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EL DÍA, Tenerife, domingo, 30 de diciembre de 1984

EN PUNTA

Temas isleños

eterno: la rivalidad con Las Palmas, que viene a completar el terceto, porque tal cuestión, tan viva siempre, nunca jamás resuelta, ha sido asimismo otra constante, incluso literaria, desde Cairasco y Viana. El admirado Marcos Guimerá, en su agitación política: la interpre- libro ya clásico, El Pleito Insutación emocionada que el isle- lar, 1976, destaca la amarga ño, desde los días prerrománti- afirmación de Don Antonio cos de Viera, ha hecho del hom- Maura (1853-1927): «la palabre indígena (sujeto más espe- bra unanimidad no se pronuncífico de arqueología que de cia nunca en Canarias» (p.264). historia) supone una constante Con estos presupuestos en el sentimental y literaria en nues- mundo insular se mueve la vitras minorías creadoras e in- da pública de los tiempos juvecluso en el pueblo llano. Tengo niles de Leoncio Rodríguez. De estudiado el tema en alguna la citada Asamblea de mayo parte: de Viera pasa a los pri- nace en Tenerife la Unión Pameros románticos, como Graci- triótica (no la del dictador Priliano Afonso, Ossuna y Savi- mo de Rivera, que fue posteñon, Plácido Sansón o Matías rior, como es sabido), de gran La Roche, por citar a los más fervor general en la Isla. El año representativos; se agudiza el 1909 fue el de la Semana trágitratamiento en los nacidos en ca de Barcelona; el fusilamienla década de los treinta del to de Ferrer y la erupción del XIX, como Ignacio de Negrín, Chinyero, de la que hace un reVictoria Ventoso o Nicolás Es- portaje, a sus veintiocho años, tévanez, para más tarde suavi- Leoncio Rodríguez. zarse, diluirse en la generación En 1910 llega Unamuno a de la época realista, jóvenes Las Palmas y no se muestra por los años ochenta, como Jo- partidario de la división. En ocsé Tabares Bartlett, Antonio tubre funda Leoncio La Prensa, Zerolo o Manrique, quien entra a la que me referiré más adeya en el Modernismo literario. lante. En el año siguiente llega4 A tal punto se diluye el tema Don Juan Sol y Ortega (1849que el tardío parnasiano, Ma- 1913) y nos da la razón; es el nuel Verdugo, se pregunta, per- año en que las señoras santaplejo: «¿Qué raza he de can- cruceras, con sus anchos somtar?». de alas y un jardín de Semejante actitud viva, dor- breros flores y pájaros en las copas mida, diluida pero siempre la- (las he visto en foto memorable) tente en «el alma isleña», como se echan a la mismísima calle, diría Leoncio, se apareja con el presididas por Doña Robertiria resentimiento insular por la Dehesa, la mujer del alcalde, mala política del poder central Don Juan Marti: estaban tampara con las Islas, pero 110 se bién las damas en contra de la olvida que sus mismos hijos, división. bien atados al caciquismo doLlega 1912 y con él la Ley de minante, bien sujetos por la Cabildos y el asesinato de Don abulia propia, o a veces por in- José Canalejas (1854-1912), capacidad manifiesta, desilu- gran estadista y presidente del sionan los deseos utópicos de Concejo, El Cabildo funcionará tantos, por supuesto, pero sin desde 1913 con su primer precuyos resortes esperanzados no sidente Don Eduardo Domínpuede proyectarse un futuro, guez. Se crea la Sección Unitan decisivo en la esencia de la versitaria de Canarias en La vida humana. Laguna. Son los tiempos del En 1907 el clarín juvenil or- «¡Maura, no!», de la guerra de ganiza un homenaje a Tingua- África. En 1914 estalla la priro; es la época de la bandera mera gran guerra europea. La azul y blanca del Ateneo de La agitación de aquellos años ha Laguna. En 1908, de la asam- terminado en Tenerife, blea de mayo se alza el otro María Rosa Alonso gran tema y éste guerrero y

