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LAURA MELISSA GALÍNDEZ, violín (Colombia) CAROLINE ROSE, piano (Francia) Martes 5 de noviembre de 2013 • 6:30 p.m. Popayán, Paraninfo de la Universidad del Cauca Jueves 7 de noviembre de 2013 • 7:30 p.m. Bogotá, Sala de Conciertos Biblioteca Luis Ángel Arango


TOME NOTA • Los conciertos iniciarán exactamente a la hora indicada en los avisos de prensa y en el programa de mano. Llegar con media hora de antelación le permitirá ingresar al concierto con tranquilidad y disfrutarlo en su totalidad. • Si al momento de llegar al concierto éste ya ha iniciado, el personal del auditorio le indicará el momento adecuado para ingresar a la sala de acuerdo con las recomendaciones dadas por los artistas que están en escena. • Agradecemos se abstenga de consumir comidas y bebidas, o fumar durante el concierto, con el fin de garantizar un ambiente adecuado tanto para el público como para los artistas. • Durante el transcurso del concierto por favor mantenga apagados sus equipos electrónicos, incluyendo teléfonos celulares, buscapersonas y alarmas de reloj. Esto ayuda a crear un ambiente propicio para disfrutar la música. • Por respeto a los derechos de autor de los compositores e intérpretes, no está permitido realizar grabaciones de audio o video ni tomar fotografías durante el concierto.

El concierto de Laura Melissa Galínez en Popayán cuenta con la colaboración de

Los conciertos realizados en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango están autorizados por la Dirección Administrativa de la Secretaría de Gobierno de Bogotá, mediante la Resolución 051 del 15 de febrero de 2013


Nació en Popayán. En 2001 inició sus estudios musicales en el Conservatorio de la Universidad del Cauca. Al año siguiente fue admitida como estudiante de violín bajo la orientación de la maestra Verónica Sharipova. Fue miembro de la Orquesta de Cámara Infantil y Juvenil del Cauca, la Orquesta de la Universidad del Cauca y la Agrupación Caucamerata, con las cuales ha participado también como solista. Fue seleccionada para conformar la Orquesta Filarmónica Joven de Colombia en 2010 y 2012. En 2003 presentó su primer recital y desde entonces se ha presentado en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá dentro de la Serie jóvenes intérpretes, en dos versiones (2005 y 2008). En 2008 fue solista con la Orquesta Filarmónica del Valle, como premio a su selección por el concurso Jóvenes Solistas 2008. Ha actuado como solista en auditorios de la Universidad del Cauca, Universidad Autónoma de Bucaramanga, Universidad de Nariño, en el Banco de la República en Popayán, Sala Beethoven en Cali, Auditorio Fabio Lozano de la Universidad Jorge Tadeo Lozano en Bogotá y en el Teatro Municipal Guillermo Valencia de Popayán como violinista invitada al Festival de Música Religiosa 2010. También se ha presentado como músico de cámara, en auditorios de Popayán, Cali y Bucaramanga. Desde 2010 se encuentra bajo la orientación del maestro Dimitri Pethoukov en la Universidad del Cauca.

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PROGRAMA de la Suite Bergamasque para piano solo

CLAUDE DEBUSSY (1862-1918)

Sonata No. 5 en fa mayor, Op. 24 ‘Primavera’

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)

Claro de luna para violín y piano

Allegro Adagio molto espressivo Scherzo: allegro molto Rondó: allegro ma non troppo

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INTERMEDIO Romanza para violín y piano

SANTIAGO VELASCO (1915-1996)

Poema, Op. 25

ERNEST CHAUSSON (1855-1899)

Aires gitanos, Op. 20

PABLO DE SARASATE (1844-1908)

