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Este libro está escrito por alumnos y alumnas de Taller de escritura creativa (primavera 2011) - GES Institut Obert de Catalunya La ilustración de la portada es de Quint Buchholz. Esta selección de trabajos fue realizada por los grupos formados en el Taller. Los trabajos seleccionados corresponden a compañeros del curso. Felicitaciones a todos por vuestro trabajo.

Silvia Pla Sanz Jordi Monroy Planas Jonatan Lara Nieto Jennifer Cozar Rubio Miriam Gallego Peñate (SIT) Francisco Javier Vilches Padilla (IG) Fernando Alfonso Escobar Tomas (MF) Francisco Javier Cerpa Espinar Lucía Otero Marcos.(IG) Maria Terese Belmonte Puertas(MAV) Estela Calvo Pereira (PM) Juan Guasch Piñol (RL) Montserrat García Expósito (RL) Arnau Mas Soler (MP) Manel Colsa Sandra Turull Juan Galindo Tamara Fernández Lorena Escudero Pérez (SO) Jorge Calvo Díaz (PR) Sandra Sostres Díaz (SIT) Yolanda Tomás Decàrrega (AM) Manuela García Bravo (BA) Teresa Alonso Domínguez (IOC) Lucía Fernández Salaberry María del Carmen Domínguez Ortega

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Bienvenidos a Ficciones nuestra revista, vuestra revista. Presentamos esta revista que aunque de factura amateur está hecha con nuestra mejor intención y esfuerzo. Os presentaremos varios de los relatos que hemos seleccionado de los muchos realizados por los alumnos del Taller de escritura creativa. En este taller hemos redactado varios tipos de textos, en primera y tercera persona, reales o de fantasía, con personajes propios o propuestos por los tutores, pero siempre todo guiado por nuestra imaginación y creatividad. La mayoría de nosotros teníamos ilusión por escribir, y lo más importante hacerlo de una manera correcta y para eso se nos ha dado pautas de escritura para estructurar correctamente los textos y hacerlos de más fácil comprensión para el lector. Hemos trabajado en grupos para confeccionar las partes de esta publicación fomentando así la relación entre los participantes del taller. Se ha fomentado la originalidad, la creatividad y se nos ha ayudado a vencer los miedos de muchos. Aunque por evidentes motivos de espacio no podemos reproducir todos los textos de todos los compañeros en un trabajo grupal e intentaremos mostrar unos relatos variados para representar a la mayoría de nosotros. En resumen se trata de una revista creada por todos los integrantes del taller, con nuestros relatos y nuestra ilusión. Y con esta ilusión os presentamos este número de Ficciones nº 8 deseando que os agrade y emocione.

Silvia Pla Sanz Jordi Monroy Planas Jonatan Lara Nieto Jennifer Cozar Rubio

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Conversaciones Temas como el amor, son propicios para dejar caer la subjetividad que todos tenemos. En sí, todo lo que corre en nuestro interior, es una semilla que puede aflorar en diferentes expresiones, tales como la escritura. En mi caso, siempre me he dejado llevar por las emociones, e intento plasmarlas en forma de palabras. Es un placer el poder transmitir un sentimiento, una emoción, un estado anímico, y ya no para compartirlo con lectores, sino como realización propia, en conseguir congelar algo tan subjetivo, en algo tan tangible como es la escritura. Una experiencia, una ilusión, un sueño, los propios miedos, las frustraciones, la visión del individuo acerca de la vida, la incertidumbre, la muerte, la vida et… son todos conceptos muy abstractos en cada persona, difíciles de delimitar, difíciles de ver claramente. Es por eso que la escritura es uno de los vehículos con los cuales podemos analizar más profundamente las inquietudes que navegan a través del gran océano del alma. Me encanta descubrir lo que somos, me encanta escribir verdades que se sienten, me encanta sacar el sabio que tenemos dentro, por eso escribo, como autor realización, como auto análisis y conocimiento de uno mismo. Por otra parte, pienso que es necesario tener unos fundamentos para poder expresarnos acertad amente. Como nuestra herramienta es la escritura, es inevitable ser fluido en las expresiones, conocer palabras que apunten de forma más expresiva lo que se quiera dar a entender. Tan importante es esto como conocer los recursos literarios que ayuden a estructurar lo que se escribe. Pienso que es indispensable conocer autores y sus técnicas para desarrollar ideas, por eso es tan importante leer las obras que nos aporten un mejor manejo del lenguaje. Pero sobre todo, es indispensable tener inspiración, ¿y qué es la inspiración?. Por mi propia experiencia, la inspiración es un estado de ánimo, ya sea de felicidad o sufrimiento, de alegría o tristeza, de seguridad o miedo; y una predisposición, una sensibilidad, una conexión entre el estado y el pensamiento, que en si otorgan una fluidez y una facilidad para expresar lo que sentimos. Sin inspiración, no hay compresión total de lo que se está haciendo, y no puede favorecer a la escritura. Ya desde pequeñita comencé a escribir, pequeños cuentos, poesías cortas, relatos…, aunque no llevo una regularidad, ya que escribo en saltos grandes de tiempo, sin embargo, no creo que esa llama se apague nunca. ¿Sentís esa llama en vuestro interior? y si no es así ¿No sería bonito buscarla?

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Espero haber aportado algo, por muy pequeño que sea. Un saludo a todos, y a seguir escribiendo!!! Tertulia sobre la escritura per Miriam Gallego Peñate (SIT) -

Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. La luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela. Esas fueron las palabras exactas que recordaba de aquella mujer cuando ésta contrató los servicios del asesino. Había llegado el día y el momento de actuar, pero éste al entrar en aquella casa no fue capaz de terminar con el encargo realizado por la mujer de la pobre víctima, que era su marido, sentado en su sillón leyendo una de sus novelas favoritas. Quedándose perplejo al ver de quién se trataba no supo reaccionar, sus manos y piernas empezaron a temblar, sus ojos no daban crédito de lo que estaban viendo, y su boca empezó a temblar de los mismos nervios que tal cosa le provocó. A la vez, la víctima dándose cuenta de que alguien había entrado en su hogar, pero relajado al ver de quién se trataba, preguntó: - ¿Cuando has venido…? No sabía nada de que fueras a pasar unos días aquí… El asesino, todavía no había salido del sorprendente shock, y no supo qué contestar. Todavía le seguían temblando las manos y piernas, y la única reacción que tuvo fue abrazar a aquel hombre ingenuo que no sabía nada de lo que iba a pasar. -Siéntate, le dijo el marido al asesino,- tu madre está a punto de llegar… Éstas palabras todavía le dejaron más sin respirar. -¿Cómo podía haber hecho su madre una cosa así?, se preguntaba el asesino. Cuando en la agencia dónde éste trabajaba le daban un encargo a realizar, nunca le decían quién era realmente a quién tenía que matar, simplemente una llamada de teléfono, una dirección y unos detalles superficiales de dónde tenían que trabajar. Se sentaron a charlar, y esperando a que su madre llegara haciendo como sino pasara nada. No podía explicar a su padre cual era el

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plan, debido a que su familia tampoco sabía de que trataba su vida laboral. Desde aquel día no volvió a trabajar, al saber lo que podía sentir un hijo al llegar a su casa y ver que habían matado a un familiar. Con su madre continuó igual, pero sabiendo que aquella señora un día quiso matar a su padre, y que cualquier día éste le iba a faltar. Teresa Alonso Domínguez (IOC)

Subió los tres peldaños del porche y entró. Mientras la sangre galopando en sus oídos llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, y después de la galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. La luz de los ventanales, en el respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela. Ella, en ese momento se detuvo y por la mente le paso, algunos de los momentos más angustiosos de su vida. El hombre que estaba allí sentado le había hecho pasar muchos malos momentos, uno de ellos fue cuando le ató a la cama durante un largo tiempo sin ningún motivo, sólo le daba agua y apenas de comer; a pesar de él."ello, ella le pidió perdón por algo que ni siquiera ella podía entender. Sentía que algo había hecho malo ante los signos de puntuación."mal, pero no podía entender el que. Dirigió la mirada hacía a donde estaba el hombre sentado, lentamente, con mucho temor, se le acercó. Sus manos temblorosas aguantaban el cuchillo con gran dificultad, a pesar del miedo que tenía, fue acercándose hacia él. Cuando estaba en la suficiente distancia como para alcanzarle, él se dispuso a levantarse, en ese momento ella se abalanzó sobre su cuello, clavándole el cuchillo hasta el fondo, los dos cayeron al suelo, el hombre cayó encima. La mujer angustiada del peso y de la sangre que le recorría por su cara, se lo quitó de encima y se levantó. Entonces pensó que ya se había acabado todo pero..¡Eso me gusta!.". No puede ser!-dijo la mujer con voz aterrada. El hombre se levantó con el cuchillo clavado en el cuello y se dirigió hacia ella, en es instante ella cogió una silla que había a su lado y le empezó a golpear, una y otra vez, hasta que el hombre se cayó al suelo. Para asegurarse de que estaba muerto le quitó el cuchillo del cuello y lo clavó en el corazón.

