en contrafuertes, pórtico, esquinas laterales, espadaña, puertas y ventanales, a la vez que en las columnas y arcos del interior. Todo indica que, por el grado de alteración que muestran algunos fragmentos pétreos, se llegaron a aprovechar ma­ teriales derruidos de posibles edificios preceden­ tes. Además se extrajo y trasladó piedra rojiza (caliza “griotte”) de la cantera de El Quintanal, ubicada al sur de Nocedo, así como del propio en­ torno de la ermita donde también asoma, y otra gris clara (caliza de la Formación Santa Lucia), extraída en los afloramientos situados en el en­ torno del pueblo de Huergas, en especial de la cantera ubicada una vez rebasadas las últimas ca­ sas en dirección a Llombera (Fig. 7.27). En la puerta de entrada principal, ubicada en el muro meridional y bajo la primitiva espada­ ña que albergaba las campanas, quedó grabada una inscripción (Fig. 7.28) en la dovela central del arco semicircular, que expresa: “Esta obra se izo siendo cura de la villa de Guergas i azmenis­ trador. de la Virgen del Buen Suceso el sen r don Figura 7.28.- Inscripción sobre la puerta meridional Jose Suarez Baion i maiordomo Manuel de Bobis que expresa la fecha de edificación del santuario de bezino de dicha billa. Año de 1766”. Unos años Buen Suceso mas tarde, entre 1772 y 1778, ejerció como mayor­ domo el vecino de esta misma localidad Juan Castañón, siendo las cuentas del primer ejercicio de 166


4.074 reales, y de la última anualidad citada, de 1.830 rs. En el interior se colocó en el frontal norte, en un prin­ cipio, un retablo barroco con una hornacina central donde es­ taba colocada la imagen de la Virgen (Fig. 7.29), de unos 35 cm. de altura, policromada (entronizada en 1776), presentan­ do en la parte superior una talla en madera del Cristo Crucifi­ cado, imágenes que estaban acompañadas por escenas bíbli­ cas del Éxodo. En los laterales de los brazos del crucero se colocaron, por entonces, dos retablos con su pequeño altar, en los que se veneraban al esposo y padre de la Virgen, san José y san Joaquín. Por este tiempo (1771), los bienes que pertenecían a este santuario representaban una hemina y tres celemines de tierras, cuyo “útil líquido” era de 10 reales, además de otra hemina y dos celemines de prado que representaban 35 reales. A esto se añadía una casa y diez vacas34. A finales de este siglo, siguiendo las disposiciones de 1784 del rey Carlos III, se consolida el abandono de la prácti­ ca de inhumar los cadáveres dentro o alrededor de los tem­ plos, no sin cierta resistencia de algunos feligreses. Se orde­ naba también que los cementerios se instalaran lo suficiente­ mente alejados de las casas del vecindario y, a ser posible, no lejos de la parroquia “en sitios ventilados, evitando se con­ viertan en lugares de podredumbre y corrupción y que se pro­ Figura 7.29.- Primitiva imagen de la Virgen del Buen Suceso. duzcan actos de profanación”. Existía además en esta normati­ va la intención de prevenir la trasmisión de epidemias, sobre todo del cólera, tan mortífera en estos tiempos y en épocas precedentes. Con tal motivo se empieza a planificar la construcción de nuevos camposantos en distintas parroquias (Geras, Buiza, La Pola, Huergas) y la manera de trasladar los cadáveres y demás restos humanos. Coincidiendo con el inicio del mandato del obispo Llano Ponte, es cuando están registrados los primeros datos documentales que se conservan de los libros parroquiales de la parroquial de La Pola de Gordón, así como de la mayoría de los restantes templos del concejo, pues de momentos más remotos han desaparecido durante los diferentes acontecimientos bélicos ocurridos con poste­ rioridad a finales del siglo XVIII. Sin embargo, muy anteriores a dicho prelado son los correspon­ dientes a Los Barrios, y gracias a ellos se conoce cómo, el año 1728, el cura propio Manuel del Sa­ bugal35 (Fig. 7.30) registró algunas de las primeras inscripciones sacramentales. El primer bautizo anotado en La Pola, y del que aún se conserva información, se hizo el día 5 de setiembre de 1791, correspondiendo a la niña Teresa Bernarda, hija legítima del matrimonio entre Pedro Diez Quiñones y Feliciana Juárez, que recibió las aguas bautismales de manos del cura propio Joseph Alvarez Garcia de Quiñones. Una anotación marginal expresa que falleció pocas semanas después, hecho que era notablemente frecuente en una época en la que la mortalidad infantil superaba, en muchas ocasiones, el 20 por ciento. La preservación de estos volúmenes permite que, a partir de entonces, se pueda conocer con mayor detalle la vida religiosa de las parroquias, los miembros que en ella participaban y los antecesores de muchos de los actuales vecinos de los distintos pueblos del municipio. De su consulta detallada se desprende, además, que el responsable de la parroquia de La Pola venía manteniendo, aunque no siempre en exclusiva, la 34

Según recoge el Documento n.º18 del Archivo de Huergas. También se encuentran datos de este tiempo entre los escritos de la Vicaría de san Millán (Caja 189, doc. 3961), conservados en el Archivo Histórico Diocesano de León. 35 Este apellido era muy común en este lugar de Los Barrios, al igual que en localidades cercanas como Cabornera, Nocedo, etc., según puede confirmarse en el Catastro del marqués de la Ensenada. Aún hoy en día continúa persistiendo entre los moradores de Los Barrios.

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primacía en ocupar el cargo de arcipreste, frente a las restantes que solía ser más ocasional. Recogen además los momentos en que arriban por el arciprestazgo los distintos obispos de la diócesis ovetense, los cuales dejaban refrendado después de una minuciosa inspección, su visto bueno acerca de la correcta conservación y veracidad de las anotaciones registradas en los libros sacramentales y de fábrica36.

Figura 7.30.- Libro de difuntos del lugar de Los Barrios de Gordón, entre 1728 y 1805, inaugurado en la primera fecha por el cura de dicho lugar Dn Manuel del Sabugal. Se conserva en el Archivo parroquial de La Pola.

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Aunque la mayoría de los libros de las parroquias del lugar anteriores a finales del siglo XVIII han desaparecido como consecuencia de los distintos acontecimientos bélicos que asolaron la zona en las dos centurias siguientes. El celo de los últimos párrocos ha permitido que los no afectados se conserven en buen estado.

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DE NUEVO INTRUSOS FORÁNEOS El cambio de siglo no fue tranquilo para la vida secular en este ámbito de la montaña leonesa ante las disposiciones desamortizadoras que llegaban desde los gobiernos de la corona que amenazaban la propiedad de los bienes de los curas y monjes a partir de la ley dictada por Godoy, en 1798, bajo el reinado de Carlos IV (1788-1808), exigiendo la venta de bienes eclesiásticos tales como casas de beneficencia, obras pías y patronatos. En el arciprestazgo de Gordón llegó a perjudicar sobremanera, a la colegiata de Arbas que, aunque requería un mínimo de doce religiosos para mantenerse, pudo continuar su actividad monacal, pero perdió todas sus posesiones y las rentas del hospital. También se vieron afectadas las heredades y jurisdicciones que poseía el monasterio de san Isidoro de León ligadas a las localidades de La Vid, Ciñera y Villasimpliz, las cual quedaron incorporadas al dominio de los moradores del lugar y, simultáneamente, al ámbito del concejo de Gordón, mediante Cédula Real emitida por el referido monarca. Todas estas normas confiscatorias tenían por objetivo atenuar la deteriorada deuda pública del Reino, acosado por numerosos conflictos bélicos y procesos revolucionarios en los continentes europeo y americano. Si bien en un principio tan solo llegaban a afectar, de forma mayoritaria, a las heredades de los jesuitas, a partir de 1803 se extendieron a todo el clero de la diócesis de Oviedo. Éste fue entonces requerido a participar mediante un “subsidio en favor de la Hacienda”, obligando a algunos de los párrocos del arcedianato gordonés a vender bienes de sus capellanías o casas rectorales, o bien arrendarlos al mejor postor, a cambio de una cantidad anual que les permitiera cubrir parcialmente esta aportación. Pero mayor aún, fue la zozobra cuando, bajo la prelatura del obispo Gregorio Hermida y Gamba (1806-1814)1, estas tierras del norte de León se vieron envueltas en nuevas invasiones bélicas de ejércitos extranjeros, después de haber estado gozando durante muchos siglos de una vida pacífica y sin grandes alborotos. Éstas tuvieron lugar no sin ciertas desorganizadas resistencias populares lideradas por algunos curas de los pueblos, los cuales, en medio de ciertas controversias, no dejaron de tocar a rebato las campanas alentando a la resistencia a las sencillas y sorprendidas gentes de la ribera del Bernesga. De esta forma los moradores de esta región volvieron a ver pasar, en la primavera de 1809 –en concreto entre el 15 y el 19 de mayo– las tropas del general galo Kellermann con 4000 soldados, si bien frente a ellas se habían establecido ya grupos de voluntarios de los pueblos de la zona, agregados al regimiento asturiano “Covadonga” que estaba desplegado entre Campomanes y Gordón y comandado por el coronel Manglano. Diversos grupos se habían repartido para hacer frente, sin éxito, a las bien dotadas unidades napoleónicas, por la Peña y el Encinar de Huergas y los sierros del Millar (Fig. 8.1), incluso por otros peñascos cercanos a Beberino. El día 18 atraviesan Buiza y, a pesar de haberse destruido el puente del Tuero, a la jornada siguiente alcanzan Pajares, penetrando en Asturias después de verse de nuevo vigorosamente hostigadas cerca del monasterio de Arbas y en las lomas del puerto. Como consecuencia de los combates contra las tropas extranjeras quedaron seriamente dañadas las instalaciones de esta abadía. Hechos similares se repitieron en noviembre de 1811 y mayo de 1812, ante el nuevo avance hacia Asturias de las huestes del general Bonet, el cual, una vez más, se encontró con frecuentes acosos de guerrillas bastante mejor organizadas ocultadas entre las agrestes zonas de montaña y las laderas del valle del río Bernesga, por donde circulaba la Carretera de Castilla, que discurría siguiendo el principal curso de agua de los territorios de Gordón y La Tercia y cuyo control era uno de los principales objetivos de este mando militar extranjero. En estos momentos, ya implicaban a una gran parte de la población, sin importar la edad, tomando claramente partido contra los franceses al ver como varias de las propiedades que poseían o custodiaban eran sometidas a abusos, pillajes, incendios y saqueos. 1

Este prelado, de origen lucense, fue sucesor en la sede episcopal del notable personaje eclesiástico para el arciprestazgo gordonés como fue Juan de Llano Ponte.

170


Figura 8.1.- Los “sierros del Millar y La Peña de Huergas” testigos de duros combates contra los invasores franceses.

Algunas de las iglesias del arciprestazgo fueron a su vez objeto de actos de expolio e incluso llegaron a convertirse en cuarteles temporales o a ser usadas a modo de cuadras para las caballerías. Por ello, no fue extraño que según iban avanzando los acontecimientos bastantes sacerdotes se pusieran al frente o al lado del vecindario de los pueblos en las escaramuzas militares, avivando el patriotismo, a la vez que comprobaban con gran disgusto como progresivamente eran mayores los agravios a los que se veían sometidos, todo ello a pesar de que el emperador Napoleón se había declarado un acérrimo defensor de la Iglesia Católica. Para tal movilización, los clérigos exhortaban a sus feligreses a la participación activa en lo que consideraban una “guerra santa” aludiendo con gran frecuencia en sus predicaciones a los ejemplos bíblicos de actuación frente al adversario, a manera de lo sucedido con David, Mardoqueo o los Macabeos. Con motivo de semejantes conflictos, se vieron interrumpidas de manera temporal gran parte de las actividades religiosas que tan intenso desarrollo habían adquirido desde la segunda mitad del siglo precedente, tales como las celebraciones procesionales, los encuentros misionales, las festividades y romerías de los pueblos. De igual forma quedó paralizada la vida de las cofradías, después de que en 1809 se hubieran suprimido por el gobierno de José Bonaparte (1808-1813), a la vez que nacionalizada la percepción de los diezmos que pasaron a ser cobrados por el Estado, lo que exasperó aún más a los clérigos. Muchos de ellos, y de los feligreses de este entorno, estuvieron durante un cierto periodo tan solo pendientes de sobrevivir, aprovechando los productos de las escasas labores agrícolas que llegaban a cultivar, o en la defensa de sus heredades. Pero esto no significó que el arraigado sentimiento espiritual se apagara, sino que se trasladó, sobre todo por parte de las mujeres, hacia las rogativas, los votos y las promesas con vistas a lograr la mediación divina y de la Virgen para la salvaguardia de las vidas de los implicados en las luchas y en el logro de la pacificación de la zona. Al culminar la guerra y restaurarse la monarquía con Fernando VII (1813-1833), los miembros de la Iglesia quedaron exhaustos manteniéndose durante un cierto tiempo en gran estado de precariedad, continuando los gobernantes con algunas de las medidas en nada favorables a la vida clerical. Poco podía hacer por levantar los ánimos, en el segundo decenio del siglo, el arcediano de Gordón Joseph Antonio Palacios Polledo, que ejerció su cargo entre 1802 y 1839. Era un hombre ilustrado que, por pertenecer al claustro de la Universidad, llegó a ser investigado por el Tribunal eclesiástico con vistas a conocer el origen de las tendencias liberales que en dicha institución se habían instalado. Todo lo contrario ocurrió con el obispo Gregorio Hermida que fue 171


recluido en un convento al poner serias reticencias al decreto surgido de las Cortes de Cadiz que abolía el Santo Oficio, dando fin con ello a la Inquisición. Al mismo tiempo la organización de la sociedad civil del anterior concejo de Gordón se modifica a partir de los dictados de esta institución con la creación del Ayuntamiento municipal y la paulatina aparición de una muy incipiente clase burguesa que empieza a dirigir sus objetivos hacia un mayor desarrollo industrial y del comercio.

LOS ESTIPENDIOS ECLESIÁSTICOS DE GORDÓN Como ya ha sido puesto de relieve, ya desde inicios del siglo XIX, la diócesis ovetense, bajo los auspicios de Juan de Llano Ponte y siguiendo las instrucciones de la corona, pretende adjudicar al mejor postor aquellos bienes territoriales que aún permanecen bajo su administración, entre los que en el arciprestazgo gordonés, y más concretamente entre los pueblos del municipio con capitalidad en La Pola, mantiene un notable número de posesiones con evidente interés agrario. De acuerdo con tales pretensiones, quedaron registrados en el Archivo Capitular de Oviedo diversos documentos que corresponden a diferentes entornos del ámbito geográfico del curso superior del Bernesga, donde se llegaron a efectuar tales concesiones. Así entre las múltiples Comunicaciones custodiadas2, se recoge textualmente: “En la villa de Arbas a diez de julio del año mil ochocientos y dos ante mi, el infraescrito escriv no y testigos parecieron Dn Narciso Ordoñez Castañon cura Parrocho de los Barrios de Gordon y D n Francº Vazquez Prada asimismo Parrocho de las villas de Guergas y el Millar, aquel como arrendatario y este como fiador, ambos juntos de comun dixeron: que los señores venerable Dean y Cabildo de la S ta Igla. Cathedral de la Ciudad de Oviedo en virtud de real orden de S.M. sacaron a remate el Noveno de los diezmos de todas las parrochias de este obispado en arriendo por espacio de tres años y frutos correspondientes al presente año de mil ochocientos y dos, ochocientos y tres y ochocientos y cuatro, percibidos según costumbre, y como mejor postor se remataron en D n Narciso Ordoñez Castañon, cura Parrocho de los Barrios de Gordon por haverla asimismo fiado y afianzado D n Francº Vazquez Prada igualmente cura Parrocho de las villas mencionadas Guergas y El Millar, con diferentes condiciones que se publicaron antes del remate de que se hallan instruidos que obran en el oficio de D n Pedro de la Escosura escribano de rentas de dha. S ta Igª. Por tanto los otorgantes, bajo la mancomunidad en q e se han consttituidos se obligan con sus personas y con todos sus vienes, dchos. y acciones a que dho. Principal llevara por los espresados tres años el Noveno de todos los diezmos de la espresada Parrochia y por essa razon pagaran en cada uno de ellos los espresados la cantidad de trescientos veinte reales en moneda efectiva metalica y sonante de oro o plata y no en vales reales, ni otro papel moneda, en dos pagas anuales, la primera y en ella la mitad de dha. cantidad para el dia de Navidad de Ntro. Señor Jesuchristo de este presente año, la segunda y en ella la segunda mitad restante para el San Juan Baptista del año mil ochocientos y tres; las demás sucesivamente al mismo respecto y plazos hasta fenecerse dhos. tres años y seis pagas iguales que se han de hacer en dha. ciudad y oficina establecida en la citada Sta. Igla., sin descuento alguno en libre poder de los señores comisarios nombrados por dhos. Señores venerable Dean y Cabildo”. De no verse cumplido este compromiso sellado, se contemplaba entre las condiciones llegar incluso a expropiar, después de las preventivas órdenes de apremio. Fueron testigos de este acuerdo los vecinos de Tonín, Juan de Vega, Josef Faes y Juan Sanchez. En esta misma fecha, se presentaron en la referida abadía de Arbas del Puerto el cura párroco de Nocedo de Gordón Felipe Argüello, como principal, junto con los fiadores Francisco Gutierrez Aller y Josef Alvarez Garcia Quiñones –párroco de La Pola de Gordón– , “ambos juntos para acceder ante Josef Muniz Miranda, en representacion del Deán y Cabildo, al remate del Noveno del diezmo en condiciones y plazos idénticos a los establecidos en parroquias precedentes 2

ACO, legajo numero 334, documento 52.

172


en favor de Felipe Argüello en la cantidad de ochenta reales de vellón” 3. También se adjudicaron las de Cascantes, por valor de 820 rr., y La Robla en 1.370 rr., siendo el total a abonar de dos mil doscientos setenta reales de vellón. Este mismo día y en idéntico paraje “se presentaron el Cura parroco de Santa Lucia Angel Alvarez Zadron, como principal, y Tirso de Otero como fiador y anvos juntos y de mancomunderos de huno y cada huno de por si, renunciando como espresamente lo azen las leyes de la mancomunidad, dixeron q e los señores Dean y honorable Cabildo de la Santa Iglesia Catedral de la ciudad de Oviedo, en virtud de la horden de Su Ma d sacaron a remate el Noveno de los diezmos de todas las parroquias de este obispado en arriendo por espacio de tres años (1802, 1803 y 1804), y como mejor postor remataron al citado D. Angel en la cantidad de quinientas setenta reales el menzionado lugar de Santa Lucia y el de La Seca que tambien va yncluso en este Asiento en la de ochocientos rr. de vellon” Actuaron como testigos Franco Gutierrez Aller, canónigo de la Colegiata de Arvas, Frncº Diaz, residente en ella y Felipe Argüello, cura de Nocedo, todo ello ante el representante del obispado Josef Muniz Miranda4. El dia 12 de julio de 1802, esta vez en la capital del concejo de Gordón, se volvieron a sacar a remate el “noveno” de los diezmos de las parroquias de Sorribos y Olleros, resultando en favor de Francisco Garcia Miranda y el ya citado Josef Alvarez Garcia de Quiñones, como fiador y principal pagador, debiendo hacerlo en los tres años señalados con 500 reales en moneda efectiva, en las mismas fechas indicadas en los casos precedentes (Navidad y san Juan Baptista). Actuaron a modo de testigos los vecinos de esta “encumbrada villa” Fernando de Villa, Juan González y Antonio Aguirre5. De nuevo en la localidad de Tonín, se sacó a remate, el día 29 de julio, el Noveno del diezmo de las parroquias de Busdongo y Cavornera del arciprestazgo gordones, esta última por cuatrocientos reales de vellón, siendo el principal pagador el vecino de san Miguel del Rio (Lena) Gregorio García Quirós6 . Asimismo, en Arbas del Puerto, el dia 13 de agosto del reiterado 1802, se licitó el Noveno de los diezmos de “las parroquias de Peredilla y Puente de Alva, estas por 540 rr., así como de Valsemiana por 470 reales” presentando a modo de mejor candidato el vecino de Cármenes Fernando Álvarez, siendo fiador Manuel de la Vega. Se establecieron los plazos y con­ diciones de abono ya indicados en el primer caso, fi­ gurando de testigos, a su vez, tres vecinos de Tonin7. A partir de la culminación, en 1814, del conflic­ to bélico con el invasor galo, la diócesis de Oviedo tiene la necesidad de reorganizarse, solventar las enormes pérdidas habidas y volver a revitalizar la ac­ tividad eclesiástica y religiosa, por lo que el obispo Gregorio Ceruelo la Fuente (1815-1836) (Fig. 8.2) re­ gulariza la gestión económica, estableciendo una Jun­ ta de Subsidio, y requiriendo se sus arcedianatos y ar­ Figura 8.2.- Retrato del Obispo Ceruelo, ciprestazgos que presenten balances detallados de las realizado por Vicente López aportaciones registradas en las diferentes parroquias. De aquí que en el mencionado Archivo Capitular de Oviedo hubieran permanecido depositados muy detallados informes obtenidos desde su Santa visita Pastoral, acompañado por su secretario visitador y pariente Juan de la Cruz Ceruelo, y realizada a 3 4 5 6 7

ACO, legajo 334, doc. 62 ACO. Legajo 334, doc. 81. ACO. legajo 334. doc. 53. ACO, legajo 334, doc.55. ACO. Legajo 334, doc. 73.

173


mediados de octubre de 1817, reuniendo el día 21 a los diferentes párrocos en Beberino para darles instrucciones. En los días sucesivos confirmó en esta y otras localidades a muchos feligreses “tanto párbulos, como jóvenes y doncellas, no faltando tampoco un buen número de adultos”, actuando como padrinos Antonio Hevia, cura de esta parroquia, y Teresa de la Canal, esposa de Facundo Aguirre, de La Pola de Gordón, resultando el ceremonial un gran acontecimiento religioso en la zona. Este año regentaba la parroquia de La Pola de Gordón Pedro Bardón Rodríguez y no hacía mucho tiempo que estaba bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asumpción. Poco después, este último clérigo tuvo que ser seriamente advertido tras la denuncia que dos vecinos de La Pola de Gordón (Juan Ordoñez Castañón y el referido Facundo Aguirre Llamazares) le presentaron, ante el escándalo que significaba que su ama hubiera tenido un tercer embarazo8. Otros documentos de la etapa de la prelatura de Ceruelo que permanecen en los archivos de la seo ovetense, corresponden a 1819, 1921 y 1834. De ellos, se puede adquirir, además de una detallada información eclesial, una clara visión sobre el devenir agrícola, ganadero y comercial de los pueblos asturianos, extensible a los del arciprestazgo de Gordón. De todas las localidades relevantes del concejo se conserva una relación de los diezmos obtenidos, los estipendios de los curatos, así como de otros diversos ingresos y gastos que, dado su interés, se pretende reflejar a continuación de manera resumida. Así, en la tabla VI, se recoge una relación de la lista de pagos de la mayoría de los curatos de este lugar de la cordillera cantábrica, culminada en la primavera de 1819, sobre la contribución al subsidio extraordinario exigido por el obispado ovetense, elaborada por José Vázquez de Prada, cura párroco de san Juan de Folledo que por esa época figuraba con el cargo de arcipreste de Gordón. Tal dotación es sumamente orientadora a cerca de la importancia relativa de cada localidad a nivel económico9 es este primer cuarto del siglo XIX. Tabla VI.- Lista de pago de los curatos del Arciprestazgo de Gordón. Curatos Valor en reales

8 9

Curato de Tonin

2100

Curato de Camplongo

1050

Curato de Villanueba

2500

Curato de Rodiezmo

1120

Curato de San Martin

1281

Curato de Poladura

1658

Curato de Casares

3497

Curato de Cubillas

2500

Curato de Geras

2024

Curato de Folledo

2035

Curato de Buiza

2534

Curato de Cabornera

2124

Curato de Vega y Beverino

2298

Curato de Santa Lucia

2120

Curato de La Pola

2200

Curato de Los Barrios

2800

Curato de Nocedo

1100

Así figura en el pleito, de 1814-15, que se conserva en la Real Chancillería de Valladolid. En algunos casos, esta trascendencia sería sensiblemente diferente a la que se daría al culminar el siglo XIX, en razón a acontecimientos derivados del posterior desarrollo industrial y del trazado de las nuevas infraestructuras de comunicación.

174


Curato de Villasimpliz

1120

Curato de Huergas

2000

Curato de Llombera

1420

Curato de Alba

2000

Curato de Alcedo y La Robla

5182

Curato de Sorribos

3142

Cutato de Cascantes

1767

Curato de La Seca

2226

Curato de Balsemana TOTAL (reales)

1199 54 997

El citado arcipreste indica cómo los curas de Camplongo, Tonin, Santa Lucía y Puente de Alba no presentaron directamente su relación detallada al estar muy enfermos, a la vez que tampoco lo hicieron las parroquias de Cubillas y Villamanín por estar vacantes. Advierte de la tardanza en culminar toda la información debido a que algunos párrocos no siguieron las ordenes de la Junta de Subsidio en cuanto a uniformidad de los datos de los valores líquidos, por lo que hubo que rehacer algunos informes previos. Una parte de esta cantidad (4000 reales de vellón) fue remitida por el párroco de Huergas Juan Rodríguez de Celis al secretario del Subsidio extraordinario (Fig. 8.3), advirtiendo que “lo restante que se adeuda en dho. año se proporcionara lo más pronto que se pueda, pues la escasez del dinº. y lo mucho que se halla cargado este Partido, fue y es la causa de su efectiva cobranza” (Fig. 8.3).

Figura 8.3.- Carta que remite Juan Rodríguez de Calis, párroco de Huergas, al arcipreste y al secretario del Subsidio, dándole cuenta del valor de su curato y otras advertencias.

175


El análisis de detalle las diferentes partidas10 correspondientes a los diezmos, primicias, rentas, emolumentos, derechos, etc. administradas, en 1819, por el cura propio de La Pola de Gordón Eugenio Pantoja Álvarez con motivo del Subsidio extraordinario demandado por la diócesis, como encargada del cumplimiento del Breve de S.S.11, resultó ser: Diezmo en grano

N.º de fanegas

Precio unidad (reales)

Total

6

24

144

Centeno

20

21

420

Cebada

10

18

180

Arbejos

2

24

48

Nabos

4

6

24

Trigo

Diezmo en otras especies

Número

Corderos y lana

Su precio cada uno (reales)

Total

12

11

132

2

50

100

Carneros

10

6

60

Manteca (libras)

12

2

18

6

1

6

Arrobas lino

Pollo Genitura ganado trasumante y pastos

Rectoria

8

Número

Su precio cada uno (reales)

Total

Trigo

2

24

48

Recados

4

7

28

Derechos de estola y pie de altar Bautismos, entierros y bodas

100

Misas de Aniversario

260

Rebajas Por la contribución civil

30

Por la recolección de granos y legumbres

46

Por la recolección de la yerva, zierro de los prados y su riego

70

Por las 90 misas de Pueblo

270

Por las 19 eminas que paga este cura al Sr. Arcediano de Gordón

136

Por el Ministro que ayuda en las funciones de la Iglesia

160

10 En su transcripción se respeta la ortografía y términos expresados en los escritos originales. 11 Toda esta documentación y la de las restantes parroquias del arciprestazgo están recogidas en el ACO en una caja de cartón titulada “Arcedianato de Gordón” y que está catalogada con el número 392.

176


Esta información12 la certifica y firma el citado clérigo de La Pola de Gordón, a la que agrega otras Misas de aniversario por la cantidad de 184 reales de vellón, comunicando que ha fijado todos estos datos en las puertas del templo parroquial el 14 de marzo de 1819 para conocimiento de la feligresía. La anterior descripción se completa con la indicación de la existencia de una capellanía que atiende la capilla particular de Jesús, María y José. Similares datos aportó el cura de san Pedro de Geras Gabriel Suárez respecto a los bienes administrados en su parroquia, la cual cada vez iba adquiriendo una mayor relevancia en virtud al progresivo incremento de la población y riqueza industrial de esta localidad, que llegaba a superar las 70 viviendas. La relación de diezmos recibidos establecida para el mencionado año de 1819, se muestra a continuación: Diezmo en granos

N.º de eminas

Precio unidad (reales)

Total

Trigo

18

8

144

Centeno

40

7

280

Cebada

50

6

300

Arbejos

11

8

88

Diezmo en otras especies Corderos y cabritos Lana (arrobas)

Número

Su precio cada uno (reales)

Total

16

11

176

7

50

350

50

75

Manteca caja y media Leche

20

Tierras

180

Tierras de Mansos

180

Rentas de pastos de Mansos

200

Derechos de Estola

92 Suma total

2085

Entre las rebajas efectuadas, se especifica cómo “por ser el vecindario corto en grano limpio” solo se consideró de él una pequeña proporción en todos los diezmos, siendo la cifra a considerar 30 reales. Se contempla igualmente una reducción por aportación a la contribución civil de 31 rs. por lo que la cantidad global a aportar en forma de subsidio sería de 2.024 reales de vellón. Por este tiempo, tanto el párroco Gabriel Suárez como el vecindario, demandaron del conde Luna y duque de Frias su participación en las reparaciones que tenían previstas para la Iglesia, según obras que representaban un gasto de 3.290 reales. Las principales restauraciones consistían en labores de retejado, arreglo de la sacristía, mejoras en la escalera del campanario y asentamiento de los paredones del pórtico y la huesera. Todo ello, según presupuesto bien especificado y planos (Fig. 8.4) presentados en 1826 por el arquitecto diocesano Fernando Sánchez Pertejo y ejecutados por el maestro de cantería, Manuel Blanco13 poco después de ser aprobados por la diócesis. Tal operario se ocupó también de extraer y transportar la piedra caliza desde los afloramientos cercanos al pueblo, obteniendo múltiples facilidades del vecindario. 12

Cómo puede deducirse de tan detallada documentación, a través de ella cabe establecer una preclara idea sobre los hábitos de vida de los campesinos de esta y las demás localidades, al tiempo de especular sobre las épocas de siembra y recogida, la extensión de las posibles zonas de huertas y pastos, la variedad de cultivos, los métodos de trabajo, etc. 13 Así figura en los escritos de la Vicaría de san Millán (Caja 174, documento 3681) guardados en el Archivo Histórico Diocesano de León.

177


Figura 8.4.- Planos en alzado y planta de la iglesia parroquial de san Pedro de Geras, realizados en 1820 para planificar las obras de mejora.

La parroquia de san Juan de Folledo, regida por el ya mentado José Vázquez de Prada, da igualmente el “valor de su curato comprendido en la contribución en el Subsidio extra-ordinario con arreglo a las instrucciones circuladas por la Junta” que resultó ser, según reproducción original del documento ya indicado catalogado como “Arcedianato de Gordón” (Figs.8.5 y 8.6). 178


Figura 8.5.- Relación de la aportación de la parroquia de san Juan de Folledo.

La transcripción de esta anotación escrita sería: Diezmo en grano y otros Trigo

N.º Eminas

Precio cada una (reales)

Total

20

8

160

Centeno

120

7

840

Zebada

10

6

60

Arbejos

10

8

80

Primicias

nada

Corderos

10 unid.

11

100

Cabritos

2 unid.

11

22

4

50

200

Lana Lino Manteca

12 4

50

200

Leche

30

Crías mulares

30

Centeno tierras de Mansos

3

7

Renta de Mansos

21 280

Derechos de Estola

99 Suma total 179

2144


En esta valoración habría que contemplar una reducción de 61 reales en concepto de rebajas por contribución y otros emolumentos de los curas celebrantes, certificando un valor definitivo de 2.087 reales de vellón el día veintisiete de marzo de 1819. Adjunto a este último documento incluye además unas consideraciones respecto a las nuevas aportaciones remitidas a la Junta de Oviedo, indicando como “hasta el presente no se me pidio razon alguna del Subsidio Antiguo por lo q. ignoro si debo dar razon de quanto pagaba cada Curato, o lo que pagaba cada Arciprestazgo anualmente. Lo cierto es q. este Arciprestazgo pagaba un Subsidio antiguo en cada un año la Cantidad de seiscientos ochenta y cinco reales, con lo q. se hallaba escesibamente recargado comparatibe a otros en la Diocesis; y por servir de norte el Subsidio antiguo para comparar al extraordinario como sirvio hasta oy, se halla sumamente agobiado este miserable Arziprestazgo, tanto q. el Parroco q. menos oy paga es un seis por ciento, lo q. no sucediera a Parroco alguno en todo el Obispado fuera de Gordón”. Subyace, pues, en este escrito, la manifestación de un claro agravio ante lo que se valoraba como un injusto tratamiento en comparación con otras parroquias de similar emplazamiento en zonas alejadas y de alta montaña. Se refería, sin citarlas expresamente, a bastantes de las de los términos de Lena de Suso o de Aller.

Figura 8.6.- Iglesia parroquial de san Juan de Folledo y su entorno en una ambiente invernal.

Otro tanto describe en la relación preparada, jurada y firmada por Simón Llamazares, sobre lo que le pertenece en diezmos, primicias , rentas, etc, a la parroquia de san Juan de Cabornera y su anneja Paradilla, que incluye: Diezmo en grano y otros

N.º Heminas

Precio cada una (reales)

Total

Trigo

30

8

240

Zenteno

60

7

420

Zebada

40

6

240

Arbejos

10

8

80

2

30

60

Garbanzos

180


Primicias

nada

Corderos

17

11

187

Cabritos

3

11

33

Lana (arrobas)

6

50

300

Manteca

3

50

150

Lino

18

Arriendo del Puerto

62

Renta tierras

14

7

98

Forcados ierba en renta

51

7

357

Derechos Estola

99 Suma total

2344

Entre los derechos de Estola y pié de Altar 14 justifica las percepciones recibidas por la cele­ bración de bautismos, matrimonios, funerales y misas extraordinarias, actividades todas ellas que tenían estipuladas unos estipendios específicos, según las decisiones acordadas en los encuentros si­ nodales celebrados en el siglo precedente.

Figura 8.7.- San Antonio de Padua y Nuestra Señora del Rosario, dos de las imágenes que es probable correspondan a las que se citan en el Apeo de 1814 de Cabornera (Archivo parroquial).

El cura propio de la parroquia de los santos Justo y Pastor de Buyza Josef Álvarez remitió, a su vez en 1819, una relación jurada de las dotaciones que controlaba, siguiendo idéntica distribu­ 14

Aunque incluía este estipendio los alcaldes pedáneos de estas dos localidades presentaron en 1838 sendas quejas a la autoridad eclesiástica por lo que consideraban como un “abandono espiritual”. Según recogen escritos de la Vicaría de san Millán (Caja 278, documento 9318), guardados en el Archivo Histórico Diocesano de León.

