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Los alumnos adoptados no son niños especiales, son niños normales que han tenido unas vivencias muy distintas a las de sus compañeros. Es lógico y natural que sus reacciones y comportamientos sean a veces muy diferentes de las de otros alumnos. Este libro proporciona las claves para interpretarlos correctamente, entender sus necesidades y procurarles el apoyo necesario para hacer frente a los retos de la vida escolar. Del mismo modo, propone una reflexión y múltiples recomendaciones prácticas para lograr en la escuela un ambiente acogedor y respetuoso con todos los niños y niñas, independientemente del modelo familiar en el que vivan o de su origen.

Beatriz San Román. Es escritora y licenciada en ciencias de la información, especialista en temas de psicología y familia. Es directora de redacción de la revista Visual y colabora habitualmente con diversos medios como el Magazine (La Vanguardia). Es madre adoptiva de una niña nacida en Haití.

Javier Múgica Flores. Autor del prólogo Psicólogo y terapeuta de Agintzari S. Coop. de Inicitiva Social

Guía para educadores y familias

De la misma autora:

La aventura de convertirse en familia. Guía de la adopción* “Comprensión, sensibilidad y sentido práctico. Un libro honesto y útil sobre los retos específicos de la paternidad adoptiva”. Esther Grau. Psicóloga clínica de CRIA (Centre de Recursos per a la Infància i l’Adopció) Guía de la Adopción 2ª edición

la aventura

de convertirse

en

familia

“Una guía práctica y útil para aquellos que han adoptado o van a adoptar un hijo”. Diana Marre Doctora en Antropolgía especialista en Adopción Internacional

Beatriz San Román Ilustraciones: Mariel Soria

* Léelo gratis en www.postadopcion.org

www.postadopcion.org

Beatriz San Román

La Autora:

“Este libro, que recomiendo, se escribe desde la posición de los niños y niñas protagonistas de una experiencia adoptiva. Beatriz San Román escucha sus voces, interpreta adecuadamente y con sensibilidad sus numerosos silencios, comprende sus miedos, se pone en su piel, digiere sus temores, los interpreta, los metaboliza y aporta respuestas que pueden tranquilizarles, porque se adaptan a su realidad y resuelven sus necesidades”.

adopción y escuela

Adopción y escuela

adopción y escuela Beatriz San Román


Adopci贸n y escuela

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Beatriz San Rom谩n


Edita: Blur Ediciones, S. L. © de la ilustración: Beto Compagnucci © del texto: Beatriz San Román Distribución: www.postadopcion.org © de la presente edición: Blur Ediciones, S. L. Imprime: Nova Era ISBN: 978-84-612-1539-3


A Raquel Riu y a su desmedido entusiasmo que puso en marcha este libro y me ha apoyado con igual desmesura en todo momento. A Javier Múgica y Esther Grau, siempre dispuestos a echar una mano o dos cuando hace falta. A Abraham y las chicas, que me hicieron reír y reflexionar en la distancia del ciberespacio en las noches frente al ordenador. A Eduardo,Yolanda, Álvaro, Alicia, Mª Ester y toda la buena gente de Blur Ediciones. Y, sobre todo, a Beto y Daniella, que aguantaron mis agobios y mis crisis durante los dos años de gestación de este libro y los boicotearon con su sentido del humor.


Presentación:

Nuevos alumnos, nuevos retos En apenas quince años, el extraordinario aumento de las adopciones –y muy especialmente de la adopción internacional– ha convertido las familias adoptivas en una realidad visible y cada vez más frecuente, tanto en la sociedad en general como en las aulas de nuestros colegios. Cada año más de seis mil menores adoptados se incorporan a nuestro sistema educativo. Es, por tanto, más que probable que los educadores encuentren cada vez con más frecuencia alumnos y alumnas adoptados en sus clases. Tres de cada cuatro menores adoptados en la última década llegaron a sus familias antes de cumplir los tres años. Durante algún tiempo se creyó que la escolarización de estos niños sólo se diferenciaría de la de los demás en una primera fase de adaptación. Sin embargo, la experiencia acumulada en los últimos años por las familias y los profesionales nos demuestra que no es así. Cada persona es una combinación única de genética y experiencia: nuestros genes nos predisponen en una determinada dirección; lo que nos pasa a lo largo de la vida modela nuestra forma de pensar y de sentir. Los niños adoptados no son niños especiales, son niños normales que han tenido experiencias muy distintas a las de sus compañeros. Es de esperar, pues, que no siempre actúen como los demás. Sus primeras vivencias condicionaron lo que aprendieron –y lo que no aprendieron–, y modelaron su forma de mirar el mundo y de reaccionar ante las situaciones cotidianas. De acuerdo con nuestra legislación, el sistema educativo debe ser sensible a las particularidades de cada niño y asumir el compromiso de crear un entorno integrador que le permita desarrollar todo su potencial y evite las discriminaciones. Del mismo modo que los educadores necesitan información para interactuar adecuadamente con los hijos de inmigrantes o las víctimas del maltrato doméstico, los alumnos adoptados necesitan profesionales formados que puedan afrontar los retos que su escolarización conlleva, y que se manifiestan en dos áreas: 1. La correcta interpretación de sus comportamientos y sus necesidades Los adultos responsables de la educación y desarrollo de estos niños (y esto incluye a sus padres, pero también a médicos, profesores y 7


psicólogos) necesitan entender el impacto de algunas vivencias que son comunes en el pasado de los adoptados. Sólo entendiendo como el abandono, la vida en un orfanato o la falta de estimulación y afecto han condicionado su desarrollo, podrán acompañarles de forma positiva en su crecimiento y su integración escolar. Más áun, sólo informándose activamente en lugar de esperar a ver primero cómo evolucionan, podrán detectar precozmente los posibles déficits o carencias y poner en marcha de inmediato los recursos y la ayuda necesaria para superarlos. 2. La integración de la diversidad Como algunos de sus compañeros, los adoptados pertenecen a familias que no responden al modelo tradicional. En no pocos casos, sus rasgos físicos hacen evidente que provienen de algún lugar lejano. Los educadores deben integrar las diferencias del alumnado y educar en el respeto a las mismas. Como veremos en el Bloque II, necesitan estar preparados para crear un ambiente libre de prejuicios y estereotipos sobre la adopción y las familias adoptivas, y reaccionar adecuadamente ante los comentarios y preguntas de otros niños o las manifestaciones xenófobas. A lo largo de este libro, intentaremos proporcionar a padres y educadores algunas claves que les ayuden a comprender mejor a los alumnos adoptados. Es posible que en algunos apartados vean claramente reflejado a un alumno concreto, y que en otros no encuentren parecido alguno. Cada niño –adoptado o no– es un ser único, con su temperamento y sus cualidades individuales.Tan erróneo como ignorar que un pasado difícil puede haber dejado alguna huella es pensar que la adopción es la clave que explica todos los comportamientos de un niño.

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Introducción:

El apego, la clave de todo A diferencia de lo que ocurre con los renacuajos o las tortugas, los humanos no nacemos con los recursos necesarios para enfrentarnos al mundo y sobrevivir. Al nacer, nuestro cerebro es, en potencia, un sofisticado ordenador. No obstante, durante los primeros meses de vida, únicamente es capaz de controlar funciones muy básicas, como la digestión o la respiración. Los bebés son seres indefensos que dependen de los adultos para todo: conseguir alimento, trasladarse de un lugar a otro e incluso recuperar la calma cuando algo les sorprende o asusta. Esta total dependencia puede parecer un hándicap para la supervivencia de la especie, pero en realidad es todo lo contrario. Con ella, la Naturaleza trata de asegurarse de que siempre habrá alguien –por lo general sus padres– que permanecerá junto al pequeño durante sus primeros años de vida. Si el recién nacido no está preparado para enfrentarse al mundo y sobrevivir por sí mismo, es porque necesita algo más que alimento para desarrollarse y convertirse en adulto. La especial relación que establece con su madre, su padre o sus cuidadores principales va más allá del simple cuidado de lo que su cuerpecito necesita. Las caricias, los juegos y las pequeñas interacciones cotidianas van activando las conexiones entre las células de su cerebro para permitirle desarrollar funciones cada vez más complejas. A nivel psicológico, esas personas que se convierten en su principal referente y su interlocutor con el mundo exterior tienen un papel fundamental. Es esa relación primaria a la que llamamos apego la que estructura su mundo interior, y la que le servirá después como patrón a la hora de relacionarse con otras personas. El apego ocupa hoy un lugar central en el estudio de áreas como la salud mental y emocional de niños y adolescentes. La teoría del apego nos ha permitido entender mejor la importancia del cariño y la atención que un bebé recibe en la formación de su personalidad.Y nos explica, también, el modo en que las rupturas, el abandono, la institucionalización o los cuidados negligentes pueden comprometer su desarrollo. 9


¿Cómo se forma el apego? A menudo oímos decir que lo único que hacen los bebés es comer, dormir y llorar. Aparentemente, durante el primer año únicamente crecen y aprenden a controlar un poco sus cuerpecitos. Sin embargo, están aprendiendo algo sumamente importante: a confiar en sus padres y a enfrentarse sin miedo al mundo exterior. Pensemos en un pequeño de dos meses que siente hambre. Incapaz de procurarse alimento por sí mismo, estalla en ese llanto desconsolado y descontrolado propio de los recién nacidos. Su madre acude, lo toma en brazos y le dice algo del tipo “Tienes hambre, ¿verdad? Ahora mismo te doy la leche”. A continuación, lo amamanta o le da el biberón y el pequeño se tranquiliza. Una y otra vez aparece el mismo esquema: me siento mal (porque tengo frío, hambre o estoy asustado o incómodo) - lloro - mamá acude - me da lo que necesito. Con la repetición de este ciclo, la parte adulta aprende a reconocer de forma intuitiva lo que el niño necesita, y se ve recompensada por sus balbuceos, sus sonrisas, etc. Por su parte, el niño aprende a tolerar la espera –y más adelante también la ausencia– porque sabe que puede confiar en su madre para cubrir sus necesidades.Ya no necesita su satisfacción inmediata para conservar la calma. La simple presencia de la madre, su voz cariñosa y dulce, tranquilizan al niño, que es capaz de esperar porque sabe que, como siempre, ella le dará lo que necesita. Aprende, también, algo muy importante: a tolerar las frustraciones. Lógicamente habrá momentos en los que la madre no acuda cuando es reclamada o no acierte en sus respuestas. Sin embargo, cuando el adulto está por lo general disponible para calmar, cuidar y pensar en las necesidades del niño, la frustración que producen las ocasiones puntuales en las que esto no ocurre puede ser progresivamente tolerada. Hacia los tres años, los cimientos de la relación están ya consolidados. Animado por la seguridad que le proporciona el saberse protegido, el niño se aventura a separarse cada vez un poco más y explorar la realidad que le rodea. Es precisamente la confianza en el adulto la que le permite ver el mundo como un lugar en el que no hay nada que temer, y sí mucho que descubrir. Bajo la protección de esa figura en la que sabe 10


que puede confiar, sus jornadas están llenas de descubrimientos y nuevos aprendizajes.

