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¡Tomá patria, gaucho!

–Ese viejo es un artiguista –le dice por lo bajo Nicasio Morales, apodado el Chuza, a Pedro Cejas, alias El Sordo, allá en la pulpería oscura, triste de pura humedad amontonada, taciturna a esta hora que llaman de entre dos luces, cuando no es de noche ni de día, y por lo tanto no está ni muerta ni viva la luz y aún no han comenzado a sonar las guitarras o las risas, ni a entrechocarse los vasos de vidrio grueso o las jarras de peltre. No se sabe si la frase es de admiración, de advertencia o de puro y simple desprecio, sin embargo el comentario sabe arrastrarse sobre la madera mugrienta del mostrador, se cuela de rondón entre la humareda espesa del tabaco negro, se adelgaza sobre la mirada ceñuda de los parroquianos que calculan el peso de la frase como caballos viejos que escucharan un lejanísimo y casi borrado clarín de guerra. Se dice por lo bajo el mote de artiguista, porque suele aludir a montonero, a sedicioso, a ladrón de títulos y haciendas o repartidor de lo ajeno, a empecinado chúcaro que siempre estuvo medio loco y le dio por revolver el avispero en el momento menos oportuno. Claro que semejantes cargos solamente corren en boca de oficiales de galones dorados y de gobernantes panzudos de campo y de doblones, los murmura más de un bien nacido o por lo menos el bien acomodado, el que se amarteló con los portugos y obtuvo así pingües ganancias en tierras y ganados y enlaces de familia y demás prebendas, otra cosa pregonan los ojos semicerrados de los hombres sueltos, la

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suciedad arrogante de sus pies que asoman al extremo de la bota de potro, el peso de aquella causa desflecada que llevan sobre sus espaldas lo mismo que un poncho raído, lo pregonan también los sudores espesos de las chinas del campo, con su olor a pelaje de yegua, a ruda y a comadreja, es decir a mujer bien sufrida, casi partida en dos de tanto acarrear hijos, desenfrenos y afanes. Y por eso, sostener que alguno es artiguista en este año desgraciado de mil ochocientos veintiocho, es colocarle al aludido sobre el pecho una especie de medalla de guerra, una corona de laureles o de espinas, un destello de heroísmo postrero, pero eso sí, que todo ello se diga en lo posible por lo bajo, no sea cosa que algún brasilero taimado lo siga al retobado patriota entre las sombras, o se le arrime invitador solamente para madrugarlo en el momento menos pensado, hundiéndole un cuchillo en las tripas. –¡¡¡Tomá patria, gaucho!!! Si habrá pasado semejante cosa en la campaña, si habrá corrido al cuete la sangre de inocentes que no aprendieron a sofrenar la lengua y la mirada, o a pastorear mezquindades traperas, decirles “tomá patria” sería como mentarles malamente a la madre (es decir a mí que soy la escondida, la arrastrada, la que se vuelve víbora o águila mora o puma, la que se anda muriendo de ganas de saltarles a la garganta y arrancarles los ojos cuando menos se lo esperen). –Así que es un artiguista… –contestó el Sordo, con una media sonrisa ladina –pero dígame una cosa, mi amigo: ¿quién no es un artiguista por estos lares? Morales retrocedió un paso, haciendo sonar las espuelas de fierro contra el piso de tierra endurecida, puso cara de alarma y se le encrespó de rabia la mirada, cállese la boca, atrofiado, no ve que tenemos macacos por toditos lados… ¿para qué anda pregonando lo que no le conviene? para que lo lleven a uno, lo arreen como ganado suelto, le desgracien la mujer y los hijos y los pongan a yugar para sus deleites… y donde no hay macacos, hay gente de los porteños que también nos andan relojeando, y de los gringos que

