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desarrolló en el siglo XVIII, durante la vida de Haydn, y su evolución está ligada a la del instrumento, por supuesto. El clavecín fue desplazado poco a poco por el fortepiano con mecanismo de martillos, que permitía cambios en la dinámica del sonido, entre forte y piano, como lo indica el nombre del instrumento. A lo largo de su vida Haydn escribió sesenta y dos sonatas que infortunadamente no son tan populares entre los intérpretes como sus obras en otros géneros, pero en ellas que se encuentran verdaderas obras maestras que dejaron también su impronta. Hay que recordar que Beethoven dedicó sus primeras sonatas a Haydn. Las tres últimas sonatas para piano las compuso Haydn en Londres entre 1794 y 1795, es decir, después de la muerte de Mozart, en lo mejor de su madurez creativa. Las concibió para ser interpretadas en clavecín o en el fortepiano, pues en la partitura aparecen indicaciones de dinámica. La última de ellas, la Sonata en mi bemol mayor, No. 62 es la más larga y es una obra maestra del repertorio. Pero además marca el final del largo periodo de Haydn como compositor de música para el instrumento, al tiempo que es un compendio de la escritura para teclado del siglo XVIII. Está dedicada a Therese Jansen-Bartolozzi, famosa intérprete del piano y profesora que fue alumna de Clementi, a quien también dedicó sus últimos tres tríos con piano. La obra abre con un Allegro moderato luminoso y rico en dinámicas que explora las posibilidades expresivas del timbre del instrumento y que recuerda en ciertos pasajes las sonatas de Domenico Scarlatti. Una de las características de esta sonata es la tonalidad del segundo movimiento Adagio, sorprendentemente distante de la tonalidad inicial por medio tono, lleno de expresión y efectos que requieren gran habilidad por parte del intérprete. El último movimiento Finale: Presto, con sus propias exigencias interpretativas, cierra la obra de manera brillante. Chopin Así como Bach en el Barroco y Haydn en el Clasicismo dejaron una huella en el repertorio pianístico, Fréderic Chopin (1810-1849) hizo lo propio en el Romanticismo. Con algunas excepciones se dedicó enteramente a la composición de obras para piano. Admiraba a Bach y Mozart. Sus veinticuatro preludios se inspiran en El clave bien temperado de Bach, e igualmente recorren todas las tonalidades. Aún así prefería géneros libres, más acordes a su expresión, como el nocturno, la balada, el preludio o el impromptu, y las formas reminiscentes de su Polonia natal como la mazurca, la polonesa y el vals. Por eso evitaba las formas tradicionales. De hecho en su obra encontramos tan solo tres sonatas. La primera, en do menor, Op. 4 la escribió cuando tenía tan solo 18 años y la dedicó a su profesor Joseph Elsner, pero se publicó hasta después de su muerte. La segunda se terminó en 1839 y es una de las obras más populares del repertorio para piano, en parte por la profundidad de la famosa Marcha fúnebre del tercer movimiento.

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CRISTIAN DEL REAL, piano (Colombia)  

Conocido hace unos años como el ‘niño genio’ de los timbales’, ahora Cristian del Real es uno de los pianistas colombianos de mayor proyecci...

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