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Este libro está escrito por alumnos y alumnas de Taller de escritura creativa (Otoño2013) - GES Institut Obert de Catalunya La ilustración de la portada es de Quint Buchholz. Esta selección de trabajos fue realizada por los grupos formados en el Taller. Los trabajos seleccionados corresponden a compañeros del curso. Felicitaciones a todos por vuestro trabajo.

María del Mar Bonet Rodríguez (IOC) Miryam Faricle Ayán (DP) Leticia Sayago Diaz (CM) David Gago Criado (BE) Mercedes Garcia Díaz (IG) Juan José Montesinos Melgarejo (AM) Míriam Ferrer Ruiz (JC) Jordi Atsuara Aparicio (TIM) Mª del Carmen Gibert Gascón (IOC) Juan Manuel Obispo Pajares (IG) José María Zapata Ramírez (ML) David Oliu Bonal (VV) Maria Teresa Gonzalez Rubiera (BA) Sara Moraleda Ruiz (BCN) Josep Fernández Artés (BCN) David Barniol Garcia (SA) Maria Teresa Gonzalez Rubiera (BA)

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Autorretratos literarios Las canciones olvidadas Maltrecho y delgado cuerpo que a sus 45 años aún tiene ganas de bailar en la soledad de una habitación juvenil, semejante al santuario de una adolescente, que esboza una sonrisa cuando sueña que está en un escenario. La luz del sol que entra por la ventana acentúa las muestras de la edad, y las pequeñas arrugas que avisan que el tiempo pasa rápido. El cabello, con un despeinado recogido, parece camuflar unos mechones plateados. Un corto flequillo deja al descubierto sus ojos castaños, grandes, y ya un poco cansados. Los labios carnosos, que pocas veces maquilla, siguen manteniendo su rosado color. Los dedos de sus manos deformes por la maldita artritis, intentan sin éxito, ejecutar alguna nota en la querida y vieja guitarra. Pero aunque el cuerpo está rígido, el pensamiento vuela tatareando las letras de las canciones olvidadas. Mercedes Garcia Díaz (IG)

Ni yo misma soy Soy morena con la piel blanquecina y con una cara diminuta, pero con grandes ojos color avellana. Con el tiempo mi piel se fue oscureciendo y fui adornándola con colores y tintas que nunca volverán a desaparecer. A la vez que mi color de pelo iba modificando su verdadero aspecto y que dejaba atrás mis andares de pato por los de una señorita con altos tacones finos y delgados, me tocó tener un cuerpo ligeramente castigado por los estragos que me depararían en el futuro, marcado con cicatrices no llenas de dolor sino de valentía y optimismo, pero a la vez dulce como su perdición: el chocolate. Como el chocolate soy; me derrito por una tarde al sol escuchando el mar y que mi pelo vuele a su libre albedrío tarareando canciones que estropeo cada vez que una nota sale de mis labios. Porque me hicieron con una gran facilidad para hablar y comunicarme, pero no para que saliera una agradable melodía de mi garganta. Así soy yo, habladora y vivaz pero con un gran corazón dispuesto a todo. Míriam Ferrer Ruiz (JC)

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Vidas imaginarias

Cuatro ojos ven más que dos Menuda a la par que grácil. De apenas 1,58 cm y un peso de 54 kg. Su pequeño tamaño está en armonía con todas las partes de su cuerpo. Desde sus ojos castaños a su talla 37 de pie. Al contrario que su pequeño tamaño, tiene un carácter y una personalidad fuerte que a veces deriva en la impulsividad de decir cosas que hieren. Con el paso de los años se ha ido apaciguando considerablemente. Su voz fina, suave y serena tiene un candor infantil. Sus castaños ojos escondidos tras unas grandes gafas parecen mirarlo todo con curiosidad, ávida de conocimiento como su mente inquieta. Su flequillo corto contrasta con el largo del cabello teñido de un rojo algo apagado ya. María del Mar Bonet Rodríguez (IOC)

Nada es por casualidad Hugo, un joven y atractivo muchacho, con apariencia seria y algo tímido pero a la vez creativo y emprendedor. Su pelo es corto y negro, negro como el carbón. Su peinado es bastante alocado, siempre se pone los pelos de punta, cual si fuera un erizo. Sus ojos son pequeños y de color verde claro. Su gran sueño era llegar a ser dibujante de mangas, y que algún día éstos salieran en las pantallas transformados en animes con miles de seguidores. Era un gran aficionado a la lectura y a la poesía. En sus ratos libres, aprovechaba para impregnarse de las bellas y hermosas palabras que Antonio Machado dejó en sus poemas. Por las noches solía coger su cuento favorito, Fátima, la hilandera, y se quedaba dormido con él en las manos. Por las mañanas, se preparaba para ir a la calle y mostrar sus dibujos, y así sacar algo de dinero por ellos. Él tenia la esperanza de encontrarse algún día, en la Rambla de Barcelona, con alguien que fuera la puerta a su sueño. Una fría mañana de invierno, aquel lugar no parecía muy transitado por los viandantes que siempre lo llenaban. Hugo parecía algo tembloroso, a causa del frío, y calentaba sus manos emanando de entre sus labios leves bocanadas de aire caliente. Alzó la mirada hacia arriba y un joven japonés le sonrió, le gustaron sus dibujos, tanto que se los llevó todos, pidiéndole después el número de teléfono. Hugo no dudó ni un segundo en darle su número, esperando que aquella fuera la puerta a su gran sueño. Tras dos semanas de espera, el móvil sonó. Era aquel chico, diciéndole que querían verle, querían contratarle para producir uno de los mangas más exitosos en Japón. No podía creérselo, su sueño se había cumplido. Al fin, después de tanto tiempo, Hugo iba hacer lo que tanto había deseado: ser dibujante manga. Miryam Faricle Ayán (DP)

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Contamos historias

La barra de labios Felipe, más conocido como Felipe "el triste" por llevar siempre en su rostro el gesto característico de las cejas caídas, mostrando su eterna expresión de tristeza. Esa tristeza debido a cargar sobre su conciencia la responsabilidad de la muerte de su madre. Ésta murió al darle a luz cuatro años atrás. Hecho que su padre le recordaba a diario. Su padre, un hombre de mediana edad, de notable estatura, complexión fuerte, de tez ennegrecida, casi chamuscada a causa de las dieciocho horas diarias que pasaba trabajando en el campo de sol a sol. Era un hombre de carácter tosco, con una facilidad para enfadarse y arrasar con todo lo que hubiese a su alrededor. De ojos tristes y con una inevitable facilidad para emborracharse, que hacía estragos en su buen humor. Un buen día, que Felipe venía de pasear con su perro “ratón”, bautizado así por su minúsculo volumen, llegó a casa y como de costumbre no halló a su padre. Se preparó algo de cena y se fue a descansar. Al levantarse descubrió a su padre durmiendo en las escaleras del porche. Del bolsillo de su chaqueta asomaba un objeto brillante. Felipe alargó la mano para ver de qué clase de objeto se trataba. Con tan mala fortuna que en aquel momento su padre recuperó la conciencia y le propinó un puñetazo en toda la mejilla. El niño salió corriendo presa del pánico, acostumbrado a que aquellos encuentros fortuitos con su padre siempre acabaran en una paliza de la que tardaba días en recuperarse. Al percatarse de que su padre no intentara alcanzarlo, sorprendido fue a ver qué ocurría. Con gran temor de encontrarlo lleno de rabia y de fúria contra él, cautelosamente, acortó distancia entre él y su progenitor. El padre al verlo venir, corrió hacia él. El niño, inmóvil, no pudo reaccionar. -Otra paliza- pensó. Para su sorpresa, lo estrechó entre sus brazos y rompió a llorar sonoramente. Felipe metió la mano en el bolsillo de su andrajoso pantalón y sacó un trozo de tela, bien doblado. El padre lo reconoció, era el pañuelo que llevaba su mujer el día que murió; con él arroparon el cuerpo desnudo del recién nacido. "Es lo único que tengo de mi madre, nunca lo he usado. Es el tesoro mejor guardado que poseo, nunca lo he compartido con nadie. Pero tómalo y sécate esas lágrimas, que aunque hubieras preferido que muriera yo en el parto en vez de mi madre y, que cada vez que me veas sientas ganas de matarme, para mí eres lo único que tengo en esta vida y aunque quieras alejarme no te dejaré solo". El padre, conmovido por las palabras del tierno niño le confesó que cada vez que lo miraba veía los ojos verde mar de su mujer y, que sentía una enorme tristeza de no saber cómo cuidarlo. "Guárdate ese pañuelo, que no tendremos que usarlo. A partir de hoy nadie volverá a llorar aquí". Cogió el objeto brillante entre sus manos y entre sollozos dijo "Toma, ahora ya tienes otro tesoro más, la barra de labios que utilizaba tu madre". Leticia Sayago Diaz (CM)