CONCIERTO No. 77


NOTAS AL PROGRAMA Por Carolina Conti La historia de la música para piano cambió, sin duda, gracias al francés Claude Debussy (1862-1918). Muy a pesar de lo que el compositor hubiera querido, es inevitable relacionar su obra con el Impresionismo. Así como la tendencia que revolucionó la pintura buscaba nuevas atmósferas, la música de Debussy se alejaba de las estructuras y las armonías clásicas, en busca de una nueva sonoridad que no se había explorado antes. En 1890 el compositor francés tenía 28 años. En aquella época empezó a componer la Suite Bergamasque, estructurada en cuatro movimientos titulados Prélude, Minuet, Clair de lune y Passepied. La obra se publicó quince años más tarde, a pesar de que él la consideraba entonces como un ejercicio de juventud que no estaba a la altura de sus obras más maduras. La suite completa revela el interés del compositor por la literatura y la influencia que los poetas contemporáneos, principalmente los simbolistas, ejercieron sobre su obra. El Clair de lune (Claro de luna) es un hermoso caso de diálogo anacrónico entre la música, la poesía y la pintura. El poeta Paul Verlaine, figura esencial en la poesía simbolista y amigo personal de Debussy, publicó en 1869 la colección de poemas Las fiestas galantes, que toma su nombre de un tipo de pintura creada por el pintor barroco francés Antoine Watteau, quien muestra escenas bucólicas de cortejos amorosos o de juegos campestres, muchas veces tomados de las situaciones de la comedia italiana. Uno de los poemas de esta colección es precisamente Clair de lune, del que surge no solo el tercer movimiento que lleva su nombre —y que escucharemos en transcripción para violín y piano— sino también el nombre de toda la suite. Al igual que la música de Debussy, el poema sugiere sensaciones, sonidos e imágenes evocadoras de un mundo etéreo. Claro de luna Vuestra alma es un exquisito paisaje que encantan máscaras y bergamascos tocando el laúd y danzando y casi tristes bajo sus fantásticos disfraces Siempre cantando en el tono menor el amor triunfante y la vida oportuna parecen no creer en su felicidad y sus canciones se unen al claro de la luna, al tranquilo claro de luna, triste y bello que hace sonar los pájaros en los árboles y sollozar estáticos a los surtidores los altos surtidores esbeltos entre los blancos mármoles. Paul Verlaine (traducción de Manuel Machado).

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Del Clair de lune de Debussy se puede decir que es una de las piezas más admiradas de la historia de la música, y, como tal, ha pasado por innumerables adaptaciones. La conmovedora belleza de su melodía, la delicadeza de su armonía y la sorprendente emoción estética que conlleva, nos transporta a un mundo de ensoñación. Pero las palabras se quedan cortas. La música —decía Debussy— comienza donde la palabra es impotente para expresarse. La genialidad de Ludwig van Beethoven (1770-1827) se percibe en todos los géneros que cultivó. Particularmente su música de cámara es un pilar determinante en el repertorio, y en él, las obras para violín y piano, tienen un lugar especial. Durante su vida compuso diez sonatas para esta combinación de instrumentos, una de las más populares en la historia de la música es la Sonata No. 5 en fa mayor Op. 24, ‘Primavera’, que hace parte del segundo periodo creativo del compositor alemán en el que ya se alejaba de los modelos clásicos de Haydn y Mozart para explorar luego un lenguaje más personal y expresivo. La escribió en 1801, por la misma época de la primera sinfonía y el tercer concierto para piano, y está dedicada al Conde Moritz von Fries, quien fue uno de sus mecenas, a quien también dedicó la Séptima sinfonía. Junto a la Sonata Kreutzer, la Primavera es la más popular de las diez.