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según mentas se han sumado al baile, y de la puta que los parió… y revoleó los ojos negros, casi escondidos debajo del ala de un sombrero gastado, dos brasas pequeñitas parecían, brillaban muy a lo lejos, como si fuera plena noche y uno no terminara nunca de llegar a aquel fuego. –Entonces… –siguió como si nada el Sordo, fiel a su apelativo–, ¿usté cree que el viejo es de fiar? –No le quepa duda, mi amigo… aunque anda un poco ventilado de la azotea –terció Morales, mientras agitaba una mano cerca de la cabeza y mostraba una sonrisa de cuatro dientes amarillos. –¿Y para qué sirve ese viejo? –Servir, sirvió regularmente en sus tiempos. Ahí donde lo ve, dicen que tiene más tajos en el cuero que pelos en la barba. –¿Pero ahora? ¿Para qué sirve ahora? Para mi gusto está bien baldado… –A mí no me pregunte… yo solamente sé que don Frutos lo precisa. –¿Y lo podemos convidar, entonces? –Ahí está la cosa… Yo no sé si vamos a poder. –¿Pero no dice que es un artiguista? –No te hagas, hermano –le salta el otro, pasando a un tuteo desafiante, casi agresivo– vos bien sabés que una cosa es ser artiguista y otra muy distinta querer largarse atrás de don Frutos… miralo a Lavallejita, que se precia de haber sido el brazo derecho del General, y ahí los tenés a los dos, el primero viendo como lo madruga o lo caga al otro, el segundo persiguiendo por alta traición al primero… de modo que si sos artiguista… –¿Si sos artiguista… qué? –Te digo esto nada más: para mi gusto todito lo que está pasando es pura mierda.

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Una tierra alucinada y una mujer rabiosa Cuando encontré a Felicia flotando en las aguas del río, allá en el lejano norte, me entraron ganas de gritarle que no fuera tan traidora de morirse así como así, que para la muerte siempre quedaba tiempo, rabia y mala suerte. Es que la muerte es en el fondo demasiado parecida a ella, a Felicia, será porque las dos ya se conocen demasiado, se han relojeado de lejos y de cerca, de afuera y de adentro, se saben de memoria las intenciones mutuas, los secretos miserables, las improbables reconciliaciones. Tuve ganas de gritarle que si se moría, entonces para qué tanto revolear de juramentos, fugas hacia la libertad, arremetidas contra el enemigo de turno, para qué tantos sueños o mejor dicho pesadillas con hondura de pozos infinitos por donde Felicia iba cayendo mientras sus dientes desgarraban el miedo como si el miedo fuera una fruta maligna, podrida y sepultada. Que si se moría, para qué tanta compadreada y tanto andar diciendo que a ella las municiones le hacían cosquillas, que era una china cuartelera bien montada y todo eso. Me acuerdo que los disparos sonaban todavía demasiado cerca, levantaban chipas de aire, de tierra, de río, allá arriba gritaban los cuervos y acá abajo el pelo de Felicia era un ramaje negro caracoleando en el agua, los ojos los tenía muy blancos, dos mariposas rotas, llenas de cielo nublado, entonces me di cuenta de que no era una muerta sino solamente una durmiente que en el sueño intentaba responderme. De cualquier modo, yo nada habría podido hacer por ella sino arrastrarme hasta su oído en remolinos de arena o de raíces, y meterme en su boca y en su entraña para decirle que se recobrara, que se dejara de joder, que desde hacía rato la estaba escuchando. En todo caso, no era yo que la tenía que salvar o despertar a ella, era ella que me tenía que salvar o despertar a mí, de manera que me quedé esperando con esa paciencia que solamente tienen las piedras y los silencios y las más insensatas pasiones, y no puedo decirles todavía como se resolvió la cosa.

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De fantasmas y otras culpas –Así que vino nomás –dijo una voz a sus espaldas. Felicia se sobresaltó como si en verdad hubiera hablado un fantasma, la voz le sonaba de sobra conocida, en el pecho y en el vientre le sonaba, allí donde se juntan los remolinos secretos de la sangre y se resuelven en un fruto de asombrado latido, se dio vuelta y pudo ver ante ella la figura de Cipriana, alta y afilada lo mismo que una lanza contra el sol naciente, ataviada todavía con su vestido de muerte que le flotaba alrededor, una sombra más entre tantos aparecidos, un filo de luz puesto sobre la vaguedad del alba, ganada ella también por la tristeza casi amarilla del lugar. Cada una miró a la otra sin sorpresa, como si las dos hubieran estado ahí desde edades remotas, desde antes de todo deseo y toda desgracia, en los oídos de la niña muerta soplaba seguramente el viento de los nunca jamás o de los para siempre, que ha de ser blanco y dorado y tendrá el perfume estremecido de los ángeles, en los oídos de Felicia, en cambio, resonaban aún sus propias palabras, machaconamente repetidas durante los últimos días: yo no he de rendir el alma sin volver a Purificación. Y había vuelto. –¿Te acordás? –le preguntó Felicia, con los ojos nublados por el llanto y escondiéndole la cara. Cipriana asintió con la cabeza mientras iba borrándose en la luz de la mañana. A pesar de que el lugar estaba casi irreconocible, polvo en el polvo, algunas líneas de terrones aquí y allá indicaban el sitio donde estuvo cada rancho, de la casa del general, demencialmente demolida por el enemigo quedaban aún gruesos montículos, escorados como animales inmóviles que aguardaran porfiadamente el regreso de su dueño, por donde pasó la calle principal crecían altos y amarillos los pajonales, los cardos y las colas de zorro, con una insolencia virginal y espinosa que amenazaba con taparlo todo, de modo que había que andar adivinando las antiguas formas de las construcciones, como para despertarles el nombre