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La caja de música Sentados alrededor de una gran mesa ovalada que desprendía un tufo a barniz rancio y de la que el notario presumía por su antigüedad, los herederos escuchaban atentos la lectura del testamento. Al notario le habían encomendado un encargo muy especial. Se dirigió a la mujer más joven, de grandes ojos azules, pelo negro intenso como la noche, que vestía un modesto traje gris y le entregó un objeto envuelto en una tela aterciopelada de color verde oscuro. A la joven, sorprendida por este hecho singular y preguntándose qué debía ser aquello, se le dibujó una amplia sonrisa en el rostro aún lloroso por el dolor de la pérdida, cuando palpó de qué se trataba. Nunca hubiera imaginado que tener entre sus manos aquella caja pequeña, de madera lisa, con una diminuta llavecita cromada y deslucida en la parte trasera, decorada con pequeñísimas flores en variados colores pastel y en la que se apreciaba indeleble a pesar de los años una sencilla inscripción: “siempre tuyo”, le produciría tal estremecimiento. Le temblaron las manos al hacer girar la llavecita varias vueltas, abrió la caja y empezó a sonar una música suave y delicada. Cerró los ojos y por un instante le pareció revivir su niñez cuando a escondidas se escabullía hasta el cuarto de la abuela, se encaramaba a un enorme butacón tapizado de una tela resistente, jaspeada en tonos granate y ribeteada de chinchetas, hasta llegar a la base de la cómoda que siempre le pareció muy alta y en la que como un objeto mágico se hallaba la caja de música. Se quedaba quieta, observándola, sin atreverse a tocarla hasta que la abuela la sorprendía y sentándola en su regazo, la abrazaba y escuchan aquella suave melodía. Durante unos instantes todos guardaron silencio. Aquella música sin duda evocaba el recuerdo de la abuela centenaria que acababa de emprender su último viaje. Cuando la caja de música dejó de sonar, la madre de la joven se le acercó y susurrándole al oído le dijo: la abuela siempre te quiso con locura, llegamos a pensar que hubiera querido ser enterrada con esa caja, fue el último regalo que le hizo el abuelo antes de morir en aquella maldita guerra. Consérvala como un gran tesoro. David Gago Criado (BE)

La caja de música Era bastante habitual ver a Ana sentada junto a la ventana del pequeño salón, justo enfrente se puede ver el parque. Pero aunque sus ojos ya no percibían la luz por el paso de los años, le gustaba sentir la calidez de los rayos del sol en su cara, y escuchar el griterío de los niños jugando en el parque. Ana era menudita, y aunque muy delgada, parecía que sus débiles piernas no pudieran soportar el peso de ese pequeño y frágil cuerpo. No había muchos muebles en la casa, sus hijos decidieron prescindir de algunos de ellos por miedo a que Ana pudiera tropezar y lastimarse. Desde que su esposo falleció y siempre a la misma hora, como el que se sienta frente al televisor esperando su serie favorita, Ana tomaba entre sus temblorosas manos una caja de madera que al abrir, emitía una dulce y repetitiva melodía que la

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transportaba a sus años más felices. Era un ritual, un juego que inventó para poder revivir todos sus recuerdos y evadirse de su más profunda soledad. Cada día era un momento diferente, rememoraba desde su primer beso hasta el nacimiento de Rosita, su hija menor. Ana ignoraba que cada vez que ella se sentaba junto a la ventana, alguien la observaba desde un banco del parque. Era Don Arturo, un viudo bien posicionado. Don Arturo era un hombre alto, delgado, algo encorvado, y aunque el paso de los años también habían hecho mella en él, aún conservaba la elegancia y la pose que hacía intuir que en otra época había sido un gran galán. Tenía un frondoso cabello blanco que reflejaba brillantes destellos plateados, como el centelleo de los guijarros en un rio al acariciarle los rayos del sol. Siempre había vivido en la casa colindante a la de Ana. En otros tiempos, incluso habían salido alguna vez que otra con sus respectivas parejas y los niños. Don Arturo, cada día y a la misma hora, se sentaba en un banco frente a la ventana de Ana. No se cansaba de mirarla y de pensar cómo le gustaría arroparla entre sus brazos. Siempre la miró como algo inalcanzable, aunque quizás ahora, cuando la soledad los agarraba a ambos de la mano, pudiera ser el momento de decirle cuanto amor sentía por ella. Ignorando que Ana quizás ya no sepa quién es él, ni reconozca aquellos ojos castaños que alguna vez, en otros tiempos le hicieron algún guiño cuando la veía por la calle. Era el momento, Don Arturo ya no esperaría ni un día más. Decididamente caminó hasta la casa de Ana y llamó al timbre tímidamente. Se oían unos pasos que se acercaban hacia él. Al abrirse la puerta sonrió al reconocer aquel rostro; era Rosita, la hija menor de Ana, aunque algo cambiada por el paso de los años. Ella también lo reconoció. -¡Don Arturo! buenos días. -¡Buenos días! Me imagino que tú eres... Rosita. -Sí, han pasado muchos años, pero está usted muy bien, Don Arturo. Pase, pase, por favor. Los dos entraban en la casa. Don Arturo se entretenía un poco observando las fotografías que colgaban de la pared, mientras intentaba explicarle a Rosita… -Verás, yo venía a ver a tu madre… -Por supuesto, aunque tengo que decirle que tiene una grave enfermedad y es posible que no lo reconozca. Ya ni siquiera sabe quién soy yo. Don Arturo ,un poco sorprendido y cogiendo de la mano a Rosita, le contestó. -Vaya, lo siento mucho, de todos modos me gustaría verla… -Claro, Don Arturo, está en el salón. Pase. Mientras iré a prepararle una taza de café. Don Arturo entraba lentamente en aquel gran y soleado salón, observando cada detalle hasta encontrar a Ana, como siempre, sentada junto a la ventana con su caja de música en las manos. Él se acercó hacia ella y posando la mano en su hombro la llamó dulcemente: -Ana Ella giró la cabeza suavemente buscando sus ojos. Al verlo, fue levantándose lentamente, cerró la caja de música postrándola encima de la silla. Lo miró mientras una gran sonrisa brotaba de sus labios. Fue acercándose lentamente a él.

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En ese momento entraba Rosita en el salón para poder ver como su madre alzaba su mano hacia el rostro de Don Arturo y lo acariciaba suavemente mientras casi como un susurro, exclamaba. -¡Arturo! Mercedes Garcia Díaz (IG)

La caja de música María es una mujer pequeña, de mediana edad. Tiene el rostro surcado de arrugas, más de las que debiera tener. Sus ojos, su nariz y su boca son acorde a su cuerpo, pequeños y sin brillo. Su cabello, antaño color avellana, está veteado de mechones blancos. Es una mujer introvertida y triste. Hace unos años perdió a sus padres y se quedó sola, sin familia, puesto que no tiene hermanos y jamás se casó. Siempre había sido una persona tímida, apoyándose en sus padres para todo, pero alegre al fin y al cabo. Desde que se quedó sola, su carácter fue cambiando. María se fue apagando, no hay nada que la pueda hacer sonreir. Recuerda con tristeza y melancolía los felices años vividos cuando era pequeña, con sus padres y su abuela. María quería mucho a su abuela. Siempre jugaba con ella y María se sentía querida y feliz. Hace años que no ha entrado en el dormitorio de sus padres. Está todo como ellos lo tenían, como esperando que vuelvan algún día. Pero se decidió. Se atrevió a entrar y se puso a remover cajones y armarios, esperando encontrar algo especial, quizás. En un rincón del cuarto vio algo que la hizo estremecer. Vio el baúl de su querida abuela. Era un baúl pequeño, de madera de roble con unas tallas de marfil incrustadas en él. Lo abrió. Lo primero que encontró fue una vieja muñeca de trapo que su abuela le regaló cuando era pequeña. También vio los libros de cuentos que le leía. A María la invadió una gran melancolía y las lágrimas empezaron a aflorar de sus apagados ojos. Pero lo que la dejó sin respiración fue encontrar la pequeña caja de música que había en el fondo del baúl. Horas y horas se había pasado en brazos de su abuela escuchando las notas que salían de la pequeña cajita. La cogió, la limpió y decidió llevársela a la cocina. Hace días que María encontró la vieja caja de música. Desde entonces, en los momentos en los que se siente más triste, se sienta en una silla de la cocina, al lado de la ventana y abre la caja de música. La música que sale de ella la hace sonreir. Se siente más feliz, como si se hubiera transportado años atrás. María se siente mejor y ha descubierto que sonreir, aunque sea de vez en cuando, le sienta bien. María creía que lo había olvidado. Juan José Montesinos Melgarejo (AM)

Una barra de labios Alfredo está en la sala de espera. Suenan de fondo horrorosas versiones “chill out” de Los Beatles que le están desquiciando. Hay más gente en la sala, pero nadie se está mirando. Unos miran su teléfono móvil, otros miran una pantalla de televisión que habla las bondades del centro en el que están y otros están sumidos en sus pensamientos. Igual que Alfredo.

