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re-views II

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Parecerse a... Rodolfo Walsh by Sergi Bellver

Sí, voy a caer en lo que muchos esperan cuando se habla de Rodolfo Walsh, pero es que un escritor no es un avatar mutilado, sino la voz de un hombre que se dice y se pregunta a sí mismo. Cuando uno lee sus cuentos, piensa en que Rodolfo Walsh se parece a Rodolfo Walsh porque no se esconde. El escritor y el periodista tomaron partido y no mintieron ni se mintieron a sí mismos; el escritor, si acaso, fabuló con la realidad y el periodista la interpretó, pero ambos supieron que esa realidad siempre nos atañe, nos cuestiona y nos expone, más allá de servir de material para la ficción o la noticia. Rodolfo Walsh, como hombre, eligió comprometerse y tomar partido ―a balazos se lo cobraron―, y poco importa ahora cómo quiera releerse la historia reciente de Argentina, la de Cuba o la de Latinoamérica, en un momento en el que comprometerse ya suponía un acto de ―me ahorraré “heroísmo”, si les ofende― singularidad. Tal y como están las cosas hoy en día, tal y como dormimos todos en el centro del rebaño, sin arriesgar nuestra porción de pienso, uno, la verdad, a veces quiere parecerse un poco a Rodolfo Walsh. Pero metido en faena el Walsh cuentista sabía apartarse, es decir, dejar que el autor desapareciera y cada narrador elegido mostrara, eso sí, lo que de cierto e íntimo hubiera en su mirada sobre las cosas. También al leer la acertada edición que de sus Cuentos completos ha realizado la editorial Veintisie-

teletras, uno llega a pensar en que todos los escritores debieran parecerse a Rodolfo Walsh, más preocupado de su trabajo y de la escritura que de “ser escritor”, más ocupado en revelar sus ideas y pulsiones que en construirse un parapeto más para el ego, otro vestido de puta escribidora para el ocio burgués. En sus relatos, si acaso bajo una bruma justa, pero no opaca, se advierte esa búsqueda de la dignidad, esa ética de lo justo pero sin paños calientes, con redaños, y también ese irrenunciable compromiso con la libertad que hicieron de Walsh un autor pegado a su tiempo. Puede que el brillo de su prosa ―policíaca y política, compacta y ligera, seria y burlona, viva y formal, de ayuno y nutrida, “dicotómica”, como convendría el propio autor con Ricardo Piglia― no nos llegue con el destello de otros coetáneos suyos, ni que el filo de sus disecciones sea tan certero como el de ese otro gran maestro de la real fiction que fue Truman Capote, pero bien está querer parecerse a Rodolfo Walsh si uno pretende escribir para decir algo, para mover algo, para convocar alguna cosa que le devuelva la vergüenza a cada lector dispuesto a abandonar el rebaño. Este rebaño.

Cuentos completos • Rodolfo Walsh • Veintisieteletras

Kafka en Lucknow Cheever en Bizkaia Naiyer Masud

Jon Bilbao

Cabe deshacerse de esa piel muerta del cinismo y reconocer que, también en literatura, la sencillez puede ser habitada por una fuerza conmovedora. La editorial Atalanda demuestra pocos complejos y mucha sensibilidad al traernos textos como los de Aroma de alcanfor, con el mismo buen criterio en la edición que en esas otras fantásticas recuperaciones del sello, como el clásico Ramayana. Cada uno de los relatos de Masud contribuye a labrar con sutileza una celosía, a través de la cual se nos sugiere una India inspirada que se recrea en lo lírico, pero también una India real e irónica, redescubierta y al mismo tiempo reconocible, mutable, viva, como el agua de una poza, cristalina en la superficie y densa en el fondo de cada historia. Aroma de alcanfor renuncia al tópico y no al poso universal que la vida nos deja en cada herida, en cada deseo, en cada centímetro que cedemos al sueño. Hay algo, sí, muy kafkiano en sus textos ―lo vería cualquier buen lector aunque no le avisaran―, entre lo onírico y su huella en lo real. Masud sabe cuándo cargar su técnica y su sed a un lado u otro del fiel, en una balanza que al final ofrece la misma lectura: la literatura, a veces, sucede.

Ocurre a veces que el segundo libro de cuentos de un escritor revela a un novelista que pierde el tiempo. Podrán caer en este juicio quienes manejen una distancia corta para hablar de relato breve y decir que Jon Bilbao ―que también trabaja la novela― se demora demasiado porque la cabra tira al monte. Y se equivocarán. La noticia más feliz que Bajo el influjo del cometa trae al relato en castellano es que Jon Bilbao se confirma como uno de sus cuentistas más serios y sólidos. De nuevo, al igual que en Como una historia de terror, cada uno de los relatos cuaja en un orden de conjunto y ofrece una coherencia interna que ya la quisieran para sí todos los torpes imitadores de la gran saga de cuentistas norteamericanos. Un escritor es sobre todo mirada, y Bilbao se fija en los síntomas de nuestras patologías más sutiles, mira a cada sujeto bajo un prisma compasivo y con la distancia justa, paciente y atento al siguiente gesto, conteniendo la tensión narrativa hasta el desmoronamiento de un mundo tras otro. Bajo el influjo del cometa es un modo de recordar lo expuestos que estamos al extrañamiento de nosotros mismos y lo poco que hace falta, a veces, para caer en él.

Aroma de alcanfor • Naiyer Masud • Atalanta

Bajo el influjo del cometa • Jon Bilbao • Salto de Página

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This month, we're looking at a few aspects of our lives that have been changed by our sloppy WiFi hookups. We wonder whether a new Internet...

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