Cuando el apego falla Imaginemos ahora un bebé que llora con desesperación porque se siente hambriento o asustado y nadie acude a confortarlo. Desbordado por la ansiedad, llora cada vez con más fuerza. Si aún así nadie se acerca a calmarlo, la única manera que encuentra de salir de una situación que le resulta intolerable es bloquear sus emociones y desconectar de lo que le produce desasosiego. Cuando esta situación se repite, el niño no puede aprender a confiar ni a esperar. Sin un adulto que se haga cargo de un modo previsible y consistente de sus necesidades, se siente solo y desamparado. El mundo es para él un lugar inseguro y atemorizador. Salvo en las escasas adopciones de recién nacidos, los adoptados suelen haber pasado por períodos en los que nadie les atendió como necesitaban. Les ha faltado quien les confortara cuando estaban asustados, quien respondiera con constancia y dedicación a sus llantos y sus demandas de atención. Los que fueron adoptados en nuestro país proceden con frecuencia de familias desestructuradas, donde sus lloros fueron unas veces ignorados y otras obtuvieron como respuesta el enfado de los adultos. Entre los adoptados internacionalmente, son multitud los que han pasado períodos más o menos largos en orfanatos e instituciones. En estos centros, los cuidadores no pueden interrumpir su trabajo cuando un niño reclama atención; pueden ser suficientes para cumplir con los horarios, pero no tienen tiempo de apegarse con los menores a su cargo1. Un apego seguro suele dar como resultado niños creativos y felices, cuya incansable curiosidad les empuja a realizar nuevos descubrimientos a cada paso. En cambio, aquellos niños cuyas necesidades no 1 Algunos estudios señalan que quienes fueron considerados como “favoritos” por los cuidadores presentan menores retrasos y una mayor facilidad de adaptación, con toda probabilidad porque ese estatus les proporcionó la ocasión de apegarse.

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fueron satisfechas de forma predecible –o cuyos procesos de apego se vieron súbitamente truncados– se sienten abrumados ante una realidad exterior que ni controlan ni pueden descifrar. Lo nuevo les asusta porque se sienten desprotegidos. Así ocurre en los niños que crecen en un orfanato, pero también en aquéllos que, por las circunstancias que fueran, no han contado con la posibilidad de desarrollar una vinculación especial con una o más personas significativas. También en aquellos niños que sí lo hicieron, pero que perdieron aunque fuera temporalmente a la figura de apego –como ocurre por ejemplo cuando la madre debe ser hospitalizada durante varios meses–. La falta de un apego seguro es la clave que explica por qué les cuesta controlar sus emociones y relacionarse con la realidad de un modo positivo.

El apego, clave también en la recuperación Del mismo modo que el apego es la clave del sano desarrollo de los niños, lo es también de la recuperación de las posibles carencias o situaciones difíciles que vivieron en el pasado. La adopción funciona porque permite al niño construir una relación de apego en su nueva familia. A medida que acumula experiencias positivas, aprende a confiar y, por lo tanto, aumenta su seguridad. Puede entonces hacer frente al mundo y superar las privaciones que vivió anteriormente. Las familias adoptantes suelen tener claro que el apego es una prioridad absoluta, aunque a veces su comprensión es superficial. Que un niño nos llame papá o mamá –o que haya aprendido a abrazarnos– no implica necesariamente que el apego seguro esté consolidado. El apego necesita de la repetición para construirse. Nunca es cuestión de semanas ni de meses2. En circunstancias normales se necesitan unos dos años para construir un apego seguro. Para un niño al que la vida ha enseñado que 2

N. del E.: En el libro La aventura de convertirse en familia, de la misma autora, los padres pueden encontrar recomendaciones e ideas prácticas para facilitar la vinculación con sus hijos. El libro es accesible online en www.postadopcion.org

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quien hoy te cuida mañana puede desaparecer, es de esperar que el proceso sea más largo. La experiencia le ha enseñado a desconfiar, por lo que necesitará comprobar la fiabilidad de la relación una y otra vez hasta creer de verdad que nunca se va a sentir nuevamente abandonado. La mayoría de los adoptados acaban creando fuertes vínculos con sus padres, pero el proceso no es nunca instantáneo. Para contrarrestar las experiencias negativas que vivieron en su día, ¡necesitan acumular muchas experiencias positivas! Cuanto más seguro se sienta el niño en su familia, más fácil le será relacionarse con otras personas y hacer frente a los retos de la vida escolar.

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Contenidos Prólogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17 I. Adaptación y escolarización . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23 1. Una infancia diferente . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2. La familia es lo primero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3. ¡Vamos al cole! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 4. Bases de la colaboración entre familia y escuela . . . . . . . . . 5. Ganarse su confianza, un reto que requiere tesón. . . . . . . . 6. ¿Niños problemáticos? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7. Entender al niño adoptado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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II. La adopción en el aula . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71 8. La adopción en el aula . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73 9. Algunos trabajos escolares necesitan ser revisados. . . . . . . . 79 10. La adopción en la escuela infantil . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 85 11. La escuela primaria I (6 a 9 años) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91 12. La escuela primaria II (9 a 12 años) . . . . . . . . . . . . . . . . . 95 13. La escuela secundaria I (12 a 14 años). . . . . . . . . . . . . . . . 99 14. La escuela secundaria II (12 a 16 años) . . . . . . . . . . . . . . . 103 Anexo 1: Un ambiente acogedor e inclusivo . . . . . . . . . . . . . 113 Anexo 2: Algunos apuntes sobre el racismo y la xenofobia . . . 117

III. ¿Problemas en el cole? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 121 15. Aprender una nueva lengua. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123 16. Cuando la madurez no es sólo cuestión de tiempo . . . . . . 135 17. Otros riesgos asociados a la adopción . . . . . . . . . . . . . . . . 145

Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 157 15


Prólogo Conocí a Beatriz San Román hace un año en el I Fórum Internacional sobre Infancia y Familias celebrado en Barcelona y, desde entonces, no hemos parado de encontrarnos en varias ocasiones más. Previamente nos conocíamos a través de escritos y aportaciones que ambos habíamos hecho al mundo de la adopción. Ella presentaba una ponencia sobre la familia interracial, una exposición de sus reflexiones sobre sus experiencias como madre adoptiva y militante del creciente movimiento asociativo de familias adoptivas. En verano de 2007, me pidió que hiciera el prólogo de este libro y, sin haberlo leído, dije que sí. No dudé ni un instante, pues nuestra comunión de ideas y pensamientos fue automática. La lectura final de éste, su último libro, me confirma lo acertado de la decisión. Del encuentro de Barcelona recuerdo una anécdota, que en buena parte está recogida en este libro. En las jornadas, Beatriz era completamente reconocible al ser la única persona que llevaba el pelo de color rosa fucsia. Era imposible no verla. Poniendo mis a veces temerarias dotes reflexivas al servicio de la causa que ella exponía, deduje que el color de su pelo era una estupendísima estrategia que había desarrollado para proteger a su hija de las habituales miradas indiscretas y agresivas que todas las familias interraciales conocen. Pensaba que su idea era la siguiente:“Si miráis mi pelo, que es muy vistoso, os fijaréis menos en el color de piel de mi hija. De esa manera, absorberé parte de vuestra agresión e indiscreción contra mi familia y sobre todo contra mi hija”. Cuando me senté junto a ella en el autobús que nos llevaba a la cena de clausura, le conté esta idea que había tenido y que no había dudado en compartir con otros asistentes a las jornadas. Me miró con cierta extrañeza y para sus adentros pensaría que algunos psicólogos patinamos excesivamente con nuestras interpretaciones. Le hizo gracia, pero no confirmó lo que yo le decía, aunque todavía sigo pensando que algo de eso había.

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Rápidamente nos fuimos centrando en su experiencia como madre y compartiendo nuestras reflexiones en torno a las vivencias de los niños y niñas que adoptamos. En nuestra conversación, que trataba sobre la intensidad del dolor y de la persistencia con que viven y expresan de forma cotidiana su experiencia de abandono, coincidimos en la importancia de transmitirles y confirmarles nuestra aceptación incondicional. Hablamos de formas de concreción de esa aceptación y la más ingeniosa consistió en un juego en el que se manifestaba de forma explícita que, aunque el niño o la niña hiciera cualquier “barbaridad infantil”, ya sea la más absurda o cotidiana, su padre o su madre nunca dejarían de quererlos: Niño/a: Y si mordiera un zapato y lo escondiera debajo del colchón, ¿dejarías de quererme y me abandonarías? Adulto: No, nunca te abandonaría ni dejaría de quererte, aunque mordieras un zapato y lo escondieras debajo de un colchón. Desde entonces, en mis sesiones de asesoramiento a las familias, no he dejado de proponer este juego entre los adoptantes y sus hijos. Es una forma de concienciar a los adultos de este temor al abandono que los niños y niñas que adoptamos sufren de forma permanente, y de facilitar a los pequeños una forma de expresarlo y elaborarlo en compañía de sus adultos referenciales. El presente libro de Beatriz San Román parte del hecho ineludible de que todo niño o niña que adoptamos es víctima de una experiencia de abandono, acompañada de pérdidas importantes (sus personas referenciales y significativas, culturas de origen, lenguas maternas) y con frecuencia de experiencias de institucionalización prolongada, pobreza, privación afectiva, sensorial y cognitiva, abusos, malos tratos, negligencia… Las secuelas de estas vivencias van a determinar en mayor o menor medida diversos aspectos de sus vidas. Su nivel de madurez, su integración familiar, su visión del mundo y de sí mismos, su percepción de los otros, su interpretación de las emociones ajenas y propias, su aprendizaje escolar, su socialización, su 18


nivel de expresión lingüística, su autocontrol emocional, su estilo de apego… Todas estas áreas –y otras no mencionadas– se pueden ver alteradas de forma significativa y con mayor probabilidad que en otros niños y niñas que no han vivido estas situaciones adversas. Con sensibilidad, tacto, rigor y realismo, expone lo que hasta hace bien poco no nos hemos atrevido a decir en alto sobre la adopción: que ésta se fundamenta sobre el abandono, y el abandono es una experiencia que no está exenta de sufrimiento, incertidumbre, poderosas sombras y sobre todo de incomprensión por parte del resto de las personas que le rodean. Con este libro, Beatriz San Román nos ayuda a todos y a todas a comprender mejor esta realidad ligada a la experiencia adoptiva. Sus páginas aportan una visión realista que no elude la realidad del abandono ni de sus secuelas, sino que se centra en ellas y en la forma de resolverlas. Contiene una innumerable cantidad de propuestas prácticas y positivas para intervenir y actuar, tanto desde el ámbito educativo como desde el familiar. Propuestas expresadas en positivo y desde la posición de quien está cerca y comprende lo que una criatura adoptada vive respecto de su experiencia adoptiva y de abandono. Es éste un libro que se escribe desde la posición de los niños y niñas protagonistas de una experiencia adoptiva. Beatriz San Román escucha sus voces, interpreta adecuadamente y con sensibilidad sus numerosos silencios, comprende sus miedos, se pone en su piel, digiere sus temores, los interpreta y los metaboliza.Y, a partir de ahí, propone respuestas que pueden tranquilizarles, porque se adaptan a su realidad y resuelven sus necesidades. La obra se inicia señalando el punto de partida de la experiencia adoptiva y la potencialidad de riesgos que se derivan de las situaciones de abandono, privaciones y tratos inadecuados. A continuación, recalca la necesidad de construir un vínculo de apego por delante de cualquier otra tarea, como forma de asentar todas las conductas de individuación, aprendizaje y socialización que se desarrollarán con posterioridad durante la convivencia familiar, escolar y 19


