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EL DÍA, Tenerife, domingo, 24 de febrero de 1985

Temas isleños

EN PUNTA

Guerra,,, pero de relojes

La hélice del «Cantabria»

O eran malos tiempos para Tenerife. El fuerte estirón que había dado Santa Cruz desde que por 1734 el comandante general, marqués de Valhermoso, decidió trasladarse al castillo de San Cristóbal en la antigua El Instituto de Estudios Mar- nevada del Teide se dibujaba Añazo (y lo hizo por comoditítimos «Juan de la Cosa» ha por popa sobre el horizonte co- dad, para evitarse viajes, y por editado un trabajo del reciente- mo un pastel gigante reflejando interés a causa de la importancia del puerto, en el comercio mente fallecido y siempre bien los primeros rayos del sol». Fue entonces cuando comen- con «las Indias»), había ocasiorecordado Rafael González Echegaray, buen amigo de la zaron los problemas en la sala nado un rápido desarrollo del provincia de Santa Cruz de Te- de máquinas del «Cantabria» «lugar». Todos estaban confornerife, pues de ella fue gober- que, con una vía de agua en el mes en que la balanza caía del nador civil durante unos años. pantoque, viró en redondo y lado de acá, de junto ai mar. «La pérdida del primer Can- puso proa a San SeasSebastián Santa Cruz arriba, La Laguna tabria» es el título del docu- de la Gomera y, cuando ya no abajo. Un procer lagunero esmentado trabajo de González podía nías «rnetió a babor y se cribiría: «La ciudad está sienEchegaray, obra que, con «Es- clavó de proa blandamente en do muy combatida» (Lo miscala en Vigo» y «De Santiago a el arenal de la playa de cascajo mo ocurre hoy.) Había otra cirSantander», fueron las últimas frente al barranco de Los Fraide su pluma magistral. En «La les, con la roda mirando a la to- cunstancia propicia, el Teide, pérdida del Cantabria», evoca- rre de Hernán Peraza bajo las y no es que se le comparara ción del antiguo puerto de San- sombras gigantes del Tagani- con las demás maravillas del mundo, pero sí atraía la atenta Cruz y, con ellas, las de las che y el Garajonay». Allí se perdió el «Cantabria» ción de los sabios y aún de los costas de La Gomera colombiy, hace años —cuando una pala curiosos. No, no eran malos los na. Fue el «Cantabria» uno de los mecánica sacó al aire de la mar tiempos. Por lo menos no haprimeros vapores de don Anto- alta y libre los restos de la héli- bía noticias de guerra, lo cual nio López —luego y ahora Com- ce del «Cantabria», en estas era mucho para un puerto de pañía Trasatlántica Española— mismas páginas escribí que mar que había sufrido y ganaque, en servicio regular entre «ella espera en su sueño terres- do en dos ataques piratas. Por la Península y las Antillas, des- tre —en su desesperada espe- eso los buques de las naciones de Cádiz bajaban a Santa Cruz ranza-- un recuerdo piadoso tradicionalmente enemigas de de Tenerife para, tras hacer para lo que fue, para lo que sig- España, los de Francia e Inglaconsumo y refrescar la aguada, nificó cuando rompía la mar terra, llegaban aquel año en seguir a La Habana y escalas. profunda. La hélice del «Canta- plan pacífico. Con el «Cantabria», otros vapo- bria» cantó eri el océano y enen la mañana res —«Canarias», «Isla de Cuba», mudeció en la costa y, mientras delPrecisamente uno de agosto de 1776, fon«Santo Domingo», «España», en el silencio crece la brisa, el etc.— dieron al aire la hoy cen- metal triste —el del silencio so- deaba en la amplia ensenada tenaria contraseña que, a tope, brehumano de la marcha- es- santacrucera un navio inglés. lucía sobre los cascos finos y pera una mano piadosa que se- Bajo la bandera que ondeaba pa apreciar, que sepa recupe- en la popa estaba su nombre, cuchillos con aparejo de bricrar, la reliquia del barco correo Resolution. Lo mandaba el cabarca. Casi al mismo tiempo que re- que fue y cuyo nombre encabe- pitán James Cook. «Envié a cibí esta obra —poco antes del za un capítulo, importante, de tierra —dice el capitán en la fallecimiento de González la historia de la Marina Mer- relación de su viaje— un ofiEchegaray— desde San Sebas- cante española. Brindamos la cial para que presentara mis tián de la Gomera Pedro G. idea al Cabildo Insular de La respetos al gobernador, y peAcosta me envió unas fotogra- Gomera, la Isla Colombina dirle permiso para que nos fías de la hélice del viejo vapor- —matriz de América, según dejara tomar agua y adquirir correo que se encuentra en la Agustín de Foxá- para que dé varios artículos que necesitáplaya de la capital gomera con cabida en su Torre del Conde a bamos..,»» Más tarde irá perpolvo de sal sobre su histórico esta reliquia, única del primer sonalmente a saludarle. El covapor correo español que cruzó mandante general, o gobernaesqueleto. Y es que, olvidada, allí, repo- la mar bajo el azul con globo dor según Cook, era Eugenio sa toda una reliquia de la Mari- blanco de la naviera de don An- Fernández de Alvarado, marna Mercante española. El 1 de tonio López y López. Allí murió qués de Tabalosos. Había pomarzo de 1862, el «Cantabria» para la mar. Allí, al sol y a la cos barcos en la rada, Cook los dio fondo en Santa Cruz y, «el brisa, reposa la vieja hélice del día 3, el «Cantabria», a la tarde, «Cantabria» —lo que de ella res- contó: «La Boussole», fragata tocó el silbo tres veces, comen- ta— a la espera de ser rescata- francesa comandada por el caballero de Borda; dos berzó a virar la cadena del ancla da, conservada adecuadamengantines de la misma nación, entre resoplidos de vapor y, te». Allá reposa la hélice del his- un bergantín de Londres, en después de dejar práctico, puso rumbo al sur para contornear tórico «Belgique» —de la Trasa- ruta al Senegal, y catorce vela isla de Tenerife y buscar la tlántica Belga— vapor que, tras las de barcos españoles.» ruta de las Antillas dejando por otros cambios de contraseña, El caballero de Borda era un estribor La Gomera y El Hierro; fue el «Cantabria» de don Anto- correcto y pacífico viajero que toda la geografía de la isla pi- nio López. La reliquia --hélice estaba sin embargo metido en cuda fue quedándose a longo de dos palas con bordes truncapor la aleta y,finalmente,Pun- dos— sigue a la espera de ser una dura aunque incruenta bata Rasca dijo adiós al correo, rescatada y bien conservada en talla... sin cañonazos. En la que que enmendó su rumbo hacia la Torre del Conde. Pero, ¿has- se ha llamado «la guerra de los Punta Restinga. El día 4 ama- ta cuándo?-- Juan A, Padrón relojes.» necía por la proa y la cumbre Albornoz.

