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Este libro está escrito por alumnos y alumnas de Taller de escritura creativa (otoño 2010) - GES Institut Obert de Catalunya La ilustración de la portada es de Quint Buchholz. Esta selección de trabajos fue realizada por los grupos formados en el Taller. Los trabajos seleccionados corresponden a compañeros del curso. Felicitaciones a todos por vuestro trabajo.

Raquel Álvarez Jiménez (EH)

Fernando Sebastián Ruiz (LC)

Henoc Estevez Cabanillas (BE)

Rafael Peñas Lopez (REB)

Daniel Cazorla Sorroche (RL)

Sergio Luque Jiménez (BCN)

Marc Català Selva (MP)

Rafael Molina Mercedes (SA)

Conxa Comalat Roca (PE)

Anna López Pujol(CM)

Marc García Durán (VI)

Mónica Lluesma Méndez (EH)

Mario Becerro Romero (VI)

Nuria Pi Guillen (SA)

Mónica Comella López (MAV)

Consolación Gonzalez Tort (BCN)

Michael Alarcón Salinas (ML)

Aleix Gordillo Hinojosa (RI)

Antonio Jesçus Fuentes Ávila (BE)

José Miguel Maldonado Milán (ML)

Fernando Callado Sánchez (BCN)

Ignasi Munne Bosch (BCN)

David Comas Romera (BG)

Antonia Rodríguez Salcedo (ML)

Salvador Alandi Sebastián (IG)

Magdalena Miró Cabañas (LC)

Eva María Frixes Ortola (CB)

Eric-Alfonso Pineda Matheu (LM)

Xavier Sánchez Vicente (BCN)

Soraya González Quesada (MAV)

José Antonio Sánchez Cebrián(CM)

Daniel Horta (LC)

Antonio Llopart de Frutos (BCN)

Sandra palacios, Antón (ML)

Óscar Serradilla Rivas (RI)

Eva Mº Izquierdo Quiles (BCN)

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Sobre el firmamento -¿Comprende usted el significado que tiene el firmamento? -Si creo que lo comprendo. Pero sepa usted que fui yo quien lo hizo- dijo llorando-. Abrí los ojos, vi una potente luz blanca que inundaba todo el espacio, desconcertante camine varios metros, visualice una silueta a lo lejos y me acerqué hacia ella, todo se iba aclarando, poco a poco como si flotase no sentía nada, era David mi novio. No sentí nada de alegría me acerque a el, observe como me miraba atónito con lagrimas en los ojos.... Pregunté: Donde estamos? En el firmamento- dijo el, mientras abría su mano, me pidió el perdón mas sincero que jamas escuche, un flashback, una noche de lluvia, y una discusión. Abrió su mano completamente, tenia una pistola entre sus dedos, mientras se apuntaba con ella la sien, sus palabras me tranquilizaron extrañamente: -Recuerdas que te quiero? Tu brillarás mas que ninguna. -¡ BANG! Tras el horrible estruendo, nuestros cuerpos llegaron al final de aquella potente luz, se desvanecieron, convirtiendo nuestras almas en dos relucientes estrellas en el firmamento de la noche. Aquel día tuvimos un accidente, el se distrajo, chocamos y fallecí en el acto, el sintiendo el dolor de la culpa cogió su arma y se disparo. Dicen que las estrellas son las almas del amor, las nuestras brillaran eternamente en el inmenso firmamento. Raquel Alvarez Jimenez (EH)

-Y si fue usted quien lo creo. ¿Cómo explicaría todo lo que hay en él? -No existe un razonamiento comprensible para poder explicarlo. Lo que hice fue expandir lo que era la pequeña galaxia donde vivimos ahora. Y a partir de allí surgió todo el universo que se expandió infinitamente, formando millones de galaxias de las que todavía no tenemos conocimiento. Entre ellas la Vía Láctea, donde se encuentra el sistema solar y los seres semejantes a nosotros que viven en el planeta Tierra. -Y usted señor, ¿Que puede contarme sobre estos seres parecidos a nosotros que conoce? -La verdad son unos seres muy diferentes a nosotros. Desde el principio de sus tiempos han tenido un comportamiento muy inesperado. Y es que este es el motivo de mis lágrimas. Siempre se encuentran bajo conflictos bélicos, no se ayudan entre ellos incluso siendo de la misma especie, además están destruyendo su planeta sin con las consecuencias. Con nuestro modo de vida nos resulta complicado entender a que viene este comportamiento. Nosotros somos una civilización capaz de vivir en armonía unos con los otros, con todos los habitantes de nuestro planeta. Y lo más importante, respetando todo lo que nos rodea. Henoc Estévez Cabanillas (BE)

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El hombre de avanzada edad, del cual desconozco su nombre y su edad (a decir verdad desconozco todo sobre él), seguía llorando, mirándome. Lo único que sé de él es que vive cerca de mi casa, que duerme sobre cartones y por el aspecto que posee supongo que tendrá entorno a unos 80 años, una edad muy elevada para estar en esas circunstancias, pienso yo. Con una botella de whisky en la mano, que seguramente habría comprado con algunas monedas que le suelen echar algunos vecinos que pasan por delante de él, mostraba un estado de clara embriaguez al comentar que él había creado el firmamento, por eso yo le preguntaba si realmente sabía el significado de firmamento, ya que todo el rato me hablaba de él, y fue entonces cuando me empezó a explicar un historia, una profunda historia digna de un guión de película de ciencia ficción, la cual os resumiré brevemente. El hombre, de larga barba y aspecto curvado, explicaba que una noche de invierno estaba caminando por un parque de Madrid cuando vio un camino que se escondía entre los árboles. Tras pensárselo un instante, decidió seguirlo. Al final del camino encontró un pozo y, de repente comenzó a llover. En este instante el señor miró al pozo (en el cual no se podía ver el fondo) con ojos tristes, supuestamente recordando cosas de su antiguo pasado, su antigua vida lejos de los cartones húmedos y el whisky seco, cuando, según explica, apareció en una dimensión que él desconocía, una dimensión oculta donde todo a su alrededor flotaba, todo menos él. Según cuenta paso más de un mes en esa extraña dimensión y, al no saber porqué estaba allí y qué misión debía realizar, intentó poner fin poniendo todas las cosas en su orden correspondientemente ya que sino acabaría por flotar y perderse en esa dimensión. Con mucho esfuerzo consiguió organizarlo todo y salir de esa experiencia. Desde entonces el hombre cree que ha creado el firmamento y llora desconsoladamente porqué nadie le cree. Lo que yo concluyo de esta historia es que seguramente se golpearía la cabeza al curiosear el pozo. Pienso que debería poner orden en su vida al haberla perdido por el alcohol, lo cual explica que todo a su alrededor flotase en su peculiar historia. El poner todo en orden es una tarea que le queda por realizar, tarea en la cual estoy dispuesto a ofrecerle mi ayuda para que lo consiga, dándole un hogar y todo mi apoyo. Así fue como aprendí que nunca es tarde para poner las cosas en orden. Daniel Cazorla Sorroche - ¿Comprende usted el significado que tiene el firmamento? -Sí, creo que lo comprendo. Pero sepa usted que fui yo quien lo hizo.- dijo llorando. Aquel misterioso hombre de cabellos desgreñados, se sentó en el borde del arcén y se llevó las manos a la cabeza. A pesar de todos mis años como astrólogo, no entendía sus palabras. ¿Quién es este hombre? Me aproximé con cuidado y me senté junto a él. Me sentía extraño y no sabía qué hacer, pero… “¿Qué decirle a un hombre al que no conoces, cuando llora desesperado?” pensé. -Me duele pensar que usted, todavía no sabe quién soy. –dijo, sollozando. -Señor, sepa usted que nada me complacería más, que saber con quién estoy hablando. – dije.

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Aquel hombre se volvió hacia mí con ojos esperanzadores y se puso en pie. Con un gesto muy caballeroso, me indicó que lo acompañara. Le seguí, caminando a su lado y escuchando cada una de sus palabras. Hablaba de los cambios y de los desastres que habíamos vividos los “humanos” utilizando unos términos poco comunes… - No consigo comprender… ¿por qué no os dais cuenta de lo maravilloso que es el mundo? Os sometéis a guerras donde solo sabéis haceros daño… ¿Qué ha sido de la honestidad, el compañerismo, el amor? - Creo que de eso, hace mucho que andamos cortos. –dije. Entonces, se volvió hacia a mí. Y frente a los leves rayos del sol contemple su imagen. Su túnica blanca, sus ojos cálidos y azules. Su cabello y su barba… ¿un milagro? pensé. Mientras le miraba boquiabierto, extendió su mano y me entregó un pequeño crucifijo. - Manuel, espero que entiendas mi sufrimiento y que seas capaz de entregar este mensaje a tus más allegados. Amar al prójimo, no nos hace más débiles. El mundo es maravilloso, sino contempla tú mismo la belleza del firmamento… -dijo, mientras se desvanecía ante mis ojos, como una neblina de colores cálidos. Sandra Palacios Antón (ML)

- ¿Comprende usted el significado que tiene el firmamento? Su amigo le respondió: Sí, creo que lo comprendo. Pero sepa usted que fui yo quien lo hizodijo llorando. El escritor estaba apenado por el comentario dudoso de Juan. Este episodio transcurría una mañana soleada del mes de abril. El señor Juan, que tenía una edad comprendida entre los 50 y 60 años vivía en el barrio antiguo de Barcelona donde las calles son sombrías y húmedas. Aquel día se levantó con la intención de entrar en una librería, una de las más antiguas de Barcelona. Allí le dijo al vendedor que buscaba un libro de un escritor amigo suyo que hablaba del firmamento. El librero le mostró el ejemplar y le dijo que sólo tenía ese. Juan le dijo que era ese el libro que buscaba, el de su amigo. Salió de la librería con su libro en la mano y cuando bajaba la calle se detuvo en un parque y allí se sentó en un banco a hojear el libro. Y casi sin darse cuenta, leyó la mitad del texto con gran interés. De pronto, se sentó a su lado su amigo, el autor del libro. Estuvieron varias horas comentando lo que había leído, cuando de pronto Juan le preguntó: -¿Comprende usted el significado que tiene el firmamento? Viendo la reacción de tristeza que había provocado, Juan le consoló: - No se ponga así- le dijo- que hablar de eso no es tan fácil querido amigo. La gente tiene una visión del firmamento muy distinta a la suya. Creen que es algo que hizo Dios cuando eso no es así, sólo se trata de una masa de estrellas.

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Los dos amigos se levantaron del banco y caminaron calle abajo hasta llegar a un gran caserón, donde vivía el escritor. Le invitó a entrar, para tomar una copa y un puro y seguir comentando el libro. Juan aceptó sin poner resistencia. Eva Mº Izquierdo Quiles (BCN)

El firmamento, la galaxia, la huelga y las malas condiciones laborales. _ ¿Comprende usted el significado que tiene el firmamento? Le dijo un marciano al otro levantado una de sus cuatro manos con unos documentos recién llegados por mensajería urgente. Sus antenas rectas y fijas hacia el techo de la nave espacial (que era de un cristal transparente en el cual sepodían observar la belleza de los planetas con sus colores rojos, celestes, purpuras. Las estrellas emitíanun fulgor y un brillo resplandeciente que pocos humanospodríanimaginar), demostraban una furia fuera de toda duda, sus tres ojos saltones parecían salir de sus orbitas. Caminaba de un lado a otro de la sala de reuniones con sus 4 extremidades y sin rumbo. El color de su cara verde pistacho se había convertido en un verde oscuro debido al enfado con su subordinado. -Tu pequeño error mí querido encargado de recogida de basura espacial, va hacer que todos los servicios de recogida de la vía láctea queden suspendidos durante un micrón. Eso significa que cualquier cohete espacial que se le ocurra pasar por allí refiriéndome a los terrícolas que son lo menos adelantados tecnológicamente con esas cosas en forma de pepino que llaman naves y esos radares prehistóricos que no detectan ni una avispa en un avispero seguro provocara el mayor accidente espacial que se pueda recordar en el ultimo milenio!!! -Por no comentar nada de la sanción económica que va a llegar del ministerio de salud y ecología del planeta Venus por incumplimiento de nuestro contrato con el Gobierno Interplanetario. _ Sí, creo que lo comprendo. Pero sepa usted que fui yo quien lo hizo -dijo llorando-Yo cree las rutas de recogidas y contrate al personal adecuado, cuando usted fue el que firmo los contratos con el Gobierno Interplanetario y estableció los sueldos correspondientes a los empleados y los jornadas laborales .Yo me encargue de comprar la mejor maquinaria y vehículos que se pude encontrar en toda la galaxia. -No puede usted hacerme responsable si el sindicado de trabajadores ha decidido hacer una huelga por los excesivamente duros y largos que son los turnos de 128h seguidas de trabajo ininterrumpido y los escasos 800e que se les pagan anualmente. -Deme usted soluciones y yo intentare negociar con ellos para que vuelva a su trabajo diario. Aunque lo que veo claro es que sin una reducción de horario y aumente de sueldo no vamos a poder llegar a ningún lado y... Fernando Sebastián Ruiz (LC)

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Historias que nos dejan un aprendizaje La suerte de Fátima La opinión que tengo sobre los hechos de esta historia imagino que será bastante parecida a la de todos vosotros, pero seguramente habrá algún matiz en el que no vamos a coincidir. Evidentemente lo que nos viene a explicar esta historia es que en la vida todo lo que vamos aprendiendo nos puede ser de gran utilidad en cualquier momento, puesto que no sabemos que nos depara el futuro. En esta vida todo, absolutamente todo, son enseñanzas que nos pueden ayudar el día de mañana, tanto las buenas experiencias como las malas. Lo que si me hace reflexionar, es el hecho de si tanta mala suerte es necesaria para que nos demos cuenta de ello. Otro punto a tener en cuenta, es que sea el país que sea, nos podemos encontrar gente buena y gente mala, y que las apariencias nos pueden engañar de buen principio, pensando que alguien so es buena persona, por ir a comprar esclavos por ejemplo, y luego darnos cuenta que solo nos quieren un bien. Finalmente me gustaría decir que lo que puede empezar como una agradable historia, se puede convertir en un largo y difícil camino hasta conseguir lo que andábamos buscando, sin que necesariamente sea casarse con un príncipe. Marc Català Selva (MP)

¿Vale la pena lamentarse? Para mi, leer un cuento es como leer un mensaje. Fátima la Hilandera nos enseña en cada uno de los contratiempos de su vida, que todos ayudan a crecer, que son lecciones para sacar el máximo de provecho de nosotros mismos. Que tenemos que dejar fluir la vida y dejar las lamentaciones, que llorar y reír está bién porque es la primera señal de que estamos vivos. La actitud de Fátima me ha gustado, deja las lamentaciones y aprovecha las circunstancias que le toca vivir al máximo y es agradecida con las personas con quien vive y después la vida le devuelve su gratitud. Me he sentido identificada con muchas cosas que le han ocurrido a Fátima. ¿Quién no? Me pregunto yo. Yo misma me he lamentado muchas veces y no sirve de nada, todo lo contrario te sientes peor. ¿Seguro que estáis de acuerdo conmigo que las lamentaciones son frenos de mano y no nos dejan avanzar? Conxa Comalat Roca (PE)

El cuento de Fátima, la hilandera y la tienda, nos puede aportar muchas sensaciones, tanto positivas como negativas. Estoy de acuerdo con mi compañero Marc de que todo lo que nos pasa en el día a día, todas las experiencias, tanto positivas como negativas, nos serán útiles para nuestro futuro, ya que de lo vivido extraemos conclusiones que nos hacen crecer y madurar como personas. Por otro lado comparto mi opinión con mi compañera Conxa de que lamentarse no vale la pena pero, a veces es muy difícil seguir para adelante, sin pensar en el pasado. Considero que Fátima fue muy valiente en las tres situaciones que lo perdió todo y salió a delante sin mirar a tras. Lo gratificante es también que en cada situación conoció a gente amable que le

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ayudaron en todo lo que pudieron. Con todo esto, pienso que no todo el mundo puede hacer lo que ha hecho Fátima, a veces es muy difícil olvidar lo que has perdido en el pasado y seguir un presente y un futuro, esto únicamente el tiempo lo cura, por eso admiro lo que hizo Fátima ya que, como dice un cantante, Tote King, "soy una ficha dentro de este juego", y es lo que somos, una ficha dentro de este mundo y, hay que intentar disfrutar de la vida y aprovechar los buenos momentos con familia y amigos y, como ya se ha dicho, aprender de lo vivido. Daniel Cazorla Sorroche (RL)