social. Describe las tareas que niños, niñas y adultos deberán desarrollar durante el proceso de adaptación inicial, y recomienda convenientemente el retraso de la integración escolar y la rebaja de expectativas, tanto de adoptantes como enseñantes. Aconseja dedicar tiempo y tesón a reparar la confianza perdida por el niño o la niña a lo largo de sus etapas preadoptivas. Describe un proceso de integración donde las conductas adaptativas iniciales son la antesala de un empeoramiento de los comportamientos que no puede ser más que una señal de mejora, a pesar de su dureza y dificultad. Cuando se combinan con momentos de tranquilidad y normalidad, los comportamientos disruptivos y las regresiones deben de interpretarse como la expresión de los malestares y dificultades que el niño o la niña han tenido –o como necesidades infantiles insuficientemente satisfechas que deben repararse–, y no como fracasos del niño o la niña o de sus adoptantes. Los continuos temores al abandono no son en estos menores una consecuencia de sus fantasías, sino los ecos constantes y reiterativos de una realidad que se produjo y que fragiliza su estabilidad y paz interior, especialmente en momentos de crisis o de dificultad. La adopción es también un contenido que debe ser trabajado en el aula por los y las enseñantes desde el respeto por la diversidad y la intimidad de los alumnos y alumnas. En la segunda parte del libro, Beatriz San Román describe desde claves evolutivas el significado que la adopción va teniendo para los niños y las niñas, de condición adoptiva o no, a lo largo de sus diferentes etapas evolutivas y de sus correspondientes ciclos educativos: escuela infantil, primaria, secundaria… Propone una revisión de ciertas tareas escolares que no están adaptadas a la diversidad de modelos familiares y numerosas sugerencias para resolver las dudas del alumnado sobre la adopción y las familias adoptivas de un modo respetuoso y clarificador. Un último bloque repasa las dificultades de aprendizaje que muchos alumnos y alumnas sufren, no por ser adoptados, sino por haber sido víctimas de abandono y de condiciones adversas a su de20


sarrollo. Con frecuencia, inician su carrera escolar con desventajas importantes y tienen necesidades educativas especiales que sus enseñantes deben percibir, evaluar y resolver con recursos extraordinarios. Beatriz San Román destaca los costes de perder una lengua materna para estos niños y las dificultades de integración sensorial a nivel auditivo, táctil, motriz… Revela con claridad cómo el desarrollo del pensamiento y del lenguaje están vinculados y afectan al proceso de aprendizaje. Las dificultades de atención, retención, comprensión y producción tienen que ver con su inseguridad personal y sus dificultades emocionales, con sus conflictos relacionales y con sus déficits de vinculación, con sus diferentes ritmos madurativos y con los daños de todo tipo infringidos en su preadopción. En este libro, que recomiendo, los lectores encontrarán explicaciones y propuestas de actuación que les posibilitarán tener un acercamiento más sensible a las necesidades y posiciones de los niños y niñas que, habiendo sido víctimas de abandono y de otras condiciones adversas de vida en sus edades tempranas, recuperan la confianza en la vida y en los otros gracias a la vivencia reparadora de una adopción fundamentada sobre la realidad y las respuestas sensibles a las necesidades, riesgos y dificultades específicas del proceso adoptivo.

Javier J. Mugica Flores Bilbao, a 13 de diciembre de 2007

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I. Adaptaci贸n y escolarizaci贸n

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Una infancia diferente Al contemplar la adopción como una forma alternativa de construir una familia, podemos caer en la trampa de perder de vista algo esencial: la adopción es, ante todo, un mecanismo de protección de menores en situación de desamparo. Tras cada historia de adopción, se encuentra un niño o una niña a la que la vida ha golpeado con dureza. Por una u otra causa, han perdido a sus progenitores y, en casi todos los casos, les han faltado cuidados y estímulos adecuados durante períodos a veces muy largos. A través de la adopción, la sociedad les devuelve la posibilidad de crecer en el entorno cálido y afectuoso de una familia, el contexto óptimo para desarrollar todo su potencial y reparar los déficits y las secuelas del pasado. La adopción, pues, cumple una función reparadora, en la que padres y educadores juegan un papel fundamental. Desde los años 80, existe un amplio consenso en torno a la importancia de los primeros meses y años de vida en el desarrollo intelectual y emocional de los niños. En cualquier librería podemos encontrar decenas de títulos sobre cómo estimular a los recién nacidos o cómo proporcionar a los más pequeños las bases para un sano desarrollo psíquico y mental. Lo descrito en sus páginas poco tiene que ver con el modo en que estos niños empezaron su camino vital. Para empezar, todos ellos perdieron a sus primeros padres y han vivido separaciones y rupturas más o menos traumáticas. Generalmente provienen de lugares donde la atención sanitaria y la alimentación son deficientes. Muchos de ellos nacieron en ambientes donde los embarazos no controlados y de riesgo son frecuentes. Puede que hayan pasado largos períodos en familias desestructuradas o en centros donde la estimulación y el afecto eran escasos. Incluso puede que

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hayan sufrido cuidados negligentes o maltrato. En la adopción internacional, la información sobre el pasado suele ser escasa, pero es indudable que lo que los adoptados han vivido ha condicionado sus aprendizajes, su forma de relacionarse con los demás y de entender el mundo.

La adopción, punto de inflexión Este libro no pretende explicar “los problemas derivados de la adopción que aparecen en la escuela”, sencillamente porque tal cosa no existe: la adopción no es un generador de problemas de aprendizaje, si acaso sería el camino que posibilita su solución. Estadísticamente, la probabilidad de presentar dificultades académicas es en los niños adoptados algo superior a la media. Sin embargo, la causa de los posibles retrasos y necesidades especiales no es la adopción, sino las circunstancias que llevaron hasta ella. Ciertamente, lo ocurrido en la primera etapa de la vida tiene una enorme influencia en el desarrollo de un niño. Sin embargo, no es menos cierto que el ser humano, como ninguna otra especie del planeta, tiene una asombrosa capacidad de adaptación y superación. Sean cuales fueran las experiencias negativas que vivió en el pasado, la adopción ofrece al niño un entorno donde minimizar su impacto y recuperarse. Aunque la adopción no repara instantáneamente los efectos del abandono o la falta de cuidados y estimulación, supone un punto de inflexión crucial en su desarrollo. En casi todos los casos, su evolución física durante los primeros doce meses resulta espectacular. Una vez superados los posibles problemas médicos iniciales, ganan peso a gran velocidad y muchos revientan las curvas de crecimiento. La asombrosa recuperación de sus cuerpos no puede hacernos olvidar que la reparación de las heridas emocionales y las lagunas de aprendizajes requerirá de un tiempo más prolongado. 26


Un apasionante desafío La familia y la escuela son los dos espacios que potencian y posibilitan el florecimiento y desarrollo de los menores. Cuando se trata de niños que fueron dañados emocionalmente o sufrieron cuidados negligentes, son además los dos espacios reparadores por excelencia. Con la ayuda adecuada, muchos niños que lo tuvieron todo en contra superan sus dificultades y se convierten en adultos felices y competentes. La extraordinaria plasticidad de su cerebro y su asombrosa capacidad de resiliencia1 nos proporciona entonces el placer de observar su florecimiento personal. Un pasado difícil no condena al fracaso. Muchas veces el éxito de la escolarización depende de un maestro capaz de encauzar adecuadamente las necesidades particulares del niño. Para un educador, no existe satisfacción semejante a la de observar como, con el abono necesario, un niño desvalido logra superar las trabas y sacar provecho a lo que la escuela le ofrece. Cuando padres y profesores comparten información y entienden las señales que el niño lanza, pueden trabajar juntos para desarrollar todo su potencial y actuar como tutores de su resiliencia. IDEAS CLAVE

- Detrás de cada adopción hay un niño al que la vida ha golpeado con dureza. - Mediante la adopción, la sociedad le devuelve algo que nunca debió perder: la posibilidad de criarse con el calor y el amor de una familia. - Sean cuales sean las experiencias negativas que vivió en el pasado, la adopción le ofrece un entorno adecuado donde minimizar su impacto y recuperarse. 1

Con el apoyo adecuado, las personas que han sufrido los efectos de la adversidad son capaces de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación. A esta capacidad de proyectarse hacia el futuro de forma positiva a pesar del trauma es a lo que en psicología se llama resiliencia. 27


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La familia es lo primero Shasha, a sus tres años, vive inmerso en las estrictas rutinas del orfanato en el que vive desde hace dos. Sus días transcurren de forma pautada, con horas fijas para acostarse, comer, ir al baño, etc. Las cuidadoras hacen lo que pueden, pero no tienen tiempo de detenerse a jugar y estimular a los pequeños. Las jornadas se suceden tan iguales entre sí como dos gotas de agua. De pronto, aparecen unos desconocidos, lo sacan del ambiente que conoce y lo llevan a sitios extraños donde todo es nuevo y todo se mueve demasiado y de forma impredecible. No es de extrañar que, aunque por un lado se muestre encantado con todo el amor y la atención que recibe, al mismo tiempo se sienta inseguro y estresado.