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Alfredo es un hombre alto y de mediana edad con una barriga prominente. Su calva no hace juego con su abigarrado bigote, pero la luce con orgullo. Sus gafas reposan encima de su pecho, colgando de dos cordones que le rodean el cuello a modo de collar. -Son para leer- dice, pero apenas las usa. Le gusta llevarlas cerca, le transmiten algo de seguridad. Sobre todo para leer las quinielas que echa en el quiosco cerca de casa. Alfredo está sumido en sus pensamientos, mirando a todos y a nada. Cruza sus manos sobre su barriga, estira las piernas, las cruza y sigue mirando. Ahora se fija más en cada una de las personas allí presentes. Casi todo son mujeres de su misma edad o más jóvenes. Se pregunta qué les traerá allí. -All you need is loooove… - grita el altavoz despertándole por un momento de sus ensoñaciones. Alfredo farfulla alguna maldición y se remueve algo incómodo en su asiento. El asiento de madera en el que lleva esperando 45 minutos empieza a hacerle doler el trasero. Levanta la mirada, intentando ver si la recepcionista tiene noticias para él, pero ella está demasiado ocupada con la nariz entre un montón de papeles. Alfredo suspira. Mira el reloj. Son las 12:30. Pronto empezarán a rugirle las tripas y estará todavía más incómodo en ésa maldita cárcel de cristales y cuadros modernamente horteras. La gente que le rodea siempre acaba siendo nombrada. Se levantan, saludan a alguien y desaparecen por un pasillo estrecho y con una iluminación muy fuerte. Alfredo sigue mirando el reloj. Cada vez está más impaciente. Y allí nadie viene a por él. Acaba de ver que la sala es más grande de lo que había creído al principio. Y hay todavía más gente que antes. Al fondo, cerca de unos grandes ventanales, hay un grupo de personas alrededor de unas mesas. Encima de las mesas hay apiladas varias cajas de colores. Se pregunta para sí qué demonios estarán haciendo. Una mujer vestida de blanco les rodea y les habla mientras agita mucho las manos. En sus manos hay algo de colores que no acierta a distinguir qué es. Están bastante alejados de él, así que no puede oír lo que dicen. Ha llegado otra persona a la sala de estar. Ha dicho buenas tardes y se ha sentado cerca de él. No para de mirarle fijamente y sonríe. Eso incomoda un poco a Alfredo, ya que no cree conocerla de nada aunque su cara le resulta vagamente familiar. No dice nada, sólo lo mira y sonríe. La mujer rebusca en su bolso y saca un pintalabios y un pequeño espejo. Disimuladamente Pedro la mira. Ella sonríe y sigue a lo suyo. Con su mano izquierda sujeta enfrente de si el pequeño espejo mientras con la mano derecha pinta sus labios con un llamativo rojo. El color de esa barra de labios le transporta a otra época, a otro país. Está en otra habitación. Hace mucho calor. Del techo pende un ventilador que mueve sus aspas sin que apenas reduzca el calor del verano. Cerca de la puerta de la habitación hay una mesa con un tocadiscos. El vinilo gira al ritmo de Tony Renis cantando aquello de “Dimmi quando tu verrai, dimmi quando... quando... quando...”. Los ventanales de la habitación están abiertos de par en par y algo de brisa agita las cortinas rojas de los ventanales. Alfredo está sentado en la cama, desnudo. La cama está revuelta y el olor de sexo se clava en sus fosas nasales. Aparece una mujer. Es una chica joven que acaba de pintarse los labios de un rojo pasión como el de la barra de labios de esa chica de la sala de espera. También le sonríe. Ella lleva un vestido beige hasta las rodillas y gira danzando al compás de la música. Está descalza. Todavía tiene el pelo algo revuelto, pero se ha pintado los labios y sonríe. “Ti amo, bella” le dice Alfredo.

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-Hola papá. –Le dice la mujer sonriente. La interrupción ha hecho que vuelva de nuevo a esa aséptica sala de espera con esa horrorosa música chill out de fondo¿Cómo te están tratando aquí? -¿Cómo dice? –Alfredo está casi seguro de haber escuchado que le llamaba “papá”, pero se ha quedado en blanco. -¿La conozco? -Papá, soy Regina, tu hija mayor. Vengo a verte cada día. -Creo que usted está confundida, señorita. -Alfredo cree que le están gastando una broma o que la tal Regina no está muy bien de la cabeza. -Papá, yo…- Regina se ve interrumpida por la aparición de un hombre joven, con gafas y que con un café en la mano, la llama por su nombre completo. Parece cansado y algo impaciente, así que Regina no se hace esperar. -Ahora vengo, papá.- Regina se levanta recogiendo tan apresuradamente su bolso que no se ha percatado que se le ha caído la barra de labios a los pies de Alfredo. Alfredo se agacha y recoge la barra de labios. Piensa devolvérsela a esa chica cuando vuelva a la sala. Regina sigue caminando por el pasillo hasta que el hombre de gafas le señala una habitación y entran. Él se sienta en una gran silla negra, delante de una mesa de cristal y metal que tiene encima un ordenador y un montón de papeles. Regina se sienta enfrente. Deja el bolso en la silla de al lado, suspira y clava sus ojos azules en los de él. -Dígame, doctor, ¿cómo evoluciona mi padre? -Sra. Giuliano, como usted sabe, su padre fue diagnosticado de Alzheimer y poco o nada podemos hacer, más allá de proporcionarle todo el confort necesario y la medicación que prevenga mayores síntomas. Lo lamento. Esta enfermedad actualmente es irreversible y sólo podemos controlarle e intentar frenar sus síntomas. -Lo entiendo. ¿Cree que sería bueno que le dijera que mi madre falleció? -Sra. Giuliano, como en toda enfermedad, Alfredo tendrá días buenos y malos. A veces ni siquiera recuerda que lleva ingresado unos meses aquí y ni siquiera sabe qué o a quien está esperando. Cree que ha venido al médico y que le hacemos esperar mucho. Si usted cree oportuno decírselo, yo no tengo inconveniente, pero tenga en cuenta que muy probablemente ni siquiera recuerde estar casado. -Está bien. –Sin darse cuenta, Regina ha empezado a llorar. Saca un pañuelo de papel de su bolso y hace sonar su nariz. Intenta componerse ya que deberá volver a esa sala y hablar con su padre.- Gracias doctor por atenderme. De momento eso es todo. Tengo que volver al trabajo, pero antes quiero ver a mi padre y hablar con él. -No se preocupe, no es molestia. Siempre que quiera puede usted pedir cita conmigo. – El doctor se levanta, la acompaña a la puerta y Regina se va por el pasillo iluminado y atestado de unos cuadros de dudoso gusto. En la sala de espera, Alfredo le quita el tapón a la barra de labios y se sumerge nuevamente en esa habitación amplia, calurosa y llena de contrastes. Está acalorado, parece que el calor de la tarde le está asfixiando y le duele un poco el brazo izquierdo. La chica ha dejado de bailar y ahora está muy cerca de él. Puede notar su aliento. Ella le susurra al oído algo en italiano. -Yo también. -responde. Alfredo se desploma en el suelo con un ruido sordo. Tal cual si fuera un muñeco inanimado.