181


ción que las precedentes, y que comprendía: Diezmo en grano y otros Trigo

N.º Heminas

Precio cada una (reales)

Total

24

8

192

Centeno

216

7

1512

Cebada

72

6

432

Arbejos

3

8

24

Primicias Corderos

Nada 10

11

Lana Manteca

110 Nada

2

50

100

Lino

24

Renta de tierras de mansos

24

Renta de la yerba de mansos

200

Derechos de Estola

200

Diezmo de yerba

160 Suma total

2978

Se consideran como rebajas a esta cifra: 60 reales por recolección de todos los diezmos, 20 de contribución civil y 364 rs. por aportaciones al arcediano de esta jurisdicción, por lo que resulta en liquido para la contribución la cantidad de 2.534 reales de vellón. Entre las distintas observaciones que adjunta este párroco, indica que: “en esta mi Parroquia hay tres capellanías, una titulada de Nuestra Señora de la Soledad de la que es Capp n Dn. Juan Rodriguez presbitero, su valor seiscientos rs. con la carga de misa de onze todos los dias festivos, su Patrono Dn Pedro Alfonso Villafañez. Otra de San Antonio de Prudena y es Capp n Dn Pedro Alvz Quiñones clérigo de menores cuio balor quinientos rs. Y carga misa de alva todos los domingos su presentero Xavier Alvz Quiñones. Y otra del Buen Subceso adjudicada a D n Patricio Suarez estudiante, su balor mil reales con la carga de una misa todos los sabados. Todas ellas pagan subsidio; no hay más beneficios ni obras pias de q e dar relacion. La fabrica de la qe tiene subsidio solo tiene de renta ciento vente rs.”. Añade además, como “el dia catorce del presente mes de Marzo de 1819 fixe a la puerta principal de esta Iglesia parroquial el edicto q e la Junta de Subsidio de esta Diocesis se sirvio diri­ girme pr mano del Sr. Arcipreste de este Partido” cumpliendo así los requerimientos y formalidades que se le demandaban desde la superioridad. Precisamente como ya ha quedado constatado,sobre el sillar que corona la dovela del arco del pórtico de la capilla de san Antonio emplazada en la entrada del pueblo15 figura una inscripción referente a la titularidad del templo 16, así como una hornacina del santo (Fig. 8.8). A la vez existe otra grabación en el sillar que constituye el dintel de un pequeño ventanal enrejado que expresa: “Aqui se echa limosna para San Antonio....”. En la construcción de este lugar de culto se emplearon sillares bien labrados y mampuesto de calizas devónicas de tonalidad pardo-amarillenta y grisácea, extraídos de los afloramientos de la Formación La Vid, adyacentes a esta localidad. 15

En la actualidad se conserva en un estado ruinoso, aunque se mantiene gran parte de su bien labrada fachada y de las paredes externas de los laterales. 16 Una antigua imagen de su titular procedente de este lugar sagrado está preservada, aunque en un deficientes estado de conservación en la cercana capilla de Nuestra Señora del Valle. A este santo acompañan otras dos representaciones de la virgen adquiridas muy probablemente por el mismo tiempo y que también fueron trasladadas desde esta iglesia. Este conjunto se ve completado por una Inmaculada más moderna.

182


Figura 8.8.- Dos detalles de la fachada de la capilla de san Antonio de Buiza con sendas inscripciones. Arriba, hornacina sobre la puesta principal (foto tomada de A. Quiñones); abajo ventanal de las limosnas.

Otro tanto realizó el cura propio Antonio Fernández Hevia que llevaba las iglesias de Beberino (Fig. 8.9) y Vega recogiendo en su detallado escrito la documentación presentada en el Arciprestazgo, siguiendo las mismas pautas de los sacerdotes anteriormente citados y abarcando las siguientes partidas: Diezmo en grano y otros Trigo

N.º Heminas

Precio cada una (reales)

Total

28

8

384

Centeno

120

7

840

Cebada

24

6

144

Arbejos

6

8

48

183


Primicias

Nada

Leche

Nada

Mantecas

2

50

100

Corderos

20

11

220

Cabritos

7

11

77

Lana (arrobas)

4

50

200

De puertos

60

Forcados

30

9

Tierras en renta

270 28

Derechos de estola

102 Total

3473

Figura 8. 9.- Imagen del apĂłstol san Pedro, patrono de la parroquial de Beberino.

A su vez, este mismo cura pĂĄrroco habĂ­a enviado desde Beverino de Gordon, el 14 de abril 184


de 1819, una misiva dirigida al administrador del mencionado Subsidio 17 en la que expresa (Fig. 8.10) que “con el motivo de tocarme hacer la paga del Subsidio perteneciente a este Arciprestadgo de Gordon ultimo tercio de Diciembre pasado de 1818, lo que no pude acabar de cobrar asta el dia de ayer 13 y como la Posta de yo no es de satisfacion por se nuevo lo retengo para el Domingo por ser seguro y el lunes se hara la paga a V. Md . precisamente, y por lo mismo se lo pongo en noticia para que no despache minimo como lo espera este su finisimo atento seguro serbidor y Capp n q.B.L.M. de V.Md ”.

Figura 8.10 .- Documento de abono del Subsidio, en 1819, por el párroco de Beberino.

En la parroquia de Los Barrios de Gordón el curato Narciso Ordoñez Castañon presentó la siguiente documentación: Diezmo en grano y otros

17

N.º Fanegas

Precio cada una (reales)

Total

Trigo

12

24

288

Centeno

40

21

840

Cebada

16

18

288

Arbejos

4

24

96

Nabos

4

6

24

Batatas

2

12

24

ACO, Comunicaciones , legajo 232 , doc. 53.

185


Corderos

30

11

330

Lana, arrobas

5

50

250

Lino en cañas

6

6

36

Manteca, arrobas

2

50

100

20

1

20

2

21

42

120

7

840

Pollos Centeno Rectoria Forcados de yerba Rect. Entierros

135

Bautismos

36

Bodas

15

Aniversarios

80

Misas de Aniversario de 2 y 3 reales de estipendio

276 Total suma

3730

A esta cifra habría que rebajar la aportación por contribución civil (34 reales), otra generada por la recolección de granos y legumbres (80 rs.), además de por la recogida y administración de la yerba de la rectoría (60 rs.), quedando una cantidad final a remitir a la Junta de Subsidio extraordi ­ nario dependiente de la diócesis ovetense, de 3.556 reales de vellón. Respecto a la aportación de genitura y lana merina se expresa cómo en parte procede del ga­ nado trashumante que pasta “en los Puertos de este lugar nombrados como Casa Real Dezmera”, así apellidados debido a ser unos terrenos por los que se abonaba diezmo, una parte del cual correspon­ día a la iglesia del pueblo. Siguiendo el mismo formulario, la parroquia de Huergas, por mano del vicario Juan Rodr z de Celis y Velasco, previo informe de “algunos señores de dicha parroquia de legalidad y conducta” entre los que figuraba su mayordomo Narciso García Cavero, aportó, el 22 de marzo de 1819, la información del valor de este curato para la contribución del Subsidio, comprendiendo:

Diezmo en grano y otros

N.º Fanegas

Precio cada una (reales)

Total

Trigo

12

24

288

Centeno

16

21

336

Cebada

11

18

198

Garbanzos

1

60

60

Arbejos

1

24

24

Nabos

3

6

18

Corderos

7

11

77

Lana arrobas

1

50

50

Lino en cañas (arrobas)

1

6

6

Manteca (arrobas)

1

50

50

Genitura y lana merina de ganado trasumante

80

Centeno rectoria

21 186


Forcados yerba

13

7

Derechos de Estola y pie de altar Misas de aniversario

91 70

72

2

144

Suma total

1513

Complementando esta documentación, incorpora el citado clérigo que, a su vez, controla dos capellanías: la de san Juan Bautista y la de la Quinta Angustía, y que, además, “existe un Santuario distante medio quarto de legua, con su capilla mayor de bóveda, sacristia, cajones, con lo necesario para el culto divino. Además de Cuerpo de Yglesia, confesonarios, Porticos, torre y campanas, titulado nuestra señora del Buen Suceso con su Administración, además de Párroco o Vicario, cuyo administrador debiera dar razon formal de las rentas”. El hecho es que, pese a esta advertencia del párroco de Huergas, entre los variados documentos conservados en el archivo de la catedral ovetense, no se recoge por estos años ninguna aportación a la Junta de Subsidio referida a este templo mariano. Tampoco se vuelve ya a hacer alusión alguna de que existiese asistencia religiosa del mencionado clérigo a las diferentes capillas que en otros momentos estuvieron activas en lugares algo lejanos al pueblo, como fueron las de La Portilla o Conforceto.

Figura 8.11.- Vista actual de las fachadas oriental y meridional del santuario del Buen Suceso.

187


Cómo bien recoge Francisco Escobar en su libro sobre este venerado templo 18 (Fig. 8. 11), por estas fechas ya estaban rematados los pórticos y ampliado el cuerpo del campanario, ambos realizados con excelente labor de labra volviendo a emplear sillares bien trabajados de calizas grises muy compactas, obtenidos, de nuevo, en las ya descritas canteras de Huergas (Formación Santa Lucía), alternando con otros de tonalidad rojiza y textura marmórea (caliza griotte) procedentes en su mayoría de la también referida explotación ubicada al sur de Nocedo una vez cruzado el rio Bernesga. La arena necesaria para hacer la argamasa, junto con cal, se traía en carros, bien de La Gretosa19 (que requería un buen cribado debido a su heterogeneidad), o bien partidas más selectas en su calidad, de la zona de Llanos de Alba o del valle de Fenar20. La inmediata parroquia de Llombera también presentó la relación del valor del curato, su responsable, Thomas Alfonso Rabanal, resultando ser : Diezmo en grano y otros Trigo

N.º Heminas

Precio cada una (reales)

Total

20

8

160

140

7

980

Cebada

9

6

54

Legumbres

4

8

32

Manteca

1

50

50

Queso

1

7

7

Centeno

Nabos

15

Corderos y cabritos Lana, arrobas

150 3

50

Pollos

150 5

Foxalis de vino

12

Entierros, bautizos, etc.

80

Renta de prados de la rectoria

75 Suma total

1765

A modo de rebajas se consideraron una carga de centeno que saca de este curato el arcediano de Gordón por valor de 84 rs., al igual que la cuarta parte del centeno que obtiene el cura de la ciudad de León D. Antolin Rz. Perrote, el cual era poseedor de un beneficio del que es patrono el marqués de San Vicente, y que asciende a 245 rs. Con tales reducciones la cifra líquida total fue de 1.436 reales de vellón. Al dominio de esta parroquia (Fig. 8.12) pertenecía asimismo la muy antigua ermita del Santo Cristo de los Remedios, constituida por una única nave rectangular, adyacente a la cual se había levantado un pequeño cementerio, donde aún hoy permanecen los restos de algún clérigo que rigió esta localidad este siglo decimonoveno. No eran pocas las aportaciones en forma de limosnas que se dejaban en los cepillos que el párroco recogía de tantos devotos como acudían, al igual que eran numerosos los exvotos y promesas que frente a la muy antigua imagen del crucificado se depositaban, a la espera de conseguir la curación de sus dolencias o las de sus seres queridos. Todo ello gracias a la fama que en los alrededores había alcanzado este lugar por diversas sanaciones consideradas como milagrosas. 18 19

El Santuario del Buen Suceso de Gordón. León 1974. Se trataba de materiales silíceos de alteración de las areniscas devónicas de la formación Huergas, depositados en canchales a media ladera, entre los que había que seleccionar, por cribado, las fracciones gruesas de las arenosas. 20 En estos ámbitos existen unos sedimentos, constituidos por arenas blancas y amarillentas, depositadas en el periodo Cretácico, que fueron bastante explotadas como material constructivo en este y otros siglos.

188


Figura 8.12.- Vista actual de la muy remozada iglesia parroquial de Llombera.

Una última relación, incluida en los documentos del archivo catedralicio ovetense, referente a las iglesias parroquiales de este concejo gordonés, corresponde al cura de Nocedo (Fig. 8.13) Santiago Suárez Quiñones, presentada, como las anteriores, en marzo de 1819. Incluye las siguientes partidas: Diezmo en grano y otros

N.º Fanegas

Precio cada una (reales)

Total

6

24

134

Zenteno

12

21

252

Cevada

2

18

36

1/2

60

30

Arbejos

1

21

21

Batatas

1/2

12

6

2

11

22

11

2

22

4

6

24

10

2

20

Trigo

Garbanzos

Corderos Lana fivras Lino en caña, arrobas Manteca Genitura y lana del ganado trasumante Centeno Rectoría

80 6

21

189

126


Forcados de yerva

20

7

Derechos de Estola

140 80

Misas de Aniversario

107 Suma total

1000

A esta cantidad habría que rebajar la contribución civil (18 rs.), por la recolección de granos (22 rs.), por la siega y administración de la yerva de los prados (28 rs.), por la parte de las misas (278 rs.), y otros servicios (149 rs.), lo que daría una aportación final de 505 reales de vellón, que son los que certifica dicho clérigo.

Figura 8.13.- Vista frontal de la iglesia parroquial de Nocedo, inaugurada en 1855.

Junto a tal relación añade dicho sacerdote como “en esta Parroquia hai una Capilla titulada San Bartolome, de la que es poseedor D. José Suarez natural de La Pola de Gordon, quien se halla ausente, más en virtud del beneficio jurado, podra ser savedor y dar la competente relación”. Tal templo se emplazaba en el paraje conocido con el nombre de Las Vallinas y conserva aún los restos de una antigua espadaña, posiblemente del siglo XIV. Adjunta a las dotaciones de la iglesia parroquial de Puente de Alba, se recogen, a su vez, los diezmos de su hijuela Peredilla (Fig. 8.14), correspondientes a similares productos del campo de los considerados en las parroquias vecinas, aunque su reparto preciso no es determinable. 190


Figura 8.14.- Vista del interior de la iglesia parroquial de Peredilla en el momento actual.

Al igual que para estas localidades mencionadas, entre los distintos documentos catedrali­ cios existe una referencia detallada de similares aportaciones de las restantes parroquias del arci­ prestazgo, tanto de los dominios territoriales de La Tercia y Arbas, por el norte, como de los de Alba, Cascantes y La Seca, al sur. Pasado un año de estos informes (1820), el gobierno de Fernando VII vuelve a restablecer la legislación desamortizadora, de manera que los bienes eclesiásticos pasan a ser considerados de carácter nacional y sujetos a ser vendidos. A ello se añade la disposición, de junio de 1821, por la que se reduce el diezmo eclesiástico a la mitad de las cuotas – no sin gran resistencia del clero – bajo la estimación de que con la nueva cantidad se dispondría de bastante dote pecuniaria como para atender su sostenimiento y el culto, mientras que el resto solo sería para excesos prescindibles. Poco antes, el 19 de Mayo, quedaba registrada, entre la indicada base documental de la catedral de Oviedo, una relación (Tabla VII) correspondiente a una valoración de los diezmos y derechos de Estola a pié de altar “qel infraescrito (Pedro Pertierra) regula pr el conocimiento qe tiene e informes particulares qe ha tomado a todos los Curatos, Prestamos y simples qe abraza el termino del Arciprestazgo de Gordón, con inclusion de los sujetos a la Abadia de Arbas q e pr separado se demuestran con arreglo a las instrucciones q e le dirijio pª realizarlo la Junta de Subsidio del Obispado”. De nuevo, este informe permite valorar el potencial de cada parroquia, así como dar una idea del nivel económico de que gozaban las diversas poblaciones del municipio de Gordón, encabezado, en esta época, por pueblos bien alejados de la capital como eran Geras, Buiza y Los Barrios.

191


Tabla VII.- Diezmos y don de Estola del Arciprestazo de Gordón en 1821 Curato o Prestamo Diezmos (Reales de vell.) Pie de Altar (rs.) Geras

1500

Prestamo de Geras

1750

Folledo

1500

110

Buiza

3000

160

Cabornera

1300

144

Beverino

1500

110

Santa Lucia

1500

119

Simple de Casobestre

157

700

Pola de Gordón

1000

150

Barrios de Gordón

1800

200

Nocedo

700

80

Huergas

1500

167

Llombera

1500

90

Simple de Llombera

250

Puente de Alva

1250

250

Alcedo de La Robla

4200

360

Sorribos y Olleros

2500

260

Cascantes

1300

160

La Seca

1800

111

Abadía de La Seca

700

Balsemana

1000

20

Simple de Balsemana

200

Poladura de la Tercia

1200

120

San Martin de la Tercia

1200

100

Rodiezmo

1200

150

Simple de Rodiezmo

1500

Bentosilla y Villanueva

2000

100

Camplongo

800

40

Villasimpliz

1000

20

Cubillas (Abadia de Arbas)

2400

150

Casares (Abadia de Arbas)

2800

160

Tonin y Pendilla (Arbas)

1400

60

Vicaria de Busdongo (Arbas)

700

40

Vic. S. Miguel del Rio (Arbas)

400

20

48420

3608

TOTAL

El mismo documento expresa como la colegiata de Arbas no tiene, a modo de cualquier otra parroquia, Pie de Altar ni otros diezmos más que aquellos que debería de pagar por una cabaña de ganado lanar fino que pasta en los puertos de su distrito y que son propiedad del cabildo. Sin 192


embargo, dado que en este tiempo los ha percibido el rey como “casa dezmera”, no se pueden contabilizar en la relación expresada. Las ya tradicionales diferencias entre el obispado y esta abadía prosiguieron, hasta el punto que, en 1829, los paisanos la tomaron violentamente, después de que el obispo Ceruelo de la Fuente ordenara prender al párroco de Casares, y, al ser desobedecido, les fue incoado al abad y demás frailes un expediente por el cual fueron trasladados a Oviedo. Cuando trascurrido un año pasó por este lugar el citado dignatario, se le cerraron las puertas, no repicaron las campanas y fue insolentemente vilipendiado, respondiendo su escolta abriendo fuego. Pero, los datos recogidos por el patrimonio documental resguardado en el Archivo Capitular ovetense sobre esta temática recaudatoria, todavía no terminan aquí, pues en 1834, siendo todavía arcediano Joseph Antonio Palacios, se vuelve a hacer referencia detallada de las entregas a la Junta del Subsidio de la diócesis. Entre ellas figuran varias de las parroquias del arciprestazgo de Gordón, lo que de nuevo facilita el poder establecer una idea sobre la evolución de las actividades agrícolas, las contribuciones correspondientes de sus moradores y la respuesta eclesial de sus pueblos. Tales aportaciones tienen lugar poco antes de que se iniciara la más importante fase desamortizadora, programada en 1837 por el ministro de Hacienda Juan Álvarez Mendizábal 21, llegando a afectar a las tierras, casas, edificios y enseres (obras de arte, libros, etc) de todas las iglesias del Reino. Con todos estos bienes, se realizaron posteriores subastas públicas de aquellas propiedades que las parroquias y monasterios habían ido acumulado, en ocasiones desde cerca de diez siglos, a través de donaciones y actas testamentarias. De esta manera, según la declaración jurada de 12 de mayo de 1834 del párroco de La Pola de Gordon Juan González, se remiten a la Junta de repartimiento del Subsidio del obispado las rentas, calculadas a manera del valor medio anual del sexenio, y que han sido22: Trigo : 12 fanegas castellanas a 21 reales la unidad....................

252 rs.

Centeno : 21 fanegas y 1 celemin a 19 rs./fanega.......................

316 rs y 8 mrs.

Cevada : 6 fanegas y 1 hemina, a 14 rs./fanega …......................

88 rs y 22 mrs.

Crias : 8 al precio de 8 rs. Cada …..............................................

64 rs.

Manteca : 15 libras a 2 rs. unidad …..........................................

30 rs.

Lana : arrova y media a 40 rs. arrova ….....................................

60 rs.

Garvanzos : 2 heminas y 3 celemines a 16 rs. /henina …...........

44 rs.

Arvejos : 4 heminas y cuarto a 6 rs. /hemina ….........................

32 rs y 17 mrs.

Lentejas : 1 hemina a 12 rs. …....................................................

12 rs.

Lino : 2 arrovas a 40 rs. / arrova ….............................................

80 rs.

Patatas : 10 fanegas a 6 rs./unidad …..........................................

60 rs.

Pollos : 9 a real ….......................................................................

9 rs.

Rectoria : Prados y tierras ….......................................................

261 rs.

Pie de Altar ….............................................................................

240 rs.

De las partidas arriba expresadas resulta una suma total de 1.548 reales de vellón y 47 mar­ vedíes. Sobre esta cantidad hay que descontar las partidas correspondientes a seis fanegas y media de centeno destinadas al arcediano de Gordón por valor de 97 reales, lo que significa un valor líqui­ do final a entregar de 1.451 reales y 39 mrs. A esta relación habría que adjuntar la aportada por Juan Rodríguez, el cual era mayordomo de la fábrica del templo de La Pola, resultando las siguientes retribuciones: 21 Ya había sido nombrada como reina Isabel II (1833-1866) y se estaba aún bajo la regencia de Maria Cristina de Borbón. 22 Se mantiene el léxico original recogido el los escritos que se guardan en el archivo catedralício.

193


De rentas de tierras y prados …..................................................

50 rs.

De primicias …...........................................................................

90 rs.

De un Censo y pensión de las Capillas de Nuestra Srª de las Angustias y del Rosario y de D. Antonio de Robles …................................. De Sepulturas y Bautizos …....................................................... Todo lo cual representa un valor líquido total de........................

44 rs. 22 rs. 214 reales

Simultáneamente el citado Antonio de Robles Castañón, en funciones de encargado del patrono José García Alfonso, vecino de Sosas de Laciana, del batimiento de la renta de la capilla de Nuestra Sra. del Rosario, proporciona: Renta anual, la misma que hace seis años …..............................

80 rs.

Dado que tiene dotadas para misas 30 rs. de pensión anual, la cantidad final que le corresponde dar es de 50 reales de vellón. Entre las rentas de las distintas parroquias del municipio gordonés, se incluyen esta vez las del párroco de Santa Lucía Narciso Diez del Campar, el cual remite a la Junta del Subsidio, el 30 de abril de 1834, su correspondiente documentación relativa al valor de su curato en el año común del sexenio, que representó: Recaudo en especies, producciones –incluida rectoría– y demás emolumentos ….........................................................................

1100 rs.

Beneficio de Casovestre agregado al curato ….........................

30 rs.

Fábrica de la Iglesia que percibe anualmente de rentas, primicias y derechos parroquiales …...........................................................

60 rs.

Todo ello importa un total de …................................................

1190 rs.

Todavía, dos décadas más tarde, el diccionario relativo a las propiedades catastrales de Madoz sigue reflejando como se mantiene en pié la ermita de san Miguel de Casovestre, ubicada a la vera del río Bernesga entre esta localidad y Vega, cuya propiedad atribuye al vecindario, siendo una de las últimas referencias documentales que se refieren a la existencia de una cierta actividad de culto en este lugar sagrado. También, en esta anualidad, se incorpora en la documentación archivada, la referencia de lo que corresponde al cura párroco de san Martin de Villasimpliz Francisco Álvarez Nava, a modo de valor medio entre los años 1826 y 1833, que resultó ser de mil quinientos reales anuales, añadiendo la relación de lo que percibía en rentas y primicias el mayordomo de la iglesia Josep Álvarez. Otro tanto ocurre con la parroquia de Geras (Fig. 8.15), en la que el cura propio Felipe Ordaz Diez, advierte “que en este curato por razon de pribilegio y patronato saca el Excm o Sr. Conde de Luna la mitad de todos los diezmos(...) y este no administra por si la arrienda su mayordomo en el mejor postor y q e en los años qe he sido en este curato no ha ascendido su valor más de mil quinientos reales, y siendo esta parte igual a la q e queda al cura es igual su valor añadiendo doscientos y cuarenta rs. en que esta tasada la hacienda de la rectoria, pero también se debe rebajar el valor de seis fanegas de centeno qe paga el curato al Sr. Arcediano de Gordón”. En este documento ya no se hace referencia alguna a la existencia de un estamento eclesial, ni de abono de estipendios, en la vecina localidad de Santiago de Geras, posiblemente por haberse concentrado una gran parte de su vecindario en el floreciente pueblo de Geras, o bien por haber quedado ya en estado de abandono. Lo mismo sucede con la muy antigua ermita de san Pelayo emplazada en el entorno del pueblo de la que en estos escritos no se llega a aportar ninguna noticia.

194


Figura 8.15.- Espadaña de la parroquia de Geras e inscripción escasamente legible, de 1845(?), sobre la puerta de entrada con las llaves cruzadas de san Pedro.

También sobre el ovetense monasterio de san Pelayo, el curato anterior firmante de la documentación, expresa la forma en la que el mencionado conde de Luna ha contribuido, hasta ahora, “con el subsidio por los diezmos qe como llevo referido, pero su mayordomo se quiere resistir a pagarlo diciendo que por ordenes posteriores estan esentos de subsidio los participes legos. La Junta le ponga sobre el particular”. De igual manera, el cura párroco de san Pedro de Llombera Bernardo Ildefonso García Láiz23 da a conocer, en abril de el año 1834, las rentas subsidiables que ascendían a 1.808 reales de vellón, repartidas en las siguientes partidas: Valor del curato regulado al año comun del sexenio con inclusion de rectoría, granos y demás …......................................................... Fábrica de la Iglesia por derechos parroquiales y rentas …........ Percepción del parroco de Nta. Sª de Villa Perez de León del beneficio simple y diezmos de granos ….................................................... Carga de centeno del Arcediano de Gordón …........................... Santuario de Ntra. Sra. de Buen Suceso a mi cuydado, en limosnas de personas piadosas, censos y posesiones …..................................

1000 reales 60 rs. 300 rs. 48 rs. 400 rs.

Precisamente en este año, se inauguró la ampliación de esta ermita de Buen Suceso que comprendió la zona de la cabecera, uniéndola con los brazos de la cruz, de modo que se generaron en esta zona tres naves, la central y dos laterales. Se emplearon como ya reiteradamente se dijo bloques de caliza gris, extraídos de las canteras de Huergas 24. En las citadas naves laterales de esta 23

Este párroco mantuvo, unos años mas tarde (1839), un conflicto con el vecino Gregorio Martinez, llevador de los “puertos de Villar de Frades, propiedad de la Exma. Sra. marquesa de Villasinde y Andi”. Primero el clérigo “le quiso atropellar cogiendo un morrillo para tirárselo y luego sacó un trabuco o pistola para tirarle, solo por haberle sacado los ganados del citado puerto”. (Escritos de la Vicaría de san Millán, caja 64, documento 1437; depositado en el Archivo Histórico Diocesano de León) 24 De estas explotaciones y de otras cercanas a La Pola de Gordón también se llevaron por este tiempo (1830) materiales pétreos para la ejecución de obras de la Catedral de León, dirigidas por el arquitecto diocesano Sánchez Pertejo, que consistieron en recalzar los “manchones” del hastial meridional.

195


ermita se instalaron dos pequeños altares con sus retablos barrocos en los que se colocaron sendas imágenes de santa Bárbara y san Blas. El momento de la culminación de los trabajos quedó grabado sobre el sillar labrado que cubre el ventanal de la parte oriental con la frase:”Siendo Obispo de esta Diócesis el Excmo. y Ilmo. Sr. Don Gregorio Ceruelo y Admor. Capn. Bernardo Laiz Cura de Lomrª. Se agregaron estas obras. Año 1834”. Precedieron estas labores, a las ejecutadas veinte años más tarde, con vistas a instalar en su interior una bella reja que permitió aislar las zonas sacras del altar, retablo y crucero del resto del templo. Cifra muy similar a la anterior (1.848 reales), era la aportada en dicha anualidad en razón de todos los diezmos de frutos, granos y demás emolumentos, administrados por el párroco de san Martin de Huergas y El Millar Juan Rodrz de Celis. Esta parroquia había visto cómo un año antes se levantaba un cementerio nuevo, muy alejado de la iglesia. Contó con la colaboración, en su gestión de la fábrica, del mayordomo Bernardo Muñiz, el cual, de manera simultánea, controlaba las dotaciones de cera, incienso, aceite, santos óleos, sogas para las campanas, oblatas de pan y el vino, a la vez que las demás obras de mejora del templo. Por su parte el cura de Nocedo, Francisco García Arias, participaba a su vez con una cantidad líquida muy parecida (1.834 rs.), entre los que se incluían 88 rs. que correspondían al mayordomo de la fábrica, Santiago González. Una última relación de rentas pertenece a la parroquia de Los Barrios de Gordon, gestionada todavía por Narciso Ordoñez Castañón, siendo su mayordomo Manuel de Gordón y donde, aún se mantenía el santuario de san Miguel sito en el barrio de arriba 25 mientras que en el de abajo se veneraba a san Roque en una cuidada ermita (ver Fig. 9. 26). Esta última está levantada con sillares de caliza de tonalidad pardo-amarillenta o gris, colocados en esquinas, puerta, ventanales y espadaña, siendo el resto de las paredes de mampostería de calizas de estas mismas coloraciones. En su interior, en las paredes y techumbre cercanas al altar, al igual que en su frontal, aún se conservaban en buen estado sus interesantes pinturas. El valor de los frutos (trigo, centeno, cebada, legumbres, arbejos, garbanzos, batatas, lana, lino, cera y miel, crías de ganado lanar, manteca y pollos) y los emolumentos percibidos, tanto a través de los diezmos como de los frutos obtenidos de los terrenos que poseía la rectoría, ascendió a 2.103 reales de vellón. Cuando unos años más tarde Pascual Madoz (1845-50) describe esta población, incluye, entre los lugares de culto que desde ella se gestionan, el del santuario de Nuestra Señora del Buen Suceso. Todavía en 1841, durante la regencia del General Espartero, y poco después, coincidiendo con el bienio progresista de 1854-1856, el citado ministro Madoz volvieron a abordar nuevos procesos de desamortización que continuaron afectando al clero, al igual que a las cofradías, obras pías y santuarios, de cuyas rentas se incautó el gobierno. Entre los monasterios sometidos a estas normativas se incluyó el de Arbas que quedó definitivamente clausurado, no sin que, con pocos años de antelación, hubieran tenido lugar de nuevo frecuentes disturbios y reyertas entre el vecindario de los pueblos cercanos (sobre todo del limítrofe concejo de Lena) y los clérigos. Las disputas llegaron incluso a reproducirse entre los propios monjes que se vieron sometidos a sanciones de prisión eclesiástica por parte del obispado. Otro de los centros a punto de ser intervenido a lo largo de todo este proceso confiscatorio fue la casa monacal, regentada por los Jerónimos, ubicada en la localidad de Beberino, aunque había sido previamente vendida, pasando a pertenecer a la familia Fernández Tellez, otrora muy conectada con Jovellanos. Una de las finalidades que pretendía la política recaudatoria de Madoz, era la de impulsar las obras del ferrocarril, para las que ya se vislumbraba la realización del proyecto para comunicar la compleja y accidentada zona de tránsito entre Asturias y León. Pero además, bajo la gestión de este político, dejó reflejado en diversos trabajos estadísticos que mandó elaborar, entre 1845-50, el reparto de los moradores de los pueblos del municipio de Gordón (Tabla VIII) que, de nuevo, ilustran sobre la importancia relativa que alcanzaba cada uno de 25

Unos decenios después pasó a estar en estado casi ruinoso.

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ellos, siendo ya la localidad de Geras la de mayor relieve y riqueza 26. Otras parroquias de notable importancia como la de Huergas pasaban en este momento por una cierta desasistencia ante la enfermedad de su sacerdote encargado, el párroco de Puente de Alba (ver Apéndice n.º2), lo que dio pie a que ante la visita en 1848 del arcediano de Gordón Manuel Florez Valdés dejase indicado que“encontró la Iglesia abandonada y desprovista de utensilios, ropas y ornamentos para la celebración de los Divinos misterios”, aunque reconocía que se mantenían con cierta asiduidad los cultos. No obstante, pasados dos años, el mayordomo27 Francisco García Cabezo, gestionaba la realización del retablo mayor del templo, volviendo a adquirir al cabo de cierto intervalo temporal una notable brillantez. Tabla VIII.- Distribución del poblamiento de Gordón a mediados del Siglo XIX LOCALIDAD

CASAS

VECINOS

Peredilla

22

22

84

Nocedo

25

24

90

Huergas y El Millar

26

29

119

Llombera

17

24

110

La Pola de Gordón

42

46

228

Vega de Gordón

40

40

164

Santa Lucia

26

25

90

Ciñera y La Vid

36

36

162

Villasimpliz

48

36

142

20

93

Beberino

ALMAS

Cabornera

28?

25

96

Paradilla

22

22

80

Geras

80

75

356

Los Barrios

70

50

28

Buiza

63?

66

284

36

20

130

TOTAL

560

2508

Folledo

El resultado de todas las expropiaciones de esta etapa fue que, una vez culminada la mitad de siglo, la aportación global de la jurisdicción ovetense apenas sobrepasó los diez millones de reales, cifra de las más reducidas del conjunto de España. Pero además, en este concejo se dio un cierto incremento de la superficie cultivada y un notable trasiego de propiedades entre la colectividad campesina, pero, por el contrario, los clérigos y el arciprestazgo se encontraron bajo un notable estado de precariedad, no pudiendo continuar con las notables dotaciones y obras de mejora de los templos y cementerios. Incluso, tal y como trasmitían por entonces los párrocos a algunos de los últimos arcedianos de Gordón como Juan Suárez y Manuel Flórez Valdés (ver Apéndice n.º 1), apenas si se podía llegar a atender las necesidades más perentorias de los desfavorecidos o de los transeúntes que con tanta frecuencia recorrían los caminos del concejo gordonés. Muchas de las atenciones que se daban en los hospitales de este trayecto se vieron también afectadas. 26

Durante el tercer cuarto de siglo este pueblo era el que mayor número de bautizos registraba, llegando a ser de 25 en 1870, con una media de 16 nacimientos inscritos al año. (Libro de Bautismos de la parroquia). 27 Esta figura, muy valorada y de gran importancia por entonces en las parroquias, al igual que en siglos precedentes, era, por lo general, elegida por votación entre el vecindario. Se tenía en cuenta el criterio de los párrocos en el sentido que “fuera una persona cultivada y devota, buen padre de familia, a la vez de saber administrar con criterio su patrimonio".

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LA IGLESIA VUELVE A COGER IMPULSO Afectada por los intensos acontecimientos a los que la Iglesia de Gordón, y de toda la jurisdicción episcopal ovetense, se vio sometida durante gran parte de la primera mitad del siglo XIX, los párrocos y la feligresía solo pudieron sostenerte a base de recuperar la religiosidad adquirida después de las normas emitidas por el ya lejano Concilio tridentino y las importantes constituciones sinodales dictadas desde la diócesis en el siglo precedente. No obstante, este bagaje espiritual fue suficiente como para mantener el impulso religioso que se tenía en los momentos precedentes a la invasión del ejército galo. De esta forma, pasado el tiempo, las iglesias rurales del arciprestazgo pudieron verse favorecidas con las importantes medidas establecidas por el Ministerio de Gracia y Justicia, en diciembre de 1845, que tenían la finalidad de facilitar la tramitación de expedientes para la edificación y reparación de los templos parroquiales del Reino. El presupuesto no debería de exceder los 500 reales y requería contar para su aceptación con la preventiva solicitud del párroco, el ayuntamiento del pueblo y de la autoridad diocesana, demandándose además la colaboración por parte de la feligresía mediante limosnas, trabajo personal o aportación de materiales constructivos. Además se rehabilitaron muchos de los ornamentos saqueados o deteriorados, imágenes, sencillos retablos e incluso el mobiliario, todo ello ampliando la aportación extraordinaria del vecindario, a pesar de la penuria con la que se desenvolvía. Gracias a tales ayudas, algunos de los templos que habían sido saqueados o seriamente dañados en su estructura fueron poco a poco recuperados, otros levantados de nueva factura, cómo sucedió con el de Nocedo, promovido bajo la gestión del cura párroco Francisco García Arias y culminado, como ya se indicó, en 1855 (Fig. 8.16). Empleó mayoritariamente sillares y sillarejo de caliza roja o griotte, extraída de la cantera ubicada al sur de esta localidad, a la vez que calizas grises traídas desde las canteras de Huergas y colocadas sobre todo en puertas y ventanales.

Figura 8.16.- Fachada que mira al este de la iglesia de Nocedo, donde se aprecia una puerta sellada, así como la distinta naturaleza y morfología de los materiales pétreos.

