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EL DÍA

las cfliwnas del 7° PÍA Temas isleños

DIARIO INDEPENDIENTE DE LA MAÑANA

Los viejos «viveros» <ym

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AmeriCan arias

El humor en las coplas amorosas y el tema de la mal casada

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ENTRO del repertorio canario de coplas

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AJO un blanco dosel de gaviotas, el velero —relucientes las planchas de cobre que forraban la quilla y fondos— nacía de nuevo a la mar unos días más tarde. A marea alta, el remolcador —«Santa Cruz», «Tenerife», «Cory», «Elsie» o «Salamanca»— era avisado por el pito estridente del varadero y, en «avante poca», desde su fondeadero se dirigía a los «muellitos». Una vez firmes las estachas, un sencillo tirón del remolcador era suficiente para dejar a flote a la goleta y, mientras era remolcada a su lugar de fondeo, otro espectáculo —también interesante y gratuito— se ofrecía a los que, desde «la muralla» de la Marina, asistían a la botadura. Se trataba ahora de varar la «cuna» que, entre resoplidos y escapes de vapor de la vieja caldera, subía lentamente por la rampa para, luego, quedar arrambada en la explanada y preparada para otra operación similar a reseñada. Los «viveros» fondeaban casi

a la sombra del cuartel del Grupo de Ingenieros y, desde luego, frente a la marquesina. Con ellos, el cañonero de apostadero —«Infanta Isabel», «Laya», «Cánovas del Castillo» —y, con los aljibes flotantes y gabarras, los remolcadores del servicio portuario. Cerca, las falúas de Camacho y las de las firmas consignatarías, ya que las de los prácticos atracaban y estaban siempre listas en la marquesina, cerca de donde, en el pétreo murallón, dos pares de pescantes radiales ponían su estampa marinera. En el fondeadero, el velero arrancha a son de mar y, en muy pocos días, quedaba listo para hacerse a la vela. Y era todo un espectáculo aquella maniobra de salida. Desde la calle de la Marina —desde «la muralla» o la marquesina- eran muchas las personas que, ligadas o no al puerto, presenciaban el voltejear de la fina goleta que, otras veces, zarpaba a remolque de su recio bote caletero. Este, a lentas paladas —a una boga muy reposada— lo ponía

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fuera de puntas y en franquía y, a la altura de Tahodio y Valleseco, las velas cogían viento y le daban impulso y vida a la goleta. En alas de la limosna de la brisa, los «viveros» tinerfeños navegaban hacia la costa sahariana y, una vez allí, la pesca -el arte duro y difícil de la pesca— era su trabajo durante toda una larga zafra. Luego, ya con las capturas listas, arrumbada de nuevo a Santa Cruz. Aquí, lo primero que se llevaba a cabo era la descarga del «salpreso» —aquel pescado seco y salado que tanta aceptación tenía y que, incluso, se exportaba a los países africanos del Golfo de Guinea— y, poco a poco, según las necesidades del mercado, se iba desembarcando el que venía vivo en los tanques centrales. Aquella pesca artesanal —escuela que fue de magníficos marinos— desapareció cuando los arrastreros a vapor bajaron a Canarias, barcos que también trajeron la conservación de las capturas en hielo.

Eran los años de la Segunda Guerra Mundial y, cuando los bancos del Gran Sol y Pequeño Sol quedaron vedados por la lucha en la mar, el canario-sahariano —en paz relativa— se ofreció a todos los pesqueros de la geografía española. Sin embargo, los «viveros», aquellas finas goletas y balandras, siguieron en la mar. Quedan sus hombres —sus buenos nombres— en la pequeña y, por paradoja, gran historia del Atlántico isleño. Allí estaba la «Francisca Ortega», alias «El Mocho» por su aguda proa de escuna americana; la «San José», la «Joven San Blas», «La Niña», la... ¿para qué seguir? Todos son nombres y recuerdos, evocaciones de tiempos que fueron y, desde luego, una parte de la historia de la economía isleña. Recordamos a los «viveros» en su plácido navegar — sólo brisa y luz en sus velas- y, así con la misma placidez y tranquilidad se fueron para siempre de la mar de Canarias.

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Juan A. Padrón Albornoz

LOS VIEJOS VIVEROS  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Temas isleños", 1983/07/10

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