La adopción: un gran cambio difícil de asimilar Los adultos tendemos a ver la adopción como un largo y fatigoso camino de burocracia e incertidumbre que culmina con la felicidad de la llegada del hijo o la hija tanto tiempo deseados. En cambio, desde el punto de vista de los niños, la adopción supone la pérdida súbita de todo lo que conocían y querían. De un plumazo su mundo se desvanece y son transportados a otro desconocido donde todo es nuevo y distinto. 29


Con mucha frecuencia, durante los primeros días, semanas o meses, el niño no da muestras de que este cambio tan brutal le perturbe y parece haber encajado con rapidez en su nueva vida. Es lo que los expertos llaman “la luna de miel de la adopción”. Fascinado por el cariño y todo lo que su nuevo entorno le ofrece, parece no acusar el cambio en absoluto; “¡es como si hubiera estado con nosotros toda la vida!” exclaman extasiados muchos padres y abuelos. Pasado un tiempo, aparecen las dificultades para dormir, las rabietas, las llantinas inconsolables… Para estos niños, que tal vez llevaran muchos meses viviendo entre las cuatro paredes de una institución, la adopción es un cambio radical.Aunque objetivamente sea positivo, es natural que les resulte estresante y atemorizador. Con frecuencia se les ve felices, ansiosos por disfrutar de la vida, pero tienen también sus momentos difíciles. Por muy positivo que sea lo que les ofrece su nuevo entorno, sienten a veces el dolor de haber perdido todo lo que para ellos fue importante en el pasado y les cuesta enfrentarse a la avalancha de nuevos estímulos.Y, aunque día a día y semana a semana avanzan en el proceso de aprender a confiar y de entender que esta vez es para siempre, a veces los fantasmas del pasado les angustian y temen perder lo conseguido.

Mucho que aprender Las pequeñas actividades y conversaciones cotidianas que una madre o un adulto que le conoce bien tienen con un niño pequeño le permiten identificar sus necesidades y sentimientos y le dotan de recursos para relacionarse con el entorno. Los niños que no han tenido este tipo de interacciones en cantidad suficiente tienen lagunas importantes tanto en su autoconocimiento como en las habilidades para desenvolverse en el día a día. Les faltan conocimientos elementales para responder a preguntas tan básicas como “¿qué me pasa?” y “¿qué puedo hacer al respecto?”. 30


En el ambiente escolar –más exigente y pautado que el familiar– estas carencias afloran de diferentes formas. Muchos profesores observan que algunos niños adoptados son inusualmente inquietos, tienen dificultad para prestar atención y parecen mucho más inmaduros que sus compañeros de clase. Ello no quiere decir que exista necesariamente una disfunción neuronal, tal vez “simplemente” no han contado con las ocasiones de aprendizaje necesarias. Durante los dos primeros años tras la adopción, la mayoría de los adoptados adquieren una cantidad ingente de conocimientos y habilidades nuevas. A toda velocidad amplían su vocabulario, asimilan nuevos hábitos, nuevas rutinas, etc. Su extraordinaria capacidad de adaptación no puede hacernos olvidar que muy posiblemente arrastran lagunas, entendidas como aprendizajes esenciales que “se saltaron” en su día.Tal vez no tienen –porque no tuvieron ocasión de adquirirlas cuando tocaba– las bases necesarias para manejar y controlar sus emociones. O no saben –porque nadie les enseñó– tolerar las pequeñas frustraciones. En algunas facetas avanzan de forma asombrosa y se ponen rápidamente “al día”; en otras, son todavía seres inmaduros, incapaces de actuar como de ellos se espera.

Ser hijo: un aprendizaje prioritario Los niños y niñas adoptados, a diferencia de lo que ocurre en hogares fundados sobre lazos biológicos, no han pasado los primeros meses o años de vida con sus padres. No cabe duda de que la adopción constituye auténticas familias, tan verdaderas como cualquier otra, pero también es cierto que la formación de los vínculos familiares requiere tiempo y dedicación. Insistiremos una vez más en que lo vivido antes de la adopción no sólo ha condicionado lo que saben y lo que no, también su forma de afrontar la realidad y de relacionarse con los demás. Mientras los 31


adoptantes llevan muchos meses, quizás años, preparándose para convertirse en sus padres, los niños llegan a su nueva familia sin apenas preparación. Puede que nunca hayan vivido en familia o que apenas tengan recuerdos de esa situación. Puede que sus experiencias de lo que significa ser hijo de alguien no hayan sido precisamente satisfactorias y placenteras. Para ellos, el concepto de familia suele ser desconocido o difuso. Identifican con claridad quién es su papá o su mamá, pero carecen de las bases cognitivas para entender realmente lo que eso significa. Los seres humanos aprendemos a anticipar el futuro y construir nuestras expectativas de acuerdo con lo que la experiencia nos ha enseñado. Una persona que haya acumulado experiencias negativas sucesivas en sus relaciones de pareja se mostrará recelosa ante un nuevo pretendiente. Como dice el refranero español, “el gato escaldado del agua fría huye”. En la vida de un niño adoptado, todas las personas a cuyo cargo ha estado han desaparecido: sus padres de nacimiento, distintos cuidadores del orfanato, tal vez una familia de acogida... ¿Por qué habrían de creer que esta vez ha de ser diferente? Para asimilar que, contra todo pronóstico, sus nuevas familias sí son permanentes y que pueden confiar en que sus nuevos padres les van a seguir queriendo y cuidando, necesitan experimentar repetidamente la solidez de esa realidad. Necesitan que se les reafirme una y mil veces en que la nueva situación es permanente. Necesitan oír una y otra vez que, pase lo que pase, sus nuevos papás siempre les van a querer y cuidar. Y necesitan también comprobarlo de forma práctica –¡y ponerlo a prueba!– una y mil veces antes de creerlo completamente. Salvo que hubiera problemas médicos urgentes, la vinculación familiar debería ser siempre la prioridad de la primera etapa tras la adopción.Todo lo demás, incluida la incorporación al colegio, debería dejarse en un segundo plano hasta que el niño logre sentirse seguro en su nueva familia.

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IDEAS CLAVE

- Durante el período que llamamos adaptación, muchos son los cambios que el niño debe asimilar y muchos los nuevos aprendizajes que necesita adquirir: nuevas normas, nuevas rutinas, posiblemente un nuevo idioma… - Ninguno, sin embargo, tan importante como aprender a sentirse seguro en su familia. - Todo lo demás –incluida la integración escolar– debería ser, al menos durante el primer año, secundario. - Un niño inseguro y estresado, que se siente vulnerable ante las adversidades cotidianas de la vida escolar, difícilmente podrá centrar su atención en la adquisición de nuevos aprendizajes.

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¡Vamos al cole! “Nunca olvidaré la cara de mi hija cuando fui a buscarla a la salida de su primer día de colegio. Llegué a la una en punto, pero la mayor parte de las madres de su clase lo habían hecho a menos diez. Chantal estaba sentada en un rincón, completamente aterrorizada”.

Cuanto más tarde, mejor Con el argumento de “los niños necesitan estar con niños”, hasta hace bien poco muchos maestros animaban a los adoptantes a llevar a sus hijos a la guardería o el colegio tan pronto como fuera posible. Hoy, sin embargo, existe un alto consenso en sentido contrario: cuanto más tiempo hayan tenido para vincularse con sus nuevos padres, mayores serán las probabilidades de éxito en su vida escolar. No siempre las circunstancias familiares lo permiten pero, independientemente de la edad, sería deseable retrasar la escolarización más allá de las doce semanas de la baja laboral. Algunos padres pueden preocuparse pensando que postergar la incorporación a las aulas aumentará el desfase inicial de conocimientos y habilidades. Sin embargo, como cualquier educador sabe, la capacidad de afrontar los retos escolares de forma positiva depende, sobre todo, de la seguridad emocional del alumno. Los niños que se saben queridos y se sienten seguros disfrutan aprendiendo. En cambio, quienes se sienten vulnerables e inseguros no pueden ver “lo nuevo” como algo interesante y les cuesta concentrarse en las tareas. La inquietud y el miedo son más fuertes que la curiosidad. 35


La inmensa mayoría de los niños provenientes de la adopción internacional tienen menos de cinco años cuando ésta se produce, por lo que la familia no está obligada a escolarizarlos. (Recordemos que la escolarización obligatoria comienza a los seis años porque se considera que, antes de esa edad, los niños pueden aprender todo lo necesario con los suyos). Para los que llegan a una edad en la que ya deberían haber iniciado la primaria, la prioridad debería ser igualmente la vinculación con la familia.

Más fácil pasito a pasito Una vez decidida la fecha en que se producirá la incorporación al colegio, es conveniente establecer un período de acercamiento previo y de transición. Un enfoque flexible que tenga en cuenta sus necesidades emocionales será clave para ayudar y acompañar al niño en el inicio de su vida escolar. He aquí una lista de recomendaciones: - Preparar al niño, anticipándole lo que va a suceder y cómo van a ser sus rutinas a partir de ahora. Para grandes y pequeños, enfrentarnos a lo desconocido es más fácil cuando sabemos a priori lo que va a pasar. Comprobar que las situaciones se suceden conforme a lo que estaba previsto disminuye la sensación de estrés que produce todo cambio. Cuanto más consistentes y estructuradas sean sus rutinas, más fácil será para el niño asimilarlo. - Permitir a los niños conocer el colegio y las personas que los tendrán a su cargo en presencia de sus padres. Descubrir el entorno y entablar nuevas relaciones con la seguridad que proporciona tener a mamá o papá al lado suaviza y facilita enormemente la transición. Días antes de que empiece su vida escolar, conviene hacer varias visitas al colegio. En la primera es muy posible que el niño necesite sentir en todo momento la proximidad física de su padre o madre, y que al principio se agarre con fuerza a su mano o se resista a que lo pongan en el suelo. No es necesario forzar36


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le. A medida que se vaya sintiendo seguro, podrá prescindir del contacto físico y aventurarse a explorar todas las atractivas novedades que se le presentan. Programar una incorporación paulatina. Perder –¡una vez más!– todos sus referentes durante la mayor parte del día puede ser una prueba excesiva para un niño recientemente adoptado. Durante los primeros días, semanas o meses, puede asistir al colegio durante un espacio limitado de tiempo, y volver al entorno seguro del hogar antes de que se sienta sobrepasado por el estrés y la angustia de la separación. No mentirles jamás. Esta máxima, que es válida para cualquier alumno, resulta crítica con los niños adoptados. Decidles que su mamá se va a dar la vuelta a la manzana pero que en seguida vuelve puede tener efectos devastadores, tanto sobre su sensación de seguridad como en ese vínculo de confianza que ya ha empezado a crear con sus padres. Por no hablar de cómo dificultará la vinculación con el profesor. Priorizar su comfort psíquico. Para cualquier niño que se incorpora por primera vez a la escuela, la prioridad debe ser conseguir que se sienta feliz y seguro en ella. Modelar, tanto por parte de los padres como de los educadores, expectativas realistas. Es improbable que un niño que hasta hace cuatro meses vivía en un orfanato y que se incorpora a la escuela primaria o al último curso de infantil en un nuevo idioma esté preparado para comportarse como lo hacen otros niños de su edad. Posiblemente sea incapaz al principio de completar una ficha simple sin levantarse de la silla o de seguir con atención el relato de un cuento corto. Olvidar algo tan obvio puede llevar a una espiral de frustración para todos.