Por este tiempo, se fue recobrando la actividad de las peregrinaciones interrumpida como consecuencia de las guerras napoleónicas, aunque ya no se lograría alcanzar el esplendor de épocas 198


pasadas. No obstante, con el nuevo impulso se favoreció la reapertura de los temporalmente clausurados albergues hospitalarios de La Pola y Villasimpliz, y sobre todo el de Arbas, el cual era el único centro de acogida de caminantes en el trayecto entre Gordón y Oviedo que se mantenía sometido al obispo. Los transeúntes vieron mejoradas sensiblemente las comunicaciones de la carretera hacia Asturias, pasando a un segundo plano, a partir de 1831, y sobre todo con los arreglos de 1843 que favorecieron de nuevo el paso por la estrecha e intrincada vía de El Tuero en detrimento de la primitiva ruta de Beberino a Buiza, para proseguir siguiendo en su totalidad el curso del río Bernesga. Entre otras efemérides, la abadía de Arbas llegó a albergar en 1858 a la reina Isabel II en su visita a la región asturiana, acompañada de sus dos hijos, entre ellos Francisco de Asís, Príncipe de Asturias, después de haber atravesado entre ovaciones y agasajos diversos pueblos del territorio gordonés28. Una fecha significativa de esta centuria, permanente en la memoria histórica de la capital del municipio, fue el 14 de Marzo de 1835 siendo párroco de Nuestra Señora de la Asunción, Juan García. En tal día, recibió el Sacramento bautismal de manos del presbítero Patrimonista, natural de La Pola, Andrés Gutierrez, el niño Gregorio Maria Aguirre García, hijo de Tomás Aguirre de la Canal y Anastasia García Álvarez. Este acontecimiento quedó perpetuado para la posteridad en la iglesia parroquial con la instalación años después (1908) de una placa de mármol y una inscripción conmemorativa (Fig. 8.17). Con el tiempo vendría a tomar el hábito de franciscano, alcanzando posteriormente la muy alta dignidad de cardenal primado.

Figura 8.17.- Pila bautismal de la iglesia parroquial de La Pola de Gordón y placa conmemorativa de la recepción del sacramento por Gregorio Maria Aguirre. 28

Entre su numeroso séquito figuraba su confesor personal Antonio Maria Claret, fundador años más tarde de los Misioneros Claretianos, el cual tras su fallecimiento fue elevado a los altares. La reina y su comitiva acudía a Asturias a inaugurar las instalaciones de la Real Compañía Asturiana de Minas de Carbón, visitando a su vez la Mina de Arnao, lo que constituyó un hito en la historia minara de Asturias.

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Más, lo que vuelve a resurgir con gran fuerza en la vida eclesial, sobre todo a partir de las prelaturas de los obispos Gregorio Ceruelo e Ignacio Diaz Caneja (1848-1856), es la actividad de las cofradías, instalándose en la mayoría de las parroquias del arciprestazgo gordonés, bien fueran las del Santísimo Sacramento (Folledo), del Santo Cristo (La Pola, Llombera, Geras), del Rosario (Huergas), de la Virgen de los Dolores (Santa Lucía), las Hijas de María (Geras) o del Carmen (Los Barrios), entre otras. Algunas, como la que se fundó en Peredilla dedicada a san Torcuato, en la que participaban hombres y mujeres, o la implantada desde el siglo pasado de La Encarnación (solo de féminas) en Llombera, tuvieron una actividad muy limitada en el tiempo, perdurando tan solo entre 1860 y 1880. Su sostenimiento económico corría a cargo de sus adscritos, bien a través de limosnas o de aportaciones dinerarias anuales. La agrupación de las Hijas de María, de Geras, también mostró una fecunda actividad, en 1838, superando en este decenio la treintena de jóvenes del total de las 369 almas de la Parroquia, entre las que 253 cumplían con el precepto eucarístico. Las cofrades con mayores conocimientos religiosos y que sabían leer, se incorporaron asimismo a la “Obra Pía del Catecismo”, por la que adquirían la obligación de impartir la doctrina cristiana a los niños, colaborando con los curas en esta tarea, aunque fueron varios los que llegan a quejarse al obispado de la carencia de libros de catequesis. A su vez, los varones más activos se encargaban de la organización de las fiestas patronales, participaban en la gestión de la mejora de los lugares de culto, así como en la ayuda a los necesitados y a los miembros difuntos, ante las celebraciones funerarias. No dejaba tampoco de ser significativa su disponibilidad para estar presentes en las romerías dedicadas a la Virgen, en particular la que se celebraba ya anualmente, el primer domingo de setiembre, alrededor del santuario del Buen Suceso, que va adquiriendo cada vez mayor impulso y asistencia de todos los poblados del entorno e incluso de tierras foráneas al municipio. Pero en la jurisdicción eclesial de Gordón, también venía siendo muy popular desde épocas pretéritas, la de la Virgen del Valle, en Buiza, el 15 de agosto; a la vez que otras festejadas en los dominios vecinos de Alba y la Tercia, sobre todo la de la Virgen del Barrio en Villamanín, en idéntica fecha; la de la Virgen de Celada, en La Robla, el 5 de Agosto; o la de Nuestra Señora. de Arbas, el primero de setiembre. Del nombramiento y control de los sacerdotes (párrocos, coadjutores o ecónomos) del arciprestazgo de Gordón, se había vuelto a hacer cargo, una vez restablecida la paz en la guerra contra los franceses, la Vicaría de san Millán, en coordinación con el obispado, habiendo perdido desde entonces influencia pastoral y de disciplina jurisdiccional sobre los mismos, la dignidad del arcediano, incluso llegando a su práctica eliminación a lo largo de la segunda mitad de siglo (ver Apéndice n.º 1). Todavía se mantienen las estrictas normas sobre los clérigos rurales, acerca de la ejemplaridad de su comportamiento en la actividad habitual, viniendo a mejorar sensiblemente sobre momentos anteriores no tan positivos, cómo había ocurrido en el pasado siglo XVII. No obstante, la cosa se repitió de manera esporádica durante los sucesos revolucionarios y los motines anticlericales de 1835-36, en los que algunos sacerdotes habían renunciado a vestir el traje talar por miedo a actuaciones agresivas o burlescas. En el logro de una conducta tan favorable a las directrices cristianas, influyó mucho la reanudación, con cierta regularidad en los diferentes distritos establecidos en los arciprestazgos, de las conferencias morales celebradas cada dos semanas por espacio de una hora para todos los clérigos ordenados in sacris. También se les demandaba la asistencia a los ejercicios espirituales, para los que se les convocaba por un periodo de nueve días de especial recogimiento. De todas maneras, los curas de los pueblos apartados, así como los de la mayoría de los de esta jurisdicción eclesiástica, seguían eximidos de acudir a las charlas en tiempos de aguas o nieves, esto es, entre el primero de noviembre y el 31 de marzo. Todos estos encuentros sirvieron, por tanto, para que adquirieran un mayor nivel en la exposición de la doctrina cristiana y en las predicaciones, llegando así con más facilidad al pueblo llano el mensaje evangélico, ávido por recibir la palabra de Dios, frecuentar los sacramentos y participar en las diferentes agrupaciones que se iban incorporan­ 200


do a las parroquias.

LA FECUNDA APORTACIÓN DE LA PRESENCIA DE LOS OBISPOS. Desde la última llegada a la demarcación de Gordón del dignatario Gregorio Ceruelo, esto es cuando habían pasado algo más de tres décadas, no se habían vuelto a repetir las santas Visitas Pastorales coincidiendo siempre con las jornadas estivales. Por tal motivo, entre los dias 11 y 14 de julio de 1855, ante la delicada situación de salud del prelado ovetense Diaz Caneja, tuvo que asistir con su licencia, por primera y única vez, el obispo de León Joaquin Barbagero, el cual impartió el Sacramento de la Confirmación a multitud de jóvenes, haciendo de padrinos en los dos primeros días Antonio Robles Castañón y Nicolasa Martinez, mientras que los dos siguientes lo fueron Manuel Pagunción y Rosa de la Huerga. Fueron tan numerosos los confirmandos que solo desde Geras acudieron a La Pola cerca de 250 personas, participando incluso padres e hijos. Una nueva asistencia de dignidades de la diócesis de Oviedo fue llevada a cabo por Juan Ig­ nacio Moreno Maisanove, cuatro años después de que fray Gregorio Maria Aguirre recibiera, en 1856, el hábito de la orden franciscana y teniendo que pasar otros tantos años para llegar a ser orde­ nado sacerdote entre signos de gran alegría de su familia y del vecindario. Como siempre, a este prelado se le acogió con enorme júbilo durante sus visitas a Gordón representando momentos impor­ tantes para los jóvenes de las distintas iglesias del municipio, preparados para recibir el mencionado Sacramento. Lo impartió a un buen número de feli­ greses durante tres días, en celebraciones solemnes y de asistencia masiva de mañana y tarde, visitando varios pueblos. Después de esta autoridad religiosa acudie­ ron, con una regularidad quinquenal, los prelados José Luis Montagut Rubio (1863-1868) y Benito Sanz y Forés (1868-1881) este último a finales de agosto de 1871 y entre los días 20-24 de junio de 1876 (Fig. 8.18). Gran notoriedad seguían adqui­ riendo en el ceremonial los padrinos, uno varón para los muchachos y una señora para las chicas, elegidos entre los seglares de mayor influencia y arraigo en su fe católica de cada localidad. En La Pola nombres cómo Felipe Aguirre, Antonio Ro­ bles, Francisco Suárez, Manuel Abastas o Julián Álvarez Miranda, entre los varones, y Nicolasa Martínez, Joaquina Diez, Guadalupe Pagunción, Eudosia Valdés o María López Argüello, entre las Figura 8.18.- El obispo Sanz y Forés que llegó a mujeres, fueron habituales en los padrinazgos a lo visitar por dos veces durante su prelatura el largo de esta segunda mitad de la centuria decimo­ arciprestazgo gordonés. nona en los rituales. Ante tal ocasión, en cada parroquia el prelado analizaba con los curas la mar­ cha general de la pastoral, simultáneamente con la revisión y firma de los libros de inscripción de la recepción de sacramentos, los de fábrica y cultos 29, de igual forma que los de las cofradías u otros documentos oficiales. Durante su primer encuentro de 1771, Sanz y Forés reunió el día 2 de setiembre a todos los 29

Una síntesis de estas cuentas y datos, debía de dar razón anualmente cada arcipreste al Secretario de Visita enviado por el obispo, con los datos aportados por cada párroco, ecónomo o mayordomo.

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clérigos del arciprestazgo gordonés en la colegiata de Arbas dictándoles múltiples y claras disposiciones que los incitaban a “excitar su celo por la conservación de la fe, aumento de la piedad, frecuencia de los Sacramentos y mejora de las costumbres de los fieles, cuidando también de su propia santificación, no olvidando las terminantes prescripciones del Concilio de Trento”. Reclamaba que se celebren con el decoro y dignidad las funciones religiosas pues así lo exige “la grandeza de los misterios de nuestra Religión”, demandando absoluta puntualidad, nunca antes de “los diez minutos una vez que se hayan hecho sonar las campanas”. Puso de relieve, cómo a lo largo de su visita a las parroquias observó “un regular aseo y decencia en el cuidado de los vasos sagrados, ornamentos, ropa blanca y demás objetos de culto, debiendo dorar las copas de los cálices y las patenas que hayan perdido su brillo. También mantener limpio el pavimento, paredes, retablos y, muy en particular, los altares, donde ha de haber alumbrado continuo del Sacramento”. En la segunda visita realizada a La Pola de Gordón, en junio de 1776, D. Benito entregó a los párrocos un documento impreso, sellado y con su firma, en el que, después de reconocer los tes­ timonios recibidos y los avances habidos desde su anterior estancia, les recomendó encarecidamente que debían “conocer á su pueblo, residiendo en el mismo, no con residencia ociosa, sino laboriosa, para saber de sus necesidades espirituales y corporales, y socorrerlas del modo que alcance”. A los padres de familia les aportó innumerables consejos sobre la formación de sus hijos, indicando que “los bien educados, se portan con sus padres con el respeto y veneración que por tantos títulos se les debe; son su honra, su orgullo y su verdadero paño de lágrimas cuando llegan á la vejez; mientras mal educados son la ignominia y el baldón de su linaje”. En esta segunda mitad del siglo XIX, el número de bautismos era significativo en diversas localidades, superando cada año, hasta 1870, la docena en diversos pueblos como Geras, Buiza, Los Barrios o Huergas, mientras que en La Pola de Gordón apenas se alcanzaba esta cifra. No obstante, en la capital del municipio y otros pueblos de la ribera del Bernesga se acrecentó sustancialmente a finales de esta década (hasta 30 y 40 en la capital del municipio) debido a la llegada de la numerosa

Figura 8.19.- Imagen de la muy venerada Virgen del Carmen, de Los Barrios, con su escapulario en la mano.

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gente foránea que concurría con vistas a trabajar en la construcción de la vía del ferrocarril, que demandó mucha mano de obra y, en consecuencia, notable aumento de la feligresía. Tal incremento de población favoreció un nuevo impulso en la aparición de asociaciones de carácter religioso, constituidas por laicos y alentadas por los párrocos más activos, así como de una mayor actividad de las cofradías. Entre ellas vinieron a tomar un especial auge la del Santísimo Cristo del Amparo en La Pola, la del Carmen en Los Barrios (Fig. 8.19) o la de Nuestra Señora de los Dolores en Santa Lucia. Un hecho sustancial para el establecimiento de una estrecha conexión entre los párrocos y el obispado ovetense fue el inicio de la edición en 1859 de un Boletín Eclesiástico (Fig. 8.20) bajo la coordinación de Francisco Gómez Ochando30. A partir de entonces, fue más fácil mantenerlos puntualmente informados de las leyes canónicas, reglas y principios de la Iglesia, de las encíclicas y cartas de los papas, los escritos de los obispos y grandes teólogos, de los asuntos de gobierno de la diócesis, la marcha del seminario, de los fallecimientos y nombramientos de clérigos, las convoca­ torias de oposiciones a parroquias y capellanías, así como alentar con exhortaciones su alta misión de ser verdaderos y eficaces pastores de almas. No faltaban noticias del resto del mundo, incluidas las relativas a la expansión de las ideas liberales, revolucionarias o de la masonería, previniendo a los sacerdotes sobre la estrecha vigilancia que debían mantener para evitar su difusión. A través de tales informaciones po­ dían, además, conocer las incidencias de las restantes parroquias, como podían ser graves siniestros o fallos en su conservación construc­ tiva. Cinco años después, su impresión y envío no dejó de pasar por serias dificultades al no responder con las 5 pesetas de abono por su suscripción muchas de ellas, entre ellas la ma­ yoría de las del arciprestazgo de Gordón, de las Figura 8.19 .- Portada del Boletín Eclesiástico que tan solo venían cumpliendo eficientemente editado por la Diócesis ovetense La Robla, Alcedo, Cascantes y Balsemana. No obstante bastó la advertencia de no volver a re­ mitirlas para que pronto todos los curas cum­ plieran sus compromisos y así se subsanase el asunto. Sí tuvo bastante colaboración la solici­ tud de donativos, entre 1865 y 1868, en favor de la Santa Sede, en los que participaron bas­ tantes párrocos y vecinos. El más generoso fue Bernardo García Láiz, responsable de Llombe­ ra, con 40 reales (y 42 de sus feligreses), apor­ tando el de La Pola 24 y otros lugares, menores cuantías. Figura 8.20.- Portada de uno de los primeros Boletines Eclesiásticos editados.

Cuando ya estaba bien avanzada la se­ gunda mitad de siglo la recuperación de la economía de la diócesis, arciprestazgos y parroquias permite destinar mayores caudales a la reforma y mejora de algunas de las deterioradas iglesias, capillas y cementerios, en cuya labor continúan cooperando con especiales derramas algunos devotos adinerados o las propias cofradías. Tal fue el caso de la donación del bello enrejado colocado el 1854 en el santuario del Buen Suceso, o de la adquisición de bastantes tallas de imágenes de la Virgen Inmaculada, del Corazón de Jesús, la Vir­ gen del Rosario u otros santos diversos repartidos por diferentes lugares de culto del arciprestazgo y 30

Siendo obispo de la diócesis Juan Ignacio Moreno y Maisanove (1957-1863).

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que todavía hoy pueden algunas venerarse (Fig. 8. 21), aunque también hay que decir que no fueron pocas las que desaparecieron o fueron destruidas con posterioridad 31. Además, la nueva implantación en 1851 con carácter voluntario de la Bula de la santa Cruzada, por el papa Pio IX (1846-1878), significó un nuevo acicate para la mejora en las finanzas de las parroquias, las dotaciones hasta ahora precarias de los clérigos y el sostenimiento de las obras pías, al tiempo que se mantuvo la concesión de gracias e indulgencias ligada a esta aportación.

Figura 8.21 .- Retablo actual de la iglesia de La Vid, donde en sendas hornacinas se muestran las imágenes del Corazón de Jesús y de la Inmaculada, entre otras.

Figura 8.22 .- Fotografía del gran prelado asturiano Ramón Martínez Vigil 31

Sin embargo, esta circunstancia favora­ ble duró poco puesto que a partir de la implanta­ ción, en febrero de 1873, de la fugaz Primera Re­ pública la retribución anual que se impuso a los clérigos a manera de compensación por los bienes desamortizados era cobrada tarde y mal, cuando no quedaba muy disminuida al retener el erario público una parte significativa. Muchos pá­ rrocos tuvieron que sobrevivir acomodándose en casas de sus familiares o sostenidos por feligreses generosos, mientras que las parroquias se dotaban solamente de las muy reducidas aportaciones por limosnas, estipendios, ofrendas, misas o las escasas adquisiciones de bulas (como la de la santa Cruzada). La precariedad económica del momento obligó a suspender temporalmente las conferencias morales y litúrgicas, al igual que los ejercicios espirituales. Pese a todo ello el obispo

La mayoría de ellas fueron reemplazadas una vez concluido el conflicto bélico entre 1936 y 1939.

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Sanz y Forés describía la situación eclesial de su dominio al papa Pio IX, en 1877, afirmando que “el pueblo cristiano se mantiene profundamente creyente y perseverante en la fe, con una cierta in­ clinación, no obstante, hacia la incontinencia y la bebida”. Superada esta situación y para “preservar a los fieles de los ataques a los que la Iglesia se veía sometida por aquellos que trasmitían doctrinas contrarias a la religión católica exportadas del extranjero”, el citado prelado organizó una nueva oleada de encuentros misionales. De nuevo fueron impartidos por miembros de las órdenes de los franciscanos, los dominicos, los capuchinos y los jesuitas, estos últimos después de haber pasado por diferentes momentos de admisión y expulsión de España a lo largo del siglo. Contaban con el celo de la mayoría del clero gordonés que, entre las indicaciones relativas a sus ocupaciones diarias, se les estimulaba a buscar su propia santificación y la de sus fieles, incentivando la predicación propia o ajena. Este impulso evangelizador, lo continuó el importante obispo de origen astur Ramón Martínez Vigil (1884-1904) cuya brillante labor pastoral sirvió de colofón a tan agitado siglo para dar un renovado aliento a la vida de fe de los católicos del alto Bernesga y del Principado (Fig 8.22). Efectivamente, en La Pola de Gordón se iniciaron las misiones el 24 de setiembre 1893 siendo impartidas por los padres de la orden de Predicadores fray Lucas y fray Alfredo Fanjul. Durante los primeros días la concurrencia no llegó a ser muy grande debido al tiempo desapacible y la lluvia, aunque fue creciendo la asistencia de fieles que provenían de las once parroquias del municipio según iba mejorando la climatología. El momento cumbre lo representó la grandiosa convocatoria a la Sagrada Comunión en la que participaron tres mil almas, teniendo, el 3 de octubre, el remate final con una solemne Misa de Réquiem en sufragio de las almas del purgatorio, a la que acudió todo el clero del arciprestazgo, tras la cual se organizó una impresionante procesión desde la iglesia hasta el Campo Santo, en medio de un gran silencio. Fue tal la conmoción que llegó a impresionar al propio orador, fray Lucas, del cual cuentan las crónicas que sus emocionadas palabras, “movieron al llanto a muchos de los asistentes, imprimiendo de gran paz sus corazones”.

Y LLEGARON GRANDES NOTICIAS. Martinez Vigil y toda la diócesis de Oviedo recibió con gran satisfacción, el nombramiento por Su Santidad León XIII (1878-1903), el 27 de marzo de 1885, de Gregorio María Aguirre (Fig. 8.23) como obispo de Lugo, representando para el pueblo de La Pola de Gordón un trascendente acontecimiento32. De esta manera, uno de los naturales de este concejo, había alcanzado la más alta dignidad en la Iglesia que jamás ningún otro había logrado. Su trabajo pastoral en la diócesis lucense fue incansable y con muy amplio reconocimiento por parte de la feligresía, en especial durante sus múltiples visitas a los pueblos, en los que demostró siempre una gran cercanía a la gente así como un gran deseo en conocer y tratar de solventar sus problemas. Esta preocupación, la extendió por supuesto a los clérigos de las parroquias más alejadas de las grandes villas, tratando de dignificar las funciones del cargo y de valorar la misión sacerdotal que llevaban a cabo. Su pertenencia a la orden franciscana le permitió ejercer su ministerio con gran sencillez y austeridad, a la vez que estaba dotado de una brillante oratoria en sus alocuciones a los fieles. Se preocupó de alentar la colaboración con los Santos Lugares de Tierra Santa que desde hacía años estaban bajo la custodia de los miembros de su congregación. De igual manera, fue intenso el impulso que aportó para la mejora de muchos templos parroquiales, el incremento de las dotaciones destinadas a sus ornamentos sagrados, pero sobre todo, para el levantamiento del nuevo y emblemático seminario de la capital lucense. 32 Su amplia actividad eclesiástica y formadora venía precedida por importantes destinos como misionero y profesor de Teología en Filipinas (1861) y mas tarde como rector de los Colegios de Consuegra (1866), Pastrana (1870), Almagro (1878) y Puebla de Montalbán (1881). La orden franciscana le otorgó el muy relevante título honorífico de “Lector perpetuo en Teología y Cánones”.

205


Figura 8.23 .- Fotografía del obispo Gregorio Maria Aguirre García, ilustre gordonés.

La trascendencia de este nombramiento y el interés que alcanzó este lugar por ser mejor conocido, ayudó a que, durante la etapa episcopal de Martínez Vigil, llegase a realizar hasta tres visitas pastorales a este arciprestazgo (coincidiendo con mediados de junio de los años 1885, 1893 y 1900), siendo sucesivamente responsables del mismo los párrocos de La Pola Roque Fernández González y Martin Fernández Pello (que venían a atender a una población que rondaba el medio millar de almas), además del de Huergas, Francisco Elías Suárez. Sus viajes se vieron enormemente favorecidos al aprovechar que ya se había abierto la conexión ferroviaria entre Asturias y León, avance de significado trascendental para la vida posterior del municipio gordonés, que coadyuvó a la intensificación de las relaciones de todo tipo con el Principado. En sus encuentros con las parroquias, en 1885, advirtió en sus pláticas y escritos relativos a las visitas cómo existían algunos curas que excepcionalmente se dedicaban a la agricultura para obtener mayores dotaciones de subsistencia, aunque por lo general “el clero es dócil, piadoso e instruido, estando en perfecta sintonía con las directrices que emanan desde Oviedo”. Superadas algunas de las deficiencias observadas por sus predecesores, este encontró ya los templos, ornamentos y sus dotaciones litúrgicas limpias, en orden y aseadas, a la vez que valoró el interés por mantener en buen estado de conservación los edificios, corrigiendo las deficiencias. Resaltó como uno de los principales valores en la vida religiosa de los moradores de estas tierras la “existencia de una especial devoción por los difuntos, una práctica común del rezo del santo Rosario en familia, una gran devoción al Vía Crucis y la asistencia a misa diaria de un miembro de cada casa, siendo también muy numerosa la afluencia a las misiones populares impartidas al aire libre”. La llamada a cumplir con la oración del Rosario se había intensificado sobremanera después que en 1883 se hubiera declarado el mes de octubre como el propio para recitarlo diariamente. 206


Indica este obispo, a su vez, que está muy implantada –incluso en las parroquias rurales más alejadas– una buena organización para la enseñanza del catecismo, con diferen­ tes libros según sean para impartir a los niños o a las niñas, haciéndose en épocas que no hu­ biera faenas agrícolas o cuidado del ganado, tareas en las que también participaban los in­ fantes. Así mismo pudo comprobar cómo se seguían las instrucciones para el comienzo y conclusión de las catequesis, cuyas sesiones debían de iniciarse con sendas oraciones a Nuestro Señor Jesucristo y a María Santísima, finalizando con el rezo del Ángelus. Invitó a las parroquias a incorporar o potenciar las de­ votas Asociaciones de las Hijas de María y de la Virgen de la Medalla Milagrosa (Fig. 8.24), que rápidamente adquirieron un notable arraigo en alguna de ellas. Una segunda visita pastoral, la inició, desde abril de 1893, en Benavente y la Vicaría de san Millán y, tras recorrer muchos pueblos leoneses, llegó al distrito de Gordón en el mes de junio. De ella, el Boletín Eclesiástico narró el entusiasmo con el que fue recibido, entre vítores, descargas de voladores, colgaduras en los balcones y adornos florales, además de re­ latar la ingente actividad en distintas parro­ Figura 8.24 .- Portada del Boletín Eclesiástico, de finales quias, pronunciando sermones, celebrando la del siglo XIX, dedicada a la Virgen de la Medalla Eucaristía e impartiendo la Confirmación a Milagrosa. algo más de medio millar de jóvenes. Tan solo de localidades, ya consideradas por entonces de tamaño medio o pequeño en el municipio, como Cabornera y Paradilla, recibieron el Sacramento en el templo de La Pola de Gordón 34 y 16 chicas y chicos, respectivamente. No fue menor la expectación en su postrera visita al culminar el siglo, en el verano de 1900, Entre las instrucciones que entonces dio a los párrocos, les alentó a insistir ante los fieles de la trascendencia que tenían para su vida religiosa las prácticas de piedad, entre las que recomendaba la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al que había consagrado solemnemente la diócesis, así como la frecuente santa visita al Sagrario. Los sacerdotes debían de conservarlo lo más digno posible “provisto de ara o piedra consagrada, corporales muy limpios y una cortinilla blanca, renovándose las sagradas formas cada ocho días en verano y cada quince en invierno”. Asimismo les hacía gran hincapié en la atención, decoro y reverencia que debían de mantener, tanto durante la preparación previa, como al celebrar la Santa Misa, insistiendo en la manera correcta de realizar toda la sucesión de genuflexiones, señales de la cruz, oraciones y demás signos que por entonces había que efectuar, de forma que con tal ceremonial “no parezca que se está representando una comedia”. Tampoco dejaba de faltar la indicación por parte del obispo de que toda Misa rezada que durase menos de 20 minutos significaría que no se ponía el celo necesario y, por tanto, cometer tal desidia o abuso podría ser objeto de amonestación para aquellos curas que no respetaran esta norma. También se incentivaba, en muchos pueblos apartados, la ancestral costumbre de, una vez culminada la Eucaristía, participar con “la caridad”, en la que se repartían hogazas de pan entre los convecinos o transeúntes con mayores necesidades. 207


Tan intensa actividad pastoral y de control del funcionamiento de su jurisdicción eclesiásti­ ca, quedó recogida en la última década del siglo en una detallada relación estadística de cada uno de los arciprestazgos y parroquias, publicados a lo largo de varios años (1892, 1894 y 1903), de las que Gordón no fue una excepción. La mayoría de los datos hacían referencia a la participación de los feligreses en la vida religiosa y en los sacramentos (Tabla IX). Tabla IX.- Reparto de los fieles y distribución de sacramentos en las parroquias de Gordón en 1894, por orden alfabético. PARROQUIA

FAMILIAS

Los Barrios

85

Beberino-Vega

DE COMUNION

BAUTISMOS

405

269

22

1

7

89

327

288

15

-

9

Buiza

112

382

258

14

5

10

Cabornera

64

242

173

9

2

4

Folledo

65

200

175

10

1

2

Geras-Paradilla

140

580

400

24

10

12

Huergas

62

112

156

10

1

2

Llombera

60

267

175

8

-

3

Nocedo

45

178

116

5

1

1

Pola de Gordón

124

585

357

24

6

12

Santa Lucia

54

232

190

8

-

5

2497

149

27

67

TOTAL

900

ALMAS

3510

MATRIMONIO DEFUNCION

Así mismo, se dio amplia difusión de la contabilidad que aportaban los párrocos y la percepción de sus dotaciones dinerarias. (Tabla X). En el ámbito gordonés se encargó de recopilar todos estos datos el arcipreste Francisco Elías Suárez, cura párroco de Huergas, y poco más tarde Antonio García Robles, de La Pola. Tabla X.- Rendición de cuentas en pesetas de las parroquias de Gordón en 1892.

DOTACIONES (Pesetas) PARROQUIA

ALMAS

PARROCO

COADJUTOR

CULTO

TOTAL

Los Barrios

401

900

-

200

1100

Beberino-Vega

370

900

750

300

1950

Buiza

577

1000

-

200

1200

Cabornera

290

900

-

175

1075

Folledo

320

900

-

200

1100

Geras-Paradilla

522

1250

750

300

2300

Huergas

241

900

-

175

1075

Llombera

345

900

-

175

1075

Nocedo

352

900

-

175

1075

Pola de Gordón

600

1250

-

300

1550

Santa Lucía

212

900

-

175

1075

TOTAL ….........

14 575 pta.

Tuvo también un enorme interés Monseñor Martínez Vigil en reiterar con insistencia a los 208


párrocos el mantenimiento de la vigilancia y el celo evangélico ante el aumento que, en este final de siglo, alcanzaba la propaganda de la ideología socialista, al tiempo que se iba incrementando el número de obreros en las minas del entorno de Santa Lucía y Llombera, con la llegada de gente de afuera del municipio. Para ello les pide que soliciten a los dueños y directivos de las explotaciones que los mineros puedan trabajar por turnos, respetando los domingos y las grandes festividades, desde las seis de la mañana hasta la misma hora del día siguiente al festivo, obligando a sus mandos subordinados a dar un buen trato a los obreros. Además demanda a los superiores y patronos, a la vez que a las autoridades locales, que “den ejemplo de religiosidad y buenas costumbres”. Tantas y tan importantes instrucciones de este obispo, quedaron plasmadas para toda su jurisdicción, en un trascendente Sínodo Diocesano celebrado en Oviedo, en 1886, del que surgieron las correspondientes Constituciones. A tal evento acudió el ya reiteradamente citado arcipreste de Gordón y párroco de Huergas, Francisco Elias Suarez, acompañado por el párroco de Olleros de Alba Carlos Prieto, los cuales tuvieron luego la urgente misión de trasladar al resto de sus compañeros en el magisterio las normas establecidas, para después llevarlas a la práctica en sus parroquias respectivas. Todavía habría que resaltar, dentro de los acontecimientos que se vivieron a finales de este siglo, la alegre noticia del ascenso a la influyente cátedra arzobispal de Burgos del ya eminente fray Gregorio María Aguirre, hecho que ocurre en 1894, alcanzando así superar un peldaño más en su brillante labor de servicio a la Iglesia, cada vez con mayor reconocimiento en las altas esferas de la Iglesia nacional meced a su importante dedicación pastoral y a la profundidad teológica de sus documentos escritos. Con cada nuevo cargo en su fructífera carrera eclesiástica, el orgullo y satisfacción del vecindario de su pueblo natal se ve acrecentado, repercutiendo sensiblemente en la admiración que, cada vez con mayor relevancia, este personaje iba ganando en el norte de España, muy especialmente entre el clero y autoridades civiles de Asturias. Culminando el siglo, no dejaron de pasar desapercibidas entre los sencillos moradores de estas tierras, la frecuente presencia de multitud de viajeros que, empleando el cada vez más común medio de transporte del ferrocarril, se acercaban a conocer la hermosa tierra natal de tan ilustre prelado. Entre ellos, no eran pocos los clérigos asturianos que participaron de la hospitalidad de sus compañeros durante el verano, muchos de los cuales eran conocidos desde el tiempo del seminario o como consecuencia de algunos de los encuentros posteriores en Oviedo, ya fuera en reuniones sinodales, ya en ejercicios de espiritualidad. Este entorno vuelve a ser testigo de una generalizada corriente de simpatía hacia tan agraciada comarca, ampliando el establecimiento de estrechos lazos de amistad con la provincia limítrofe. ¡Gordón se estaba poniendo de moda entre la burguesía!. No obstante, para la mayoría de estos religiosos, al igual que entre la feligresía gordonesa, no dejaría de representar una noticia de gran impacto la pérdida de las colonias, en 1898, una vez sufrida la derrota en las guerras independentistas de Cuba y Filipinas. Ante tales acontecimientos, considerados como un desastre nacional, se produce un cierto abatimiento y desmoralización entre muchos ciudadanos españoles. Aunque tuvo singular trascendencia en esos momentos, no llegó a afectar de lleno a aquellos que vivían en medio de un cierto grado de subdesarrollo, abandono social o pobreza, si bien era raro que, en los distintos pueblos de esta zona del alto Bernesga, no hubiese algún convecino que hubiera participado directamente en el conflicto militar, o que cualquiera de sus familiares directos viese perdido su patrimonio en dichos países de ultramar. Esta circunstancia provocó, entre algunos estamentos religiosos, que se divulgara la acu­ sación de la grave responsabilidad que había tenido en todo este fracaso la actuación de la masone­ ría, de la que solo llegaban a tener conocimiento de lo que significaba esta organización las perso­ nas más ilustradas e influyentes de este municipio. Frente a esto, la Iglesia, que dispuso de muchos intereses y prestigio en estos dos países, colaboró en realizar una gran campaña a lo largo del terri­ torio moviendo a sus fieles hacia la aceptación cristiana de tan negativas circunstancias, tratando ante tal coyuntura de levantar los ánimos y de generar un espíritu patriótico.

209


PLANO nยบ. 1 210


Plano n.º 1.- Ubicación de las ermitas o capillas, hospitales-alberguerías y monasterios de Gordón. Leyenda del Plano nº 1: 1/ Santiago de Geras; 2/ San Pelayo (Geras); 3/ Santo Cristo (Ge­ ras); 4/ Santa Cruz (Cabornera); 5/ San Miguel (Los Barrios); 6/ San Roque (Los Barrios): 7/ Mo­ nasterio y albergue (Collado de san Antón, Buiza); 8/ San Antonio (Buiza); 9/ Nuestra Señora del Valle (Buiza); 10/ San Marciel (La Pola); 11/ San Juan (Vega); 12/ La Magdalena (Beberino); 13/ Hospital (La Pola); 14/ Capilla de Jesús, María y José –hoy san Antonio– (La Pola); 15/ Santos Mártires (El Millar); 16/ San Bartolomé (Nocedo); 17/ Monasterio (Huergas); 18/ Santuario de Buen Suceso (Huergas); 19/ San Pelayo? (Peredilla); 20/ Hospital y albergue (Villasimpliz); 21/ San Vicente -hoy san Lorenzo- (La Vid); 22/ San Miguel (Santa Lucía); 23/ San Juan (Villardefrades); 24/ San Frechoso (Portilla de Huergas); 25/ San Servando (Conforceto, Huergas); 26/ Santo Cristo de los Remedios (Llombera). Base topográfica: Tomada del Mapa del Instituto Geográfico, Catastral y de Estadística (Hojas 103 y 129), escala 1:50.000. 1ª edición año 1943. Este mapa conserva aún el antiguo trazado de la Carretera Nacional VI, así como la trayectoria del desaparecido ferrocarril de Amézola, entre el cargadero de las explotaciones de carbón próximas a Llombera (grupo Competidora) y el lavadero de Santa Lucía en la ribera del río Bernesga; igualmente se aprecian los tramos del cable aéreo que, entre las labores del grupo Ciñera y la “estación del cable” de Santa Lucía, trasladaba en cangilones el carbón extraído.

