Issuu on Google+

El laberinto literario. Un espacio posible en Borges Beatriz Elena Rave Hererra

Hipótesis Hay un tratamiento espacial que subyace en el cuento de Borges (La Espera): La narración, la descripción del espacio, apoyan la sensación de encierro en el relato. Evoca, en relación con la Casa de Asterión, la percepción de estar perdidos en un laberinto, moviéndose (frágilmente) en un universo sin salida. Esta atmósfera es causa y efecto de verosimilitud en el relato: Una geografía posible para la ocurrencia de hechos sorprendentes o inverosímiles, el espacio es reconocible, referenciable y el mundo objetual que lo habita forma parte de sus marcas; sin embargo es un mundo al que ambos protagonistas estan confinados, es su última morada en espera de la muerte que los libere de la soledad de su encierro. La Espera La descripción del espacio en Borges se vuelve experiencia para el lector, la geografía que sugiere: detallada y exacta está llena de marcas, relaciones contextuales, coordenadas que corresponden a un mundo posible, probablemente conocido para el lector. Los elementos temporales, la precisión en ellos, ayudan a recrear una atmósfera, un lugar en el cual, acontecimientos inverosímiles o sorprendentes pueden ocurrir. Narración y descripción juegan a engañar sutilmente a los sentidos, el corazón de un lugar de condiciones ordinarias entraña la complejidad de un laberinto en el que latente la posibilidad de escapar, nunca es posible. Son las casi las nueve de la mañana, objetos, arquitectura y entorno estarían bañados de luz, y como la puerta a la que Teseo ata la cuerda que lo devolverá del laberinto, el protagonista define su primera marca: el 4004 de “ésa” calle del noroeste. Y aquí empieza el ritmo que, como variaciones a una misma melodía, irá volviendose una constante del recorrido: Oscilaciones laberinticas, descripciones simétricas de espacios que se desdoblan en el interior de si mismos conducidos por un hilo que, como una estructura narrativa, teje las secuencias de movimientos y permite al lector avanzar en una sucesión de espacios cuya experiencia acoge y encierra la agonía de su prisionero. El hombre que llega observa con aprobación su nuevo y último universo, que contiene en su interior -como espejo- al exterior: los machados plátanos, la cama de hierro, la geometría de los cuadrados de tierra y las curvas fantásticas, la decentes casas de balconcito, el alto ropero de pino, y el estante con libros, la farmacia contigua, el largo paredón, el zaguán. El espacio y sus objetos traen permanentemente a la memoria toda suerte de figuras, iconos, símbolos que remiten no a una morada, sino a una cárcel.

1

Seminario de Semiótica. Consuelo Posada. Especialización en Hermenéutica Literaria. Universidad EAFIT.


