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Míenos mal que alguien, con entidad, ha salido en defensa de la festividad del Corpus Christi, tan caprichosa como alegre e irrespetuosamente suprimida del calendario de las Islas. Me refiero al grupo de ATI en el Ayuntamiento de La O rota va, que es precisamente el que gobierna aquella corporación local. Y eso que no afecta tanto la citada festividad a la mencionada villa como a La Laguna, que es donde realmente se celebra la festividad en el mismo día de la fecha.

En el texto de la propuesta, que ha de ser debatida en el Pleno, se pone de relieve la gran significación religiosa de estas fiestas, a las que se unieron de antiguo los regocijos populares y que constituyen sin duda alguna una de las fiestas más señeras y celebradas del año, tanto en La Orotava como en La Laguna. Por lo que respecta a la mencionada Villa, la celebración se remonta casi a poco tiempo después de la conquista. Por otra parte, las citadas fiestas se salen ya del ámbito local, para entrar en el regional y nacional, siendo numerosa la gente que acude a las referidlas localidades en tan señaladas efemérides, para admirar los hermosos tapices que se realizan en las calles, que han sido considerados de siempre! como auténticas obras de arte, mereciendo mención especial el gran tapiz que cubre cada año toda la plaza a la que ***• fr«nte el ,A*»«"^-"»w«««mto de L» Orotava.

secas aei munao. Antes, hace unos años, era la Real Academia de Medicina un centro importante de la cultura y de la ciencia, reunión de profesionales que, en la madurez de sus años, podían aconsejar

miembros del cerebro colectivo, ni idéinost, sino que pertenecen a la esfera de los talentos, de los buscadores empecinados de la verdad última, no serán tenidas en cuenta por la

son las palabras! . que nos había traído a la memoria la situación de la Academia. Medicación, el acto del médico, es la profundidad del pensamiento, muy próximo e

¡El juego y ei bb* palabras, los clavitos para c^. gar y afianzar las ideas! •

Enrique González

Temas isleños

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Candelaria y su luz profunda

LLÁ por el Sur tranquilo, Tenerife tiene una playa que, con rumor de olas —con rumor de rezos— a todos los isleños nos llega mucho y bien al corazón del corazón. Cerca, muy cerca, la gracia y esbeltez de la torre blanca que clava la brisa y bien recoge el fervor y las oraciones de todos los canarios. Candelaria se alza entre la huerta azul e infinita del océano y los surcos de tierra luciente; entre las olas que bien cantan y el murmullo del mundo vertical de los pinos. Allí, frente a la mar —frente a los frescos rumores del día— algo toca nuestros corazones con luz casi sonora y divina. Ella ha sido, es y será, el consuelo de los que llevan en el alma y en el cuerpo todo un espeso vivir de fiebre. Ante Ella,, todos los isleños sentimos, hondo, el río de los años y una dulzura honda en el corazón. En Candelaria, donde estalla

A

la salmuera y su frescura en las calles tranquilas, comprendemos que hemos alcanzado el punto donde comienza la nostalgias; allí, cerca de donde mora la Virgen, todas las calles que vienen de la mar, de todas las islas, de las dulces y pequeñas patrias que, a la sombra del Teide, todos los años tienen y bien mantienen un recuerdo profundo, entrañable, para la Madre de Dios. Ahora, cuando todo ríe de luz e ilusión —cuando las guitarras cantan y encantan— a Candelaria llegan, como siempre, los hombres de la mar isleña, los de la pesca de bajura, los de la diaria cosecha de escamas irisadas en la fiesta azul del Atlántico. Con ellos los. descendentes de aquellos que, en años idos, rompían la tierra con sus manos y, al mimarla —al regarla con el sudor de sus frentes— le daban buena vida. Y es que estas tierras han he-

Prisma Nacional

cho al hombre y, haciéndole, le han ganado el corazón. A la sombra de la torre —donde tomamos el sol y olemos la sal— instantes de paz, sed de esperanzas, el aroma sereno de la tierra mojada. Ahora, cuando todo es como el sol nuevo de la Gloria, volvemos a los años de niñez y pequenez, aquellos en los que —por Semana Santa— la pena de la Madre estremecía nuestra pena. Frente a la mar, la torre, pura piedra de eternidad bajo la noche helada de estrellas. Cerca, donde la soledad dispuso sal, mar, silencio y algas, hoy —como siempre— la sangre sale y se hace oración con las voces ardientes del litoral, con la espuma que canta suavemente en los callaos. Candelaria tiene calles de la mar y de la brisa —allí el océano palpita, muere y continúa— y, sobre el reposo húmedo de los callaos, nacen y reposan las embarcaciones valientes y arrufadas que, de madera pura

y lisa, allí, casi con olor a miel, se construyeron. De la Virgen de Candelaria mucho supieron los hombres de las goletas y balandras que, unas al «vivero» y otras al «salpreso», faenaban bajo el agudo sol y el gran silencio africano. Ellos siempre dieron intensidad a su trabajo —el del basto bregar y el basto ganar— mientras, como el dolor a la herida, estaban atados a la devoción mariana, a la profesión marinera. Entre la tierra fresca y la mar dura con destellos de sal violenta, Ella nos llega como una brisa que humildemente se deshace contra nuestros ojos. Con un ritmo de tristeza soñadora buscamos dentro del corazón nuestro recuerdo, todo el eco de estrellas que guardamos en el alma, toda la sencilla alegría de las campanas que señalan el paso de Ella a la vera de la mar, por su camino de luz en el cielo. •

Juan A. Padrón Albornoz

Esta vez, en El Hierro

el cargo Obtuvo 5.000 pesetas por tener *1 Tele-DIA en su casa

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CANDELARIA Y LA LUZ PROFUNDA