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Por fin se había acabado todo, sólo quedaba hacer desaparecer las pruebas que habían del delito, eso era fácil, tendría que limpiar la casa y enterrarlo en el sótano. Francisco Javier Vilches Padilla (IG)

Inventamos sobre los demás Era un 20 de Noviembre de 1882. Capristo, que vivía en un pequeño pueblo Noruego, se dedicaba en cuerpo y alma a lo que más le gustaba, ser afilador. Su pasión por este trabajo le venía de lejos, toda su familia hasta la fecha habían sido afiladores. Capristo era un hombre sencillo, amable, de buenas formas pero un poco terco a la hora de trabajar ya que todo lo que hacía había de tener una perfección sublime. Era un hombre muy querido en el pueblo ya que todo el mundo lo conocía por su buen hacer y porque de afilador solo había uno, y Capristo era el mejor. Le encantaba leer, las pocas horas que le sobraban en concluir su trabajo diario las dedicaba plenamente a ello. Le gustaba mucho leer cuentos deviche, leía tanto que a menudo se quedaba dormido frente a la enorme chimenea que tenía, y allí, en su sillón, embriagado por un profundo sueño veía las horas marchar. Como cada mañana se dispuso a afrontar la rutina diaria con un buen almuerzo compuesto por: sardinas saladas, tomates fritos, y como no, su par de huevos fritos no podía faltarle en el plato. En terminar de comer se dirigió al lúgubre lavabo en donde se aseaba, pero aquella mañana algo rompería la rutina. Capristo que ya tenía una edad, 52 años para ser exactos, se dio cuenta de que le empezaban a salir canas. Ello le hizo pensar... Capristo sabía que algún día no muy lejano tendría que dejar el trabajo, pero a quién? No tenía hijos ni nadie que le sucediera. Por eso mismo, al no tener descendencia el hombre durante toda su vida había amasado una fortuna, fortuna que bien le iría para llevar a cabo su plan maestro. Salió de casa dirigiéndose a su trabajo por las pétreas calles de aquel sombrío pueblo, el sol con toda su luminiscencia brillaba en sus pelirrojos y tupidos cabellos que aunque mestizados por aquellas canas seguían siendo igual de bonitos que cuando era joven. Llego al pequeño taller en donde Capristo demostraba día a día su talento, empezó a afilar mientras su plan tomaba forma en su

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soberbia cabeza. De repente un hombre se acercó a su morada, Capristo veía faena a la vista, pero no era trabajo lo que el señor de bien peinada cabellera e impolutos zapatos le ofrecería, sino algo mucho mejor. El señor Samuel, que así se daba a conocer, conocía por boca de los pueblerinos que Capristo era un hombre que lo mejor que sabía hacer era trabajar, por ello le propuso levantar un imperio, Capristo sería el dueño y Samuel llevaría los números. Aunque a Capristo no le hacía mucha gracia el hecho de que su pequeño y familiar negocio hasta la fecha se convirtiera en poco menos que una multinacional, necesitaba meditar... A la mañana siguiente, se reunió con Samuel, este creyendo que aceptaría su propuesta se quedó petrificado al oír de boca de Capristo que él no quería ni un imperio ni nada que le pudiera hacer rico, él tenía suficiente con lo suyo y no quería ver su pequeña empresa convertida en una fábrica de hacer dinero. Su decisión estaba tomada, Capristo decidió con todo, enseñar a trabajar a los niños pobres de su pueblo. En cuanto se forjaron y supieron de buena mano lo que era trabajar, Capristo les obsequió con el regalo más preciado para él, su pequeño taller en donde había pasado mitad de su vida. Ya estaba satisfecho, había cumplido con su cometido, su pequeña empresa siguió funcionando a lo largo de los años venideros. Hoy por hoy no se sabe nada de aquel extrovertido, afable y encantador señor, Capristo desapareció pero sigue vivo en los corazones de todos por siempre jamás. Fernando Alfonso Escobar Tomas (MF)

En la ciudad italiana de Florencia, entonces capital de Italia, se levantaba cada mañana a las 7:00 AM, Capristo, Capristo el afilador, como le llamaban familiarmente los vecinos del barrio centro norte de la ciudad. Se levantaba, para empezar su jornada laboral recorriendo las hermosas calles de su barrio, al grito de... !afiladorrrrrr!, !afiladorrrrrrrrr!, acababa cada jornada con evidentes signos de cansancio pues Capristo ya tenía 52 años, era un hombre fuerte si, 1.65 m de estatura y 70 kg de peso, pero la edad ya le pesaba, llevaba trabajando desde que tenía 12 años recorriendo cada día las calles de su barrio. Capristo era viudo pero con hijo Eduardo, tenía 13 años y le faltaban días para acabar la escuela, Capristo era feliz viendo como Eduardo acababa sus estudios, pero la larga tradición de su familia, todos afiladores de generación en generación, le hacía desear ver a Eduardo fuera de la escuela ya, y empezar a enseñar a su hijo el oficio que con mucho esfuerzo aprendió el de su padre, pues cada día que pasaba veía que su

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jubilación estaba cerca. El día 6 de Junio de 1868, era la primera mañana de Eduardo sin escuela, lo había aprobado todo y estaba muy feliz, era una bonita mañana de primavera y el verano estaba a punto de llegar en toda Italia se respiraba un muy buen ambiente con la unificación del país, y una mañana templada de unos 15 grados hacía presagiar un día estupendo. Era el día perfecto para un día de descanso y recreo con sus amigos, pero ya en la cama con los ojos abiertos y la ventana abierta sabía bien que en el momento que el reloj marcara las 6:45, entraría la figura de su padre por la puerta para despertarle e ir a trabajar. Eduardo sabía que su padre esperaba con ansia este día, para empezar a enseñarle el oficio del que tan orgulloso estaba de ejercer, Eduardo no quería disgustar a su padre, pero la realidad es que a él no le despertaba ninguna ilusión aprender el oficio de afilador, no quería imaginarse el resto de sus días empujando ese pesado carro por todo el barrio centro norte de la ciudad, al grito de...!afiladorrrrrr!, !afilador! Él le gustaba más le idea de aprovechar sus estudios y hacerse policía, le fascinaba la idea... Capristo apuraba el ultimo sorbo de café en la cocina, le iba a ir muy bien para despejarse, ya que había estado hasta muy tarde leyendo "Fátima, la hilandera" un cuento de Derviche, se levantó de la silla y fue a llamar con gran ilusión a su hijo Eduardo, la puerta estaba semiabierta y se detuvo un instante antes de entra a la habitación se quedó observando y vio a un niño con esa cara tan infantil y ese cabello pelirrojo igual que el suyo y el de su padre y por un momento pensó si una criatura con esa edad no debería disfrutar un poco más de su infancia, pero solo fue por un instante la gran ilusión que le hacía imaginar a su hijo seguir con la tradición familiar, ganaba en su cabeza a cualquier otra idea que por su cabeza pasara. Tres días después salieron de la puerta de casa, como las dos mañanas anteriores, Capristo empezaba a guiar y dar instrucciones a Eduardo con gran ilusión, pero a media mañana, acabo certificando lo que llevaba observando durante los tres días que Eduardo llevaba trabajando con él, y es que no mostraba ni el más mínimo interés y además parecía deprimido. Eduardo, que te pasa hijo? Preguntó Capristo. No muestras ningún interés en lo que te explico, así no aprenderás el oficio. Papá, no quiero aprenderlo no me gusta , quiero ser policía. Dijo Eduardo. Capristo se quedó por un instante inmóvil, no sabía cómo reaccionar aquello fue como si le hubieran hincado un puñal en el pecho. Cuando reaccionó aquello acabo en discusión ninguno quería dar su brazo a torcer. pasaron los días, pero todo seguí igual, Capristo salía solo a trabajar y Eduardo en casa sin salir tampoco se atrevía hacerlo por respeto a su padre, cuando Capristo llegaba a casa después de su jornada tampoco se hablaban. Una noche, Capristo, leyendo las últimas