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Regina ha visto como caía su padre y se ha apresurado a correr hasta la sala, gritándole al doctor para que se acercara. Cuando llega al lado de Alfredo, sus labios revelan una sonrisa queda, pero ya no respira. Entre sus manos está la barra de labios que tanto le recuerda a su mujer y a su querida Italia. María del Mar Bonet Rodríguez (BCN)

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Escribir sobre nosotros mismos

El patito feo Nació hace 28 años en un pueblecito del interior de Cataluña. Nunca fue agraciada con el don de la belleza, pero su mamá siempre la encontraba bella. Desde pequeña tenía que ir con un parche en el ojo por tener un ojo un poco “vago”. Al parche se le añadían las gafas que en aquellos años no eran diseñadas con bonitas formas y colores. Su mamá, por ser práctica, le había cortado el pelo bien cortito como un niño, y su cuerpo era más bien rechoncho y su constitución tendía a ser más bien baja y ancha que una niña con melena larga y delgadita. Los años pasaron para aquella niña y no fue a mejor. La comunión no la hizo porque no entró en ningún vestido. Su pelo no era bonito, no tenía un rizo definido ni tampoco tenía una melena lisa y aterciopelada. Era la amiga que nadie quería tener, la prima que todo primo se avergonzaría de ella. A pesar de todo, su madre aún la seguía viendo bella. Los años fueron pasando y aquella niña de gafas, pelo oscuro sin domesticar, oronda y sin gracia se fue remendando. Dejó de utilizar gafas, se cambió el color del pelo y empezó a tener amigos. Pero era un poco tarde, ya que toda su infancia la había pasado triste y sola, sin amigos con quien jugar. Fue muy difícil porque necesitó la ayuda de los médicos para seguir adelante, pero las ganas de vivir fueron más grandes que todo lo malo que le había ocurrido. Ahora hay alguien mucho más importante que siempre la ve guapa, a aquella niña: su hijo. Tenga un mal día o no, haya dormido poco o mucho, esté cansada o disgustada, su hijo siempre la ve la más guapa del mundo. Aquella chica ahora intenta enseñarle a su hijo que lo bonito no está en ser más alto ni más bajo, en tener el pelo más largo o más corto, sinó en que hay cosas muy bonitas de las personas que no se aprecian a simple vista. Míriam Ferrer Ruiz (JC)

¡Mueve la silla! La historia de Jordi es algo singular. Él es ahora un hombre grande y fuerte, de ojos verde oscuro y con ausencia capilar muy pronunciada, que lo hace parecer rudo y peligroso, pero que por lo contrario, es un hombre bueno y cariñoso, amigo de sus amigos, aunque realmente, de pocos amigos y de muchos conocidos. Pues siempre ha sido muy selectivo con sus amistades, pero se deja conocer por los demás. Criado en el seno de una familia numerosa y humilde, siendo uno de los pequeños de seis hermanos, enseguida se acostumbró a luchar por todo lo que quería conseguir. De pequeño, siempre había sido un niño enfermizo, con grandes episodios asmáticos y muy delgado, características que hacían que la infancia de Jordi, no fuese como la de un niño cualquiera. Mientras sus amigos corrían y saltaban, él los tenía que mirar desde su ventana. No podía hacer ningún esfuerzo, porque enseguida se ahogaba.

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Gracias a la perseverancia de su madre, Jordi, logró vencer a su enfermedad, pero sufrió un terrible accidente cuando contaba la edad de doce años, que lo postró en una cama de hospital durante seis meses. En ese tiempo, creció y su cuerpo experimentó un cambio brutal. Pasó de pesar sesenta kilos a pesar noventa y creció quince centímetros. Superación tras superación, consiguió caminar, correr y hasta saltar. Fue entonces cuando se prometió a sí mismo que nunca dejaría de probar cosas nuevas, que siempre movería la silla para no estar quieto nunca y volcó su vida en ayudar a los demás, perteneciendo a varias entidades benéficas y bastantes voluntariados. Instruído por su padre, en el arte y la dedicación al trabajo bien hecho, comenzó su vida laboral, con tan solo catorce años, realizando profesiones de todo tipo. Esto nos hace recordar el cuento de “Fátima la hilandera”. Jordi se convirtió en un chico para todo, a veces, demasiado perfeccionista. Durante años, fue jugador de futbol americano. Deporte en el que cuajó perfectamente, ya que, en las demás disciplinas deportivas no tuvo demasiado éxito. Fue cuatro veces campeón de España, seis veces de Cataluña y en una ocasión, campeón de Europa. Podemos decir, que ésta, es una historia de superación y de cómo alguien que estaba casi postrado en una silla de ruedas, quiso cambiar su destino, y más importante aún: lo logró. Jordi Atsuara Aparicio (TIM)

De niña a mujer Sarral, provincia de Tarragona, un pequeño pueblo dedicado a la agricultura y el alabastro. En él vivía ya hace unos cuantos años, una pequeña que se llamaría Mª Carmen, de cabellos castaños ondulados, tez un tanto blanca, labios carnosos y rosados, con la nariz un tanto prolongada, de ojos color café redondos como olivas y mirada intrigante un tanto suspicaz. En ese pequeño pueblo pasó parte de su niñez, tenía amigos y amigas, estudiaba y salía a la calle a jugar con ellas. Un día sus padres decidieron, por causas del trabajo trasladarse, a otro pueblo cercano y establecer allí su vida. Ella no se acababa de aclimatar sobre todo a la nueva escuela. Tuvo unos pequeños problemas en la vista que la hicieron tener que usar gafas. Eso acabó de importunarle la existencia, no quería asistir a la escuela, no quería salir de casa, decía que le quedaban mal, que nunca saldría de casa. Se encerró en sí misma y nada ni nadie la hacía salir de su encierro. Fueron pasando los años y finalmente un día su madre decidió que mirarían unas lentillas. Ella mucho más contenta dijo que si, le hicieron las lentillas y su carita de ángel se iluminó como el sol después de una tormenta. Empezó a salir con sus amigas, se vestía como a ella le gustaba. Era de nuevo una chica feliz. Fueron pasando los años, creció y se hizo una bella muchachita. Un día conoció un muchacho de otro pueblo, fue amor a primera vista. Empezaron a salir primero como amigos, después como novios y finalmente al cabo de tres años contrajo matrimonio. Fue un largo caluroso y feliz día de julio. Años después tuvo su primer hijo y cuatro

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años más tarde su segundo. Nunca ha querido abandonar el pueblo donde la trajeron de pequeña. No quiere hacer lo que hicieron sus padres con ella, allí en su actual pueblo lo tiene todo. ¿Para qué buscar más? Mª del Carmen Gibert Gascón (IOC)

Nueva vida Corría el año 1984 cuando nació. Era una fría mañana en un apagado 12 de febrero. Su madre rompió aguas allá a las 5 de la mañana. El día en el exterior se presentaba aún prematuro. Las nubes, imponentes gigantes grises que rompían el azul celeste, amenazaban con empapar todo aquello concebido en ese lugar. Era muy probable que cayeran los cielos en ese mismo día. Su madre y el marido de ésta llegaron a eso de las 6 al hospital, que estaba todavía tranquilo. Sólo se percibía el ajetreo de los allí empleados que, debía hacer poco que comenzaban su turno. Se presentaba una larga jornada de trabajo todavía casi sin empezar. A las 6 y cuarto la parturienta madre ya estaba en la sala de partos de la unidad de maternidad, que está ubicada en la segunda planta del recinto sanitario Igualadino. El padre se quedó esperando en la sala de espera, aparentemente impasible. El ginecólogo que iba a atender el parto era un joven, convencional y simpático hombre de unos 35 años, de estatura ni muy prolongada ni muy escasa y con sabida experiencia en partos. La época del baby-boom había comenzado hacía ya algunos años. La asistenta del parto iba a ser una aún más joven bajita y callada chica de alrededor de 27 años de edad. Antes de que el chico asomara por primera vez la parte superior de su cabeza, el ginecólogo y la asistenta hicieron los preparativos pertinentes a cualquier parto acontecido en un hospital adecuadamente acondicionado como el que era ese. A las 7 menos 5 el chaval empezó a asomar entre las piernas de la mujer. La madre empujaba con mucha fuerza a la vez que respiraba con violencia. Desde que se le comenzó a ver hasta que salió por completo pasaron unos interminables 15 minutos. Juan Manuel pesó tres kilos y quinientos gramos y midió 60 centímetros cuando hubo nacido. Era evidente que iba a ser un chico guapo, pero no nació todo lo bien que se podría esperar. Le faltaba un brazo. El padre entró en la sala de parto, cuando vio que su hijo era manco. Podría haberse preocupado, pero no fue ese el caso. El niño creció sano y feliz y se convertiría en un joven deportista amante de la naturaleza. Juan Manuel Obispo Pajares (IG)

