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EL DÍA, Tenerife, domingo, 27 de enero de 1985

22 DÍA DE FIESTA / II

L

OS proyectos y obras se sucedieron en el puerto de Santa Cruz de Tenerife durante el lento transcurso de los años. Fueron los de 1893, 1898, 1902, 1911 y, ya en 1921, el reformado de la sección primera, perfiles del 1 al 13, de la terminación del Muelle Sur. Un año más tarde se presentó el correspondiente a la terminación de la primera dársena del puerto, proyecto que aprobado por Real Orden del 12 de julio de 1925, comprendía —por un presupuesto de 33.373.591,77 pesetas- las siguientes obras: Prolongación del Dique Sur en quinientos metros. Prolongación del Muelle Norte, dejando una entrada a la dársena de 300 metros. Dragado de la dársena. Ante el volumen de las obras a llevar a cabo, había urgente necesidad de nuevo material. Hacían falta nuevas y más potentes locomotoras y carriles para acelerar los trabajos y, en especial, el lanzamiento de escollera, aquellas miles y miles de toneladas de buena piedra que, sin cesar, manaban de La Jurada en busca del fondo presentido de la mar. La escollera era esencial y, como dato significativo, en un año se lanzaron 60.992.454 toneladas de piedra de La Jurada, trabajo que —si bien realizado en su mayor parte por gabarras— estuvo a cargo de las locomotoras que la condujeron desde la cantera a los muelles de embarque, aquellos «muellitos» que en la costa mordían la mar tinerfeña y que, aún, ponen sus estampas de tiempos idos en el amplio recinto portuario que, desde casi San Andrés, se extiende hasta el fondeadero de La Hondura. En aquella época, los «muéHitos» estaban fuera del dispositivo portuario —tal y como hoy comprendemos y conocemos a éste- y en ellos batía la mar con fuerza, pues aún el brazo protector del Muelle Sur no les daba el suficiente abrigo, el cual llegó cuando ya no rodaban los carriles ni se escuchaba el trueno de la escollera que caía a las hondas calas de las gabarras. La Sociedad Española de Construcción se hizo cargo de los trabajos antes mencionados y, para imprimir la necesaria rapidez a las obras proyectadas, adquirió las locomotoras del tipo «F». Estas llegaron a Santa Cruz en los «paquetes alemanes» de la Woermann —«Wameru», «Ussambara», «Ussukuma», «Wangani», etc.— que, con regularidad, recalaban por nuestro puerto en sus viajes a y desde los puertos de África Occidental. En aquellos vapores —en los palos largas crucetas y al pie del trinquete un par de falúas para el remolque de las gabarras en los fondeaderos africanos— llegaron a Santa Cruz las «F». Tales locomotoras se incorporaron seguidamente a su tarea. Resultaron muy eficientes y, desde La Jurada al Muelle Sur, pronto se hizo popular el suave traqueteo y rítmico res-

LA BUENA LABOR DE LAS «F»

La «F-6», como sus hermanas ya desaparecidas, es de construcción alemana. Comenzó sus trabajos en 1927 —concretamente en julio— y, durante años, prestó su buena colaboración al progreso del puerto de Santa Cruz. Hasta agosto de 1941 participó en las obras de terminación de la primera dársena y f desde julio de 1944 a abril de 1950, en los rellenos que hicieron desaparecer las playas santacruceras, aquellas que, como inesperado regalo, nos dieron la espléndida realidad de la Avenida de Anaga.

La imagen bien refleja el momento en que, el 19 de enere de 1968, ía «F-6» era trasladada a la explanada de La Jurada

Santa Cruz de ayer y de hoy

Las antiguas locomotoras del puerto (Y 2) plrar de aquellas entonces flamantes unidades. Pintadas de verde oscuro, con los topes en rojo, marchaban por la carretera serpenteante acompañadas por el sonar de la campana —también el del silbato de vapor— mientras, en el aire dormido de la costa, palpitaban las gaviotas que parecían poner un velo blanco sobre el desflecado y airoso penacho que lanzaban sus chimeneas. En Ventoso, las locomotoras tenían su taller y, por entonces, aquella zona tomó aspecto —al menos así nos parecía a los niños de entonces— de amplia y verdadera estación de ferrocarril con sus cambios de agujas e instalaciones apropiadas y complementarias. La cordillera de Anaga enviaba a la mar los ecos del me-

tálico caminar de las «F» pero, con la brisa, llegaba a tierra el rugido de la «Karang», la draga holandesa llegada desde la China lejana para llevar a cabo el dragado de nuestro puerto. La «Karang» no pudo finalizar las operaciones que se habían propuesto los técnicos. Era del tipo de rosario y, dada la naturaleza de los fondos, los cangilones se averiaban con demasiada frecuencia. Cuando la draga «Karang» había extraído 230.994 metros cúbicos de los 682.047 que se habían estipulado, fue retirada de servicio y su puesto ocupado por la «Adrianus» —también de bandera y propiedad holandesa— que, de üchara, continuó los trabajos emprendidos. DRAGAS Y LOCOMOTORAS