Estoy de acuerdo con Eduardo, es cierto que Fátima ha sido una mujer muy luchadora. Es muy duro pasar por todo lo que ha pasado Fátima, perder a su familia. El hecho de empezar una nueva vida, intentar moralmente seguir luchando por su supervivencia. Todo eso, te marca para toda la vida. Es muy duro eso que la secuestraba para venderla. Ella quería casarse con un hombre que estuviera bien situado. Al menos pudo lograr su deseo, casarse con aquel príncipe que ella siempre había soñado. La vida nos enseña que cada problema tiene solución, pero a veces no las vemos. Tenemos que aprovechar cada oportunidad que se nos ofrece. Luchar por lo que más nos cuesta en esta vida sin contar los percances que nos podemos encontrar a lo largo de la vida. ¿Pensáis que es fácil llevar una vida como la que le tocó vivir a Fátima? Antonio Llopart de Frutos (BCN)

Después de leer el cuento de Fátima no he podido más que sentirme identificado. No en las situaciones vividas de viajar en barco y naufragar o vivir en países extraños, pero sí en las dificultades que te encuentras en la vida cuando quieres llegar a un objetivo, un sueño o una ilusión. Muchas veces, por más que luches, pongas voluntad y lo desees con todas tus fuerzas, surgen factores externos e inesperados que te hacen tropezar o impiden que puedas lograr cumplir tus objetivos. En esos momentos sientes flaquear tus fuerzas, te desilusionas y quizás incluso abandones tus objetivos y te preguntas ¿Por qué? ¿Y si llegara algún día en que tu sueño se hiciera realidad, que tu ilusión se cumpliera? Siempre alguien te pone trabas en el camino por algún motivo y te preguntas porque te tiene que pasar a ti. Creo que el cuento sirve para reflexionar sobre que no tenemos que desfallecer cuando nuestro camino en la vida se complica por hechos externos o inesperados, que tenemos que seguir luchando por aquello en lo que creemos y que algún día nuestra recompensa llegará si no nos rendimos y abandonamos. ¿Alguno de vosotros se ha encontrado alguna vez en una situación parecida? ¿Os ha hecho reflexionar Fátima al leer su cuento? Fernando Sebastián Ruiz (LC)

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Inventamos sobre los demás Treinta Corazones Se acercaba el día, los preparativos de la mudanza se veían en cada rincón de la casa. Cajas y más cajas amontonadas en varias habitaciones. Mucho movimiento de muebles, armarios que parecían no vaciarse nunca, objetos y enseres que ya no serían utilizados nunca más, metidos en cajas para trasladarlos a bazares de segunda mano. Paula no daba crédito a la acumulación de todo lo que albergaba en el piso. Hacía cuatro años que se había divorciado, mujer fuerte y trabajadora, su pelo corto y moreno le daba un aspecto juvenil, de mirada serena y apacible, siempre sonriente a sus cuarenta y ocho años estaba cerrando un circulo más de su vida. Era domingo, aprovechó el día festivo para ordenar el último armario que le quedaba por vaciar. Las cajas, una al lado de la otra parecían estar esperando su turno. Cogió una escalerilla de dos peldaños para llegar a la parte más alta, lo primero que le vino a mano fue un objeto grande envuelto con un plástico, pesaba un poco pero pudo con él, era un balancín de madera con forma de caballo. La cara de Paula sonrió mientras lo dejaba en el suelo, su expresión nostálgica recordaba los momentos en que sus hijas habían jugado con él. Se quedo de pie delante del armario pensativa, inmóvil, paralizante, su actividad paró en seco. ¿Qué le estaba impidiendo a Paula a continuar? ¿Qué escondía este armario? Ella lo sabía muy bien: “Toda una vida”, treinta años de vivencias, recuerdos, matrimonio, hijas... sus emociones estaban a flor de piel. Las cajas abiertas estaban esperando a que Paula les entregara sus treinta corazones. Poco a poco el armario fue quedando vacío, ella estaba cerrando parte de su pasado dentro de estas cajas y dejando espacio en su nuevo corazón. Conxa Comalat Roca (PE)

Foto en negativo

Martín era un chico de 27 años, que había estudiado la carrera de periodismo, vivía en un pequeño estudio en el centro de Barcelona y, lo pagaba con el sueldo de su trabajo en un periódico local. Tenía un coche pequeño, un Ford, del año 2000, que de momento le llevaba y le traía, aunque en realidad estaba deseando comprarse un todo terreno y poder vivir en una casita apareada. Lo que más le gustaba en esta vida era la fotografía, le encantaba retratar todo lo que veía, siempre iba a todos sitios con su cámara. Siempre que quedaba con sus amigos hacía miles de fotos, tenía imágenes impresionantes de lugares fantásticos que había visitado. Un día, en la redacción del periódico dónde trabajaba, mientras escribía un artículo, recibió un sobre a su nombre, pero no tenía remitente. Martín se extrañó, miró y remiró el sobre, no sabía de dónde podía proceder, ni cual era su contenido. Frunció el ceño, intento mirar a tras luz, pero el sobre era demasiado opaco y no permitía ver su interior. Lo dejó en la mesa, lo volvió a coger, y finalmente, ante tanta curiosidad, lo abrió. Dentro del sobre había una fotografía en negativo. En esta foto se podía apreciar una chica, pero no conseguía distinguir quién podía ser, parecía una joven, de unos veinte - pocos años, pelo liso, labios finos, nariz respingada, y expresión vergonzosa. Martín miró la foto durante unos minutos, intentando reconocer el rostro de esa fotografía. Siguió sin saber quién era, ni por qué le había enviado esa foto, la guardó en el sobre y siguió trabajando, sin poder apartar la mente de lo que le acababa de ocurrir.

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Llegó la hora de plegar, Martín recogió sus cosas y metió el sobre con la foto dentro de su carpeta, y se la llevó a casa. Condujo su coche antiguo hasta casa, tardó casi una hora en llegar entre los atascos y encontrar un lugar para aparcar, se paró en el supermercado de debajo de casa e hizo la compra para la cena, eran ya las siete de la tarde, hoy había sido un día muy duro de trabajo, no había podido relajarse, así que abrió una botella de vino y empezó a prepararse la cena. De repente se acordó de esa fotografía que había recibido, y fue a cogerla, no entendía por qué era en negativo, ya que así no podía reconocer a la joven, miró la fotografía y la giró. ¡Había una nota detrás y no se había dado cuenta!. La nota decía: esta fotografía la publicarás mañana en tu periódico, ya te enterarás en que sección. No había nada mas, ninguna firma, ningún nombre, ¡nada! Martín bebió un sorbo de vino, y pensó que esto sólo podía ser una broma, dejó la foto en la mesa y continuó preparando la cena. A las diez Martín estaba cansado y se fue a dormir. A la mañana siguiente se despertó a las 7, desayunó, se vistió, recogió sus cosas y se fue a trabajar. Nada más llegar a la puerta del trabajo escuchó mucho jaleo, no sabía que pasaba, pero la gente andaba de un lado para otro de la redacción y muy alterada. -¿Qué ocurre?-preguntó Martín. - ¿No te has enterado?,- le preguntó su compañero Javier, -Han encontrado una chica muerta en los servicios de la redacción, la han apuñalado. Dicen que es Marina. Martín empezó a notar que le faltaba el aire, ahora todo lo entendía la de la foto era Marina, y si ayer hubiera hecho algo, a lo mejor podría haber evitado lo sucedido... Marc García Duran (VI)

Entre paréntesis. Llegó el otoño, empezaron a caer las hojas de los árboles, el patio del colegio se llenó de colores tierra. El viento refrescaba por las mañanas y todos los niños corrían abrigados con sus chaquetas a sus respectivas aulas; las hojas volaban, era otoño. Aquella mañana, en la clase de preescolar, la maestra explicaba a sus alumnos que ya estaban en otoño y todo lo que ello representaba. Aquellas curiosas miradas no perdían detalle de lo que la maestra contaba: "-... un fruto típico del otoño es el boniato. Para dar la bienvenida al otoño vamos a disfrazar boniatos y los mostraremos en el pasillo de la escuela. A ver, un boniato puede convertirse en...-" y entre paréntesis, la profesora escribió diferentes posibilidades para caracterizar aquel peculiar fruto del otoño. (León, mariquita, bruja, payaso, gato, perro...) y todos aquellos nombres quedaron escritos entre paréntesis. En los siguientes días los alumnos se afanaron por terminar sus creaciones en grupo, de cada tres niños nacería un boniato disfrazado. Y así fue como los vastos boniatos se fueron transformando, a razón de la imaginación y la inocencia de los niños; león, mariquita, bruja, payaso, perro, gato... tal como la maestra había escrito entre paréntesis. Los niños acabaron sus creaciones, por la tarde marcharon a sus casas y dejaron bien colocadas sus creaciones en fila, encima de una mesa. Se apagaron las luces, el viento arreció, de repente, se abrió una ventana del aula de preescolar de forma brusca, la clase se llenó de hojas caídas, y por aquella ventana entró la magia del otoño, llamada por la ilusión de los inocentes alumnos que había impregnado cada pared de aquella clase. La magia del otoño, la magia de las palabras, la magia de las letras

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escritas entre paréntesis... -gruar- gruñó el león – guau guau- ladró el perro – jajajajajacarcajeó una bruja mientras comenzó a elevarse a volar por el aula. Los boniatos cobraron vida gracias a la magia del otoño; la magia de las palabras escritas entre paréntesis. Y aquella noche hubo una gran fiesta en un aula de preescolar; el payaso bailó, el perro saltó por todas la mesas... y al amanecer aquella ventana volvió a cerrarse, los boniatos regresaron a su estado inicial. Sonó la campana, llegaron los alumnos, entraron corriendo a ver sus divertidas y, ahora sin saberlo, inmóviles creaciones. La ilusión de los alumnos era la misma, pero ahora la magia se había quedado entre paréntesis. Mario Becerro Romero (VI)

Entre paréntesis Se nubló el cielo, la casa se quedó a oscuras. Cristina miró la ventana de su casa, todo era oscuro, la oscuridad se apoderaba hasta de los sentimientos. Cristina era una mujer grande, una anciana, de piel y de corazón. Su entorno era hostil, lleno de personas jóvenes, y también de cuarentones llenos de maldad, y adolescentes con sueños. Cristina, con sus 86 años, hacia la compra, limpiaba su casa, regaba sus plantas, y lo hacía todo con una pequeña ilusión, era su único entretenimiento, despistarse de sus pensamientos. De joven, estuvo internada en un lugar muy religioso, pero sus profesores no eran lo que los padres creían, a los alumnos les hacían malas pasadas. Por la noche, si alguien hacia un solo ruido, venían corriendo, y los golpeaban. Cristina, en su mente solo tenía; escapar de ese maldito lugar. Una noche salió de ahí y comenzó a correr, hasta que llegó en un precipicio, y vio a una niña, que había visto en ese internado, tirándose, pero unos profesores vinieron, y cogieron a Cristina del brazo. Ella impactada al ver a esa niña, desvaneciéndose en la oscuridad, con el pelo moviéndose, y la cara de la niña tan tranquila. Cuando se dio cuenta estaba en una habitación, cuando Gates, el profesor, la miraba, y la desnudó, ella asustada, cerró los ojos, y chilló. Eso empeoró la situación, la agarró del pelo, y la tiró al suelo, dándole un golpe en la cabeza. Ella se quedó tendida en el suelo, y Gates se aprovechó de ella. Comenzó hasta que desgarro sus finas piernas, con cuerdas, y cosas, que realizaban su más miserable de las fantasías. Cristina se levantó de ese plácido intento de ver el sol, pero no lo vio, se apoderó de sus sentimientos esa fría oscuridad. Se escapó de ese internado al fin, y creo un espacio en su mundo, un paréntesis entre su memoria, y su futuro. Se tiró de ese precipicio, pero quedó en coma. Al despertarse, habían pasado varios años, y comenzó su nueva vida Entre paréntesis, despistándose de su memoria, inaugurando un futuro incompleto de sentimientos dulces.

Mónica Comella López (MAV)

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Roturas Daniel se consideraba un chico afortunado, todavía no había cumplido los dieciocho y ya tenía todo lo que había soñado. Un buen expediente académico, una novia guapísima y una vida muy feliz. Todo parecía irle de perlas hasta qué algo sucedió… Daniel se unió a sus compañeros, mientras canturreaban un peculiar rezo antes de comenzar el partido de baloncesto más importante de sus vidas. Después de agitar las manos y animarse los unos a los otros, Daniel se encerró en el baño durante unos minutos. Apoyó las manos sobre la pica del lavamanos y se miró fijamente al espejo. Tenía el cabello de un color rubio oscuro, con algún destello más claro. Peinado como una setilla a la última moda. Los ojos de un color azul muy claro, de una medida mediana no muy grandes y tampoco muy pequeños pero muy expresivos. Unas pobladas cejas que marcaban su rostro con detalles más cuadrados. La nariz fina y picuda, una boca no muy grande y unos labios más bien delgados. Medía poco más de metro ochenta y cinco, pero no era de los chicos más altos del equipo. Tenía una complexión más bien delgada, pero sus fornidos hombros, decían a gritos que pasaba muchas horas en el gimnasio. Daniel dejó caer el agua y comenzó a enjuagarse la cara enérgicamente y a humedecerse la nuca. Parecía más nervioso de lo habitual, más que en cualquiera de los partidos en los que había jugado. El entrenador se preocupó y pronto llamó a la puerta. Daniel secó su rostro velozmente con una toalla y salió dispuesto a jugar. En las gradas, su familia le animaba y esperaban expectantes a que lo diera todo en la pista aquella tarde, puesto que había personas muy importantes que decidirían su futuro y Daniel ya había decidido cuál iba a ser el suyo. Su novia, Laura. Era una de las animadoras. Rubia de cabello liso y brillante, recogido con gracia en una cola. Con unos bonitos y dulces ojos azul claro, y una sonrisa preciosa, lo miraba expectante y saltaba sin parar animándole. Daniel la miró y le lanzó un beso, Laura lo recogió y lo colocó junto al pecho en señal de cariño y amor. Después de la presentación, el árbitro hizo sonar el timbre dando comienzo el partido. Pero Daniel no seguía el ritmo adecuado y no daba píe con bola. El entrenador se dio cuenta de que algo le sucedía y lo sacó del partido. - ¿Por qué me ha sacado, entrenador? ¡Tenía que ser el partido de mi vida! –gritó enojado. - Por eso mismo, estabas quedando en ridículo. Relájate y volveré a sacarte en la segunda parte. Daniel se sentó en el banquillo desganado y entonces volvió la vista hacia las animadoras. Buscó a Laura entre las chicas y no logró dar con ella. Se levantó y se acercó a sus padres. - ¿Habéis visto a Laura? –preguntó, mirando la mano de su padre. Donde vio que no llevaba la alianza. - ¿Dónde está tu alianza, papá? Su madre lo miró sorprendida, como si no esperara a que se diera cuenta tan rápidamente. Y su padre comenzó a balbucear una respuesta sin sentido. Daniel los dejó con la palabra en la boca y salió fuera a buscar a Laura. Le habían mentido, cuando meses atrás los escuchó discutir y le dijeron que estaba todo solucionado. Se sentía herido y buscaba consuelo en su mejor amiga, Laura. Salió del gimnasio y se dirigió hacia el aparcamiento, donde pudo distinguir la falda roja de Laura. Se aproximó a paso ligero, hasta llegar a la altura en la que sorprendido vio como Laura besaba a otro chico. - ¿Qué demonios está pasando hoy? –se dijo a sí mismo. Todo su mundo se estaba desmoronando y nada tenía sentido. Regresó hacia el gimnasio y se sentó en el banquillo más disgustado que nunca. El entrenador le dio una palmadita en la espalda y se sentó junto a él. - Ahora que estas aquí y que podemos hablar… quería hablarte de tus notas. Tu profesor de