El laberinto literario. Un espacio posible en Borges Beatriz Elena Rave Hererra

El espacio abierto y claro de la mañana constituye el primero de los espacios de la arquitectura literaria que quieren extraviar al lector en su propio laberinto. El cielo, se tiñe de tierra, de plátanos, el lector empieza a oscilar entre el cielo y la tierra, un claroscuro recorrido vertical. Las decentes casas, definen una calle, un paramento horadado por balconcitos. La farmacia contigua, el hospital de enfrente, remiten a viejos encierros. La enfermedad y la muerte están allí latentes. Confina la calle un largo paredón, conforma un callejón sin salida que ofrece una perspectiva del lugar, un recorrido largo en cuyo remate hay una luz, el sol que reverbera en invernáculos: posibles salidas que llevan hacia nuevos recodos, cuevas. El narrador describe las cosas como las ve, arbitrarias, casuales y en cualquier orden. A pesar de las referencias, las marcas, las señales empieza a perderse primero en el deseo de encontrar en aquel sitio su morada, un hogar para perdurar, después en la memoria de otros días y finalmente en el sueño en el que busca reiteradamente la muerte, la suya. Regresa de la ensoñación momentánea y aprueba también los sucesivos desplazamientos gracias a los cuales esta lejos de sus iguales, sin referencias; tiene la obligación de quedarse solo, de perderse, actuar de manera que todos se olviden de él. El cochero le ayuda a bajar su baúl. Atrás un callejón sin salida y lejos las grutas de los invernáculos. La mujer que le abre la puerta que lo conducirá al interior, podría ser su primer espejo, reflejar su distracción, su cansancio. Al igual que al minotauro una mujer precede a su encierro. Igual los preceden errores, equivocaciones. A ambos les sigue la libertad, la muerte. Atraviesa el zaguán, un espacio contenido, cerrado, probablemente oscuro, luego viene el primer patio, igualmente contenido, pero al descubierto. No ha llegado allí pero anuncia su habitación primero otro espacio íntimo, privado, encerrado, cuya vista comunica, de acuerdo con la secuencia lógica con un lugar abierto: el segundo patio. Los espacios y objetos no se describen como se presentan: secuencialmente; lo hacen, según la atmósfera que evocan en una sucesión de abierto, cerrado, claro oscuro, contenido, continente. Esa sensación es la que lleva al lector a una percepción oscilatoria del espacio que recorre, le ofrece la posibilidad de salir y nuevamente lo encierra, evoca en la mente del lector la imagen de un laberinto sin nombrarlo. Después del segundo patio, la cama de hierro, con barrotes deformados por una geometría fantástica suben hasta simular rámas y pámpanos. Las descripciones del interior y el exterior tienen una equivalencia casi matemática; a la altura del ropero, sigue la fuente de luz, como a la distancia del paredón sigue el sol, en la misma sucesión evocan la farmacia: el estante con libros, las sillas desparejas y el lavatorio con su palangana. Un mapa de Buenos Aires le da la connotación de inmensidad a aquel cuarto, la ciudad esta allí contenida en un icono laberíntico. Calles, giros, cruces, esta idea de ciudad multiplica el espacio y lo vuelve un universo, allí, omnipresente, un crucifijo evoca lo sagrado. La repetición de figuras de pavos reales con su cola desplegada confirma la sensación de infinitud en el interior. Allí está la única puerta, indicando la única salida. Nuevamente, élla da al patio, a la luz.

2

Seminario de Semiótica. Consuelo Posada. Especialización en Hermenéutica Literaria. Universidad EAFIT.


El laberinto literario. Un espacio posible en Borges Beatriz Elena Rave Hererra

Siguiendo el ritmo, volvemos al interior, allí es necesario hacer equivalentes desplazamientos a los objetos que ocupaban el lugar para dar espacio a un nuevo objeto que igualmente alude al encierro, el baúl. Nuevamente, el recién llegado aprueba lo que ve. Al preguntarle por su nombre toma la identidad de su asesino, se entrega, se marca a si mismo como su enemigo, ya desde entonces le pertenece. El narrador impone al protagonista el mismo ritmo que al relato, primero el encierro de la casa, luego el de la ciudad, una ciudad que recorre al oscuro, como un ciego, que vive desde y entre la oscuridad de la noche primero, del cinematógrafo después. Las tres cuadras que separan los dos ensombrecidos lugares se convierten en un recorrido que el pretendido señor Villari recorre a tientas, con timidez. Sin embargo este laberinto es más bien un laberinto literario, con pasajes que se repiten y se desdoblan, simétricos y especulares que confunden al lector como quien recorre un espacio semejante a otro y cree reconocer allí, las marcas de otro lugar, obliga al lector a moverse como ciego, movido por su memoria en el mapa de una geografía invariable, matemática, geométricamente predecible. Como quien recorre su hogar en la noche, reconociendo las señales que le hacen familiar el camino. El cinematógrafo es un reiterado espacio de confusión y encierro para Villari, aún más laberíntico para el lector. Él asiste a la proyección de historias que contienen a otras viejas historias suyas que, a su vez, contienen sus errores, pero él no puede reconocerlos, no puede reconocerse en aquel nuevo espejo suyo. Igualmente el lector recorre un pasaje lleno de pasajes repetidos que aluden a sucesivas imágenes distintas, entonces todo parece circular: las historias, los pasajes, las memorias. Había logrado que todos se olvidaran de él, se había retirado del mundo, estaba distante de todo; nadie ni nada llegaba hasta su laberinto, hasta su última soledad. Su memoria era un territorio en el que los días se repetían, eran todos iguales, caminos que no conducen a ninguna parte como los que traza una enredadera mientras se extiende caprichosa e infinitamente por un muro. Su memoria entonces es un ritmo igual al de la arquitectura de su casa, de su historia, de sus días: una red de mínimas sorpresas. En la rutina de su soledad, se reiteraba el deseo de la muerte, la suya, la del enemigo cuya identidad había tomado. Este espacio laberíntico empieza a tomar el matiz de un lugar en el que el personaje sigue en soledad los ritos de su propia muerte. La nomenclatura, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, los desvaidos rombos, el largo paredón del hospital que suelen dejar atras los muertos, los invernáculos, el sueño y Dios. El baúl, el olvido y el destierro voluntario, el rito del lavado, la vida que pasa y los obituarios... acompañan como una suerte de procesión el camino del protagonista en el que cada paso, aticipa la anhelada muerte. Antes de padecerla, en su casa, ya está enterrado, Solo quiere perdurar 3

