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La «Danmark», lista para largar el aparejo, destaca sóbrela ciudad marinera Una vez más se ha repetido la estampa portuaria que, por vez primera, vivió Santa Cruz de Tenerife el 1 de noviembre de 1933. Entonces, blanca de velas abiertas, la fragata «Danmark» dobló Punta de Anaga —la esquina rocosa de la Isla— y puso proa a la bocana del puerto. Luego, ya con el aparejo aferrado y con práctico a su bordo, en el «avante poca» de las entradas siguió hasta que, con estrépito, sus anclas cayeron y las cadenas escaparon por los escobenes. Durante días, la «Danmark», -esa «Danmark» ya tinerfeña por años y profundo afectosesteó junto a otro velero, la también fragata «Deutschland», de bandera alemana, que, como ella, había recalado en crucero de instrucción con alumnos de las Escuelas de Náutica de su país. Una estam-

Santa Cruz de ayer y de hoy r

La fragata «Danmark», un símbolo de amistad pa del pasado está hoy en el puerto de Santa Cruz de. Tenerife. El crujir de los obenques, el flamear ai viento de los foques y el canto mudo de las gavias, juanetes y estays casi ha desaparecido de la mar toda, pero por unos días la blanca fragata danesa dará a Santa Cruz de Tenerife el regalo de la poca poesía que queda en las huertas azules a infinitas de los océanos. Blanca de velas abiertas, la «Danmark», ha venido rom

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piendo la mar y, por las costas de Tacoronte, recaló sobre la Isla que tanto cariño le tiene. Luego aproó al horizonte para, dos días más tarde, sus anclas mordiesen el fondo de la bahía tan ligada a su historia marinera. Desde entonces, la ciudad marinera —la que nació y creció al filo de la ola— ha sabido, y siempre sabrá, recibirla con el cálido aliento de su bienvenida cordial. Aquí, en la isla del Teide, junto a viejas piedras quemadas por siglos de sol —aquí, donde en la noche del presente brillan los luceros del pasado- sentiremos renacer admiraciones marineras que, hace décadas, nacieron a la vista del velero que hoy se encuentra en las aguas del Atlántico santacrucero. Durante unos días —siempre pocos para nosotros— la fragata «Danmark» sesteará bajo el sol de Tenerife mientras la brisa pone un canto de oro y risa en la airosa arboladura y, luego, lo hará sobre el agua fresca de la noche helada de estrellas. A la Isla con el aire lleno de sonrisas —a la Isla con música en los árboles de los bosques que, antaño, dieron buenas quilas para sus buenos velerosha llegado de nuevo la estampa marinera, esbelta y acompasada con el eterno ritmo de la mar. Y, con ella, el capitán Otto Bentsen, aquel joven que en 1935 vino a bordo como alumno y, luego, transmitió su saber en el arte difícil de la vela a muchas promociones de nuevos navegantes. En el puerto de Santa Cruz, uno de los pocos veleros que cruzan los senderos sin límites con la limosna de la brisa en las grandes lonas blancas —lonas repletas de brisa y luz— y que, sin duda alguna, a todos hacen comprender cuan solemne es la aternidad del canto en movimiento de las olas.

Hoy, como siempre, a la vista de la fragata «Danmark» habrá un recuerdo intenso del poeta de Moya, del cantor del mar que, caballo desbocado de cabellera blanca, estalla en la costa. Hoy, como cuando el «Juan Sebastián de Elcano» pone en- estas aguas su estampa gallarda, la visión se me envolverá en bruma de primera juventud y, como acordes de Jtrjanas armonías, volverán los ensueños de aquella bendita edad en que eran una ia historia y la leyenda, en que rizaban las aguas del espíritu brisas del oriente de los misterios. Hoy bien comprendemos que poético —verdaderamente poético— no es sino aquello que atesora pasado, lo que ha vivido y viviendo venció al dolor, lo que ha sufrido y sufriendo venció a la vida. La fragata «Danmark» —«nuestra» tinerfeña fragata «Danmark»— ha atesorado pasado, ha vivido horas tristes —aquellas de la Segunda Guerra Mundial— y ahí está, impasible, su estampa gallarda y esbelta que, como siempre, vence a las olas con su engallado bauprés y dorado mascarón de proa. De nuevo se adorna el puerto de Santa Cruz de Tenerife con la blanca y silenciosa poesía de la vela, de esas pirámides de blancas lonas que, en palos y masteleros de mucha guinda y esbeltos baupreses, van desapareciendo, llevándose tras sí —como bien dicen los ingleses— la etapa histórica de los hombres de hierro tripulando barcos de madera. Durante unos días —concretamente hasta el próximo miércoles— el puerto de Santa Cruz tendrá una representación, fiel, de aquellos años que, idos para siempre, por paradoja son para nosotros una realidad palpable pues ellos —«Juan Sebastián de Elcano», «Gloria», «Dar Pomor-