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literatura lleva un par de meses dándome ultimátum, has bajado tu media de nueve a un cinco, que con un poco de esfuerzo por mi parte y el consejo escolar hemos podido mantener a un seis, pero si no mejoras perderás tu beca deportiva y tendrás que dejar el equipo. Daniel se quedó boquiabierto durante unos segundos, no lo podía creer. Estaba teniendo un día de perros… ¿Qué demonios le pasaba al mundo entero? Entonces Laura regresó y paso por su espalda, dándole una carta. Daniel la abrió y comenzó a leerla a disgusto. ¡Increíble! Estaba rompiendo con él… ya no le quedaba nada, todo en su vida se estaba rompiendo… solo le quedaba aquel esperado partido que llevaba unos minutos rodando sin él. - Por favor, entrenador… déjeme entrar. –dijo. El entrenador asintió y lo sacó de nuevo. Daniel corría por la pista sintiendo como las lágrimas le caían una tras otra, mientras fallaba pases, rebotes y cometía una falta tonta de pasos… el fin del partido pronto llegó. Su equipo había perdido el partido más esperado de la temporada. Sus padres iban a divorciarse, su novia lo había dejado por otro y estaba a punto de perder la beca deportiva. Hundido, regreso a casa y se echó sobre la cama. Minutos después, su amigo Ramón entraba por la ventana de su habitación como hacia todas las noches. Ramón era un fanático de los comics y la informática. No iba al mismo instituto que Daniel, pero al ser vecinos siempre les había unido una gran amistad. Era peculiarmente extravagante, con un cabello alborotado que solía teñir de diversos colores según su estado de humor. Vestido de cualquier forma y delgado como un fideo, se sentaba en el escritorio y comenzaba a instalarle cosas y programas extraños en el ordenador. - ¿Qué te pasa?-dijo mientras aporreaba las teclas. –No puede haberte ido tan mal… ¿o sí? - Laura me ha dejado, minutos después de que la viera en el aparcamiento del instituto, dándose el lote con uno mayor que yo. - ¡Vaya! Lo siento… no tenía ni idea. - Ya, yo tampoco… ¿sabías que mis padres se van a separar? Me he enterado esta misma tarde… Ramón hizo un silencio y Daniel se incorporó rápidamente. Sorprendido por la expresión de culpabilidad de Ramón, insistió. - Lo sabías… - Todo el mundo lo sabía, todo el mundo menos tú, Daniel. Estabas tan sumergido en tu maravilloso mundo perfecto que no te dabas cuenta. Tu padre lleva tiempo viéndose con la dependienta del súper de la esquina. Tu madre se va de fiesta con mi madre, que es separada. Y Laura… lleva tiempo dándote mensajes y no has pillado ni uno. –dijo, girando sobre la silla de ruedas, que había junto al escritorio. - También voy a perder la beca deportiva… se ve que estoy cateando literatura. –dijo Daniel, deprimido. - No te preocupes, lo superaras. Daniel suspiró y se echó de nuevo en la cama. Pensativo, deambulando entre ideas locas y las situaciones que había vivido esa misma tarde. De pronto, dio un respingo y se colocó de pie junto a su amigo. - Supongo que deben haber parches especiales para este tipo de roturas… ¿no? –dijo, con una mirada triste y esperanzadora. - Claro amigo, el tiempo. El tiempo es el mejor parche. Michael Alarcón Salinas (ML)

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LA CAFETERA Madrid, 23 de diciembre de 1972. Eran las 23 horas, cuando Juan un señor de cincuenta años, polo negro y ochenta kilos de peso, al que le apasionaban los trenes, se dirigía hacia la estación de tren de su ciudad, para coger un tren que le acercaría hasta su pueblo natal Extremadura. Allí le esperaban sus familiares como cada año por navidad. Este antes de partir observo el tiempo que hacía a través de la ventana del comedor, no podía ver con mucha claridad a causa de la intensa niebla, pero podía escuchar como las gotas de agua golpeaban fuertemente en el suelo. - Que día más feo para coger el tren. Pensó; Juan. Mientras cogía el abrigo el sombrero y el paraguas. Cuando salió del portal a la calle y empezó a caminar este noto como sus pasos eran inestables, a consecuencia del fuerte viento que soplaba de costado, que provocaba que se tambaleara. De repente el paraguas se partió, no aguantó más las sacudidas del fuerte viento. - Mierda replico, en voz alta Juan. Mientras aligeraba sus pasos. Cuando llegó a la estación estaba totalmente empapado y los pies helados. Se dirigió a la ventanilla para preguntar si el tren venía con algún retraso, a causa de la meteorología pero el revisor le comento que no que ya estaba casi entrando en la estación. Un minuto después ya se podían escuchar los pitidos que emitía el tren, junto con el ruido que hacían sus ruedas en los raíles. El tren era ya muy viejo, fue puesto en funcionamiento por primera vez en 1964, fue un boom por aquel entonces, la gente estaba muy ilusionada con aquel tren. Pero hoy en día solo circula por la noche, y es conocido como la cafetera, Por su lento caminar. Pero aquel tren o cafetera como le llamaban algunos, conseguía impresionar a Juan que siempre que lo contemplaba se quedaba con la boca abierta. - Es impresionante pensó Juan mientras se subía al tren. Juan había reservado una habitación solo para el con una pequeña cama, nada más entrar en esta, empezó a desprenderse de la ropa empapada, y la puso encima del radiador para que esta se secara, rápidamente desnudo se metió en la cama para calentase con la manta, ya que estaba tiritando de frío. Un rato más tarde Juan abrió los ojos y noto como el tren estaba totalmente quieto no se movía, lo cual era incoherente porque era un trayecto directo no hacía ninguna parada hasta llegar hasta Extremadura. Juan se levantó de la cama y se vistió, quería averiguar qué había ocurrido. Salió al pasillo y observo que todo el mundo estaba mirando a través del cristal, señalando alguna cosa pero el solo pudo ver una sombra que se marchaba Hacía donde no alcanzaba la luz del tren.

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En ese mismo instante paso por su lado el revisor a toda prisa, un chico de aspecto pálido de unos dieciocho años que vestía un uniforme azul y que en ese momento tenía los ojos nublados por las lágrimas que desprendían sus ojos. - ¿Qué sucede, porqué nos hemos detenido? Preguntó Juan mientras lo sujetaba para que no siguiera corriendo. En ese momento el revisor lo miro a los ojos, pero no salió ninguna palabra de su boca, estaba asustado no podía articular palabra, solo quería librarse de Juan y seguir corriendo. Juan empezó a recorrer los pasillos en busca de alguien que le pudiese decir que estaba pasando, pero nadie tenía información de lo que sucedido. Llegó al primer vagón y en el fondo vio la puerta que separaba los vagones con la sala de maquinas. Juan en ese momento se sintió aliviado pues quien mejor que el maquinista para explicar que sucede pensó. Abrió la puerta y se quedo petrificado con lo que halló dentro, el cuerpo del maquinista estaba totalmente descuartizado y en el ambiente se respiraba un fuerte olor a podrido, entonces fue cuando le vino a la mente la imagen del revisor recorriendo velozmente por los pasillos. - ¡El revisor sabe lo que está sucediendo, tengo que encontrarlo! Pensó Juan, mientras iba recorriendo el tren en busca de aquel muchacho. Después de un buen rato y encontrar por el camino algunos muertos mas, lo encontró tiritando de miedo debajo de un asiento escondido, estaba muy asustado y Juan quiso tranquilizarlo extendiéndole la mano para ayudarle a levantarse. - ¡Escóndete té matara! Dijo el revisor, con voz temblorosa. Cuando de pronto se escucho un golpe encima del tren, era como si alguien o algo hubiese saltado arriba. En ese momento Juan sintió miedo al recordar la imagen descuartizada del maquinista y los demás pasajeros muertos. Se agacho rápidamente al lado del revisor y los dos se pusieron a escuchar en silenció, podían oír como alguien caminaba por el techo del vagón. De pronto los pasos se silenciaron y se hizo un gran silenció, hasta que explotó un cristal que estaba justo seis asientos delante de donde ellos se escondían. Los dos agacharon la cabeza por debajo de los asientos, para poder ver el causante de la rotura del cristal y hallaron unos enormes pies llenos de pelos con afiladas garras. Asustados empezaron a correr hacia el siguiente vagón, mientras iban saltando a los demás pasajeros que ya estaban todos muertos. Salieron corriendo como pudieron del tren y se encontraron en medio de un descampado, donde no había muchos sitios donde poder esconderse, así que siguieron corriendo hacia ninguna parte sabedores que si les atrapaba estaban muertos. El revisor cayó al suelo sin que Juan se diera cuenta de que este no le seguía, hasta que un poco más adelante escucho los gritos del revisor, Juan miro rápidamente hacia atrás y solo pudo ver como una silueta lo arrastraba de una perna, mientras que el revisor pedía auxilio e intentaba liberarse inútilmente. Juan siguió corriendo como nunca antes lo había hecho, hasta llegar a un estanque de agua rodeado de cañas. Arranco rápidamente una y la partió para poder sumergirse en el agua y respirar a través de ella, sabiendo que el olfato de aquel extraño ser no podría descubrirlo si estaba sumergido. Se mantuvo durante tres horas dentro del estanque hasta que sintió el calor de los rayos del sol en su cara, a través del agua. Cuando salió del agua estaba en estado de shock, pero era consciente de la suerte que tubo la noche anterior cuando consiguió escapar de aquella vieja cafetera. Antonio Jesús Fuentes Ávila (BE)

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CAFETERA El gran empresario del mundo de las cafeteras. Juan era un empresario Barcelonés, consiguió desarrollar una cafetera un tanto especial, esta cafetera era capaz de realizar todo tipo de cafés, chocolates, infusiones, etc. Simplemente con una pastilla adecuada podías seleccionar lo que deseabas tomar. Juan decidió que este descubrimiento tenía que ser conocido por todo el mundo, pero lo complicado era como hacerlo. Después de hablar con varios propietarios de marcas conocidas de cafeteras, descubrió que era un proyecto que tenía que vender él por su cuenta, ya que nadie creía que pudiera existir algo tan impresionante como él contaba. Decidió que lo mejor era ir a mercados emergentes como el de China y así lo hizo. Se dirigió a una agencia de viajes y compró el primer vuelo que salía para Beijing. Una vez allí y sin ninguna noción de idiomas, se trasladó del inmenso aeropuerto a un hotel pequeño y sucio, este era el más barato que había, él sabía que tendría que pasar una larga temporada por allí. Empezó a recorrer las grandes factorías chinas en busca de quien le podía comprar o asociarse en su proyecto, pero parecía una misión imposible, el idioma le frenaba mucho en sus andadas empresariales Asiáticas. Decidió que lo mejor era buscar un traductor que hablara perfectamente castellano y chino, para así poderse entender. Un día estaba tomando una infusión en un bar y vio que había una chica que estaba hablando por su teléfono en castellano. Él no se lo pensó ni un segundo, abordo a la chica para ofrecerle la posibilidad de que fuera su traductora y ganarse un dinero. La chica que se llamaba Xao lo acepto encantada ya que de hecho estaba buscando trabajo porque recientemente la habían despedido del suyo. Juan y Xao ese día pasaron horas y horas hablando del proyecto que tenía, cosa que a ella le pareció de lo más impresionante y podía conocer a un amigo que podía ser de su interés. Al día siguiente quedaron los dos en la dirección que Xao le había dado, era una fábrica de maquinaria para cafeterías, una vez allí, la chinita le presento a su amigo y dueño de la empresa, este después de que le expusieran la idea quedó maravillado con el gran descubrimiento de Juan. Se entendieron inmediatamente, el dueño de la empresa le propuso poder realizar un negocio conjuntamente entre los tres, el cual acepto encantado. Al poco tiempo, empezaron con la fabricación masiva de estas cafeteras y las comercializaron por toda china. Realmente resulto ser el gran negocio de Juan y sus nuevos socios Asiáticos. De repente un día, Juan recibe una llamada de una empresa de Barcelona la cual estaba interesada en la compra de maquinaria, cuál fue su sorpresa, era una de las empresas que no tomo en serio su propuesta, Juan les contó lo que había pasado con ellos y tomo la decisión de no venderles ni una sola máquina, de hecho decidió que esa gran cafetera solo seria para el mercado Asiático. Pasaron los años, Juan y Xao que se veían todos los días en la fábrica empezaron a sentir una atracción entre los dos, a los pocos meses se convirtieron en pareja de hecho y tres años después ya estaban casados y con dos hijos. Juan cada vez que quedaba con sus nuevos amigos asiáticos les contaba su historia y lo agradecido que estaba a Xao, su mujer, por haberle brindado la oportunidad de poder hacer su negocio en China y siempre les recuerda lo mismo, la vida te puede cambiar en cualquier momento y en el sitio menos esperado. Fernando Callado Sánchez (BCN)

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JULIA RAMOS Esta es la historia de mi amiga Julia. Ella, es de Albacete, y trabaja de veterinaria. Debido a que los animales le gustan mucho, hace cinco años se tatuó un delfín en un pecho. Ella y yo, nos conocemos desde hace muchos años, somos amigos de infancia, y cada verano nos íbamos de camping con toda nuestra familia. Ella siempre se llevaba la almohada porqué sin ella, dice que no sabe dormir, y creo que con 31 años que tiene actualmente, aún sigue llevándosela cuando se va de viaje. Pero no todo en su vida es tan bonito como parece.Un día le diagnosticaron un cáncer en el estomago.Por desgracia, el cáncer de estomago es muy difícil de curar,a no ser de que se encuentre en fases tempranas, pero sus síntomas son tan discretos que ni la misma persona le da importancia.El día que Julia se dio cuenta de que algo no iba bien, fue cuando al comer le era muy difícil de tragar los alimentos, y a veces sangraba sin motivo aparente, así que decidió ir al médico lo antes posible.Allí le dieron las peores noticias de su vida , y se se le vino el mundo encima cuando el médico le dijo que solo un 25 % de la gente se salvaba de este cáncer. Todo empezó a derrumbarse en su vida.No entendía como del día a la mañana se te puede ir todo al traste,por muy bien que fuera tu vida. Pero se armó de valor, no podía rendirse. Y llegó el día, entraba en el quirófano, por primera y quizás ultima vez.Siete horas duró la operación,y no había mas remedio que extirparle el estómago.Felizmente todo salió mas o menos bien.Formaba parte ya del 25 por ciento de supervivientes de ese cáncer. A día de hoy, Julia pesa 41 kilos y va perdiendo mas kilos con el paso del tiempo, tiene efectos secundarios como vómitos y nauseas.Quien sabe cuanto durara en este mundo.Todo hace presagiar que no mucho.Pese a todo, Julia vive cada día como si fuera el ultimo y lejos de entristecerse, saca su mejor sonrisa en cada instante. Es un ejemplo de superación , y un ejemplo como persona .Cada día que la veo, me ayuda a vivir el día a día con mas ganas, ya que ella con lo mal que esta,nunca la verás sin su mas que bonita sonrisa. Lástima que a veces tengas que ver la muerte de cerca, para realmente apreciar tu vida.. David Comas Romera.

PANOCHA Roberto Guadalajara, era un muchacho como casi todos los jóvenes de 18 años, de altura y constitución media, aunque un rasgo físico le caracterizaba, tenía el pelo de color rojo. Vivía con su madre en una granja en el campo y se levantaba al amanecer para ayudar en los quehaceres diarios. Por la tarde asistía a unas clases para perfeccionar sus conocimientos de informática, ya que pese a su edad Roberto era un programador informático muy cualificado. Sus compañeros de aula le llamaban cariñosamente “panocha” (asociando el apodo a su residencia y color de pelo). A Roberto no le importaba, es mas se enorgullecía interiormente, pues sus compañeros sin saberlo, le recordaban constantemente como le llamaba su padre de pequeño, un padre al que quería muchísimo y que desgraciadamente acababa de perder hacia muy poco tiempo, por

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eso todavía hablaba muy a menudo de él e incluso a veces fantaseaba que tenían conversaciones, cosa que realmente no sucedía. Cierto día, al salir de clase, María su compañera le pregunto - ¿Roberto no te molesta que te llamen “panocha”?-a lo que él contesto - no, no me importa es mas ojala todo el mundo me llamase así, porque me trae muy buenos recuerdos- María muy sorprendida por la respuesta le pregunto - ¿buenos recuerdos? ¿Qué es lo que no quieres olvidar?-Roberto, con la mirada perdida le contesto –cuando yo era pequeño alguien me enseño unos valores, que desgraciadamente no veo en las personas que nos rodean y gracias a ese “panocha” yo me esfuerzo en conservar y… - con la emoción contenida, Roberto termina diciendo – tal vez un día comparta contigo ese recuerdo y despidiéndose de ella volvió a su casa. La habitación de Roberto, era su refugio desde la desaparición de su padre, en ella se evadía contemplando fotografías de momentos pasados practicando el alpinismo junto a él o leyendo libros de su autor argentino favorito (Cortázar). Sin embargo se dio cuenta que con eso, no conseguía llenar el vacío que sentía dentro. De repente a través de la ventana abierta de su habitación, reconoció la voz de María que le llamaba a voz en grito ¡Panocha! En ese preciso momento, recordó otra de las enseñanzas de su padre (que el camino de la vida no se ha de recorrer solo). Y bajó a compartir con ella, lo que un día le prometió. Salvador Alandi Sebastián.

