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EL DÍA DOMINGO, 8 SEPTIEMBRE 1991

LA PRENSA

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La Rambla de Sol y Ortega en la década de los años 20

.:_ SANTA CRUZ DE AYER Y DE HOY

La antigua y recordada Rambla de Sol y Ortega que se adornaba con la gracia y elegancia de las casonas de Clavijo,

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URANTE las obras de construcción de los aparcamientos subterráneos de la Avenida de Anaga ha vuelto a la luz parte de la muralla que separaba a la antigua Rambla de Sol y Ortega de la playa de Ruiz. Aquella vía —primer tramo de la carretera de San Andrés y que discurría paralelamente a la Alameda de Branciforte y la Comandancia de Ingenieros recibió tal nombre el 28 de agosto de 1913 y, ya en la década de los años 20, se iniciaron las obras de construcción de la muralla que ahora renace temporalmente. A la izquierda, la arboleda gratamente sonora de La Alameda y, a la derecha y al fondo, el cuartel del Grupo de Ingenieros, el cual se alzaba sobre la antigua batería de San Pedro y que, para dar paso a la Avenida de Anaga y primera sección del Muelle de Ribera, fue demolido en 1948. Mucho enseña el eterno silencio de los años y, así, en la estampa de la antigua ciudad, evocamos el estrépito de las ruedas, de los cascos herrados —del entonces leve ruido de motores— y la playa que, sonora, estaba envuelta en sombra y aroma. Santa Cruz, tibia y riente, aquí nos vuelve como el estallido súbito de un árbol florido, con toda la muda voz de su profundo y elocuente silencio. Bajo un cielo azul impenetrable, aquí Santa Cruz parece tiene y bien mantiene un silencio sencillo, silencio de altura, de cumbres solitarias. Frente, del mundo y hacia el mundo surgieron veleros que sangraban de soledad y ausencia, vapores que rompían sus estelas en la caricia de la ciudad marinera. En las estampas de la ciudad que fue —que es y siempre será— la Rambla de Sol y Ortega, la que descongestionaba a la calle de La Marina del tráfico intenso que —de y hacia el Muelle Sur— por ella discurría. Mucho ha cambiado esta zona portuaria de Santa Cruz pero, en las imágenes, aún se muestran algunos edificios de los que aún lucen sus fachadas —entonces muy nuevas— frente a la brisa de la mar alta. Allí comenzaba la «muralla» que se abría a la mar; era La Marina alta, la

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tanas y el amplio almacén de la Compañía Escandinava que, cargado de recuerdos, hace relativamente pocos años que fue derribado. Con su arquitectura sencilla —con el elegante tocado de tejas a

pequenez aquellos almacenes tenían olor a bosque, pues en sus amplias y altas naves se apilaban las tongas de madera aserrada que, en vapores daneses, suecos y noruegos, llegaban de puertos escandinavos. En aquel primer tramo de la carretera de San Andrés, las obras de la Rambla de Sol y Ortega. Allí —donde antes batían las olas— barriles y más barriles de los que, con cemento, llegaban al lugar en el que se trabajaba, como en casi todo entonces, a fuerza de brazos. Allí se rezaba la inacabable letanía del esfuerzo —del basto bregar y el basto ganar— y, poco a poco, se remataba que ya en las imágenes da sensación de cosa bien hecha, hecha concienzudamente, honradamente, para que de verdad durase. Para aquellos a quienes Dios ha guardado el tesoro de la niñez en el arca del alma, vuelven —como el recuerdo de un recuerdo— tiempos con la dulzura de la melancolía infinita e indefinida, tiempos de despreocupación, de gozo tranquilo. Paralela, la calle de La Marina, calle de marineros que dejan una promesa y no vuelven nunca, calle con dolor de corazones rotos y con sombra húmeda; en el silencio crecía el viento de la mar y, en las tabernas marineras, las guitarras llevaban en sus pechos las tristezas de todos los días. Allí están las calles que venían —que aún vienen— de la mar, de todas las tierras, de todos los idiomas. Nos vuelven como palpitantes de sueños y, frente a la fiesta azul de la mar, evocaciones de tardes dulces en las que todo reía de luz e ilusión. Ya terminada la obra de la Rambla de Sol y Ortega, por ella se desvió el ir y venirr de las locomotoras que, desde la cantera de La Jurada —pedrera, en nuestro decir isleño— transportaban la escollera, la buena piedra de primera, para el Muelle Sur que crecía. Las locomotoras, empenachadas de humo y vapor, sonaban como pequeños terremotos y, con sus pitazos más alegres, parecía saludaban a la multitud infantilmente curiosa que asistía, finalizadas las horas de encierro en la escuela, al espectáculo gratuito desde la «muralla» de La Marina.