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páginas del cuento de Derviche, empezó a cerrar los ojos quedándose dormido ya, empezó a soñar y fue con su mujer, le veía la misma cara de cuando estaba enfadada por cualquier cosa, y de golpe empezó a hablarle: Capristo, a mí ya no me tienes, solo te queda Eduardo, ¿Qué quieres acabar tus últimos días solo? ¿Quieres qué lo que nos hemos esforzado para que Eduardo estudie no sirva para nada? ¿Quieres que acabe sus días como tú con las piernas hinchadas de tanto patear las calles por 2 liras? Reflexiona por favor. Aquella mañana Capristo se levantó feliz sabía que en momentos así seguía necesitando a su mujer, era la única que sabía llevar estos temas, y esa noche lo había vuelto a ayudar, salió de la habitación llamó a Eduardo y le dijo hijo vístete nos vamos a la academia para que cumplas tu sueño. Eduardo cumplió su sueño, y vivió con su padre ya jubilado hasta el resto de sus días. Francisco Javier Cerpa Espinar

Había una vez en la Edad Media, un lugar muy bonito llamado Gali. Gali era un paraje natural situado a las orillas del lago de oro. Este era habitado por personas y animales mitológicos que vivían en perfecta armonía. Cada persona tenía su función, estaba todo muy bien organizado. Los hombres se dedicaban a recolectar alimentos para su subsistencia y las mujeres se repartían las demás tareas, estaban la cocinera, la lavandera, la panadera, la artesana y la hilandera, esta última era la más importante, ya que era la persona mas anciana de todas las personas que formaban parte de Gali. Candela, es así como se llamaba la hilandera, no solo era importante por su edad, ni por su profesión si no por la manera que tenia de ejercerla. Candela era ciega de nacimiento, pero tenia el don de hilar los mejores telares haciendo rodar su rueca como la persona con mejor visión de la tierra. Su material preferido era la seda bañada en el oro líquido del lago. Pero un día, nadie sabe de donde, aparecieron unos seres extraños que jamás habían visto, su físico era idéntico al de ellos pero su corazón era como el de la bestia más mala que pudiesen imaginar jamás. Estas personas solo venían a destruir, robar, talar árboles y sobretodo su mayor interés era el lago de oro. Extrajeron hasta la última gota de oro líquido, pero lo que no sabían ellos ni tan siquiera los propios habitantes de Gali era la maldición que sobre ellos iba a caer. Las bestias empezaron a notar la falta de luz y no precisamente por que el sol no iluminara, ya que se encontraba en su punto más alto del día. Todo perdía color y brillo para ellos, cada vez más, hasta el punto que todo se quedo de un negro intenso, 10


solo negro y nada más. La maldición que había caído sobre ellos era perder la vista, quedarse ciegos como Candela. Finalmente las bestias fueron ayudadas por Candela, ella les enseño y les ayudo a vivir en la oscuridad y lo más importante, lleno de amor y ternura sus corazones. El acto caritativo, bondadoso y nada rencoroso de Candela hizo que el lago volviese a llenarse de ese líquido dorado tan bonito y que Candela por primera vez en su vida pudiera apreciar los colores de la vida, dotándola de visión.

Lucía Otero Marcos.(IG)

Unas palabras para no morir Se acercaba el verano, el verano español en tierras andaluzas, donde el sol mostraba su lado más activo, y el calor que emanaba formaba una tela tan densa, que los objetos bailaban cual danza infernal. Es por eso, que en los pensamientos de Julia titubeaba la idea de partir hacia su querida Argentina, donde el manto del invierno le embriagaría como una brisa rejuvenecedora. A sus 31 años, no le asustaba estar tan sola. Ella decía que la vida le ponía a prueba, como cuando un pajarillo se cae del nido por primera vez. La verdad es que a ella le fascinaba dejar su nido, su hogar, de vez en cuando. Además, su vocación se lo permitía, no estaba atada a nada ni a nadie, solamente a las palabras. Ellas eran su verdadero hogar. Y es que la idea de ser escritora le rondaba desde muy joven. Cuando los niños de su edad jugaban como si no existiera un mañana, Julia viajaba a bordo del velero de su imaginación, trazando lugares de ensueño, rutas épicas, personajes con una autonomía sin igual, e historias que la cautivaban, tanto como si estuviera viviéndolas realmente. Nació para escribir, y ella lo sabía muy bien. - Catalina, me voy. Es lo único que le dijo a su compañera de piso. Se entendían muy bien. Sólo con un diálogo entre miradas, se decían más que con cualquier discurso. Además, los ojos de Julia, negros y brillantes como el azabache, transmitían tanta energía, que vestían de placer a cualquiera que tuviera la suerte de observarlos con tranquilidad. Eran realmente muy expresivos, un libro abierto para quien quisiera leerlos. - ¿A dónde te vas?- pregunto con interés Catalina. - A Córdoba, mi otra Córdoba- replicó Julia. Y es que le fascinaba esa ciudad, porque precisamente ahí es donde nació su estandarte de las letras, el faro que guió sus comienzos en

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la escritura, su inspiración, el escritor Enrique Anderson Imbert. Era tal su obsesión i dedicación, que siempre quiso desarrollar el bosquejo de Enrique poco antes de morir. Una historia, una nueva novela en la que sumergirse, la inspiración que necesitaba para volver a escribir. El avión salía a las 3, y Julia estaba lista para cruzar el charco. Se sentía como si estuviera a punto de descubrir un nuevo mundo, y en parte, así le gustaba tomárselo. Ya a bordo del avión, se le hizo una odisea guardar el equipaje, ya que con sus 41 kilos de peso, la fuerza física era su asignatura pendiente. Se prometió trabajar menos, y comer más. Se acomodó en el asiento junto a esa pequeña ventana, que le permitía soñar despierta cuando cruzaba las nubes como un pájaro libre. Los motores comenzaron a rugir como si de un poderoso León se tratase, y el zumbido del aire al rozar las alas de ese avión, la acongojaba. Y es que al estar suspendida en el aire, se sentía tan indefensa como un bebé abandonado en el bosque. Entonces, de repente, le invadió un frío tan helado, que congeló por un momento el reloj de su vida. El tiempo se paró, y no sabía por qué. Cosas del destino, ya en mitad del trayecto, sobrevolando el inmenso océano, el avión comenzó a hacer gestos extraños. La gran melena de Julia, oscura, tan lisa como el horizonte, comenzó a ondularse con el movimiento de las turbulencias aéreas. Los motores comenzaron a disminuir, y el zumbido del aire del exterior le invadía por completo, era un ruido ensordecedor. Los pasajeros se comenzaron a agitarse, parecían burbujas en una botella removida. El caos se apoderó del avión, y los ojos de Julia, tan expresivos, dejaron de transmitir nada. Por primera vez, tuvo miedo, se sintió sola, sola de verdad. El avión comenzó a inclinarse a una velocidad vertiginosa, y Julia, solo podía pensar en Jacobo. Era el personaje de su cuento preferido, de su escritor favorito. Cuánto daría por ser ese personaje, por estar viviendo lo mismo que vivió él en el cuento. Y es que Jacobo hizo posible una situación que parecía imposible, con sólo decir tres veces una palabra, “taraza”. Julia, presa del miedo, sólo pensaba en eso, porque ya no quedaba nada en lo que pensar, se sentía en el fin del camino, sin que pudiera hacer nada para remediarlo. Todo parecía hecho, no era un sueño, no era una prueba más que la vida le había preparado, era la pura realidad, y en ese preciso momento, sus últimas palabras fueron: - Taraza, taraza, taraza. Autora: Mirian Gallego Peñate (SIT)

