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.Tenerife, domingo, 24 de julio de 1988 —

DÍA A tarjeta postal que ilustra estas líneas está fechada el 27 de diciembre de 1902 y bien nos trae evocaciones que, desde el punto de vista urbanístico, aún son realidad. Ahí está la calle del Castillo con toda su sencillez, gracia y elegancia, que nos lleva con su muda y elocuente voz y mucho y bien nos dice de la ciudad que fue, que es y siempre será. Cada día, uno se va gastando en la vida, en un espeso vivir de fiebre. Y es ahora, cuando las estrellas brillan sobre los cerros de piedra y el agua quieta, que la antigua postal nos dice que la ciudad —nuestra vieja y muy querida Santa Cruz-— mucho y bien ha vivido, que bien quiere vivir otro tanto. En la antigua estampa de la ciudad, arriba el verdor fresco de los laureles de Indias que siempre han sido adorno de la plaza de Weyler. Arriba, dos tranquilos carros de muías y, en toda la calle, una paz y tranquilidad ya desconocida en la ciudad en que se apoya un cielo de muchos años. Así era Santa Cruz de Tenerife, ciudad con bondad activa e infatigable y, de aquellos tiempos, no vemos, no recordarnos la precisión periódica del tiempo, y sí que de aquellos edificios muchos alzan todavía su gracia sencilla, toda su elegancia. La estampa de la antigua calle del Castillo sigue en nuestros recuerdos, sigue viva en el fondo transparente del lago de las evocaciones. Calle envuelta en sombra y aroma, con todo un silencio de altura bajo un cielo azul impenetrable —-silencio sólo roto por las ruedas aceradas y los cascos herrados— tenía, y tiene, fachadas entibiadas por el sol, aromas de flores y sombras verdes amontonadas bajo los árboles. Era Santa Cruz ciudad quieta, casi adormecida en el cerco de montañas; era —es—- ciudad poblada de criaturas llanas y a la buena de Dios, criaturas contentas, amables y cordiales, en los barrios —Toscal, El Cabo, Los Llanos, Perú, Duggi, etc.— en los que todos se conocían y querían. En Santa Cruz, todas las casas tenían patios de verde intenso y extenso, patios que eran verdaderos corazones de sol mientras, en las azoteas, los gallos cantaban e inventaban amaneceres. La imagen —que resurge de la inmensa laguna del pasadonos hace abrir las entrañas de nuestras almas y volver a cuando el agua de la lluvia caía mansa, a la niñez de gozo tranquilo, de despreocupación. Esta imagen de Santa Cruz nos llega con toda la dulzura de la melancolía infinita e indefinida, nos lleva a los días cálidos y lejanos, a las dilatadas serenidades de la inocencia, a las sorpresas del cotidiano descubrir del mundo todo. Paralela a la calle del Barranquillo, la del Castillo sale de la vera de la mar para adentrarse en la ciudad. Ambas tienen polvo de sal en sus comienzos —don Víctor Zurita me dijo en cierta ocasión que el Muelle Sur era la lógica prolongación de la segunda de ellas— y, en su «El antiguo Santa Cruz», don Francisco