Leoncio Rodríguez en el Niñez a flor de aire del 98 alma S

ESDE Málaga, Francisco Pérez Triano —buen andaluz criado a la sombra de nuestras farola y marquesina— siempre bien recuerda a Santa Cruz de Tenerife, a la ciudad de su niñez y pequenez. Para Pérez Triano, Santa Cruz sigue siendo la ciudad entrañable en la que el aire estaba lleno de sonrisas, la ciudad que tenía música en los laureles de Indias de la Rambla, la Alameda del Muelle y, en especial, en las plazas del Príncipe y Weyler. Santa Cruz tenía entonces goletas y balandras blancas de velas abiertas y, también, vapores empenachados —de palos y chimeneas en candela— que eran el regalo diario que el tráfico marítimo hacía a Santa Cruz, la ciudad que desde Málaga añora Pérez Triano, a la ciudad a la que de todas partes afluía paz de vida. Eran los años en que la ciudad conservaba zonas con surcos de tierra luciente y, morada de buganvillas, la ladera del Quisisina tenía rumores del agua de riego. La vida era entonces plácida y, cada cierto tiempo, desaparecía una generación para dormir bajo los verdes y viejos cipreses. Las casas se llenaban de hijos y de nietos que no rompían con los que se habían ido para siempre. Así, aquellas viejas edificaciones de las plazas de la Iglesia y la Constitución, de las calles del Castillo, la Noria, la Marina, San José y San Francisco, eran la continuidad verdaderamente enternecedora a través del tiempo: eran el triunfo sobre la muerte. Aquellas viejas casas tenían toda su historia y, también, su pequeña anécdota. Sin moverse, habían viajado con el paso de ..los años. Aquella que hasta hace relativamente poco tiempo se alzó en la calle del Pilar, esquina a la de la Amargura —o del General Morales, si se prefiere— fue en sus buenos tiem-

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pos casa de campo a la que, desde la calle del Castillo, se iba en coche de caballos entre el trigal todavía verde y las rojas amapolas cuyo buen recuerdo hoy oprime el asfalto. Visiones, evocaciones que nos sacan la niñez a flor de alma. Volvemos —con Francisco Pérez Triano— a la ciudad que iba hacia los montes y los surcos, hacia los amaneceres de siembras y, muy arriba, las noches de los bosques. Frente a ella, la mar, donde tomábamos el sol y olíamos la sal. En la antigua y muy querida ciudad, los gallos cantaban e inventaban un amanecer de arbolado, de un amanecer de sol hiriente —de sol naciente— en aquellos patios interiores que, con las azoteas, eran verdaderos corazones de luz. En todas las calles de Santa Cruz, el silencio de los continentes y las islas distantes y, frente, el Atlántico con su respiración y sus espumas. Aquellas eran calles que iban por todos los mares, calles con dolor de corazones rotos cuyo grito mudo nos estremecía. Hoy, cuando buscamos dentro del corazón nuestro recuerdo, con sagre de arrebol nos vuelve Santa Cruz como una tarde inmensa y, adormecida en grato olvido, el alma escucha nuestro silencio y tiene ráfagas de niñez. A la vista de la ciudad que fue —es y será— la sangre sale y se hace canto. Nos vuelve con frescos rumores del día —con evocaciones de aquellas locomotoras cargadas de escollera que desde la muralla nos hacían soñar trenes— toda la mar, cinta azul de infinito y, con ella, las calles marineras regadas por los días y los sueños, por el sol que caía a racimos. En la evocaciones de Francisco Pérez Triano, la ciudad con risa de oro y voz de cristal, la que tiene y mantiene ante ella toda la mar libre que salta como un potro sin silla. Juan A, Padrón Albornoz

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ABEMOS de sobra que el «todo tiempo pasado fue mejor» es un hondo decir poético del extraordinario Jorge Manrique; los decires poéticos, como los decires formales o de forma, no pasan de ser tales, pero la realidad es muy otra. Los tiempos juveniles de Leoncio no fueron muy buenos, aparte la encantada joya de la juventud, siempre evocada en las últimas vueltas del camino.