Algunos centros escolares miran con recelo la posibilidad de un plan personalizado de integración escolar que incluya una reducción de jornada o tolerar conductas que los demás niños tienen superadas. 37


Temen que esta situación excepcional desbarajuste el buen funcionamiento del centro y marque una diferencia inaceptable entre el recién llegado y sus compañeros de clase. No deberíamos perder de vista que, durante mucho tiempo después de su llegada, el niño adoptado es un niño vulnerable, ya que los cimientos sobre los que se asienta su seguridad psíquica están todavía solidificando. Un niño sorprendido por un cambio que es incapaz de encajar o cuya inseguridad le hace mostrarse excesivamente inquieto y desobediente puede provocar continuas alteraciones en el día a día escolar, dificultando tanto su integración como el desarrollo normal de las actividades de la clase. Cuando se les permite asimilar las exigencias del entorno escolar de forma paulatina, todos –el niño, sus profesores y sus compañeros– salen beneficiados.

Cuando la edad cronológica y la edad mental no se corresponden Ocurre a veces que, como consecuencia de períodos prolongados de institucionalización o de otras circunstancias que han frenado la evolución del niño, existe un gran desfase entre la edad que marca la partida de nacimiento y su desarrollo cognitivo, emocional y social. A la hora de escolarizar a niños con retrasos importantes, es aconsejable contemplar la posibilidad de hacerlo en un curso inferior al que les corresponde según su año de nacimiento. La experiencia de otros países con mayor tradición en la adopción internacional nos muestra cómo una escolarización acorde con su edad mental ofrece al niño mayores probabilidades de encarar con éxito su vida escolar. En algunos colegios privados norteamericanos con un alto nivel de exigencia académica, es práctica habitual retrasar un año la escolarización de los prescolares más inmaduros –aunque no sean adoptados–. Respetando su propio ritmo, se les permite así tener más tiempo para que su mente se ponga al día. Ese plus 38


de madurez marca la diferencia entre una escolarización a trompicones con una alta probabilidad de fracaso y una vida académica salpicada de éxitos. Escolarizar a un niño atendiendo a su edad mental y no a la que marca su partida de nacimiento puede ser el mejor comienzo para una escolarización feliz. Con la ayuda de los orientadores y psicólogos, los padres y los educadores pueden decidir proporcionarle así un tiempo extra que le permita asentar los aprendizajes, hábitos y conocimientos, disminuyendo el riesgo de fracaso escolar en el futuro. Esperar a que el desfase sea tan insostenible que necesiten repetir curso no suele ser una opción acertada. Cuando intentar seguir el ritmo de la clase resulta un reto lejos de su alcance, el abismo que le separa de sus compañeros se hace cada vez mayor. Padres y educadores, pero sobre todo los niños, acumulan mucha frustración y pierden mucho tiempo y energía intentando sin éxito avanzar en aguas movedizas.Y, además, repetir tendrá muy probablemente un impacto negativo sobre su autoestima y sus relaciones sociales.

IDEAS CLAVE

- El colegio es un nuevo cambio en un niño que todavía está asimilando el giro radical que la adopción ha significado en su vida. - En la medida de lo posible, es aconsejable retrasar la incorporación al colegio más allá de la baja por adopción. - Es de esperar que el niño necesite tiempo y apoyo para entender las rutinas escolares y sentirse a gusto en el colegio.

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Bases de la colaboración entre familia y escuela La colaboración entre familia y escuela es positiva para todos los niños, pero quizás en el caso de los alumnos adoptados sea aún más importante por varias razones: - Como hemos visto, dado que sus primeras vivencias fueron muy diferentes a las de los demás niños, es lógico y natural que sus reacciones a veces también lo sean. Sin las claves correctas para interpretarlas, el profesor puede caer en errores tan básicos como confundir un problema de ansiedad con uno de disciplina. - No es inusual que niños que han vivido institucionalizados o en ambientes poco propicios para su desarrollo presenten retrasos o avancen de forma irregular en los estudios. Cuando padres y profesores lo saben, están mejor preparados para detectar las necesidades del niño, entender las posibles dificultades y ayudarle a superarlas. - Sean cuales sean las experiencias negativas del pasado de un niño, ¡él no es el responsable! En cambio, padres y profesores sí somos responsables de poner los medios para que se desarrolle plenamente. Para ello, es necesario estar atento a las señales que el niño lanza y buscar ayuda cuando su conducta nos preocupa y no sabemos cómo afrontarla. - Cada niño es un mundo. Lo que funciona con uno puede no dar ningún resultado con otro. Compartir información sobre qué estrategias funcionan en casa o en el colegio, ayudará sin duda a encontrar el mejor modo de ayudar al alumno. La relación entre padres y profesores debería estar siempre marcada por el respeto mutuo y el trabajo en equipo. Una buena comu41


nicación ayudará a unos y otros a modelar expectativas realistas y fijar objetivos comunes. Cuando padres y educadores comparten información y buscan juntos soluciones a las dificultades, es más fácil encontrar estrategias que funcionen. Una comunicación fluida permite que el niño sienta que el colegio y la familia trabajan unidos para ayudarle. Sin embargo, cuando las cosas se tuercen, conviene evitar que el niño sea testigo cada día del parte de quejas del profesor a la salida del cole. Una agenda o un cuaderno pueden servir para el intercambio de información y reflexiones entre turorías. Delante del niño, es mejor comentar los avances y progresos.

Recomendaciones para padres Una pregunta común entre los padres de niños adoptados es si deberían hablar con el profesor al principio de curso sobre la adopción. Cuando sus hijos podrían pasar por hijos biológicos, se preguntan si es conveniente contar en el colegio que son adoptados. Muchos temen que compartir esa información con el tutor lleve a etiquetar al niño y a achacar a la adopción cualquier comportamiento difícil o diferente. Una buena comunicación con la escuela es la mejor manera de conseguir aunar fuerzas para acompañar de forma positiva al niño. Los educadores necesitan información para ser sensibles a sus necesidades –y entender que puede enfrentarse a retos adicionales que otros compañeros no presentan–. La adopción forma parte de la historia social del niño que los profesores necesitan conocer para poder comprenderle. La cuestión no sería si contar o no que es adoptado, sino cuándo y qué contar: - Cuándo. Pedir cita a principio de curso es una buena manera de iniciar una buena relación. En este primer contacto, no es nece42


sario apabullar al profesor con un máster acelerado sobre la personalidad del niño. Sin embargo, puede ser un buen momento para anticipar al profesor algunas reacciones que los padres intuyan que pueden desconcertarle y empezar a establecer un canal fluido de comunicación que facilite la labor de ambas partes. - Qué. Los profesores no necesitan conocer ningún detalle que no les proporcione alguna clave para relacionarse con el niño. Saber que ha estado institucionalizado durante mucho tiempo puede ayudarles a interpretar correctamente su comportamiento; conocer quién y por qué lo llevó hasta el centro, no. No hay que olvidar que las experiencias que vivió antes de la adopción forman parte de su historia privada. Sólo a él corresponderá a lo largo de su vida decidir con quién y hasta dónde quiere compartirlas. Antes de revelar detalles a cualquier persona, los padres deberían plantearse si es bueno y útil para su hijo que lo hagan. Si tienen dudas a la hora de contestar una pregunta en concreto, lo mejor puede ser devolverla con un “¿Por qué lo pregunta?”. Una buena comunicación con la escuela puede evitar muchos disgustos y, sobre todo, facilitar que se atienda al niño como el individuo único que es. Cuando se comparten las claves para interpretar sus señales, es más fácil tanto para padres como para maestros comprender qué le pasa al niño cuando se siente inseguro o tiene dificultades. He aquí algunas recomendaciones para padres que pueden ayudar a crear un equipo de trabajo entre la escuela y la familia en beneficio del niño: - Muéstrate colaborador desde el principio. Un enfrentamiento agrio con un profesor que crees que se equivoca con tu hijo no es la mejor manera de iniciar una buena relación. - Escucha atentamente. La información que te transmite el personal de la escuela puede darte claves valiosísimas para entender qué le pasa a tu hijo. 43


- Sienta las bases. Deja claro desde el primer encuentro que estás abierto a tratar con naturalidad cualquier cosa que concierna a la educación de tu hijo, incluido el tema de la adopción.Y explica también con meridiana claridad que todo lo que hace referencia a su adopción es confidencial: lo compartes porque crees que es útil hacerlo, pero esperas que no salga de la conversación. La vida privada de tu hijo es privada, y no debería ser un tema de charla para la hora del café. - Pregunta qué temas se van a tratar en el aula próximamente, y en especial si alguno está relacionado con la familia o la genética. En el día a día de las clases, puede que el profesor no se haya parado a pensar cómo pueden afectar a los adoptados el modo en que se tratan determinadas cuestiones. - No asumas que si le das al profesor los datos relevantes comprenderá lo que significan. Puede que no haya tenido ocasión de informarse sobre los retos específicos de los niños adoptados ni sobre los efectos de la institucionalización, etc. Ofrécete a proporcionarles recursos y materiales informativos. En internet encontrarás artículos breves sobre temas concretos, desde los efectos de la institucionalización o el maltrato hasta cómo explicar la adopción a los no-adoptados1. Puedes también pasarle este libro, señalándole algún capítulo que creas que puede serle especialmente útil. La mayoría de los educadores agradecen este tipo de ayuda porque les proporciona recursos para realizar mejor su labor. - Recuerda siempre que tu objetivo es que escuela y familia seáis un equipo trabajando en la misma dirección. Muérdete la lengua si hace falta – y, si los necesitas, tómate un par de días para enfriarte 1

La biblioteca online de www.postadopcion.org contiene numerosos artículos breves que se pueden descargar, imprimir y compartir de forma gratuita. Otra excelente fuente de información son las webs de las asociaciones de familias (ver www.coraenlared.org).

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antes de comentar alguna cosa que te haya parecido insensible o poco adecuada–. Es importante que el niño sienta el colegio y el hogar como dos espacios conectados, en los que los adultos actúan de forma coherente. La familia puede y debe ayudarle a encontrar el modo de superar las dificultades escolares, pero no debería nunca convertirse en un amplificador de los problemas. Si en el colegio ha tenido un mal día, llegar a casa debe permitirle entrar en un ambiente sereno y alegre que le ayude a calmarse. La familia debe ser ante todo un espacio de contención y apoyo. Unos padres malhumorados desde que llegan a casa hasta que el niño se acuesta no le ayudan en nada a encontrar la manera de superar sus problemas. Las conversaciones sobre lo que ocurre en el colegio no deberían convertirse nunca en una amarga discusión entre padres e hijos. Los niños necesitan sentir que entendemos sus dificultades, y que juntos encontraremos la manera de conseguir que las cosas vayan mejor en el colegio.

Recomendaciones para profesores En parte porque durante el proceso de adopción reciben formación sobre los retos de las familias adoptivas, y en parte porque la experiencia les ha enseñado que lo que funciona “con todos los niños” no siempre funciona con los suyos, los padres adoptivos suelen ser personas muy concienciadas y atentas a la evolución de sus hijos. Sin embargo, muchos de ellos son reticentes a explicar sus criterios o intercambiar información sobre cómo educan a sus hijos. Por un lado, algunos sienten que la adopción hace que se les cuestione con mayor profundidad y dureza que a otras familias. Por otro, han comprobado muchas veces que los consejos bienintencionados de supuestos expertos no son válidos para sus hijos.