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o el olor antiguo, o acaso las resonancias de las últimas voces de sorpresa, de amargura, de imprecación contra el vendaval de una violencia que ya sólo resonaba por las oquedades de los huesos de los caídos. Felicia anduvo de un lado a otro en busca del rancho que habían habitado con Anunciación, hasta que al fin lo halló, una pared entera de adobe se había desplomado hacia adentro, sin embargo pudo reconocerla porque estaba casi frente a aquel tala grandísimo, y parecía que se recortaba aún, dibujada en el aire, la ventana por donde tantas veces se asomó ella a vigilar, a espiar, a curiosear el movimiento de la gente y el paso alborotado y ruidoso de los soldados. (No muy lejos de allí yo andaba palpitando todavía entre la tierra florecida de tréboles y macachines).

Al diablo con mis deberes Puede ser que doña Bernardina marche al encuentro de su esposo, que se lance a sus brazos con un revoleo de polleras pespunteadas de festones y abrojos del camino, que se abrumen el uno al otro con las averiguaciones sobre vida y milagros de propios y ajenos, las novedades del momento y los últimos chismes, pero seguro que de ahí no pasa, a lo mejor le besa la frente y le desea que todos los santos del cielo lo acompañen, a lo mejor se acuesta con él durante una breve noche que tendrá que durarle por lo menos cuatro o cinco meses en el recuerdo, a lo mejor piensa, cuando él la bese, en todos los otros besos, los impúdicos, los puercos, los dados y recibidos por esa boca abultada al amparo de tiendas improvisadas, camas derrengadas o principescas, colocadas en cuartos cuyas puertas se le abren en las noches lo mismo que a señor y dueño, a lo mejor esas mismas ideas son las que la hacen gozar y le provocan tantas cosquillas en el vientre. Seguramente, durante ese encuentro, le entregará también una maleta repleta de calzoncillos de lana y de chaquetas de paño con botones de cobre, y él renegará y dirá que ya no tiene dónde

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meter tanta ropa, y al final se separarán entre frases salpicadas de ternezas, venir con él no viene porque ella es una dama y las damas no guerrean ni se visten a lo macho ni andan juntando bosta seca para hacer fuego, eso queda para hembras de la montonera como Felicia y Gregoria y tantas otras, esas chinas no conocen afeites ni peine ni agua florida y si los conocen no los usan por no haberlos, más de una no se ha mirado nunca en un espejo y no ha conocido otro olor que el del sebo crudo con el que fabrican el oscuro jabón de campaña, que casi no hace espuma y deja la ropa con hedor a grasa rancia. Sobre esta geografía que contemplo y respiro, sobre esta geografía que soy yo también, se ha desatado un tumulto gris y verde de nubes y praderas, que también es negro y blanco y rojo por los pelajes de los caballos y los rostros de los hombres, unos parecen de arcilla blanquecina, otros de tierra mojada, es el color y el ruido del pueblo que se agita en incesante entrechocar de cascos, tercerolas, piedras sueltas que ruedan y gritería confusa, es verdad que no vienen las damas y sin embargo son muchos los que marchan, y yo marcho con ellos aunque no se den cuenta, diez inviernos y diez veranos se les han escurrido a estas gentes de las manos, para mí son como diez pedazos de siglos que gotean aún la sangre antigua, pobre Banda Oriental tan llevada y traída como las pesadillas de algún loco que no se quiere despertar, cuando la convirtieron en Provincia Cisplatina allá por agosto del año veintiuno dicen que tuvo un bautismo cacareado, lleno de estandartes reales y banderas y música, en casa de doña Bernardina el suceso se comentó a lo largo y a lo ancho por boca de amigos, conocidos, parientes y contertulios, en voz baja eso sí, en un susurro más bien, porque don Frutos forma parte de la oficialidad y no hay que dar motivo a la más leve suspicacia, y además porque en esta flamante Cisplatina los recelos y las intrigas tienen garras y escamas y se arrastran dientes abajo y ambiciones arriba. Y qué decir de los vestidos recamados de perlas y rubíes, y de los uniformes de entorchados dorados, las chaquetas de seda