za», etc.— nos visitan con frecuencia. Pío Baraja, Pablo Neruda, Francisco Izquierdo, Tomás Morales Jordán y otros muchos cantaron las glorias de los grandes veleros y, también, las de las pequeñas goletas del cabotaje. Pero fue Zunzunegui el que en ellos vio algo musical al compararlos, con toda propiedad, con una guitarra en la que el casco hace de caja de resonancia mientras el viento —con largos y finos dedos— arranca del aparejo música a la vez dulce y bronca, música del mar encrespado y el viento silbador. Por muchos se considera anacrónica la estampa de un velero con todo el trapo largo al viento y sirviendo, además, para la instrucción de marinos -todos futuros oficiales— en una época en que para la navegación es realidad la propulsión nuclear. Se justifica su airosa presencia en los mares por una razón más en consonancia con el sentido de la actualidad. Y es que el trabajo en la jarcia, con toda clase de tiempo, tiempla el espíritu de los jóvenes que han sabido responder a la llamada muda y profunda de la mar. Allí, en las vergas y cargando el aparejo, aprenden el viejo refrán de que una mano es para sí y la otra para el barco y, al propio tiempo, que todos son necesarios —no hay excepciones— para llevar la nave a puerto. Casi medio siglo de historia -buena historia— sobre las cuadernas del velero danés que, una vez más, ha sido fiel a la escala tinerfeña. En sus visitas de los años 30 compartió las aguas santacruceras con las goletas y balandras que, con base en este puerto, faenaban al salpreso y al vivero frente al gran silencio africano, bajo la fiesta de las estrellas.

Han pasado los años y las décadas y la «Danmark», siempre la misma, vuelve al puerto donde, muchos, tocamos la mar con toda el alma y fabricamos sueños junto a la vieja marquesina que bien recuerda el capitán Bentsen. Allí, junto a la vieja farola, nos creció el alma y aprendimos a querer a los barcos -grandes unos, pequeños otros— que han ido acaparando capítulos de la historia del puerto de Tenerife. Allí, frente a los barcos, vivimos grandes alegrías y grandes tristezas —los incendios de los «Castillos Valldemosa», «Mercurio», «María del Pilar», la varada del «Boheme», etc.— y, con cantos de banderas y sirenas, recordamos la procesión de la Virgen del Carmen en cada 16 de julio. Recordamos cuando, ardiendo de blancura, las olas estallaban en el recio paredón del Muelle Sur que, con lentitud y firmeza, crecía y crecía. Entre la tierra fresca y la mar dura, la estampa de un velero, la fragata «Danmark», que desde noviembre de 1933 —con la excepción de los años de la guerra mundial— es fiel a su cita con Santa Cruz. Hoy, un nuevo capitán, Kaare Foshammer, ha tomado el mando de la fragata que, rompiendo la tierna corteza de la mar, ha dado fon do en aguas de la ciudad marinera que, como una clara nave, se encuentra amarrada a la costa. En el puerto —en un azul pintado de barcos— la silueta de palos de mucha guinda junto a un olor de mar desnudo. Donde el mar alzaba sus bríos —donde era haz de espumas- las pequeñas olas de la dársena, luz intacta, casi sonora, fresca y pura. En este escenario, las flechas de los palos se lanzan al aire como en utópica conquista del azul y, de cuando en cuando, suena el picar de la campana, una de esas campanas marineras —fieles, firmes y mesuradas— que mordieron el espacio y fueron sonido entre la niebla. De todas las cosas que hemos visto, a ella, a la «Danmark» danesa, queremos seguir viendo y viviendo con las mismas ilusiones de nuestros años niños ya tan lejanos.— Juan A. Padrón Albornoz. «

LA FRAGATA DANMARK UN SIMBOLO DE AMISTAD  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Santa Cruz de ayer y hoy", 1982/09/19

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