211


Imagen de Nuestra Se単ora del Rotellar, de Los Barrios.

212


SURGE UN NOVEDOSO INCENTIVO Ya desde el último cuarto del siglo XIX, en el municipio de Gordón se empezó a tomar con­ ciencia de la importante riqueza en carbón que atesoraba su subsuelo, pero es a lo largo de la centu­ ria siguiente cuando el desarrollo industrial y minero llega a generar una autentica modificación en el devenir y costumbres de sus gentes, al incorporarse muchas de ellas a la actividad extractiva y co­ menzar a variar de manera sustancial la anterior forma de vida ligada al mundo agrícola. Dos momentos previos resultaron fundamentales, uno fue la inauguración, en 1894, de la linea férrea que uniría La Robla con Valmaseda y que permitiría colocar el combustible de la zona del valle del Bernesga en la potente zona industrial de Vizcaya. El otro, la constitución un año antes de la Sociedad Hullera Vasco-Leonesa con el objetivo de arrancar el carbón principalmente en el entorno de Santa Lucía, Ciñera y Llombera, terminando así con la atomización de las labores de arranque de años precedentes e impulsando una explotación más racional. También en otros parajes cercanos a La Pola y Vega, se desarrollaron trabajos de menor envergadura por sociedades mineras de inferior potencialidad y más corta existencia. En los dos decenios siguientes, la expansión de la minería resultaría espectacular favorecida por la demanda de materias primas, que eran muy solicitadas en razón a la magnitud que alcanzó el gran conflicto bélico que afectó con preferencia a los países europeos y que constituyó la Primera Guerra Mundial. Por este tiempo, esta empresa colaboró a mejorar las diversas edificaciones religiosas de los pueblos con mayor ocupación minera1, como ocurrió en Santa Lucía y Llombera, lugar este último donde quedó constancia del agradecimiento del vecindario con la colocación de una placa en la fachada exterior de la iglesia parroquial (Fig. 9.1).

Figura 9.1.- Placa de 1913 en reconocimiento al director de la Sociedad Hullera Vasco-Leonesa, adyacente al templo de Llombera.

Paralelamente a tal impulso se produciría un notable incremento de la población y un sustancial progreso económico que, para aquellas localidades cercanas a las minas, significó hasta triplicar el número de sus moradores en relación con el existente tan solo en el último cuarto del siglo precedente (Tabla XI). Además, no eran pocos los que, procedentes de los otros pueblos del municipio, tenían que caminar diariamente muchas horas para acceder al trabajo superando, con 1

En muchas de las iglesias del municipio se fue entronizando además la imagen de Santa Bárbara, patrona de los mineros.

214


frecuencia, las duras inclemencias meteorológicas. Tabla XI.- Censo de la población del municipio de Gordón hacia 1910 Población

Edificios

Habitantes

Beberino

26

96

Buiza

85

319

Cabornera

44

207

Folledo

52

257

115

521

Huergas y El Millar

53

225

La Vid y Ciñera

99

671

Llombera

55

237

Los Barrios de Gordón

84

297

Nocedo

36

148

Paradilla

16

83

Peredilla

81

205

169

712

Santa Lucía

92

935

Vega de Gordón

96

288

Villasimpliz

61

314

Caseríos diseminados

10

48

1172

5592

Geras

Pola de Gordón

TOTAL

Fuente: Enciclopedia Universal Ilustrada. Espasa-Calpe, tomo XLV.

Pero no todo fueron ventajas de tipo laboral y económico, sino que la actividad minera gene­ ró una cierta degradación del entorno que llegó a afectar definitivamente a algunos lugares con tra­ dición eclesiástica. Así sucedió con la ermita de san Miguel, cercana a Santa Lucía, reiteradamente reseñada en siglos precedentes, cuyas últimas referencias2 fueron trasmitidas por algunos vecinos al haberla contemplado a principios de siglo en estado ruinoso, junto a restos de viviendas, cuando acudían a recoger residuos de carbón para sus domicilios en la vertiente sur-occidental de la Peña del Castro, antes de quedar la zona y accesos definitivamente sepultados por los estériles derivados del lavadero de carbón emplazado en sus alrededores. Ante todo esto, los clérigos repartidos por las diferentes parroquias trataron de amoldarse a la nueva situación, acogiendo en su seno a un gran número de personas venidas de otros lugares dis­ tantes en busca de ocupación y, por otra parte, estableciendo un estricto control de sus parroquianos para tratar de evitar la difusión de ideologías que consideraban nocivas, al ser contrarias a la religión. Su intención era mantener los atávicos hábitos de vida cristiana, logrando inicialmente, en gran manera, controlar la situación en razón de las cualidades tradicionales de las gentes de este entorno, regidas, hasta entonces, por el sosiego y la ausencia de grandes problemas que generaran discordias o graves desavenencias entre los convecinos. Cabe decir que, en un primer momento, lo­ graron mantener bajo control la situación, si bien no tardó mucho tiempo en empezar a presentarse serios problemas en las relaciones con los trabajadores al tender los clérigos a predisponerse ante los conflictos laborales con mayor afinidad hacia los patronos que hacia ellos. La disyuntiva sobre su posicionamiento resultó aún mas complicada cuando empiezan a surgir reivindicaciones que con­ ducen a enfrentamientos entre distintas clases sociales o, incluso, entre personas. 2

Así lo recoge el prolífico relator de los acontecimientos históricos de esta localidad, Pío Cimadevilla.

215


ETAPA DE EFEMÉRIDES EN LA IGLESIA DE GORDÓN. En el primer decenio del siglo XX, vuelve a tener lugar una conjunción de importantes acontecimientos en el devenir eclesiástico de Gordón como reflejo evidente de la profunda y arraigada religiosidad que por entonces vivía un gran sector de la sociedad y que fueron en paralelo con el importante impulso económico y social del que participa la comarca. Uno de los más significativos, fue el inicio de las obras de edificación y posterior apertura del nuevo templo parroquial de La Pola de Gordón, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción, después de que, en 1898, el arquitecto diocesano Luis Bellido González presentara ante el obispado una memoria sobre el proyecto de reparación del precedente, atendiendo a los desvelos de su párroco Antonio García Robles, con el que había mantenido interesadas conversaciones en sus visitas a este pueblo. Consideraba por entonces este técnico que “la Iglesia era ya antigua y de rudimentaria construcción, hallándose con malas condiciones de seguridad, además de tener escasa capacidad”. Al mismo tiempo, la trascendencia que representaba para la diócesis ovetense el hecho que procediera de esta localidad un dignatario de tanta relevancia como era el prestigioso obispo de Burgos, fray Gregorio María Aguirre, alentaba a considerar la reforma de esta iglesia parroquial como un objetivo de primer orden. Así lo habían puesto de relieve algunos capitulares en las sesiones del cabildo catredralício, ya desde finales del siglo pasado. En efecto, las postreras reformas de las que quedaba constancia en los archivos diocesanos eran de mediados del siglo XVII, desmereciendo su estado general de los avances y riqueza que esta localidad estaba adquiriendo. Una memoria, mediciones de la nueva infraestructura y presupuesto adicional las presentó oficialmente ante la curia el mentado arquitecto, el 18 de noviembre de 1902, cuando ya se llevaban bien avanzados los trabajos, alcanzando esta fase un valor global de ejecución de 13.184 pesetas (Fig. 8.2). Desde un principio, para la realización de la obra, el técnico ovetense contó con una buena cuadrilla de canteros y ayudantes de cantería, contratados directamente en la zona, principalmente de Huergas y Los Barrios, si bien alguno de ellos, de su plena confianza, se trasladó temporalmente desde la capital asturiana3. Junto a la iglesia estuvo montado, durante el tiempo que duró el levantamiento de la estructura de la nave central y laterales, un taller de labra al que llegaban en carros los bloques irregulares de las canteras, dándoles las morfologías y dimensiones oportunas. El edificio sacro se levantó con una distribución en forma de cruz latina, donde la espigada torre campanario, con superficie cuadrangular y conteniendo tres huecos ocupados por sendas campanas de bronce, fue el último elemento en dotarse económicamente, según proyecto de 1907 del mismo Luis Bellido4, con una valoración total de 6.398 pta (Fig 9.3). A su vez los elementos del exterior, tales como escalinata, verja y acera, se cifraron en 2.917 pta., quedando rematados todos los trabajos adicionales en 1908. El día de su apertura, si bien sin llegar a rematar algunos elementos externos del templo, coincidió con la festividad de la Inmaculada Concepción, en 1903, siendo la culminación de un periodo previo de enorme expectación en el que las obras se fueron siguiendo con todo detalle. Se celebró con gran festividad y devoción, con asistencia de las autoridades civiles y un notable número de curas párrocos del entorno, presididos por el canónigo lectoral de la catedral de Astorga y un alto representante del obispo ovetense Ramón Martinez Vigil, ausente por encontrarse enfermo y ya en sus postreros días del ejercicio del episcopado. Todo el pueblo se engalanó y celebró con gran entusiasmo el acontecimiento. 3 4

El maestro cantero de mayor preparación y garantía que colaboró con él en varias obras de gran relieve era el ovetense Ramón Alvarez, un infatigable trabajador. Este gran arquitecto diseñó y dirigió por este tiempo las obras de dos grandes templos de Oviedo: san Pedro de los Arcos (1908) y san Juan el Real (1912-1915), joyas del estilo modernista de la ciudad al tener un excelente trabajo de labra de la piedra.

216


Figura 9.2.- Documentaci贸n referida a la construcci贸n del templo parroquial de La Pola firmada por Luis Bellido (Archivo parroquial).

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Figura 9.3.- Dos instantáneas de la iglesia parroquial en la primera década del siglo XX. La fecha inscrita a mano, de 1901, debe considerarse errónea (Documentos fotográficos de la Biblioteca Municipal).

El retablo original, realizado en madera revesti­ da con láminas doradas, era de estilo neogótico, mos­ trando en sus cuatro camarines mayores las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora en los huecos centrales inferior y superior, mientras que en los laterales las de san José con el niño y de san Isidro Labrador (Fig. 9.4). Se completaba el frontal con varios cuadros de motivos sagrados y apoyados a su pié el altar y un bello Sagrario. Entre este frontal y la zona de ubi­ cación de los fieles se disponía un reclinatorio para la comunión y en su parte izquierda se subía a un hermoso púlpito de madera desde donde los sacerdotes pronun­ ciaban sus sermones y realizaban los rezos diarios. En los altares del crucero estaban ubicadas, en el derecho la imagen de Nuestra Señora de los Dolores y en el otro la Inmaculada Concepción y un Cristo Crucificado. En los extremos del crucero también estaban instalados dos confesionarios cerrados. Para su levantamiento se había llevado a cabo un excelente trabajo de cantería como ya se dejó cons­ tancia, empleando sillares muy bien escuadrados, termi­ nados con fina superficie abujardada e implantados en las zonas del pórtico, esquinas de la fachada principal y laterales, torre campanario, puertas y ventanales, así como en los contrafuertes (Fig. 9.5). Están constituidos Figura 9.4.- Primitivo Altar mayor de la parroquia, fatalmente destruido años después. mayoritariamente por caliza grisácea devónica, extraída de las canteras cercanas a La Pola, bien fuera de la zona (Aljores Fotografía). de El Millar o de la explotación ubicada frente al Píélago (Fig. 9.6), de donde se arrancaron tanto calizas grises, como areniscas de tonalidad pardoamarillenta. En los contrafuertes, dominan los bloques de calizas rojizas carboníferas tipo “griotte” obtenidos de la cantera de Las Baleas5. El resto de las paredes, fueran del frontal o laterales y 5

Este tipo de piedra ya había sido premiada, unos decenios antes, en base a su calidad constructiva y colorido, en la Exposición Universal celebrada en Paris, siendo denominada desde entonces “marmol griotte”, por su textura con tamaño de grano muy fino algo

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traseras, están realizadas con mampuestos bien de caliza gris o pardo amarillenta, bien de arenisca de color parduzco, algunos de ellos trabajados con un picoteado superficial antiguo, lo que hace sospechar que hayan sido aprovechados de la construcción precedente, puesto que era común no despreciar la piedra de edificación de los edificios derruidos 6. Están entremezclados con algunos cantos rodados de cuarcita gris-amarillenta y arenisca ferruginosa tomados de los márgenes del río Bernesga.

Figura 9. 5.- Cuatro instantáneas que reflejan la combinación de sillares y mampuestos, así como los distintos tipos de litologías que los componen, bien diferenciadas por su tonalidad. En la foto inferior izquierda puede observarse un gran bloque de caliza gris, no incorporado a la obra, bien tallado y escuadrado.

Llama la atención en su construcción, lo ordenadamente que están colocados los sillares de caliza gris de la fachada principal y la torre-campanario, con dimensiones medias comprendidas entre 30 x 25 cm y 60 x 40 cm, así como el sillarejo, y, a su vez, lo bien labrados que están los instalados en la puerta principal y los diferentes ventanales. Para su unión ya se empleó una fina capa de cemento, compuesto este que sirvió de aglomerante a los bloques irregulares (mampuesto) que levantan las paredes laterales. marmórea. 6 En el libro de reciente publicación sobre Las canteras históricas de Oviedo. Aportación al patrimonio arquitectónico, del que son autores Claverol, Luque y Pando (2012), se confirma como, en la catedral de Oviedo, se llegaron a reutilizar materiales pétreos de la antigua iglesia prerrománica de san Salvador. En otras muchas construcciones civiles y religiosas de la capital asturiana ha sucedido lo mismo. La piedra de construcción u ornamental siempre tuvo un gran valor en este y otros tiempos pasados.

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Figura 9. 6.- Cantera frente al Piélago de la que se extrajeron bloques de calizas devónicas gris claro (parte derecha) y areniscas pardo-amarillentas (estratos de la izquierda algo más oscuros).

La sola puesta en marcha de este nuevo edificio dio pié a que los feligreses de la capital del concejo intensificaran su interés por la participación religiosa con el apoyo y motivación de su exultante párroco, en especial a través de incentivar las actividades de las asociaciones de laicos concretadas en un mayor impulso y vitalidad de la cofradía del Santísimo Cristo del Amparo, cuya aportación a la vida religiosa de La Pola se acercaba al medio centenar de años. Esta institución contaba en 1903 con noventa miembros, entre los que participaban también las mujeres, tanto en solitario como acompañando a sus maridos (Tabla XII). Gracias a sus donaciones se adquirió pocos años después la bella y venerada imagen del Crucificado. El conjunto de los miembros de la cofradía, al igual que sucedía en otras de distintos pueblos del municipio de La Pola de Gordón, estaba gestionado siguiendo un organigrama constituido por cuatro cargos principales: mayordomo, abad, muñidor o fiscal y secretario. La misión del primero era la de ser responsable de los fondos económicos, así como de las dotaciones de cera y de disponer del hábito para aquellos que no tuvieran medios económicos para su confección, sabiendo que a quien se lo cediese tendría que devolverlo antes del quinto día, bajo su responsabilidad. El abad se encargaba de avisar a los cofrades a las reuniones, a la vez de decidir el nombramiento de la persona responsable de amortajar a los miembros que fallecieran y estar presente hasta el momento de ser sepultado. El mullidor tenia por cometido vigilar la observancia del cumplimiento de las reglas y deberes de la cofradía señalados en sus estatutos, al tiempo de dejar constancia de cada falta de sus correligionarios en cada reunión convocada. Asimismo debía controlar la asistencia que concurría para velar y acompañar a los hermanos fallecidos. Por último, el secretario, cargo que fue ocupado ininterrumpidamente desde 1903 a 1921 por Julián Álvarez Gutiérrez, tomaba nota de los asuntos tratados en las reuniones o asambleas generales, así como de las más particulares de la comisión rectora, dando fe de sus balances de cuentas, nombramientos y demás asuntos tratados, registrando todo ello en el libro oficial al efecto. 220


Tabla XII.- Hermanos de la cofradía del Santísimo Cristo del Amparo en 1903. Antonio García Robles (Párroco)

José Fidalgo y su mujer

María Prieto

Antonio Lesmes y su mujer

José González y su mujer

Mateo Robles y su mujer

Antonio Robles y su mujer

José Gonz. Lombas y su mujer

Miguel Álvarez

Antonio Rodríguez. y su mujer

José Mª Gutiérrez y su mujer

Narciso Gutiérrez y su mujer

Antonio Sabugal y su mujer

José Melón y su mujer

Pablo Rodríguez

Antonio Sierra y su mujer

José Robles

Pedro Martínez y su mujer

Aquilino González y su mujer

José Sierra y su mujer

Perfecta Carrera

Bárbara Gordón

Josefa Vázquez

Plácido Alvarez y su mujer

Domingo Robles y su mujer

Juan Diaz y su mujer

Polonia Arias

Eduardo Alvarez y su mujer

Juan Vázquez

Prudencio Arias y su mujer

Escolástica Díez

Juana Gutiérrez

Regina Belzuz

Felipe Fernández y su mujer

Julián Alv. Gutiérez y su mujer

Rosa Rodríguez

Félix Argüello y su mujer

Julián Alv. Miranda y su mujer

Ruperta González

Francisca Barroso

Justo Láiz y su mujer

Salvador Castañón y su mujer

Francisca Sanz

Laura Gutiérrez

Santos Pérez y su mujer

Francisco Ordóñez y su mujer

Lorenzo Sierra

Segundo Castañón y su mujer

Genoveva González

Lúcio Pidal y su mujer

Teresa Robles

Hipólito Díez y su mujer

Luisa Suárez

Tirso García y su mujer

Ildefonso Chacón y su mujer

Manuel Díez Canseco

Venancia García

Estaba especialmente estipulado que todos los que pertenecieran a esta o cualquier otra agrupación religiosa debían de ser cristianos, confesar y comulgar el día del Cristo o de su santo patrón, además de ser español, fiel cumplidor de las reglas, a la vez que obediente al mayordomo y al párroco. Al mismo tiempo se vigilaba mucho el guardar respeto al ordenamiento general de la Iglesia que obligaba a cumplir con la percepción de los sacramentos en el periodo pascual, esto es, como vulgarmente se decía “comulgar y confesar por Pascua florida”. Por este tiempo de inicios del siglo se debía de aportar anualmente media libra de cera, además de una peseta si no había cumplido la treintena y el doble si superaba esta edad, y estaban comprometidos a abonar un real y medio para sufragar las misas del miembro que hubiera fallecido. Por su parte, la familia debería poner a disposición de cada hermano que asistiera al velatorio medio cuartillo de vino. Todos los congregantes de La Pola estaban llamados a asistir, la víspera del día 14 de septiembre, a la misa que se celebraba por los cofrades difuntos. La hermandad se veía obligada a socorrer a aquellos miembros de la cofradía que careciesen de suficientes recursos económicos o, incluso, fueran pobres de solemnidad, colaborando en el abono de los medicamentos en caso de enfermedad y, una vez ocurrido su fallecimiento, en los funerales y el entierro. Por otra parte era obligado que, cómo en la totalidad de los pueblos del municipio y del país, el día primero de noviembre, festividad de Todos los Santos, se acudiera después de la misa al camposanto a orar por los ausentes, rezando el sacerdote un responso. Los diferentes cargos quedaban reafirmados, o bien se renovaban, cada año el día 14 de setiembre, coincidiendo con la Exaltación de la Santa Cruz, en reunión del cabildo a la que eran oportunamente convocados todos los hermanos, una vez que habían terminado los solemnes actos litúrgicos celebrados con motivo de tan señalado día festivo (Tabla XIII). 221


Tabla XIII.- Cargos de la cofradía del Santísimo Cristo del Amparo (1903-1929) AÑO

MAYORDOMO

ABAD

MUÑIDOR

1903

José González Rodríguez

Santos Pérez

Aquilino Gz. Argüello

1904

Tirso García

Vicente Villa

Anacleto Castañón

1905

Justo Láiz

Mateo Robles

Antonio Robles

1906

Antonio Robles

Félix Argüello

Domingo Robles

1907

José González Rodríguez

Justo Láiz

Pedro Martínez

1908

Eloy Gutiérrez

Antonio Robles

Teófilo Gutiérrez

1909

Anacleto Castañón

Antonio Lesmes

Teófilo Gutiérrez

1910

Domingo Robles

Pedro Martínez

Vicente Villa

1911

Francisco Ordoñez

Prudencio Arias

Santos Pérez

1912

Francisco Ordoñez

Domingo Robles

Vicente Villa

1913

José González Rodríguez

Eloy Gutiérrez

Patricio Gª. Cabezas

1914

Félix Argüello

Teófilo Gutiérrez

Gregorio Robles

1915

Eloy Gutiérrez

Justo Láiz

Secundino Juárez

1916

Diego Caruezo

Nicanor Sierra

Vicente Villa

1917

Justo Láiz

Manuel Villa

Narciso Gutiérrez

1918

Aquilino Sotorrío

Celestino González

José García Rodríguez

1919

Antonio Sierra Díez

Anacleto Castañón

Secundino Juárez

1920

Aquilino Sotorrío

Manuel Villa

Esteban Santos

1921

Manuel Villa

Secundino Juárez

Pablo Martínez

1922

Nicanor Sierra Díez

Eloy Gutiérrez

Secundino Juárez

1923

Diego Caruezo

Modesto García

Pablo Martínez

1924

Secundino Juárez

Saturnino Mañas

Anacleto Castañón

1925

Eloy Gutiérrez

Antonio Robles

Celestino González

1926

Nicanor Sierra Díez

Celestino González

Esteban Santos

1927

Antonio Sierra Díez

Antonio Robles

Esteban Santos

1928

Secundino Juárez

Celestino González

Antonio Robles

Otra de las misiones de las cofradías, era la de participar y colaborar en el mayor esplendor y realce de las celebraciones religiosas solemnes que se celebraban en cada localidad. Muy en particular, en las fiestas en honor del Santísimo Cristo en La Pola, destacaba su presencia sobre todo en la Misa solemne a la que se presentaban luciendo sus brillantes insignias y portando con gran majestuosidad el recién adquirido estandarte. Esta ceremonia era cantada, participando dos o tres sacerdotes revestidos de lujosas casullas, donde se había dispuesto un altar bien adornado con flores y se acompañaban los cánticos con música de un viejo “armonio” que tocaba Zósimo 7, por cuyo servicio percibía 10 pesetas. Mayor dignidad aún se le dio al acto litúrgico cuando, en 1914, se pudo reponer este caduco instrumento por otro nuevo que llegó a costar 100 pta. Era bastante común que otras parroquias notables del arciprestazgo gordonés también dispusiesen de este utensilio musical que se hacía sonar en las ocasiones más relevantes. Antes y después de la ceremonia religiosa de este bullicioso día festivo era habitual el 7

Varios años más tarde el interprete habitual y con mayor demanda era el maestro Juan Gil Zamora.

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lanzamiento de cohetes, que, en los primeros momentos en la capital, era tan solo de una tanda de una docena, que se adquirían en el comercio de Manuel Abastas por el precio de 1,75 pesetas. Más adelante, se llegaron a disparar hasta nueve tandas, con el consiguiente incremento de gastos, lo que motivó que, durante el año 1906 y el siguiente, el mayordomo de entonces Antonio Robles promoviera la rifa de una novilla con la venta por parte de los cofrades de 2000 papeletas, a real cada una. Lo obtenido fue suficiente para cubrir los gastos e incluso llegar a abonar a Julio Melón la cantidad de 11,25 pta. por la hechura y confección de un catafalco 8, la compra de un estandarte negro, así como para colaborar con esplendidez en el pago del nuevo retablo del templo recién inaugurado. Terminada la misa mayor era muy común la participación en la subasta de una magnífica rosca elaborada por alguna de las dos panaderías del pueblo, bien la de Zaldivar o la de Agustín Suárez. Y para rematar la mañana los cofrades disfrutaban de un animado ágape en el que se degustaban pan con escabeche y queso en el corral de la vetusta casona de la señora Juana.. Una vez realizados estos actos lúdicos, todos los cofrades estaban convocados a la ya citada reunión del cabildo anual, en el que el mayordomo y el secretario daban cuenta de las actividades y gastos habidos, a la vez que se efectuaba la reglamentaria elección y nombramiento de los nuevos cargos. A su término se volvía a animar el encuentro con una generosa degustación de refrescos adquiridos en el comercio de Justo Láiz. Gran relieve otorgaba esta u otras cofradías del municipio, al penoso momento del falleci­ miento de algún miembro de la congregación en cuyo caso la asistencia a las honras fúnebres era obligada y masiva. Previamente se les velaba toda la noche en su domicilio en turnos de unas dos horas por cada miembro. A los cofrades se les enterraba con un hábito específico que, por lo gene­ ral, se tenía en propiedad excepto si las condicio­ nes económicas del finado eran muy limitadas, en cuyo caso se le compraba o prestaba temporalmen­ te para los actos previos a su enterramiento. Toda la comisión celebraba con posterioridad una reu­ nión en la que el muñidor daba cuenta de las faltas de asistencia al velatorio, funeral –donde se encen­ dían unos grandes velones en el templo por parte de sus familiares y amigos– así como al cemente­ rio, justificando, en su caso, las circunstancias que motivaron su ausencia. Al mismo tiempo exponía las irregularidades que pudieran observarse, dando el aviso oportuno a los infractores. No faltaron ocasiones en que llegó a advertir de los excesos cometidos durante el velatorio con la desmesurada aportación del vino. Pero las celebraciones solemnes de este día de la Exaltación de la Santa Cruz no se limitaban solo a La Pola de Gordón, sino que similar devo­ ción y dedicación festiva demostraban los pueblos de Llombera y Geras con brillantes procesiones en las que participaban muchos fieles. En ambos lugares, se realizaba una novena previa a la que también asistían un gran número de creyentes, que Figura 9.7.- Antiguo santo Cristo de los Remedios que no dejaban de manifestar su fidelidad y seguir preside la Ermita de Llombera haciendo entrega de exvotos, sobre todo ante el muy antiguo Cristo venerado en la capilla ubicada al pie del Pico Castro (Fig 9.7), a la que no dejaban de venir vibrantes oradores de Asturias o León. Dada la progresiva dedicación a la minería de los vecinos de la primera localidad, no faltaban algunos trabajadores que depositaban sus 8

Esto es, un túmulo funerario donde colocar los féretros.

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lámparas de mina ante esta imagen 9. Este mismo día, junto a la capilla homónima situada a la entrada de Geras, también se hacía un gran acto litúrgico y procesional, yendo acompañada la imagen del crucificado con otras varias, al tiempo de ser portados hermosos pendones y estandartes. Coincidiendo con el acontecer de la inauguración del templo parroquial también se fundó en La Pola la Asociación de las Hijas de Maria Inmaculada, que tuvo como primera presidenta, en 1903, a Emerenciana Álvarez. Desde un primer momento el grupo de jóvenes devotas que la constituía, que llegó a superar el medio centenar, celebró con gran fervor y asistencia los oficios dedicados a la Virgen del mes de mayo y, sobre todo, la novena de la Inmaculada que culminaba en medio de una gran solemnidad el dia 8 de diciembre, momentos en los que las asistentes lucían como distintivo una llamativa medalla. En ambos casos, los frecuentes cánticos dirigidos a María de nuevo se acompañaban con el armonium que tocaba Zósimo, por cuya tarea percibía 40 pta. en mayo y 20 pta. en diciembre. Para cubrir los gastos se solía poner a la puerta de la iglesia una mesa petitoria con las que se obtenían recaudaciones tan modestas como las 7 pta. de 1903 a las 21 del año 1913. No obstante, con las limitadas cuotas que abonaban llegaron a confeccionar en 1907 un precioso estandarte de azul raso y blanco, con mástil metálico coronado con la cruz y flanqueado por dos cordones dorados. Muchos fueron los regalos que por este tiempo se hicieron a la Virgen, destacando un manto azul esmeradamente adornado con hilo plateado, un vestido de raso blanco bordado en seda y oro, unos pendientes del mismo metal precioso y otros varios objetos para el ornato del altar lateral donde se había instalado la imagen. Dentro de esta primera década del siglo XX, surge como una consecuencia de la ya más que centenaria devoción de este marco de la ribera del Bernesga a la Virgen, la Piadosa Asociación de Nuestra Señora del Buen Suceso. gracias a la iniciativa conjunta de Francisco Elías Suárez, párroco de Huergas y Julián Álvarez Miranda, ilustre médico de La Pola de Gordón y su municipio. Su reglamento fue aprobado por el arciprestazgo el 18 de octubre de 1905 y confirmado dos meses después por el obispo de Oviedo, Francisco Javier Baztán (1904-1920), como bien describe en su libro sobre el Santuario D. Francisco Escobar (Fig. 9.8). De nuevo se presentó ante la Virgen esta dignidad un año después, en el mes de mayo, con motivo de la Santa Visita pastoral, dando a sus socios “paternales y saludables consejos”.

Figura 9.8.- Datos del historial eclesiástico de Francisco Escobar recogidos en el Fichero del clero diocesano (Archivo Capitular de Oviedo).

La primera junta directiva, había quedado constituida dos meses antes y estuvo formada por 9

Seis de estas lámparas aún permanecen colocadas en el pórtico y otras partes de este lugar sacro.

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sus dos promotores, el sacerdote como director y el galeno como secretario, a los que se les añadió el párroco de Nocedo José Fernández, de vice-director, y otros cargos ejercidos por seglares como el vecino de La Pola Agustín Suárez, además de Generoso Cubría, Julián Pérez y Narciso Arias, de Huergas. A todos estos se unieron un buen número de piadosas mujeres nombradas “camareras” de la Virgen, bajo la dirección de la maestra de la capital María Pérez Álvarez, así como un impresio­ nante grupo de asociados que incluían personas de todos los pueblos del municipio, diversas regio­ nes españolas e incluso de países extranjeros, hasta un total de 1.304 afiliados, incorporación que continuó en progresivo incremento en años sucesivos. Una de las primeras iniciativas de mejora del santuario llevadas a cabo por esta asociación consistió en realzar en 1908 la torre-campanario, añadiéndole dos ojivas más revestidas con ladrillo visto rojizo que albergaban sendas campanas. En el aspecto religioso el acto de mayor repercusión era la celebración de una concurrida novena, iniciada diez días antes del primer domingo de setiembre, en la que se tomó la iniciativa de dar participación en sus sermones diarios a los párrocos de distintos lugares de su entorno, especialmente de los municipios de La Pola de Gordón y La Robla. No faltaron ocasiones en que fueron invitados destacados sacerdotes o frailes de distintas órdenes religiosas venidos desde León o Asturias, cuyos sermones laudatorios de la Virgen encandilaban a sus muchos devotos. Otro trascendental acontecimiento ocurrido en esta fase inicial del siglo XX, fue el nombramiento con el cargo de Car­ denal del insigne prelado Gregorio María Aguirre, el 15 de abril de 1907 (Fig. 9.9), por parte del papa Pio X (1903-1914), siendo investido tres días más tarde en el palacio Real de Madrid por el propio rey Alfonso XIII (1886-1931) en una magna ceremonia. Completaba así este hijo de Gordón la más alta distinción eclesiástica que jamás nadie de esta demarcación había alcanzado, preludio del gran logro dos años después, al llegar a ser proclamado Cardenal primado de Toledo y patriarca de la Indias Occidentales, el cargo de mayor relevancia nacional, todo ello a pesar a su avanzada edad. Representó un motivo aún más de­ cisivo para ver encumbrada su figura como pastor de la Iglesia y al mismo tiempo al­ canzar el cargo institucional de Senador del Reino. Pero a su vez, volvió a ser un supremo aldabonazo que dio notoriedad a la tierra que lo vio nacer, que atravesaba, Figura 9.9.- Fotografía del prelado Gregorio María Aguirre. por este y los restantes motivos expuestos, Reproducida de Escobar García (1962). por unos momentos de gran realce y cre­ ciente popularidad. Unas de las actuaciones populares mas destacadas durante su mandato fue su participación como legado papal en 1911 en el grandioso Congreso Eucarístico celebrado en Madrid en junio de 1911 que congregó a grandes multitudes de fieles y que fue una gran exaltación nacional de la devoción a la Eucaristía. Ocurrió casi dos años antes de su posterior fallecimiento, el 10 de octubre, en Toledo donde quedó enterrado, después de un solemne funeral y grandes honores, en su catedral metropolitana. 225


EL FRUTO DE UNA ARRAIGADA RELIGIOSIDAD En el primer tercio de la centuria vigésima los feligreses del territorio gordonés no solo contemplaban estos acontecimientos sobresalientes, sino que la vida religiosa de sus moradores continuaba impregnada de pequeños eventos, sencillos y cotidianos, pero que permitían confirmar que la influencia de las nuevas ideologías, aunque en progresivo incremento entre un cierto sector la clase trabajadora minera, aún no eran predominantes sobre la mayoría de la ciudadanía que tenia impresa una forma de vida plenamente enraizada en la doctrina cristiana. Buena prueba de ello era el notable número de bautizos, que se celebraban en medio de expresiones de gran gozo familiar, de los que baste como reflejo, los habidos en el nuevo centro parroquial de La Pola en los tres primeros decenios del siglo (Fig. 9.10) de los cuales el correspondiente al niño Arturo Gonzalo Calleja Landeta (hijo de Alfredo Benjamín Calleja, facultativo de minas, y de Guadalupe Landeta) fue el inicialmente realizado, el mismo día de la inauguración del edificio sacro en 1903. Las restantes parroquias del concejo, la mayoría de las cuales estaban regidas todavía por un cura párroco, mantenían una distribución similar, proporcional a la cuantía de sus convecinos, pero asimismo en claro auge. No era extraño por ello que se tuviera que realizar algún bautismo de socorro, cómo el llevado a cabo, en 1910, por el médico Julián Álvarez Miranda, del que se llega a recoger que“una vez examinado sobre la forma en que había administrado el Sacramento se le considera como persona instruida en la materia y muy piadosa, lo que no deja lugar a dudas sobre la validez del acto” 10. Culminada la ceremonia, era habitual que los padrinos arrojaran rosquillas y golosinas a la puerta del templo, en medio de una gran algarabía de chiquillos que esperaban ansiosos el momento, al igual que los familiares adultos anhelaban la excelente comida familiar que se organizaba.

Figura 9.10.- Distribución de bautizos en la Pola de Gordón entre 1904 y 1939. Fuente: Libro de Bautismos, de la parroquia de La Asunción.

No había transcurrido mucho tiempo, cuando los niños que tenían entre 8 y 12 años y habían comulgado, recibían la Confirmación de manos del obispo de Oviedo, después de una pequeña preparación catequética por parte de los párrocos. La primera visita para tal fin en el siglo XX, fue la del prelado Francisco Javier Baztán y Urniza, el cual llegó a comienzos del verano de 1906 en ferrocarril y estuvo durante tres días en diferentes parroquias del concejo, impartiendo este sacramento en sesiones de mañana y tarde. En La Pola de Gordón solía ejercer el padrinazgo de los chavales el ya citado médico, mientras que para las niñas o jovencitas lo hacía su esposa Carmen Robles, siendo otras parejas de feligreses adultos de reconocida vocación y colaboración eclesial los 10

Así quedó constatado en el Libro de Bautismos, guardado en el Archivo parroquial.