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bordada y los abanicos con varillas de nácar y de oro, nadie sabe si la celebración es de verdad o es de mentira, será por eso que se ríen y festejan tanto, para disimular el desconcierto (mientras tanto yo siento que estoy de más en todo este fandango, la noche está callada y me devora), sin embargo bajo la calma de las candilejas y la sospechosa frialdad de la fiesta muchos siguen meditando, pobre causa desnuda, pobre y sufrida montonera que se ha quedado con los ojos abiertos y las manos abiertas también, pobre doña Bernardina que lleva a cuestas la sombra menguada de su niño muerto y ahora tiene que cargar también con la sospechosa fama de su marido, pobre china Felicia, tan arisca y resabiada contra toda esperanza y contra todo sueño, pobre Banda Oriental, más llevada y traída que maleta de loco ¿y la causa, qué dije de la causa? Se habrá quedado por ahí, temblando bajo la escarcha del invierno, prendiéndose a los abrojos como un pellejo seco en el verano, o se habrá muerto nomás, y andará blanqueando su hueserío por el campo lo mismo que un gran tendal de ánimas o de vellones de animalitos guachos. Mientras tanto, como dije, el tiempo nos ha precipitado en este marzo del año veintiocho, ellos van y yo voy con ellos. Aunque algunos hagan como que no me ven. Aunque algunos renieguen y anden haciéndose rogar. Aunque no se den cuenta.  

Una humilde petición –¿Dónde lo tienen esos hijos de puta? –preguntó Anita sin pestañear apenas se enteró de la desgracia. –Por ahora lo andarán arrastrando como maleta de loco –contestó Rivera, qué viejo estaba de repente ese hombre, ya no se le pintaba la sonrisa en la cara como cuando el casorio, Rivera se la quedó mirando con cierto desagrado y agregó con gesto ceñudo–: Aquí no hay más que hacer, usted y su hermana y todo el mundo

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debe tocar para el Arroyo de la China…son órdenes del General, porque los portugos ya nos vienen pelando los garrones. A pesar de sus protestas, allá debió marchar junto a muchas otras familias, con ellas fue también Panchita, la hermana de Juan Antonio, las mujeres iban todas alborotadas, protestando de la medida, avisen si se piensan que somos ganado, decían, que nos van a arrear como vacas, al final se concertaron y determinaron pedir ser restituidas a sus hogares, no ve que este lugar es una inmundicia de miseria y abandono, para chinas cuarteleras será tal vez muy lindo, pero no para señoras como nosotras, eso decían y con eso se envalentonaban, como si los hogares hubieran de estar esperándolas allá, de carbones encendidos y mantel en la mesa, suspendidos en el mismo mediodía para siempre. Entonces fue cuando se adelantó Ana: –Yo tengo una petición. –Diga –urgió uno de los oficiales, sin mirarla. –Quiero ser conducida hasta el campamento del ejército. –¿Cuál campamento? –le preguntó el oficial, como si no entendiera. –Al del enemigo. –¿Pero esta mujer está loca? –dicen que preguntó el hombre por lo bajo. Le contestaron que no se sabía. –Lo que habrías logrado tú de haber nacido hombre –le diría con recogido respeto su marido muy pocos días después, cuando para su sorpresa las descubrió a ella y a Panchita durmiendo en un camarote de la Escuna Oriental, una goleta llena de portugueses armados hasta los dientes, corría el mes de agosto del año dieciocho, la goleta se mecía como si meneara la cabeza desaprobando los abusos y yerros de los hombres, la helada despellejaba hasta el cuero del mástil mayor y los maderos de la cubierta, mientras la tierra suspiraba hielo, se hamacaba con la luz de luna entre las olas y Ana roncaba como si tal cosa.