EL VUELO DE UN DRAGÓN ALADO. "-Señoras y señores, el vuelo con destno Madrid está apunto de despegar. Por favor, abróchense los cinturones y...-" relataba una voz mecanizada y automática mientras comenzaron a oírse los "click-click-click-click" de los cinturones de los pasajeros. El avión era enorme, cinco pasajeros a cada lado, un pasillo enmoquetado, ribeteado de luces como si de una pasarela de moda se tratase; era de noche, abordo cientos de personas, entre ellas Julia Ramos. Julia tenía 31 años, de constitución menuda, apenas media 1'45m y pesaba 41 Kg; delgada, vestía de modo informal, zapatillas deportivas, pantalones anchos, camiseta de tirantes y chaqueta sport entre abierta color caqui. El pelo corto, de color naranja, se lo había pintado especialmente para esta ocasión, semana atrás la hubieramos conocido rubia. Julia era veterinaria, en su clínica también vendía animales exóticos, y ese era el motivo de su viaje. Se colocó los cascos de su ai-pot, sonaban boleros, a Julia le encantan los boleros, se acomodó en su asiento acurrucada en su almohada personla, siempre la lleva cuando sale de viaje, y se apretó levemente el pecho, acarició algo, un animal. Julia intentaba trasladar ilegalmente una especie única en el mundo para realizar una venta exclusiva, un dragón de alas doradas del Perú. Lo tocó y le transmitió calma, lo llevaba escondido dentro de la camiseta, lo colocó cerca del delfín tatuado en su pecho, como si el tatuaje pudiera ofrecerle compañía al dragón. Sonaban los boleros, el pequeño dragón permanecía inmovil bajo la caliente y suave mano de julia. Poco a poco, el pequeño dragón notó como la presión de la mano de Julia disminuía, los ojos acastañados de Julia se cerraron, cayó sumida en un profundo sueño. Entonces el drágón asomó el ocico entre el escote y el delfín tatuado de Julia, sintió nervios... y voló. "-¡¡Un dragón de alas doradas... un dragón de alas doradas!!"- gritó un niño- "mira mama, como en los cuentos". La gente se exaltó, el dragón planeaba por encima de sus cabezas sin saber ni dónde estaba ni a dónde iba; el alboroto le puso aún más nervioso y empezó a gritar. Julia abrió repentinamente los ojos, puso la mano en su pecho, ¡su dragón no estaba!. Se incorporó asustada en su asiento, los ojos como platos y el espectáculo del dragón ante los

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mismos. "-Noooooo, ven aquí...-" se desabrochó el cinturón, se levantó y serpenteó entre la gente en busca de su dragón alado. Las tazas de café rodaron por la impecable moqueta, la gente gritaba, Julia corría, saltaba, incapaz de atrapar a su dragón; de repente, la exótica critatura se parço en el cabezal de un asiento, plegó sus alas, respiró... y en ese monento una red de calado grande cayó sobre su cuerpo, un asistente de vuelo capturó al dragón alado. "-Grácias, muchas grácias-" se apresuró Julia a envolverlo entre sus manos. Pareció que el pequeñito alado suspiró, reencontró la calma en las manos de Julia. Ahora Julia tiene una nueva mascota, despues de pagar la multa por tráfico ilegal de animales no le quedaron más ganas de buscar ventas exclusivas. Alitas es el nombre del fantástico dragón alado que a día de hoy se dedica a saludar a los clientes que entran a diario en la clínica veterinaria de Julia Ramos. Mario Becerro Romero.

Ella y su luz de color Julia bajó las escaleras de dos en dos, saludó a la portera con un: - “¡Buenas Doña Paquita!”, y como hacía siempre, se colocó los auriculares justo antes de abrir la puerta. El mismo orden, nunca variaba sus costumbres o mejor dicho sus manías. Lo único que Julia se permitía cambiar sin preocupación era el color de su pelo. En aquel momento su larga melena brillaba de color naranja, la semana anterior había optado por un color rosa fucsia. Cuando alguien le preguntaba por qué lo hacía, siempre contestaba lo mismo: -“Mi pelo es el reflejo de mi luz interior, si esa luz brilla rosa, mi pelo es rosa”. Viéndola caminar por la calle, nadie hubiese dicho que Julia era una persona responsable, trabajadora y amante de los animales, que trabajaba como veterinaria en una clínica de animales, más bien parecía una ninfa salida de algún cuento de hadas. Su constitución era delgada, 41kgs de peso soportaba su corta estatura. Al andar, parecía que flotase siempre silenciosa, nunca se la oía llegar. Su rostro era angelical, un cutis suave y blanquecino como el de un bebé y unos enormes ojos verdes enmarcados por un espeso flequillo. Su vestimenta era tan poco habitual como su pelo y los colorines y las formas desiguales se habían convertido en su uniforme. Llegó a la clínica veterinaria a las 8:45h de la mañana como lo hacía habitualmente. Apagó su iPod y abrió la puerta de la consulta, pero aquella mañana algo era diferente… Justo en la entrada, había una caja de cartón con una nota. Dudó antes de abrirla, pero luego pensó que bien podría ser un cachorro, que alguien había abandonado como pasó cuando Duck llegó a su vida. Fue un regalo; lo dejaron en la puerta de la consulta asustado y en muy mal estado, y desde aquel día, el perro se había convertido en su protegido. Abrió la caja cuidadosamente y vio unos ojillos que la miraban inquietos. Era un bebé. Aquello tenía que ser una broma, “seguro que es un programa de esos de la cámara oculta” –pensó-. Miró el sobre que había junto a la pequeña criatura y vio su nombre escrito: “Julia Ramos”. Esa era ella, pero ¿Quién era aquel diminuto ser? Leyó la nota con manos temblorosas:

“Querida Julia, esta es Ángela, la niña de mis ojos a la que no puedo cuidar como se merece. Tu eres muy especial y se que cuidarás a la perfección de Ángela, porque ella es como tu, así de especial.

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Quiero que mi niña sea feliz, que viva rodeada de cariño, de color y buenas vibraciones y quien mejor que tu para eso. Te dejo mi regalo. Cuídamela por favor”.

Volvió a mirar a su alrededor buscando. ¿Qué era lo que buscaba? Allí solo estaban ellas dos y la nota no estaba firmada. Miró con atención al bebé y vio una delicada piel marrón una minúscula nariz y unos ojos negros como el azabache que parecían hacerle mil preguntas.

“Angelitos negros”, el eterno bolero de Machín vino a su mente. ¿Era aquella niña su angelito? De pronto su luz interior se volvió verde, un pálido y delicado color verde manzana. Aquella misma tarde cambiaría el color de su pelo, el verde esperanza, le parecía el más apropiado. A partir de aquel día, la vida de Julia cambiaría a pasos ligeros. Sonrió a Ángela y la besó en la frente. Magdalena Miró Cabañas (LC)

La decisión de Julia

Y por fin, ahí estaba, entre sus manos, en una simple carta, el resultado a tantos meses de esfuerzo, a escondidas, privándose de tantos placeres que le gustaba hacer con Juan, como ir a las clases de baile de salón y bailar abrazada a su pareja, esos boleros que tanto les agradaban, o acompañarlo en esas ovíparas comilonas que tanto le gustaba a Juan hacer, aunque gracias a ello había podido llegar a sus actuales cuarenta y un kilos de peso. Pero había llegado el momento de tomar una decisión. Julia Ramos a sus treinta y un años, hacia tres meses que había comenzado a prepararse para presentar los exámenes de la convocatoria de una plaza de veterinario, en uno de los delfinarios más importantes del mundo que se encontraba en Miami. Su decisión de hacerse veterinaria, únicamente estaba relacionada con la fascinación que le producían esos maravillosos animales marinos, sus delfines. Tanto así era su atracción que a la hora de escoger el tatuaje que Juan le regaló por su segundo aniversario, no lo pensó ni un minuto y se tatúo al lado del corazón un par de delfines entrelazados por sus colas. Ella estaba convencida de que entre tantos veterinarios que se presentarían a la prueba, no sería ella la elegida y su espíritu estaría tranquilo, ya que al menos lo habría intentado y al no ser elegida podría continuar su tranquila vida en Madrid, junto a Juan y trabajando en su consultorio atendiendo a sus perritos y gatitos. Nunca imagino que sería ella de entre tantos la elegida y que todo ese mundo al que estaba acostumbrada, se vería afectado por una sencilla decisión, lo acepto o no lo acepto.

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Sentada en la peluquería de su amiga Pilar y esperando a ver que tono de color adquiriría esta vez su cabello, no podía parar de pensar en cómo decírselo a Juan. El no quiso saber nada sobre el asunto, ya que no estaba dispuesto a trasladarse de Madrid y le pidió a ella que se lo sacara de la cabeza. Pero en el viaje que habían hecho el verano pasado a Canarias, mientras tenía su cabeza apoyada en su almohada favorita de viaje en la cubierta del barco, vio una manada de delfines, saltando y jugueteando entre las olas y se preguntó cómo podría vivir pensando que nunca, podría estar más cerca de ellos que en ese momento. Así que decidió preparase para la prueba sin comentarlo a Juan y como estaba segura, que no podría aprobarlo no tendría que decirle nada a él. El tono platino de su cabello, le gustó mucho y le recordó el color del lomo de sus delfines cuando le toca el sol. Estaba decidido, esa misma tarde le mostraría la carta a Juan y esperaba que el también sintiera la misma alegría, que sentía ella y que entre los dos buscasen la salida más adecuada a aquel dilema. Llego a casa antes que él, preparo una fabulosa cena, encendió unas velas, se puso un vestido de seda que ajustaba hermosamente a su delgado cuerpo y coloco la carta del delfinario delante de la botella de champan. Y así espero a oír el sonido de la puerta cuando entrara su amado Juan. Pero el cruel destino, no quiso que Juan tomara esa decisión con Julia, en vez de la puerta el que sonó fue el timbre de su móvil para informar a Julia del mortal accidente, en el que se había visto involucrado su marido. Al final la decisión no la tomo ni Julia ni Juan, solo el destino es el que nos dirige hacia nuestro futuro. Y así tras pasar cuatro meses de la muerte de Juan, Julia se vio dirigida a iniciar una nueva vida en solitario acompañada únicamente por sus delfines.

Eric-Alfonso Pineda Matheu (LM)

VIAJE SIN DESTINO Júlia Ramos tenía 31 años y vivía en una aldea a las afueras de París donde había montado su propia clínica veterinaria para dedicarse a los animales del mundo rural. De estatura mediana extrovertida y apasionada por conocer mundo un día decidió partir a la aventura sin más equipaje que una mochila y su almohada de la cual nunca se separaba. Le gustaban los sucesos y le encantaban los que trastornaban el equilibrio interior y sembraban la confusión en el orden exterior de la vida. Decidida a emprender una nueva aventura se dirigió hacia la carretera donde escogió un punto desde el que se dominaban dos curvas y un tramo recto. Podía ver con anticipación los coches que iban a pasar por delante de ella antes de que la alcanzaran. Pero a pesar de estar sola y de no tener aspecto de pedir demasiado, todos los automóviles a los que hacía

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señas proseguían su marcha rabiosa y desaparecían en la lejanía. Pero ya había aprendido a esperar y no se aburría. Hubo un intervalo de silencio. Después avanzó hasta ella una polvareda que se detuvo a su altura. Era un camión, no lo había visto llegar. Era como si a pesar de ser de día y estar en verano, hubiera surgido de las mismas tinieblas. Tenía el parabrisas sucio, el sol daba sobre el cristal sin traspasarlo, espejeando en sus ojos cegándola. La cara del conductor, a causa de aquella luz, parecía deforme y lejana. Pidió permiso para subir y se acomodó. El hombre estaba sudando. Tenía aspecto de un hombre sacado de una película de terror, dientes amarillentos, barba de hacía tres días, ropa sucia, mirada evasiva. ¿Dónde había quedado el consejo de su padre de no confiar en desconocidos? De pronto el conductor le preguntó a Julia por el tatuaje del delfín que tenía en el pecho y que se dejaba entrever bajo su camisa. Le pareció una pregunta indiscreta pero no le dio mayor importancia hasta que tras varias horas de carretera observó que la miraba de forma inusual, perversa, como si de alguna manera la estuviera desnudando con la mirada. Julia quiso bajar pero el conductor insistió en no dejarla sola ya que estaba anocheciendo y esos parajes eran muy solitarios. Le ofreció pasar la noche en una fonda a la cual no tardarían en llegar. De repente tomó un camino polvoriento. A lo lejos se percibía una casa invadida por la hiedra que no tenía pinta de ser una fonda. El conductor paró bruscamente, bajó del camión y con voz amenazadora la obligó a bajarse y entrar en la casa. ¿Dónde estoy? pensó Julia, aterrada y temblorosa. Sin mediar palabra entró en la casa, polvorienta, llena de telas de araña y con más muebles que una mesa y un viejo colchón tirado en el suelo. Comprendió que la había engañado, ¿para qué? ¿Por qué? ¿Que pretendía hacer con ella? Tal era su temor que se quedó paralizada, no podía mover las piernas. El hombre salió cerrando la puerta a llave, cogió su camión y se fue. Estaba atrapada, el golpe de la rama de un árbol en la ventana, la hizo reaccionar. No podía perder tiempo, pronto regresaría y tenía que huir de ese lugar siniestro. Una trampilla en medio de la habitación podía ser su salvación. Cogió la linterna que llevaba en la mochila, se apresuró en bajar por unas escaleras que conducían al sótano, dónde un olor intenso a humedad impedía respirar. Se arrastró hasta conseguir llegar a otra trampilla cuya salida daba a la parte trasera de la casa. De pronto escuchó el rugido del motor del camión que se acercaba. Sin pensarlo empezó a correr y a correr por medio del bosque, sin mirar atrás. Casi sin aliento consiguió llegar a la carretera. De pronto vio la luz de un coche y empezó a hacer señales para que se parara. Era una familia que regresaba de sus vacaciones. Para Julia esa familia fue su salvación. A partir de aquel día su espíritu aventurero cambio por completo, nunca más volvió a salir de viaje sola y siguió disfrutando de su entorno rural y de sus boleros. Soraya González Quesada (MAV)

Foto en negativo Marco Palazollo es un joven fotógrafo nacido en Italia, de ojos negros penetrantes, pelo oscuro, sonrisa encantadora y una apariencia increíblemente irresistible. Se podría decir que es un rompecorazones, cautiva a todas las mujeres con su acento italiano, sus cenas románticas e incluso con una sesión fotográfica. Marco tenía una gran lista de mujeres despechadas, mujeres que cayeron víctima de sus encantos por un momento y, a causa de ello, perdieron la ilusión por el romanticismo. Casualmente tres de estas mujeres coincidieron en una fiesta en la cual estaba presente nuestro apuesto galán, que no podía pasar desapercibido. Gracias a ese motivo, ambas se dieron cuenta que formaron parte de sus conquistas y tramaron una venganza. Las tres

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mujeres decidieron jugar con su orgullo masculino tal y como jugo él con ellas. Así pues, contrataron los servicios de una “profesional” para darle su merecido. La chica se haría pasar por una joven recién llegada a Italia, aficionada a la fotografía y buscando trabajo de ayudante. El día acordado, nuestra “profesional” iba caminando por la calle, con el propósito de cruzarse con Marco, al cual debía seducir con sus encantos hasta llegar a su habitación, cosa que no le resultó difícil. El siguiente paso era engañarlo para que se dejara atar a la cama desnudo, momento en el cual aparecerían las tres mujeres despechadas con una cámara de fotos para plasmar la cara de Marco. El sexo femenino tuvo éxito en esta ocasión y se podría decir que el fotógrafo tuvo su foto en negativo. Consolación Gonzalez Tort (BCN)

El extraño caso del zoo Os contaré la historia de Júlia una chica que gracias a sus dotes de veterinaria pudo hacer frente a una poderosa infección que mataba a todo animal que se encontraba a su paso. Era el 22 de mayo del año 1994, Júlia, entonces con 24 años, se acababa de sacar la carrera de veterinaria. Era una de las mejores de su curso, los profesores estaban encantados con su rendimiento y con su capacidad de aprendizaje. Poco después de acabar los estudios, empezó a trabajar en un zoo. Júlia estaba encantadísima con su nuevo trabajo. Cuando llevaba más de cinco años trabajando, empezaron a ocurrir cosas muy extrañas: cinco animales habían muerto en dos días. Era algo muy extraño. Júlia empezó a investigar el porqué de estas muertes. Mientras ella lo investigaba, iban muriendo más animales, hasta quince. Por los resultados de su investigación, Júlia decía que las muertes estaban relacionadas con la alimentación que se le daba a ciertos animales. El problema no era la comida, sino una especie de insecto que se posaba en la comida de los animales y cuando éstos comían ingerían un parásito que provocaba efectos muy perjudiciales en ellos, llevándolos así a la muerte. Júlia creyó que lo mejor para todos era cambiar la comida e insertar un tipo de antídoto para evitar que se desarrollara la enfermedad. Una vez solventado el problema, el zoo homenajeó a Júlia por su labor y la ascendió de categoría y pasó a ser la jefa de veterinarios del zoo. Ahora, con 31 años es una buena veterinaria para todos los animales del zoo. Aleix Gordillo Hinojosa (RI)

El muro y la ciudad Esta es la historia de un chico de 18 años, Roberto Guadalajara. Era un informático de una gran multinacional americana, muy estresado por su trabajo, todo el día con el móvil y el portátil de un lado para otro. Había días que no tenia tiempo ni de comer, su pelo empezaba a ponerse canoso por el estrés y tenia unas ojeras increíblemente marcadas en su cara pálida.