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Como ocurre frecuentemente en la obra de Beethoven, los nombres no fueron escogidos por él. En este caso, la sonata ha ganado el sobrenombre de Primavera, posiblemente por la frescura y vitalidad de la melodía con que inicia la obra, un Allegro en el que los dos instrumentos se alternan los temas principales como en un juego. El piano en toda la obra no es simplemente un acompañamiento del violín, y eso se puede percibir en la dificultad que su parte conlleva y que, por supuesto, nos muestra una vez más el dominio que el compositor tenía del instrumento de teclado y de sus posibilidades técnicas y expresivas. Le sigue un Adagio molto espressivo que contrasta por su tranquilidad y su tono lírico. En el Scherzo el violín y el piano se hacen eco mutuamente de forma graciosa. En el Rondó final los dos instrumentos giran alrededor de una melodía que nos recuerda a Mozart, con la misma complicidad que ha estado presente en toda la sonata. Es posible que a Beethoven no le molestara el título, pues era un amante de la naturaleza. “Me gustan más los árboles que la gente”, decía. Cabe resaltar que es esta la primera sonata en que el compositor utiliza cuatro movimientos en vez de los tres que tradicionalmente formaban las sonatas del clasicismo. El maestro Santiago Velasco Llanos (1915-1996) nació en Cali en una familia de tradición musical. Su padre tocaba el trompetín en la Orquesta Cali, que amenizaba eventos sociales, y su tío era el destacado compositor Jerónimo Velasco. Su interés y el talento por la música se evidenciaron


desde niño. A los doce años escribió su primera obra, un vals para piano, al que seguirían otras piezas en ritmos colombianos. Fue uno de los primeros alumnos del Conservatorio de su ciudad, donde estudió con Antonio María Valencia, quien acababa de llegar de Francia. Al terminar sus estudios, buscó nuevos espacios de aprendizaje. Sus deseos de viajar a Europa se vieron truncados por la Segunda Guerra Mundial y escogió entonces como destino Chile, a donde viajó en 1941, para continuar sus estudios en la Facultad de Bellas Artes. Allí, bajo la tutela de Domingo Santa Cruz, Humberto Allende, Carlos Isamit y Armando Carvajal, amplió de modo significativo sus conocimientos y desarrolló su creatividad. De esta época data la composición de una de sus obras más elaboradas, la Danza indígena colombiana, para orquesta. Muchas de sus obras se estrenaron en el país austral con éxito. En 1948, al terminar su licenciatura, Velasco regresó a Bogotá. Dos años más tarde sucedió a Guillermo Uribe Holguín en la dirección del Conservatorio de Música, donde además se encargaba de las cátedras de composición, orquestación e historia de la música. En 1956 decidió regresar a Cali y allí asumió la dirección del Conservatorio Antonio María Valencia hasta 1960. Desde entonces su labor musical tomó diversos rumbos de manera simultánea. Fue uno de los miembros fundadores de la Orquesta Sinfónica de Colombia, de la Universidad de los Andes y del Consejo Interamericano de Música en Washington, D.C. Como director coral asumió numerosas agrupaciones institucionales, al tiempo que continuaba con su labor como docente y como crítico musical. Hasta sus últimos días se mantuvo activo componiendo, haciendo arreglos para coro de obras populares y elaborando escritos críticos musicales. Su obra es amplia y abarca la música sinfónica, la música de cámara, repertorio para piano y muchas obras vocales. El periodo que Velasco pasó en Chile fue muy productivo para sus composiciones. Allí, entre muchas, compuso la Romanza para violín y piano. La escribió en 1944 y su estreno tuvo lugar el 20 de julio de ese mismo año en Chile. En la obra están presentes, de manera muy personal, los ritmos populares que siempre le interesaron y que ocuparon un lugar primordial en su creación. Para satisfacer a su padre, el compositor francés Ernest Chausson (1855-1899) estudió leyes, pero poco tiempo después de graduarse, decidió dedicar su vida a la música. Tenía entonces 25 años, y comenzó a tomar clases con Jules Massenet y más adelante con César Franck, quien sería una influencia importante en su obra y a quien conoció gracias a Vincent d’Indy. Otra influencia considerable que se percibe en su estilo es la de Richard Wagner, cuya música conoció en Bayreuth, donde trabajó como asistente. Aunque hizo parte de una generación de músicos que cambió el curso de la música francesa a finales del siglo XIX, su estilo resulta más tradicional que el de contemporáneos suyos como Debussy,