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que lo hicieron en Santa Lucía, Geras, Buen Suceso y Buiza. Repitió su presencia en estas tierras leonesas a finales de junio de 1919. El acto central de la vida religiosa de la semana seguía siendo la Misa dominical, a la que en las pequeñas poblaciones venían a asistir todos los miembros de la familia permaneciendo las casas vacías, excepto si hubiera personas enfermas o impedidas. La llamada a la celebración iba precedi­ do de un continuo resonar de campanas, para lo cual era frecuente que se ocupara un “campanero” en cada localidad, generalmente dotado de gran habilidad en su repique. Como la eucaristía se cele­ braba en latín y con el sacerdote de espaldas al pueblo, solía ser bastante común que algunos feli­ greses, que ya habían aprendido a leer en buen número, la siguieran ayudados de su misal que, con frecuencia, venía enriquecido por comentarios a los textos de la Sagrada Escritura correspondientes a la festividad que se celebraba. También era normal, sobre todo entre las mujeres, que, ajenas a los actos litúrgicos, leyeran libros de meditación o devocionarios que por entonces habían podido adquirir. Eran habituales las distintas versiones del famoso Áncora de Salvación, ya editado en 1863, y cuyos destinatarios iniciales habían sido los propios clérigos. Otra obra muy divulgada y leída por entonces fue la edición de bolsillo del libro de Thomás de Kempis titulado La imitación de Cristo 11. Tan solo cuando el cura desde el púlpito iniciaba el sermón alusivo al Evangelio del día o lanzaba sus encendidas moniciones plagadas de criterios moralizantes, la atención a sus palabras tendía a ser generalizada, salvo cuando se excedía más de lo debido. El momento solemne de la consagración era seguido con gran devoción, al toque de cam­ panilla por parte de los sacristanes, con todo el pueblo arrodillado, bien en las sillas reservadas o di­ rectamente sobre el suelo. La comunión se repartía ante el altar sobre reclinatorios, estando el sacerdote acompañado por dos monaguillos revestidos portando una vela encendida y una palmatoria para evitar que cayera la Sagrada Forma. La salida de esta celebración dominical representaba un momento de encuentro del vecindario, que le permitía intercambiar noticias, al tiempo de ponerse al día de las principales novedades, bien fueran eclesiales, como de los vecinos del lugar, a la vez que de las incidencias sociales o laborales del pueblo y del municipio. El auge que iba alcanzando la extracción de carbón por parte de las empresas mineras instaladas en el concejo12, la proliferación de accidentados y la aparición de los primeros conflictos sociales, no cabe duda que estaría entre los temas más dialogados entre los varones de la mayoría de los pueblos del concejo, dado que un alto porcentaje de ellos ya participaba como asalariado en el laboreo o administración de las minas. Pero también se producían hechos de amplio comentario, como el que ocurrió en Vega cuando, ante la marcha del cura Marcelino Gutierrez Suárez, éste se llevó distintos ornamentos de la iglesia, lo que dio lugar a un general malestar entre los feligreses 13 y un buen coro de protestas, alcanzando el suceso a diferentes localidades del municipio. A la vez que las ya generales manifestaciones elogiosas dirigidas a comentar y ensalzar las actividades pastorales de Gregorio Maria Aguirre, debió de causar gran impacto en La Pola y demás pueblos del entorno la noticia del ingreso en el convento de las Franciscanas Concepcionistas de la capital leonesa, en abril de 1906, de la joven de 17 años Emerenciana Álvarez Robles, hija del conocido médico Julián Álvarez Miranda. Con seguridad se producirían laudatorios comentarios sobre las virtudes y valores humanos de esta muchacha, educada en medio de una familia plenamente integrada en las distintas actividades religiosas y civiles, tanto de la capital como del resto de la comarca gordonesa. 11

La primera publicación se había realizado en el siglo XV aunque fue durante la primera mitad del siglo XX cuando mayor difusión alcanzó entre los seglares. 12 Era bastante frecuente que, tanto sus directivos, como los mandos superiores, animaran a las prácticas religiosas de sus subordinados y más aún teniendo su capital social mayoritario en las Vascongadas, donde estaba muy estimulada la relación con la Iglesia Católica. 13 Así lo recoge la denuncia presentada ante la Vicaria de san Millán, guardada en el Archivo Histórico Diocesano de León (Caja 272, documento 8485).

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Figura 9.11.- Dos figuras eminentes del cabildo leonés, ligadas a Gordón: José Álvarez Miranda, obispo, e Isidoro Viñuela, canónigo y abad de san Isidoro.

Tampoco faltaron elogios en las tertulias sobre la brillante actividad eclesiástica de los clérigos locales, tales como Luciano García, Ángel Rodríguez García y Manuel García García, naturales de Santa Lucía, que desarrollaban sus funciones fuera de tierras leonesas con grandes méritos y en puestos de cada vez mayor responsabilidad. Otro tanto ocurría con José Álvarez Miranda (Fig. 9.11, izquierda), ligado a Gordón a través de su hermano médico, el cual alcanzaba la dignidad episcopal en León, así como con el nativo de La Vid Isidoro Viñuela Viñuela, que iniciaba su vocación sacerdotal a lo largo de la segunda década del siglo alcanzando en su dilatada vida importantes destinos como canónigo de la catedral y abad de san Isidoro (Fig. 9.11, derecha). Igualmente, no dejarían de estar en el interés de los fieles las vicisitudes vividas por las lejanas tierras centroamericanas del también originario del citado pueblo minero Marcelino Rodríguez García, el cual ejercía sus funciones sacerdotales en una parroquia del lejano país de ultramar, Puerto Rico, desde 1898 y en momentos de alta conflictividad en la zona caribeña. Gran significación tenía el día en que, coincidiendo con la Misa mayor, los niños, después de un tiempo especial de catequesis, celebraban su Primera Comunión en una lucida ceremonia organizada en alguno de los domingos que trascurrían entre el de Resurrección y la Trinidad. Aunque desde mediados del siglo XIX se tenía establecido que la edad más oportuna de recibirla era entre los 12 y 14 años, a partir de agosto de 1910 la Iglesia consideró que los 7 años era “una edad en la que el niño empieza a raciocinar”. Era éste un momento alegre y de expectación para las familias, que preparaban con todo detalle, o bien encargaban a las modistas del pueblo, unos relucientes vestidos y zapatos blancos para las niñas, con sus cabezas cubiertas por llamativos velos. Por su parte, los infantes era muy frecuente que se pusieran por primera vez unos elegantes trajes de pantalón largo, como tratando de indicar que ya era el inicio de la participación de una edad juvenil. Esta circunstancia tan especial ya empezaba a quedar recogida en las que, con toda posibilidad, eran las primeras imágenes fotográficas de su vida (Fig. 9.12). 228


Figura 9.12.- Niñas de Primera Comunión en el tercer decenio del siglo XX. Izquierda: Luisa Martín Garcia y derecha: Piedad Lozano Barquero, ambas de La Polade Gordón.

Ante tal acontecimiento, eran pocas las celebraciones dominicales en las que las engalanadas iglesias acogieran a tanta gente y, para ello, la eucaristía se revestía de gran solemnidad entre cánticos del sencillo coro que en algunos lugares se constituía para este acto. El altar mayor se veía profusamente adornado con flores y velas que las catequistas y madres se responsabilizaban de colocar el día anterior. Finalizado el emocionante acto litúrgico resultaba corriente acudir a tomar chocolate con churros, ansiosamente recibido por los chavales después de haber pasado casi 24 horas de riguroso ayuno. ¡Ni siquiera agua!, como recomendaba el párroco de La Pola Manuel Pérez Valero (Fig 9.13) con gran énfasis. Los regalos y golosinas eran otro aliciente más para que los niños vivieran esta jornada con verdadero alborozo. Volvía además a representar este acto otra convocatoria especial de reunión familiar con espléndida comida y prolongada sobremesa organizada en las propias viviendas, de aquellas que, por lo general, quedan retenidos de manera imborrable en la memoria de todos los participantes, en particular de los receptores del sacramento. Otro momento significativo y festivo en la vida parroquial era el destinado a impartir el Sacramento del Matrimonio, más familiarmente conocido como “día de la boda”, para el que los contrayentes tenían que haberse examinado y aprobado en doctrina cristiana. Si eran de localidades ajenas a aquella donde se iba a contraer, deberían aportar, previamente, la documentación adecuada del párroco de la iglesia en que estaba adscrito el candidato. Además, se tenía muy presente para la autorización de su recepción el comportamiento moral, al tiempo que el grado de consanguinidad de los futuros esposos, requiriendo una licencia expresa del obispo ovetense o del responsable por él nombrado en la Vicaría de san Millán, en el caso de segundo grado. Además de estos motivos, con anterioridad a la realización del ceremonial se seguían proclamando “las tres conciliares moniciones antes del ofertorio de las misas populares”, que también debían superar. 229


Figura 9.13 .- Manuel Pérez Valero, último cura párroco de La Pola de Gordón adscrito a la diócesis ovetense (Foto cedida por Mari Luz Lombas).

En todas las localidades, era habitual que se celebraran con cierta asiduidad bodas, en número que algunos años superaba la media docena en las parroquias con mayor feligresía. Si todo estaba correcto, los novios acudían a la iglesia luciendo sus más lujosas prendas, que en este primer tercio de siglo consistía, para las chicas, en una chaquetilla o “chambra”, una blusa ocasionalmente blanca, una saya hasta el tobillo –a menudo de terciopelo– y la consabida mantilla. Los mozos solían revestirse de un traje de chaqueta, de color oscuro y con chaleco de igual tono en el que, como ostentación, se hacía lucir un reloj de bolsillo con cadena dorada o plateada (Fig.9.14). Era frecuente, en la década de los años veinte y treinta, que tales prendas masculinas se vinieran a encargar a La Pola a la sastrería de Ubalderedo Pérez. Con este motivo, todos los asistentes, en particular padres, padrinos y testigos, solían acudir vestidos con sus mejores galas, en paralelo, todo ello, con el ornato con el que se venía a embellecer el templo. En las bodas más renombradas, tampoco dejaba de sonar el “armonium” para dar mayor realce a la celebración. Culminada la unión en la ceremonia litúrgica, se celebraba con gran esplendidez y en medio de grandes muestras de alegría un banquete nupcial, restringido por lo general a la familia, habilitando para ello la sala principal o el lugar de la casa de mayor capacidad perteneciente comúnmente a los padres o padrinos de la novia. La comida y las bebidas solían ser abundantes lo que iba generando un ambiente cada vez más festivo. ¡Los brindis y vivas a los recién casados no cesaban de proclamarse, como también los chistes, comentarios jocosos y los cantos más tradicionales del lugar! 230


Figura 9.14.- Cuatro instantáneas de bodas celebradas en el primer tercio del siglo XX. De arriba a abajo e izquierda a derecha: Florentino Martin y Aurora García, de La Pola; Santos Sabugal y Avelina García, de Los Barrios; Cesáreo Mieres y Purificación Martínez, de Los Barrios y, finalmente, Lucio García y Celedonia Arias, de Geras.

Más triste y luctuoso ha sido, desde siempre, el momento en el que las parroquias tenían que despedir a alguno de sus feligreses. Poco antes, se había producido la asistencia al enfermo con el sacramento de la Extrema Unción, en el que el sacerdote llevaba el Sagrado Viático por la calle acompañado de uno o dos monaguillos revestidos con sus hábitos, uno de los cuales hacía sonar la esquila, mientras el otro portaba una palmatoria. Muchos vecinos se arrodillaban con reverencia al paso de esta comitiva o inclinaban con respeto la cabeza. Era costumbre antiquísima colocar sobre el pecho del finado una Cruz, así como ante el lecho del dolor la santa Bula, si es que disponían de 231


ella. Una vez producido el desenlace, la gran mayoría del pueblo solía asistir al funeral, congregándose previamente junto con el sacerdote ante la casa del finado y marchando luego en procesión, presidida por los ciriales y la cruz, hasta la iglesia. Esta respuesta generosa, unida al respetuoso y sentido acompañamiento hacía el fallecido y su familia, ha sido algo de lo que siempre han hecho gala los gordoneses, en gran medida por la innegable influencia que aportaron las cofradías y hermandades de laicos, tal y como ya ha quedado de relieve. Las notas de dolor y compañerismo se acentuaban en este primer tercio de siglo cuando, en plena edad temprana, la mina cobraba su gran tributo en el arduo trabajo de arrancar el carbón o acceder a él. Así, en Llombera, ya quedó registrado en el Libro de defunciones (Fig. 9.15) el primer enterramiento de un joven vecino fallecido en accidente de mina, coincidiendo con el inicio del siglo XX.

Figura 9.15.- Evolución de fallecimientos en la parroquia de san Pedro de Llombera, entre 1900 y 1954, agrupados por quinquenios. Las cifras máximas corresponden con el auge de la minería en la zona. Fuente: Libro de Defunciones de la parroquia.

Los funerales se llegaban a organizar de diferentes categorías, tanto para los adultos, como para los numerosos “párvulos” que por entonces fallecían 14, con un coste mayor o menor según el número de sacerdotes que participaban o los presidían. En ellos se encendían grandes velones, como casi exclusiva iluminación del interior del templo, y era común que se cantara un solemne y vibrante Réquiem en latín, existiendo algunos párrocos de preferencia en razón a la calidad de su voz, no faltando tampoco ciertos seglares de buen timbre que a su vez colaboraban en su interpretación. El momento de la despedida era, a su vez, muy concurrido, trasladándose de nuevo procesionalmente el féretro hasta el camposanto, ubicados ya estos, en su mayoría, en el lugar que hoy en día ocupan. La religiosidad popular del momento quedaba de manifiesto en varias de las procesiones que por este tiempo se celebraban y que venían a coincidir en diversos pueblos (La Pola, Geras. Santa Lucía) con el solemne tiempo de la Semana Santa. En la capital del concejo, era el viernes previo o de Dolores cuando se sacaban las imágenes de la Dolorosa (Fig 9.16) y el Cristo, en medio de gran devoción y silencio, mientras que en los otros lugares se hacía el Viernes Santo, al anochecer, con la única iluminación de velas o antorchas. También era común que cada 15 de mayo se paseara a san Isidro por la calle principal de La Pola o de otros pueblos que también lo festejaban, como patrono de los muchos agricultores y ganaderos que todavía prevalecían en ellos y que aprovechaban los buenos frutos de sus amplias vegas. Más general era la procesión del Domingo de Ramos (o Dominica palmarum), previa a la Misa solemne, que contaba en cada pueblo con gran participación de la feligresía, estando encabezada por la cruz y los ciriales y presidida por el párroco revestido con alba blanca, cubierta por una capa pluvial morada con el bonete sobre la cabeza y, con frecuen­ 14

En algunos casos excepcionales llegaron a superar el 50% de los enterrados en un año.

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cia, una palma, símbolo del martirio, entre sus manos. Le seguían los niños y el resto del pueblo con ramos de pino, laurel o romero, existiendo cierta competencia sobre quién llevaba el ramo mayor y mejor adornado. Al finalizar la misa era habitual que la chiquillería se enzarzase “a ramazos”, entre carreras y advertencias de sus familiares.

Figura 9.16.- Dos imágenes propias del tiempo se Semana Santa. La Dolorosa, venerada en la iglesia de La Pola de Gordón y el Cristo crucificado de la parroquial de Llombera.

Abría esta celebración la Semana Santa que, junto con el tiempo de Navidad –donde era co­ mún la asistencia a la misa del Gallo–, seguían siendo los momentos litúrgicos más importantes del año. El Jueves Santo se culminaba con Las Tinieblas, ceremonia en la que se apagaban completa­ mente las luces de las iglesias, en especial el altar mayor y los laterales, los cuales estaban ilumina ­ dos con cirios o velas de cera de abeja y lamparillas sobre aceite de oliva. En la mayor parte de los principales pueblos del concejo, se instalaba el Monumento, bien adornado con flores y velas, donde quedaba resguardado el Santísimo, para su veneración. A su vez se iban cubriendo con un lienzo morado todas las imágenes y el sagrario, silenciándose además el sonido de las campanas y campanillas de todos los lugares sacros, haciéndose oír, tan sólo, las carracas. Se anticipaba así el día de mayor trascendencia, el Viernes Santo, en el que se hacían con gran recogimiento un sentido Via Crucis y los Oficios, en los que se exaltaba el sufrimiento y muerte en la Cruz de Jesucristo (Fig. 9.16), recordando en vibrantes sermones cuales fueron sus últimas palabras y dejando constan­ cia del significado de tan trascendente acto de redención. Este tiempo de silencio sólo se rompía el exultante Domingo de Resurrección, día de júbilo por excelencia, cuando al proclamarse el Gloria en la misa el sacristán hacía repicar las campanas y los monaguillos las campanillas en medio de gran alborozo. Por tal motivo, estaba justificada la proclamación solemne del Aleluya. Incluía esta gozosa celebración, en ocasiones, el bautismo de algún recién nacido. Otra festividad que mantenía un ceremonial litúrgico celebrado con gran brillantez era la del Corpus Cristi (Fig. 9.17), que en muchos pueblos del arciprestazgo, entre ellos La Pola de Gordón, estaba completado con una solemne procesión, realizada entre cánticos al Santísimo Sacramento portado bajo palio una lujosa custodia y flanqueado, en ocasiones, por miembros de la Guardía Civil con uniforme de gala y bajo los sones de una modesta banda de música. Las balconadas de la mayor parte de las casas se habían adornado con colgaduras, enramadas y flores. En esta manifestación de 233


fe participaban, los niños que habían hecho la Primera Comunión15 que iban esparciendo pétalos de flores, a la vez que los miembros de las cofradías o asociaciones los cuales lucían sus insignias y estandartes, en particular el de las Hijas de María.

Figura 9.17.- Procesión del Corpus en La Pola a mediados del siglo XX. (Archivo Biblioteca Municipal)

A lo largo del trayecto de la calle mayor, se habían colocado dos o tres altares donde se ha­ cían sendas paradas, con veneración y cánticos al Cuerpo de Cristo, hasta culminar y dar la vuelta cerca de la vivienda de Nieves y Carola Melón. En el templo se interpretaba previamente el canto emocionado del Pange lingua16 cuando la exposición y el Tantum ergo Sacramentum después del recorrido por las calles, culminando con la bendición a los asistentes. En otras localidades donde también se preparaba una procesión desde siglos atrás (Buiza, Los Barrios, Peredilla, Huergas, Villasimpliz), era un momento muy oportuno para enarbolar ante la custodia sus ancestrales pendones, exhibidos con gran orgullo y destreza por parte de sus porteado­ res. En los restantes pueblos en los que no era habitual efectuar la salida procesional de la Sagrada Forma, se solía realizar en el interior de la iglesia la exposición y adoración del Santísimo, entre cánticos y expresiones de sencilla devoción. En la procesión que se realizaba en Los Barrios era común que, además de distribuir pétalos de flores a lo largo del trayecto, se colocaran arcos con ramas de árboles (fresnos y negrillos) que los muchachos construían cortándolos en los alrededores del pueblo. Se llegaban a instalar hasta en tres lugares del recorrido procesional, existiendo una cierta competencia sobre cual se realizaba con mayor envergadura y lucimiento. Después de la guerra civil, cuando la procesión salía desde la ermita de san Roque, se llegaba a ubicar una primera arcada junto al domicilio del cartero, otra donde la casa de la “tía Visita” y un tercer arco en La Cardosa, desde donde se retornaba hacia la parroquia. Otro tanto sucedía en Geras (Figs. 9.18 y 9.19) cuyos vecinos aportaban la enramada para construir una pequeña cabaña (“la casica”, como aún se denomina) y ubicar allí un altar cubierto con un mantel blanco sobre el que se colocaba alguna imagen sagrada, para venerar luego la custodia. Al tiempo que se realizaba un alto en la procesión, se hacían rezos y cantos, y se culminaba con la bendición recibida por todos los acompañantes postrados de rodillas. No dejaba de haber una verdadera competencia entre los varones para poder acompañar directamente al Cuerpo de Cristo portando los seis varales del palio a lo largo del itinerario. Tal festividad del Corpus se venía a celebrar en esta localidad un miércoles, seis días después de lo habitual, dado que la fecha oficial era el jueves anterior. Se trataba de una jornada en la que los niños que se habían preparado durante la catequesis hacían su Primera Comunión. Esto motivaba que fuera un día de gran algarabía en muchos de los hogares, volcándose todo el pueblo para que alcanzara el máximo esplendor, refrendado por la música, las cargas de cohetes y el alegre 15

El cardenal Aguirre fue un gran promotor, a principios de siglo, de la participación de los niños de Primera Comunión en la procesión del Corpus. 16 Texto que ya había sido escrito, en 1262, por santo Tomás de Aquino, al que luego se le puso música.

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repicar de las campanas.

Figura 9.18.- Paso de la procesión del Corpus próxima a la antigua escuela de Geras a mediados del siglo XX. (Incluido en el álbum “Recuerdos fotográficos de Geras de Gordón”, cortesía de la Junta Vecinal)

Figura 9.19.- Bendición con la custodia delante de “la casica” durante la procesión del Corpus en Geras a mediados del siglo XX. (Foto incluida en el álbum “Recuerdos fotográficos de Geras de Gordón”, cortesía de la Junta Vecinal)

235


A su vez alcanzaron gran pujanza, en este primer tercio del siglo vigésimo, las romerías, en particular la del Buen Suceso, impulsada en este caso por la Asociación, cuya novena previa se veía, igualmente, acompañada de tal cantidad de gente que la ermita se llegaba a quedar pequeña para acogerla. Alrededor del santuario empezaron a colocarse sencillos puestos en los que se podía comprar casi de todo, sobresaliendo los aperos de labranza, llegando a venir gente en tren o en carros hasta de Asturias con la finalidad de vender madreñas y otros productos. Así mismo, tomaron un mayor auge las fiestas patronales las cuales se vieron favorecidas por el gran aumento de la población que por entonces se produjo en la mayoría de los pueblos del municipio de Gordón, el cual pasó de un censo global de 4.486 vecinos, en el año 1900, a 6.528 en 1930. Estas eran unas más de las manifestaciones propias de la intensa religiosidad de este tiempo en las que la casi totalidad del vecindario conjugaba con gran naturalidad los momentos lúdicos y de profunda devoción. La visita, en 1919, de la máxima jerarquía de la diócesis al distrito gordonés, volvió a signi­ ficar otro momento de exaltación religiosa. En efecto, la llegada a La Pola de Gordón el día 28 de junio de Francisco Javier Batzán y Urniza17 fue un motivo de entusiasmo ante la concentración de más de un millar de personas, testigos por la mañana de un gran número de confirmaciones. Por la tarde, se desplazó a conocer la feligresía de Vega-Beberino, al día siguiente a Santa Lucía y en la jornada del 30, a Geras, llegando a superar el total de personas confirmadas las 1300 en todo el municipio, cifra justificada por el hecho de que hacía bastantes años que no concurría ningún prelado por esta zona del norte de la provincia de León. Una de las iniciativas que impulsó esta dignidad, fue la de potenciar el aprendizaje del cate­ cismo por parte de los niños y jóvenes en las parroquias y en las escuelas, lo que condujo a que en algunos lugares, como en La Pola, se llegara a constituir, en mayo de 1924, una Congregación de la Doctrina Cristiana con 25 asociadas y 122 miembros protectores que aportaban diez céntimos mensuales o bien una peseta al año. Su objetivo primordial era“formar al pueblo en la fe y en la piedad por medio de la enseñanza del Catecismo”, siendo su máxima dedicación la instrucción destinada a la Primera Comunión. Su persistencia fue efímera pues se disolvió en 1930, si bien varias chicas y señoras militantes continuaron colaborando en la catequesis parroquial. Fruto del interés e inquietud que había adquirido el conocimiento de la marcha de la Iglesia en el arciprestazgo de Gordón fue la edición mensual, a finales de los años 20, de una Hoja Parroquial, que daba cuenta de los principales acontecimientos y actividades de las distintas comunidades del municipio, aunque su vida fue bastante pasajera.

LA GENEROSIDAD DEL PUEBLO GORDONÉS El hecho de que los párrocos y fieles pudieran tener acceso a tanta información como, con gran regularidad, trasmitía desde Oviedo el Boletín Eclesiástico Diocesano, y también la que apor­ taban los folletos parroquiales, favoreció que se fuera adquiriendo un mayor compromiso con las necesidades de la Iglesia universal y un mejor conocimiento de la doctrina emanada desde su jerarquía y, muy en particular, de los escritos o encíclicas de los papas. Por eso, durante las tres primeras décadas del siglo XX, el arciprestazgo de Gordón, al unísono con otros de la diócesis, vio con normalidad colaborar en suscripciones extraordinarias solicitadas por el Supremo Pontífice y a él destinadas, en lo que se denominó dinero de San Pedro, participando tanto los clérigos, como los fieles. Así, desde 1908, quedó registrada en la mencionada publicación remitida desde la diócesis la donación de las diferentes parroquias (Tabla XIV). Entre las correspondientes a las iglesias de esta zona, las aportaciones estuvieron lideradas, de nuevo, por el párroco de Llombera, Jerónimo Badiola, siendo un claro reflejo de la importante actividad y 17

Previamente había estado visitando los tres días anteriores las parroquias de La Robla y La Seca, del arciprestazgo de Alba.

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pujanza que mantenía este pueblo. Tabla XIV.- Aportaciones de las parroquias gordonesas a la Iglesia de Roma Párroco de Llombera

13 ,8 pesetas

Párroco y feligreses de La Pola

13 ,4 pta.

Párroco y feligreses de Santa Lucía

11 ,5 pta.

Párroco y feligreses de Geras

11 pta.

Párroco y feligreses de Huergas

8 ,70 pta.

Párroco y feligreses de Nocedo

8 pta.

Párroco y feligreses de Buiza-Folledo

6 pta.

Párroco y feligreses de Cabornera

4 pta.

Párroco y feligreses de Los Barrios

3 ,75 pta.

No faltaron, en las dos primeras décadas del siglo, otros donativos solidarios de carácter voluntario, realizados a manera de colectas que se llevaron a cabo para sufragar los desperfectos de algunas iglesias asturianas generados por incendios. Tal fue el caso de la parroquial de san Isidoro de Oviedo, en 1906, u otras donaciones del mismo signo pertenecientes a pueblos de menor relevancia que habían visto perdidos sus ornamentos o lugares de culto y no podían abordar sus escasos feligreses tan grandes desperfectos.

Figura 9.20.- Promulgación de la Santa Bula en noviembre de 1909 por parte del cardenal primado de Toledo fray Gregorio María Aguirre, donde se incluyen muchos de sus títulos, recogida en el Boletín Oficial Eclesiástico. En la parte superior, detalle del final de documento con el asentimiento oficial del prelado.

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Además de estas dádivas y otras limosnas entregadas en las ceremonias religiosas dominicales para el sostenimiento de su parroquia, los fieles tenían que seguir haciéndose cargo del abono de la Santa Bula prorrogada, desde 1902, por el papa León XIII y publicada anualmente desde Toledo, por lo que durante algo más de un quinquenio (1908-1913) ésta fue firmada por Gregorio María Aguirre (Fig. 9.20) y, con posterioridad, por el cardenal ovetense Victoriano Guisasola. Había diferentes clases de sumarios según la categoría y disponibilidad económica de las personas que tenían que adquirirla, aunque las más comunes eran las de vivos y difuntos por las que se abonaban entre 50 y 75 céntimos de peseta. Ante los graves conflictos bélicos ocurridos entre 1914 y 1918, que “trastornan pueblos y naciones de gran parte de Europa como consecuencia de la Primera Guerra Mundial” la Iglesia demandó de los fieles aplicar rezos y rogativas a Jesucristo, al que se le presentaba a modo de Príncipe de la Paz, los cuales debían llevarse a cabo, muy en particular, durante los nueve días siguientes a la Pascua de Resurrección. No faltaron tampoco nuevas colectas, realizadas para socorrer a las víctimas y a tanta gente desamparada como se produjo. Así sucedió entre 1920 y 1925, cuando se abren suscripciones en favor de los niños afectados por la guerra, especialmente de Alemania y Austria, que sensibilizó a muchos cristianos, muy en particular a los pequeños, a los que se les requería su pequeña aportación, en especial a aquellos que acudían al catecismo. Los feligreses de Santa Lucía fueron los más desprendidos ante esta solicitud, y así lo demuestran los datos de dádivas recogidos en los Boletines Eclesiásticos de ese quinquenio (Tabla XV). Tabla XV.- Aportaciones de las parroquias de Gordón a las víctimas de la Primera Guerra Mundial, en 1922. Cura párroco y feligreses de Santa Lucía

105

pesetas

Niños del Catecismo de Santa Lucía

52

''

Cura y feligreses de Geras y Paradilla

66

''

Cura párroco y feligreses de La Pola de Gordón

62

''

Cura párroco y feligreses de LLombera

39

''

Cura párroco y feligreses de Beberino

35

''

9

''

Cura párroco y feligreses de Huergas

21

''

Cura párroco y feligreses de Nocedo

21

''

Cura párroco y feligreses de Villasimpliz

34

''

Cura párroco y feligreses de Los Barrios

12

''

Cura párroco y feligreses de Cabornera

15

''

Cura párroco y feligreses de Vega

Pero la cosa no paró aquí, sino que, amparados en las grandes necesidades que las noticias trasmitían desde el extranjero, de nuevo se realizaron donativos para la ayuda de los sacerdotes alemanes, así como otros con destino a los niños hambrientos de Rusia a los que, aunque en menor cuantía, otra vez respondió el pueblo fiel. Se volvió a demostrar el nivel de desprendimiento de Santa Lucía donde entre el párroco, el coadjutor, los niños del catecismo y la respuesta parroquial, se llegó a aportar un total de 63 pesetas, la cifra más notable de todas las localidades del municipio, 238


signo de que este enclave atravesaba un momento esplendoroso merced a la expansión de la minería del carbón en la zona. Tampoco esto fue todo, puesto que, años más tarde, como consecuencia de la entrada de la nación en conflicto con Marruecos, la diócesis, a través del obispo Juan Bautista Luis y Pérez (1921-1934), hizo un llamamiento especial a “nuestro amadísimo clero, siempre propicio al sacrificio, especialmente cuando se trata de defender a la patria y abrillantar más y más su amor a España, por lo que no dudamos que redoblará sus oraciones para que el Señor conduzca a la victoria a nuestro valiente ejército, y que, abrasado por el fuego de la caridad, contribuirá con su óbolo a socorrer a los valientes soldados y al sostenimiento de los hospitales que para los heridos se preparan”. Para tal fin, se invitaba a los sacerdotes a donar para esta noble causa el haber de un día y a realizar durante las misas reiteradas preces por la paz. Aún tuvo la Iglesia que recurrir a demandar la colaboración de los parroquianos cuando, en 1927, se produjo una grave crisis en las minas hulleras que obligó al obispo a enviar una carta a los mineros, singularmente los asturianos, en la que les advertía sobre la progresiva influencia de las ideologías marxistas que conducían a “falsos conceptos sobre el trabajo”. En las parroquias se pi­ dieron donativos para ayudar a los trabajadores parados y afectados por las continuas huelgas, repi­ tiendo otra vez la de Santa Lucía como la que respondió con mayor esplendidez y de manera más solidaria, colaborando con una aportación de 120 pesetas. De nuevo en 1930, se organizó una campaña con el objetivo de sensibilizar a los fieles para que colaboraran económicamente al sostenimiento de las iglesias pobres de la diócesis, a la vista de la reducción de las dotaciones oficiales del gobierno de la nación, lo que abocaba a una crítica situa­ ción del clero que las asistía. Incluso se llegaba a no poder atender las necesidades más perentorias, ni tampoco realizar las obras de fábrica de los edificios o la renovación de los ornamentos sagrados deteriorados. Para efectuar la coordinación de esta colecta, en el arciprestazgo se nombró delegado al párroco de Buiza Prudencio Gutiérrez Belzuz (Fig. 9.21), llevándola a cabo, con gran éxito recau­ datorio, el día 15 de agosto, a pesar de que desde diversos ámbitos se había lanzado una solapada campaña contra la Iglesia y los curas, tratándolos de peseteros. El feliz resultado de esta cuestación se vio acompañado por la participación de bastantes visitantes foráneos, procedentes principalmente de la vecina región asturiana, que mantenían su concurrencia con cierta asiduidad por estas tierras en la temporada estival con la intención de descansar de sus trabajos, beneficiarse del buen clima o recuperarse de sus dolencias pulmonares.

Figura 9.21.- Datos de D. Prudencio, párroco de Buiza, recogidos en el fichero del clero diocesano (Archivo Capitular de Oviedo).

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GRAVES MOMENTOS DE CONVULSIÓN Y ZOZOBRA El ambiente anticlerical que se venía gestando en España empieza a manifestarse cada vez más virulento desde 1932, momento a partir del cual las decisiones políticas conducen a ser excluida la Iglesia de la vida pública, lo cual genera una gran conmoción entre los clérigos y la jerarquía que llega incluso a realizar una declaración colectiva de todo el episcopado pidiendo al gobierno de la nación el derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión. Pero la situación más gravosa tiene lugar cuando los templos, edificios, ornamentos, joyas, cuadros, imágenes, telas y demás objetos de culto, son declarados propiedad pública nacional, lo que es considerado como una verdadera usurpación por parte del Estado. Ante tal circunstancia, desde el obispado ovetense se demanda de los párrocos de Gordón, y de los restantes arciprestazgos de la diócesis, la elaboración con urgencia de un inventario de las Iglesias y bienes de su competencia, al mismo tiempo que un padrón parroquial “de almas confiadas a sus vigilantes desvelos”. Para animar a los fieles, el obispo de Oviedo tomó la iniciativa de enviar una carta pastoral bajo el título Por la fe y el clero, remitida a través del Boletín Oficial Eclesiástico, demandando perseverancia y fortaleza ante los momentos difíciles que se avecinaban, aunque en este enclave leonés apenas si existían circunstancias que vaticinaran mayores dificultades. Se adelantaba así a la impactante promulgación por el papa Pio XI (1922-1939) de la encíclica Dilectissima Nobis que hacía referencia a la injusta situación creada a la Iglesia Católica en nuestro país, denunciando de forma simultánea el laicismo de los gobernantes y las medidas confiscatorias tomadas. Solicita de los militantes españoles unión en la defensa de la fe y que se sumaran al movimiento de la Acción Católica18, de manera que “promuevan con todas sus fuerzas la enseñanza religiosa y la práctica de la vida cristiana, tanto por parte de los sacerdotes como de las familias”. Así fue como la vida pacífica con la que se vi­ nieron desarrollando los acontecimientos desde prin­ cipios de esta centuria vigésima, quedó bruscamente interrumpida durante los trágicos procesos revolucio­ narios de octubre de 1934, que aunque mostraron su mayor virulencia y gravedad en Asturias, tuvieron también sus repercusiones en las zonas mineras de la montaña leonesa con algunos atentados provocados por grupos anarquistas en vías de comunicación y en el cuartel de la Guardia Civil de Santa Lucía. Tal cir­ cunstancia ocurrió cuando el obispo Juan Bautista Luis y Pérez, que ya había estado en Gordón de Santa Visita Pastoral en 1926, (Fig. 9.22), se encontraba por estos términos residiendo en la planta baja de la casa rectoral del cura de La Pola Manuel Pérez Valero. con motivo de estar convaleciente de una grave enferme­ Figura 9.22.- Emblema del obispo Juan B. Luis y dad que le provocó, unos pocos meses más tarde, su Pérez, responsable de la diócesis en unos delicados fallecimiento en Madrid. No le faltaban las frecuentes momentos. visitas de los párrocos del entorno que lo acompaña­ ban en unos momentos de gran sufrimiento y limitación física que hasta le impedía subir las esca­ leras hacia el piso superior de la vivienda. A esta villa llegó asimismo el canónigo de la catedral de Oviedo Arturo Álvarez González al que le sorprendió la revolución en Cabañaquinta (Aller) y, después de andar huido por la cordillera durante seis días escondido por parajes inhóspitos, accedió a Pendilla, y de aquí prosiguió andando hasta Villasimpliz. En esta localidad fue detenido por la Benemérita al considerarlo un militante socialista prófugo y llevado a La Pola donde se identificó, siendo luego trasladado a casa del 18

Creado para la colaboración de los laicos en el apostolado jerárquico, adquiere notoriedad en nuestro país a comienzos del siglo XX con el Papa Pio X. El cardenal Aguirre ya había establecido, en enero de 1910, las “Normas de la Acción Católica y Social

en España”, dando un gran impulso a este movimiento eclesial.