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Vencer la resistencia puede ser el primer paso para establecer una relación de confianza: - Esfuérzate en utilizar un vocabulario apropiado2. - Comenta de pasada los esfuerzos que has hecho para informarte sobre la escolarización de los niños adoptados. - Explícales que has estado pensando en cómo trabajar temas sensibles (la familia, la genética, etc.) para que todos los alumnos se sientan incluidos. - Hazles saber que todo lo que compartan contigo sobre el pasado de su hijo es absolutamente confidencial. Uno de los mayores miedos de los padres es que los detalles de la historia de sus hijos se conviertan en algo de dominio público. Transmíteles que únicamente te interesa aquello que pueda ayudarte a entender las necesidades del niño. - Deja claro que estás seguro de que ellos son los que mejor conocen a sus hijos, aunque hayan llegado con cierta edad. - Ante un problema concreto, no asumas que la adopción es la causa. Además de no ser cierto, eso impediría que llegarais al quid de la cuestión y pudierais ponerle remedio. - No insinúes nunca que los padres o sus estrategias educativas son las responsables de un problema de comportamiento. Es muy posible que estén lidiando con conductas sobre cuyas causas no tuvieron ningún control. - No olvides nunca que los niños adoptados son, ante todo, niños. Entender la influencia de determinadas vivencias puede ayudarnos a interpretar mejor sus necesidades y sus reacciones. No obstante, como con todos los alumnos, las decisiones en torno a su educación y su futuro deben tomarse atendiendo a sus fortalezas y vulnerabilidades específicas.

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Ver capítulo 8.

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IDEAS CLAVE

- Los educadores necesitan información para entender las necesidades y retos únicos de cada niño. - Cuando la escuela y la familia comparten información, pueden trabajar juntos en la misma dirección.

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G Ganarse su confianza, un reto que requiere tesón “En su segundo año en el colegio, Kenson se ha adaptado mucho mejor. Su tutora es una mujer dulce, siempre atenta y cariñosa, que ha puesto mucho de su parte para ayudarle a integrarse en la clase. Kenson siente verdadera adoración por ella. Por eso nos ha sorprendido tanto que abriera su bolso sin permiso, cogiera sus gafas y las pisoteara.” La mayoría de los adoptados acaba creando fuertes vínculos con sus padres y consiguen crear relaciones enriquecedoras con otras personas, pero necesitan tiempo para aprender a confiar. Como en todos los seres humanos, sus expectativas están modeladas por sus experiencias. Puesto que todos los que fueron importantes en su pasado les defraudaron y desaparecieron sin que pudieran entender los motivos, les cuesta aceptar que ahora será diferente. Durante el proceso de vinculación con el profesorado, las tácticas de acercamiento-alejamiento de algunos niños pueden resultar sumamente desconcertantes. Aquellos a quienes faltaron cuidados consistentes en su día, crecen creyendo que sólo se tienen a sí mismos. Establecer lazos de confianza y entender que las personas que los tienen a su cargo velarán por su integridad en todo momento no es para ellos tarea fácil. Necesitan comprobar una y otra vez que nuestro compromiso con su bienestar es sincero, y es de esperar que en el proceso lo pongan a prueba una y otra vez.

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¡Qué encanto de chiquillo! En casi todos los casos, durante un período más o menos prolongado, los niños adoptados se muestran al principio autónomos y complacientes, y se esfuerzan en hacer lo que de ellos se espera. Prácticamente desde el primer día parecen haber encajado con rapidez en su nueva clase. Si les preguntamos a sus profesores, nos dirán que se han integrado con facilidad y que son niños dulces y tranquilos. Sin embargo, el que se muestren desde un primer momento encantadores y cariñosos con los profesores y el personal de la escuela no siempre es síntoma de una buena relación. De alguna manera, repiten comportamientos que les han sido útiles en otras circunstancias, donde aprendieron cómo actuar para obtener una pequeña dosis de atención o un gesto afectuoso. Tras un período que tal vez dure semanas o meses, su comportamiento empeora. El niño hasta entonces dócil y afable se rebela y estalla en ataques de rabia cada vez más frecuentes.A veces, se muestra abiertamente hostil y desafiante. ¿Qué está fallando?

Y ahora, ¿qué pasa? Por sorprendente que pueda parecer, el deterioro de su comportamiento es en realidad un gran avance. Durante un tiempo se ha mantenido a la expectativa. Su aparente docilidad y afectividad eran en realidad una máscara superficial que el niño adoptaba mientras sondeaba el entorno y trataba de comprobar si estaba o no en un lugar seguro. A medida que comprueba que no tiene nada que temer, se atreve a mostrarse abiertamente. Puede al fin expresar sus sentimientos y sus miedos para que podamos ayudarle a resolverlos. Pero, al mismo tiempo, todavía alberga el temor de que no seamos dignos de su confianza. Su comportamiento puede resultar descorazonador. Reclaman 50


constantemente señales de aprobación y piden de forma encantadora que se ocupen de ellos. Cuando el profesor lo hace, reaccionan a veces alejándose, transgrediendo los límites o boicoteando la relación. Los niños que desde su nacimiento contaron con un entorno afectuoso y estable aprenden a confiar en los adultos. En cambio, cuando un niño es separado de sus padres o cuidadores sin poder aún entender los motivos, siente que le han fallado y aprende a desconfiar o a reclamar constantemente de forma exagerada. Así ocurre con los adoptados o con aquellos que perdieron a corta edad a uno de sus progenitores.También en aquellos que vivieron largas separaciones, por ejemplo porque su madre enfermó y tuvo que ser hospitalizada durante meses. Cuando parece que están probando los límites o tratando de enfadar a sus profesores, ¡en realidad lo que prueban es las bases de su relación! Necesitan desesperadamente sentir que su vida es segura y que pueden confiar en los adultos, pero a veces les aterroriza depender de ellos porque les hace sentir vulnerables. Ganarse la confianza y el respeto de un niño al que la vida ha enseñado que no se puede confiar en nadie requiere una equilibrada mezcla de firmeza y calidez. En una situación como la que encabeza este capítulo, podemos explicar al niño que debe respetar las posesiones ajenas –cosa que probablemente ya sabe– pero sobre todo entender el mensaje y actuar en consecuencia. Si el profesor reacciona retirándole su confianza o castigándole, el niño verá confirmado su miedo al rechazo y retrocederá gran parte del camino andado. En cambio, si es capaz de transmitirle que nada de lo que haga hará que se olvide de él, y que está seguro de que juntos lograrán que se sienta cada día un poco mejor, se habrá dado un paso importante en la dirección adecuada.

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Evitar las batallas por el control “En la hora de plástica de segundo de infantil (P-4), les pedí a los niños que no utilizaran el negro para colorear los adornos del árbol de Navidad. A Carlos le faltó tiempo para coger la pintura negra y emborronarlo todo. Le pedí que lo repitiera, recordándole que necesitábamos colores vivos para los adornos, y de nuevo utilizó solo el negro. Le di una tercera oportunidad, advirtiéndole que, si no lo hacía bien, no podría salir al patio. Me miró desafiante y me dijo: ‘Bueno, como yo no quiero ir al patio…’” Un niño inseguro que no confía en los adultos puede resistirse con todas sus fuerzas a ceder el control. Algunos muestran un empecinamiento digno de mejor causa en sacar de quicio a sus profesores. Cada vez que lo consiguen, refuerzan este comportamiento porque se sienten poderosos y reconfortados por su capacidad de dominio. Es esencial evitar que la relación alumno-profesor se convierta en una batalla continua por el control. Las siguientes indicaciones pueden ser útiles para conseguirlo: - Dar una explicación breve y sencilla. Los niños se resisten menos a aceptar las indicaciones o los límites cuando van acompañados de una razón que cuando se presentan como algo arbitrario. - Ofrecer alternativas. “¿Quieres sentarte en esta silla o en aquélla?” funcionará sin duda mejor que un simple “Siéntate”. Aunque puede ser incapaz de elegir entre un número demasiado alto de posibilidades, hacerlo entre dos opciones simples le proporciona la satisfacción de sentir que tiene cierto control sobre la situación. - Ampliar el rango de comportamientos aceptables. Obviamente no se puede permitir que amenacen la integridad física de terceros, 52


que se autolastimen, etc. pero habría que tener siempre presente que requieren tiempo y paciencia para poder comportarse como lo hacen sus compañeros de clase. Hacerse el despistado con las pequeñas infracciones al manual del alumno perfecto evitará un clima de enfrentamiento continuo. - Sortear los conflictos antes de que aparezcan. Es más fácil evitar los enfrentamientos que se ven venir que conseguir reconvertirlos en una ocasión de aprendizaje. Distraer su atención hacia algo agradable permite a un niño a punto de enfurruñarse cambiar su estado hacia otro más positivo. - Intentar que su vida en el colegio sea tan previsible como sea posible. Los pequeños rituales de acciones enlazadas repetidas en el mismo orden (lavarse las manos, formar la fila, ir al comedor, etc.) aumentan su sensación subjetiva de control. Por el contrario, las sorpresas o los cambios inesperados pueden causar una gran inseguridad.

IDEAS CLAVE

- Los niños que han vivido separaciones y rupturas sin entender sus causas tienen más dificultades para confiar en nuevas relaciones. - Cuando han sentido que las personas responsables de su cuidado les fallaron, se resisten a ceder el control a los adultos. - Necesitan comprobar repetidamente que nuestro compromiso con su bienestar es sincero.

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¿Niños problemáticos? El elefante en la cacharrería “Al principio Diego iba feliz al colegio, pero de un tiempo a esta parte todo son problemas. Su maestra dice que tenemos que ser firmes con él, que está acostumbrado a hacer lo que le da la gana. Cuando voy a buscarle al salir de clase, sé que me espera una larga letanía de quejas”. Para muchos niños adoptados, el colegio implica una avalancha de retos para los que les falta preparación. Cuando no se tiene en cuenta su punto de partida, se obliga al niño a afrontar en solitario el desgaste que ello supone. Su estrés y su creciente frustración se manifiestan en comportamientos cada vez más inaceptables. Los padres no entienden por qué un niño, que en casa escucha y se porta tan bien como cualquier otro, se empeña en “fastidiar continuamente” en el colegio. Los profesores interpretan su falta de interés y su hostilidad como un problema de aceptación de los límites, que achacan a la sobreprotección o incompetencia de los padres. La familia cree que el maestro es un inepto; la escuela que el niño está excesivamente consentido y que los padres deben ser más firmes con él.Y mientras los adultos se echan las culpas unos a otros, el pequeño sigue sufriendo en soledad. Cuando la vida escolar implica enfrentarse continuamente a retos para los que no están preparados, ¡se sienten como un elefante en una cacharrería! No han aprendido a acercarse con respeto y empatía a sus compañeros de juegos, y lo hacen a empujones o por las bravas (con el comprensible enfado por parte de los otros). 55


Pierden el hilo de las explicaciones del maestro, y se levantan de la silla o se ponen gritar. Sobrepasados por mil y un incidentes que no saben manejar, su malestar toma a veces cuerpo en forma de rabia y agresividad.