La niñez de Leoncio estaba alojada en el telón de fondo nacional de la Restauración y el bipartidismo de Cánovas-Sagasta. En el escenario insular, la política del caciquismo, o del diputado cunero, mangoneaba los modestos destinos insulares con las riendas del muelle en las manos del astuto catalán Don Juan Gumella, amigo o amigúete, como diría un joven actual, del inefable Don Feliciano Pérez Zamora (18191900), nuestro diputado portuense en Madrid. Las minorías literarias preparaban por 1881, a cargo de la Sociedad Económica, un certamen poético que interpretara la siempre viva o latente cuestión de la conquista de Tenerife, que habría de celebrar en 1896 su cuarto centenario. Antes de esta última fecha, en 1885, año del cólera, muere Alfonso XII, y en 1886 nace su hijo postumo, Alfonso XIII, el futuro rey. Gracias a la dignidad de la Reina madre, la regente, se pasaron sin mayores peligros internos los malos tragos: en 1897 asesinaron al jefe del gobierno Don Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897). Al año siguiente vino el desastre de Cuba y Filipinas. Los jóvenes de entonces, al menos un puñado de escritores, artistas y estudiosos se sintieron afectados por el sentido del hundimiento colonial y ese grupo (según es harto sabido) primero por Gabriel Maura y luego por Azorín en 1913, fue denominado Generación del 98. Se trata de un fenómeno típico español, que coincidió en el tiempo con el Modernismo, pero ni el Modernismo estaba frente al 98 en bloque, como defendió en su conocido libro Guillermo Díaz Plaja (1909-1984), ni el Modernismo es el lenguaje del 98, como pensaba mi profesor Pedro Salinas (1891-1951), en sus estupendas clases universitarias, dicho sea de paso, porque no es momento de ampliar semejantes extremos ahora. El «alma española», «el porvenir», «la abulia», «la voluntad», eran palabras que no faltaban en las plumas de la época. El fenómeno del llamado «desastre» atri-

buló a muchos jóvenes y se intentan dos caminos; el regeneracionismo de un Joaquín Costa (1844-1911) y por tanto europeizar a España, o el ensimismamiento de otros en la propia tierra yerma, en los pueblos perdidos y pobres, en la «intrahistoria» unamuniana, en el fervor por los primitivos como Berceo. El paisaje castellano y sus hombres terminaron en una exaltación literaria por parte de quienes, como curiosidad, ninguno era de Castilla. Vienen las rutas del Cid y de Don Quijote y toda una geografía emocional y literaria. El denuesto de la «Castilla miserable» de Antonio Machado y «el hombre malo del campo y de la aldea» terminarán por diluirse en una «tristeza que es amor». En Tenerife, semejante aire político social y literario de fracaso afectó, por supuesto, a unos cuantos jóvenes y también en Las Palmas. Ya hace años que señalé el tono generacional de unas palabras del joven Leoncio Rodríguez en el prólogo de sus diez Cuentos Canarios de 1905, dirigido al «del Valle de las Chozas», que no era otro que Don José Moure. Leoncio ironiza sobre sus primeros escritos y dice le valieron los adjetivos de distinguido, eximio, brillante, ilustre, etc. «y no sé si también la esperanza de la patria, cuando la patria las había perdido para siempre en la más desastrosa de las güeras coloniales». Después de la visita de Don Alfonso XIII a Canarias, en mayo de 1906, vienen para Tenerife unos cinco años, del 7 al 11 de este siglo, un tiempo de

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Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Temas isleños", 1984/12/30

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