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mencionado párroco con la apariencia propia de un mendigo, si bien no fueron pocos en el pueblo los que llegaron a darlo por un revolucionario. La impresión de los que permanecían en la rectoral fue inicialmente enorme y sin dar crédito al hecho, pudiendo luego asearse y recibir un traje talar, continuando acogido durante unas jornadas19, aunque dormía en el cercano Hotel Castilla-Asturias 20 Desde su habitación “llegaba a oír tiros casi todas las noches, así como comprobar la llegada desde Campomanes de muertos y heridos sin cesar de Asturias”21. Dejó igualmente constancia escrita de que en esta villa se habían dado cita muchos periodistas que seguían puntualmente las incidencias del conflicto, incluso alguno venido hasta de Nueva York. Apenas tiene lugar el nombramiento del nuevo obispo Justo A. de Echeguren y Aldama, en su breve mandato (1935-1937) trasmite a la feligresía su pesimista y angustiosa preocupación rela­ tiva a la situación del clero y las condiciones de celebración del culto, haciendo alusión a la progre­ siva falta de sacerdotes en muchas localidades lo que, según sus cartas, “conlleva a un pavoroso porvenir”. Tal circunstancia condujo a que algunas de las parroquias vacantes de este arciprestazgo (como Folledo, Nocedo, Cabornera o Llombera) tuvieran que ser puestas bajo el encargo de los párrocos de las más cercanas o llevadas por ecónomos y coadjutores (ver Apéndice n.º 2). A esto se unió el que, al ser suprimidas las dotaciones del Estado, surge, al igual que en otros momentos de la historia, la obligación por parte de los fieles de atender sus necesidades, añadidas a las del culto, seminarios, etc. Se establecieron suscripciones permanentes, por lo común mensuales, aunque fueron bastantes los feligreses de las iglesias menos dotadas que se abstuvieron de participar, colaborando sólo con sus limosnas dominicales o las que introducían en los cepillos. No faltaron en los arciprestazgos, aunque no en el de Gordón, algunos curas que tuvieron que recurrir a dedicarse a otras faenas ajenas a su ministerio para poder sobrevivir de la indigencia. La situación de máxima tensión y sufrimiento tuvo lugar con el estallido del levantamiento militar contra la II República de julio de 1936, que condujo a una desgraciada Guerra Civil con una repercusión fraticida. Algunos de los templos más notorios, como los de La Pola, Santa Lucia, Beberino, Huergas, Geras o el santuario del Buen Suceso 22, fueron ocupados por las tropas republicanas23 en lo que constituía el frente de guerra de la región asturiana y del norte de León. En el caso de la capital del municipio la iglesia parroquial se convirtió en lugar de refugio de militares, coches o tanquetas, cuando no de caballerías, sufriendo en su interior, como el resto de los lugares sacros, daños o incluso graves destrozos en sus retablos, mobiliario, campanas, imágenes y ornamentos sagrados. Por entonces, bastantes clérigos tuvieron que mantenerse escondidos para evitar situaciones de escarnio, y uno de ellos fue el párroco Manuel Pérez Valero (Fig. 9.23) que consiguió huir preci­ pitadamente de La Pola, poniendo a salvo algunos de los libros sacramentales y otros ornamentos sagrados, ocultándose en la rectoral de Buiza con su compañero en las lides pastorales Prudencio Gutiérrez, nativo de La Pola. En sus rezos conjuntos no dejaban de invocar la figura de Cristo Rey. Más graves aún, fueron los daños en la parroquial de Los Barrios, que tenía adosado el cementerio, la cual al estar localizada en una zona de intensos combates quedó totalmente en ruinas, llegando a desaparecer posteriormente, favoreciendo así, con posterioridad a la culminación de la guerra, ampliar el inmediato Campo Santo (Fig. 9.24). Tampoco fueron desdeñables los daños en la iglesia de La Vid, cuyo sacerdote Secundino Robles García tuvo que pasar escondido bastante tiempo en los sótanos de la rectoral, y donde sus valoradas imágenes de madera policromada fueron destruidas, si bien, fuera de esto, el templo no llegó a recibir grandes desperfectos en su estructura externa. 19 20 21 22 23

Junto a un familiar que acompañaba al prelado, estas dignidades estuvieron atendidos por las sobrinas del párroco Dolores y Aurora, a las que no les faltaba la ayuda de su vecina Chonina Zaldivar, por entonces en la edad juvenil. Regentado en este tiempo por Ramona Solís Suárez y Vicente García Abol. Según quedó recogido con posterioridad en el Libro de Actas (1933-1939, fols.78 a 86) del Archivo Capitular de Oviedo. La pequeña imagen de la Virgen había sido preservada al ser guardada en un saco y trasladada por una familia asturiana. Constituidas por milicianos, sindicalistas de la UGT y anarquistas de la CNT replegados muchos de ellos desde León.

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Figura 9.23.- Datos del párroco Pérez Valero recogidos en el fichero del Clero diocesano. Archivo Capitular de Oviedo.

Figura 9.24.- Cementerio actual de Los Barrios de Gordón, adyacente al cual, en 1936, se emplazaba la antigua iglesia parroquial.

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Esta zona de la montaña leonesa quedó como frente de resistencia, convirtiéndose La Pola de Gordón en el centro de operaciones de una comandancia republicana (Batallón 206) que actuó en arduos combates durante más de un año en el municipio y adyacentes, particularmente en terrenos de Geras y Cármenes, por lo que este entorno se vio sometido a constantes ofensivas de tropas nacionales, con frecuentes bombardeos. La conquista definitiva ocurrió entre el 9 y 14 de septiembre de 1937, cuando estas últimas entraron por Los Barrios y fueron tomando sucesivamente Geras (Fig. 9.25), Paradilla, Cabornera, Vega y La Pola24, para continuar hacia el norte conquistando Santa Lucia, la Vid y Villasimpliz, todo ello en medio de duros enfrentamientos hasta lograr dejar liberado todo el municipio.

Figura 9.25.- Dos instantáneas, de no muy buena calidad, de las fuerzas nacionales entrando en Geras. (Incluido en el álbum “Recuerdos fotográficos de Geras de Gordón”, cortesía de la Junta Vecinal).

Aunque en este ámbito del norte de la provincia leonesa algunos lugares de culto sufrieron los destrozos descritos, y los sacerdotes se vieron sometidos a diversos casos de amenazas de perse­ cución, escarnios y burlas, la situación no fue comparable con muchos parajes de Asturias 25. Fue particularmente acentuado en las cuencas mineras y zonas industriales, donde el hostigamiento y agresividad por motivos religiosos alcanzó unos niveles como hacía mucho tiempo no se habían dado por estas tierras de la diócesis ovetense. Todo ello significó un balance final bastante desolador, tanto desde el punto de vista humano, como de los edificios religiosos (templos, monasterios, colegios, etc.) algunos de los cuales quedaron al final del conflicto total o parcialmente inutilizados. Y con todo, lo más lastimoso a que se llegó con este conflicto entre conciudadanos fueron los daños personales, incluso entre miembros de una misma familia, tanto por los muchos hechos trágicos en los dos bandos, como de los resentimientos o venganzas que se llegaron a generar. Por tal motivo las consecuencias de estas rivalidades perduraron durante muchos años en las localidades del dominio gordonés e, incluso aún hoy, no han dejado de borrarse de la memoria de muchas familias. 24 25

Localidad que fue parcialmente incendiada antes de ser abandonada. La consecuencia fue que, en la totalidad de la diócesis, se hubieran producido hasta 116 sacerdotes asesinados, amén de otros monjes, seminaristas y miembros seglares adscritos a la Acción Católica, así como simples simpatizantes de la Iglesia.

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Y AL DESPERTAR ME SACIARÉ DE TU SEMBLANTE Después de tantas jornadas de pesadilla, angustia y aprieto, la entrada y conquista de los enclaves del municipio de Gordón por las topas nacionales significó un gran alivio para los clérigos y feligreses comprometidos, todavía desconcertados de todo lo que había ocurrido, sobremanera por las funestas consecuencias de ver muchos vecinos fallecidos o hechos prisioneros, los que fueron sus lugares religiosos de referencia casi devastados, al tiempo de confirmar los odios que se produjeron entre el vecindario en tan poco espacio de tiempo. No faltaron posteriores actitudes de represión, revancha y acusaciones por parte de no pocas personas, que condujeron a la humillación de bastantes ciudadanos. Localidades como Beberino o Vega fueron testigo de situaciones poco edificantes, en este sentido, hacia los derrotados.

Figura 9.26.- Capilla de san Roque en Los Barrios de Gordón, Se puede observar el predominio de sillares de caliza de tonalidad pardo-amarillenta.

Con prontitud los párrocos de los diferentes pueblos tuvieron que hacer frente a la situación y, aunque en medio de una absoluta precariedad, reanudar las actividades pastorales y programar los planes de recuperación de los lugares sagrados. Contaron desde un primer momento con la ayuda desinteresada de todo el vecindario fiel del concejo que, igual que siempre suele ocurrir, se crece ante las adversidades, así como de los principales grupos de cofrades y asociaciones religiosas. De esta manera sucedió en La Pola donde para ir reponiendo las imágenes las devotas de las Hijas de 244


María, dirigidas por Carmen Pérez Uriarte, participaron en la adquisición de una Inmaculada Concepción, cuyo coste ascendió a 1.139 pta., llegando incluso a organizar funciones de teatro para obtener donativos. De la misma forma, mientras se reparaban los daños del templo, se utilizaron durante cerca de un año los bajos de la vivienda familiar de los Lombas, cuya nave-almacén se convirtió en un improvisado lugar de culto. A este movimiento vecinal se sumó el apoyo de las instituciones recién instauradas por los triunfadores, los cuales establecieron, una vez derrotado el régimen republicano, una más que estrecha colaboración con la Iglesia Católica26. Merced a los grandes destrozos generados en la vecina localidad de Los Barrios tuvo que habilitarse la capilla de san Roque (Fig. 9.26) destinándola durante bastantes años como lugar para las celebraciones religiosas y emplazando en su altar mayor la venerada imagen de la Virgen del Carmen (Fig. 9.27). Otro tanto sucedió a lo largo de tres lustros con la de San Antonio en Buiza.

Figura 9.27.- Altar de la capilla de san Roque en Los Barrios de Gordón, presidido por la Virgen del Carmen y mostrando detrás de la imagen la parte central del retablo con la pintura del Crucificado y dos santos monjes a los lados. (Cortesía de Antonio Sabugal Jiménez)

Mientras tanto, en la localidad de Los Barrios se trataba de buscar el emplazamiento ade­ cuado para edificar la nueva iglesia parroquial, dado lo ajustado que resultaba acoger a tantos feli­ greses que acudían a los actos litúrgicos en la citada capilla, considerando años después como el lu­ gar más oportuno para edificar la zona inmediata a las recién construidas escuelas, levantadas por Regiones Devastadas (Fig. 9.28). No obstante, las múltiples gestiones del párroco encargado Ma­ nuel Pérez Valero para llevar a cabo este nuevo edificio religioso, parecían no conseguir los resulta­ dos apetecidos ante la reiterada respuesta de la diócesis aduciendo la carencia de suficientes disponibilidades económicas como para atender a tantos lugares sagrados en sus reparaciones. Puesto que existía un lugar de culto, aunque modesto, no se justificaba la urgencia. 26

Se llegó a considerar la campaña militar como una Cruzada, a la vez que al sistema político que surge se le vino a definir como el Nacional-catolicismo.

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Figura 9.28.- Solar en el que se edificó el nuevo conjunto parroquial de Los Barrios de Gordón (Foto cortesía de Antonio Sabugal Jiménez, tomada en un día festivo).

Muchas de las imágenes que habían sido destruidas o gravemente dañadas tuvieron que ser restituidas, adquiriéndose varias de ellas por suscripción popular o siendo donadas por personas devotas. Así sucedió, por ejemplo, en la capilla de los santos Mártires de El Millar que fueron generosamente donadas por el doctor Álvarez Miranda27 (Fig. 8.29). Los frecuentes legados de este tiempo incluyeron hasta las campanas de algunas iglesias, como sucedió en Geras con las regaladas, en 1940, por Enrique y Antolina García, recién regresados de Méjico.

Figura 9.29.- Imágenes de san Mateo, san Fabián y san Sebastián de gran devoción en la capilla de El Millar.

27 Según comentario oral del actual párroco de Huergas, D. Marcial Álvarez.

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Simultáneamente, también se pusieron en marcha otras actividades civiles, entre ellas la apertura del curso escolar, ante el cual los clérigos recibieron a finales de 1937 la instrucción del obispado de entronizar los crucifijos en las aulas, que habían sido retirados y profanados en la etapa anterior. Tenía la finalidad este acto, como recoge el Boletín Oficial Eclesiástico, de “convertir la escuela en creyente y cristiana, dejando de ser anti-religiosa y atea”. A partir de entonces se exaltan en las clases los valores patrióticos aportados desde siempre por la religión a lo largo de la historia considerando que “España, como nación, es hija de la Iglesia”. Además los curas debían de responsabilizarse de vigilar que a todos los alumnos de las escuelas públicas se les enseñase con veracidad el Catecismo, procurando mantener una estrecha y fructífera relación con los maestros. En la mayoría de las parroquias tienen lugar en este tiempo actos de desagravio y manifestaciones religiosas de acción de gracias a Dios por la pacificación de la zona con creciente asistencia de la feligresía. Destacó, sobre manera, la ocurrida en 1938 cuando se volvió a reabrir el santuario del Buen Suceso después de que, como relata el citado Boletín 28, “había sido totalmente destruido por los rojos, pero el celo y entusiasmo del Párroco y los vecinos fue tan grande, que se volvió a abrir al culto el 23 de agosto con asistencia de buen número de sacerdotes y multitud de fieles”. Posteriormente, entre el día 25 y el 2 de setiembre, se celebró una concurrida novena en la que predicó el monje capuchino de León Javier de Valladolid. Dos días después de culminar, se organizó una imponente peregrinación de penitencia al santuario en la que participaron los 17 pueblos del Ayuntamiento de La Pola de Gordón y 7 de los de La Robla, con sus respectivos párrocos, con Cruz alzada, pendones y estandartes. Se celebró una gran misa de campaña en la explanada anexa al templo, cantada por la capilla de la catedral de León. Al finalizar, intervino el alcalde de La Pola Angel Gutierrez Diez que presidía la corporación en pleno, el cual ”tras una solemne y emocionada profesión de fe de toda la comarca, leyó el acta por la cual el Ayuntamiento declara a la Virgen como Patrona del Concejo en medio de cantos de gloria a María”. Finalizaron los actos religiosos con una emocionante Salve Popular entonada por toda la muchedumbre, siendo preludio de una alegre jornada de romería con las familias dispersas por las praderías del entorno. No había pasado ni un año, cuando, el 14 de mayo se volvió a celebrar en este santuario ma­ riano con motivo del mes de las flores, una solemne función religiosa a la que asistieron centenares de peregrinos del municipio, colocando un artístico altar fuera del templo, donde se emplazó un trono para la Virgen que había sido bajada en procesión desde La Pola. En él se celebró una misa oficiada por el párroco de Huergas y capellán de esta ermita Julián Quiñones, en la que participó un coro femenino constituido por voces de la capital y de Santa Lucía. De nuevo predicó el Padre Javier de Valla­ dolid que enfervorizó a los asistentes con sus pláticas. Siguiendo el mismo espíritu, se celebraron en Santa Lucía, con gran expectación y afluencia desde el día 8 de noviembre de 1939, unas Santas Misiones que duraron cuatro días, dirigidas por los padres jesuitas La­ mamié de Clairac, Hidalgo y Céspedes, en las que 29 parti­ ciparon muchos mineros. Hubo momentos y ceremonias acogidos con gran devoción como la Hora Santa, el acto de reparación al Sagrado Corazón de Jesús y, sobre todo, la solemne santa misa presidida por el obispo de Oviedo Manuel Arce Ochotorena (1938-1944). Este activo prelado (Fig.9.30) sentía una gran predilección por los trabajadores de la mina, con los que ya había tenido varios encuentros en las cuencas hulleras Figura 9.30.- Obispo Manuel Arce Ochotorena asturianas, hasta el extremo que se le conoció como el 28 29

Boletín Oficial Eclesiástico (n.º 16, p. 483-4) Como recoge el Boletín Oficial Eclesiástico (n.º 19, p. 262-3)

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padre de los mineros, no cesando de invitarles encarecidamente a la reconciliación. Terminada la Misión se hizo una gran fiesta popular, departiendo con gran confianza con ellos y sus familias, al mismo tiempo que con los sacerdotes del arciprestazgo presentes. Gran aceptación alcanzó, de nuevo, una visita posterior a este ámbito, en setiembre de 1941, muy en particular al acercarse también a los mineros de Llombera, localidad que por entonces alcanzaba un gran impulso con un nivel de pobla­ ción cercano a los 500 habitantes. Además, fueron tan numerosas las confirmaciones de fieles en el municipio que, en una parroquia tan alejada como la de Folledo, recibieron el sacramento 79 feligre­ ses, la mayoría jóvenes y niños. En medio de tantas dificultades como se habían tenido que sobrepasar y que aún perdura­ ban, empezaba a vislumbrarse para muchos católi­ cos de este entorno un tiempo de esperanza recibi­ do con un cierto ansia de llenarse de una espiritua­ lidad que poco antes se había visto amenazada o de la que las corrientes materialistas vinieron a en­ friar. Pero a estas alegrías se sumaron nuevas in­ certidumbres, ante las noticias que llegaban de Eu­ ropa de una nueva conflagración internacional que llevó a hacer proclamar al papa Pio XII (Fig. 9.31) que “las páginas más sangrientas de la historia pa­ lidecen ante los horrores de estos momentos”. Así Figura 9.31.- Papa Pio XII (1939-1958) con la tiara mismo, los prelados ovetenses Arce Ochotorena y sobre su cabeza. Benjamín de Arriba y Castro (1944-1949), no de­ jaron de solicitar de los fieles oraciones y peniten­ cias por la paz, así como de demandar aportaciones de limosnas para los afectados por la guerra.

LA RELIGIÓN POR DOQUIER En la década de los años cuarenta la vida religiosa lo llegó a impregnar todo, de manera que poco a poco tanto la vida familiar, como la social, la política o, incluso, la lúdico-festiva, se vio inundada de la influencia cristiana, estando la Iglesia presente en casi todas las actividades de las gentes y los pueblos, cuyos párrocos vienen a alcanzar un papel predominante, cuando no excesivamente influyente o de dominio. Las recién constituidas hermandades de Acción Católica30, junto con las cofradías y asociaciones de carácter religioso que habían tenido una gran presencia en varios pueblos, vuelven a alcanzar un gran relieve participando, además en todos los actos ceremoniales o estatutarios propios, como la organización y asistencia a las procesiones, cultos, novenarios o en las fiestas locales dedicadas a Cristo, la Virgen o al santo patrón de la parroquia o ermita. Este impulso favoreció que, por ejemplo en La Pola, el numero de devotas de la Asociación de las hijas de María Inmaculada alcanzara, en 1943, la cifra máxima de 84, desarrollando una gran actividad. En las principales localidades del municipio, era difícil el mes en el que los grupos creados y la gran mayoría de los fieles no tuvieran algún acto litúrgico de relevancia en el que participaran en mayor o menor medida, empezando por los tiempos de Navidad y Semana Santa, que eran los momentos 30

Cuya fiesta propia era la del Sagrado Corazón.

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álgidos, y continuando por la multitud de encuentros religiosos que se celebraban, como el mes de María o de las flores (mayo); el del Rosario (octubre); Sagrado Corazón de Jesús (junio); Primeros viernes de mes; Nuestra Señora de los Dolores; san Isidro; Inmaculada Concepción (primera semana de diciembre); Corpus Cristi; novena del Buen Suceso; la Candelaria (febrero); Cristo Rey; a la vez que las celebraciones propias de la festividad de cada pueblo celebradas mayoritariamente en el verano, como desde siglos atrás. Desde el obispado se instaba vivamente a los párrocos para que cuidaran al máximo la litur­ gia de forma que alcanzase gran brillantez y motivos de devoción, además de vigilar su comporta­ miento moral para no provocar situaciones que pudieran resultar escandalosas o que dieran lugar a confusión y comentarios negativos entre sus feligreses. Se les recomendaba no estar presentes en espectáculos públicos y fiestas profanas con vistas a “evitar verse contaminados por influencias aje­ nas a la religión y dar ejemplo de su misión”. Para el mantenimiento de su fidelidad religiosa, los curas de Gordón debían de seguir yendo a Oviedo para recibir los ejercicios espirituales, ahora al recién inaugurado Seminario metropolitano. El arcipreste de esta zona tenía la imperiosa obligación de visitar una vez al año todas las parroquias controlando, según un formulario preestablecido, el número de vecinos inscritos, aquellos que estaban obligados al cumplimiento pascual y a acudir a la Santa Misa dominical, advirtiendo a los curas que debían amonestar a los que no cumplen. Al mismo tiempo, formaba parte de su misión informarse por los libros oficiales de los nacimientos, matrimonios y defunciones, cuyas cifras debían de trasmitir al obispado para elaborar las estadísticas anuales de la diócesis. Para motivar a los que habían sido más reticentes con la Iglesia y que ahora regresaban, me­ dio obligados por las circunstancias y el ambiente religioso que lo invadía todo, los sacerdotes no dejaban de incidir en lo importante que era la Santificación de las fiestas y las consecuencias que te­ nía frente al pecado su inobservancia, en especial la no asistencia a la misa dominical. No faltaron algunos cristianos de entonces que adquirieron una equivocada y poco consistente visión de la vida religiosa fundamentada sobre todo en actitudes de temor de Dios más que de amor; de religiosidad natural, mas que de fe sincera; de cumplimiento31 y figurar, frente a la entrega generosa y gratuita. A todo esto se unía la gran gran cantidad de jornadas en las que la diócesis, continuando con la costumbre establecida antes del conflicto bélico nacional, mandaba realizar colectas con vistas a conseguir recaudaciones para ayudar a tantas necesidades que se le planteaban. En muchas de ellas, a parte de los clérigos, participaba el pueblo llano con una modesta aportación, pues las circunstan­ cias económicas no daban para más. Se fue progresivamente estableciendo tanto el día del Papa, como el día del Seminario, el día del Catecismo, el día de la Prensa Católica, o la jornada para la Propagación de la fe32. En casi todas, en distinta cuantía como se indicó, había colaboración de los feligreses (Tabla XVI) e, incluso, llegaban a dar generosas dotaciones las instituciones civiles, que solían disponer de partidas presupuestarias destinadas a la colaboración con los fines de la Iglesia. Tampoco dejaban de contribuir las empresas y comercios de la zona, muy en particular la Hullera Vasco Leonesa, cuyas dadivosas entregas figuraban entre las más señaladas de todo el norte de León. A estas aportaciones se añadía el tener que seguir haciéndose cargo cada cabeza de familia del abono de la Santa Bula, cuya cuantía era diferente según el nivel de ingresos. En el arciprestazgo de Gordón lo común era corresponder anualmente con una peseta por cada miembro mayor de edad, y otro tanto por el sumario de ayuno y abstinencia, para los que optaran por disponer de esta prerrogativa. Idéntica cantidad se tributaba por un difunto y seguía siendo común que, ante el fallecimiento de una persona y durante el velatorio que se realizaba en su domicilio particular, junto con la cruz se continuara colocando el documento de pago de esta dispensa. 31 32

Para estos parroquianos se establecía el comentario popular de “cumplo y miento”. Germen de lo que años más tarde se conoció como día del Domund.

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Tabla XVI.- Aportaciones en alguna de las principales colectas de las diferentes parroquias. Parroquia

Día del Seminario (año 1940)

Propagación de la fe (año 1946)

Santa Lucia

49

pesetas

162

pesetas

La Pola de Gordón

25

''

120

''

Geras

27

''

67

''

Huergas- Llombera

30

''

73

''

Ciñera

15

''

-

''

Villasimpliz

30

''

15

''

Buiza-Folledo

9

''

64

''

Beberino-Vega

10

''

52

''

Cabornera-Paradilla

5

''

10

''

Los Barrios de Gordón

8

''

15

''

Nocedo

5

''

9

''

Peredilla

6

''

13

''

Fuente: Boletín Estadístico Eclesiástico de la diócesis de Oviedo

La intensidad religiosa del momento se puso de manifiesto durante una nueva visita pastoral del obispo Arce Ochotorena, acompañado del vicario de Benavente, los días 3 y 4 de septiembre de 1941, recorriendo en la primera jornada Buiza y Geras y, en la siguiente, La Pola por la mañana y durante la tarde el santuario del Buen Suceso, donde impartió el Sacramento de la Confirmación a un grupo de 187 chicas y chicos, actuando de padrinos José Calleja y Concepción Suarez. Otro tanto sucedió con la celebración de la Santas Misiones en La Pola de Gordón desarro­ lladas del 20 al 29 de setiembre de 1941, y que fueron dirigidas por los padres jesuitas Cantero y Gutiérrez, una vez se hubo terminado el arreglo del templo con gran esfuerzo y dedicación del ve ­ cindario. Para entonces, también estaba instalado un sencillo y provisional altar en el frontal la Iglesia de Santa Lucía, colocando diversas imágenes sobre estanterías, así como otras hornacinas en los laterales en las que se situó, entre otras, un antiguo san Roque en madera policromada del siglo XIV (Fig. 9. 32) que probablemente procedía, en origen, de la desaparecida ermita de san Miguel. Dos meses más tarde tuvo lugar la inauguración provisional en esta iglesia parroquial de Santa Lucia del nuevo altar, con gran solemnidad y una masiva afluencia de fieles, en cuyo centro destacaba una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa (Fig. 9.33) donada por Gloria Sánchez, esposa del director de la S.A. Hullera Vasco-Leonesa 33 acompañada de sendos cuadros del Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María (Fig. 9.34), así como otras imágenes recuperadas del templo precedente. Con motivo de este acontecimiento se celebró un triduo predicado por el padre Hidalgo, de la Compañía de Jesús. Junto con la Virgen, se bendijo el retablo “debido al celo y generosidad inagotables del señor Manzanares”. Esto no fue lo último, sino que coincidiendo con estos actos se organizó bajo los auspicios del mentado prelado, el domingo 30 de noviembre, la Asociación de la Medalla Milagrosa, a la que se incorporaron muchas devotas, a la vez de bendecir e imponer las bandas34 y medallas antes de la misa de comunión, en la que un coro de chicas de la parroquia interpretó diversos motetes. 33 34

Bol. Oficial Eclesiástico, 1941, n.º22, p. 67. Según el grado de permanencia y crecimiento en la asociación (ángeles, aspirantes, mensajeras e Hijas de María) estas eran de diferentes colores, siendo también de mayor tamaño la medalla.

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Figura 9.32.- Imagen de san Roque, antes y después de su reciente restauración, situada en el lateral de la iglesia de Santa Lucía. (Foto de la izquierda tomada de La Voz de Gordón).

Figura 9. 33.- Imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, en la iglesia de Santa Lucía.

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Figura 9. 34.- Cuadros con los Sagrados Corazones de María y de Jesús, instalados hoy en día en la sacristía de la iglesia de Santa Lucía.

Todavía en esta localidad minera, se llevó a cabo, en el otoño de 1943, la inauguración de la Casa Rectoral, reconstruida por Regiones Devastadas sobre las ruinas del anterior edificio destruido durante la pasada guerra. A ella se adosó un inmueble destinado a la muy activa, por entonces, Acción Católica (Fig. 9.35) siguiendo las indicaciones de su párroco Ramón Morán Alonso, que se mostraba impaciente por ver terminado el nuevo templo. En esta misma anualidad también se había iniciado, en el mes de julio, la reparación integral de la antigua Casa Rectoral de La Vid que permanecía en estado ruinoso, después del visto bueno del obispo de León Carmelo Ballester Nieto. Bajo la dirección de su párroco Antonino Hernández, contó con la desinteresada colaboración económica de casi todo el vecindario, ademas de diversos profesionales de la construcción que ayudaron en los trabajos de ejecución, junto con el apoyo técnico del Capataz de Minas Pedro Espeso. Por este mismo tiempo, en la parroquia de san Juan de La Vid, tuvo lugar la celebración de una Santa Misión organizada desde la diócesis de León, después de que desde tiempo inmemorial no hubiese habido un suceso de esta naturaleza. Se desarrolló a lo largo de diez días, predicando los padres Capuchinos Segismundo de Santibáñez y Marcelino de Montejos, que consiguieron mantener la atención constante de los asistentes con sus sermones, pláticas y rezos, acudiendo a ellos muchas familias al completo. Los actos penitenciales y la procesión del Rosario de la Aurora tuvieron una amplia participación de fieles, venidos muchos desde Ciñera y Villasimpliz, culminando con la postrera celebración eucarística, vivida en medio de una gran devoción. Como todos estos encuentros misionales, constituyeron momentos trascendentes en la vida religiosa de los pueblos y el de La Vid no se quedó corto, permaneciendo durante muchos años en la memoria de la mayoría de los asistentes. 252


Figura 9. 35.- Casa rectoral y antiguo centro de reuniones de los miembros de Acción Católica, que luce una imagen de Santa Lucía sobre cerámica en su fachada norte.

En el verano del año siguiente el obispo Benjamín de Arriba y Castro (Fig. 9.36) vino a Gor­ dón para bendecir, el día 27 de agosto fecha de su inauguración, la Casa infantil Covadonga (Fig. 9.37) y su capilla35, promocionadas por la Diputación provincial y la Caja de Ahorros de Asturias. Representó otro brillante acto presidido por importantes au­ toridades civiles del momento en medio de un luminoso día estival, constituyendo además un verdadero acontecimiento para la capital del municipio que su alcalde Ángel Gutiérrez Diez y su vecindario se encargaron de engalanar. A las once, se celebró la Santa Misa oficiada por el recién nombrado ca­ pellán de dicha residencia padre Menéndez, rindiendo luego el prelado homenaje a los promotores por haber tenido “una iniciativa tan cristiana, en la que se ha de practicar la obra de misericordia para la que ha sido fundada de atender a los niños más necesitados de salud y alegría”. Todavía esta dig­ nidad habría de regresar a La Pola el 7 de junio del siguiente año, con el fin de entronizar una imagen de la Virgen de Co­ vadonga en este centro asistencial, celebrando previamente una misa en el templo parroquial durante la cual fue bendeci­ Figura 9.36.- Retrato del obispo Benjamín da, siendo posteriormente trasladada en procesión, atravesan­ Arriba y Castro. do la embellecida calle principal del pueblo, hasta el popularmente conocido como Preventorio. 35 Datos y detalles sobre la realización de este proyecto de obra e inauguración de este centro asistencial pueden consultarse en un artículo del autor de este libro, publicado en la web Comarca de Gordón (apartado Apuntes para la Historia de Gordón, Casa Infantil Covadonga), con el título “Apuntes sobre la construcción de la Casa infantil Covadonga”.

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Figura 9.37.- La Casa infantil Covadonga en una panorámica obtenida durante el momento de su inauguración.

Al frente del cuidado de niños y niñas internados estuvieron monjas de la congregación de las Hermanas de la Caridad, que no solo atendían sus necesidades materiales y corporales, sino que velaban por su formación religiosa, instruyéndolos en la enseñanza del catecismo a todos aquellos que estaban en edad de celebrar la Primera Comunión, siendo bastantes los que la realizaron en la capilla de este centro asistencial y de convivencia. La misa dominical era obligatoria, siendo extremadamente celosas en que guardaran el máximo respeto y compostura durante la ceremonia, corrigiendo con rigor a los que así no lo hicieran. También estaba a la orden del día la realización de charlas de contenido religioso que las monjas aprovechaban para relatar la vida y milagros de algún santo que otro, así como ensalzar con cánticos a la Virgen de Covadonga. Pero la presencia de este prelado por estas tierras no acabó aquí, puesto que, el 28 de julio de 1946, asistió a la solemne bendición e inauguración definitiva del remozado templo parroquial de Santa Lucía (Fig. 9.38) levantado por Regiones Devastadas sobre las ruinas del precedente, que había sido parcialmente destruido durante la reciente guerra. Fueron sustituidos36 “todos los objetos de culto, destacando por su belleza el Via Crucis, el retablo, nueve imágenes y un Cristo (llamado de la Victoria) de gran tamaño. A su vez se estrenaron los ornamentos sagrados, una magnifica alfombra, una araña de bronce, candelabros, etc. adquiridos gracias al desprendimiento de las empresas mineras, las limosnas de los fieles y las donaciones de personas piadosas en otro tiempo vecinos de la localidad”. En el exterior llamaba poderosamente la atención un hermoso reloj de carillón, además de una alegoría dedicada a Santa Lucía en el frontal del pórtico. Se ofició una concurrida y solemne Misa de Pontifical presidida por el vicario apostólico de San León de las Amazonas (Iquitos, Perú) fray José García Pulgar, ilustre hijo del no muy lejano pueblo de Pajares, acompañado por el obispo de Oviedo, el párroco de la localidad Ramón Morán Alonso y otros sacerdotes de distintos pueblos del arciprestazgo. Pronunció un muy emocionado y 36

Como relata el Boletín Oficial Eclesiástico (n.º 16, pp. 473-4).

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Figura 9. 38.- El templo parroquial de Santa Lucía, dotado en su fachada de un bello pórtico con arco ojival y una esbelta torre.

emotivo sermón el canónigo magistral de Covadonga, también natural de este pueblo minero, Ma­ nuel García García, del que solo salieron expresiones de agradecimiento y bendición a Dios, llegan­ do a conmover por la emoción que le inundaba tanto a los dignatarios como a la mayoría de los asistentes. El coro parroquial interpretó durante la ceremonia diversos cánticos, estando acompaña­ do en esta ocasión de una orquesta. De este acto solemne perduró un cuadro conmemorativo conser­ vado en la Sacristía (Fig. 9. 39). 255


Figura 9.39.- Cuadro que recuerda la fecha de inauguración del templo de Santa Lucía, preservado en la sacristía.

La inquietud por recuperar el esplendor de los templos y lugares de culto, después de tantos destrozos, condujo a efectuar, en 1947, una gran suscripción promovida por el capellán y los cofrades de la Asociación del Buen Suceso, que permitió lograr una importante cantidad de dinero que ayudó a dotar al santuario de una nueva y mayor imagen de la Virgen (Fig. 9.40), con sus ornamentos, a la vez que la cruz y ciriales, incensario, casullas, libros litúrgicos, etc. Pero, sobre todo, favoreció la adquisición de un bello retablo de madera de castaño, de estilo neoclásico, colocado y bendecido con gran expectación durante el novenario celebrado el verano del Año Mariano de 1950. Además de la nueva imagen de Nuestra Señora, en sendas hornacinas laterales se colocaron otras del Sagrado Corazón de Jesús y san José con el Niño, mientras que en la parte culminante figura un Cristo Crucificado. Talladas en madera aparecen, bordeando el hueco central, escenas relativas a los principales momentos evangélicos de María relacionados con la encarnación y nacimiento de Cristo (Fig. 9.41). En el momento de su bendición el altar estaba adosado al retablo y bajo el Sagrario, puesto que la Eucaristía todavía se mantenía celebrando con el sacerdote de espaldas al pueblo, contando con un púlpito desde el que se pronunciaban las vibrantes pláticas, en especial las del novenario, que por esta época tanto encendían al auditorio.

