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AmeriG ananas

Martí, Tenerife, Cuba, amor con amor se paga

O que yo he víajado por mi cuenta y riesgo sin pedir nada a nadie, con dinero obtenido trabajando en mis múltiples oficios: edafólogo (ciencia del suelo), actuario (técnico del Seguro), dibujante, agronomía en Texas que significa «tierra de amigos», he comprendido la historia de hombres y dioses de la raza humana a la cual pertenezco sin haberlo solicitado. Cuarenta millones de años fueron necesarios para que el mono se transformara en monohombre. Otros trescientos mil años hicieron falta para que esta especie animal aprendiera a levantar la cabeza, a sostenerse en sus dos pies y poder matar a

Estropajosos su presa con instrumentos de piedra. Cincuenta mil años después pudo descubrir el hierro. Entonces, sus métodos de muerte fueron más terribles. Quinientos mil años más tarde inventó la dinamita y algunas centurias después construyó su primer submarino y su primer aeroplano. A partir de ese día su ingenio para matar a sus semejantes y a otras criaturas se hizo casi perfecto. Es posible que dentro de otros cincuenta mil años, su apático cerebro comience a comprender la verdad clarísima de que la matanza es un trabajo de locura y que haría mejor em-

plear su tiempo en tareas más útiles. El hombre es, pues, una criatura estúpida, y sus progresos han sido verdaderamente lentos. Además, su ascenso no ha sido continuo; más de una vez cayó a más bajos niveles. Hace dos mil trescientos años los griegos estuvieron más civilizados que las grandes multitudes de nuestros días. Hace diecinueve siglos Roma tenía un excelente sistema de desagües, mientras que hace sólo trescientos años se veían permanentes montones de basura frente a la iglesia de San Pedro, en Berlín. Y en París, hacia el año 1650, las gentes tira-

ban por sus ventanas a la calle el contenido de sus bacinas. Hay un tema facto de gran importancia: la pereza. El hombre es un animal perezoso, que odia la acción del progreso si se le deja a su albedrío. Por eso rara vez avanza si no es que un espantoso peligro, una catástrofe o un ataque de su enemigo, lo espolea a escoger entre el progreso o la extinción. El primero de estos rudísimos pero felices espolonazos para el progreso fue el advenimiento de la época glacial. Nuestros velludos antepasados robaban por las florestas comiendo hierba, raíces, frutas y carne cruda de otros animales • Miguel Borges Salas

Anecdotario chicharrero

huevos de plomo P

Calle típica de la ciudad de Trinidad

N

OS encontramos en la zona central de la isla. Y desde Cienfuegos, donde la industria incipiente y el turismo se dan la mano, salimos en busca de Trinidad, la ciudad colonial por excelencia y una de las más antiguas de Cuba. Entre 1511, año de la fundación de Baracoa, y finales de 1514, en que surge Santiago, nacen Bayamo, Sancti Spíritus y Trinidad. Atrás dejamos el magnífico y bien cuidado Jardín Botánico, con sus miles de variedades de flores y plantas exóticas, además de las 300 especies de palmeras, que nos causaron profunda admiración. Uno de los guardianes del Jardín es canario, de Arucas. Parte la caña dulce para los turistas, haciendo gala de su destreza con el machete. Y nos regala unos cocos, a cambio de tabaco. Trinidad cuenta con una espléndida plaza mayor, viejas casonas, calles empedradas y antiguos palacios, hoy convertidos en museos y en centros para el turismo, como el de Los Canteros o la amplia casona solariega de Francisco y Rosalía de Egaray, transformada en restorán. Los retratos de los antiguos dueños siguen decorando las paredes del salón-comedor, no sabemos si dejados allí en un acto de respeto o bien como aviso y ejemplo que ilustra sobre la «transformación» revolucionaria. Las camareras van de aquí para allá con un cartel en el uniforme, estrecho, feo y cicatero en cuanto a empleo de telas, que reza: «Aspirantes a unidad modelo». Desde la pared, los rostros serenos de Francisco y Rosalía rezuman mesura y cordialidad, aunque cualquiera sabe cómo las gastaban en sus tiempos de amos y señores de la casa y de la plantación. Sin embargo, quedaron tan favorecidos en los retratos, que uno siente pronta simpatía por ellos. El efecto buscado por los mentores turísticos cubanos puede que no se consiga en todos los turistas... Y algunos de los tinerfeños que estuvieron almorzando en esta parte del palacio puede que me comprendan. Y la Casa de la Trova, donde uno puede escuchar música cubana a cargo de aficionados que se van turnando en el pequeño escenario improvisado en un patio, con una cantina en