Seminario de Semiótica. Consuelo Posada. Especialización en Hermenéutica Literaria. Universidad EAFIT.


El laberinto literario. Un espacio posible en Borges Beatriz Elena Rave Hererra

ante otros estímulos que, también, evocan un cementerio: la yerba, el tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio. Circularmente sus recuerdos se van hacia atrás y hacia delante, no le importa la memoria ni el futuro, hace amistad con un perro viejo a quien habla en idiomas de otros días. Una descarga de dolor al igual que los demás episodios de este cuento se repite, en la noche y en el alba. Cada salida suya tiene un trasfondo trágico: las historias del cinematógrafo, el dolor de muela, Villari trataba de vivir en el mero presente, sin embargo estaba asustado, depués de la agresión de un extraño en el cine, estuvo confinado en su casa durante varios días. Con el mismo sentimiento de deber que lo había llevado a alejarse de la memoria de todos emprendió el recorrido por la obra de Dante, y de la misma manera que durante el episodio en el que le fue arrancada la muela causante de su dolor no tuvo especial impresión, tampoco se la causaron las penas de aquel infierno, ni siquiera el encierro infinito de Ugolino. Villari no tenía la costumbre de leer novelas, no se identificaba con personajes del arte, pero sí llevaba a los escasos personajes de su vida a sus sueños, Villari y el hombre que lo agredió en el cine, morían cada mañana cuando, después de advertir que lo esperaban en el patio, descargaba su revolver sobre ellos, una y otra vez, cada amanecer, hasta matarlos. La última mañana, como cada vez el mismo sueño, con igual fondo y circunstancias variables, una gente desconocida aguardaba por él en la puerta de su alcoba, lo habían alcanzado hasta el corazón de su encierro y antes de que lo borrara la descarga, preso de la única magia que cada día lo liberaba, retoma su reiterado sueño y se da vuelta. ...Apenas se defendió.

4

Seminario de Semiótica. Consuelo Posada. Especialización en Hermenéutica Literaria. Universidad EAFIT.


El laberinto literario. Un espacio posible en Borges Beatriz Elena Rave Hererra

Bibliografía 1. CASTRO GARCÍA, Óscar y POSADA, Consuelo. Análisis Literarios. Medellín: Universidad de Antioquia. Proceso de Lectura “La Espera” de Jorge Luis Borges. s.p., 1995. 2. GRAU, Cristina. Borges y la Arquitectura. Madrid: Ediciones Cátedra. 1999. 3. BORGES, Jorge Luis. Autobiografía. Argentina: Editorial el Ateneo. 1999.

5

Seminario de Semiótica. Consuelo Posada. Especialización en Hermenéutica Literaria. Universidad EAFIT.


El Laberinto Literario. Un Espacio Posible en Borges