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Figura 9. 40.- La muy venerada imagen de la Virgen del Buen Suceso, patrona de Gord贸n, que se exhibe en el altar mayor del santuario.

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Figura 9. 41.- Retablo, en su estado actual, del santuario del Buen Suceso

Por si no fueran suficientes todas las actuaciones precedentes, los feligreses de la parroquia de Santa Luc铆a recibieron, en 1950, la ayuda espiritual que representaba la celebraci贸n de una nueva 258


Misión popular, realizada entre el 26 de noviembre y el 4 de diciembre, predicada por los padres Eladio de Cegoñal y Olegario de Cifuentes. Alcanzó un gran éxito de afluencia, en particular el acto final con una misa cantada, con la participación de cerca de 800 personas, pudiendo acudir muchos mineros al coincidir con el día de santa Bárbara, su patrona. Pocos días antes del inicio de estas jornadas había tenido lugar en La Pola de Gordón otra solemne misa de acción de gracias al haber sido proclamado el primero de noviembre, por el papa Pio XII, el dogma de la Asunción de Nuestra Señora, a cuya festividad estaba incorporada desde hacía más de un siglo, como ya se dejó constancia, la parroquia de este lugar. Para tal acto, la iglesia se vio enlucida con dos cuadros de la escuela flamenca donados por la familia Chacon 37 y que se situaron en ambos laterales del altar mayor. Era este otro claro ejemplo de las variadas donaciones hechas por esta época a los templos de la zona, entre los que también podría reseñarse la realizada por el matrimonio Francisco Benavides y Dolores Cañedo, aportando en agosto de 1947, a los restaurados retablos de la iglesia de La Vid, donde ya se habían repuesto todas sus imágenes, un cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe (Fig. 9.42).

Figura 9. 42.- Altar mayor y retablo de la iglesia parroquial de La Vid. A la derecha cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe.

NO TODO CONDUCE A SU FINAL En la década de los años cincuenta, Gordón sigue manteniendo una importante actividad en razón del desarrollo minero, complementado con la ganadería y el cultivo de las fértiles vegas del rio Bernesga, y sus afluentes Casares y Los Barrios. Pero es entonces cuando las gentes de Asturias empiezan a descubrir en su máximo esplendor las bondades de su climatología, la belleza de sus paisajes y la calidad de los productos alimenticios autóctonos. Empieza así una nueva “peregrinación” pero esta vez a la inversa, en vez de León a Oviedo, parte desde las comarcas asturianas hacia la montaña leonesa, resultando ser el ferrocarril el medio favorecedor de tal trasiego. Todo ello conduce al progresivo incremento de un naciente fenómeno sociológico de esta época, “el veraneo”, que da lugar a que se establezcan nuevos lazos de amistad mutua, una de cuyas 37 Esta familia regentaba la farmacia del pueblo.

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consecuencias es el enriquecimiento de las fiestas patronales de los pueblos en las que pronto empiezan a participar los visitantes, favoreciendo su engrandecimiento. Por este motivo, las Vírgenes de Covadonga –entronizada en la Casa Infantil de La Pola – y de Buen Suceso empiezan a festejarse con cierta simultaneidad como muestra del hermanamiento que se venía produciendo entre los forasteros y sus receptores. Las fiestas tradicionales de los pueblos (Tabla XVII) mantenían en este periodo de posguerra una gran pujanza, sin llegar a perder su arraigo, con unos concurridos actos religiosos y profanos donde era común la participación del tamboril y la dulzaina, así como espontáneos grupos de danzantes. Los párrocos se esmeraban en organizar los cultos con el máximo detalle, adornando los templos con vistosas flores, revistiendo a los monaguillos con sus faldones rojos con blusa blanca bordeada de puntillas, organizando coros juveniles que acompañaran la liturgia y proclamando emotivos sermones que elevaran el ánimo espiritual de los oyentes. Las campanas no dejaban de repicar para que todo el pueblo concurriese a la iglesia o ermita en la que tuviera lugar el ceremonial, no faltando a la cita un gran número de pobres (muchos mutilados), sobre todo en las festividades más concurridas, repartidos a lo largo de la carretera o de los caminos, los cuales demandaban con insistencia la limosna de los asistentes. Tabla XVII.- Principales fiestas patronales de los pueblos del arciprestazgo de Gordón

LOCALIDAD

FESTIVIDAD

FECHA

La Pola de Gordón

Santo Cristo San Isidro labrador Corpus Cristi

14 de setiembre 15 de mayo Variable

Santa Lucía

Santa Lucía Santa Bárbara

13 de diciembre 4 de diciembre

Geras

Santo Cristo Cruz de Mayo Corpus Cristi San Antonio Abad

14 de setiembre 3 mayo Variable, en miércoles 17 de enero

Buen Suceso

Nuestra Sra. del Buen Suceso

1º domingo setiembre

Los Barrios

Ntra. Sra. del Carmen Ntra. Sra. del Rotellar San Antonio San Isidro labrador

16 de julio 8 de septiembre 17 de enero 15 de mayo

Cabornera

San Juan Degollado San Isidro labrador

29 de agosto 15 de mayo

Llombera

Santo Cristo San Pedro Corpus Cristi

14 de septiembre 29 de Junio Variable

Folledo

Corpus Cristi Ntra. Sra. Buen Suceso

Variable 7 de septiembre

Nocedo

La Ascensión de la Virgen

15 de agosto

Peredilla

San Torcuato

15 de mayo

Beberino

San Pedro Santiago Apóstol

29 de junio 25 de julio

Villasimpliz

San Juan Bautista San Martín

24 de junio 11 de noviembre

Vega

Nuestra Señora San Antonio

8 de septiembre 17 de enero

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Ciñera

San Miguel

29 de septiembre

Huergas y El Millar

Ntra. Sra. del Rosario Santos Mártires

7 de octubre 20 de enero

La Vid

San Lorenzo Corpus Cristi

10 de agosto Variable

Paradilla

San Isidro labrador

15 de mayo

Todo ello anunciaba el anticipo de la parte lúdica, que se realizaba tanto en el ambiente familiar con una abundante comida, como en el más popular, precedido de su anuncio con cohetes. Por esta época ya se empezaba a iluminar con bombillas de colores, bien fuera la plaza o la pradera donde su ubicaban el templete de la música para el baile y los puestos de diversión de todo tipo. En el entorno de la fiesta incluso podían a llegar a cocerse morcillas, venderse bien fueran melones y sandías, o avellanas, escabeche y cacharros de barro. No solían faltar en los pueblos con mayores posibilidades económicas, la verbena, animada por una sencilla orquesta foránea, completando el programa de festejos los fuegos artificiales, la partida de bolos, la carrera de cintas a caballo, el juego de la rana y el tiro al plato. En algunas localidades del municipio se ofrecían al santo patrono dádivas que luego eran objeto de una subasta, colmando la expectación de muchos vecinos que en ella participaban. Así su­ cedía, por ejemplo, en la festividad de san Antón en Los Barrios, en la que se aportaban partes de los animales (cerdos, cabritos o castrones) u otros productos del campo, que posteriormente se veían sometidos a una puja por parte de “el tío Juan Manuel” (apodado “el rojín”), entregándolo al mejor postor con la expresión: ¡Qué buen, qué rebuén, que provecho le haga al que lo tiene puesto! Nadie que haya habitado durante muchos años en Gordón sin dejar de asistir a la mayoría de las fiestas de estos pueblos y participado en sus tradicionales procesiones –bien activamente o a modo de espectador–, podrá hacer desmerecer el ancestral sabor popular y el gran valor etnográfico y tradicional que conservaban38. En efecto, algunas de ellas contaban entonces con un gran arraigo secular, bien fueran las del Carmen, en Los Barrios (Figs. 9.43 y 9.44); la de Nuestra Señora, en Buiza; o las del Cristo, en Llombera o Geras, las cuales alcanzaban su máxima expresión allá por los años cuarenta y cincuenta de este siglo XX. Y esto solo es una referencia de los pueblos que por entonces podían considerarse más apar­ tados de la carretera nacional y, por ello, con peores comunicaciones. Sin duda que del resto de las localidades, con más fáciles accesos, podría hacerse similar reconocimiento.¡Sobre manera, de todo lo que rodeaba a la monumental romería del Buen Suceso, símbolo, por esas fechas, de lo que significaba una convocatoria y participación multitudinaria de toda una comarca! Iba precedida esta festividad de una concurrida novena a la que los devotos, mayoritariamente mujeres de todas las edades, acudían andando, en horas en las que con harta frecuencia solía calentar un sol abrasador, recorriendo varios kilómetros tanto al ir como al volver. Todo esto con el único fin de rezarle el rosario a la Virgen, oír Misa y recitar las oraciones propias del novenario. Lo mismo sucedía el día de la romería del primer domingo de septiembre, con la diferencia de que algunos de los asistentes para realizar este largo trayecto tenían además que cargar con las viandas y servicios para la posterior comida familiar, que llegaba a ser espléndida y regada con abundante vino. Entonces el cercano apeadero de la Renfe se veía inundado de gentes que se aproximaban al lugar desde la mayoría de los pueblos cercanos del itinerario ferroviario, tanto del municipio de Gordón, como de los adyacentes. Los viejos wagones de madera se veían incapacitados para llevar sentados a tantos viajeros como acudían. Todo se compensaba ante la emoción previa con la que se vivía la misa y la posterior procesión alrededor del santuario. 38 Aún hoy, ya avanzado el siglo XXI, debe reconocerse que, pese a la disminución o, incluso, pérdida del sentido de lo religioso, se siguen manteniendo vivas estas tradiciones.

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Figura 9. 43.- Procesión en honor de la Virgen del Carmen en Los Barrios, allá por la década de los años 50 del siglo XX (Foto cortesía de Vicente Sabugal Jiménez).

Figura 9. 44.- Otra instantánea de la procesión en Los Barrios, en homenaje a la Virgen del Carmen (Foto cortesía de Vicente Sabugal Jiménez).

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En la procesión del santísimo Cristo en Geras (Fig. 9.45), el trayecto se desarrollaba por el tramo de carretera cercano a la capilla homónima y el cementerio en dirección hacia el pueblo, sacando además las imágenes de la Virgen y san José con el Niño Jesús, que en tal lugar sagrado se custodian. Al mismo tiempo, se hacían acompañar, como ya se indicó, de los estandartes y el pendón del pueblo (Figs. 9.46 y 9.47).

Figura 9. 45.- Procesión del Cristo en Geras de Gordón, rodeado por varones y acompañado de otras imágenes, en el momento de dar la vuelta a la altura de la Cruz del Canto El Pandillo (Foto tomada del álbum “Recuerdos fotográficos de Geras de Gordón”, cortesía de la Junta Vecinal).

Figura 9. 46.- Procesión del Cristo en Geras de Gordón, con el pendón y los estandartes, portados por los varones, en primer término (Foto tomada del álbum “Recuerdos fotográficos de Geras de Gordón”, cortesía de la Junta Vecinal).

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Figura 9. 47.- Los tres hermosos estandartes de Geras de Gordón participantes en la procesión del día de la Virgen del Buen Suceso del año 2013. El de san Antonio Abad (en el centro) está fechado en 1931.

Un nuevo acontecimiento de carácter religioso tiene lugar con la celebración, entre el 13 y el 21 de octubre de 1952, de unas Santas Misiones en la parroquia de Geras 39, de la que era cura párro­ co Manuel Robla García (Fig 9.48), hecho de alta significación para la feligresía, debido a que “la mayor parte de los asistentes nunca habían visto ni oído una misión, por lo que no se borrará jamás de la memoria de este bello pueblo”. Fueron predicadas por los padres jesuitas Saturio Sánchez Céspedes y Gabriel Santos dando lugar a momentos de enorme fervor religioso, concurriendo mu­ chos vecinos de pueblos cercanos, especialmente de Paradilla y Cabornera, después de acercarse a pie hasta la iglesia y regresar a veces bien entrada la noche. Durante estos años de posguerra se fueron produciendo muchos cambios en la estructura de los templos, entre los que destaca el hecho de que en la mayoría de ellos se instalara, tanto en la nave central como en los altares, luz eléctrica, cuando hasta ahora sólo se empleaban, por prescrip­ ción canónica, velas de cera de abeja y lámparas de aceite, según ya quedó anteriormente indicado. A partir de 1944 diversos pueblos del concejo, entre ellos Huergas y otros de similar población, empiezan, a colocar bombillas, combinadas con las velas litúrgicas, implicando a esa localidad un pago mensual de luz de 3,5 pta. que se triplica diez años después 40. Además se realizan notables obras de mejora en las sacristías y en las casas rectorales de distintas parroquias, alentadas por los todavía numerosos sacerdotes con los que estaba dotado el arciprestazgo. Otra notable novedad que se instaura a principios de los cincuenta es el rezo en castellano de algunas oraciones de la misa, en particular las preces finales. También se generaliza la proclamación en castellano de las letanías del santo Rosario, así como pequeñas modificaciones litúrgicas en la celebración de la misa en la que se daba mayor participación a los fieles. Todo ello representaba un hecho premonitorio de los grandes cambios que se avecinaban41. 39 40 41

De esta manera lo recogía el Boletín Oficial Eclesiástico (n.º 11, p. 219). Así quedó recogido en el Libro de Fabrica (1822-1953) preservado en su archivo parroquial. Efectivamente, a partir de la posterior celebración del Concilio Vaticano II (1962-1965), convocado por el papa Juan XXIII (1958-1963), se incorpora la lectura de los textos sagrados, así como de la liturgia eucarística y sacramental, en las lenguas vernáculas, abandonándose progresivamente la que hasta entonces era exclusiva y tradicional en latín.

264


Figura 9. 48.- Dos instantáneas de Manuel Robla, último cura párroco de Geras de Gordón que perteneció a la diócesis de Oviedo (Fotos tomadas del álbum “Recuerdos fotográficos de Geras de Gordón”, cortesía de la Junta Vecinal).

Cuando 1954 se declara “Año Mariano”, los cultos y encuentros festivos en el santuario de Buen Suceso alcanzaron, si cabe, mayor relieve, emotividad y asistencia. Pero para este momento estaba ocurriendo otro hecho trascendente en el devenir eclesial gordonés, como fue la adscripción de las parroquias de este distrito a la sede leonense42, culminando así una etapa de conexión religiosa con Asturias que, siguiendo las referencias documentales, había durado cerca de doce siglos. En efecto, siendo obispo de Oviedo Francisco Javier Lauzurica Torralba (1949-1954) se lleva a cabo el trasvase de la jurisdicción eclesiástica de los arciprestazgos de la Tercia, Gordón y Alba, además de los ámbitos pertenecientes a los antiguos arcedianatos de Babia y Benavente (este último derivado hacia la diócesis de Zamora), con lo que se establece así la conjunción de los dominios territoriales administrativos y de la Iglesia. No obstante, los clérigos que hasta entonces estaban gestionando las parroquias del munici­ pio (ver apéndice n.º 2) permanecieron en sus puestos sometidos a la disciplina del obispo de León, aunque las nuevas vacantes que se vinieron sucediendo fueron ya nombradas por dicho prelado. De manera simultánea la jurisdición ovetense fue elevada a la categoría de archidiócesis y a ella fueron incorporados los dominios episcopales de Astorga, León y Santander.

Y LO QUE AÚN RESTA.... Para culminar esta narrativa, podría decirse que este acontecimiento de la incorporación al estamento eclesial leonés representa el término de los avatares históricos que se pretendían relatar en este documento, el cual se ocupó de describir las raíces de la estrecha conexión entre Asturias y Gordón. Y ciertamente así es, pero la vida religiosa, política y social de los pueblos del municipio 42

Siguiendo las directrices establecidas por el Concordato de 1953.

265


no se ha detenido, e incluso han ocurrido posteriores efemérides, así como iniciativas brillantes dignas de mención. A manera de síntesis podrían señalarse las sucesivas celebraciones y actos procesionales de la Semana Santa de Santa Lucía, las Misiones populares en La Pola y otros pueblos, las sucesivas novenas y romerías de los santuarios del Buen Suceso y de Nuestra Señora en Buiza, los encuentros de las Vírgenes (Nuestra Señora del Buen Suceso y Covadonga) en La Pola, las fiestas del santo Cristo en Geras, Llombera o La Pola, las concentraciones en la ermita de san Lorenzo en La Vid o de Faya en Santa Lucía, los festejos en honor de Santa Bárbara, la creación de asociaciones parroquiales, etc. Fueron muy trascendentes, a su vez, las inauguraciones de los modernos templos de, Buiza (Fig. 9.49), Los Barrios (Fig. 9.50 izquierda), Ciñera (Fig. 9.50 derecha) y Villasimpliz (Fig. 9.51), o las notables reformas de otros (p.ej. Llombera), la profusión de vocaciones sacerdotales en los años sesenta o la adaptación de la liturgia y la pastoral de las comunidades parroquiales a las decisiones del Concilio Vaticano II, entre otras circunstancias relevantes. Pero asimismo quedan por plasmar las incontables vivencias personales que han quedado gravadas en la memoria y en los modernos documentos gráficos de bastantes moradores de esta tierra, relacionadas casi siempre con singulares acontecimientos, en su mayoría coincidentes con la recepción de los sacramentos y que forman parte de los eventos de máxima felicidad que, en su momento, tantos vecinos de estos pueblos han experimentado. Porque los modos y modas podrán ser distintos, pero los sentimientos permanentes.

Figura 9.49.- Iglesia parroquial de Buiza.

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Figura 9.50.- Iglesias parroquiales de Los Barrios de Gord贸n (izquierda) y Ci帽era (derecha).

Figura 9.51.- Iglesia parroquial de Villasimpliz.

267


Sin embargo, no todo continuó siendo éxitos o aciertos en el devenir religioso de Gordón, sino que, al igual que sucede en el resto de España y del continente europeo, la Iglesia y la vivencia cristiana se ha visto progresivamente abocada a una profunda secularización y pérdida de identidad, debido a una notable descristianización de los bautizados y una profunda crisis de fe, derivada del avance de ideologías y comportamientos exclusivamente materialistas, que influyen en la adquisi­ ción de una visión poco trascendente de la vida, y que ha calado sobremanera en los más jóvenes. Simultáneamente ocurre una importante reducción en el número de clérigos que conduce a una pro­ gresiva reducción de dotaciones de párrocos, quedando muy disminuida la atención litúrgica de mu­ chos pueblos y teniendo, los pocos curas que quedan, que atender cada vez a un mayor número de localidades. Al ser estos hechos bastante más cercanos, y casi actual su experiencia de vida, aún perma­ necen en la mente de muchos residentes y visitantes habituales, por lo que, para evitar que acontecimientos tan singulares pronto caigan en el olvido, merecerían otra narración, dado que por supuesto que en ellos se conserva el espíritu de este concejo y de sus antepasados. Porque, a pesar de todo lo antes puesto de relieve, la alegría y el estilo de Amor manifestado en Cristo Jesús (Cáritas Cristi), consistente en poner la vida en favor de los demás –sobre todo de los más débiles–, y que llegó a este entorno geográfico allá por los albores del siglo III de nuestra era, todavía no se ha agotado y perdura, incluso durante este comienzo del siglo XXI, cuando la sociedad está desbordada por tantos avances técnicos y tan amplia divulgación de las más variadas noticias e ideologías.

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APÉNDICE n.º 1 RELACIÓN DE ARCEDIANOS DE GORDÓN El listado correspondiente a estas dignidades del cabildo de la diócesis ha quedado compendiado, sobre todo, a partir del Fichero del Clero Catedralicio conservado en el Archivo Capitular de Oviedo (ACO), complementado por los datos de documentos tales como las Actas Capitulares, así como los obtenidos de variadas publicaciones relativas a los acontecimientos ocurridos en la Iglesia asturiana a través de las diferentes épocas de la historia.

NOMBRE

FECHA(S) DOCUMENTADAS

Pelagio

1200

Petrus Ioannis

1219

Lorienzo Pérez

1225

Rodrigo Martini de Maganes

1225

Pedro Menéndiz

1267 y 1274

Martin Lupis (o Lopis)

1289-1303

Roy Martínez

1309-1312

Diego Alfonso

1312

Alvar Gonzaliz de Valcarce

1342

Alonso Gonzalez

1360

Pedro de Morllón (o Morello)

1379-1397

Rui Martínez

1404

Pedro de Moillo

1421

Juan Álvarez de Cabezón

1462 y 1476

Pero Alonso Álvarez de Valdés

1508-1520

Gregorio Herrera

1521

Rodrigo de Mendoza

1522-1529

Mateo Andres Menen Pérez Sala

1530-1532

Juan Suárez de Carbajal

1533-1539

Juan Ximenez San Martín

1539-1544

Ortuño Ibarguen

1544

Lope Salas

1554-1568

Jerónimo de Vallinas

1561

Juan Martínez de Villarroel

1568-1569

Alonso Paredes

1570-1578

Gaspar Flórez

1578-1581

Pedro Moreno y de Ramales

1581-1618

Juan Paredes

1582 270


Pedro Álvarez de Valdés

1589

Juan de Espinosa

1589

Tomas Valdés

1617

Pedro Solís Villafañe ( Licenciado)

1618-1624

Juan García de Ciaño y Álvarez

1625-1654

Joseph Rodríguez de Cossio Barreda

1655-1663

Francisco Velarde (visitador)

1657-1662

Diego de Valdés Bango

1663-1669

Joseph Cabanal

1670

Francisco Porto Carreño

1680

Álvaro Diaz Miranda Vallongo

1680

Álvaro de Salas Dóriga

1684

Juan ;Manuel Ruiz Amaya

1685-1695

Antonio de la Gala y Amaya

1695-1710

Manuel Alonso de Salceda (visitador)

1705

Mathias de Faes Miranda

1711-1734

Joseph Villa de Moros

1717-1734

Policarpo Menéndez

1734-1737

José Ángel Villademoros y Suárez Castrillón

1737-1738

Juan Francisco Villademoros y Suárez Castrillón

1738-1742

Thorivio Gerónimo Alonso Faes

1742

Policarpo de Mendoza y del Espíritu Santo

1743-1745

Miguel de Jove Llanos

1748

Agustín Faustino García Tuñón

1748-1760

Juan de Llano Ponte

1760-1770

Melchor Zufía y Escalzo

1771-1774

Domingo Enrique de Puertas Vega

1774-1788

Pedro Francos Bustillo

1788-1790

Juan Antonio Méndez Vigo

1792-1801

Baltasar Cienfuegos

1797

Joseph Antonio Palacios Polledo

1801-1836

Alonso Álvarez Valdés

1837-1847

Juan Mier Castañón

1843

Manuel Flórez Valdés

1847-1854

Juan Suárez Quintanilla

1855

271


APÉNDICE n.º 2 RELACIÓN DE CLÉRIGOS DE LAS PARROQUIAS DE GORDÓN (SIGLOS XVII-XX) La siguiente relación de clérigos, distribuidos según las diferentes parroquias del municipio de La Pola de Gordón adscritas a la diócesis ovetense, se ha extraído de muy diversos documentos. Un registro sustancial lo constituye el Fichero del Clero diocesano, depositado en el Archivo Capi­ tular de Oviedo (ACO), del cual pueden obtenerse las fechas concretas de estancia de los distintos sacerdotes (mayoritariamente párrocos) en su cargo e incluso diversos datos de su actividad pastoral o formativa. De otros escritos, sean las Actas capitulares, los Boletines Eclesiásticos, los manuscri­ tos de la Vicaria de san Millán (guardados en el Archivo Histórico Diocesano de León) u otras variadas publicaciones sobre los acontecimientos eclesiales de Gordón, también llegan a definirse fechas aisladas del ejercicio de su ministerio y los cargos que ocupaban. Finalmente, la consulta de los libros sacramentales y de fábrica de las distintas unidades parroquiales del concejo, completa bastantes datos, en particular para las etapas temporales mas recientes, a excepción de algunas de ellas (Geras, por ejemplo), en las que muchos de sus volúmenes han desaparecido durante los acontecimientos bélicos ocurridos entre 1936 y 1939.

Parroquia de La Pola de Gordón NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Sebastián Ordoñez Cañón

Cura

1646

Santiago Garzia de Luna

Cura propio1

1673

Diego Suárez*

Presbítero

1684 y 1689

Cruz Bardón de Omaña

Párroco

1692-1717

Matheo Álvarez Canales

Cura

1695

Joseph Cornejo Villarroel

Cura

1722

Juan Phelipe Balbuena

Cura

1745

Joseph Álvarez Carballo

Párroco

1751-1790

Francisco Javier de Villa

Presbítero

1771

Juan García

Cura propio

1777

José Antonio Fernández

Párroco

1779

Antonio de Robles Castañón

Capellán del Rosario

1779-1834

Joseph Álvarez García Quiñones

Párroco

1791-1802

Benito González Flórez

Arcipreste

1816

Pedro Bardón Rodríguez

Párroco

1817-1825

Eugenio Santos Atauri y Luna2

Cura propio

1818-1824

1 2

Se refiere al sacerdote encargado de una parroquia o que la tiene en propiedad. Para la oposición al cargo de este clérigo actúa como “representado” Bernardino Fernández Velasco, que tenía los títulos de conde de Luna, duque de Frias y otros muchos más (Escritos de la Vicaría san Millán., Caja 72, doc. 1572, Archivo Histórico Diocesano de León)

272


Baltasar Álvarez Quiñones

Cura

1824

Eugenio Pantoja Álvarez

Cura propio

1819

Juan Rodríguez de Celis

Párroco

1825-1827

Juan González

Párroco

1827-1834

Juan García

Párroco

1835-1870

Andrés Gutierrez

Presbítero

1835

Manuel González

Coadjutor3

1850

Francisco Díaz Bayón

Coadjutor

1865-1887

Rafael Rodríguez

Coadjutor

1865-1887

Roque Fernández González

Párroco y arcipreste

1872-1887

4

1886-1894

José Gregorio Vázquez Álvarez

Ecónomo

Martín Fernández Pello

Párroco

1891-1896

Manuel G. Mallo Valcarce

Ecónomo

1896

Antonio García Robles

Párroco

1897-1906

Alberto Diez González

Presbítero

1903

Ángel Rodríguez García

Ecónomo

1907-1911

Aníbal González

Capellán

1911

Onofre García Páramo

Coadjutor

1911-1914

Manuel Pérez Valero

Párroco y arcipreste

1911-1954

Manuel Astorga Rodríguez

Capellán

1914-1919

Julián Quiñones Gutiérrez

Capellán y profesor

1919-1920

Antonio Llamazares Suárez

Presbítero

1931-1942

Robustiano Menéndez

Capellán “Preventorio” 1942-1952

Antonio Llamazares Suárez

Capellán “Preventorio” 1953

* Natural de La Pola de Gordón.

Parroquia de Geras NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Santhiago del Ribero

Cura

1697

Francisco Garzia de la Vega

Cura propio

1700 y 1702

Andrés Guriérrez

Cura propio

1712 - 1733

Francisco Hevia Castañón

Cura

1733

Francisco Álvarez de la Barreda

Párroco

1735

Juan Zedrón de Quiroga

Cura

1735

Juan Reguero

Cura

1751

3 4

Se trata del sacerdote que ayuda al párroco en sus diversas funciones Cargo eclesiástico que hace las veces del párroco mientras no está aún nombrado el oficial, o bien permanece ausente o enfermo.

273


Juan Pequeño

Párroco (y Paradilla)

Francisco Álvarez

Presbítero (y Paradilla) 1752

Diego Rodriguez

Vicario escusador

1753

Thirso de Otero

Párroco y arcipreste

1755-1804

Joseph Antonio Garcia

Cura propio

1774 5

1752

Bartolomé Fernández Ravanal

Vicario escusador

1779

Francisco Méndez de la Vega

Cura

1786

Justo Agudo

Capellán S. Miguel6

1814

Manuel González de Quiñones

Capellán S. Miguel

1817-1818

Prudencio Cortazar Ravanal

Capellán S. Miguel

1819

Gabriel Suárez

Párroco

1819 y 1830

Pedro Rodriguez

Capellan S. Miguel

1820-1823

Niceto Santos

Capellan S. Miguel

1824

Manuel Cascallana Suárez

Capellan S. Miguel

1824

Agustín Alonso de la Torre

Capellan S. Miguel

1830

Felipe Ordaz Díez7

C. Propio y párroco

1830 - 1844

Melchor Quiñones

Vicario escusador

1831

Pedro García*

Capellan S. Miguel

1832

Lázaro Francisco Patricio

Párroco

1893

Leandro Tapia Pérez8

Párroco

1893-1925

Rafael Rodríguez

Coadjutor

1900-1908

Julian Quiñones Gutiérrez

Coadjutor (y Paradilla) 1910

Pío González Díaz

Coadjutor (y Paradilla) 1911-1912

Manuel Martínez Domínguez

Regente

1925-1926

Luis Ángel Sánchez Fernández

Párroco (y Paradilla)

1926-1939

Manuel Robla García

Ecónomo y párroco

1933-1954

NOMBRE

CARGO

FECHA

Marcos Arias Alfonso

Cura

1697

* Natural de Geras

Parroquia de Llombera

5 6 7 8

Se trata del sacerdote que auxilia accesoriamente a un párroco u otro cargo eclesiástico, en especial cuando en su parroquia existe una hijuela (en este caso podría ser San Juan de Paradilla o Santiago de Geras), o bien una ermita o capilla adjunta. La Capellanía de san Miguel de Geras había sido fundada por el párroco de san Pedro de Lagúelles Pedro Suárez de la Fuente y Neyra. Esta localidad, del territorio de Luna, está hoy sepultada bajo las aguas del pantano de Barrios de Luna. Este párroco fue refrendado en junio de 1830 al fallecimiento de Gabriel Suárez por Bernardino Fernandez de Velasco, conde de Luna y duque de Frias, entre otros muchos cargos nobiliarios, actuando como su secretario Gregorio Aznar. Cuando es nombrado este clérigo, procedente de la parroquia de Villasimpliz de la Tercia, renuncia al derecho de beneficio el duque de Uceda, en favor del obispo de Oviedo Ramón Martínez Vigil.

274


Francisco de la Calzada y Jettino

Cura

1716

Thomas Faya Baragaña

Párroco

1736

Marcos Almirantte

Párroco

1740 y 1752

Agustín García Lorenzana

Párroco

1779-1803

Thomás Alfonso Ravanal

Cura propio y párroco

1780-1819

Bernardo Ildefonso García Láiz

Párroco

1834-1873*

Juan Agustín García Láiz

Ecónomo y párroco

1873-1898*

Manuel Alvarez Morán

Encargado

1899

José Vázquez García

Ecónomo

1899

Jerónimo Badiola Díez

Ecónomo y párroco

1900-1921

Saturnino Huerga Navarro

Párroco

1921-1922

Julián Quiñones Gutiérrez

Párroco

1922-1944

Julián Quiñones Gutiérrez

Encargado

1945-1953

NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Diego Suärez

Presbítero

1683

Joseph Antonio Carrero

Cura

1697

Diego Suárez Diaz

Párroco

1707

Pedro Garzía Zienfuegos

Cura y párroco

1743-1797

Julio Rodriguez de Robles

Presbítero

1746

Juan Nicolás de Robles

Capellán de S. Bartolomé

1789-1797

Felipe Argüello

Párroco

1798-1814

Santiago Suárez Quiñones

Párroco

1819

Francisco García Arias

Párroco

1834-1862

Aniano Pagunción de la Huerga

Ecónomo

1863-1865

Ezequiel Gutiérrez

Párroco

1865-1890

Marcelino Gutiérrez Suárez

Ecónomo

1865-1871

Pedro García Miranda

Presbítero

1884

Gregorio Vázquez

Encargado

1890

Evaristo Morán González

Párroco

1891-1892

Francisco García Prieto

Ecónomo

1892-1894

Francisco Elias Suárez

Encargado

1892-1896

Manuel G. Mallo Valcarce

Ecónomo

1896-1897

José Fernández Martínez

Párroco

1899-1911

Aniceto Rojo Alonso

Ecónomo

1911

Natural de esta localidad.

Parroquia de Nocedo

275


Gregorio Rabanal Álvarez

Párroco y arcipreste

1912-1918

Vicente Núñez García

Ecónomo

1919-1921

Saturnino Huerga Navarro

Encargado

1918--1927

Francisco Escobar García

Ecónomo

1925-1927

Vicente Núñez García

Ecónomo

1927-1935

Luis Arena Ardavín

Ecónomo

1941-1944

Julián Quiñones Gutiérrez

Encargado

1937-1953

NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Miguel Álvarez

Cura y rector

1649

Bartolomé González Barroso

Cura

1660-1680

Domingo Fernández Perayas

Párroco

1686-1722

Antonio Arias

Capellán

1709

Domingo Fernandez

Cura propio

1720

Bartholomé Álvarez de Quiñones

Cura propio y párroco

1725-1753

José Suárez Baion

Cura propio

1766

Lope Fernández García

Párroco

1773-1794

Francisco Arias Argüello

Presbítero

1781

Thomas Alphonso Ravanal

Vicario escusador

1795

Francisco Vázquez de Prada

Párroco

1802-1817

Manuel Muñíz Carreño

Capellán

1808

Juan Rodríguez de Celis y Velasco

Capellán y párroco

1817-1834

Manuel Antonio Lanza

Encargado

1836-1846

José Barnaldo de Quirós

Ecónomo

1847-1848

Julián González

Párroco

1849-1858

Juan González Álvarez

Ecónomo

1857-1859

Rafael González la Parte

Párroco

1859-1878*

Angel Álvarez Valdés

Ecónomo

1859

Ildefonso Diez

Ecónomo

1860-1870

Conrado García

Ecónomo

1870-1879

Francisco Elías Suárez

Párroco

1879-1908

Francisco Arias Álvarez

Ecónomo

1908-1911

Agustín Fernández Ordoñez

Párroco

1911-1915

Gregorio Rabanal Álvarez

Encargado

1915-1916

Quintín Rodríguez Saez

Ecónomo

1916-1918

Parroquia de Huergas y el Millar

276


Juan Rodríguez

Capellán

1917

Saturnino Huerga Navarro

Párroco

1918-1927

Marcelino Tuñón Castañón

Ecónomo

1926-1936

Julián Quiñones Gutiérrez

Párroco

1944-1954

* Llevaba exclusivamente el Santuario del Buen Suceso.