que se puede tomar el consabido ron en forma de «mojito», con la yerbabuena, el limón y azúcar. «Ah!, y la medida. El ron es meticulosamente medido en un vaso que tiene unas rayas en el borde superior, como nuestras antiguas copas para mistela. Con esas rayas el Estado, que es el dueño de todo, sabe que el cantinero no puede engañarle, porque una botella tiene tantas medidas... No es muy interesante, que digamos, el repertorio que puede escucharse en la Casa de la Trova, de Trinidad, desde la inevitable «Guantanamera», que dormía el sueño de los justos hasta que el norteamericano Peter Seeger la desempolvó, hasta ese maravilloso bolero de Miguel Matamoros, «Lágrimas negras», que sigue siendo todo un «hit» en Cuba. Este repertorio es casi siempre obligado. Lo pudimos comprobar en el restorán de Guama, en Los Caneies, en los cabarets y en todos los lugares en que tríos y grupos de músicos amenizaban a los turistas. En cuanto a la música de la Nueva Trova, que no suele ser interpretada en estos ambientes, es la juventud cubana su mejor destinatario. Nuestra guía, por ejemplo, conocía una larga retahila de temas de Pablo Milanés, de Silvio Rodríguez, de Sara González o del Grupo Moneada. Y estaba al tanto de las últimas composiciones de Pablo («El guerrero») o de Noel Nicola («Detrás de una guitarra»). La Casa de la Trova, de Trinidad, está cargada de recuerdos, porque por esta ciudad entró gran parte de la música colonial, con músicos y aventureros como el legendario Ortiz, que abrió una escuela de danza y tañer, con esos instrumentos «que fueron los primeros en resonar junto a las selvas y maniguas de la isla, trayendo montados en sus mástiles los ritmos tradicionales de España», como dice Alejo Carpentier. Y entre esos ritmos y bailes, seguro que estaría nuestro famoso Canario, tañido con vihuela y viola. Por eso firmé en el libro de la Casa de la Trova, en Trinidad, pensando en los muchos paisanos que llegaron a Cuba con su miseria a cuestas y en los labios una décima y un punto. •

Elfidio Alonso

OR los años treinta, nuestra ciudad santacrucera estaba compuesta, mayormente, por casas terreras. Los edificios de más de dos plantas no abundaban y las «cindadelas de lujo» —como entonces se comenzaban a denominar a las viviendas de cuatro o más pisos— se contaban con los dedos. También, por aquella época, era rara la casa que en su azotea no tuviera bien un palomar, o un gallinero, o una conejera, o solamente animales o aves sueltas bullendo sobre su superficie. Yo llegué a conocer una azotea que más bien parecía una granja en miniatura que un lugar para tender y poner las ropas a tomar el sol, pues en ella había palomas, gallinas, conejos, patos, perros, gatos y hasta una cabra a la que ordeñaban todos los días. Un poco después de las cuatro de la tarde salí del colegio «El Pilar» (Los Padritos, como cariñosamente se le conocía entonces) y me fui a casa a merendar. Tan pronto como llegué a ella pidiendo el pan con lo que hubiera, mi madre me dijo: —Después que meriendes y

antes de irte a jugar a la plaza del Príncipe, vas a comprarme medio litro de aceite. A mí siempre me gustaba ir a comprar a la venta de don Cándido, que estaba situada casi al final de la calle de Teob.aldo Power, esquina a la del Adelantado, por lo pronto que me atendía. La verdad es que don Cándido, a la gente menuda, la despachaba pronto. Y ello era por una sencilla razón: porque le hacíamos agujeros con los dedos a los sacos que solía tener adosados a la pared de la venta, por fuera del mostrador, para quitarle los higos pasados de El Hierro que dichos sacos contenían y, entonces, claro, quería que nos marcháramos pronto, ya que, de lo contrario, le dejábamos sin higos. Cuando llegué a la venta había dos vecinas haciendo sus compras y una de ellas le decía a la otra: —Voy a tener que quitar las gallinas de la azotea, pues pican todos los huevos que ponen y luego no los puedo aprovechar. —Muchachita, no hagas eso. Mira, a mí me sucedía igual y lo resolví comprando en la fe-

rretería unos huevos de plomo, que luego pinté de blanco y coloqué en los ponederos. Como al picar los huevos de plomo, las gallinas se lastimaban los picos, se les quitó la mala costumbre y hasta la fecha. —Pues creo tienes razón. Voy a poner en práctica tu consejo y espero obtener el mismo resultado que tú. Don Cándido rne entregó la botella con el aceite, dentro de un cartucho de papel y de nuevo para casa. Unos días después de la conversación de las vecinas que acabo de narrar, mi padre me mandó a la ferretería de Enrique Pérez Soto, que estaba situada en la calle del Castillo, a comprar unas bisagras pequeñas para un cofre que estaba confeccionando y que quería ofrecérselo como regalo al doctor Barajas, que meses antes le había realizado una trepanación de oído. Salí de casa y me fui directo a la calle Barranquillo donde cogí, en marcha, el tranvía que bajaba hacia la calle del Sol. Agazapado en el escalón de subida de la parte trasera, para que no me viera el cobrador,

viajé de «gorra» hasta el cruce con la calle de Nicolás Estevanez, en donde me apeé del transporte insular, también en marcha. Enfilé mis pasos hacia la ferretería y al llegar a su mostrador vi que allí se encontraba doña Carmen, la vecina que tema el problema con las gallinas. Al acercarse, a atenderla, un dependiente de la ferretería que era esparrancado, abierto de piernas, doña Carmen le preguntó: —¿Tiene usted huevos de plomo? —No señora; esto mío es de nacimiento. —¡Cristiano, no sea usted mal pensado, cómo voy yo a preguntarle tal cosa! —exclamó un poco avergonzada doña Carmen, la que seguidamente se apresuró a relatar el asunto de las gallinas. Una vez todo aclarado y entre las risas de los allí presentes, el dependiente entregó a doña Carmen, en un pequeño paquete, la media docena de huevos de plomo que esta había ido a comprar. •