No es un problema de límites Si olvidamos que detrás de esos comportamientos que parecen desafiantes se encuentra un pequeño que carece de los recursos apropiados para entender y afrontar lo que pasa a su alrededor, es fácil caer en el error de pensar que estamos ante un problema de disciplina. Cuando los educadores desconocen el pasado del niño –o no han tenido acceso a información sobre la influencia de determinadas circunstancias en su desarrollo evolutivo–, se inicia entonces una cadena de errores de interpretación que sólo agrava las cosas. El alumno en cuestión destaca por ser protagonista de la mayoría de disputas y peleas del recreo, por no guardar nunca su turno, por interrumpir constantemente el transcurso de las actividades, por salirse todos los días de la fila, por arrebatar las cosas a manotazos o empellones… Se piensa entonces que es un problema de aceptación de límites al que hay que poner coto cuanto antes. “Tenéis que ser más estrictos, está acostumbrado a que le consintáis todo” es el tipo de pauta que reciben los padres. Tanto en casa como en el colegio, se rigidizan las normas y no se le deja pasar ni una. El niño no responde bien al endurecimiento de los límites, al contrario se muestra cada vez más ansioso y desafiante. Pronto se gana una etiqueta de la que le será muy difícil librarse: la de niño problemático. A la hora del patio, por ejemplo, no sabe cómo acercarse al grupo para integrarse en el juego. Se siente excluido, frustrado y rechazado. Se siente realmente mal, pero no sabe qué hacer con la rabia que siente, así que la emprende a patadas o empujones. Atrapado en un callejón del que no sabe salir, un día sí y otro tam56


bién, lo habitual es que le regañen o castiguen, sin que nadie le ayude a descubrir nuevas estrategias para relacionarse con sus compañeros de un modo positivo. Por sí solo, nunca aprenderá a hacerlo, y los otros niños no pueden asumir esa responsabilidad, bastante tienen con tratar de salir indemnes de los enfrentamientos.

Piden a gritos lo que necesitan: nuestra ayuda Si observamos con detenimiento las situaciones en las que el niño se muestra rebelde, veremos que lo que aparenta una desobediencia obstinada es en realidad una reacción de lo más apropiada. Cuando el niño explota, está lanzando una petición inequívoca de atención adulta. No sabe encauzar su ira de un modo productivo, y tampoco es esperable –de él ni de ningún niño sobrepasado por sus emociones– que se acerque al profesor y le diga:“estoy bloqueado, ¿qué me pasa?, ¿qué hago?”. Demanda atención y lo hace del modo en que ha aprendido a hacerlo cuando los demás no se dan cuenta de que la necesita. Reconozcámosle al menos que su conducta es apropiada, en el sentido de que utiliza una estrategia que sabe ganadora para conseguir salir de una situación que no quiere prolongar: nos lanza una llamada desesperada a la que sabe que acudiremos. Su estrategia falla cuando los adultos no logramos decodificar adecuadamente el mensaje. No necesita que le recordemos con firmeza lo que es y lo que no es aceptable. Necesita que le ayudemos a desarrollar los recursos que le faltan para manejar las situaciones que se le van de las manos. Por sí mismo, nunca dará con las claves.

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¿Cómo ayudarles? Cuando no han podido desarrollar aprendizajes tan elementales como el autoconocimiento de sí mismos o cómo relacionarse con sus iguales, son como bebés altos a los que el ambiente escolar les exige comportarse como si tuvieran más edad. Como se hizo en su día con sus compañeros, será necesario que una persona significativa y empática les ayude a entender cómo funciona el mundo. ¿Qué hacer entonces ante un niño que constantemente transgrede las normas más elementales?: - Observarle tratando de detectar qué situaciones desencadenan este tipo de comportamientos. Si tiende a estallar en actividades grupales como el juego u otras tareas cooperativas, muy posiblemente sea porque no sabe qué hacer para ser aceptado. Si cada vez que la maestra lee un cuento tiende a interrumpir o a molestar a quien tenga más cerca, tal vez sea porque no consigue permanecer atento tanto tiempo y se siente frustrado y aburrido. - Mantenernos cerca y ofrecerle la atención que necesita. Recordemos que, en muchos aspectos, es un bebé grande que “se porta mal” porque no puede ni sabe portarse bien. Pensar en cómo explicaríamos a un niño más pequeño la misma situación, ayuda a encontrar la manera de ayudarle. Necesita instrucciones muy concretas para entender lo que se espera de él en cada momento. “Tienes que portarte bien” es para él una frase carente de significado. - No aumentar su desconcierto y soledad castigándole o aislándole del grupo. Incluso cuando sus acciones son violentas o agresivas, necesita que nos mostremos empáticos y le ayudemos a calmarse. El “tiempo de pensar” no funciona cuando te sientes totalmente perdido. - Explicarle lo que le pasa y lo que siente. Necesita de nuestra ayuda para comprender lo que sucede y cómo le afecta. Al transmitirle que le entendemos, el niño verá además que estamos de su 58


parte y que podemos ayudarle. Dejará de vernos como parte del problema y podremos empezar a ser parte de la solución. Si por el contrario reaccionamos castigándole y apartándole en un rincón, en lugar de avanzar en la buena dirección, sólo aumentaremos su desconcierto y su soledad.

IDEAS CLAVE

- Los cachorros humanos necesitan de los adultos para aprender a descifrar y manejar los sentimientos y las situaciones. - Quienes no tuvieron ocasión de adquirir estos aprendizajes básicos en su momento se “portan mal” porque ni pueden ni saben “portarse bien”. - ¡Llaman nuestra atención porque la necesitan!

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Entender al niño adoptado Cualquier padre de familia numerosa sabe que no hay dos niños iguales. Lo que somos, lo que sentimos y el modo en que reaccionamos a las diferentes situaciones responden a una combinación única de nuestra genética y nuestras experiencias. Puesto que las de los niños que fueron adoptados fueron en el pasado muy diferentes a las de otros niños de su entorno, es natural que también lo sean algunas de sus reacciones y comportamientos. Los rasgos que a continuación se exponen ni son exclusivos ni aparecen en todos los niños adoptados. Son características que entre este colectivo se dan con mayor frecuencia e intensidad, sobre todo hasta que alcanzan la pubertad, aunque algunas perviven a lo largo de muchos años e incluso de toda la vida.

Hacen lo que aprendieron “Jana tiene la manía de guardar las sobras del bocadillo en el cajón del pupitre. Cada vez que el mal olor la delata, le hacemos limpiar la mesa con un estropajo a la hora del patio, pero no parece importarle”. La adopción implica para el niño un giro de ciento ochenta grados en su vida. Mucho de lo que había aprendido en el pasado ya no le es útil en su nuevo entorno. Adaptarse implica desandar parte de lo andado y aprender nuevas formas de relacionarse y de funcionar en la vida cotidiana. Cuando un niño presenta comportamientos extraños, provocadores e incomprensibles, es muy posible que esté repro61


duciendo una costumbre o una táctica que le ha ayudado en su vida anterior. Si un niño trata de llamar la atención golpeando con fuerza el pupitre, es muy posible que en el pasado aprendiera que sólo podía obtenerla “fastidiando” a los adultos. Si esconde restos de comida, seguramente sea porque le faltó en algún momento y no está aún seguro de tenerla mañana. En lugar de ver estos comportamientos no-deseados como un signo de indisciplina o un incordio, debemos observarlos como una prueba de su creatividad y su instinto de adaptación. Para ayudarle a eliminarlos, deberíamos concentrarnos en entender y atajar sus causas, tranquilizando su angustia y explicándole cómo funcionan las cosas ahora. Eliminar la razón oculta que le impulsa a estos comportamientos requerirá oír muchas veces que ya no tiene nada que temer, que las cosas ahora son diferentes, pero también comprobarlo en la práctica en repetidas ocasiones.

¿Un fuerte carácter? Los estados de desconexión “Abril Juhn es una niña tranquila y feliz, ¡pero tiene un carácter! A veces se pone insoportable. Seguro que será una mujer con mucha personalidad. En casa bromeamos y decimos que es ‘el terrible genio de Guangdong’”. Muchos niños adoptados se muestran felices y relajados la mayor parte del tiempo, pero pierden la compostura ante una pequeña contrariedad. Cuando no consiguen salirse con la suya, se ofuscan y muestran su disgusto con una vehemencia desproporcionada. Les cuesta sobremanera aprender a tolerar las pequeñas frustraciones cotidianas y cualquier incidente puede desencadenar una espiral de agresividad y hasta violencia. El niño feliz y tranquilo puede de pron-

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to mostrar una rabia inusitada, totalmente desproporcionada respecto a la causa que aparentemente la provoca. No es que tenga una gran personalidad, ni que “sus prontos” sean algo heredado genéticamente. Como hemos visto, los cimientos de su estabilidad emocional arrastran fisuras invisibles pero reales. Incluso cuando su adaptación ha sido altamente satisfactoria, son muchos los que experimentan pequeñas crisis ante situaciones como las siguientes: - Cuando varían las personas que normalmente les atienden: cambios en el profesorado, en la persona que viene a buscarlos al colegio, etc. - Las separaciones y las pérdidas: mudanzas, cambios de clase o de colegio, un amigo especial que se va a vivir a otra ciudad, etc. - Niveles de ruido desacostumbradamente altos o sonidos extraños: un portazo, el bullicio del gimnasio o de una fiesta, etc. - Nuevos retos que, aunque puedan ser habituales a su edad, no se saben capaces de conseguir. Algunos niños reaccionan desconectando del ambiente, y mostrándose ausentes e incapaces de continuar o emprender cualquier actividad. Otros expresan su malestar con actitudes agresivas o desafiantes. Si un niño de siete o nueve años pierde el control ante situaciones que parecen banales y reacciona con una rabieta como si tuviera tres, lo más posible es que ésta sea su manera de expresar una angustia o un temor que le atenaza. Normalmente los individuos utilizamos el hemisferio izquierdo del cerebro –la parte verbal– para procesar situaciones neutras. Cuando el nivel de estrés e inseguridad se dispara, el niño reacciona utilizando el hemisferio derecho, donde están almacenados los recuerdos y emociones de situaciones dolorosas o traumáticas que quedaron sin elaborar. Así explican también los psiquiatras las reacciones desorbitadas de los veteranos de guerra ante determinadas circunstancias. O por qué una tragedia que sale en las noticias nos afec63


ta de manera brutal cuando sus circunstancias conectan con algún episodio doloroso de nuestra biografía. Cuando el hemisferio derecho toma el control, su capacidad de lógica se desconecta. Aparecen entonces comportamientos propios de etapas evolutivas ya superadas. Un niño de ocho años puede gritar y patalear como lo haría uno de tres en plena rabieta. De nada sirve tratar de razonar con él, pero es esencial que el educador mantenga la calma y le ofrezca signos de tranquilidad y seguridad hasta que recupere su control emocional.