Parroquia de Los Barrios de Gordón NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Miguel Suárez

Párroco

1691 y 1707

Bartolomé Pérez Ortiz

Cura

1697

Manuel del Sabugal

Cura propio

1728-1737*

Balthasar Rodriguez

Cura

1734

Francisco Suárez Diez

Cura propio

1738-1748

Juan Rodríguez de Robles

Presbítero

1749-1751

Baltasar Rodríguez

Párroco

1751-1757

Antonio García Cienfuegos

Encargado

1758-1762

Gabriel Buelta

Párroco

1763-1795

Adriano Diez Álvarez

Vicario escusador

1793-1795

Joseph Suárez

Vicario escusador

1795-1799

Basilio García Quiñones

Vicario

1799-1801

Phelipe Argüello

Vicario y párroco

1799 y 1803

Gabriel Buelta

Cura

1781

Narciso Ordoñez Castañón

Párroco

1801-1841

Benito Suárez de Gordón

Ecónomo y párroco

1841-1886

Juan Gutiérrez Bayón

Ecónomo

1882-1887

Gregorio Vázquez Álvarez

Ecónomo y párroco

1887-1892

Manuel García García

Párroco

1893-1899

Manuel Álvarez Morán

Ecónomo

1899-1901

Agustin Fernández Ordoñez

Párroco

1901-1911

Aniceto Rojo Alonso

Ecónomo

1911-1912

José Morán Rodríguez

Párroco

1912-1919

Antonio Álvarez García

Ecónomo

1919-1927

Rogelio Fernández Mieres

Ecónomo

1927

Leandro García García

Párroco

1928-1939

Manuel Pérez Valero

Encargado

1936-1954

Probablemente natural de esta localidad; con él se inician los libros bautismales, que aún se conservan, de esta parroquia.

277


Parroquia de Buiza NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Domingo Álvarez Peró y Barroso

Párroco

1628 y 1642

Francisco García

Cura

1636

Pedro Alfonso Villafañe

Cura y arcipreste

1680 y 1685

Clemente García Cienfuegos

Párroco

1707-1752

Domingo Fernández

Cura

1712

Diego Gudel Maldonado

Cura

1746

Domingo de la Huerta

Capellán

1752

Thorivio Alphonso Villafañez

Capellán

1752

Antonio García Cienfuegos

Capellán y cura propio

1752-1767

Antonio Alphonso Villafañez

Párroco

1755 -1800

Manuel Garcia Berjon

Presbítero

1778

Pedro Álvarez de Quiñones

Capellán

1796 y 1819

Clemente Garcia

Cura

1796

Joseph Álvarez

Párroco

1819-1831

Juan Rodríguez

Capellán

1819

Patricio Suárez

Capellán

1819

Bernardo Gercía

Capellán

1824

Valeriano Fierro

Párroco

1841-1859

Valeriano Fernández

Párroco

1859-1867

Gregorio Victorino Suárez

Ecónomo

1867-1869

Tomás Gordón

Vicario

1869

Juan Bautista Cubría

Ecónomo

1869-1872

Marcelino Gutiérrez Suárez

Ecónomo

1871-1872

Vicente Álvarez Rebolledo

Ecónomo y párroco

1872-1890

Juan González Ordoñez

Ecónomo y párroco

1890-1894

Gregorio Álvarez

Ecónomo encargado

1894-1895

Fermín Fernández

Ecónomo

1896-1899

Prudencio Gutiérrez Belzuz

Párroco

1899-1954*

Natural de La Pola de Gordón

278


Parroquia de Folledo NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Francisco Álvarez

Cura propio

1630

Juan Rodriguez

Cura

1697

Francisco Fernández Santos

Párroco

1707

Francisco Álvarez Barroso

Cura propio

1730

Gabriel Álvarez

Cura propio

1764-1778

Santiago González

Presbítero

1775-1782

Benito Fernández San Miguel

Cura y párroco

1778-1794

Joseph Álvarez

Vicario escusador

1786-1809

Antonio Alphonso Villafañez

Encargado

1794

Joseph Fueyo

Párroco

1807-1814

Joseph Álvarez

Párroco

1814-1821

José Vázquez de Prada

Párroco y arcipreste

1815-1825

Rodrigo Suarez Castañón

Vicario

1821-1823

Miguel García San Pedro

Párroco

1826-1830

Felipe Ordás y Díez

Vicario escusador

1831-1832

José María Rodríguez

Párroco

1832-1849

Genaro Cascajo Rodríguez

Vicario escusador

1850

Manuel Peláez Martínez de Castro

Párroco

1851-1859

Valeriano Fierro

Vicario encargado

1859

Pedro Martín Álvarez

Vicario

1860

Máximo Cascajo

Párroco

1860-1893

Juan González Ordoñez

Encargado

1893

Gregorio Álvarez

Ecónomo

1894-1895

Juan Gutiérrez Bayón

Ecónomo

1896-1899

José Gregorio Vázquez Álvarez

Párroco

1899-1915

Manuel Martínez Dominguez

Regente y párroco

1916-1925

Victor Quirós Álvarez

Ecónomo

1929-1931

Prudencio Gutiérrez Belzuz

Encargado

1931-1954

279


Parroquia de Beberino y su hijuela Vega NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Juan Gonzalez Cienfuegos

Cura y abad

1611 y 1633

Francisco Fernández Santos

Cura

1697

Gerónimo García de Luna

Párroco

1701 y 1707

Santiago Álvarez Arias

Cura y abad

1720

Joseph de Robles Castañón

Párroco y abad

1736-1774

Antonio Alphonso Villafañez

Vicario escusador

1774-1777

Francisco Arias Argüello

Párroco y abad

1777-1811

Antonio Fernández Hevia

Párroco

1819

Manuel González

Párroco y arcipreste

1847-1873

Marcelino Gutiérrez Suárez

Ecónomo y párroco

1873-1904

Aniceto Rojo Alonso

Coadjutor

1904-1906

Marcelino Suárez Sánchez

Coadjutor

1904-1907

Alejandro Suarez

Ecónomo

1905-1907

Antonio Manzanares Suarez

Ecónomo

1906-1910

Victorino Rodríguez García

Párroco

1911-1940*

Manuel Pérez Valero

Encargado

1941-1944

Joaquín González Fernández

Regente

1942-1944

Secundino Velasco de Paz

Párroco

1945-1954

Natural de La Pola de Gordón

Parroquia de Cabornera y su anexa Paradilla NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Pedro García

Párroco

1707

Juan Gonzalez Caruezo

Cura propio

1724-1748*

Domingo de la Huerta

Vicario

1749-1750

Francisco de Hevia y Castañón

Párroco

1750-1768

Santiago González

Capellán

1769-1779

Joachin Álvarez Caunedo

Cura rector

1771-1792

Phelipe Argüello9

Vicario

1793-1798

Narciso Ordoñez Castañón

Párroco

1799-1801

Francisco Mallo

Vicario escusador

1802-1803

9

Este clérigo era cofrade y abad de la cofradía de Los Nobles de Gordón, de la que también lo era su contemporáneo cura de Huergas Lope Fernandez García. Al fallecer este último en 1794 le presidió como era su deber estatutario, con el finado de cuerpo presente, el oficio y misa cantada como sufragio, asistiendo muchos sacerdotes de la cofradía y bastantes legos. (Escritos de la Vicaría de san Millán, caja 189, documento 3950. Archivo Histórico Diocesano de León)

280


Ignacio Suárez Alfonso

Párroco

1804-1808

Simón Llamazares

Párroco

1809-1839

Valeriano Fierro

Encargado

1840-1843

Benito Suárez de Gordón

Capellán vicario

1841

Felipe Ordás Diaz

Encargado

1841

Juan Antonio Rodríguez

Párroco interino

1844

Miguel Suárez

Ecónomo

1845

Manuel García

Párroco

1846-1851

Genaro Cascajo

Ecónomo

1851-1852

Máximo Cascajo

Párroco

1852-1860

Antonio Rabanal

Ecónomo

1860

Venancio Álvarez

Vicario ecónomo

1861

Lorenzo González

Ecónomo

1862

Rafael Rodríguez

Ecónomo y párroco

1862-1900

Pedro Martínez

Ecónomo

1865

José Morán y Menéndez

Ecónomo

1865

Gregorio Victorino Suárez

Ecónomo

1866

Perfecto Diaz Suárez

Ecónomo y párroco

1899-1911

Francisco Rodríguez

Coadjutor

1904

Antonio Llamazares Suárez

Ecónomo

1911

Francisco García Prieto

Párroco

1912-1916

José Morán Rodriguez

Encargado

1916

Constantino Fernández

Regente

1916-1920

Modesto Castañón

Párroco

1921-1934

Rogelio Fernández Mieres

Encargado

1935-1941

Joaquín González Fernández

Encargado

1942-1944

Secundino Velasco de la Paz

Encargado

1945

Prudencio Gutiérrez Belzuz

Encargado

1944-1953

NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Juan Diez de la Cuesta

Cura

1633

Domingo Álvarez Barroso

Cura

1661-1700

Juan Álvarez Quiñones

Cura

1697

* Natural de Cabornera

Parroquia de Santa Lucía

281


Antonio Rodríguez Alintero

Vicario

1707

Domingo Abello

Cura propio

1709 y 1712

Bartholomé Castañon

Cura propio

1734 y 1740

Antonio de San Martín10

Presbítero

1740

Francisco Campomanes

Cura propio

1744

Juan Antonio Buelta Quiñones

Párroco

1744-1768

Joseph Varela Dorigo

Presbítero

1752

Carlos Álvarez Carballo

Teniente de cura

1772

Francisco Álvarez

Vicario

1773

Agustín García Lorenzana

Vicario escusador

1776

Alonso García

Párroco

1779 y 1786

Angel Álvarez Zedrón

Párroco

1798-1804

Narciso Diez del Campar

Párroco

1834-1850

Martín Rodríguez

Encargado

1850

José Bernaldo de Quirós

Ecónomo

1851

José García Ciaño

Párroco

1851-1857

Martín Rodríguez

Encargado

1858

Manuel Antonio Diez y Brizuela

Párroco

1858-1864

Tomás Gordón

Encargado

1865

Gregorio Victorino Suárez

Ecónomo

1866

Blas López Quintanilla

Párroco

1866-1890

Conrado García

Presbítero

1866-1867

Francisco Fernández

Vicario

1881-1883

Leandro Tapia Pérez

Encargado

1883-1885

José Morán

Ecónomo

1885-1891

Santiago Gutiérrez Rodriguez11

Párroco

1891-1895

Antonio Álvarez

Ecónomo encargado

1895

José Martínez Fernández

Ecónomo

1895-1901

Gabriel Gutiérrez

Presbítero

1902-1903

Juan Manuel Morán

Párroco

1899-1941

Francisco Miranda Morán

Coadjutor

1913-1915

Ramón Morán Alonso

Ecónomo y párroco

1941-1954

10

Nombrado a propuesta de Josef Anselmo de Quiñones Herrera, marques de Villasinde, Sr. de la Casa de Quiñones de Alcedo, de Villar de Frades, etc. después de quedar vacante por fallecimiento el Beneficio Curado, haciendo su presentación ante el obispo de Oviedo. De no haber sido admitido se proponía también al clérigo de León Andrés de Osal. (Según consta entre los datos de la Vicaría de san Millán, Caja 263, Doc. 7402, del Archivo Historico Diocesano de León). 11 El derecho para este curado de Santa Lucía lo mantenía, por entonces, Enrique Ramirez de Saavedra y Cueto, marqués de Villasinde y duque de Rivas. (Escritos de la Vicaría de san Millán, caja 72, doc.1570, Archivo Histórico Diocesano de León).

282


Parroquia de Peredilla, anexa a Puente de Alba (hasta 1925) NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Marcos de Almuzara

Cura propio

1660

Domingo Diaz

Cura

1697

Santiago del Rivero y Fuente

Párroco

1707

Thomas Faya Baragaña

Párroco encargado

1736

Julio Rodríguez de Losada

Párroco

1752

Manuel Arias

Presbítero

1752

Francisco Vaniez de Villa

Vicario escusador

1774

Francisco Arias Argüello

Capellán Nta. S.ª del Rosario

1779 y1789

Diego Fernández Castañón

Cura y párroco

1788-1801

Julián González

Encargado

1851-1853

Modesto A. Balbuena

Párroco

1854

José Bernaldo de Quirós

Vicario escusador

1855

Vidal Espinosa

Vicario

1856-1857

Manuel Gutierrez

Encargado

1858

Antonio Agapito Álvarez

Párroco

1858-1865

Francisco Fernández

Ecónomo

1865-1878

Aniano Pagunción de la Huerta

Encargado

1865 y 1885

Venancio Ramos Macías

Párroco

1878-1889

Gerónimo García Rodeíguez

Párroco

1880-1926

José Martínez Fernández

Coadjutor

1901-1903

Ignacio Llamas García

Coadjutor

1905-1910

Apolinar García de Valbuena

Coadjutor

1919-1912

Raimundo Cadenas Ramirez

Coadjutor

1918-1920

Julián Quiñones Gutiérrez

Regente

1920-1922

Vicente Núñez García

Coadjutor

1922-1925

Francisco Escobar García

Párroco

1927-1939

Julián Quiñones Gutierrez

Encargado

1939 y 1941

Luis Arena Ardavín

Ecónomo

1942-1944

Manuel Cuellar García

Encargado

1944-1949

Alejandro Sánchez García

Encargado

1949-1953

Vicente Valle Valle

Encargado

1953

283


Parroquia de Villasimpliz Esta parroquia, bajo la advocación del obispo San Martín, perteneció al arciprestazgo de Gordón hasta los inicios de la última década del siglo XIX, momento en el que se incorpora al de La Tercia.

NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Julio Miguel Álvarez Quiñones

Cura propio

1697-1710

Antonio García Arintero

Vicario

1711

Juan Fernández Arango

Cura

1712-1714

Francisco Álvarez Barrosso

Vicario escusador

1715-1717

Balthasar Antonio Pertierra y Llano

Cura propio

1717-1729

Francisco García Mena

Encargado

1722-1734*

Francisco Vayón Campomanes

Cura propio

1729-1734

Balthasar Díez

Presbítero

1734

Bartolomé Fernández Ravanal

Vicario escusador

1734-1736

Thoribio López Vibero

Cura propio

1736-1759

Francisco Álvarez Mendez

Presbítero

1746

Santiago González

Vicario escusador

1759

Domingo de la Huerta

Vicario

1759

Antonio García Cienfuegos

Encargado

1760

Alejandro Magaz y Monrroy

Cura propio y párroco

1760-1776

Domingo Diaz

Presbítero

1762 y 1775**

Juan Álvarez Quiñones

Cura

1766

Francisco Antonio de la Campa

Cura

1771-1776

Joseph María Bernardo de Miranda

Cura

1775-1780

Francisco Fernández Garcia y Cienfuegos

Cura propio

1781-1789

Francisco Bazquez Prada

Vicario interino

1790

Phelipe Argüello

Vicario

1791

Adriano Diaz

Presbítero encargado

1792

Diego Antonio Ruiz

Cura

1793-1808

Antonio Alphonso Villafañez

Encargado (de Buiza)

1793-1812

Melchor Santos Suárez

Teniente cura

1809-1811

Santiago Álvarez Quiñones

Vicario

1813-1816

Josef Álvarez

Cura

1816-1818

Juan Menéndez de Lorenzana

Encargado

1819-1820***

Francisco Antonio Diaz Bayon

Cura interino

1821-1827

Mathias Bernabé Borbujo

Vicario escusador

1828

Jose Álvarez

Vicario

1829-1830

284


Juan Menéndez de Lorenzana

Encargado

1830

Francisco Álvarez Nava

Párroco

1831-1850

Valeriano Fierro Velasco

Encargado (de Buiza)

1850

Genaro Cascajo

Ecónomo

1850-1851

Martín Rodriguez

Encargado (de La Vid)

1851-1852

Ramón Álvarez Perera

Cura propio

1853-1859

Manuel Antonio Diez

Teniente cura

1859

Francisco Blanco

Párroco

1860-1878

Vicente Álvarez Rebolledo

Encargado (de Buiza)

1878

Conrado García y García

Ecónomo y párroco

1879-1880

Francisco Fernández

Ecónomo

1881-1883

Leandro Tapia Pérez

Párroco

1883-1893

Antonio Álvarez

Ecónomo

1893-1911

Francisco Arias Álvarez

Párroco

1911-1952**

Fermín Vicente Pérez

Encargado

1953-1954

* Procede de la Parroquia de La Vid y Ciñera. ** Natural de Villasimpliz. *** Párroco de Villamanín y Fontún.

Parroquia de La Vid y Ciñera Continuando con su amplio historial, esta parroquia, del municipio de Gordón, bajo la advocación de San Juan Bautista, y su hijuela de Ciñera, se mantuvo adscrita durante muchos siglos a la jurisdicción eclesial de León y como tal sus clérigos eran nombrados por el obispo de esta diócesis, el cual se encargaba además de las Visitas pastorales y de impartir entonces el Sacramento de la Confirmación entre sus feligreses. El listado que se muestra ha sido obtenido a partir de la consulta de los libros sacramentales de la parroquia y de los conservados en el Archivo Histórico Diocesano de León.

NOMBRE

CARGO

FECHA(S)

Benito Ruiz

Cura propio

1678-1682

Diego Suárez Díez

Vicario

1683

Pedro García Canseco

Cura

1684-1712

Domingo Abello

Cura encargado

1712

Francisco García Mena

Párroco

1712 -1758

Cayetano Díez

Vicario

1758-1759

Santiago López

Cura y párroco

1759-1786

Alonso García

Vicario

1786

Antonio Garcia Belman

Cura

1787-1799

285


Diego Antonio Ruiz

Encargado

1799

Angel Álvarez Cedrón

Vicario encargado

1799

Francisco Fernández

Cura párroco

1800-1812

Juan de la Cruz Velez

Vicario

1812-1817

Francisco Diaz Calzada

Vicario

1818-1824

Salvador Rodriguez Valentín

Párroco

1824 y 1835

Martín Rodriguez

Párroco

1850-1858

Ramón Álvarez Perera

Encargado

1858-1859

Pedro Santos

Vicario

1860

Tomás Gordón

Vicario y párroco

1861-1880

Francisco Blanco

Encargado

1865

Gonzalo López

Ecónomo

1881

Bernardo Saldaña

Párroco

1882-1906

Antonio Alonso

Ecónomo

1884

Leandro Tapia Pérez

Encargado

1884

Máximo Martinez de Cuevas

Vicario

1906-1909

Victoriano Huenes

Vicario

1909

Antonio Álvarez García

Ecónomo

1909

Secundino Robles García

Ecónomo y párroco

1910-1939

Francisco Arias Álvarez

Encargado

1911 y 1939

Enrique González del Blanco

Párroco

1932

Antonino Hernández Diez

Ecónomo y párroco

1939-1954

286


APÉNDICE n.º 3 RELACIÓN DE MEDIAS ANATAS DE ARCIPRESTAZGO GORDONÉS (1733-1767)

LOS

CURATOS

DEL

El abono de esta carga impositiva se hacía efecto en el momento de acceder al puesto eclesiástico por parte del clérigo recién nombrado. La cifra correspondiente aporta una clara idea de su importancia, interés y valor en el momento de ser otorgada, tanto mayor cuanto mas elevada era la cuota requerida. Sin conocer la valoración del curato de Santa Lucia, que probablemente debía de ser moderada, la de los restantes se reconoce en la siguiente tabla : CURATO Beberino-Vega

FECHA 1736

APORTACION

RECEPTOR

382 reales de vellón

Llombera

21/07/36

226 rs. y 8 mrs.

Joseph de Robles, Abad de Beberino

Peredilla y Pte. Alba

01/09/36

302 rs.

Joseph de Robles, Abad de Beberino

Folledo

01/07/46

342 rs.

Sebastian Diaz, vecº. de Olloniego

Cabornera-Paradilla

15/07/50

500 rs.

Isidro Garzia de la Robla

Los Barrios

02/03/51

763 rs. y 17 mrs.

Balthasar Rodriguez , Cura

Geras

18/07/53

200 rs.

Bartolomé Quijano, vecº de Grado

Guergas y El Millar

18/04/55

601 rs.

Vicaría, señor Longoria

La Pola de Gordón

16/05/55

700 rs.

Señor Lectoral

Buiza

10/03/57

922 rs.

Señor Chantre

Villasimpliz

12/05/59

616 rs.

Julio de Lomba, vecº de La Tercia

394 rs. y 12 mrs.

Vicaria, Sr. Arcipreste de Gordón

Nozedo

1763

Fuente: Libro de Remates de Medias Anatas (Años 1733 y siguientes). Archivo Histórico Nacional. Clero, Libro 9170.

Mayor cotización que las de las parroquias del municipio de Gordón tenía la media anata del Curato de Alcedo y La Robla, la cual alcanzaba, en julio de 1765, la sustancial cantidad de 1.510 reales de vellón, siendo percibida por Antonio de Robles vecino de La Pola de Gordón.

287


APÉNDICE n.º 4 RELACIÓN DE COFRADIAS DE LAS ARCIPRESTAZGO GORDONÉS, EN 1772.

PARROQUIAS

DEL

Los datos que a continuación se expresan están extraídos del “Expediente de remisión por parte de Juan Núñez, intendente de León, sobre el estado de las Cofradías, Congregaciones y Hermandades que hay en su jurisdicción”12. Tal informe fue remitido el 6 de Julio de 1772 al conde de Aranda, el cual tenía la misión de poner en conocimiento del gobierno del monarca Carlos III la situación de estas agrupaciones religiosas en todo el territorio nacional. De las distintas parroquias13 a las que se hace referencia por orden alfabético y según transcripción literal, se indica en este documento: Beberino: No resulta Cofradía ni Hermandad alguna. Bega: Resultan dos Cofradías yntituladas de Sn. Antonio Abad confirmada en Virtud de Bula Pontificia, otra yntitulada de los Doce nobles de Gordón, sin rentas y mas gastos que 180 reales. distribuidos en una función y pitanzas de los señores Sacerdotes. Buiza: Resultan dos Cofradía de Ntra. Sª. del Rosario, tiene quatro bacas y la parte de quatro jatos el producto que rinden se distribuie se aplica pª la festividad y gasto de zena. Otra de Ntra. Sª. del Valle su renta 28 rrs. ymbiertense en zena y una función aprovada del ordinario. Cavornera: Resulta la Cofradía de Sn. Juan Degollado, no tiene renta alguna y sus vecinos pagan al Parrocho y demas Sacerdotes por hazer la festividad; no consta su aprovazion. Folledo: Resulta la Cofradía yntitulada Minerva. Sus rentas 14 rrs. De un prado y sus gastos 300 rrs. distribuidos en función, zera y pitanzas que se dan a los Sazerdotes, una cantidad se escota entre sus hermanos. No consta de aprovazion del ordinario. Guergas y El Millar: Resulta haver una Cofradía yntitulada del Ssmo. nombre de Jesus, sita en la Iglesia Parrochial de Sn. Martin con fundacion. No tiene fondos algunos solo se reduce su conservazon. en la limosna que da cada hermano para quando alguno de ellos muere el mandarle decir alguna misa, y lo mismo se escota entre ellos el dia de Ntra. Sª. para pagar al Sacerdote que los confiese y dice la misa. Jeras: No resulta Cofradia ni hermandad alguna. La Pola de Gordon: No resulta Cofradia ni hermandad alguna. Los Barrios: Resultan dos Cofradias la una de Ntra. Sª. del Carmen y la otra de Ntra. Sª del Revollar fundada la prima. con Bula Pontificia y la otra no consta de aprovaz on. ni una ni otra tienen rentas ni gastos. Llombera: Resulta la Cofradia de Ntra. Sª. de la Encarnacion, confirmada con Bula Pontificia. Tiene tres bacas a renta y el producto de ellas se ymbierte en zera, pitanzas de Sacerdotes y propina que se saca para dar al Maestre que da educacion a los niños. Nozedo: Resulta la Cofradia de Ntra. Sª. de la Encarnacion sin su aprovaz on. ni rentas ni 12 Este documento se conserva en el Archivo Histórico Nacional, con la signatura “Consejos 7094, Expediente 14” , conteniendo 133 folios. 13 Recogidas en los folios números 43, 53, 55 y 56 del referido documento.

288


gastos. Paradilla: No resulta Cofradia ni hermandad alguna. Peredilla: Resulta la Cofradia de S. Torcato y aunque tiene una baca y un jato estos se benden para adorno del Sto. el dia que se celebra la funcion y pª. el refresco que se da se escota entre sus Cofrades, no consta de su aprovazion. Santa Lucia: Resulta la Cofradia de Sta. Lucia sin rentas ni gastos algunos. Confirmada con Bula Pontificia. Villasimpliz: Resultan tres Cofradias yntituladas: Ánimas, del Santisimo y Ntra. Sª. del Rosario. No constan de rentas algunas ni gastos aprovadas del ordinario. Además de dar relación de todas las Cofradías y Hermandades de la Provincia, el Intendente de León incorpora un dictamen sobre las mismas que adjunta al mencionado noble sobre su “mode­ ración, subsistencia o abolición”, considerando que: “conceptúo combeniente la extinción y aboli­ ción de la maior parte y solo deben substistir las del Santisimo Sacramento y Animas de cada Igle­ sia Parrochial con el cargo de que se haga en ellas las funciones de las Cofradías con la decencia y culto que corresponde, cortando la pompa y vanidad de los Mayordomos que por sobresalir acos­ tumbran hazer ynutiles y crecidos gastos”. Pese a tal criterio fueron escasas las agrupaciones que dejaron de existir en el arciprestazgo gordonés, dado que no se caracterizaban precisamente por los excesivos abusos en derroches y boato, que era uno de los aspectos que en su funcionamiento se pretendía corregir por parte de las autoridades civiles.

289


Impresionante mole cuarcĂ­tica sobre la que se ha edificado la ermita de San Lorenzo, vista desde la ladera septentrional.

290


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295


Imagen de Santa B谩rbara, patrona de los mineros de Gord贸n, en la Parroquia de Llombera.

296


AGRADECIMIENTOS Varias han sido las personas que han aportado su apoyo documental o su experiencia, tanto de las etapas mas recientes, cómo de las mas remotas de la historia de la Iglesia en el territorio de Gordón, a las que no tengo mas que expresar mi gratitud y reconocimiento. En primer lugar a D. Agustín Hevia Ballina, canónigo de la catedral de Oviedo y responsable de los archivos Capitular y Diocesano, que me ha permitido el acceso a los ingentes y valiosos documentos que se custodian en la seo, orientándome, además, sobre el acceso directo a las noticias referidas al arcedianato y arciprestazgo gordonés. También a D. Marcial Alvarez García, párroco de Huergas, a la vez que rector del Santuario del Buen Suceso; también Licenciado en Filosofía y Letras (sección de Historia). Gracias a él he podido revisar la valiosa información documental que atesora su parroquia. A D. Joaquín García Ordoñez, párroco de La Pola, que me facilitó acceder a los libros sacramentales y de fábrica de las diferentes iglesias a su servicio, y que, de manera ordenada, preserva en el despacho parroquial. A D. Jesús Gregorio Martínez Reyero, párroco encargado de Villasimpliz y La Vid, que me facilitó acceder a los documentos antiguos y libros sacramentales de estas parroquias. A los profesores del Departamento de Geología Manuel Gutiérrez Claverol y Luis Alberto Pando González que me ayudaron en la corrección de textos, en el diseño de la portada y en la elaboración de figuras. A David Arias Fernández, que me ayudó en las tareas informáticas. A Javier Jorge Ordás López, por la documentación gráfica sobre Geras que me cedió. A Sor María Covadonga Querol de Bascarán , del monasterio de San Pelayo de Oviedo, que me facilitó la visita a la iglesia de Geras y me orientó sobre diversos documentos acerca de Gordón, custodiados en el valioso archivo de la que es responsable en Oviedo. Pero sobre todo, a tantos naturales o amigos de Gordón que me acompañaron a visitar lugares con remota vida eclesial, o bien me aportaron datos, noticias y documentación, tanto personalmente como a través de sus páginas web de Internet. Entre todos ellos, quisiera destacar: A Santiago Sabugal García, de Los Barrios de Gordón, que me acompañó en el reconocimiento de varios lugares de este entorno. A Antonio Sabugal Garcia, su mujer Carmen Jiménez Gargantilla y su hijo Antonio, de Los Barrios, por sus comentarios e interesante aportación fotográfica. A Florentina Mieres Sánchez, de Los Barrios, por sus noticias sobre acontecimientos religiosos de este lugar. A Luisa Martín García, vecina de La Pola de Gordón, por sus informaciones sobre la vida eclesial de la postguerra. A María Ascensión Zaldivar Diéz, vecina de La Pola de Gordón, también por sus comentarios sobre la actividad religiosa en La Pola. A Adolfo García Álvarez (Aljores Fotografía), de La Pola de Gordón. A Carmen Menéndez González que me facilitó una valiosa información sobre la capilla de San Antonio de La Pola de Gordón, así como de sus familiares antecesores. A Virgilio Sabugal García, vecino de los Barrios de Gordón, por mostrarme el emplazamiento preciso de la antigua Iglesia parroquial. A Rufino Flores, vecino de Santa Lucia, que me acompañó al lugar de ubicación de la vetusta ermita de San Juan de Vega y la desaparecida de san Miguel. A María Luz Rodríguez Fernández, vecina de Cabornera, que me orientó sobre lugares propios de este pueblo, en especial del entorno de Santa Cruz. A Ángel y María Luz de Lombas Barco, de La Pola de Gordón, que me pusieron a disposición la documentación fotográfica que poseen. A María Serrano Gutiérrez, natural de León, que colaboró en labores de corrección de 297


textos. A María López García, vecina de La Vid, por sus comentarios sobre la vida eclesial de su pueblo. A María Pilar Tomasa Viñuela Alonso, de La Vid, por los datos sobre su tío Isidoro Viñuela, abad de San Isidoro de León. A María Ascensión Fernández González, también de La Vid, que favoreció mi visita a la Iglesia parroquial. A Luis Jesús García Santos, residente en La Vid, que me acompañó hasta la ermita de san Lorenzo. A Rosa y Lolina García Martín, por sus explicaciones sobre la Ropería de Nuestra Señora de Guadalupe, en Beberino. A Francisco Javier Fernández Robles, de Beberino, profesor de Historia, que me orientó sobre las desaparecidas edificaciones sacras de este lugar. A Rafael Barroso Castañón, vecino de Buiza, que me describió el Camino del Salvador, entre este pueblo y Rodiezmo. A Manuel Ordoñez Fernández, natural de Geras, y Rosa María Gutiérrez Rodríguez, por sus aportaciones gráficas sobre Geras. A Miguel Ángel Diez Lombas, de Buiza, actual Mayordomo, que me ilustró sobre las antiguas imágenes y capillas de su parroquia. A Felipe García Gutiérrez, Sacristán de Buiza, que me facilitó el acceso a la iglesia parroquial de su pueblo. A Claudio Álvarez Freire, natural de Folledo, que me mostró y explicó los diversos pormenores del templo parroquial. A Amador y Torcuato Gordón González, de Peredilla, que me orientaron sobre los parajes sacros cercanos al Castillo de Alba. A Tristán Rodríguez González, vecino de Huergas, que me guió a los antiguos lugares del entorno de su localidad. Finalmente a todos los amigos y familiares que, en La Pola de Gordón y Oviedo, me han animado a realizar este estudio y a los que dedico especialmente este libro.

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INDICE Sumario............................................................................................................................... Preámbulo...........................................................................................................................

1 3

I.- LOS MOMENTOS INICIALES.

Los albores del cristianismo en Gordón …...................................................................... La Iglesia sale de las catacumbas …............................................................................... La llegada de nuevos invasores.......................................................................................... La riqueza del culto en la época visigoda........................................................................... Y para colmo, la ocupación musulmana.............................................................................

6 10 13 18 19

II.- EL REINO DE ASTURIAS.

Gordón ante los inicios del reino astur................................................................................ El impulso constructivo desde Alfonso II el Casto.............................................................

24 26

III.- LOS TIEMPOS DE LAS MONARQUÍAS LEONESA Y CASTELLANO-LEONESA.

La corte de León y la inquietud escatológica...................................................................... Gordón adquiere mayor relevancia..................................................................................... Un periodo de donaciones................................................................................................... Y ahora, las peregrinaciones............................................................................................... Iglesias por doquier en plena Edad Media.......................................................................... Los misterios que encierra la capilla de san Lorenzo.........................................................

36 38 40 44 51 56

IV.- EL ARCEDIANATO DE GORDON EN LA ÉPOCA BAJOMEDIEVAL.

Orígenes y funciones del cargo de arcediano...................................................................... Se acrecienta la importancia de Gordón.............................................................................. La gestión económica del arcedianato gordonés................................................................. Normas y más normas desde Oviedo.................................................................................. La relación de Gordón con monasterios ovetenses............................................................. Ante el convulso final del Medievo..................................................................................... El continuo trasiego a través de Gordón.............................................................................. La trascendencia de un matrimonio..................................................................................... V.- GORDÓN ANTE UN CAMBIO DE ERA. Los confusos inicios del siglo XVI......................................................................................

Nuevos arraigos en el arcedianato gordonés....................................................................... La pujanza del camino al Salvador...................................................................................... La trascendencia de un concilio........................................................................................... Y en paralelo, las normas constitucionales.......................................................................... 299

62 65 70 73 78 79 81 82

86 87 93 95 97


La incierta etapa postconciliar............................................................................................. 100 Un nuevo control parroquial................................................................................................ 103 VI.- SIGLO XVII: TODO BAJO CONTROL.

Tiempo de sínodos y constituciones.................................................................................... Más exigencias para los clérigos de Gordón....................................................................... A vueltas con el control patrimonial.................................................................................... Un nuevo tiempo de riqueza espiritual................................................................................ Mas ventajas para los peregrinos.........................................................................................

114 117 119 120 128

VII.- EL SIGLO XVIII: ILUSTRACION VERSUS RIGOR RELIGIOSO.

Momentos de grandes obispos y arcedianos........................................................................ La aportación de la Iglesia de Gordón a la estadística nacional.......................................... El culmen de la labor episcopal del siglo XVIII.................................................................. El impacto de las misiones.................................................................................................. Algo más sobre la vida religiosa......................................................................................... Estimulante mejoría de los lugares de culto........................................................................

132 135 148 153 155 159

VIII.- EL CONVULSO SIGLO XIX EN GORDÓN.

De nuevo intrusos foráneos................................................................................................. Los estipendios eclesiásticos de Gordón............................................................................. La Iglesia vuelve a coger impulso....................................................................................... La fecunda aportación de la presencia de los obispos ….................................................... Y llegaron grandes noticias.................................................................................................

170 172 198 201 205

IX .- HACIA UNA NUEVA DIÓCESIS.

Surge un novedoso incentivo............................................................................................... Etapa de efemérides en la Iglesia de Gordón...................................................................... El fruto de una arraigada religiosidad................................................................................. La generosidad del pueblo gordonés ….............................................................................. Graves momentos de convulsión y zozobra........................................................................ Y al despertar me saciaré de tu semblante........................................................................... La religión por doquier........................................................................................................ No todo conduce a su final.................................................................................................. Y lo que aún resta... ..........................................................................................................

214 216 226 236 240 244 248 259 265

APÉNDICES

n.º1 .- Relación de arcedianos de Gordón........................................................................... n.º2 .- Clérigos de las parroquias (siglos XVII-XX) …....................................................... n.º3 .- Relación de medias anatas (1733-1767) …............................................................... n.º4 .- Cofradías de las parroquias de Gordón en1772 …...................................................

270 272 287 288

Referencias bibliográficas................................................................................................... 289 Agradecimientos.................................................................................................................. 295 Índice................................................................................................................................... 297

300


Hay mas felicidad en dar que en recibir

ESTE LIBRO SE TERMINÓ DE REDACTAR EL DIA 19 DE MARZO DE 2014, COINCIDIENDO CON LA FESTIVIDAD DE SAN JOSÉ, QUEDANDO DISPUESTO PARA SU IMPRESIÓN EN EUJOA ARTES GRÁFICAS (GRANDA, SIERO).


Gordón y Asturias: historia de una vida eclesiástica común  

En síntesis, lo que este libro pretende es realizar una descripción secuencial de los principa­les acontecimientos religiosos ocurridos desd...

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