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Juan Antonio inclinó sobre ella su sombra de aparecido, que no era negra sino levemente azulada, y rozó el pelo de su esposa con un beso furtivo que más que beso parecía una plegaria, entonces Anita se frotó los ojos, después los paseó por las paredes oscuras del camarote con el placer demorado de quien saborea su propio triunfo, y finalmente los clavó en los de Lavalleja. –De haber nacido hombre, no habría podido cumplir ni la cuarta parte de mis propósitos, ni realizar ni la mitad de mis empresas –fue su contestación demorada, regocijada y maliciosa.

Entre un amanecer casi inocente y un deseo bellaco La cosa había sido así: lejos y cerca estaba la noche, las sombras resbalaban sobre todas las cosas como una lengua empapada de frío, el gran fogón central yacía convertido en un tendal de brasas desparramadas, cansadas ya de dar lumbre, los hombres de la partida no dejaban de canturrear y empinar el codo sobre los cojinillos dispersos que rodeaban aquí y allá los otros fuegos, no mucho antes Gregoria se había retirado a su carreta, simulando estar muerta de sueño y de paso por dejar bien claras sus intenciones de no ceder sus favores a ninguno de los contertulios, aunque en su mayoría no representaban ningún peligro porque andaban cayéndose de borrachos. Anduvo sosegando a sus hijos, se acercó a la mayor que era la Tatusa y le hizo algunas recomendaciones, vigile a sus hermanos y después se me duerme, esto se lo ordenó con el pucho apagado colgándole de los labios generosos, la voz le salió ronca cuando agregó, yo tengo quehacer con esa gente. Rato después, cuando el lucero del alba empezaba a disipar las sombras como un pensamiento puro, desprendido de la vida y de la misma muerte, se arrastró hasta el sitio donde dormía el mocito, ni el nombre le conocía y era lo que menos le importaba, se le metió abajo del poncho y le tanteó con mano hábil el vientre liso

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y duro, qué ojos de santo abrió entonces el muchacho, con esa luz que les venía de adentro, como los de Nuestro Señor en las estampitas sagradas, ella lo saludó con una sonrisa silenciosa de cuatro dientes, el vientre del muchacho exhalaba un olor reconocible, profundo y casi sangriento, la sorpresa le duró a Timoteo nada más que un instante, el preciso para que se recobrara del susto y aprendiera a acomodarse entre las piernas macizas de aquella hembra de carnes generosas y temblonas, mientras a su alrededor el mundo se cubría de un sudor vivo muy parecido al quejido de sal que brota, manso, sobre el secreto de los cuerpos agitados en combate callado.

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¿Cuáles habrán sido los sueños, secretos y vivencias de Ana Monterroso de Lavalleja y Bernardina Fragoso de Rivera? ¿Qué temían y deseaban Juan Antonio Lavalleja y Fructuoso Rivera? ¿Cuánto valor necesitó juntar Josefa Oribe para insurreccionar a un batallón entero de pernambucanos? ¿Cuáles fueron los cálculos de Bernardino Rivadavia y Lord Ponsonby respecto a la tierra oriental? En esas y otras preguntas pretende aventurarse esta novela, y también en el alma de los seres anónimos de nuestras ciudades y campos, que en tiempos de paz eran peones y troperos, lavanderas y curanderas, y en tiempos de guerra  ejercían el duro oficio de soldados y chinas cuarteleras. Este libro es también la historia de amor y odio entre una de esas chinas y una patria en ciernes: una mujer rebelde enfrentada a su propio destino y una tierra alucinada, disputada por argentinos, brasileños, ingleses y orientales. Un instante en el nacimiento del Estado Oriental; una trama fascinante surcada por brujerías y apariciones, amores desiguales, sorpresas que nos acechan a cada vuelta de página e inesperados desenlaces, que atrapará al lector desde el primer momento. Vidas que marcan caminos; voces que flotan en el viento; gentes que a su manera, hicieron y nos legaron patria, en un mundo que ya entonces era complicado, esperanzador y peligroso.

Fragmento La Tierra Alucinada  

La Tierra Alucinada. Memorias de una china cuartelera de Marcia Collazo. Autora de Amores Cimarrones - Premio Bartolomé Hidalgo y Libro de O...