Con las «Karang» y «Adria-

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ñus», la buena labor de las locomotoras del tipo «F». Dragas en la mar y locomotoras en la tierra; el concierto placentero del trabajo —constante y buen trabajo— resonaba de continuo en el puerto siempre atareado. Las «F» sirvieron bien y, cuando la Sociedad Metropolitana de Construcción terminó las obras, las locomotoras pasaron a propiedad de la entonces Junta de Obras del Puerto. Una vez reparadas, continuaron sus tareas y en su haber se anotaron los rellenos que significaron la desaparición de las playas de Ruiz, La Peñita, San Antonio y Los Melones, playas que la ciudad cedió con plena satisfacción y agrado para la expansión —verdaderamente necesaria— de su puerto, el de la Isla toda. También las locomotoras «F» tuvieron a su cargo el relleno de la primera alineación del Muelle de Ribera y los últimos metros del Sur, obra esta llevada a cabo por la empresa Contratas Canarias. ¿Quién no las recuerda en sus últimos años de trabajo? Bajo el sol que aturde y ciega,

bajo la lluvia —el agua bendita de la siembra— ellas marcharon siempre como en sus buenos años de juventud. Bajo la lanza ardiente del sol del verano, bajo la luz tamizada por la lluvia, venían —una y otra vez— a poner su manto de piedras y escombros sobre las playas que morían y, poco a poco, la risa aszul de la mar se retiraba más y más de la costa. Allí, en las viejas playas anidaba un canto adolescente —el canto que vive ahora el espléndido Muelle de Ribera, obra del inolvidable don Miguel Pintor— y, a los cuatro vientos, las «F» hicieron su tarea junto a la mar impasible, a la que bien guarda en su seno todas las estrellas.-

Al mismo tiempo que se realizaban estos rellenos, la «F-6» trabajaba en el Muelle de Ribera y, desde noviembre de 1950, en los 300 últimos metros del Sur. Volvió entonces a La Jurada y, de allí al «muellito» de Bufadero, pasó sus últimos años de servicio. No parecían pesar en ella los años y, en tarea constante y dura, puso su buen y bien hacer en el transporte de la escollera necesaria para el muelle que crecía. En diciembre de 1965, con las «F-4», «F-5» y «F-7», la ya cansada «F-6» apagó el horno de su caldera y, cuando apenas se había disipado el airoso penacho, cayó en sueño de años. Y de este sueño despertó cuando, el viernes 19 de enero de 1968, el elevador de Dragados y Construcciones la llevó hasta la explanada que se abre frente a la antigua cantera de La Jurada. Don Miguel Pintor» verdadero enamorado del puerto de su ciudad, la quiso rescatar para que, algún día —hy— luciese en la zona portuaria. Durante años lució el rojo de la capa de minio y, ya en los almacenes de la Junta del Puerto, fue reparada para poner su estampa verdosa frente al nías vivo verde de los jardines que dan entrada a Santa Cruz. La «F-6» es producto de la Henschel und Sohn, con el número de fabricación 20.811. Se trata «le una locomotora-tender de des ejes acoplados, con potencia de 160 Hp. y fuerza de tracción de 3.720 kilos; el diámetro de sus ruedas es de 866 milímetros, con 1.800 de distancia entre ejes, presión de trece atmósferas y 2,6 metros cúbicos de capacidad del depósito de agua. En vacío, el peso de la «F-6» era de 16.400 kilos -21.500 en servicio— con 7.200 milímetros de longitud, 2.300 de anchura y 3.300 de altura, con velocidad de 30 kilómetros por hora. Esta, la «F-6», fue la última locomocotra del puerto de Santa Cruz de. Tenerife, una de las que, en el transcurso de los años, pusieron su labor constante —labor silenciosa y humilde— que bien ahora reflejan los muelles que entonces sembró.— Juan A. Padrón Albornoz

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LAS ANTIGUAS LOCOMOTORAS DEL PUERTO  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Santa Cruz de ayer y hoy", 1985/01/27

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