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Un día hablando con su padre, cosa muy común entre ellos, éste le comento que echaba de menos las historias que Roberto imaginaba, sus fantasías, su sonrisa y los intentos porque el padre se las creyera. Roberto lo miró con su cara demacrada, le observó y se concentró en sus pensamientos. Pensaba en cómo era su vida y en que se estaba perdiendo lo más bonito de vivir: las largas charlas con su padre. Cansado y tras reflexionar unos minutos, cogió una mochila y la cargó con cuerdas, mosquetones, comida, bebida y un saco de dormir. A partir de ese momento, empezó a haber luz en su vida. Dejaba atrás su estrés. Lo cambió por unas bonitas montañas y se aficionó al alpinismo. Lo mejor era cuando estaba en la cumbre, sin móvil ni portátiles, sólo silencio y un gran libro de Cortázar. Vivamos que sólo son dos días y esta puede ser la historia de cualquiera de nosotros. José Miguel Maldonado Milán (ML)

Roturas Había una vez una joven llamada Sara, tenía una larga melena negra, ojos grandes y de color azul, su mirada era intensa y cuando te miraba, quedabas prendado por su belleza. Aquella magnifica mañana del mes de Julio hacia un sol esplendido y Sara decidió ir a la playa como todos los días. Llamo a su amiga Laura para ir juntas y por el camino la recogió, ellas se conocían desde el colegio y siempre iban juntas a todas partes. Aquel día Laura había quedado en la playa con unos amigos de la universidad. Cuando llegaron a la playa vieron a los chicos junto a la orilla y se acercaron a ellos, todos se conocían pero había un chico que no lo habían visto nunca, Laura preguntó a sus amigos y le dijeron que era primo de Juan, que había venido a pasar las vacaciones a su casa. Aquel joven era guapísimo, era alto moreno y tenía un cuerpo de atleta, su nombre era Iván, mientras estiraban las toallas aquel joven no dejó de mirar a Sara, la belleza de la joven no dejaba indiferente a nadie, las chicas se metieron en el agua y Laura empezó a decirle a Sara si se había fijado en lo guapo que era Iván, y que Iván no le había quitado el ojo de encima, cuando salieron del agua, Iván se fue al lado de Sara y empezaron a hablar de todo un poco, se pasaron el resto del día juntos contándose cosas de sus vidas. A Sara le había causado muy buena impresión así que durante todas las vacaciones se estuvieron viendo. Una mañana estando en la playa había un gran oleaje, los chicos quisieron aprovechar aquellas olas para hacer surf, así que todos cogieron sus tablas y se adentraron en el agua, las chicas desde la orilla estuvieron grabando a los chicos. A Iván no se le daba nada mal lo del surf, teniendo en cuenta que vivía en Madrid y allí no podía practicar ya que no tienen mar. Iván cogió mal una ola y al caer se dio un gran golpe en la cabeza con su tabla, perdiendo el conocimiento. Sara que lo vio se metió corriendo en el agua, Laura había ido a avisar a la cruz roja y cuando salieron del agua ya había llegado la ambulancia.

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Cuando llegaron al hospital tuvieron que esperar a que el médico diese el diagnostico y pasaron horas hasta ver aparecer al doctor, todos los jóvenes preocupados por el estado de Iván rodearon al doctor para poder escuchar, Iván había entrado en coma, tenía varias roturas en el cráneo, y le quedaban unas horas de vida. El doctor les dijo que podrían entrar a verlo de uno en uno, aquella noticia sentó a los jóvenes como un jarro de agua fría, y el llanto inundo aquella sala de espera. Cuando le llego el momento de entrar a Sara respiro hondo y entro en la habitación, cogió la mano de Iván y le dijo que aquel verano había sido el mejor de su vida gracias a él, que se había enamorado y que no podía dejarla sola. De pronto Iván apretó fuertemente la mano de Sara y le cayeron lágrimas de sus ojos. Un fuerte pitido rodeo la habitación y rápidamente se lleno de médicos y enfermeras. Iván perdió su vida en aquel mismo momento.

Nuria Pi Guillen

CAFETERA

Ya se había deshecho de todos sus recuerdos excepto de aquella vieja y oxidada cafetera. Samantha, la sostuvo entre sus manos, tan solo un instante y suspiró. Todavía podía sentir el aroma a café. Apenas le quedaba tiempo, el pasillo de aquel apartamento estaba completamente lleno de cajas de embalaje. El camión de la mudanza no tardaría mucho tiempo en llegar. Pero tenía la necesidad de prepararse un café, por última vez, con aquella reliquia del pasado. Mientras desembalaba una de las cajas en busca del bote donde guardaba el café, dio con una sorpresa olvidada. Su vestido de boda… Samantha lo llevó hasta la habitación donde había un grandioso espejo decorado con algunos detalles metálicos que habían perdido su brillo con el paso del tiempo. Ajustó el vestido hacía su olvidada figura y se detuvo unos instantes observando cada detalle. Acababa de cumplir 57 años, tenía el cabello teñido de un rubio claro, muy natural. Lo teñía continuamente para ocultar aquellos cabellos blancos que decían a gritos que ya no era una niña. Recogidos en un moño simple, con una pinza, daban a su rostro una imagen algo más joven. Sus grandes y profundos ojos azules, de un azul tan intenso como el mar, habían perdido el brillo y ya no parecían tan enigmáticos. Cuando era joven tenía una nariz pequeñita, pero ahora era algo más ancha y hacía algunas arruguitas junto a los ojos. La boca, no muy grande. A pesar de todas las desgracias que habían vivido, no había perdido la sonrisa. Una sonrisa dulce y cariñosa. Samantha no mediría mucho más de metro sesenta, pero el paso del tiempo la había hecho perder algunos centímetros. Y aquella diminuta cintura que había tenido en su juventud, pasó a la historia cuando dio a luz a James, su único hijo. Ahora pesaría un poco más de sesenta kilos. Aún y así, estaba estupenda. Regresó a la cocina y dejó el vestido en la caja en la que estaba, dando por fin con el bote del café. Lo preparó con sumo cuidado y se sirvió una taza mientras se sentaba en la mesa de la cocina, frente a la ventana. Con aquella humeante taza de café, cerró los ojos fuertemente y suspiró. Cuando los abrió, todo había cambiado. No había cajas de embalaje, solo un niño correteando por los pasillos riendo sin parar, con una de esas risas contagiosas. Tras aquel niño, un hombre alto y fornido, con el cabello castaño oscuro, despeinado hacia

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un lado y de profundos ojos verdes. Tenía un mentón muy pronunciado y una amplia sonrisa en aquellos delgadísimos labios. Samantha dejó caer una lágrima… y entonces, una mujer alta de cabello largo y ondulado, de un tono castaño cobrizo, entró en la habitación. ¿Samantha? – dijo, inclinándose hacia ella. Las imágenes que Samantha estaba viendo, se desvanecieron… y todo volvió a su lugar. - Ya te lo dije, es demasiado duro para ti vivir aquí sola. – continuó la mujer. - Hay tantos recuerdos en este apartamento… es tan duro. – dijo Samantha, secando sus lágrimas con un pañuelo blanco de seda. - Por eso, tía Sam… tienes que superar lo del tío Thomas y lo de James… llorarles, no te los devolverá. Pronto llegó el camión de la mudanza. Y unos fornidos hombres subían y bajaban las cajas que ocupaban todas las habitaciones de aquel apartamento, situado cerca del mar. Aquellos hombres acabaron su trabajo y dejaron las cajas en el domicilio de Beth, la única sobrina de Samantha. La última noche en aquel apartamento, suponía para Samantha la despedida de tantos recuerdos… un nudo se le abrió en el estómago, un nudo que no la dejaba respirar. Había dejado en casa un álbum de fotos del que no se despegaba nunca y el bote de café junto a la cafetera. Se hizo café de nuevo y se sirvió una taza. Acompañada únicamente de la luz tenue de una vela, el álbum de fotos y aquel maravilloso aroma a café. Dejó ir la mente en recuerdos recordando así la mañana en la que sucedió su desgracia. Su marido Thomas y su hijo James iban en coche en dirección hacia la empresa en la que Thomas había invertido toda su vida y había conseguido llevarla a lo más alto. James quería seguir los pasos de su padre y ya había comenzado a hacerse cargo de algunas minucias. Aquella mañana, Samantha les sirvió el desayuno como de costumbre y ya cuando se despedían de ella para ir hacia la oficina, sintió como el corazón le daba un vuelco. - ¡No vayáis! – gritó, sin saber por qué. – No vayáis hoy a la oficina… por favor. - Tranquila, hoy acabaremos más temprano que ayer. Y estaremos aquí para comer juntos. – dijo Thomas, dándole un beso en la mejilla. - Adiós mamá, te quiero. – dijo James, saludando con la mano. A pocos kilómetros de su destino, un camión se les cruzó y Thomas perdió el control del volante… Samantha no había podido superarlo y ya hacía un año de eso. Mientras secaba sus lágrimas, sintió una caricia en su mano. Un suspiro se le escapó de los labios cuando al volver la vista hacia un lado pudo ver el hermoso rostro de su marido. - Thomas… - susurró. Thomas, asintió con la cabeza y le acarició suavemente la mejilla. Samantha cerró los ojos ligeramente y suspiró. Hacía mucho tiempo que no sentía aquellas manos… - ¿Cómo es posible...? - Hemos venido a buscarte, los dos. – señaló Thomas hacia el pasillo donde un tímido James la esperaba apoyado hacia un lado de la columna. ¿Buscarme? – preguntó sorprendida. Thomas asintió y señaló la cafetera, todavía estaba sobre uno de los fogones de la cocina. Y entonces, Samantha recordó… ella no había apagado el fuego. Pero el fuego estaba apagado y la llama fina de la vela llevaba un rato moviéndose violentamente. - ¿Me dolerá? – preguntó Samantha. Thomas negó con la cabeza. James, se acercó a ella y la abrazó desde atrás. - Pero… ¿Cuándo sucederá? - No te apures mamá, en cuanto la vela se apague… Entonces, una ola de viento cálido entró en la casa colándose por la ventana de la cocina, rozando suavemente aquella cafetera de metal oxidado. La misma que gracias a un accidente había reunido de nuevo a Samantha con lo que más quería. Su familia. Suspiró

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suavemente mientras sentía como aquel aire cálido acariciaba su rostro y entonces la vela se apagó. Sandra palacios, Antón (ML)

ROTURAS

Era un bonito día de otoño, el sol brillaba como cualquier día de verano, pero la suave brisa y el manto de hojas delataba la llegada del otoño. Ana miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos, parecía más vieja, de repente sus ojos verdes parecían haber envejecido y su precioso cabello había perdido brillo. A sus 33 años su vida parecía estar esparcida a pedazos, la rotura de su felicidad parecía no tener arreglo. No podía dejar de pensar en Fran, su marido, al cual había perdido tras una dura enfermedad, el cáncer. Desde que esto había sucedido, Ana no había podido ni siquiera cuidar a su hija. Estaba hundida en una fatídica depresión, y su ilusión por vivir se veía truncada. Samanta, que así se llamaba el fruto del amor que tuvo con su marido, estaba siendo atendida por la hermana de su desaparecido marido desde hacía ya mes y medio. La vida parecía querer castigarla pues, ya con tan solo 12 años, perdió a sus padres y a su hermana en un trágico accidente quedando sola. A Partir de entonces tuvo una complicada infancia dando tumbos y sin encontrar una familia que le diera el cariño y el calor que tanto echaba de menos. A sus 18 años conoció a Fran, y aunque los años pasaran, ellos se amaban como el primer día. Transcurridos 15 minutos, Ana seguía perdida en sus pensamientos, sonó el timbre, pero ella no se percato. Volvió a sonar, esta vez más insistentemente. Ana reaccionó, y se dirigió un tanto aturdida a abrir la puerta. Era Samanta acompañada por su tía. La pequeña, de cuatro años, permanecía ajena al dolor que su madre sentía. La niña se tiró a sus brazos rápidamente. - Mama, ¿por qué ya no estás conmigo, ya no me bañas, ni me das de comer? Echo de menos tus cuentos, necesito tus besos para acostarme… ¡¿Cuándo volverás mama?! -. Exclamó la pequeña. Los ojos de Ana se inundaron en un instante. La espontaneidad y sinceridad de Samanta rompió el estado en que su madre se encontraba haciendo que esta despertara. En ese preciso momento se dio cuenta que debía seguir hacia delante, no importaba cuanto se quebrara a su alrededor, su dulce niña la necesitaba y debía luchar contra los inconvenientes que la vida le interpuso. Pedazo a pedazo fue reconstruyendo su felicidad. No fue fácil pues estaba completamente rota, pero pudo recomponerla junto a su hija. Anna López Pujol(CM)

AMOR VERDE

Alejado en un rincón del jardín real, a la sombra de un bonito limonero, había un estanque pequeño rodeado de juncos. En verano, a la princesa Gisela le gustaba sentarse cerca del agua. Admiraba las libélulas que volaban en la superficie y se entretenía contando los pececitos plateados que nadaban felices.

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En el estanque vivía un sapo solitario. pasaba los días nadando y esperando a que llegase la princesa. El sapo admiraba su belleza y le encantaba la idea de que algún día pudieran ser más que amigos. Y por fin, apareció la joven. Se divertía lanzándole una pelota de oro a su amigo de cuatro patas. - ¡En la nariz, Rufo ! - gritó Gisela. La pelota rebotó al tirársela, fue rodando hasta el estanque y desapareció en el agua. La princesa se puso a llorar. Al verla, el sapo se acercó para hablar con ella. Le propuso que, le devolvería la pelota si a cambio eran amigos. El sapo recuperó la pelota y la princesa agradecida, le dió un beso en su rugosa piel. De pronto, una nube brillante envolvió al sapo que.... ¡se transformó al instante en un apuesto príncipe vestido con un traje verde! La princesa y el príncipe se casaron, fueron muy felices y hacían gala que su historia era, un amor verde. Mónica Lluesma Méndez (EH)

EL MURO Y LA CIUDAD

Su nombre era Said, era estudiante de sexto en la escuela de secundaria. Un día normal, como los de toda su vida, se levantó de la cama y salió al cuarto de baño, que estaba fuera de casa, para lavarse la cara. Se quedó estupefacto al ver muchos militares en medio de la calle. Entró en casa gritando y exaltado por la situación despertó a sus padres que le recriminaron tirándole las zapatillas para que se fuera y se callara de una vez por todas. Said se vistió y se fue a su colegio. Como cada mañana fue a buscar a su amigo Ahmed. Y como cada mañana fueron juntos hacia la escuela. Pero esa mañana era distinta. Las casas de un lado de la calle habían desaparecido. Más bien las habían escondido. A lo largo de la calle había "aparecido" un muro. Continuaron por la avenida de los burgueses y lo mismo. Un muro de ladrillo rojizo dividía la calle en dos. Un muro no demasiado alto pero lo suficiente para no poder pasar al otro lado, ni subiéndose uno encima del otro. Los chicos se miraron aturdidos, buscando una explicación en la mirada del otro. Pero sus profundos ojos negros no encontraban respuesta en la vacía mirada de Ahmed. Al llegar al colegio se encontraron que el patio estaba dividido en dos, como casi toda la ciudad. Las calles parecían vacías y con la poca gente con la que se cruzaban, reflejaban en su expresión la misma desazón que ellos. Se oían rumores que hacían entender que era imposible la coexistencia de las dos religiones. Los profesores estaban en clase y cuando todos los estudiantes estaban dentro y en silencio, sonó la megafonía pidiendo por favor que ningún estudiante se acercara al muro ya que podía ser peligroso. Los chicos se miraron sin entender muy bien el significado de esas palabras. Llegó la hora del recreo y estaban jugando con un balón cuando Said lo chutó con tan mala fortuna que fue a parar al lado contrario del muro que estaba a medio levantar. Ahmed fue a buscar el balón cuando se escuchó un disparo y vio caer a su amigo al suelo. Desde entonces Said no volvió a jugar ni ir a la escuela. Se transformó en un chico solitario encerrado en un mundo en el que sólo existía la religión y la violencia. Cuando cumplió veinte años se alistó a un grupo terrorista para así poder vengar a su amigo. Al poco tiempo de estar alistado le dijeron si quería que a su familia no le faltara de nada, que tuvieran dinero y mucha comida, tendría que hacer una misión suicida. El preguntó cuál era la misión. La respuesta fue clara y contundente: tenía que atentar contra un colegio. Por unos