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Puro cuento Por fin es feliz, total y plenamente feliz. Julia teclea incesantemente en su ordenador mientras por su mente fluyen personajes imaginarios, lugares fantásticos y situaciones imposibles e inverosímiles. Entonces escucha su suave respiración. Ela, está profundamente dormida y aunque yace a escasos metros, no puede evitar dejar de teclear su ordenador y acercarse, tocar la suave cara de su pequeña, lo más importante y bello de su vida. ¡Su inspiración! Descansa en una pequeña cama de color rosa, decorada con ositos y mientras Ela duerme plácidamente Julia sabe que ya no se sentirá nunca más sola. Ahora puede evocar momentos de su pasado sin sentir dolor. Tuvo una infancia difícil, más bien desgraciada. Huérfana desde los 5 años fue de orfanato en orfanato, sin el cariño de una madre y sin la seguridad que proporciona un padre. Sin hermanos o hermanas con los que jugar o compartir confidencias. Y por única compañía, los cuentos que recibían por navidad (según les explicaban en el orfanato, donados por “almas caritativas”). Los libros fueron su gran compañía. El primer libro que leyó fue de Anderson Imbert y desde entonces se aficionó a leer todas sus obras descubriendo su vocación de escritora. De “El gato Cheshine”, le cautivó mucho el relato “Luna”, donde leyó su primer cuento “Jacobo el niño tonto”, siendo ya para siempre su preferido. Se sintió identificada con el protagonista del libro, también ella demostraría que no era tonta, al igual que Jacobo. ¡Buena lección la que les dio Jacobo al farmacéutico y su señora! Julia se imaginaba sus caras de asombro al ver como Jacobo después de pronunciar tres veces “tarasá” y hacer lo que ellos habían dicho conseguía quedarse con la tarta. ¡Desde luego quien ríe último ríe mejor! La vida hizo de Julia una persona valiente y luchadora que consiguió con empeño su gran sueño, estudiar periodismo, pero también melló en su personalidad convirtiéndola en una persona de carácter solitario y austero, por lo que se sintió durante años ignorada por las amigas e incomprendida por los hombres. Aunque dotada con mucha facilidad para la imaginación Julia no consiguió inspirarse en ninguno de sus libros, con lo que pasó sus primeros años en el anonimato, escribiendo novelas mediocres que a duras penas la ayudaban a sobrevivir. Pero un día todo cambió, después de otro fracaso sentimental el descubrimiento de que iba a ser madre le hizo despertar en ella un sentimiento nuevo, el de la maternidad y con ello llegó su gran inspiración. Un suspiro hace volver a Julia de sus pensamientos, es Ela, se ha despertado y le sonríe. ¡Su inspiración! Ella la ha inspirado en su

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primer libro, ¡ha sido todo un éxito! y está convencida que solo es el primero de muchos. Mientras se dirige a coger a su pequeña, Julia ve en el espejo del tocador su reflejo, la imagen es el de una mujer de de estatura baja, de cuerpo pequeño pero con pronunciadas curvas, por lo que no aparenta pesar sus 41 kilos, su cabello es largo, negro y ondulado, Por fin con 31 años Julia se siente como las princesas de cuentos de hadas, donde en su cuento la escritura es su príncipe y su inspiración es Ela. Maria Terese Belmonte Puertas(MAV)

Ahora o nunca. Se dijo Pedro a sí mismo, este era el momento que tanto había esperado. La mujer no paraba de hablar de lujos y viajes mientras que el hombre, trataba de concentrarse en vano en el libro que tenía entre sus manos. No tenía la menor duda, eran sus hermanos!. Que fácil, había resultado para ellos deshacerse de él haciéndose pasar por buenos, cuando lo único que les interesaba, era quitarlo del medio para dilapidar la fortuna, que habían dejado sus padres, no tuvieron reparo alguno en encerrarlo en un manicomio. -Mejor así! . Las palabras de su hermana, habían hecho que se le rompiera el corazón en mil pedazos como era posible, que no entendieran que para él era muy difícil seguir viviendo sin el amor de sus padres? -No tenemos por qué hacernos cargo de un mocoso llorón. El sólo se había limitado a mirar tan vergonzoso panorama, y a seguir las instrucciones de los hombres de blanco, de nada le hubiese valido poner resistencia; aquéllos dos conocían su trabajo y no solo lo habrían reducido sino que al llegar a la clínica lo habrían enchalecado. El sudor le corría por la cara y algunas gotas de este, le mojaban las pestañas , eso hacía que le ardieran los ojos, en ese preciso instante se abalanzó sobre sus hermanos y los apuñalo una y otra vez, mientras lo hacía reía al ver sus rostros desfigurados por el terror. Acto seguido salió de aquella habitación y sus pasos lo llevaron al que antiguamente, había sido su dormitorio, le bastó una simple ojeada para saber que todo estaba tal cual él lo había dejado, necesitaba descansar después de tan agotadora labor, se acostó en su cama y antes de quedarse profundamente dormido creyó oír la dulce voz de su madre, entonando una canción de cuna. Estela Calvo Pereira (PM)

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El Jardín que se bifurca Shona es una joven de 18 años, piel blanquecina, cara pecosa y pelo rojizo. Vive con sus padres en una casa estilo Victoriano. La casa está situada en la campiña Escocesa, cerca de Invernees, y cuenta con un inmenso jardín, el cual se pierde en la lontananza. Ningún miembro de la familia ha explorado a fondo el jardín. Era el año 1937. Shona estudiaba enfermería en la universidad de York. Era buena estudiante, alegre, extrovertida y le gustaba ayudar a la gente más necesitada. Los sábados que el tiempo lo permitía, le gustaba pasear por el jardín. Cuando llegaba a donde al jardín se convertía en bosque, daba media vuelta y volvía a casa, pero esta vez recordó unas palabras de su abuela en el lecho de muerte. –Shona, tú puedes conocer tu futuro. Adéntrate en el jardín. Cuando se convierte en bosque, sigue andando hasta donde se bifurca. Un día toma el camino de la derecha, otro día el de la izquierda. De esta manera podrás influir en tu futuro. Sólo tú y yo podemos experimentar este fenómeno, por tanto es inútil que intentes explicarlo. Nadie te creerá. Shona creyó que la abuela estaba delirando e hizo caso omiso hasta hoy, que al llegar al final de la zona ajardinada, siguió andando. Se adentró en el bosque cada vez más oscuro y más húmedo. Después de caminar un buen rato Shona se detuvo. El camino se bifurcaba, tal como había dicho su abuela. Tomó el camino de la derecha. De pronto, una luz cegadora hizo cerrar los ojos de la joven. A medida que disminuía la intensidad de la luz, Shona iba abriendo los ojos. Gritos de dolor, explosiones, ráfagas de ametralladora. Shona se encontraba en un hospital de París donde iban llegando los heridos de la resistencia Francesa. Ella vestía bata blanca y una toga con la insignia de la Cruz Roja. Junto a ella, Bertrand, un joven médico francés, que no conseguía atender la avalancha de heridos que iban llegando. A pesar de las adversidades de la guerra se compenetraban bien y Shona se sentía a gusto al lado de Bertrand. Shona salió corriendo del camino y regresó a casa a toda prisa. No podía creer lo que había vivido. Al d��a siguiente volvió a dónde el jardín se bifurca y esta vez tomó el camino de la izquierda. De nuevo una luz cegadora. A lo lejos música de tambores y cantos africanos. Cuando abrió los ojos, Shona estaba sentada en el porche de una villa en la sabana africana, tomando un té con galletas junto a unas mujeres muy bien vestidas, las cuales mantenían conversaciones superficiales. Aquella noche en casa de Shona había 15


una cena con 150 comensales. Los criados llevaban todo el día trabajando para que todo estuviera a punto. Rony, su marido, no hacía más que gritar a la servidumbre, propinándoles algún que otro azote e insultos racistas. Ante tal panorama Shona salió corriendo del camino y regresó a su casa. Jamás comentó nada de lo sucedido a su familia. Corría el año 1940. Shona había terminado la carrera de enfermería. Entre tanto, Francia había sido invadida por los alemanes. El Reino Unido y el resto de Europa estaban inmersos en la Segunda Guerra Mundial. Aquel día Shona tomó la decisión más importante de su vida. Atravesó todo el jardín, se adentró en la zona boscosa hasta donde el jardín se bifurca y cogió el camino de la derecha. Juan Guasch Piñol (RL)

Sobre nosotros mismos Un 8 de mayo Así de buenas a primeras, fecundar un bebé es muy fácil, pero hay dos maneras de hacerlo, la correcta y la incorrecta, pues la vida futura del embrión podría alterarse por la infelicidad de los que lo rodean. Tal vez el ser humano no sepa aún encontrar su felicidad, y por ello callan y viven sumidos en una mentira. La madre de nuestra protagonista, allá estaba tan feliz teniendo una aventura amorosa extramatrimonial. Harta de su marido, huyó a otro país con su amante con la esperanza de que este abandonara también a su mujer, y como todo, al final, la gente elige mal, por guardar las apariencias o por puro interés, y no escoge su propia felicidad. La madre del futuro bebé, tuvo que regresar a España con la cabeza cabizbaja, y someterse al machismo e ira de su esposo, ya que no tenía dónde caerse muerta. Embarazada, dejó pasar los 9 meses, y evidentemente, el marido hizo cuentas, y vio que el futuro y niño, no era suyo. Él la perdonó, pero no olvidó, y justamente por mucho que quisiera ignorar el hecho, cada vez que viese a ese niño le recordaría la infidelidad de su esposa. Un día, concretamente un 8 de mayo, nació por fin ese bebé, al que llamaron Montserrat. Y como era lógico, no tuvo una infancia muy feliz, pues el maltrato psicológico y físico se hizo evidente. Pasaban