La ansiedad ante las separaciones y los cambios “Mi hija va feliz al colegio y en general es una niña alegre y sociable. Algunas veces, al recogerla me cuentan que se le ha ido la pinza, y que se ha puesto agresiva o desafiante. Yo lo tengo comprobadísimo: siempre que pierde los estribos en el cole coincide con que han cambiado un profesor o un monitor de los que vigilan el patio y el comedor”. Los niños adoptados son muy sensibles a las separaciones y los cambios. Esta característica que es común en otros niños al inicio de la escolarización, suele ser en ellos más acusada y una cuestión latente a lo largo de los años. Un alumno que parecía perfectamente adaptado puede sentir tambalearse el suelo bajo sus pies cuando su madre está en un viaje de trabajo o por la baja o sustitución de un profesor. Un cambio de colegio o una variación en sus rutinas puede bastar para que se desaten sus alarmas. Cuando se sienten amenazados o inseguros, pueden mostrarse súbitamente agresivos y desafiantes o desplegar un repertorio de conductas evitativas. 64


Recordemos que el niño no ha elegido su malestar y no sabe cómo manejar su ansiedad y su angustia. Corresponde por tanto a los adultos lograr reconducir cualquier incidente hacia un ambiente relajado. Un niño que reacciona ante las pequeñas frustraciones con agresividad o con ira porque no sabe hacerlo de otro modo, necesita que le ayudemos a verbalizar lo que siente y a expresar de un modo aceptable sus necesidades. Si el profesor levanta la voz y le corrige con vehemencia, lejos de calmar su ansiedad, estará contribuyendo a aumentarla.

El miedo exagerado al rechazo y al abandono “Como el año pasado faltó a clase todo el último trimestre, contábamos con que el principio del nuevo curso sería duro para Ana. Su profesora dice que se ha adaptado muy bien, que es muy perfeccionista y que se esfuerza mucho para seguir el ritmo de la clase. Nosotros en casa la notábamos intranquila, nerviosa e irascible, pero no sabíamos por qué. Hoy a la hora de la cena ha preguntado: Si no lo hago bien en el cole, ¿váis a querer seguir siendo mi mamá y mi papá?”. No es difícil entender que, dado que en el pasado perdieron todo lo que conocían, les cueste comprender que las relaciones son duraderas. Puesto que no entendieron los motivos que les separaron de las personas que fueron importantes en su vida antes de la adopción, temen que de algún modo el afecto y la atención que reciben pueda desvanecerse si no lo saben mantener. Esta idea –que es más una sensación difusa que un pensamiento elaborado– les condiciona a veces en su relación con otros niños o con los adultos. 65


A ningún niño le gusta sentirse rechazado por el grupo o desdeñado por quien considera su amigo. Muchos niños adoptados viven estas situaciones con especial hipersensibilidad. El rechazo les hiere en lo más íntimo, les destroza, pero no es habitual que lo manifiesten abiertamente. A veces, necesitan elaborar su dolor en silencio durante varios días antes de poder expresarlo verbalmente –si es que consiguen ponerlo en palabras–.Y no tienen por costumbre hacerlo cuando se les pregunta “¿qué tal en el cole?” sino en momentos de intimidad en los que se atreven a mostrarse vulnerables. En muchos casos, ocultan su sufrimiento –o al menos la causa del mismo– tanto a sus padres como a sus profesores, aunque su comportamiento nos haga intuir que algo no anda bien. Cuando se les regaña o simplemente se les hace notar un error, pueden vivirlo como un rechazo o, incluso, como una advertencia de abandono. Necesitan con frecuencia que se les recuerde que son apreciados tal y como son, y que seguiremos a su lado pase lo que pase. Los refuerzos positivos y las dosis generosas de aprobación fortalecen su seguridad y su autoestima. Conviene tener cuidado con los halagos excesivos del tipo “eres un niño maravilloso”, que pueden ser un bumerán para su autoconfianza: ante cualquier pequeño tropiezo el niño podría preguntarse “¿me seguirás queriendo si descubres que no soy tan maravilloso?”.

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Las regresiones “Desde la primavera pasada el control de la orina parecía un tema superado, pero al volver al colegio nuestro hijo ha vuelto a tener problemas. Yo creo que lo hace por llamar la atención, pero el caso es que casi todos los días, cuando estamos a punto de salir de casa, moja los pantalones”. Las regresiones son defensas psicológicas típicas en los niños que se ven sobrepasados por sus emociones. En los alumnos adoptados, se observa una tendencia superior a la media a presentarlas. El inicio del curso, la sustitución de un profesor, una mudanza, cualquier cambio o nuevo reto pueden hacer que un niño vuelva a tener problemas para retener la orina, actúe como un bebé, se muestre incapaz de vestirse o de ponerse la bata solo, o muestre su inseguridad con comportamientos que no se corresponden con su edad. No está fingiendo ni tratando de manipularnos, ¡se siente bloqueado! Recuperar su seguridad y las habilidades perdidas puede llevar días o semanas, pero casi siempre tras superar la regresión experimentan un avance notable en varias facetas. Es como si se hubieran detenido para tomar impulso antes del salto. Los psicólogos especialistas en postadopción insisten en que las regresiones tras una primera época de comportamiento “modélico” deben considerarse no como un retroceso sino como un signo de mejora. El niño se siente ya lo suficientemente seguro como para comportarse como niño, expresando sus necesidades de contención, sus demandas y sus angustias. Además, puede comenzar a traer al presente sus conflictos sin resolver o tratar de recuperar etapas que se perdió en su momento. La regresión sería entonces un mecanismo de reparación, no un comportamiento insidioso que hay que evitar a toda costa. En lugar de centrarnos en atajar el comportamiento en sí, deberíamos 67


encararlos como una nueva oportunidad de reafirmar al niño en que ahora cuenta con nosotros para superar lo que le inquieta.

La necesidad de entender y asimilar sus orígenes “Cuando pienso en mi madre biológica, me siento triste y me deprimo. Nadie puede entenderlo, ni mis amigos, ni los profesores, ¡ni siquiera mis padres!”. Para cualquier adoptado, conocer e incorporar su historia personal es un reto natural e ineludible. Se trata de un proceso largo, con numerosas etapas: a medida que aumenta su capacidad de comprensión surgen nuevos interrogantes y sentimientos difíciles de encajar. Cuando dedican buena parte de su tiempo y energía a plantearse cuestiones sobre su familia biológica o las circunstancias que propiciaron su adopción, su rendimiento escolar y su motivación para el aprendizaje pueden resentirse. Incluso cuando en casa no se haya hablado nunca de ello, los niños sentirán curiosidad e inquietud por lo que ocurrió antes de la adopción mucho antes de alcanzar la pubertad. Desde el mismo momento en que entienden que se necesita un hombre y una mujer para “hacer un bebé”, se les hace evidente que, para ser adoptado, antes tuvo que haber unos primeros padres.“¿Por qué no se quedaron conmigo?”, “¿No les parecí lo bastante bueno?” son entonces preguntas habituales, aunque no siempre se atrevan a formularlas en voz alta. Lógicamente, la responsabilidad principal de explicar a un niño su historia corresponde a sus padres. Sin embargo, no hay que olvidar que el niño absorbe información también fuera de casa, sobre

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todo en el colegio. El modo en que reaccionan otros niños y los profesores ante los temas relacionados con la adopción influye poderosamente en lo que piensan de sí mismos y en su autoestima. En los capítulos siguientes, trataremos de explicar cómo pueden los profesores contribuir a que el niño se sienta seguro en su familia y en el colegio, y qué tipo de cuestiones sobre el tema plantean –tanto los adoptados como los no-adoptados– a distintas edades.

IDEAS CLAVE

- Lo vivido en los primeros años de vida deja su huella en la seguridad y la personalidad de cualquier niño. - Durante muchos años después de la adopción, algunas situaciones pueden hacer que su seguridad y su autoestima se tambaleen. - Lo que parece un problema de actitud o disciplina puede ser en realidad la expresión de una angustia que no saben ni explicarse ellos mismos. - Entender y encajar su historia personal es un reto natural e ineludible para cualquier persona adoptada.

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Tabla de Contenidos

I. Adaptación y escolarización 1. Una infancia diferente 2. La familia es lo primero 3. ¡Vamos al cole! 4. Bases de la colaboración entre familia y escuela 5. Ganarse su confianza, un reto que requiere tesón 6. ¿Niños problemáticos? 7. Entender al niño adoptado

II. La adopción en el aula 8. La adopción en el aula Principios básicos para hablar de la adopción • Aprender el vocabulario de la adopción.

9. La revisión de los clásicos Algunos trabajos escolares necesitan ser revisados.

10. La adopción en la escuela infantil Saben más de lo que entienden • Ideas clave sobre la familia • Las diferencias llaman la atención • Padres y maestros trabajando juntos por la normalización • Diferentes por fuera, iguales por dentro.

11. La escuela primaria I (6 a 9 años). Yo me comparo contigo, tú te comparas conmigo • ¿Qué pasó? • Los no-adoptados necesitan saber.

12. La escuela primaria II (9 a 12 años) De dónde sacan la información • Una etapa crucial para la comprensión de la adopción.

13. La escuela secundaria I (12 a 14 años) Profundizando en la cuestión • El papel del educador.

14. La escuela secundaria II (12 a 16 años) Adopción y adolescencia • Una etapa complicada.


Anexo 1: Un ambiente acogedor e inclusivo Anexo 2: Algunos apuntes sobre el racismo y la xenofobia

III.¿Problemas en el cole? 15.Aprender una nueva lengua Mucho más que comunicarse • Lo que no se ve • Cómo se forma el lenguaje • Perder una lengua para aprender otra • El efecto de la institucionalización • Qué esperar y cuando preocuparse • Niños que llegan entre los cuatro y los ocho años • Los problemas de procesamiento auditivo • Cómo acompañarles en el aprendizaje de la lengua.

16. Cuando la madurez no es sólo cuestión de tiempo Recuperar etapas perdidas • Más atención y más acompañamiento • Las mieles del éxito.

17. Otros riesgos asociados a la adopción Riesgos de salud asociados a la adopción • Los problemas de integración sensorial • Los problemas de atención • Los trastornos de vinculación • Lo que nos dice la investigación.

Bibliografía

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Adopción y escuela (I)  

Ya se puede hojear online la primera parte del libro. Contiene la introducción, el índice, el prólogo de Javier Mugica y el primer bloque ti...

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