L

Brcnsa del domingo

llo y Robayna, fue sede del hotel de don Guillermo Oí sen, a quien recordamos acompañado por su «gran danés» dando un corto paseo por la acera que rodeaba —rodea— al edificio. Allí, muchos años más tarde, conocimos a Peder C Larsen —el mejor chicharrero nacido más allá de Punta Anaga— y reanudamos la amistad que, desde los años de Bachillerato en el viejo Instituto de la plaza de Ireneo González, teníamos con el bueno de Paco Torres, que bien compartía el cariño por el puerto y los barcos. Arriba se adivina el edificio de la Capitanía General, del que en su obra escribió el señor Martínez Viera: «El 5 de enero de 1879 se recibió la autorización para construir un edificio con el debido decoro para la Capitanía General y el nuevo Hospital Militar, y el 6 se celebró una gran manifestación que se dirigió al Palacio de Carta, en la Plaza de la Constitución, aclamando al general. El 9 de febrero siguiente, en solemne acto que presidiera el general Weyler y al que concurrieron autoridades, corporaciones, bandas de música, fuerzas militares y numeroso público, el propio general derribó la primera piedra del viejo Hospital, explicando a la concurrencia, en elocuentes palabras, la obra que iba a realizar y por qué la realizaba. No se trataba de Así era, allá por 1902, la calle del Castillo que, con sencillez y elegancia —con toda su gracia antigua— bien ha llegado a nuestros años construir un edificio más, aledaño a la plaza que se formaba, sino de prestigiar, de elevar el rango de la capital de Canarias y hermosear su mejor y más estratégico lugar». Así era la ciudad que, con su tranquilidad, llamaba a la salud, a la plenitud de vida. Nuestro afecto por ella es como un árbol robusto que ahonda sus raíces en Martínez Viera, nuestro buen e centro sanitario. «Era una fiesta LA PROLONGACIÓN DE zález Mora, don Ignacio Villal- la caliente blandura de la tierra inolvidable alcalde, el del pro- de empaque —escribió el señor LA CALLE ba, don Esteban de Foronda y y, al mismo tiempo, con sus floyecto de prolongar la avenida de Martínez Viera— y de algarabía, don Joaquín García del Castillo. res sonríe al cíelo, busca el cie25 de Julio hasta el Sur, el de la de animación inusitada. Los reAllá por 1867, don Pedro Ma- Esperaba a la corporación muni- lo. Ya es clara la mordedura de Comisión del Plan Viario, etc., gocijos populares comenzaban riano Ramírez había convocado cipal al comienzo de la nueva los años en la ciudad que bien se escribió: «La «pugna» está más desde la víspera. La función re- una reunión para tratar de la pro- vía, engalanada con mástiles cu- refleja en la imagen que nos lleacentuada entre el viejo nombre ligiosa y la procesión las presi- longación de la calle del Casti- biertos de ramas verdes y ban- ga —que revive— con toda su y el nuevo, o mejor dicho, entre día el capitán general, con todas llo hasta la citada «plaza de los deras, la banda de música de la sencillez y gracia antigua. Siemel viejo «apodo» y el nombre ofi- las autoridades. Había paseo y árboles». Sin embargo, no fue Sociedad de Trabajadores. La pre nueva luz de llamada nueva, cial, que es la del Barranquillo, música, fuegos artificiales, ilu- hasta 1874 —ya era alcalde don comitiva se dirigió hacia el límite es ciudad que vive la alegre y hoy de Imeldo Serís y antes de minación, luchas, elevación de Juan García Alvarez— cuando se de la calle donde se había levan- viva alegría del sol y, desde La Luz. Pudo llamarse ayer ca- globos y juegos gimnásticos. decidió llevar adelante la obra tado un artístico arco con ramos siempre, sabe obedecer el torrenlle de La Luz. Puede llamarse Rendía los honores el Batallón que, por sus características, tan y palmas. El gobernador civil di- te incontenible de los días demahoy, calle de Imeldo Serís. Pero Provisional». esencial era para el desarrollo de rigió un patriótico discurso en- siado breves y rápidos. El Tiemsiempre será para muchos calle En 1875 se iniciaron las obras Santa Cruz. salzando la magna obra que rea- po —así, con mayúscula— que del Barranquillo... Y este mismo de prolongación de la calle