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Jorge Teillier

El guardián de los manzanos en flor Rolando Gabrielli

Ha muerto uno de los ángeles de la poesía chilena, al menos

se nos ha caído un ala a todos los que le conocimos, quienes practicamos el antiguo oficio de la palabra en su amasijo diario, en el “viejo rincón” de la memoria, y ahora, sobre la pantalla de una PC, rectángulo de luz que sólo brilla con nuestro pobre ingenio. Jorge Teillier, 40 años después de haber publicado su primer poemario, Para ángeles y gorriones, y advertido de que “nuestras sombras movidas por las llamas / viven más que nosotros”, partió como esas luciérnagas que se adentran en la penumbra, cuando “un desconocido silba en el bosque”. Nació en Lautaro, en la Araucanía, tierra mapuche, Chile, y su poesía fue un viaje permanente, un retorno continuo, entre el mítico pueblo natal y la urbe capitalina, adonde viajó a los 18 años de edad para estudiar historia y geografía. Ejerció un año la docencia, cuando ya había escrito Para ángeles y gorriones (1956) y El cielo cae con las hojas (1958) y se aprestaba a publicar El árbol de la memoria (1961). A los 12 años se inició como poeta, pero fue cuatro años más tarde, según nos relata en su ensayo “Sobre el mundo donde verdaderamente habito o la experiencia poética”, cuando “escribí mi primer poema verdadero, a eso de los dieciséis años, o sea, el primero que vi, con incomparable sorpresa, como escrito por otro”. Julio Verne, Knut Hasum y Pannait Istrati, y el primer Poeta, Paul Verlaine, “cuyos versos rimaban con la campana y los pájaros” y posteriormente, Rubén Darío, López Velarde y Luis Carlos López, “provincianos cursis y universales”, y también los chilenos “Vicente Huidobro, Omar Cáceres, Carlos Pezoa Véliz, Alberto Rojas Jiménez y Romeo Murga”, fueron sus primarias influencias. Jorge Teillier —que leía “como si le hubiesen dado cuerda”—, escribió 14 libros, y a pesar de la aparente transparencia de su poesía, de su lírica lárica (lar = lugar de origen), raizal, fragmentada en la unidad, despojada de la grandilocuencia, habitada por sus propias y refulgentes imágenes, trabajaba diaria y sistemáticamente, tal y como lo conocimos.

Todo comenzaba a través de una imagen, una idea, un destello —un centro emotivo y verbal, como diría el propio poeta— para ir articulando el texto con el fino tejido de lo invisible, la telaraña del poema. En sus últimos días, confesó que había perdido el centro. “Está todo disperso, son (los poemas) como una bengala lanzada al mar o al cielo”, reveló en 1990, al periódico Noreste. Se es o no se es poeta, porque “allí no caben nacionalidades”, sostenía quien a pesar de que obtuvo varias e importantes premiaciones —algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés, francés, italiano, sueco, eslovaco, rumano— y es una voz poética sólida e indiscutida en el parnaso chileno, no obtuvo el máximo galardón, el Premio Nacional de Literatura. Estuvo en Panamá, a principio de los 80, como jurado del Premio Ricardo Miró. Nos dejó unos versos sobre su presencia en el istmo bajo el título “Ancon Inn”: Ancon Inn el paraíso de los hombres solteros / donde las noches son verdes y las cervezas azules / hasta ser el paraíso de todos los hombres. (...) Este es el Istmo donde solía desembarcar / John Silver con su papagayo al hombro. / Ahora los papagayos se desmayan a la hora del cóctel / viendo pasar los más bellos traseros del mundo. // La nostalgia parece asomarse en esta jungla de peces. / Cristina se ha embarcado en su yate de óleos.