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segundos miró en su interior y no dudó; lo haría para así vengar la muerte de Ahmed, su mejor amigo. Estaba todo preparado; el camión cargado con explosivos y tornillería para poder hacer más daño al que consideraba su enemigo. Pero cuando arrancó el camión, empezó a pensar en Ahmed, que estarían haciendo ahora mismo, y que pasaría si el hiciera estallar el camión en el colegio. Se puso a llorar entonces entendiendo que la ira y la rabia le estaban cegando, que él no tenía que ser así. Fue por eso que hizo estallar el camión justo en medio de la frontera, derribando parte de ese muro que partía la ciudad. La gente al ver que el muro estaba medio destruido comenzó a mirarse entre ellos y como si todos pensaran igual, fueran tanto de un lado como de otro, empezaron a destruir ese muro que un día se construyó para separarlos. José Antonio Sánchez Cebrián(CM)

Treinta corazones - Pepiño abrió los ojos y empezó a llorar. Tras nueve meses dejaba la que hasta entonces había su casa y emprendía un nuevo viaje, el viaje de la vida. Rosalía después de tres años intentando quedarse embarazada, por fin tenía a su bebé en brazos. Su esposo, Amadeo, esperaba fuera recorriendo de arriba a abajo todo el pasillo. De repente, la puerta se abrió y una joven enfermera le dijo: _ ¡Enhorabuena, todo ha ido según lo esperado! Puede pasar a ver a su hijo. Amadeo, sin poder contener las lágrimas, pasó inmediatamente a verles. Pasadas unas horas subieron a Rosalía a planta y cuál fue la sorpresa que Pepiño le esperaba allí en brazos de su recién estrenado padre con la habitación llena de peluches y regalos. Dos días más tarde, eran dados de alta tanto la madre como el niño, así que prepararon la bolsita y se fueron a Toen. Toen era un pequeño pueblo que se encontraba a 7 Km. de la capital orensana. Allí les esperaban ansiosas las dos abuelas de la criatura junto con algún que otro vecino. __ ¡Ahí vienen, ahí vienen! - gritó Juana, la madre de Amadeo. En aquel momento en la plaza del pueblo se formó un gran revuelto. Todos los niños que se encontraban alrededor corrían sin saber muy bien lo que pasaba y las octogenarias abuelas hacían lo mismo para dar la bienvenida al nuevo vecino del pueblo. Pepiño y su familia por fin llegaron a casa y no dejaron de recibir visitas durante toda la tarde. Bombones, flores, ropas, peluches. Y llegó la noche y con ella, la tan ansiada tranquilidad. Los felices padres pusieron la cuna al lado de su cama, pero a pesar de ello, Pepiño se quedó dormido en el pecho de su madre y así pasaron la noche, los tres juntos. No había pasado ni una semana de vida, cuando Pepiño a las 4:00 de la mañana rompió a llorar. Aquel llanto que era inusual alarmó a sus padres. Dieron la luz y vieron que el pequeño

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tenía la piel azulada y el corazón le latía más fuerte de lo normal. Asustados, se vistieron, cogieron al neonato y se fueron al hospital. A la llegada al hospital, les atendieron rápidamente, y sometieron al pequeño a infinidad de pruebas mientras los impotentes padres esperaban en una sala a recibir noticias. Cinco horas después y tras mucho insistir llamaron a los padres para que fueran a un despacho donde le esperaban dos médicos. __ Señor Amadeo, señora Rosalía, pueden tomar asiento por favor. - Dr. Javier Sotomayor. __ ¿Qué le pasa a mi hijo doctor? Díganoslo, por favor. –Rosalía. __ Soy el doctor Javier Sotomayor, cardiólogo infantil. Verán, su hijo padece el Síndrome del Corazón Izquierdo Hipoplásico. Esto significa que la mitad izquierda de su corazón no se ha desarrollado por completo -Dr. Javier Sotomayor. __ ¿Eso qué quiere decir? ¿Tiene cura? ¿Se va a poner bien, verdad? - Dijo la mujer con la voz entre cortada. __ ¡Buenos días! Soy cirujano especializado en cardiología y mi nombre es Dr. Rodolfo Vilches. Lo que mi compañero les ha querido decir es que su hijo necesita urgentemente una operación o un corazón. Ambas cosas tienen sus riesgos. Les explico: la mejor opción es el trasplante, pero es muy difícil conseguir un corazón compatible tan pequeño y su hijo necesita urgentemente el corazón. La segunda opción que les queda para curar a su hijo es una serie de como mínimo tres operaciones para repararle los daños que tiene. La primera se realizará lo antes posible, si todo va bien, la segunda será a los 4-6 meses de edad y la tercera entre los 18 meses y los 3 años. Podría suceder que hubiera que realizar cuando fuera adulto alguna intervención más. - Dr. Rodolfo Vilches. __ ¡Opérenle ya, por favor! – dijo nervioso Amadeo. __ De acuerdo señores, pero deben saber que es una operación que conlleva ciertos riesgos y su hijo puede fallecer en la operación. Les dejamos solos para que lo piensen. - Dr. Javier Sotomayor. __ Muchas gracias doctores. - Amadeo. Los doctores salieron de la sala y el matrimonio se quedó hundido y llorando, intentando buscar la opción más adecuada. Después de mucho meditar, decidieron que lo mejor era operarle. Salieron de la sala y se lo comunicaron a los médicos. Los doctores les dijeron que lo operaban esa misma tarde a las 19:00. El pequeño Pepiño se quedaría en la UCI mientras tanto y sus padres solo lo podrían ver de uno en uno y unas horas establecidas. Amadeo alrededor de la una animó a su mujer para que fueran a comer. Aquel día se esperaba muy largo y duro. Pero Rosalía no hacía más que llorar y reprocharse de que todo lo que le pasaba a su hijo era culpa suya. Al principio el hecho de no quedarse embarazada y ahora esto. ¡Con lo que les había costado concebir un bebé! Aún sin hambre, Rosalía accedió y bajaron a comer pero en seguida volvieron a subir para estar cerca de su pequeñín. Llegó la hora de la intervención. Se preveía que duraría alrededor de cinco horas y así fue, 5 horas y 30 minutos. El doctor Vilches salió del quirófano: __ ¿Qué tal ha ido la operación doctor? - dijo el padre de la criatura.

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__ Verán... Tengo una buena y una mala noticia. La buena es que la intervención ha ido bastante bien - Dr. Vilches. __ ¿Cómo que bastante bien que quiere decir? - Rosalía __ La parte izquierda del corazón estaba más deteriorada de lo normal en este síndrome, por lo que no hemos podido reparar la aorta totalmente. Hemos hecho una pequeña mejora, pero no podremos volverle a operar. Necesita un trasplante o lamentándolo mucho fallecerá. - Dr. Vilches. __ Doctor, ¿Cuánto puede aguantar hasta el trasplante? – preguntó Amadeo. __ Pues es difícil de saber, aproximadamente de 4 a 6 meses. Pero bueno, no tiene que pensar en eso. Ahora tienen que ser fuertes y estar al lado de su hijo. Ya le hemos puesto en la lista de espera de donantes. Y aunque no es una enfermedad muy común, la lista de espera es un poco amplia, ya que existen muchas cardiopatías que requieren también de un trasplante. Su hijo está en el puesto número 31. Lo lamento. - Dr. Vilches. La pareja se quedó destroza, se les pasaron mil y una locuras por la cabeza si con eso podían salvar la vida su hijo. Pero no había más opción que esperar un milagro. Esperar a que pasasen esos treinta corazones antes de obtener el que les hacía falta para su bebé. Pasaban los días, las semanas y el pobre Pepiño cada vez estaba más y más débil. Ya habían pasado dos meses desde aquel horrible día y todavía no sabían nada a cerca de su nuevo corazón. Lo que si sabían los padres era, que si no llegaba pronto, su Pepiño iba a morir. Al cabo de una semana el teléfono sonó, era el Dr. Vilches con una buena noticia. ¡Por fin tenían el corazón que necesitaban! Así que Rosalía llamó a Amadeo que estaba en el trabajo y en menos de 10 minutos ya estaba en la puerta de casa esperándoles. Otra vez más, Rosalía cogió al niño y la bolsita y se fueron al hospital. Todo fue muy rápido y le metieron en seguida al quirófano para intervenirle lo más rápido posible. No había pasado ni una hora cuando el Dr. Vilches, cabizbajo salió del quirófano. __ Lo siento señores, pero Pepiño estaba muy débil. Ha perdido mucha sangre y no ha soportado la intervención. Lo lamento de verdad. __ ¡Nooooo! ¡No puede ser! - dijo Rosalía mientras se abrazaba a su esposo. Todo parecía haber sido un mal sueño pero era real. Tras cuatro años de psicólogo en psicólogo intentando afrontar la dolorosa perdida, Rosalía vuelve a estar embarazada. Por fin, comienza a sonreír de nuevo. Rafael Peñas López (REB)

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Amor verde Tossa de Mar, principios del verano de 1987, primeros días de vacaciones. Javier, como cada año, pasa el mes de Julio con sus abuelos y todos sus amiguitos. Es una época esperada por todos con gran impaciencia, los abuelos por tener a sus nietos en su compañía -ya que durante el año no tienen oportunidad de disfrutar de ellos muy a menudo- y ¡qué decir de los niños! con todo el día para jugar, correr y bañarse en esas maravillosas playas. Cada mañana, como si fuera un ritual todos los niños llegan a la playa, donde empiezan sus juegos. Javier, David y Marta son inseparables, de tal manera que casi sistemáticamente desayunan, comen y cenan juntos en casa de uno u otro y así podrían estar siempre. Tal es su felicidad, que a los abuelos de Javier no les importa tener a dos más en casa, ni tampoco a los padres David y aún menos a la madre de Marta. Marta es una niña preciosa con una mirada dulce tras la cual se esconde un aire de tristeza y de decepción tras la separación de sus padres; cuando empezó a manifestar una serie de problemas de conducta, que casi por arte de magia, desaparecen al juntarse con sus dos amigos de verano. David es el más joven de los tres, no para de hacer el tonto todo el día. Es el payasete del grupo, se pasa todo el día maquinando todo tipo de trastadas. Así año tras año. Es el más feliz de los tres, sin ninguna duda. Su cara lo refleja cada momento del día. Javier es el mayor. Este año cumple ya once años, por lo cual es el cabecilla de la pandilla, todas las decisiones tienen que ser aprobadas por él. Cosa que todos aceptan de buen agrado, ya que si se dejaran llevar por las ideas de David, más de una vez estarían metidos en líos. Transcurren los días, todo parece ser como todos los años. Atardeceres en la playa tumbados en las toallas, repasando todo lo que han hecho durante el día. Produciendo grande carcajadas, al recordar todas y cada una de las aventura que les suceden a diario. Javier se retuerce de risa, mientras Marta lo mira con su dulce mirada de siempre. Pero esta vez ha sido diferente para Javier, la mirada de Marta le ha hecho estremecerse, no comprende qué le pasaba. Cada vez que cruza la mirada con ella, un escalofrío recorre su cuerpo. Pasan los días, con todas sus mañanas llenas de actividad, dando paso a sus tardes, las cuales espera Javier con ansiedad, para poder colocar su toalla junto a la de Marta y poder disfrutar en silencio de todo aquello que le sucede, siendo incapaz de trasmitir sus sentimientos y sensaciones a Marta. Él tiene la seguridad de que, en un momento u otro, ella empezará a sentir lo mismo y que entonces será el momento de dejarse llevar. Su inexperiencia en el mundo de los sentimientos es patente y tierna a la vez. Sin darse cuenta ha pasado el mes, el mes más feliz y corto de su vida. Un mes de julio que quedará en su recuerdo durante todo el año y que hará que espere el próximo con todas sus ganas para volver a ver la dulce mirada de Marta, esa que le hace estremecerse.

Sergio Luque Jiménez (BCN)

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La Cafetera Un sonido aterrador hizo sobresaltar a Liz de su cama. Apenas pasaban tres minutos de las cuatro de la madrugada, hacía mucho tiempo que no le sucedía. El tratamiento parecía haberle funcionado bien hasta ahora, a pesar de los efectos secundarios. Pesaba cincuenta kilos después de haber perdido en el camino casi veinte y haber ganado unas profundas y marcadas ojeras que contrastaban con una tez fina y pálida. Temblorosa y afectada, no atinaba a calzarse las zapatillas ni a dar con el interruptor de la luz. Siempre dormía completamente a oscuras y con un antifaz. Cuando lo encontró, golpeó repetidamente el interruptor una y otra vez, pero parecía que no había suministro. Volvió a sonar aquel sonido desgarrador en plena oscuridad. Liz no quiso salir de su habitación y tanteó el mobiliario hasta llegar a un hueco que había junto a la cómoda y la pared. Allí se acurrucó sentada cubriendo con sus manos su cabeza y deseando que no volviese a sonar aquel temido ruido. Paralizada recordó por un momento las palabras de su médico psicólogo: - Si te vuelve a suceder, ten a mano este pulsador. Utilízalo cuando desees, en el momento y lugar que lo necesites, yo acudiré. -Recordó Liz- Y así lo hizo. En la oscuridad, se deslizó hasta su mesilla de noche donde recordaba haber guardado el pulsador y lo accionó una y otra vez, entre sollozos, desesperada mientras volvía a sonar ese ruido. -¡¡Maldita seas!! Grito Liz. Como queriéndose liberar de aquel temor. Cinco minutos fueron los que tardó en aparecer Brian, su médico psicólogo, desde el pasillo central del Psiquiátrico a la habitación de Liz. Esta vez le costó consolarla pues estaba muy afectada, más que ninguna otra ocasión anterior. Todo el terreno que parecía haber avanzado con la medicación y el tratamiento, se esfumó. Aquel sonido sólo estaba en su cabeza, su trauma. Era el martilleante sonido antes de que explotara aquella vieja cafetera de metal oscurecido por el tiempo, que marcó de por vida su cuerpo en una mañana soleada de abril.

Rafael Molina Mercedes (SA)

Treinta corazones Todo comenzó con uno de aquellos encuentros casuales que evocan tal cantidad de recuerdos y sentimientos que hacen aflorar la melancolía. Andrés nunca hubiera imaginado lo que le esperaba al entrar en aquella cafetería. Mientras removía con pereza el azúcar y el café, una voz de mujer le susurró a la espalda: “¿quién soy?”, al mismo tiempo que unas manos de tacto suave le cubrían los ojos. Habían pasado veinte años desde la última vez que Andrés había escuchado esa voz que, sin embargo, reconoció ipso facto. De los labios de Andrés surgió una pregunta en forma de nombre: -¿Yolanda? -¡Andrés! Se fundieron en un largo abrazo que se nutria de un auto-giro que hizo descender a Yolanda y a Andrés por una espiral del tiempo que les retornó al patio de la escuela… Los ojos de Andrés proyectaban un brillo infantil de una intensidad abrumadora y las lágrimas resbalaban por las mejillas de Yolanda hasta que la inercia de los giros hizo que éstas salieran despedidas de su rostro.