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Un sueño roto José Mª era un niño de diez años, de pelo liso y negro como el carbón, de ojos marrones, nariz pequeña y un poco torcida como la torre de Pisa. Sus labios rosados y bien perfilados, como si los hubieran dibujado para un personaje de cuento. Su cara de una redondez casi perfecta y orejas proporcionadas. Su cuerpo de estatura normal a su edad pero un poco relleno como un bollo de chocolate. Era un niño muy tímido pero muy alegre a la vez. Le gustaba mucho reírse y jugar con sus amigos y muy poco el colegio. José Mª tenía un sueño: ser futbolista, y siempre que podía se ponía sus botas y se iba a jugar con sus amigos. Un verano, en 1983, mientras jugaba con sus amigos en un campo que había detrás de su casa, uno de ellos le comentó que estaban haciendo las pruebas de selección en el equipo de su pueblo. Él vivía en Cornellá. Después de pensarlo y de hablar con sus padres, se decidió a probar. José Mª comenzó las pruebas, pero su timidez no le dejaba jugar como realmente sabia, aunque iba pasando las pruebas necesarias para continuar. Uno de los entrenadores que les hacía las pruebas se fijo en él, aún sabiendo que las pasaba muy justas, y se dio cuenta que la vergüenza que le provocaba estar delante de tanta gente no le permitía jugar a su verdadero nivel. El entrenador habló con él a solas y le hizo entender que la timidez no se podía adueñar de él. A partir de ese día, José Mª comenzó a jugar como realmente sabía y lo cogieron en el equipo, siendo uno de los mejor seleccionados. Comenzó la temporada siendo el jugador más valorado de la liga. Ganaban casi todos los partidos e iban los primeros de la liga. Un día, cuando le falta poco para acabar la temporada, José Mª se cayó con la bicicleta por un terraplén y se rompió el tobillo. Estuvo cuatro meses con la pierna escayolada. Su padre lo llevaba a ver todos los partidos de su equipo, pero volvía muy triste porque sin él no ganaban. Cuando, por fin, le quitaron la escayola y le hicieron la rehabilitación, José Mª volvió a entrenar con su equipo, pero ya no era el mismo. Su pie ya no le permitía jugar igual. Tuvo que dejar el fútbol y dedicarse a sus estudios, con lo que consiguió ser uno de los chicos con mejor nota de su clase. José María Zapata Ramírez (ML)

El mensaje de los peces Era un día que salí a pasear por la playa. Siempre había un abuelo de unos 75 años que debía de estar jubilado. Era de barba negra y llevaba un anteojo, que sirve para ver de lejos. Siempre me sentaba en la arena a observarlo para ver qué pescaba. Cogió un rape bastante grande por lo lejos que estaba. Un rato después pescó una merluza también muy grande, y otros peces de ese tipo. Siempre se llevaba el cesto lleno de peces grandes y apetitosos.

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Ese día el chico que lo observaba le siguió para ver dónde iba y dónde vívía. Primero pasaba por una pescadería y daba la mitad de los peces que había pescado. Y por ello le daban un buen dinero. Después se fue por una calle y comenzó a cruzar todo el pueblo. Llegó hasta las afueras del pueblo y comenzó a subir por un camino que iba hacia la montaña. Cuando llegaron a la cima veían una casa grande, bonita y un lago con un árbol bellísimo y enorme con una roca grandiosa al lado, dónde se leían unas palabras. Se fijó en el lago y estaba lleno de peces. Miró la casa y vió que el abuelo le estaba mirando con su anteojo, muy fijamente. Con su mirada entendió que se tenía que ir, estaba asustado y se fue caminando con paso ligero, sin decir nada. Llegó a casa y le esperaba su madre para cenar, que había comprado un rape en una pescadería. Era casualmente el pez que había pescado el abuelo. Primero se comió las patatas que había en el plato, y después con el cuchillo, cortó el pez y dentro del pez había una canica azul que brillaba. Cogió la canica y se la puso en el bolsillo del pantalón. Al día siguiente fue corriendo hacia la playa y vi el abuelo en las rocas. Era el momento de ir a su casa y ver qué decía la roca grande, en la que había un mensaje. Llegó a su casa y fue a mirar el mensaje de la roca. No sabía qué decía porque estaba muy lejos. De golpe me tocó algo por la espalda, me giré y era el abuelo. Me quedé muy asustado. El abuelo me dijo que no tenía que estar tan nervioso. Me preguntó por qué estaba allí. Y le respondí que era por el mensaje de la piedra y para devolverle la canica. El abuelo me preguntó qué canica y le enseñé la canica azul que tanto brillaba. El abuelo dijo que era suya y que gracias por devolvérseela. Le pregunté cómo podría leer el mensaje de la piedra. Y medijo que él sólo lo podía leer con su anteojo. El abuelo lo leyó y decía: “Sí quieres pescar muchos peces y muy grandes tienes que creer en ti y en tu instinto”. Ese día el chico comenzó a pescar, y encontró su sítio y comenzó a pescar muchos peces. David Oliu Bonal (VV)

Una historia de amor Todo comenzó cuando una niña de unos diez años, degaldita, de pelo largo y castaño oscuro, de piel morena, ojos negros, alegres y picarones y carácter vivaracho, la llamaban Maritere. Hija pequeña de unos padres sordomudos, siempre fue muy responsable y adulta para su edad, debido a la dificultad de sus padres. Una tarde de otoño, su madre la mandoóa la calle en busca de su hermano. Se hacía de noche y había que acudir a la cena, pues su padre era muy severo y le gustaba que sus hijos fueran puntuales. Su hermano Juanjo, era un chico que despuntaba en la adolescencia. Siempre de burlaba de su hermana pequeña haciéndola rabiar, exponiéndola también a la burla de sus amigotes. Aquella tarde no fue diferente a otras. La niña se acercó al parque, donde estaba su hermano rodeado de amigos que comenzaban a probar sus primeras caladas a los cigarrillos. Ella lo llamó a grito, apremiándole acompañarla a la casa de ambos. Su hermano hacía caso omiso a los gritos estridentes de la niña. Había un chico junto al hermano. Pedro se llamaba, y se reía de la escena. Y rápidamente contestó con desprecio -Anda niña!!!, que lo que no hablan tus padres lo hablas tu por los codos- La niña, roja de vergüenza, quiso fijarse quien era ese que la ofendía tanto: un chico de aspecto rudo, con la cara llena de granos cual

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paella de arroz... Maritere salió corriendo, con lágrimas en los ojos y una rabia contenida. Al cabo de unos años, Maritere se convirtió en Tere, una chica alta, que había llegado a formar un bonito cuerpo de mujer. Los chicos de su barrio se giraban para verla pasar, siendo el deseo de muchos en convertirla en la novia soñada. Ella no sabiía que Pedro, amigo de su hermano y que se burló de ella cuando era una niña, ahora trabajaba en un bar cercano a su casa y la veía pasar a diario, sorprendido del cambio que había dado aquella niña chillona. Se había convertido en una preciosa mujer. En unas fiestas de barrio, ella estaba espectacular; se había puesto sus mejores tacones y con un porte de mujer fatal, disfrutaba de la música de la orquesta con sus amigas. Pedro también había cambiado: cuerpo atlético a base de jugar mucho a fútbol. Era apuesto y muy atractivo. Ya no era un chico mordaz, era un chico tímido, pero a Tere le atraía mucho. Tenía que hacer algo para atraer su atención, así que habló con sus amigos para acercase al grupo de Tere, y así poder quedarse a solas con ella. Así sucedió. Pedro se acercó a ella y lo primero que le dijo fue -¡Cómo has cambiado!- Ella le preguntó si se conocían, pues no lo recordaba. Él le recordó el episodio del parque. Tere, que cuando era niña hubiera matado aquel muchacho, desagradable a su parecer, en ese momento lo primero que le surgió fue una sonrisa, pues no era rencorosa y Pedro parecía un buen chico. Aquella historia, siguió con un largo noviazgo y una feliz boda. Pedro y Tere continúan su historia de amor en un pueblecito del Maresme con dos preciosos niños. Maria Teresa Gonzalez Rubiera (BA)

El certamen de cantautores Fue hace ya mucho tiempo. Todavía la artritis reumatoide no había aparecido en su cuerpo y las manos podían tocar con facilidad las cuerdas de su guitarra. El cabello largo, ondulado, frondoso y castaño no tapaba unos ojos grandes y marrones que brillaban entonces con cierta ingenuidad y sorpresa por su joven edad. Su cuerpo delgado, casi flotaba en aquel pequeño escenario en el que se encontraba. Su boca carnosa esbozaba una sonrisa entre nerviosa y tímida, ya que la responsabilidad del momento era crucial. Era un día muy importante. Después de pasar varias eliminatorias en el certamen de cantautores de Viladecans, llegaba el momento de la gran final. El sol estaba a punto de esconderse y empezaban a encenderse las luces en la terraza del local. Toda su familia y amigos estaban allí. Era muy emotivo ver los ojos de su hijo de seis años, clavándose en los suyos con complicidad. Llegó el momento. -A continuación saldrá al escenario Mertxe García- anunció uno de los miembros del jurado que se encontraba sentado frente a ella. Agarró su guitarra, se sentó en el taburete y posicionó el micrófono hasta que podía rozar sus labios.