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El capitán William Bligh, que motivó el suceso que se conoce como «rebelión a bordo», estuvo dos veces en Santa Cruz; en 1776 con Cook y en 1787 con la «Bounty» París convocaba concursos y prometía grandes recompensas al que lo inventara. En 1765 Le Roy presentó dos que fueron premiados, pero otro relojero célebre, Berthoud, protestó porque él, que también los hacía muy buenos, no lo había hecho por ser empleado en el palacio real. Sin embargo, los relojes de Le Roy fueron aceptados como muy buenos en tierra, pero era preciso determinar cómo se comportaban en las pruebas en el rnar... (Entre párrafos diré que José de Viera, curioso de todo, había de visitar en 1777 a uno de estos artistas: En el diario de viaje a Francia anotó con fecha 21 de julio: «Después fuimos a casa de Julián Le Roy, artífice de relojes, quien me explicó con toda claridad los principios mecánicos de su reloj marino, de que era inventor...») (Hubo partidarios de uno y de otro. El fabricar relojes buenos, bonitos y no baratos era arte, ciencia y... negocio; hasta el señor de Voltaire los mandaba a hacer. En una carta que envió al conde de Aranda con uno de regalo le añadía: «Si alguna vez quiere engalanar el dedo de una ilustre dama española con un reloj en forma de anillo... adornado de diamantes, sabed que en mi aldea se hacen y estoy a vuestras órdenes...»)

consabidos relojes, y desde ella atisbaba la torre de San Francisco, la única aquel año sobresaliente en el chato paisaje urbano, puesto que la de la Concepción estaba en obras. Así determinaban la posición del sol al mediodía y lo comparaban con sus relojes, haciendo los cálculos correspondientes. Guerra de relojes sin disparos, pero ¿cuánto vale la honra? y ¿cuánto más el que el gobierno francés comprara los de una o de la otra marca? Una guerra económica. El caballero de Borda ofreció sus observaciones al capitán Cook, que le contestó que iba a estar poco tiempo en Santa Cruz y no le sería posible uti-

lizarlas. Borda siguió trabajando en el muelle, que era pequeño, incómodo y peligroso; había que cuidar de que las lanchas no se destrozaran contra el malecón saliente. Había dos cañoncitos en la punta y a la entrada una puertecilla que se cerraba por las noches y una garita para el centinela. Por los rincones se ponían ios pescadores y demás a hacer sus necesidades menores y olía mal.Esto no lo dijo Cook sirio que lo aseguró en su libro «Ensayos sobre las Islas Canarias y el archipiélago de la Atlántida», el botánico y militar Bory de Saint-Vincent, que estuvo en Tenerife en 1800 en una expedición donde los franceses con los navios «El Geógrafo» y «El Naturalista», en ios que iban sabios destacados, continuaron sus viajes de investigación. No sé, no he intentado saberlo, quién de los dos artífices de relojería venció en «la guerra de los relojes». Cook, que en la relación de su viaje, dejó unas veinte páginas con notas sobre Tenerife, se marchó dos días después de su llegada. Hay que destacar el buen número de excelentes navegantes, sabios naturalistas, físicos, etc., que pasaron en los últimos cincuenta años del siglo XVIII por Santa Cruz de Tenerife, muchos de ellos poco conocidos aquí. Por ejemplo: Con el capitán Cook venía otro marino —llegó a almirante— que más tarde se haría famoso, tanto por sus descubrimientos corno por el mal genio y despótico trato con sus subordinados. Era el capitán William Bligh, que motivó el suceso que se conoce como «rebelión a bordo». Bligh estuvo dos veces en Santa Cruz, en 1776 con Cook y en 1787 con la famosa «La Bounty» donde ocurrieron aquellos episodios cuando navegaba por los mares de Nueva Zelanda. Borda estuvo más tiempo aquí, hizo sus anotaciones y con ellas se volvió a Francia para que los sabios de la Academia dictaminasen $ Enrique Romeu Palazuelos

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Y para dictaminar cuál de aquellos funcionaba mejor era por lo que estaba en Santa Cruz de Tenerife el caballero de Borda, que había instalado en la punía del muelle recién construido una tienda de campaña con los aríilugios necesarios: catalejos, barómetros y los

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