ARCHIVO

Santa Cruz con la Rambla de Sol y Ortega y la playa de Ruiz

Cada vez que una generación se asoma a la azotea de la vida, parece que la sinfonía del mundo debería atacar un tiempo nuevo. Estas imágenes de Santa Cruz son de otras generaciones, pero muchos encontrarán en ellas toda el alma de la infancia y juventud. Ahí están los días cálidos dilatadas serenidades de la inocencia, las sorpresas del cotidiano descubrir el mundo todo. Allí, frente al desembarcadero de «los platillos» —o de la marquesina, otra reliquia del puerto— se congregaban los hombres del carbón cuando aún lucían las estrellas descoloridas y, en lo alto de los laureles de Indias, ya batía todo el mar de la madrugada. Aguardaban el fondeo de los vapores que, en las cámaras de de máquinas y calderas, mantenían dos colores, síntesis del dragón de lengua de fuego y jadeo de pulmón, y el negro del carbón gales de poco humo y mucha fuerza. Por la Rambla de Sol y Ortega, malestar frío y verde de las madrugadas y, por el «muellito del carbón» —también denominado «de la frescura»— todo el pescado fresco, aún con el latido de la mar en sus entrañas, que también llegaba a tierra por «los platillos». Santa Cruz, ciudad fresca y valerosa como una espada nueva, tenía en la playa de Ruiz rocas limosas, verdes, rezumantes, bajo una brisa leve de sal y yodo que, mar afuera, llevaba las lágrimas sonoras de las campanas de la Concepción y San Francisco. De la bruma de los olvidos rescatamos las imágenes que, mordiendo todas las tristezas, con voz de cristal nos vuelven a los días con dardos de sol y besos de lluvia suave. Aquí,

por la Rambla de Sol y Ortega, Santa Cruz de ojos azules y, muy al fondo, las montañas con el susurro verde de la primavera. Hace años, la Alameda de Branciforte quedó entre la calle de La Marina y la Rambla de Sol y Ortega; ahora, la primera se mantiene con nuevos edificios, con su gracia portuaria llena de donaire y, la segunda, se ha transformado en la espléndida Avenida de Anaga. Aquí, la ciudad con manchas de ausencia, Santa Cruz que llama a la puerta de nuestros recuerdos; imágenes que bien nos dicen que todos vamos pasando y el tiempo con nosotros. Entre dos azules —el del cielo y el Atlántico— laureles que echan en la luz el chorro verde de su sombra, sol que cae y cae sobre la playa donde olía la sal. Bajo los dientes de la cordillera —altas piedras al aire de mil manos— la mar que sufre y sube, la mar que tocaba arena y callaos cerca de la farola a cuya sombra fabricamos sueños. Cuando en años de niñez desapareció la Rambla de Sol y Ortega, en verdad aprendimos a quererla, a sentirla viva en el corazón; ahora nos vuelve la antigua Rambla bajo el galopar cálido del sol y el tranquilo frío de la luna; tomó forma y creció cerca de donde las locomotoras nos hacían soñar trenes y se carenaban las embarcaciones de madera pura y lisa, casi con olor a miel. Ahora bien comprendemos que sólo hemos vivido ayer y que el ahora tiene desnudez de espera, que no se puede vivir sino muriendo, que no se puede ser sino dejando de ser.B Juan A. Padrón Albornoz

LA ANTIGUA Y RECORDADA RAMBLA DE SOL Y ORTEGA  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Santa Cruz de ayer y hoy", 1991/09/08