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Los nuevos poetas, precisa Teillier en su ensayo “Los poetas de los lares”, son observadores, cronistas, transeúntes, simples hermanos de los seres y de las cosas. Se contrapone su poesía con el “yo desorbitado y romántico” de Huidobro, Neruda y De Rokha, cuya poética desbordó la propia geografía chilena. El lenguaje poético de los láricos, sostiene, no se diferencia ya fundamentalmente de la vida cotidiana, y si bien no desdeña la experimentación verbal, el lugar común, pero el poema retorna estructuralmente a formas más tradicionales. Teillier emparenta a su movimiento lárico con Dylan Thomas, Serguei Esenin, Gerad de Nerval, Milosz y Rainer Maria Rilke, a quien leyó desde muy joven e impactó en su obra y concepción de la vida: “De conservar no sólo el recuerdo de las cosas, en declinación como modo de vida, sino en su valor humano y lárico”.

Todos mis recuerdos se abaten sobre mí Aparentemente fragmentaria, hecha a la medida y semejanza de las propias huellas, del andamiaje del poeta, la poesía de Teillier, encuentra caminos para sus propios laberintos y medicina es también de sus contradicciones, cuando nos dice: “Así era la felicidad: breve como el sueño del aromo derribado”. La felicidad, el amor, son como el tiempo, fugaces, pero temas de una constante poética, abrumada por la brevedad de las cosas: “mientras pienso que la felicidad / no es sino un leve deslizarse de remos en el agua”, nos dice el poeta, y reitera más adelante en su poema “Bajo el cielo nacido tras la lluvia”: eso fue la felicidad: dibujar en la escarcha figuras sin sentido / sabiendo que no durarían nada, cortar una rama de pino / para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda, / atrapar una plumilla de cardo / para detener la huida de toda una estación”. Teillier tiene el mérito dentro de la poética chilena de haber creado la Escuela Lárica, que es toda una postura, y está referida al lar, lugar, origen, y es el propio poeta quien puntualiza y precisa esa tesis cuando afirma que él sostenía en ese entonces “un tiempo de arraigo”, frente al desarraigo de la llamada generación del 50. Esa fue una pugna que continuó con el tiempo y es propia de cada generación, con su nueva estética y visión de mundo. Esta afirmación es tan sólo un apunte, una llamada de atención, y no corresponde al fondo y objetivo de este trabajo, pero forma parte de la historia literaria chilena, y es caldo y cultivo del tiempo de la poética teillieriana. Es el hombre junto con su entorno, dice Teillier, lo que llama realismo secreto, “porque el mundo exterior contiene pocas enseñanzas, a no ser que se le mire como un depósito de significados y símbolos ocultos”.

Responde, desde luego, a la universal búsqueda del Paraíso Perdido, y en opinión del propio poeta lautarino, “se empiezan a recuperar los sentidos, que se iban perdiendo en estos últimos años, ahogados por la hojarasca de una poesía no nacida espontáneamente, por el contacto del hombre con el mundo, sino resultante de una experiencia meramente literaria, confeccionada sobre la medida de otra poesía”. Mi instrumento contra el mundo es otra visión del mundo, enfatizaría el poeta. Al final de sus días se sentía molesto, de acuerdo con sus propias declaraciones, porque se le etiquetaba como lárico y se restringía el término con simpleza, el cual, en su opinión, tiene connotaciones más universales. Veo a Jorge Teillier atravesando, flotando por los prados del Pedagógico de la Universidad de Chile. Avanza calzado sobre sus nubes, en medio del rocío y el pasto húmedo de la clara mañana. Es 1968, una primavera fresca, con algunos libros apretados sobre el pecho, va camino al centro de la ciudad. Lleva en el rostro la huella de la noche y de alguna pugna amorosa marcada por innegables uñas femeninas. —¿Qué te pasó, Jorge? —Me caí en una zarzamora. Santiago gris, en plena democracia (lo más parecido a la felicidad, diría Antonio Skármeta el día que la Junta castrense secuestró el poder por largos y azarosos 17 años y medio). La Casa Central de la Universidad de Chile, a la entrada, la estatua de Andrés Bello, allí trabajaba el poeta como director del Boletín de la más alta casa de estudios, junto con el poeta y profesor Waldo Rojas, hoy en París. Caminamos por el centro de la ciudad, entramos a un bar. Es mediodía de un 3 de noviembre de 1968. Jorge escribe sobre mi cuaderno, donde comienzo a trabajar sistemáticamente la poesía, y que aún conservo:


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Tantos milagros para nada / Tanta nieve de leyenda / Que hace inclinarse las ramas / Cuando oímos el nombre Terranova / Tantos Jinetes / Y torrentes llenos de castores / al oír la palabra Oregón / Tantos rostros justos y bellos / como una naranja / En el mediodía de la mesa / Tantas calles / Donde saltan las niñas a la cuerda / Tanta lluvia / Que siempre llega a tiempo / Tantos milagros para nada / Para ser menos / Que un guijarro abandonado por el sol / Para irnos / Hacia un horizonte / Que ni las aves de nuestra más alta esperanza / Pueden jamás soñar alcanzar. Los vinos del mediodía santiaguino continuaron la charla de quien hacía cada segundo un acto poético, como una zancadilla a la realidad, transformado en diversos personajes, en ese otro que viviera en su poesía como una razón de vida, de ser, la única y verdadera, por lo ineludible. El bar es nuestro segundo hogar, cantaba a una sola voz con el inolvidable poeta magallánico Rolando Cárdenas. El destino aún le deparaba miles de copas por alzar.

Vamos, pobre corazón mío, vamos, mi viejo cómplice Amante de las aventuras —Verne, Salgari, Stevenson, Alain Fournier Selma Lagerlof, Carroll— y de las novelas policiacas, sobre todo en el ocaso de su vida, nunca se consideró un poeta original, y entre sus deudas identificó a Francis Jammes, Milocsz, Rene Guy Cadou, Antonio Machado, Edgar Allan Poe, y la lista podría ser mayor, como George Tralk, con quien tenía gran afinidad de visión y mundo poético. Y, desde luego, el italiano Eugenio Montale. Aldo Pellegrini, un crítico literario argentino, afirma del poeta austriaco George Tralk algo que viene como anillo al dedo para Jorge Teillier: “Poeta del apartamiento, de la soledad, de la vida dolorosa, de la existencia incumplida. Pero también es buceador en lo desconocido y habitante de lo imposible”. De los textos poéticos se desprenden otros nombres, citados por Jorge Teillier, lector incansable, aunque solía decir, casi al final de sus días, que más bien “relee más que lee”, lo que le parece un signo de precoz envejecimiento. Actualmente, añadía, leo a Nicolás Garín, Conrad, Hans Fallada, Raymond Chandler, Gastón Leroux, Gonzalo Bulnes. “Me cuesta creer en la magia de los versos. / Leo novelas policiales, / revistas deportivas, cuentos de terror”, dice en su poema “Notas sobre el último viaje del autor a su pueblo natal”, editado en su libro Para un pueblo fantasma.

¿El Poeta comenzaba a presentar una prematura fatiga o simplemente ese era su mundo poético, desolado, su otro yo, o delineaba un recuento de sus vivencias en 1978, a menos de una década de su partida? Puede ser, pero lo cierto es que su poesía siempre nos habló de la brevedad de las cosas, de los instantes, fragmentos de felicidad como un rompecabezas a punto de derrumbarse, de no poder encontrar la pieza clave, de la fugacidad de las cosas, del inexorable paso del tiempo como un tic tac sin retorno, inequívoco, demoledor, inevitable en una palabra. Era el reloj de arena a punto de estallar mil veces y a volver a empezar, como el tiempo implacable de sus días. El presente como un reloj que se adelanta, dice Ernesto Cardenal. Siempre está presente, en la poética teillieriana, el frescor de la infancia (“Te reconoces en ese niño / que esta mañana de escarcha”), la casa paterna y el pueblo como paraíso perdido, búsqueda y retorno permanente, la felicidad como un vidrio roto, como un codo gastado en todos los mesones, pero, sobre todo, lo pasajero, transitorio, perecedero, breve, lo fugaz, fugaz, de la vida: “Temo no verte más / cuando las pompas de jabón / que echas a volar por la ventana / se llevan tu rostro”.


Revista Cuaderno Interior 1