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Mientras ejecutaba las primeras notas, lanzó un profundo suspiro que facilitaba el poder dejar de temblar. No podía apartar la mirada hacia su hijo, que la observaba sonriendo, y aplaudiendo con efusión. Empezó a cantar, ahora sí estaba cómoda. Cada vez que cantaba, sentía como si se transportara a otro lugar, como si estuviera en otro mundo donde no existía ninguna preocupación. Al acabar la pieza, la emoción no pudo ser más fuerte al escuchar la gran ovación que el público le proporcionó. Pero era el momento de la verdad. El jurado, después de una media hora de deliberación, empezó a decir los nombres del tercer, segundo y primer ganador. Dijeron su nombre como tercera ganadora. ¡No lo podía creer! Entre tantos participantes era un buen puesto, y para haber sido su primera experiencia como cantautora, se sentía muy satisfecha, y más aún, cuando su hijo la abrazó y le susurró al oído -Mamá, para mi tú eres la ganadora. Mercedes Garcia Díaz (IG)

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Metamorfosis

Un imperdible olvidado en un cajón Recuerdo que era una mañana diferente a todas las demás. Estaba cansada y con sueño. Al levantarme de la cama noté que no podía, el cuerpo me pesaba mucho. Mi cuerpo estaba frío, muy frío. Me palpé el rostro, el cuerpo y las piernas. Algo no funcionaba como debería. Alcé el tronco y pude verme reflejada en el espejo de enfrente. Me había convertido en un imperdible. Un día soleado y caluroso, en Sant Celoni, un pueblo de Gerona. Paseaba con mi madre cogida de la mano. En el brazo llevaba colgado el cesto de la compra. Nos dirijíamos al mercado a comprar la comida. De camino, nos paramos en casa de una señora del pueblo que hacía arreglos de ropa. Mi madre le dejó un pantalón de mi padre para que le arreglase los bajos. Yo me fijé en un vestido de color rojo como la sangre, de manga corta, largo hasta debajo de las rodillas. De estampado tenía flores blancas y lilas como un jardín cuidado. Me pareció precioso. Lo palpé; tenía un tacto de seda, suave y oleoso. Marisol, la costurera, me vio y me preguntó si me gustaba. Mi cara lo decía todo. Me había enamorado de aquel vestido, pero mi madre no tenía suficiente dinero para poderme permitir ese capricho. Nos fuimos para el mercado cuando mi madre me miró y me preguntó qué me pasaba. Estaba ausente y pensativa. No hacía otra cosa que preguntarme yo misma qué podía hacer para conseguir ese vestido. Llegamos a casa y yo me fui directa a mi habitación. Me estiré en la cama y abracé un cojín con una sonrisa risueña, recordando el tacto de ese vestido de flores. Me sentía como un pájaro libre que roza el aire al desplegar sus alas, dando efecto a su vuelo. De pronto vi la imagen de Marisol en su casa, trasteando sus cajones, sus bobinas de hilo, sus tijeras. Yo me situaba en un cajón entreabierto, un cajón olvidado en el otro lado del cuarto que ella realizaba su trabajo de costurera. Yo era un imperdible, olvidado pero presente, apartado pero cerca, indiferente pero importante. Yo era era un imperdible. Mi función ese día era observar todo tipo de detalles y medidas que estaba realizando Marisol para confeccionar ese vestido de flores blancas y lilas que tanto me gustaba. Ella cogió el patrón para ese vestido, lo estiró en la mesa y se dispuso a desplegar ese rollo de tela roja de seda. Era tan suave que se deslizaba por el borde de la mesa. Cogió sus pesadas tijeras y el metro y se dispuso a cortar la tela seguido del patrón. En el último paso que quedaba para terminar de confeccionar el vestido, entró el gato de Marisol y se subió al mueble donde yo estaba, con tan mala suerte que se cayó al suelo y se volcó el "cajón olvidado". Vino Marisol y allí estaba yo, tirada en el suelo, medio abierta. Me cogió, me cerró como debe de estar un buen imperdible en un cajón para no pincharse, y me metió en el cajón de nuevo. Pero esta vez cerró el cajón. De manera que no pude ver el último paso que faltaba para terminar el vestido. - Sara, baja y prepara la mesa para comer -dijo mi madre. Di un sobresalto de la cama, me froté los ojos y me pellizqué para ver qué había sucedido. Me senté de nuevo en la cama con el fin de entender y reflexionar lo que mi anterior visión, que era un mensaje, me había tratado de decir. Decidí bajar a preparar la mesa para comer. Mientras tragaba la comida sin hambre se me iluminó la mente.

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-¡Claro! -dije. Mi madre me miró asombrada, no entendía nada. -¿Mamá, si consigo las telas me ayudarás a hacer ese vestido que vi y que tanto me gustó? -le pregunté. -Pero tú no sabes coser, hija, y además no sabes qué tienes que hacer ni cuánto tienes que cortar ni nada. -me contestó mi madre. - ¡Sí! Sí que sé. Se lo he visto hacer a Marisol. Mi madre no entendía nada. Pero como madre que era, no me iba a fallar. El último paso que faltaba para terminar ese vestido si quería que fuese igual, era la forma del escote. No lo conseguí igual que el de Marisol, pero hice el mío propio, lleno de personalidad, trabajo y amor. En un tiempo, por fin pude disfrutar de ese vestido de seda roja con flores blancas y lilas. Que bella me vi cuando me lo puse por primera vez. Mi madre se sintió muy orgullosa de lo que hice, sin apenas entender ni explicarse cómo pude realizar tal tarea como la de una costurera de primera. Sara Moraleda Ruiz (BCN)

Rescate de una hormiga Suena el despertador y tengo la sensación de que, o la cama es inmensa o yo he empequeñecido a límites insospechados, ¿pero cómo es posible? Quizás es uno de esos sueños que dice Rocío, mi mujer, que tiene muchos días y que son tan reales. Pero no, creo que no, me empieza a costar respirar pero veo que mi cuerpo se mueve con rapidez. Un momento, no puedo levantarme, ¡voy a cuatro patas! No consigo llegar al final de la cama. Me doy cuenta de todos lo bultos que tiene el colchón; son montañas inmensas pero yo voy rápido, soy ligero, ágil, mi cuerpo es fuerte. Mi mujer no está, ya se ha ido a trabajar. ¿Qué puedo hacer? No sé qué me pasa, llego al baño pero no alcanzo al espejo, no puedo verme, soy pequeño, enano, diminuto. Me armo de valor y subo por el mueble del lavabo. Tengo que saber qué soy. Lo consigo, me cuesta, ya que estaba muy alto. Y entonces ocurre: me miro y... ¡Oh, dios mio, soy una hormiga! Una hormiga negra, diminuta y fea. No sé qué hacer. Cuando mi mujer venga, sí, se preocupará por mi pero no pensará que me he convertido en una hormiga. Es más, mi mujer odia a las hormigas, les tiene fobia desde hace años, le dan un asco horrible. En cuanto me vea me aplastará. Desde allí consigo ver la hora. Tengo un problema, mi mujer llegará dentro de dos horas del colegio y en cuanto me vea acabará conmigo. Entonces lo veo claro. ¡Kira, mi perra! Me acercaré a ella y le susurraré al oído quien soy. Si me hace caso me protegerá y hará que mi mujer me mire, se fije en mí. ¡Una oportunidad! Tengo que atravesar mi casa, es una casa pequeña, cuadrada, coqueta. Ya estoy en el centro de la casa, ahora sólo tengo que atravesar el pequeño pasillo y subir por el lateral del sofá. Cuando tengo delante a Kira, mi dulce perrita, me doy cuenta de lo grande que es. Me acerco a su cabeza y pruebo, la llamo y ella mueve su cabeza. Eso es bueno: ¡me oye! Le explico lo que ha pasado y me entiende, me protege. Por fin puedo descansar, cuando mi mujer llegue se lo explicaremos. Estamos tumbados los dos en el sofá, ella boca arriba como siempre cuando está a gusto y yo estoy allí con ella, a su lado, calentito. En ese momento llega mi mujer, como siempre dice hola, me llama y yo le contesto pero no me oye. La perra no se