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Andrés y Yolanda pasaron toda la mañana recordando anécdotas de todos y cada uno de sus compañeros de clase. Aquella mañana prometieron reunirlos en una cena para poder compartir con ellos aquellas agradables sensaciones que, de alguna forma, habían ejercido un efecto rejuvenecedor en sus corazones. Pasaron cuatro meses hasta la fecha en que, veintiocho de los treinta alumnos que tuvo la clase, se reencontraron. Todos disfrutaron a su manera de aquella velada donde hubo alegrías, risas, recuerdos, nostalgia y una interminable sucesión de emociones. Aquel día quedó registrado en una fotografía de grupo donde dos corazones de peluche con fotos de los dos compañeros ausentes trataban de ocupar el vacío, avivando así su memoria. Han pasado treinta y seis años desde aquel día. Andrés y Yolanda a menudo contemplan la fotografía colgada de la pared del cuarto de estar. En el marco de ésta se puede leer una inscripción en relieve que dice: “treinta corazones” Óscar Serradilla Rivas (RI)

Amor Verde ”Próxima estación, Vall d'Hebrón”. Aquel sofocante lunes, no cabía ni una aguja en ningún vagón. Utzue tuvo suerte y se pudo sentar. Eso sí, empotrada entre dos hombres de anchas espaldas y dudosa higiene. Como cada día, se dirigía a su centro de trabajo, mientras hojeaba un diario gratuito llamado ADN. Le llamó la atención un artículo que informaba de la tala incontrolada de árboles, que estaba llevando a cabo una gran empresa maderera en la selva amazónica. ”Próxima estación, Diagonal”. Por fin, que alivio. Ya pudo coger bocanadas de aire fresco y renovado. Ella era de un pueblecito vasco llamado Zaldibia, allí todo era diferente, sin agobios. Pero desde que se tuvo que instalar en Barcelona por motivos profesionales, su vida cambió. Ocupa un puesto de administrativa en una empresa de seguros, y en sus ratos libres colabora con una ONG de ayuda humanitaria a afectados por terremotos. Utzue, es una chica vivaracha y enérgica; tiene una maraña de pelo propia del mismísimo Bob Marley y sus vestimentas tienen un cierto aire hippie. A causa de ello, en el trabajo a menudo es objeta de burlas y murmullos, sobre todo Carlos, un solterón barrigudo y calvo, que por lo visto no se ha colocado nunca frente a un espejo de cuerpo entero. Ese día, Utzue, no podía dejar de pensar en la crónica que hablaba del desastre del Amazonas. Su cabeza le daba vueltas y vueltas como una noria. Se sentía impotente ante la agresión al planeta, ya malherido anteriormente. Se sentía asfixiada por los tumultuosos y aparatosos desplazamientos por la gran urbe. Se sentía cansada de tanto asfalto y edificios altos que enturbiaban el cielo. Estaba harta de Carlos, Obelix para ella.

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Así que, levantándose de su silla como una exhalación, cogió sus bártulos y salió por la puerta sin decir ni adiós. Se dirigió a un cajero electrónico, y una vez tuvo en su bolsillo todos sus ahorros, tomó el tren en “Passeig de Gràcia” rumbo al aeropuerto del “Prat”, y partió con vuelo destino Brasil. “¡Qué bonito!” Pensaba desde la ventanilla del avión, mientras veía grandes ríos serpenteando por inmensas extensiones de selva virgen. Habiendo pisado ya suelo americano, se encaminó al frente de combate. Un grupo contrario a tales agresiones, vinculado a “Greenpeace” y con el que contactó a través de Internet aquella mañana del lunes, protestaba y resistía al avance imperial, encadenándose a máquinas excavadoras y árboles, ferozmente. Ella se unió. Se sentía bien, un poco asustada, pero bien. Ganaron la batalla. También la guerra. Gracias a su valentía y altruismo, al cabo de unas semanas de resistencia, una comisión internacional paralizó semejante barbarie, y los bravos luchadores volvieron a sus respectivos países. Todos menos uno. Utzue, en su estancia amazónica, conoció a una tribu llamada “yanomamis”, unos seres bajitos de piel morena y ojos rasgados que se visten tan sólo con un taparrabos. A raíz de la convivencia, heredó sus costumbres, las cuales le encantaron y decidió quedarse a formar parte de la tribu. La nombraron habitante de honor, por los motivos que la condujeron hasta la selva y le regalaron un collar hecho de lianas y flores. La sencillez de aquella vida y la felicidad con la que vivían aquellas gentes, con tan poca cosa y a la vez con tanto, la cautivaron. Eran unos privilegiados. Utzue ahora es feliz. Vive en contacto directo con la naturaleza, su gran amor. Xavier Sánchez Vicente (BCN)

El muro y la ciudad La chica de la ciudad y el chico del pueblo, tras del muro. Era así: una vez, una chica guapa, rica y buena persona que se enamoró de un chico pobre, cuya reputación hacía que los padres de ella no le permitían acercarse a él. La chica se escapaba por las noches atravesando el muro que dividía la ciudad del pueblo, para verlo. El chico temía que algún día la vieran escapar y travesar el muro de la ciudad para verle; se cansó y por eso decidió hablar con ella para que le llevase ante sus padres y poderlos conocer para decirles querían casarse y hacer una vida juntos sin tenerse que esconder de nadie. La chica se lo pensó y ya cansada de tanto esconderse decidió llevarle ante sus padres y comunicarles que, les gustara o no, ella quería a ese chico y quería casarse con él, para poder así una vida juntos. Los dos fueron de camino hacia la ciudad cruzando el gran muro que les dividía para presentarse a la casa de ella. Cuando llegaron, los temidos padres se pusieron muy nerviosos de verle a él, pero después de verla a ella tan contenta, tan a gusto y tan feliz, decidieron dejarles casar para convertir su sueño en realidad y no tener que esconderse de nadie nunca jamás. Daniel Horta (LC)

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Vidas que vale la pena contar ELLA ES MI VIDA La vida de Cristian, siempre había sido un tanto deprimente. Durante mucho tiempo fue tachado de “gordo” un adjetivo que nada le gustaba. Le hacía hundirse en lo más profundo de sí mismo, exiliándose así de todas las maravillas que el mundo podía ofrecerle. A la edad de nueve años y el mismo día de su comunión, su madre Lola lo detiene unos instantes, para darle una noticia que rompería totalmente su vida. - Cristian, cuando vengamos de la fiesta, tu padre no dormirá en casa. -

¿Por qué no?

-

Porque la mama y el papa han decidido separarse. Pero tú no estés triste, disfruta de tu fiesta.

La fiesta no fue suficiente, no llenó lo suficiente aquel vacío o hueco, que Cristian vio aquella noche mientras su madre dormía a un lado de la cama de matrimonio, dejando el espacio de su padre. Cristian todavía era un niño, no lograba entender lo que estaba pasando. Pocos meses después, viviendo la típica situación de padres separados en la que, esta semana duermes en una habitación y estos días en otra. Su madre le da una noticia. - Cristian, la mama está esperando un bebe. Por supuesto, ese bebe era fruto de su nuevo amor un hombre llamado Pepe que pronto ocuparía aquel vacío que Cristian estuvo viendo aquellos pocos meses, junto a su madre. Y a los nueve meses, Cristian conoció a su nueva hermanita, Andrea. Jorge, el padre de Cristian no podía soportarlo. Una de las principales razones de su separación se debía a las veces que él había querido ser padre de nuevo y Lola se había negado. Y para el colmo, en apenas seis meses después de su separación se queda embarazada. Esta situación sumerge a Jorge en una depresión que lo obliga a esconderse de los demás y evitar todo lo que estuviera relacionado con Lola, incluyendo a Cristian. Las constantes discusiones entre Cristian y Lola, hacen que Cristian pronto haga sus maletas una vez tras otra rompiendo el pacto que se hizo ante el juez en su separación. De manera que de la custodia que pertenecía a Lola legalmente, quién se hacía cargo era Jorge. Lola había aprendido una táctica para sacarle dinero a Jorge. Cada primero de mes, Lola compraba a Cristian con atenciones, regalos y demás. Cuando este regresaba a casa y Jorge le ingresaba la manutención, rápidamente Lola echaba a Cristian de casa, haciéndose cargo Jorge de la manutención por partida doble. La excusa que utilizaba Lola, era… Pepe es agresivo y me pega. Para que Cristian no lo vea, prefiero que se marche de casa. Cristian no tenía una vida normal. No estaba viviendo una infancia en condiciones y lo que es peor su adolescencia no iba a resultarle nada fácil. En numeradas ocasiones Cristian faltaba a las clases, para hacerse cargo de su hermana de pocos años de edad. Mientras el padre, Pepe y su madre Lola, dormían hasta las doce del mediodía. Cristian cumplió los quince años y en lugar de sentirse feliz, mayor, etc. Solo quería morirse. No tenía el cariño de su madre, la cual tan solo lo veía como una tarjeta visa mensual. No tenía el cariño de su padre, que desde su separación había optado por darle todo lo que quería para no tener que prestarle atención. Apenas tenía amistades, puesto que al hacerse cargo de Andrea no acudía al instituto y llegó un punto, en el que dejó de tener interés en vivir. Se limitaba a hacer vida, todo el día postrado en una cama. A veces sin comer o beber durante horas. Con la televisión de su habitación en marcha las veinticuatro horas del día, las únicas voces que oía y su única compañía. Dejó de ir a clase, puesto que no tenía fuerzas ni

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tan si quiera para sostenerse en pie. Estaba tan deprimido, que había comenzado a consumirse en vida y en pocos meses con su más de metro ochenta había llegado a pesar cuarenta y cinco quilos. Con un aspecto lamentable, por la anemia. Con sus cabellos lacios hasta encima de los hombros, su barbita de no sé sabe cuántos días. Aquellas terribles ojeras de color purpura… Ya no quería vivir, no había intentado quitarse la vida porque tenía miedo al dolor. Pero ya no tenía ilusiones, no tenía esperanzas. Solo quería morir. Cuando ya había perdido esperanza, una amiga suya retomó el contacto con él. Pasaban horas hablando por internet. Y además, se llamaban constantemente. Sin darse cuenta, aquella amistad que tenían se fue haciendo más fuerte y Cristian empezó a recuperar aquellas ganas de vivir, de cuidarse. Cada día impaciente por la llamada de Sara, impaciente porque esta se conectará a internet. No pasaban ni una hora sin hablar. Cristian se dio cuenta de que la necesitaba, de que cuanto más hablaba con ella y más se extendían sus charlas, más ganas de vivir tenía. Y entonces, comprendió que Sara no era tan solo una buena amiga. Había comenzado a sentir algo más por ella y ni si quiera se había dado cuenta. Cuando comprendió sus sentimientos, recuperó las ganas de salir. Cada día que hablaba con Sara le insistía para salir al cine. Para dar un paseo. Cosas que desde su quinceavo cumpleaños no se había vuelto a plantear y ya había cumplido los dieciséis. Sara siempre tenía cosas que hacer y esa cita se iba trasladando. Y es que Sara había comenzado a sentir lo mismo, pero temía perder la amistad de Cristian y por eso nunca aceptaba sus citas. La insistencia finalmente dio sus frutos. Después de unas citas sin importancia, Cristian comenzó a comer de nuevo a querer cuidarse y de estar postrado en una cama, estaba todo el día deseando salir de casa, para encontrarse con Sara. El día 10 de Noviembre del 2006, Cristian se lanzó y le confesó a Sara que estaba enamorado de ella y que gracias a ella le habían vuelto las ganas de vivir. Sara se quedó boquiabierta y no supo contestarle. El día 11 de Noviembre del 2006, Cristian y Sara se vieron en el conocido “Puente del diablo” de Martorell. Y justamente a las 20:08 h de la tarde, se dieron su primer beso. Un beso que marcaría un antes y un después de la vida de ambos. Desde entonces, aunque han vivido mil historias diferentes. Han seguido juntos. Cristian le pidió matrimonio el 23 de Abril del 2007. Sara muy emocionada respondió con un sí. Y en la actualidad, después de casi cuatro años de ese hermoso beso que significo el fin de la soledad para ambos. Siguen, haciendo hucha para tal acontecimiento. Siempre juntos. Y es que Cristian en numerables ocasiones en las que recuerda aquel estado y aquella situación que le obligó a verse de aquel modo, responde con la siguiente afirmación. - Desde que supe que estaba enamorado de ella, comprendí que vivo gracias a ella, puesto que ella es mi vida. Michael Alarcón Salinas (ML)

UNA VIDA FELIZ

Laura era una niña muy alegre y feliz. Vivía en un pequeño pueblo de montaña. Su padre tenía un rebaño de ovejas, del que vivía toda la familia. Desde que nació Laura siempre había vivido envuelta de animales, a los que adoraba. Los fines de semana que no iba a la escuela, Laura ayudaba a su padre con el rebaño. El hombre siempre le decía: Hija cuando seas mayor este rebaño será tuyo. La niña no quedaba muy satisfecha cuando oía a su padre decirle esto. Ella soñaba con salir de aquellas montañas algún día.

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Pasaron los años y Laura se hizo mayor. Era buena estudiante por lo que continuó con los estudios. Iba y venía cada día con un autobús escolar, que la llevaba hasta la ciudad. Un día mientras acompañaba a su padre con el rebaño, le dijo: Sabes padre, de pequeña me ponía muy triste cuando me decías que de mayor tendría que hacerme cargo de las ovejas. Yo soñaba con abandonar estas montañas y tener una vida más fácil. Pero, me he dado cuenta ahora que cada día bajo a la ciudad, que no hay nada que se pueda comparar con esto. Aquí se viven los minutos, las horas y los días. Por eso cuando termine los estudios, he decidido quedarme aquí contigo. El hombre la miró con los ojos llenos de lágrimas. Y le dijo: Hija, yo siempre había querido tener un hijo, pero te tuve a ti y estoy muy orgulloso. Hoy me has hecho muy feliz. Y así fue como Laura se quedó a vivir en el pueblo. Y hoy es ella la que lleva el rebaño. Sintiéndose muy feliz de su elección. Eva María Frixes Ortola (CB)

EL PASO DEL TIEMPO Salvador era un hombre, el cual ya desde muy joven tuvo que empezar a trabajar para así poder ayudar a su familia. A causa de ello, Salvador se convirtió con el paso de los años en una persona delgada pero de constitución y carácter fuerte. Aceptaba cualquier trabajo, realizaba las tareas que le mandaban fuesen o no pesadas, a el le daba igual, su objetivo era ayudar a solventar las dificultades económicas de sus padres. El tiempo continuo pasando y el seguía trabajando, un buen día conoció a una mujer, con la cual se caso y con ella tuvo un hijo. Salvador, a sabiendas de las carencias que paso cuando era niño, aun le dedico más tiempo al trabajo, para así ganar más dinero y de esta manera no les faltaría de nada a ninguno de los dos. Salvador continuo trabajando y trabajando, pasaba tantas horas fuera de casa que apenas tenía tiempo de estar con su familia. Cierto día, al levantarse muy temprano para ir a trabajar, al ir a afeitarse, se vio reflejado en el espejo; vio a un hombre joven, de altura media, cabello castaño y ojos marrones. Lo que vio no le sorprendió, pues estaba acostumbrado a verse cada mañana reflejado en el. Pero ese día vio algo más, vio el paso del tiempo, el paso del tiempo a través de su imagen, ¿pasaron segundos?, ¿pasaron minutos?, ¿Cuánto tiempo paso mirándose?, viéndose reflejado en el espejo, nunca llego a saberlo (el, que siempre tenía el tiempo controlado). Pero a partir de ese instante comprendió que el tiempo pasa, que no se para, que nadie lo detiene. En ese momento Salvador cambio. Hoy en día, Salvador es ya un hombre de mediana edad, el cual continúa trabajando, pero con una gran diferencia, ahora ve el transcurrir el tiempo. Lo ve, al lado de su mujer y su hijo, (escuchando en su interior: el tiempo pasa ¿pero hay algo mejor que pasarlo con tus seres queridos? No lo dejes pasar sin estar junto a ellos). Salvador Alandi Sebastian (IG)