del lizaba el Ayuntamiento, con la no borra un latido del pasado ni caso lo tenemos en la «hermana Castillo desde la actual de SuáLa obra se inició el 25 de ju- valiosa colaboración de la Socie- descubre un instante del futuro, mayor» de la calle que menta- rez Guerra —entonces de San lio de 1875 y, una vez más no po- dad Constructora y declaró inau- está en el antiguo documento mos: en la del Castillo. Pudo lla- Roque— hasta la «plaza de los demos resistir la tentación de, gurada y abierta la nueva calle. gráfico que ilustra estas líneas; marse un día, calle del General árboles», la misma que, muy po- textualmente, reproducir lo que A las elogiosas palabras del se- que hace revivir todo un buen Serrano; otro, de Alfonso XIII; cos años después, fue —es y don Francisco escribió en su ñor Clavijo y Pió, contestó en pasado. otro, del Capitán Galán. Pero será— la que recuerda el nom- obra —una vez más repetimos nombre de la Sociedad, su pre«Aquí —escribió Juan del Cassiempre fue y será calle del Cas- bre de don Valeriano Weyler y que debe ser reeditada— sobre el sidente, el presbítero don José tillo en su «Pregones de Canatillo, aunque la vieja fortaleza Nicolau, el capitán general de acto: «A las seis de la tarde lle- Mora y Beruf, de grata memo- rias»— no existe el cansancio que le dio nombre haya desapa- Canarias que llegó a Santa Cruz gó el gobernador civil, don Vi- ria, dando las gracias y manifes- porque el embrujo de la ciudad en abril de 1&78 y, en diciembre cente Clavijo y Pió, al que acom- tando que todo se debía al celo nos conducirá a la Plaza de Weyrecido». Arriba, la plaza de Weyler de 1883, fue trasladado a Balea- pañaba el Ayuntamiento, consti- y entusiasmo de los componen- ler. Atrás queda la calle del Casbien se adivina con todo su en- res. Durante estos seis años que tuido por el alcalde don Luis Se- tes del Ayuntamiento que abor- tillo, y quedan todavía la polémicanto. Fue primero zona de huer- ejerció el mando militar en Ca- gundo Román y Elgueta y los daban una obra que daba a la ca casa-sede del primer Cabildo, tas con surcos de tierra luciente, narias —escribió don Francisco concejales señores don Rafael ciudad un insospechado ensan- y la de Eider y la de Olsen». campos con sombra y aroma —el Martínez Viera—, la obra reali- del Campo y Tamayo, don Luis che». Todo nuestro sentir y nuestro antiguo «campo militar»— en el zada por el que había de ser Hijo J. Duggi y Oria, don Eduardo querer en estas líneas de Juan del que, allá por 1875, se plantaron Adoptivo de esta capital y mar- Calzadilla y Quevedo, don José La parte alta de la calle del Castillo que, en pocas palabras, los primeros árboles y la Socie- qués de Tenerife, dejó honda Tabares Bartlet, don Pedro Al- Castillo —la que bien refleja la nos vuelve a cuando en las madad Constructora de Edificios huella entre nosotros. Su recuer- bertos, don Fernando Sánchez antigua imagen— se unió con la ñanas claras sólo turbaban la paz Urbanos comenzó a proyectar. do es imperecedero. Quiso coo- Montero, don Agustín Pisaca, plaza de Weyler. Pronto se alza- de Santa Cruz el cantar de los páAllí, donde entonces se alzaba el perar al desarrollo y engrande- don Ernesto Guimerá, don Fer- ron casas de una y dos plantas en jaros —el de los gallos en las Hospital Militar, en la explana- cimiento de nuestra ciudad y pi- nando Padrón Calleros, don Án- la zona y, con rapidez, Santa azoteas— y la voz de bronce de da se celebraba —el 14 de dió autorización para derribar el gel Crosa, don José Ruiz de Ar- Cruz creció y creció. Luego, por las campanas. septiembre— la fiesta del Cristo viejo Hospital Militar y edificar teaga, don Ignacio Martín, don allí se alzaron los edificios de la de los Dolores, imagen que se en su lugar un Palacio para los Francisco Noda, don Nicolás Al- Elders Dempster y el que, en la Juan A. Padrón veneraba en la capilla del citado capitanes generales». íaro y Brieva, don Mariano Gon- esquina de las calles del CastiAlbornoz

La calle del Castillo y la plaza de Weyler

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LA CALLE CASTILLO Y LA PLAZA DE WEYLER