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los años y la situación no mejoraba, y la madre nunca la defendió, nunca la acurrucó, nunca le dijo una palabra de consuelo, y Montserrat llegó a comprender que estaba ante la vida completamente sola. Pasaron los años y ella creció, se convirtió en una persona adulta, y consciente de su realidad, a los 23 años de edad marchó de casa. Tan solo dijo que se marchaba y nadie le preguntó el porqué, ni una triste despedida recibió. Salió de casa y allá empezó su verdadera aventura en la vida, la mejor experiencia que le haría formase en la persona que hoy en día es. Ella nunca culpará a su padrastro de su infancia, pues ella representaba el pecado que un día su madre realizó, el engendrarla por amor. Pero lo que nunca perdonará a su madre es el haber renegado de ella como hija, pues ella nunca le pidió a su madre el nacer, y por lo tanto, como su responsabilidad de traer alguien al mundo, debería haberse hecho cargo de su hija, para lo bueno y lo malo. Montserrat García Expósito (RL)

Érase una vez….una niña llamada Maite, tímida y muy callada. Era la segunda de cuatro hermanas que convivían con sus padres, una pareja de carácter muy distinto; el padre austero y dominante; y la madre dulce y sumisa. Vivian en un piso ubicado encima de la casa de sus abuelos maternos, a los que Maite quería mucho. Ya de entonces tiene recuerdos desagradables; su padre que siempre estaba de mal humor, tirando platos al suelo cuando la comida de su esposa no le parecía lo bastante buena; su madre siempre llorando, mientras su abuela la consolaba y tranquilizaba a Maite y a sus hermanas: noches en que sus padres salían a cenar y dejaban a sus hijas encerradas en la casa (por supuesto después de alguna discusión que el padre de Maite tenia con su suegra, y como castigo para con ella). Mientras estuvo su abuela cerca del hogar todo fue más llevadero, siempre recibía cariño y apoyo por su parte. Pero su abuela enfermó de cáncer y en pocos meses su vida se consumió, dejando un gran vacío en la vida de Maite que aunque solo contaba 7 años fue muy consciente de la pérdida. Al poco, el padre de Maite decidió vender el piso, dejar la ciudad en la que vivían y comprar una casa en un pueblo muy pequeño y apartado. Y con el tiempo las cosas fueron de mal en peor. En los siguientes 12 años la vida de Maite consistió en días, semanas, meses y años interminables (hasta que consiguió, por supuesto al igual que sus hermanas independizarse). Para asistir al colegio tenía que coger el autobús escolar, que si alguna vez

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perdían les suponía el recorrido a pie de unos tres kilómetros de distancia (amén si no asistían por haber perdido el autobús y su padre se enteraba). Nunca se le permitió a Maite ni a sus hermanas quedarse después del colegio en la plaza del pueblo a jugar con los otros niños; ni ir a los aniversarios; no podía invitar a ninguna amiga a su casa y ni pensar ir a las excursiones escolares, entre una lista interminables de “noes” que duró hasta la adolescencia. Además, tenía que realizar tareas compartidas con sus hermanas como las de; arrancar los hierbajos del huerto familiar que era enorme (por supuesto sin guantes que conllevaban los molestas picores de las ortigas); cuidar de los animales y ayudar en las tareas de la casa, lo que le dejaba poco tiempo para jugar y nada para los estudios (esto último, era algo a lo que sus padres no le daban mucha importancia). En el colegio fue un fracaso, nunca mostró ningún interés por los estudios y pasaba las horas muertas mirando a través de la ventana, inventándose mil historias de vidas muy diferentes en las que ella era la protagonista. Nunca hablaba con los profesores y tuvo una única amiga. Esta podría ser la historia de Maite una mujer, que no tuvo una infancia ni una adolescencia muy feliz y no muy merecedora de recordar, a excepción de…. El verano del 83 su padre tuvo que irse a trabajar fuera al escasear el trabajo en la obra y entonces fue cuando Maite que tenía 10 años vivió un único e inolvidable verano, en el que tuvo la posibilidad de conocer y disfrutar de una desconocida libertad (por supuesto por la ausencia de su padre), de dar rienda suelta a la fantasía y la imaginación de un mundo creado por ella y sus hermanas, donde no había cabida para el mundo injusto que creía le había tocado vivir. Y aunque parezca increíble no necesitó más que un lugar diferente, único, en el que hacer volar la imaginación. Un lugar que ella y sus hermanas bautizaron como “el sendero de la fuente”. Era el último día de colegio y en una semana su padre se iría a trabajar fuera. Volvían a casa y a mitad del camino algo les llamó la atención. Durante años habían pasado por delante de un camino que estaba cortado por una cadena atada a dos palos de madera, pero aquel día había desaparecido. Ani, la hermana mayor de Maite y la más atrevida, picada por la curiosidad les propuso entrar en el camino e indagar que había más allá de lo que sus ojos alcanzaban ver. Era un caminito estrecho, el suelo estaba hecho con trozos de piedras que parecían las sobras de piezas de diferentes obras de construcción. A los lados del camino crecía la hierba alta y a unos pocos metros el camino se estrechaba aún más, dando paso a la entrada de lo que a Maite le pareció un pequeño bosque. Los hierbajos fueron sustituidos por pequeños árboles, con ramas que parecían formar una diadema de hojas y flores sobre Maite.

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Mientras se adentraban por el camino fue notando que protegidas del sol por los árboles el ambiente se hacía más fresco. Entre los árboles crecían diferentes flores que dejaban un dulce olor en el aire, alguna mariposa revoloteó a su alrededor y hasta le pareció escuchar el ruido de los insectos. El camino giraba un poco hacia la derecha y empezó a notarse un poco de pendiente, casi enseguida volvió a tener el mismo nivel y a ensancharse a cada paso. Y de repente allí estaba, una pequeña fuente de piedra que dejaba caer un también pequeño chorro de agua y enfrente un enorme banco también de piedra. Maite no necesitó nada más, aquel día les cayó una “bronca” enorme, habían llegado 20 minutos tarde, pero a ella le pareció que valió la pena. Maite pasó un verano increíble, sin horarios impuestos, ni quehaceres, ella y sus hermanas iban todos los días a la fuente, era su refugio y se pasaban horas jugando; a princesas, buscaban tesoros escondidos, se contaban historias inventadas, creaban figuras y comidas de barro…, cualquier cosa les parecía especial y divertido. Maite de su infancia quiere recordar un sendero mágico, que daba a una fuente también mágica, y así reencontrar las emociones perdidas que sólo la imaginación, la fantasía i la inocencia de un niño puede crear. Maite Teresa Belmonte Puertas (MAV)

La escuela Corría el año mil novecientos ochenta y siete cuando Arnau, un niño de 4 años, alegre, simpático, tímido, algo introvertido y extrovertido a la vez y con unos grandes ojos azules detrás de sus gafas, oyó estas palabras: esto que ves, es la escuela, el lugar donde los niños van a aprender -dijo su madre. La reacción fue inmediata por parte de Arnau: No me gusta! Quiero irme a casa! El testimonio de dicha negativa, fue una mañana con escasa luz, solo la luz que la espesa niebla de la ciudad de Vic (niebla que antaño era aún mucho más densa), dejaba pasar entre sus manos. La cara de Arnau fue poniéndose cada vez más expresiva, hasta que terminó por llorar. El chico no podía entender por qué tenían que dejarle en un lugar donde no conocía a nadie, él ya estaba muy bien con su madre y su familia. Su madre lo acercó con mucha pena a la entrada del colegio, como la mayoría de los padres que dejaban a sus niños en la escuela en su primer día. La madre dejó la mano del niño y dándole un empujoncito de ánimo en la espalda y un beso en 19


