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Mojo de cilantro

Tirón de orejas al Diccionario

El «Great Western», que en 1838 fue el primer vapor en línea regular a Nueva York, desde 1853 a 1856 mantuvo el servicio a Santa Cruz de Tenerife y Río de Janeiro

Santa Cruz de ayer y de hoy

Las escalas tinerfeñas del histórico «Great Western» A evolución es un espejo que refleja imágenes, episodios, paisajes lejanos. Es la verdadera resurrección de todo lo muerto y de todos los muertos que llevamos en el corazón, en el lado profundo de los recuerdos. Gracias a tal milagro no hay anciano que lo sea de modo adsoluto, porque añorando se rejuvenece, ni soledad que por dilatada no se acompañe con la fuente inagotable de las evocaciones. Santa Cruz tiene años, pero no desengaños. Los primeros han sabido defenderse de los segundos pues, educando la voluntad, ha comprendido lo que quiere, ha sabido no querer más de lo que humanamente es dable adquirir. Ciudad ligada a su puerto, siempre ha querido ser —ser no es sino querer ser— y, así, hoy tiene unas evocaciones, una pequeña y gran historia de barcos que, hitos en la historia de la navegación, también lo son en la de la ciudad y su puerto. El 7 de enero de 1937, un negro penacho de humo rompió —allá por Anaga— el horizonte marinero de la ciudad. Por vez primera en Santa Cruz —en Canarias— la estampa de un vapor, que no la de una fragata que, blanca de velas abiertas, navegaba con la limosna de la brisa. Se trataba del vapor de ruedas «Átale ata» —de bandera británica— que, procedente de Falmouth, se dirigía a la India. Fondeó en la dársena para embarcar 100 toneladas de carbón, refrescar la aguada y reparar una avería en la obra muerta; días más tarde, el «Atalanta» se hizo a la mar y, envuelto en humo y velas, poco a poco se fue perdiendo de vista arrumbando al Sur. La escena se repitió el 24 de marzo cuando, también tras Punta Anaga, apareció otro vapor similar al «Atalanta».

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Se trataba del «Berenice» que, como el anterior, fondeó para hacer consumo y la aguada an-

tes de proseguir sus singladuras hacia Bombay bajo la contraseña de la East India Company, la naviera popularmente conocida por John Company. Estos dos vapores mucho significaron en el desarrollo de la navegación a vapor —se habían construido por encargo de la South England Steam Navigatión Co.—- pero, un año antes de que por aquí recalasen, había nacido a la mar otro que, posteriormente, alcanzaría verdadera fama y renombre. Este, el «Great Western», también tiene su buen nombre en los anales del puerto de Santa Cruz de Tenerife. Entre otras personas que confiaban en el triunfo del vapor se encontraba Isambard Kindgdom Brunel, célebre ingeniero que, en una reunión de la junta directiva de la Greart Western Railway Co. para tratar el tema de la línea ferroviaria entre Londres y Bristol, sorprendió a los accionistas con la siguiente pregunta: ¿Y por qué no prolongar la vía férrea con un vapor que vaya desde Bristol a Nueva York? La sugerencia del impulsivo Brunel fue recibida primero como una broma pero, más tarde, los directores de la empresa se dieron cuenta de que se trataba de una propuesta seria y plena de posibilidades. Discutieron el tema con Brunel, el cual supo contagiarles su entusiasmo y, poco tiempo desEués, en Bristol se constituyó i Great Western Steamship Company que, bajo la dirección de Brunel, se encargaría de la gerencia del «Great Western», también diseñado y construido bajo la supervisión de dicho ingeniero. La quilla del «Great Western» se arboló —en julio de 1836— en los astilleros William Patterson en Wapping, Bristol, donde fue botado el 19 de julio del año siguiente. Remolcado a Londres, la firma Maudslay, Sons and Field montó con rapidez el equipo propulsor y, tras las pruebas as de velocii velocidad y