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levanta, eso es raro y Rocío lo sabe. Se acerca a Kira, se preocupa, se sienta a su lado. Creo que me ha visto, le pregunta a la perra si esa hormiga asquerosa le molesta. Se levanta y va a por un papel de cocina. Va a cogerme, aplastarme y tirarme a la basura. Cuando vuelve, la perra está sentada en el sofá, como una señorita con sus patas delanteras dobladas, como siempre que hace algo mal y está preocupada. Pero esta vez entre sus patitas estoy yo. Me protege a mi. Mi mujer no entiende nada, se acerca para cogerme y ella gruñe, pero mi mujer me coge igual, sabe que Kira no le hará daño. En ese momento la perra llora, aúlla. Mi mujer no entiende nada, mira la hormiga, no sabe por qué pero ella me mira. Cada vez me mira más, se va a coger una lupa, y me mira. No sé, creo que se ha dado cuenta, me deja allí con la perra. El tiempo pasa y como no vuelvo a casa vuelve a cogerme. Llora, por fin cree que soy yo. Sus lágrimas hacen que yo, sin ninguna explicación, vuelva a ser humano. Los tres nos abrazamos, sobret odo con Kira: ella me ha salvado. Josep Fernández Artés (BCN)

Una gota de lluvia La noche se hace muy larga. Doy vueltas en la cama como una peonza, sin poder dormirme. Sólo deseo poder descansar, pero mi cuerpo no va a la par con mi mente, se resiste a abandonarse al sueño. Supongo que el cansancio al fin me ha vencido y me duermo. De repente siento vértigo. Estoy mareado como si estuviera montado en la mayor montaña rusa que jamás haya existido en un parque de atracciones. No siento mi cuerpo. Estoy envuelto en una espesa bruma, elevándome hacia el cielo. No entiendo nada hasta que, de repente, llego a mi destino y adopto una nueva forma. Me he convertido en una gota de agua, perfecta y transparente como una canica de cristal. Estoy entre millones de otras gotas de agua, en una nube que se asemeja a un enorme y dulce algodón de azúcar. Aquí arriba está todo en calma y sobre nuestra nube aparecen algunos rayos de sol. Tan rápido como ha salido el sol, desaparece. Éste deja paso a unos estremecedores rayos. Creo que somos demasiadas gotas de agua en la misma nube y tengo miedo de caerme. Cada vez la tormenta es más fuerte. Rayos, truenos, todas nosotras nos escurrimos cada vez más hasta que, sin poder hacer nada por continuar en nuestra preciosa nube, empezamos a caer. Me sorprende percibir que es la sensación más maravillosa que jamás he sentido, una mezcla de paz, miedo y a saber cuántas más sensaciones juntas. Vamos todas en caída libre, yo pensando a qué lugar iré a parar. La caída es interminable. Estoy embelesada mirando el precioso paisaje, pero de golpe, aterrizo. Creía que aquí terminaba todo, que me filtraría por la tierra y que todo acababa. Pero no. Estoy en lo alto de la cima de una montaña. Todo a mi alrededor está nevado. Entonces empieza otra vez la diversión. He ido a parar a un pequeño riachuelo que va montaña abajo. Cojo más y más velocidad. El riachuelo se ha convertido en río y está lleno de meandros. De repente, la velocidad disminuye. He llegado al mar. El sol es imponente. Tengo una gran sensación de bienestar. Cuanto mejor estoy, más liviana me siento. Vuelvo a convertirme poco a poco en vapor de agua y comienzo a elevarme hacia las nubes. Creo que todo vuelve a empezar. Juan José Montesinos Melgarejo (AM)

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Un día agotador Se hacía de día. Desperté y poco a poco me fui levantando, pero no pude llegar al suelo, la manta me iba muy grande. La cama era grande, la habitación era grande. Me toqué la cara muy asustado y la tenía lisa, con dos cuernos y los ojos muy pequeñitos. En la boca tenía pinzas y el cuerpo pequeño, con bolas pegadas. Me sentía como un muñeco de nieve. Me levanté y me miré al espejo, que tenía al lado de la cama. Lo que vieron mis ojos era una hormiga. Me asusté mucho y comencé a ponerme nervioso; no paraba de dar vueltas alrededor de mí. De golpe apareció mi madre para recoger la manta sucia. Tenía el pelo rubio y liso, la cara redonda y una nariz muy bonita con unos labios carnosos y pintados. Puso la cesta de la ropa sucia encima de la lavadora. En aquel momento salté de la cesta y pensaba como bajar de allí. Y se me ocurrió una cosa, pero no sabía si daría resultado. Puse un pie en la pared y con los pelos que tenía en la suela del pie me enganché y comencé a bajar. En aquel momento entró mi perro Rex, que lo chupa todo, y eso incluye las hormigas. En ese momento comencé a correr hacia detrás de la puerta y Rex ya estaba olfateando la lavadora y todo lo que estaba a su alrededor. Fui hacia la cocina porque empezaba a tener hambre. Escalé el mueble y encima del mármol había pan de cereales y atún, que es mi bocadillo preferido. Comí hasta que no pude más. Apareció mi madre y cuando me vio se fue corriendo hacia el cuarto de la lavadora. Volvió con un espray pero no me encontró porque estaba detrás del pan. Aún así comenzó a tirar espray por toda la cocina y no tuve más remedio que salir y llegar a un lugar con aire limpio, como la sala de estar. Corrí hasta a un rincón para que no me vieran. Mi madre siempre le pone los dibujos a Rex para que se relaje y no esté solo. Estuve toda la mañana durmiendo y mirando los dibujos. Por la tarde llegó mi hermano mayor, David, un adolescente de pelo negro peinado hacia arriba y con una cara de alegría y jovialidad permanante. Se puso su canal preferido, Xplora y Energy y se dirigió a la cocina y se preparó su sándwich y su Fanta de naranja. Cuando miraba la tele y a mi hermano comiendo como un cerdo, me entró hambre otra vez y fui a comer los trocitos de pan y queso que le iban cayendo al suelo. Pero cuando ya estaba comiendo apareció Rex, juguetón, y comenzó a chupar todos los trozos de pan y queso que le caían a mi hermano. Había tenido un día largo y agotador. Quería ir a mi habitación a reposar y que pasara ese día, para que volviera a ser una persona. Caminé hacia la escalera pero mi madre estuvo fregando y el suelo estaba mojado. Tenía que esperar a que se secara. Pero mi madre chilló muy fuerte a Rex y vino corriendo. Era mi oportunidad de subir las escaleras. Salté sobre su pata trasera izquierda y me subió en un santiamén. Rex me llevó a mi habitación, y allí salté al suelo. Vi a mi madre regañando a Rex por haberse hecho caca en la alfombra. Mi madre cogió a Rex y la alfombra, y apagó la luz antes de cerrar la puerta. Subí poco a poco a la cama, me puse dentro de la manta y me dormí muy rápido. Se hacía de día. Desperté y lentamente me fui levantando. Casi lloro de emoción al ver que ya era un niño. Había pasado el día más raro y más agotador de mi vida. David Oliu Bonal (VV)

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El imperdible de atrezzo ¡Eh! ¿Hay alguien? Soy yo, el imperdible. Llevo aquí olvidado más de tres meses. Bueno, creo que son tres meses, pues la única referencia que tengo sobre el espacio temporal, es una ranura en el pequeño cajón de madera, que deja pasar la luz e ilumina el ridículo habitáculo donde creo morir cada día que pasa. ¡Me estoy oxidando! Estoy triste, ajado, preso de esta prisión, inmóvil. Este es un periodo totalmente inaudito para mí. Además lo dice claramente el diccionario. Imperdible: Se utiliza para sujetar la ropa y otro tipo de textiles que no tienen ningún dispositivo especial de unión como botones o cremalleras. Creo que está clarísimo, ¿ no? ¡Que me tenga que pasar eso a mí! A un imperdible forjado como la mismísima Excalibur, con el mejor acero y, como si fuera un yelmo de valiente caballero, el capuchón para guardar mi lanza afilada. Y es que dicen que voy pinchando a la gente, como si no tuviera otra cosa mejor que hacer. Eso me recuerda todas las batallas en las que tuve que bregar. El que está aquí presente fue quien mantuvo a raya a aquellos dos enormes pechos de la Condesa de Belflor, en el tercer acto de la obra teatral “El perro del hortelano”, cuando tenía lugar la acalorada disputa con Marcela, por su amado Teodoro. ¿Qué van a hacer ahora esos chalecos holgados, hechos deprisa y corriendo, por los chicos de vestuario de la compañia teatral a la que pertenecí durante años? Actué en teatros de casi toda España y parte del extranjero, unas veces en papeles principales, en los cuales se me veía desde la primera fila, y otras no tanto pero, igual de importantes, con actores secundarios y en lugares no tan confortables del cuerpo humano. Por cierto, aún me da la risa y se me suelta el gancho, cuando recuerdo el día que tuve que realizar una repentina aparición en la parte trasera del pantalón de un galán, que había cogido unos kilitos de más cuando fue a visitar a los familiares del pueblo, en uno de los bolos por la comarca. Lo peor fue lo que le ocurrió a un amigo que saltó por los aires en plena actuación y desapareció. Es el colmo de los colmos. ¡Perder un imperdible! También recuerdo... ¿Cómo?, ¡¿que estoy escuchando?!, son pasos. Alguien se acerca. ¡El cajón se abre! ¿Una mano con un guante amarillo y verde? ¡No!, a la bolsa negra, no. Por favor, déjenme aquí. ¡A la bolsa no! Jordi Atsuara Aparicio (TIM)

Hormigatrón y mi nuevo yo Estaba siendo una noche horrible. No veía el momento en que saliera el sol y se acabara aquella tortura; ya ni sabía dónde estaba arriba ni abajo, ni siquiera intuía si estaba atravesado en la cama, completamente girado o en el suelo. Sentía que me ardía el abdomen, eran picores extremos y, aunque parezca raro, empezaba a notar pequeñas extremidades que podía manipular a mi antojo.

