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Los estudios desconocidos del Che Guevara A propósito de sus Cuadernos de lectura de Bolivia - Néstor Kohan

no se podían observar. Y si se veían, no se les daba la importancia teórica que realmente poseían. Lo que sucede es que las teorías no giran en el supuesto vacío de una “comunicación libre de obstáculos”. Tampoco afloran de modo azaroso en cualquier momento de la historia. Y si emergen, sólo en determinadas coordenadas histórico-culturales se las atiende y se las registra socialmente. Las ideas del marxismo revolucionario del Che no constituyen una excepción. Recién con la crisis de los antiguos dogmas —de factura stalinista— y ante la evidente insuficiencia de las respuestas que pretendieron reemplazarlos —posmodernismo, posestructuralismo, neopositivismo aggiornado, multiculturalismo, etc.— se abre ante el horizonte cultural y filosófico de nuestra época una oportunidad como para comenzar a registrar socialmente las sugerencias, las búsquedas teóricas y los interrogantes políticos del Che. Interrogantes que bien podría ayudar a indagar y precisar el significado del denominado “socialismo del siglo XXI”, cuyo contenido preciso todavía está por elaborarse.

La palabra escrita en la racionalidad política de la tradición marxista Guevara forma parte de una generación política que creció acompañada por una creencia: la teoría constituye una dimensión fundamental de la práctica de transformación. “Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”, había advertido Lenin. ¿No tenía acaso razón? El Che es plenamente consciente de ese problema. Por eso en sus escritos intenta dar cuenta del modo en que la Revolución Cubana encabezó una rebelión sumamente radical y fue buscando su teoría sobre la marcha, sin contar con un recetario dogmático de antemano o, incluso, eludiendo los recetarios por entonces al uso que —al igual que hoy— rechazaban la lucha armada y el carácter socialista de la revolución latinoamericana. Sin duda, el Che pertenece a una tradición clásica de revolucionarios en el seno de la cual se otorga a la cultura, a la teoría y a la ideología un lugar privilegiado en el conflicto de clases. Para esa tradición cada decisión política, cada acción, cada iniciativa, cada ruptura o cada alianza suele fundamentarse y legitimarse mediante una apelación a la reflexión teórica. Aunque el carisma, la mística, la confianza y la autoridad moral (ganados en la lucha) de los dirigentes revolucionarios no dejan de estar presentes en todos esos casos, lo que prima es un tipo de argumentación política asentada en fundamentaciones que pretenden estructurarse sobre una base racional. Desde los manifiestos de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) de Marx y Engels hasta las declaraciones de La Habana y los llamados de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS); desde las proclamas y medidas de la revolución mexicana de Villa y Zapata, pasando por la revolución de octubre de Lenin y Trotsky, hasta la revolución cultural china de Mao Tse-Tung; desde el 68 europeo hasta el programa agrario de los guerrilleros colombianos y otros documentos fundacionales de la insurgencia latinoamericana y caribeña; desde los documentos zapatistas hasta los manifiestos contra el neoliberalismo. Etc., etc., etc. A todo lo largo de esa prolongada secuencia histórica de rebeldías, insurgencias y rebeliones organizadas, la palabra, principalmente escrita, adquiere un papel central. Junto a la indignación ética que conduce a la acción militante, y al lado del mito convocante (analizado en su época por José Carlos Mariátegui como una idea-fuerza que

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En la Selva  

Diario de Che en Bolivia, por Nestor Kohan

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