la mejilla se separó unos pocos metros de él. Arnau se quedó mirando a su madre llorando y cuando giró su cabeza de nuevo hacia la entrada de la escuela, empalideció. Que madre más extraña -pensó Arnau al ver a una monja abrir las puertas de la escuela. Con cara de espanto y los ojos llenos de lágrimas el niño se dejó llevar por la mano de una monja que le invitaba amablemente y mirando a la madre con cara entrañable a entrar en el colegio. Dame la mano, no pasa nada -dijo la monja. Al niño, le pareció una voz de padre y no de madre, pensó que tenía una voz de hombre. Miró por última vez a su madre mientras aquella envejecida mano le guiaba hacia lo desconocido. Lo primero que Arnau vio, fue un señor de madera y con el pelo largo colgado de una cruz. Pobre señor, se habrá portado mal? Le habrán castigado? -pensó aterrorizado. Y el olor...el olor a sopa, el recibidor de esta escuela siempre olía a sopa pues el comedor estaba muy cerca. Quizás con los años, el olor habría quedado impregnado en las paredes y siempre, a todas horas, mañanas, mediodías o tardes, el olor a sopa por todas partes. Finalmente, una vez pasado el recibidor, el señor de la cruz y el olor, la monja que guiaba al niño le dijo a este: Ahí está tu clase y tus compañeros. La monja, que vestía de negro, dejó la mano de Arnau y abrió una puerta color verde oscuro, la puerta emitió un sonido, que al niño le pareció eterno. De repente, muchos niños, una clase, mesas, sillas, colores por todas partes y otra señora vestida igual que la que recibió a Arnau en la entrada del colegio. Serán hermanas? -pensó el niño. Pronto descubrió que en aquella escuela todas las madres debían de ser hermanas, pues se parecían y vestían todas igual, según el chico. Con la cabeza ligeramente agachada y las mejillas enrojecidas se sentó en una silla, que la monja profesora señalo con el dedo de su mano. Pasaron los días y alguna que otra lágrima, pero Arnau pronto se dio cuenta que empezaba a pasárselo bien con sus compañeros y que la monja de su clase era muy amable y simpática. Conoció a los demás niños de la clase con los que siempre compartía risas, lágrimas, juegos y con los que aprendió a leer y a escribir. Arnau estuvo en esta escuela dos años antes de ingresar en la escuela de mayores, para chicos de 5 a 12 años. Durante este periodo aprendió además de escribir, a compartir emociones con los demás chicos de su edad. Arnau recuerda actualmente con cierta nostalgia, este periodo de su vida. Arnau Mas Soler (MP)

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Un ladrón arrepentido Corría el mes de mayo, más caluroso que nunca, cerca de Barcelona en una pequeña barriada vivía un joven de quince años alto como un pino, con ojos de azabache y pelo castaño se llamaba Jaime y era muy conocido en su barrio por ser un bala perdida, un poco cabezón e indomable. Era sábado por la tarde y Jaime había quedado con su amigo Julio para ir a ver una tienda de videojuegos que había abierto esa semana en una plaza próxima al colegio donde estudiaban ambos. Al llegar a la plaza pensaron entrar primero en la tienda de chucherías que había junto a la de videojuegos y una vez dentro Jaime que llevaba el dinero justo para comprarse el ultimo videojuego de guerra “Call of duty”, así que pensó que si cogía un chicle a escondidas y no le veían no le pasaría nada y así fue, espero a que la dependienta estuviera entretenida atendiendo a unas señoras que estaban comprando caramelos y con mucho sigilo se metió un chicle de menta en el bolsillo se dio media vuelta y le dijo a Julio: ¿Te espero fuera, vale? Como tú quieras… - le contesto Julio mientras llenaba la bolsa de chucherías. A Jaime le temblaban las piernas ya fuera de la tienda mientras su amigo hacía cola para pagar sus chucherías, pero a la vez le recorría el cuerpo una sensación de alegría porque había logrado su propósito. Cuando Julio salió de la tienda Jaime se le acerco rápidamente llevándolo hacia a una esquina y le enseño lo que había robado y emocionado le empezó a contar su Azaña como si hubiera ganado el mundial de futbol. Julio se enfadó muchísimo con él por no haberle avisado de lo que iba a hacer y porque robar para él era una falta muy grave lo último que el haría en el mundo ya que su familia siempre había tenido negocios y el sabia de buena tinta como se sentían los empresarios cuando sufrían un robo por pequeño que fuese. Siguieron discutiendo hasta llegar a la tienda de videojuegos, al entrar se quedaron los dos boca abiertos como si del cielo se tratase se les olvido la discusión e incluso sus propios nombres. Empezaron a mirar uno a uno todos los videojuegos que había en la tienda no se les paso ni un solo pasillo ni estante alguno sin mirar, después de una vista rápida decidieron ir a la zona de los videojuegos bélicos y allí estuvieron al menos media hora debatiéndose entre dos juegos a Julio le gustaba más “ Gears of war 2” y en cambio a Jaime le gustaba “ Call of duty 4” y no lograban ponerse de acuerdo en cual comprar lo único que tenían claro era que querían el mismo para poder jugar online juntos. Después de mucho discutir Jaime cedió y accedió a comprar el que Julio quería,

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pero lo que Julio no sabía era que Jaime había pensado robar el videojuego que él quería y por eso había accedido a comprar el que Julio decía. Jaime se escondió detrás de una estantería y se metió el videojuego en la cinturilla del pantalón, pero al caminar noto como el videojuego le resbalaba hacia abajo se volvió a esconder detrás del estante y decidió meterse el videojuego dentro de la ropa interior y siguió disimulando. Julio que no sabía nada se puso a charlar con el dependiente sobre los próximos estrenos de consolas y videojuegos y cuando Jaime los vio tan entretenidos pensó que le daba tiempo a coger un mando que había visto en el pasillo del fondo y se fue directo hacia él. Al llegar no sabía dónde guardárselo se miró de arriba abajo y al final pensó que como llevaba unos pantalones muy anchos se lo podría poner en los calcetines sin que se notara y así lo hizo. Al llegar a la caja cada joven llevaba su juego en la mano para pagar, primero pago Julio y salió de la tienda y justo después cuando Jaime saco el dinero para pagar el dependiente le dijo: -¿No se te olvida algo? -No.-contesto Jaime. -¿Y a quien le cobro el mando y el otro juego que te llevas? Jaime se quedó pálido y no le salían las palabras, no sabía qué hacer ni dónde meterse solo pensaba en la bronca de sus padres y el enfado de su amigo que le acababa de llamar la atención. Rompió a llorar pidiéndole al dependiente disculpas y que por favor no avisara a la policía, que había aprendido la lección y no lo iba a hacer nunca más. Pero el dependiente le explico que él no era el dueño y que como estaba todo grabado tenía que dar aviso a la policía porque si no ponía en riesgo su puesto de trabajo, así que en menos de dos minutos Jaime estaba dentro de un coche de policía dando explicaciones a sus padres que como Vivian muy cerca de allí ya se habían enterado de todo y habían acudido corriendo. Estos decidieron darle un escarmiento a su hijo dejándole pasar la noche en el calabozo. Al día siguiente nada más amanecer, la madre de Jaime, que había pasado toda la noche llorando por su hijo, se presentó en comisaria a buscarlo. Al llegar un policía le preparo los papeles y justo firmarlos le trajo a Jaime, este nada más verla rompió a llorar desconsoladamente y se le abrazo con mucha fuerza dándole besos y diciéndole cuanto la quería y cuanto se arrepentía de lo que había hecho. La madre muy seria le dio un beso y le dijo que después hablarían aunque en su interior estaba rota de dolor y a la vez feliz de volver a tener a su hijo de la mano. Jaime aprendió la lección y nunca más robo nada más ni tan siquiera pensó en hacerlo y de ahí en adelante Jaime cambio tanto, tanto que en su barrio dejaron de conocerle por sus fechorías y

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empezaron a hablar del por lo agradable y respetuoso que se había vuelto. Manel Colsa Sandra Turull Juan Galindo Tamara Fernández

Todo comenzó en las fiestas de navidad, una niña pequeña con una gran ilusión por que llegara Papa Noel, la cabalgata y la noche de los regalos de reyes. Una mañana los padres fueron a comprar sus regalos, mientras la pequeña se quedaba con su abuela querida. Los padres le compraron un muñeco, una bici, un ordenador de juguete con altavoces, unas barbies con sus complementos. Los padres, con la misma ilusión o más que la niña por hacerle dichos regalos, pensaron en la situación económica actual del hogar y decidieron complacer todos los caprichos y deseos infantiles de su niña en la cual volcaban todo su cariño. Lucia, esta pequeña con esperanzas de recibir por parte de los magos todos los regalos de su carta, no dejaba de repetir a todos sus amigos en el parque sobre lo que había pedido por reyes y al señor Noel. Los amigos, todos con la misma ilusión contaban también sus deseos para esa maravillosa navidad. Al día siguiente, el padre llego a casa muy descontento y con una cara muy larga, la niña, con la misma ilusión de siempre le preguntó si creía que Papa Noel y los Magos de Oriente traerían todos sus deseos escritos en las cartas, el padre, disgustado con una cara poco confortable advirtió suavemente a la niña con sus mejores palabras que, Papa Noel y los Reyes Magos seguramente le traerían casi todo lo que ella quería, la niña, con una sonrisa y unos ojos grandes llenos de felicidad, abrió su pequeña boca dando gracias a su Padre por ser tan bueno y haber conseguido convencer a los Magos y Noel, los cuales “el padre conoce en persona” según la historia que contó su Madre a la pequeña. Mamá, escuchó el tono triste del padre hablando con la pequeña, salió de la habitación a hablar con él y quedó anonadada por el aspecto de su cara. Le preguntó sobre qué había ocurrido, este, con una sonrisa forzada pero con mucho cariño, dijo que no ocurría nada, evitando asustar a su esposa y dejando con la gran ilusión de las navidades a la familia. Las navidades pasaban como gotas de lluvia en un río, rápidas y sin