Diego Samblás

Temas isleños

£1 agua que canta y encanta E

L 16 de febrero de 1984, el comité ejecutivo de Emmasa acordó editar la obra «Las aguas subterráneas de Tenerife», que, de don Joaquín Amigó de Lar a -alcalde de Santa Cruz de Tenerife desde 1960 a 1965- es indispensable para el estudio del problema en Canarias. Ahora, cuando recuperamos las perdidas claves del idioma del agua, nos llega el buen libro del señor Amigó de Lar a que, con otro —«Datos para la historia del abastecimiento de aguas de Santa Cruz de Tenerife», de Amparo Santos Perdomo y José Solórzano Sánchez— viene casi a completar la historia, buena historia, de los recursos hídricos de toda una isla, de toda una ciudad. «Desde que empezaron a aprovecharse las aguas procedentes de nacientes y manantiales —dice el señor Amigó de Lara— comenzó la construcción de los primeros canales de distribución. Aún subsisten algunos de estos, construidos con magnífico mortero de cal que podemos decir pertenecen a la «prehistoria» de nuestra era acuífera. Más tarde, al iniciarse los primeros alumbramientos por Comunidades, comienzan a prodigarse los acueductos, construidos unas veces por las propias Comunidades y otras por las que especialmente se constituían para este fin. De

este modo ha llegado a contar la Isla con una importante red de canales de muchos cientos de kilómetros de longitud». En los campos isleños —por lecho la tierra y por dosel el cielo— la copla del agua que canta y encanta. Don Joaquín Amigó de Lara ha ido a los viejos rincones, a escudriñar la historia de esas 998 galerías inventariadas en Tenerife —493 con agua y 505 secas— y, también, a la de los 254 pozos 97 de ellos con agua, pozos que, por lo que los respecta a mayor caudal bombeado, tienen su brocal entre los 100 y 300 metros de cota. Con la canción del agua, en la prosa del señor Amigó de Lara volvemos a los años de lejana infancia, años en que vimos y vivimos cómo la semilla y la luz caían temblando al surco vivo, al sol que caía a racimos sobre los campos en que reventaban las espigas gallardas, toda la risa rubia del trigo. Con el agua -que siempre ríe de luz e ilusión— los hombres que rompían la tierra con sus manos, las cosechas palpitantes de sueños y, siempre, la canción fresca del agua en los surcos de tierra luciente. Buena, detallada histórica de las aguas subterráneas de Tenerife, de esas galerías que se llevan a cabo en terrenos de «capas» o «diques». En las páginas, la extracción de los escom-

bros en vagonetas arrastradas a mano, la dinamita —seis kilos por metro lineal en terrenos de relativa dureza— y, con las instalaciones de ventilación, el rugir de los martillos neumáticos. Peña a peña, roca a roca, don Joaquín ha estudiado los caudales de las galerías existentes en cada uno de los términos municipales de Tenerife. Con el frío mundo de las estadísticas, todo un olor a tierra desnuda y fresca, a toda esa tierra isleña que, con el agua, tiene la bondad del buen pan en la mesa.

Restauración del teatro municipal de Gáldar Madrid.— El senador del Grupo Popular, por la isla -de Gran Canaria, José Hacías Santana, se ha dirigido al Gobierno para solicitar que el Ministerio de Cultura elabore un urgente plan de restauración, para el teatro municipal de Gáldar y lo lleve a efecto, según indicó el propio Maclas a Iberia Press. Basa el senador esta petición en que el citado teatro se encuentra enclavado dentro de la zona de Gáldar declarada de interés turístico, y al mismo tiempo en el valor artístico del mismo.

Con la injusta manía de los olvidos, la justa manía de los recuerdos en esta obra de don Joaquín Amigó de Lara obra que nos trae toda la historia del agua isleña, elemento vital para Tenerife. •

Juan A. Padrón ALbornoz

EXCMO. AYUNTAMIENTO DE PUERTO DE LA CRUZ (TENERIFE) OBJETOS PERDIDOS EXPEDIENTES: i/85. Una caja con varios objetos. 2/85. Un reloj. 3/85. Una sortija. 4/85. Una cartera con varios objetos. 5/85. Unas gafas, 6/85. Unos anteojos. 7/85. Una calculadora, 8/85. Un reloj. 9/85. Una cámara fotográfica. Puerto de la Cruz, 22 de febrero de 1985. EL ALCALDE

EL AGUA QUE CANTA Y ENCANTA  

Artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, periódico El Día, sección "Temas isleños", 1985/03/03