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La irrepetible maravilla

Como lo había prometido Gualberto Trelles (Montevideo, 1932), esta historia continúa la que entregara en esta misma colección hace algo más de un año*. Y como también lo decía entonces, continuará en un tercer –y último– capítulo. Aunque el lector que no lo haya hecho ya, hará bien en leer su primera parte, estas páginas admiten, como las anteriores, una lectura independiente. Así como en “Memorias de la Banda Artola” se nos ofrecía un corte de seis o siete años en la infancia del protagonista, aquí se produce un salto temporal y se nos instala en un período acotado de su juventud. El título –“La barra del café”– es saborear, en efecto, en primer plano, un recorrido memorioso y de inusual calidad emocional y literaria por los “templos del café” cercanos a su extinción, aunque no lo supieran–: el Sorocabana, el Ateneo, el Británico, el Boston, el Luna Park, Las telitas y muchos más. Pero en realidad, envolviendo todo ese mundo casi mágico –o envuelta en él– lo que circula por sus páginas es una bellísima historia de amor. Como se podrá apreciar, entre este volumen y el anterior hay un fuerte corte cronológico. Aunque al presentar el primer tomo observábamos que el relato se detenía en plena infancia y suponíamos que para el siguiente nos reservaba “las turbulencias de la adolescencia”, lo cierto es que el autor resuelve –con un derecho que nadie le podrá discutir– saltearse limpiamente la reencontramos con él en las vísperas de su ingreso al Instituto y comienzos de los cincuenta, aquel enorme caldo de cultivo en * Véase G.T.M., Una historia montevideana – Memorias de la Banda Artola / Lejos de casa, Lectores de Banda Oriental, 11ª. Serie, Nro. 29, Montevideo, mayo de 2010.


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del país que hacíamos los dos últimos años de secundaria (los “Preparatorios”, como se los llamaba). Era la época previa a la de profesores que, aunque presentaba, como no podía ser menos, a más de un mediocre e incluso a algún desastre, incluía también a un numeroso grupo capaz de alucinar a los dispuestos discípulos con el viejo arte de la palabra y la exposición magistral. Pero Trelles no se detiene demasiado en estos años fermentales del IAVA, que, para un joven como él, que llegaba con una sólida formación –y aunque le resultara un “territorio casi desconocido” y lo pusiera en contacto con experiencias más adultas y deslumbramiento ni un cambio importante en superspectiva vital y sobre todo cultural, como sí ocurrió, por ejemplo, en mi caso. Recién llegado de un liceo de barrio –el No. 2, Héctor Miranda, de la calle Sierra– y de una hermosa escuela casi pueblerina –la Ecuador Nro 41 de segundo grado, que funcionaba desde de la calle Ángel Floro Costa–, me encontré sentado de buenas a primeras junto a un compañero que, para mí, que pacientemente había comenzado a introducir en mi casa sin biblioteca alguno que otro libro de Sopena o de la Colección Austral, era un compendio de sabiduría. Fueron tal vez, los de esa época, los últimos años “gloriosos” de nuestra enseñanza pública que, con todos los defectos que pudiera encontrársele, contribuyeron efectivamente a que se produjera en nuestro país un verdadero trasiego social. Pero Trelles le dedica pocas páginas a su pasaje por el IAVA, aunque alcanzan para que nos ofrezca una hermosa descripción Salguero y sus clases en el anexo. Nos sitúa rápidamente, en cambio, en lo que, en nuestra presentación de su primer libro habíamos sospechado como “unos años de relativa bohemia”. Esta no fue otra que su integración a la barra del café, con centro estratégico en el no hacía muchos años inaugurado Sorocabana y de Montevideo, hacia los cuales se partía, a menudo, después de anclar en el gran café de la Plaza Libertad, cuyos concurrentes –los de su barra, por lo menos– “admiraban al arte y sus profetas”.


–7– A partir de ese punto cero asistimos a la cálida resurrección de aquella vida de fe en el arte y en el cultivo de la amistad, en la que se mezclaban aún los compases del tango con los asistentes al Taller Torres García, la melomanía más absoluta y el culto a

El texto se va enriqueciendo con imágenes pocas veces igualadas de cafés como el Ateneo, el Boston o Las telitas, mezcla de almacén, verdulería y boliche, pero en realidad “casa encantada”, a la que el autor le dedica cuatro páginas memorables. “Entonces éramos capaces de pasar la noche de claro en claro charlando, tomando, cantando. Había llegado la hora de desplegar yendo progresivamente, en el sueño incipiente de la madrugada”. (pp. 66/67).

Claro que pocas páginas antes el autor había recordado una entre tanta alegría y ganas de vivir: “En la década de los 40 Montevideo era una irrepetible maravilla y nuestra juventud era tan tonta que creía que esa era la realidad”. Premoniciones aparte, este aspecto del libro es, efectivamente, una sucesión de maravillas. Los cincuenta años largos que demoró Trelles en manifestarse como escritor, parece que le han permitido acumular un dominio del lenguaje, del matiz, recreación de personajes y de breves episodios manejados con una economía de recursos y sensibilidad poco comunes, que convierten la lectura en un placer permanente. Ese mundo encantado de los cafés se traslada también a la casa familiar, con reminiscencias de la infancia, aún cercana, y el insólito mundo animal del que se han rodeado –gallinas, conejos, gatos, perros, que adquieren vida propia y regocijante. Y la presencia cargada de encanto y de misterio de la Pama, de ascendencia charrúa, atemperando el íntimo drama familiar. En medio de todos estos deleites el autor incluye un “extra” que aparta decididamente al texto de lo que podría haber sido una formidable crónica costumbrista. Es la presencia de Raquel, el primer gran amor, que aparece ya en las páginas iniciales y será el


–8– eje en torno al cual se vertebren las idas y venidas del protagonista. Es ella quien lo presenta a la barra del café, y con ella, en días y noches de amor y celos, se moverá por aquel mundo irrepetible y nos brindará momentos memorables, como la caminata culminada de su aparición Raquel se convierte en el gran personaje, entre muchos inolvidables, y asistimos al desarrollo de una espléndida historia de amor juvenil que en ningún momento desplaza a la evocación de aquellos años de vida bohemia: se integra a ella con una naturalidad y una sencillez técnica sorprendente, la completa, y la dota de una nueva dimensión. Ponemos pues, en manos del lector esta segunda entrega. en años más difíciles, en los que sobrevolará amargamente en nuestros espíritus la aguda y terrible frase de Flores Mora. Si no hemos entendido mal, llegará hasta 1975, cuando Gualberto ponga sus pies en la cárcel de la dictadura que lo retendrá durante cinco años. Allí, entre otros trabajos de preso, realizará, como para no olvidarse totalmente de los días del Sorocabana, el tapiz en lana que ilustra la tapa de esta edición. Heber Raviolo


La barra de café