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CUENTO PERSONAL Nuria es una joven risueña de 31 años que dejo de estudiar a los 16 años para ponerse a trabajar. A lo largo de su vida estuvo trabajando en varios puestos de trabajo, como dependienta en un mercado municipal, cajera en varios centros comerciales, manipuladora en alguna empresa y como crupier en el gran casino de Barcelona. Este último empleo lo consiguió gracias a una amiga que ya trabajaba allí, hacían falta crupieres y Judith hablo con su jefe para que Nuria pudiese entrar a trabajar. El proceso de selección y aprendizaje fueron difíciles, pero al final tuvo acceso al puesto de trabajo. El horario era lo peor empezaba a trabajar a las 20:00h de la tarde y terminaba su turno a las 4:00h de la mañana. Tener que salir sola a esas horas de la madrugada para una joven de 26 años era lo que peor llevaba, su familia le decía que dejara ese trabajo porque le traería problemas y así fue. Una solitaria noche fría de invierno al salir del trabajo, Nuria se subió a su coche y sin darle tiempo a reaccionar un joven con un rostro pálido, se metió en el coche y la amenazo con un cuchillo. Le pidió que pusiera el coche en marcha y obedeciera a todo lo que le pedía, Nuria atemorizada no dejo de temblar pensando que no saldría viva de su coche. El joven registro su bolso y al ver que no llevaba dinero saco una tarjeta de crédito y le dijo que tenía que ir a un cajero y sacar todo el dinero que pudiese. Nuria paro en un banco con la esperanza de encontrar a alguien y poder salir de aquel horrible susto, pero no fue así, mientras sacaba el dinero del cajero el joven la controlaba y no paso ni un alma por allí. Al subir de nuevo al coche el joven le arranco de las manos los 300 euros que pudo retirar del cajero, y la hizo conducir hasta llegar a casa Antúnez, este lugar es conocido en Barcelona por una de las zonas más marginales a causa de las drogas. El joven sin bajarse del coche cogió varias dosis de algún tipo de droga, y al salir de allí, se inyecto una dosis en el brazo delante de Nuria, que no había pasado tanto miedo en toda su vida. El coche se detuvo en un semáforo y sin apenas poder con su cuerpo el joven salió del coche, Nuria sin poder creerlo apretó el acelerador, cerró los pestillos del coche y sin poder dejar de llorar condujo hasta llegar a casa. Aunque denuncio el caso no encontraron al joven, y Nuria necesito un psicólogo para poder superar aquel susto. Dejo el trabajo en el casino ya que ese horario la atemorizaba. Nuria Pi Guillem

NACHO Y UN PASEO POR SU VIDA Nacho era un niño que nació en un invierno muy frió del año 1966, creció en una familia catalana del barrio de Sants de Barcelona. Era un niño rubio, muy divertido que siempre jugaba con sus juguetes como coches y soldaditos de plástico y con sus hermanos. Nacho fue creciendo hasta que llego a la adolescencia, donde se hizo voluntario de la Cruz Roja, se hizo socorrista y pasó toda su juventud ahí. Un día en un servicio de la Cruz Roja conoció a su media naranja que era socorrista como él. Salieron durante 4 años como pareja, hasta el 20 de Septiembre de 1997 que se casaron. Durante todos estos años Nacho se enfrento a muchas cosas como la enfermedad grave de su mujer, la falta de trabajo; pero lo más importante de su vida ha sido su familia, que incluso creció con una niña que ahora ya tiene 9 años y su máximo objetivo en esta vida es ella que sea feliz y tenga salud y para poder tener vida en estos momentos tan difíciles que hay a nivel mundial con la crisis. Ignasi Munne Bosch

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EL SUEÑO DE ARIADNA Esta es la historia de Ariadna, una chica de cuarenta años, independiente y trabajadora que tiene un grupito de amigas de cincuenta y poco de años y no ha tenido ninguna relación sentimental destacable, hasta se había hecho a la idea de que no se casaría nunca. Su madre siempre comentaba “esta hija mía se quedará soltera”, hasta ella lo comentaba en reuniones de amigas o familiares convencida de lo que decía. Pero en uno de sus trabajos, en una ex colonia textil muy bonita, había un chico apuesto más joven que ella y educado a la que siempre saludaba y, si podía, se paraba un poquito a hablar con ella. Pronto encontraron temas de conversación mutua. Tanto ella como él y a través de internet, encontraron sendos amores cada uno. Personas poco estables emocionalmente, personas algo extrañas. Y tanto una como otra, sólo para unos ratos de placer sexual, con cariño, pero no con el amor que a ellos les gustaría que se les cruzara en sus vidas. Estuvieron hablando y conociéndose, quizás sin darse cuenta, sin saber que el tiempo les haría justicia. Ariadna había perdido la esperanza de cumplir uno de sus sueños más anhelados, casarse, sí, pero no a cualquier precio pues bien se las apañaba sola. Lo que no sabía ella es que Pol, que es así como se llamaba su compañero de trabajo, una de sus muchas cualidades eran la paciencia y la templanza. Esas dos cualidades hicieron que al final Ariadna acertara a concertar una cita con él. Un verano después de cinco años contándose sus aventuras, dieron como fruto una cita en el camping de una amiga. Y fue una de ellas quien la animó a dar el siguiente paso, una cita más íntima. “Es joven, pero no tanto, es majo, educado, ¿Qué más quieres Ariadna?” le dijo Julia “pues porque yo sí que soy vieja para él pero tú eres tonta si no te lanzas”. Así pues los mensajes se sucedieron hasta que llegó el gran día. Después de esa cita Ariadna pensó “¿Cómo el bosque no me dejo ver los árboles?”. De los mensajes se pasó a las llamadas, casi a diario, el corazón le empezó a dar un vuelco cuando la llevó por primera vez a su casa, ya habían pasado dos meses de su primera cita y ya habían probado las mieles de dormir juntos con los primeros fríos del otoño, ya habían probado el calor de la compañía mutua, de algo más que un simple calor corporal y algo más que una simple relación sexual. Se estaba enamorando. Pol, por su parte, estaba encantado, se le veía feliz siempre que Ariadna venía, y no le daba ninguna prisa en que marchara. Eso de dormir juntos le gustó demasiado, tanto que al mes ya decidieron probar una vida juntos. Habían pasado tres meses desde la primera cita y ya estaban viviendo juntos. La prueba consistió en pasar las Navidades juntas, pero ya no volvieron a separarse, al año después de su primera cita ya estaban haciendo los preparativos de su boda. Por fin iba a cumplir uno de sus más deseados sueños y vestirse de blanco. La primavera bullía en todo su esplendor, había llovido esa noche y nació un florido y hermoso día de mayo, parecía que iba a romper a llover en cualquier momento pero no lo hizo ¡quedó una boda preciosa! La familia de ambos no daba crédito a lo que sucedía. Los solterones iban a dejar de serlo, los que parecían no encontrar su sitio en el amor se habían encontrado, y es que el amor llega cuando llega y hay que saber valorarlo, cuidarlo y, sobre todo, agarrarlo bien fuerte y no dejarlo escapar bajo ningún concepto. Y tan tarde les llegó el amor que Ariadna y Pol un hijo buscaron pero, la edad no les perdonó. De vez en cuando, y cuando Pol no mira, a Ariadna se le escapa una lagrimita, de no ser madre todavía. Antonia Rodríguez Salcedo

Dos amigos y un par de botas. Aquel 16 de octubre del 2009, tenía que ser un día especial. La novedosa situación, en la vida de Javi y de su amigo Miguel, les llevó a planificar una maravillosa ascensión a la mítica cima pre-Pirenaica del “Pedraforca”, cuna del alpinismo catalán.

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¿Una excursión en viernes?; ¡increíble!, de no ser por encontrarse en situación de paro laboral. Tenían que aprovechar el lado positivo del momento. Era otoño, época ideal para estos quehaceres, debido a los estimulantes olores e idílicas panorámicas que ofrece la naturaleza en esta estación de año. El comienzo del día, ya tuvo algún pequeño contratiempo. Disponiéndose a viajar, subieron al coche recién comprado de Miguel, al cual tratándose de un vehículo de segunda mano, en el concesionario antes de entregárselo le limpiaron la tapicería con agua y jabón. ¡Qué gracia!, ¡qué divertido es viajar!. Ya estaban en “Saldes”. Sí, con la espalda y el trasero empapados de agua. La humedad y el reuma reptaban por sus cuerpos como una culebra. No obstante, el viaje fue maravilloso. ¡Vaya cromatismos!, ¡vaya sensaciones!. Situados ya, al pie de la montaña se dispusieron a caminar bosque arriba. Rápidamente, Miguel se puso ha resoplar como un toro, puesto que Javi era un preparado y experimentado andarín de montes (no tiene abuela); es alto, fino y fibrado. En resumen, un tipo adaptado e innato para estos menesteres. En cuanto a Miguel, no se puede decir lo mismo; su dejadez deportiva (en sus tiempos mozos, fue un reputado deportista de élite), y su posterior afición al mundo del motor, le habían proporcionado algún kilito de más. Ahora, se disponía a empezar su reciclaje sin final, que está llevando a cabo con grandes resultados. De esta manera, dos horas más tarde llegaron a la cima. La visión era fantástica; un baile de cumbres emergiendo sobre un mar de nubes deleitaba sus vistas. Comieron víveres de los que llevaban sentados sobre las rocas, hicieron fotos; el momento era inolvidable, pero Javi, no sospechaba lo que se le avecinaba instantes más tarde. Disponiéndose ya ha comenzar el descenso...... ¡oh!, un problema; una bota de Javi perdió una suela. Aquella bota, curtida por el paso del tiempo y las erizadas rocas a las que había pisoteado, estaba pidiendo a gritos la jubilación. Javi un poco asustado, pero confiando en su poderío ante las adversidades (recordad su humildad), ató la suela a la bota con una cinta de la mochila, así pudo ir bajando, no sin algún problema por la temible”enforcadura”. Mientras tanto, Miguel se retorcía de la risa, haciendo mil y una foto de la bota de aquel pobre desgraciado. A Javi no le hacía tanta gracia, ya que por su mente desfilaba cierta incertidumbre a pesar de su seguridad, antes mencionada. Unas nubes grises en el cielo empalidecían su ánimo, además ese mismo día, entraba en vigor una norma por la cual se cobraban los rescates causados por negligencias. ¡Qué desastre!, ¿qué dirían de el si hubiese necesitado ayuda por ese ridículo motivo?. No se puede salir así a la montaña; y menos un montañero como él. Miguel, con sus risitas seguía captando instantáneas del infortunio de su colega. Por suerte, encontrándose ya cerca del lugar en donde dejaron el coche humificador de espaldas, ocurrió lo que era previsible y atemorizaba a Javi; la suela de la otra también deteriorada bota cedió y salió disparada bosque abajo. También pedía obstinadamente su retiro. Esta vez, los dos rompieron a carcajadas. Era cómico; de no encontrarse casi al final del periplo hubiese sido una hecatombe. El destino de Javi estaba a expensas de la naturaleza y un par de matusalénicas botas; el cielo gris gruñía sobre sus cabezas. Todo parecía indicar que la aventura finalizaba, pero no fue así. A falta de unos instantes para llegar al pantanoso coche, el cielo se desplomo sobre ellos. Una suela en la mano, otra medio atada a la bota; cojeando, riéndose; renegando y divirtiéndose, llegaron al refugio sobre ruedas, que les aguardaba con sus “confortables asientos”. De esta manera, lo arrancaron y se dirigieron al amable pueblecito de “Gossol”para tomar un reconfortante café en un rústico bar.

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Allí, calentitos, escuchando el chisporrotear de la lluvia en el exterior, rieron a costa de la aventura vivida. Ahora Javi ya reía tranquilo, está vez se había salvado por los pelos, pero aprendió que el material viejo hay que renovarlo de vez en cuando. Xavier Sánchez Vicente (BCN)

Jose al rescate

Era un frío día de otoño, sería sobre las siete de la mañana de un nublado sábado, cuando de repente sonó el teléfono; era de la Cruz Roja. Un anciano se había perdido. En ese momento Jose saltó de la cama, se vistió tan rápido como pudo y salió sin tomarse ni un un café. Al llegar al punto de reunión les entregaron unas fotos y la descripción del desaparecido; era un anciano de unos 68 años que iba vestido con una chaqueta verde y pantalón marrón. Todos se pusieron en parejas. A Jose le tocó con Jordi, un señor de unos cuarenta y tantos años, muy parlanchín. Jose y Jordi se pusieron a caminar, iban separados a una distancia de 5 metros.

Llevarían unas cuatro horas caminando cuando encontraron un trozo de tela de color verde muy parecida a la que llevaba el hombre que estaban buscando. Tocaron el silbato para que todo el mundo viniera. Cuando el familiar vio el trozo de tela, dijo que era de la chaqueta de su padre. Debido a que el terreno que estaban era demasiado empinado, decidieron que irían los más preparados . El grupo era de unas cuatro personas. Jose dijo de ir de dos en dos por si pasaba algo, que el otro acompañante pudiera avisar. Todos estuvieron de acuerdo. Comenzaron a descender por un camino muy empinado y las figuras de sus acompañantes se empezaron a perder entre la maleza. Jose y su compañero estuvieron todo el día mirando barrancos, pequeñas cuevas y algún pozo, pero no encontraban nada. Ya estaba anocheciendo y volvían para el centro de reunión cuando por radio les dijeron que se anulaba la búsqueda. Al llegar al punto de reunión estaban todos cabizbajos por no haber encontrado al señor. Jose se estaba lavando la cara cuando entró una pareja de policías riendo. Todo el mundo los miró y entonces dijeron que no hacía falta buscar más a ese señor, dado que se encontraba en perfecto estado, todos se alegraron pero Jose y algunos más preguntaron que dónde estaba ese señor. Los policías les miraron y entre risas dijeron que estaba de vacaciones en Palma de Mallorca, que se enteró que su familia lo quería dejar en una residencia de ancianos y por eso montó todo ese follón para que le dejaran tranquilo. Entonces todos respiraron con más tranquilidad. José Antonio Sánchez Cebrián (CM)

Una historia real Toni es un joven de 24 años, vive en Barcelona capital en el barrio de Sants. Desde bien pequeño siempre había ido a un colegio de monjas. Allí era donde tenía a sus compañeros de toda la vida. Estudió en ese centro hasta sexto de primaria.

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Él siempre sacaba buenas notas, tenía mucha armonía con todos sus profesores. De repente, un día llegó a casa y le dijo a su madre que se quería ir de ese colegio, no por nada, sino porque quería irse a un colegio público porque tenía ganas de cambiar ya que estaba harto de siempre ir con un uniforme a la escuela. Su madre, le hizo caso y lo cambió de colegio pero le dijo que tendría que esperar hasta el nuevo curso que a mitad de curso no lo iba a cambiar. El año siguiente Toni comenzó en el Colegio público que él deseaba ir. Todo no le fue tan bien como él esperaba. Se empezó a juntar con gente que fumaba y el empezó a hacerlo también porque era una manera de sentirse como los demás y poder pertenecer a un grupo. Toni empezó a sacar malas notas, no le iba nada bien el ambiente de ese colegio. Él se desmotivo tanto que quería dejar los estudios. Su padre tenía un taller de mecánica. Su madre desde pequeño siempre lo llevaba al taller de su padre para que jugase allí y ayudar a su padre. Su pasión eran los coches y quería dedicarse a eso. Pero su padre, le decía que si no sacaba buenas notas no podría acceder nunca a mecánico. Su madre una mujer muy luchadora, le dijo que le iba a cambiar de colegio porque las amistades del colegio público no lo estaban llevando por buen camino. Así fue, al año siguiente su madre lo apuntó a un colegio situado en el barrio de Pedralbes. Toni le prometió a su madre que se sacaría el graduado. Nada de lo que prometió a sus padres lo cumplió. Toni, dejó los estudios ese curso, el tenia dieciséis años, estaba en una época rebelde le daba todo igual. Se puso a trabajar en un almacén de colonias, comenzaba a ganar dinero, pero para todo lo que hacía en la empresa no estaba bien pagado. Su hermana María, se montó un restaurante y le ofreció a Toni si quería trabajar con ella. Toni no se lo pensó, dijo al jefe del almacén que se iba a trabajar con su hermana. Su hermana, tenía un restaurante. Toni y ella trabajan de lunes a domingo. Todo le iba muy bien, el se sentía realizado con ese trabajo y muy a gusto. Al cabo de tres años, su hermana dejó el restaurante era un trabajo muy cansado y ya no podía mas, estaba muy agobiada. Fue entonces, cuando su padre lo metió en la empresa que él había trabajado durante 25 años: La Mercedes. El joven estuvo allí trabajando un año muy bien y muy contento, ya que hacia lo que a él le gustaba. La sorpresa fue cuando llego el momento de hacerlo fijo y su jefe le pedía el titulo de mecánica.

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Toni muy disgustado tuvo que irse de la Mercedes, aunque la empresa le aseguró que cuando él se sacase el titulo tendría las puertas abiertas. Al cabo de poco tiempo, Toni, se puso a trabajar en la Toyota donde lleva siete años ya. Actualmente, se está sacando el graduado escolar en el IOC para después cursar el ciclo de mecánica, para intentar de nuevo entrar en la Mercedes. Toni, se arrepiente mucho de no haber estudiado cuando le tocaba y no haber escuchado a sus padres porque si les hubiese hecho caso nada de esto hubiese sucedido. Antoni Llopart de Frutos

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Profesoras del Módulo: Bea Marín Peralta Núria Córdova Medina Institut Obert de Catalunya Àmbit de la Comunicació Muchas gracias. Cada número es un triunfo que os pertenece.

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Ficciones nº 6 - Otoño 2010