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consumo realizadas en aguas del Támesis, arranchó a son de mar para que, de vuelta a Bristol, pudiese zarpar —rumbo a Nueva York— antes que de Londres lo hiciese el «Sirius», otro vapor fletado por una naviera rival para adelantarse al de la Great Western Steamship Co. El «Great Western» era un vapor de ruedas, de 1.350 toneladas, 64 metros de eslora por 10,36 de manga que, con máquinas de balancín lateral, a régimen normal daba media de 9 nudos con 450 H.P.; en bodegas tenía capacidad para el transporte de 200 toneladas de carga/Por lo que respecta a la acomodación para pasajeros, disponía de alojamientos para 128 en primera y 20 en segunda —estos últimos a proa— y los primeros podían utilizar un salón social de 22 metros de largo por 6 y medio de ancho. Cuatro palos, con masteleros calados a oayoneta, se alzaban sobre el casco del ««Great Western» que, con los tambores de las ruedas de paletas, parecía —como todos los «paddle steamers» de aquella época— una dama con guardainfante. La chimenea, de mucha guinda y en candela —pintada de negro y flanqueada por gruesos «mambrús»— se alzaba junto al mayor proel. Como todos aquellos primitivos «steamers» —verdaderos híbridos de vapor y vela— lucía un magnífico mascarón de proa, un Neptuno dorado que, a cada lado, llevaba un delfín. El 31 de mayo de 1938, el «Great Western» zarpó de Londres rumbo a Bristol y, poco después, se declaró un incendio en la sala de máquinas. El capitán ordenó virar y poner proa a tierra y, en una playa fangosa, quedó varado posteriormente. Allí continuaron los trabajos de extinción y, en aquellos momentos de angustia, el capitán Claxton fue alcanzado en la espalda por algo pesado que, luego, se fue por la borda y cayó al agua. Al reponerse del inesperado golpe, observó a un hombre que, sin sentido, flotaba junto al costado del barco y, con ayuda de varios marinos, pudo rescatarlo. Ya en cubierta, y ante la lógica sorpresa, vieron se trataba de Brunel que, dos días después, ya estaba totalmente recuperado. Extinguido el incendio, el «Great Western» fue reflotado y, tras inspección del casco —que no tenía daños— continuó viaje a Bristol, puerto en el que dio fondo el 2 de abril. Allí carboneó —tomó a su bordo 456 toneladas de combustible— y, tras hacer la aguada y embarcar provisiones, seis días más tarde, y con sólo 7 pasajeros a su bordo, zarpó rumbo a Nueva York. Tras 15 días y 10 horas de mar, el «Great Western» arribó a su destinó pocas horas después que el «Sirius», su rival. El vapor de Brunel había cruzado a una media de 8,7 nudos y la mejor singladura fue