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apenas disfrute de ellas por su corta duración. Cada día, la madre paseaba junto a su pequeña Lucia que con tanta ilusión, veía a Papa Noel por todos lados y la imagen de un rey mago en la puerta de cada tienda de juguetes, hasta que uno de ellos, Melchor, se acercó a la pequeña saludándola por su nombre, la niña sorprendida al ver que un rey mago sabia su nombre y le estaba hablando, mientras la madre, sorprendida aún más, se preguntó cómo podía saber el nombre de la pequeña y no solo eso, también el nombre de ella, dejando con la intriga de quien sería esa persona, un vecino, amigo… Llegaron a casa después de un largo paseo, la niña fue a su cuarto a jugar con sus juguetes y la madre a preparar la cena, a los pocos minutos, el padre llego a casa cansado, se sentó en el sofá y habló con su esposa, la cual, con incomodidad le contó lo ocurrido con ese peculiar Melchor, el padre, tranquilamente la dijo que posiblemente sería un vecino o un conocido. Tras varios días, la noche de navidad llegó y la niña, sin lugar a dudas, recibió con gran ilusión sus regalos mientras sonreía a su familia dando gracias de nuevo a su padre por conocer a Noel y los Magos de Oriente. Pasaban los días hasta que la noche de reyes llegó, papá había faltado a su cita anual con su hija para ver la cabalgata de reyes y llegando tarde para la hora de cenar, la madre extrañada y preocupada, volvió a preguntar al padre sobre qué ocurría y este de nuevo repitió que nada, no ocurría nada. Después de un rato incomodo en la cama, papa se levantó y fue al cuarto de la niña la cual dormía plácidamente agarrada a un peluche de Melchor, sin poder evitarlo, lagrimas cayeron de sus ojos y volvió a la cama. A la mañana siguiente, la niña despertó con gran alboroto y felicidad, gritando y llamando a mama y papa, ilusionada al ver los regalos comenzó a abrir uno a uno todos los regalos, su querida muñeca por un lado, una Barbie… la cara de ilusión del a niña no podía compararse con nada en ese momento hasta que, con ojos de extrañada, abría otro tercer regalo, una carta la cual decía así: -“Perdónanos niña, somos tus amigos los Reyes Magos de Oriente, te escribo yo, Melchor, no hemos sido capaces de complacer todos tus deseos este año, tenemos problemas con los camellos y no podían llevar todos tus regalos, pero no te preocupes, seguro que para el año que viene tendrás lo que has deseado y lo que desearás”

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La madre, con una cara de extrañada miró al padre y en voz baja le pregunto qué a que era debido esto y en que se había gastado el dinero de los regalos. La niña, triste pero juguetona con sus 2 nuevos regalos miro a papa y mama diciendo que no importaba si los magos no han podido llevar todos los regalos, pobres camellos, añadió al terminar su frase. Esto, dio lugar a que, de nuevo, papá no pudiese evitar dejar caer sus lágrimas al mismo tiempo que añadía una tupida sonrisa y sin pensárselo explicó lo ocurrido a su esposa, había perdido el trabajo a comienzos de las navidades, por ello ese día que llego a casa con esa amargada y triste cara. Había estado haciendo pequeños trabajos de la época, dando así la respuesta de quien era ese hombre vestido de Melchor que sabía los nombres de ambas. Mamá, preocupada pero tranquila, comprendió la situación correctamente a pesar de que, ahora, la situación del hogar económicamente había decaído. La niña, que supuestamente estaba en su cuarto dando uso a sus nuevos regalos, apareció por la puerta dando las gracias a su padre, que aun que es pequeña se a dado cuenta del gran esfuerzo que ha hecho su padre por darle una feliz navidad a su familia, lo cual desató llantos entre la pareja. Pero todos sabemos cómo es la navidad, o como deseamos que sea y esta no podía ser menos, sobretodo en esta historia que, como en la gran mayoría, sus finales son felices… Una llamada telefónica, atendida por la madre creó un estruendo escalofrío en su cuerpo al mismo tiempo que con júbilo y voz desesperada, llamaba a su marido para que atendiera la llamada rápidamente, el jefe del marido tenía que hablar con el. Atendió la llamada y con cara triste colgó el teléfono mientras su esposa le miraba con intriga, el alzó los brazos al aire y gritó lo ocurrido, había recuperado su puesto de trabajo ya que, por una desgracia de la suerte, todo había sido un malentendido, las sonrisas llenaban el ambiente de una felicidad incomparable, la niña, alegre mirando tras el hueco de la puerta, suspiró y en voz baja añadió que todo está bien, corrió a su padre y lo abrazó con fuerza llamándolo Melchor dijo que, viendo a papa y mama sonreír es mucho más feliz que con cientos de regalos nuevos. Lucía Fernández Salaberry

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No dejo de asociar involuntariamente esta lluvia que hoy choca impredecible contra los cristales sucios, arrastrando toda su sencillez hídrica, con aquellas otras que me recuerdan las pesadas nubes oscuras que descargaban su furia fría sobre mi pequeño pueblito pre patagónico. Pero la lluvia sobre una isla se comporta de forma distinta, casi caprichosa, y es que difícil debe de ser para el temperamento de una tormenta pasajera acertar sus pesadas gotas sobre un trozo de roca que asoma en medio de un mar embravecido. Complicado puede resultar a esas nubes nerviosas divisar la tierra desde aquellas alturas y más aun, divisar esta Mallorca muy bien protegida del viento de Tramontana por una sierra que precisamente lleva ese mismo nombre. Pero las nubes son solo eso, un fenómenos atmosférico que condensan la humedad hasta reventar en sus entrañas el agua que todo lo baña. No piensan, no sienten, no pueden poseer el recuerdo de cada gota que han transportado en su vientre. No pueden identificar la procedencia de cada evaporación, porque de poder hacerlo tal vez parte del caudal hídrico que cae hoy sobre mi cabeza haya sido recogido en mi pequeño pueblo olvidado, desierto en el invierno, moribundo en las siestas de verano, abandonado por el impulso emigrante de sus jóvenes y a más de 15.000 kilómetros de aquí. Si estas nubes poseyeran la facultad ingrata a veces del recuerdo o de algún tipo de memoria sabrían si estas gotas surcaron alguna vez como ríos embravecidos las calles de mi pueblo. Sabrían si arrastraron con su viscosa piel los barcos de papel que arrojábamos cuando éramos niños los días de lluvias torrenciales y a los cuales seguíamos calle abajo solo protegidos con inmensas botas de goma y un plástico en la cabeza, esperando verlos perderse en algún mar imaginario. Como un melancólico atemporal, hoy me asomo a mi ventana bañada por las nubes esperando ver a los niños arrojando sus barcos de papel, jugando a ponerles nombre y estandarte, persiguiéndolos calle abajo para verlos desaparecer en ese mar imaginario, pero allí abajo no hay nadie. «Que iluso de mí», pienso. Hoy esos juegos de antaño ya no son necesarios, no son indispensables para estos nuevos niños que desconocen por completo la desesperación casi enfermiza con la cual esperábamos los días de lluvia. Estos niños que jamás saltaron en medio de un charco marrón oscuro y bajo una lluvia fina y fría, que no cantaron a coro las canciones piratas mientras acompañaban el suave viaje de sus navíos por las calles inundadas. Hoy ya no es necesario, la PlayStation ha cambiado su niñez y ha archivado definitivamente la mía. No necesitan sentir el aire gélido y húmedo, palpar la lluvia salvaje, digerir la angustia amarga de ver sus barcos sucumbir a las corrientes en la intersección de dos calles. Hoy poseen esos curiosos engendros que producen adrenalina sintética, recuerdos ficticios y