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El amanecer ya dejaba entrever los primeros rayos de sol y yo, que empezaba a vislumbrar las primeras formas de mi habitación, no daba crédito a mi situación. Me encontraba en un mundo totalmente distinto y extraño; puesto que no sabía dónde estaba, empecé a caminar por lo que se me antojaba un desierto blanco y decidí subir al punto más alto para poder ver mejor dónde me encontraba. Miré alrededor y vi una especie de montaña blanca en forma de cojín y pensé que sería un buen punto de visión. Me asusté muchísimo cuando, al empezar a andar, una pata negra y peluda apareció de repente enfrente de mí y, después de intentar protegerme, esa pata interpretó mi pensamiento y adoptó una postura de defensa. No podía creerlo; esa pata era parte de mí, o mejor dicho, de mi nuevo yo en forma de hormiga. Pasé un buen rato allí plantado, familiarizándome con mi nuevo cuerpo. Era bastante divertido tener dos brazo-piernas más en cada lado y se me antojó que sería genial tocar la batería con este nuevo cuerpo. También me di cuenta de que tenía por boca una especie de tenazas que, después de morder el suelo y hacer un agujero, creí que podía convertirme en el próximo superhéroe: Hormigatrón. Estaba yo elucubrando estas historietas cuándo de repente fui consciente de mi precaria situación y de que quizás nadie podría entender ni una palabra de mi nueva boca. Tenía dos opciones, echarme a llorar o seguir adelante con mi nueva vida. Así que decidí escapar de mi cama y buscar una nueva casa dónde poder vivir y seguramente, con mis conocimientos como humano, no me faltaría nunca nada para comer. Me busqué una novia en el hormiguero del jardín con la que ahora soy muy feliz; después de 10 años juntos puedo decir que es la hormiga de mi vida. Como siempre fui bastante manitas, pude construirme toda clase de objetos, como la batería que había soñado tocar, sofá-camas para cuando venían los amigos e incluso creé una especie de máquina de escribir con la que he escrito este cuento verídico. David Barniol Garcia (SA)

Yo no soy yo Noté que por una rendija entraba la primera luz de la mañana. Amanecía. Me pareció desperezarme como cada día, pero cuál fue mi sorpresa cuando al abrir los ojos no estaba en mi cama y todo yo tan reducido de tamaño que no podía ser yo. No era posible, estaba soñando, una pesadilla… Se apoderó de mí una angustia terrible. ¿Me estaba volviendo loco? Quise gritar pero no pude. ¿Cómo había ocurrido? No sé, pero de repente estaba aplastado por varios carretes de hilo y me acompañaban en mi asombro un par de dedales viejos y una tijera sin punta y oxidada. Muerto de miedo, cerré fuertemente los ojos y los volví a abrir para despertarme pero todo era inútil, yo era un imperdible guardado en un cajón junto a otros objetos que parecían olvidados. Mi angustia crecía mientras intentaba encontrar una explicación a lo que ocurría. Miraba a mi alrededor y todo era silencio. Me preguntaba si los hilos, los dedales y la tijera tendrían sentidos como yo, pero no decían nada. De pronto alguien tiró del pomo del cajón que se abrió dejando entrar una espléndida luz cegadora. Una mano envejecida por los años rebuscó entre los

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objetos allí esparcidos y se llevó la tijera. Con el barullo del movimiento los carretes de hilo se desplazaron y yo respiré algo más ligero liberado del peso que me oprimía, sin embargo la angustia y el miedo seguían apoderándose de mí. Cerré de nuevo los ojos y me pareció navegar entre recuerdos. Había servido, con mi impecable color niquelado, a cerrar el magnífico escote del vestido que lucía una muchacha muy guapa, una tarde de verano que paseaba por el parque ante las miradas descaradas de unos jovenzuelos que silbaban a su paso. Recordé… haber estado en un cubo lleno de agua que tenía en remojo la bata de colegio del niño de la casa y cómo desde entonces perdí parte del color niquelado con el que relucía. Me sobresalté. ¿Cómo podía tener esos recuerdos? Me estaba volviendo loco. ¿Soy realmente un imperdible que sueña a ser hombre o un hombre que sueña a ser imperdible? Más angustia todavía, más temor. Volvió a abrirse el cajón y a cerrarse de golpe. Andrés, ¡ven aquí! -dijo mi madre- mientras sostenía un imperdible en su mano. No me da tiempo a coserte el botón del pantalón, así que coge este imperdible aunque esté un poco oxidado y póntelo, que vas a llegar tarde al trabajo. Pero… ¿ese imperdible era yo, aquel imperdible oxidado y olvidado en aquel cajón, o yo era Andrés que llegaba tarde al trabajo? Sentí un sudor frío que me recorría la espalda, voces a mi alrededor, manos que me zarandeaban mientras me preguntaban un montón de cosas. Con las prisas, me había caído al cruzar la acequia camino del trabajo. Suspiré profundamente, miré de reojo a un lado y a otro, no dije nada y simplemente sonreí. David Gago Criado (BE)

Soy una hormiga Abro los ojos poco a poco, he pasado una noche extraña, he tenido pesadillas, poco a poco voy desperezándome y pronto me doy cuenta, ¡todo es excesivamente grande!!! Me froto los ojos, pero ¡horror!! No tengo manos, son unas patitas finas como alambres y negras como el carbón, ¿qué me está pasando??? Miro hacia mi cuerpo, tengo varias patitas y un cuerpo deforme en tres segmentos, con un abdomen como un boliche. ¿Puede ser? No quiero creérmelo, no es posible, pero parece que me he convertido en una hormiga. Comienzo a caminar con dificultad, tengo que acostumbrarme a mi nuevo cuerpo, tengo que hacer el esfuerzo de moverme y averiguar qué me ha pasado. ¿Tal vez he muerto y me he reencarnado en este cuerpo de insecto? No encuentro otra explicación. En mi camino, por mi casa de soltera, buscando respuesta a mis preguntas, entro en la cocina, le comienzo a encontrar las ventajas a este minúsculo cuerpecito. Tiene gracia, sin esfuerzo conseguí por fin la cinturita que siempre soñé, aunque nunca pensé de esta forma, puedo encaramarme a cualquier mueble. Subo por la pata de la mesa de la cocina, una vez he llegado a la cima, de lo que me ha parecido el pico más alto de los Pirineos. Ha valido la pena el esfuerzo, para mi alegría y para mi nuevo estómago encuentro restos de la cena de anoche, una deliciosa pizza. Me alimento de unas pocas migas que me satisfacen rápidamente, vuelvo a bajar por la pata de la mesa, con precaución, pues ahora tengo las patitas pringosas de mozzarella.

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Una vez he vuelto al firme suelo, no sé por dónde continuar, tal vez si saliera a la calle, podría pedir ayuda. Llego al recibidor, mi pequeño cuerpo puede introducirse por debajo de la puerta de la calle, he salido a la escalera. Bajo las escaleras, son pocas, como agradezco ahora vivir en un bajo. Cuando llego a la portería, veo a la portera, mocho en mano fregando el suelo, ahora más que nunca sí la veo enorme y no sólo por su sobrepeso. Le grito, pero ella está canturreando una de esas canciones de tonadillera barata, ¿cómo me va a oír? Tengo que esquivar el mocho que mueve frenéticamente de derecha a izquierda. Llegando a trepar por la pared, por una pequeña grieta logro salir a la calle, pero no he calculado que la calle está muy transitada y cuando levanto la cabeza, veo la gran suela de un zapato. Lo ultimo que ven mis grandes ojos es el numero 45. Maria Teresa Gonzalez Rubiera (BA)

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Profesora del Módulo: Anna Caballeria Institut Obert de Catalunya Àmbit de la Comunicació Muchas gracias. Cada número es un triunfo que os pertenece.

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Ficciones15 tardor2013 (3)