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de 243 millas. En el viaje de vuelta —ya con 68 pasajeros— alcanzó 9,3 nudos de media y, al costo de quemar 392 toneladas de carbón en sus calderas, la travesía se redujo a 14 días y 17 horas de mar. Modernizado en 1842, el «Great Western» —ya de 1.750 toneladas y alterada su anterior estampa marinera— volvió a la línea de Nueva York hasta que, el 12 de diciembre de 1846, rindió viaje en Liverpool. Una vez desembarcó los pasajers y descargó, allí fue amarrado, ya que su explotación comercial resultaba antieconómica para sus armadores. Cuatro meses después, la Royal Mail lo adquirió para sustituir al «Tweed» —que había naufragado en los arrecifes de los Alacranes, en las costas de Yucatán— y, tras un repaso de casco y máquinas, el «Great Western» comenzó a navegar entre Southampton y las Antillas. Durante la guerra de Crimea fue requisado por la Royal Navy para su utilización como transporte de tropas y, posteriormente, retornó a las aguas ardientes y huracanadas del Caribe. En 1853, cuando la naviera Royal Mail adquirió nuevas unidades —«Amazon», «Orinoco». «Paraná» y «Magdalena»— el veterano vapor de Brunel fue transferido a la línea de Río de Janeiro y, el 19 de junio de dicho año, arribó por vez primera a Santa Cruz de Tenerife. Durante tres años, el «Great Western», unas veces de «arriba» y otras de «abajo», puso su estampa marinera —bien llena de buena historia— en aguas de Santa Cruz de Tenerife. A la sombra de Anaga, junto a los veleros de altura y a los de la pesca artesanal, lanzaba al aire sus cuatro palos y solitaria chimenea mietras carboneaba, refrescaba la aguada y embarcaba pasajeros. El «Great Western» — siempre consignado a la firma Bruce, Hamilton y Compañía—estaba unas horas en la dársena, cerca del corto muelle que, con el desembarcadero de «los platillos», era la puerta de la ciudad y la Isla. Una vez finalizadas las faenas, viraba el ancla y, con ella a pique, daba avante y, con las ruedas de paletas chapoteando en el Atlántico isleño, arrumbaba a Punta Anaga mientras, sobre la estela, quedaba tendido el negro penacho de humo. Durante tres años, con toda regularidad el histórico vapor fondeó en aguas de Santa Cruz pero, ya en 1856, su máquina no daba más de sí y el casco no estaba en buenas condiciones. Quedó amarrado y, en octubre de dicho año, todo su maderamen —todo el recio cuadernal de un vapor lleno de historiase desmanteló en Vauxhall y, con rapidez pasó al recuerdo, a la evocación, el «steamer» de Isambard Kingdom Brunel, hoy hoy en los anales del puerto tinerfeño.-- Juan A. Padrón Albornoz.

Hablar bien recomiendan las buenas lenguas del país. El bien decir lo explica el Diccionario, pero a ve ees se encasilla en definiciones frías, demasiado académicas. Hay que airear un poco el Diccionario, que es el pan nuestro de cada conversación. Es lo que intento en este ensayo general, con música de fondo. Julio Fernández

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VACUNA:

Vaquita que duerme en su cunita.

Gandulear con elegancia. Abundancia de vagos. Volver al bar. Dar con la vara en las narices. Vasco musculoso. VASCULOSO: VELOCÍPEDO: Muy veloz al dar el tono. VENTOLERA: Viento que se puede tolerar. VENTRÍLOCUO: El vientre de un chalado. VERATRO: Ver a otro en el teatro. VERDINO: Que no le gusta la ópera. VERTIMIENTO: Ver, y si se lo digo, le engaño. VIDENTE: Que ve entre dientes. VIENES: Preocupación en Austria, porque viene Inés. VILLETA: Hermana del billete. VINAGRETA: Vino con Garbo. VINCULO: ¡Lo que hay que ver! VINICULTOR: El vino hecho una lástima, es decir, hecho cultura. Tocar el violín en Valencia. VIOLENCIA: VISITA: Una lata. VIVIENDO: Y ando, andando. VIVÍPARO: Verlo dos veces en el paro. VIZCONDE: Conde bizco que se esconde por su mala cabeza. VOLADURA: Vuelo de larga duración. VOLATINERO: Estudiar latín durante el vuelo. VAGANCIA: VAGABUNDO: VALVAR: VARICE:

w Nada que rascar. Desde Wamba y Witiza y demás reyes godos de la infancia, aprovecharemos esta complicada consonante para oír música de Wagner.

x Letra siempre incógnita, que aprovecharemos para rellenar quinielas.

Letra griega de nacimiento, que se puede aprovechar para montar en yegua.

Aquí termina el tostón. Aprovecharemos la presencia de Tamayo para ver y oír alguna zarzuela. Si la A es la primera ' y la Z la final, vamonos de fogalera, ^ ;, . vamonos al Carnaval.; •''•'" U8 Oí)

LAS ESCALAS TINERFEÑAS DEL HISTORICO GREAT WESTERN  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Santa Cruz de ayer y hoy", 1986/02/02

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