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sabores edulcorados. Poseen esos ingenios electrónicos que los encierran, que los contienen en un mundo sobre protegido de fantasía. Estos chismes que los conducen por los laberintos de las falsas experiencias, que les privan del sabor de la lluvia cayendo sobre sus cabezas; que los aleja definitivamente del aroma a tierra mojada y a pinos verdes y salvajes, a esas hermosas tardes de otoño de nubes fundidas y plomizas que hoy ya nadie parece disfrutar. María del Carmen Domínguez Ortega

Transformaciones Un bonito día en Polonia, a mediados de Enero, me levanté y me asomé a la ventana y vi que estaba nevando mucho, todas las calles estaban cubiertas por un manto blanco. Me fui a asear como todos los días y me fui a desayunar con toda la familia. Llegaba tarde a la escuela, así que me vestí deprisa cogí la maleta y me fui corriendo para la escuela, ya que estaba a tres manzanas de mi casa. A medida que iba avanzando me di cuenta de que me estaba pasando algo raro, a pesar de que iba corriendo tenía muchísimo frío, cuando de repente quise mirar el reloj y ¡sorpresa!, los dedos de mis manos habían desaparecido y poco a poco también me iban desapareciendo las manos, me asusté mucho y paré en seco. Yo me preguntaba que me estaba pasando pero no entendía nada, seguí corriendo, ahora más aún más rápido que antes, mientras me iba mirando en los escaparates y cada vez me iban faltando más partes del cuerpo, cuando de repente me choque contra una farola y perdí el conocimiento. Cuando desperté, lo primero que vi fue a unos gigantes jugando con la nieve. Pensaba que estaba soñando, pero intenté pellizcar-me y no podía hacerlo porque no tenía manos, miré a mi alrededor y solo había nieve, copitos de nieve y fue entonces cuando me di cuenta de que me había derretido y me había convertido en un copito de nieve. Entonces uno de los gigantes se acercó a mí y me cogió junto a otros copitos, pensé que iba a morir, que sería mi último día de vida, pero no, me cogió para unirme con otras bolitas de nieve, juntando así miles de copitos y de repente descubrí que formaba

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parte de un muñeco de nieve que habían hecho los gigantes, que en definitiva eran niños como yo. Lorena Escudero Pérez Centre de Suport: SO

Cuentos a cuatro manos La Adolescente Uruguaya En la ciudad de Las Piedras, del país de Uruguay, vivía un matrimonio con una hija llamada Florencia, era una niña de unos trece años, con el pelo lacio, largo y moreno. Tenía una estatura mediana y era más bien delgada. Sus padres trabajaban todo el día, y debido a esto se perdían muchos momentos del crecimiento y la vida de Florencia. A las seis de la mañana, cuando los primeros rayos de sol, iluminaban la ciudad, ya partían a sus respectivos trabajos. A esas horas Florencia estaba durmiendo aún, por lo tanto era imposible que la viesen y poder conversar con ella. Se iban y hasta la media noche no volvían, pues trabajaban muy duro para poder subsistir. En aquel país las cosas iban de mal en peor. Florencia, pasaba la mayoría del día sola, se levantaba temprano por la mañana. En invierno, aún estaba el pasto blanquecino y brillante por la escarcha. Florencia paseaba y disfrutaba, soltando una tímida sonrisa. En aquel pequeño colegio al que iba, se sentía muy feliz y arropada, pues eran todos como una gran familia, los profesores se interesaban mucho por lo que les sucedía a los alumnos, tanto a nivel de estudio como psicológicamente. Pero Florencia se encontraba triste y disgustada. A un profesor esto le llamo la atención y decidió preguntarle que le ocurría, y ella con la mirada triste, los ojos bañados en lágrimas y la voz sollozante respondió; estos serán mis últimos días en este colegio, mis padres han decidido que nos marchemos a España, ellos piensan que allí estaremos mejor, pero sobretodo que yo tendré un futuro mejor. Y así, con el tiempo, a pesar del disgusto de Florencia, ella y sus padres partieron a España, en busca de una nueva vida. Después de un largo viaje, llegaron a España y a Florencia le gustó mucho. Era muy distinto a su país. Estaba muy contenta, la gente era muy abierta y simpática. Habían grandes montañas, ella las observaba sorprendida, puesto que nunca había visto una, en su tierra no las había.

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Al mes siguiente, empezaban las clases y entraría en su nuevo instituto. Es allí donde empezaron los problemas de Florencia. No se podía imaginar lo difíciles que resultarían los meses siguientes. Empezó el colegio con total normalidad, pero poco a poco las cosas se fueron torciendo. Una mañana gris del mes de septiembre, Florencia se disponía a entrar en clase, cuando unos compañeros la asaltaron a la entrada. Eran cuatro mojigatos imberbes, de poco más de metro cincuenta, con unas gorras más grandes que sus cabezas y unos pantalones que parecían de sus hermanos mayores, porque dejaban ver con total claridad su ropa interior. Florencia se asusto al verlos, ya que conocía de las “hazañas” de estos 4 jóvenes, intento esquivarlos, pero no hubo manera, cuando se quiso dar cuenta, ya los tenia delante. El que parecía el cabecilla, se adelanto y se dirigió a ella de una forma amenazante. La zarandeó a la vez que le decía que para que había venido a España, que porque no se había quedado en su país, cuidando cabras o rebuscando en la basura. Otro de los chicos, le dijo que a ellos no les gustaban los extranjeros y que se iban a encargar de que se fueran todos, por las buenas o por las malas. Florencia estaba muy asustada, tenía unas ganas enormes de ponerse a llorar y salir corriendo, pero sabia que eso era del todo imposible, la tenían rodeada. A otro de los muchachos, se le escapo la mano y fue a parar al pecho de Florencia, y esta a su vez, soltó un chillido ensordecedor y completamente involuntario, como un acto reflejo. La consecuencia inmediata, fue que mucha gente se giro al escucharla y los gamberros salieron corriendo, no sin antes advertirla, que no iban a quedar así las cosas, que se volverían a encontrar. Florencia respiró aliviada, pero con mucho temor. Sabía que volverían y que buscarían una mejor oportunidad para hacerla daño. Estaba muy asustada. No quería decirle nada a sus padres, porque sabía que ellos estaban intentando darle un futuro mejor, que lo hacían por ella y no quería disgustarles. Nada tenían que ver esos cuatro energúmenos con las personas que había conocido a su llegada a España. Una gente magnifica, hospitalaria y amable, que habían intentado hacerle menos dura su llegada. Ahora la asaltaban muchas dudas. El incidente quedaría en eso, un incidente, iría a mas, ¿cómo seria la gente de verdad? ¿cómo la que les abrió los brazos al llegar? o ¿cómo los chicos que querían hacerle daño primero y abusar de ella después?. Pues ella no sabía que pensar, estaba claro que no todas las personas serían como estos chicos, pero vaya recibimiento había tenido.

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En fin, ese mal día llego a su casa muy disgustada, asustada, confundida, de lo único que estaba segura es de que aquellos energúmenos volverían hacerle daño, y esta vez de verdad. Su cara tenía una expresión de tristeza, y su madre al llegar del trabajo lo había notado al instante, pues conocía muy bien a su hija. Así es que, preocupada al verla así, le pregunto que le ocurría, si había tenido algún problema en el cole, y Florencia conteniendo las lágrimas, le respondió que nada le sucedía, sólo que echaba de menos a sus amigos y a su país. La madre la abrazó y la consoló diciéndole que ella también extrañaba a su país, que allá había dejado muchas cosas, su casa, que con su padre habían trabajado muy duro durante años para conseguirla y mantenerla, y de un día para el otro todo aquello que le costo tanto tuvo que dejarlo, aunque todo fue por mejorar y para darle lo mejor a su hija. Florencia, escuchándola atentamente, pensaba por dentro,que para sus padres si que había sido difícil dejar todo aquello y pues se terminó de convencer de que no les contaría nada de lo que le había ocurrido en el colegio, pues sería un disgusto más para ellos. Luego de la charla, su madre se quedó tranquila, pensando que la angustia de Florencia, se debía a que extrañaba a sus amigos, pero estaba segura que en menos de un mes, iba hacer amigos nuevos y estaría mucho mejor. Florencia poco a poco superó sus miedos e hizo grandes amigos. Todo era cuestión de tiempo y voluntad. Jorge Calvo Díaz (PR) Sandra Sostres Díaz (SIT) Yolanda Tomás Decàrrega (AM) Manuela García Bravo (BA)

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Profesoras del Módulo: Bea Marín Peralta Núria Córdova Medina Institut Obert de Catalunya Àmbit de la Comunicació Muchas gracias. Escribir nos hace soñar y crecer.

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Ficciones nº 8 - Primavera 2011