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Fauré o Ravel. Sin embargo, siempre se interesó por la diversidad en las tendencias artísticas que tenían lugar en aquella época en Europa. Entre sus amigos se contaban el poeta Stéphane Mallarmé, el pianista y director Alfred Cortot y los compositores Claude Debussy e Isaac Albéniz, y el violinista Eugène Ysaÿe, que en alguna ocasión le pidió que escribiera para él un concierto para violín. Chausson se sintió incapaz de asumir la responsabilidad de dicha tarea, por la complejidad de la forma, pero le ofreció a cambio una pieza más corta, en forma libre, con pasajes para el violín solo. El resultado fue el Poema para violín y orquesta, Op. 25. Lo compuso entre abril y junio de 1896, durante unas vacaciones en Florencia (Italia). Inicialmente le puso el título de Canto del amor triunfante, pues se basaba en una novela de su amigo, el escritor ruso Iván Turguenev. Luego lo cambió por Poema sinfónico y finalmente se decidió por Poema.

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Además escribió tres versiones distintas de esta obra, una para violín y orquesta, otra para violín y piano, que es la que vamos a oír hoy, y una tercera para violín, cuarteto de cuerdas y piano. La obra, por supuesto, está dedicada a Ysaÿe, quien la estrenó en el Conservatorio de Nancy, y se encargó de interpretarla por toda Europa. Chausson no se imaginó que se convertiría en su obra más celebrada y en parte del repertorio obligado de los violinistas. Claude Debussy, amigo muy cercano de Chausson, a pesar de sus diferencias estéticas, escribió sobre el Poema: “Nada es más conmovedor que la dulce ensoñación del final de este poema en el que la música, más allá de la descripción y la anécdota, se convierte en el sentimiento de su emoción. Estos momentos son muy raros en el trabajo de un artista”. El español Pablo de Sarasate (1844-1908) ha pasado a la historia como un excepcional intérprete del violín. Empezó a tocar a los cinco años y sus primeras apariciones en público las ofreció cuando tenía ocho. Gracias a su talento recibió una beca para estudiar en el Conservatorio de París donde ganó varios premios. Pero además, la reina Isabel II, al ver el talento del joven, le regaló un violín Stradivarius, que a su muerte legó al Conservatorio de París. A su regreso a España, cuando tenía quince años, empezó a viajar por toda Europa, Norteamérica y Suramérica. Su fama crecía continuamente y su particular manera de tocar llamó la atención de compositores que le dedicaron sus obras para violín. Algunos ejemplos son el Rondó caprichoso y el Concierto en si menor de Saint-Saëns, la Sinfonía española de Lalo, la Fantasía escocesa y el Segundo concierto de Bruch, solo por nombrar unos pocos. Como compositor se destacó en las pequeñas formas que le sirvieron como medio de expresión de sentimientos e ideas musicales de una marcada delicadeza. Entre sus composiciones más reconocidas están sus cuatro libros de Danzas españolas, un homenaje a la tradición musical de su patria en las que desplegó todo su virtuosismo. Asimismo sus fantasías sobre óperas


como Carmen, La fuerza del destino, Fausto o Don Giovanni, muestran una sorprendente versatilidad. El virtuosismo que sus composiciones requieren es ingenioso y siempre está al servicio de la expresión. Su obra comprende un poco más de cincuenta composiciones, y entre ellas se destaca Zigeunerweisen, Op. 20 (Aires gitanos), que goza de un lugar destacado. La escribió en 1878, año en que también se estrenó en Leipzig. Como su nombre lo indica Aires gitanos, evoca la tradición musical de las czardas (danzas tradicionales húngaras). Aunque está escrita en un solo movimiento, presenta cambios de tiempo que corresponden a cambios de emoción. Esta pieza se ha convertido en una obra inevitable en el repertorio para el instrumento, y en una de las favoritas del público.

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